Acción política de los jóvenes: formas inevitables, posibles y deseables

Charla en la Escuela de Psicología de la Universidad Panamericana, Ciudad de México, jueves 12 de marzo de 2026

David Pavón-Cuéllar

Me invitaron a dar una charla sobre la posible acción política de los jóvenes. El tema es pertinente y me parece fascinante, pero me permitiré complicarlo un poco al hablar no sólo de formas posibles de acción política, sino también de formas inevitables y deseables. Explicaré al final por qué modifiqué así el tema que me encomendaron, pero antes quiero detenerme en las nociones de juventud y de política. Empecemos por la juventud, por los jóvenes, por esos jóvenes cuya participación política nos convoca el día de hoy.

La juventud y la fuerza

¿Qué son los jóvenes? ¿Qué significa ser joven? Para estas preguntas, hay un mar de posibles respuestas. Es un mar en el que resulta difícil orientarse. En este caso, como en otros, un medio infalible de orientación es la brújula de la palabra y su etimología.

La palabra “joven” proviene etimológicamente del término latín “iuvenis”, que significa el que puede ayudar, apoyar, sostener. Este sentido sintetiza un aspecto crucial de lo que significa ser joven para mí. Tal como yo lo veo, el joven es el que tiene la vida, la energía y la resistencia que se necesitan para sostener algo, algo que los viejos ya no pueden sostener porque es demasiado pesado para ellos, porque se requiere una fuerza juvenil para sostenerlo.

¿Qué es lo que el joven puede sostener con la fuerza de su juventud? Un joven puede cargar cosas tan pesadas como pesas de gimnasios, garrafones de agua y costales de alimentos. Hay también otra clase de pesadeces que sólo el joven aguanta, como desveladas, litros de alcohol o platillos tan pesados que matarían al más resistente de los viejos. Los jóvenes tienen también la fuerza que se requiere para sostener la carrera militar, el deporte profesional y trabajos extenuantes como los de muchos obreros, jornaleros, albañiles y mineros a los que se desecha después de los cuarenta años y que a veces mueren prematuramente a causa de su desgaste y agotamiento.

Lo sostenido con la fuerza de los jóvenes puede ser un sistema de producción como el capitalista, pero también muchas otras cosas, entre ellas aventuras, hazañas personales, pasiones amorosas, actividades solidarias y luchas colectivas para la transformación política. Pensemos, por ejemplo, en el movimiento de la Unidad Popular que llevó a Salvador Allende a la presidencia de Chile. Este movimiento fue sostenido con la fuerza de centenares de miles de jóvenes, la mayoría de ellos de menos de 40 años de edad, pero también algunos más viejos, como el propio Allende, que tenía más de 60 años.  

Me refiero al buen Allende porque él mismo, aquí en México, ante los estudiantes de la Universidad de Guadalajara, profirió aquella frase con la que explica muy bien que la juventud no es tan sólo un asunto de edad: “hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, y en éstos me ubico yo”. Por más viejo que estuviera, Allende era joven porque tenía la fuerza de sostener un proyecto político tan enorme, tan demandante y tan atrevido, como el de la Unidad Popular. Sabemos que el proyecto le costó la vida cuando fue asesinado por los militares golpistas apoyados por el gobierno estadounidense, pero incluso en el instante de su muerte, en la última imagen que se conserva de él, Allende se nos presenta como alguien mucho más joven que muchos jóvenes, con mucha más fuerza que la de muchos jóvenes. Es al menos mi impresión cuando lo veo ahí, con su fusil Kaláshnikov colgado al hombro, con su casco militar y su cabeza levantada, esperando las balas que habrán de acribillarlo y abatirlo.

En contraste con un viejo tan joven como Allende, hay jóvenes tan viejos como aquellos a los que se refiere el mismo Allende en su discurso en Guadalajara: jóvenes que sólo tienen fuerza para sostener su egoísmo y sus ambiciones personales. Es verdad que estas ambiciones pueden requerir mucha fuerza, mucha juventud, como cuando son ambiciones demasiado elevadas o como cuando se tienen demasiadas carencias en la vida. Sin embargo, como bien lo comprende Allende, esforzarse por uno mismo nunca requiere tanta fuerza, tanta juventud, como esforzarse por otros o por la humanidad.  

La generosidad, el heroísmo, la solidaridad y lo que denominamos “idealismo” son expresiones de la fuerza característica de la juventud. Por ello, cuando sucede que los jóvenes envejecen, ya sea que envejezcan a los 15 años o a los 85 años, tienden a volverse mezquinos, calculadores, estratégicos y cobardes. Estos atributos, para mí, son indicios de vejez y debilidad.

La política y el poder

Al envejecer y debilitarse, las personas pueden replegarse en sí mismas, desvincularse y de algún modo también despolitizarse. Hay una cierta despolitización que es característica de la vejez. El viejo evita ciertas formas de acción política distintivas de los jóvenes. Llegamos aquí al tema de la acción política.

