Recordarnos como nicolaitas: palabras para quienes ingresan a la Universidad Michoacana

David Pavón-Cuéllar

Texto elaborado por el autor a partir de sus notas utilizadas el 9 de agosto de 2026 en una charla para estudiantes de nuevo ingreso en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Apertura

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se inauguró con este nombre en 1917, pero su historia comenzó casi cuatrocientos años antes. Con tantos años de historia, nuestra máxima casa de estudios –también conocida como La Nicolaita– es una de las más antiguas instituciones de educación superior del continente americano. Su fundación en 1540 es anterior a los años en que se fundaron las instituciones universitarias de mayor tradición en América: las de México y San Marcos de Perú en 1551, la de Córdoba en Argentina en 1613, la de Harvard en Estados Unidos en 1636 y la de San Carlos de Guatemala en 1676. Antes de que todas estas famosas universidades aparecieran en el mundo, nosotros los nicolaitas ya estábamos aquí, haciendo lo que seguimos haciendo, enseñando y aprendiendo, investigando y reflexionando, pero también criticando lo que va mal y luchando para transformarlo.

Nuestra crítica y nuestra lucha transformadora son prácticas distintivas de nuestra universidad. Son algo que nos ha distinguido como docentes y estudiantes, que nos ha hecho destacar sobre otras universidades, aun cuando ahora casi nadie lo evoque. Aunque lo olvidemos, no dejamos de ser lo que hemos sido. Recordarlo es recordarnos. Es lo que intentaré hacer ahora.

Contaré lo que somos, lo que hemos sido, para que sepan ustedes lo que podrán ser al ingresar a la Universidad Michoacana y al integrarse así a lo que somos. Desde luego que pueden elegir no serlo, pero será porque de algún modo se olvidarán a sí mismos como nicolaitas, porque se desconocerán o se traicionarán como tales. No hay nada raro en esto. Es incluso lo más común, lo más habitual, pero no por ello dejamos de ser lo que ahora les contaré en unos pocos minutos.

Comenzaré por nuestro fundador, Vasco de Quiroga, para narrar seguidamente nuestra fundación en 1540 y nuestra historia en tiempos del colonialismo español. Me referiré después a nuestro papel en la Independencia de nuestro país, cuando Miguel Hidalgo y José María Morelos formaron parte de nosotros, y recordaremos cómo se nos castigó y cómo resurgimos con Melchor Ocampo en 1847. Luego atravesaremos las épocas porfirista, revolucionaria y posrevolucionaria para llegar a los tiempos de combates por el cardenismo y por el socialismo, contra el autoritarismo y por la democracia. Veremos a cada momento cómo nuestra historia, la historia de nuestra universidad, se ha insertado en la historia de México y del mundo.

Vasco de Quiroga

Nuestro fundador fue Vasco de Quiroga, nacido hacia 1470 en Madrigal de las Altas Torres, un pueblo español rodeado por grandes murallas medievales. Cuando Quiroga tenía unos 50 años de edad, fue enviado al norte de África, a la ciudad argelina de Orán, que había sido conquistada por los españoles. Quiroga debía fungir ahí como juez. Tenía que juzgar al gobernante español de la ciudad, el corregidor Alonso Páez, al que la población local acusaba de abusos y desmanes. Fue lo que hizo Quiroga, comenzando su combate pacífico personal contra la injusticia colonial que luego prosiguió en México.

Antes de venir a nuestro país, Quiroga debió cumplir otra misión en el norte de África: la de negociar un tratado de paz con el rey musulmán de Tremecén en Argelia. El tratado incluía un artículo que garantizaba libertad religiosa y otros derechos para los pueblos musulmanes conquistados por los españoles. Tenemos aquí otro indicio de la relación respetuosa de Quiroga con las diferencias culturales y religiosas: relación fundamental para su posterior experiencia en tierras mexicanas.

Quiroga llegó a México en 1530 con un encargo similar al que había tenido en Orán. Su misión ahora era frenar y castigar los excesos de Nuño de Guzmán, quien presidía la Primera Audiencia, que era entonces el máximo órgano del gobierno de la Nueva España. Los excesos de Guzmán habían ocurrido primero en el Pánuco, al norte de Veracruz, donde esclavizó y vendió a miles de indígenas, y luego en Michoacán y en el noroeste de México, donde incendió y arrasó innumerables poblados, además de asesinar a caciques y gobernantes. Uno de ellos fue el último emperador purépecha, el cazonci Tangáxoan Tzíntzicha, quien recibió pacíficamente a los españoles tan sólo para que ellos lo torturaran y lo condenaran a morir por estrangulación y ser quemado hasta las cenizas. Lo que justificó semejante condena fue la llamada sodomía de Tangáxoan, su homosexualidad, lo que ilustra el nivel de homofobia de los europeos de aquellos años.

Además de homófobos, Nuño de Guzmán y sus soldados eran asesinos, genocidas, torturadores, ladrones, extorsionadores, ecocidas, violadores y todo lo demás que se les ocurra. Eran peores, más crueles y perversos, que los demás conquistadores españoles de la época. La ola de violencia que desataron en Michoacán provocó naturalmente la huida masiva de los indígenas hacia las zonas serranas y la disgregación de sus comunidades con sus estructuras políticas, económicas y religiosas.

La devastación colonial de las tierras michoacanas fue conocida por Vasco de Quiroga primero como oidor de la Segunda Audiencia y luego como obispo de Michoacán. En ambas funciones, Quiroga se alió con los pueblos originarios contra los invasores españoles. Aunque ciertamente sea justo criticar a Quiroga por ver a los indígenas como niños dóciles que sólo esperaban ser dominados y educados, no debemos olvidar que dedicó los últimos treinta y dos años de su vida a defenderlos y a esforzarse por todos los medios en reparar los abusos de los conquistadores.

Vasco de Quiroga (óleo en la Catedral de Morelia)

Entre 1533 y 1565, Quiroga se empeñó en reconstituir la sociedad purépecha, reunificar la población en núcleos urbanos y recuperar su territorio que había sido saqueado, arrasado y fragmentado por las huestes de Nuño de Guzmán. Quiroga también empleó su propio salario y su propia riqueza personal para comprar tierras a los españoles y devolvérselas a los indígenas de Michoacán. En esas tierras, creó un pueblo-hospital como el que había creado antes muy cerca de la Ciudad de México, llamándolo igual, Santa Fe, y organizándolo de la misma forma inspirada por la Utopía de Tomás Moro. Fue así como nació en 1533 la actual población de Santa Fe de La Laguna en la que siguen habitando los purépechas en la actualidad.

En tiempos de Vasco de Quiroga, el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna materializaba mucho de aquello a lo que aspiramos en el comunismo. Era un microestado con tierras comunales, con usufructuarios en lugar de propietarios, sin propiedad privada, con reparto de los bienes según las necesidades individuales y con apoyo solidario para los más necesitados. La organización del pueblo se inspiraba también de la cultura política indígena, dando una posición de poder a los ancianos, integrando el culto religioso y el gobierno civil, y distribuyendo el espacio en función de los puntos cardinales.

