Recordarnos como nicolaitas: palabras para quienes ingresan a la Universidad Michoacana

David Pavón-Cuéllar

Texto elaborado por el autor a partir de sus notas utilizadas el 9 de agosto de 2026 en una charla para estudiantes de nuevo ingreso en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Apertura

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se inauguró con este nombre en 1917, pero su historia comenzó casi cuatrocientos años antes. Con tantos años de historia, nuestra máxima casa de estudios –también conocida como La Nicolaita– es una de las más antiguas instituciones de educación superior del continente americano. Su fundación en 1540 es anterior a los años en que se fundaron las instituciones universitarias de mayor tradición en América: las de México y San Marcos de Perú en 1551, la de Córdoba en Argentina en 1613, la de Harvard en Estados Unidos en 1636 y la de San Carlos de Guatemala en 1676. Antes de que todas estas famosas universidades aparecieran en el mundo, nosotros los nicolaitas ya estábamos aquí, haciendo lo que seguimos haciendo, enseñando y aprendiendo, investigando y reflexionando, pero también criticando lo que va mal y luchando para transformarlo.

Nuestra crítica y nuestra lucha transformadora son prácticas distintivas de nuestra universidad. Son algo que nos ha distinguido como docentes y estudiantes, que nos ha hecho destacar sobre otras universidades, aun cuando ahora casi nadie lo evoque. Aunque lo olvidemos, no dejamos de ser lo que hemos sido. Recordarlo es recordarnos. Es lo que intentaré hacer ahora.

Contaré lo que somos, lo que hemos sido, para que sepan ustedes lo que podrán ser al ingresar a la Universidad Michoacana y al integrarse así a lo que somos. Desde luego que pueden elegir no serlo, pero será porque de algún modo se olvidarán a sí mismos como nicolaitas, porque se desconocerán o se traicionarán como tales. No hay nada raro en esto. Es incluso lo más común, lo más habitual, pero no por ello dejamos de ser lo que ahora les contaré en unos pocos minutos.

Comenzaré por nuestro fundador, Vasco de Quiroga, para narrar seguidamente nuestra fundación en 1540 y nuestra historia en tiempos del colonialismo español. Me referiré después a nuestro papel en la Independencia de nuestro país, cuando Miguel Hidalgo y José María Morelos formaron parte de nosotros, y recordaremos cómo se nos castigó y cómo resurgimos con Melchor Ocampo en 1847. Luego atravesaremos las épocas porfirista, revolucionaria y posrevolucionaria para llegar a los tiempos de combates por el cardenismo y por el socialismo, contra el autoritarismo y por la democracia. Veremos a cada momento cómo nuestra historia, la historia de nuestra universidad, se ha insertado en la historia de México y del mundo.

Vasco de Quiroga

Nuestro fundador fue Vasco de Quiroga, nacido hacia 1470 en Madrigal de las Altas Torres, un pueblo español rodeado por grandes murallas medievales. Cuando Quiroga tenía unos 50 años de edad, fue enviado al norte de África, a la ciudad argelina de Orán, que había sido conquistada por los españoles. Quiroga debía fungir ahí como juez. Tenía que juzgar al gobernante español de la ciudad, el corregidor Alonso Páez, al que la población local acusaba de abusos y desmanes. Fue lo que hizo Quiroga, comenzando su combate pacífico personal contra la injusticia colonial que luego prosiguió en México.

Antes de venir a nuestro país, Quiroga debió cumplir otra misión en el norte de África: la de negociar un tratado de paz con el rey musulmán de Tremecén en Argelia. El tratado incluía un artículo que garantizaba libertad religiosa y otros derechos para los pueblos musulmanes conquistados por los españoles. Tenemos aquí otro indicio de la relación respetuosa de Quiroga con las diferencias culturales y religiosas: relación fundamental para su posterior experiencia en tierras mexicanas.

Quiroga llegó a México en 1530 con un encargo similar al que había tenido en Orán. Su misión ahora era frenar y castigar los excesos de Nuño de Guzmán, quien presidía la Primera Audiencia, que era entonces el máximo órgano del gobierno de la Nueva España. Los excesos de Guzmán habían ocurrido primero en el Pánuco, al norte de Veracruz, donde esclavizó y vendió a miles de indígenas, y luego en Michoacán y en el noroeste de México, donde incendió y arrasó innumerables poblados, además de asesinar a caciques y gobernantes. Uno de ellos fue el último emperador purépecha, el cazonci Tangáxoan Tzíntzicha, quien recibió pacíficamente a los españoles tan sólo para que ellos lo torturaran y lo condenaran a morir por estrangulación y ser quemado hasta las cenizas. Lo que justificó semejante condena fue la llamada sodomía de Tangáxoan, su homosexualidad, lo que ilustra el nivel de homofobia de los europeos de aquellos años.

Además de homófobos, Nuño de Guzmán y sus soldados eran asesinos, genocidas, torturadores, ladrones, extorsionadores, ecocidas, violadores y todo lo demás que se les ocurra. Eran peores, más crueles y perversos, que los demás conquistadores españoles de la época. La ola de violencia que desataron en Michoacán provocó naturalmente la huida masiva de los indígenas hacia las zonas serranas y la disgregación de sus comunidades con sus estructuras políticas, económicas y religiosas.

La devastación colonial de las tierras michoacanas fue conocida por Vasco de Quiroga primero como oidor de la Segunda Audiencia y luego como obispo de Michoacán. En ambas funciones, Quiroga se alió con los pueblos originarios contra los invasores españoles. Aunque ciertamente sea justo criticar a Quiroga por ver a los indígenas como niños dóciles que sólo esperaban ser dominados y educados, no debemos olvidar que dedicó los últimos treinta y dos años de su vida a defenderlos y a esforzarse por todos los medios en reparar los abusos de los conquistadores.

Vasco de Quiroga (óleo en la Catedral de Morelia)

Entre 1533 y 1565, Quiroga se empeñó en reconstituir la sociedad purépecha, reunificar la población en núcleos urbanos y recuperar su territorio que había sido saqueado, arrasado y fragmentado por las huestes de Nuño de Guzmán. Quiroga también empleó su propio salario y su propia riqueza personal para comprar tierras a los españoles y devolvérselas a los indígenas de Michoacán. En esas tierras, creó un pueblo-hospital como el que había creado antes muy cerca de la Ciudad de México, llamándolo igual, Santa Fe, y organizándolo de la misma forma inspirada por la Utopía de Tomás Moro. Fue así como nació en 1533 la actual población de Santa Fe de La Laguna en la que siguen habitando los purépechas en la actualidad.

En tiempos de Vasco de Quiroga, el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna materializaba mucho de aquello a lo que aspiramos en el comunismo. Era un microestado con tierras comunales, con usufructuarios en lugar de propietarios, sin propiedad privada, con reparto de los bienes según las necesidades individuales y con apoyo solidario para los más necesitados. La organización del pueblo se inspiraba también de la cultura política indígena, dando una posición de poder a los ancianos, integrando el culto religioso y el gobierno civil, y distribuyendo el espacio en función de los puntos cardinales.

Además de fundar y organizar el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna, recuperar tierras para los purépechas y defenderlos contra los abusos de los españoles, Vasco de Quiroga promovió los oficios artesanales tradicionales y trabajó con las comunidades para asegurar su autosuficiencia económica. También le debemos lo que ahora más nos interesa: la fundación del Colegio de San Nicolás en Pátzcuaro. Fue este colegio el que terminó convirtiéndose en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Colegio de San Nicolás

Si nuestra Universidad Michoacana sigue siendo ahora de San Nicolás, es precisamente porque proviene del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga. Es también por esto que nos llamamos nicolaitas, por San Nicolás, un santo del siglo tercero que se convirtió durante la Edad Media en la personificación de la generosidad y en el patrón de los solteros, los niños y los jóvenes estudiantes. Resultaba natural, entonces, que su nombre fuera el del Colegio de San Nicolás.

Hay que decir que el antiguo Colegio de San Nicolás, el de los tiempos coloniales, era muy diferente de nuestra actual Universidad Nicolaita. Su objetivo no era formar a profesionistas como nuestros ingenieros, abogados y psicólogos, sino preparar a sacerdotes, adiestrar a evangelizadores y educar a hijos de indígenas. La instrucción era marcadamente religiosa e incluía siempre lecciones de teología, pero también se enseñaban artes, filosofía, retórica y gramática latina. Por si fuera poco, había una enseñanza obligatoria de lenguas y costumbres indígenas purépechas, nahuas y otomíes. En esto, al menos en esto, el Colegio de San Nicolás estaba muy por delante de nuestra actual universidad, en la que estamos tan bien colonizados que sólo imponemos el idioma inglés y sólo transmitimos saberes europeos y estadounidenses, ignorando casi por completo la inagotable sabiduría de los pueblos originarios.

Además de enseñar lenguas y saberes ancestrales mesoamericanos, el Colegio de San Nicolás incluía a más estudiantes indígenas que españoles. Unos y otros convivían dentro del Colegio. Entre ellos, el trueque lingüístico era obligatorio: los europeos debían dar lecciones de latín o castellano a los nativos que debían enseñarles náhuatl o purépecha. Las relaciones entre estudiantes eran predominantemente horizontales, pero los españoles habitaban en el Colegio bajo un régimen de internado, ya fuera pagando manutención o apoyados con becas de gracia, mientras que los indígenas acudían en el día y luego dormían fuera, generalmente en sus casas familiares.

Los estudiantes indígenas del Colegio recibían una educación gratuita. Primero el Colegio era financiado únicamente por Quiroga. Luego, a partir de 1543, el rey Carlos Primero de España y Quinto de Alemania aceptó asumir el patronazgo del Colegio, el cual, entonces, cambió su nombre a Real Colegio de San Nicolás Obispo. Sin embargo, incluso después de 1543, la principal fuente de ingresos del Colegio fue el salario de Quiroga. Es por esto que el Colegio le pertenecía en derecho a Quiroga, quien pudo entonces, al fallecer en 1565, legárselo de modo formal y explícito a los indígenas michoacanos, empleando para ello las palabras conmovedoras que aún podemos leer en su Testamento.

En la expresión testamentaria de su última voluntad, Quiroga decide que el Colegio sea para “los indios”, que sea para ellos “para siempre jamás”, para que “sean perpetuamente en él gratis enseñados”. El obispo justifica su decisión porque los indígenas “lo hicieron todo”, porque no se les pagó “bien como debiera”, y entonces lo justo es que el Colegio sea para ellos “en satisfacción y recompensa de lo que allí y en otra cualquier parte y obra hubieren trabajado los dichos indios”. Quiroga es así consciente de la explotación de los pueblos originarios en la Nueva España –una explotación que prosigue hoy en día en México– y es por ello que intenta compensarlos al menos un poco al heredarles el Real Colegio de San Nicolás Obispo.

Los herederos de Quiroga no han renunciado jamás a su herencia. Esto quiere decir que el Colegio, convertido en la Universidad Michoacana, les pertenece a los pueblos originarios, especialmente a los purépechas, quienes de modo generoso y hospitalario comparten su espacio con quienes –como yo– no venimos de sus comunidades. Esto es algo que debemos guardar en la memoria como estudiantes y docentes de nuestra universidad.

Hay algo más que debemos recordar en el Testamento de Quiroga. El obispo dice literalmente que lega el Colegio a los indígenas para que en él se eduquen “gratis”, de modo gratuito, “sin que para ello den ni paguen ni se les pida ni lleve cosa alguna”. Estas palabras tan claras y enfáticas establecen el derecho histórico a la educación gratuita primero en el Colegio de San Nicolás y ahora en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo: un derecho que ha debido ser defendido por nuestros estudiantes cuando las autoridades han intentado arrebatárselos. Es lo que ocurrió la última vez hace doce años, en 2014, cuando nuestra Facultad de Psicología fue el epicentro de un importante movimiento nicolaita por la gratuidad. Este movimiento defendía el derecho establecido por Quiroga en 1565.

Después de 1565, el Real Colegio de San Nicolás Obispo fue administrado por el Cabildo Eclesiástico, el cual, en unos pocos años, parece haber traicionado la última voluntad expresa de Quiroga. Es al menos lo que podemos inferir de un documento de 1576 donde el propio Cabildo informó que la mayoría de los estudiantes no eran ya indígenas, sino españoles, criollos y mestizos, descritos como “hijos de personas nobles, pero pobres y necesitadas, que no deben exponer a sus hijos a oficios mecánicos”. Entrevemos aquí la división de castas de la época, en la que el trabajo manual debía ser efectuado por los indígenas, mientras que los mestizos, criollos y peninsulares tenían el privilegio del trabajo intelectual para el que requerían de un Colegio como el de San Nicolás. El Colegio no cerraba sus puertas a los indígenas, pero éstos dejaban de ser mayoritarios para volverse minoritarios, tal como lo son ahora en la Universidad Michoacana en la que se convirtió el Colegio.

Pareciera entonces que el Colegio de San Nicolás fue escamoteado a los pueblos originarios en los diez o veinte años que siguieron a la muerte de Quiroga. El escamoteo se consumó en 1580, cuando el Colegio abandonó la ciudad indígena de Pátzcuaro y se instaló más al noreste, en el valle de Guayangareo, en la ciudad española de Valladolid, como se llamaba entonces Morelia. Es aquí donde permanece desde entonces.

Primera de las revueltas nicolaitas

Al instalarse en Morelia, el Colegio de San Nicolás absorbió a otro colegio, el de San Miguel Guayangareo, que había sido fundado por Fray Juan de San Miguel para instruir a hijos de españoles, mestizos y caciques indígenas de la provincia. Los dos colegios confluyeron en 1580 para seguir educando a diversas castas de la sociedad colonial. Pocos años después, entre 1590 y 1610, tenemos el primer eslabón de una larga cadena de situaciones conflictivas en las que nuestra institución ha desafiado a los poderes establecidos.

La primera de las revueltas nicolaitas estalló porque dos obispos michoacanos sucesivos, los dominicos Alonso Guerra y Domingo de Ulloa, se empeñaron en convertir a nuestro Colegio en un seminario para la preparación de sacerdotes. Los obispos contaron con el apoyo del mismísimo Papa Clemente VIII: el que había mandado ejecutar en la hoguera al genial filósofo Giordano Bruno porque se obstinaba en afirmar que María no era virgen, que Jesús no era Dios, que ninguna divinidad había creado el universo, que el sol era sólo una estrella más, que la tierra no era el centro del universo y que había muchos mundos además la tierra. Tras atreverse a proferir tantas verdades, Bruno fue impelido por todos los medios a retractarse, pero no lo hizo, lo que le costó la vida.

El cuerpo de Bruno ardió en las llamas en el año de 1600, y sólo un año después, en 1601, el mismo Papa que lo había condenado ordenó con una bula que nuestro Colegio de San Nicolás se transformara en Seminario Conciliar. En esos tiempos, ante una bula papal, no había más alternativa que bajar la cabeza y obedecer, pero no fue lo que ocurrió en el Cabildo Eclesiástico de Valladolid y en su Colegio de San Nicolás. Nuestros predecesores –al igual que Bruno un año antes– desafiaron al Sumo Pontífice y se declararon en abierto desacato por considerar con razón que la bula papal contradecía el espíritu del Colegio y sus objetivos fundacionales enfocados a educar no sólo a los sacerdotes, sino al conjunto de la población tanto indígena como criolla, peninsular y mestiza.

Tras un largo litigio civil y eclesiástico, el conflicto llegó a su fin en 1610, cuando el nuevo Santo Padre Paulo V revocó la bula de su antecesor. Hay que decir que, a diferencia de Clemente VIII, Paulo V era alguien tolerante, pacífico, sensato y razonable. Es verdad que debió censurar a Nicolás Copérnico y a Galileo Galilei porque seguían defendiendo verdades tan escandalosas como las de Giordano Bruno. Sin embargo, en lugar de supliciar a Galileo en la hoguera, se reunió con él para expresarle cordialmente su comprensión, asegurándole que no tenía nada que temer.

La historia de Galileo es bien conocida. Como Giordano Bruno, se negó rotundamente a retroceder. No se retractó de las verdades que afirmaba. Ni siquiera cedió al enunciar como una simple hipótesis aquello de lo que estaba seguro: que el universo no giraba alrededor de la tierra, que era la tierra la que giraba alrededor del sol, que el sistema era heliocéntrico y no geocéntrico.

Si consideramos a Galileo el fundador de la ciencia moderna, es porque era tan desobediente y obstinado como Giordano Bruno, pero también como los nicolaitas de su época, los que se negaron a convertir el Colegio de San Nicolás en un simple seminario para la formación de curas. Fue gracias a esa desobediencia y obstinación que tenemos ahora, no solamente la ciencia moderna, sino la Universidad Nicolaita. Hoy debemos recordar que nuestra universidad no existiría sin el desacato de los nicolaitas que nos dieron así una lección como la que recibimos de Galileo y Giordano Bruno: la de rebelarnos contra la autoridad cuando la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado.

Ilustración e Independencia

La importante lección de rebeldía que acabo de resumir es la primera de muchas otras. La siguiente, quizás la mayor de todas, es la que nos darán muchos años después, al final de la época novohispana, los más ilustres de los nicolaitas: los héroes independentistas Miguel Hidalgo y José María Morelos. Ambos estuvieron en el Colegio de San Nicolás a finales del siglo XVIII. Hidalgo fue alumno, profesor e incluso rector de nuestra institución, mientras que Morelos fue estudiante de Hidalgo y recibió su influencia ideológica.

Hidalgo y Morelos personifican mucho de aquello que fermentaba en Morelia y en el Colegio de San Nicolás en el siglo XVIII. En este Siglo de las Luces, el Colegio incorporó sucesivamente asignaturas de Filosofía, Moral y finalmente Leyes e Idioma Tarasco, es decir, purépecha. Además de esta apertura a lo indígena y a lo secular, hubo una visión moderna racionalista y utilitaria, ecléctica y tolerante, que penetró en el ambiente intelectual a través de la obra del zamorano Juan Benito Díaz de Gamarra, lector de René Descartes y de Christian Wolff. Por su parte, el rector y catedrático nicolaita Juan José Moreno publicó en 1766 un libro sobre Quiroga con el que podía tomarse conciencia no sólo de su legado, sino de la trascendencia histórica del Colegio de San Nicolás.

Un digno heredero de Quiroga en el siglo XVIII fue Fray Antonio de San Miguel, quien se desempeñó como obispo de Michoacán entre 1783 y 1804, años en que impulsó grandes obras públicas para crear empleos al mismo tiempo que defendió a las clases desprotegidas, criticó los latifundios improductivos y propuso distribuir tierras a los indígenas. Fue en este contexto en el que Mariano de Escandón, Conde la Sierra Gorda, incorporó las cátedras de Leyes y Tarasco en el Colegio de San Nicolás. En el mismo Colegio, bajo el cobijo del obispo de San Miguel, José Pérez Calama introdujo a finales del siglo XVIII un espíritu ilustrado liberal e igualitario que se aprecia en su libro Política Cristiana, en el que no dudaba en afirmar que “es el hombre libre”, que “la sujeción es penal” y que los amos “son de la misma especie y naturaleza” que los siervos.

José Pérez Calama (óleo en la Catedral de Quito)

Calama estuvo en el Colegio de San Nicolás desde 1776, cuando comenzó la Independencia de Estados Unidos, hasta 1789, cuando estalló la Revolución Francesa. Estos dos acontecimientos prepararon el terreno para las gestas independentistas de las colonias españolas en el continente americano. La de México se gestó precisamente en el Colegio de San Nicolás, donde Calama fue maestro y mentor de Miguel Hidalgo y Costilla, quien lideró la primera etapa de la lucha insurgente.

Antes de comenzar nuestra lucha por la Independencia en 1810, Hidalgo permaneció en el Colegio de San Nicolás durante veinticinco años, desde 1767 hasta 1792, primero estudiando, luego enseñando y finalmente dirigiendo nuestra institución. Aquí, en el espacio nicolaita, Hidalgo leyó a autores franceses de la época, entre ellos Molière, Descartes, Bossuet, Diderot y D’Alembert, varios de ellos prohibidos por la Inquisición y por la Corona Española. Esta prohibición no impidió que su lectura fuera promovida entre los estudiantes cuando Hidalgo fue profesor y rector del Colegio de San Nicolás.

Miguel Hidalgo (óleo de Joaquín Ramírez en el Curato de Dolores)

Hidalgo siguió los pasos de su maestro Calama al favorecer el espíritu ilustrado en los estudios universitarios nicolaitas. Favoreció este espíritu no sólo con sus lecturas francesas, sino al animar a sus estudiantes a criticar los viejos dogmas y al impulsar la creación de nuevas asignaturas artísticas y científicas. Vislumbramos aquí las valiosas lecciones que recibimos de Calama, de Hidalgo y de su generación de nicolaitas ilustrados: lecciones de rebeldía, insumisión y libertad, pero también de racionalidad, cultura, ciencia, modernidad y cosmopolitismo.

Lo que Hidalgo nos legó es aquello por lo que tiene sentido que su apellido se agregue al final del nombre de nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Al decir que nuestra universidad es de Hidalgo, nos comprometemos con lo que Hidalgo nos legó. Este legado es parte de lo que el propio Hidalgo ayudó a materializar en la Independencia de nuestro país.

El Colegio de San Nicolás en tiempos de Miguel Hidalgo

Nuestra Independencia, tal como se gesta en el ambiente ilustrado nicolaita, constituye también la materialización política de un vínculo estrecho del Colegio de San Nicolás con los pueblos originarios: un vínculo establecido por Quiroga en el siglo XVI y reafirmado en el siglo XVIII con la enseñanza del idioma tarasco. Este vínculo es decisivo para Hidalgo, quien, por cierto, dominaba no sólo el francés y el latín, sino el otomí, el náhuatl y el purépecha. Siendo alguien muy próximo a las comunidades indígenas, Hidalgo se comprometió resueltamente con ellas a través de su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. El mismo compromiso reaparece en el otro gran líder independentista nicolaita, Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias”, abolió cualquier “distinción de castas” y ordenó que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.

Además de Hidalgo y de Morelos, hubo otros nicolaitas con papeles protagónicos en la independencia. Recordemos a los cuatro más destacados: José María Izazaga, quien aportó recursos propios y organización civil a la causa libertadora; José Sixto Verduzco, defensor de un poder independiente civil unificado; Ignacio López Rayón, quien abogó por la división de poderes e insistió en dar un marco legal al movimiento independentista; y el polémico emperador Agustín de Iturbide, quien logró consumar la Independencia y quien fue el primer gobernante del México independiente. Los cuatro, al igual que Hidalgo y Morelos, hicieron posible que tengamos ahora un país libre, al menos relativamente libre, a pesar del pesado yugo económico-político neocolonial del que no hemos conseguido liberarnos. La relativa libertad que tenemos como nación es otro de los frutos de lo que ahora llamamos Universidad Michoacana.

