
David Pavón-Cuéllar
Texto elaborado por el autor a partir de sus notas utilizadas el 9 de agosto de 2026 en una charla para estudiantes de nuevo ingreso en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Apertura
La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se inauguró con este nombre en 1917, pero su historia comenzó casi cuatrocientos años antes. Con tantos años de historia, nuestra máxima casa de estudios –también conocida como La Nicolaita– es una de las más antiguas instituciones de educación superior del continente americano. Su fundación en 1540 es anterior a los años en que se fundaron las instituciones universitarias de mayor tradición en América: las de México y San Marcos de Perú en 1551, la de Córdoba en Argentina en 1613, la de Harvard en Estados Unidos en 1636 y la de San Carlos de Guatemala en 1676. Antes de que todas estas famosas universidades aparecieran en el mundo, nosotros los nicolaitas ya estábamos aquí, haciendo lo que seguimos haciendo, enseñando y aprendiendo, investigando y reflexionando, pero también criticando lo que va mal y luchando para transformarlo.
Nuestra crítica y nuestra lucha transformadora son prácticas distintivas de nuestra universidad. Son algo que nos ha distinguido como docentes y estudiantes, que nos ha hecho destacar sobre otras universidades, aun cuando ahora casi nadie lo evoque. Aunque lo olvidemos, no dejamos de ser lo que hemos sido. Recordarlo es recordarnos. Es lo que intentaré hacer ahora.
Contaré lo que somos, lo que hemos sido, para que sepan ustedes lo que podrán ser al ingresar a la Universidad Michoacana y al integrarse así a lo que somos. Desde luego que pueden elegir no serlo, pero será porque de algún modo se olvidarán a sí mismos como nicolaitas, porque se desconocerán o se traicionarán como tales. No hay nada raro en esto. Es incluso lo más común, lo más habitual, pero no por ello dejamos de ser lo que ahora les contaré en unos pocos minutos.
Comenzaré por nuestro fundador, Vasco de Quiroga, para narrar seguidamente nuestra fundación en 1540 y nuestra historia en tiempos del colonialismo español. Me referiré después a nuestro papel en la Independencia de nuestro país, cuando Miguel Hidalgo y José María Morelos formaron parte de nosotros, y recordaremos cómo se nos castigó y cómo resurgimos con Melchor Ocampo en 1847. Luego atravesaremos las épocas porfirista, revolucionaria y posrevolucionaria para llegar a los tiempos de combates por el cardenismo y por el socialismo, contra el autoritarismo y por la democracia. Veremos a cada momento cómo nuestra historia, la historia de nuestra universidad, se ha insertado en la historia de México y del mundo.
Vasco de Quiroga
Nuestro fundador fue Vasco de Quiroga, nacido hacia 1470 en Madrigal de las Altas Torres, un pueblo español rodeado por grandes murallas medievales. Cuando Quiroga tenía unos 50 años de edad, fue enviado al norte de África, a la ciudad argelina de Orán, que había sido conquistada por los españoles. Quiroga debía fungir ahí como juez. Tenía que juzgar al gobernante español de la ciudad, el corregidor Alonso Páez, al que la población local acusaba de abusos y desmanes. Fue lo que hizo Quiroga, comenzando su combate pacífico personal contra la injusticia colonial que luego prosiguió en México.
Antes de venir a nuestro país, Quiroga debió cumplir otra misión en el norte de África: la de negociar un tratado de paz con el rey musulmán de Tremecén en Argelia. El tratado incluía un artículo que garantizaba libertad religiosa y otros derechos para los pueblos musulmanes conquistados por los españoles. Tenemos aquí otro indicio de la relación respetuosa de Quiroga con las diferencias culturales y religiosas: relación fundamental para su posterior experiencia en tierras mexicanas.
Quiroga llegó a México en 1530 con un encargo similar al que había tenido en Orán. Su misión ahora era frenar y castigar los excesos de Nuño de Guzmán, quien presidía la Primera Audiencia, que era entonces el máximo órgano del gobierno de la Nueva España. Los excesos de Guzmán habían ocurrido primero en el Pánuco, al norte de Veracruz, donde esclavizó y vendió a miles de indígenas, y luego en Michoacán y en el noroeste de México, donde incendió y arrasó innumerables poblados, además de asesinar a caciques y gobernantes. Uno de ellos fue el último emperador purépecha, el cazonci Tangáxoan Tzíntzicha, quien recibió pacíficamente a los españoles tan sólo para que ellos lo torturaran y lo condenaran a morir por estrangulación y ser quemado hasta las cenizas. Lo que justificó semejante condena fue la llamada sodomía de Tangáxoan, su homosexualidad, lo que ilustra el nivel de homofobia de los europeos de aquellos años.
Además de homófobos, Nuño de Guzmán y sus soldados eran asesinos, genocidas, torturadores, ladrones, extorsionadores, ecocidas, violadores y todo lo demás que se les ocurra. Eran peores, más crueles y perversos, que los demás conquistadores españoles de la época. La ola de violencia que desataron en Michoacán provocó naturalmente la huida masiva de los indígenas hacia las zonas serranas y la disgregación de sus comunidades con sus estructuras políticas, económicas y religiosas.
La devastación colonial de las tierras michoacanas fue conocida por Vasco de Quiroga primero como oidor de la Segunda Audiencia y luego como obispo de Michoacán. En ambas funciones, Quiroga se alió con los pueblos originarios contra los invasores españoles. Aunque ciertamente sea justo criticar a Quiroga por ver a los indígenas como niños dóciles que sólo esperaban ser dominados y educados, no debemos olvidar que dedicó los últimos treinta y dos años de su vida a defenderlos y a esforzarse por todos los medios en reparar los abusos de los conquistadores.