Además de fundar y organizar el pueblo-hospital de Santa Fe de La Laguna, recuperar tierras para los purépechas y defenderlos contra los abusos de los españoles, Vasco de Quiroga promovió los oficios artesanales tradicionales y trabajó con las comunidades para asegurar su autosuficiencia económica. También le debemos lo que ahora más nos interesa: la fundación del Colegio de San Nicolás en Pátzcuaro. Fue este colegio el que terminó convirtiéndose en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Colegio de San Nicolás

Si nuestra Universidad Michoacana sigue siendo ahora de San Nicolás, es precisamente porque proviene del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga. Es también por esto que nos llamamos nicolaitas, por San Nicolás, un santo del siglo tercero que se convirtió durante la Edad Media en la personificación de la generosidad y en el patrón de los solteros, los niños y los jóvenes estudiantes. Resultaba natural, entonces, que su nombre fuera el del Colegio de San Nicolás.

Hay que decir que el antiguo Colegio de San Nicolás, el de los tiempos coloniales, era muy diferente de nuestra actual Universidad Nicolaita. Su objetivo no era formar a profesionistas como nuestros ingenieros, abogados y psicólogos, sino preparar a sacerdotes, adiestrar a evangelizadores y educar a hijos de indígenas. La instrucción era marcadamente religiosa e incluía siempre lecciones de teología, pero también se enseñaban artes, filosofía, retórica y gramática latina. Por si fuera poco, había una enseñanza obligatoria de lenguas y costumbres indígenas purépechas, nahuas y otomíes. En esto, al menos en esto, el Colegio de San Nicolás estaba muy por delante de nuestra actual universidad, en la que estamos tan bien colonizados que sólo imponemos el idioma inglés y sólo transmitimos saberes europeos y estadounidenses, ignorando casi por completo la inagotable sabiduría de los pueblos originarios.

Además de enseñar lenguas y saberes ancestrales mesoamericanos, el Colegio de San Nicolás incluía a más estudiantes indígenas que españoles. Unos y otros convivían dentro del Colegio. Entre ellos, el trueque lingüístico era obligatorio: los europeos debían dar lecciones de latín o castellano a los nativos que debían enseñarles náhuatl o purépecha. Las relaciones entre estudiantes eran predominantemente horizontales, pero los españoles habitaban en el Colegio bajo un régimen de internado, ya fuera pagando manutención o apoyados con becas de gracia, mientras que los indígenas acudían en el día y luego dormían fuera, generalmente en sus casas familiares.

Los estudiantes indígenas del Colegio recibían una educación gratuita. Primero el Colegio era financiado únicamente por Quiroga. Luego, a partir de 1543, el rey Carlos Primero de España y Quinto de Alemania aceptó asumir el patronazgo del Colegio, el cual, entonces, cambió su nombre a Real Colegio de San Nicolás Obispo. Sin embargo, incluso después de 1543, la principal fuente de ingresos del Colegio fue el salario de Quiroga. Es por esto que el Colegio le pertenecía en derecho a Quiroga, quien pudo entonces, al fallecer en 1565, legárselo de modo formal y explícito a los indígenas michoacanos, empleando para ello las palabras conmovedoras que aún podemos leer en su Testamento.

En la expresión testamentaria de su última voluntad, Quiroga decide que el Colegio sea para “los indios”, que sea para ellos “para siempre jamás”, para que “sean perpetuamente en él gratis enseñados”. El obispo justifica su decisión porque los indígenas “lo hicieron todo”, porque no se les pagó “bien como debiera”, y entonces lo justo es que el Colegio sea para ellos “en satisfacción y recompensa de lo que allí y en otra cualquier parte y obra hubieren trabajado los dichos indios”. Quiroga es así consciente de la explotación de los pueblos originarios en la Nueva España –una explotación que prosigue hoy en día en México– y es por ello que intenta compensarlos al menos un poco al heredarles el Real Colegio de San Nicolás Obispo.

Los herederos de Quiroga no han renunciado jamás a su herencia. Esto quiere decir que el Colegio, convertido en la Universidad Michoacana, les pertenece a los pueblos originarios, especialmente a los purépechas, quienes de modo generoso y hospitalario comparten su espacio con quienes –como yo– no venimos de sus comunidades. Esto es algo que debemos guardar en la memoria como estudiantes y docentes de nuestra universidad.

Hay algo más que debemos recordar en el Testamento de Quiroga. El obispo dice literalmente que lega el Colegio a los indígenas para que en él se eduquen “gratis”, de modo gratuito, “sin que para ello den ni paguen ni se les pida ni lleve cosa alguna”. Estas palabras tan claras y enfáticas establecen el derecho histórico a la educación gratuita primero en el Colegio de San Nicolás y ahora en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo: un derecho que ha debido ser defendido por nuestros estudiantes cuando las autoridades han intentado arrebatárselos. Es lo que ocurrió la última vez hace doce años, en 2014, cuando nuestra Facultad de Psicología fue el epicentro de un importante movimiento nicolaita por la gratuidad. Este movimiento defendía el derecho establecido por Quiroga en 1565.

Después de 1565, el Real Colegio de San Nicolás Obispo fue administrado por el Cabildo Eclesiástico, el cual, en unos pocos años, parece haber traicionado la última voluntad expresa de Quiroga. Es al menos lo que podemos inferir de un documento de 1576 donde el propio Cabildo informó que la mayoría de los estudiantes no eran ya indígenas, sino españoles, criollos y mestizos, descritos como “hijos de personas nobles, pero pobres y necesitadas, que no deben exponer a sus hijos a oficios mecánicos”. Entrevemos aquí la división de castas de la época, en la que el trabajo manual debía ser efectuado por los indígenas, mientras que los mestizos, criollos y peninsulares tenían el privilegio del trabajo intelectual para el que requerían de un Colegio como el de San Nicolás. El Colegio no cerraba sus puertas a los indígenas, pero éstos dejaban de ser mayoritarios para volverse minoritarios, tal como lo son ahora en la Universidad Michoacana en la que se convirtió el Colegio.

Pareciera entonces que el Colegio de San Nicolás fue escamoteado a los pueblos originarios en los diez o veinte años que siguieron a la muerte de Quiroga. El escamoteo se consumó en 1580, cuando el Colegio abandonó la ciudad indígena de Pátzcuaro y se instaló más al noreste, en el valle de Guayangareo, en la ciudad española de Valladolid, como se llamaba entonces Morelia. Es aquí donde permanece desde entonces.

Primera de las revueltas nicolaitas

Al instalarse en Morelia, el Colegio de San Nicolás absorbió a otro colegio, el de San Miguel Guayangareo, que había sido fundado por Fray Juan de San Miguel para instruir a hijos de españoles, mestizos y caciques indígenas de la provincia. Los dos colegios confluyeron en 1580 para seguir educando a diversas castas de la sociedad colonial. Pocos años después, entre 1590 y 1610, tenemos el primer eslabón de una larga cadena de situaciones conflictivas en las que nuestra institución ha desafiado a los poderes establecidos.

La primera de las revueltas nicolaitas estalló porque dos obispos michoacanos sucesivos, los dominicos Alonso Guerra y Domingo de Ulloa, se empeñaron en convertir a nuestro Colegio en un seminario para la preparación de sacerdotes. Los obispos contaron con el apoyo del mismísimo Papa Clemente VIII: el que había mandado ejecutar en la hoguera al genial filósofo Giordano Bruno porque se obstinaba en afirmar que María no era virgen, que Jesús no era Dios, que ninguna divinidad había creado el universo, que el sol era sólo una estrella más, que la tierra no era el centro del universo y que había muchos mundos además la tierra. Tras atreverse a proferir tantas verdades, Bruno fue impelido por todos los medios a retractarse, pero no lo hizo, lo que le costó la vida.