Al pensar en la política, lo mismo que en la juventud, conviene comenzar con un recordatorio etimológico. El término “política” proviene de la palabra homófona griega “politika”, la cual remite a la polis, a la ciudad tal como se concebía y existía en la antigüedad griega, como un espacio más o menos democrático de participación, discusión y decisión política. En este espacio, la política es lo que sigue siendo ahora: la esfera del poder en la sociedad, el poder entendido en el sentido más amplio, que abarca el gobierno y la toma de decisiones, la autoridad y la dominación, la defensa de los derechos y de los privilegios, la gestión y la distribución de bienes y recursos, y muchas cosas más.

La política es la esfera del poder, pero también de la resistencia contra el poder, la insumisión y la rebeldía, la insurrección y la revolución. Este segundo aspecto del poder, que podemos distinguir con el nombre de “contrapoder”, exige una gran dosis de fuerza, una fuerza tal que logre hacer contrapeso a la fuerza del poder. Para oponerse al poder, se necesita fuerza, una fuerza como la de los jóvenes, quienes tal vez por ello suelen estar particularmente politizados en el sentido preciso del “contrapoder”, siendo casi naturalmente insumisos, rebeldes y revolucionarios.

Revolución: juventud y política

Me atrevo a decir que el potencial revolucionario es indisociable de lo que entiendo por juventud. Los jóvenes reaccionarios o conservadores, en los que no hay nada revolucionario, me han parecido siempre más viejos que jóvenes. Es como si hubieran envejecido prematuramente al adaptarse, al resignarse, al agotarse, al perder cualquier espíritu revolucionario.

El espíritu revolucionario que atribuyo a los jóvenes tiene sus manifestaciones más claras en la esfera política, en la denuncia y la protesta, en la lucha y la solidaridad. Sin embargo, aparentemente lejos de la política, el espíritu revolucionario de la juventud puede también canalizarse a través del enloquecimiento amoroso, el descubrimiento científico, la invención tecnológica, la creatividad artística o la verdad filosófica. Tenemos aquí diversas versiones de lo que el filósofo Alain Badiou ha descrito como “lo acontecimental”.

Quizás no todos los acontecimientos sean políticos, pero todos tienen implicaciones políticas, todos, incluso aquellos que nos parecen menos políticos. Incluso en el amor, la ciencia o el arte, hay siempre un poder que desafiamos, un poder como el de las convenciones, las normas, la tradición, los intereses o la ideología. El poder es algo con lo que siempre estamos lidiando y que a veces tenemos la fuerza de subvertir y neutralizar. Es entonces cuando somos jóvenes y por ende revolucionarios.

La revolución es el horizonte de la juventud. Al percatarse de esto, Allende afirmó en el mismo discurso de la Universidad de Guadalajara (y en el cartel que diseñaron para la presente actividad): “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. La juventud se contradice a sí misma, envejeciendo prematuramente, cuando pierde su ímpetu hacia el horizonte de la revolución. Este ímpetu es la juventud misma: es la fuerza incontenible que sólo puede realizarse al perturbar y a veces trastornar aquello que la sofoca en la realidad existente.

Lo que nos rodea no sólo nos rodea, sino que nos frustra, nos violenta, nos oprime y nos reprime. Plegarse a nuestro entorno es envejecer, mientras que el joven, aunque sea un joven de ochenta años, es el que no se pliega, el que no se conforma, el que se inconforma y se rebela, volviéndose revolucionario. La revolución ya comienza en el hecho mismo de inconformarse y rebelarse, pero esto requiere demasiada fuerza: una fuerza como la del joven, una fuerza que el viejo ya no tiene, siendo por ello viejo, aunque sea un viejo de 20 años.

Lo que le falta al viejo es una fuerza que inevitablemente adopta una forma política revolucionaria, una forma de resistencia contra el poder, una forma de contrapoder. La fuerza en la que estoy pensando remite a lo que Baruch Spinoza denominaba “potencia”, connatus, esfuerzo de perseverar en nuestro propio ser, un esfuerzo que nos opone al poder. Mientras que el poder habita en el Estado y en sistemas opresivos como el capitalista, la potencia tiene su lugar político en la multitud que intenta sacudirse aquello que la encadena, que la paraliza, que la debilita, que ahoga su fuerza, la fuerza de su juventud.

