Charla en la Escuela de Psicología de la Universidad Panamericana, Ciudad de México, viernes 13 de marzo de 2026
David Pavón-Cuéllar
¿Psicología indígena?
Me han invitado a que les hable sobre psicología indígena. Es un tema que me apasiona, que investigo desde hace unos quince años y que me ha llevado a dictar varias conferencias y a publicar un par de libros y varios artículos y capítulos. Sin embargo, a medida que profundizo en el tema, he ido comprendiendo que la expresión de “psicología indígena” es inadecuada para describir lo que estudio.
Un problema de la expresión de “psicología indígena” es que ya se usa en inglés para designar algo que no corresponde exactamente a lo que yo estudio. Mis investigaciones son sobre la forma en que ciertos pueblos originarios entienden el psiquismo, la personalidad, las emociones, las ideas, los comportamientos y todo lo demás de lo que nos ocupamos las psicólogas y los psicólogos. Por el contrario, lo que se llama “psicología indígena”, tal como lo entienden sus grandes exponentes Uichol Kim y John W. Berry, es un estudio científico de la conducta humana de cualquier grupo y no sólo de los pueblos originarios, un estudio que se distingue por ser nativo, por no provenir de otros lugares, por ser diseñado para cierta gente diferente de otra.
Sin duda el proyecto de la psicología indígena es valioso y necesario para contrarrestar el etnocentrismo y universalismo del saber psicológico europeo y estadounidense. En esto, al menos en esto, coincide con mi trabajo, pero difiere de él en todo lo demás. Yo estudio los saberes ancestrales indígenas ya existentes, mientras que la psicología indígena pretende crear un saber psicológico indígena, como si no lo hubiera ya, como si los pueblos originarios no supieran ya todo lo que necesitan saber sobre sus propias subjetividades.
Yo no quiero diseñar una psicología para los pueblos originarios, sino que deseo aprender lo que esos pueblos han diseñado por sí mismos. Intento instruirme en lo que ellos ya saben, lo que yo aún ignoro, lo que no tiene cabida en mi ciencia y en mi psicología, por lo cual tampoco ofrezco ni algo pretendidamente “científico”, en el sentido europeo-estadounidense de la palabra, ni la investigación de algo que pueda reducirse a lo que denominamos “conducta” o “comportamiento” en psicología. Además, cuando hablo de lo “indígena”, estoy refiriéndome no a cualquier nativo, sino específicamente a los pueblos originarios que mantienen un profundo arraigo en la tierra y un vínculo esencial con un territorio en el que viven de modo ininterrumpido por varias generaciones. Este punto es políticamente crucial en una época en la que tenemos a colonos brasileños, estadounidenses o israelíes que reivindican sus privilegios de nativos sobre los derechos fundamentales e inalienables de pueblos originarios como los amerindios y los palestinos.
La psicología que me interesa no es la de nativos como los mexicanos en general, sino la de los indígenas que viven aquí, en México, desde la época prehispánica. De modo más preciso, lo que estudio es la psicología de los pueblos originarios de Mesoamérica, es decir, los que viven en el centro y el sur de México, así como en Guatemala, Honduras, Belice, Nicaragua, El Salvador y el norte de Costa Rica. Mi interés está en las ideas psicológicas mesoamericanas y no en las indígenas en general. Es también por esto que la expresión de “psicología indígena” es inadecuada para describir mi trabajo.
Hay una razón más, la más importante, por la que he terminado renunciando a la expresión de “psicología indígena”. Esta razón es que aquello que he ido aprendiendo con los pueblos originarios mesoamericanos dista mucho de ser lo que entendemos habitualmente por psicología. A diferencia del saber psicológico, los saberes indígenas de Mesoamérica no pretenden ser científicos ni objetivos. Tampoco tienen un objeto psíquico, mental, conductual o cognitivo que se confine a la esfera de la individualidad y que se distinga del cuerpo y del mundo. Por esto y por más, pienso que es incorrecto emplear el nombre de “psicología” para designar las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad. Estas concepciones no son psicológicas, sino que son algo más, algo diferente de la psicología, algo para lo que no tengo nombre y que a mí personalmente me parece mucho mejor que la psicología.
Confesión
Antes de seguir adelante, debo confesar con cierta vergüenza que soy psicólogo. Lo digo avergonzado como el alcohólico o el adicto que se levanta de la silla, baja la cabeza y confiesa que tiene una adicción al alcohol o a otra sustancia. Cada uno tiene sus vicios, problemas y defectos. Uno de los míos, uno de los peores y que me causan más vergüenza, es el de ser psicólogo: el de haber estudiado tanta psicología que ahora ya no sé cómo sacármela de la cabeza.
Estudié licenciatura, maestría y doctorado en psicología, pero he terminado formando parte de aquellas y aquellos que se vuelven críticamente contra la psicología, que se presentan como psicólogos críticos y que buscan alternativas en lugar del enfoque psicológico. Una de las mejores alternativas que yo he encontrado es precisamente aquella a la que doy el nombre de “concepciones mesoamericanas de la subjetividad”. Explicaré ahora por qué yo prefiero estas concepciones que la psicología de la que reniego.
Procederé con una enumeración de ocho razones que me han llevado a rechazar las ideas psicológicas europeas y estadounidenses para volcarme hacia las ideas indígenas mesoamericanas. Las razones que daré son algunas de las más importantes, no todas porque no tenemos un tiempo ilimitado, pero sí aquellas que pueden explicarse de modo más rápido y sencillo. Tal vez mi enumeración resulte un poco tediosa. De ser así, les pido perdón por adelantado.
Singularidad, contradicción, complejidad e incertidumbre
La primera de mis razones para preferir las concepciones mesoamericanas de la subjetividad es que reconocen la singularidad única de cada sujeto, sin intentar generalizar, como no deja de hacerlo nuestra psicología cuando nos diagnostica, nos encasilla en tipos de personalidad o nos atribuye coeficientes de inteligencia o de cualquier otra cosa. Es verdad que el conocimiento psicológico percibe diferencias entre los individuos, pero tiende siempre a reducirlas a variaciones de principios generalizables y a veces cuantificables y medibles. Esto no sucede en los pueblos originarios, en los que se comprende muy bien que cada uno de nosotros es único, incomparable a cualquier otro, irreductible a categorías generales.
Entre los nahuas, por ejemplo, hay un principio psíquico individualizante, el tonalli, por el que cada sujeto es diferente de los demás. No es como el carácter o la personalidad en la psicología, pues no se disuelve en tipologías, sino que es exclusivo de cada sujeto. Cada uno es su tonalli.
Cada sujeto se define, además, como in ixtli in yóllotl, por tener un ixtli y un yóllotl, un rostro y un corazón, un carácter y un deseo, que son completamente diferentes de los demás. Esta singularidad es muy valorizada entre los nahuas. Es por ello que los sabios y educadores nahuas, los tlamatinime y los teixtlamachtiani, servían para que cada uno descubriera su propia singularidad, y no para normalizarnos y estandarizarnos, como en la psicología y la educación en el mundo occidental.
Si los psicólogos y educadores contribuyen a nuestra normalización y estandarización, es para ajustarnos, adaptarnos, reconciliarnos con el mundo, con la vida y con nosotros mismos, incluso a costa del mundo, la vida y nosotros mismos. Este propósito de adaptación y reconciliación no existe en las perspectivas indígenas mesoamericanas, las cuales, también por esto, me parecen preferibles a las perspectivas psicológicas europeas y estadounidenses (segunda razón). Nuestra psicología identifica la salud mental con la paz y la armonía, desconociendo que somos irremediablemente contradictorios y conflictivos, lo que sí es reconocido por los indígenas mesoamericanos.
Los pueblos de Mesoamérica son conscientes de que todo ser humano se encuentra desgarrado, en conflicto consigo mismo, estando compuesto de principios que luchan entre sí, como el hostil y el amoroso, el creativo y el destructivo, el masculino y el femenino, y muchos otros más. Entre los otomíes, nuestras almas llamadas nzaki son tan sólo unas de nuestras almas y son siempre femeninas y masculinas, de modo que todo hombre es de algún modo también mujer y toda mujer es también en cierta medida hombre, y esto de muchas formas diferentes, según el nzaki y el sujeto del que se trate. Lo fascinante de esta idea es que va más allá de los tediosos binarismos de género en los que ha quedado atrapada la psicología y que actualmente están siendo cuestionados por la trinchera LGBTTTIQ+ de la psicología crítica.
En lugar del simplismo binarista de la psicología dominante, las concepciones mesoamericanas de la subjetividad razonan de modo complejo. Razonan, así, como debe razonarse ante algo tan complejo como la sexualidad y como cualquier otro asunto humano. Es también por esta complejidad que yo opto por los saberes ancestrales mesoamericanos en lugar de la desesperadamente simplista psicología europea y estadounidense que estudiamos en las universidades (tercera razón).
El simplismo se asocia también directamente con otro de los grandes problemas del saber psicológico: su propensión a la certidumbre infundada, su tono contundente y categórico, su ridícula confianza en sí mismo, su petulante seguridad al referirse a cuestiones que no es capaz de comprender porque simplemente escapan a nuestra capacidad de comprensión. Todo esto es algo que no se encuentra en los saberes ancestrales mesoamericanos que se distinguen por aceptar sus propios límites, por no pretender comprender lo incomprensible, por cultivar la duda, la imprecisión y la incertidumbre ante lo que no pueden penetrar. He aquí una razón más (la cuarta) por la que prefiero las concepciones mesoamericanas de la subjetividad que la psicología europea y estadounidense.
Comunidad, subjetividad, unidad y totalidad
La psicología simplifica los fenómenos humanos, y luego, una vez simplificados, muestra su lado arrogante y pretende comprenderlos por completo. Sin embargo, al comprenderlos, no está comprendiéndolos. Quiero decir que no está comprendiendo los verdaderos fenómenos humanos en toda su complejidad, sino una simplificación de estos fenómenos.
Una de las más conocidas simplificaciones psicológicas del fenómeno humano es aquella que lo individualiza, que lo concibe como realizado y concentrado en cada individuo, como si el individuo fuera el ser humano, cuando bien sabemos o deberíamos saber que todo lo específicamente humano tiene carácter colectivo. Este carácter colectivo de lo humano es designado por los pueblos originarios mesoamericanos mediante conceptos como el ndoo mixteco y el tik tojolabal, ambos correspondientes a la primera persona del plural, el “nosotros”. El “nosotros” de los mixtecos y tojolabales hace todo lo que hace el “yo” en la psicología europea y estadounidense.
Desde la perspectiva psicológica de Europa y Estados Unidos, yo actúo, me comporto, siento y pienso, y luego existo, como en el cogito cartesiano. Por el contrario, desde la perspectiva mixteca y tojolabal, somos nosotros los que existimos colectivamente, los que pensamos y sentimos juntos, los que actuamos y nos comportamos de cierto modo. El comportamiento, el pensamiento y el sentimiento son colectivos y no individuales, nuestros y no míos.
Llegamos aquí a otra de mis razones (la quinta) para preferir el saber mesoamericano que el saber psicológico. La psicología comete un grave error al atribuir a un individuo todo aquello que se gesta y se desarrolla colectivamente, no sólo en una matriz de relaciones familiares y comunitarias, sino a través de la cultura y de siglos de historia. Esto último es perfectamente comprendido por los indígenas mesoamericanos, pero no por los psicólogos europeos y estadounidenses, quienes tienen su entendimiento nublado por una densa capa de ideología moderna individualista burguesa que no concibe la existencia de otros sujetos que no sean los individuales.
El problema de reducir el sujeto a su individualidad es un problema no sólo teórico y epistemológico, sino político, pues el individuo carece de toda la fuerza que sólo puede tenerse y ejercerse colectivamente. Esta fuerza es la que los purépechas describen como juchári uinápekua, expresión que puede traducirse como “nuestra fuerza” y “nuestra unión”, y que ha permitido la supervivencia de éste y otros pueblos originarios a través y a pesar de más de quinientos años de colonialismo y neocolonialismo. A diferencia de los indígenas de Mesoamérica, nosotros carecemos de esa fuerza colectiva porque hemos ido perdiendo nuestra subjetividad comunitaria.
Al carecer de comunidad y al verse reducido a su individualidad, el sujeto que somos deja de ser tal, sujeto, y aparece como su contrario, como un simple objeto, objeto del saber psicológico. Ver un objeto ahí donde hay un sujeto no sólo es un error, un error fundamental de la psicología, contra el que ya nos prevenían Kant y Hegel. Además de ser una falacia epistemológica, la conversión del sujeto en objeto plantea igualmente un problema político.
¿Por qué un problema político? Porque el sujeto que somos no sólo se ve convertido en objeto de la psicología como saber, sino en objeto de la psicología como saber-poder, como dispositivo disciplinario, tal como nos lo muestran primero Michel Foucault y luego Nikolas Rose. Además, lo más importante para un enfoque marxista, el sujeto convertido en objeto de la psicología puede ser también objeto de sistemas opresivos como el capitalista, el patriarcal y el colonial y neocolonial. Resulta prácticamente imposible resistir contra estos sistemas cuando somos individualizados y así objetivados, reducidos a objetos, como sucede en la psicología. Es también por esta razón política (la sexta) que reniego de la psicología y que prefiero las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad.
Una razón más (la séptima) por la que opto por los saberes ancestrales de Mesoamérica es que no sólo reconocen, preservan y cultivan la unidad comunitaria de la esfera subjetiva, sino también su unidad psicofísica, tan corporal como anímica, psíquica, mental o cognitiva. Los saberes ancestrales mesoamericanos, en efecto, no incurren en el dualismo constitutivo de la psicología: el que la provee de un objeto, su objeto de estudio, al extraerlo del mundo y del cuerpo de los que forma parte. Esta separación de lo mental, de lo psíquico, es una abstracción artificial, forzada, que no existe en otras culturas, como las mesoamericanas, que a veces diagnostican la separación como una patología.
Una de las enfermedades mentales más frecuentes en las comunidades indígenas de Mesoamérica es un tipo de susto o espanto, como el komel infantil y el xiel adulto de los tzotziles, en el que el alma se separa del cuerpo. ¿No es acaso exactamente lo que hace el conocimiento psicológico al separar su objeto psíquico, mental o cognitivo de la totalidad corporal de la que forma parte? El dualismo constitutivo de la psicología se revela entonces como una patología para los pueblos originarios mesoamericanos.
Los indígenas de Mesoamérica se dan cuenta de que nosotros, los no-indígenas, estamos enfermos de psicología. Nuestra enfermedad psicológica es la de un alma que se aparta del cuerpo humano para encerrarlo, aprisionarlo, convertirse en su prisión, como ya lo denunciaba Foucault. Sin embargo, al separarse del cuerpo, lo mental o psíquico no sólo sirve para dominar el cuerpo al disciplinarlo, sino también para dominar y explotar el mundo natural que se conecta intrínsecamente con el cuerpo.
La separación dualista del objeto de la psicología con respecto al cuerpo y el mundo natural es indisociable de la devastación de la naturaleza que vivimos en el antropoceno y ahora en lo que Jason Moore llama “capitaloceno”. Si podemos devastar el mundo, es porque antes nos extraemos de él a través de visiones ideológicas antropocéntricas y especistas como la psicológica. Estas visiones contrastan con la idea mesoamericana de almas comunitarias unidas a la naturaleza. El mejor ejemplo es el teyolia nahua por el que la naturaleza entera es como un árbol que se ramifica en cada ser mineral, vegetal, animal y espiritual, de tal modo que al destruir cualquier cosa, estamos cortando una rama y así dañando el árbol.
Con visiones como la del teyolia nahua, uno comprende que los indígenas mesoamericanos tiendan a establecer con la naturaleza vínculos más respetuosos y armoniosos que los establecidos por los seres psicológicos producidos y reproducidos ideológicamente por la psicología europea y occidental. Llegamos aquí a otra de mis razones (la octava y última) por las que reniego de nuestra psicología y me inclino más por las concepciones mesoamericanas de la subjetividad. Estas concepciones me han permitido conocer otras formas de ser humano, otras formas diferentes de la psicológica, otras formas que me parecen menos simplistas, menos peligrosas para la naturaleza y para la humanidad misma.
Espero haber dejado claro por qué las concepciones mesoamericanas de la subjetividad, como dije al principio, me parecen mejores que la psicología europea y estadounidense estudiada en instituciones universitarias de todo el mundo. No estoy invitando a que dejemos de estudiar esta psicología, pero sí a que la pensemos críticamente y que no dejemos de considerar otras formas de concebir la esfera subjetiva. La psicológica es tan sólo una de ellas.
Tradotto dalla Brigata Basaglia e pubblicato originariamente sul loro blog, 27 novembre 2025
Abstract:Viene fornita una panoramica delle diverse forme che prende la psicologia rispetto alla Palestina e nel contesto dell’occupazione da parte dello Stato di Israele e della resistenza contro tale occupazione. In primo luogo, vengono esaminati criticamente vari studi che affrontano l’aspetto psicologico del cosiddetto “conflitto” israelo-palestinese. Si distinguono due grandi categorie di lavori all’interno delle correnti principali della psicologia: quelli che cercano di spiegare e aiutare a risolvere il conflitto e quelli che tentano di individuare, comprendere e trattare i suoi effetti. L’articolo approfondisce poi un’altra categoria di lavori che si rifanno in modo riflessivo a lavori precedenti e li mettono in discussione per la loro inadeguatezza culturale, l’eurocentrismo, il liberalismo, l’individualismo e i loro meccanismi di psicologizzazione, depoliticizzazione, destoricizzazione e decontestualizzazione. Queste questioni offrono uno sguardo su una psicologia critica emergente, una psicologia critica il cui potere risiede nel suo legame con il popolo palestinese.
Parole chiave: Palestina, Psicologia, Psicologia critica, Israele, popolo.
Traduzione a cura delle Brigata Basaglia(www.brigatabasaglia.org)
Introduzione
L’immagine abituale della Palestina è quella della sua devastazione, degli ultimi brandelli del suo territorio, di un popolo intrappolato tra le mura. È l’immagine di esplosioni, polvere, rovine, macerie, cadaveri, filo spinato, torri di guardia, campi profughi, donne in lacrime e bambini che lanciano pietre contro i carri armati israeliani. È così che la Palestina viene solitamente immaginata nel mondo e anche nell’ambiente accademico e professionale della psicologia.
Di solito gli psicologi immaginano la Palestina come un luogo che può solo essere un ricettacolo di oggetti della psicologia come il lutto, il dolore, la sofferenza, la depressione, l’ansia, l’aggressività, la violenza, la resilienza o disturbi come quello da stress post-traumatico. Questi oggetti, assimilati a ciò che viene descritto come il “conflitto” israelo-palestinese, vengono presentati agli psicologi di tutto il mondo come qualcosa che accade in Palestina e che richiede la loro attenzione per essere studiato, ricercato, spiegato, compreso, trattato, risolto e curato. È così che si pensa che la psicologia agisca o dovrebbe agire in relazione a questo territorio: operando per occuparsi di ciò che vi accade, occupandosene come se ciò fosse il suo obiettivo, applicandosi come se ciò fosse il suo problema.1
La Palestina tende ad essere concepita dagli psicologi come un luogo per gli oggetti della psicologia, ma non come un luogo per la psicologia. Come potrebbero svilupparsi le teorie e le pratiche psicologiche nella miseria della Palestina, tra le sue rovine e le sue macerie, nell’isolamento del suo assedio, nell’urgenza dei suoi abitanti di sopravvivere, nelle sue terre devastate e costantemente minacciate dallo Stato di Israele? Secondo questa idea, non ci sarebbero le condizioni per una psicologia in Palestina, ma solo per una psicologia della Palestina, su di essa, su ciò che vi accade.2
La psicologia lavorerebbe sulla Palestina come le altre scienze del mondo che studiano la Palestina, come le risoluzioni israeliane e statunitensi che riguardano anch’esse la Palestina, come il potere israeliano che grava sulla Palestina, come i droni e gli aerei militari di Tzahal che sorvolano la Palestina e lanciano anche delle bombe su di essa. Con tutto questo e molto altro ancora che c’è e che ricade su di essa, comprendiamo che la Palestina possa sentirsi oppressa e che sia ricoperta dalle ferite e dalle cicatrici delle sue rovine, delle sue macerie e di tutto quello che immaginiamo quando la immaginiamo. La triste immagine di ciò che ci sarebbe in Palestina è quella di qualcosa di schiacciato e ferito da gran parte di ciò che gravita e precipita su di essa.
In realtà, per quanto pesante sia la situazione in Palestina, c’è ancora molto che resiste e si conserva in essa. La percezione stessa che lì rimangano solo rovine e macerie, polvere e cadaveri, coincide sospettosamente con l’orizzonte del progetto sionista di pulizia etnica destinato a realizzare il sogno di una terra senza popolo per un popolo senza terra. Al di là della fantasia su cui lo Stato di Israele fonda la sua legittimità, la Palestina è una terra con un popolo originario, il popolo palestinese, che ha migliaia di anni di storia, che mantiene viva una cultura raffinata e che recentemente sta sviluppando proposte artistiche, filosofiche e scientifiche molto originali, tra cui una psicologia che abbozzeremo alla fine di questo articolo.
Prima di arrivare alla psicologia del popolo palestinese, esamineremo criticamente diverse ricerche psicologiche sulla Palestina e, in particolare, sul cosiddetto “conflitto” israelo-palestinese. Successivamente affronteremo una psicologia più connessa al popolo palestinese, che analizzeremo in lavori che riflettono sulle ricerche precedenti e le mettono in discussione per problemi quali la loro inadeguatezza culturale, il loro eurocentrismo, il loro liberalismo, il loro individualismo e i loro meccanismi di psicologizzazione, depoliticizzazione, destoricizzazione e decontestualizzazione. Queste prospettive critiche ci permetteranno di intravedere una psicologia critica emergente la cui forza risiede nella sua connessione con il popolo palestinese, con la sua lotta e la sua resistenza.
Il nostro primo contatto con la psicologia del popolo palestinese è avvenuto grazie a un eccellente articolo pubblicato di recente dai nostri colleghi Pedro Costa e Kíssila Mendes.3 Questo articolo ci ha spinto prima a leggere gli autori citati, poi a rintracciare alcuni dei loro riferimenti e, infine, a condurre un’ampia ricerca documentale sulla questione palestinese in campo psicologico. Ricercando con mezzi convenzionali come la ricerca negli indici delle riviste, la consultazione di revisioni sistematiche e lo studio metodico di testi accademici, abbiamo acquisito familiarità con una letteratura scientifica piuttosto ripetitiva e prevedibile, oltre che notoriamente parziale e tendenziosa, in cui prevalgono la lingua inglese, l’affiliazione a università israeliane o statunitensi, la pretesa di neutralità, la visione oggettivante che contraddistingue la psicologia sulla Palestina e il presupposto dell’esistenza di un “conflitto” tra Palestina e Israele.
Questa flagrante riproduzione accademica dei rapporti di potere prevalenti nella sfera politico-mediatica non ci ha impedito di scoprire improvvisamente, negli angoli e ai margini, indizi di ciò che qui rappresentiamo globalmente come la psicologia critica palestinese, cioè la psicologia del popolo palestinese, ispirata e legata ad esso, alle sue lotte e alle sue aspirazioni. Una caratteristica distintiva della psicologia critica palestinese, che la distingue nettamente da altre proposte psicologiche, è quella che la scrittrice Lina Meruane ha descritto come la “vocazione terroristica di chiamare le cose con il loro nome”.4 È grazie a per questa vocazione che si designa chiaramente ciò che il popolo palestinese sta vivendo come colonialismo, occupazione e genocidio, invece di ricorrere ad altre parole che servono più a nascondere che a mostrare. Una parola nascondiglio ben nota, una delle più utilizzate in campo psicologico, è quella di “conflitto”, con la quale si pretende di sintetizzare tutto ciò che accade tra Israele e Palestina.
La maggior parte delle ricerche psicologiche su ciò che accade in Palestina partono dal presupposto errato che si tratti di un “conflitto”.5 Basta soffermarsi un attimo sulla questione per rendersi conto che non si tratta di un conflitto, ma di qualcosa di completamente diverso: in primo luogo, un’offensiva unilaterale dell’invasore israeliano con il suo immenso potere economico, politico e militare scatenato contro il popolo palestinese per sbarazzarsene e impossessarsi del suo territorio dal Mar Mediterraneo al fiume Giordano; in secondo luogo, gli sforzi disperati di questo popolo per difendersi e sopravvivere in una situazione coloniale caratterizzata dall’asimmetria degli interessi e dallo squilibrio delle forze. Ciò che abbiamo qui, in altre parole, è la resistenza contro una situazione di pulizia etnica finalizzata alla spoliazione territoriale.6 In queste condizioni, descrivere come “conflitto” ciò che accade nel rapporto tra palestinesi e israeliani è tanto fallace e infame quanto lo sarebbe usare lo stesso termine per designare i rapporti tra gli indigeni americani e i colonizzatori europei, tra gli ebrei e i nazisti, o tra i neri e i bianchi sudafricani ai tempi dell’apartheid. Tuttavia, come vedremo ora, la parola “conflitto” è al centro di molte ricerche psicologiche su ciò che accade in Palestina, le quali, riducendo questi eventi a un conflitto, sono esempi di quella che è finita per essere conosciuta come “psicologia del conflitto israelo-palestinese.