El cuerpo de Bruno ardió en las llamas en el año de 1600, y sólo un año después, en 1601, el mismo Papa que lo había condenado ordenó con una bula que nuestro Colegio de San Nicolás se transformara en Seminario Conciliar. En esos tiempos, ante una bula papal, no había más alternativa que bajar la cabeza y obedecer, pero no fue lo que ocurrió en el Cabildo Eclesiástico de Valladolid y en su Colegio de San Nicolás. Nuestros predecesores –al igual que Bruno un año antes– desafiaron al Sumo Pontífice y se declararon en abierto desacato por considerar con razón que la bula papal contradecía el espíritu del Colegio y sus objetivos fundacionales enfocados a educar no sólo a los sacerdotes, sino al conjunto de la población tanto indígena como criolla, peninsular y mestiza.

Tras un largo litigio civil y eclesiástico, el conflicto llegó a su fin en 1610, cuando el nuevo Santo Padre Paulo V revocó la bula de su antecesor. Hay que decir que, a diferencia de Clemente VIII, Paulo V era alguien tolerante, pacífico, sensato y razonable. Es verdad que debió censurar a Nicolás Copérnico y a Galileo Galilei porque seguían defendiendo verdades tan escandalosas como las de Giordano Bruno. Sin embargo, en lugar de supliciar a Galileo en la hoguera, se reunió con él para expresarle cordialmente su comprensión, asegurándole que no tenía nada que temer.

La historia de Galileo es bien conocida. Como Giordano Bruno, se negó rotundamente a retroceder. No se retractó de las verdades que afirmaba. Ni siquiera cedió al enunciar como una simple hipótesis aquello de lo que estaba seguro: que el universo no giraba alrededor de la tierra, que era la tierra la que giraba alrededor del sol, que el sistema era heliocéntrico y no geocéntrico.

Si consideramos a Galileo el fundador de la ciencia moderna, es porque era tan desobediente y obstinado como Giordano Bruno, pero también como los nicolaitas de su época, los que se negaron a convertir el Colegio de San Nicolás en un simple seminario para la formación de curas. Fue gracias a esa desobediencia y obstinación que tenemos ahora, no solamente la ciencia moderna, sino la Universidad Nicolaita. Hoy debemos recordar que nuestra universidad no existiría sin el desacato de los nicolaitas que nos dieron así una lección como la que recibimos de Galileo y Giordano Bruno: la de rebelarnos contra la autoridad cuando la verdad, la razón y la justicia están de nuestro lado.

Ilustración e Independencia

La importante lección de rebeldía que acabo de resumir es la primera de muchas otras. La siguiente, quizás la mayor de todas, es la que nos darán muchos años después, al final de la época novohispana, los más ilustres de los nicolaitas: los héroes independentistas Miguel Hidalgo y José María Morelos. Ambos estuvieron en el Colegio de San Nicolás a finales del siglo XVIII. Hidalgo fue alumno, profesor e incluso rector de nuestra institución, mientras que Morelos fue estudiante de Hidalgo y recibió su influencia ideológica.

Hidalgo y Morelos personifican mucho de aquello que fermentaba en Morelia y en el Colegio de San Nicolás en el siglo XVIII. En este Siglo de las Luces, el Colegio incorporó sucesivamente asignaturas de Filosofía, Moral y finalmente Leyes e Idioma Tarasco, es decir, purépecha. Además de esta apertura a lo indígena y a lo secular, hubo una visión moderna racionalista y utilitaria, ecléctica y tolerante, que penetró en el ambiente intelectual a través de la obra del zamorano Juan Benito Díaz de Gamarra, lector de René Descartes y de Christian Wolff. Por su parte, el rector y catedrático nicolaita Juan José Moreno publicó en 1766 un libro sobre Quiroga con el que podía tomarse conciencia no sólo de su legado, sino de la trascendencia histórica del Colegio de San Nicolás.

Un digno heredero de Quiroga en el siglo XVIII fue Fray Antonio de San Miguel, quien se desempeñó como obispo de Michoacán entre 1783 y 1804, años en que impulsó grandes obras públicas para crear empleos al mismo tiempo que defendió a las clases desprotegidas, criticó los latifundios improductivos y propuso distribuir tierras a los indígenas. Fue en este contexto en el que Mariano de Escandón, Conde la Sierra Gorda, incorporó las cátedras de Leyes y Tarasco en el Colegio de San Nicolás. En el mismo Colegio, bajo el cobijo del obispo de San Miguel, José Pérez Calama introdujo a finales del siglo XVIII un espíritu ilustrado liberal e igualitario que se aprecia en su libro Política Cristiana, en el que no dudaba en afirmar que “es el hombre libre”, que “la sujeción es penal” y que los amos “son de la misma especie y naturaleza” que los siervos.

José Pérez Calama (óleo en la Catedral de Quito)

Calama estuvo en el Colegio de San Nicolás desde 1776, cuando comenzó la Independencia de Estados Unidos, hasta 1789, cuando estalló la Revolución Francesa. Estos dos acontecimientos prepararon el terreno para las gestas independentistas de las colonias españolas en el continente americano. La de México se gestó precisamente en el Colegio de San Nicolás, donde Calama fue maestro y mentor de Miguel Hidalgo y Costilla, quien lideró la primera etapa de la lucha insurgente.

Antes de comenzar nuestra lucha por la Independencia en 1810, Hidalgo permaneció en el Colegio de San Nicolás durante veinticinco años, desde 1767 hasta 1792, primero estudiando, luego enseñando y finalmente dirigiendo nuestra institución. Aquí, en el espacio nicolaita, Hidalgo leyó a autores franceses de la época, entre ellos Molière, Descartes, Bossuet, Diderot y D’Alembert, varios de ellos prohibidos por la Inquisición y por la Corona Española. Esta prohibición no impidió que su lectura fuera promovida entre los estudiantes cuando Hidalgo fue profesor y rector del Colegio de San Nicolás.

Miguel Hidalgo (óleo de Joaquín Ramírez en el Curato de Dolores)

Hidalgo siguió los pasos de su maestro Calama al favorecer el espíritu ilustrado en los estudios universitarios nicolaitas. Favoreció este espíritu no sólo con sus lecturas francesas, sino al animar a sus estudiantes a criticar los viejos dogmas y al impulsar la creación de nuevas asignaturas artísticas y científicas. Vislumbramos aquí las valiosas lecciones que recibimos de Calama, de Hidalgo y de su generación de nicolaitas ilustrados: lecciones de rebeldía, insumisión y libertad, pero también de racionalidad, cultura, ciencia, modernidad y cosmopolitismo.

Lo que Hidalgo nos legó es aquello por lo que tiene sentido que su apellido se agregue al final del nombre de nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Al decir que nuestra universidad es de Hidalgo, nos comprometemos con lo que Hidalgo nos legó. Este legado es parte de lo que el propio Hidalgo ayudó a materializar en la Independencia de nuestro país.