Formas posibles de acción política de los jóvenes

No hay nada más juvenil que una multitud, especialmente cuando se trata de una multitud no sólo contemplativa, de espectadores, como en un concierto masivo de música, sino activa, transformadora y abiertamente politizada, como en movimientos colectivos potencialmente revolucionarios. Es el caso de muchos movimientos multitudinarios en el México de los últimos treinta años, como el civil zapatista, el de apoyo a López Obrador, el magisterial, el yosoy132, el de protesta por los 43 de Ayotzinapa, el feminista y recientemente el pacifista y el de solidaridad con Palestina. Estos movimientos han provocado auténticas revoluciones en las percepciones que tenemos del género, del gobierno, del capitalismo, de los pueblos originarios y del mundo en que vivimos. Las revoluciones perceptivas han ido traduciéndose a su vez en transformaciones en leyes, en instituciones y en formas de actuar e interactuar entre nosotros y con el poder.

Los movimientos multitudinarios han ocupado un espacio real en calles y plazas, pero también se han desplegado cada vez más en espacios virtuales como los de las redes sociales. En ambos casos, tenemos formas posibles de acción política: formas relativamente espontáneas, más o menos organizadas, cuya fuerza radica no sólo en su juventud, sino en su número, en su aspecto multitudinario que se mide como números de manifestantes o de reacciones en redes sociales. Estos números a veces, sólo a veces, terminan traduciéndose en votos de elecciones, consultas y encuestas de opinión, que son otras formas posibles de acción política, no más importantes que las demás, por más importancia que lleguen a cobrar en las democracias representativas.

Además de las votaciones y las movilizaciones multitudinarias, hay un sinfín de otras posibles formas de acción política de los jóvenes. Hay grupos estudiantiles que realizan un trabajo político en las instituciones, un trabajo quizás no multitudinario, pero sí permanente y efectivo. Me imagino que es el caso de NOUS en la Universidad Panamericana. En mi universidad, hay organizaciones enfocadas a la defensa de los derechos de los estudiantes, entre las que destacan el Movimiento de Aspirantes Rechazados, el de las llamadas “Casas de Estudiantes”, la famosa “Coordinadora de Estudiantes en Lucha” y un grupo estudiantil del Consejo Supremo Indígena de Michoacán. Hubo también hace unos diez años un movimiento por la gratuidad en la educación que fue particularmente fuerte en mi facultad, la de Psicología, en la que ahora se ha organizado un Comité de Resistencia contra la Psicologización que lucha contra la despolitización resultante de la disolución de la política en la psicología.

Paralelamente a las acciones estudiantiles, hay otras formas de acción política no-multitudinaria de los jóvenes en los espacios locales. Tan sólo en mi entorno en Morelia, existen diversas colectivas feministas, grupos zapatistas y anarquistas, organizaciones de izquierda radical de orientación marxista-leninista o trotskista y comités de solidaridad con Cuba y Palestina. Las acciones políticas incluyen denuncias y protestas, campañas de información y sensibilización, intervenciones en espacios públicos, murales callejeros, colectas de firmas (como hace poco para la ruptura de relaciones con Israel) o acopio de alimentos (como ahora mismo para Cuba).

Formas inevitables de acción política de los jóvenes

Podría seguir enumerando formas en que los jóvenes pueden actuar políticamente, pero son tantas que no terminaría. Mejor detenerme aquí. Prefiero concluir ahora por lo que anuncié desde un principio: las formas no sólo posibles, sino inevitables y deseables de acción política de los jóvenes.

Con respecto a las formas inevitables de acción política, son inevitables porque no podemos actuar sin hacer algo con el poder, algo como ejercerlo, perpetuarlo, reforzarlo, desafiarlo, delegarlo, acatarlo y un largo etcétera. Estamos condenados a obrar políticamente en todo lo que hacemos porque todo sucede en el hábitat político de los sujetos humanos: un interior sin exterior apolítico, un lenguaje sin metalenguaje, un universo que nos constituye y del que no podemos escapar sin dejar de ser lo que somos como animales políticos aristotélicos. Nuestra existencia política es nuestra única existencia humana, incluso en el ámbito privado y doméstico, incluso en la mayor intimidad, incluso entre las sábanas. De ahí que las feministas acierten al insistir en lo que se resume con la famosa fórmula popularizada por Carol Hanisch: lo personal es político.

Actuamos políticamente en todas las esferas personales e interpersonales porque todas ellas están atravesadas por el poder. Padres y profesores pueden ser democráticos, abiertamente autoritarios o soterradamente manipuladores y controladores. Las relaciones entre hermanos, amigos o colegas pueden ser verticales u horizontales, interesadas o desinteresadas, basadas o no en la instrumentalización y explotación del otro, acordes o no acordes con la subjetivación política en el capitalismo. Un vínculo sexoafectivo puede ser libre o forzado, esclavizador o liberador, opresivo o subversivo. Yo mismo puedo reprimirme, disciplinarme, controlarme o emanciparme al relacionarme conmigo mismo. Siempre que nos relacionamos con los demás o con lo que somos cada uno de nosotros, establecemos relaciones de poder o de resistencia contra el poder, es decir, relaciones políticas.