Melchor Ocampo y las invasiones estadounidense y francesa

La contribución de los nicolaitas a nuestra gesta independentista fue tan importante que motivó al gobierno virreinal, en 1811, a clausurar el Colegio de San Nicolás. Aunque la independencia terminara consumándose en 1821, el colegio se mantuvo cerrado hasta 1847, cuando pudo reabrirse, pero ahora como una institución educativa laica y con el nuevo nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. El nuevo colegio incluyó estudios médicos a cargo de uno de los pioneros de la medicina en México: el Doctor Juan Manuel González Urueña, quien realizó investigaciones y publicó trabajos sobre la diabetes, la viruela y la gastroenteritis.

La reapertura del Colegio de San Nicolás coincidió con la invasión militar de Estados Unidos en la que nuestros vecinos consiguieron despojarnos con violencia de más de la mitad de nuestro territorio, correspondiente a los actuales estados de California, Arizona, Utah, Nevada, Colorado y Nuevo México. Durante esta infame invasión, Isidro Alemán y otros estudiantes nicolaitas se incorporaron al Batallón Matamoros que luchó contra los invasores estadounidenses. Este batallón fue convocado por otra figura clave de la historia del Colegio de San Nicolás: el gobernador michoacano Melchor Ocampo, el más importante líder liberal mexicano del siglo XIX, quien luchó incansablemente no sólo por la libertad, sino contra los privilegios y a favor del trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta pasión por la igualdad, la misma de Hidalgo y Morelos, es otra de las valiosas lecciones que recibimos de los nicolaitas que nos preceden.

Si ahora incluimos a Ocampo entre los nicolaitas, es por la gratitud que sentimos y que nos ha hecho adoptarlo, ya que fue él quien hizo posible con sus esfuerzos, en 1847, que el Colegio de San Nicolás reabriera sus puertas. Además, tras afirmar que su corazón “le pertenecía al Colegio de San Nicolás”, Ocampo heredó a nuestra universidad, no sólo su propio corazón conservado en formol, sino su inmensa colección de libros, la biblioteca privada más valiosa y voluminosa de América Latina en aquella época.

Melchor Ocampo (óleo del siglo XIX en el Museo de Historia Mexicana de Monterrey)

La biblioteca de Melchor Ocampo incluía un amplio abanico de materias: no sólo derecho civil, constitucional e internacional, sino literatura, filosofía e historia, geografía y geología, física y química, botánica y agricultura. Estas materias abarcaban los diversos conocimientos de la época y sintetizaban lo que poco a poco empezaría a estudiarse en el Colegio de San Nicolás entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. En esos años, los estudiantes nicolaitas fueron precedidos y guiados por la biblioteca de Ocampo y por la orientación ideológica liberal de sus libros, entre los que había autores como los ilustrados Rousseau, Montesquieu, Diderot y Voltaire, pero también el anarquista Proudhon.

Como lo había hecho Quiroga con el Colegio de San Nicolás, Ocampo legó su biblioteca y su corazón al Colegio a través de su Testamento. La última voluntad de Ocampo se cumplió después de que fuera fusilado en 1861, en el contexto de la Guerra de Reforma, por Leonardo Márquez y Félix Zuloaga, quienes formaban parte de los conservadores que apoyaron luego a los invasores franceses contra los mexicanos y que en 1864 subieron a Maximiliano de Habsburgo en el trono imperial. Durante el Imperio de Maximiliano, el Colegio de San Nicolás volvió a ser desalojado y clausurado, pues era considerado una suerte de nido subversivo liberal y republicano, en parte a causa de la persistente influencia de Hidalgo y Ocampo.

Varios nicolaitas combatieron en la guerra contra los invasores franceses y contra el Imperio de Maximiliano entre 1862 y 1867. Destacaron dos egresados en Derecho del Colegio de San Nicolás: Eduardo Ruiz Álvarez, quien participó como soldado, como defensor legal y como secretario del jefe militar Vicente Riva Palacio; y Justo Mendoza Ramírez, quien apoyó en logística militar, luchó políticamente contra el invasor y fue gobernador de Michoacán, lo que le permitió, al finalizar la guerra, decretar la reapertura del Colegio de San Nicolás en 1867. Cuando el Colegio reabrió sus puertas, los docentes y estudiantes nicolaitas pudieron al fin sacar provecho de la biblioteca de Ocampo.

Porfiriato

Tras el derrumbe del Imperio de Maximiliano, entre 1867 y el estallido revolucionario en 1910, el Colegio de San Nicolás conoció una de las mejores etapas de su historia. Por sus aulas pasaron importantes intelectuales mexicanos de la época: el ya mencionado Eduardo Ruiz Álvarez, conocido como autor de obras históricas y biográficas; el abogado Jacinto Pallares, el más conocido jurista de su generación; Nicolás León, historiador de la medicina; Felipe Rivera, famoso astrónomo; Mariano de Jesús Torres, escritor, poeta y periodista; y Manuel Martínez Solórzano, estudioso de la flora y la geología de Michoacán, pero médico de formación y con intereses en la psicología, con una disertación de 1889 titulada “El sueño nervioso provocado por hipnotismo experimental”. Me refiero a esta disertación por ser una de las primeras incursiones de los nicolaitas en el campo psicológico.

El Colegio de San Nicolás en el Porfiriato (grabado de la época)

Muchos de los intelectuales mencionados realizaron su trabajo entre 1884 y 1910, en los tiempos de la dictadura de Porfirio Díaz, representada en Michoacán por el gobernador Aristeo Mercado. Las reelecciones y el autoritarismo de Mercado y Díaz eran lógicamente incompatibles con el espíritu rebelde y liberal de los estudiantes nicolaitas, quienes comenzaron a movilizarse en 1895, organizando protestas contra la reelección de Mercado. Entre los participantes de las protestas, estaba Pascual Ortiz Rubio, futuro general revolucionario, gobernador michoacano y presidente de México. Al que volveremos a referirnos más adelante, debido a su importancia para la historia de nuestra universidad.

En 1895, Pascual Ortiz Rubio no era más que un joven estudiante de ingeniera en el Colegio de San Nicolás, un estudiante cuya participación en las protestas contra Díaz y Mercado hizo que fuera encarcelado y expulsado, al igual que varios de sus compañeros. Las protestas antirreeleccionistas se reactivaron en septiembre de 1899, cuando el brillante estudiante nicolaita Rafael Reyes Núñez, recién nombrado Catedrático de Lengua Castellana y Prefecto de Estudios en el Colegio de San Nicolás, interrumpió en el Teatro Ocampo un acto en el que participaban el gobernador y los más altos funcionarios estatales. Ante la estupefacción de los políticos, Reyes Núñez pronunció un discurso contra la dictadura en el que denunció la injusticia, la desigualdad y la miseria en la que vivían la mayoría de los mexicanos. El discurso desencadenó una protesta antigobiernista que desbordó el teatro e inundó las calles morelianas.

Los nicolaitas continuaron expresando su inconformidad en los últimos años de la dictadura porfirista. En 1904, se fundó en el Colegio de San Nicolás una revista claramente antigobiernista, La Voz de la Juventud, editada por los estudiantes Gregorio Ponce de León y José Gaitán Corona. La revista no tardó en ser clausurada y sus editores encarcelados. Al salir de prisión, Ponce de León se trasladó a la Ciudad de México, donde se convirtió en un importante periodista y cronista de la época.

Revolución

En el mes de noviembre de 1910, en el umbral de la Revolución Mexicana, los nicolaitas realizaron una manifestación por el injusto linchamiento del migrante mexicano Antonio Rodríguez en Rock Springs, en Texas. Cuando los policías rodearon a los manifestantes, los oradores demandaron el derrocamiento de la dictadura porfirista. Uno de los oradores fue el joven estudiante nicolaita Isaac Arriaga, quien estaba entre los fundadores de la revista Flor de Loto, en la que también participaban otros dos nicolaitas que se dieron a conocer en el futuro: Samuel Ramos, quien se convertiría en uno de los más prominentes filósofos mexicanos del siglo XX, e Ignacio Chávez, quien sería un ilustre cardiólogo y rector de la Universidad Michoacana y de la Universidad Nacional Autónoma de México. En cuanto a Isaac Arriaga, tuvo una trayectoria fulgurante como combatiente revolucionario, fundador del Partido Socialista Michoacano, partidario del dirigente radical Francisco J. Múgica y diputado que defendió el reparto agrario y los derechos políticos de las mujeres, antes de ser asesinado por una turba conservadora, en las calles de Morelia, en 1921.

Isaac Arriaga

Cobrando visibilidad en 1910 y desapareciendo en 1921, Isaac Arriaga resulta inseparable de la Revolución Mexicana que se desarrolló precisamente en el mismo lapso de tiempo. Todo comenzó en 1911, cuando cayó la dictadura porfirista y su representante regional, Aristeo Mercado, pidió licencia como gobernador de Michoacán. Para sustituir a Mercado, surgió la candidatura del Doctor Miguel Silva González, quien fue respaldado por los sectores nicolaitas revolucionarios que también apoyaban a Madero como presidente y de los que formaba parte Isaac Arriaga. Estos sectores se enfrentaron a Salvador Cortés Rubio, el regente reaccionario del Colegio de San Nicolás, y ante su inflexibilidad, terminaron fundando el Colegio Libre de San Nicolás de Hidalgo, conocido también como San Nicolasito, en el que enseñaron José Torres Orozco, pionero del psicoanálisis en México, y Manuel Martínez Báez, quien se convertiría en uno de los principales parasitólogos mexicanos del siglo XX.

A finales de 1912, el Doctor Silva se hizo cargo del gobierno de Michoacán, pero debió renunciar al año siguiente a causa del asesinato de Madero y la instauración del gobierno despótico de Victoriano Huerta. Esta coyuntura contrarrevolucionaria hizo que muchos nicolaitas, entre ellos Isaac Arriaga, se enlistaran en las tropas revolucionarias constitucionalistas. Después del triunfo del constitucionalismo sobre el huertismo, el gobierno revolucionario michoacano creó en 1915 el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, que ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.

El primer albergue estudiantil fue cerrado por alguien a quien ya me referí, Pascual Ortiz Rubio, quien había participado como estudiante en las protestas antirreeleccionistas contra Díaz y Mercado en 1895. Más de veinte años después de estas protestas, Ortiz Rubio era un revolucionario moderado que se desempeñó como gobernador michoacano entre 1917 y 1920. Al frente del gobierno de Michoacán, Ortiz Rubio no sólo cerró el primer albergue estudiantil, sino que fundó en 1917 nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Esta universidad se concebía como la última forma institucional del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga y refundado en 1847 por Ocampo. Sin embargo, al mismo tiempo, el Colegio seguía existiendo como parte de la nueva universidad que se distinguía sobre todo por ser la primera universidad pública autónoma de América Latina.

Pascual Ortiz Rubio

La autonomía de la Universidad Michoacana consistía formalmente en su facultad legal para elegir a sus autoridades, administrar sus bienes y diseñar sus propios planes de estudio sin injerencia directa del gobierno. Todo esto no ha podido nunca realizarse plenamente a causa de factores tales como la injerencia gubernamental en la elección de los rectores, la utilización de la universidad como botín político y la creciente regulación de los estudios por diversos programas y organismos externos a la universidad. Sin embargo, aunque no se realice, la autonomía no deja de ser un ideal nicolaita inspirado por el proceso revolucionario.

Época posrevolucionaria

La Revolución Mexicana contribuyó a fortalecer la pasión igualitaria de los sectores más progresistas de nuestra universidad. Estos sectores prevalecieron en la vida universitaria entre los años treinta y setenta del siglo XX, lo que hizo posible que los albergues estudiantiles reabrieran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. El mismo predominio de los sectores progresistas –muchos de ellos comunistas o socialistas– contribuyó decisivamente a que se dieran los dos momentos de mayor efervescencia intelectual en la historia de la Universidad Michoacana.

En el primer gran momento de nuestra universidad, entre los años treinta y cuarenta del siglo XX, acogimos a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles exiliados José Gaos, María Zambrano, Juan David García Bacca, Ramón Xirau y Adolfo Sánchez Vázquez, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien regresó a Morelia en 1948 después de que un golpe de estado lo depusiera por defender la soberanía de su país al elevar los impuestos para las compañías petroleras.

El segundo gran momento de la Universidad Michoacana fue más corto, pues duró sólo cinco años, de 1961 a 1966. En estos años, contamos otra vez entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época. Entre ellos estuvieron tres comunistas mexicanos: el politólogo Arnaldo Córdova, el poeta michoacano Ramón Martínez Ocaranza y el escritor y filósofo Enrique González Rojo Arthur. También hubo algunos extranjeros: el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos Jaime Díaz Rozzotto y José Luis Balcárcel. Varios de estos intelectuales debieron literalmente huir de Morelia debido a la brutal represión que el gobernador Agustín Arriaga Rivera desató entre 1963 y 1966 contra la Universidad Michoacana.

Los dos momentos de mayor esplendor intelectual de nuestra universidad se le deben en parte a los rectores progresistas de aquellos años. Hay que destacar a tres de ellos: Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Elí de Gortari entre 1961 y 1963, y Alberto Bremauntz entre 1963 y 1966, los tres ligados con el cardenismo, partidarios del proyecto de educación socialista y herederos de los ideales igualitarios de Morelos, Ocampo e Isaac Arriaga. Vázquez Pallares destacó además por su agrarismo y su antiimperialismo, así como por su defensa de una universidad pública orientada a la transformación social, con participación estudiantil en las decisiones y con vínculos estrechos con las necesidades populares. Elí de Gortari, además de ser uno de los principales filósofos marxistas del siglo XX en México, se involucró en organizaciones de solidaridad con Cuba y Vietnam, participó en el movimiento de 1968 y fue preso político en Lecumberri entre 1968 y 1971. En cuanto a Bremauntz, reivindicando una intervención del Estado en favor de las clases desprotegidas, concebía la educación pública no como una vía de ascenso individual, sino como un mecanismo de emancipación social encaminado a combatir las desigualdades económicas.

Movilización y represión

Tanto Bremauntz como De Gortari y Vázquez Pallares tuvieron conflictos con los poderes gubernamentales, pero estuvieron muy cerca del estudiantado nicolaita. Esta cercanía fue tal que Vázquez Pallares y De Gortari fueron impulsados a la rectoría por los propios estudiantes. Ambos rectores, además, recibieron el apoyo de movilizaciones estudiantiles duramente reprimidas por los gobiernos estatales en turno.

Natalio Vázquez Pallares en 1939
Elí de Gortari en 1968

La represión gubernamental del estudiantado nicolaita fue una constante en los tiempos de endurecimiento de la dictadura perfecta del Partido Revolucionario Institucional. Primero, en 1949, los militares asesinaron a Héctor Tavera Torres y a Agustín Abarca Xochíhuatl cuando participaban en una protesta estudiantil que exigía aumentar el subsidio estatal para la universidad, el cual, en aquella época, era cinco veces menor a la inversión del gobernador José María Mendoza Pardo en un teatro para su hija. Luego, en 1963, el Ejército mató al estudiante Manuel Oropeza García, quien defendía el Colegio de San Nicolás y la rectoría de Eli de Gortari contra la agresión del gobernador Arriaga Rivera. El mismo gobernador estuvo involucrado en el asesinato del nicolaita Everardo Rodríguez Orbe, quien recibió una bala de la policía en 1966, mientras participaba en una protesta estudiantil contra el alza del transporte público.

Los asesinatos de Tavera, Abarca, Oropeza y Rodríguez Orbe no fueron la única forma de represión gubernamental. Esta represión incluyó también presiones institucionales, expulsiones de estudiantes, despidos de docentes, detenciones arbitrarias, torturas, allanamientos de casas y edificios, violaciones a la autonomía universitaria y utilización de agrupaciones violentas de carácter porril o paramilitar. Es el caso de la ultraderecha sinarquista que tomó el Colegio de San Nicolás en 1963, pero que fue desalojada por los estudiantes nicolaitas armados con resorteras que lanzaban canicas y piedras, como lo relata de primera mano Rosa Citlali Martínez Cervantes.

La hija del poeta Martínez Ocaranza nos aporta otros detalles cruciales sobre los movimientos estudiantiles de 1963 y 1966. El de 1963, por ejemplo, adaptó el himno de la resistencia antifascista italiana.: “soy nicolaita / toda la vida / bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao. / Soy nicolaita / hasta la muerte / y nicolaita he de morir”. En el mismo contexto del movimiento de 1963, el poeta uruapense Tomás Rico Cano compuso canciones que resumen las visiones políticas de los nicolaitas movilizados. Una de ellas es una clara demarcación política: “Yo soy puro nicolaita / no de los del otro lado. / Yo defiendo los ideales / de Morelos y de Ocampo”. Quienes así cantaban y luchaban en 1963 contaron con la atención y la simpatía de militantes de la izquierda radical mexicana, como el escritor José Revueltas, quien visitó Morelia y ofreció un discurso conmovedor en el que vaticinó: “el espíritu de la Universidad Nicolaita permanecerá en pie”.

El movimiento estudiantil de 1963 no pudo evitar que Arriaga Rivera destituyera a Elí de Gortari. Sin embargo, tras la destitución, el nuevo rector fue Bremauntz, quien era también próximo al estudiantado. En cuanto a los estudiantes, respondieron con la creatividad que les caracteriza, organizando en Morelia, en mayo de 1963, la Primera Conferencia de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, en la que se estableció el célebre lema: “Luchar mientras se estudia”. Las conclusiones del evento se resumen en la maravillosa Declaración de Morelia que protesta contra una visión de la universidad que deshumaniza y estandariza, que “pretende producir hombres y mujeres con arreglo a las necesidades exclusivas de los explotadores”, que promueve “el conformismo y la pasividad” para que el “estado de cosas persista” y que inculca un “humanismo” que enseña a ser “mezquinos” y “enemigos del hombre”. Contra esta universidad que se parece tanto a la que nos resignamos actualmente como buenos humanistas por siempre, los estudiantes de 1963 proponen una educación universitaria que no sea “abstracta ni hipócrita, sino concreta, justa y verdadera”, y que permita crear no “una cultura para el pueblo, sino con el pueblo”, una vez que el pueblo “se apodere de las universidades”.

Los ideales de 1963 continuaron insistiendo hasta 1966. En este año, ante la muerte de Rodríguez Orbe, el Consejo Universitario de la Universidad Michoacana declaró una huelga total para exigir la destitución del gobernador Arriaga Rivera. El gobierno reaccionó con la ocupación militar de la universidad, el allanamiento de Casas de Estudiantes y la detención de estudiantes y docentes, entre ellos el poeta Martínez Ocaranza y líderes visibles como Efrén Capiz Villegas, Ana María Velázquez, Rafael Aguilar Talamantes, Sebastián Dimas Quiroz, Joel Caro y el profesor José Herrera Peña. Algunos de estos detenidos en 1966 continuaban en prisión en 1968. Las protestas por su liberación están en el origen del movimiento del 68 que desembocó en la matanza de Tlatelolco, en la Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968.

Protesta en los balcones del Colegio de San Nicolás en 1966

Desobediencia y obstinación

La represión gubernamental de 1963 a 1966 hizo que varios nicolaitas renunciaran a la lucha pacífica y optaran por la vía guerrillera, formando la columna vertebral del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) e incluso recibiendo adiestramiento militar en Corea del Norte. Sin optar por la guerrilla, uno de los nicolaitas encarcelados en 1966, el ya mencionado Capiz Villegas, fue un incansable luchador social que fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ). Esta organización ha sido una eficaz arma de resistencia de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero también sufrió entre los años ochenta y noventa del siglo XX una brutal violencia represiva que incluyó el asesinato de más de setenta de sus miembros e innumerables agresiones, desalojos, encarcelamientos y torturas.

La represión gubernamental de la segunda mitad del siglo XX no ha impedido que recibamos y continuemos la herencia nicolaita de Vasco de Quiroga, José Pérez Calama, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Rafael Reyes Núñez, Isaac Arriaga y los demás: una herencia de insumisión, de rebeldía e ideales emancipatorios e igualitarios, de valor y firmeza para la desobediencia y la obstinación. Hoy podemos continuar siendo tan desobedientes y obstinados como lo fueron los nicolaitas que se opusieron sucesivamente al Papa Clemente VIII, al poder colonial español, a los invasores estadounidenses y franceses, a la dictadura porfirista, a la tiranía huertista y al régimen autoritario priista.

Nuestra herencia nicolaita es la que ha mantenido en pie la Secundaria Popular Carrillo Puerto que opera desde 1976 hasta ahora con el trabajo voluntario de sus maestros. La misma herencia es la que nos ha impulsado en los últimos años a exigir educación gratuita en la universidad, a defender las Casas de Estudiantes y a dar apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas para conseguir su autonomía. Es la misma herencia que nos ha movido cuando nos movilizamos por Ayotzinapa entre 2014 y 2018, contra la represión en Arantepacua en 2017 y contra el genocidio en Palestina desde 2023.

Lo que nos anima en las acciones mencionadas es lo mismo que debería llevarnos a establecer una relación crítica y reflexiva con la psicología y con todo lo demás que transmitimos en la universidad. Es también lo mismo que tendría que hacernos realizar plenamente la autonomía universitaria y aprender más de los saberes ancestrales de los pueblos originarios. Queda mucho por hacer para consumar aquello a lo que aspiraba Quiroga en el siglo XVI.

Lo que nos dejó la pandemia en los procesos educativos

Conferencia Magistral dictada el 11 de agosto de 2022 en el XXIII Encuentro Universitario Internacional de Actualización Docente, “Repensar la Educación, sus Retos y Avances en la Actualidad”, en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, Michoacán, México.

David Pavón-Cuéllar

Se me ha invitado a reflexionar sobre lo que nos ha dejado la pandemia de coronavirus en los procesos educativos. Es lo que haré ahora, basándome en diversos trabajos que he publicado sobre las implicaciones psicosociales y psicopolíticas de la situación pandémica, especialmente el libro Virus del capital, que apareció hace unos meses en Buenos Aires, en la editorial Docta Ignorancia. Comenzaré con las consecuencias aparentemente favorables de la pandemia en la educación para pasar después a sus posibles efectos perniciosos o perjudiciales.