Entre 1533 y 1565, Quiroga se empeñó en reconstituir la sociedad purépecha, reunificar la población en núcleos urbanos y recuperar su territorio que había sido saqueado, arrasado y fragmentado por las huestes de Nuño de Guzmán. Quiroga también empleó su propio salario y su propia riqueza personal para comprar tierras a los españoles y devolvérselas a los indígenas de Michoacán. En esas tierras, creó un pueblo-hospital como el que había creado antes muy cerca de la Ciudad de México, llamándolo igual, Santa Fe, y organizándolo de la misma forma inspirada por la Utopía de Tomás Moro. Fue así como nació en 1533 la actual población de Santa Fe de La Laguna en la que siguen habitando los purépechas en la actualidad.
En tiempos de Vasco de Quiroga, el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna materializaba mucho de aquello a lo que aspiramos en el comunismo. Era un microestado con tierras comunales, con usufructuarios en lugar de propietarios, sin propiedad privada, con reparto de los bienes según las necesidades individuales y con apoyo solidario para los más necesitados. La organización del pueblo se inspiraba también de la cultura política indígena, dando una posición de poder a los ancianos, integrando el culto religioso y el gobierno civil, y distribuyendo el espacio en función de los puntos cardinales.
Además de fundar y organizar el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna, recuperar tierras para los purépechas y defenderlos contra los abusos de los españoles, Vasco de Quiroga promovió los oficios artesanales tradicionales y trabajó con las comunidades para asegurar su autosuficiencia económica. También le debemos lo que ahora más nos interesa: la fundación del Colegio de San Nicolás en Pátzcuaro. Fue este colegio el que terminó convirtiéndose en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Colegio de San Nicolás
Si nuestra Universidad Michoacana sigue siendo ahora de San Nicolás, es precisamente porque proviene del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga. Es también por esto que nos llamamos nicolaitas, por San Nicolás, un santo del siglo tercero que se convirtió durante la Edad Media en la personificación de la generosidad y en el patrón de los solteros, los niños y los jóvenes estudiantes. Resultaba natural, entonces, que su nombre fuera el del Colegio de San Nicolás.
Hay que decir que el antiguo Colegio de San Nicolás, el de los tiempos coloniales, era muy diferente de nuestra actual Universidad Nicolaita. Su objetivo no era formar a profesionistas como nuestros ingenieros, abogados y psicólogos, sino preparar a sacerdotes, adiestrar a evangelizadores y educar a hijos de indígenas. La instrucción era marcadamente religiosa e incluía siempre lecciones de teología, pero también se enseñaban artes, filosofía, retórica y gramática latina. Por si fuera poco, había una enseñanza obligatoria de lenguas y costumbres indígenas purépechas, nahuas y otomíes. En esto, al menos en esto, el Colegio de San Nicolás estaba muy por delante de nuestra actual universidad, en la que estamos tan bien colonizados que sólo imponemos el idioma inglés y sólo transmitimos saberes europeos y estadounidenses, ignorando casi por completo la inagotable sabiduría de los pueblos originarios.
Además de enseñar lenguas y saberes ancestrales mesoamericanos, el Colegio de San Nicolás incluía a más estudiantes indígenas que españoles. Unos y otros convivían dentro del Colegio. Entre ellos, el trueque lingüístico era obligatorio: los europeos debían dar lecciones de latín o castellano a los nativos que debían enseñarles náhuatl o purépecha. Las relaciones entre estudiantes eran predominantemente horizontales, pero los españoles habitaban en el Colegio bajo un régimen de internado, ya fuera pagando manutención o apoyados con becas de gracia, mientras que los indígenas acudían en el día y luego dormían fuera, generalmente en sus casas familiares.
Los estudiantes indígenas del Colegio recibían una educación gratuita. Primero el Colegio era financiado únicamente por Quiroga. Luego, a partir de 1543, el rey Carlos Primero de España y Quinto de Alemania aceptó asumir el patronazgo del Colegio, el cual, entonces, cambió su nombre a Real Colegio de San Nicolás Obispo. Sin embargo, incluso después de 1543, la principal fuente de ingresos del Colegio fue el salario de Quiroga. Es por esto que el Colegio le pertenecía en derecho a Quiroga, quien pudo entonces, al fallecer en 1565, legárselo de modo formal y explícito a los indígenas michoacanos, empleando para ello las palabras conmovedoras que aún podemos leer en su Testamento.
En la expresión testamentaria de su última voluntad, Quiroga decide que el Colegio sea para “los indios”, que sea para ellos “para siempre jamás”, para que “sean perpetuamente en él gratis enseñados”. El obispo justifica su decisión porque los indígenas “lo hicieron todo”, porque no se les pagó “bien como debiera”, y entonces lo justo es que el Colegio sea para ellos “en satisfacción y recompensa de lo que allí y en otra cualquier parte y obra hubieren trabajado los dichos indios”. Quiroga es así consciente de la explotación de los pueblos originarios en la Nueva España –una explotación que prosigue hoy en día en México– y es por ello que intenta compensarlos al menos un poco al heredarles el Real Colegio de San Nicolás Obispo.
Los herederos de Quiroga no han renunciado jamás a su herencia. Esto quiere decir que el Colegio, convertido en la Universidad Michoacana, les pertenece a los pueblos originarios, especialmente a los purépechas, quienes de modo generoso y hospitalario comparten su espacio con quienes –como yo– no venimos de sus comunidades. Esto es algo que debemos guardar en la memoria como estudiantes y docentes de nuestra universidad.