La política también está presente en nuestro consumo. Por ejemplo, al comprar en supermercados lo que podríamos adquirir directamente con campesinos, granjeros o artesanos, estamos dando poder al capital y a la gran distribución a costa de los trabajadores y productores. Así también, cuando adquirimos productos, servicios, marcas o franquicias cuyos capitales están concentrados en ciertos países, estamos contribuyendo a empoderar a esos países directamente en el plano económico e indirectamente en el político.

Si Estados Unidos pudo asesinar a las más de 150 niñas de la escuela de Minab en Irán en la semana pasada, fue en parte con el poder que le dimos al usar Uber, al comprar en Costco o en Home Depot, al adquirir una computadora Dell, al emplear Instagram o al ir de vacaciones a Orlando, San Antonio, Miami o Nueva York. De igual modo, cuando consumimos productos israelíes o no participamos en la campaña de BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) contra Israel y contra sus aliados y colaboradores, estamos decidiendo no usar nuestro poder para impedir el exterminio de los palestinos y el robo de sus tierras. Estamos, entonces, dando poder a un poder que roba y extermina. Esto es también un acto político.

Al igual que las relaciones que establecemos entre nosotros, nuestro consumo es una acción política inevitable. Es inevitable porque no es posible dejar de consumir y porque todo consumo tiene implicaciones políticas. Estas implicaciones pueden rastrearse igualmente en cómo estudiamos y trabajamos, en cómo descansamos y nos divertimos, en lo que pensamos y sentimos, en las actitudes que adoptamos ante las instituciones y en muchas otras situaciones que no revisaré ahora para no aburrirlos.

Tan sólo me permito pedirles que retengan que todas o casi todas nuestras acciones tienen un trasfondo político. Una vez que sabemos esto, cabe preguntarse qué acciones inevitablemente políticas son acciones propias de los jóvenes. Mi respuesta es la que ya conocen: las acciones políticas propiamente juveniles son las potencialmente perturbadoras, disruptivas, revolucionarias, en el sentido preciso al que me referí hace unos minutos.

Las revoluciones políticas en el consumo, en las relaciones y en otros aspectos de nuestras vidas han sido siempre efectuadas por jóvenes, por los más jóvenes, aunque tuvieran ochenta años de edad. Por el contrario, cuando los veinteañeros consumen o se relacionan de modo conservador, adaptado y estandarizado, es porque ya están viejos, muy viejos, tan viejos que no tienen ya la fuerza de sorprender a nadie. Es lo que pensaba Herbert Marcuse y lo que yo pienso a veces cuando me encuentro con jóvenes atrapados en la publicidad, en las modas, en los centros comerciales y en las demás telarañas mortales del vampiro del capital.

Formas deseables de acción política de los jóvenes

Con lo recién dicho, supongo que ya es claro lo que entiendo por formas deseables de acción política de los jóvenes. Estas formas son para mí las propiamente juveniles, aquellas que hacen que un joven sea el joven que es, tal como yo entiendo la juventud, como fuerza, potencia y espíritu revolucionario. Lo que juzgo inevitablemente juvenil es lo que también considero deseable para los jóvenes.

Al internarnos en el terreno de lo deseable, estamos en el terreno de lo que es deseable para alguien. El deseo es invariablemente de un sujeto. Ahora es mi deseo, el deseo con el que deseo que los jóvenes sean revolucionarios, que deban serlo inevitablemente para merecer el nombre de “jóvenes”. Todo esto es mi deseo y no pretendo que sea compartido por ustedes, pero necesitaba expresarlo, pues lo propio del deseo es también insistir en ser expresado.

El deseo, por cierto, es inseparable de la fuerza que atribuyo a los jóvenes. Si la fuerza de los jóvenes es irremediablemente sofocada por el entorno, es por lo mismo que este entorno está siempre contrariando su deseo. Es también por esto que su deseo es tan potencialmente revolucionario como la fuerza con la que se asocia: ni la fuerza ni el deseo de los jóvenes pueden realizarse plenamente en un entorno dominado por lo que yo denomino, con sensibilidad marxista y freudiana, el goce del capital. Aquí llegamos al umbral de mis reflexiones personales y al final de esta charla. 

Neoliberalismo, educación e inteligencia artificial

Intervención en la Primera Fogata Internacional de Educadores Populares, el sábado 24 de enero de 2026, en el Poliforum de Morelia (Michoacán, México)

David Pavón-Cuéllar

La etiqueta de neoliberalismo no debe hacernos olvidar que se trata de capitalismo. Es el capital el que se libera en cualquier liberalización económica. Es el sistema capitalista el que necesita de las políticas neoliberales para librarse de aranceles, impuestos, regulaciones, leyes, instituciones, propiedades públicas, derechos humanos y resistencias de la naturaleza o de la cultura. Todo tiene que ceder y someterse al sistema capitalista en su fase avanzada neoliberal.