El Colegio de San Nicolás en tiempos de Miguel Hidalgo

Nuestra Independencia, tal como se gesta en el ambiente ilustrado nicolaita, constituye también la materialización política de un vínculo estrecho del Colegio de San Nicolás con los pueblos originarios: un vínculo establecido por Quiroga en el siglo XVI y reafirmado en el siglo XVIII con la enseñanza del idioma tarasco. Este vínculo es decisivo para Hidalgo, quien, por cierto, dominaba no sólo el francés y el latín, sino el otomí, el náhuatl y el purépecha. Siendo alguien muy próximo a las comunidades indígenas, Hidalgo se comprometió resueltamente con ellas a través de su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. El mismo compromiso reaparece en el otro gran líder independentista nicolaita, Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias”, abolió cualquier “distinción de castas” y ordenó que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.

Además de Hidalgo y de Morelos, hubo otros nicolaitas con papeles protagónicos en la independencia. Recordemos a los cuatro más destacados: José María Izazaga, quien aportó recursos propios y organización civil a la causa libertadora; José Sixto Verduzco, defensor de un poder independiente civil unificado; Ignacio López Rayón, quien abogó por la división de poderes e insistió en dar un marco legal al movimiento independentista; y el polémico emperador Agustín de Iturbide, quien logró consumar la Independencia y quien fue el primer gobernante del México independiente. Los cuatro, al igual que Hidalgo y Morelos, hicieron posible que tengamos ahora un país libre, al menos relativamente libre, a pesar del pesado yugo económico-político neocolonial del que no hemos conseguido liberarnos. La relativa libertad que tenemos como nación es otro de los frutos de lo que ahora llamamos Universidad Michoacana.

Melchor Ocampo y las invasiones estadounidense y francesa

La contribución de los nicolaitas a nuestra gesta independentista fue tan importante que motivó al gobierno virreinal, en 1811, a clausurar el Colegio de San Nicolás. Aunque la independencia terminara consumándose en 1821, el colegio se mantuvo cerrado hasta 1847, cuando pudo reabrirse, pero ahora como una institución educativa laica y con el nuevo nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. El nuevo colegio incluyó estudios médicos a cargo de uno de los pioneros de la medicina en México: el Doctor Juan Manuel González Urueña, quien realizó investigaciones y publicó trabajos sobre la diabetes, la viruela y la gastroenteritis.

La reapertura del Colegio de San Nicolás coincidió con la invasión militar de Estados Unidos en la que nuestros vecinos consiguieron despojarnos con violencia de más de la mitad de nuestro territorio, correspondiente a los actuales estados de California, Arizona, Utah, Nevada, Colorado y Nuevo México. Durante esta infame invasión, Isidro Alemán y otros estudiantes nicolaitas se incorporaron al Batallón Matamoros que luchó contra los invasores estadounidenses. Este batallón fue convocado por otra figura clave de la historia del Colegio de San Nicolás: el gobernador michoacano Melchor Ocampo, el más importante líder liberal mexicano del siglo XIX, quien luchó incansablemente no sólo por la libertad, sino contra los privilegios y a favor del trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta pasión por la igualdad, la misma de Hidalgo y Morelos, es otra de las valiosas lecciones que recibimos de los nicolaitas que nos preceden.

Si ahora incluimos a Ocampo entre los nicolaitas, es por la gratitud que sentimos y que nos ha hecho adoptarlo, ya que fue él quien hizo posible con sus esfuerzos, en 1847, que el Colegio de San Nicolás reabriera sus puertas. Además, tras afirmar que su corazón “le pertenecía al Colegio de San Nicolás”, Ocampo heredó a nuestra universidad, no sólo su propio corazón conservado en formol, sino su inmensa colección de libros, la biblioteca privada más valiosa y voluminosa de América Latina en aquella época.

Melchor Ocampo (óleo del siglo XIX en el Museo de Historia Mexicana de Monterrey)

La biblioteca de Melchor Ocampo incluía un amplio abanico de materias: no sólo derecho civil, constitucional e internacional, sino literatura, filosofía e historia, geografía y geología, física y química, botánica y agricultura. Estas materias abarcaban los diversos conocimientos de la época y sintetizaban lo que poco a poco empezaría a estudiarse en el Colegio de San Nicolás entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. En esos años, los estudiantes nicolaitas fueron precedidos y guiados por la biblioteca de Ocampo y por la orientación ideológica liberal de sus libros, entre los que había autores como los ilustrados Rousseau, Montesquieu, Diderot y Voltaire, pero también el anarquista Proudhon.

Como lo había hecho Quiroga con el Colegio de San Nicolás, Ocampo legó su biblioteca y su corazón al Colegio a través de su Testamento. La última voluntad de Ocampo se cumplió después de que fuera fusilado en 1861, en el contexto de la Guerra de Reforma, por Leonardo Márquez y Félix Zuloaga, quienes formaban parte de los conservadores que apoyaron luego a los invasores franceses contra los mexicanos y que en 1864 subieron a Maximiliano de Habsburgo en el trono imperial. Durante el Imperio de Maximiliano, el Colegio de San Nicolás volvió a ser desalojado y clausurado, pues era considerado una suerte de nido subversivo liberal y republicano, en parte a causa de la persistente influencia de Hidalgo y Ocampo.

Varios nicolaitas combatieron en la guerra contra los invasores franceses y contra el Imperio de Maximiliano entre 1862 y 1867. Destacaron dos egresados en Derecho del Colegio de San Nicolás: Eduardo Ruiz Álvarez, quien participó como soldado, como defensor legal y como secretario del jefe militar Vicente Riva Palacio; y Justo Mendoza Ramírez, quien apoyó en logística militar, luchó políticamente contra el invasor y fue gobernador de Michoacán, lo que le permitió, al finalizar la guerra, decretar la reapertura del Colegio de San Nicolás en 1867. Cuando el Colegio reabrió sus puertas, los docentes y estudiantes nicolaitas pudieron al fin sacar provecho de la biblioteca de Ocampo.

Porfiriato

Tras el derrumbe del Imperio de Maximiliano, entre 1867 y el estallido revolucionario en 1910, el Colegio de San Nicolás conoció una de las mejores etapas de su historia. Por sus aulas pasaron importantes intelectuales mexicanos de la época: el ya mencionado Eduardo Ruiz Álvarez, conocido como autor de obras históricas y biográficas; el abogado Jacinto Pallares, el más conocido jurista de su generación; Nicolás León, historiador de la medicina; Felipe Rivera, famoso astrónomo; Mariano de Jesús Torres, escritor, poeta y periodista; y Manuel Martínez Solórzano, estudioso de la flora y la geología de Michoacán, pero médico de formación y con intereses en la psicología, con una disertación de 1889 titulada “El sueño nervioso provocado por hipnotismo experimental”. Me refiero a esta disertación por ser una de las primeras incursiones de los nicolaitas en el campo psicológico.

El Colegio de San Nicolás en el Porfiriato (grabado de la época)

Muchos de los intelectuales mencionados realizaron su trabajo entre 1884 y 1910, en los tiempos de la dictadura de Porfirio Díaz, representada en Michoacán por el gobernador Aristeo Mercado. Las reelecciones y el autoritarismo de Mercado y Díaz eran lógicamente incompatibles con el espíritu rebelde y liberal de los estudiantes nicolaitas, quienes comenzaron a movilizarse en 1895, organizando protestas contra la reelección de Mercado. Entre los participantes de las protestas, estaba Pascual Ortiz Rubio, futuro general revolucionario, gobernador michoacano y presidente de México. Al que volveremos a referirnos más adelante, debido a su importancia para la historia de nuestra universidad.