Hay algo más que debemos recordar en el Testamento de Quiroga. El obispo dice literalmente que lega el Colegio a los indígenas para que en él se eduquen “gratis”, de modo gratuito, “sin que para ello den ni paguen ni se les pida ni lleve cosa alguna”. Estas palabras tan claras y enfáticas establecen el derecho histórico a la educación gratuita primero en el Colegio de San Nicolás y ahora en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo: un derecho que ha debido ser defendido por nuestros estudiantes cuando las autoridades han intentado arrebatárselos. Es lo que ocurrió la última vez hace doce años, en 2014, cuando nuestra Facultad de Psicología fue el epicentro de un importante movimiento nicolaita por la gratuidad. Este movimiento defendía el derecho establecido por Quiroga en 1565.
Después de 1565, el Real Colegio de San Nicolás Obispo fue administrado por el Cabildo Eclesiástico, el cual, en unos pocos años, parece haber traicionado la última voluntad expresa de Quiroga. Es al menos lo que podemos inferir de un documento de 1576 donde el propio Cabildo informó que la mayoría de los estudiantes no eran ya indígenas, sino españoles, criollos y mestizos, descritos como “hijos de personas nobles, pero pobres y necesitadas, que no deben exponer a sus hijos a oficios mecánicos”. Entrevemos aquí la división de castas de la época, en la que el trabajo manual debía ser efectuado por los indígenas, mientras que los mestizos, criollos y peninsulares tenían el privilegio del trabajo intelectual para el que requerían de un Colegio como el de San Nicolás. El Colegio no cerraba sus puertas a los indígenas, pero éstos dejaban de ser mayoritarios para volverse minoritarios, tal como lo son ahora en la Universidad Michoacana en la que se convirtió el Colegio.
Pareciera entonces que el Colegio de San Nicolás fue escamoteado a los pueblos originarios en los diez o veinte años que siguieron a la muerte de Quiroga. El escamoteo se consumó en 1580, cuando el Colegio abandonó la ciudad indígena de Pátzcuaro y se instaló más al noreste, en el valle de Guayangareo, en la ciudad española de Valladolid, como se llamaba entonces Morelia. Es aquí donde permanece desde entonces.
Primera de las revueltas nicolaitas
Al instalarse en Morelia, el Colegio de San Nicolás absorbió a otro colegio, el de San Miguel Guayangareo, que había sido fundado por Fray Juan de San Miguel para instruir a hijos de españoles, mestizos y caciques indígenas de la provincia. Los dos colegios confluyeron en 1580 para seguir educando a diversas castas de la sociedad colonial. Pocos años después, entre 1590 y 1610, tenemos el primer eslabón de una larga cadena de situaciones conflictivas en las que nuestra institución ha desafiado a los poderes establecidos.
La primera de las revueltas nicolaitas estalló porque dos obispos michoacanos sucesivos, los dominicos Alonso Guerra y Domingo de Ulloa, se empeñaron en convertir a nuestro Colegio en un seminario para la preparación de sacerdotes. Los obispos contaron con el apoyo del mismísimo Papa Clemente VIII: el que había mandado ejecutar en la hoguera al genial filósofo Giordano Bruno porque se obstinaba en afirmar que María no era virgen, que Jesús no era Dios, que ninguna divinidad había creado el universo, que el sol era sólo una estrella más, que la tierra no era el centro del universo y que había muchos mundos además la tierra. Tras atreverse a proferir tantas verdades, Bruno fue impelido por todos los medios a retractarse, pero no lo hizo, lo que le costó la vida.
El cuerpo de Bruno ardió en las llamas en el año de 1600, y sólo un año después, en 1601, el mismo Papa que lo había condenado ordenó con una bula que nuestro Colegio de San Nicolás se transformara en Seminario Conciliar. En esos tiempos, ante una bula papal, no había más alternativa que bajar la cabeza y obedecer, pero no fue lo que ocurrió en el Cabildo Eclesiástico de Valladolid y en su Colegio de San Nicolás. Nuestros predecesores –al igual que Bruno un año antes– desafiaron al Sumo Pontífice y se declararon en abierto desacato por considerar con razón que la bula papal contradecía el espíritu del Colegio y sus objetivos fundacionales enfocados a educar no sólo a los sacerdotes, sino al conjunto de la población tanto indígena como criolla, peninsular y mestiza.
Tras un largo litigio civil y eclesiástico, el conflicto llegó a su fin en 1610, cuando el nuevo Santo Padre Paulo V revocó la bula de su antecesor. Hay que decir que, a diferencia de Clemente VIII, Paulo V era alguien tolerante, pacífico, sensato y razonable. Es verdad que debió censurar a Nicolás Copérnico y a Galileo Galilei porque seguían defendiendo verdades tan escandalosas como las de Giordano Bruno. Sin embargo, en lugar de supliciar a Galileo en la hoguera, se reunió con él para expresarle cordialmente su comprensión, asegurándole que no tenía nada que temer.
La historia de Galileo es bien conocida. Como Giordano Bruno, se negó rotundamente a retroceder. No se retractó de las verdades que afirmaba. Ni siquiera cedió al enunciar como una simple hipótesis aquello de lo que estaba seguro: que el universo no giraba alrededor de la tierra, que era la tierra la que giraba alrededor del sol, que el sistema era heliocéntrico y no geocéntrico.