El neoliberalismo no libera ni a la humanidad ni las potencialidades humanas. Lo que se libera con las políticas neoliberales es exclusivamente el capital y lo subsumido en el capital, aquello que forma parte de su composición orgánica, el dinero y las mercancías. Las cosas y las personas deben mercantilizarse, adinerarse y capitalizarse para poder beneficiarse del neoliberalismo, para no pagar impuestos, para no someterse a regulaciones gubernamentales, para circular libremente entre países.

Pensemos en cómo los capitales y productos mexicanos pueden ingresar a Estados Unidos –incluso en tiempos de Trump– con mucha mayor facilidad que nosotros mismos. Para cruzar la frontera norte, un mexicano tiene que estar suficientemente adinerado, capitalizado o mercantilizado. Únicamente lo subsumido en el capital puede ejercer el derecho neoliberal de libre circulación.

Ocurre lo mismo con la desregulación. Al contrario del proceso capitalista desregulado, el trabajo humano está cada vez más regulado, controlado, vigilado, fiscalizado, burocratizado. Mi trabajo universitario, por ejemplo, consiste cada vez más en realizar tareas burocráticas absurdas. Esta burocratización típicamente neoliberal ha sido interpretada por Mark Fisher –en términos freudianos– como un retorno sintomático de lo reprimido en el mismo neoliberalismo que había prometido acabar con la burocracia.

El neoliberalismo no puede acabar con la burocracia, pero sí con los burócratas. Miles de empleos desaparecen diariamente en el mundo a causa de las nuevas tecnologías. Las plataformas van sustituyendo los escritorios.

Incluso nuestra inteligencia de maestros va siendo sustituida por inteligencia artificial. Bill Gates pronosticó en 2023 que faltaban dos años para que los chatbots comenzaran a reemplazar a los docentes. El pronóstico se ha cumplido: en enero de 2025, el David Game College de Londres ya informó sobre asignaturas completamente impartidas por programas de inteligencia artificial. Desde entonces hasta ahora, los programas computacionales han ido sustituyendo a miles de maestros en el mundo.

Ante el avance imparable de la inteligencia artificial en la educación, los docentes nos hemos dedicado a escribir artículos en los que nos presentamos como irreemplazables, pero lo cierto es que, por más irreemplazables que seamos, estamos siendo reemplazados. En comparación con los maestros humanos, los bots son más eficaces y puntuales, no tienen inasistencias, no se enferman y tampoco se fatigan, pero sobre todo no protestan, carecen de sindicatos y derechos laborales, y son incomparablemente más baratos. Es verdad que los bots aún tienen dificultades en su inteligencia emocional y en su adaptación a cada estudiante, pero son deficiencias que irán subsanándose con el tiempo.

Los bots continuarán sustituyéndonos porque son los maestros perfectos para el capitalismo neoliberal, no sólo por ser más baratos y por no tener sindicatos, sino por ser totalmente mercantilizables y capitalizables, totalmente asimilables al capital. De hecho, en los términos económicos de Marx, los bots ya son ellos mismos capital, capital constante y no variable como nosotros los trabajadores. Por ello, al reemplazarnos por bots, el capital está logrando automatizarse, autonomizarse, independizarse de nosotros. Por lo mismo, cuando somos trabajadores públicos, nuestra sustitución por bots es una privatización acorde con las políticas neoliberales.

El neoliberalismo está suplantándonos por bots. Se espera que los bots reemplacen a millones de trabajadores en los próximos años, especialmente en Europa y en Estados Unidos. Allá en los países ricos, millones de trabajadores perderán sus empleos, no por los inmigrantes como se imagina en la ultraderecha, sino por los bots y los demás autómatas. Esto es posible porque los autómatas, como componentes del capital, están desregulados y pueden circular con libertad, beneficiándose así de las mismas políticas neoliberales que tanto perjudican a los humanos.

La humanidad saldrá perdiendo en su relación con una tecnología poseída y gestionada por el capital, como lo sugirió hace tres días, en Davos, la persona menos esperada, Larry Fink. El magnate acaba de alertar sobre los empleos que se perderán con la inteligencia artificial. Estos empleos incluyen los nuestros, los de los maestros, que seremos reemplazados, al menos en la medida en que seamos reemplazables.

¿Qué hace que seamos reemplazables? Esta pregunta es demasiado importante como para que la respondamos con precipitación. Para contribuir a responderla, me gustaría sólo aportar una pequeña idea con la que cerraré mi intervención.

Lo que nos vuelve reemplazables es hacer lo mismo que hace la inteligencia artificial: acumular y transferir datos e informaciones que pasan del maestro al alumno, de un individuo a otro, como de un profesional a un cliente. Esta relación interindividual es el vínculo dominante en el capitalismo neoliberal, pero no es un vínculo verdaderamente humano, pues la humanidad existe de modo no individual o interindividual, sino transindividual, colectivo, comunitario. Es precisamente en el nivel de la comunidad, el único nivel plenamente humano, en el que un maestro puede volverse irreemplazable.