Tanto al abordar lo positivo como lo negativo, me concentraré en la educación a distancia, pues ha sido principalmente a través de ella que la situación creada por el COVID ha incidido en los procesos educativos. Es verdad que las clases y otras actividades académicas han regresado por lo general al mundo real, pero la virtualización de los procesos educativos no ha sido totalmente revertida. La educación a distancia ganó un terreno que ya no perderá. Sobra decir que esto no es necesariamente lamentable, como lo veremos ahora mismo, al revisar algunos efectos favorables de la pandemia relacionados con la educación a distancia.

Efectos favorables de la pandemia

Lo primero positivo de la pandemia fue introducirnos a todas y a todos, tanto docentes como estudiantes, a una formación práctica intensiva y acelerada en el campo de las nuevas tecnologías. De pronto, en unas pocas semanas, debimos aprender a grabar vídeos, organizar clases en línea y utilizar plataformas y aplicaciones de las que jamás habíamos oído hablar. Esto fue especialmente provechoso para muchas y muchos docentes, como yo, que nos resistíamos a las nuevas tecnologías y que íbamos rezagándonos y quedando cada vez más desfasados con respecto al universo digital en el que habitan y se mueven tan ágilmente los estudiantes.  

Al perderle el miedo a las nuevas tecnologías, descubrimos nuevas posibilidades para la enseñanza y el aprendizaje. Hubo posibilidades que nunca fueron ni siquiera sospechadas por algunas y algunos de nosotros. Yo jamás habría imaginado que podría interactuar con los estudiantes y con un docente extranjero invitado al curso y simultáneamente mostrar diapositivas, compartir documentos y navegar todos juntos en un viaje por internet planeado en función del tema de la clase.

Las nuevas posibilidades no causaron generalmente gastos adicionales para la universidad. Por el contrario, la educación a distancia representó una reducción de costos para las instituciones educativas. Las escuelas y universidades pudieron hacer ahorros en el mantenimiento y limpieza de las instalaciones, en agua y electricidad, en papelería, en viáticos de invitados y en otros gastos asociados con la educación. Aunque debieran pagar el internet y a veces equipos electrónicos, los docentes y estudiantes ahorraron a veces en gasolina, transporte, alquileres o comidas fuera de casa.

El ahorro no sólo fue de dinero, sino también de tiempo. Se dejó de gastar el tiempo necesario para los desplazamientos en el interior de las instituciones y principalmente entre el domicilio propio y las escuelas o universidades. El tiempo ganado pudo utilizarse para leer, estudiar o preparar clases. Además, al menos en mi experiencia personal compartida por algunos colegas, percibí una mayor optimización o rentabilización del tiempo. Los mismos lapsos temporales me rendían más en la educación a distancia, quizás por la falta o reducción de ciertas digresiones o interrupciones en clase, así como la desaparición de charlas informales en cubículos o pasillos.   

Lo que más contribuyó a la optimización del tiempo fue la superación de la temporalidad real con sus límites intrínsecos. Aboliendo estos límites, la virtualidad les ha permitido a docentes y estudiantes, por ejemplo, disponer de videograbaciones de clases, reuniones, conferencias o presentaciones orales, eligiendo el mejor momento para verlas, sin estar atados a los tiempos de los demás ni deber compaginar disponibilidades de horarios. Las videograbaciones también han contribuido a optimizar el tiempo al permitirnos acelerar, escuchar más rápido o simplemente saltar aquello que ya sabemos o que no es de nuestra incumbencia o de nuestro interés.

Además de la superación de la temporalidad real con sus límites, la virtualidad nos ha dado la oportunidad de superar también la espacialidad real con sus distancias. Los estudiantes han podido asistir a clases mientras están en otros lugares, a veces incluso conduciendo automóviles o realizando tareas manuales. Hubo estudiantes que trabajaban en fábricas o campos de Estados Unidos mientras asistían a clases en Morelia. Mientras tanto, nosotros los docentes no hemos necesitado desplazarnos para tener actividades académicas en otros lugares, ciudades o países. El mismo día podíamos tener clase en Morelia, dictar una conferencia en Londres, asesorar a un estudiante en Colombia y asistir a una reunión virtual con académicos de todo el mundo. Esta forma de trabajo, imposible sin las nuevas tecnologías, llegó para quedarse. Ahora mismo, después del confinamiento, muchas de mis asesorías, defensas de tesis y reuniones de trabajo tienen lugar en la pantalla, fuera de Morelia.

La superación de la espacialidad y de sus límites ha permitido también abrir el espacio local e institucional. Los intercambios entre lugares e instituciones se han intensificado y estrechado. Muchos de los docentes han tejido nuevas redes nacionales e internacionales o han consolidado las que ya existían. Esta apertura se ha dado también en un estudiantado que ha empezado a circular virtualmente entre ciudades, países e instituciones.

Yo he tenido en mis clases, primero virtuales y luego híbridas, a oyentes, estudiantes inscritos y docentes invitados de Ciudad de México, Aguascalientes, Chiapas, Colombia, Brasil y otros lugares. Muchos de nuestros estudiantes han asistido también a cursos en universidades de otras ciudades y otros países, lo que les ha permitido a veces tener cursos que no existen en la Universidad Michoacana, tomar clases con los autores a los que leen y admiran, conocer a algunos de los mejores especialistas en ciertas materias, mejorar la comprensión de otros idiomas, comparar a sus docentes con los de otras instituciones y conocer otros estilos de enseñanza y otras tradiciones de pensamiento. En general, todo esto ha servido para compensar o subsanar las carencias de los cuerpos docentes de cada institución, atenuando las profundas brechas y desigualdades entre instituciones de educación superior.

Además de todo lo vinculado con la educación a distancia, la pandemia ha tenido otros efectos favorables en los procesos educativos. Uno de ellos ha sido el de motivar a los estudiantes, incluso a los más indiferentes hacia el mundo, a interesarse en la actualidad, las noticias, las informaciones y sus diversas interpretaciones.  Desde que ejerzo la docencia, no había conocido ningún acontecimiento que atrajera tanto la atención del estudiantado, que los impulsara tanto a investigar, a saber y entender lo que ocurre, lo que resulta comprensible cuando se considera la trascendencia que ha tenido la pandemia en sus vidas cotidianas.

Además de impulsar a los estudiantes a informarse, la pandemia los ha llevado a pensar en lo que ocurre en el mundo y en los efectos de las fuerzas biológicas, económicas y políticas en la salud, el bienestar y la vida misma de las poblaciones. Los estudiantes han tomado conciencia de que su esfera más próxima, todo lo que son y viven día tras día con sus familiares y amigos, puede ser arrasado por factores externos que deben conocer. Podemos decir, entonces, que la pandemia ha tenido también efectos de sensibilización, conscientización, reflexión y repolitización.

El interés en la pandemia de coronavirus ha logrado estimular en el estudiantado una serie de operaciones afectivas y cognitivas que podrían contribuir positivamente a su desempeño en los procesos educativos. Una de ellas es la capacidad para integrar saberes diferentes ante un fenómeno global. Para comprender algo de la situación pandémica y sus efectos, las personas han debido realizar espontáneamente, como han podido, una combinación y articulación de informaciones heterogéneas provenientes de múltiples campos como la biología, la ecología, la medicina, la psicología, la demografía, la sociología, la economía y la política. Estos campos han sido integrados de modo bastante adecuado por algunos estudiantes, como si tuvieran bastante experiencia en la investigación transdisciplinar, lo que pude constatar el año pasado al impartir la asignatura de Trabajo Integrativo en la Facultad de Psicología.

En el retorno a las clases presenciales, pude observar otro efecto favorable de la pandemia, el de la revalorización del espacio físico real, público y universitario. Los estudiantes y los docentes hemos revalorizado este espacio al perderlo, al echarlo de menos, al apreciar todo lo que nos ofrece y que no puede remplazarse ni compensarse a través de la virtualidad. En este sentido, una estudiante me decía que el confinamiento y el trabajo a distancia la hizo, en sus propios términos, “asquearse” de la computadora y del celular y hacer todo lo posible para conectarse menos al internet y más con el mundo real y con sus seres queridos. Tenemos aquí otro posible efecto favorable de la pandemia, el del restablecimiento de tejidos familiares, vecinales y comunitarios, que son acosados y degradados por las nuevas tecnologías desde antes de la dispersión global del coronavirus.

Efectos desfavorables de la pandemia

Los dos últimos efectos favorables a los que me referí nos dejan ya entrever efectos deplorables de la pandemia como los que abordaré ahora. Es importante considerar también estos efectos negativos para no ceder a una lógica de optimismo cínico y mezquino, típico del sistema capitalista, en el que se intentaría valorizar, rentabilizar y capitalizar incluso una catástrofe humanitaria como la pandemia. Es lo que han hecho las compañías farmacéuticas y de nuevas tecnologías, pero no veo por qué deberíamos hacerlo en una universidad pública.

Después de todo, si nos fiamos a los radiantes empresarios que publicitan las oportunidades abiertas por la pandemia, las nuevas tecnologías permitirían prescindir al fin de las onerosas y problemáticas instituciones de educación superior. Los más aptos de nosotros deberíamos limitarnos a preparar los cursos en línea, grabarlos y desaparecer. Ya no se necesitarían más nuestros servicios.

Aunque sea para justificar la existencia de las universidades y de los universitarios, pero no sólo por eso, debemos pensar en los efectos desfavorables de la pandemia, que es lo que haremos ahora, comenzando una vez más por los relacionados con la educación a distancia. El primero de estos efectos negativos tiene que ver con un tema sobre el que se discutió mucho en los últimos años, el de la conveniencia o no de exigir a los estudiantes que mantuvieran encendidas sus cámaras durante las sesiones en Zoom o en Google Meet. La opinión que se impuso, con la que yo personalmente estoy de acuerdo, es que no deberíamos exigir encender las cámaras por dos razones: porque todas las cámaras encendidas afectaban la transmisión y porque los jóvenes se encontraban en sus casas y era una intrusión en su vida privada, sin contar con que muchos de ellos estaban en espacios que tal vez no quisieran mostrar por su carácter miserable, por vergüenza o por otros motivos. Esto último fue parcialmente resuelto por la función de programar el fondo de pantalla, pero, de cualquier modo, al menos en mi facultad, me parece que se impuso generalmente la visión de no solicitar las cámaras encendidas.

El problema de las cámaras apagadas, que yo resentí constantemente, fue la sensación de soledad, de monólogo, de falta de interacción con los estudiantes, que yo resolví suplicándoles que al menos dos o tres de ellos mantuvieran encendida su cámara. Sin embargo, aun con los rostros de esos estudiantes y aun en reuniones en las que todas las cámaras estaban encendidas, continué sintiendo que algo fundamental estaba faltando en las clases. Ni el cuerpo ni el rostro estaban de verdad ahí. Las miradas no me veían a mí, ya que se fijan en la pantalla y no en la cámara, produciendo un sesgo que da la impresión de ausencia y desatención. Faltaba, de hecho, el maravilloso juego de miradas y movimientos que se teje en una situación colectiva como la clase presencial. Faltaba también un espacio compartido con su proximidad, su luminosidad, sus sombras y sus resonancias sonoras.

Todo lo que falta en las pantallas es algo fundamental para seres, como los humanos, que han evolucionado biológicamente en espacios materiales y tridimensionales, reales y no virtuales, teniendo una sensibilidad que sólo se despliega plenamente en la realidad y no en la virtualidad. La falta de todo lo que he dicho mutila irremediablemente cualquier experiencia humana, incluyendo las experiencias de enseñanza-aprendizaje, que involucran comunicación no-verbal, miradas, gestos, otros movimientos del cuerpo, formas de configuración y ocupación del espacio y muchos otros elementos que se pierden en las nuevas tecnologías. 

La educación a distancia también ha reducido los procesos educativos a su aspecto formal, provocando la desaparición de modalidades informales de enseñanza-aprendizaje, entre ellas las asesorías de pasillo, las explicaciones en los jardines, la participación espontánea en investigaciones de campo, la implicación con los docentes en movimientos sociales y otras experiencias educativas análogas. Sabemos que estas experiencias, que pueden llegar a ser las más significativas para los estudiantes, han ido perdiendo terreno y autenticidad a causa de la importancia cada vez mayor de la evaluación con respecto a la educación y a causa también de programas como el ESDEPED que llevan a los docentes a buscar un beneficio en puntos y pesos a cambio de cualquier trabajo. El retroceso de las modalidades informales de enseñanza-aprendizaje se ha visto lógicamente acelerado en la educación a distancia en la que falta un espacio real compartido para la informalidad.

Otro efecto desfavorable de la educación a distancia ha sido el de provocar nuevas exclusiones e inequidades o reforzar las ya existentes. Sabemos que el acceso a internet no es el mismo ni en los diferentes estratos socioeconómicos ni en todas las regiones del país. Algunos estudiantes de la clase media moreliana podían seguir los cursos sin problemas, mientras que otros estudiantes de clases populares y de comunidades rurales sufrían constantes interrupciones de transmisión que afectaban su aprendizaje. Estos mismos estudiantes carecían a veces de una computadora propia, debiendo compartir un equipo con toda la familia o emplear su celular y pagar datos para asistir a clases. Algunos de ellos debían realizar trabajos en sus casas o ranchos y se encontraban en espacios muy reducidos y ruidosos compartidos con los demás miembros de sus familias, mientras que otros estudiantes, además de su equipo propio y su excelente señal de internet, disponían de todo su tiempo libre y de una habitación exclusiva para ellos.

Las desigualdades recién mencionadas y otras más han provocado la exclusión de muchos estudiantes, precisamente muchos de aquellos para los que existe la educación pública, lo que debería llevar a un proceso de reflexión y de autocrítica en las instituciones. En mi caso, conozco a varios estudiantes que debieron abandonar sus estudios por causas que remiten en última instancia a carencias económicas. Esto resulta escandaloso, por decir lo menos, en una universidad pública, incluyente y con vocación popular como la nuestra.

Aunque ignoro cómo habríamos podido evitar lo que acabo de explicar, pienso que deberíamos al menos reflexionar sobre lo que significa para nuestra labor docente que ahora enseñamos para quienes quedaron, para quienes tuvieron la fortuna de poder continuar, que no tienden a ser los más desfavorecidos, pues sabemos que la pandemia de coronavirus causó mayor mortalidad y más rezago escolar en los estratos más bajos de la sociedad. Incluso muchos estudiantes de educación media superior no llegarán a la Universidad Michoacana por causa de la pandemia que los hizo rezagarse, abandonar los estudios e incluso morir de COVID. E insisto: los que no llegarán pertenecen predominantemente a los sectores populares para los que más tiene sentido y utilidad la universidad pública.

Además de provocar nuevas exclusiones e inequidades, la educación a distancia ha contribuido también a generar nuevas formas de simulación ampliamente practicadas por estudiantes y docentes. Ha sido bastante frecuente que los asistentes a reuniones virtuales, al no tener que encender sus cámaras, únicamente se conectaran y estuvieran sin estar, dedicándose a otras ocupaciones. Esta nueva simulación y otras más han venido a sumarse a las que ya operan en los espacios universitarios, delatando un predominio de la forma sobre el contenido e imperando cada vez más a través de las supuestas acreditaciones de calidad, la puntitis a costa de la enseñanza, la anteposición de las evaluaciones sobre el aprendizaje y otros indicios del funcionamiento de la universidad como un gran mercado en el que se ofrecen calificaciones, constancias, acreditaciones, puntos y pesos como los aportados por el SNI y el ESDEPED.

El funcionamiento de la universidad como un mercado pone en evidencia la asimilación o subsunción de los procesos educativos en el sistema capitalista. Esta misma subsunción, que representa una subrepticia privatización de lo público, adopta una forma descarada en la educación a distancia cuando la enseñanza pública se realiza en plataformas privadas como las de Zoom, Google Meet o Microsoft Teams.

Deberíamos preocuparnos un poco más al considerar cómo los grandes capitales han alojado los procesos educativos en los últimos años. Aunque no siempre cobren por ello, sabemos que no saben hacer nada sin obtener alguna ganancia. ¿Qué están ganando Zoom y Google y las demás empresas? Para empezar, sus plataformas de educación a distancia les han servido para publicitarse, volverse habituales e indispensables, atraernos y fidelizarnos, apoderarse de sectores cada vez más amplios de nuestras vidas, hacernos sentir que estamos en deuda con ellos, consolidar su monopolio para poder luego cobrar por lo que ofrecen, pero también moldear internamente lo que alojan, estructurándolo de ciertas formas que no son ideológicamente neutras.

No hay neutralidad alguna, por ejemplo, en la estrategia de divide y vencerás que subyace a la fragmentación de la subjetividad colectiva en individuos aislados ante su cámara. Usando los términos de Marx, estamos ante una subsunción real y no sólo formal del aprendizaje en el sistema. El sistema tiende a absorberlo todo en nuestras vidas.

La cada vez mayor absorción de nuestras vidas en el sistema se pone de manifiesto en otro efecto negativo de la pandemia: el de la sobresaturación y el exceso de trabajo de los estudiantes y docentes como consecuencia de la educación a distancia. Primero fueron los estudiantes que se quejaron de que les dejaban demasiadas tareas en casa. Luego los docentes observaron que debían estar siempre disponibles, que no se respetaban sus horarios y que estaban trabajando finalmente muchas más horas que antes del confinamiento.

Poco a poco nos dimos cuenta de que ya no teníamos un refugio para descansar, que nuestro espacio privado había desaparecido, que nuestro hogar era también un lugar de trabajo. La educación a distancia redujo drásticamente nuestro espacio vital, parte de nuestra intimidad y las distancias que nos protegían. Paralelamente, al suprimirse los tiempos necesarios para los desplazamientos en el espacio real, se nos despojó de pausas en las que nos recuperábamos, en las que recobrábamos el aliento, en las que respirábamos y descansábamos al cambiar de actividad.

La superación de la espacialidad con sus límites hizo que algunos de nosotros mantuviéramos demasiadas relaciones de trabajo con estudiantes y colegas de otras instituciones y de otros países. Las colaboraciones externas y las invitaciones a eventos virtuales han continuado tras el confinamiento a un ritmo insostenible. Al ahorrarse los viáticos, resulta demasiado fácil invitar a docentes de otras instituciones, lo que se traduce para ellos en un excedente de trabajo que se agrega a sus obligaciones cotidianas. Ya de por sí teníamos demasiado trabajo en la Universidad Michoacana y de pronto nos descubrimos trabajando intensivamente para otras instituciones.

Desde luego que podemos declinar invitaciones, pero incluso para eso necesitamos tiempo. Las comunicaciones han ido multiplicándose para cada uno de nosotros y para una fracción cada vez mayor de la población mundial. El uso del internet aumenta de un modo vertiginoso y tiene efectos ambientales cada vez más importantes. Además de la creciente contaminación provocada por baterías, celulares y computadoras, debe considerarse que el tráfico digital genera ya un 4% de las emisiones de gases a efecto invernadero que provocan el calentamiento climático. Esta cifra es aún modesta, pero no deja de aumentar debido a nuestro uso cada vez más intenso e irresponsable del internet, de nuestras computadoras y de nuestros celulares.

Cada vez habitamos más en el espacio virtual y menos en el mundo real. Hay una progresiva deserción y desertificación de la realidad. Estamos devastando el planeta mientras nos dejamos extraviar en las pantallas. También a esto ha contribuido el desarrollo de la educación a distancia durante la pandemia.

Además de todo lo asociado con la educación a distancia, la pandemia ha tenido otros efectos desfavorables en los procesos educativos, efectos a los que deseo referirme antes de terminar. Uno de ellos ha sido la contracción económica, la cual ha provocado una precarización y vulnerabilización de sectores sociales cuyos jóvenes han tenido que desertar de sus escuelas y universidades. Muchos estudiantes han debido abandonar los estudios y ponerse a trabajar tras la inhabilitación, el desempleo o incluso la muerte por COVID de las cabezas de sus familias.

Otros efectos desfavorables de la pandemia han obedecido al confinamiento. La reclusión en las casas y en las pantallas ha implicado primeramente un sedentarismo que ha tenido a veces graves secuelas en la salud de los estudiantes y docentes. La salud física y mental se ha visto igualmente deteriorada por el encerramiento, por la falta de actividades al aire libre, pero sobre todo por la falta de contactos sociales.

Al apartarnos de la sociedad, el distanciamiento y el confinamiento han supuesto igualmente un triunfo y un avance de lo privado sobre lo público. Hemos abandonado las calles, las plazas, los parques, los locales de organización política y los espacios universitarios para permanecer dentro de nuestras casas. El espacio privado y doméstico, el reservado a los individuos y sus parejas o familias, ha ganado terreno sobre el espacio público y compartido, el de los ciudadanos y el de todos los seres humanos, el de la comunidad humana. Esta mutación ha sido observada en todas las esferas de nuestras vidas, incluso en la del transporte.

Conozco a personas que, por causa de la pandemia, empezaron a utilizar el automóvil o el taxi o el Uber y dejaron de usar colectivos, camiones, combis y metro, lo cual, aunque no suela reconocerse, tiene consecuencias insospechadas en la esfera subjetiva. Un sujeto que viaja en autobús no es igual a uno que se desplaza en su coche propio. Sus respectivas relaciones con el entorno y con los demás son divergentes. La divergencia en la relación termina traduciéndose inevitablemente en una divergencia en los comportamientos, pensamientos y sentimientos de cada uno. Un conductor no puede ni sentir ni pensar ni comportarse de la misma forma que un peatón o un usuario de transporte público. Su forma de existir y su lugar en el mundo son completamente diferentes. La diferencia es precisamente la que hay entre lo público y lo privado, entre la comunidad y la familia o el individuo, con todas sus implicaciones culturales, sociales, políticas e ideológicas.

El distanciamiento social, el confinamiento y el resultante avance de lo privado sobre lo público han comportado también una desvinculación y despolitización de nuestros estudiantes en un momento crucial de sus vidas. Muchos jóvenes de la generación pandémica no habrán tenido la ocasión de participar en esos grupos y movimientos colectivos que han sido tan determinantes para la formación ética, social y política de muchos de nosotros. Yo considero que me formé como la persona que soy, no tanto en las aulas de la preparatoria y de la universidad, sino en mis experiencias militantes juveniles y estudiantiles en los espacios institucionales, callejeros y comunitarios. Estas experiencias les han sido arrebatadas a muchos jóvenes de la generación de nuestros estudiantes. El costo podría ser muy alto en términos de conciencia política, identidad colectiva, capacidad crítica e insumisión ante los abusos del poder.