La psicologia che cerca di spiegare e risolvere il “conflitto”
La maggior parte degli approcci psicologici al presunto conflitto possono essere raggruppati in due grandi categorie: una è quella dei lavori che trattano direttamente il “conflitto”, l’altra è quella degli studi che ne affrontano gli effetti sui soggetti. Nel primo gruppo predominano gli psicologi sociali, culturali e politici, mentre nel secondo abbondano psichiatri, psicoterapeuti e psicologi clinici e comunitari.
Gli psicologi del primo gruppo tendono a mettere le loro conoscenze, i loro metodi e le loro ricerche al servizio della spiegazione e della risoluzione del “conflitto”. Ciò li porta a concentrarsi sui fattori psicologici a cui attribuiscono la persistenza del conflitto, tra cui fattori cognitivi, emotivi, affettivi, comportamentali, relazionali o persino discorsivi e narrativi. In un classico lavoro di quasi 40 anni fa, ad esempio, Herbert Kelman sosteneva che il “conflitto” non era stato risolto perché era diventato un conflitto a somma zero in cui ciascuna delle parti negava l’identità e il diritto all’esistenza dell’altra parte.8 Pertanto, l’unica soluzione era il riconoscimento reciproco tra israeliani e palestinesi, con cui sarebbe stato possibile realizzare ciò che lo stesso Kelman concepì in seguito come un compromesso storico per convalidare le identità e soddisfare i bisogni fondamentali di entrambi i popoli.9
Tra i fattori che impedirebbero la riconciliazione tra il popolo palestinese e quello israeliano, Nadim Rouhana e Daniel Bar-Tal sottolineano le credenze sociali di entrambi i popoli.10 Il cambiamento di queste credenze sarebbe la chiave per risolvere il “conflitto”. Tuttavia, il cambiamento è difficile, poiché le credenze sarebbero funzionali per i popoli, aiutandoli ad affrontare la paura e le diverse difficoltà associate al “conflitto”. Tra le credenze degli israeliani e dei palestinesi, quelle più ostili alla risoluzione del “conflitto” sarebbero quelle che si condensano e si consolidano nei pregiudizi e negli stereotipi di cui si occupa Moises Salinas.11 Questi, secondo Salinas, costituiscono i maggiori ostacoli alla pace tanto desiderata dagli abitanti della regione. Per raggiungerla, basterebbe superare la rappresentazione pregiudiziale e stereotipata che palestinesi e israeliani hanno l’uno dell’altro e che li porta ad attaccarsi solo per cercare di difendersi da ciò che si attribuiscono reciprocamente.
Inoltre, in modo difensivo, anche i popoli palestinese e israeliano si chiuderebbero in sé stessi. Non si ascolterebbero più a vicenda né dialogherebbero tra loro, tranne che in scambi strumentali, come ha sottolineato Julia Chaitin.12 Per questa autrice, l’ascolto e il dialogo sono le chiavi per la riconciliazione, poiché condizionano la possibilità di un cambiamento delle credenze sociali e di un riconoscimento reciproco.
Oltre alle credenze e alla mancanza di riconoscimento, recentemente Alon Ben-Meir ha preso in considerazione altri fattori che impediscono la risoluzione del “conflitto”, tra cui la resistenza psicologica, le esperienze passate, la percezione storica e le convinzioni religiose.13 Curiosamente, per Ben-Meir, questi e altri fattori sarebbero ancora più decisivi della disputa per la terra. Più che storico, sociopolitico ed economico, il nocciolo del “conflitto” sarebbe psicologico. La psicologizzazione, l’esagerazione dell’importanza della psicologia nel “conflitto”, è portata da Ben-Meir a un estremo rivelatore. Ben-Meir svela ciò che è in gioco nelle diverse spiegazioni psicologiche del conflitto a cui abbiamo fatto riferimento. Spiegando il “conflitto” principalmente attraverso la psicologia, si minimizza o addirittura si ignora la storia, la società, l’economia e la politica. Ciò permette di dimenticare le violenze dirette e indirette o strutturali che il sionismo ha perpetrato sui palestinesi da quasi un secolo: l’immenso furto di terre e altre proprietà, il saccheggio delle risorse, l’assedio, l’impoverimento culturale e socioeconomico, la distruzione di abitazioni e infrastrutture, il disprezzo e l’umiliazione, l’emarginazione e la segregazione, lo sfruttamento e oppressione, la repressione e persecuzione, la migrazione forzata, l’incarcerazione arbitraria e lo sterminio sistematico. È indiscutibile che i danni inflitti dallo Stato di Israele ai palestinesi siano incomparabilmente maggiori di quelli inflitti dalla Palestina agli israeliani. Questa asimmetria scompare quando prestiamo attenzione solo all’aspetto psicologico del problema, giudicandolo il più importante e determinante. La considerazione unilaterale dell’aspetto psicologico ci fa anche perdere di vista il fatto che la violenza palestinese si distingue fondamentalmente da quella israeliana per essere difensiva e non offensiva, reattiva e non invasiva, da parte degli oppressi e non degli oppressori, per liberarsi e non per dominare, per sopravvivere e non per espandersi, con uno scopo di resistenza e non di colonizzazione. Tutto questo svanisce in un regno della psicologia in cui i palestinesi possono riconciliarsi con gli israeliani, rassegnarsi a ciò che accade, dimenticare, perdonare e lasciarsi alle spalle un debito storico semplicemente impossibile da ripagare. Apparentemente, invece di continuare ad amareggiarsi e indignarsi pensando alla colonizzazione, alla devastazione, all’esilio e al genocidio, i palestinesi dovrebbero pensare, con l’aiuto degli psicologi, a temi confortanti come quelli sottolineati dagli autori citati: la mancanza di riconoscimento reciproco in Kelman, le credenze sociali in Rouhana e Bar-Tal, i pregiudizi e gli stereotipi in Salinas, la mancanza di ascolto e dialogo in Chaitin, e la percezione storica e le convinzioni religiose in Ben-Meir. Queste categorie psicologiche sono come formule magiche per scongiurare e dissipare non solo la cattiva coscienza di Israele, ma anche il suo debito nei confronti dei palestinesi. Invece di pagare il debito, si sceglie di volatilizzarlo nella psicologia.
In questo modo, la prospettiva psicologica permette di relativizzare il danno oggettivo inflitto ai palestinesi, nonché di oggettivarlo e derealizzarlo per non doverlo riparare. Invece di risarcire i palestinesi lasciandoli tornare nei loro territori e restituendo loro terre, ulivi, case e villaggi, è molto più facile ed economico per lo Stato di Israele risolvere il “conflitto” avvalendosi dei propri psicologi per ottenere che i palestinesi riconoscano l’identità israeliana, cambino le loro convinzioni su Israele, ascoltino rispettosamente coloro che hanno sottratto loro il territorio, dialoghino cordialmente con loro e imparino a percepirli in modo diverso. La soluzione avviene quindi nella mente e non nella realtà, nel mondo psichico interno e non in quello socioeconomico esterno, come spesso accade nella psicologia, che, senza offrire nulla per porre fine alla violenza degli aggressori israeliani contro le loro vittime palestinesi, può solo rivittimizzare queste ultime incolpandole di ciò che soffrono ed esortandole a perdonare i veri colpevoli.
La psicologia che cerca di individuare, comprendere e trattare gli effetti del “conflitto”
In contrasto con i lavori appena citati, ce ne sono altri che sembrano politicamente meno discutibili, ma solo perché non sono così chiaramente ed evidentemente legati alla politica. Si tratta di lavori che non fanno riferimento diretto al “conflitto”, ma ai suoi effetti sulle vittime palestinesi. Molti effetti sono già di per sé psicologici, quindi non è necessario psicologizzarli per affrontare psicologicamente il “conflitto”.
Tra i vari effetti psicologici della violenza israeliana sulla Palestina, forse il più studiato è il disturbo da stress post-traumatico, in cui i soggetti rimangono spaventati, ansiosi e depressi per diversi mesi e persino anni dopo l’esperienza traumatizzante.
Esistono decine di pubblicazioni sullo stress post-traumatico dei palestinesi, nonché revisioni sistematiche di queste pubblicazioni.14 Sono state inoltre sistematicamente revisionate pubblicazioni su altri effetti psicologici del “conflitto” che non raggiungono le soglie del disturbo da stress post-traumatico, anche se comportano cambiamenti nel modo di pensare, sentire e agire, nonché danni al benessere dei soggetti.15 Esistono anche studi su altri effetti, tra cui i comportamenti violenti e antisociali,16 depressione, stress e ansia,17 insonnia e altri disturbi del sonno.18 Abbiamo qui un immenso accumulo di ricerche che dimostrano oggettivamente, con precisione e rigore, l’enorme sofferenza inflitta dallo Stato di Israele ai palestinesi.
Alcuni lavori non si limitano a rilevare gli effetti psicologici della violenza israeliana, ma cercano di comprenderli, indagando in particolare ciò che può attenuarli. Raija-Leena Punamäki e i suoi collaboratori, ad esempio, hanno dimostrato che lo stress post- traumatico dei bambini palestinesi è meno grave quando i genitori sono affettuosi con loro.19
Da parte loro, Rozanna Aitcheson e i suoi colleghi hanno individuato altri fattori favorevoli alla resilienza degli adolescenti, tra cui una maggiore autoregolazione, capacità di coping più solide, un atteggiamento ottimista e la percezione che la famiglia rappresenti il mondo come qualcosa di comprensibile.20
Ricerche come quella appena citata evidenziano l’importanza dell’atteggiamento e della percezione nell’esperienza dei palestinesi. Per comprendere meglio questo fattore soggettivo, Phillip Hammack sottolinea il peso delle narrazioni storiche e identitarie, tra cui le tragiche narrazioni di perdita e spoliazione.21 Il suo lavoro ci permette di intravedere come le narrazioni, influendo sulla soggettività, potrebbero contribuire ad alleviare le sofferenze dei giovani palestinesi.
Il sollievo può essere ricercato anche in modo strategico e metodico attraverso tecniche di riabilitazione come quelle implementate da Sofián El-Astal con gli studenti di Gaza, offrendo loro laboratori con meditazioni incentrate sul perdono ed esercizi di respirazione, espressione, auto-stimolazione e immaginazione di un luogo sicuro.22 Esistono ovviamente altri possibili trattamenti. Uno ben noto per la sua efficacia, utilizzato da Dana Bdier e Fayez Mahamid con adolescenti palestinesi traumatizzati, è la terapia cognitivo-comportamentale di esposizione prolungata, che consiste in un avvicinamento graduale ai ricordi e ai sentimenti legati al trauma.23
Senza dubbio è necessario trattare il trauma, ma ciò non è sufficiente quando la situazione traumatizzante persiste durante il trattamento. Finché lo Stato di Israele continuerà l’occupazione dei territori e continuerà la sua violenza mortale e devastante contro il popolo palestinese, le diverse tecniche psicoterapeutiche e riabilitative concepite da El-Astal, Bdier e Mahamid costituiscono semplici cure palliative che non curano il male, ma si limitano ad alleviare sintomi come quelli dello stress post- traumatico. L’idea stessa di questo stress è fuorviante, poiché i palestinesi continuano a vivere in una situazione traumatica, non trovandosi in un momento già post-traumatico.
Diciamo che i palestinesi non sono ancora in un luogo sicuro ed è per questo che possono solo immaginarlo come nella tecnica di El-Astal. Dietro ciò che si immagina, la realtà materiale è fatta di totale insicurezza perché ci si trova in una situazione traumatica permanente, che, inutile dirlo, esiste di per sé, indipendentemente dalle narrazioni a cui si riferisce Hammack. Forse l’elaborazione dell’esperienza traumatica può essere favorita narrativamente, ma non è così che si porrà fine al trauma e si dissolverà ciò che è traumatizzante. Centinaia di migliaia di palestinesi rimarranno traumatizzati finché lo Stato di Israele continuerà a traumatizzarli, a molestarli, a minacciarli, a intimidirli, a perseguitarli e ad attaccarli con droni, proiettili e bombardamenti.
In condizioni di occupazione, spoliazione e guerra permanente, non ci si può affidare esclusivamente a fattori psicologici quali l’affetto paterno e l’ottimismo a cui fanno riferimento Punamäki e Aitcheson con i rispettivi collaboratori. Ciò che emerge da queste piccole soluzioni a grandi problemi non è altro che la debolezza e l’impotenza degli psicologi, così come, a volte, solo a volte, emerge anche la meschinità e la miseria della psicologia. La comprensione psicologica degli effetti non dovrebbe portarci a dimenticare la causa, la realtà materiale e storica della violenza di Israele contro la Palestina, per concentrarci sui fattori attenuanti o aggravanti.
Haj-Yahia e Makkawi: superare le insufficienze della psicologia sulla Palestina
Studi come quelli recentemente messi in discussione non solo presentano i problemi che abbiamo appena evidenziato, ma anche molti altri che sono stati acutamente identificati da diversi autori critici. Ciò che contraddistingue questi autori è che ammettono apertamente il nocciolo politico della questione, riferendosi chiaramente all’occupazione israeliana, senza nasconderla con la fantasia del “conflitto” e senza limitarsi a curarne gli effetti psicologici. C’è qui una sorta di buon senso che proviene dal popolo palestinese e che permette di rivolgersi criticamente contro le ricerche, le riflessioni e gli interventi della psicologia sulla Palestina che abbiamo esaminato nei due paragrafi precedenti. Muhammad Al Haj-Yahia è stato un pioniere nel mettere in discussione le carenze metodologiche della ricerca psicologica in Palestina, l’utilizzo di scale occidentali culturalmente inadeguate al contesto e la mancanza di utilità e applicabilità per la
popolazione oggetto di studio.24 Dopo aver letto Haj-Yahia, Ibrahim Makkawi ha
completato la sua critica mettendo in discussione l’orientamento “riduzionista, individualista e positivista” della stessa psicologia che svolge ricerche in Palestina, nonché la sua pretesa di neutralità e il suo esclusivo scopo di “promozione accademica” senza effetti concreti sulla realtà.25 Secondo Makkawi, la maggior parte degli psicologi, psicoterapeuti e psichiatri non sarebbe al servizio del popolo palestinese, ma di se stessi e delle istituzioni o organizzazioni in cui sarebbero inseriti, siano esse governative o non governative.
Cercando le cause della disconnessione degli operatori di salute mentale rispetto al popolo palestinese, Makkawi le ha individuate negli Accordi di pace di Oslo del 1993. Gli accordi hanno istituito un quadro liberale che ha facilitato, regolamentato e promosso l’invasione di “finanziamenti provenienti dai paesi capitalisti occidentali” che, oltre a corrodere la “coesa comunità palestinese”, ha contribuito a indebolire le “antiche organizzazioni di volontariato di base” e sostituirle con organizzazioni non governative con “approcci individualistici al counseling e alla psicoterapia”.26 Queste organizzazioni disponevano di risorse sufficienti per cooptare numerosi psicologi, psichiatri e psicoterapeuti, depoliticizzandoli e allontanandoli dal popolo palestinese, intrappolandoli nelle loro agende, logiche e priorità.
Ribellandosi alla depoliticizzazione e alla disconnessione dei suoi colleghi rispetto al popolo palestinese, Makkawi ha proposto una psicologia comunitaria critica, ripoliticizzata e riconnessa con il popolo.
La sua proposta si basava sul riconoscimento che la violenza scolastica e domestica, i comportamenti ad alto rischio, l’incapacità di emanciparsi e altri problemi di salute mentale derivano da fenomeni quali “l’occupazione continua, la violenza militare, il muro di separazione coloniale, i posti di blocco, l’embargo economico, l’aumento della povertà, la detenzione e la tortura, gli omicidi e le stragi, la chiusura delle scuole e la distruzione sistematica delle infrastrutture” in Palestina.27 Questi fenomeni oggettivi erano quindi al centro dell’attenzione del programma di “psicologia comunitaria critica non riduzionista” introdotto da Makkawi all’Università di Birzeit in Cisgiordania: un programma ispirato in parte dal pensiero latinoamericano impegnato, guidato da metodi come la ricerca-azione partecipativa di Orlando Fals Borda e accompagnato da una “psicologia sociale della liberazione” basata sia sulla proposta omologa di Ignacio Martín-Baró sia sull’”educazione dialogica” e sulla “coscienza” così come concepite da Paulo Freire.28 Il lavoro a Birzeit ha costituito un’eccezione in Palestina, dove la psicologia, la psicoterapia e la psichiatria tendono a rimanere confinate nel riduzionismo, nell’individualismo, nel positivismo, nell’accademismo e negli altri problemi diagnosticati da Makkawi.
Meari e Jabr: Nakba, sumud e intifada
La diagnosi di Makkawi trova conferma negli studi psicologici e psichiatrici sul trauma in Palestina. In questi studi, Lena Meari ha individuato un orientamento “eurocentrico” e “liberale” che tende a individualizzare, psicologizzare, depoliticizzare e decontestualizzare il trauma, vedendo i palestinesi non più come attori, ma come semplici vittime, il che ha “ramificazioni soggettive e politiche pregiudizievoli per la lotta anticoloniale”.29 In alternativa, ciò che Meari propone si riassume nel concetto palestinese di sumud, inteso non come semplice resilienza psicologica, ma come capacità politica di resistenza, come «forza indefinibile che rappresenta la possibilità di una prassi politica al di fuori dell’ambito delle forme normalizzate della politica», una «fermezza» che è «un divenire rivoluzionario costante che apre la possibilità di un regime alternativo dell’essere, di un’identità relazionale etico-politica».30 Tutto ciò, che permette di resistere efficacemente all’occupazione israeliana, rischia di perdersi quando gli operatori della salute mentale psicologizzano e quindi depoliticizzano il trauma dell’occupazione, il sumud palestinese e il modo in cui si manifesta nella resistenza, nell’intifada.
In accordo con Meari, Samah Jabr ha osservato come gli psicologi, psichiatri e psicoterapeuti possono finire per indebolire il sumud e l’intifada, la fermezza e la resistenza dei palestinesi, oltre che esacerbare le loro sofferenze, sostenendo che «i problemi sono nella loro testa».31 Jabr ha anche concordato con Meari nel criticare in particolare la nozione individualista occidentale di trauma perché non corrisponde né alla realtà storica, né alla specificità culturale, né alla natura collettiva dell’esperienza palestinese di «umiliazione, oggettivazione, abbandono forzato ed esposizione quotidiana a stress tossico».32 Ignorando questa esperienza, una diagnosi forzata come quella del disturbo da stress post-traumatico servirebbe solo a patologizzare l’individuo «senza offrire soluzioni per un contesto patogeno»33 e senza cogliere appieno «l’esperienza del trauma storico dei palestinesi, un trauma deliberato, coloniale, continuo, collettivo, cumulativo e intergenerazionale», nonché «sistematicamente inflitto», che «si ripercuote su tutti gli ambiti della vita, della salute, identità, cultura ed economia”.34 Questi tratti dell’esperienza dei palestinesi costituiscono il filo conduttore della teoria del trauma storico sviluppata da Jabr.
Il paradigma del trauma storico è la Nakba, concepita da Jabr non solo come la catastrofe provocata dagli israeliani quando espulsero dalle loro terre quasi un milione di palestinesi nel 1948, ma come tutto ciò che si scatenò in quel momento e perdura fino ai giorni nostri, ciò che viene vissuto come un “insulto rinnovato”, come ” sofferenza accumulata”, come “ferita mai guarita”, come “immagine di sé danneggiata” che si trasmette di generazione in generazione.35 L’unico rimedio a questa esperienza traumatica si trova, secondo Jabr, oltre il piano psicologico individuale, nella «cura collettiva attraverso narrazioni popolari, rituali e rappresentazioni simboliche»,36 ma soprattutto nel sumud e nell’intifada, nella fermezza e in una lotta di resistenza «umanizzante» che permette di superare il senso di impotenza e garantire la «coerenza cognitiva attraverso il rifiuto dell’oppressione», così come nella solidarità internazionale che «convalida l’umanità dei palestinesi riconoscendo i loro sentimenti e la loro soggettività».37 L’unico rimedio al trauma è quindi politico, il che, secondo Jabr, è coerente con il fatto che anche la causa del trauma è politica.
Farajallah, gli Sheehi e il team di Hakim: politica, storia e contesto della psicologia in Palestina
Il riconoscimento del fattore politico, sia per quanto riguarda le cause che rispetto alla cura del trauma palestinese, lo si trova anche nel lavoro di Iman Farajallah. Questo autore condivide il punto di vista di Sami Owayda, rappresentante dell’Organizzazione Mondiale della Sanità a Gaza, quando ammette che la causa del trauma è l’occupazione e che quindi «la soluzione è politica e non psicologica».38 Tra le strategie proposte da Farajallah per superare la continua esperienza traumatica, sono significative quella di “continuare a sostenere la causa palestinese” e quella di evitare di “normalizzare o perdere la speranza”.39 Lavorare per la salute mentale in Palestina richiede di andare oltre la psicoterapia individuale o di gruppo e di unirsi al popolo palestinese nelle sue campagne e proteste di piazza contro l’ingiustizia di cui è vittima.
Grazie al suo legame con il popolo palestinese, Farajallah ha il buonsenso di riconoscere che solo l’azione politica consente di andare oltre le cure palliative, affrontando “la radice” del trauma con “un approccio olistico che includa la fine dell’occupazione”.40 Qualcosa di così semplice ed evidente come ciò che riconosce Farajallah è ciò che spesso si perde di vista nella psicologia che si occupa di ciò che accade in Palestina e, in particolare, nelle sue proposte di trattamenti apolitici di disturbi traumatici decontestualizzati. In tali trattamenti, infatti, il contesto politico della colonizzazione israeliana scompare dietro lo schermo psicologico delle sue conseguenze traumatiche per gli individui traumatizzati.
Allo stesso modo di Jabr e Farajallah, Lara e Stephen Sheehi sottolineano come il colonialismo di insediamento o colonizzazione, con il suo aspetto “psicologico” ed “estrattivo dal punto di vista psicologico”, può essere mascherato dai professionisti della salute mentale con i loro discorsi incentrati sulla “normalizzazione”, il “trauma” e la “resilienza”.41
Gli Sheehi denunciano anche come i paradigmi della “vittima del trauma” e della “resilienza apolitica” servano solo a “svuotare i soggetti palestinesi dei loro mondi interiori, delle loro politiche sessuali e di genere, delle loro condizioni materiali e dei loro contesti politici”.42 Questa depoliticizzazione e smaterializzazione accompagnano inevitabilmente la psicologizzazione di ciò che hanno sofferto i palestinesi.
La tendenza degli psicologi a psicologizzare e mistificare in altri modi ciò che accade in Palestina è accuratamente dimostrata e denunciata nel lavoro analitico di Nader Hakim e dei suoi colleghi.43 Questi autori offrono una revisione critica sistematica dei lavori esistenti di psicologia sociale sperimentale sulla Palestina, in cui scoprono che si tende a descrivere il contesto come “conflitto”, a equiparare in modo ingannevole le violenze della Palestina e di Israele, a ignorare le circostanze materiali e a ridurre le variabili indipendenti materiali a fattori psicologici quali sentimenti e atteggiamenti. In generale, come osservano Hakim e il suo team, la maggior parte dei lavori di psicologia sociale sulla Palestina sono caratterizzati dalla destoricizzazione e dalla decontestualizzazione di ciò che indagano, evitando di riconoscere il contesto “come uno di occupazione” e mascherando il rapporto “tra i membri di uno Stato colonizzatore e gli abitanti nativi di quella terra” con l’immagine di due gruppi di “trasgressori” in “conflitto”.44
Per spiegare l’insieme di pregiudizi e mistificazioni che rilevano, Hakim e i suoi collaboratori fanno riferimento alla «scarsa rappresentanza di partecipanti e ricercatori palestinesi».45 Questo fattore è problematico perché implica fin dall’inizio, fin dalla progettazione stessa delle ricerche, un carattere fondamentalmente distorto, parziale e tendenzioso a favore della prospettiva israeliana. Inoltre, ciò che più ci interessa in questo contesto è che la mancanza di rappresentanza del popolo palestinese nelle ricerche impedisce di apprendere tutto ciò che questo popolo può insegnarci.