No se nos puede reemplazar cuando entretejemos colectivamente el saber, enlazándonos en él, en lugar de transferir datos o informaciones de unos individuos a otros. Cuando no procedemos como bots, no podemos ser reemplazados por bots, volviéndonos casi tan irreemplazables como los sabios de los pueblos originarios. Ellos, con sus saberes ancestrales comunitarios, quizás estén enseñándonos formas de inteligencia que no podrán jamás replicarse a través de programas computacionales.

Capitalismo en la educación: explotar a los maestros para ideologizar y disciplinar a los estudiantes

Intervención del lunes 12 de agosto en el 21º Taller Estatal de la Educadora y del Educador Popular, organizado por la Sección XVIII de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

El capital en el mundo

Vivimos en un mundo capitalista. El capitalismo gobierna, organiza y administra nuestras vidas. Cuando creemos hacer algo por nosotras y nosotros, en realidad lo estamos haciendo por el capital y para el capital, para que el capital siga reproduciéndose, acumulándose, reforzándose y expandiéndose.

El capital se beneficia con todo o casi todo lo que somos, hacemos, experimentamos, poseemos, consumimos y habitamos. Cuando compramos nuestros alimentos en el supermercado, generamos beneficios para el capital de la industria alimentaria y de la gran distribución. El capital de la manufactura textil y vestimentaria se enriquece con lo que vestimos. Nuestras enfermedades son rentabilizadas por el gran capital farmacéutico. El capital de la industria cultural, tecnológica, mediática y de comunicaciones lucra y prospera gracias a nuestra necesidad de educarnos, divertirnos, informarnos y comunicarnos unos con otros. Nuestros desplazamientos son explotados por la industria automotriz y del transporte. En cuanto a la industria química, sus beneficios provienen de nuestra adquisición y utilización de sus innumerables productos, entre ellos aquellos con los que nos lavamos, limpiamos y pintamos nuestras casas.

Nuestros lugares, medios y accesorios de vida son eslabones del proceso de acumulación capitalista. El capitalismo los configura no del modo más útil o agradable para nosotras y nosotros, sino del modo más lucrativo y rentable para el capital. Es en función de este capital que se constituye lo que vivimos, lo cual, por ello, se vive en provecho del capital y frecuentemente a costa de nosotras y nosotros.

Karl Marx nos ha enseñado cómo nuestra vida misma es dominada y explotada por el capital. Es dominada y explotada fundamentalmente como fuerza de trabajo, como fuerza de producción, pero también cada vez más como fuerza de consumo y de reproducción, de expresión y comunicación, de transmisión y educación, de justificación y legitimación, de mistificación e ideologización, e incluso de represión, contención, dominación y explotación. El explotador es él mismo explotado por el capital: explotado precisamente para explotar, como lo reconoce Marx al despersonalizar lo que analiza, concibiendo al capitalista como una pura personificación del capital. De igual modo, como nos lo enseña Michel Foucault, otros sujetos son explotados para dominar, vigilar y disciplinar e ideologizar. Es el caso, respectivamente, de los gobernantes que nos dominan, los policías que nos vigilan y las maestras y los maestros que nos han disciplinado e ideologizado.

Disciplina e ideología en el aula

En lo que se refiere a los maestros, pueden ser explotados, entonces, en primer lugar, para disciplinar, para constituir a sujetos disciplinados, es decir, sujetos dóciles y sumisos, explotables y dominables, posibilitándose así la dominación y la explotación, y, a través de ellas, la reproducción del capitalismo. Los maestros pueden ser también explotados, en segundo lugar, para dar voz al sistema capitalista, para expresarlo y comunicarlo, para justificarlo y legitimarlo ante sus estudiantes, para transmitirles ideas favorables al capitalismo. En este caso, los maestros están siendo explotados para ideologizar a los estudiantes, para mistificar el mundo en el que habitan, para introducirlos en el mundo capitalista mistificado en el que habrán de quedar irremediablemente atrapados.

Tenemos entonces dos funciones fundamentales de los maestros en el capitalismo. Una es la función ideológica, destacada en la tradición marxista por autores bien conocidos como Aníbal Ponce y Peter McLaren. La otra función es la disciplinaria, enfatizada por Stephen Ball y otros pensadores adscritos a la corriente foucaultiana.

En realidad, las dos funciones disciplinaria e ideológica resultan indisociables y son reconocidas como tales, como indisociables, tanto por Marx como por Foucault, aunque de formas completamente diferentes. A Foucault no le gusta el concepto de ideología, pero podemos decir que su ecuación de saber-poder anuda inextricablemente lo ideológico del saber con lo micropolítico de un poder como el disciplinario. En Marx, la disciplina y la ideología corresponden a dos niveles inseparables de la dominación, respectivamente el existencial y el consciente, el corporal y el espiritual, el material y el ideal, el básico-infraestructural y el superestructural.   