Con el regreso a las clases presenciales, he notado que los grupos que sólo conocieron la universidad por la educación a distancia tienen a menos estudiantes con historial de militancia política o de activismo social o estudiantil. En caso de que mi impresión personal sea representativa, tendríamos un peligroso corte de tres semestres, una ruptura potencialmente fatal, en las líneas a través de las cuales se transmiten las disposiciones activistas y militantes de los jóvenes. Existe el riesgo de que la falta de un eslabón impida o debilite la transmisión intergeneracional y provoque así, en lo sucesivo, apatía, escepticismo, sumisión, indiferencia política, individualismo posesivo y competitivo, conservadurismo y otras expresiones o consecuencias de la desvinculación y la despolitización de los jóvenes.

La desvinculación y la despolitización podrían ser agravadas por otro efecto negativo de la pandemia: el de la invisibilización de problemas estructurales que han pasado a un segundo plano tras la obsesión generalizada por la pandemia. Conocí esta obsesión el semestre pasado cuando le dejé a un grupo una tarea consistente en aplicar cierta metodología de análisis psicosocial a un problema global elegido por cada uno de los alumnos. Más de tres cuartos de los estudiantes eligieron la pandemia o fenómenos asociados con ella. 

De tanto pensar en el coronavirus, muchos docentes y estudiantes han olvidado los demás problemas que aquejan a nuestro mundo. Estoy pensando en problemas tales como la exacerbación de las desigualdades, la creciente explotación del trabajo, la violencia estructural del capitalismo neoliberal, el ascenso de una ultraderecha racista y sexista, la pérdida de derechos laborales y sociales, la inequidad en los intercambios entre países ricos y pobres, el imparable calentamiento climático, la devastación del planeta y el peligro de extinción de la humanidad por causa de una catástrofe ambiental global. Algunos de estos problemas podrían merecer tanta o más atención que la pandemia, pero es la pandemia la que monopoliza toda la atención de muchos estudiantes y docentes, haciéndoles perder una visión realista y global del mundo en el que viven.

Pensemos, por ejemplo, que el coronavirus nos ha hecho olvidar factores mucho más mortíferos que él, factores causantes de mayor número de muertes en el mundo incluso en tiempos pandémicos, entre ellos el hambre, la miseria, la desertificación, el agotamiento del agua o la contaminación ambiental. ¡Dejamos de pensar en tantas cosas para pensar en el famoso COVID! Por más grave que haya sido, la pandemia quizás no sea lo que más debería estarnos preocupando en el mundo y específicamente en las universidades.

A manera de conclusión

Los efectos desfavorables de la pandemia en los procesos educativos no compensan de ningún modo los efectos favorables. Unos y otros efectos no se ubican en los mismos planos o niveles. No ganamos de un lado lo que perdemos del otro.

Lo seguro es que el coronavirus trastornó la educación y causó profundos cambios en ella como aquellos a los que me he referido. Algunos de estos cambios no han sido revertidos y quizás terminen percibiéndose como irreversibles. Hay aspectos de los procesos educativos, especialmente los asociados con el uso de las nuevas tecnologías, que tal vez nunca vuelvan a ser como habían sido hasta ahora.

Para bien o para mal, nos encontramos en otro mundo que el conocido en 2019. Quizás estemos ahora mejor preparados en las escuelas y universidades para afrontar situaciones como la pandémica, situaciones que podrían volverse cada vez más graves y frecuentes a medida que nos internamos en la fase final del antropoceno, o, mejor dicho, del capitaloceno, como lo ha llamado la teórica feminista Donna Haraway. Estamos aprendiendo a lidiar contra las catástrofes. Ojalá muy pronto, antes de que sea demasiado tarde, aprendamos y enseñemos a evitarlas.

¿Qué presupone la educación a distancia en tiempos de coronavirus?

Distancia

Artículo publicado el 28 de abril de 2020 en el periódico Revolución 3.0

David Pavón-Cuéllar

Escuelas y universidades han cerrado sus puertas. Estamos enseñando y aprendiendo a distancia. Lo hacemos porque debemos hacerlo, pero quizás convenga pensar en algunos posibles presupuestos políticos e ideológicos de nuestras clases virtuales:

1. No es posible parar. No podemos aprovechar ninguna ocasión para detenernos a reflexionar sobre lo que somos y hacemos. Ni siquiera hay tiempo de considerar si existen condiciones para continuar. Sólo debe continuarse. La educación es como la producción capitalista que está devastando el planeta: no puede parar. Además de todo lo que enseñamos a los estudiantes, los docentes debemos enseñarles que no pueden parar. Es algo que todos necesitamos saber para cumplir nuestra función esencial en el capitalismo y en su devastación del planeta.

2. Dependemos absolutamente de los medios tecnológicos necesarios para la educación a distancia. No podemos nada sin ellos. Ahora descubrimos que hay circunstancias en las que no podemos ni siquiera educar y educarnos sin ellos. Todo nuestro poder es ahora el de ellos. Les hemos dado todo el poder. Son de algún modo nuestros amos.

3. Da igual que el poder de los medios tecnológicos esté en su mayor parte en manos de empresas privadas. También da igual que esas mismas empresas hayan demostrado repetidamente lo mal que utilizan el poder que tienen. Sólo interesa que nos den el servicio que necesitamos ahora.

4. No tiene importancia que las empresas privadas produzcan dividendos explotando la educación pública a distancia. Tampoco debe importarnos que esta educación precise de soportes recientes y onerosos, de celulares y equipos de cómputo producidos por otras empresas que también lucran con ellos y que los condenan rápidamente a la obsolescencia programada para que volvamos a comprarlos. Mucho menos debe importarnos la contaminación por los restos tecnológicos, el calentamiento climático por el uso intensivo de Internet, los miles de muertos en tierras africanas para la extracción del coltán utilizado para nuestros celulares y computadoras, etc. Nada importa. Sólo importa continuar.

5. La educación debe concebirse y organizarse tal como se concibe y organiza en los medios tecnológicos. Los contenidos tienen que ser los transmisibles a través de esos medios. Lo que se transmite debe ser lo que puede enunciarse, lo enunciado, y no algo que tenga que ver con esa enunciación en la que estriba la verdad para algunos viejos sabios. El saber tiene que reducirse igualmente a las informaciones transmisibles a través de los medios tecnológicos. No importa que la información sea diferente del saber. Lo importante es que se transmita.

6. La educación está hecha de gestos y palabras que se comunican a través de los medios tecnológicos. Podemos descartar lo demás. La presencia de los docentes y los estudiantes resulta prescindible. Sus cuerpos son descartables. El mundo en el que se encuentran sale sobrando. Tan sólo se necesitan caras para hacer gestos y gargantas para articular palabras. Lo demás lo hacen los medios tecnológicos.

7. Lo que enseñamos puede reducirse a la imagen y al sonido que se transmite a través de los medios tecnológicos. Lo que no pasa a través de este embudo puede quedar atrás. Podemos dejarlo atrás y seguir educando. La educación puede continuar sin que sea necesario un cuerpo, una presencia, un lugar físico.

8. Podemos ahorrarnos el costo de la existencia física de las universidades y las escuelas, de las aulas y los edificios, de los jardines y las bibliotecas, de los espacios y su mantenimiento. La educación puede ser enteramente virtual. Si pudo serlo en tiempos de pandemia, ¿porque no podría serlo después?

9. Así como es posible ahorrarnos los espacios físicos, existe la posibilidad inédita de ahorrarnos los salarios de la mayor parte de los docentes. Podemos videograbar a los mejores y difundir las grabaciones entre los alumnos. Todos los educandos recibirán exactamente la misma educación. Realizaremos así el sueño de uniformización, estandarización y normalización del capitalismo y de sus empresas acreditadoras. Tan sólo subsistirán algunos pequeños sesgos por los imprescindibles docentes que deberán atender las preguntas de los estudiantes.

10. No importa que haya estudiantes que no pueden acceder a los medios tecnológicos necesarios para la educación a distancia. No importa que no tengan computadora o que sólo tengan una que deben compartir con padres y hermanos, que su equipo sea viejo y no puedan comprar otro, que la señal sea mala en la zona rural en la que viven, etc. No importa que se queden rezagados por causa de su pobreza y de otras circunstancias adversas. Tampoco importa que sus familias estén empobreciéndose aún más a causa de lo que estamos viviendo, que los mismos estudiantes estén desesperados, que tengan hambre, que deban ayudar en trabajos familiares o comunitarios. Aunque estemos en la educación pública, no importa que estemos reproduciendo y agudizando las desigualdades entre nuestros estudiantes. No podemos retrasar a los favorecidos de siempre tan sólo para esperar a los desfavorecidos de siempre. Los desfavorecidos tienen que seguir siendo los desfavorecidos. No podemos parar por ellos. No podemos parar. Debemos continuar. Ya luego nos ocuparemos de quienes queden rezagados.

11. No es necesario consultar ni a los docentes ni a los estudiantes ni a sus familiares para implementar la educación a distancia. La decisión de implementarla es una decisión de las autoridades. No incumbe a los principales involucrados. Ellos tan sólo deben obedecer. No están ahí para cuestionar, discutir, pensar y expresarse. El cuestionamiento, la discusión, el pensamiento y la expresión del pensamiento se han convertido en actividades irrelevantes en los medios educativos y universitarios. Los estudiantes no deben aprender todo eso. Tan sólo deben aprender a obedecer, a continuar de manera obediente, siguiendo así el ejemplo de sus docentes.

Nuestra Universidad Michoacana

Charla organizada por los colectivos Nosotros y Grupo Violeta en el Museo de la Ciudad de Zamora, en la Antigua Estación de Ferrocarril, el viernes 9 de febrero de 2018. La charla fue publicada como artículo en Michoacán 3.0, el 10 de febrero de 2018.

David Pavón-Cuéllar

La universidad como lugar de trabajo y de trámites burocráticos

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo no es la misma para todos los que forman parte de ella. Para muchos estudiantes, la universidad no es más que la enorme dependencia gubernamental en la que se tramitan y se expiden calificaciones y títulos universitarios. El trámite para obtener una licenciatura es tan engorroso como cualquier trámite burocrático. Y además es demasiado largo. Se prolonga inútilmente durante varios años. Dura tanto como unos estudios que no son más que el eufemismo con el que nos referimos a los trámites.

Para tramitar el título, hay que pasar cuatro y hasta cinco años en esas extrañas salas de espera a las que denominamos “aulas” o “salones de clase”. Y mientras dura la espera, se debe pasar el tiempo escuchando a esos docentes que no son más que una especie de burócratas, recepcionistas o secretarias, que sólo sirven para proporcionar las informaciones y revisar los documentos que se requieren para obtener unas calificaciones que son a su vez el requisito para expedir los títulos.

Conozco a muchos docentes que se perciben a sí mismos como son percibidos por los estudiantes a los que acabo de referirme. Unos y otros se confirman recíprocamente su visión de los estudios como trámites burocráticos. Unos y otros proceden como si la evaluación fuera la verdad secreta de todo lo que se aprende y se enseña. Los conocimientos no son aquí más que un trámite y carecen de verdad intrínseca. Su verdad está en la evaluación. De lo que se trata es de evaluar y ser evaluado. Mientras que los estudiantes son evaluados para llegar a su titulación, los docentes evalúan para ganar su remuneración. Es todo lo que se espera de la universidad: que evalúe, que titule y remunere.

A mediano y a largo plazo, los estudiantes esperan tan sólo una calificación y finalmente una titulación que les asegure una profesión que les dé para vivir en el futuro. Por su parte, los docentes, que ya tienen su profesión, únicamente esperan su quincena para vivir y finalmente su jubilación que les permita seguir viviendo en la vejez. Para estos docentes, la universidad es como cualquier otro lugar de trabajo. Es un lugar en el que uno hace lo que debe hacer para ganar su salario. Es en este salario en el que radica el sentido esencial de todo lo que se hace.

La universidad como empresa y mercado

Lo que estoy diciendo, en realidad, se ha complicado en los últimos años. Desde hace algún tiempo, con la irrupción del neoliberalismo en la universidad, los salarios han ido perdiendo su valor proporcional y todo ha empezado a girar en torno a los suplementos que se agregan al salario, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Estímulo al Desempeño (ESDEPED). Estos estímulos han adquirido tanta importancia porque permiten duplicar y a veces hasta triplicar el salario. Los docentes ganan cada vez menos por su salario y cada vez más por el SNI o el ESDEPED.

¿Y cómo se obtienen los estímulos? A cambio de puntos que se consiguen con productos como tesis dirigidas, tutorías suministradas, artículos publicados o ponencias presentadas en congresos. Todo lo que el profesor-investigador hacía gratuitamente en el pasado, todo lo que hacía por obligación o por gusto, de manera forzada o sincera y auténtica, ahora lo hace de manera tramposa, por afán de lucro, a cambio de una ganancia en puntos que se canjean por pesos. Lo mismo observamos en los estudiantes que andan a la caza de apoyos como los de ayudantes de investigadores o becarios del Programa Nacional de Posgrados de Calidad. Todo esto hace que la nueva universidad, la universidad neoliberal, sea un mercado para hacer negocios, un enorme recinto para vender y comprar y entrampar y regatear, un lugar sucio y corrupto en el que los docentes y los estudiantes intercambian calificaciones y puntos que valen pesos. Al final, como era previsible, todo termina operando cuantitativamente para poder convertirse al final en el dinero que imprime su funcionamiento cuantitativo a todo lo demás.

Una vez que el dinero y el provecho monetario dominan la universidad pública, podemos decir que esta universidad está ya privatizada en cierto modo. Esto hace que se nos aparezca de pronto, no sólo como un mercado, sino como una empresa, como una empresa privada, que debe ser autosuficiente o que puede llegar a declararse en quiebra o insolvencia. Es la misma lógica empresarial y mercantil por la que una universidad pública se pone a competir, no sólo por lugares en los rankings de las universidades, sino por más recursos, por acreditaciones que aseguran más recursos y por números de integrantes del SNI o de programas PNPC que aseguran acreditaciones. La universidad neoliberal es vista como una empresa que debe ser competitiva en el mercado nacional e internacional de la educación superior. Ella misma es también percibida internamente como un mercado en el que los docentes deben competir unos con otros como empresarios.

Los docentes-empresarios van ganando terreno sobre los docentes-burócratas. Los trabajadores del sector público van perdiendo posiciones que ceden a los profesores-investigadores que ya no se perciben como trabajadores, sino como comerciantes independientes que adquieren sus ingresos en forma de ganancias a cambio de productos académicos. Estos nuevos universitarios alcanzan a tener muy altos ingresos que se reflejan en su forma de vida, en las escuelas y universidades privadas tan onerosas en las que estudian sus hijos, en su abandono del transporte público, en sus coches caros y en los barrios burgueses en los que habitan, en sus viajes y en los restaurantes y hoteles elegantes que escogen al viajar, así como también en su concepción de los sindicatos como grupos de interés y gremios de comerciantes, en su insistencia en distinguirse de los intendentes y los demás trabajadores universitarios, en su desprecio por los profesores que aún se perciben como simples burócratas y que no han sabido, como ellos, lucrar exitosamente con la educación y la investigación.

Para los nuevos docentes-empresarios del neoliberalismo, la Universidad Michoacana es una empresa y un mercado, un emocionante lugar para hacer negocios, mientras que para los docentes burócratas, como vimos, era y sigue siendo un aburrido lugar de trabajo, un sitio para ganar el pan diario con un salario bastante modesto que no se compara con las altas remuneraciones de los docentes-empresarios. Actualmente vemos coexistir estas dos universidades michoacanas, la de abajo y la de arriba, la de siempre y la nueva, la que se empobrece y la que se enriquece, la que retrocede y la que avanza, la burocrática y la empresarial, la de la educación como trámite y la de la educación como negocio, la del Estado benefactor y la del Estado neoliberal.

La universidad como trampolín y botín político

Ahora bien, además de una destartalada maquinaria burocrática-gubernamental y de un flamante artilugio mercantil-empresarial, ¿acaso nuestra universidad no es nada más? Desde luego que lo es. Para los gobiernos estatales y para los partidos políticos, por ejemplo, es una plaza estratégica y un valioso botín. Es también un trampolín hacia el poder para ciertos rectores, como Salvador Jara, quien evidentemente instrumentalizó la institución y la sacrificó a sus ambiciones.

Cuando la Universidad Michoacana es vista como un trampolín o como un botín político, se hace uso de ella para un provecho personal, tal como se le utiliza también para el mismo provecho personal cuando se le concibe como un mercado, como una empresa o como una dependencia gubernamental. Unos reciben salarios, calificaciones y títulos de la universidad mientras otros consiguen jugosas ganancias y ocasiones de negocios académicos, y otros más obtienen poder, influencias y diversas canonjías. Cada uno saca su tajada.

La Universidad Michoacana tiene algo para cada uno: para quien sigue sus ambiciones políticas, para quien desea enriquecerse y para quien sólo quiere una quincena o un salario para sobrevivir. Para cada uno de ellos, la universidad cumple funciones diferentes. El problema es que estas funciones adquieren tanta importancia que al final terminamos creyendo que la universidad sólo existe para cumplirlas. Es entonces cuando se nos olvidan otras funciones de la universidad, incluso aquellas funciones básicas y generales por la que existe cualquier universidad.

La universidad como universidad

¿Para qué existe una universidad? No para expedir títulos ni para pagar salarios ni para obtener becas ni para enriquecer y aburguesar a los investigadores nacionales ni mucho menos para que los rectores lleguen a puestos de subsecretarios en el gobierno federal. No es para todo esto para lo que sirve una universidad, sino para cumplir funciones tan fundamentales como las que no dejan de proclamarse a los cuatro vientos en el mismo ámbito universitario: la enseñanza y el aprendizaje, la formación de los futuros profesionistas, la docencia y la verdadera investigación, la generación y la difusión de conocimiento, la acumulación y la transmisión del saber, la discusión y la reflexión crítica sobre lo que ocurre en el mundo, etc.

Las funciones recién mencionadas son las funciones mínimas que debe cumplir una universidad para seguir siendo la universidad que es. Cuando no se cumplen estas funciones y se prefiere cumplir aquellas otras a las que ya nos referimos antes, la universidad deja de ser una universidad para convertirse en otras cosas: oficina, sala de espera, mercado, empresa, botín o trampolín. Todo esto puede ser útil, pero no es la universidad porque no cumple con las funciones de la universidad.

Las funciones de la universidad son conocidas por todos los universitarios. El problema es que poco a poco se han ido convirtiendo en pretextos o justificaciones que sólo sirven para encubrir las verdaderas funciones que se han asignado a la institución. Es así como la universidad se vacía de contenido, se ahueca de sí misma, y se va convirtiendo en la fachada superficial que disimula todo aquello que la posee por dentro y que no tiene absolutamente nada que ver con la universidad: las influencias, los poderes, los trámites, las acreditaciones, las calificaciones, los puntos, los pesos, los niveles en el ESDEPED y en el SNI, los otros estímulos y todo lo demás. Todo esto es como un amasijo de larvas, de parásitos que están corrompiéndolo todo, que están devorando la médula misma de la universidad tras la fachada universitaria.

¿Pero acaso la Universidad Michoacana se ha convertido ya en una cáscara vacía? No, todavía no, aún hay una universidad en la universidad. Hay todavía enseñanza y aprendizaje, investigación y reflexión, formación de excelentes profesionistas y muchas cosas más. A pesar de tanta simulación, la universidad sigue existiendo auténticamente como universidad. La universidad como universidad no sólo ha sobrevivido a los últimos recortes presupuestales, sino también a todo lo que la carcome por dentro, a todo lo que la va destruyendo, a la eterna politiquería estatal, al viejo burocratismo y ahora también a la nueva tecnocracia. Todo esto, por más que afecte y amenace la actividad universitaria, no ha impedido que la universidad siga cumpliendo sus funciones y siga siendo así una universidad.

Nuestra universidad en su historia

Nuestra universidad no deja de ser una universidad en la que se cumplen cotidianamente las funciones propias de cualquier universidad. Y además de continuar cumpliendo estas funciones y seguir siendo lo que es, la Universidad Michoacana es todavía nuestra universidad, la Universidad Michoacana, diferente de cualquier otra y aún capaz de cumplir aquellas funciones por las que se ha distinguido en la historia. No me refiero, desde luego, a las mezquinas funciones burocráticas, políticas y mercantiles-empresariales que ya mencioné y que resultan profundamente incompatibles con una universidad. No, no estoy pensando en estas funciones que devoran por dentro el ámbito universitario, sino en otras con las que se profundizan y radicalizan las funciones propias de la universidad como universidad.

En la Universidad Michoacana, por ejemplo, ha sido muy común que enseñemos, no sólo a ejercer una especialidad profesional, sino a ejercerla en un sentido subversivo y transformador. Nuestros estudiantes han aprendido frecuentemente a cuestionar, denunciar y revindicar, y no sólo a curar, calcular, convencer o razonar. Además de formar a buenos profesionistas, los nicolaitas hemos formado a luchadores consecuentes, líderes populares, defensores de sus comunidades y hasta héroes de la historia de México. Hemos transmitido gérmenes de rebeldía, ideales y no sólo conocimientos, aspiraciones y no sólo saberes. Muchos de nuestros docentes y rectores no han sido sólo científicos e intelectuales respetables, sino también modelos de lucha, pensadores críticos, revolucionarios y reformadores sociales, combatientes por la justicia y por la igualdad.

Lo que estoy diciendo no basta para describir aquello en lo que estoy pensando, aquello por lo que se distingue nuestra Universidad Michoacana, pues no se trata de algo abstracto y general, sino de algo tan concreto y tan singular que tan sólo puede llegar a vislumbrarse al recordar sus expresiones históricas. Es en su larga historia en la que nuestra institución ha desplegado todo aquello por lo que se distingue. Lo distintivamente nicolaita es lo que se ha manifestado, por ejemplo, en las ideas y en los actos de las grandes figuras cuyos nombres pautan la historia de la Universidad Michoacana.

El nicolaicismo y su lucha por la igualdad y por el respeto a los indígenas

Lo nicolaita empezó a esbozarse cuando nuestro fundador Vasco de Quiroga, quien estableció el Colegio de San Nicolás Obispo en 1540, defendió a los indígenas purépechas contra el desprecio y contra los abusos de los que eran víctimas, y terminó legándoles el Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Esta gratuidad sigue siendo una bandera de lucha para los estudiantes de la Universidad Michoacana. Lo nicolaita se mantiene vivo a través de la educación gratuita de los miles de indígenas que pasan diariamente por las aulas de nuestra universidad.

