Recordarnos como nicolaitas: palabras para quienes ingresan a la Universidad Michoacana

David Pavón-Cuéllar

Texto elaborado por el autor a partir de sus notas utilizadas el 9 de agosto de 2026 en una charla para estudiantes de nuevo ingreso en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Apertura

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se inauguró con este nombre en 1917, pero su historia comenzó casi cuatrocientos años antes. Con tantos años de historia, nuestra máxima casa de estudios –también conocida como La Nicolaita– es una de las más antiguas instituciones de educación superior del continente americano. Su fundación en 1540 es anterior a los años en que se fundaron las instituciones universitarias de mayor tradición en América: las de México y San Marcos de Perú en 1551, la de Córdoba en Argentina en 1613, la de Harvard en Estados Unidos en 1636 y la de San Carlos de Guatemala en 1676. Antes de que todas estas famosas universidades aparecieran en el mundo, nosotros los nicolaitas ya estábamos aquí, haciendo lo que seguimos haciendo, enseñando y aprendiendo, investigando y reflexionando, pero también criticando lo que va mal y luchando para transformarlo.

Nuestra crítica y nuestra lucha transformadora son prácticas distintivas de nuestra universidad. Son algo que nos ha distinguido como docentes y estudiantes, que nos ha hecho destacar sobre otras universidades, aun cuando ahora casi nadie lo evoque. Aunque lo olvidemos, no dejamos de ser lo que hemos sido. Recordarlo es recordarnos. Es lo que intentaré hacer ahora.

Contaré lo que somos, lo que hemos sido, para que sepan ustedes lo que podrán ser al ingresar a la Universidad Michoacana y al integrarse así a lo que somos. Desde luego que pueden elegir no serlo, pero será porque de algún modo se olvidarán a sí mismos como nicolaitas, porque se desconocerán o se traicionarán como tales. No hay nada raro en esto. Es incluso lo más común, lo más habitual, pero no por ello dejamos de ser lo que ahora les contaré en unos pocos minutos.

Comenzaré por nuestro fundador, Vasco de Quiroga, para narrar seguidamente nuestra fundación en 1540 y nuestra historia en tiempos del colonialismo español. Me referiré después a nuestro papel en la Independencia de nuestro país, cuando Miguel Hidalgo y José María Morelos formaron parte de nosotros, y recordaremos cómo se nos castigó y cómo resurgimos con Melchor Ocampo en 1847. Luego atravesaremos las épocas porfirista, revolucionaria y posrevolucionaria para llegar a los tiempos de combates por el cardenismo y por el socialismo, contra el autoritarismo y por la democracia. Veremos a cada momento cómo nuestra historia, la historia de nuestra universidad, se ha insertado en la historia de México y del mundo.

Vasco de Quiroga

Nuestro fundador fue Vasco de Quiroga, nacido hacia 1470 en Madrigal de las Altas Torres, un pueblo español rodeado por grandes murallas medievales. Cuando Quiroga tenía unos 50 años de edad, fue enviado al norte de África, a la ciudad argelina de Orán, que había sido conquistada por los españoles. Quiroga debía fungir ahí como juez. Tenía que juzgar al gobernante español de la ciudad, el corregidor Alonso Páez, al que la población local acusaba de abusos y desmanes. Fue lo que hizo Quiroga, comenzando su combate pacífico personal contra la injusticia colonial que luego prosiguió en México.

Antes de venir a nuestro país, Quiroga debió cumplir otra misión en el norte de África: la de negociar un tratado de paz con el rey musulmán de Tremecén en Argelia. El tratado incluía un artículo que garantizaba libertad religiosa y otros derechos para los pueblos musulmanes conquistados por los españoles. Tenemos aquí otro indicio de la relación respetuosa de Quiroga con las diferencias culturales y religiosas: relación fundamental para su posterior experiencia en tierras mexicanas.

Quiroga llegó a México en 1530 con un encargo similar al que había tenido en Orán. Su misión ahora era frenar y castigar los excesos de Nuño de Guzmán, quien presidía la Primera Audiencia, que era entonces el máximo órgano del gobierno de la Nueva España. Los excesos de Guzmán habían ocurrido primero en el Pánuco, al norte de Veracruz, donde esclavizó y vendió a miles de indígenas, y luego en Michoacán y en el noroeste de México, donde incendió y arrasó innumerables poblados, además de asesinar a caciques y gobernantes. Uno de ellos fue el último emperador purépecha, el cazonci Tangáxoan Tzíntzicha, quien recibió pacíficamente a los españoles tan sólo para que ellos lo torturaran y lo condenaran a morir por estrangulación y ser quemado hasta las cenizas. Lo que justificó semejante condena fue la llamada sodomía de Tangáxoan, su homosexualidad, lo que ilustra el nivel de homofobia de los europeos de aquellos años.

Además de homófobos, Nuño de Guzmán y sus soldados eran asesinos, genocidas, torturadores, ladrones, extorsionadores, ecocidas, violadores y todo lo demás que se les ocurra. Eran peores, más crueles y perversos, que los demás conquistadores españoles de la época. La ola de violencia que desataron en Michoacán provocó naturalmente la huida masiva de los indígenas hacia las zonas serranas y la disgregación de sus comunidades con sus estructuras políticas, económicas y religiosas.

La devastación colonial de las tierras michoacanas fue conocida por Vasco de Quiroga primero como oidor de la Segunda Audiencia y luego como obispo de Michoacán. En ambas funciones, Quiroga se alió con los pueblos originarios contra los invasores españoles. Aunque ciertamente sea justo criticar a Quiroga por ver a los indígenas como niños dóciles que sólo esperaban ser dominados y educados, no debemos olvidar que dedicó los últimos treinta y dos años de su vida a defenderlos y a esforzarse por todos los medios en reparar los abusos de los conquistadores.

Vasco de Quiroga (óleo en la Catedral de Morelia)

Entre 1533 y 1565, Quiroga se empeñó en reconstituir la sociedad purépecha, reunificar la población en núcleos urbanos y recuperar su territorio que había sido saqueado, arrasado y fragmentado por las huestes de Nuño de Guzmán. Quiroga también empleó su propio salario y su propia riqueza personal para comprar tierras a los españoles y devolvérselas a los indígenas de Michoacán. En esas tierras, creó un pueblo-hospital como el que había creado antes muy cerca de la Ciudad de México, llamándolo igual, Santa Fe, y organizándolo de la misma forma inspirada por la Utopía de Tomás Moro. Fue así como nació en 1533 la actual población de Santa Fe de La Laguna en la que siguen habitando los purépechas en la actualidad.

En tiempos de Vasco de Quiroga, el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna materializaba mucho de aquello a lo que aspiramos en el comunismo. Era un microestado con tierras comunales, con usufructuarios en lugar de propietarios, sin propiedad privada, con reparto de los bienes según las necesidades individuales y con apoyo solidario para los más necesitados. La organización del pueblo se inspiraba también de la cultura política indígena, dando una posición de poder a los ancianos, integrando el culto religioso y el gobierno civil, y distribuyendo el espacio en función de los puntos cardinales.

Además de fundar y organizar el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna, recuperar tierras para los purépechas y defenderlos contra los abusos de los españoles, Vasco de Quiroga promovió los oficios artesanales tradicionales y trabajó con las comunidades para asegurar su autosuficiencia económica. También le debemos lo que ahora más nos interesa: la fundación del Colegio de San Nicolás en Pátzcuaro. Fue este colegio el que terminó convirtiéndose en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Colegio de San Nicolás

Si nuestra Universidad Michoacana sigue siendo ahora de San Nicolás, es precisamente porque proviene del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga. Es también por esto que nos llamamos nicolaitas, por San Nicolás, un santo del siglo tercero que se convirtió durante la Edad Media en la personificación de la generosidad y en el patrón de los solteros, los niños y los jóvenes estudiantes. Resultaba natural, entonces, que su nombre fuera el del Colegio de San Nicolás.

Hay que decir que el antiguo Colegio de San Nicolás, el de los tiempos coloniales, era muy diferente de nuestra actual Universidad Nicolaita. Su objetivo no era formar a profesionistas como nuestros ingenieros, abogados y psicólogos, sino preparar a sacerdotes, adiestrar a evangelizadores y educar a hijos de indígenas. La instrucción era marcadamente religiosa e incluía siempre lecciones de teología, pero también se enseñaban artes, filosofía, retórica y gramática latina. Por si fuera poco, había una enseñanza obligatoria de lenguas y costumbres indígenas purépechas, nahuas y otomíes. En esto, al menos en esto, el Colegio de San Nicolás estaba muy por delante de nuestra actual universidad, en la que estamos tan bien colonizados que sólo imponemos el idioma inglés y sólo transmitimos saberes europeos y estadounidenses, ignorando casi por completo la inagotable sabiduría de los pueblos originarios.

Además de enseñar lenguas y saberes ancestrales mesoamericanos, el Colegio de San Nicolás incluía a más estudiantes indígenas que españoles. Unos y otros convivían dentro del Colegio. Entre ellos, el trueque lingüístico era obligatorio: los europeos debían dar lecciones de latín o castellano a los nativos que debían enseñarles náhuatl o purépecha. Las relaciones entre estudiantes eran predominantemente horizontales, pero los españoles habitaban en el Colegio bajo un régimen de internado, ya fuera pagando manutención o apoyados con becas de gracia, mientras que los indígenas acudían en el día y luego dormían fuera, generalmente en sus casas familiares.

Los estudiantes indígenas del Colegio recibían una educación gratuita. Primero el Colegio era financiado únicamente por Quiroga. Luego, a partir de 1543, el rey Carlos Primero de España y Quinto de Alemania aceptó asumir el patronazgo del Colegio, el cual, entonces, cambió su nombre a Real Colegio de San Nicolás Obispo. Sin embargo, incluso después de 1543, la principal fuente de ingresos del Colegio fue el salario de Quiroga. Es por esto que el Colegio le pertenecía en derecho a Quiroga, quien pudo entonces, al fallecer en 1565, legárselo de modo formal y explícito a los indígenas michoacanos, empleando para ello las palabras conmovedoras que aún podemos leer en su Testamento.

En la expresión testamentaria de su última voluntad, Quiroga decide que el Colegio sea para “los indios”, que sea para ellos “para siempre jamás”, para que “sean perpetuamente en él gratis enseñados”. El obispo justifica su decisión porque los indígenas “lo hicieron todo”, porque no se les pagó “bien como debiera”, y entonces lo justo es que el Colegio sea para ellos “en satisfacción y recompensa de lo que allí y en otra cualquier parte y obra hubieren trabajado los dichos indios”. Quiroga es así consciente de la explotación de los pueblos originarios en la Nueva España –una explotación que prosigue hoy en día en México– y es por ello que intenta compensarlos al menos un poco al heredarles el Real Colegio de San Nicolás Obispo.

Los herederos de Quiroga no han renunciado jamás a su herencia. Esto quiere decir que el Colegio, convertido en la Universidad Michoacana, les pertenece a los pueblos originarios, especialmente a los purépechas, quienes de modo generoso y hospitalario comparten su espacio con quienes –como yo– no venimos de sus comunidades. Esto es algo que debemos guardar en la memoria como estudiantes y docentes de nuestra universidad.

Hay algo más que debemos recordar en el Testamento de Quiroga. El obispo dice literalmente que lega el Colegio a los indígenas para que en él se eduquen “gratis”, de modo gratuito, “sin que para ello den ni paguen ni se les pida ni lleve cosa alguna”. Estas palabras tan claras y enfáticas establecen el derecho histórico a la educación gratuita primero en el Colegio de San Nicolás y ahora en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo: un derecho que ha debido ser defendido por nuestros estudiantes cuando las autoridades han intentado arrebatárselos. Es lo que ocurrió la última vez hace doce años, en 2014, cuando nuestra Facultad de Psicología fue el epicentro de un importante movimiento nicolaita por la gratuidad. Este movimiento defendía el derecho establecido por Quiroga en 1565.

