
Intervención en la Primera Fogata Internacional de Educadores Populares, el sábado 24 de enero de 2026, en el Poliforum de Morelia (Michoacán, México)
David Pavón-Cuéllar
La etiqueta de neoliberalismo no debe hacernos olvidar que se trata de capitalismo. Es el capital el que se libera en cualquier liberalización económica. Es el sistema capitalista el que necesita de las políticas neoliberales para librarse de aranceles, impuestos, regulaciones, leyes, instituciones, propiedades públicas, derechos humanos y resistencias de la naturaleza o de la cultura. Todo tiene que ceder y someterse al sistema capitalista en su fase avanzada neoliberal.
El neoliberalismo no libera ni a la humanidad ni las potencialidades humanas. Lo que se libera con las políticas neoliberales es exclusivamente el capital y lo subsumido en el capital, aquello que forma parte de su composición orgánica, el dinero y las mercancías. Las cosas y las personas deben mercantilizarse, adinerarse y capitalizarse para poder beneficiarse del neoliberalismo, para no pagar impuestos, para no someterse a regulaciones gubernamentales, para circular libremente entre países.
Pensemos en cómo los capitales y productos mexicanos pueden ingresar a Estados Unidos –incluso en tiempos de Trump– con mucha mayor facilidad que nosotros mismos. Para cruzar la frontera norte, un mexicano tiene que estar suficientemente adinerado, capitalizado o mercantilizado. Únicamente lo subsumido en el capital puede ejercer el derecho neoliberal de libre circulación.
Ocurre lo mismo con la desregulación. Al contrario del proceso capitalista desregulado, el trabajo humano está cada vez más regulado, controlado, vigilado, fiscalizado, burocratizado. Mi trabajo universitario, por ejemplo, consiste cada vez más en realizar tareas burocráticas absurdas. Esta burocratización típicamente neoliberal ha sido interpretada por Mark Fisher –en términos freudianos– como un retorno sintomático de lo reprimido en el mismo neoliberalismo que había prometido acabar con la burocracia.
El neoliberalismo no puede acabar con la burocracia, pero sí con los burócratas. Miles de empleos desaparecen diariamente en el mundo a causa de las nuevas tecnologías. Las plataformas van sustituyendo los escritorios.
Incluso nuestra inteligencia de maestros va siendo sustituida por inteligencia artificial. Bill Gates pronosticó en 2023 que faltaban dos años para que los chatbots comenzaran a reemplazar a los docentes. El pronóstico se ha cumplido: en enero de 2025, el David Game College de Londres ya informó sobre asignaturas completamente impartidas por programas de inteligencia artificial. Desde entonces hasta ahora, los programas computacionales han ido sustituyendo a miles de maestros en el mundo.
Ante el avance imparable de la inteligencia artificial en la educación, los docentes nos hemos dedicado a escribir artículos en los que nos presentamos como irreemplazables, pero lo cierto es que, por más irreemplazables que seamos, estamos siendo reemplazados. En comparación con los maestros humanos, los bots son más eficaces y puntuales, no tienen inasistencias, no se enferman y tampoco se fatigan, pero sobre todo no protestan, carecen de sindicatos y derechos laborales, y son incomparablemente más baratos. Es verdad que los bots aún tienen dificultades en su inteligencia emocional y en su adaptación a cada estudiante, pero son deficiencias que irán subsanándose con el tiempo.
Los bots continuarán sustituyéndonos porque son los maestros perfectos para el capitalismo neoliberal, no sólo por ser más baratos y por no tener sindicatos, sino por ser totalmente mercantilizables y capitalizables, totalmente asimilables al capital. De hecho, en los términos económicos de Marx, los bots ya son ellos mismos capital, capital constante y no variable como nosotros los trabajadores. Por ello, al reemplazarnos por bots, el capital está logrando automatizarse, autonomizarse, independizarse de nosotros. Por lo mismo, cuando somos trabajadores públicos, nuestra sustitución por bots es una privatización acorde con las políticas neoliberales.
El neoliberalismo está suplantándonos por bots. Se espera que los bots reemplacen a millones de trabajadores en los próximos años, especialmente en Europa y en Estados Unidos. Allá en los países ricos, millones de trabajadores perderán sus empleos, no por los inmigrantes como se imagina en la ultraderecha, sino por los bots y los demás autómatas. Esto es posible porque los autómatas, como componentes del capital, están desregulados y pueden circular con libertad, beneficiándose así de las mismas políticas neoliberales que tanto perjudican a los humanos.
La humanidad saldrá perdiendo en su relación con una tecnología poseída y gestionada por el capital, como lo sugirió hace tres días, en Davos, la persona menos esperada, Larry Fink. El magnate acaba de alertar sobre los empleos que se perderán con la inteligencia artificial. Estos empleos incluyen los nuestros, los de los maestros, que seremos reemplazados, al menos en la medida en que seamos reemplazables.
¿Qué hace que seamos reemplazables? Esta pregunta es demasiado importante como para que la respondamos con precipitación. Para contribuir a responderla, me gustaría sólo aportar una pequeña idea con la que cerraré mi intervención.
Lo que nos vuelve reemplazables es hacer lo mismo que hace la inteligencia artificial: acumular y transferir datos e informaciones que pasan del maestro al alumno, de un individuo a otro, como de un profesional a un cliente. Esta relación interindividual es el vínculo dominante en el capitalismo neoliberal, pero no es un vínculo verdaderamente humano, pues la humanidad existe de modo no individual o interindividual, sino transindividual, colectivo, comunitario. Es precisamente en el nivel de la comunidad, el único nivel plenamente humano, en el que un maestro puede volverse irreemplazable.
No se nos puede reemplazar cuando entretejemos colectivamente el saber, enlazándonos en él, en lugar de transferir datos o informaciones de unos individuos a otros. Cuando no procedemos como bots, no podemos ser reemplazados como bots, volviéndonos casi tan irreemplazables como los sabios de los pueblos originarios. Ellos, con sus saberes ancestrales comunitarios, quizás estén enseñándonos formas de inteligencia que no podrán jamás replicarse a través de programas computacionales.