No son ya sólo purépechas, sino nahuas, otomíes, mixtecos, tzotziles y muchos otros que sólo pueden hacer estudios universitarios porque existe la Universidad Michoacana con su gratuidad y sus casas de estudiantes. Nuestra universidad se distingue así por el vínculo profundo que la une a los pueblos originarios y que le hace pagarles al menos una ínfima parte de la enorme deuda que se ha contraído con ellos. Esta deuda fue ya reconocida por Vasco de Quiroga. Reconocerla es una manera de ser nicolaita.

El mismo elemento nicolaita volvió a manifestarse cuando Miguel Hidalgo, estudiante, maestro y rector de nuestra universidad, se lanzó también a la defensa de los indígenas mediante su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. Esta misma defensa de los indígenas, indisociable de lo nicolaita, fue retomada por otro estudiante del Colegio de San Nicolás, José María Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias de los frutos propios de este reino” y abolió cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.

El nicolaicismo y su lucha por nuestra libertad y nuestra independencia

Como bien sabemos, además de haber defendido la igualdad y el respeto a los indígenas, los nicolaitas Hidalgo y Morelos combatieron y murieron por nuestra libertad y así abrieron el camino que llevó a que México se independizara del yugo colonial español. Este camino fue también desbrozado por otros alumnos del Colegio de San Nicolás, entre ellos Ignacio López Rayón, José María Izazaga y José Sixto Verduzco. No es retórica vacía cuando se afirma que nuestra universidad es cuna de la independencia de nuestro país.

Tanto se comprometieron los nicolaitas con los ideales de libertad e independencia que el gobierno colonial decidió clausurar el Colegio de San Nicolás. Esta clausura es muy significativa. Confirma la manera en que lo nicolaita se asocia con unas aspiraciones de libertad e independencia que siguen siendo vigentes ante la situación dependiente neocolonial de México.

En 1845, varios años después del triunfo de la Independencia, el Colegio de San Nicolás fue reabierto bajo el nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Su reapertura fue posible por el empeño de otro ardiente defensor de nuestra libertad, el gobernador y político liberal Melchor Ocampo, quien le heredó a nuestra universidad, no sólo su biblioteca privada, una de las mejores de la época en México, sino su propio corazón conservado en formol.

El nicolaicismo y su lucha por el socialismo

Melchor Ocampo también pasó a la historia por luchar contra los privilegios y por el trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta lucha por la igualdad, que había sido ya la de Morelos, es otro aspecto definitorio del nicolaicismo. La vemos reaparecer en los tiempos de la Revolución Mexicana y materializarse en el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, la cual, entre 1915 y 1918, ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.

El primer albergue estudiantil fue cerrado en 1918 por un revolucionario moderado, el gobernador Pascual Ortiz Rubio, el mismo que un año antes, en 1917, fundara la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, la primera universidad autónoma de América Latina. Es preciso entender que esta nueva forma institucional universitaria del Colegio de San Nicolás no fue una simple gestión burocrática del gobernador, sino una consecuencia directa de la gesta revolucionaria. Fue la Revolución Mexicana la que se expresó en la existencia misma de la universidad y especialmente a través del socialismo nicolaita: la expresión más acabada, radical y consecuente del espíritu igualitario del nicolaicismo y de los ideales de la Revolución Mexicana.

El primer gran exponente del socialismo nicolaita, Isaac Arriaga, alumno y maestro del Colegio de San Nicolás, participó en la Revolución Mexicana, hizo reparto de tierras entre los campesinos michoacanos y terminó siendo asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. En las siguientes décadas, esta misma furia se desató una y otra vez contra la izquierda nicolaita, siempre atacada por el sector empresarial y por el ala derechista del gobierno, lo que no le impidió tener a valiosos exponentes entre los rectores de la universidad, como Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Porfirio García de León entre 1946 y 1949, y Eli de Gortari entre 1961 y 1963, todos ellos estrechamente vinculados con el cardenismo, con el proyecto nacional de educación socialista y con los propios estudiantes nicolaitas. No hay que olvidar que Vázquez Pallares debió rendir protesta como rector ante los mismos estudiantes, mientras que García de León y Eli de Gortari contaron con el apoyo de movilizaciones estudiantiles que fueron duramente reprimidas. Esta represión llegó hasta el asesinato de cuatro estudiantes: Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl en 1949, Manuel Oropeza García en 1963 y Everardo Rodríguez Orbe en 1966.

El socialismo nicolaita no sólo provocó la represión gubernamental, sino que ayudó a que resurgieran las casas de estudiantes y que funcionaran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. Fue también gracias al mismo socialismo nicolaita que hubo los dos momentos de mayor esplendor intelectual en la historia de la universidad. En el primero, que se extendió entre los años treinta y cuarenta del siglo XX y que se vio promovido por el rector Vázquez Pallares y favorecido por el exilio de la Guerra Civil Española, nuestra universidad acogió a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el intelectual cubano Juan Marinello, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles Juan David García Bacca, José Gaos, Ramón Xirau, María Zambrano, Adolfo Sánchez Vázquez y José Manuel Gallegos Rocafull, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió en 1948 un golpe de estado que lo hizo regresar a Morelia.

En el segundo momento de efervescencia intelectual de nuestra universidad, auspiciado por los rectores marxistas Elí de Gortari (entre 1961 y 1963) y Alberto Bremauntz (entre 1963 y 1966), contamos entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época, entre ellos el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el politólogo Arnaldo Córdova, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos José Luis Balcárcel y Jaime Díaz Rozzotto. Estos distinguidos profesores fueron destituidos por la misma represión del gobernador Agustín Arriaga Rivera que se deshizo del rector Elí de Gortari, que asesinó a Manuel Oropeza en 1963 y a Everardo Rodríguez en 1966, y que en el mismo año de 1966 encarceló a dos futuros grandes exponentes de la izquierda nicolaita: el poeta comunista Ramón Martínez Ocaranza, primero estudiante y luego docente de nuestra universidad, y el incansable luchador Efrén Capiz Villegas, quien estudió también en la Universidad Michoacana y fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ), que ha sido una eficaz arma de lucha de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero que también ha sufrido una violencia represiva que se ha saldado con el asesinato de más de setenta de sus miembros y con innumerables encarcelamientos, desalojos y torturas.

La Universidad Michoacana como lugar de trabajo, resistencia y lucha

La brutal violencia contra los comuneros de la UCEZ no debe disociarse de la represión contra los docentes y los estudiantes de la izquierda nicolaita. El proyecto de esta izquierda, lo mismo en su aspecto crítico reflexivo que en su orientación práctica socialista e igualitarista, no debe abstraerse tampoco de la historia de luchas populares en Michoacán, México y América Latina. Esta historia, de hecho, se ha visto nutrida una y otra vez por los nicolaitas a través de organizaciones como la UCEZ e incluso a través de una guerrilla como el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), pero también con movilizaciones como las recientes por Ayotzinapa e iniciativas como la del apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas que luchan por su autonomía.

En todos los casos, ahora como en tiempos de Miguel Hidalgo y de Isaac Arriaga, vemos coincidir las aspiraciones de los universitarios con las del pueblo que vive y sufre afuera de la universidad. Esto es lógico. Los michoacanos, mexicanos y latinoamericanos han luchado incesantemente por las mismas causas de lucha de los nicolaitas: por el respeto a los pueblos originarios, por nuestra libertad y nuestra independencia, por la igualdad y los demás ideales de la auténtica Revolución Mexicana, la que parece haberse perdido, la interrumpida, la que todavía no se ha ganado.

No es exagerado sostener que nuestra Universidad Michoacana es también un bastión revolucionario e independentista. Mientras que los políticos y gobernantes corruptos y vende-patrias no dejan de hacer todo lo que pueden para destruir el valioso legado histórico de la Independencia y de la Revolución Mexicana, muchos nicolaitas han intentado preservarlo con sus luchas, pero también simplemente a través de la educación gratuita y popular ofrecida en la universidad pública. Esto hace que deban trabajar para preservar la universidad, la universidad como universidad, lo que no se consigue sino al oponerse a todo lo que la está degradando: el burocratismo tedioso y estúpido, la mezquina tecnocracia capitalista neoliberal y la tramposa instrumentalización política de la institución.

Lo que está devorando interiormente a nuestra universidad es lo mismo que está destruyendo a nuestro país y a nuestro continente: el capitalismo, el neoliberalismo, la desigualdad, la corrupción, la politiquería, la simulación. Luchar contra todo esto es lo mismo que trabajar en la universidad como universidad, en ella y por ella, y así resistir contra lo que la carcome por dentro. La resistencia es la única forma honesta en la que puede hacerse hoy en día el trabajo docente universitario, haciéndolo de verdad, sin trampas ni simulaciones. Para un profesor de la universidad, enseñar de verdad ya es resistir, y resistir es empezar a luchar.

Universidad Michoacana: entre la insolvencia y la resistencia

Conferencia en el panel ¿Hacia dónde llevan a nuestra universidad?, convocado por el Frente para la Defensa de la Educación Pública y realizado el jueves 23 de noviembre de 2017 en el Aula Mater del Colegio de San Nicolás, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Evaluación

No hay nada que me entristezca tanto como aquellos estudiantes que tan sólo piensan en sus calificaciones. Están siempre concentrados en el diez que desean y no en todo lo que pueden aprender en sus clases. No les interesa lo que se evalúa, sino su evaluación. Todo su aprendizaje sirve para obtener una buena calificación final. Después, una vez que la obtienen, pueden olvidar todo lo demás, pues la evaluación era lo que les importaba, el sentido mismo del curso, la verdad a la que podía reducirse todo lo demás. Para estos recolectores de calificaciones y no de saberes, todo puede ignorarse en la carrera que se estudia mientras uno haya juntado suficientes dieces que luego puedan canjearse por un buen título.

Afortunadamente, al menos en las tres facultades en las que laboro, hay relativamente pocos estudiantes que sólo piensen en sus dieces. Me temo que son cada vez más, pero son aún pocos. El fenómeno de anteponer la evaluación a lo evaluado es más común entre los docentes, cada vez más obsesionados por sus constancias, por sus puntos, por sus promociones, por su perfil PRODEP, su puntaje en el ESDEPED y su permanencia o su nivel en el SNI. A veces tengo la impresión de que estas evaluaciones han terminado siendo lo que verdaderamente importa en la actual vida universitaria, la verdad secreta de todo lo que enseñan los profesores, tal como las calificaciones también son como la verdad secreta de todo lo que aprenden los malos alumnos a los que ya me referí.

Así como hay estudiantes que únicamente piensan en sus calificaciones, así también hay docentes que tan sólo piensan en sus evaluaciones, y así también hay funcionarios, al interior y al exterior de la universidad, que solamente son capaces de pensar en acreditaciones y en otros indicadores análogos. Observamos el mismo fenómeno en los tres casos, pero no en el mismo grado, pues me parece que se agrava a medida que ascendemos en la jerarquía universitaria. Como lo había dicho, aquellos a quienes únicamente les importan las evaluaciones son aún escasos entre los estudiantes, pero son muy numerosos entre los docentes y me atrevo a decir que son la inmensa mayoría de los funcionarios. Considero que esta diferencia corresponde a un grado variable de perversión por el sistema que rige las evaluaciones. Los funcionarios serían los más pervertidos, los docentes lo serían un poco menos y los estudiantes apenas estarían empezando a pervertirse.

En todo caso, tanto entre funcionarios como entre docentes y estudiantes, las evaluaciones tienden a volverse cada vez más importantes y no dejan de avanzar a costa de lo evaluado. Esto se ha puesto en evidencia en los últimos años con la campaña de orgullo nicolaita y con las múltiples declaraciones en el marco de la conmemoración del centenario de la universidad.

Cuantificación

¿Qué es lo que más hemos conmemorado y lo que nos hace sentir más orgullosos? Nuestras buenas evaluaciones, nuestros muchos dieces, nuestro número de estrellitas en la frente: número de licenciaturas acreditadas, número de posgrados incluidos en el programa nacional de posgrados de calidad, número de profesores con perfil deseable, número de miembros del SNI, etc. Pareciera que estos números captan la esencia de la universidad, su más profundo sentido, sus mayores logros, su verdad más íntima, lo que se conmemora, lo que nos enorgullece. En realidad, no se trata más que de unos simples números detrás de los cuales desaparece nuestra historia, nuestras luchas, nuestros logros, lo que nos hace únicos. Pero todo esto, lo realmente importante, no parece importarle a nadie. Lo que nos importa son unos cuantos números. Hemos terminado reduciendo todo el contenido de la universidad a estos números, procediendo así como los malos estudiantes que reducen todo el contenido de sus clases a unas cuantas calificaciones.

Comportándonos como los peores de nuestros estudiantes, muchos docentes y la mayoría de los funcionarios tienden a reducir la universidad a un conjunto de evaluaciones. Han llegado así a extremos tan desoladores como el de fincar nuestro valor en la posición que ocupamos en los rankings nacionales e internacionales de las mejores universidades. Nos envalentonamos con una lista que nos dice que somos la séptima mejor universidad nacional, desatendemos otra lista en la que ocupamos el decimosexto lugar, ignoramos otra lista más en la que ni siquiera aparecemos y exhibimos una suficiencia trágica, desalentadora, por ser la universidad número 1236 en el mundo.

El espectáculo es triste, patético y obsceno, e indigno de nuestra universidad. No encuentro semejante ejemplo de indignidad entre mis estudiantes, a los que todavía no he visto compararse unos con otros por su lugar en el ranking de su grupo ni tampoco jactarse de ocupar un séptima posición. Pero quizás vea esto muy pronto. ¡Con el mal ejemplo que les estamos dando!

Mercantilización

Los rankings y las demás evaluaciones tienen un propósito claro y explícito. De lo que se trata es de traducir lo cualitativo, como puede ser la calidad intrínseca del aprendizaje o del desempeño de un docente o de un estudiante o una institución, en los indicadores cuantitativos de las evaluaciones, como pueden ser puntos, niveles en el SNI, puntajes en el ESDEPED, números de programas acreditados, lugares en los rankings, etc.

¿Y por qué traducir así lo cualitativo en lo cuantitativo? Todos lo sabemos, aunque tal vez de un modo un tanto intuitivo: necesitamos convertir lo cualitativo en cuantitativo para poder intercambiarlo por dinero, quizás directamente, o tal vez indirectamente, a través de una serie de intercambios de unos valores cuantitativos por otros. En el caso del ESDEPED, por ejemplo, es muy claro: el puntaje se traduce en el número de salarios mínimos que recibimos. El funcionamiento del SNI es también transparente, al menos en esto: cada nivel corresponde a cierta cantidad de dinero. La misma lógica directa opera en el número de programas de calidad, pues todos ellos reciben recursos para la universidad, principalmente en concepto de becas para los estudiantes. En cuanto a las calificaciones de los estudiantes, ya sabemos que se canjean por títulos que a su vez se truecan por trabajos más o menos remunerados. Estas remuneraciones también se verían favorecidas por las acreditaciones de los programas en los que se estudia, los cuales, además, al estar acreditados, permitirían obtener mayores recursos para la universidad. Es al menos lo que se nos dice, y era ya el argumento de los rectores anteriores, desde Jaime Hernández, para impulsar la acreditación de los programas universitarios.

En todos los casos, es por los recursos, por los presupuestos, por los futuros salarios, por los dineros que se miden siempre cuantitativamente, por los que debemos cuantificarlo todo. Solamente las cantidades exactas de lo que sea pueden intercambiarse por cantidades exactas de pesos. El reino del dinero en el sistema capitalista impone el reino de las cantidades, el dominio de los valores cuantitativos sobre los cualitativos, el dominio del valor de cambio sobre el valor de uso, y aquí, en el seno de la universidad, el poder cada vez mayor de las evaluaciones cuantitativas, de los números, de los niveles, de las calificaciones, de las acreditaciones, de los puntos y puntajes. Todo esto es cada vez más decisivo en la universidad porque el dinero es cada vez más importante en el gran mercado en el que se está convirtiendo nuestro mundo.

Lo que se nos quiere hacer aceptar es que nuestra universidad, aunque pública, está en el mundo, es decir, en el mercado, y, por lo tanto, es una suerte de mercancía o conjunto de mercancías que debe aprender a venderse como todo lo demás que hay en el mercado. Y para venderse, tiene que expresarse en los términos cuantitativos del dinero. Es en estos mismos términos en los que la universidad intenta obtener más recursos, venderse al mejor precio, al exhibir sus números de miembros del SNI, de eficiencia terminal y de programas acreditados o de calidad.

Privatización

Se nos dice que los números sirven para convencer al gobierno de que nos proporcione más recursos. Y el gobierno, presentándose como cliente, quiere lógicamente dar menos dinero, y regatea, y la universidad se hace publicidad con sus números e insiste en que vale más. Y aquí estamos, negociando, cada vez más atrapados en la mezquina lógica del mercado. Es en esta lógica y sólo en esta lógica en la que puede hablarse de una “quiebra técnica” de nuestra universidad. ¡Como si lo público pudiera estar en quiebra! ¡Como si lo que es de todos pudiera ser insolvente! ¡Como si no dispusiera precisamente de la solvencia de todos! Con esta riqueza de la sociedad, lo público no puede estar quebrado, sino tan sólo despojado, saqueado, expoliado, privatizado, mercantilizado.

Se me ha preguntado hacia dónde están llevando a la Universidad Michoacana, y ya puedo responder lo que pienso: lo que pienso es que la están llevando, nos están llevando, al terreno del mercado. Esto ya es una forma de privatización de la universidad pública. Lo es, en primer lugar, porque se hace con el apoyo de instancias privadas, como el CENEVAL, que usurpan funciones públicas trascendentes, privatizándolas al tiempo que se privatizan también los recursos que les pagan. Pero tenemos una privatización más fundamental, una privatización de carácter ideológico, en el hecho mismo de operar como una empresa debe hacerlo en el mercado, vendiéndonos por los recursos que necesitamos y compitiendo con las demás empresas en los rankings, y reproduciendo esto en el interior de la universidad, al hacer que los profesores e investigadores también se vendan por dinero, por los apoyos del SNI y por los estímulos al desempeño, y compitan unos con otros como empresarios de sí mismos.

La universidad que se vende y que funciona como debe funcionarse en el mercado, de manera estratégica publicitaria, productivista, individualista y competitiva, es una universidad que se está privatizando. Es ya una universidad parcialmente privatizada, porque lo público, en donde sólo existe lo de todos nosotros, lo de toda la sociedad, se debería distinguir precisamente de lo privado por no funcionar en su lógica mercantil en la que uno tiene que venderse y publicitarse, producir más y más, pensar en uno para competir con el otro, e intercambiar lo privado por lo privado, lo tuyo por lo mío, tu dinero a cambio de mi producto entregable, tu estímulo a cambio de mi desempeño, tus pesos a cambio de mis puntajes, tus recursos a cambio de mis números de miembros del SNI o de programas acreditados o de calidad.

¿Pero por qué lo privativamente mío y tuyo y el intercambio mercantil entre lo uno y lo otro no podría tener un lugar, al menos un lugar bien acotado, en una universidad pública? Por algo muy sencillo: porque lo público, insistamos, es lo de todos nosotros, lo que no puede ser de nadie porque es de todos, lo que es de todos porque fue pagado con los impuestos de todos, con el trabajo de todos, con el esfuerzo de toda la sociedad. Esto es lo que nunca se entenderá en el mercado, en su ámbito mercantil-empresarial, que es también la esfera del capitalismo neoliberal.

Insolvencia

Ni siquiera debería plantearse la cuestión de que no hay recursos para una universidad pública: los hay porque los hay, porque hay riqueza pública en la sociedad y esa riqueza no le pertenece al gobierno, sino que nos pertenece a todos, precisamente porque es pública, es nuestra. Y cuando no se nos da, sencillamente se nos quita, se nos roba, pues hay que robarnos para no darnos lo que es nuestro. Y al decir “nuestro”, no estoy pensando sólo en los empleados y en los docentes de la universidad, sino también y especialmente en los estudiantes, en los futuros profesionistas, en sus familias de trabajadores y hasta en la población que se ve beneficiada por todo lo que gastamos los universitarios en Michoacán.

Desde luego que puede e incluso debe hacerse todo lo posible para que los recursos no sean malgastados, pero esto ha de lograrse en el consenso, en el diálogo sobre cómo administrar nuestro patrimonio público, y no como lo han hecho los gobiernos federal y estatal: no haciendo como si fuera el dueño de lo que sólo es el administrador, no acaparando los recursos que son de todos, no recortándolos arbitrariamente, no usándolos con fines políticos diferentes de los establecidos, no desviándolos discrecionalmente desde la educación hacia la seguridad, no impidiendo el funcionamiento de instituciones educativas, no empobreciendo lo público, no robándole su riqueza, no privatizándola, no entrando en una lógica mercantil de chantaje, de coacción económica, de regateo, de intercambios de lo privado por lo privado.

¿Pero acaso no es la misma universidad la que ha ido claudicando y entrándole al juego del mercado?  Es verdad que ha sido presionada, casi extorsionada para hacerlo, pero también es verdad que no ha resistido lo suficiente y que se ha dejado llevar a un terreno en el que tenemos todas las de perder, como lo estamos viendo, y esto por una simple razón: porque somos una universidad pública y tenemos que dejar de ser lo que somos, debemos perdernos, para funcionar en el mercado, en el ámbito de lo privado y en su lógica mercantil, comerciante y empresarial. Y de cualquier modo, como lo muestra nuestra supuesta quiebra técnica, ni siquiera conseguimos funcionar bien en el mercado, lo cual, por cierto, quizás debiera ser lo que más nos enorgullezca, pues demostraría que no hemos logrado pervertirnos lo suficiente y que no hemos llegado a ser lo que se quiere que seamos, lo que sencillamente no somos.

Resistencia

Aunque no hayamos resistido lo suficiente, aunque nos hayamos dejado llevar al mercado, hay algo que aún resiste, algo en lo que me parece que radica la poca dignidad que todavía nos queda, algo que nadie quiso recordar en la conmemoración del centenario, algo que paradójicamente suele avergonzar a muchos sencillamente porque es algo que no puede venderse. Estoy haciendo alusión a algo que se expresa en las casas de estudiantes, en el vínculo profundo que nos une con las comunidades indígenas, pero también en algunos aspectos de nuestra ley orgánica, en el sistema de jubilaciones, en el vigor de las bases de nuestros sindicatos, en los estudiantes que se movilizan en las calles y en la figura de aquellos docentes, entre los que desafortunadamente yo no me encuentro, que entregan sus vidas a la enseñanza y que no se dejan corromper ni distraer por el SNI, el ESDEPED y todos los demás sobornos con lo que se nos compra cotidianamente.