La psicologia critica e il suo legame con il popolo palestinese
L’insegnamento del popolo palestinese è proprio ciò che contraddistingue le opere di autori critici come quelli appena citati. Ciò che distingue questi autori non è esattamente il fatto di essere palestinesi e non israeliani, poiché alcuni di loro, in realtà, non sono nemmeno palestinesi. Ciò che li contraddistingue è piuttosto ciò che questi autori hanno umilmente imparato dal popolo palestinese, dalla sua esperienza storica di sofferenza, lotta e resistenza.46
Ciò che il popolo palestinese ha insegnato trasforma gli autori critici in portavoce, rappresentanti e intellettuali organici del popolo, consentendo loro persino di assimilarne lo spirito. Grazie a tale assimilazione, autori come Jabr e Makkawi possono pensare con il popolo e come il popolo. Si distinguono così dagli esperti convenzionali citati in precedenza, come Kelman, Ben-Meir, Hammack, El-Astal o Bdier e Mahamid, che tendono a porsi al di sopra delle conoscenze popolari e a lasciarsi guidare esclusivamente dalle conoscenze accademiche e professionali in campo psichiatrico e psicologico.
Così come il legame con il popolo palestinese non è un privilegio degli psichiatri e degli psicologi palestinesi, allo stesso modo il distacco e l’allontanamento da esso non è un problema solo degli israeliani, degli europei e degli americani che lavorano nella regione, ma anche di molti psichiatri e psicologi palestinesi. Molti di loro devono o preferiscono lavorare come scienziati o esperti depoliticizzati, come professionisti o accademici distaccati e lontani dal popolo palestinese, al servizio di istituzioni o organizzazioni che operano nel quadro liberale degli Accordi di Oslo del 1993, che garantiscono la coesistenza di israeliani e palestinesi in condizioni di occupazione, colonizzazione, dominio, oppressione e annientamento di questi ultimi dai primi.47 In condizioni come queste, il normale lavoro della psichiatria e della psicologia, così come concepita in Israele, Europa e Stati Uniti, ha logicamente richiesto di disconnettersi e prendere le distanze dal popolo palestinese.
Il distacco e l’allontanamento dal popolo palestinese si traducono logicamente e necessariamente in punti ciechi, deboli e problematici nelle ricerche che riguardano lo stesso popolo, punti facilmente individuabili dagli autori che rimangono vicini al popolo e internamente connessi con esso. Grazie a questa connessione, gli autori critici sono nella posizione migliore per discernere gli errori, le lacune, i pregiudizi e gli altri problemi dei lavori psicologici in cui si cerca di spiegare e risolvere il presunto conflitto o di individuare, comprendere e trattare i suoi effetti sui soggetti.
Questa psicologia sulla Palestina rivela la sua inadeguatezza culturale, il suo eurocentrismo, il suo liberalismo, il suo individualismo e i suoi meccanismi di psicologizzazione, depoliticizzazione, destoricizzazione e decontestualizzazione quando viene giudicata in Palestina, dalla Palestina, dal punto di vista del popolo palestinese, che è proprio il punto di vista adottato dalla psicologia critica palestinese.
Oltre alla loro capacità critica, gli psicologi critici palestinesi possono trasmetterci molto di ciò che imparano positivamente dal popolo palestinese. Una parte di questo apprendimento è evidente in diverse lezioni per la psicologia, tra cui otto che esamino minuziosamente altrove, mostrando come aprono vie alternative per sfuggire alle inerzie dominanti in ambito psicologico accademico e professionale: la connessione con il popolo come rimedio contro l’isolamento di professori e professionisti; la visione dal basso per sfidare le prospettive elitarie dominanti; la decolonizzazione di fronte alla dipendenza e al dominio delle epistemologiei europee-statunitensi; la territorializzazione per porre fine all’universalismo; la rievocazione di fronte all’amnesia; la collettivizzazione di fronte all’individualismo liberale; la risoggettivazione contro l’oggettivismo e la ripoliticizzazione per superare lo psicologismo.48 Queste lezioni e altre ancora potrebbero cambiare profondamente la psicologia e altre scienze umane e sociali insegnate nelle università e praticate nelle società di tutto il mondo. Tuttavia, difficilmente ciò avverrà, poiché il cambiamento è ostacolato da fattori avversi e insormontabili: fattori strutturali economici, politici e ideologici inerenti all’attuale fase storica di consolidamento del capitalismo, che, tra l’altro, contribuiscono anche a perpetuare la violenza dello Stato di Israele.
Conclusione
La violenta occupazione israeliana dei territori palestinesi è sostenuta dalla struttura capitalista con la sua logica neocolonialista imperialista, espansionista, razzista ed estrattivista. Questa struttura è la stessa che mantiene il dominio di certi modelli psicologici strutturalmente funzionali al capitalismo.49 Per quanto riguarda le alternative nella psicologia critica, non possono che essere marginalizzati e resistere con enormi difficoltà, proprio come il popolo palestinese, ma ovviamente su piani diversi e con implicazioni vitali incomparabili.
Pur rispettando il divario che si apre tra la vita e la sua teorizzazione, forse dovremmo lasciarci guidare dal popolo palestinese nel riconsiderare cosa significhino emarginazione e resistenza, così come trasgressione e sovversione, per noi che affrontiamo criticamente i discorsi teorici della psicologia. Non è forse ciò che hanno fatto gli psicologi critici palestinesi nel mettere in discussione le ricerche psicologiche sulla Palestina? La messa in discussione è stata fatta dalla Palestina, in Palestina, ma non esattamente come luogo geografico, bensì come posizione politica di marginalità e resistenza, di trasgressione e sovversione, di fermezza intesa come sumud e di lotta intesa come intifada.
Certamente, per quanto politicizzata, la psicologia critica palestinese svolge un lavoro teorico rigoroso, coerente e piuttosto elaborato. Tuttavia, se qui c’è teoria, è in un senso molto preciso che è stato acutamente colto da Ilan Pappé in diversi teorici palestinesi: il senso paradossale di una “teorizzazione pratica” realizzata in spazi marginali, legata alla resistenza, inserita in una cultura “intrecciata con la lotta politica” e necessariamente “rilevante per la lotta di liberazione”.50 Questo tipo di teorizzazione è ciò che ha prodotto proposte di psicologia critica palestinese come quelle che abbiamo esaminato qui.
Come abbiamo visto, gli psicologi critici palestinesi desiderano mettere le loro risorse teoriche e pratiche al servizio del loro popolo e della sua lotta di liberazione. Aspirano quindi a una psicologia liberatrice, ma sanno che ciò è possibile solo, come ci ha insegnato Martín-Baró in America Latina, quando la psicologia stessa riesce a liberarsi dalle proprie catene.51 Nel caso della Palestina, queste catene sono proprio ciò a cui si riferiscono le critiche di ciascuno degli autori citati: l’inadeguatezza culturale in Al Haj-Yahia, il riduzionismo e l’individualismo in Makkawi, la psicologizzazione in Jabr e Meari, la depoliticizzazione in Farajallah, la normalizzazione negli Sheehi e la destoricizzazione e la decontestualizzazione in Hakim e nei suoi colleghi.
Le catene della psicologia sono l’oggetto della psicologia critica palestinese che, rivolgendosi criticamente su sé stessa, cerca di liberarsi dalle catene che le impediscono di essere liberatrice per il popolo. Comprendiamo che è infine grazie al popolo, alla sua lotta di liberazione, che qualcosa come la psicologia critica può avere senso in contesti in cui il popolo stesso ha bisogno di liberarsi per salvarsi, per sopravvivere, per non essere annientato dal potere brutale che lo domina.
NOTE
1 Cfr. Daniel Bar-Tal, “Israeli-Palestinian Conflict: A Cognitive Analysis”, International Journal of Intercultural Relations 14, n. 1 (1990): 7-29.
2 Cfr. Moises F. Salinas, Planting Hatred, Sowing Pain: The Psychology of the Israeli- Palestinian Conflict (Westport: Praeger, 2007).
3 Cfr. Pedro A. Costa e Kíssila Mendes, “Lessons from Psychology in Palestine: More than Psychotherapy, We Need a Truly Community Psychology”, Psychotherapy & Politics International 23, n. 1 (2025): 1-15.
4 Lina Meruane, Palestina en pedazos (Città del Messico: Random House, 2014), 144.
5 Cfr. Elizabeth Matthews, The Israel-Palestine Conflict: Parallel Discourses (Londra: Routledge, 2011).
6 Vedi Ilan Pappé, The Ethnic Cleansing of Palestine (Londra: Oneworld, 2006).
7 Salinas, Planting Hatred, Sowing Pain.
8 Herbert C. Kelman, “The Political Psychology of the Israeli-Palestinian Conflict: How Can We Overcome the Barriers to a Negotiated Solution?”, Political Psychology 8, n. 3 (1987): 347- 363.
9 Herbert C. Kelman, “The Israeli-Palestinian Peace Process and its Vicissitudes: In-sights
from Attitude Theory”, American Psychologist 62, n. 4 (2007): 287-303.
10 Nadim Rouhana e Daniel Bar-Tal, “Psychological Dynamics of Intractable Ethnon-ational Conflicts: The Israeli-Palestinian Case”, American Psychologist 53, n. 7 (1998): 761-770.
11 Salinas, Planting Hatred, Sowing Pain.
12 Julia Chaitin, “How Can We Speak to One Another? Dialogue Between Jews and Palestinians on the Path to Peace and Social Change”, in Peace-Building in Israel and Palestine: Social Psychology and Grassroots Initiatives (New York: Palgrave Macmillan, 2011), 55-75.
13 Alon Ben-Meir, “Psychological Impediments Are at the Core of the Israeli–Palestinian Conflict”, Politics & Policy 51, n. 3 (2023): 488-503.
14 Cfr. Marie Mohammad, Sana SaadAdeen e Maher Battat, “Anxiety Disorders and PTSD in Palestine: A Literature Review”, BMC Psychiatry 20 (2020): 1-18. Cfr. anche: Nisreen Agbaria et al, “Prevalence of Post-Traumatic Stress Disorder Among Palestinian Children and Adolescents Exposed to Political Violence: A Systematic Review and Meta-Analysis”, PLoS one 16, n. 8 (2021): 1-20.
15 Vedi Lynsay Ayer, et al., “Psychological Aspects of the Israeli-Palestinian conflict: A Systematic Review”, Trauma, Violence, & Abuse 18, n. 3 (2017): 322-338.
16 Eric Dubow, et al., “Serious Violent Behavior and Antisocial Outcomes as Conse-quences of Exposure to Ethnic Political Conflict and Violence Among Israeli and Pales-tinian Youth”, Aggressive Behavior 45, n. 3 (2019): 287-299.
17 Belal Aldabbour, et al, “Psychological Impacts of the Gaza War on Palestinian Young Adults: A Cross-Sectional Study of Depression, Anxiety, Stress, and PTSD Symptoms”, BMC Psychology 12, n. 1 (2024): 696-705.
18 Fayez Mahamid, Bilal Hamamra e Dana Bdier, “Traumatic Events Predict Sleep
Disturbance Among Palestinians: The Moderating Roles of Resilience and Posttraumatic Growth”, Traumatology (2025, in stampa).
19 Raija-Leena Punamäki, Samir Qouta e Eyad El-Sarraj, “Resiliency Factors Predicting Psychological Adjustment After Political Violence Among Palestinian Children”, International Journal of Behavioral Development 25, n. 3 (2001): 256-267.
20 Rozanna Aitcheson, et al., “Resilience in Palestinian Adolescents Living in Gaza”, Psychological Trauma: Theory, Research, Practice, and Policy 9 (2011): 36-43.
21 Phillip L. Hammack, Narrative and the Politics of Identity: The Cultural Psychology of Israeli and Palestinian Youth (Londra: Oxford University Press, 2010).
22 Sofián El-Astal, “Memorie traumatiche e stress post-traumatico nei bambini e nei
giovani palestinesi della Striscia di Gaza”, Pensando Psicología 12 (2016): 5-12.
23 Dana Bdier e Fayez Mahamid, “L’efficacia di un programma terapeutico di gruppo basato sulla terapia dell’esposizione prolungata nella riduzione dei sintomi del disturbo da stress post-traumatico in un campione di adolescenti palestinesi traumatizzati”, Journal of Psychosocial Rehabilitation and Mental Health 10, n. 2 (2023): 277-286. 24 Muhammad Al Haj-Yahia, “Challenges in Studying the Psychological Effects of Palestinian Children’s Exposure to Political Violence and Their Coping With This Traumatic Experience”, Child Abuse & Neglect 31 (2007): 691-697.
25 Ibrahim Makkawi, “Verso un paradigma emergente di psicologia critica di comunità in Palestina”, The Journal of Critical Psychology, Counselling and Psychotherapy,
9, n. 2 (2009): 81-83.
26 Ibrahim Makkawi, “Psychology of the Oppressed: Encounters with Community Psychology in Palestine”, Global Journal of Community Psychology Practice 3, n. 4 (2012): 371- 372.
27Ibid., 372.
28 Ibrahim Makkawi, “The Rise and Fall of Academic Community Psychology in Palestine and the Way Forward”, South African Journal of Psychology 47, n. 4 (2017): 485-487.
29 Lena Meari, “Reconsidering Trauma: Towards a Palestinian Community Psychology”, Journal of Community Psychology 43, n. 1 (2015): 81.
30 Lena Meari, “Sumud: A Palestinian Philosophy of Confrontation in Colonial Prisons”, South Atlantic Quarterly 113, n. 3 (2014): 549
31 Samah Jabr, Sumud en tempos de genocidio (Rio de Janeiro: Tabla, 2024), 29.
32Ibid., 56.
33 Ibid., 60.
34 Ibid., 175-176.
35 Ibid., 49.
36 Ibid., 50.
37 Ibid., 117-119.
38 Iman Farajallah, “Continuous Traumatic Stress in Palestine: The Psychological Effects of the Occupation and Chronic Warfare on Palestinian Children”, World Social Psychiatry 4, n. 2 (2022): 116.
39 Ibid., 117.
40 Iman Farajallah, “Behind the Rubble: Psychological Trauma of Wars and Human Rights Abuses on Women and Children in Gaza”, Anatolian Clinic the Journal of Medical Sciences 29 (2024): 132-133.
41 Stephen Sheehi e Lara Sheehi, Psychoanalysis Under Occupation: Practicing Resistance in Palestine (Londra: Routledge, 2022), 7.
42 Ibid., 11.
43 Nader Hakim, et al., “Turning the Lens in the Study of Precarity: On Experimental Social Psychology’s Acquiescence to the Settler-Colonial Status Quo in Historic Palestine”, British Journal of Social Psychology 62 (2022): 21-38.
44 Ibid., 31.
45 Ibid., 32.
46Costa e Mendes, “Lessons from Psychology in Palestine”, 1-15.
47 Haidar Eid, Decolonizing the Palestinian Mind (Barcellona: Verso, 2014).
48 David Pavón-Cuéllar, «Ocho lecciones del pueblo palestino para la psicología», Teoría y Crítica de la Psicología 22 (2025): 88-106.
49 David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica: definición, antecedentes, historia y actual (Città del Messico, Itaca, 2019).
50 Ilan Pappé, “Culture and Resistance in Imagining Palestine”, in Sumud. A New Palestinian Reader, a cura di Malu Halasa e Jordan Elgrably (New York: Seven Stories Press, 2025), 47-62
51 Cfr. Ignacio Martín-Baró, «Hacia una psicología de la liberación», in Psicología de la liberación, ed. Amalio Blanco (Madrid: Trotta, 1991), 283-302.
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Conferencia magistral en el Cuarto Congreso Internacional de Investigación en Psicología, en Morelia, Michoacán, México, 31 de octubre de 2025
David Pavón-Cuéllar
Introducción
Mi conjetura es que la colonización de México y Centroamérica, desde el siglo XVI hasta hoy, ha implicado la destrucción de una esfera subjetiva no-psicológica y su remplazo por un tipo psicológico de subjetividad como el que ahora estudiamos en las Facultades de Psicología. Esta psicologización ha ido recluyendo la esfera subjetiva en una interioridad psíquica individual claramente diferenciada con respecto al cuerpo, la comunidad y la naturaleza. En lugar del sujeto indígena corporal abierto al mundo, el colonialismo europeo ha impuesto una individualidad psicológica herméticamente cerrada sobre sí misma.
Deuda ontológica
Comencemos por constatar lo obvio: los mexicanos pertenecemos a la cultura occidental. Occidente nos ha subjetivado en matrices como el idioma castellano, la religión cristiana, la perspectiva moderna, la racionalidad científica, la economía capitalista, la moral burguesa, la política liberal y la sociedad de consumo. Estas matrices nos han moldeado y engendrado como lo que somos.
Somos productos subjetivos occidentales. Hay entonces una cierta verdad en la idea tan desagradable de que nos debemos a Occidente, debiéndole nuestro ser occidental. Estamos, por así decir, ontológicamente endeudados con Occidente.
Nuestra deuda ontológica es lo más lejos a lo que han llegado los actuales defensores de la hispanidad: los más rancios de los actuales pensadores de la derecha y la ultraderecha en España e Hispanoamérica. Para ellos, pensar es enunciar algo tan evidente como que nos debemos a Occidente, a Europa, a España. Esto es todo. Ahí se acaba y se agota el pensamiento neoconservador.
Pensamiento aritmético
Es verdad que los actuales defensores de la hispanidad también saben pensar en términos aritméticos. Digamos que saben hacer cuentas. Restan lo que España nos debe a lo que le debemos y concluyen que España tiene un saldo positivo y que nuestro saldo es por ende negativo.
Los actuales defensores de la hispanidad siguen procediendo como ya lo hacía Francisco López de Gómara en el siglo XVI. En un pasaje bastante gracioso de su Historia de la Conquista de México de 1552, López de Gómara celebra efusivamente a los españoles por haberles dado a los indígenas moneda, latín y ciencias, “que valen más que cuanta plata les tomaron”. En otras palabras, lo saqueado sería poco en comparación a lo obsequiado, la moneda, una lengua muerta como el latín y las ciencias europeas del siglo XVI, como si los indígenas de México no tuvieran sus propias lenguas, sus propios saberes y sus propios medios de cambio.
Con respecto a los medios de cambio, el mismo López de Gómara admite que los pueblos originarios mesoamericanos tenían “una moneda usual y corriente”, la semilla de cacao, pero esto no le impide afirmar en el mismo renglón, contradiciéndose flagrantemente, que “no tenían moneda, teniendo mucha plata, oro y cobre, y sabiéndolo fundir y labrar”. Los indígenas de Mesoamérica, en efecto, estaban entre los mejores orfebres del mundo, pero el metal no les servía para fabricar monedas, sino para crear obras de arte. Los españoles, incapaces de apreciar estas obras, se las apropiaron para fundirlas en lingotes de oro y plata, provocando el espanto de los indígenas.
El testimonio de los mexicas en el Códice Florentino es tan esclarecedor como estremecedor: los españoles roban escudos, collares, discos, aretes y otras joyas tan sólo para “hacer una gran bola de oro y darle fuego”, destruyéndolo todo “por valioso que fuera”, pues al final toda la fina orfebrería quedó reducida a “barras”. Este relato deja claro que las barras de oro no eran lo valioso para los indígenas. Para ellos, el valor estaba en las joyas, en sus formas, en su belleza, en sus cualidades, en lo cualitativo. Por el contrario, para los españoles, el valor estaba en lo cuantitativo, en la cantidad de oro, una cantidad que podía estimarse mejor al fundir el metal y convertirlo en lingotes que podían luego pesarse, contarse, sumarse, restarse y dividirse como botín entre quienes habían participado en el robo de oro.
El pensamiento aritmético de los españoles que se robaron el oro es el mismo de su contemporáneo López de Gómara cuando restaba los metales preciosos robados a la suma de latín, ciencia y moneda. El mismo razonamiento sigue siendo utilizado, como si el tiempo no hubiera pasado, por los actuales defensores de la hispanidad, como los españoles Borja Cardelús e Iván Vélez, el argentino Cristián Rodrigo Iturralde, el colombiano Pablo Victoria y el mexicano Juan Miguel Zunzunegui. Ellos también piensan aritméticamente al calcular que España nos ha dado más que lo que nos ha quitado.
Trampas del pensamiento aritmético
El pensamiento aritmético de López Gómara y sus sucesores es tramposo por al menos tres razones. En primer lugar, lo perdido y lo ganado por los colonizados no se juzga desde la perspectiva de los colonizados, quienes son los que saben lo que perdieron y lo que ganaron, sino desde el punto de vista de los colonizadores, desde el cual, obviamente, hay más valor en lo propio que en lo otro, en lo comprensible que en lo incomprensible, en lo que se aporta porque se considera valioso que en lo que se destruye porque no se valora ni se dispone del conocimiento necesario para valorarlo. Es por esto que López de Gómara ni siquiera considera las monedas, las lenguas y los medios de cambio indígenas, razonando como si no existieran, cuando afirma que los españoles dieron ciencia, latín y moneda a los indígenas.
La segunda trampa del cálculo aritmético de los hispanistas radica en que no es lo mismo compartir que despojar. No es lo mismo, en otras palabras, dar algo que no se pierde cuando se da, como la ciencia o el latín, que robar algo que es perdido por aquel a quien se le roba, como el oro y la orfebrería que se funde en lingotes y que vale como representación metafórica de la rica y refinada cultura de los pueblos originarios mesoamericanos. Estos pueblos se quedaron sin una gran parte de su riqueza de oro, lenguas y saberes, mientras que los españoles conservaron su latín, su ciencia y su moneda.
La tercera de las razones por las que el cálculo aritmético resulta engañoso y tramposo es que está cuantificando algo incuantificable como las cualidades técnicas y estéticas de la orfebrería, pero también todo lo demás constitutivo de las culturas indígenas prehispánicas. Los saberes ancestrales y lenguas originarias que se han perdido con la conquista y la colonización de América tendrían que neutralizar cualquier cálculo porque una lengua o una cultura es ella misma un universo, una totalidad, incluyendo en ella todo lo que hay. Podemos calcular al interior de un saber, de una lengua o de una cultura, pero no podemos calcular culturas, lenguas y saberes, pues cada cultura, lengua o saber es un universo que abarca todos los elementos objetivables y calculables en su propia lógica.
Lo incuantificable e incalculable
Lo incalculable de los universos que perdimos en tierras mesoamericanas hace que la deuda contraída por los españoles, por ellos y no por nosotros, sea sencillamente impagable. Sin embargo, lo impagable está igualmente en lo incalculable que recibimos de España, especialmente su lengua y su cultura. Es a estos incalculables a los que se refiere Pablo Neruda cuando recuerda la colonización, evoca todo lo que los españoles nos quitaron, se concentra en el idioma castellano que nos dieron y subvierte poéticamente la prosa del cálculo aritmético al escribir: “Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”. Las palabras castellanas, el oro que nos dejaron, son el todo que ganamos al perder todo lo que perdimos.
Las palabras son la totalidad y no elementos contables de la totalidad. No pueden objetivarse ni calcularse porque son aquello mismo con lo que objetivamos y calculamos lo que nos rodea. Son aquello mismo con lo que pensamos y por ello no pueden pensarse aritméticamente.
Escapando a cualquier aritmética, las palabras son también aquello en lo que vivimos y con lo que vivimos. Las habitamos, las respiramos y las encarnamos. Nos constituyen y constituyen el universo para nosotros. Es por esto que estamos aquí ante algo cualitativo incuantificable e incalculable. Sobre decir que este aspecto incuantificable e incalculable no es monopolio de las palabras castellanas, sino que es propio de todas las palabras, entre ellas las palabras indígenas que se perdieron en el continente americano.
La conquista y la colonización de América no es entonces algo que pueda pensarse aritméticamente para saber si el saldo fue positivo o negativo. Digamos que el resultado fue peor que negativo, no pudiendo ni siquiera calcularse, lo cual, más que tranquilizar, debería inquietar a los defensores de la hispanidad. Sabemos que no los inquietará, pues han demostrado que su mente de contadores no les permite pensar, como lo hace Neruda, en ganancias y pérdidas incuantificables e incalculables, referidas a totalidades o universos.
Cálculo de universos
Lo triste es que el pensamiento poético de lo incuantificable y lo incalculable nos hace disculpar de algún modo a conquistadores y colonizadores a los que no podemos culpar de algo que ni siquiera conseguimos contar y calcular. Alguien podría irritarse y objetar con mucha razón que sí podemos contar y calcular cuántos idiomas debieron perderse para ganar el castellano, cuántas culturas indígenas debieron perderse para ganar la europea, cuántos universos debieron desaparecer para que el universo occidental se extendiera en tierras mesoamericanas. Haciendo este cálculo, podríamos concluir fácilmente que hemos perdido más de lo que ganamos, que se nos ha quitado más que lo que se nos ha dado, que somos los acreedores y no los deudores de España.
El cálculo es impecable, pero problemático por dos razones estrechamente vinculadas entre sí. La primera estriba en la enunciación, en la posición enunciadora de quien calcula, el mestizo mexicano y centroamericano, pensando el mestizaje cultural como una condición de todos o casi todos en México y Centroamérica, incluso la mayoría de los indígenas, pues ellos también fueron evangelizados, europeizados, aculturizados. El mestizo calcula y concluye que los colonizadores europeos están en deuda con los indígenas mesoamericanos porque les impusieron un universo, uno solo, a cambio de todos los universos que destruyeron. El cálculo y su resultado son correctos, pero es un cálculo de universos y estamos implicados en él, en los universos implicados, y ni siquiera sabemos de qué forma, sino como deudores o acreedores.
