El síntoma Seligman

Presentación del libro Contra la psicología positiva: crítica althusseriana y lacaniana de la psicología neoliberal (Quito, Religación Press, 2025) de Luis Pablo López Ríos, el 29 de octubre de 2025, en el Cuarto Congreso Internacional de Investigación en Psicología, Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Despertamos, abrimos los ojos y miramos el mundo. Ya no lo miramos enmarcado en las ventanas o impreso en el papel del periódico, sino a través de las pantallas, las de televisión y ahora cada vez más las de computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes. La tecnología está mediando en lo que vemos, filtrándolo, maquillándolo, disimulándolo y distorsionándolo según los intereses por los que se rigen los algoritmos.

A través y a pesar de todo lo que nubla nuestra visión, logramos ver mucho de lo que hay detrás de las pantallas. Ahí está el agua lodosa que inunda las calles de Veracruz. Más allá, fuera de México, están los grises y polvorientos escombros de Gaza que se extienden hasta el horizonte. Entre los escombros, hay niños palestinos asesinados o mutilados por las bombas israelíes. Vemos también a Netanyahu, Trump, Milei, Noboa y los demás neofascistas que sonríen satisfechos y que se lanzan contra los pobres, contra los indígenas, contra los inmigrantes, contra los inconformes.

Además de lo que vemos, está lo que alcanzamos a saber. Sabemos que los exponentes del neofascismo defienden rabiosamente la versión extrema neoliberal de un sistema capitalista que no deja de explotarnos, robarnos, empobrecernos y transformar todo lo vivo en más y más dinero muerto. Sabemos que el capital, con su lógica de sobreproducción y sobreconsumo, está devastando el planeta y provocando catástrofes como la de Veracruz. También sabemos que la devastación amenaza incluso nuestra subsistencia como humanidad.

Lo que sabemos es tan desolador como lo que entrevemos a través de las pantallas. No es mejor lo que percibimos y sentimos directamente, más acá, a nuestro alrededor: las temperaturas cada vez más altas, la naturaleza cada vez más degradada, los campos cada vez más contaminados y erosionados, los campesinos extorsionados y asesinados por el crimen organizado, nuestros colegas embrutecidos y fascistizados, nuestras vidas vaciadas y precarizadas por el neoliberalismo, nuestras actividades laborales uberizadas y transformadas en lo que el anarquista David Graeber describe elocuentemente como “trabajos de mierda”.

Ante la desolación que nos rodea, ¿cómo no comprender a quienes prefieren cerrar sus ojos y sus bocas, sus ventanas y sus puertas, y encerrarse dentro de sí mismos, en el garaje de la vida? Esta metáfora del garaje proviene de un pasaje de Martin Seligman, el creador, promotor y principal exponente de la llamada “psicología positiva”. Seligman parece mostrarse comprensivo con quienes, en “épocas de dificultades”, se refugian en “el garaje de la vida”, pero lamenta la situación en la que se encuentran, describiéndola de forma desgarradora –lo cito– como un encerramiento “con escasos y efímeros placeres, con muy pocas gratificaciones y sin encontrar un sentido a la existencia”.

Es claro que la vida en el garaje no es precisamente feliz y agradable. Si nos refugiamos en el garaje, no es para entregarnos ahí al placer y a la alegría, sino para huir del fin del mundo que hay afuera, para protegernos del apocalipsis provocado por el capitalismo neoliberal y neofascista. Seligman prefiere hablar simplemente de una “época de dificultades”, pero no es tan tonto como parece y sabe muy bien de qué habla. Es por esto que se muestra comprensivo con quienes nos encerramos en el garaje de la vida, pero quiere salvarnos, convenciéndolos de que hay lo que él describe, en un arrebato de pasión y exaltación, como un “camino de salida que nos conduce por un campo de placer y gratificación, por las cimas de la fortaleza y la virtud, y al final, por las cumbres de la realización duradera: el sentido y la determinación de la vida”.