Hay algo, pues, que no se deja comprar, que no ha cedido, que todavía resiste y subsiste. Me refiero a eso en lo que reposa todo mi orgullo nicolaita, eso que no tiene absolutamente nada que ver con las acreditaciones y los demás artilugios con los que buscamos vendernos al mejor precio. Estoy pensando en lo que nos distingue, lo que nos hace cualitativamente únicos, algo que resulta necesariamente incuantificable, inconmensurable, y que, por lo tanto, no puede situarnos en ningún ranking ni tampoco representarse numéricamente para compararnos con otras universidades. Pienso en eso que nos hace incomparables y que vemos aparecer una y otra vez en la historia de nuestra universidad.

Aquello a lo que me refiero es lo que hizo que nuestro fundador, Vasco de Quiroga, defendiera a los indígenas contra los conquistadores y les dejara nuestro Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Es lo mismo por lo que nuestro antiguo rector, Miguel Hidalgo y Costilla, exigió que cesara “toda exacción” contra los indios. Es eso por lo que otro nicolaita, José María Morelos, abolió en nuestro país cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales”, y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”. Fue lo que impulsó a Melchor Ocampo a luchar por la libertad, por la justicia y contra los privilegios, y lo que hizo que el socialista Isaac Arriaga, alumno y maestro nicolaita, participara en la revolución, repartiera tierra entre los campesinos michoacanos y fuese asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. Fue lo defendido por valientes rectores como Natalio Vázquez Pallares, Porfirio García de León y Eli de Gortari. Es aquello por lo que fueron asesinados los mártires nicolaitas Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl, quienes exigían precisamente mayor presupuesto para la universidad.

En lo que estoy pensando es también aquello por lo que fueron encarcelados Efrén Capiz y Ramón Martínez Ocaranza. Es lo que atrajo a nuestra universidad a tantos intelectuales críticos e insumisos, entre ellos el gran Aníbal Ponce, así como exiliados de la Guerra Civil Española como los filósofos José Gaos, María Zambrano y Juan David García Bacca, el escritor alemán antifascista Ludwig Renn, y finalmente quienes secundaron el proyecto elidegortarista, como el comunista Juan Brom y el marxista Adolfo Sánchez Vázquez. Pienso en aquello por lo que le otorgamos el doctorado honoris causa a Salvador Allende póstumamente en 1974, a Pablo Neruda en 1943, y, en el mismo año, al injustamente menos conocido Rómulo Gallegos, el escritor y futuro presidente venezolano que se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió un golpe de estado, en 1948, que nos lo trajo de nuevo a Morelia.

Desconfianza

Nos guste o no, lo mejor de nuestra universidad, lo más destacado, aquello por lo que se le recordará y en lo que se ha condensado su mayor inteligencia y su mayor osadía intelectual, contradice diametralmente la orientación ideológica mercantil-empresarial y capitalista-neoliberal que se le impone desde hace algún tiempo. Lo único por lo que podría justificarse esta orientación, la obtención de recursos del gobierno, parece no estar dando muy buenos resultados, puesto que, según dicen, estamos en situación de insolvencia. ¡Es por esta miseria por la que renunciamos a lo mejor de nosotros! Es como si quisiéramos perdernos, prostituirnos y convertirnos en una vulgar empresa tan sólo para estar en quiebra.

Vamos a seguir perdiendo cada vez que entremos en el juego de un sistema que sólo sabe ganar tramposamente contra los ingenuos que juegan según las reglas que él impone. Obtuvo nuestros indicadores, pero no quiere darnos la retribución que les corresponde. No ha pagado ninguna compensación por todo aquello a lo que renunciamos para satisfacerlo. Tampoco solucionó los problemas económicos de varias instituciones de educación superior que accedieron a reformar su régimen de pensiones y jubilaciones para solucionar sus problemas económicos. Ahora el mismo sistema nos asegura que basta reformar tal régimen para salir de la insolvencia y para que todo se arregle. ¿Seremos tan ingenuos como para creerle una vez más?

Tenemos que desconfiar del sistema. Ciertamente vamos a tener que negociar con él, pero debemos hacerlo con prudencia, con la mayor desconfianza, y no en sus términos, precisamente porque son los suyos y están marcados, trucados, viciados, cargados para beneficiarlo. Tenemos que recobrar nuestros propios términos, que no son los de todos esos números por los que nos dejamos cautivar y entrampar. Mientras continuemos obsesionados con las evaluaciones, vamos a seguir perdiendo en el juego, y además, lo peor, vamos a seguir perdiéndonos a nosotros mismos.

¿Cómo no recordar a esos malos estudiantes que obtienen las peores calificaciones precisamente por estar obsesionados con sus calificaciones? Esta obsesión los distrae de lo realmente importante y les impide comprender todo lo que está en juego en lo que aprenden. Me parece que esto es lo que nos está pasando en la universidad: andamos tan concentrados en la estrategia para vendernos, que ya ni siquiera sabemos lo que vendemos. En definitiva, tan sólo sabemos que vendemos estrategias para vendernos, como acreditaciones, reconocimientos de calidad a los posgrados y pertenencias al SNI.

Ahora que fundaron significativamente la carrera de mercadotecnia, me dije que habría de sernos muy útil, pues es a lo que nos dedicamos desde hace algún tiempo, desde que sólo pensamos en vendernos. Y hay que insistir en que no lo hacemos nada bien. Lo repito: parece que nos hemos convertido en una gran empresa tan sólo para estar en quiebra. Desde luego que también tendríamos problemas económicos si hubiéramos preservado lo mejor de nosotros, pero al menos podríamos consolarnos con la satisfacción de preservar eso, lo mejor de nosotros. No perdamos lo que nos queda.

Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana

Artículo publicado en Michoacán 3.0 y Respublicae el 5 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Se habla cada vez más del riesgo de bancarrota en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Sin embargo, para quienes aún vemos esta institución como una universidad y no como una empresa, la peor quiebra no estriba en la falta de recursos financieros, sino en la falta de recursos intelectuales, en la insolvencia de pensamiento, en la pobreza de capacidad crítica y reflexiva. Esta quiebra es la que acaba de ponerse de manifiesto en la decisión de invitar a Gloria Álvarez Cross al Auditorio Samuel Ramos de nuestra máxima casa de estudios.

Nuestra universidad exhibe públicamente su miseria, su déficit de inteligencia y de cultura, cuando carece del criterio suficiente para discernir quién tiene el mérito, la seriedad y la decencia que se requieren para ser invitado como conferencista. Sobran los hombres y las mujeres de ciencias y de artes, intelectuales que han destacado mundialmente por su capacidad y por su trabajo, que podrían honrar a nuestra universidad con su presencia y enseñar algo valioso a docentes y estudiantes. Sin embargo, en lugar de invitar a un modelo de seriedad y de integridad en el campo académico, nos hemos rebajado a promocionar y brindar nuestro espacio institucional a Gloria Álvarez: un personaje bastante desacreditado en la academia y que tan sólo podría ser ejemplo de vulgaridad, charlatanería, oportunismo, deshonestidad intelectual y complicidad con las más corruptas élites políticas y económicas del mundo y especialmente de América Latina.

¿Quién es Álvarez? Es una figura mediática guatemalteca, locutora de radio, presentadora de televisión y estrella de redes sociales. Ya publicó un par de obras, El engaño populista y Cómo hablar con un progre, pero no son más que librillos de opinión política barata que ningún docente serio citaría, salvo quizás para burlarse de ellos o para criticar su ingenuidad o la visibilidad obscena de sus presupuestos ideológicos. Por lo demás, en estos libros como en sus conferencias y en sus intervenciones en los medios, Álvarez no profiere sino enternecedoras simplezas, viejas banalidades y los más burdos prejuicios y estereotipos. Así, a primera vista, parece que la rubia treintañera es alguien inofensivo, demasiado tonto para ser peligroso, pero que, de cualquier modo, por su nulidad e irrelevancia, no tiene el mérito suficiente para ser invitado a una universidad que se respete. Esto es verdad en parte, al menos en parte, y muestra que nuestra universidad se está perdiendo el respeto. Pero desgraciadamente hay más, mucho más.

Álvarez no sólo es intelectualmente insignificante, sino que profesa opiniones que no pueden ser toleradas en el ámbito universitario. No podemos permitir que alguien afirme en la Universidad Michoacana que la pobreza es por causa de la “mentalidad” de los pobres o que los indígenas violan a sus mujeres con la aquiescencia de su régimen de justicia. Así como excluimos la astrología, el tarot, la eugenesia y el llamado “racismo científico”, así también tendríamos que cerrar las puertas de la universidad ante una charlatanería clasista y racista como la de Álvarez.

No es tan sólo un asunto de contenido, sino también de forma. Conduciéndose de un modo inaceptable para cualquier universidad, Álvarez inocula sus opiniones insidiosamente, con artimañas retóricas tramposas y maliciosas con las que se disimula tanto lo que se transmite como la propia inepcia de quien lo transmite. Es así como Álvarez, al igual que otros jóvenes ideólogos de la nueva derecha y de la derecha alternativa (la alt-right de Estados Unidos), sabe ocultar de la mejor manera su lado más bajo y sombrío. Este lado sólo se nos revela cuando la escuchamos o leemos con atención, deteniéndonos un momento en las implicaciones de sus puerilidades y chabacanerías, y cuando sabemos un poco más acerca de su pensamiento y de su trayectoria. Es entonces cuando entendemos por qué la Universidad Michoacana jamás debió acoger a quien fuera la representante carismática y la figura más visible del ultraderechista Movimiento Cívico Nacional (MCN) guatemalteco, el cual, además de su carácter neofascista, clasista y racista, era financiado por los más sucios sectores oligárquicos de Guatemala y terminó siendo investigado e incriminado por cargos de corrupción.

Aunque Álvarez terminara separándose del MCN, lo hizo demasiado tarde, cuando era evidente que sólo buscaba protegerse del escándalo de corrupción al traicionar a sus correligionarios. Y, además, nunca tomó sus distancias con respecto a lo más grave, las posiciones de extrema derecha del movimiento, las cuales, de cualquier modo, le imprimen su particular tono ideológico al discurso individualista y libertarista de Álvarez. Al acogerla en nuestra universidad, estamos promoviendo este discurso y todo lo que hay en él: no sólo su defensa obscena del capitalismo y de la versión más extrema, intolerante y dogmática de neoliberalismo, sino también su mezquindad, su desdén hacia la comunidad, su miserable individualismo, su tácita justificación del abuso y de la explotación de nuestros semejantes, su clasismo elitista y sus sutiles insinuaciones racistas bien encubiertas por su despreciativa condescendencia típicamente neocolonial.

La presencia de alguien con el clasismo y el racismo de Álvarez hiere y ultraja todo lo popular e indígena que hay en la Universidad Michoacana. También han sido agraviadas otras víctimas de las diatribas de Álvarez que encontramos en su último libro: las mujeres, a las que responsabiliza del machismo de los hombres; las feministas, a las que les reprocha que aspiren a demasiados privilegios y que se pongan “por encima de otros grupos”; los hijas e hijos de inmigrantes, a quienes acusa de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran; los indígenas y todos los mexicanos en general, por no ser capaces de valorar positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”.

Todos hemos sido humillados por la presencia de Álvarez en la Universidad Michoacana. La decisión de invitarla nos ha ofendido como latinoamericanos y latinoamericanas, mexicanos y mexicanas, mujeres, feministas, hijos e hijas de inmigrantes, mestizos y mestizas, indígenas, estudiantes y docentes progresistas. La misma institución ha sido ultrajada por haber debido acoger en su propio seno a quien, además de rechazar abiertamente la educación pública y gratuita, contradice diametralmente el compromiso nicolaita con la igualdad, la justicia y la democracia.

En lo que se refiere a la democracia, no hay que olvidar, por ejemplo, que Álvarez apoyó activamente la reciente maniobra golpista contra el régimen democrático de Rousseff en Brasil. Al mismo tiempo, en lugar de una sociedad justa e igualitaria, Álvarez prefiere una “meritocracia” neoliberal en la que no haya ninguna forma de redistribución de la riqueza y en la que triunfen los individuos más capaces, es decir, los que disponen de más recursos, los más ricos, los privilegiados como ella, los que puedan pagarse la universidad privada guatemalteca en la que ella estudió, la Universidad Francisco Marroquín (UFM), fundada por Manuel Ayau, llamado “El Muso” en alusión a Mussolini, y conocida por haber sido la puerta para el ingreso del neoliberalismo en Guatemala.

Como encarnación del neofascismo, del neoliberalismo y del neocolonialismo, Álvarez contradice todo aquello por lo que trabajamos quienes aún creemos en el espíritu de la Universidad Michoacana: la igualdad, la justicia y la democracia, pero también la solidaridad, la generosidad, la movilidad social y la redistribución de la riqueza, la educación gratuita para los más pobres, la nobleza y grandeza de los pueblos indígenas de Michoacán, de México y de Latinoamérica. Nosotros no consideramos, como Álvarez, que un país latinoamericano sea un “país de mierda”. Tampoco pensamos, como ella, que el Che Guevara sea comparable a Pinochet. Tan sólo podemos indignarnos contra ella y contra su degradación moral cuando se atreve a rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. No coincidimos con ella cuando asegura, delatando su propia bajeza y la del mundo burgués del que proviene, que “todos somos egoístas”, que los que pretenden no serlo son unos “hipócritas” y que no existe ningún hombre que “no sólo piense en sí mismo”. Nosotros no somos esa clase de humanidad. Y es quizás por eso que tampoco somos, como Álvarez, defensores de la barbarie neoliberal que tanto mal ha hecho a Latinoamérica y que fue también defendida por el mismo Pinochet a costa de la sangre de miles de chilenos inocentes, entre ellos el gran Salvador Allende, quien recibió de nuestra institución el doctorado honoris causa.

La Universidad Michoacana es uno de los innumerables reductos de resistencia contra la destrucción capitalista neoliberal y neocolonial de nuestro continente. Ahora debe ser también una trinchera contra el neofascismo. Es por esto por lo que Álvarez debía ser duramente rebatida como lo fue en el Auditorio Samuel Ramos. No merecía nada mejor. No habría debido ni siquiera poner un pie dentro de nuestra institución. La manera en que su discurso fue cuestionado con inteligencia y rechazado con ardor nos demuestra que muchas y muchos estudiantes no se encuentran aún en una situación de quiebra intelectual.

Nuestra quiebra no es del estudiantado, sino de la institución que organizó el evento de Álvarez y que exhortó a los “aspirantes de becas” a estar presentes con “pantalón de mezclilla y camisa roja”, erosionando su dignidad y acarreándolos como ganado para ser adoctrinados, engañados, pervertidos, maleducados. La última escena, la del significativo desenlace con aquellos estudiantes uniformados rodeando a la conferencista rubia que intentaba mantenerlos a distancia, mancha los festejos por el centenario de la universidad y ofende la memoria de Quiroga, Clavijero, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Aníbal Ponce, María Zambrano y Elí de Gortari, entre tantos otros nicolaitas que han contribuido, cada uno a su modo, a conquistar el respeto hacia nuestra gente.

El mercado en la universidad

Breve intervención en la mesa redonda Mercantilización de la Educación, convocada por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), el lunes 28 de noviembre de 2016

David Pavón-Cuéllar

Uno tiene a veces la impresión de que la educación universitaria, incluso cuando es pública, tiende a convertirse en una especie de gran mercado. En el nivel más alto, la competencia entre comerciantes reaparece en la rivalidad entre universidades en los rankings. En el nivel más bajo, tenemos la constante agitación de las transacciones entre conocimientos, puntos, asistencias, calificaciones y títulos, constancias, diplomas o certificados. El vórtice de toda esta agitación, de todo este barullo comparable al de una feria de pueblo, suele ser la venta de autorizaciones profesionales al precio de méritos académicos adquiridos a su vez a cambio de las más diversas evaluaciones.

Los conocimientos que se ofrecen, como productos a la venta, deben enlistarse en los catálogos de los programas de cada unidad de aprendizaje. Los mismos conocimientos deben presentarse, envolverse y promocionarse de tal modo que atraigan la atención de los estudiantes. Cuando se nos dice que hay que motivar a los jóvenes, uno sabe que no podrá conseguirlo si carece de nociones mínimas de mercadotecnia y de manipulación publicitaria.

Muchos estudiantes, por su parte, al negociar los criterios de evaluación al principio del ciclo escolar, proceden como compradores que negocian los precios o los términos de los contratos con sus proveedores. Luego regatean las exigencias de las materias con el tono insistente y empalagoso de las señoras ante los puestos de los tianguis. Finalmente los vemos quejarse y exigir calificaciones con la actitud prepotente de quien sabe que el cliente siempre tiene la razón.

Los alumnos, de hecho, tienden a tener siempre la razón, especialmente desde que la eficiencia terminal, el porcentaje de inscritos que aprueban o se titulan, resulta decisiva para obtener acreditaciones y recursos. En los posgrados, por una cómica paradoja, uno sabe que los alumnos deben aprobar todo con calificación mayor a ocho para que los programas puedan mantener su acreditación de “calidad”. Otro factor que ha empoderado a los estudiantes como clientes ha sido su derecho a evaluar a los profesores, el cual, especialmente en las universidades en las que impacta en el salario, ha hecho que los docentes no sólo se vuelvan tan serviles y obsequiosos como vendedores de chucherías, sino que terminen comportándose como payasos o merolicos para merecer las mejores evaluaciones.

En la misma lógica mercantil, así como los clientes significan ganancias potenciales para los negociantes, así los estudiantes pueden llegar a representar puntos que a su vez se convierten en suplementos de salario para el docente que logra venderles tutorías y asesorías. No hay nada más enternecedor, patético y ridículo que los profesores compitiendo entre sí por un asesorado en posgrado, intentando arrebatárselo unos a otros, como si éste fuera el más pudiente de los clientes. ¡Y qué decir de los conmovedores arrebatos de los asesores cuando pierden a un asesorado porque se va con otro asesor o abandona la tesis y opta por otra modalidad de titulación!

El mismo ánimo competitivo, que oscila entre el triunfalismo despreciativo y el derrotismo envidioso, puede observarse también entre los docentes cuando se trata de las promociones, de los apoyos de investigación, de los Estímulos al Desempeño y de los niveles en el Sistema Nacional de Investigadores. En estos casos y en otros más, la competencia y la rivalidad entre competidores han avanzado a costa de la autonomía intelectual y de la solidaridad entre compañeros. Esto no sólo hace que las universidades parezcan mercados, sino que los sindicatos hayan terminado convirtiéndose en una especie de gremios feudales de mercaderes que defienden los privilegios de sus agremiados y no los derechos de toda la clase trabajadora.

La transición es clara: de trabajadores a competidores, de intelectuales a negociantes, de educadores a vendedores de educación que rivalizan unos con otros por los puntos y por las resultantes retribuciones. La figura del profesor pierde así gran parte de su dignidad, no por impartir clases en parques durante las tomas, sino por esa gran transformación que acaba con los salarios fijos iguales para toda la planta docente y que impone remuneraciones con variaciones cada vez más importantes que dependen cada vez más de la capacidad de los docentes para venderse a sí mismos y vender sus productos académicos. A medida que se da esta gran transformación, los profesores piensan cada vez más en lo que habrán de ganar y cada vez menos en lo que habrán de enseñar. Es lo mismo que les ocurre a los estudiantes que se concentran cada vez más en las calificaciones y se distraen cada vez menos con lo que aprenden. Su aprendizaje se vuelve un simple medio para obtener una calificación que a su vez se traducirá en una titulación que habrá de asegurar cierta remuneración al final del camino.

Al final, si la universidad se parece cada vez más a un mercado, es porque todo su funcionamiento está subordinado a la ganancia monetaria que se busca obtener tanto a través de la enseñanza como a través del aprendizaje. Al igual que una mercancía, la educación deja de tener su verdad en sí misma, en el contenido mismo del saber y en su relación con la existencia de los sujetos. Esta verdad ya no está en lo que se enseña y se aprende, sino en lo que se gana con lo que se enseña y se aprende, es decir, por un lado, en el salario y el suplemento para el profesor, y, por otro lado, en la calificación, la futura titulación y la remuneración final para el estudiante.

En un proceso típicamente capitalista, los medios y los fines han terminado invirtiéndose y trastocándose. Las evaluaciones de los estudiantes y las retribuciones de los docentes eran originalmente medios subordinados a la enseñanza y el aprendizaje, pero han terminado convirtiéndose en los fines mismos de la enseñanza y el aprendizaje. En lugar de querer ser calificado únicamente para conocer y medir su aprendizaje, el estudiante quiere aprender únicamente para obtener una calificación. De igual manera, en lugar de necesitar un salario mensual para dedicarse libremente a la enseñanza, el actual docente hace todo lo que hace para obtener la más alta retribución económica posible.

Tanto en el caso de la enseñanza como en el del aprendizaje, el valor determinante de la educación deja de estar en sí misma o en su contenido, en su valor cualitativo intrínseco, y se transfiere a un valor cuantitativo extrínseco, el de los puntos o pesos que se obtienen con ella. En términos marxistas, diremos que el valor crucial de la educación es ahora el valor de cambio y no el de uso, el valor del título y no el de la formación a la que se refiere el título, el valor de la evaluación y no el del conocimiento evaluado, el valor de la calificación y no el del aprendizaje calificado, el valor de la remuneración y no el del trabajo docente remunerado. Esto hace que la vida universitaria se descentre de la educación y empiece a girar en torno a las remuneraciones, las calificaciones, las evaluaciones y las titulaciones.

Lo realmente importante son los precios de las cosas y no las cosas mismas. No importan ya ni los estudiantes ni lo que se les enseña y lo que aprenden, sino el número de los que se titulan, sus resultados en los exámenes del CENEVAL y lo que representan para el bolsillo de sus profesores y para las cuentas cada vez más deficitarias de las instituciones universitarias. Antes de ser explotados por las empresas, los estudiantes deben aprender a ser explotados por los docentes y por los dispositivos institucionales que también son indirectamente explotados por las empresas para formar mano de obra explotable. Imposible escapar a la explotación capitalista cuando permitimos que la universidad se deje absorber por el mercado.