Si consideramos a Galileo el fundador de la ciencia moderna, es porque era tan desobediente y obstinado como Giordano Bruno, pero también como los nicolaitas de su época, los que se negaron a convertir el Colegio de San Nicolás en un simple seminario para la formación de curas. Fue gracias a esa desobediencia y obstinación que tenemos ahora, no solamente la ciencia moderna, sino la Universidad Nicolaita. Hoy debemos recordar que nuestra universidad no existiría sin el desacato de los nicolaitas que nos dieron así una lección como la que recibimos de Galileo y Giordano Bruno: la de rebelarnos contra la autoridad cuando la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado.
Ilustración e Independencia
La importante lección de rebeldía que acabo de resumir es la primera de muchas otras. La siguiente, quizás la mayor de todas, es la que nos darán muchos años después, al final de la época novohispana, los más ilustres de los nicolaitas: los héroes independentistas Miguel Hidalgo y José María Morelos. Ambos estuvieron en el Colegio de San Nicolás a finales del siglo XVIII. Hidalgo fue alumno, profesor e incluso rector de nuestra institución, mientras que Morelos fue estudiante de Hidalgo y recibió su influencia ideológica.
Hidalgo y Morelos personifican mucho de aquello que fermentaba en Morelia y en el Colegio de San Nicolás en el siglo XVIII. En este Siglo de las Luces, el Colegio incorporó sucesivamente asignaturas de Filosofía, Moral y finalmente Leyes e Idioma Tarasco, es decir, purépecha. Además de esta apertura a lo indígena y a lo secular, hubo una visión moderna racionalista y utilitaria, ecléctica y tolerante, que penetró en el ambiente intelectual a través de la obra del zamorano Juan Benito Díaz de Gamarra, lector de René Descartes y de Christian Wolff. Por su parte, el rector y catedrático nicolaita Juan José Moreno publicó en 1766 un libro sobre Quiroga con el que podía tomarse conciencia no sólo de su legado, sino de la trascendencia histórica del Colegio de San Nicolás.
Un digno heredero de Quiroga en el siglo XVIII fue Fray Antonio de San Miguel, quien se desempeñó como obispo de Michoacán entre 1783 y 1804, años en que impulsó grandes obras públicas para crear empleos al mismo tiempo que defendió a las clases desprotegidas, criticó los latifundios improductivos y propuso distribuir tierras a los indígenas. Fue en este contexto en el que Mariano de Escandón, Conde la Sierra Gorda, incorporó las cátedras de Leyes y Tarasco en el Colegio de San Nicolás. En el mismo Colegio, bajo el cobijo del obispo de San Miguel, José Pérez Calama introdujo a finales del siglo XVIII un espíritu ilustrado liberal e igualitario que se aprecia en su libro Política Cristiana, en el que no dudaba en afirmar que “es el hombre libre”, que “la sujeción es penal” y que los amos “son de la misma especie y naturaleza” que los siervos.

Calama estuvo en el Colegio de San Nicolás desde 1776, cuando comenzó la Independencia de Estados Unidos, hasta 1789, cuando estalló la Revolución Francesa. Estos dos acontecimientos prepararon el terreno para las gestas independentistas de las colonias españolas en el continente americano. La de México se gestó precisamente en el Colegio de San Nicolás, donde Calama fue maestro y mentor de Miguel Hidalgo y Costilla, quien lideró la primera etapa de la lucha insurgente.
Antes de comenzar nuestra lucha por la Independencia en 1810, Hidalgo permaneció en el Colegio de San Nicolás durante veinticinco años, desde 1767 hasta 1792, primero estudiando, luego enseñando y finalmente dirigiendo nuestra institución. Aquí, en el espacio nicolaita, Hidalgo leyó a autores franceses de la época, entre ellos Molière, Descartes, Bossuet, Diderot y D’Alembert, varios de ellos prohibidos por la Inquisición y por la Corona Española. Esta prohibición no impidió que su lectura fuera promovida entre los estudiantes cuando Hidalgo fue profesor y rector del Colegio de San Nicolás.

Hidalgo siguió los pasos de su maestro Calama al favorecer el espíritu ilustrado en los estudios universitarios nicolaitas. Favoreció este espíritu no sólo con sus lecturas francesas, sino al animar a sus estudiantes a criticar los viejos dogmas y al impulsar la creación de nuevas asignaturas artísticas y científicas. Vislumbramos aquí las valiosas lecciones que recibimos de Calama, de Hidalgo y de su generación de nicolaitas ilustrados: lecciones de rebeldía, insumisión y libertad, pero también de racionalidad, cultura, ciencia, modernidad y cosmopolitismo.
Lo que Hidalgo nos legó es aquello por lo que tiene sentido que su apellido se agregue al final del nombre de nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Al decir que nuestra universidad es de Hidalgo, nos comprometemos con lo que Hidalgo nos legó. Este legado es parte de lo que el propio Hidalgo ayudó a materializar en la Independencia de nuestro país.

Nuestra Independencia, tal como se gesta en el ambiente ilustrado nicolaita, constituye también la materialización política de un vínculo estrecho del Colegio de San Nicolás con los pueblos originarios: un vínculo establecido por Quiroga en el siglo XVI y reafirmado en el siglo XVIII con la enseñanza del idioma tarasco. Este vínculo es decisivo para Hidalgo, quien, por cierto, dominaba no sólo el francés y el latín, sino el otomí, el náhuatl y el purépecha. Siendo alguien muy próximo a las comunidades indígenas, Hidalgo se comprometió resueltamente con ellas a través de su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. El mismo compromiso reaparece en el otro gran líder independentista nicolaita, Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias”, abolió cualquier “distinción de castas” y ordenó que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.