Cuando un mexicano como yo lee el exaltado pasaje que acabo de citar, es difícil no preguntarse de cuál habrá fumado Seligman. Dicho de modo más elegante y más acorde a un Congreso Internacional de Psicología, ¿qué sustancia psicoactiva habrá consumido el gurú de la psicología positiva para tener de pronto la visión de un resplandeciente camino de salida en los muros del garaje, cuando él mismo acaba de reconocer que afuera, en el mundo exterior, sólo está la oscuridad y la desolación de los tiempos difíciles?  Si afuera es el apocalipsis, ¿adónde está saliendo Seligman para descubrir ese paisaje con flores y arcoíris donde él mismo descubre, en sus propios términos, campos de placer y gratificación, cimas de fortaleza y virtud, cumbres de la realización duradera?

El supuesto exterior al que Seligman quiere llevarnos, liberándonos de nuestro garaje, no es el exterior del mundo real, sino que se trata de un mundo ideológico, imaginario, fantástico. Se trata, entonces, de un mundo interior y no de un mundo exterior. El camino de Seligman, por lo tanto, no es un camino de salida, como él pretende, sino un camino de entrada, un camino de ensimismamiento, que nos vuelve hacia nosotros mismos y nos conduce a nuestro mundo interior, mental, psíquico, del que se ocupa la psicología.

Lo que Seligman quiere no es liberarnos de nuestro garaje, sino dejarnos dentro, pero imaginando que no estamos ahí en el garaje, sino en un paraíso terrenal digno de una ilustración de la Biblia para Niños. La idea es encontrar la seguridad, la tranquilidad y la felicidad en el interior de uno mismo, en la relación consigo mismo. ¿Acaso no tenemos aquí una síntesis reveladora de lo que hace toda la psicología? Esto es lo que nos muestra convincentemente Luis Pablo López Ríos en su maravilloso libro Contra la psicología positiva que ahora estoy presentando.

López Ríos concentra su crítica en la propuesta de Seligman, pero esta propuesta le sirve como un ejemplo, como un caso paradigmático del conjunto de la psicología. Es toda la psicología la que se revela en Seligman, en su franqueza y desfachatez, en su aparente simplicidad y candidez, en su lado absurdo y esperpéntico, en visiones extravagantes como la bíblica del garaje a la que acabo de referirme. Todo esto contribuye a que Seligman sea el psicólogo ideal para efectuar una crítica de la psicología como la que López Ríos nos ofrece en su libro. Entre los muchos aciertos de López Ríos en su libro, está el de la elección de su víctima, de aquel a quien se dirige la crítica.

López Ríos elige a Seligman para su análisis porque Seligman delata de algún modo lo que otros psicólogos callan. Es verdad que lo delata sin querer, por accidente, de modo sintomático, lo cual requiere una lectura sintomal, de tipo althusseriano, como la que López Ríos efectúa de modo insuperable. Esta lectura es requerida, pero porque el síntoma está ahí, listo para ser leído. Tenemos ahí, ante nuestros ojos, el síntoma Seligman en el que se descubre la grave enfermedad constitutiva de la psicología, una enfermedad que es también la del capitalismo, especialmente en su cuadro agravado neoliberal que nos hace huir a refugiarnos en el garaje de la vida y en las visiones que aparecen en los muros.  

Así como el neofascismo de Trump es un síntoma de todo lo que va mal en el capitalismo neoliberal, de igual modo la psicología positiva de Seligman es un síntoma de todo lo que va mal en la psicología en los tiempos difíciles del neoliberalismo. Las ya mencionadas franqueza y desfachatez de Seligman, de hecho, son muy parecidas a la franqueza y la desfachatez de Trump, lo que no excluye, desde luego, que haya otros psicólogos que encarnen aún mejor a Trump, como el famoso Jordan Peterson y el más sórdido y menos conocido Kevin McDonald.

Lo interesante de Seligman, lo propiamente sintomático, es que se opone abiertamente a Trump y muestra siempre cierta corrección política, pero sin dejar de revelar de modo políticamente incorrecto aquello que habita en esta corrección. Digamos que es una mezcla de republicano y demócrata. Quizás incluso podamos considerarlo un síntoma de la actual indistinción entre demócratas y republicanos, entre neoliberales y neofascistas, entre políticamente correctos y políticamente incorrectos.