Después de 1565, el Real Colegio de San Nicolás Obispo fue administrado por el Cabildo Eclesiástico, el cual, en unos pocos años, parece haber traicionado la última voluntad expresa de Quiroga. Es al menos lo que podemos inferir de un documento de 1576 donde el propio Cabildo informó que la mayoría de los estudiantes no eran ya indígenas, sino españoles, criollos y mestizos, descritos como “hijos de personas nobles, pero pobres y necesitadas, que no deben exponer a sus hijos a oficios mecánicos”. Entrevemos aquí la división de castas de la época, en la que el trabajo manual debía ser efectuado por los indígenas, mientras que los mestizos, criollos y peninsulares tenían el privilegio del trabajo intelectual para el que requerían de un Colegio como el de San Nicolás. El Colegio no cerraba sus puertas a los indígenas, pero éstos dejaban de ser mayoritarios para volverse minoritarios, tal como lo son ahora en la Universidad Michoacana en la que se convirtió el Colegio.

Pareciera entonces que el Colegio de San Nicolás fue escamoteado a los pueblos originarios en los diez o veinte años que siguieron a la muerte de Quiroga. El escamoteo se consumó en 1580, cuando el Colegio abandonó la ciudad indígena de Pátzcuaro y se instaló más al noreste, en el valle de Guayangareo, en la ciudad española de Valladolid, como se llamaba entonces Morelia. Es aquí donde permanece desde entonces.

Primera de las revueltas nicolaitas

Al instalarse en Morelia, el Colegio de San Nicolás absorbió a otro colegio, el de San Miguel Guayangareo, que había sido fundado por Fray Juan de San Miguel para instruir a hijos de españoles, mestizos y caciques indígenas de la provincia. Los dos colegios confluyeron en 1580 para seguir educando a diversas castas de la sociedad colonial. Pocos años después, entre 1590 y 1610, tenemos el primer eslabón de una larga cadena de situaciones conflictivas en las que nuestra institución ha desafiado a los poderes establecidos.

La primera de las revueltas nicolaitas estalló porque dos obispos michoacanos sucesivos, los dominicos Alonso Guerra y Domingo de Ulloa, se empeñaron en convertir a nuestro Colegio en un seminario para la preparación de sacerdotes. Los obispos contaron con el apoyo del mismísimo Papa Clemente VIII: el que había mandado ejecutar en la hoguera al genial filósofo Giordano Bruno porque se obstinaba en afirmar que María no era virgen, que Jesús no era Dios, que ninguna divinidad había creado el universo, que el sol era sólo una estrella más, que la tierra no era el centro del universo y que había muchos mundos además la tierra. Tras atreverse a proferir tantas verdades, Bruno fue impelido por todos los medios a retractarse, pero no lo hizo, lo que le costó la vida.

El cuerpo de Bruno ardió en las llamas en el año de 1600, y sólo un año después, en 1601, el mismo Papa que lo había condenado ordenó con una bula que nuestro Colegio de San Nicolás se transformara en Seminario Conciliar. En esos tiempos, ante una bula papal, no había más alternativa que bajar la cabeza y obedecer, pero no fue lo que ocurrió en el Cabildo Eclesiástico de Valladolid y en su Colegio de San Nicolás. Nuestros predecesores –al igual que Bruno un año antes– desafiaron al Sumo Pontífice y se declararon en abierto desacato por considerar con razón que la bula papal contradecía el espíritu del Colegio y sus objetivos fundacionales enfocados a educar no sólo a los sacerdotes, sino al conjunto de la población tanto indígena como criolla, peninsular y mestiza.

Tras un largo litigio civil y eclesiástico, el conflicto llegó a su fin en 1610, cuando el nuevo Santo Padre Paulo V revocó la bula de su antecesor. Hay que decir que, a diferencia de Clemente VIII, Paulo V era alguien tolerante, pacífico, sensato y razonable. Es verdad que debió censurar a Nicolás Copérnico y a Galileo Galilei porque seguían defendiendo verdades tan escandalosas como las de Giordano Bruno. Sin embargo, en lugar de supliciar a Galileo en la hoguera, se reunió con él para expresarle cordialmente su comprensión, asegurándole que no tenía nada que temer.

La historia de Galileo es bien conocida. Como Giordano Bruno, se negó rotundamente a retroceder. No se retractó de las verdades que afirmaba. Ni siquiera cedió al enunciar como una simple hipótesis aquello de lo que estaba seguro: que el universo no giraba alrededor de la tierra, que era la tierra la que giraba alrededor del sol, que el sistema era heliocéntrico y no geocéntrico.

Si consideramos a Galileo el fundador de la ciencia moderna, es porque era tan desobediente y obstinado como Giordano Bruno, pero también como los nicolaitas de su época, los que se negaron a convertir el Colegio de San Nicolás en un simple seminario para la formación de curas. Fue gracias a esa desobediencia y obstinación que tenemos ahora, no solamente la ciencia moderna, sino la Universidad Nicolaita. Hoy debemos recordar que nuestra universidad no existiría sin el desacato de los nicolaitas que nos dieron así una lección como la que recibimos de Galileo y Giordano Bruno: la de rebelarnos contra la autoridad cuando la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado.

Ilustración e Independencia

La importante lección de rebeldía que acabo de resumir es la primera de muchas otras. La siguiente, quizás la mayor de todas, es la que nos darán muchos años después, al final de la época novohispana, los más ilustres de los nicolaitas: los héroes independentistas Miguel Hidalgo y José María Morelos. Ambos estuvieron en el Colegio de San Nicolás a finales del siglo XVIII. Hidalgo fue alumno, profesor e incluso rector de nuestra institución, mientras que Morelos fue estudiante de Hidalgo y recibió su influencia ideológica.

Hidalgo y Morelos personifican mucho de aquello que fermentaba en Morelia y en el Colegio de San Nicolás en el siglo XVIII. En este Siglo de las Luces, el Colegio incorporó sucesivamente asignaturas de Filosofía, Moral y finalmente Leyes e Idioma Tarasco, es decir, purépecha. Además de esta apertura a lo indígena y a lo secular, hubo una visión moderna racionalista y utilitaria, ecléctica y tolerante, que penetró en el ambiente intelectual a través de la obra del zamorano Juan Benito Díaz de Gamarra, lector de René Descartes y de Christian Wolff. Por su parte, el rector y catedrático nicolaita Juan José Moreno publicó en 1766 un libro sobre Quiroga con el que podía tomarse conciencia no sólo de su legado, sino de la trascendencia histórica del Colegio de San Nicolás.

Un digno heredero de Quiroga en el siglo XVIII fue Fray Antonio de San Miguel, quien se desempeñó como obispo de Michoacán entre 1783 y 1804, años en que impulsó grandes obras públicas para crear empleos al mismo tiempo que defendió a las clases desprotegidas, criticó los latifundios improductivos y propuso distribuir tierras a los indígenas. Fue en este contexto en el que Mariano de Escandón, Conde la Sierra Gorda, incorporó las cátedras de Leyes y Tarasco en el Colegio de San Nicolás. En el mismo Colegio, bajo el cobijo del obispo de San Miguel, José Pérez Calama introdujo a finales del siglo XVIII un espíritu ilustrado liberal e igualitario que se aprecia en su libro Política Cristiana, en el que no dudaba en afirmar que “es el hombre libre”, que “la sujeción es penal” y que los amos “son de la misma especie y naturaleza” que los siervos.

José Pérez Calama (óleo en la Catedral de Quito)

Calama estuvo en el Colegio de San Nicolás desde 1776, cuando comenzó la Independencia de Estados Unidos, hasta 1789, cuando estalló la Revolución Francesa. Estos dos acontecimientos prepararon el terreno para las gestas independentistas de las colonias españolas en el continente americano. La de México se gestó precisamente en el Colegio de San Nicolás, donde Calama fue maestro y mentor de Miguel Hidalgo y Costilla, quien lideró la primera etapa de la lucha insurgente.

Antes de comenzar nuestra lucha por la Independencia en 1810, Hidalgo permaneció en el Colegio de San Nicolás durante veinticinco años, desde 1767 hasta 1792, primero estudiando, luego enseñando y finalmente dirigiendo nuestra institución. Aquí, en el espacio nicolaita, Hidalgo leyó a autores franceses de la época, entre ellos Molière, Descartes, Bossuet, Diderot y D’Alembert, varios de ellos prohibidos por la Inquisición y por la Corona Española. Esta prohibición no impidió que su lectura fuera promovida entre los estudiantes cuando Hidalgo fue profesor y rector del Colegio de San Nicolás.

Miguel Hidalgo (óleo de Joaquín Ramírez en el Curato de Dolores)

Hidalgo siguió los pasos de su maestro Calama al favorecer el espíritu ilustrado en los estudios universitarios nicolaitas. Favoreció este espíritu no sólo con sus lecturas francesas, sino al animar a sus estudiantes a criticar los viejos dogmas y al impulsar la creación de nuevas asignaturas artísticas y científicas. Vislumbramos aquí las valiosas lecciones que recibimos de Calama, de Hidalgo y de su generación de nicolaitas ilustrados: lecciones de rebeldía, insumisión y libertad, pero también de racionalidad, cultura, ciencia, modernidad y cosmopolitismo.

Lo que Hidalgo nos legó es aquello por lo que tiene sentido que su apellido se agregue al final del nombre de nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Al decir que nuestra universidad es de Hidalgo, nos comprometemos con lo que Hidalgo nos legó. Este legado es parte de lo que el propio Hidalgo ayudó a materializar en la Independencia de nuestro país.

El Colegio de San Nicolás en tiempos de Miguel Hidalgo

Nuestra Independencia, tal como se gesta en el ambiente ilustrado nicolaita, constituye también la materialización política de un vínculo estrecho del Colegio de San Nicolás con los pueblos originarios: un vínculo establecido por Quiroga en el siglo XVI y reafirmado en el siglo XVIII con la enseñanza del idioma tarasco. Este vínculo es decisivo para Hidalgo, quien, por cierto, dominaba no sólo el francés y el latín, sino el otomí, el náhuatl y el purépecha. Siendo alguien muy próximo a las comunidades indígenas, Hidalgo se comprometió resueltamente con ellas a través de su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. El mismo compromiso reaparece en el otro gran líder independentista nicolaita, Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias”, abolió cualquier “distinción de castas” y ordenó que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.

Además de Hidalgo y de Morelos, hubo otros nicolaitas con papeles protagónicos en la independencia. Recordemos a los cuatro más destacados: José María Izazaga, quien aportó recursos propios y organización civil a la causa libertadora; José Sixto Verduzco, defensor de un poder independiente civil unificado; Ignacio López Rayón, quien abogó por la división de poderes e insistió en dar un marco legal al movimiento independentista; y el polémico emperador Agustín de Iturbide, quien logró consumar la Independencia y quien fue el primer gobernante del México independiente. Los cuatro, al igual que Hidalgo y Morelos, hicieron posible que tengamos ahora un país libre, al menos relativamente libre, a pesar del pesado yugo económico-político neocolonial del que no hemos conseguido liberarnos. La relativa libertad que tenemos como nación es otro de los frutos de lo que ahora llamamos Universidad Michoacana.

Melchor Ocampo y las invasiones estadounidense y francesa

La contribución de los nicolaitas a nuestra gesta independentista fue tan importante que motivó al gobierno virreinal, en 1811, a clausurar el Colegio de San Nicolás. Aunque la independencia terminara consumándose en 1821, el colegio se mantuvo cerrado hasta 1847, cuando pudo reabrirse, pero ahora como una institución educativa laica y con el nuevo nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. El nuevo colegio incluyó estudios médicos a cargo de uno de los pioneros de la medicina en México: el Doctor Juan Manuel González Urueña, quien realizó investigaciones y publicó trabajos sobre la diabetes, la viruela y la gastroenteritis.

La reapertura del Colegio de San Nicolás coincidió con la invasión militar de Estados Unidos en la que nuestros vecinos consiguieron despojarnos con violencia de más de la mitad de nuestro territorio, correspondiente a los actuales estados de California, Arizona, Utah, Nevada, Colorado y Nuevo México. Durante esta infame invasión, Isidro Alemán y otros estudiantes nicolaitas se incorporaron al Batallón Matamoros que luchó contra los invasores estadounidenses. Este batallón fue convocado por otra figura clave de la historia del Colegio de San Nicolás: el gobernador michoacano Melchor Ocampo, el más importante líder liberal mexicano del siglo XIX, quien luchó incansablemente no sólo por la libertad, sino contra los privilegios y a favor del trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta pasión por la igualdad, la misma de Hidalgo y Morelos, es otra de las valiosas lecciones que recibimos de los nicolaitas que nos preceden.