En 1895, Pascual Ortiz Rubio no era más que un joven estudiante de ingeniera en el Colegio de San Nicolás, un estudiante cuya participación en las protestas contra Díaz y Mercado hizo que fuera encarcelado y expulsado, al igual que varios de sus compañeros. Las protestas antirreeleccionistas se reactivaron en septiembre de 1899, cuando el brillante estudiante nicolaita Rafael Reyes Núñez, recién nombrado Catedrático de Lengua Castellana y Prefecto de Estudios en el Colegio de San Nicolás, interrumpió en el Teatro Ocampo un acto en el que participaban el gobernador y los más altos funcionarios estatales. Ante la estupefacción de los políticos, Reyes Núñez pronunció un discurso contra la dictadura en el que denunció la injusticia, la desigualdad y la miseria en la que vivían la mayoría de los mexicanos. El discurso desencadenó una protesta antigobiernista que desbordó el teatro e inundó las calles morelianas.

Los nicolaitas continuaron expresando su inconformidad en los últimos años de la dictadura porfirista. En 1904, se fundó en el Colegio de San Nicolás una revista claramente antigobiernista, La Voz de la Juventud, editada por los estudiantes Gregorio Ponce de León y José Gaitán Corona. La revista no tardó en ser clausurada y sus editores encarcelados. Al salir de prisión, Ponce de León se trasladó a la Ciudad de México, donde se convirtió en un importante periodista y cronista de la época.

Revolución

En el mes de noviembre de 1910, en el umbral de la Revolución Mexicana, los nicolaitas realizaron una manifestación por el injusto linchamiento del migrante mexicano Antonio Rodríguez en Rock Springs, en Texas. Cuando los policías rodearon a los manifestantes, los oradores demandaron el derrocamiento de la dictadura porfirista. Uno de los oradores fue el joven estudiante nicolaita Isaac Arriaga, quien estaba entre los fundadores de la revista Flor de Loto, en la que también participaban otros dos nicolaitas que se dieron a conocer en el futuro: Samuel Ramos, quien se convertiría en uno de los más prominentes filósofos mexicanos del siglo XX, e Ignacio Chávez, quien sería un ilustre cardiólogo y rector de la Universidad Michoacana y de la Universidad Nacional Autónoma de México. En cuanto a Isaac Arriaga, tuvo una trayectoria fulgurante como combatiente revolucionario, fundador del Partido Socialista Michoacano, partidario del dirigente radical Francisco J. Múgica y diputado que defendió el reparto agrario y los derechos políticos de las mujeres, antes de ser asesinado por una turba conservadora, en las calles de Morelia, en 1921.

Isaac Arriaga

Cobrando visibilidad en 1910 y desapareciendo en 1921, Isaac Arriaga resulta inseparable de la Revolución Mexicana que se desarrolló precisamente en el mismo lapso de tiempo. Todo comenzó en 1911, cuando cayó la dictadura porfirista y su representante regional, Aristeo Mercado, pidió licencia como gobernador de Michoacán. Para sustituir a Mercado, surgió la candidatura del Doctor Miguel Silva González, quien fue respaldado por los sectores nicolaitas revolucionarios que también apoyaban a Madero como presidente y de los que formaba parte Isaac Arriaga. Estos sectores se enfrentaron a Salvador Cortés Rubio, el regente reaccionario del Colegio de San Nicolás, y ante su inflexibilidad, terminaron fundando el Colegio Libre de San Nicolás de Hidalgo, conocido también como San Nicolasito, en el que enseñaron José Torres Orozco, pionero del psicoanálisis en México, y Manuel Martínez Báez, quien se convertiría en uno de los principales parasitólogos mexicanos del siglo XX.

A finales de 1912, el Doctor Silva se hizo cargo del gobierno de Michoacán, pero debió renunciar al año siguiente a causa del asesinato de Madero y la instauración del gobierno despótico de Victoriano Huerta. Esta coyuntura contrarrevolucionaria hizo que muchos nicolaitas, entre ellos Isaac Arriaga, se enlistaran en las tropas revolucionarias constitucionalistas. Después del triunfo del constitucionalismo sobre el huertismo, el gobierno revolucionario michoacano creó en 1915 el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, que ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.

El primer albergue estudiantil fue cerrado por alguien a quien ya me referí, Pascual Ortiz Rubio, quien había participado como estudiante en las protestas antirreeleccionistas contra Díaz y Mercado en 1895. Más de veinte años después de estas protestas, Ortiz Rubio era un revolucionario moderado que se desempeñó como gobernador michoacano entre 1917 y 1920. Al frente del gobierno de Michoacán, Ortiz Rubio no sólo cerró el primer albergue estudiantil, sino que fundó en 1917 nuestra Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Esta universidad se concebía como la última forma institucional del Colegio de San Nicolás fundado en 1540 por Quiroga y refundado en 1847 por Ocampo. Sin embargo, al mismo tiempo, el Colegio seguía existiendo como parte de la nueva universidad que se distinguía sobre todo por ser la primera universidad pública autónoma de América Latina.

Pascual Ortiz Rubio

La autonomía de la Universidad Michoacana consistía formalmente en su facultad legal para elegir a sus autoridades, administrar sus bienes y diseñar sus propios planes de estudio sin injerencia directa del gobierno. Todo esto no ha podido nunca realizarse plenamente a causa de factores tales como la injerencia gubernamental en la elección de los rectores, la utilización de la universidad como botín político y la creciente regulación de los estudios por diversos programas y organismos externos a la universidad. Sin embargo, aunque no se realice, la autonomía no deja de ser un ideal nicolaita inspirado por el proceso revolucionario.

Época posrevolucionaria

La Revolución Mexicana contribuyó a fortalecer la pasión igualitaria de los sectores más progresistas de nuestra universidad. Estos sectores prevalecieron en la vida universitaria entre los años treinta y setenta del siglo XX, lo que hizo posible que los albergues estudiantiles reabrieran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. El mismo predominio de los sectores progresistas –muchos de ellos comunistas o socialistas– contribuyó decisivamente a que se dieran los dos momentos de mayor efervescencia intelectual en la historia de la Universidad Michoacana.

En el primer gran momento de nuestra universidad, entre los años treinta y cuarenta del siglo XX, acogimos a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles exiliados José Gaos, María Zambrano, Juan David García Bacca, Ramón Xirau y Adolfo Sánchez Vázquez, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien regresó a Morelia en 1948 después de que un golpe de estado lo depusiera por defender la soberanía de su país al elevar los impuestos para las compañías petroleras.

El segundo gran momento de la Universidad Michoacana fue más corto, pues duró sólo cinco años, de 1961 a 1966. En estos años, contamos otra vez entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época. Entre ellos estuvieron tres comunistas mexicanos: el politólogo Arnaldo Córdova, el poeta michoacano Ramón Martínez Ocaranza y el escritor y filósofo Enrique González Rojo Arthur. También hubo algunos extranjeros: el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos Jaime Díaz Rozzotto y José Luis Balcárcel. Varios de estos intelectuales debieron literalmente huir de Morelia debido a la brutal represión que el gobernador Agustín Arriaga Rivera desató entre 1963 y 1966 contra la Universidad Michoacana.