Las dos caras del síntoma Seligman, la correcta y la incorrecta, son bien detectadas por López Ríos en su lectura sintomal del pasaje previamente citado en el que Seligman pretende liberarnos del garaje a través del camino que parece abrirse en una de las paredes. En este pasaje tan sintomático, tal como es leído sintomalmente por López Ríos, la corrección y la incorrección aparecen como claridad y opacidad. Es al ser aparentemente claro que Seligman se muestra políticamente correcto, pero esta corrección política se transparenta y se disipa cuando la sometemos a una lectura sintomal que revela su opacidad y penetra en ella, como lo hace magistralmente López Ríos.

Como lo muestra López Ríos en el pasaje del garaje, lo claro y políticamente correcto es la historia inocente y reconfortante de los tiempos difíciles, del sujeto que se encierra en el garaje y de Seligman que aparece como su ángel de la guarda para mostrarle una milagrosa puerta de salida. Lo opaco, por el contrario, dando la palabra a López Ríos, es el movimiento en el que “se explicita” un desplazamiento por el que “dejamos de lado las condiciones que provocan malestar”, las de los tiempos difíciles de capitalismo neoliberal, y como buenos psicólogos “nos enfocamos únicamente” en los sujetos del garaje a los que ofrecemos el paraíso terrenal, pero sin salir del garaje, sin enfrentarnos a lo que provoca los tiempos difíciles, sin salir al mundo, sin “interferir, incomodar o perturbar la estructura capitalista neoliberal”. Esto es opaco, muy opaco, pero es el meollo de lo que nos está diciendo Seligman.

El meollo del mensaje de Seligman es que no se nos ocurra salir de nuestro garaje, que debemos quedarnos recluidos ahí adentro, evadirnos hacia el interior de nosotros mismos y no molestar al capitalismo neoliberal de los tiempos difíciles. Este imperativo de reclusión y evasión en sí mismo, aunado a una prohibición latente de interferencia en el mundo exterior sociopolítico y económico, es algo políticamente incorrecto, antidemocrático y represivo, extremadamente violento. Se trata de algo quizás ya digno del nombre de fascismo, pero está lo suficientemente opacado en Seligman para no asustarnos, para no escandalizarnos y para no ser ni siquiera percibido por nosotros.

López Ríos sí percibe aquello de lo que se trata gracias a su lectura sintomal. Esta lectura escruta el síntoma y nos hace reconocer en Seligman algunos de los rasgos del famoso personaje Pangloss con el que Voltaire se representó a Leibniz en el Cándido. Pangloss es la encarnación del optimismo ante la adversidad. Es, por así decir, un psicólogo positivo del siglo XVIII. Al igual que Seligman, Pangloss encuentra en sí mismo el camino psicológico-ideológico imaginario para evadirse de su mundo real histórico-político y socioeconómico.

Evadirse de este mundo externo, evadiéndose hacia el mundo interno paralelo en el que viven los psicólogos, evita lógicamente la transformación del mundo externo. Contribuye así a la reproducción de este mundo externo regido por el capital, por el sistema capitalista mercantil en el siglo XVIII y ahora predominantemente financiero, así como neoliberal y neofascista en su política. Primero Pangloss y ahora Seligman contribuyen a la reproducción del capitalismo, pero además, implícitamente, con su espíritu positivo, lo justifican y lo celebran, convirtiéndose así en sus portavoces, en apologistas de lo existente, en defensores del orden establecido, en intelectuales orgánicos del capital.

Al menos en el caso de Seligman, es claro que se trata de una personificación del capital. Esto no representa ningún problema para Seligman, pues él mismo concibe al ser humano, en sus propios términos, como un “capital psicológico”. Además, por si fuera poco, Seligman entiende su capital psicológico, en clave neoliberal, como un capital capaz de incrementarse mágicamente por el simple hecho de “fluir”.