Para empezar, no queda claro dónde están los acreedores y los deudores. Sabemos dónde estaban en el siglo XVI, pero… ¿ahora dónde están? ¿Quiénes son? Una parte de la respuesta es clara y sencilla. Los acreedores son los indígenas, mientras que los deudores son, por un lado, las élites europeas y latinoamericanas, blancas o blanqueadas, que han sido beneficiarias indirectas de la colonización y de su eternización a través de la colonialidad y el neocolonialismo, así como también, por otro lado, quienes han heredado la deuda histórica porque se identifican simbólicamente con las identidades endeudadas, las imperiales europea y española.
El problema es que, al menos en cierto grado, los deudores no son únicamente aquellos a los que acabo de identificar, sino todos los mestizos, en la medida en que somos también españoles y europeos, herederos y beneficiarios del colonialismo. Desde luego que también somos indígenas y por ello víctimas, lo que plantea un desgarramiento interno entre nosotros como víctimas y como beneficiarios, como acreedores y como deudores. Considerando esto, quizás en lugar de perder el tiempo solicitando a España que pida perdón y que pague su deuda impagable con Hispanoamérica, sería mejor pedirnos esto a nosotros mismos y actuar en consecuencia, resarciéndonos, buscando la manera de pagar al menos una parte de la deuda que tenemos como hispanoamericanos con lo indígena que habita dentro de nosotros.
Nuestro desgarramiento interno, como seres mestizos que somos, nos conduce al segundo problema del cálculo de la deuda. Cuando calculamos la deuda, ¿qué parte de nosotros está calculándola? ¿No será precisamente la parte europea? Es por esto que procederíamos como López de Gómara y como los contadores hispanistas a los que acabamos de criticar. Ellos hacen un cálculo bastante simple y concluyen que lo que debemos es más que lo que se nos debe. Nosotros hacemos otro cálculo más complicado, un cálculo de universos, y entonces concluimos que se nos debe más que lo que debemos. Sin embargo, al hacer estos cálculos y al discutir entre nosotros, quizás estemos simplemente haciendo cosas de blancos, de europeos, de españoles, de tenderos y contadores.
Cuantificación de lo incuantificable
Muchas culturas han tenido aritmética. Muchas han calculado lo calculable. Muchas han cuantificado lo cuantificable, pero la cuantificación de lo incuantificable es una pasión específicamente moderna occidental que está en el fundamento del capitalismo y que vemos triunfar a través de los métodos cuantitativos en psicología y en otras ciencias humanas y sociales.
A veces los métodos cuantitativos funcionan bien, como cuando cuantifican lo cuantificable, pero otras veces operan exactamente como los colonizadores españoles que hacían una bola con la complejidad cualitativa de toda la rica orfebrería indígena y la convertían en aburridos lingotes de oro que podían pesar, contar y calcular. Esta cuantificación y resultante destrucción de lo incuantificable es la misma que encontramos en un Manuscrito de Tlatelolco de 1528 en el que los indígenas manifiestan su desconcierto ante los conquistadores españoles que “ponían precio” al joven, al sacerdote, al niño y a la doncella. Cada individuo adquiere un valor cuantitativo, un valor de cambio, el de su precio, pero esto exige deshacer el tejido comunitario como se deshacía la rica orfebrería de los aztecas.
La cultura plasmada en la filigrana indígena se desarticuló y se redujo a lingotes cuantificables, así como las complejas comunidades nahuas se desintegraron y se redujeron a individuos que podían contarse y tener precio. Esta cuantificación de los individuos, correlativa de la desintegración de las comunidades incuantificables, es indisociable de la cuantificación de lingotes y de monedas acuñadas a partir de los lingotes. El naciente cálculo capitalista del siglo XVI, como el de ahora, no es tan sólo de cosas, sino también de personas.
El sistema capitalista está calculando con personas cuando las piensa de modo aritmético a través de su precio, los costos y beneficios que representan para el sistema, sus capacidades y sus incapacidades, sus competencias y sus deficiencias. Toda esta contabilización de la persona humana presupone su individualización y pulverización en unidades cuantificables y calculables. El resultado es el individuo como forma suprema de la subjetividad en la modernidad occidental.
Objetivación
En realidad, más que un sujeto, el individuo es un objeto, ya que no puede realizar individualmente sus facultades subjetivas. Estas facultades incluyen una conciencia, una autoconciencia, una voluntad y una capacidad de cognición, reflexión, decisión, acción y transformación que sólo se desempeñan plenamente de modo colectivo, a través de lo que nos comunicamos, nos transferimos, nos enseñamos, nos revelamos entre nosotros, así como también mediante nuestros esfuerzos coordinados. Necesitamos pensar y actuar colectivamente como nosotros para hacer existir nuestra subjetividad humana.
Ser sujetos y ejercer así nuestra humanidad nos exige unirnos, ser nosotros y no sólo yo, como ya lo notaba Ludwig Feuerbach desde hace doscientos años. En realidad, como lo precisaba Karl Marx al criticar a Feuerbach, no se trata sólo de sumarnos, integrarnos, unirnos, sino de relacionarnos, anudarnos e incluso contradecirnos entre nosotros, pues tan sólo relacionalmente podemos llegar a ser humanos al realizar nuestra subjetividad. Esta subjetividad y la humanidad correlativa con demasiado complejas como para poder existir individualmente.
Cuando los colonizadores españoles recluyen a cada colonizado en su individualidad, le están arrebatando no solamente la fuerza de su comunidad que le habría permitido resistir contra el colonialismo. Le están arrebatando también el fundamento de esta resistencia en la realidad comunitaria de su propia subjetividad y humanidad. Es así como los indígenas pueden reducirse a la condición de objetos deshumanizados, objetos dominados y explotados, objetos del aparato colonial de dominación y explotación con el que se abre paso el sistema capitalista.
Con el tiempo, los objetos del colonialismo pasan a ser objetos del capitalismo. Se convierten igualmente en objetos de la psicología como ciencia objetiva y profesión objetivadora. Estos objetos somos cada uno de nosotros en la medida en que nos mantenemos recluidos en la esfera individual en la que nos recluyen las prácticas y teorías psicológicas, así como los demás dispositivos tecnológicos e ideológicos del sistema capitalista.
Psicologización
Es verdad que el capitalismo sólo dificulta, pero no impide que ejerzamos nuestra subjetividad al participar en actividades colectivas de índole social, cultural o político. Sin embargo, a medida que el sistema capitalista va subsumiendo nuestras existencias, las actividades verdaderamente colectivas se vuelven cada vez más raras y cada uno de nosotros se encuentra cada vez más confinado a la esfera psicológica individual. Cada sujeto es cada vez menos él mismo, cada vez menos lo inaccesible e incognoscible que somos como sujetos, y cada vez más todos los objetos de la psicología con los que se llena su vacío constitutivo: su mente, sus emociones, sus operaciones cognitivas o sus rasgos de personalidad.
El sujeto abierto de la historia, el de la sociedad, la cultura y la política, va cediendo su lugar a la cerrazón hermética de una mónada objetiva psicológica individual. Hay aquí una progresiva individualización y psicologización de la subjetividad que significa también su desocialización, desculturización y despolitización, así como su neutralización, pues hay que insistir en que la subjetividad sólo existe como tal de modo colectivo, social, cultural y político. Digamos que la mónada psicológica individual es demasiado estrecha como para contener la esfera subjetiva.
La subjetividad se esfuma al psicologizarse. Esta psicologización es una de las múltiples manifestaciones de la progresiva subsunción real de nuestras existencias en el capitalismo. Convertirnos en engranes del sistema capitalista supone también psicologizarnos de tal modo que nuestras funciones psicológicas puedan funcionar en el sistema.
La psicologización de la subjetividad tiene una larga historia que precede al capitalismo y cuyos orígenes en el mundo occidental pueden rastrearse al remontarse hasta el mundo antiguo grecorromano y medieval judeocristiano. En la confluencia entre los afluentes del judaísmo y de Grecia y Roma, el cristianismo está ya individualizando y psicologizando al sujeto al que no sólo separa de su comunidad para volverlo responsable de sus acciones virtuosas o pecaminosas, de su penitencia y de su condena, sino que lo sume dentro de sí mismo en su examen de conciencia en el que observa y juzga sus sentimientos, sus intenciones y su arrepentimiento. Luego esta psicología cristiana desembarcó en tierras mesoamericanas con los conquistadores, los colonizadores y especialmente los evangelizadores. Fueron ellos quienes comenzaron una labor de psicologización de la subjetividad indígena que formó parte de la obra de evangelización, colonización y europeización.
Enfermarse de psicología
Los indígenas mesoamericanos prehispánicos necesitaban ser psicologizados porque no eran seres psicológicos. Esto no quiere decir exactamente que estuvieran desprovistos de algo así como lo que ahora denominamos “psiquismo”. Algo equivalente al mundo psíquico estaba ahí, pero no se trataba ni de algo individualizable, aislable y separable con respecto a la comunidad, ni tampoco de algo objetivable, reductible a un saber pretendidamente objetivo como el psicológico.
No había psicología en la Mesoamérica prehispánica. Lo que ahí había era una constelación de saberes ancestrales, incluyendo concepciones de la subjetividad a las que dediqué un libro que publiqué recientemente. Como intenté demostrarlo en mi libro, esas concepciones mesoamericanas eran elaboradas, penetrantes, esclarecedoras, fascinantes, mucho más conscientes y respetuosas de la complejidad humana que nuestra psicología, pero no eran concepciones psicológicas.
La psicología no es algo que se haya desarrollado en todas las culturas del mundo y en todas las épocas de la historia. Digamos que no todos los pueblos han enloquecido hasta el punto de pensar la subjetividad en términos psicológicos. La psicología, como bien lo reconoció el filósofo Theodor Adorno, conforman un cuadro patológico particular propio de la modernidad occidental. Esta patología psicológica no existía en el continente americano como tampoco existían otras enfermedades tales como la viruela, el sarampión, el tifus y la peste bubónica.
Entre los males que desembarcaron con los españoles y que infectaron a la población americana, está entonces la psicología que estudian los psicólogos y que ahora nos conforma como seres psicológicos. Esta psicología, tal como se manifestaba en los primeros conquistadores y colonizadores, tal vez les recordara a los indígenas ciertas formas de enfermedad mental que ya conocían. Estoy pensando particularmente en aquellas locuras, identificadas como tales en las culturas mesoamericanas prehispánicas, en las que todo sucedía como en la psicología que estudiamos y escenificamos: el alma se desprendía patológicamente del cuerpo, de la comunidad y del mundo, y quedaba encerrada en el individuo, poseyéndolo como una entidad ajena e incontrolable, haciendo que el individuo mismo se divorciara de su entorno mundano y comunitario.
Un ejemplo del enfermo al que me estoy refiriendo es aquel al que los aztecas y los demás nahuas describían como xolopitli. Este loco se caracterizaba, según el Códice Florentino, por ser “desatento, indócil, malcriado, indiscreto y desconsiderado”. Su nombre, xolopitli, alude a Xólotl, el dios egoísta que se negó a morir, a sacrificarse para que lo demás viviera, prefiriendo aferrarse a su individualidad y convertirse en lo que no era, en un pie de maíz, para engañar a quienes lo perseguían, para escapar de ellos, para huir de los demás, para huir de sí mismo, de su propia subjetividad comunitaria.
El dios Xólotl y el xolopitli son como cualquiera de nosotros colonizados, como los colonizadores que llegaron a tierras mesoamericanas, como los hombres occidentales modernos, como los mezquinos ejemplares del homo psychologicus. Nuestro ser psicológico es como el dios Xólotl y el xolopitli: es un ser que huye de sí mismo al desprenderse patológicamente de la comunidad y del mundo para encerrarse en su interioridad individual, ahí donde puede ser el objeto de la psicología, un objeto que no es ya el sujeto, un objeto comparable a un pie de maíz. Este ser que somos, este ser psicológico en el que nos hemos convertido, es tan desatento, indócil y desconsiderado como lo caracteriza el Códice Florentino y como los españoles nos enseñaron a ser al colonizarnos, al extraernos de nuestra subjetividad comunitaria y al psicologizarnos, al enfermarnos de psicología.
Totalidad comunitaria
Antes de haber sido psicologizados, los indígenas mesoamericanos tenían una subjetividad comunitaria intacta, no carcomida por la psicología, no objetivada ni recluida en la individualidad. Conviene reiterar que el carácter no psicológico de esta subjetividad no implicaba una ausencia de psiquismo en ella. Desde luego que hay aquí una esfera psíquica, pero se trata de una esfera situada no en una interioridad individual herméticamente cerrada sobre sí misma, sino en un tejido transindividual tan interior como exterior, tan íntimo como comunitario.
Era la comunidad la que reinaba en la subjetividad mesoamericana prehispánica. Esto no significa tampoco exactamente que el sujeto careciera de individualidad, pero su individualidad era una expresión y un eslabón de aquello que la trascendía. El individuo prehispánico se reconocía humildemente a sí mismo como algo perteneciente y subordinado al tejido comunitario en el que se constituía.
La subordinación indígena mesoamericana de la individualidad a la comunidad puede apreciarse en los huehuetlatolli, dichos de los antiguos, que Fray Bernardino de Sahagún recuperó en el siglo XVI. Tenemos aquí, por ejemplo, a un padre nahua que les enseña a sus hijos: “respetad a todos, tened acatamiento a todos, no os atreváis a nadie, por ninguna cosa afrentéis a ninguno” y “humillaos a todos”. El todos, la totalidad comunitaria, se impone sobre cada uno en su individualidad, cada uno debiendo acatar a todos.
Cada individuo, como enseña otro de los huehuetlatolli, debe “abajarse hasta la tierra” y “tenerse como nada”. La individualidad no es nada, pues no es más que una individualización del todo comunitario. Esto puede ilustrarse a través de una de las manifestaciones de lo anímico entre los nahuas, el teyolia, que estaba en el corazón de cada uno, pero que era la punta de una rama de un árbol que incluía todo lo que existe. El tronco de lo existente se dividía en ramas correspondientes a especies vegetales y animales. Una de esas ramas, la de la especie humana, se dividía en pueblos, comunidades, barrios, familias y así hasta llegar a la punta de cada rama en el alma de cada individuo. Esta alma individual, como dice López Austin, “guardaba toda la ramificación jerárquica de la identidad”. El individuo, en el fondo insondable de su corazón, era también su familia, su comunidad, su grupo étnico, la humanidad, la vida y la existencia del universo en su conjunto. La totalidad era la que se individualizaba en el individuo, en su corazón que estaba conectado internamente con todo lo demás, pues todo era el árbol del universo.
Nos precipitamos en el abismo del universo cuando intentamos profundizar en el teyolia. El saber de esta entidad anímica nos conduce a las esferas familiar, comunitaria, humana, espiritual, animal, vegetal e incluso mineral, no teniendo nada que ver con el estrecho conocimiento psicológico. Mientras que la psicología escudriña su objeto en el individuo, los nahuas descubren la vida psíquica en el conjunto de lo que existe.
Almas
La naturaleza, la cultura y la comunidad confluyen en la subjetividad humana tal como es concebida por los nahuas y por otros indígenas mesoamericanos. Estos indígenas comprenden que un individuo no es más que la individualización de su mundo. Hay aquí una evidencia invisible para los psicólogos que no dejan de escudriñar su objeto individual.
Mientras que el objeto de la psicología es una dudosa proyección interior ideológica del mundo exterior, el teyolia corresponde al conocimiento de la individualización de ese mundo exterior. De hecho, por más que se individualice, el teyolia no deja de aparecer bajo una forma colectiva y comunitaria, como podemos constatarlo en otros huehuetlatolli, aquellos recogidos por Fray Andrés de Olmos hacia 1535. Aquí el teyolia aparece como “alma de la gente, como “nuestra alma” compartida, “toyolia”, que se distingue de “nuestras ánimas” individuales, “tanimas”. Para las almas individuales, Olmos utiliza el término latín “ánima”, pero para el alma comunitaria, necesita el concepto nahua de “teyolia”, pues no hay nada ni en el latín ni en el español que permita concebir algo como el teyolia.
El teyolia resulta no sólo intraducible, sino incomprensible. Es también algo inquietante, incluso aterrador para los europeos, quienes parecen percatarse de que aquí hay algo comunitario imposible de subyugar, de colonizar, y que siempre amenazará el proyecto colonial. Es quizás por esto que Olmos asocia el teyolia con la maldad y lo infernal, prefiriendo el ánima para hablar del alma virtuosa que merecerá la vida eterna: el alma, como “ánima”, recibe a Jesucristo en el bautizo, mientras que el “alma de la gente”, como “teyolia”, es la que se pierde bajo la influencia del “maligno”, el “hombre tecolote”.
Entendemos que Olmos no vea con buenos ojos al teyolia, ya que se trata de algo que no ha sido colonizado, que resiste a la colonización, que podría incluso revertirla. Quizás Olmos también presienta que el teyolia, como nombre de la subjetividad comunitaria, tiene una peligrosa potencia colectiva de la que está desprovista el ánima recluida en la impotente individualidad. Olmos también parece comprender que el ente comunitario indígena del teyolia es refractario a la evangelización, a la cristianización que requiere ánimas, almas individualizadas, pues tan sólo ellas pueden pecar o ser virtuosas, hacer examen de conciencia y penitencia, ir al cielo o al infierno.
Cristianismo y psicología
El cristianismo necesita extraer a los indígenas de su comunidad y arrebatarles su potencia comunitaria. Cristianizarlos exige arrancarles su teyolia, enfermarlos de falta de teyolia, convirtiéndolos así en algo como el xolopitli al que me referí antes. Esta especie de xolopitli que prolifera tras la colonización de Mesoamérica es el ser cristianizado y no sólo el ser despolitizado, aislado, psicologizado.
Aquí hay que entender que la psicología y el cristianismo resultan indisociables entre sí. No son dos enfermedades, sino dos expresiones de una misma enfermedad moderna occidental. En esta enfermedad se pierde la subjetividad comunitaria y sólo quedan mónadas, átomos, objetos individuales tratables, dominables, disciplinables, manipulables y controlables tanto por teólogos y sacerdotes como por psicólogos y psicoterapeutas.
La psicología es heredera del cristianismo. Siendo evangelizados, los indígenas mesoamericanos fueron también psicologizados. Se volvieron así tan receptivos a la psicología como lo son en la actualidad.
Nuestra subjetividad psicológica es una consecuencia y una continuación de nuestra subjetividad colonizada y evangelizada. Sin la colonización y evangelización de Mesoamérica, no habría aquí ahora ni tanta demanda y tanta oferta de psicólogos, ni tantas facultades y centros de enseñanza de psicología, ni tantos eventos, vídeos, libros y revistas de contenido psicológico. Tampoco habría esa propensión general a psicologizar la cultura, la sociedad y la política. Todo esto se lo debemos a la colonización y la evangelización.
El vínculo esencial del colonialismo y el cristianismo con la idea psicológica de la subjetividad puede ilustrarse con un hecho que siempre me ha parecido revelador. En 1540, en el Colegio de Tiripetío de Michoacán, se impartió lo que parece haber sido el primer curso de filosofía de América. Fue impartido por Fray Alonso de la Veracruz para misioneros, para evangelizadores, y para miembros de la nobleza indígena, entre ellos su alteza don Antonio Huitziméngari Mendoza y Calzonzin, el hijo del último rey purépecha.
Tanto para los indígenas como para los evangelizadores, el curso de Fray Alonso de la Veracruz tenía un claro propósito evangelizador, y significativamente le dio un lugar especialmente importante a la psicología, a la doctrina aristotélica del alma. Podemos leer el curso hoy en día y constatar cómo Veracruz, incluso distanciándose del monismo y realismo de Aristóteles, insiste en la noción dualista e individualista de un alma, un ánima, que “no es un cuerpo”, distinguiéndose dualistamente del cuerpo, pero que “se mueve localmente con el propio movimiento del cuerpo”, ya que, de modo individualista, se ubica “toda íntegra” en el cuerpo individual y en cada una de sus partes. Esta alma europea cristiana individualizada y descorporizada, extraída tanto de la comunidad como del cuerpo y del mundo, corresponde tanto al ánima promovida por Fray Andrés de Olmos como al objeto de la psicología que estudiamos hoy en día.
Seguimos enseñando en Michoacán, en México y en Centroamérica la misma concepción dualista e individualista del psiquismo que Alonso de la Veracruz enseñaba aquí mismo, hace casi quinientos años, para evangelizar y colonizar a los indígenas. Hay algo de la evangelización y la colonización que no ha terminado y que se continúa en los actuales estudios universitarios de psicología. El saber psicológico en México y Centroamérica en 2025 no deja de ser un saber colonial del ánima cristiana y europea de Fray Andrés de Olmos de 1535 y de Fray Alonso de la Veracruz de 1540, en lugar de ser un saber del teyolia nahua o de la mintsita y la tsipekua purépechas que Erandi Medina Huerta nos ha recordado a los psicólogos.
Conclusión
Es claro que los psicólogos mexicanos y centroamericanos hemos perdido tanto la tsipekua y la mintsita como el teyolia y muchas otras concepciones fascinantes del psiquismo, Hemos perdido todo esto para ganar el ánima cristiana europea y sus expresiones científicas o pseudocientíficas, tales como el psiquismo, la conciencia y la mente o la vida mental. Cabe preguntarse ahora si hemos ganado más de lo que hemos perdido o si hemos perdido más de lo que hemos ganado.
Seguramente el saldo será positivo para los creyentes, para quienes creen incondicionalmente en el cristianismo y la psicología, especialmente la psicología pretendidamente objetiva, científica y basada en la evidencia. Estos adeptos al psicologismo, el cientificismo y el cristianismo estarán de acuerdo con los adeptos al hispanismo, los defensores de la hispanidad a los que me referí en un principio. Unos y otros valorarán la colonización y la evangelización por habernos dado la fe en la religión cristiana y las ciencias a las que ya se refería Francisco López de Gómara en el siglo XVI.
A diferencia de los hispanistas y cientificistas, están quienes piensan que hay un saldo negativo en sólo estudiar el psiquismo europeo en lugar de las múltiples configuraciones anímicas indígenas mesoamericanas aún preservadas a través de ciertas comunidades indígenas. La sustitución de esas configuraciones comunitarias por los objetos de la psicología es comparable a la reducción de la orfebrería indígena a las barras de oro y plata de los españoles. Estas barras son tan simples, tediosas y reiterativas como los procesos mentales descorporizados, individualizados y objetivados por la psicología.
Una de las principales ventajas de los procesos mentales individuales estudiados por los psicólogos es que pueden cuantificarse, contarse y calcularse como los lingotes robados por los españoles. Es por esta ventaja, entre otras, que se han preferido los lingotes y los procesos mentales individuales en lugar de la orfebrería indígena y de las ricas, elaboradas y complejas configuraciones mesoamericanas comunitarias de la esfera psíquica. Lo indígena mesoamericano resistía y sigue resistiendo contra la cuantificación que permite asimilarlo todo a la contabilidad capitalista.
Mi posición anticapitalista me hace repudiar la cuantificación de lo incuantificable que reina en la economía capitalista y en su psicología burguesa. Repudiando estos cálculos mezquinos de tenderos occidentales, no me permitiré calcular si perdimos o ganamos con la colonización y la psicologización de la subjetividad. No requiero de ningún cálculo para deplorar el colonialismo y la psicología.
Presentación del libro Contra la psicología positiva: crítica althusseriana y lacaniana de la psicología neoliberal (Quito, Religación Press, 2025) de Luis Pablo López Ríos, el 29 de octubre de 2025, en el Cuarto Congreso Internacional de Investigación en Psicología, Morelia, Michoacán, México
David Pavón-Cuéllar
Despertamos, abrimos los ojos y miramos el mundo. Ya no lo miramos enmarcado en las ventanas o impreso en el papel del periódico, sino a través de las pantallas, las de televisión y ahora cada vez más las de computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes. La tecnología está mediando en lo que vemos, filtrándolo, maquillándolo, disimulándolo y distorsionándolo según los intereses por los que se rigen los algoritmos.
A través y a pesar de todo lo que nubla nuestra visión, logramos ver mucho de lo que hay detrás de las pantallas. Ahí está el agua lodosa que inunda las calles de Veracruz. Más allá, fuera de México, están los grises y polvorientos escombros de Gaza que se extienden hasta el horizonte. Entre los escombros, hay niños palestinos asesinados o mutilados por las bombas israelíes. Vemos también a Netanyahu, Trump, Milei, Noboa y los demás neofascistas que sonríen satisfechos y que se lanzan contra los pobres, contra los indígenas, contra los inmigrantes, contra los inconformes.