El caso ejemplar de la educación bancaria

El carácter indisociable de la ideología y de la disciplina puede apreciarse en diversos procesos, métodos y modelos educativos. En el modelo bancario criticado por Paulo Freire, por ejemplo, el elemento disciplinario interviene a través de la reducción de los estudiantes a la pasividad y la docilidad por las que se les convierte en vasijas, contenedores o receptáculos en los que se depositan informaciones, pero las informaciones que se depositan son de índole ideológica. Desde luego que las informaciones pueden ser exactas e incluso científicas en su contenido, pero el problema radica en su forma, en su forma ideológica. La ideología, en efecto, se delata en su forma cosificada, opaca, inconsciente y solamente memorizable, pasivamente asimilable.

Aunque los datos que se depositen en las víctimas de la educación bancaria puedan corresponder a la realidad, es posible también que difieran de ella, pues no implican al sujeto ni su relación con el mundo. Es por esto que son ideología, entendiendo la ideología como aquello en lo que falta la verdad tal como fue definida por el psicoanalista francés Jacques Lacan. En sentido lacaniano, los datos de la educación bancaria son ideológicos en su enunciación, independientemente de lo que enuncian, porque no tienen una verdad intrínseca, un fundamento manifiesto en el sujeto y en su vida, en su experiencia y en sus deseos, en sus intereses y en su inserción en la sociedad y en la historia.

Los datos de la educación bancaria carecen de validez vital-subjetiva y sociohistórica. Es por esto mismo que son ideología. Son ideología cuya simple absorción puede preparar y condicionar al estudiante para su futura absorción de los innumerables productos ideológicos del capitalismo, desde las noticias tendenciosas hasta las publicidades tramposas y los elíxires pseudocientíficos, pasando por la demagogia de la política burguesa liberal y los delirios paranoicos de la nueva ultraderecha conspiracionista.

Es revelador que la ideología que reina en la sociedad tenga la forma de los datos que se depositan en los estudiantes a través de la educación bancaria. El depósito de estos datos permite formar disciplinariamente a los futuros consumidores de ideología. Permítanme insistir en que, lo mismo que los productos ideológicos, los datos de la educación bancaria pueden ser falsos o exactos. Da igual mientras se asimilen irreflexivamente. Más que un auténtico saber necesariamente reflexivo, lo que hay aquí es un cúmulo ideológico de aquellos datos y aquellas informaciones que no dejan de ganar terreno actualmente a costa de los auténticos saberes y conocimientos.

Para saber y conocer algo de la verdad, hay que reflexionar conscientemente y autoconscientemente, mientras que para absorber los torrentes informacionales que circulan en la educación formal bancaria o en la educación informal por internet, basta dejarse impregnar por lo que se ve o se escucha, memorizándolo de modo inconsciente, irreflexivo, pasivo, dócil, disciplinado. Basta disciplinarse para ser bien receptivo a la ideología. Basta ser un receptor de los datos con su componente ideológico: un receptor cuya disciplina ante la pantalla del celular o de la computadora es comparable a la deseada para los estudiantes en la educación bancaria, en la cual, por cierto, el maestro puede perfectamente ser suplantado por una pantalla.

Otros aprendizajes para el capitalismo

Si una pantalla de celular o computadora puede sustituir a un maestro, esto quiere decir que tal maestro es tan funcional para el capitalismo como lo es la pantalla. Esta funcionalidad, funcionalidad ideológica y disciplinaria, se manifiesta en la educación bancaria, pero también de otros modos. Pensemos, por ejemplo, en la obsesión por las calificaciones más que por el aprendizaje, por las evaluaciones cuantitativas más que por el saber cualitativo evaluado cuantitativamente. Esta obsesión está ideologizando y disciplinando al estudiante, preparándolo para la ideología y la disciplina de una contabilidad capitalista en la que predomina cada vez más lo cuantitativo del dinero sobre lo cualitativo de la realidad, es decir, de modo más preciso, el valor de cambio sobre lo valorizado y sobre su valor intrínseco, el valor de uso.

El reino aritmético del dinero en el capitalismo, reino de salarios, precios e intereses, tan sólo puede funcionar porque se inculca en la disciplina escolar mediante el reino aritmético de las calificaciones, de los promedios, coeficientes, puntos, faltas y presencias. Este reino aritmético no disciplina tan sólo a los estudiantes para lidiar con el acentuado funcionamiento cuantitativo-numérico del capitalismo, sino también con su aspecto fetichista ideológico de mistificación y simulación en el que las cosas no son jamás exactamente lo que son. El éxito en la sociedad capitalista depende mucho de la doble capacidad para obtener económicamente menos por más, ganando así un plusvalor, y para concretar y capitalizar la ganancia, vendiéndose al mejor precio al publicitarse de la mejor manera. Esto es algo que se aprende también en la escuela y que resulta crucial para un proceso capitalista centrado en el plusvalor, en el excedente, en la ganancia, en la capitalización.