Si ahora incluimos a Ocampo entre los nicolaitas, es por la gratitud que sentimos y que nos ha hecho adoptarlo, ya que fue él quien hizo posible con sus esfuerzos, en 1847, que el Colegio de San Nicolás reabriera sus puertas. Además, tras afirmar que su corazón “le pertenecía al Colegio de San Nicolás”, Ocampo heredó a nuestra universidad, no sólo su propio corazón conservado en formol, sino su inmensa colección de libros, la biblioteca privada más valiosa y voluminosa de América Latina en aquella época.

Melchor Ocampo (óleo del siglo XIX en el Museo de Historia Mexicana de Monterrey)

La biblioteca de Melchor Ocampo incluía un amplio abanico de materias: no sólo derecho civil, constitucional e internacional, sino literatura, filosofía e historia, geografía y geología, física y química, botánica y agricultura. Estas materias abarcaban los diversos conocimientos de la época y sintetizaban lo que poco a poco empezaría a estudiarse en el Colegio de San Nicolás entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. En esos años, los estudiantes nicolaitas fueron precedidos y guiados por la biblioteca de Ocampo y por la orientación ideológica liberal de sus libros, entre los que había autores como los ilustrados Rousseau, Montesquieu, Diderot y Voltaire, pero también el anarquista Proudhon.

Como lo había hecho Quiroga con el Colegio de San Nicolás, Ocampo legó su biblioteca y su corazón al Colegio a través de su Testamento. La última voluntad de Ocampo se cumplió después de que fuera fusilado en 1861, en el contexto de la Guerra de Reforma, por Leonardo Márquez y Félix Zuloaga, quienes formaban parte de los conservadores que apoyaron luego a los invasores franceses contra los mexicanos y que en 1864 subieron a Maximiliano de Habsburgo en el trono imperial. Durante el Imperio de Maximiliano, el Colegio de San Nicolás volvió a ser desalojado y clausurado, pues era considerado una suerte de nido subversivo liberal y republicano, en parte a causa de la persistente influencia de Hidalgo y Ocampo.

Varios nicolaitas combatieron en la guerra contra los invasores franceses y contra el Imperio de Maximiliano entre 1862 y 1867. Destacaron dos egresados en Derecho del Colegio de San Nicolás: Eduardo Ruiz Álvarez, quien participó como soldado, como defensor legal y como secretario del jefe militar Vicente Riva Palacio; y Justo Mendoza Ramírez, quien apoyó en logística militar, luchó políticamente contra el invasor y fue gobernador de Michoacán, lo que le permitió, al finalizar la guerra, decretar la reapertura del Colegio de San Nicolás en 1867. Cuando el Colegio reabrió sus puertas, los docentes y estudiantes nicolaitas pudieron al fin sacar provecho de la biblioteca de Ocampo.

Porfiriato

Tras el derrumbe del Imperio de Maximiliano, entre 1867 y el estallido revolucionario en 1910, el Colegio de San Nicolás conoció una de las mejores etapas de su historia. Por sus aulas pasaron importantes intelectuales mexicanos de la época: el ya mencionado Eduardo Ruiz Álvarez, conocido como autor de obras históricas y biográficas; el abogado Jacinto Pallares, el más conocido jurista de su generación; Nicolás León, historiador de la medicina; Felipe Rivera, famoso astrónomo; Mariano de Jesús Torres, escritor, poeta y periodista; y Manuel Martínez Solórzano, estudioso de la flora y la geología de Michoacán, pero médico de formación y con intereses en la psicología, con una disertación de 1889 titulada “El sueño nervioso provocado por hipnotismo experimental”. Me refiero a esta disertación por ser una de las primeras incursiones de los nicolaitas en el campo psicológico.

El Colegio de San Nicolás en el Porfiriato (grabado de la época)

Muchos de los intelectuales mencionados realizaron su trabajo entre 1884 y 1910, en los tiempos de la dictadura de Porfirio Díaz, representada en Michoacán por el gobernador Aristeo Mercado. Las reelecciones y el autoritarismo de Mercado y Díaz eran lógicamente incompatibles con el espíritu rebelde y liberal de los estudiantes nicolaitas, quienes comenzaron a movilizarse en 1895, organizando protestas contra la reelección de Mercado. Entre los participantes de las protestas, estaba Pascual Ortiz Rubio, futuro general revolucionario, gobernador michoacano y presidente de México. Al que volveremos a referirnos más adelante, debido a su importancia para la historia de nuestra universidad.

En 1895, Pascual Ortiz Rubio no era más que un joven estudiante de ingeniera en el Colegio de San Nicolás, un estudiante cuya participación en las protestas contra Díaz y Mercado hizo que fuera encarcelado y expulsado, al igual que varios de sus compañeros. Las protestas antirreeleccionistas se reactivaron en septiembre de 1899, cuando el brillante estudiante nicolaita Rafael Reyes Núñez, recién nombrado Catedrático de Lengua Castellana y Prefecto de Estudios en el Colegio de San Nicolás, interrumpió en el Teatro Ocampo un acto en el que participaban el gobernador y los más altos funcionarios estatales. Ante la estupefacción de los políticos, Reyes Núñez pronunció un discurso contra la dictadura en el que denunció la injusticia, la desigualdad y la miseria en la que vivían la mayoría de los mexicanos. El discurso desencadenó una protesta antigobiernista que desbordó el teatro e inundó las calles morelianas.

Los nicolaitas continuaron expresando su inconformidad en los últimos años de la dictadura porfirista. En 1904, se fundó en el Colegio de San Nicolás una revista claramente antigobiernista, La Voz de la Juventud, editada por los estudiantes Gregorio Ponce de León y José Gaitán Corona. La revista no tardó en ser clausurada y sus editores encarcelados. Al salir de prisión, Ponce de León se trasladó a la Ciudad de México, donde se convirtió en un importante periodista y cronista de la época.

Revolución

En el mes de noviembre de 1910, en el umbral de la Revolución Mexicana, los nicolaitas realizaron una manifestación por el injusto linchamiento del migrante mexicano Antonio Rodríguez en Rock Springs, en Texas. Cuando los policías rodearon a los manifestantes, los oradores demandaron el derrocamiento de la dictadura porfirista. Uno de los oradores fue el joven estudiante nicolaita Isaac Arriaga, quien estaba entre los fundadores de la revista Flor de Loto, en la que también participaban otros dos nicolaitas que se dieron a conocer en el futuro: Samuel Ramos, quien se convertiría en uno de los más prominentes filósofos mexicanos del siglo XX, e Ignacio Chávez, quien sería un ilustre cardiólogo y rector de la Universidad Michoacana y de la Universidad Nacional Autónoma de México. En cuanto a Isaac Arriaga, tuvo una trayectoria fulgurante como combatiente revolucionario, fundador del Partido Socialista Michoacano, partidario del dirigente radical Francisco J. Múgica y diputado que defendió el reparto agrario y los derechos políticos de las mujeres, antes de ser asesinado por una turba conservadora, en las calles de Morelia, en 1921.

Isaac Arriaga

Cobrando visibilidad en 1910 y desapareciendo en 1921, Isaac Arriaga resulta inseparable de la Revolución Mexicana que se desarrolló precisamente en el mismo lapso de tiempo. Todo comenzó en 1911, cuando cayó la dictadura porfirista y su representante regional, Aristeo Mercado, pidió licencia como gobernador de Michoacán. Para sustituir a Mercado, surgió la candidatura del Doctor Miguel Silva González, quien fue respaldado por los sectores nicolaitas revolucionarios que también apoyaban a Madero como presidente y de los que formaba parte Isaac Arriaga. Estos sectores se enfrentaron a Salvador Cortés Rubio, el regente reaccionario del Colegio de San Nicolás, y ante su inflexibilidad, terminaron fundando el Colegio Libre de San Nicolás de Hidalgo, conocido también como San Nicolasito, en el que enseñaron José Torres Orozco, pionero del psicoanálisis en México, y Manuel Martínez Báez, quien se convertiría en uno de los principales parasitólogos mexicanos del siglo XX.

A finales de 1912, el Doctor Silva se hizo cargo del gobierno de Michoacán, pero debió renunciar al año siguiente a causa del asesinato de Madero y la instauración del gobierno despótico de Victoriano Huerta. Esta coyuntura contrarrevolucionaria hizo que muchos nicolaitas, entre ellos Isaac Arriaga, se enlistaran en las tropas revolucionarias constitucionalistas. Después del triunfo del constitucionalismo sobre el huertismo, el gobierno revolucionario michoacano creó en 1915 el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, que ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.

El primer albergue estudiantil fue cerrado por alguien a quien ya me referí, Pascual Ortiz Rubio, quien había participado como estudiante en las protestas antirreeleccionistas contra Díaz y Mercado en 1895. Más de veinte años después de estas protestas, Ortiz Rubio era un revolucionario moderado que se desempeñó como gobernador michoacano entre 1917 y 1920. Al frente del gobierno de Michoacán, Ortiz Rubio no sólo cerró el primer albergue estudiantil, sino que fundó en 1917 nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Esta universidad se concebía como la última forma institucional del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga y refundado en 1847 por Ocampo. Sin embargo, al mismo tiempo, el Colegio seguía existiendo como parte de la nueva universidad que se distinguía sobre todo por ser la primera universidad pública autónoma de América Latina.

Pascual Ortiz Rubio

La autonomía de la Universidad Michoacana consistía formalmente en su facultad legal para elegir a sus autoridades, administrar sus bienes y diseñar sus propios planes de estudio sin injerencia directa del gobierno. Todo esto no ha podido nunca realizarse plenamente a causa de factores tales como la injerencia gubernamental en la elección de los rectores, la utilización de la universidad como botín político y la creciente regulación de los estudios por diversos programas y organismos externos a la universidad. Sin embargo, aunque no se realice, la autonomía no deja de ser un ideal nicolaita inspirado por el proceso revolucionario.

Época posrevolucionaria

La Revolución Mexicana contribuyó a fortalecer la pasión igualitaria de los sectores más progresistas de nuestra universidad. Estos sectores prevalecieron en la vida universitaria entre los años treinta y setenta del siglo XX, lo que hizo posible que los albergues estudiantiles reabrieran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. El mismo predominio de los sectores progresistas –muchos de ellos comunistas o socialistas– contribuyó decisivamente a que se dieran los dos momentos de mayor efervescencia intelectual en la historia de la Universidad Michoacana.

En el primer gran momento de nuestra universidad, entre los años treinta y cuarenta del siglo XX, acogimos a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles exiliados José Gaos, María Zambrano, Juan David García Bacca, Ramón Xirau y Adolfo Sánchez Vázquez, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien regresó a Morelia en 1948 después de que un golpe de estado lo depusiera por defender la soberanía de su país al elevar los impuestos para las compañías petroleras.

El segundo gran momento de la Universidad Michoacana fue más corto, pues duró sólo cinco años, de 1961 a 1966. En estos años, contamos otra vez entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época. Entre ellos estuvieron tres comunistas mexicanos: el politólogo Arnaldo Córdova, el poeta michoacano Ramón Martínez Ocaranza y el escritor y filósofo Enrique González Rojo Arthur. También hubo algunos extranjeros: el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos Jaime Díaz Rozzotto y José Luis Balcárcel. Varios de estos intelectuales debieron literalmente huir de Morelia debido a la brutal represión que el gobernador Agustín Arriaga Rivera desató entre 1963 y 1966 contra la Universidad Michoacana.

Los dos momentos de mayor esplendor intelectual de nuestra universidad se le deben en parte a los rectores progresistas de aquellos años. Hay que destacar a tres de ellos: Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Elí de Gortari entre 1961 y 1963, y Alberto Bremauntz entre 1963 y 1966, los tres ligados con el cardenismo, partidarios del proyecto de educación socialista y herederos de los ideales igualitarios de Morelos, Ocampo e Isaac Arriaga. Vázquez Pallares destacó además por su agrarismo y su antiimperialismo, así como por su defensa de una universidad pública orientada a la transformación social, con participación estudiantil en las decisiones y con vínculos estrechos con las necesidades populares. Elí de Gortari, además de ser uno de los principales filósofos marxistas del siglo XX en México, se involucró en organizaciones de solidaridad con Cuba y Vietnam, participó en el movimiento de 1968 y fue preso político en Lecumberri entre 1968 y 1971. En cuanto a Bremauntz, reivindicando una intervención del Estado en favor de las clases desprotegidas, concebía la educación pública no como una vía de ascenso individual, sino como un mecanismo de emancipación social encaminado a combatir las desigualdades económicas.