Además de Hidalgo y de Morelos, hubo otros nicolaitas con papeles protagónicos en la independencia. Recordemos a los cuatro más destacados: José María Izazaga, quien aportó recursos propios y organización civil a la causa libertadora; José Sixto Verduzco, defensor de un poder independiente civil unificado; Ignacio López Rayón, quien abogó por la división de poderes e insistió en dar un marco legal al movimiento independentista; y el polémico emperador Agustín de Iturbide, quien logró consumar la Independencia y quien fue el primer gobernante del México independiente. Los cuatro, al igual que Hidalgo y Morelos, hicieron posible que tengamos ahora un país libre, al menos relativamente libre, a pesar del pesado yugo económico-político neocolonial del que no hemos conseguido liberarnos. La relativa libertad que tenemos como nación es otro de los frutos de lo que ahora llamamos Universidad Michoacana.
Melchor Ocampo y las invasiones estadounidense y francesa
La contribución de los nicolaitas a nuestra gesta independentista fue tan importante que motivó al gobierno virreinal, en 1811, a clausurar el Colegio de San Nicolás. Aunque la independencia terminara consumándose en 1821, el colegio se mantuvo cerrado hasta 1847, cuando pudo reabrirse, pero ahora como una institución educativa laica y con el nuevo nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. El nuevo colegio incluyó estudios médicos a cargo de uno de los pioneros de la medicina en México: el Doctor Juan Manuel González Urueña, quien realizó investigaciones y publicó trabajos sobre la diabetes, la viruela y la gastroenteritis.
La reapertura del Colegio de San Nicolás coincidió con la invasión militar de Estados Unidos en la que nuestros vecinos consiguieron despojarnos con violencia de más de la mitad de nuestro territorio, correspondiente a los actuales estados de California, Arizona, Utah, Nevada, Colorado y Nuevo México. Durante esta infame invasión, Isidro Alemán y otros estudiantes nicolaitas se incorporaron al Batallón Matamoros que luchó contra los invasores estadounidenses. Este batallón fue convocado por otra figura clave de la historia del Colegio de San Nicolás: el gobernador michoacano Melchor Ocampo, el más importante líder liberal mexicano del siglo XIX, quien luchó incansablemente no sólo por la libertad, sino contra los privilegios y a favor del trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta pasión por la igualdad, la misma de Hidalgo y Morelos, es otra de las valiosas lecciones que recibimos de los nicolaitas que nos preceden.
Si ahora incluimos a Ocampo entre los nicolaitas, es por la gratitud que sentimos y que nos ha hecho adoptarlo, ya que fue él quien hizo posible con sus esfuerzos, en 1847, que el Colegio de San Nicolás reabriera sus puertas. Además, tras afirmar que su corazón “le pertenecía al Colegio de San Nicolás”, Ocampo heredó a nuestra universidad, no sólo su propio corazón conservado en formol, sino su inmensa colección de libros, la biblioteca privada más valiosa y voluminosa de América Latina en aquella época.

La biblioteca de Melchor Ocampo incluía un amplio abanico de materias: no sólo derecho civil, constitucional e internacional, sino literatura, filosofía e historia, geografía y geología, física y química, botánica y agricultura. Estas materias abarcaban los diversos conocimientos de la época y sintetizaban lo que poco a poco empezaría a estudiarse en el Colegio de San Nicolás entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. En esos años, los estudiantes nicolaitas fueron precedidos y guiados por la biblioteca de Ocampo y por la orientación ideológica liberal de sus libros, entre los que había autores como los ilustrados Rousseau, Montesquieu, Diderot y Voltaire, pero también el anarquista Proudhon.
Como lo había hecho Quiroga con el Colegio de San Nicolás, Ocampo legó su biblioteca y su corazón al Colegio a través de su Testamento. La última voluntad de Ocampo se cumplió después de que fuera fusilado en 1861, en el contexto de la Guerra de Reforma, por Leonardo Márquez y Félix Zuloaga, quienes formaban parte de los conservadores que apoyaron luego a los invasores franceses contra los mexicanos y que en 1864 subieron a Maximiliano de Habsburgo en el trono imperial. Durante el Imperio de Maximiliano, el Colegio de San Nicolás volvió a ser desalojado y clausurado, pues era considerado una suerte de nido subversivo liberal y republicano, en parte a causa de la persistente influencia de Hidalgo y Ocampo.
Varios nicolaitas combatieron en la guerra contra los invasores franceses y contra el Imperio de Maximiliano entre 1862 y 1867. Destacaron dos egresados en Derecho del Colegio de San Nicolás: Eduardo Ruiz Álvarez, quien participó como soldado, como defensor legal y como secretario del jefe militar Vicente Riva Palacio; y Justo Mendoza Ramírez, quien apoyó en logística militar, luchó políticamente contra el invasor y fue gobernador de Michoacán, lo que le permitió, al finalizar la guerra, decretar la reapertura del Colegio de San Nicolás en 1867. Cuando el Colegio reabrió sus puertas, los docentes y estudiantes nicolaitas pudieron al fin sacar provecho de la biblioteca de Ocampo.
Porfiriato
Tras el derrumbe del Imperio de Maximiliano, entre 1867 y el estallido revolucionario en 1910, el Colegio de San Nicolás conoció una de las mejores etapas de su historia. Por sus aulas pasaron importantes intelectuales mexicanos de la época: el ya mencionado Eduardo Ruiz Álvarez, conocido como autor de obras históricas y biográficas; el abogado Jacinto Pallares, el más conocido jurista de su generación; Nicolás León, historiador de la medicina; Felipe Rivera, famoso astrónomo; Mariano de Jesús Torres, escritor, poeta y periodista; y Manuel Martínez Solórzano, estudioso de la flora y la geología de Michoacán, pero médico de formación y con intereses en la psicología, con una disertación de 1889 titulada “El sueño nervioso provocado por hipnotismo experimental”. Me refiero a esta disertación por ser una de las primeras incursiones de los nicolaitas en el campo psicológico.

