Neofascismo: goce del capital y pasión por la desigualdad

Intervención del viernes 19 de junio de 2026 en el pronunciamiento público y conversatorio internacional “Psicoanálisis y neofascismos en Latinoamérica” del Grupo de Trabajo en Marxismo y Psicoanálisis de la Red Interamericana de Psicoanálisis y Política (RedIPPol)

David Pavón-Cuéllar

En 1936, cuatro años antes de suicidarse, Walter Benjamin observó la estetización de la política en el fascismo. Esta estetización consistía en la utilización fascista del arte, la propaganda y los espectáculos de masas para encubrir la realidad material de la explotación capitalista. El capital desaparecía tras la estética fascista.

El viejo fascismo fue respaldado por millones que ignoraban lo que respaldaban. Creían dar su apoyo a dirigentes fascistas como Hitler o Mussolini, cuando en realidad –como lo advertía ya Daniel Guérin– estaban apoyando a los capitales de Fiat y Pirelli en Italia, o de Krupp, Allianz, Bayer, Volkswagen, Opel y BMW en Alemania. Las caras de los grandes capitalistas se ocultaban tras las máscaras de los dirigentes fascistas.

Que el fascismo tenga su verdad en el capitalismo es algo que sabemos por los marxistas y comunistas de la Tercera Internacional. Karl Radek, Amadeo Bordiga, Palmiro Togliatti, Antonio Gramsci y otros notaron cómo el movimiento fascista instrumentalizaba a las clases medias pequeñoburguesas en beneficio del capital. Cuando el capitalismo financiero e imperialista estaba a punto de sucumbir a sus contradicciones agudizadas, necesitaba entonces recurrir al fascismo, como lo notaron Clara Zetkin, Bertolt Brecht y León Trotsky. Los marxistas y comunistas descubrieron así en el fascismo lo que ahora el neofascismo nos revela sintomáticamente por sí mismo.

El nuevo fascismo ya no disimula su verdad: la del capital. Grandes capitalistas como Donald Trump en Estados Unidos y Daniel Noboa en Ecuador están entre los actuales gobernantes de la ultraderecha. Otras figuras centrales del neofascismo personifican los enormes capitales que poseen, como el hombre más rico del mundo, Elon Musk, y los magnates Peter Thiel, Vincent Bolloré, Cristopher Harborne y Ricardo Salinas Pliego. Cuando no son capitalistas, los nuevos líderes fascistas y las masas que los siguen defienden con furia el capitalismo, tal como defienden también furiosamente al menos algunas de sus demás opciones políticas, entre ellas la clasista y la elitista, la racista y la ultranacionalista, la xenófoba y la eurocéntrica, la supremacista blanca y la islamófoba, la cristiana y la sionista, la colonial y la patriarcal, la machista y la misógina, la heterosexista y la homófoba.

Las diversas opciones de la ultraderecha suelen venir juntas, agrupadas, anudadas. Este anudamiento nos revela también sintomáticamente una verdad más del neofascismo: la de su carácter interseccional. De pronto comprendemos que el neofascista es racista por lo mismo que es también clasista, machista, heterosexista, procapitalista.

La razón de las opciones anudadas en el neofascismo es la pasión por la desigualdad, por la verticalidad, por la inferioridad y la superioridad. Lo que el neofascista reivindica apasionadamente es un sistema simbólico estratificado, con los estratos más altos reservados para varones, ricos, blancos, occidentales, cristianos y otros seres privilegiados. Esta reivindicación de la desigualdad se acentúa y se torna pasional en la ultraderecha neofascista, pero es un rasgo definitorio de la derecha desde su origen en la Revolución Francesa, cuando los derechistas aparecen como tales al defender el privilegio de algunos, clérigos y aristócratas, contra el derecho de todos.

La pasión ultraderechista por la desigualdad es constitutiva de la personalidad autoritaria tal como la entienden, en la confluencia entre el marxismo y el psicoanálisis, Wilhelm Reich como efecto de la familia burguesa patriarcal, Erich Fromm como compuesto de sadismo y masoquismo, y Theodor Adorno como afán superyóico de someter y someterse. La misma pasión por la desigualdad es opuesta no sólo a la izquierda y especialmente a la izquierda comunista, sino también al psicoanálisis con su apuesta –enfatizada en Jorge Alemán– por lo que Jacques Lacan llamaba la “diferencia absoluta” que impide medir a los sujetos con un mismo rasero por el que serían desiguales.

En su pasión por la desigualdad, el neofascismo contradice diametralmente otras elecciones comunistas y psicoanalíticas. Elige al amo y no al sujeto, el poder y no la imposibilidad, el goce y no el deseo. Desdeñando la verdad inconsciente del sujeto ante lo imposible de su deseo, el neofascista proclama la voluntad consciente del amo con su poder arbitrario y con su goce ilimitado.

El goce es del capital con el que se identifican los neofascistas. Que estos neofascistas sean miserables es algo carente de importancia. No importa que hayan sido empobrecidos, explotados, marginados, ignorados, oprimidos, maltratados, menospreciados y embrutecidos por el capital que goza de ellos como de sus objetos. Ellos imaginan que se trata de su goce y es por esto que votarán por Abelardo de la Espriella en las próximas elecciones colombianas.

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