Movilización y represión

Tanto Bremauntz como De Gortari y Vázquez Pallares tuvieron conflictos con los poderes gubernamentales, pero estuvieron muy cerca del estudiantado nicolaita. Esta cercanía fue tal que Vázquez Pallares y De Gortari fueron impulsados a la rectoría por los propios estudiantes. Ambos rectores, además, recibieron el apoyo de movilizaciones estudiantiles duramente reprimidas por los gobiernos estatales en turno.

Natalio Vázquez Pallares en 1939
Elí de Gortari en 1968

La represión gubernamental del estudiantado nicolaita fue una constante en los tiempos de endurecimiento de la dictadura perfecta del Partido Revolucionario Institucional. Primero, en 1949, los militares asesinaron a Héctor Tavera Torres y a Agustín Abarca Xochíhuatl cuando participaban en una protesta estudiantil que exigía aumentar el subsidio estatal para la universidad, el cual, en aquella época, era cinco veces menor a la inversión del gobernador José María Mendoza Pardo en un teatro para su hija. Luego, en 1963, el Ejército mató al estudiante Manuel Oropeza García, quien defendía el Colegio de San Nicolás y la rectoría de Eli de Gortari contra la agresión del gobernador Arriaga Rivera. El mismo gobernador estuvo involucrado en el asesinato del nicolaita Everardo Rodríguez Orbe, quien recibió una bala de la policía en 1966, mientras participaba en una protesta estudiantil contra el alza del transporte público.

Los asesinatos de Tavera, Abarca, Oropeza y Rodríguez Orbe no fueron la única forma de represión gubernamental. Esta represión incluyó también presiones institucionales, expulsiones de estudiantes, despidos de docentes, detenciones arbitrarias, torturas, allanamientos de casas y edificios, violaciones a la autonomía universitaria y utilización de agrupaciones violentas de carácter porril o paramilitar. Es el caso de la ultraderecha sinarquista que tomó el Colegio de San Nicolás en 1963, pero que fue desalojada por los estudiantes nicolaitas armados con resorteras que lanzaban canicas y piedras, como lo relata de primera mano Rosa Citlali Martínez Cervantes.

La hija del poeta Martínez Ocaranza nos aporta otros detalles cruciales sobre los movimientos estudiantiles de 1963 y 1966. El de 1963, por ejemplo, adaptó el himno de la resistencia antifascista italiana.: “soy nicolaita / toda la vida / bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao. / Soy nicolaita / hasta la muerte / y nicolaita he de morir”. En el mismo contexto del movimiento de 1963, el poeta uruapense Tomás Rico Cano compuso canciones que resumen las visiones políticas de los nicolaitas movilizados. Una de ellas es una clara demarcación política: “Yo soy puro nicolaita / no de los del otro lado. / Yo defiendo los ideales / de Morelos y de Ocampo”. Quienes así cantaban y luchaban en 1963 contaron con la atención y la simpatía de militantes de la izquierda radical mexicana, como el escritor José Revueltas, quien visitó Morelia y ofreció un discurso conmovedor en el que vaticinó: “el espíritu de la Universidad Nicolaita permanecerá en pie”.

El movimiento estudiantil de 1963 no pudo evitar que Arriaga Rivera destituyera a Elí de Gortari. Sin embargo, tras la destitución, el nuevo rector fue Bremauntz, quien era también próximo al estudiantado. En cuanto a los estudiantes, respondieron con la creatividad que les caracteriza, organizando en Morelia, en mayo de 1963, la Primera Conferencia de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, en la que se estableció el célebre lema: “Luchar mientras se estudia”. Las conclusiones del evento se resumen en la maravillosa Declaración de Morelia que protesta contra una visión de la universidad que deshumaniza y estandariza, que “pretende producir hombres y mujeres con arreglo a las necesidades exclusivas de los explotadores”, que promueve “el conformismo y la pasividad” para que el “estado de cosas persista” y que inculca un “humanismo” que enseña a ser “mezquinos” y “enemigos del hombre”. Contra esta universidad que se parece tanto a la que nos resignamos actualmente como buenos humanistas por siempre, los estudiantes de 1963 proponen una educación universitaria que no sea “abstracta ni hipócrita, sino concreta, justa y verdadera”, y que permita crear no “una cultura para el pueblo, sino con el pueblo”, una vez que el pueblo “se apodere de las universidades”.

Los ideales de 1963 continuaron insistiendo hasta 1966. En este año, ante la muerte de Rodríguez Orbe, el Consejo Universitario de la Universidad Michoacana declaró una huelga total para exigir la destitución del gobernador Arriaga Rivera. El gobierno reaccionó con la ocupación militar de la universidad, el allanamiento de Casas de Estudiantes y la detención de estudiantes y docentes, entre ellos el poeta Martínez Ocaranza y líderes visibles como Efrén Capiz Villegas, Ana María Velázquez, Rafael Aguilar Talamantes, Sebastián Dimas Quiroz, Joel Caro y el profesor José Herrera Peña. Algunos de estos detenidos en 1966 continuaban en prisión en 1968. Las protestas por su liberación están en el origen del movimiento del 68 que desembocó en la matanza de Tlatelolco, en la Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968.

Protesta en los balcones del Colegio de San Nicolás en 1966

Desobediencia y obstinación

La represión gubernamental de 1963 a 1966 hizo que varios nicolaitas renunciaran a la lucha pacífica y optaran por la vía guerrillera, formando la columna vertebral del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) e incluso recibiendo adiestramiento militar en Corea del Norte. Sin optar por la guerrilla, uno de los nicolaitas encarcelados en 1966, el ya mencionado Capiz Villegas, fue un incansable luchador social que fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ). Esta organización ha sido una eficaz arma de resistencia de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero también sufrió entre los años ochenta y noventa del siglo XX una brutal violencia represiva que incluyó el asesinato de más de setenta de sus miembros e innumerables agresiones, desalojos, encarcelamientos y torturas.

La represión gubernamental de la segunda mitad del siglo XX no ha impedido que recibamos y continuemos la herencia nicolaita de Vasco de Quiroga, José Pérez Calama, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Rafael Reyes Núñez, Isaac Arriaga y los demás: una herencia de insumisión, de rebeldía e ideales emancipatorios e igualitarios, de valor y firmeza para la desobediencia y la obstinación. Hoy podemos continuar siendo tan desobedientes y obstinados como lo fueron los nicolaitas que se opusieron sucesivamente al Papa Clemente VIII, al poder colonial español, a los invasores estadounidenses y franceses, a la dictadura porfirista, a la tiranía huertista y al régimen autoritario priista.

Nuestra herencia nicolaita es la que ha mantenido en pie la Secundaria Popular Carrillo Puerto que opera desde 1976 hasta ahora con el trabajo voluntario de sus maestros. La misma herencia es la que nos ha impulsado en los últimos años a exigir educación gratuita en la universidad, a defender las Casas de Estudiantes y a dar apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas para conseguir su autonomía. Es la misma herencia que nos ha movido cuando nos movilizamos por Ayotzinapa entre 2014 y 2018, contra la represión en Arantepacua en 2017 y contra el genocidio en Palestina desde 2023.

Lo que nos anima en las acciones mencionadas es lo mismo que debería llevarnos a establecer una relación crítica y reflexiva con la psicología y con todo lo demás que transmitimos en la universidad. Es también lo mismo que tendría que hacernos realizar plenamente la autonomía universitaria y aprender más de los saberes ancestrales de los pueblos originarios. Queda mucho por hacer para consumar aquello a lo que aspiraba Quiroga en el siglo XVI.

El 68 mexicano: historia, memoria colectiva y perseverancia transgeneracional

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Conferencia magistral publicada en Memoria, revista de crítica militante, y dictada por el autor en el marco del Foro Nicolaita de Pensamiento Psicosocial Contemporáneo, el martes 29 de mayo de 2018, en el Centro Cultural Universitario de la Universidad Michoacana, con el título “¡2 de octubre no se olvida! Historia, memoria colectiva y perseverancia transgeneracional del 68 mexicano”. Esta conferencia matiza, desarrolla y profundiza otra conferencia más breve, intitulada “October 2nd is not forgotten! Collective memory of 1968 among students in Mexico”, que el mismo autor dictó en inglés un mes antes, el martes 24 de abril del mismo año, en la Universidad de California en Long Beach.

David Pavón-Cuéllar

Los estudiantes del 68 y la vigencia de su ímpetu revolucionario

El agitado espíritu del 68 tuvo uno de sus vórtices en México. En este país, como en Francia o en Estados Unidos, 1968 fue un año de amplias e intensas movilizaciones caracterizadas por su relativa espontaneidad, su frescura y su desenvoltura, su aspecto novedoso y subversivo, su gran expresividad y su imaginación desbordante, su afán liberador y la participación masiva de los estudiantes. Eran jóvenes que estudiaban en preparatorias y universidades en la Ciudad de México, Morelia, Puebla, Guadalajara, Monterrey y otras ciudades. Eran generalmente muy diferentes de sus padres. Veían la sociedad y la historia de otro modo. Querían cambiar todo lo que les rodeaba. Eran vigorosos e impetuosos. Y eran muchos: miles, decenas de miles, centenares de miles que inundaron el espacio público.

La ola estudiantil mexicana se levantó hasta niveles nunca vistos hasta entonces y amenazó con trastornarlo y transformarlo todo. Las estructuras sociales y políticas se estremecieron bajo el impulso del movimiento del 68. Los estudiantes de aquellos tiempos casi revolucionaron el país en el que vivían, pero no lo hicieron, o, mejor dicho, como intentaré mostrarlo ahora, no lo han hecho todavía.

Desconocemos todo lo que aún puede ocurrir en el futuro gracias a lo que ocurrió en 1968 en México. Tan sólo conocemos lo ocurrido en ese año y sus efectos en los años que pasaron desde entonces. Y todo esto únicamente lo conocemos en parte. Es una parte, un rastro de lo sucedido, la que nos permite ahora pensar en el 68.

El 68 mexicano: único y como cualquier otro

Ya sea que hayamos estado presentes o ausentes en los acontecimientos de 1968, nuestros pensamientos acerca de aquel año se basan tan sólo en una parte de lo acontecido: en aquella de la que estamos enterados, en la que alcanzamos a recordar, en la que nos tocó vivir o en la que nos contaron o sobre la que pudimos leer o estudiar. Es siempre tan sólo una parte. Sin embargo, aun siendo sólo una parte, puede llegar a ser algo inmenso e inabarcable, un cúmulo compuesto de innumerables reminiscencias, informaciones, imágenes, palabras e impresiones. Recordemos algunas de ellas, pocas, muy pocas. Empecemos por aquellas que no son distintivas del caso de México, es decir, aquellas en las que el 68 mexicano es análogo al de otros países occidentales por una profunda consonancia generacional entre los jóvenes de aquella época.

Los estudiantes sesentayocheros mexicanos procedieron como los europeos y los estadounidenses en sus principales acciones: tomaron decisiones en asambleas, declararon paros y huelgas, marcharon por las calles, corearon consignas, portaron mantas, realizaron mítines en las plazas, ocuparon edificios, desbordaron los cauces de la política institucional, se opusieron a diversos aspectos del orden establecido, tuvieron una orientación progresista y de izquierda, cuestionaron a las autoridades, protestaron contra el gobierno, se enfrentaron con los policías y les arrojaron piedras. También coincidieron con los de otros países al denunciar la hipocresía de su tiempo. Esta denuncia, en el caso preciso de México, tendió a centrarse en el régimen autoritario y altamente represivo del Partido Revolucionario Institucional (PRI): un régimen que hipócritamente se presentaba como democrático, tolerante y respetuoso de la libertad de expresión.