Muchos de los intelectuales mencionados realizaron su trabajo entre 1884 y 1910, en los tiempos de la dictadura de Porfirio Díaz, representada en Michoacán por el gobernador Aristeo Mercado. Las reelecciones y el autoritarismo de Mercado y Díaz eran lógicamente incompatibles con el espíritu rebelde y liberal de los estudiantes nicolaitas, quienes comenzaron a movilizarse en 1895, organizando protestas contra la reelección de Mercado. Entre los participantes de las protestas, estaba Pascual Ortiz Rubio, futuro general revolucionario, gobernador michoacano y presidente de México. Al que volveremos a referirnos más adelante, debido a su importancia para la historia de nuestra universidad.
En 1895, Pascual Ortiz Rubio no era más que un joven estudiante de ingeniera en el Colegio de San Nicolás, un estudiante cuya participación en las protestas contra Díaz y Mercado hizo que fuera encarcelado y expulsado, al igual que varios de sus compañeros. Las protestas antirreeleccionistas se reactivaron en septiembre de 1899, cuando el brillante estudiante nicolaita Rafael Reyes Núñez, recién nombrado Catedrático de Lengua Castellana y Prefecto de Estudios en el Colegio de San Nicolás, interrumpió en el Teatro Ocampo un acto en el que participaban el gobernador y los más altos funcionarios estatales. Ante la estupefacción de los políticos, Reyes Núñez pronunció un discurso contra la dictadura en el que denunció la injusticia, la desigualdad y la miseria en la que vivían la mayoría de los mexicanos. El discurso desencadenó una protesta antigobiernista que desbordó el teatro e inundó las calles morelianas.
Los nicolaitas continuaron expresando su inconformidad en los últimos años de la dictadura porfirista. En 1904, se fundó en el Colegio de San Nicolás una revista claramente antigobiernista, La Voz de la Juventud, editada por los estudiantes Gregorio Ponce de León y José Gaitán Corona. La revista no tardó en ser clausurada y sus editores encarcelados. Al salir de prisión, Ponce de León se trasladó a la Ciudad de México, donde se convirtió en un importante periodista y cronista de la época.
Revolución
En el mes de noviembre de 1910, en el umbral de la Revolución Mexicana, los nicolaitas realizaron una manifestación por el injusto linchamiento del migrante mexicano Antonio Rodríguez en Rock Springs, en Texas. Cuando los policías rodearon a los manifestantes, los oradores demandaron el derrocamiento de la dictadura porfirista. Uno de los oradores fue el joven estudiante nicolaita Isaac Arriaga, quien estaba entre los fundadores de la revista Flor de Loto, en la que también participaban otros dos nicolaitas que se dieron a conocer en el futuro: Samuel Ramos, quien se convertiría en uno de los más prominentes filósofos mexicanos del siglo XX, e Ignacio Chávez, quien sería un ilustre cardiólogo y rector de la Universidad Michoacana y de la Universidad Nacional Autónoma de México. En cuanto a Isaac Arriaga, tuvo una trayectoria fulgurante como combatiente revolucionario, fundador del Partido Socialista Michoacano, partidario del dirigente radical Francisco J. Múgica y diputado que defendió el reparto agrario y los derechos políticos de las mujeres, antes de ser asesinado por una turba conservadora, en las calles de Morelia, en 1921.

Cobrando visibilidad en 1910 y desapareciendo en 1921, Isaac Arriaga resulta inseparable de la Revolución Mexicana que se desarrolló precisamente en el mismo lapso de tiempo. Todo comenzó en 1911, cuando cayó la dictadura porfirista y su representante regional, Aristeo Mercado, pidió licencia como gobernador de Michoacán. Para sustituir a Mercado, surgió la candidatura del Doctor Miguel Silva González, quien fue respaldado por los sectores nicolaitas revolucionarios que también apoyaban a Madero como presidente y de los que formaba parte Isaac Arriaga. Estos sectores se enfrentaron a Salvador Cortés Rubio, el regente reaccionario del Colegio de San Nicolás, y ante su inflexibilidad, terminaron fundando el Colegio Libre de San Nicolás de Hidalgo, conocido también como San Nicolasito, en el que enseñaron José Torres Orozco, pionero del psicoanálisis en México, y Manuel Martínez Báez, quien se convertiría en uno de los principales parasitólogos mexicanos del siglo XX.
A finales de 1912, el Doctor Silva se hizo cargo del gobierno de Michoacán, pero debió renunciar al año siguiente a causa del asesinato de Madero y la instauración del gobierno despótico de Victoriano Huerta. Esta coyuntura contrarrevolucionaria hizo que muchos nicolaitas, entre ellos Isaac Arriaga, se enlistaran en las tropas revolucionarias constitucionalistas. Después del triunfo del constitucionalismo sobre el huertismo, el gobierno revolucionario michoacano creó en 1915 el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, que ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.