Además de lo que vemos, está lo que alcanzamos a saber. Sabemos que los exponentes del neofascismo defienden rabiosamente la versión extrema neoliberal de un sistema capitalista que no deja de explotarnos, robarnos, empobrecernos y transformar todo lo vivo en más y más dinero muerto. Sabemos que el capital, con su lógica de sobreproducción y sobreconsumo, está devastando el planeta y provocando catástrofes como la de Veracruz. También sabemos que la devastación amenaza incluso nuestra subsistencia como humanidad.
Lo que sabemos es tan desolador como lo que entrevemos a través de las pantallas. No es mejor lo que percibimos y sentimos directamente, más acá, a nuestro alrededor: las temperaturas cada vez más altas, la naturaleza cada vez más degradada, los campos cada vez más contaminados y erosionados, los campesinos extorsionados y asesinados por el crimen organizado, nuestros colegas embrutecidos y fascistizados, nuestras vidas vaciadas y precarizadas por el neoliberalismo, nuestras actividades laborales uberizadas y transformadas en lo que el anarquista David Graeber describe elocuentemente como “trabajos de mierda”.
Ante la desolación que nos rodea, ¿cómo no comprender a quienes prefieren cerrar sus ojos y sus bocas, sus ventanas y sus puertas, y encerrarse dentro de sí mismos, en el garaje de la vida? Esta metáfora del garaje proviene de un pasaje de Martin Seligman, el creador, promotor y principal exponente de la llamada “psicología positiva”. Seligman parece mostrarse comprensivo con quienes, en “épocas de dificultades”, se refugian en “el garaje de la vida”, pero lamenta la situación en la que se encuentran, describiéndola de forma desgarradora –lo cito– como un encerramiento “con escasos y efímeros placeres, con muy pocas gratificaciones y sin encontrar un sentido a la existencia”.
Es claro que la vida en el garaje no es precisamente feliz y agradable. Si nos refugiamos en el garaje, no es para entregarnos ahí al placer y a la alegría, sino para huir del fin del mundo que hay afuera, para protegernos del apocalipsis provocado por el capitalismo neoliberal y neofascista. Seligman prefiere hablar simplemente de una “época de dificultades”, pero no es tan tonto como parece y sabe muy bien de qué habla. Es por esto que se muestra comprensivo con quienes nos encerramos en el garaje de la vida, pero quiere salvarnos, convenciéndolos de que hay lo que él describe, en un arrebato de pasión y exaltación, como un “camino de salida que nos conduce por un campo de placer y gratificación, por las cimas de la fortaleza y la virtud, y al final, por las cumbres de la realización duradera: el sentido y la determinación de la vida”.
Cuando un mexicano como yo lee el exaltado pasaje que acabo de citar, es difícil no preguntarse de cuál habrá fumado Seligman. Dicho de modo más elegante y más acorde a un Congreso Internacional de Psicología, ¿qué sustancia psicoactiva habrá consumido el gurú de la psicología positiva para tener de pronto la visión de un resplandeciente camino de salida en los muros del garaje, cuando él mismo acaba de reconocer que afuera, en el mundo exterior, sólo está la oscuridad y la desolación de los tiempos difíciles? Si afuera es el apocalipsis, ¿adónde está saliendo Seligman para descubrir ese paisaje con flores y arcoíris donde él mismo descubre, en sus propios términos, campos de placer y gratificación, cimas de fortaleza y virtud, cumbres de la realización duradera?
El supuesto exterior al que Seligman quiere llevarnos, liberándonos de nuestro garaje, no es el exterior del mundo real, sino que se trata de un mundo ideológico, imaginario, fantástico. Se trata, entonces, de un mundo interior y no de un mundo exterior. El camino de Seligman, por lo tanto, no es un camino de salida, como él pretende, sino un camino de entrada, un camino de ensimismamiento, que nos vuelve hacia nosotros mismos y nos conduce a nuestro mundo interior, mental, psíquico, del que se ocupa la psicología.
Lo que Seligman quiere no es liberarnos de nuestro garaje, sino dejarnos dentro, pero imaginando que no estamos ahí en el garaje, sino en un paraíso terrenal digno de una ilustración de la Biblia para Niños. La idea es encontrar la seguridad, la tranquilidad y la felicidad en el interior de uno mismo, en la relación consigo mismo. ¿Acaso no tenemos aquí una síntesis reveladora de lo que hace toda la psicología? Esto es lo que nos muestra convincentemente Luis Pablo López Ríos en su maravilloso libro Contra la psicología positiva que ahora estoy presentando.
López Ríos concentra su crítica en la propuesta de Seligman, pero esta propuesta le sirve como un ejemplo, como un caso paradigmático del conjunto de la psicología. Es toda la psicología la que se revela en Seligman, en su franqueza y desfachatez, en su aparente simplicidad y candidez, en su lado absurdo y esperpéntico, en visiones extravagantes como la bíblica del garaje a la que acabo de referirme. Todo esto contribuye a que Seligman sea el psicólogo ideal para efectuar una crítica de la psicología como la que López Ríos nos ofrece en su libro. Entre los muchos aciertos de López Ríos en su libro, está el de la elección de su víctima, de aquel a quien se dirige la crítica.
López Ríos elige a Seligman para su análisis porque Seligman delata de algún modo lo que otros psicólogos callan. Es verdad que lo delata sin querer, por accidente, de modo sintomático, lo cual requiere una lectura sintomal, de tipo althusseriano, como la que López Ríos efectúa de modo insuperable. Esta lectura es requerida, pero porque el síntoma está ahí, listo para ser leído. Tenemos ahí, ante nuestros ojos, el síntoma Seligman en el que se descubre la grave enfermedad constitutiva de la psicología, una enfermedad que es también la del capitalismo, especialmente en su cuadro agravado neoliberal que nos hace huir a refugiarnos en el garaje de la vida y en las visiones que aparecen en los muros.
Así como el neofascismo de Trump es un síntoma de todo lo que va mal en el capitalismo neoliberal, de igual modo la psicología positiva de Seligman es un síntoma de todo lo que va mal en la psicología en los tiempos difíciles del neoliberalismo. Las ya mencionadas franqueza y desfachatez de Seligman, de hecho, son muy parecidas a la franqueza y la desfachatez de Trump, lo que no excluye, desde luego, que haya otros psicólogos que encarnen aún mejor a Trump, como el famoso Jordan Peterson y el más sórdido y menos conocido Kevin McDonald.
Lo interesante de Seligman, lo propiamente sintomático, es que se opone abiertamente a Trump y muestra siempre cierta corrección política, pero sin dejar de revelar de modo políticamente incorrecto aquello que habita en esta corrección. Digamos que es una mezcla de republicano y demócrata. Quizás incluso podamos considerarlo un síntoma de la actual indistinción entre demócratas y republicanos, entre neoliberales y neofascistas, entre políticamente correctos y políticamente incorrectos.
Las dos caras del síntoma Seligman, la correcta y la incorrecta, son bien detectadas por López Ríos en su lectura sintomal del pasaje previamente citado en el que Seligman pretende liberarnos del garaje a través del camino que parece abrirse en una de las paredes. En este pasaje tan sintomático, tal como es leído sintomalmente por López Ríos, la corrección y la incorrección aparecen como claridad y opacidad. Es al ser aparentemente claro que Seligman se muestra políticamente correcto, pero esta corrección política se transparenta y se disipa cuando la sometemos a una lectura sintomal que revela su opacidad y penetra en ella, como lo hace magistralmente López Ríos.
Como lo muestra López Ríos en el pasaje del garaje, lo claro y políticamente correcto es la historia inocente y reconfortante de los tiempos difíciles, del sujeto que se encierra en el garaje y de Seligman que aparece como su ángel de la guarda para mostrarle una milagrosa puerta de salida. Lo opaco, por el contrario, dando la palabra a López Ríos, es el movimiento en el que “se explicita” un desplazamiento por el que “dejamos de lado las condiciones que provocan malestar”, las de los tiempos difíciles de capitalismo neoliberal, y como buenos psicólogos “nos enfocamos únicamente” en los sujetos del garaje a los que ofrecemos el paraíso terrenal, pero sin salir del garaje, sin enfrentarnos a lo que provoca los tiempos difíciles, sin salir al mundo, sin “interferir, incomodar o perturbar la estructura capitalista neoliberal”. Esto es opaco, muy opaco, pero es el meollo de lo que nos está diciendo Seligman.
El meollo del mensaje de Seligman es que no se nos ocurra salir de nuestro garaje, que debemos quedarnos recluidos ahí adentro, evadirnos hacia el interior de nosotros mismos y no molestar al capitalismo neoliberal de los tiempos difíciles. Este imperativo de reclusión y evasión en sí mismo, aunado a una prohibición latente de interferencia en el mundo exterior sociopolítico y económico, es algo políticamente incorrecto, antidemocrático y represivo, extremadamente violento. Se trata de algo quizás ya digno del nombre de fascismo, pero está lo suficientemente opacado en Seligman para no asustarnos, para no escandalizarnos y para no ser ni siquiera percibido por nosotros.
López Ríos sí percibe aquello de lo que se trata gracias a su lectura sintomal. Esta lectura escruta el síntoma y nos hace reconocer en Seligman algunos de los rasgos del famoso personaje Pangloss con el que Voltaire se representó a Leibniz en el Cándido. Pangloss es la encarnación del optimismo ante la adversidad. Es, por así decir, un psicólogo positivo del siglo XVIII. Al igual que Seligman, Pangloss encuentra en sí mismo el camino psicológico-ideológico imaginario para evadirse de su mundo real histórico-político y socioeconómico.
Evadirse de este mundo externo, evadiéndose hacia el mundo interno paralelo en el que viven los psicólogos, evita lógicamente la transformación del mundo externo. Contribuye así a la reproducción de este mundo externo regido por el capital, por el sistema capitalista mercantil en el siglo XVIII y ahora predominantemente financiero, así como neoliberal y neofascista en su política. Primero Pangloss y ahora Seligman contribuyen a la reproducción del capitalismo, pero además, implícitamente, con su espíritu positivo, lo justifican y lo celebran, convirtiéndose así en sus portavoces, en apologistas de lo existente, en defensores del orden establecido, en intelectuales orgánicos del capital.
Al menos en el caso de Seligman, es claro que se trata de una personificación del capital. Esto no representa ningún problema para Seligman, pues él mismo concibe al ser humano, en sus propios términos, como un “capital psicológico”. Además, por si fuera poco, Seligman entiende su capital psicológico, en clave neoliberal, como un capital capaz de incrementarse mágicamente por el simple hecho de “fluir”.
Ante la fluidez neoliberal del capital psicológico de Seligman, López Ríos tiene mucha razón en pensar en los grandes teóricos del neoliberalismo, como Hayek, Friedman y Von Mises. También acierta cuando observa –lo cito– que “el discurso de Seligman da testimonio, de un modo implícito, esquivo, sobre el hecho de que la lógica neoliberal lo ha impregnado todo, incluyendo la psicología y más específicamente la psicología positiva”. López Ríos sabe que esta lógica neoliberal es también capitalista, de modo que podemos inferir que Seligman es una evidencia de que todo va quedando subsumido en el capitalismo, aunque reconociendo, con la perspicaz reserva de López Ríos, que el todo al que nos referimos, un todo que incluye la psicología, no existía como tal antes de recrearse en el capitalismo como aquello que es realmente.
Digamos, con Althusser y López Ríos, que la estructura capitalista lo sobredetermina todo con su causalidad estructural y hace que todo sea lo que es. Esto incluye a la psicología, pero también a los sujetos que somos cada vez más, como diría el EZLN, simples clones del capital. Somos esto que somos por lo que nos determina, por la estructura, por su causalidad, la cual, en la teoría lacaniana, puede pensarse, como lo hace López Ríos, a través de las nociones del goce y el deseo del gran Otro. A medida que el gran Otro del sistema simbólico de la cultura va quedando subsumido en el sistema económico del capitalismo, el goce y el deseo del gran Otro van convirtiéndose en goce y deseo del capital que nos constituye como objetos, engranes, clones del capital.
Digamos que el capital nos causa, pero en una causalidad material subsistente, de tipo spinoziana, que se prolonga en nosotros, convirtiéndonos en sus apéndices, como diría Marx. Esta causalidad, a la que López Ríos dedica gran parte de su libro, es efectuada en parte por la psicología. El dispositivo psicológico forma parte de los múltiples nexos causales de la estructura capitalista que nos constituyen a los sujetos como clones del capital.
Digamos que la psicología forma parte de la causalidad estructural del capitalismo. Hace lo que debe hacer en esta causalidad, pero no sabe lo que hace, imaginando simplemente que le ayuda al sujeto a adaptarse o ajustarse, a funcionar en el mundo, en un mundo regido cada vez más por el capital. Esta adaptación funcional llega hasta la mimetización, hasta el mimetismo, como bien lo constataron los filósofos de la Escuela de Frankfurt. Es precisamente al mimetizarse con el mundo al que se adapta que el sujeto se convierte en un clon del capital que rige ese mundo.
La adaptación mimética es un efecto directo de la causalidad estructural subsistente de la que se ocupan Althusser y López Ríos, pero hay que insistir en que esta causalidad no es reconocida por la psicología. El proyecto instaurador mismo de la psicología, como nos lo ha mostrado Georges Canguilhem, hace que olvide su origen y su fundamento y que se concentre en su utilidad: la de ayudar al sujeto a adaptarse y funcionar, ser funcional en su mundo, y de paso realizarse y ser feliz, como lo quiere Seligman. Es así como el adaptacionismo funcionalista de Seligman y de los demás psicólogos cae en la falacia que el genial paleontólogo y biólogo evolutivo Stephan Jay Gould asoció precisamente con la figura de Pangloss.
La falacia a la que me refiero es aquella por la que Pangloss puede afirmar que “habiéndose hecho todo con un fin, no puede menos éste ser el mejor de los fines, pues nótese que las narices se hicieron para llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas”. Seligman y sus colegas dirían que los psicólogos existen para ayudar a los sujetos a adaptarse, a ser funcionales y felices, y que por eso ayudan a los sujetos a adaptarse, a ser felices y funcionales.
Nuestros psicólogos también dirían que los sujetos fueron hechos para adaptarse, para ser funcionales y felices, y que por ello hay que ayudarlos adaptarse, para ser funcionales y felices. Este razonamiento adaptacionista y funcionalista sólo puede cumplirse y verificarse en alucinaciones como la del paraíso terrenal en el garaje. No hay otro desenlace para la teleología idealista de la psicología que recibe una potente crítica materialista causalista en el libro de López Ríos que les recomiendo mucho leer.
Soltar es el último remedio universal infalible prescrito por la psicología, la psicoterapia, el coaching, la consejería espiritual, el género de autoayuda y autocuidado, el neochamanismo indigenista, la meditación budista occidental y el pastoreo cristiano evangélico. Viejos y nuevos expertos en salud mental nos recomiendan cada vez más que «soltemos» lo que nos pesa, nos oprime, nos lastima y nos hace daño, pero «soltarlo» puede significar también:
1) Soltar lo difícil de sostener, soltarlo sólo porque es difícil de sostener, soltarlo simplemente para evitar la dificultad, por preferir la facilidad, porque lo fácil es más agradable que lo difícil, aunque lo difícil pueda ser más beneficioso, más correcto, más justo, más noble, más verdadero, más humano.
2) Soltar aquello con lo que estamos comprometidos, no asumir nuestros compromisos, abandonar a quienes volvimos dependientes de nosotros y a quienes hicieron que fuéramos lo que somos, hacer como si no les debiéramos todo lo que les debemos, hacer como si nosotros mismos no fuéramos parte de nuestra deuda simbólica, olvidar que nos debemos a los demás, despojarlos de nosotros, defraudar a nuestros acreedores, traicionar a quienes creyeron que nunca soltaríamos.
3) Soltar a nuestros semejantes como si no fueran sujetos humanos, como si fueran objetos utilizables y luego desechables, como si fueran «amigos» eliminables en las redes sociales, como si fueran instrumentos que sólo cuentan mientras funcionan y aportan beneficios, como si fueran aquello a lo que somos reducidos en el capitalismo.
4) Soltar los vínculos que nos constituyen, hacer como si no fuéramos constituidos por ellos, desconocerlos y así desconocernos, perdernos al perderlos, restarlos de lo que somos, restarnos, mutilarnos, alienarnos de nuestro ser al concebirnos ideológicamente como individuos autogenerados y autosuficientes, concibiéndonos así de modo individualista neoliberal.
5) Soltar aquello de lo que más podemos aprender, lo diferente, incomprensible y desafiante, para quedarnos únicamente con la vana confirmación de nuestro ser en lo semejante, comprensible y reconfortante.
6) Soltar lo que nos desmiente y así nos incomoda, soltarlo para no ser desmentidos ni incomodados, para mantenernos cómodamente instalados en el reducto de las mentiras que nos contamos.
7) Soltar lo que nos cuestiona, lo que nos contradice, lo que nos hace dudar y desconfiar de lo que pensamos, lo que nos vuelve contra nosotros mismos, lo que nos desgarra de nuestro ser y así nos compele a transformarlo.
8) Soltar a los otros para no soltarnos cada uno a sí mismo, para no liberarse de sí mismo, para mantenerse aferrado a lo que uno es, privándonos así de una de las experiencias más trascendentes de la vida, la de soltarse a sí mismo para no soltar al otro.
9) Soltar lo que da contenido y sentido a nuestras vidas, no perseverar en lo que somos y ansiamos, claudicar y capitular ante el mundo, ceder sobre nuestro deseo, dejar de insistir y resistir, convertirnos así en seres inconstantes, resignados y por ello inofensivos para el poder, más fáciles de controlar y dominar.
10) Imaginar soltar aquello que no podemos así tan sólo soltar, aquello adherido a cada fibra de nuestro ser, aquello de lo que únicamente podemos arrancarnos con enormes dolores y esfuerzos, aquello contra lo que debemos luchar, aquello de lo que necesitamos liberarnos.
Presentación del libro La noción de representación en la obra de Freud: una relectura materialistade Julio César Osoyo Bucio(San Luis Potosí, El Diván Negro, 2024), el 31 de octubre de 2024, en la Facultad de psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Michoacán, México
David Pavón-Cuéllar
La representación social de Moscovici, Jodelet, Lage y los demás es uno de los grandes objetos de la psicología. Comparándose con otros objetos de un saber psicológico predominantemente individualista, la representación social tiene la ventaja de no ser individual, sino social en el sentido más radical del término, social en tanto que irreductible a los individuos. Este carácter irreductiblemente social de la representación es a veces designado como “colectivo”, tal como lo designaba Durkheim, para distinguirlo de lo social entendido como lo relativo a la asociación extrínseca entre los individuos, tal como se entiende en la psicología individualista que domina en los ámbitos académicos en el mundo.
En contraste con los modelos psicológicos dominantes atrapados y encerrados en la individualidad, la teoría de las representaciones sociales pertenece a la tradición de una psicología colectiva en la que se reconoce que hay algo psíquico, mental o cognitivo, que trasciende la esfera individual hipertrofiada y absolutizada en la sociedad burguesa marcadamente individualista. El individualismo ideológico de la burguesía moderna, en efecto, es el de la psicología que estudiamos y es también el desafiado por la escuela de Moscovici y sus seguidores. Que estos autores franceses desafíen el individualismo psicológico burgués es algo que no puede sino entusiasmar a quienes, como yo, nos situamos en perspectivas críticas anticapitalistas y por ello también anti-burguesas.
No hay razón para no celebrar lo social de la representación social, pero yo pensaría dos veces antes de celebrar lo que es como representación, como algo con lo que se hace presente en la mente, de modo mental o psíquico, lo que está ya presente en otro lugar. Tenemos aquí la disociación entre dos lugares, uno de los cuales es el mental de las representaciones, aquel en el que se representa lo que está en otro lugar, aquel mismo del que se ocupan los psicólogos de las representaciones sociales. El primer problema de la suposición de este otro lugar es que no hay nada en él que podamos conocer directamente, pudiendo sólo conocerlo a través de las palabras, a través del discurso, lo que justifica sobradamente que nos quedemos con las palabras, con el discurso en el que se interpretan las representaciones, y hablemos de repertorios interpretativos en lugar de representaciones sociales, como lo hacen Potter, Wetherell, Edwards y los demás con sus repertorios interpretativos.
Después de todo, los repertorios interpretativos son todo lo que podemos conocer de las representaciones. ¿Por qué hablaríamos entonces de ellas y no de ellos cuando no tenemos ninguna certeza de ellas y sí de ellos? Quedándonos con los repertorios interpretativos, con los discursos en los que se expresan las representaciones, podemos al fin deshacernos del objeto ideológico de la psicología cognitiva, el de la representación como cognición, e inaugurar la psicología discursiva por el mismo gesto por el que resituamos el saber psicológico en el discurso, en lo único evidente de lo que se tiene una experiencia inmediata. Es así como honramos el origen epistemológico empirista de la psicología y de otras ciencias humanas y sociales.
El problema del empirismo de la psicología discursiva es la carencia de un método teórico por el que pueda atravesarse la experiencia para internarse en lo que está más allá de ella, no en el mundo interno ideal-ideológico de los psicólogos cognitivos, sino en el mundo externo material cultural, histórico y socioeconómico. Este mundo real, esta realidad mundana, es lo que hizo que un marxista como Ian Parker se distanciara de la psicología de las representaciones sociales en la que se interesó al principio de su carrera. La misma realidad mundana fue la que Parker defendió a través de su realismo crítico y opuso al relativismo discursivo de Potter, Edwards y los demás.
La realidad a la que me refiero permanece invisible tanto para la psicología discursiva de Potter y Edwards como para la psicología cognitiva de Moscovici y Jodelet y en general para toda la psicología dominante. El conjunto de la psicología sufre de una enfermedad que Holzkamp describía como una falta-de-mundo. El conjunto de los psicólogos olvidan el mundo, la presencia del mundo, para ocuparse de sus representantes discursivos y especialmente de sus representaciones cognitivas, mentales, psíquicas, espirituales, conscientes e incluso inconscientes.
Lo representacional aparece como textura misma de lo psíquico y es por eso que atrae a los psicólogos, pero también a los psicoanalistas y al mismo Freud, como nos lo muestra Julio César Osoyo Bucio en un libro que tiene el mérito de mostrar el carácter profundamente problemático de la representación para Freud. Si lo representacional constituye un problema para Freud, es precisamente porque el descubrimiento freudiano subvierte mucho de aquello que se ha condensado y sedimentado en la idea filosófica de la representación que luego se transmite de segunda mano a la psicología. Esta idea filosófica es ya incompatible con el psicoanálisis por el simple hecho de referirse a algo puramente interno, psíquico y no somático, psicológico y no fisiológico, ideal y no material, representacional y no presencial, consciente y no inconsciente, imaginario y no simbólico.
Todo lo excluido por la representación filosófica-psicológica es lo que se abre paso en la teoría freudiana de la representación, como bien lo muestra Osoyo Bucio en su recorrido. Este recorrido adopta un materialismo simbólico para mostrarnos aquello por lo que se distingue lo representacional freudiano: aquello material y simbólico por lo que se distingue de representaciones ideales e imaginarias como las de Moscovici por el mismo gesto por el que se deslinda claramente de cualquier psicología. Mientras que los psicólogos se atienen a la superficie especular empírica de lo representacional y olvidan lo que hay más allá de ella, Freud intenta siempre atravesarla para indagar lo que está representándose, como la represión y la idealización, la pulsión y el deseo, el cuerpo y el mundo. Es así como Freud consigue inmunizar al psicoanálisis contra cualquier psicologismo, contra cualquier psicologización, contra cualquier psicología. Mostrando esto, el libro de Osoyo Bucio nos ofrece valiosos insumos para criticar el saber psicológico y no sólo para estudiar la teoría psicoanalítica.
Conferencia dictada el viernes 13 de septiembre de 2024 en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) en el marco del Coloquio “Lecturas críticas y miradas sociales de la salud mental y la psicología”
David Pavón-Cuéllar
Introducción
Se me ha pedido que hable hoy sobre los temas de psicología y de salud mental. Es lo que haré, no como un experto, que no lo soy ni quiero serlo, sino como alguien preocupado por la importancia que dichos temas han cobrado en la actualidad, por el enorme interés que despiertan, por el modo en que están literalmente obsesionando a amplios sectores de la sociedad. Si esta obsesión me preocupa, es por lo que me parece que está revelando: algo que me atrevo a describir aproximativamente como un avance ideológico del mundo interno mental sobre el mundo externo material, un avance correlativo del aburguesamiento generalizado y de la resultante psicologización de la subjetividad, una psicologización por la que nos retraemos y replegamos dentro de nosotros mismos ante los conflictos políticos y ante la imparable devastación del planeta. Me explicaré mejor en los siguientes minutos.