De herederos a rechazados: la deuda histórica de Latinoamérica y el examen de ingreso a la Universidad Michoacana

Publicado en Izquierda Diario y en Michoacán 3.0, el martes 18 de octubre 2016

David Pavón-Cuéllar

Deuda histórica

Tras fundar el Colegio de San Nicolás en 1540, Vasco de Quiroga lo heredó a los indígenas a través de su famoso Testamento de 1565. Sus palabras al respecto fueron claras y precisas. Legando el Colegio a los “indios de Michoacán” porque “ellos lo hicieron y a su costa”, Quiroga ordenó que fueran “perpetuamente en él gratis enseñados todos los hijos de los indios”, y enfatizó: “gratis como es dicho, sin que para ello den ni paguen ni se les pida cosa alguna”.

Si Quiroga entendió que no podría jamás condicionarse de ningún modo la educación de los indios, fue porque reconoció la deuda que se había contraído con ellos. Era una deuda tal que sólo podría pagarse al ofrecerles perpetuamente educación gratuita. El carácter perpetuo de la gratuidad permite vislumbrar el valor inmenso e inconmensurable de la deuda. ¿Cómo no presentir aquí una deuda histórica fundada en algo más que la simple construcción del Colegio de San Nicolás?

Según Quiroga, no es tan sólo que los indios hicieran el Colegio, sino que lo hicieran a su costa, es decir, a costa de sus materiales, de su tiempo y de su esfuerzo, pero quizás también a costa de todo lo demás que eran, que poseían y a lo que tuvieron que renunciar por su colonización y evangelización. Todo eso, tan inabarcable como impagable, es lo que se les debe a los indios. Todo eso es también lo que los pueblos mestizos de Latinoamérica se deben a sí mismos como indios, como pobres, como despojados.

Casas de Estudiantes

La deuda no deja de insistir. Quizás Hidalgo y Morelos, respectivamente rector y estudiante del Colegio de San Nicolás, fueran formas de recordar todo lo que se debe. Lo seguro es que la deuda se está honrando con la educación gratuita ofrecida por aquello en lo que se convirtió el Colegio: la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), la institución universitaria estatal mexicana con un perfil socioeconómico más bajo y con una mayor proporción de estudiantes provenientes de comunidades rurales e indígenas.

Entre las expresiones del espíritu popular con el que la UMSNH honra su deuda histórica, tal vez la más elocuente se encuentre en las 35 Casas de Estudiantes que albergan y alimentan gratuitamente a unos seis mil estudiantes de bajos recursos. Los jóvenes vienen de parajes recónditos de Michoacán, pero también de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Guanajuato y otros estados. Hay tzeltales, mixtecos, nahuas, otomíes, purépechas y otros indígenas. Muchos de ellos jamás habrían podido estudiar si esas casas no existieran.

Autogestionadas por sus propios moradores, las Casas de Estudiantes promueven diversos tipos de formación, organización y movilización en el terreno político. Algunas han padecido infiltraciones de las grandes fuerzas electorales, pero su tendencia predominante corresponde a una izquierda más próxima a los movimientos sociales, apartidista, socialista e incluso revolucionaria. Los nombres de las casas hablan por sí solos: Rosa Luxemburgo, Lenin, Espartaco, Che Guevara, Lucio Cabañas, América Libre, Dos de Octubre, etc.

Solidaridad

Muchos de los moradores de Casas de Estudiantes ingresaron a la UMSNH gracias al Movimiento de Aspirantes Rechazados (MAR). Tras haber obtenido así un lugar en la universidad, los jóvenes continúan apoyando activamente al MAR a través de la Coordinadora de Universitarios en Lucha (CUL). Al hacerlo, permiten el ingreso de las siguientes cohortes generacionales de estudiantes.

Los que están fuera pueden entrar al tomar la mano de quienes ya están dentro. Los del interior saben que deben abrir las puertas, estirar sus brazos y ayudar a ingresar a los del exterior. Es así como la solidaridad estudiantil mantiene vivo el espíritu popular de la UMSNH. Es así también como permite honrar la deuda histórica de la universidad.

La CUL y el MAR contribuyen a que ingresen anualmente a la UMSNH centenares de jóvenes que no pasan el examen de admisión debido a su rezago educativo. Sobra decir que este rezago no es imputable a quienes repartieron su día entre el estudio y el trabajo, tomaron clases en ayunas o a la intemperie y debieron mezclarse con niños de todos los niveles al repartirse al único maestro de la comunidad. Es verdad que no todos los rechazados estudiaron en condiciones tan adversas, pero sí muchos, demasiados, lo que basta para comprometer el examen de ingreso.

Los de abajo

Considerando las abismales desigualdades socioeconómicas de nuestro país, el examen de admisión a la universidad no puede ser más que un despiadado instrumento de exclusión de los excluidos de siempre. De ahí su carácter clasista y racista. Su efecto, después de todo, es el de negar la educación superior a quienes ya se negó una buena educación básica, media y media superior, es decir, los hijos de indígenas, campesinos, obreros, desempleados, comerciantes pobres y tantos otros.

Los rechazados tienden a ser precisamente aquellos con los que la UMSNH tiene la deuda histórica por la que existe y por la que tiene sentido su existencia. No está de más preguntarse, por lo tanto, en qué medida el rechazo de esos aspirantes podría estar deshonrando a la universidad. ¿Y si el examen de ingreso no fuera más un mezquino subterfugio con el que la UMSNH se las arreglaría, quizás de manera inconsciente, para no honrar su deuda con los de abajo?

Por una cruel paradoja, los rechazados son generalmente aquellos mismos a quienes Vasco de Quiroga legó la universidad. Se les rechaza en su propia casa. No se les deja ya entrar libremente ni siquiera en un minúsculo reducto que se les entregó como ínfima compensación a cambio de todo lo que se les arrebató.

Consejo Supremo Indígena

Al demandar a los indígenas que paguen, presenten y aprueben el examen de ingreso, la UMSNH podría estar contrariando y traicionando a su fundador, quien estableció explícitamente que los indios recibieran educación “gratis” o “sin que para ello dieran ni pagaran ni se les pidiera cosa alguna”. ¿Exigirles un examen y un pago no es acaso pedirles algo para educarse? De ser así, estaría haciéndose aquello mismo que Vasco de Quiroga ordenó que no se hiciera. Estaría exigiéndose algo, algo más, a quien se le debe todo.

Quizás la UMSNH esté en la vergonzosa posición de aquél a quien se le tienen que recordar sus obligaciones. Fue al menos lo que debió hacer el Consejo Supremo Indígena de Michoacán, integrado por más de treinta comunidades, a través de un manifiesto aprobado en asamblea y emitido el 18 de septiembre de 2016. Además de solicitar a la UMSNH que “recordara” su “deuda histórica con los pueblos originarios”, el Consejo expresó que “respaldaba totalmente la lucha emprendida por jóvenes aspirantes y rechazados”.

Dando su verdadera dimensión al conflicto por el ingreso en la UMSNH, el manifiesto del Consejo Supremo Indígena dejó claro lo que estaba en causa. De lo que se trataba era de saber si hay disposición a seguir pagando al menos una parte insignificante de lo que se debe a los indios y a lo que representan para nosotros y dentro de nosotros mismos. Lo que está en juego es una cuenta pendiente que tenemos todos en México. Podemos hacer como si no existiera, desde luego, pero entonces perderemos todo lo que nos debemos.

Rechazados somos todos

Nuestra deuda es también con lo que somos. Nos rechazamos en los rechazados. No es tan sólo que excluyamos a los indígenas en sentido estricto, sino que dejamos fuera todo lo que somos al encarnar aquello que significa lo indígena en Latinoamérica: lo invadido y dominado, lo expulsado y desvalijado, lo empobrecido, lo despreciado, abandonado, marginado, excluido, rechazado.

La condición de los rechazados es la misma que todos padecemos en proporciones variables y en diferentes aspectos de nuestras vidas. No hay nadie a salvo del rechazo. Quizás esto forme parte de lo expresado con el grito de “¡rechazados somos todos!”, alternado con el de “¡Ayotzinapa somos todos!”, que resonó el 26 de septiembre 2016 en las calles de Morelia, cuando la marcha por los 43 visitó a los compañeros de la CUL y del MAR que mantenían tomada la Ciudad Universitaria de la UMSNH.

El rechazo más violento, el que sufren los aspirantes rechazados y los moradores de Casas de Estudiantes de la UMSNH, es el mismo que padecen los estudiantes de Ayotzinapa y de las demás Escuelas Normales Rurales. Por eso comprendemos que los normalistas rurales de Tiripetío, en la primera semana de octubre de 2016, se hayan solidarizado con la CUL y con el MAR hasta el punto de participar con refuerzos en sus tomas de las instalaciones de la UMSNH.

Clasismo y racismo

La solidaridad entre los rechazados no es tan sólo comprensible, sino indispensable, pues ya vimos en Iguala hasta dónde puede llegar el rechazo del que son víctimas. Hemos vuelto a descubrir peligrosas expresiones de ese rechazo en las agresiones físicas y verbales que los estudiantes inscritos de la UMSNH han dirigido recientemente contra los aspirantes rechazados. Atacándolos con palos y piedras, los han llamado “indios”, “nacos”, “piojosos”, “hambreados”, “pinches rechazados” y “perros mugrosos”.

Todo el rechazo clasista y racista que se ha visto en la UMSNH no es más que la continuación del rechazo institucional justificado por un examen de admisión igualmente clasista y racista. El clasismo y el racismo empiezan por la política de ingreso y terminan en los enfrentamientos entre estudiantes. El porrismo estudiantil no es más que la continuación del examen de admisión por otros medios.

Lo irónico es que la UMSNH cultive el rechazo, tanto en sus formas porriles como evaluativas, cuando ella misma, como universidad popular, es víctima de rechazo. Digamos que es una institución rechazada, como bien lo muestra su pésima imagen en la sociedad, en las empresas y en los medios, así como su presupuesto anual de 51 mil pesos por estudiante, menor a la media nacional de 59 mil pesos y sin comparación con los recursos recibidos por la UNAM y por otras instituciones que sobrepasan los 100 mil pesos.

Privatizar lo público

Lo cierto es que la situación de la UMSNH no es más que un caso extremo de la actual degradación de la educación pública en México. La cobertura de las universidades públicas en relación con las privadas ha retrocedido veinte puntos porcentuales, de 90% a 70%, en los últimos cuarenta años. La privatización progresiva se ha visto recientemente acelerada por el desvío de recursos públicos hacia instituciones privadas mediante las becas para militares (2009), la deducibilidad de impuestos para colegiaturas (2011), los créditos bancarios (2012) y los apoyos a la investigación fuera del ámbito público (2014).

La privatización ha impedido que la universidad pública se desarrolle en función de las necesidades sociales y ofrezca más lugares para los aspirantes. El número creciente de rechazados es correlativo de la degradación de lo público. Su lucha contra el rechazo es también una lucha por lo público y contra su privatización, por la educación para todos y contra la educación para unos cuantos, por el derecho y contra el privilegio.

Privatizar lo público es robar la riqueza de todos para entregársela a unos cuantos privilegiados. ¿Pero acaso este desfalco no se realiza también de algún modo mediante el examen de admisión con el que seleccionamos a los privilegiados que podrán beneficiar de la educación pública? El derecho de todos a esta educación está siendo violado al convertirse en el privilegio de los supuestamente más aptos, los cuales, como por casualidad, tienden a ser también los menos pobres y los de tez más clara.

Agudizar la desigualdad, justificar el desprecio y evadir la responsabilidad

El examen de admisión hace ascender a los que están más arriba y descender a los que están más abajo. Rechaza a los eternos rechazados y acepta a los eternos aceptados. El acceso a la educación pública agrava en lugar de atenuar la desigualdad. Las víctimas de la desigualdad no sólo no son resarcidas mediante una discriminación positiva, sino que son castigadas por haber sido castigadas en la vida.

Además de hundir aún más a los de abajo, el examen de admisión los convence de que merecen estar abajo al hacerlos imaginar que han sido rechazados por causa de su propia incapacidad personal. Es así como confirman lo que se piensa de ellos, que son unos incapaces, y creen entender entonces por qué están abajo y por qué se les desprecia. El desprecio del pobre y del indígena se justifica “científicamente”, con exactitud numérica, en la mismísima puerta de la universidad.

Por si fuera poco, además de justificar y de agravar la discriminación, el examen de admisión permite que el Estado evada su responsabilidad y la descargue en el estudiante, responsabilizándolo de su rechazo y de su rezago educativo, es decir, indirectamente, de su exclusión y de su miseria. Se ha llegado así al extremo de culpar al propio aspirante de su rechazo después de rechazarlo tan sólo por haber sido rechazado toda su vida.

Eliminar a los acreedores en lugar de saldar la deuda

En la estrecha perspectiva del examen de admisión, el problema del rechazado es su incapacidad y no la falta de inversión en la educación pública ni tampoco los efectos directos de esta falta de inversión, entre ellos la insuficiencia de lugares en la educación superior y la situación desastrosa de la educación básica, media y media superior en las zonas marginadas. Lo que debe solucionarse no es la marginación, sino el propio marginado. El rechazado es el problema y es por eso que se le rechaza.

La clase dominante y su Estado están procediendo como el criminal que intenta desaparecer el cuerpo de su víctima para borrar su crimen. Para olvidar todo lo que se ha hecho a los pobres e indígenas, ¿qué mejor que deshacerse de ellos al rechazarlos mediante el examen de admisión? ¡Que se regresen a sus comunidades y desaparezcan de las calles de Morelia y de la UMSNH! Hay que desaparecerlos de nuestro campo de visión tal como se desapareció a los 43 de Ayotzinapa.

Es más fácil, rápido y barato eliminar a los de abajo que pagarles todo lo que se les debe. En lugar de saldar la deuda histórica y cumplir así el testamento de Vasco de Quiroga, se ha preferido eliminar a los acreedores. Lo sorpresivo para los cálculos del poder es que estos acreedores no se dejen eliminar, que insistan en existir, que tomen las calles y los edificios mismos de la universidad.

 

Psicología y responsabilidad social: de la publicidad empresarial a la reflexión universitaria

Intervención en la segunda sesión de la Cátedra de Psicología «Dra Julieta Heres Pulido», sobre Psicología y Responsabilidad Social Universitaria, del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), el lunes 3 de noviembre 2014, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Se me ha pedido que hable sobre la responsabilidad social de los psicólogos y de las facultades o escuelas de psicología. Me permitiré puntualizar y problematizar el asunto. Me preguntaré qué hacer con aquello que ahora se llama “responsabilidad social” cuando uno es, como yo, docente de una facultad de psicología en una universidad pública latinoamericana y específicamente mexicana.

En mi opinión, como universitario que soy, pienso que debo evitar utilizar irreflexivamente cualquier concepto, incluido el de “responsabilidad social”. Esta utilización irreflexiva se le puede perdonar a un psicólogo profesional o técnico, pero no a un académico, por más que la profesionalización y tecnificación de la disciplina tiendan a inhibir la reflexión en el ámbito universitario. Si creo en el valor de la reflexividad académica, entonces no podré servirme del concepto de “responsabilidad social” sin reflexionar sobre él y plantear una serie de cuestiones relativas a su origen, su empleo y sus posibles implicaciones.

En lo que se refiere al origen de la “responsabilidad social”, debe considerarse que se trata de un concepto forjado en el ámbito privado empresarial. Desde luego que esta circunstancia no es razón suficiente para descartar el concepto, pero sí debe hacer que seamos cautos al emplearlo y que nos interesemos en las funciones que ha desempeñado ahí en donde se inventó. No debemos olvidar que los conceptos responden a las necesidades internas de la esfera en la que se crean.

Al surgir en empresas privadas, el concepto de “responsabilidad social” ha obedecido a lógicas diferentes de las que deberían imperar en la universidad pública. Y esas lógicas podrían ser vehiculadas por el concepto. La “responsabilidad social”, como cualquier otro concepto importado, puede ser un Caballo de Troya que termine contribuyendo a la ya de por sí preocupante invasión de la ideología neoliberal en las universidades públicas.

El peligro concreto es que nuestro ámbito público universitario se vea contaminado y degradado por lógicas privadas empresariales en las cuales, por ejemplo, la responsabilidad social puede no ser más que una estrategia publicitaria para adquirir una imagen más atractiva en el mercado. Sabemos, en efecto, que la empresa privada puede presentarse como socialmente responsable para vender mejor sus productos al competir contra otras empresas. Es exactamente así como la etiqueta de “responsabilidad social” está funcionando en ciertas universidades públicas para conseguir más recursos y posicionarse mejor en la mezquina competencia por el reparto del presupuesto. El ámbito educativo termina convertido en mercado.

Si piensan que estoy exagerando, les contaré que hace unos meses, en una reunión universitaria de mi comisión académica, se nos dijo que ahora debíamos hablar de “responsabilidad social” para poder bajar recursos. El concepto está funcionando aquí exactamente como lo hacía en el ámbito empresarial del que proviene. Se trata de una simple estrategia publicitaria para persuadir al comprador, a quien habrá de comprar el producto o el proyecto que le vendemos, es decir, en este caso, los funcionarios que toman decisiones respecto a las aportaciones de recursos. Es por eso que digo que la universidad termina convertida en mercado, lo cual, desde luego, no debe achacarse a la “responsabilidad social” como tal, sino a la manipulación viciosa del concepto. El problema es que esta manipulación viciosa corresponde precisamente al funcionamiento de la esfera de procedencia del concepto. La “responsabilidad social” proviene del mercado y quizá no debiera sorprendernos que acabe desembocando en el mercado.

Lo extraño es que vayamos a buscar al mercado conceptos que nosotros mismos, como universitarios, deberíamos generar. Me preocupa que la universidad, que debería ser productora de ideas, acabe siendo consumidora de nociones producidas en una esfera tan profundamente ideologizada como es la del mundo empresarial. Además de exhibirse la alarmante influencia que este mundo empresarial puede llegar a ejercer en el ámbito académico, me temo que se está revelando aquí la falta de productividad conceptual de la universidad.

Ahora bien, además de mostrar nuestra esterilidad como productores de ideas, pienso que estamos delatando nuestra inconciencia como consumidores de ideas. Quiero decir que nos tragamos el concepto de “responsabilidad social” sin detenernos en sus ingredientes, igual que los mexicanos que usan la Salsa Tabasco sin saber que sus chiles vienen de México. Así como los chiles de la salsa estadounidense fueron cultivados por los mexicanos que luego consumen la salsa, así también los elementos constitutivos de la “responsabilidad social” han sido siempre cultivados por quienes luego se convierten en consumidores inconscientes del producto.

No es preciso recordar que los académicos e intelectuales hablamos de responsabilidad y de sociedad desde hace ya varios siglos. Hay una larga acumulación de especulaciones, discusiones e investigaciones filosóficas, politológicas, antropológicas, sociológicas y jurídicas que ahora olvidamos al emplear el concepto. Es como si no hubieran existido. Esta amnesia es también alarmante. ¿Cómo los universitarios podemos aceptar con entusiasmo una consigna o un eslogan aparentemente nuevo sin antes discutir y examinar detenidamente sus partes constitutivas?

¿De qué responsabilidad estamos hablando? ¿Y a qué sociedad nos referimos? Nada menos claro cuando reivindicamos la “responsabilidad social”. Nuestro empleo del concepto resulta muy ingenuo para quien esté mínimamente curtido en los debates que han rodeado a nociones centrales como las de “sociedad” y “responsabilidad”. Estas nociones deberían ser manejadas con mayor circunspección y deliberación. De lo contrario, nos exponemos a una serie de peligros sobre los que deseo atraer su atención. Me referiré aquí a doce peligros que alcanzo a vislumbrar.

Cuando hablamos de responsabilidad social, ¿qué sentido estamos dando a lo social? Para empezar, ¿pensamos acaso en la sociedad global o en una sociedad nacional o quizás en una local o regional? Esto debe aclararse, porque si yo soy responsable con respecto a la sociedad global puede ser que sea irresponsable con la sociedad mexicana o latinoamericana, y viceversa. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, un soldado nazi podría criticarles irresponsabilidad social a los comunistas desertores, y tendría la razón desde su punto de vista, que es el de cierta sociedad alemana.  Pero los desertores, en la perspectiva internacionalista, le criticarían falta de responsabilidad al soldado movilizado, y también tendrían la razón.

Una vez que hayamos identificado la sociedad con respecto a la cual habremos de responsabilizarnos, habrá que enfrentarse a quienes, como yo, consideran que lo social no existe como tal, que la sociedad está siempre disociada, que sólo consiste en una apariencia ideológica de unidad con la que se oculta la disociación de clases en su interior. Desde este punto de vista, que es el mío, responsabilizarnos con una sociedad es responsabilizarnos con la clase dominante que nos hace imaginar que existe dicha sociedad. Esta “responsabilidad social” puede posibilitar que se perpetúe cierta forma de opresión y explotación que tal vez desaparecería si nos permitiéramos ser un poco más irresponsables. Hay que alegrarnos, por ejemplo, de que la aristocracia francesa terminara siendo tan socialmente irresponsable como lo fue en la segunda mitad del siglo XVIII, pues esa irresponsabilidad social permitió agravar las contradicciones que estallaron en la Revolución Francesa.

El ejemplo de la Revolución Francesa me permite pasar a un tercer peligro que encuentro en el empleo ciego del concepto de responsabilidad social. Cuando no contextualizamos históricamente su empleo, existe el riesgo de que seamos irresponsables con el futuro por obstinarnos en asumir cierta responsabilidad con el presente. Si nos hubiéramos acercado a María Antonieta y le hubiéramos pedido que se mostrara socialmente responsable y que dejara de ser tan despilfarradora y de hacer tales fiestones memorables, y si la reina se hubiera dejado convencer, entonces habríamos evitado la revolución francesa y quizá ahora viviríamos en un mundo aún menos habitable que el que nos rodea. Seríamos irresponsables con el futuro por haber insistido en la responsabilidad con respecto a cierta sociedad y por haber permitido así que se perpetuara.

Cuando nos mostramos socialmente responsables en cierto contexto histórico, existe el riesgo de que lo perpetuemos, reduzcamos sus conflictos internos y le impidamos transformarse. Es algo, por cierto, que no dejamos de hacer los psicólogos. Esto me conduce al cuarto peligro de la responsabilidad social, y es el sentido conservador y reproductivo que suele tener, ya que se es responsable con respecto a lo que existe, es decir, con respecto a ciertas formas de existencia que tal vez deberían ser aniquiladas y superadas en lugar de ser responsablemente preservadas. La responsabilidad social tiende a ir a contracorriente del cambio, la transformación, la subversión y la revolución, por la simple razón de que no hay nada más irresponsable que una subversión o una revolución. Es claro que la responsabilidad social inhibirá esos gestos socialmente destructores a los que debemos, por cierto, mucho de lo mejor que hay en nuestro mundo.