El primer albergue estudiantil fue cerrado por alguien a quien ya me referí, Pascual Ortiz Rubio, quien había participado como estudiante en las protestas antirreeleccionistas contra Díaz y Mercado en 1895. Más de veinte años después de estas protestas, Ortiz Rubio era un revolucionario moderado que se desempeñó como gobernador michoacano entre 1917 y 1920. Al frente del gobierno de Michoacán, Ortiz Rubio no sólo cerró el primer albergue estudiantil, sino que fundó en 1917 nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Esta universidad se concebía como la última forma institucional del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga y refundado en 1847 por Ocampo. Sin embargo, al mismo tiempo, el Colegio seguía existiendo como parte de la nueva universidad que se distinguía sobre todo por ser la primera universidad pública autónoma de América Latina.

La autonomía de la Universidad Michoacana consistía formalmente en su facultad legal para elegir a sus autoridades, administrar sus bienes y diseñar sus propios planes de estudio sin injerencia directa del gobierno. Todo esto no ha podido nunca realizarse plenamente a causa de factores tales como la injerencia gubernamental en la elección de los rectores, la utilización de la universidad como botín político y la creciente regulación de los estudios por diversos programas y organismos externos a la universidad. Sin embargo, aunque no se realice, la autonomía no deja de ser un ideal nicolaita inspirado por el proceso revolucionario.
Época posrevolucionaria
La Revolución Mexicana contribuyó a fortalecer la pasión igualitaria de los sectores más progresistas de nuestra universidad. Estos sectores prevalecieron en la vida universitaria entre los años treinta y setenta del siglo XX, lo que hizo posible que los albergues estudiantiles reabrieran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. El mismo predominio de los sectores progresistas –muchos de ellos comunistas o socialistas– contribuyó decisivamente a que se dieran los dos momentos de mayor efervescencia intelectual en la historia de la Universidad Michoacana.
En el primer gran momento de nuestra universidad, entre los años treinta y cuarenta del siglo XX, acogimos a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles exiliados José Gaos, María Zambrano, Juan David García Bacca, Ramón Xirau y Adolfo Sánchez Vázquez, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien regresó a Morelia en 1948 después de que un golpe de estado lo depusiera por defender la soberanía de su país al elevar los impuestos para las compañías petroleras.
El segundo gran momento de la Universidad Michoacana fue más corto, pues duró sólo cinco años, de 1961 a 1966. En estos años, contamos otra vez entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época. Entre ellos estuvieron tres comunistas mexicanos: el politólogo Arnaldo Córdova, el poeta michoacano Ramón Martínez Ocaranza y el escritor y filósofo Enrique González Rojo Arthur. También hubo algunos extranjeros: el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos Jaime Díaz Rozzotto y José Luis Balcárcel. Varios de estos intelectuales debieron literalmente huir de Morelia debido a la brutal represión que el gobernador Agustín Arriaga Rivera desató entre 1963 y 1966 contra la Universidad Michoacana.
Los dos momentos de mayor esplendor intelectual de nuestra universidad se le deben en parte a los rectores progresistas de aquellos años. Hay que destacar a tres de ellos: Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Elí de Gortari entre 1961 y 1963, y Alberto Bremauntz entre 1963 y 1966, los tres ligados con el cardenismo, partidarios del proyecto de educación socialista y herederos de los ideales igualitarios de Morelos, Ocampo e Isaac Arriaga. Vázquez Pallares destacó además por su agrarismo y su antiimperialismo, así como por su defensa de una universidad pública orientada a la transformación social, con participación estudiantil en las decisiones y con vínculos estrechos con las necesidades populares. Elí de Gortari, además de ser uno de los principales filósofos marxistas del siglo XX en México, se involucró en organizaciones de solidaridad con Cuba y Vietnam, participó en el movimiento de 1968 y fue preso político en Lecumberri entre 1968 y 1971. En cuanto a Bremauntz, reivindicando una intervención del Estado en favor de las clases desprotegidas, concebía la educación pública no como una vía de ascenso individual, sino como un mecanismo de emancipación social encaminado a combatir las desigualdades económicas.
Movilización y represión
Tanto Bremauntz como De Gortari y Vázquez Pallares tuvieron conflictos con los poderes gubernamentales, pero estuvieron muy cerca del estudiantado nicolaita. Esta cercanía fue tal que Vázquez Pallares y De Gortari fueron impulsados a la rectoría por los propios estudiantes. Ambos rectores, además, recibieron el apoyo de movilizaciones estudiantiles duramente reprimidas por los gobiernos estatales en turno.


La represión gubernamental del estudiantado nicolaita fue una constante en los tiempos de endurecimiento de la dictadura perfecta del Partido Revolucionario Institucional. Primero, en 1949, los militares asesinaron a Héctor Tavera Torres y a Agustín Abarca Xochíhuatl cuando participaban en una protesta estudiantil que exigía aumentar el subsidio estatal para la universidad, el cual, en aquella época, era cinco veces menor a la inversión del gobernador José María Mendoza Pardo en un teatro para su hija. Luego, en 1963, el Ejército mató al estudiante Manuel Oropeza García, quien defendía el Colegio de San Nicolás y la rectoría de Eli de Gortari contra la agresión del gobernador Arriaga Rivera. El mismo gobernador estuvo involucrado en el asesinato del nicolaita Everardo Rodríguez Orbe, quien recibió una bala de la policía en 1966, mientras participaba en una protesta estudiantil contra el alza del transporte público.
Los asesinatos de Tavera, Abarca, Oropeza y Rodríguez Orbe no fueron la única forma de represión gubernamental. Esta represión incluyó también presiones institucionales, expulsiones de estudiantes, despidos de docentes, detenciones arbitrarias, torturas, allanamientos de casas y edificios, violaciones a la autonomía universitaria y utilización de agrupaciones violentas de carácter porril o paramilitar. Es el caso de la ultraderecha sinarquista que tomó el Colegio de San Nicolás en 1963, pero que fue desalojada por los estudiantes nicolaitas armados con resorteras que lanzaban canicas y piedras, como lo relata de primera mano Rosa Citlali Martínez Cervantes.