Los dos momentos de mayor esplendor intelectual de nuestra universidad se le deben en parte a los rectores progresistas de aquellos años. Hay que destacar a tres de ellos: Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Elí de Gortari entre 1961 y 1963, y Alberto Bremauntz entre 1963 y 1966, los tres ligados con el cardenismo, partidarios del proyecto de educación socialista y herederos de los ideales igualitarios de Morelos, Ocampo e Isaac Arriaga. Vázquez Pallares destacó además por su agrarismo y su antiimperialismo, así como por su defensa de una universidad pública orientada a la transformación social, con participación estudiantil en las decisiones y con vínculos estrechos con las necesidades populares. Elí de Gortari, además de ser uno de los principales filósofos marxistas del siglo XX en México, se involucró en organizaciones de solidaridad con Cuba y Vietnam, participó en el movimiento de 1968 y fue preso político en Lecumberri entre 1968 y 1971. En cuanto a Bremauntz, reivindicando una intervención del Estado en favor de las clases desprotegidas, concebía la educación pública no como una vía de ascenso individual, sino como un mecanismo de emancipación social encaminado a combatir las desigualdades económicas.

Movilización y represión

Tanto Bremauntz como De Gortari y Vázquez Pallares tuvieron conflictos con los poderes gubernamentales, pero estuvieron muy cerca del estudiantado nicolaita. Esta cercanía fue tal que Vázquez Pallares y De Gortari fueron impulsados a la rectoría por los propios estudiantes. Ambos rectores, además, recibieron el apoyo de movilizaciones estudiantiles duramente reprimidas por los gobiernos estatales en turno.

Natalio Vázquez Pallares en 1939
Elí de Gortari en 1968

La represión gubernamental del estudiantado nicolaita fue una constante en los tiempos de endurecimiento de la dictadura perfecta del Partido Revolucionario Institucional. Primero, en 1949, los militares asesinaron a Héctor Tavera Torres y a Agustín Abarca Xochíhuatl cuando participaban en una protesta estudiantil que exigía aumentar el subsidio estatal para la universidad, el cual, en aquella época, era cinco veces menor a la inversión del gobernador José María Mendoza Pardo en un teatro para su hija. Luego, en 1963, el Ejército mató al estudiante Manuel Oropeza García, quien defendía el Colegio de San Nicolás y la rectoría de Eli de Gortari contra la agresión del gobernador Arriaga Rivera. El mismo gobernador estuvo involucrado en el asesinato del nicolaita Everardo Rodríguez Orbe, quien recibió una bala de la policía en 1966, mientras participaba en una protesta estudiantil contra el alza del transporte público.

Los asesinatos de Tavera, Abarca, Oropeza y Rodríguez Orbe no fueron la única forma de represión gubernamental. Esta represión incluyó también presiones institucionales, expulsiones de estudiantes, despidos de docentes, detenciones arbitrarias, torturas, allanamientos de casas y edificios, violaciones a la autonomía universitaria y utilización de agrupaciones violentas de carácter porril o paramilitar. Es el caso de la ultraderecha sinarquista que tomó el Colegio de San Nicolás en 1963, pero que fue desalojada por los estudiantes nicolaitas armados con resorteras que lanzaban canicas y piedras, como lo relata de primera mano Rosa Citlali Martínez Cervantes.

La hija del poeta Martínez Ocaranza nos aporta otros detalles cruciales sobre los movimientos estudiantiles de 1963 y 1966. El de 1963, por ejemplo, adaptó el himno de la resistencia antifascista italiana.: “soy nicolaita / toda la vida / bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao. / Soy nicolaita / hasta la muerte / y nicolaita he de morir”. En el mismo contexto del movimiento de 1963, el poeta uruapense Tomás Rico Cano compuso canciones que resumen las visiones políticas de los nicolaitas movilizados. Una de ellas es una clara demarcación política: “Yo soy puro nicolaita / no de los del otro lado. / Yo defiendo los ideales / de Morelos y de Ocampo”. Quienes así cantaban y luchaban en 1963 contaron con la atención y la simpatía de militantes de la izquierda radical mexicana, como el escritor José Revueltas, quien visitó Morelia y ofreció un discurso conmovedor en el que vaticinó: “el espíritu de la Universidad Nicolaita permanecerá en pie”.

El movimiento estudiantil de 1963 no pudo evitar que Arriaga Rivera destituyera a Elí de Gortari. Sin embargo, tras la destitución, el nuevo rector fue Bremauntz, quien era también próximo al estudiantado. En cuanto a los estudiantes, respondieron con la creatividad que les caracteriza, organizando en Morelia, en mayo de 1963, la Primera Conferencia de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, en la que se estableció el célebre lema: “Luchar mientras se estudia”. Las conclusiones del evento se resumen en la maravillosa Declaración de Morelia que protesta contra una visión de la universidad que deshumaniza y estandariza, que “pretende producir hombres y mujeres con arreglo a las necesidades exclusivas de los explotadores”, que promueve “el conformismo y la pasividad” para que el “estado de cosas persista” y que inculca un “humanismo” que enseña a ser “mezquinos” y “enemigos del hombre”. Contra esta universidad que se parece tanto a la que nos resignamos actualmente como buenos humanistas por siempre, los estudiantes de 1963 proponen una educación universitaria que no sea “abstracta ni hipócrita, sino concreta, justa y verdadera”, y que permita crear no “una cultura para el pueblo, sino con el pueblo”, una vez que el pueblo “se apodere de las universidades”.

Los ideales de 1963 continuaron insistiendo hasta 1966. En este año, ante la muerte de Rodríguez Orbe, el Consejo Universitario de la Universidad Michoacana declaró una huelga total para exigir la destitución del gobernador Arriaga Rivera. El gobierno reaccionó con la ocupación militar de la universidad, el allanamiento de Casas de Estudiantes y la detención de estudiantes y docentes, entre ellos el poeta Martínez Ocaranza y líderes visibles como Efrén Capiz Villegas, Ana María Velázquez, Rafael Aguilar Talamantes, Sebastián Dimas Quiroz, Joel Caro y el profesor José Herrera Peña. Algunos de estos detenidos en 1966 continuaban en prisión en 1968. Las protestas por su liberación están en el origen del movimiento del 68 que desembocó en la matanza de Tlatelolco, en la Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968.

Protesta en los balcones del Colegio de San Nicolás en 1966

Desobediencia y obstinación

La represión gubernamental de 1963 a 1966 hizo que varios nicolaitas renunciaran a la lucha pacífica y optaran por la vía guerrillera, formando la columna vertebral del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) e incluso recibiendo adiestramiento militar en Corea del Norte. Sin optar por la guerrilla, uno de los nicolaitas encarcelados en 1966, el ya mencionado Capiz Villegas, fue un incansable luchador social que fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ). Esta organización ha sido una eficaz arma de resistencia de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero también sufrió entre los años ochenta y noventa del siglo XX una brutal violencia represiva que incluyó el asesinato de más de setenta de sus miembros e innumerables agresiones, desalojos, encarcelamientos y torturas.

La represión gubernamental de la segunda mitad del siglo XX no ha impedido que recibamos y continuemos la herencia nicolaita de Vasco de Quiroga, José Pérez Calama, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Rafael Reyes Núñez, Isaac Arriaga y los demás: una herencia de insumisión, de rebeldía e ideales emancipatorios e igualitarios, de valor y firmeza para la desobediencia y la obstinación. Hoy podemos continuar siendo tan desobedientes y obstinados como lo fueron los nicolaitas que se opusieron sucesivamente al Papa Clemente VIII, al poder colonial español, a los invasores estadounidenses y franceses, a la dictadura porfirista, a la tiranía huertista y al régimen autoritario priista.