Tras la imagen exterior de tolerancia, libertad y democracia, la sociedad mexicana sufría desde los años cuarenta del siglo XX una opresión despótica y una despiadada persecución de toda clase de opositores políticos. Este clima opresivo y persecutorio fue un factor determinante para que el 68 de México fuera tan diferente al de otros países y terminara con un baño de sangre, el de la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. Semejante desenlace casi habría podido preverse al examinar la historia de México en el siglo XX. Detengámonos un momento en esta historia para ver algunas de las causas por las cuales el 68 mexicano fue tan particular. Su particularidad obedece en gran parte a la trama histórica en la que se inserta.

La historia que desemboca en el 68 mexicano

Desde los tiempos coloniales, México ha sido un país desgarrado por las desigualdades socioeconómicas. Estas desigualdades no se atenuaron con la Independencia del país a principios del siglo XIX. Por el contrario, tendieron a agudizarse, impidieron siempre una verdadera democratización y llegaron a ser insostenibles durante la dictadura de Porfirio Díaz, en el cambio del siglo XIX al XX, lo que favoreció que estallara la Revolución Mexicana de 1910. El movimiento revolucionario fue por democracia, por tierra y libertad, pero también, fundamentalmente, lo que suele olvidarse, fue por justicia e igualdad.

Tras la Revolución Mexicana, hubo que esperar hasta el régimen de Lázaro Cárdenas, entre 1934 y 1940, para que se materializaran parcialmente los ideales revolucionarios a través de medidas nacionalistas e igualitaristas como la expropiación de latifundios, el reparto de 18 millones de hectáreas a comunidades campesinas, la nacionalización de los ferrocarriles y de la industria petrolera, el fortalecimiento de los sindicatos, un ambicioso plan de alfabetización y de educación pública, la difusión popular de la cultura y la insubordinación ante la injerencia de los Estados Unidos y de países europeos. Estas medidas causaron un gran malestar entre los sectores privilegiados y conservadores de la sociedad mexicana, los cuales, tras el final de la presidencia de Cárdenas, se esforzaron en revertir la transformación revolucionaria del país.

Tanto la presión de las clases dominantes como los intereses propios de los gobernantes hicieron que las conquistas de Cárdenas empezaran a ser atenuadas, recortadas o sencillamente anuladas en las décadas siguientes. A partir de los años cuarenta del siglo XX, la historia de México es la de un incesante desmantelamiento del cardenismo y de su herencia revolucionaria. Esto nos ha llevado actualmente a una situación muy semejante a la que existía durante la dictadura de Porfirio Díaz, con un incremento vertiginoso de la desigualdad, la cada vez mayor explotación y marginación de los más pobres, el abandono de la educación, la cada vez mayor concentración de la riqueza y de la tierra en las manos de los privilegiados, la privatización de lo que había sido nacionalizado, el saqueo imparable de los recursos nacionales por empresas extranjeras, la erosión de la soberanía y la creciente injerencia de los Estados Unidos y de otros países en los asuntos internos.

La tendencia de progresiva derechización, de reflujo anti-cardenista y de retorno al pasado prerrevolucionario desencadenó desde el principio, desde los años cuarenta del siglo XX, una ola de movilizaciones colectivas para defender la herencia revolucionaria del cardenismo. Estas movilizaciones provocaron a su vez la reacción violenta del régimen del PRI, el cual, desde entonces hasta ahora, ha mostrado ese lado autoritario y altamente represivo que se manifestó en las agresiones contra el movimiento estudiantil del 68 y especialmente en la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco.

La matanza de Tlatelolco no fue la primera. Los años anteriores a 1968 ya estuvieron pautados por una serie de masacres perpetradas por motivos políticos y ejecutadas por militares y policías en contra de civiles y opositores al régimen: en 1942, en el centro de la Ciudad de México, asesinato de seis estudiantes del Instituto Politécnico Nacional; en 1952, también en la Ciudad de México, 200 opositores henriquistas, seguidores del candidato presidencial Miguel Henríquez, masacrados en la Alameda; en 1958, en el zócalo de la misma ciudad, varias víctimas del movimiento magisterial; entre 1960 y 1962, en Guerrero, 50 asesinados en la represión de la Asociación Cívica Guerrerense; en 1963 y 1966, en Morelia, 3 estudiantes universitarios acribillados; en 1967, en Guerrero, 5 muertos entre maestros y padres de familia en Atoyac, y entre 40 y 80 muertos y desaparecidos en la represión contra los copreros de Acapulco. Estas matanzas no impidieron que hubiera, durante la misma época, grandes movimientos de protesta en los que se defendía la herencia de la revolución y del cardenismo: en 1952, el movimiento henriquista por la restauración del proyecto cardenista; en 1958, el Movimiento Revolucionario del Magisterio liderado por Othón Salazar, así como la huelga ferrocarrilera dirigida por Valentín Campa y Demetrio Vallejo; en 1964, los paros y manifestaciones de médicos; entre 1963 y 1967, las movilizaciones estudiantiles en Puebla, en Sonora, en Tabasco y especialmente en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en Morelia.

De la Marcha de la Libertad a los encuentros de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos

Así como la represión gubernamental fue incapaz de frenar las grandes movilizaciones sociales de 1952 a 1968, así también fue incapaz de impedir que se diera el gran movimiento estudiantil del 68. Este movimiento no dejó de abrirse paso a través y a pesar de la represión, como lo veremos ahora, en un breve recorrido en el que tan sólo esbozaré algunos trazos generales de lo que ha sido ya registrado, relatado y analizado minuciosa y exhaustivamente por autores como Edmundo Jardón Arzate[1], Elena Poniatowska[2], Sergio Zermeño[3], Paco Ignacio Taibo II[4], Daniel Cazés[5], Sergio Aguayo[6], Jorge Volpi[7], Julio Scherer y Carlos Monsiváis[8]. Quizás lo único distintivo de mi relato sea todo aquello sobre lo que Citlali Martínez Cervantes atrajo mi atención: lo que ocurrió fuera de la Ciudad de México, especialmente entre enero y julio de 1968, lo cual, significativamente, suele olvidarse o subestimarse.

El año de 1968 empieza con la organización y realización de una gran Marcha de la Libertad organizada por la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED). Los marchistas pretenden recorrer 200 kilómetros, de la población de Dolores Hidalgo a la ciudad de Morelia, para demandar la excarcelación de presos políticos, entre ellos Rafael Aguilar Talamantes, Efrén Capiz y Sebastián Dimas Quiroz, líderes del movimiento estudiantil de 1966 en la Universidad Michoacana. Después de avanzar 120 kilómetros, llegando a Valle de Santiago, la marcha será disuelta con violencia por los militares. Esto provocará una ola de protestas estudiantiles en la Ciudad de México, Morelia, Culiacán, Mazatlán, Monterrey, Villahermosa, Veracruz, Chihuahua y Puebla.

En febrero de 1968, en diversas partes de México, once mil estudiantes de 29 escuelas normales rurales se declaran en huelga. En los meses siguientes se multiplican las detenciones de activistas estudiantiles y de miembros del Partido Comunista Mexicano y de otras organizaciones. Al mismo tiempo hay numerosas manifestaciones por la liberación de los presos políticos. Uno de los presos más carismáticos, el famoso líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, realiza una huelga de hambre en prisión. Varios dirigentes estudiantiles de la UNAM se solidarizan con él y se declaran también en huelga de hambre.

Entre el 16 y el 17 de marzo se realiza la Conferencia Nacional de Solidaridad con el Pueblo de Vietnam. Luego, entre marzo y mayo, decenas de miles de personas, incluyendo muchos estudiantes, manifiestan su apoyo solidario a los vietnamitas y su repudio a la intervención estadounidense en varias ciudades del país. Hay manifestaciones sucesivamente en Guadalajara (25 de marzo), Chilpancingo, Torreón y Los Mochis (21 de abril), Ciudad de México y Culiacán (25 de abril), Zacatecas (27 de abril), Fresnillo (27 y 29 de abril), Mexicali (24 de mayo) y Morelia (26 y 28 de julio).

En mayo en la Ciudad de México y en julio en Morelia tienen lugar dos encuentros de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) a los que asisten representantes de todo el país y en los que se resuelve seguir luchando por la paz en Vietnam, por la democratización de la educación y por la liberación de los presos políticos estudiantiles. En la Constitución General de esta Central de Estudiantes, aprobada el 10 de mayo, no sólo se marca el objetivo de emanciparse del “imperialismo yanqui”, sino que se plantea “una activa lucha política, ideológica y práctica contra la planeación restriccionista y tecnicista de la educación y contra la orientación pragmática, cientificista y desarrollista, bases del actual sistema educativo”[9].

El 11 de julio, en una manifestación estudiantil en Puebla, un estudiante fue asesinado por un grupo universitario estrechamente vinculado con el gobierno. Este asesinato provocó protestas y agravó un largo y violento conflicto entre sectores gubernamentales y anti-gubernamentales en la Universidad Autónoma de Puebla. El mismo asesinato fue también motivo para una declaración pública de condena por parte de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos en Morelia.

El epicentro del movimiento en la Ciudad de México

Desde finales del mes de julio, el movimiento del 68 tendrá su epicentro en la Ciudad de México. Es aquí en donde el 22 de julio, una semana después del mencionado encuentro estudiantil en Morelia, se da el desencadenamiento de una serie de sucesos que desembocarán desafortunadamente en la masacre de Tlatelolco. Se trata simplemente de unos enfrentamientos callejeros entre alumnos de escuelas de educación media superior, pero el cuerpo de granaderos de la policía interviene, detiene a varios estudiantes y allana una escuela vocacional del Instituto Politécnico Nacional. Esto hace que el 26 de julio, para protestar contra las acciones policiacas, haya una manifestación de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN), la cual, a su vez, también es atacada por los granaderos. A causa del ataque, los manifestantes retroceden y terminan reuniéndose con otra manifestación que se realiza al mismo tiempo y que ha sido convocada por la Juventud Comunista, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos y sociedades de alumnos de del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para festejar la Revolución Cubana y conmemorar el asalto al Cuartel Moncada. Los participantes de ambas manifestaciones marchan juntos y son duramente reprimidos por los granaderos. Hay más de quinientos heridos y decenas de detenidos. En los días siguientes, policías y militares entrarán en varias escuelas, ocuparán el Comité Central del Partido Comunista, detendrán a varios miembros del partido y también a integrantes de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos.

El 31 de julio, protestando contra las acciones policiacas y militares, se declara una huelga en todas las facultades, institutos y escuelas de la UNAM y del IPN. Al día siguiente, el primero de agosto, hay una manifestación de 80 mil universitarios encabezados por el rector Javier Barros, quien demanda respeto a la autonomía universitaria y libertad a los estudiantes presos. El 2 de agosto se constituye un Consejo Nacional de Huelga (CNH) en el que se concentra el liderazgo del movimiento.

Durante los meses de agosto y septiembre se multiplican las manifestaciones multitudinarias en la Ciudad de México. El movimiento ya no sólo tiene un carácter estudiantil. Hay también toda clase de trabajadores: electricistas, ferrocarrileros, telefonistas, maestros de primaria y obreros de la fábrica de llantas Euzkadi. Se protesta contra las reacciones represivas del régimen, contra su carácter opresivo y antidemocrático, pero también contra el capitalismo y el imperialismo estadounidense. A partir del 20 de agosto, después de la intervención en Checoslovaquia, también se protesta contra el Pacto de Varsovia y contra el seguidismo pro-soviético. El mismo Comité Central del Partido Comunista Mexicano condena la intervención. A diferencia de otros comunistas en el mundo, los mexicanos tienden a mostrar una gran proximidad, afinidad y sensibilidad ante el movimiento del 68, el cual, por su parte, suele simpatizar con los comunistas y exterioriza posiciones anticapitalistas y antiimperialistas. En las manifestaciones aparecen retratos del Che Guevara y Ho Chi Minh junto con los del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo. También abundan significativamente los retratos de Pancho Villa y Emiliano Zapata, los revolucionarios consecuentes por excelencia, los que no claudicaron y tampoco se dejaron corromper y pervertir como los del régimen.