Para empezar, permítanme resaltar que tanto la psicología como la salud mental presuponen la existencia de algo, la psique o la mente, que se distingue al diferenciarse de todo lo demás, particularmente el cuerpo y el mundo. Esta diferenciación dualista es un fenómeno cultural e histórico, no encontrándose ni en todas las culturas ni en todos los momentos de la historia. Sabemos que hay antiguas concepciones monistas occidentales, entre ellas la de los atomistas y la de Aristóteles, que no separaban sustancialmente lo mental de lo corporal. Sabemos también que esta separación es inexistente en otras culturas, como lo demuestran las representaciones indígenas mesoamericanas de las almas corporales, entre ellas la mintsita de los purépechas de Michoacán y el itonal de los nahuas de Puebla.
Si lo mental y lo corporal se presentan como una unidad para muchos pueblos del mundo, ¿por qué nosotros los occidentales modernos los concebimos como entes separados? La única explicación convincente sigue siendo, a mi juicio, la explicación histórica materialista que recibimos de Marx y Engels, quienes historizan la oposición entre el monismo y el dualismo, fundándola en una historia material de la producción económica y de la organización de la sociedad. Recordemos esta historia, deteniéndonos en cada uno de sus actos sucesivos, pero teniendo en mente que lo que hay aquí es una sucesión lógica y no cronológica, una concatenación estructural y no empírica, una serie de actos que sólo puede aprehenderse a través del microscopio marxiano de la abstracción y no mediante observaciones antropológicas, históricas o sociológicas.
El dualismo en cinco actos
El primer acto es el de un proceso tradicional de trabajo en el que lo mental y lo corporal se encuentran inextricablemente unidos, haciéndose lo que se piensa y pensándolo al hacerlo, haciéndolo también para pensarlo, pensándolo de algún modo con el cuerpo, con los movimientos de las manos en el mundo externo, y no sólo con la mente, no sólo con los movimientos de las ideas en el mundo interno. El trabajo mental es entonces también manual, corporal, material y mundano, siendo imposible separar la mente de las manos, del cuerpo y del mundo. La indistinción monista entre lo mental y lo demás es la concepción que se impone espontáneamente en este primer acto de la historia, un acto que aún ha sabido preservarse, a veces intacto, entre artesanos y campesinos de comunidades en las que no hay ni división de clases ni división del trabajo.
En un segundo acto, vemos aparecer la división de clases entre los poseedores y los no-poseedores, los no-poseedores que inmediatamente se convierten en desposeídos. Por un lado, tenemos la clase dominante, la de quienes poseen riqueza: quienes pueden, con esa riqueza, poner a trabajar a otros para ellos. Por otro lado, tenemos a los otros, los de la clase dominada, quienes carecen de riqueza, no poseyendo otra cosa que su vida y debiendo venderla como fuerza de trabajo para mantenerla, para mantenerse con vida, para sobrevivir. Esta división de clases existe ya en sociedades precapitalistas o no-capitalistas, pero es en el capitalismo en el que se consuma, llevándose hasta sus últimas consecuencias.
En un tercer acto, la división de clases da lugar a una división del trabajo, a una división entre el trabajo intelectual y el manual. Esta división ocurre cuando quienes pertenecen a la clase dominante se percatan de algo demasiado evidente: que es menos trabajoso, menos duro y cansado, hacer algo con la mente, con las ideas, imaginando que se hace, que hacerlo efectivamente, haciéndolo con las manos, con las cosas. Entonces los poseedores dejan de trabajar manualmente para dedicarse a trabajar intelectualmente. Acaparan el trabajo intelectual y condenan a los desposeídos al trabajo manual. Es el momento en que los de abajo comienzan a realizar corporalmente lo figurado mentalmente por los de arriba. Por ejemplo, el amo, señor o terrateniente decide con su mente qué sembrar y planea cómo sembrarlo, mientras que a sus esclavos, siervos o jornaleros les toca realizar la siembra y otras faenas con sus cuerpos y sus manos.
En un cuarto acto, la división del trabajo se traduce en las concepciones dualistas del ser humano, en el homo dúplex, el hombre que es dos seres diferentes a la vez, mente y cuerpo al mismo tiempo. Este dualismo aparece cuando la división entre el trabajo manual y el intelectual nos hacen imaginar que, más allá del trabajo dividido, lo manual y lo intelectual son dos esferas sustancialmente diferentes y separadas. ¿Cómo no imaginarlo cuando vemos que la mente y el cuerpo se disocian hasta el punto de repartirse entre diferentes personas? Cuando miramos hacia arriba, divisamos las mentes de quienes pertenecen a la clase dominante, quienes monopolizan el trabajo intelectual, y cuando volvemos nuestras miradas hacia abajo, descubrimos las manos y el cuerpo de quienes forman parte de la clase dominada, quienes están forzados al trabajo manual y corporal. Viendo lo mental en un lugar de la sociedad y lo manual y corporal en otro lugar, ¿cómo no convencernos de que son dos cosas sustancialmente diferentes?
En un quinto acto, la convicción dualista de que lo psíquico y lo físico son dos cosas diferentes nos hace distinguir lógicamente la salud propia de lo primero y la de lo segundo, así como también ciencias específicas de lo uno y de lo otro. Es así como se disocian la salud física y la salud mental por el mismo proceso por el que se distinguen la psicología y la fisiología. Tenemos así dos esferas diferentes que se vinculan cada una esencialmente con una de las dos grandes clases dominante y dominada.
Nuestro delirio compartido
La clase dominada se ha percibido tradicionalmente como una clase más física y fisiológica, más manual y corporal, más material que la clase dominante, la cual, de modo correlativo, se ha presentado por lo general como una clase más ideal o espiritual, más mental y psicológica. Mientras que los aristócratas y los burgueses han dedicado su tiempo a obrar con sus almas, a estudiar, meditar, calcular, deliberar, juzgar y decidir, sus siervos y obreros han debido gastar sus vidas laborando con sus músculos, con sus manos, brazos y hombros, al arar, sembrar, cosechar, ordeñar, desplumar, cargar, atornillar, desatornillar y mover poleas y palancas. Los desposeídos han sido como cuerpos gobernados por las mentes de los poseedores.
Desde luego que los poseedores han tenido siempre un cuerpo, así como los desposeídos han tenido una mente, pero los desposeídos han sido reducidos por lo general a sus existencias corporales, mientras que los poseedores han intervenido como seres predominantemente mentales, espirituales o anímicos. Las mismas tendencias pueden apreciarse en la historia de la salud y la patología. Cuando nos asomamos a esta historia, vemos que los miembros de la clase dominante han sufrido manía, melancolía, hipocondría, neurastenia, histeria, anorexia, bulimia y otros males nerviosos o mentales muy poco frecuentes en la clase dominada, la cual, por su parte, ha padecido más bien enfermedades corporales que terminan inhabilitándola o matándola prematuramente.
Aquí en México, alguien podría objetarme con razón que muchos indígenas de comunidad, aunque sin pertenecer a la clase dominante, viven tan acechados por los trastornos del alma como por los del cuerpo. Sin embargo, si esto es así, es precisamente porque no hay en los pueblos originarios una división del trabajo y una concepción dualista que sean tan marcadas como para suscitar las tendencias correlativas a la corporeización de los desposeídos y la espiritualización de los poseedores. De hecho, si diagnosticáramos las experiencias de los asustados y embrujados como casos de locura o de trastorno psiquiátrico, nos estaríamos equivocando en el diagnóstico, pues el susto y el embrujo no son males puramente mentales, así como tampoco son males exclusivamente corporales, constituyendo más bien ejemplos elocuentes de una visión monista donde el cuerpo resulta indiscernible de la mente.
La unidad esencial de la mente y del cuerpo es precisamente lo amenazado por males como el susto y el embrujo. Estos males, por lo tanto, no tienen por qué existir entre quienes vivimos en la modernidad capitalista occidental y desconocemos esa unidad esencial entre el cuerpo y la mente. Al desconocer nuestra unidad, no puede ser amenazada, y al no poder ser amenazada, no es posible que suframos ni sustos ni embrujos.
Quizás en realidad fuera más exacto decir, como yo lo digo a menudo, que aquí, fuera de las comunidades indígenas, todos estamos de algún modo embrujados y asustados. Tan embrujados y asustados estamos que nos concebimos cada uno de forma dualista, como homo dúplex, como homo psychologicus y como homo physiologicus. Tal vez no sea descabellado afirmar que estas concepciones psicológicas y fisiológicas de nuestro ser constituyen formaciones sintomáticas en las que se revela el modo histórico en que hemos sido embrujados y asustados por la sociedad de clases y específicamente por la sociedad capitalista, enloqueciendo hasta el extremo de asumir que nuestra alma no es nuestro cuerpo, que podemos padecer enfermedades únicamente mentales o corporales y que estas enfermedades se distribuyen de forma diferente en las clases de la sociedad.
Quizás el dualismo no sea entonces más que nuestro delirio compartido. Se trataría de un delirio ideológico absurdo contra el que otros estarían inmunizados gracias a saberes ancestrales como los mesoamericanos. Con todo, por más delirante que sea, nuestro dualismo debe ser tomado en serio porque no deja de escindirnos y de organizar la realidad material en la que nos encontramos, realizándose aquí de forma concreta, evidente y efectiva.
Las clases mental y corporal
Una vez que estamos en el contexto urbano y moderno de la sociedad occidental capitalista, lo que observamos es que la preocupación principal de los de abajo ha sido generalmente la salud física, mientras que los de arriba se han mostrado más propensos a obsesionarse con la salud mental. Es por esta obsesión, y en general por la obsesión con la mente, que vemos nacer, entre el siglo XIX y el XX, la higiene mental con su conceptualización de la salud mental, pero también simultáneamente la psicología como especialidad científica, académica y profesional, y, además, al mismo tiempo, el psicoanálisis fundado por Sigmund Freud. La simultaneidad en los tres nacimientos del psicoanálisis, de la psicología moderna y de la higiene mental no es casual, confirmándonos algo que ya fue vislumbrado por el clásico marxista Gueorgui Plejánov justamente en aquella misma época, lo cual, desde luego, tampoco es casualidad.
Lo que vislumbra Plejánov en 1907 es que el factor psicológico puede volverse el más determinante dentro de la clase dominante. Sin embargo, para Plejánov, esto sólo es posible por la dominación material de la misma clase en la esfera de la economía. Es la dominación económica, en efecto, lo que les permite a los poseedores despreocuparse de la economía y obsesionarse con asuntos más elevados y etéreos como el psiquismo, la mente, la personalidad, las ideas y las emociones, la enfermedad y la salud mental. De ahí que estos asuntos acabaran siendo aparentemente los más importantes para los burgueses justo en el momento en que los burgueses llegaron al apogeo de su poderío histórico en los siglos XIX y XX.
Una vez que afianzaron y consolidaron su dominación económica sobre el mundo en su materialidad, los burgueses pudieron desatender lo material y volcarse a lo mental, dedicándose a producir y consumir de modo apasionado y frenético, masivo e intensivo, todo tipo de expresiones del factor psicológico. Encontramos aquí la psicología, el psicoanálisis y la higiene mental, pero también la superación personal y el desarrollo humano, la autoayuda y el autocuidado, el coaching y el pastoreo evangélico. Paralelamente, vemos proliferar novelillas, luego películas y ahora series donde todo gira en torno a motivos individuales psíquicos o mentales como el deseo y el amor, los celos y el despecho, la esperanza y la desesperanza, el temor y el dolor, el orgullo y la envidia, la ambición y la avidez insaciable, el cálculo y la manipulación, la seducción y el afán de aventura.
Lo que hay que entender aquí es que lo ideal, mental y emocional ha llegado a reinar en la burguesía gracias al poder material de la burguesía en la sociedad. Sin determinación económica, no habría sobredeterminación ideológica por la mente con sus ideas, con sus cogniciones y sus emociones. El factor psicológico superestructural se impone como factor sobredeterminante con la fuerza determinante del factor económico infraestructural, como bien lo comprendió Plejánov en su tiempo, avanzando por una vía que fue abierta por Marx y Engels, ya desde la Ideología alemana, y que habría de ser también la vía de Louis Althusser y del althusserianismo.
Lo que acabo de explicar se puede inferir a partir de un par de libros de Plejánov, El materialismo militante y Las cuestiones fundamentales del marxismo, ambos publicados en 1907. Justo en este año, como por casualidad, Clifford Whittingham Beers estaba preparando su texto del año siguiente, de 1908, A Mind That Found Itself, con el que se inaugura el movimiento de higiene mental en el que se conceptualiza la salud mental. Es también como por casualidad que Freud publica en el mismo año de 1908 un ensayo clave, “La moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna”, en el que llega por otro camino al meollo de la tesis de Plejánov.
Freud nos demuestra en 1908 que el psicoanálisis es algo diferente de la psicología y de la higiene mental, aunque sea tan sólo por su autoconciencia, por su conciencia de la idealización y psicologización que están en la raíz del árbol de la cultura burguesa dominante y de sus frutos, entre ellos el psicoanalítico. Sin embargo, en la raíz del árbol, Freud nos descubre algo más. Lo que nos descubre es el precio de la idealización y la psicologización, que es la mutilación, la descorporeización, la desexualización, la represión.
Obsesión por la psicología y represión de la economía
La burguesía tan sólo puede psicologizarse al reprimir tanto la economía política-sexual en la que se interesa Freud como la economía sociopolítica de la que se ocupan Marx, Engels y Plejánov. Esta doble represión del factor económico está en la raíz de la dominación cultural del factor psicológico. Si la psicología y la ideología en general pueden reinar, lo hacen a costa de la economía política social y sexual, a expensas de la fuerza de trabajo y de las pulsiones, una fuerza reprimida, sublimada y explotada, como lo sabemos por Marx y Freud.
Marx nos ha enseñado que el poder superestructural de la ideología descansa en la base material de explotación de la fuerza de trabajo. De forma homóloga, sabemos por Freud que el reino cultural ideológico de la psicología se basa en el fundamento material de renuncia a la satisfacción pulsional, de renunciación al goce, como decía Lacan. Tanto en el materialismo freudiano-lacaniano como en el marxiano-marxista, se comprende que la obsesión burguesa por lo psicológico, por lo mental en todas sus formas, entre ellas la salud mental, no tiene su verdad en sí misma, sino en otro nivel más fundamental, que es el nivel material de la economía sociopolítica y política sexual o libidinal. Es en este nivel en el que la dominación económica de una clase, una clase identificada hegemónicamente con la cultura, le permite a esta clase obsesionarse con el factor ideológico y específicamente psicológico.
La obsesión burguesa por la ideología y por la psicología es correlativa de la represión de la economía sociopolítica y política-sexual. El mundo externo y el cuerpo sexuado se reprimen en una burguesía tan ideologizada como psicologizada. El ideólogo burgués criticado por Marx, ya sea el filósofo alemán o el economista inglés, evade el mundo material económico. Su evasión es como la del neurótico burgués, el atendido por Freud, cuando escapa de su propio cuerpo material sexuado.
El burgués de Freud está fuera de su cuerpo como el de Marx está fuera del mundo, “sin mundo”, como diría Klaus Holzkamp con respecto al sujeto de la psicología. Este sujeto de la psicología subvertido por Freud es el mismo sujeto de la ideología subvertido por Marx, lo cual, por cierto, fue bien comprendido por Louis Althusser cuando equiparó la crítica freudiana-lacaniana del homo psychologicus con la crítica marxiana-marxista del homo oeconomicus, o más bien del homo ideologicus, definido precisamente no por la economía, sino por una ideologización y represión ideológica de lo real de la economía.
Tanto el homo ideologicus refutado por Marx como el homo psychologicus impugnado por Freud representan facetas de un mismo burgués que sólo es capaz de verse a sí mismo, en el espejo de su autoconciencia, de modo puramente ideológico y psicológico, reprimiendo su materialidad, su lugar político económico material en el mundo social y en su cuerpo sexuado. Este burgués es como un ángel, como una pura alma incorpórea y asexuada volando en el cielo, como una mente sin cuerpo y sin pies en la tierra. ¿No es acaso así como se concibe al ser humano en la filosofía idealista y en la psicología científica-académica hegemónica?
El marxismo y el psicoanálisis como retornos sintomáticos de lo reprimido
Si el materialismo de Marx ha subvertido el idealismo filosófico, es porque ha bajado al ángel del cielo y ha puesto sus pies en la tierra. De forma homóloga, si el materialismo de Freud ha subvertido el animismo psicológico, es porque le ha devuelto el cuerpo sexuado al ángel incorpóreo y asexuado. El psicoanálisis representa un retorno sintomático del cuerpo sexuado reprimido por la psicología tal como el marxismo constituye un retorno igualmente sintomático del mundo socioeconómico reprimido la ideología.
Marx y Freud son como síntomas en los que retorna lo reprimido, en los que se revierte la represión de lo material, una represión que Freud asocia con la neurosis y que en Marx opera en cierto saber filosófico y económico-político marcadamente neurótico. Este saber, el más difundido entre los actuales académicos, dispone de mecanismos defensivos capaces de prevenir cualquier sintomatología como la marxiana o la freudiana. Sin embargo, hay otro saber, otro saber que Lacan describe como un saber con fallas por las que retorna la verdad, otro saber que me atrevo a calificar de “histérico” por las resonancias de este concepto en Freud.
El otro saber al que me refiero es el de Hegel y el de Adam Smith y David Ricardo por el que vemos retornar sintomáticamente el mundo material. Es también el saber del síntoma por el que retorna el cuerpo sexuado. Es el saber de Anna O., Emmy von N., Miss Lucy R. y las demás histéricas de Freud.
Notemos que la histeria freudiana es un retorno de la materialidad económica sexual reprimida en la burguesía: un retorno sintomático perfectamente homólogo al retorno sintomático marxiano de la materialidad económica política reprimida en la misma burguesía. Marx percibe lo material que retorna gracias a su lectura sintomal de lo sintomático en los textos de economistas ingleses y filósofos alemanes, tal como Freud capta igualmente lo que retorna gracias a su escucha sintomal de la palabra de las histéricas vienesas. Althusser describió muy bien lo que significa esta forma sintomal de leer y escuchar, mostrándonos como le permitió a Marx descubrir su materialismo.
Intentando ir más allá de Althusser por el camino que él nos indica, nos percatamos de que Marx, al igual que Freud, revierte la represión de lo material en los burgueses ideológicamente representados como almas puras desmaterializadas y descorporeizadas, carentes de cuerpo y de mundo. Sin embargo, en el mismo sentido, Marx y sus seguidores hacen algo más, algo quizás aún más importante. Lo que hacen es revertir la represión de lo ideal e intelectual, de lo mental y espiritual, en unos obreros proletarizados y pauperizados, reducidos a sus cuerpos, asimilados a sus brazos y a sus manos, privados así de su alma, de su mente, de su intelecto, de su conciencia. Esto fue conseguido por el marxismo al contribuir a que cierto proletariado recobrara el saber, que adquiriera una conciencia de clase, que ya no fuera simple fuerza de trabajo, que ya no fuera sólo un sujeto en sí, an sich, sino para sí, für sich, como lo ha constatado Lacan.
Aburguesamiento generalizado
El problema detectado por el mismo Lacan es que el proletario para sí, el que recupera un saber a través de su autoconciencia, ya no puede ser exactamente lo que era, el proletario que era, la encarnación de la verdad más íntima del capitalismo, así como la presencia de un horizonte subjetivo post-capitalista, la promesa de un hombre nuevo y de una mujer nueva. Todo esto es imposible porque el saber que recobra el proletariado no es ni el suyo propio ni tampoco un saber neutro, sino que es el saber prevaleciente y a veces el único disponible en la sociedad burguesa, un saber ideológico burgués, correspondiente a lo que Marx y Engels describían como la ideología de la clase dominante que es la ideología dominante en la sociedad. La consecuencia es que la conciencia de clase del proletariado es una conciencia de clase burguesa.
La autoconciencia del proletario se convierte en la del burgués. Esto le sucede al trabajador no sólo al adquirir una conciencia de clase en el partido, el sindicato o el movimiento colectivo, sino también y sobre todo cuando se educa en escuelas y universidades o bien en la radio, en la televisión, en el internet, en la esfera mediática, en la cultura de masas y en el consumo en general, pues al tener un consumo burgués, el trabajador se aburguesa, dejándose poseer por lo burgués al que se vende al precio de todo lo que compra. Una vez que se disfraza de burgués, el obrero puede corroborar su identidad ideológica en cualquier espejo, en cualquier foto compartida en redes sociales, en cualquier pantalla o vitrina.
Los espejos del sujeto le devuelven la imagen de quienes lo explotan. Es así como el explotado termina profesando las opiniones de sus explotadores y votando por los partidos que sirven los intereses de los mismos explotadores. Es así también como el trabajador termina creyéndose un empresario, a veces un empresario de sí mismo como el sujeto neoliberal evocado por Foucault: un sujeto que no se percata de que él en realidad sólo es la empresa, mientras que su identidad empresarial es aquello en lo que se aliena, su imagen en el espejo, una personificación ideológica imaginaria del capital.
Es verdad que el trabajador no sólo se aliena en la ideología, en lo imaginario del capitalismo, sino también en lo real de la economía capitalista, no siendo sino capital humano, capital variable, y asumiéndose a sí mismo como tal, como cuando se asume como su propia empresa. Esta empresa, por lo demás, puede ser bastante lucrativa, aportando un poder adquisitivo con el que el trabajador se termina de convencer de que es un empresario. El mismo convencimiento puede obtenerse a través de mejoras salariales como las que se tienen en países desarrollados y emergentes. En todos los casos, constatamos que el aburguesamiento de los trabajadores es un fenómeno económico y no sólo ideológico, pero también siempre ideológico, desde luego.
El caso es que el proletariado viene a engrosar las filas de la burguesía. Este aburguesamiento generalizado se refleja en la obsesión burguesa generalizada que aquí nos interesa, la obsesión por la psicología y por la salud mental, que antes era distintiva de la burguesía y que se ha convertido en una obsesión de toda la sociedad. Mientras que los poseedores escapan a sus retiros espirituales y alternan sesiones de psicoanálisis y de meditación, los desposeídos cuentan con el coaching laboral y con la sugestión de las iglesias cristianas evangélicas, pero todos consumen también lo mental y psicológico por otras vías, como la psicología profesional y popularizada, las publicaciones y emisiones de autoayuda y autocuidado, la consejería sentimental y las interpretaciones psicológicas de los periodistas y un largo etcétera.
Psicologización
La creciente obsesión por lo mental y lo psicológico se ha ido traduciendo en la psicologización denunciada por Ian Parker, Jan De Vos y otros. Como estos autores lo han mostrado, la psicologización implica una despolitización de la sociedad y de la política misma. Los sujetos y sus relaciones tienden a perder su aspecto político, su carácter estructurante social y su vínculo esencial con el poder, a medida que se perciben tan sólo en su lado psicológico, personal y emocional.
El triunfo de la psicología sobre la política se pone en evidencia cada vez que hablamos de motivaciones por no hablar de reivindicaciones, o de actitudes en vez de posicionamientos, o de rasgos de personalidad en lugar de principios o puntos de programas. La psicologización y despolitización resultan igualmente evidentes en sociedades en las que votamos cada vez más por la personalidad, la inteligencia, los valores o la sinceridad que atribuimos a los actores políticos, en lugar de considerar sus partidos y banderas, los intereses y sectores que representan, las tradiciones de lucha de las que forman parte y sus proyectos de reproducción o transformación del sistema. Sobra decir que todo esto favorece lo mismo a los candidatos independientes que a los charlatanes carismáticos y a los dirigentes neofascistas de nuevo tipo en los que la psicologización, el maquillaje psicológico, resulta indisociable de la estetización de la política de la que hablaba Walter Benjamin. Tal como la entendía Benjamin, esta estetización podía ser despolitizadora por lo mismo que la psicologización produce también una despolitización de la sociedad.
Al igual que la vieja estetización, la nueva psicologización de la política se ha ido convirtiendo en un peligro para los regímenes democráticos liberales. Esto es bastante paradójico, pues la democracia liberal ha contribuido a la psicologización al poner el factor psicológico en su fundamento, como ya lo constataron, desde hace casi un siglo, José Carlos Mariátegui y Max Horkheimer. Ambos autores observaron cómo el moderno liberalismo democrático sitúa el poder en la esfera de los votantes, en su esfera mental y psicológica, pues necesita contar con su consentimiento, con sus votos, con sus preferencias electorales, y ahora también con sus opiniones y con su nivel de satisfacción para las encuestas.
Digitalización
El caso es que la seducción y manipulación, como tareas mentales y psicológicas, van ganando terreno sobre la coerción y la dominación en el terreno político-económico. Esto implica también un retroceso de lo material y un avance de lo ideal que se ven favorecidos a su vez por la digitalización tecnológica de los sujetos y de sus relaciones. Los actores que interactúan en las redes sociales, por ejemplo, no ponen el cuerpo y se encuentran fuera del mundo material, en una situación desmaterializada en la que realizan el sueño burgués de ser como ángeles, como almas descorporeizadas, como perfectos ejemplares del homo psychologicus.