Otro aprendizaje escolar decisivo para el funcionamiento del capitalismo es la resignada aceptación contemplativa de la realidad sociocultural que se conoce. Esta realidad, en el mejor de los casos, debe ser disciplinadamente estudiada, conceptualizada, comprendida y aprendida. Se admite, a lo sumo, que sea modificada puntualmente, pero se excluye de modo ideológico y disciplinario que pueda ser globalmente perturbada, radicalmente subvertida y transformada en un sentido revolucionario.

La transformación radical y revolucionaria de la realidad sociocultural es el mayor de los riesgos para el sistema capitalista que se despliega en ella. Este riesgo es conjurado por todos los medios. Uno de ellos es la educación, específicamente la educación en la que sigue prevaleciendo una orientación ideológica positivista, una orientación hacia la afirmación y reafirmación positiva de la realidad sociocultural que se conoce, la realidad con su orden establecido, un orden capitalista. Esta afirmación y reafirmación posibilita evidentemente la reproducción de lo que se afirma y reafirma, de la realidad sociocultural y de su orden capitalista.

Lucha y enseñanza

Para no contribuir a reproducir el capitalismo, los maestros pueden enseñar a no sólo afirmar y reafirmar positivamente la realidad sociocultural. Pueden enseñar a negarla y renegar de ella, discrepar de ella y luchar por transformarla, revelando así ni más ni menos que su carácter político e histórico. Todo esto debería ser enseñado a los estudiantes, y la mejor manera de enseñarlo es, desde luego, predicándolo con el ejemplo, con el ejemplo de lucha, de lucha en las calles y en las organizaciones sindicales, mediante marchas y asambleas, huelgas y bloqueos, pancartas y consignas.

Como bien lo dice una célebre consigna, el maestro, luchando, también está enseñando. Está enseñando, enseñándonos, que la realidad sociocultural es también una realidad histórica y política. Está enseñándonos que podemos luchar para transformarla y que no estamos condenados a sólo trabajar para estudiarla. Está enseñándonos que el capitalismo no es tan sólo algo que debamos conocer y a lo que debamos adaptarnos pasivamente, sino algo de lo que podemos discrepar y que podemos esforzarnos en subvertir mediante nuestras luchas colectivas.

Además del ejemplo de nuestras luchas colectivas, nuestro esfuerzo para subvertir el capitalismo puede canalizarse también a través del aula, convirtiendo la enseñanza en una lucha. Digamos, invirtiendo la consigna, que el maestro, enseñando, también puede estar luchando. Puede estar luchando, por ejemplo, al evitar sesgos ideológico-disciplinarios funcionales para el capital como los cuatro que aquí he analizado: la educación bancaria, el fetichismo de las calificaciones, la enseñanza de la simulación y la reafirmación positivista de la realidad.

Matices y concesiones

Evitar sesgos como los mencionados puede ser muy difícil. De hecho, tratándose de sesgos fundamentalmente estructurales y sólo derivativamente personales, evitarlos por completo es imposible. Quizás también sea indeseable, indeseable incluso para nuestra lucha contra el capitalismo, pues los estudiantes, de ser futuros anticapitalistas, deberán conocer bien la ideología contra la que habrán de luchar, conociéndola en carne propia mediante su incorporación disciplinaria.

Además, como ya lo constataba Immanuel Kant en su tiempo, la disciplina es indispensable incluso para sublevarse contra ella. Su ausencia puede ser fatal para nuestras luchas contra el capitalismo, como lo ha mostrado magistralmente Herbert Marcuse a través de su análisis de formas represivas de liberación y desublimación. Digamos que alguien totalmente indisciplinado y desideologizado es presa más fácil de la dominación capitalista, pues carece de recursos disciplinarios e ideológicos para defenderse contra ella. 

Desde luego que la disciplina y la ideología que necesitamos para luchar contra el capitalismo son diferentes de aquellas con las que lo reproducimos. Sin embargo, en la base de la diferencia e incluso de la contradicción, hay una identidad estructural. Es en la estructura capitalista, en ella y con ella, que podemos luchar contra el capital.

No podemos salir del capitalismo para luchar contra él desde su exterior. No hay exterior, no hay metalenguaje, no hay Otro del Otro, como diría Lacan. Desde la perspectiva lacaniana, comprendemos también que estamos condenados a dividirnos, desgarrarnos, al debatirnos contra nosotros mismos, contra nosotras mismas. No puede haber ni docente ni docencia que sean monolíticamente anticapitalistas.