Las manifestaciones más numerosas fueron las del 5 de agosto, con 100 mil manifestantes; la del 13 de agosto, con 150 mil; y la del 27 de agosto, con 300 mil. En esta última manifestación, que se prolongó hasta el día siguiente, los estudiantes izaron la bandera rojinegra en el zócalo de la Ciudad de México, recibieron la solidaridad de empleados gubernamentales y fueron duramente reprimidos por policías y militares, así como por sujetos que por primera vez dispararon sobre los manifestantes desde los edificios aledaños. Es así como se responde una y otra vez con represión a las manifestaciones contra la represión. Pero las movilizaciones continúan. Se realizan mítines en Texcoco, Tlalnepantla y otras zonas industriales para aproximarse a los obreros y buscar su apoyo. El 13 de septiembre hay una gran marcha silenciosa en la Ciudad de México. Muchos manifiestan con mordazas o con tela adhesiva en la boca. Se hace el signo de la “V” con los dedos. Hay pancartas y carteles en las que se lee: “el silencio es repudio a la represión”, “líder honesto igual a preso político”, “libertad a la verdad: ¡diálogo!”[10].

Al mismo tiempo, en todo el país, surgen muestras de solidaridad con los estudiantes de la capital. Entre el 8 y el 9 de agosto estallan huelgas en la Escuela Nacional de Maestros, la Escuela Normal Superior, el Tecnológico de Ciudad Madero, el Centro de Capacitación de Uruapan y las universidades de Puebla, Oaxaca, Morelos, Yucatán, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Campeche, Baja California, Chihuahua, Veracruz y Guerrero. La más importante institución educativa jesuita en México, la Universidad Iberoamericana, entra en huelga el 13 de agosto. Hay manifestaciones estudiantiles en todo el país: el 30 de julio en Puebla, el primero de agosto en Monterrey, el 5, 10 y 16 de agosto en Torreón, el 13 de agosto en Xalapa, el 25 y el 31 de agosto en Morelia, el 26 y 27 de agosto en Oaxaca, el mismo 27 de agosto en Culiacán y Monterrey, el 4 de septiembre en Puebla, el 9 de septiembre otra vez en Culiacán, y el 28 de septiembre en Orizaba y Xalapa, en donde se da una respuesta violenta de policías y militares.

Reacción y represión

Las reacciones violentas de Orizaba y Xalapa no fueron hechos aislados. Recordemos que el 27 de agosto los militares habían atacado a los manifestantes en la Ciudad de México. En septiembre los militares también cercaron centros educativos en Oaxaca y Chilpancingo. Además ocuparon una preparatoria de Cuernavaca en la que sesionaba el Consejo de Huelga de la Universidad Autónoma de Morelos. Hubo paralelamente un despliegue militar importante en torno a los edificios de la Universidad Autónoma de Puebla.

En un hecho aislado, el 14 de septiembre, cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla fueron linchados en el pequeño pueblo de San Miguel Canoa. Los habitantes del lugar asesinaron con palos y machetes a tres de ellos y al dueño de la casa en la que se hospedaban. El principal instigador parece haber sido un sacerdote que acusó a los universitarios de ser comunistas y de querer izar una bandera rojinegra en la iglesia.

La campaña anticomunista rodeó constantemente al movimiento del 68. Desde un principio, lo mismo en la capital que en la provincia, los sesentayocheros fueron asimilados a los comunistas por los funcionarios del gobierno, los dirigentes patronales y la mayor parte de los periodistas de la prensa impresa, de la radio y la televisión. Muchos imaginaron una maniobra comunista-soviética para desestabilizar el país, derrocar al gobierno e impedir las Olimpiadas que se realizarían en México entre el 12 y el 27 de octubre de ese mismo año de 1968.

La animadversión contra el movimiento del 68 fue predominante en las altas esferas del gobierno y en los sectores más conservadores y derechistas de la sociedad mexicana. Los estudiantes sufrieron la violencia de movimientos de extrema derecha, pandillas juveniles pro-gubernamentales y agrupaciones militares y paramilitares cuyos integrantes usaban armas de fuego y vestían como civiles. Esta clase de grupos difícilmente identificables atacaron constantemente al movimiento del 68 y mostraron su poder al realizar una serie de agresiones coordinadas sobre escuelas preparatorias y sobre el Colegio de México los días 31 de agosto y 7 de septiembre. Fue así como prepararon el terreno para las acciones finales de los militares.

El 18 de septiembre el Ejército Mexicano ocupó la Ciudad Universitaria y detuvo a más de 500 profesores y estudiantes. Cuatro días después, el 23 de septiembre, los militares ocuparon los principales centros educativos del Instituto Politécnico Nacional. Finalmente, el 2 de octubre, un mitin de 15 mil personas en la Plaza de las tres Culturas de Tlatelolco fue atacado por militares y paramilitares del Batallón Olimpia, quienes asesinaron a más de 200 personas, tal vez 300, quizás más de 300. Hubo también más de 3000 detenidos que se agregaron a los anteriores. Muchos de ellos fueron torturados. Algunos desaparecieron para siempre. Hoy sabemos que estos crímenes fueron decididos, maquinados, autorizados, ordenados y dirigidos por los más altos funcionarios del gobierno mexicano de la época, entre ellos el Presidente, Gustavo Díaz Ordaz, el Secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, y el Secretario de Gobernación y futuro mandatario Luis Echeverría Álvarez.

La brutalidad gubernamental consiguió el propósito de sofocar temporalmente el movimiento. Como leemos en un hermoso relato de Arturo Taracena, “finalmente, con el reflujo que produjo la matanza de Tlatelolco y la captura de los principales dirigentes del movimiento estudiantil, el espíritu del 68 quedó un momento en suspenso, opacado por la fastuosa inauguración de las Olimpiadas”[11]. Sin embargo, entre los meses de octubre y diciembre, continuó una represión que tampoco debemos olvidar. El 16 de noviembre fue encarcelado el escritor y pensador marxista José Revueltas. Hubo más detenciones, más asesinatos de estudiantes, así como expulsiones de extranjeros vinculados con el movimiento. El primero de diciembre de 1968, en una reunión de la CNED en la que faltaron varios asesinados y encarcelados, se realizó un diagnóstico elocuente que sigue siendo vigente hasta ahora: “Es vital para las fuerzas gobernantes conservar sus métodos represivos y antidemocráticos tradicionales pues no son capaces de mantenerse en el poder en un juego libre de fuerzas políticas”[12].

¡2 de octubre no se olvida!

Los sesentayocheros mexicanos consiguieron desenmascarar los métodos represivos y antidemocráticos tradicionales del régimen priista. Y no lo hicieron en cualquier momento, sino en 1968, cuando los ojos del mundo veían hacia México, en donde iban a realizarse los juegos olímpicos. Estas circunstancias fueron decisivas para llegar al sangriento desenlace del 68 en México. La matanza ocurrió el 2 de octubre: sólo diez días antes de que empezaran las olimpiadas. Ante la llegada inminente de una avalancha de turistas y periodistas, el gobierno mexicano recurrió a su método habitual, a la represión, para solucionar con rapidez y eficacia el problema de la movilización estudiantil.

El propósito principal de la movilización estudiantil, como ya lo señalé antes, era desenmascarar al gobierno priista mexicano, quitarle su hipócrita máscara democrática y mostrar su verdadera cara, su rostro autoritario, violento y represivo. Curiosamente fue el mismo gobierno el que se traicionó y se exhibió tal como era, en la matanza de Tlatelolco, precisamente para no ser denunciado y expuesto por los estudiantes. En efecto, para que el movimiento estudiantil no lo desenmascarara, el gobierno se apresuró a desenmascararse a sí mismo.

El más conocido suceso del movimiento anti-represivo del 68 mexicano fue paradójicamente la sangrienta represión gubernamental. Es por esta represión por la que solemos recordar el 68 cada año, en México, el 2 de octubre. En ese día, año tras año, desde hace ya medio siglo, decenas de miles de estudiantes salen a las calles de la Ciudad de México y de otras ciudades mexicanas para homenajear a sus compañeros caídos en 1968. Es una manera de recordarlos y de mantener vivo el recuerdo. Es una expresión de lo que Maurice Halbwachs denominaba “memoria colectiva” para designar “la memoria en la que participamos como integrantes de un grupo”[13] y en la que nos acordamos colectivamente de “un acontecimiento que forma parte de la existencia del grupo y que percibimos desde el punto de vista del mismo grupo”[14]. Aquí el grupo es el del estudiantado mexicano que recuerda, resiente y se representa lo sucedido en 1968 como parte de su existencia. Es en cierto modo el mismo grupo que se movilizó en 1968 y que fue atacado en Tlatelolco. Es el grupo que sigue movilizándose cada vez que llega el 2 de octubre para conmemorar el aniversario de la masacre. Su memoria colectiva se torna explícita en la consigna coreada una y otra vez por los estudiantes: “¡2 de octubre no se olvida! ¡2 de octubre no se olvida! ¡2 de octubre no se olvida!”.

Que el 2 de octubre no se olvide se confirma en los mismos estudiantes que llenan las calles para corear “¡2 de octubre no se olvida!”. Su consigna dice lo mismo que ellos despliegan masivamente con su presencia. Ellos, al manifestarse cada 2 de octubre, ponen en evidencia que el 2 de octubre no se olvida, que se recuerda colectivamente, manifestándose, marchando, haciendo mítines, levantando puños, coreando consignas, pintando mantas y muros. Estas acciones exteriorizan una memoria colectiva que difiere de la simple historia pasada, como bien lo señala Halbwachs, porque “sólo retiene del pasado lo que está aún vivo y es capaz de vivir en la conciencia del grupo que lo sostiene”[15].

Los estudiantes de México sostienen y mantienen vivo el 2 de octubre. Lo distinguen de un simple dato histórico muerto al hacerlo vivir en lo que sienten y piensan, pero también en lo que dicen y en lo que hacen. Todo esto es la conciencia del estudiantado. Todo esto es también su memoria colectiva. Es tan exterior como interior. No sólo está en la significación de los gestos, sino en los gestos mismos, entre ellos el de corear que el 2 de octubre no se olvida.

La enunciación misma, el hecho de corear la consigna, corrobora lo enunciado, que “el 2 de octubre no se olvida”. Enunciar esto cada año, al igual que manifestarse por esto cada año, es una forma de no olvidar el 2 de octubre, de no olvidarlo aunque pasen los años, 1969, 1970, 1971, los demás años setenta, ochenta y noventa del siglo XX, los dos mil y los dos mil diez y tantos. Los años pasan y los estudiantes siguen saliendo a la calle, puntualmente, cada 2 de octubre, demostrándonos una y otra vez, cada año, que el 2 de octubre no se olvida, que su recuerdo insiste y resiste, que la memoria colectiva persiste y consigue atravesar las generaciones. Tenemos, pues, una perseverancia transgeneracional del 68 mexicano. Esta perseverancia es una forma simbólica de subsistencia del estudiantado que se movilizó en 1968 y que fue atacado en Tlatelolco, pues la subsistencia del grupo, como lo sugiere Halbwachs, es correlativa de la permanencia de su memoria, una memoria que no es ni más ni menos que “el grupo visto por dentro”, una memoria cuyos “límites” coinciden con los del mismo grupo[16].

Los estudiantes del 68 se mantienen simbólicamente vivos a través de quienes los recuerdan en las movilizaciones conmemorativas del 2 de octubre. La memoria colectiva es un triunfo contra Díaz Ordaz, contra los miembros del Batallón Olimpia y contra los demás verdugos de Tlatelolco. Aunque los asesinos hayan matado a jóvenes llenos de vida, no habrán acabado con una parte importante de su vida: la del espíritu del 68. Tal espíritu seguirá vivo mientras haya nuevos cuerpos en los que pueda encarnarse. Y para encarnarlo, para prolongar su vida, basta recordar y actuar en consecuencia.

Lo que se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida

Es verdad que muchos estudiantes, aunque salgan a marchar el 2 de octubre, no tienen una idea muy clara de lo que sucedió ese día. También es verdad que la mayoría de los manifestantes de cada 2 de octubre ignoran casi todo sobre el movimiento del 68 en México. Hay una gran amnesia en la memoria colectiva. El 2 de octubre no se olvida para olvidar todo lo demás.