Ante la fluidez neoliberal del capital psicológico de Seligman, López Ríos tiene mucha razón en pensar en los grandes teóricos del neoliberalismo, como Hayek, Friedman y Von Mises. También acierta cuando observa –lo cito– que “el discurso de Seligman da testimonio, de un modo implícito, esquivo, sobre el hecho de que la lógica neoliberal lo ha impregnado todo, incluyendo la psicología y más específicamente la psicología positiva”. López Ríos sabe que esta lógica neoliberal es también capitalista, de modo que podemos inferir que Seligman es una evidencia de que todo va quedando subsumido en el capitalismo, aunque reconociendo, con la perspicaz reserva de López Ríos, que el todo al que nos referimos, un todo que incluye la psicología, no existía como tal antes de recrearse en el capitalismo como aquello que es realmente.

Digamos, con Althusser y López Ríos, que la estructura capitalista lo sobredetermina todo con su causalidad estructural y hace que todo sea lo que es. Esto incluye a la psicología, pero también a los sujetos que somos cada vez más, como diría el EZLN, simples clones del capital. Somos esto que somos por lo que nos determina, por la estructura, por su causalidad, la cual, en la teoría lacaniana, puede pensarse, como lo hace López Ríos, a través de las nociones del goce y el deseo del gran Otro. A medida que el gran Otro del sistema simbólico de la cultura va quedando subsumido en el sistema económico del capitalismo, el goce y el deseo del gran Otro van convirtiéndose en goce y deseo del capital que nos constituye como objetos, engranes, clones del capital.

Digamos que el capital nos causa, pero en una causalidad material subsistente, de tipo spinoziana, que se prolonga en nosotros, convirtiéndonos en sus apéndices, como diría Marx. Esta causalidad, a la que López Ríos dedica gran parte de su libro, es efectuada en parte por la psicología. El dispositivo psicológico forma parte de los múltiples nexos causales de la estructura capitalista que nos constituyen a los sujetos como clones del capital.

Digamos que la psicología forma parte de la causalidad estructural del capitalismo. Hace lo que debe hacer en esta causalidad, pero no sabe lo que hace, imaginando simplemente que le ayuda al sujeto a adaptarse o ajustarse, a funcionar en el mundo, en un mundo regido cada vez más por el capital. Esta adaptación funcional llega hasta la mimetización, hasta el mimetismo, como bien lo constataron los filósofos de la Escuela de Frankfurt. Es precisamente al mimetizarse con el mundo al que se adapta que el sujeto se convierte en un clon del capital que rige ese mundo.

La adaptación mimética es un efecto directo de la causalidad estructural subsistente de la que se ocupan Althusser y López Ríos, pero hay que insistir en que esta causalidad no es reconocida por la psicología. El proyecto instaurador mismo de la psicología, como nos lo ha mostrado Georges Canguilhem, hace que olvide su origen y su fundamento y que se concentre en su utilidad: la de ayudar al sujeto a adaptarse y funcionar, ser funcional en su mundo, y de paso realizarse y ser feliz, como lo quiere Seligman. Es así como el adaptacionismo funcionalista de Seligman y de los demás psicólogos cae en la falacia que el genial paleontólogo y biólogo evolutivo Stephan Jay Gould asoció precisamente con la figura de Pangloss.

La falacia a la que me refiero es aquella por la que Pangloss puede afirmar que “habiéndose hecho todo con un fin, no puede menos éste ser el mejor de los fines, pues nótese que las narices se hicieron para llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas”. Seligman y sus colegas dirían que los psicólogos existen para ayudar a los sujetos a adaptarse, a ser funcionales y felices, y que por eso ayudan a los sujetos a adaptarse, a ser felices y funcionales.

Nuestros psicólogos también dirían que los sujetos fueron hechos para adaptarse, para ser funcionales y felices, y que por ello hay que ayudarlos adaptarse, para ser funcionales y felices. Este razonamiento adaptacionista y funcionalista sólo puede cumplirse y verificarse en alucinaciones como la del paraíso terrenal en el garaje. No hay otro desenlace para la teleología idealista de la psicología que recibe una potente crítica materialista causalista en el libro de López Ríos que les recomiendo mucho leer.

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