La hija del poeta Martínez Ocaranza nos aporta otros detalles cruciales sobre los movimientos estudiantiles de 1963 y 1966. El de 1963, por ejemplo, adaptó el himno de la resistencia antifascista italiana.: “soy nicolaita / toda la vida / bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao. / Soy nicolaita / hasta la muerte / y nicolaita he de morir”. En el mismo contexto del movimiento de 1963, el poeta uruapense Tomás Rico Cano compuso canciones que resumen las visiones políticas de los nicolaitas movilizados. Una de ellas es una clara demarcación política: “Yo soy puro nicolaita / no de los del otro lado. / Yo defiendo los ideales / de Morelos y de Ocampo”. Quienes así cantaban y luchaban en 1963 contaron con la atención y la simpatía de militantes de la izquierda radical mexicana, como el escritor José Revueltas, quien visitó Morelia y ofreció un discurso conmovedor en el que vaticinó: “el espíritu de la Universidad Nicolaita permanecerá en pie”.
El movimiento estudiantil de 1963 no pudo evitar que Arriaga Rivera destituyera a Elí de Gortari. Sin embargo, tras la destitución, el nuevo rector fue Bremauntz, quien era también próximo al estudiantado. En cuanto a los estudiantes, respondieron con la creatividad que les caracteriza, organizando en Morelia, en mayo de 1963, la Primera Conferencia de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, en la que se estableció el célebre lema: “Luchar mientras se estudia”. Las conclusiones del evento se resumen en la maravillosa Declaración de Morelia que protesta contra una visión de la universidad que deshumaniza y estandariza, que “pretende producir hombres y mujeres con arreglo a las necesidades exclusivas de los explotadores”, que promueve “el conformismo y la pasividad” para que el “estado de cosas persista” y que inculca un “humanismo” que enseña a ser “mezquinos” y “enemigos del hombre”. Contra esta universidad que se parece tanto a la que nos resignamos actualmente como buenos humanistas por siempre, los estudiantes de 1963 proponen una educación universitaria que no sea “abstracta ni hipócrita, sino concreta, justa y verdadera”, y que permita crear no “una cultura para el pueblo, sino con el pueblo”, una vez que el pueblo “se apodere de las universidades”.
Los ideales de 1963 continuaron insistiendo hasta 1966. En este año, ante la muerte de Rodríguez Orbe, el Consejo Universitario de la Universidad Michoacana declaró una huelga total para exigir la destitución del gobernador Arriaga Rivera. El gobierno reaccionó con la ocupación militar de la universidad, el allanamiento de Casas de Estudiantes y la detención de estudiantes y docentes, entre ellos el poeta Martínez Ocaranza y líderes visibles como Efrén Capiz Villegas, Ana María Velázquez, Rafael Aguilar Talamantes, Sebastián Dimas Quiroz, Joel Caro y el profesor José Herrera Peña. Algunos de estos detenidos en 1966 continuaban en prisión en 1968. Las protestas por su liberación están en el origen del movimiento del 68 que desembocó en la matanza de Tlatelolco, en la Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968.

Desobediencia y obstinación
La represión gubernamental de 1963 a 1966 hizo que varios nicolaitas renunciaran a la lucha pacífica y optaran por la vía guerrillera, formando la columna vertebral del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) e incluso recibiendo adiestramiento militar en Corea del Norte. Sin optar por la guerrilla, uno de los nicolaitas encarcelados en 1966, el ya mencionado Capiz Villegas, fue un incansable luchador social que fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ). Esta organización ha sido una eficaz arma de resistencia de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero también sufrió entre los años ochenta y noventa del siglo XX una brutal violencia represiva que incluyó el asesinato de más de setenta de sus miembros e innumerables agresiones, desalojos, encarcelamientos y torturas.
La represión gubernamental de la segunda mitad del siglo XX no ha impedido que recibamos y continuemos la herencia nicolaita de Vasco de Quiroga, José Pérez Calama, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Rafael Reyes Núñez, Isaac Arriaga y los demás: una herencia de insumisión, de rebeldía e ideales emancipatorios e igualitarios, de valor y firmeza para la desobediencia y la obstinación. Hoy podemos continuar siendo tan desobedientes y obstinados como lo fueron los nicolaitas que se opusieron sucesivamente al Papa Clemente VIII, al poder colonial español, a los invasores estadounidenses y franceses, a la dictadura porfirista, a la tiranía huertista y al régimen autoritario priista.
Nuestra herencia nicolaita es la que ha mantenido en pie la Secundaria Popular Carrillo Puerto que opera desde 1976 hasta ahora con el trabajo voluntario de sus maestros. La misma herencia es la que nos ha impulsado en los últimos años a exigir educación gratuita en la universidad, a defender las Casas de Estudiantes y a dar apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas para conseguir su autonomía. Es la misma herencia que nos ha movido cuando nos movilizamos por Ayotzinapa entre 2014 y 2018, contra la represión en Arantepacua en 2017 y contra el genocidio en Palestina desde 2023.
Lo que nos anima en las acciones mencionadas es lo mismo que debería llevarnos a establecer una relación crítica y reflexiva con la psicología y con todo lo demás que transmitimos en la universidad. Es también lo mismo que tendría que hacernos realizar plenamente la autonomía universitaria y aprender más de los saberes ancestrales de los pueblos originarios. Queda mucho por hacer para consumar aquello a lo que aspiraba Quiroga en el siglo XVI.