No podemos negarlo: hay mucho que se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida. Tampoco podemos evitar las más diversas sospechas con respecto a este olvido. La memoria colectiva es sospechosamente selectiva. ¿Por qué retiene lo que retiene y descarta lo que descarta? ¿Cuál es su criterio de selección? ¿Cómo no vamos a sospechar de ella? Algunas de nuestras sospechas, por cierto, no tienen mucha importancia y hasta pueden ser divertidas.

Por ejemplo, cuando pensamos en la amnesia generalizada con respecto al origen del movimiento del 68, la Marcha de la libertad y todo lo demás que sucedió fuera de la capital mexicana y a lo que hicimos referencia al principio, ¿cómo no vislumbrar aquí un perfecto ejemplo de lo que llamaré humorísticamente “chilangocentrismo” para designar la creencia prejuiciosa de que la Ciudad de México es el centro del país, que todo gira en torno a él, que él precede y gobierna todo lo que ocurre en las provincia, que las ciudades provincianas siguen el ritmo de la capital y que nada verdaderamente originario y decisivo sucede fuera de la Ciudad de México? Este prejuicio encuentra una interesante refutación en el movimiento del 68, el cual, aunque terminara teniendo su epicentro en la Ciudad de México, se originó claramente fuera de la ciudad y hundió sus raíces en movimientos estudiantiles como los de Sonora y especialmente Morelia. Sin embargo, ante la importancia de lo que ocurrió en 1968, parece mezquino detenerse en estas pequeñeces. ¿Qué importa olvidar lo que sucedía en la provincia cuando se asesinó a centenares de manifestantes en la capital?

Olvidar lo esperanzador y recordar lo desesperanzador

La evocación exclusiva del 2 de octubre contiene pequeños olvidos que podemos olvidar sin consecuencias, pero hay también otros olvidos, grandes olvidos, que tal vez no debamos olvidar y que nos inspiran las más graves sospechas. Hay dos a los que deseo referirme. Ya mencioné el primero: al recordar una y otra vez el 2 de octubre y sólo el 2 de octubre, olvidamos todos los demás días, todos los demás sucesos, todo el 1968, todo lo que sucedió ese año. El movimiento del 68 desaparece detrás de la matanza de Tlatelolco. El 2 de octubre se torna sinónimo de 1968, sustituyéndose al año entero, condensándolo en un solo día, como si el 2 de octubre hubiera sido el único día en el año, como si no hubiera 364 días más, como si la represión fuera lo único sucedido en el movimiento del 68.

Paco Ignacio Taibo lo expresa de manera brillante: “el 68, por la magia negra del culto a la derrota y a los muertos, se vuelve Tlatelolco”, de tal modo que el 2 de octubre “se queda solo” y “sustituye en la memoria los 100 días de la huelga”[17]. Hay aquí, efectivamente, un preocupante derrotismo necrófilo: nos olvidamos del maravilloso movimiento social y no de la espantosa represión gubernamental. Recordamos la matanza que nos asusta y nos desalienta, pero olvidamos lo que se mata, lo que nos inspira y nos alienta. Perdemos lo esperanzador, el movimiento del 68, y nos quedamos con lo desesperanzador, con el 2 de octubre, con la violencia del gobierno. Mantenemos vivo el terror y no la ilusión del 68. Olvidamos lo que no deberíamos olvidar y no olvidamos lo que tal vez, en definitiva, sería mejor olvidar.

El recuerdo insistente de la matanza de Tlatelolco podría estar cumpliendo una función crucial en el régimen priista represivo y antidemocrático: dar un golpe traumático tal que anulara cualquier confianza en la movilización y que hundiera a las personas en el desánimo, en el temor, en el terror ante la violencia gubernamental. El “¡2 de octubre no se olvida!” significa igualmente: no se olvida que el régimen priista reprime cuando se protesta, que mata a quienes protestan, que las protestas acaban en baños de sangre, que no tienen finales felices, que por eso es mejor no protestar, como nos lo enseña el 2 de octubre, y es quizás también por eso que no hay que olvidarlo.

En los años 1990, cuando era joven y participaba en las marchas del 2 de octubre, me acuerdo que mi querida madre, para disuadirme de marchar, me decía que era peligroso, que no me expusiera, que no olvidara el 2 de octubre. Me decía, pues, exactamente lo mismo que yo iba a gritar a las calles: que el 2 de octubre no se olvida. Lo que me hacía ir a la calle a manifestar mi rabia contra el gobierno asesino es lo mismo que hacía que ella pensara que era una mala idea ir a la calle a manifestar esa rabia. Su miedo era provocado por lo mismo que encendía mi rabia: por lo resumido en la consigna “¡2 de octubre no se olvida!”. La memoria colectiva podía justificar tanto la rabia como el miedo, tanto el ánimo como el desánimo, tanto la pasividad como la actividad. Los efectos eran contrarios, pero la memoria colectiva era la misma. Recordar el 2 de octubre no sólo hacía que yo y mis compañeros fuéramos a las calles a protestar contra el régimen, sino que también hacía que muchos otros, quizás muchos más que nosotros, no fueran a las calles a manifestar su inconformidad.

Hay, pues, buenas razones para sospechar que la reducción del movimiento del 68 al 2 de octubre tiene efectos desesperanzadores, disuasivos, desmovilizadores. Es lo mismo que ocurre con la reducción de los sesentayocheros a quienes claudicaron y renegaron de sus convicciones, quienes terminaron encarnando todo lo contrario del espíritu del 68, quienes traicionaron al movimiento, delataron a sus compañeros y se vendieron al régimen a cambio de becas o puestos gubernamentales. Desde luego que hay casos como los del renegado Gilberto Guevara Niebla, el delator Sócrates Campos Lemus y el incongruente Marcelino Perelló Valls, pero son proporcionalmente minoritarios. Además, como bien lo ha mostrado Luis González de Alba, son casos bastante discutibles y ninguno corresponde al perfil de alguien “objetivamente traidor”[18]. Sin embargo, al pensarse que son casos objetivos de traición y que son mayoritarios o típicos o incluso universales, uno se queda con la impresión de que el espíritu del 68 era una simple forma de inmadurez, una rebeldía típicamente adolescente, algo que debería superarse al madurar. Es así como terminamos reduciendo simplistamente el movimiento del 68 al capricho de unos cuantos personajes miserables, despreciables, jóvenes malcriados y adultos inconsecuentes. Este simplismo reduccionista puede servir para lo mismo que sirve el que reduce 1968 al 2 de octubre: decepcionar, desmoralizar, desinflar a quienes tengan la tentación de continuar lo empezado en 1968.

Olvidar el presente

El espectro del 68 es conjurado con las invocaciones de la matanza y de la traición. Al pensar en Tlatelolco y en Campos Lemus, ¿quién tendría el ánimo de retomar la estafeta del movimiento? De lo que se trata es que el movimiento del 68 quede confinado al año de 1968. Lo que se busca es que haya terminado. Esto nos conduce al segundo reduccionismo al que deseo referirme en relación con la consigna de “¡2 de octubre no se olvida!”: el que no sólo equipara el año de 1968 al día miércoles 2 de octubre, sino que reduce el medio siglo que ha transcurrido ya desde 1968 al solo año de 1968, el cual, seguidamente, se reduce a un solo día. Voy a explicarme.

Contra lo que se nos quiere hacer creer, el movimiento del 68 no fue atajado con la matanza de Tlatelolco. No fue derrotado por las bazucas y ametralladoras de los militares. Tampoco es algo que pueda relegarse al año de 1968, algo que haya empezado y terminado en ese año, algo que responda solamente a la coyuntura y al ambiente planetario de 1968. El 68 mexicano más bien exterioriza un movimiento que viene desde 1940 y que todavía dura en 2018: un movimiento por libertad y por democracia, por igualdad y por justicia, por la herencia revolucionaria y cardenista, y contra el régimen priista contrarrevolucionario, corrupto e injusto, represivo y antidemocrático. Este movimiento que no ha terminado es también el movimiento del 68, el cual, por lo tanto, no es un movimiento del pasado, sino del presente. Recordarlo es continuarlo. Mantener vivo su recuerdo nos exige mantener vivo el movimiento.

La memoria colectiva mantiene vivo aquello que recuerda y no sólo su recuerdo. No se trata sólo de que el movimiento del 68 no se olvide, sino de que no termine, que siga adelante, lo cual, por lo demás, es también lo que ocurre cuando los estudiantes salen a las calles a corear “¡2 de octubre no se olvida!”. Los estudiantes no olvidan el 2 de octubre de 1968 porque siguen luchando por lo mismo que se luchaba el 2 de octubre de 1968. Y siguen luchando por lo mismo porque no lo han conseguido, porque todo sigue igual que en 1968, porque el movimiento no ha logrado revolucionar el país, no lo ha hecho todavía, pero quizás lo haga en el futuro. Esto es también lo que frecuentemente se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida. Lo que se olvida es que no hay nada que pueda simplemente olvidarse, dejarse atrás, como si fuera sólo pasado, como si ya hubiera ocurrido, como si no siguiera ocurriendo.

El 2 de octubre de 1968 se repite el 10 de junio de 1971 en la Ciudad de México, el 22 de diciembre de 1997 en Acteal y el 26 de septiembre de 2014 en Iguala. El gobierno represivo no deja de matar a los opositores. La represión continúa. La opresión y el autoritarismo también. El déficit democrático sigue vigente en México. La injusticia y la desigualdad son sufridas cotidianamente por la mayoría de los mexicanos.

El capitalismo sigue devastando al mundo y ahora pone en peligro la subsistencia del género humano. El imperialismo estadounidense no deja de bombardear a pueblos inocentes, empobrecer a los países subdesarrollados y ser un obstáculo para la democratización en América Latina. La Guerra de Vietnam se desplazó a Centroamérica y luego a Medio Oriente, a Irak, Siria y Palestina.

Las causas del movimiento del 68 son tan vigentes ahora como en 1968. Y es por todo esto que no se deja de luchar, y que el movimiento del 68 prosigue después de 1968, tal como había empezado antes. Es una lucha continua contra la represión, contra la opresión, contra la explotación, contra la destrucción, contra la muerte. Sólo hay aquí dos posibilidades: o luchamos y quizás triunfemos, o claudicamos y de seguro perdemos. Como ya lo escribía José Revueltas en 1968, estamos ante un “único dilema insoslayable y rotundo: victoria o muerte”, pues mientras “la victoria, para nuestro país, será un México libre, democrático, sano, donde se pueda respirar, pensar, crear, estudiar, amar”, la derrota será la muerte, “la noche del alma, las torturas sin fin, el candado en los labios, la miseria del cuerpo y del espíritu”[19]. Es para evitar esta miseria que se lucha en el 68, pero también antes, después, aún hoy y seguramente mañana.

Historia de lucha

Ya vimos cómo el 68 mexicano se inserta en una historia de lucha que viene desde los años cuarenta del siglo XX. José Revueltas conjeturó que esta historia, tras la represión de la huelga ferrocarrilera en 1958, encontró la manera de “vengarse” al “caminar por debajo de los acontecimientos” hasta emerger en el movimiento estudiantil del 68, el cual, por lo tanto, no estaba “aislado históricamente”[20]. Como bien lo ha observado Pablo Gómez, coincidiendo con la conjetura de Revueltas, el 68 formaba parte de un entramado histórico en el que diferentes protestas y otras acciones colectivas, lejos de estar “aisladas las unas de las otras”, se entretejían en un único “proceso” de lucha en el que 1968 apareció como un “punto culminante”[21]. Este año hizo únicamente que el proceso ya existente adquiriera cierta intensidad, amplitud y coloración, y que siguiese adelante así como venía desde atrás. El proceso, pues, no debe confinarse a 1968. Desde luego que ese año es decisivo, pero no para inaugurar ni mucho menos para consumar, completar y terminar la historia de lucha, sino simplemente para continuarla y conducirla por nuevos cauces.