La digitalización puede contribuir entonces a la psicologización, pero no sólo al privarnos de nuestro cuerpo y de nuestro mundo material, sino también, como lo ha notado Jan De Vos, al realizar digitalmente el modelo psicológico de subjetividad, permitiéndole al fin desplegarse y expandirse a través de likes, emoticones, emojis, kaoanis, memes y otras imágenes y pautas de comunicación en un mundo paralelo. Aunque sólo sea virtual, este mundo tiende a parecer más real que lo real, como lo hiperreal de Jean Baudrillard. La hiperrealidad inherente a lo digital refuerza las formas psicológicas de subjetividad a costa de las formas no-psicológicas.
Los rostros de los sujetos van tornándose máscaras de emoticones en un perfecto ejemplo de transposición fetichista en el sentido marxiano del término. Así como en Marx las cosas y las personas terminan representando los valores económicos fetichizados que tendrían que representarlas, de igual modo vemos ahora cómo las representaciones digitales de lo real se convierten en lo hiperreal que es representado por lo real. Es así como lo real de la subjetividad se ve cada vez más reducido a una representación imaginaria de lo mental y psicológico digitalizado.
En lugar de que las pantallas nos reflejen, somos cada vez más reflejos de las pantallas. Las pantallas de televisores, computadoras y teléfonos celulares inteligentes no deberían ser más que espejos de nuestra subjetividad, pero tienden a convertirse en matrices especulares de las imágenes mentales y psicológicas en las que nos convierten. Es previsible que estas imágenes que somos queden recluidas en la profundidad imaginaria de las pantallas, como realización virtual del mundo interno mental de la psicología, después de haber abandonado el mundo externo, el planeta material cada vez más devastado, la realidad natural cada vez más desertificada, transformada en el desierto de lo real, como decía Baudrillard y como lo repite Morfeo en Matrix.
Cuando más habría que estar mirando afuera, más estamos ensimismados, mirando en el interior imaginario de nosotros y de las pantallas. Más estamos pensando en psicología y en salud mental cuando más deberíamos estar pensando en la preservación material de los universos naturales y culturales arrasados por el capitalismo. Cuando más deberíamos estar luchando en el mundo externo, más estamos encerrados en el reconfortante mundo interno burgués de lo mental y de lo psicológico, de lo experiencial y de lo empírico, de lo ideal y de lo ideológico.
Capitalismo y proletarización generalizada
Estamos presenciando una extraña victoria histórica del idealismo, pero no en el sentido hegeliano de absolutización del saber como realización final del espíritu, ni mucho menos en el sentido marxista de emancipación comunista con respecto a las restricciones materiales, como en Pavel Axelrod y de algún modo en Rosa Luxemburgo. La victoria del idealismo que presenciamos es más bien la contraria del comunismo: es una consecuencia del capital que privatiza, que acapara, que subsume realmente el mundo exterior con su materialidad natural y cultural, y que debe asegurarse de que no lo estorbemos, lo que sólo puede conseguir al exiliarnos en el mundo interior de las pantallas y de la ideología, de nuestras mentes y de la psicología.
Nuestro exilio es el peor imaginable, ya que se trata de un destierro a ninguna parte, a un remoto lugar sólo ideológico, extramundano, hasta cierto punto inexistente. Sin embargo, como lo advertía André Breton con respecto a la existencia onírica, la existencia mental o digital, ideológica y psicológica, forma parte del mundo externo material subsumido realmente en el capital. No hay metalenguaje, como diría Lacan.
Estamos en un lenguaje y permanecemos en él aun cuando creemos escapar de él al meternos dentro de nosotros mismos. Nuestro interior consciente no es más que un rincón del exterior inconsciente. No es posible salir del universo que es el sistema simbólico de la cultura: un sistema que tiende a quedar subsumido en el capital.
No dejamos de estar en el sistema capitalista, sirviendo su lógica de producción y reproducción, cuando estamos dentro de nosotros mismos o dentro de las pantallas de nuestros dispositivos electrónicos. Por un lado, el interior de las pantallas es un espacio en su mayor parte ya poseído, organizado, administrado y explotado por el capital, por capitales como los de Silicon Valley. Por otro lado, al reflejar cada vez más este espacio digital del capital y cada vez menos el espacio público de la sociedad y la cultura, nuestro interior va siendo privatizado y subsumido por el capitalismo.
No dejamos de estar en el sistema capitalista, pero lo importante para el capital es que esto nos pase desapercibido. Y nos pasa desapercibido. Esta falta de percepción es el meollo de nuestra fantasía de ser libres y obedecer únicamente a nosotros mismos cada vez que generamos dividendos para el capital a través de lo que tecleamos, vemos, escuchamos, pensamos y sentimos al estar atrapados en el interior de nuestra mente que se confunde con el interior de la pantalla.
Nuestra ilusión de libertad es la misma del capitalista de Marx que imagina servir libremente sus intereses cuando solamente sirve los del capital. Esta ilusión era un lujo, un privilegio que se ha convertido en derecho, que se ha democratizado con el aburguesamiento generalizado en el capitalismo neoliberal. Ahora, por debajo de la burguesía propiamente dicha, somos cada vez más los aburguesados en el mundo interno de la mente y de la psicología, lo que sólo ha sido posible al proletarizarnos en el mundo externo de la materialidad económica de la cultura subsumida en el capitalismo.
Conclusión
La proletarización generalizada, correlativa del aburguesamiento generalizado, produce innumerables síntomas que nos dedicamos a curar a través de la psicología, la psicoterapia, la psiquiatría y otros medios análogos. En lugar de precipitarnos a curarlos, mejor habría que darnos tiempo de percibir lo que revelan. Habría que someter las expresiones sintomáticas de lo que sufrimos a una lectura sintomal como la enseñada por Marx o a una escucha sintomal como la que Freud nos ha legado.
Percibiendo sintomalmente nuestros síntomas, nos percataríamos de que no somos tan burgueses como creemos. Caeríamos en la cuenta de que no somos el empresario de sí mismo, sino su empresa poseída y explotada por el capital que personificamos. El capital, en efecto, nos posee como un demonio y nos hace verlo al ver al empresario en el espejo mágico de la ideología.
Que no seamos el reflejo consciente de lo que somos es una de las mayores lecciones del marxismo y del psicoanálisis. Es una lección que puede ser liberadora en unos tiempos, como los nuestros, en los que imaginamos, con la garantía de la psicología, que podemos dejarnos reabsorber totalmente por el espejo. Esto es imposible, pero aun si fuera posible, sería lo más contrario a la salud mental, a pesar de lo que imaginen muchos psicólogos.
1) Estamos atravesando un período de importantes cambios en el mundo. Sentimientos antiinmigrantes, misoginia, crisis políticas y guerras regionales… ¿Qué efectos tienen estos cambios en el mundo a nivel individual y social?
En el nivel individual, hay efectos inmediatos bastante obvios como estrés, ansiedad, miedo, inseguridad, soledad, vergüenza, autoodio, odio y resentimiento entre las mujeres, los inmigrantes y las víctimas de las crisis y las guerras. Estos efectos inciden a su vez en el nivel social al reforzar las identidades, degradar los vínculos, reproducir o agravar los conflictos, aislar o pulverizar las comunidades, acentuar las diferencias y desigualdades. En todos los casos, lo que vislumbramos en el fondo es una violencia estructural que no sólo lastima, daña, mutila y desgarra a los individuos y a las sociedades, sino que se transmite a través de ellos.
Nuestro análisis debe atravesar los niveles individual y social para sondear en el nivel estructural, el de la violenta estructura capitalista, patriarcal y colonial. Esta estructura subyace a muchos de los cambios mencionados en tu pregunta. Para percibir lo que está en juego en ellos y en sus efectos individuales y sociales, necesitamos situarnos en el nivel estructural.
Sin pensar en el patriarcado, no llegaremos muy lejos en nuestra consideración de la misoginia, el machismo y el sexismo, así como las conductas, relaciones, experiencias e identidades sexuales y de género. Tampoco entenderemos los sentimientos antiinmigrantes, la xenofobia y el racismo si no los analizamos a la luz del colonialismo, el neocolonialismo y la colonialidad. De igual modo, el estudio del capitalismo es indispensable para explicar la mayor parte de guerras y crisis de nuestra época, así como las formas en que destruyen y reconstituyen a los individuos y a las sociedades.
La división misma entre los niveles individual y social parece ser una consecuencia de la estructura capitalista, patriarcal y colonial. Como nos lo muestra Freud, el patriarcado separa las psicologías social e individual al contraponer a un individuo masculinizado, concebido como padre de la comunidad humana, y a una comunidad familiarizada, feminizada e infantilizada, reducida simbólicamente a la condición de horda. Luego, como nos lo enseña Marx, el capitalismo completa y generaliza el proceso al atomizar la comunidad y al convertirla en una sociedad con vínculos extrínsecos entre los individuos opuestos entre sí y a la totalidad social. Todo esto se impone en todo el mundo a través del colonialismo, el neocolonialismo y la colonialidad.
2) Existe la percepción de que la ciencia psicológica debe mantenerse alejada de los cambios sociales y políticos en el mundo y sólo debe ocuparse del individuo separado de este contexto. ¿Es esto cierto?
Definitivamente no. El individuo de la psicología es creado, moldeado y constantemente determinado y modificado por su contexto social y político. Este contexto, de hecho, es lo que se individualiza y así constituye al individuo, manifestándose en su esfera mental y conductual. Lo estudiado por la psicología es la manifestación de su contexto.
Cuando no conocemos el contexto, no sabemos lo que se está manifestando en lo que estudiamos en la ciencia psicológica. Esta ciencia no se ocupa tanto de su objeto como de su contexto. Por ejemplo, estudia frecuentemente manifestaciones subjetivas del capitalismo neoliberal cuando cree estar estudiando la conformidad, el convencionalismo, el estrés, la ansiedad o la depresión de ciertos sujetos.
Lo que llamamos “contexto” es más que lo que solemos entender por “contexto”. No rodea a los individuos que habitan en él, sino que los habita y los constituye internamente. Es el fondo y el meollo de la subjetividad. Es la clave para entender la personalidad, las emociones y los procesos mentales. Descontextualizar el objeto de la psicología es ni más ni menos que desconocerlo.
3) Mientras la psicología dominante da la espalda a todos estos problemas, ¿qué tipo de enfoques debería desarrollar la psicología crítica? ¿Qué deudas hemos contraído los psicólogos y cómo podemos saldarlas en una perspectiva crítica?
Nuestra primera deuda es con todo lo ignorado, encubierto, subestimado y así debilitado y degradado por la psicología, como la singularidad subjetiva, la vida comunitaria, las subjetividades colectivas y los movimientos políticos transformadores con los que se curan los grandes males estructurales. Ante estos males, el psicólogo es tan impotente como cualquier otro individuo, pero se distingue por ganarse el sustento diario al promover y vender su impotencia bajo la seductora envoltura de una ilusoria omnipotencia individual. Semejante producto psicológico sólo puede comprarse a expensas de la única verdadera potencia, la de uno con los demás, distrayéndose de la cura de las enfermedades impersonales de la estructura y ensimismándose en el tratamiento de sus manifestaciones en síntomas personales e interpersonales. Hay entonces una deuda particular de la psicología con sus clientes por aislarlos y despolitizarlos, por desviarlos de la vía colectiva y política para la solución real de sus problemas, por darles únicamente cuidados paliativos, analgésicos y sedantes, que sólo sirven para calmar las ansias de cambiarlo todo para tener un mundo mejor.
La psicología está endeudada también con los individuos a los que aliena, mutila y destruye para normalizarlos, para doblegarlos, para adaptarlos y asimilarlos a la estructura capitalista, patriarcal y colonial. Hay igualmente una deuda importante con otras culturas que tienen otras concepciones de la subjetividad, concepciones más adecuadas a su historia y a su contexto, pero desautorizadas y suplantadas por las concepciones psicológicas modernas europeas y estadounidenses. Aunque no esté en condiciones de honrar deudas como éstas, la psicología podría por lo menos detener su creciente endeudamiento al moderarse, al replegarse, al dejar de expandirse más allá de sus medios, al ya no extralimitarse, al ya no usurpar el derecho de los sujetos individuales y colectivos a definir lo que son y lo que pueden llegar a ser.
Una psicología sólo será solvente al ser menos psicológica, menos académica, menos pretendidamente científica y profesional, más otras cosas, más inherentemente social y política, más de los movimientos colectivos, más de los pueblos y de las culturas que la rodean y habitan. Los psicólogos, para mantener un mínimo de solvencia, tendrían que renunciar a su gratificante papel de expertos, hablar menos y escuchar más a la sociedad, aprender más del mundo y ser portavoces de los pueblos en el estrecho ámbito académico, científico y profesional de la psicología.
El psicólogo solvente deberá ser crítico, autocrítico, al reconocer que su propio supuesto saber psicológico no es necesariamente mejor ni más verdadero ni legítimo que los saberes sobre la subjetividad poseídos por los no-psicólogos, las personas de la calle, los padres y abuelos, las culturas y las comunidades. Estos otros saberes, saberes otros, deberían servirnos a nosotros, psicólogos críticos, para interpelar, cuestionar e incluso relativizar y refutar nuestros saberes psicológicos. Necesitamos renunciar a la pretensión de que nuestra psicología posee el único saber adecuado sobre la subjetividad. Es preciso y urgente que escuchemos otros saberes y que dejemos de subordinarlos a la psicología, dejemos de psicologizarlos, dejemos de psicologizar la subjetividad.
4) El sistema actual y la psicología dominante, a través del desarrollo personal, la carrera y otros campos «mágicos», están tratando de mantener a las personas alejadas del lado social y político y confinarlas en sus propias cáscaras. ¿Cómo deberíamos evaluar esta situación?
Los sujetos únicamente pueden ser sujetos a través de su existencia social y política. Al privarlos de esta existencia, la psicología los priva de la subjetividad, la cual, entonces, puede ser acaparada por el capital. En cuanto a los sujetos humanos, pueden reducirse a objetos del capital, objetos de la dominación y explotación por el sistema capitalista, después de haber sido objetos del saber psicológico objetivo.
Deberíamos desconfiar de la objetividad en psicología. El saber psicológico no se refiere a algo objetivo, sino a alguien, a algo subjetivo, no-objetivo por definición. Objetivarlo es neutralizarlo para convertirlo al final en objeto de un capital que es correlativamente fetichizado, convertido en sujeto.
La explotación capitalista es en parte condicionada por la objetivación psicológica, por la psicologización, por la desocialización y despolitización. La psicología crítica tendría que esforzarse en revertir estos procesos, en sacar a los individuos de sus conchas, en repolitizarlos y resocializarlos, en ayudarles a reconquistar su subjetividad.
5) Finalmente, ¿qué deberíamos hacer para un mundo mejor y un futuro mejor, tanto teórica como prácticamente?
Lo primero es reconocer teóricamente que no hay futuro, que no hay un futuro ni peor ni mejor, que no habrá un mundo ni peor ni mucho menos mejor, que el mundo se está acabando, al ser devastado por el capitalismo. Después de haber destruido la mitad de los ecosistemas vegetales primarios y de las poblaciones de animales salvajes del planeta en medio siglo, el capitalismo está destruyendo rápidamente la otra mitad, sin contar la contaminación del planeta y el calentamiento global. La devastación es tal que muy pronto la vida humana será imposible en la tierra.
En lugar de tratar de evitar la catástrofe inminente al luchar colectivamente contra el capitalismo, los individuos se miran los ombligos con el invaluable apoyo de los psicólogos. La psicología también contribuye al fin del mundo al adaptar a los sujetos a este fin tal como se despliega en el capitalismo, al ayudar a reducir a los sujetos a objetos del capital, a recursos humanos del capital que lo está destruyendo todo. La destrucción capitalista del mundo requiere de los seres producidos por la psicología, ya sea individuos adaptados y despolitizados o bien trabajadores explotables y consumidores manipulables.
El pesimismo de la teoría no debería excluir cierto optimismo en la práctica. Podemos y debemos luchar o al menos resistir contra el capitalismo y contra su engrane psicológico. No todo está perdido.
El objeto del capitalismo y de la psicología no deja de ser un sujeto social y político. Hay anticapitalismo y no sólo capitalismo. La psicología no ha podido evitar el surgimiento de la psicología crítica.
Conferencia para el XV Encuentro Nacional (III Internacional) de Semilleros de Investigación desde el Psicoanálisis, en Cartagena de Indias, Colombia, 27 de octubre de 2022 (y en versión ampliada para una mesa de análisis del Círculo de Psicoanálisis y Marxismo, en Monterrey, Nuevo León, México, 10 de diciembre de 2022)
David Pavón-Cuéllar
Psicoanálisis y psicología crítica
Me han invitado a que hable sobre la relación entre el psicoanálisis y la psicología crítica. Esta relación es múltiple. Más que ser una relación única y simple, consiste en las variadas y complejas relaciones que se han establecido históricamente entre el psicoanálisis y la psicología crítica desde hace casi un siglo.
Parece haber sido hacia 1927 cuando nació la psicología crítica. Desde el momento mismo de su nacimiento, se arrojó sobre el psicoanálisis que ya estaba ahí, en el escenario occidental moderno, desde hacía varios años. De pronto apareció aquí la psicología crítica y lo primero que hizo fue relacionarse con el psicoanálisis: fue ella, entonces, la que se relacionó con él, pero no lo contrario.
Las relaciones entre los campos del psicoanálisis y de la psicología crítica fueron desde un principio, como lo han sido hasta ahora, unidireccionales y no recíprocas. No es exactamente que los dos campos se hayan relacionado entre sí; es más bien que la psicología crítica se ha relacionado con el psicoanálisis, ya sea criticándolo o utilizándolo, mientras que el psicoanálisis, por lo general, ha ignorado la existencia de la psicología crítica o ha mostrado indiferencia o desinterés hacia ella. Digamos que se trata de un interés no correspondido, lo que se comprende bastante bien, considerando que el ámbito psicoanalítico parece estar constitutivamente cerrado y tiende a ser teóricamente autosuficiente y autorreferencial, mientras que la psicología crítica se caracteriza por su apertura hacia el exterior al que dirige su crítica o del que extrae sus recursos teóricos.
A diferencia del campo psicoanalítico, el de la psicología crítica no dispone de recursos teóricos propios, debiendo buscarlos al exterior de ella, en el psicoanálisis y especialmente en el marxismo, pero también en otros programas teórico-políticos, en las diversas corrientes de la psicología y en las demás ciencias humanas y sociales. Hay psicologías críticas marxistas y freudomarxistas como las hay anarquistas, feministas o decoloniales, humanistas o discursivas, freudianas o lacanianas, históricas o filosóficas. La psicología crítica tiene su eje teórico al exterior de ella, estando así teóricamente descentrada, mientras que el psicoanálisis está centrado en sí mismo, en el tronco de la teoría freudiana que puede luego ramificarse.
Tenemos aquí una diferencia fundamental entre el psicoanálisis y la psicología crítica: el psicoanálisis tiene contenido teórico, envuelve una teoría, mientras que la psicología crítica está desprovista de ese contenido, siendo tan sólo una forma o un método consistente en el cuestionamiento de lo psicológico. De modo más preciso, la psicología crítica puede ser definida como un retorno reflexivo de la psicología sobre sí misma y sobre aquello de lo que forma parte, como la modernidad occidental capitalista, colonial y heteropatriarcal. Este retorno reflexivo es un gesto, una actitud, un posicionamiento.
La psicología crítica es una forma particular de posicionarse críticamente ante la psicología. Lo interesante es que en este posicionamiento la psicología crítica muestra una coincidencia igualmente fundamental con el psicoanálisis. Al igual que el psicoanálisis, la psicología crítica está posicionada en los márgenes del terreno psicológico, en sus bordes, tan dentro como fuera de él, siendo y no siendo psicología.
La prolongación e interrupción de lo psicológico, su reproducción y subversión, constituyen procesos fundantes de los campos marginales del psicoanálisis y de la psicología crítica. Podemos incluso decir que ambos campos realizan el mismo retorno metapsicológico de la psicología sobre sí misma, contra sí misma, por el que se define la psicología crítica. Pareciera entonces que Helmut Dahmer tenía razón al definir el psicoanálisis como una psicología crítica.
Lo seguro es que tanto el psicoanálisis como la psicología crítica se definen por una posición contradictoria en la que intentan y en cierta medida consiguen dejar de ser la psicología que de algún modo siguen siendo. Este ser y no ser psicología es el meollo de la coincidencia entre el psicoanálisis y la psicología crítica. El meollo del asunto es entonces la psicología, lo que es la psicología, lo que es eso queel psicoanálisis y la psicología crítica son y no son.
La psicología
¿Qué es la psicología? Esta pregunta es tan inabarcable como las respuestas que se le han dado. Sin embargo, para los fines que ahora perseguimos, basta contar con una definición de la psicología que sea tan vaga y tan general como para poder aplicarse a todo lo que se ha denominado así desde que tal denominación alcanzó un sentido relativamente estable, gracias a Rudolf Göckel, Rudolf Snel y Otto Casman, tras haber sido introducida por Marko Marulić hace más de quinientos años. En otras palabras, ¿cómo podemos definir la psicología para que nuestra definición abarque lo que fue llamado psicología por los teólogos protestantes del siglo XVI, por los filósofos de los siglos XVII, XVIII y XIX, y por los psicólogos de los siglos XIX, XX y XXI?
Considerando lo que ha sido la psicología en su historia moderna, podemos proceder etimológicamente y definirla como un saber, una ciencia o un discurso (un logos), sobre un objeto preciso (la psique): un objeto que se encontraría en cada individuo humano, que se distingue de todo lo demás y que se concibe en las más diversas formas objetivas, entre ellas el psiquismo, el alma, el espíritu, la conciencia, la mente, la vida mental, el mundo interno, la cognición o los procesos cognitivos, la subjetividad o la esfera subjetiva, las facultades intelectuales, el intelecto y el afecto, la subjetividad, el carácter o la personalidad. Esta definición mínima, pese a su extrema vaguedad y generalidad, nos indica tres aspectos distintivos del objeto psicológico: tres aspectos que ya fueron cuestionados en la filosofía y que siguen siendo problematizados y rechazados en el psicoanálisis y en la psicología crítica. Me refiero a cierta objetividad, cierta individualidad y cierta dualidad.
En primer lugar, al tener un objeto y al concebirlo objetivamente, la psicología está objetivando lo único inobjetivable por definición, lo subjetivo e incluso el sujeto mismo, como ya lo constató Kant. En segundo lugar, al situar su objeto en el individuo humano, la psicología está individualizando algo que sólo existe de modo colectivo, relacional o transindividual a través de la sociedad, la cultura y la historia, como ya lo señalaron Feuerbach y Marx. En tercer lugar, al distinguir su objeto de todo lo demás y específicamente del cuerpo y del mundo, la psicología está separando partes inseparables de una misma unidad, como ya lo advirtieron Marx y Engels.
Dualismo, individualismo y objetivismo
El instrumental crítico marxista nos permite vislumbrar el trabajo de la ideología en la génesis de cada uno de los tres aspectos del objeto psicológico a los que acabo de referirme. Cada aspecto delata una de tres orientaciones ideológicas típicas de la modernidad capitalista. Estas ideologías son la objetivista, la individualista y la dualista. Permítanme detenerme un momento en cada una de ellas para mostrar brevemente cómo operan en la psicología.
La separación psicológica entre lo psíquico y lo corporal-mundano exterioriza un dualismo en el que Marx y Engels han descubierto una consecuencia ideológica de la división entre el trabajo intelectual y el manual, una división que aparece, a su vez, como efecto de la división de clases. Todo comienza cuando la clase dominante acapara el trabajo intelectual y condena a la otra clase al trabajo manual. Esta disociación de lo intelectual y lo manual entre sujetos diferentes hace que el intelecto se aparte de las manos, la mente se distancie del cuerpo y del mundo material, el psiquismo se distinga de todo lo demás, dando así lugar a la separación dualista constitutiva del objeto de la psicología. Tal objeto y su abordaje psicológico surgen como privilegios de clase: como expresiones de clasismo subyacente al dualismo.
Además de ser dualista, la ideología fundante de la psicología tiene una orientación individualista. Esta orientación es la que mutila y contrae lo subjetivo de tal modo que pueda pasar por el estrecho embudo psicológico de la interioridad individual. Tenemos aquí el mismo proceso, ya descrito repetidamente en la tradición marxista, que se observa en el individualismo burgués liberal y neoliberal que logra quebrar a las potentes clases, comunidades y colectividades organizadas, triturándolas y pulverizándolas en sus elementos constitutivos, en los impotentes individuos, cada uno de ellos con sus miserables atributos, como su voto individual y sus derechos individuales. Como bien lo notara el surrealista y freudomarxista René Crevel, esta estrategia del divide y vencerás opera también a través del individualismo psicológico.