Nuestra herencia nicolaita es la que ha mantenido en pie la Secundaria Popular Carrillo Puerto que opera desde 1976 hasta ahora con el trabajo voluntario de sus maestros. La misma herencia es la que nos ha impulsado en los últimos años a exigir educación gratuita en la universidad, a defender las Casas de Estudiantes y a dar apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas para conseguir su autonomía. Es la misma herencia que nos ha movido cuando nos movilizamos por Ayotzinapa entre 2014 y 2018, contra la represión en Arantepacua en 2017 y contra el genocidio en Palestina desde 2023.

Lo que nos anima en las acciones mencionadas es lo mismo que debería llevarnos a establecer una relación crítica y reflexiva con la psicología y con todo lo demás que transmitimos en la universidad. Es también lo mismo que tendría que hacernos realizar plenamente la autonomía universitaria y aprender más de los saberes ancestrales de los pueblos originarios. Queda mucho por hacer para consumar aquello a lo que aspiraba Quiroga en el siglo XVI.

¿Por qué retirar a Fidel Castro y al Che Guevara de su banca en la Colonia Tabacalera?

David Pavón-Cuéllar

Conjeturas:

1. Porque los revolucionarios incomodaban a los nuevos habitantes de un barrio cada vez más gentrificado. Porque estos nuevos habitantes, a diferencia de los demás, gozan de una influencia que les permite ser escuchados y obedecidos por las autoridades. Porque los mismos nuevos habitantes, los de arriba, no podían soportar la visión de quienes tanto lucharon por los de abajo.

2. Porque es más fácil arrancar dos esculturas de bronce que reducir la tasa de criminalidad y la creciente percepción de inseguridad en la alcaldía Cuauhtémoc (del 54% en 2024 al 60% en 2025). Porque es más espectacular deshacerse del patrimonio que preservarlo al restaurar las ruinas de las antiguas edificaciones de la alcaldía. Porque se vende más derribar una obra del fallecido escultor Óscar Ponzanelli que mantener mínimamente limpias las calles aledañas.

3. Porque la tendencia es restar y no sumar, destruir y no crear, olvidar y no recordar, perder y no conservar el espacio público. Porque el Che y Fidel, sin dinero en sus bolsillos, ocupaban tres metros cuadrados que podían ser mejor utilizados por una mesa de los restaurantes que invaden ilegalmente las aceras del barrio a cambio de sobornos para funcionarios de la alcaldía.

4. Porque los dos revolucionarios eran algo demasiado auténtico y veraz, ofensivamente honesto y verdadero, para quienes han tenido poder para borrarlos de su presencia. Porque la alcaldesa que ordenó retirarlos necesitaba una cortina de humo para cubrir los recientes rumores sobre sus gastos, sus vínculos y su viaje a un «país» que ella describe con el nombre de «Madrid». Porque la alcaldesa es quien es, no sólo priista y derechista, no sólo resplandecientemente blanqueada, no sólo rica empresaria e hija de ricos empresarios, no sólo hermana de influencers de fitness, sino alguien que bautizó a sus tres hijos «Martinah», «Lucah» y «Milah», donde la «h» permite acentuar la última sílaba, dando a los nombres una sonoridad elegantemente francesa, europea, extranjera. Con el precedente de esa «h», ¿cómo tolerar todo lo que el Che y Fidel representaban mientras descansaban tranquilamente en su banca de la Colonia Tabacalera?

Dos oraciones para el 12 de diciembre

Primera oración, por David Pavón-Cuéllar

Hoy en su día, que viva la Virgen, la de Guadalupe, la Virgen Morena, la indígena y mestiza, la semita y palestina, la perseguida y humillada, la indignada y encapuchada, la que resiste contra el sionismo, contra el imperialismo, contra el capitalismo, contra el extractivismo.

Que viva la Madre Tierra, Tlalli Nantli, Virgen de la Tierra, Virgen del Tepeyac, de color de tierra, de piel morena.

Que viva la Tonantzin, la Tlecuauhtlacupeuh, la Coatlicue, la Coatlalopeuh, la Guadalupe, la del estandarte de nuestra Independencia.

Que viva la Virgen, la de las Barricadas, la de lxs guerrillerxs, la de lxs zapatistas, la de las feministas, la de lxs comunistas, la de nuestro marxismo descolonizado, reinventado, abigarrado, feminizado, guadalupano.

Que viva nuestra Virgen, la de carne y hueso, la verdadera, la humana, la trabajadora, la que se reza, la que se refleja en la tilma de Juan Diego.

Que viva la Virgen, la sólo virginal por su fuego intacto, por su deseo irrenunciable, por su voluntad sin concesiones, por no haber sido jamás colonizada, por no ceder a la seducción del capital, por no dejarse doblegar por el patriarcado.

Segunda oración, por Rosario Herrera Guido

Viva la Virgen de Morelos, el Siervo de la Nación, dócil título que evoca un infinito tañer de campanas en la larga cabalgata de la historia.

Viva la Virgen del Siervo de la Nación, un suave y recio nombre por el que la Patria se llegue jeroglífico, códice, poema de piedra, Sentimientos de la Nación.

Viva la Virgen del Siervo de la Nación, grito a la mesura por vocación y gracia, virtudes extraviadas por la clase política que todo lo reduce a estatua, ofrenda e incuria.

El guerrillero y el presidente

David Pavón-Cuéllar

Marcos y López Obrador nos dicen cada uno la verdad que el otro calla, pero diciéndola del único modo posible para Lacan, a medias, en una estructura de ficción. López Obrador nos hace imaginar que nada es ya igual, que todo ha cambiado, al revelarnos todo lo que sí ha cambiado como si fuera todo lo que hay, con lo que nos oculta lo que sigue igual, el dinosaurio que aún está ahí, la serpiente que no es otra después de su cambio de piel. Esto es lo que Marcos nos recuerda, pero extraviándonos con otra ficción, pues López Obrador no es la serpiente ni condensa los atributos negativos de sus predecesores. De ser así, habríamos tenido matanzas de manifestantes como con Díaz Ordaz, una sangrienta guerra sucia contra opositores como la de Echeverría, crisis y devaluaciones como con López Portillo y De la Madrid, una ola de privatizaciones y centenares de zapatistas asesinados como con Salinas, un Acteal y una agudización de la pobreza como con Zedillo, un distanciamiento de América Latina como el de Fox, un aumento exponencial de la violencia criminal como en tiempos de Calderón y otro Ayotzinapa como el de Peña Nieto.

Algo cambió, pero no todo, lo que no significa, desde luego, que todo siga igual. Para conocer aquí la verdad, hay que escuchar y tomar en serio a Marcos y a López Obrador, a los dos y no sólo a uno, pues cada uno miente sin la rectificación del otro. El problema no es que mientan al decir la verdad, sino que nos dejemos engañar al escuchar la mentira sin la verdad, lo que nos ocurre por creer sólo en uno y no en el otro. Concluimos entonces que todo cambió para mejor, o que todo sigue igual o peor, y de paso descalificamos y despreciamos a quienes creen lo contrario, quienes respaldan la voz que nos dice una verdad que no queremos escuchar, sin importar que sean compañerxs de izquierda, miles de indígenas de las bases del EZLN o millones de votantes de Morena.