El punto culminante fue también un punto de inflexión. Todo cambió al atravesar el espíritu del 68 con su marcado factor juvenil, su cuestionamiento de la hipocresía generalizada y sus demás elementos característicos. Por ejemplo, como lo han mostrado Soledad Loaeza, Ilán Semo y otros, la acción democratizadora del movimiento y su impacto social e institucional fueron factores decisivos que han condicionado y determinado la interminable transición a la democracia en México[22]. En cuanto a la represión gubernamental y específicamente la matanza de Tlatelolco, al delatar la cerrazón del gobierno mexicano ante cualquier estrategia legal y pacífica, pudo haber favorecido la proliferación de las guerrillas en los años setenta. Lo seguro es que el 68 vino a transformar el país.

Todo cambió con el 68, sin duda, pero para seguir adelante. En México, desde 1968 hasta ahora, los movimientos sociales no han cejado en su esfuerzo por defender y preservar la herencia revolucionaria. Han sido millones los mexicanos que luchan infatigablemente por lo mismo que en 1968: por libertad y democracia, pero también por igualdad y justicia. Así como recordamos el 68, así también guardamos en la memoria las más importantes movilizaciones nacionales de los años posteriores: las de apoyo al hijo de Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc Cárdenas, cuando fue candidato presidencial en el fraude electoral de 1988; la ola de solidaridad con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) desde que se levantó en armas, en 1994, hasta ahora; la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006 y el movimiento liderado por Andrés Manuel López Obrador en los últimos años.

El recuerdo insistente de las grandes luchas no debe hacernos olvidar los innumerables movimientos sociales que han agitado incesantemente a la sociedad mexicana en los últimos cincuenta años, incluyendo varias movilizaciones estudiantiles en diversas instituciones de todo el país: la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1971, la Universidad Autónoma de Sinaloa en 1972, la UNAM en 1986 y 1999, los Colegios de Ciencias y Humanidades en 1995, la Universidad Autónoma Metropolitana en 1996, y así sucesivamente. Al mismo tiempo, cada nuevo 2 de octubre, los estudiantes han salido a la calle a corear “¡Dos de octubre no se olvida!”. En los últimos años hubo además dos grandes movimientos que unieron a estudiantes de todo México y en los que se recordó insistentemente la matanza de Tlatelolco: en 2012, el movimiento #yosoy132, por la democracia, por la libertad de expresión y contra el retorno del régimen priista; y en 2014, el movimiento causado por la desaparición de 43 estudiantes de la escuela Normal Rural de Ayotzinapa, los cuales, significativamente, fueron atacados por los policías cuando reunían fondos para ir a la Ciudad de México y participar en la manifestación conmemorativa del 2 de octubre.

Medio siglo de represión

Así como la movilización continuó durante los últimos cincuenta años, así también la represión prosiguió, dejando miles de víctimas en todo el país, entre ellas algunas asesinadas en grupo en las matanzas del régimen que vinieron después de Tlatelolco, por ejemplo: en 1971, en la Ciudad de México, medio centenar de estudiantes asesinados en la matanza de Corpus Christi; en 1982, en La Trinidad, Guerrero, 9 campesinos asesinados; en 1995, en Aguas Blancas, Guerrero, 17 campesinos asesinados; en 1997, en Acteal, Chiapas, 45 indígenas asesinados; en 1998, en El Charco, Guerrero, 11 jóvenes asesinados; en 2014, en Iguala, Guerrero, 8 asesinados y 43 estudiantes desaparecidos; en 2016, en Nochixtlán, 10 asesinados; en 2017, en Arantepacua, 4 indígenas asesinados. Todas estas personas molestaban al régimen y fueron eliminadas por policías, militares y paramilitares. Su eliminación basta para confirmar que México no es una democracia, ni siquiera una democracia imperfecta, sino simplemente una dictadura, aunque eso sí, una “dictadura perfecta”, como la llamara Mario Vargas Llosa cuando todavía era capaz de sostener un discurso crítico y consecuente[23].

Como ya lo comentamos anteriormente, la represión gubernamental de los movimientos pacíficos, tanto en 1968 como antes y después, hizo que muchos opositores optaran por tomar las armas y unirse a la guerrilla. Desde los años sesenta hubo grupos guerrilleros importantes en México, entre ellos los de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez entre los sesenta y principios de los setenta, el Movimiento de Acción Revolucionaria y la Liga Comunista 23 de septiembre en los setenta, el Partido Revolucionario Obrero Campesino – Unión del Pueblo (PROCUP) en los ochenta, el EZLN y el Ejército Popular Revolucionario en los noventa. Ante la irrupción de la guerrilla, la represión tendió a recrudecerse. Miles de personas fueron detenidas, torturadas y asesinadas en la persecución contra los guerrilleros. Fue en el contexto de esta persecución que sucedieron muchas de las matanzas que mencionamos anteriormente, como las de Acteal y El Charco.

De cualquier modo, en todas las matanzas mencionadas y en los miles de asesinatos políticos perpetrados por el régimen priista después de 1968, las víctimas fueron mayoritariamente opositores al régimen eliminados por militares, paramilitares, policías y pistoleros trabajando para el régimen. Es verdad que los muertos luchaban por causas diferentes, pero siempre, en última instancia, luchaban también por lo mismo que los jóvenes que murieron en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968: por libertad y democracia, por justicia e igualdad. Podemos decir, pues, que se trata de una lucha que no ha cesado en México desde los cuarenta del siglo XX. Esta lucha, que ya dura casi ochenta años, es la que se exteriorizó en el movimiento del 68, el cual, por lo tanto, no debe confinarse al año de 1968, no debe abstraerse de la gran lucha en la que el 68 es tan sólo un eslabón, sí, un eslabón decisivo y diferente de cualquier otro, pero un eslabón que sólo tiene sentido por el pasado y el futuro que se unen en él. Y el futuro de 1968, no hay que olvidarlo, es nuestro presente, es decir, el presente de aquellos, como yo, que aún creemos en lo mismo que los estudiantes del 68: la libertad, la democracia, la igualdad, la justicia, la soberanía de los pueblos.

¿Final feliz?

Si creemos en lo mismo que los sesentayocheros, entonces tan sólo podremos realizarlo al ser continuadores de ellos y al proseguir lo que ellos empezaron. Debemos ver su lucha como una tarea pendiente. Hay que seguir luchando contra la represión y la opresión, contra la injusticia y la desigualdad, contra la explotación capitalista y contra el imperialismo de los Estados Unidos y de otras potencias mundiales.

Todavía sufrimos lo mismo que los jóvenes del 68. Aún sentimos y pensamos lo mismo que ellos, deseamos lo mismo, somos lo mismo. Es verdad que somos también muchas otras cosas que ellos todavía no eran. Y desde luego que ellos eran también muchas otras cosas que nosotros ya no somos. Pero hay algo que ya eran ellos y que persiste a través de lo que somos. Es por esto que los encontramos dentro de nuestra memoria colectiva. Están aquí porque son lo que somos.

Como nos lo han mostrado Henri Tajfel y John Turner, hay una identidad compartida en la base y en el seno de la memoria colectiva[24]. No podemos recordar juntos, a través de nuestra vida, sino lo que somos unos con otros. Nuestro nosotros es también el de los del 68. Ellos también forman parte de lo que somos. Hay algo que sólo podemos ser con ellos. Dejarlos atrás no sería otra cosa que dejarnos atrás a nosotros mismos.

Para no perdernos, debemos continuar protestando como los sesentayocheros, denunciando lo que ellos denunciaban, exponiéndonos a las balas que los mataron. Tenemos que seguir hablando sobre ellos para no dejar de hablar sobre nosotros. Y no debemos dejar de corear las consignas con las que nos recordamos al recordarlos estruendosamente cada nuevo 2 de octubre. De lo contrario, como decía el astrónomo Guillermo Haro al recordar el 68, caeremos en “ese magnífico y egoísta silencio con el que nos protegemos y nos olvidamos”[25].

Para guardarnos en la memoria, debemos dejarnos poseer por lo que Jorge Volpi llamaba el “espíritu de Tlatelolco”[26]. Tenemos que ser aquello en lo que no se apaga el espíritu del 68: el espíritu de lucha de los sesentayocheros. No sólo hay que mantener vivo su recuerdo, sino que hay que mantenerlos vivos a ellos, a los que aparentemente murieron en Tlatelolco. Tan sólo así podremos vencer a quienes creyeron matarlos. Y de paso venceremos a otros asesinos de la vida y de la esperanza, entre ellos quienes asesinaron y desaparecieron a los estudiantes de Ayotzinapa mientras se preparaban para homenajear a los de Tlatelolco.

Tal vez al final, con el apoyo de los de Ayotzinapa y de todos los demás, consigamos que el 68 mexicano tenga un final feliz, un final diferente al 2 de octubre. Hay que insistir en que el 2 de octubre no fue el final del movimiento. El final está por verse. Y seguramente falta mucho para verlo, pues los sesentayocheros, como bien lo apuntó José Revueltas, están “haciendo la historia”, son “su carne y su sangre”, y es precisamente por esto que tan sólo podrán “vencer hasta el fin”[27].

Referencias

[1] Edmundo Jardón Arzate, De la Ciudadela a Tlatelolco: el islote intocado, Ciudad de México, Fondo de Cultura Popular, 1969.

[2] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, Ciudad de México, Era, 1971.

[3] Sergio Zermeño, México : una democracia utópica: el movimiento estudiantil del 68, Ciudad de México, Siglo XXI, 1978.

[4] Paco Ignacio Taibo II, 1968 (1991), Madrid, Traficantes de Sueños, 2006.

[5] Daniel Cazés, Crónica 1968, Ciudad de México, Plaza y Valdés, 1993.

[6] Sergio Aguayo Quezada, 1968: los archivos de la violencia, Ciudad de México, Grijalbo, 1998.

[7] Jorge Volpi, La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968 (1998), Ciudad de México, Era, 2006.

[8] Julio Scherer y Carlos Monsiváis, Parte de guerra, Tlatelolco 1968, Ciudad de México, Aguilar, 1999.

[9] En Gerardo Peláez Ramos, El movimiento estudiantil y los comunistas (1963-1968), Cronología IV y última, La Haine, consultado en http://www.lahaine.org/b2-img10/pelaez_6368_4.pdf

[10] En Daniel Cazés, Crónica 1968, op. cit., p. 166.

[11] Arturo Taracena Arriola, Las lecciones del 68. Bajo el Volcán 7(13) (2008), p. 77.

[12] En Gerardo Peláez Ramos, El movimiento estudiantil y los comunistas (1963-1968), Cronología IV y última, op. cit.

[13] Maurice Halbwachs, La psychologie collective (1937-1942), París, Flammarion, 2015, p. 174.

[14] Maurice Halbwachs, La mémoire collective (1926-1944), París, Albin Michel, 1997, pp. 65-66.

[15] Ibíd., pp. 131-132.

[16] Ibíd., pp. 131, 140.

[17] Paco Ignacio Taibo II, 1968, op. cit., p. 101.

[18] Luis González de Alba, En el Consejo Nacional de Huelga no hubo traidores, Proceso, 11/10/16, consultado en https://www.proceso.com.mx/458278/gonzalez-alba-68-en-consejo-nacional-huelga-hubo-traidores

[19] José Revueltas, México 68: juventud y revolución, Ciudad de México, Era, 2008, p. 91.

[20] Renata Sevilla, Tlatelolco, ocho años después (entrevistas), Ciudad de México, Posada, 1976, pp. 13-14.

[21] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, op. cit., p. 18.

[22] Soledad Loaeza, México 1968: los orígenes de la transición, Foro internacional 30(1) (1989), pp. 66-92. Ver también algunos capítulos contenidos en: Ilán Semo, La transición interrumpida: México 1968-1988, Ciudad de México, Universidad Iberoamericana, 1993.

[23] Mario Vargas Llosa, México es la dictadura perfecta. Españoles y latinoamericanos intervienen en la polémica sobre el compromiso y la libertad, El País, 1 de septiembre de 1990, https://elpais.com/diario/1990/09/01/cultura/652140001_850215.html

[24] Henri Tajfel y John Turner, The Social Identity Theory of Intergroup Behavior, en S. Worchel & W.G. Austin (eds), The Psychology of Intergroup Relations (pp. 7-24), Chicago, Nelson-Hall, 1986.

[25] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, op. cit., p. 145.

[26] Jorge Volpi, La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968, op. cit., pp. 359-375.

[27] José Revueltas, México 68: juventud y revolución, op. cit., 2008, p. 25.