Además de ser individualista y dualista, la psicología es objetivista. Lo es en la medida en que procede ideológicamente como otras ciencias objetivas humanas al objetivar y así neutralizar o suprimir a un sujeto inobjetivable por definición. Este sujeto suprimido en la objetividad científica viene a confirmar la definición lacaniana de la ciencia como “ideología de la supresión del sujeto”. Al mismo tiempo, la conversión del mismo sujeto en objeto del conocimiento científico prepara y facilita su conversión en objeto del sistema capitalista, un sistema que tiende significativamente a subsumir la ciencia junto con el conjunto de la cultura. Erigiéndose como gran Otro, el capital se presenta cada vez más como el único sujeto, mientras que los sujetos humanos aparecen cada vez más como los objetos del capital y de sus diversas expresiones ideológicas, entre ellas las ciencias objetivas.
Concepciones mesoamericanas y marxistas de la subjetividad
Como hemos visto, el objetivismo, el individualismo y el dualismo delatan los vínculos ideológicos internos de la psicología con el sistema capitalista, con el mundo burgués y con la sociedad de clases. Esta realidad socioeconómica, propia de la modernidad occidental, es la que le da su forma particular a nuestra idea psicológica de la subjetividad humana. Las orientaciones ideológicas dualista, individualista y objetivista de nuestra psicología pertenecen a una tradición cultural específica y a un momento preciso en el desarrollo histórico de esa tradición cultural.
Si nos alejamos de la modernidad occidental, encontramos otros saberes acerca del sujeto en los que no hay ningún rastro de objetivismo, individualismo y dualismo. Es el caso de las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad a las que les he dedicado una investigación que dura ya varios años. Al analizar las formas en que los pueblos originarios de México y Centroamérica se representan al ser humano, descubrimos una subjetividad inobjetivable, una comunidad irreductible a sus elementos individuales y una totalidad indivisible que no se deja fraccionar de forma dualista entre lo psíquico y lo somático.
Al no caer ni en el dualismo ni en el individualismo ni en el objetivismo de nuestra psicología, los saberes ancestrales de Mesoamérica nos ofrecen unas concepciones de la subjetividad que son radicalmente diferentes de la occidental moderna psicológica y que pueden servir por ello como punto de apoyo para criticarla. Es así como saberes provenientes de otras culturas pueden convertirse en recursos de la psicología crítica, lo que ha sucedido efectivamente en corrientes emergentes como la indígena, la africana y la decolonial. Sin embargo, estas corrientes son relativamente recientes y constituyen la regla más que la excepción, pues lo habitual ha sido que la psicología crítica extraiga sus recursos de la propia modernidad occidental, donde también se encuentran concepciones de la subjetividad que difieren de la psicológica y que no caen en sus orientaciones ideológicas.
Pensemos, por ejemplo, en la perspectiva marxista, que ha sido sin lugar a dudas la más importante e influyente en la historia de la psicología crítica. El marxismo concibe la subjetividad: en primer lugar, de modo relacional y no individualista, como un anudamiento de relaciones sociales y no como un individuo aislado; en segundo lugar, de forma dialéctica y no objetivista, como un sujeto capaz de objetivarse y no como un objeto; en tercer lugar, en clave monista y no dualista, como una existencia corporal-mundana consciente y no como psiquismo separable del cuerpo y del mundo. El marxismo ha desarrollado así una concepción relacional, monista y dialéctica de la subjetividad que desafía respectivamente el individualismo, el dualismo y el objetivismo de la psicología, pero que además aporta potentes argumentos contra estas orientaciones ideológicas, mostrándonos cómo sirven a la dominación al dividir y neutralizar para vencer, es decir, al desgarrar las relaciones sociales en el individualismo, al escindir al sujeto en el dualismo y al reducirlo a objeto del capital en el objetivismo.
El psicoanálisis como punto de apoyo de la psicología crítica
Entendemos que el marxismo haya sido el más importante punto de apoyo de la psicología crítica en la modernidad occidental. Sin embargo, este punto de apoyo no ha sido el único y actualmente sólo es uno más entre muchos otros, entre ellos el anarquismo, el feminismo, la caja foucaultiana de herramientas, el socioconstruccionismo, el giro discursivo y el proyecto comunitario liberacionista latinoamericano. Ahora bien, si esta lista fuera exhaustiva, ¿deberíamos incluir en ella el psicoanálisis, el cual, entonces, constituiría otro punto de apoyo de la psicología crítica? He aquí la gran cuestión que ahora se nos plantea y que no resulta fácil responder.
Formulemos de otro modo la pregunta: ¿será que la psicología crítica puede apoyarse en la doctrina freudiana? En otras palabras, ¿el psicoanálisis ofrece una idea no-psicológica del sujeto que pueda servir para criticar la concepción psicológica? Esta pregunta puede recibir dos respuestas opuestas e igualmente válidas.
La primera de las respuestas es afirmativa: sí, el psicoanálisis puede servirle a la psicología crítica porque teoriza al sujeto en una forma que nada tiene que ver con la concepción psicológica dualista, individualista y objetivista. Para empezar, el objetivismo no tiene cabida en la doctrina freudiana porque el objeto del psicoanálisis no es el sujeto, sino eso tan paradójico y evasivo que Lacan ha conceptualizado como objeto (pequeño) a. En cuanto al sujeto, se presenta en el psicoanálisis como algo radicalmente inobjetivable, irrepresentable, inasimilable a todo lo que pueda saberse de él, irreductible a todo lo que sea posible predicar de él. Tenemos aquí, en el psicoanálisis, un enfoque anti-objetivista que se opone diametralmente al objetivismo de la psicología y que por ello puede servirle a la psicología crítica para cuestionarlo.
Además de anti-objetivista, el psicoanálisis es anti-individualista. El sujeto del psicoanálisis, a diferencia del de la psicología, no es un individuo, un “individuus”, que significa “indivisible” en latín. Por el contrario, el sujeto freudiano es divisible y está dividido entre identificaciones diferentes, entre posiciones opuestas, entre instancias en conflicto. El único individuo aquí es un reflejo en el espejo de la conciencia. En realidad, el sujeto freudiano es tan individual como transindividual. Es él y su objeto. Es Uno y Otro. Es alteridad y no sólo identidad. No sólo es un yo, sino también ello y superyó. Es al mismo tiempo cosas tan contradictorias como la especie, la cultura y el punto de contacto entre ambas. Todo esto está en contradicción con la idea psicológica individualista del sujeto.
El psicoanálisis no sólo contradice el individualismo y el objetivismo, sino también el dualismo constitutivo de la psicología. Mientras que la idea psicológica del sujeto es la de algo psíquico tajantemente diferenciado con respecto a lo físico y somático, el psicoanálisis reconoce la comunicación y continuidad entre lo uno y lo otro. El sujeto freudiano, por decirlo cartesianamente, es cosa extensa y no sólo pensante. No se agota en su yo ideal. Su fondo pulsional es tan mental como corporal. Sus conversiones histéricas son tan del cuerpo como del alma. No hay aquí dos esferas separadas, sino una sola. El monismo psicoanalítico discrepa de cualquier dualismo psicológico.
La psicología psicoanalítica
Si consideramos cómo el psicoanálisis rompe con el dualismo, con el individualismo y con el objetivismo, será justo que respondamos afirmativamente a la pregunta sobre su utilidad como recurso teórico para la psicología crítica. Sin embargo, la misma pregunta podría también recibir de nosotros una respuesta negativa si consideráramos la tendencia irresistible del psicoanálisis a degenerar en una corriente psicológica entre otras. Esta psicologización resulta bastante evidente cuando vemos al psicoanálisis convertirse en psicología dinámica o del yo o del self, pero el mismo proceso puede operar también de modo soterrado incluso en las más anti-psicológicas de las corrientes freudianas. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando los psicoanalistas lacanianos presentan sus casos clínicos y les aplican su recetario lacanés, arrebatando cualquier voz a los sujetos, apartándolos dualistamente de su exterioridad material transindividual y reduciéndolos a una simple ilustración individual objetiva de lo elaborado por Lacan.
Las derivas psicológicas del psicoanálisis resultan comprensibles en una época de reinado absoluto de la psicología. Si los sujetos mismos se ven cada vez más a sí mismos como objetos psicológicos encerrados en su individualidad y separados irremediablemente de su cuerpo y del mundo, ¿por qué los psicoanalistas habrían de mirarlos de otro modo y escuchar lo que a veces ni siquiera tienen que decir? El hombre sin inconsciente, como lo llama Recalcati, es el fundamento de la psicología psicoanalítica.
La progresiva psicologización de la herencia freudiana se fundamenta en una mutación histórica decisiva por la que los sujetos se ven cada vez más virtualizados, apartados de la materialidad corporal y mundana, recluidos en su interioridad ideal individual y reducidos a la condición de objetos del capital y de sus diversos dispositivos tecnológicos, disciplinarios e ideológicos, entre ellos la psicología. El gran Otro de la cultura, cada vez más subsumido en el capital, deja un margen cada vez menor para la existencia transindividual y material del sujeto. Esta historia del mundo es la que determina el trágico destino psicológico de la herencia freudiana.
Historia
Una vez que se ha psicologizado, el psicoanálisis deja de ser un recurso teórico útil para la psicología crítica y se transmuta en un objetivo para ella, en un objeto que debe ser criticado, en un blanco para tirar sobre él. Este blanco reproduce el dualismo, el objetivismo y el individualismo, pero también otras orientaciones ideológicas de la óptica psicológica, entre ellas el universalismo, el abstraccionismo, el idealismo, el adaptacionismo, el familiarismo y el apolitismo. Es como si toda la ideología subyacente a la psicología reabsorbiera el psicoanálisis y anulara aquello que lo distingue de la psicología y que le permite cuestionarla.
Uno de los principales dilemas de lo psicoanalítico es el que lo hace dividirse entre ser y no ser algo simplemente psicológico, entre ceder y no ceder a su reabsorción en la psicología, entre dejarse asimilar a ella y obstinarse en preservarse de ella y criticarla. Podemos discernir aquí dos formas de aparición del psicoanálisis, como objeto criticable y como recurso utilizable, que jalonean toda la historia de la relación entre la psicología crítica y la herencia freudiana. Tal historia, como veremos ahora, se desenvuelve como una serie de escisiones o disociaciones del psicoanálisis entre lo que se utiliza y lo que se critica de él en la sucesión de propuestas de psicología crítica.
Los pioneros Georges Politzer y Lev Vygotsky utilizaron la casuística de Freud, pero criticaron sus generalizaciones metapsicológicas, juzgándolas injustificadas, abstractas e ideológicas. Valentín Volóshinov descubrió también una ideología criticable en el psicoanálisis, aunque sin dejar de apreciar el potencial de la idea freudiana de los conflictos psíquicos para criticar las visiones psicológicas homeostáticas y adaptativas. El potencial crítico del psicoanálisis, tal como lo piensa el freudomarxista Wilhelm Reich, permite cuestionar el idealismo burgués de la psicología: el mismo idealismo que será también reproducido por algunas derivas psicoanalíticas aburguesadas.
Los surrealistas André Breton y René Crevel deploran que el psicoanálisis recaiga en la misma psicología dualista que permite criticar. Por su parte, los frankfurtianos Max Horkheimer y Theodor Adorno emplean del psicoanálisis lo mismo que los hace impugnarlo: su revelación de la irracionalidad en la racionalidad psicológica. Esta irracionalidad está en el mismo lugar que la conflictividad y la negatividad por las que el joven Michel Foucault y algunos de sus epígonos, como el grupo de Julian Henriques, Wendy Hollway y Valerie Walkerdine, aprecian positivamente el psicoanálisis al que también dirigen su cuestionamiento.
Entretanto, Louis Althusser y sus seguidores franceses y argentinos, entre ellos Michel Pêcheux, Didier Deleule, Carlos Sastre y Néstor Braunstein con sus colaboradores, utilizan el psicoanálisis para cortar o romper epistemológicamente con la ideología psicológica, pero también critican la ideologización de la doctrina freudiana y su recuperación por la psicología. El doble vínculo con el psicoanálisis vuelve a encontrarse en el trabajo del alemán Klaus Holzkamp y del británico Ian Parker, tal vez las dos figuras más importantes de la psicología crítica en el último medio siglo. En lo que se refiere a la psicología crítica holzkampiana, por un lado valora el psicoanálisis porque se pone en manos de los sujetos en lugar de proceder como la psicología y aplicarse a ellos como a objetos, pero por otro lado lo cuestiona porque universaliza lo particular histórico, familiariza lo social, desacredita lo colectivo y deslegitima o reprime lo político. En cuanto a Parker, traza una distinción en el campo psicoanalítico entre corrientes que él juzga criticables por su alto nivel de psicologización, como la kleiniana o la relacional, y perspectivas utilizables por su carácter claramente anti-psicológico, entre ellas principalmente la propuesta lacaniana.
Por mi parte, en consonancia con la tradición marxista freudiana, me gusta ver en el psicoanálisis un producto ideológico-psicológico de la modernidad capitalista, pero también algo radicalmente diferente de la psicología: una expresión crítica sintomática de la crisis de esta modernidad, de sus tensiones y contradicciones, tal como desgarran de forma singular a cada sujeto. De modo análogo, como ya lo hicieran Lacan y Juliet Mitchell y otras feministas, veo el psicoanálisis como el síntoma de una crisis del patriarcado: como algo en lo que simultáneamente se reproduce y se denuncia y subvierte un sistema patriarcal generalmente disimulado y silenciado por la psicología. Por último, en el mismo sentido, admito que el psicoanálisis tiene un estatuto colonial como el de cualquier otro paradigma psicológico europeo-estadounidense que haya sido exportado y universalizado, pero al mismo tiempo considero que revela una crisis de la absolutización del saber occidental que subyace a la colonialidad y pienso que por ello representa un instrumento imprescindible para la crítica de todos los productos coloniales, entre ellos la psicología. Además, por si fuera poco, apuesto por la escucha psicoanalítica para establecer una relación diferente con la otredad fuera y dentro de nosotros: una relación diferente de la mirada colonial que es también a menudo una mirada psicológica.
A manera de conclusión
La historia que acabo de esbozar nos muestra una incesante disociación del psicoanálisis entre sus apariciones como objeto criticable y como recurso utilizable de la psicología crítica. Lo que aquí falta es una tercera posible intervención del psicoanálisis que no se ha realizado plenamente hasta ahora. Me refiero a su intervención disruptiva y subversiva como enfoque irreductible a su utilización en el retorno reflexivo de lo psicológico sobre sí mismo y sobre aquello de lo que forma parte.
Al no dejarse reducir a la psicología crítica, el psicoanálisis nos permite interpelarla, llevando su gesto crítico hasta sus últimas consecuencias, hasta rizar el rizo, hasta permitirle autocriticarse como psicología y no sólo criticar el terreno psicológico en general. No hay que olvidar que la psicología crítica, lo mismo que el psicoanálisis, tiene una posición contradictoria en los bordes o fronteras del terreno psicológico, tan dentro como fuera de él, siendo y no siendo psicología. Esto hace que la psicología crítica sea también, al igual que la perspectiva psicoanalítica, susceptible de crítica en sus derivas psicológicas.
Para cuestionar la psicología crítica, el psicoanálisis constituye un recurso potente y quizás inigualable. Un cuestionamiento freudiano fundamental de la psicología crítica debería dirigirse a la crítica misma. ¿Por qué obstinarnos y afanarnos en criticar la psicología? ¿Por qué no simplemente intentar abandonarla? ¿Qué deseo nos mantiene adheridos a ella al convertirla en el objeto de nuestros cuestionamientos?
El cuestionamiento freudiano, por dar únicamente otro ejemplo, debería dirigirse a la idea misma del retorno reflexivo de la psicología sobre sí misma, y, de modo más preciso, a la confianza ingenua en la reflexividad. ¿Qué nos hace confiar en la transparencia de la reflexividad? ¿Acaso esta confianza en lo reflexivo no es típicamente psicológica? ¿Acaso la reflexividad no reproduce la misma opacidad imaginaria especular a la que apunta nuestro cuestionamiento de la psicología?
Presentación del libro Psicología crítica: definición, antecedentes, historia y actualidad (Ciudad de México, Itaca y UMSNH, 2019) en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, Ciudad de México, 23 de febrero de 2020
David Pavón-Cuéllar
La psicología crítica es un síntoma de la psicología, una irregularidad perturbadora y reveladora, una señal de alerta, un malestar significativo, un signo de que algo anda mal en el conjunto de la psicología.
Es la psicología que al fin se toma por objeto. Es ni más ni menos que su autoconciencia. Es el momento de su autoexamen, su autodiagnóstico, su autoanálisis.
Es una torsión precipitada para cumplir tardíamente con el requisito crítico inaugural de cualquier ciencia. Es el cumplimiento de tal requisito con más de un siglo de retraso. Es el vano intento por enderezar demasiado tarde algo que ya se desarrolló torcido.
Es un gesto por el que la psicología sale de sí misma para volverse reflexivamente hacia lo que es y hacia aquello en lo que se funda y por lo que existe, aquello en lo que se inserta y a lo que sirve, como lo es el sistema capitalista, heteropatriarcal y colonial. Es así una reflexión sobre las teorías y prácticas psicológicas y sobre aquello de lo que forman parte. Es un retorno crítico de la psicología sobre sí misma y sobre sus complicidades ideológicas y políticas.
Es la psicología contra la psicología. Es lo que hace cuando ya no quiere ser lo que es. Es inconformidad y conflicto de la psicología consigo misma.
Es una estrategia, bien descrita por Ian Parker, para estar con la psicología y contra ella, dentro y fuera de ella, pensando en ella sin olvidar todo lo demás. Es atención, conciencia y memoria que se dirigen al exterior de la esfera psicológica para explicar lo que ocurre en su interior. Es la explicación de la psicología por el patriarcado, por la modernidad, por el capitalismo, por la colonialidad, por el neoliberalismo y por todo lo demás que determina las teorías y prácticas de los psicólogos.
Es como un mirador para ver más allá del estrecho horizonte de la realidad interna y descubrir la realidad externa. Es una ventana sobre el mundo en una psicología sin mundo, carente de mundo, como bien lo observaba Klaus Holzkamp.
Es el único sector de la psicología en el que los psicólogos pueden criticar no solamente las corrientes rivales a las de ellos, sino la psicología en su conjunto, reprochándole, por ejemplo, como Politzer, su carácter abstracto y mitológico, o bien, como Vygotsky, su lado ecléctico, trivial, idealista y pequeñoburgués.
Es un intervalo de reflexión en la precipitada actividad técnica irreflexiva. Es una pausa para que los psicólogos se detengan, para que dejen de hacer lo que hacen de modo automático, para que dejen de pensar únicamente en cómo hacer lo que hacen y que se pregunten al fin qué diablos están haciendo. Es un momento para que los psicólogos se hagan la pregunta incómoda que les hace Canguilhem, para que se pregunten qué es lo que hacen exactamente, por qué lo hacen, para qué lo hacen, para quién lo hacen.
Es como un centro de recuperación para dejar de embriagarse con el cientificismo de la psicología, para no seguir haciendo el ridículo con los rituales psicológicos pretendidamente científicos, para desconfiar de la objetividad estadística y de la materialidad neuropsicológica, para burlarse de la bata blanca y de los experimentos, para admitir que los psicólogos veneran y simulan más la ciencia de lo que la practican, para atreverse a criticar la ideología de la psicología, como lo hicieron Louis Althusser y los althusserianos, entre ellos Thomas Herbert, Didier Deleule, Carlos Sastre, Néstor Braunstein y otros.
Es la mala conciencia de la psicología, su fuero interno en el que no puede ocultarse a sus propios ojos ni sus servicios al poder que le recuerdan Dennis Fox, Tomás Ibáñez y otros anarquistas, ni su connivencia con los dispositivos disciplinarios y específicamente carcelarios que le descubren Michel Foucault, Nikolas Rose y otros foucaultianos, ni su estrecha complicidad con el capitalismo que le revelan marxistas como Ian Parker, Athanasios Marvakis, Fred Newman, Lois Holzman, Carlos Pérez Soto, Michael Arfken, Oswaldo Yamamoto, Fernando Lacerda, Nadir Lara y muchos otros.
Es una zona de libertad y tolerancia para no temer a los policías de la psicología supuestamente científica, para ejercer los derechos de relativizar los conocimientos psicológicos, cuestionar su objetividad y universalidad, e investigar cómo han sido construidos y argumentados para llegar a convertirse en evidencias incontrovertibles, tal como lo han hecho Kenneth Gergen, Jonathan Potter, Michael Billig, Ian Parker y los demás analistas críticos de discurso.
Es una forma de conciencia política e histórica en un ámbito en el que reinan la despolitización y la deshistorización.
Es un refugio para la política en el campo aparentemente más apolítico de las ciencias humanas y sociales. Es una trinchera para los psicólogos políticamente comprometidos, para los radicales, para los anticapitalistas, para los gay afirmativos, para los anticoloniales, para los antirracistas, para las representantes del feminismo, para les proponentes de una psicología LGBT o queer o performativa.
Es indisciplina en la disciplina psicológica, disidencia en su consenso, excepción a su regla, subversión de su dominación en el campo científico, académico y profesional.
Es como un barco para ir a contracorriente en un mar de indiferencia en el que todo sigue la corriente, la inercia de las cosas, el sentido común, el pensamiento único, el orden establecido, las imposiciones del capitalismo siempre colonial y patriarcal, ahora neoliberal y neofascista.
Es una tribuna para nuestras compañeras feministas, para que Sue Wilkinson denuncie cómo la psicología confunde lo masculino con lo normal y universal, para que Celia Kitzinger y Rachel Perkins nos muestren cómo los psicólogos patologizan la feminidad, para que Erica Burman nos demuestre la profunda incompatibilidad entre el feminismo y una psicología en la que se devalúa todo lo asociado con las mujeres.
Es un bastión de la periferia para exponentes de la psicología indígena como Narcisa Paredes-Canilao en Filipinas, para defensores de la psicología africana como Nhlanhla Mkhize en Sudáfrica, para psicólogos anticoloniales como el somalí Abdilahi Bulhan y el chileno Germán Rozas, para psicólogos de la liberación que siguen a Ignacio Martín-Baró en Latinoamérica y para todos los demás que resisten contra el imperialismo de la psicología europea-estadounidense, contra su eurocentrismo, contra sus generalizaciones, contra la colonialidad implicada en estas generalizaciones, contra el desconocimiento de otras formas de subjetividad diferentes de la blanca judeocristiana.
Es un lugar para dejar de objetivar al sujeto que por definición no puede objetivarse, para dejar de incurrir así en la objetivación psicológica denunciada por Kant, para estudiar al fin la subjetividad como lo que es, como subjetividad, tal como supo hacerlo Fernando González Rey de manera inigualable.
Es un cambio de perspectiva para que los psicólogos de la liberación atiendan por fin a los de abajo y no sólo a los de arriba, para que Holzkamp y sus seguidores consideren el punto de vista del sujeto, para que los freudianos escuchen a este sujeto, para que Maritza Montero, Irma Serrano García, Fátima Quintal de Freitas y otras psicólogas sociales comunitarias latinoamericanas escuchen también a las comunidades, las tomen en serio, hagan lo que ellas quieren en lugar de hacer lo que la psicología quiere hacer con ellas.
Es una resolución de tomar partido por los pobres, por nuestros pueblos, por las mayorías populares, como en Ignacio Martín-Baró y quienes han seguido sus pasos, entre ellos Mauricio Gaborit, Alejandro Moreno Olmedo, Jorge Mario Flores Osorio, Ignacio Dobles Oropeza, Bernardo Jiménez Domínguez, Germán Rozas, Mark Burton, Edgar Barrero Cuellar y muchos otros, y muchas otras.
Es también un reposicionamiento de la psicología a favor de las víctimas y de los perseguidos, como en la chilena Elizabeth Lira. Es además una apuesta por la memoria, como en la misma Elizabeth Lira y en su compatriota Isabel Piper.
Es el camino que se hace al andar hacia el horizonte de una psicología que no esté al servicio del poder en turno, que no cumpla con lo que le encarga la clase dominante, que no sancione científicamente la subjetivación capitalista, heteropatriarcal y colonial, que acepte otras formas de subjetividad inadecuadas y disfuncionales para el sistema, disidentes e inconformes, desadaptadas y subversivas.
Es finalmente una advertencia para el exterior de la psicología. Es un aviso para quienes ya se han acostumbrado a los psicólogos, para quienes todavía no han tomado conciencia de todo el mal que puede hacer la psicología, para los que no han visto lo que significa la psicologización de la política. Es para que entiendan que psicologizar la política es despolitizar la sociedad, es pulverizarla en átomos individuales, es hacerla funcionar como la psicología que funciona como el capitalismo, es imponer una lógica capitalista disimulada en la psicología, todo lo cual ha sido muy bien analizado por Ian Parker y Jan De Vos.