Me parece que necesitamos de cierta irresponsabilidad y que no conviene convertir a la responsabilidad social en un valor absoluto, como lo hacen con frecuencia los promotores del concepto. He intentado mostrar que somos relativamente responsables, responsables en relación con alguien y con algo, pero esta responsabilidad siempre implica cierta irresponsabilidad. Vivimos en un mundo conflictivo, desgarrado, que nos hace pensar en un campo de batalla. En este campo, a veces debo mostrarme irresponsable con unos, en la trinchera enemiga, para ser responsable con otros en mi trinchera. Esto es así porque sólo puedo ser responsable con unos al serlo contra otros.

El aspecto esencialmente beligerante y conflictivo de nuestra vida y de nuestro mundo tiende a ser soslayado por la idea misma de “responsabilidad social”. Se es responsable hacia toda la sociedad. El concepto no toma partido por una clase contra otra, sino que es deliberadamente general y englobante. Me atrevo a decir que es un concepto pretendidamente imparcial, neutro y vacío, desprovisto de un proyecto político progresista o conservador, popular o elitista, revolucionario o reformista. Esto es inaceptable para quienes pensamos, como yo, que no hay manera de ser neutros e imparciales. Cuando pretendemos serlo, cuando no tomamos partido por algo, es porque estamos tomando partido por todo, por toda la sociedad con la que somos responsables, es decir, estamos optando por el orden establecido. Ser neutro y apartidista, para mí, es adoptar un proyecto conservador y reaccionario. He aquí un sexto peligro que nos amenaza en el concepto de responsabilidad social.

En el mejor de los casos, la responsabilidad social aparece como un sustituto edulcorado, light, artificial, de un proyecto político preciso. Este sustituto artificial es peligrosísimo para universidades, como es el caso de la Universidad Michoacana, que tienen una larga historia de compromiso militante con las clases desfavorecidas, las más oprimidas y explotadas. Al resumir nuestro compromiso político en el concepto apolítico de responsabilidad social, corremos el riesgo de perder lo más importante de lo que estamos resumiendo. Seremos amablemente responsables con esta sociedad en lugar de seguir apostando a su destrucción al mantenernos comprometidos con las clases que más sufren el peso de la sociedad.

El peligro es que el concepto de responsabilidad social puede servir como cuartada para eludir la cuestión política de nuestro posicionamiento y toma de partido. Este octavo peligro, el del apolitismo, se relaciona estrechamente con el noveno, el de caer en una concepción moralista y subjetivista, psicológica y psicologizadora, en la que se enfatizan la conciencia y la voluntad de individuos y grupos socialmente responsables, olvidándose las determinaciones objetivas estructurales, el sistema económico, la intrincada trama de las orientaciones históricas y las movilizaciones colectivas, las inevitables complicidades clasistas y los necesarios compromisos políticos. Todo esto desaparece cuando nos dejamos entusiasmar por la noción de “responsabilidad social” hasta el punto de imaginar que la solución de los grandes problemas estructurales puede llegar a depender únicamente de las buenas intenciones de individuos y de grupos, de su preocupación por el otro, de su disposición a ser socialmente responsables.

¡Como si nuestra propia responsabilidad social no pudiera ser manipulada y explotada por cierto sistema y por ciertos grupos! Éste es el décimo peligro que veo en la responsabilidad social. Cuando somos socialmente responsables, puede ser que lo seamos en perjuicio de las mayorías o de quienes más necesitan nuestra solidaridad. He conocido a bomberos españoles que perdieron su empleo remunerado gracias a las buenas intenciones de grupos de voluntarios que participaban gratuitamente en la extinción de incendios forestales. También conocí a basureros caídos en el desempleo y la miseria porque la buena gente disciplinada empezó a tirar la basura en los botes y no en las aceras.

No hay que olvidar que la responsabilidad social, como fue reconocido por el mismo Claus Offe, constituye un mecanismo disciplinario de autocontrol. Pero hablar de disciplina es hablar de poder. Hay que preguntarnos siempre, como psicólogos que somos, qué poder está ejerciéndose a través de nuestra supuesta responsabilidad social. Me atrevo a decir que siempre habrá ese poder, y al asumirlo y ocultarlo detrás de nuestra propia responsabilidad social, eximiremos y descargaremos de responsabilidad a los auténticos responsables en las altas esferas del poder político y económico. Aquí hay otro peligro, el onceavo, el de responsabilizarnos por los estragos causados por el sistema.

En lugar de luchar contra el capitalismo, nos sentimos responsables por sus víctimas e intentamos ayudarlas a través de nuestra caridad, la cual, de paso, puede servir para que las empresas socialmente responsables evadan algunos impuestos. Se nos hace también asumir la responsabilidad social de las crisis económicas y salvar a banqueros y especuladores con nuestros impuestos. Las compañías petroleras pueden ahorrarse costos de limpieza del mar cuando se cuenta con grupos de ciudadanos socialmente responsables que hacen gratuitamente una buena limpieza. Y nos encontramos finalmente con la inversión perversa, típicamente neoliberal, por la que respondemos de todos los vicios y errores de nuestros gobernantes.

Hemos llegado al extremo de imaginar que un gobierno como el de Peña Nieto es corrupto y criminal sencillamente porque refleja una sociedad mexicana corrupta y criminal. Seríamos entonces nosotros mismos, como sociedad, los responsables de que nuestros jóvenes hubieran sido asesinados a través del crimen organizado transformado en gobierno. Tendríamos el gobierno que nos merecemos. Esto es verdad en parte, pero no del todo, y si lo aceptáramos en sentido absoluto, disiparíamos la responsabilidad y olvidaríamos que no todos los sectores sociales tienen el gobierno que se merecen, que hay clases más inocentes que otras, que hay también individuos más responsables que otros, que nadie es tan responsable como un gobernante y que tenemos derecho a exigir que rinda cuentas por un crimen como el de Ayotzinapa.

Llego al último peligro de la responsabilidad social al que deseaba referirme. El concepto puede hacer que no reconozcamos la concentración de la responsabilidad en ciertos núcleos de poder económico y político. En lugar de hacer que los gobernantes asuman su responsabilidad, quizá la descarguemos estoicamente sobre nosotros los gobernados. Seremos entonces nosotros, cada uno de nosotros, los responsables de todo y de todos, como diría Dostoievski. Por lo tanto, seremos nosotros mismos los que tendremos que esforzarnos en cambiar. Lucharemos por cambiarnos en lugar de luchar para cambiar el sistema.

En lugar de una revolución a gran escala, haremos una de aquellas pequeñas revoluciones personales y domésticas en las que somos especialistas los psicólogos. Se tratará de cambiarlo todo en el sujeto para que todo siga igual en el mundo. El problema es que si todo sigue igual en el mundo, es muy poco lo que podremos cambiar el sujeto. Las transformaciones del individuo y de su entorno son interdependientes entre sí e indisociables una de otra.

Ya he mencionado los doce peligros que ahora percibo en el empleo imprudente del concepto de “responsabilidad social”. Estoy seguro de que hay más aspectos riesgosos que no consigo ver ahora. También confío en que muchos de los que logré detectar, quizás incluso todos ellos, puedan ser conjurados si el concepto se emplea con suficiente precaución. Esto exige reflexionar más en él y usarlo menos como consigna, eslogan, ideal o prescripción. Por mi parte, prefiero no emplearlo, pues no deja de parecerme demasiado peligroso y además resulta incompatible con mi posicionamiento político y con mi perspectiva teórico-epistemológica.

Lo público en la Universidad Michoacana

Charla para estudiantes de nuevo ingreso. Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, martes 9 de septiembre 2014.

David Pavón-Cuéllar

Tengo un colega y amigo mexicano que vive en París. Hace poco le escribí sobre la violencia en Michoacán y los cada vez más graves problemas económicos de la Universidad Michoacana. Me respondió la semana pasada, preguntándome si todavía no consideraba irme a otra universidad. Es la segunda vez que me lo preguntaba, y la primera vez, hace un par de años, su pregunta fue acompañada por una generosa y atractiva invitación a trabajar en otra universidad. Esta vez ya no hubo ninguna invitación, pero presentí, quizá ingenuamente, que la habría si yo confesaba que había llegado el momento de partir.

Es común, cuando uno es profesor nicolaita, que nuestros colegas de otras universidades nos pregunten si queremos irnos. Ya perdí la cuenta de cuántos me lo han preguntado, y más de una vez la pregunta vino acompañada por amables invitaciones u ofrecimientos de apoyo para conseguir un trabajo en otra universidad. Siento una enorme gratitud ante estos gestos amistosos, pero también me hacen preocuparme cada vez más. ¿Será que de verdad estamos tan mal? Puede ser que sí. Mi temor es que esté rechazando los salvavidas mientras se hunde el barco al que me aferro, y que después, una vez que el barco esté hundido, ya no haya ningún rescatista que me ofrezca salvavidas y yo termine ahogándome, hundiéndome con mi barco michoacano.

Desde luego que no quiero ahogarme, pero tampoco me gustaría irme a otra universidad. Estoy feliz en este barco. Espero que siga flotando y que me permita permanecer aquí el mayor tiempo que sea posible.

Debo decir que antes de subirme a este barco, hace ya muchos años, yo deseaba estar y trabajar aquí. Fue mi propio deseo el que me trajo, y mi deseo no se explicaba ni por haber estudiado en esta universidad ni por ser de Morelia o de Michoacán. Soy defeño, de la capital, y nunca viví en esta región del país. Tampoco tengo el gusto de contar con michoacanas o michoacanos entre mis parejas o amistades o antepasados. Nada previo me unía entonces ni a Morelia ni al estado ni a su universidad. Y sin embargo, hice todo lo posible para venirme a vivir a Morelia y trabajar en esta universidad. Esto es algo que me sorprende mucho ahora, sobre todo ahora, cuando sé que la mayoría de mis colegas llegaron aquí simplemente porque son de aquí, por las circunstancias o por aparentes azares del destino. Yo debí obstinarme en venir.

Bueno, es verdad que había dos o tres otras universidades en las que habría trabajado con gusto, pero también es verdad que la Michoacana terminó siendo mi primera opción a pesar de todo lo mal que escuché sobre ella. Me insistieron en que estaba en bancarrota, que era demasiado conflictiva, que siempre estaba en huelga, que había grupos de poder que lo controlaban todo, que la descomposición social del estado, que la corrupción y la violencia y todo lo demás que ya conocen. En fin, una imagen desoladora. Y aun así, yo deseaba trabajar aquí. ¿Por qué? ¿Por qué un deseo tan intenso de la Universidad Michoacana? ¿Y por qué sigo ahora tan aferrado a este barco?

Son muchas las razones y no consigo distinguir entre las más y las menos importantes, entre las que me hicieron subirme al barco y las que me hacen ahora mantenerme a bordo y rechazar los salvavidas que me ofrecen. Y sin embargo, ahora que lo pienso, hay una razón que se destaca por sobre todas las demás.

La Universidad Michoacana es pública y yo creo en la educación pública. Tal vez haya que agregar que no creo en la educación privada. Y no creo en ella porque la conocí, porque tuve la experiencia de la gran aberración por la que uno recibe saber a cambio de la colegiatura que paga. El dinero se transmuta de manera casi mágica en un profesor, en un conocimiento, en calificaciones y hasta en títulos. Todo aparece cuando uno introduce la moneda. El estudiante se vuelve cliente y el maestro se ve reducido a un vendedor cualquiera. El conocimiento se torna simple mercancía y la universidad es una tienda como cualquier otra. Esto puede llegar a ser diferente, desde luego, cuando no hay un propósito lucrativo, sino un proyecto social o político, tal vez de índole celestial como el de ciertos religiosos, entre los que no incluyo, desde luego, a los legionarios de cristo. Sin embargo, aun en estos casos, no creo en la educación privada porque pienso que la educación es algo demasiado importante como para privatizarlo y subordinarlo a los intereses o ideales de un sector específico. La educación debe ser de toda la sociedad y para toda la sociedad, y nadie tendría que tener derecho de acapararla de ningún modo.

Decir que la Universidad Michoacana es pública significa también que se trata de un espacio público, abierto, no cerrado al mundo exterior. La calle se prolonga al interior de la Universidad y de la Facultad. No estamos fuera de la ciudad ni de la sociedad. Los perros callejeros entran a la Facultad como Juan por su casa. A veces nos encontramos con limosneros y con vendedores ambulantes. Recientemente hasta hubo profesores amenazados por estudiantes quizá vinculados por el crimen organizado. Pero también las luchas sociales no dejan de agitar nuestra máxima casa de estudios. Todos los problemas sociales atraviesan los muros de la universidad.

Si hay violencia y miseria en el exterior, no debe sorprendernos entonces que las haya también en el interior, pues aquí no hay un interior diferente del exterior. El interior es parte del exterior. La universidad es parte de la sociedad y está atravesada por la sociedad con todos sus conflictos y todas sus carencias.

Decir que la universidad es pública implica también que no tiene propietario. Hay que aclarar que no es del gobierno. Quizá el gobierno la gestione, pero no la posee, pues nadie posee lo público y es por eso que se trata de algo público, no privado. Lo público no es de nadie en particular, ni siquiera de nosotros que estamos aquí, sino que es de todos, de toda la sociedad que paga la universidad pública con su trabajo, con lo que produce y con los impuestos que se generan con lo que produce. Esta universidad es tan de ustedes como de las trabajadoras y los trabajadores, en fábricas, minas y campos, que no están aquí, pero cuyo trabajo nos está pagando todo esto que nos rodea. Tenemos una deuda con ellas y ellos que nos pagan la educación, y esto es algo que no debemos olvidar jamás cuando estamos en una universidad pública como la Michoacana.

La Michoacana es pública y ésta es una primera razón por la que estoy aquí. Pero hay otras universidades públicas en México y en el mundo, y seguramente muchas de ellas, quizá la mayoría, tienen mucho que ofrecer, y sin embargo yo he preferido ésta que otras. ¿Por qué?

Me atrevo a decir, para empezar, que nuestra universidad no sólo es una universidad pública, sino que tiende a ser también, en cierto sentido, más pública, entiéndase más abierta y más de todos, que otras universidades públicas. Es una universidad a la que vienen a estudiar jóvenes de otros estados que muchas veces no podrían estudiar una carrera universitaria si nuestra universidad no existiera. Esto quiere decir que nuestra universidad es más pública, más abierta y más de todos, lo que la hace, al menos desde mi punto de vista, mejor que otras universidades públicas que se han ido privatizando, es decir, que se han ido cerrando, que se han ido convirtiendo en privilegio de unos y han dejado ya de ser de todos.

Cuando una universidad pública se privatiza, entonces deja de ser un derecho de todos y se convierte en privilegio de unos cuantos. Esto es un robo, sí, un robo por el que cierto sector de la sociedad le roba la educación a toda la sociedad. Lo que es de todos termina siendo monopolizado por unos cuantos. Se les arrebata la educación pública a los trabajadores que la pagan y se les entrega a quienes habrán de explotarlos. Esto no se justifica de ningún modo, ni siquiera bajo el argumento de la calidad.

Es deseable, desde luego, que la educación pública sea de calidad, sea cual sea el significado que le demos a esta palabra. Pero antes debe ser pública, y si deja de ser verdaderamente pública para ser de calidad, entonces no sólo se convierte en un producto de lujo como la educación impartida en ciertas universidades privadas, sino que se torna un producto robado que no ha sido pagado por quienes la acaparan, sino por todos, pues no deja de ser mantenida por el erario público. Digamos que la educación pública se privatiza cuando unos pocos privan de ella a todo el  resto del pueblo. Esto no ha ocurrido todavía en la Michoacana, pero debemos cuidar que no ocurra. Mejor un barco hundido que un barco robado por los piratas.

No conocía ni conozco bien todas las universidades públicas de México, pero sí debo decir que una de las razones decisivas que me hizo venir y que ahora me hace aferrarme a la Universidad Michoacana es precisamente que me parece una universidad más pública, más abierta, más de todos, más de los de abajo, más de los trabajadores, más popular, menos elitista, menos pirateada que otras universidades. Muchos estudios socioeconómicos de la población universitaria confirman esta idea. Por ejemplo, somos la universidad pública estatal con más indígenas en México. Podríamos incluso afirmar, con cierta dosis de optimismo, que somos una universidad auténticamente pública y popular. La Michoacana, en efecto, se acerca mucho al ideal de ser una universidad del pueblo y para el pueblo, pagada por el pueblo como otras universidades públicas, pero también gozada por el pueblo, por todo o casi todo el pueblo, por hijos e hijas de jornaleros e indígenas, de obreros y mineros, de madres solteras y espaldas mojadas. Nuestra universidad no cierra o sus puertas, al menos en principio, a quienes vienen de rancherías y telesecundarias, quienes debieron trabajar desde niños en la milpa, quienes debieron ocuparse de sus pequeños hermanos, quienes difícilmente serían admitidos en otras universidades públicas, en las privatizadas, en los barcos tomados por los piratas.

He conocido a estudiantes que tienen un gran criterio y madurez intelectual, pero que también cometen las faltas de ortografía más elementales, pues nunca se les ofreció la ocasión de corregirlas antes de empezar los estudios universitarios. Hay muchas y muchos que han pasado hambre y que han sufrido todas aquellas violencias y humillaciones por las que la miseria viene a veces acompañada. Se trata de estudiantes que son pueblo y a los que esta universidad a menudo permitirá salir de la miseria de sus familias y dejar de ser oprimidos y explotados. Para ellos, la educación verdaderamente pública es también una forma de liberación social. Es nuestra universidad la que tal vez les permita liberarse de todo aquello por lo que han sido sistemáticamente oprimidos y explotados, pero también marginados o enajenados. Nuestra máxima casa de estudios les habrá permitido pensar lo que no tenían permiso de pensar, entrar ahí en donde no tenían derecho de entrar, y les ha dado la posibilidad de elegir ahí donde otros elegían por ellos y en lugar de ellos.

Más allá de la movilidad social, hay una transformación y liberación social que puede llegar a ocurrir en las aulas. Esto es para mí nuestra Universidad Michoacana, y esto es lo que hace, también para mí, que sea única y especial, y que se distinga de muchas otras universidades públicas. Es por esto que yo la he preferido, y es también esto lo que yo preservaría y desarrollaría. Y no hay que olvidar que esto ha sido posible, en gran medida, por la gratuidad o por las bajas cuotas, y especialmente por las Casas de Estudiante que han asegurado alojamiento y a veces alimentación a varias generaciones sucesivas de estudiantes de bajos recursos provenientes de diferentes regiones del país. Hay quienes quieren suprimir las Casas de Estudiante para sanear las finanzas de la universidad, para quitarle peso al barco y que no se hunda. Pero esto es piratería. Sin Casas de Estudiante, la Universidad Michoacana deja de ser lo que es. El barco tal vez no se hunda, pero ya no es el mismo barco, sino un barco pirata.

Para ser lo que es, la Universidad Michoacana debe ser popular. Lo popular está unido, tan unido a esta institución, que lo encontramos en sus mismos orígenes, en el siglo XVI y en el Testamento de nuestro fundador, Vasco de Quiroga, quien legó la universidad al pueblo y específicamente a los indígenas purépechas. Podemos leer en su testamento: “Por cuanto lo hicieron todo los indios de esta ciudad de Michoacán por mi ruego y mandado, sin habérseles pagado bien como debiera, que se le quede todo como dicho es perpetuamente para siempre jamás al dicho colegio de San Nicolás con cargo que en recompensa y satisfacción de lo que allí los indios de esta ciudad de Michoacán y barrios de la Laguna trabajaron, pues ellos lo hicieron y a su costa, sean perpetuamente en él gratis enseñados todos los hijos de los indios”, e insiste: “que han de ser enseñados gratis como es dicho, en satisfacción y recompensa de lo que allí y en otra cualquier parte y obra hubieren trabajado los dichos indios”.

La Universidad Michoacana, desde un principio, fue de los indígenas y para los indígenas, del pueblo y para el pueblo, de los dominados y para los dominados, de los más pobres y para los más pobres. En cierto sentido, los demás estamos invitados, y debemos tener una enorme gratitud hacia quienes nos comparten generosamente su universidad. Tenemos también que hacer todo lo posible para preservar su carácter público, pues este carácter público es lo que hace que aquí, en la Universidad Michoacana, la educación haya sido también liberación. Recordemos que las aulas de nuestra universidad vieron pasar a nuestros libertadores Miguel Hidalgo, José María Morelos, José María Izazaga e Ignacio López Rayón, héroes de la Independencia, quienes ayudaron a nuestra liberación del colonialismo español. Es un honor que el gobierno virreinal español decidiera cerrar nuestra universidad precisamente por su naturaleza rebelde y sediciosa. Luego será el furioso liberal Melchor Ocampo quien reabra sus puertas en 1847. Por último, en el siglo XX, nuestra universidad será honrada por intelectuales particularmente críticos y comprometidos como Aníbal Ponce, María Zambrano y Eli de Gortari. La movilizaciones estudiantiles de 1963 y 1966 precederán e impulsarán las de la Ciudad de México.

Ya nos liberamos de la corona española y de uno que otro despotismo posterior, pero queda todavía mucho a lo que deberíamos dejar de someternos. Lo encontrarán en las calles, en las aulas, en sus clases e incluso en la psicología que estudian, que a veces resulta comparable a esa religión con la que se aseguró la opresión, explotación, marginación y enajenación de los indígenas. Esto se encuentra obviamente en cualquier otra universidad, pero aquí somos especialistas en resistencias populares y luchas liberadoras. Tenemos todo para liberarnos al menos de las peores ideologías psicológicas. Intentemos que nuestra liberación confirme el carácter auténticamente público de nuestra universidad.

Es por lo público por lo que yo vine y permanezco aquí, hablando con ustedes, y es también por lo público por lo que muchas y muchos de ustedes pueden estar aquí, estudiando y quizá liberándose, y no allá, sometidos, trabajando en algún centro de explotación del sistema. No estamos aquí ni por la calidad ni por los rankings ni por las acreditaciones. Todo esto quizá tenga su importancia, pero si fuera lo que más nos importara, tal vez habría que pensar mejor en irse a otra universidad. Si estamos aquí, es por algo diferente.