Mi voto en las elecciones federales de 2024

David Pavón-Cuéllar

Votaré por México y Latinoamérica, por lo que somos, por nuestro ser mestizo, colonizado y en resistencia, esperanzador y decepcionante, inconsecuente y perseverante. Votaré así por algo contradictorio, conflictivo, desgarrador. Sintiéndome desgarrado, votaré por la imposible síntesis de Cortés y Cuauhtémoc, Iturbide y Guerrero, Huerta y Madero, Carranza y Zapata, la reacción y la revolución, la derecha y la izquierda, el capital y lxs trabajadorxs, el privilegio y el derecho, la corrupción y la honestidad, la mentira y la verdad, el oportunismo de los chapulines y la obstinación de quienes luchan desde siempre.

Votaré por nuestro desgarramiento, por nosotrxs y no sólo por ellxs, no sólo por Cortés e Iturbide, no sólo por Huerta y Carranza, no sólo por la reacción, la derecha, el capital, el privilegio, la corrupción, la mentira y el oportunismo. No daré mi voto a quienes dominan el mundo. Mi voto no será para quienes de cualquier modo no lo necesitan para ganar, quienes ganarán independientemente de quien gane, quienes encontrarán la manera de seguir ejerciendo su poder, evadiendo impuestos, amasando fortunas, despojando a nuestros pueblos y saqueando y devastando nuestros cuerpos y territorios.

Raúl Páramo-Ortega y su historización del psicoanálisis en México: la escucha, el materialismo, la única historia y el rechazo del metalenguaje  

Presentación del libro Freud en México de Raúl Páramo-Ortega (Ciudad de México, Paradiso, 2023) en la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz, Guadalajara, Jalisco, el viernes 9 de febrero de 2024.

David Pavón-Cuéllar

Me honra y me emociona estar aquí entre ustedes para presentar el maravilloso libro Freud en México, de mi admirado maestro, colega y amigo Raúl Páramo-Ortega. Antes de incursionar en el texto, me gustaría detenerme unos pocos minutos en un problema que suele presentarse tanto en el psicoanálisis como en los relatos de su historia. La ausencia de este problema en el texto de Páramo-Ortega es para mí uno de los aspectos fundamentales en los que radica su valor.

El problema al que me refiero tiene que ver con la discursividad. Un discurso como el psicoanalítico requiere lógicamente su propia terminología. Cada término propio le permite decir algo que antes era inexpresable, algo para lo que no había nombre en el vocabulario común, algo como el hallazgo resultante de una larga investigación de Freud o como el producto de una compleja elaboración conceptual de la teoría psicoanalítica. Necesitaríamos demasiadas palabras en español para explicar lo que puede expresarse con un solo concepto freudiano, el de pulsión o el de represión, el de ello o el de superyó, el de transferencia o el de abstinencia.

Que el psicoanálisis tenga sus propios términos es comprensible, incluso inevitable, y no debería considerarse un problema. Lo problemático es que la terminología psicoanalítica pierda precisión, designe cada vez más cosas ajenas a su esfera y expanda su espacio referencial hasta el punto de suplantar el vocabulario común y suministrar los componentes de una jerga con la que sus hablantes comunican ya no sólo su práctica y su teoría, sino su vida cotidiana, sus creencias y prejuicios o la actualidad política. Lo que ocurre, entonces, es que la comunidad de hablantes va aislándose de la sociedad y convirtiéndose en una subcultura, una subcultura más tribal que gremial, que sólo puede ver el mundo cuando se refracta en los términos del psicoanálisis. Es así como el psicoanálisis termina siendo lo que no debería ser, una visión del mundo, mientras que sus hablantes, practicantes y adherentes, van constituyendo lo que no deberían constituir, una suerte de secta, iglesia o congregación religiosa, horda reunida por amor a su padre Freud o a su profeta Lacan.

Aquello a lo que me refiero es particularmente patente entre los hablantes de lacanés. Esta lengua termina convirtiéndose en un dispositivo automático productor de palabras vacías, combinaciones previsibles que siempre dicen lo mismo, la misma pedacería de lo ya dicho por Lacan. Entre lo que Lacan ya dijo, por cierto, está el famoso postulado materialista “no hay metalenguaje”, que traigo a colación porque, paradójicamente, un muy buen ejemplo del inexistente metalenguaje es ese lacanés tal como suele ser usado, como un lenguaje que pretende situarse por fuera del lenguaje transindividual tal como se despliega en la política y de modo único a través del inconsciente que atañe a cada sujeto.

Los casos expuestos en lacanés pierden su carácter singular para convertirse en simples ilustraciones del metalenguaje lacaniano. Este metalenguaje es un poderoso disolvente no sólo de la singularidad propia de la casuística, sino también de la particularidad inherente al entramado material cultural, socioeconómico e histórico. El mundo en su materialidad se disipa entre las elípticas frases en lacanés, convirtiéndose en una humareda idealista consistente en fantasmas, grafos y sujetos barrados, forclusiones y obturaciones. Es lo mismo que se observa en otras corrientes del psicoanálisis donde el mundo material se volatiliza en ideas tales como objetos internos o transicionales, pechos malos o buenos, mecanismos defensivos o proyectivos y toda clase de conflictos edípicos.

El idealismo de los psicoanalistas puede llegar a delatarse incluso cuando les da por historiar la herencia freudiana. Hemos tenido recientemente en México, por ejemplo, historias psicoanalíticas del psicoanálisis en las que se reinterpretan freudianamente los sueños de Freud o se aplican las categorías de Lacan para entender las dinámicas de las instituciones lacanianas. Prefiero no mencionar los nombres de los autores. Tampoco me gustaría devaluar su arduo trabajo que ha dado resultados convincentes y fascinantes. Únicamente me permitiré poner de relieve que se ha llegado a estos resultados a costa de la volatilización del mundo cultural, socioeconómico e histórico en el que transcurre la historia del psicoanálisis. Es como si esta historia fuera celestial o extra-mundana, como si en ella no incidieran de ningún modo ni la situación periférica y dependiente de México, ni su estructura social clasista y racista, ni el desarrollo del capitalismo hasta sus actuales fases neoliberal y neocolonial.

El mundo se disipa en el vacío porque no hay lugar para él en las historias psicoanalíticas del psicoanálisis. Desde luego que estas historias no pueden evitar las referencias al mundo, pero estas referencias son como ecos vagos y fragmentarios, atenuados por la distancia y desmaterializados a menudo al ser codificados en clave freudiana o lacaniana. Los relatos psicoanalíticos de la historia del psicoanálisis tienden a quedar así encerrados en el horizonte mismo del psicoanálisis del que relatan la historia. Esto hace que sean relatos limitados que abstraen lo que relatan, lo deshistorizan y despolitizan, lo descontextualizan y desmaterializan, lo idealizan y psicologizan al refractarlo en ideas como las freudianas o lacanianas.

Tan sólo estoy refiriéndome a los vicios de los relatos psicoanalíticos del psicoanálisis para destacar ahora la importancia de que estos vicios no se encuentren en el libro Freud en México de Raúl Páramo-Ortega, publicado primero en 1992 en alemán y luego el año pasado en español por la editorial Paradiso. Este libro narra la historia del psicoanálisis en México desde 1922, fecha de la publicación de un trabajo del pionero moreliano José Torres Orozco, hasta los años 1980 y 1990, los años de Marie Langer y Néstor Braunstein, de Fernando Césarman y José Cueli, de Avelino González y Enrique Guinsberg, entre muchos otros. El recorrido histórico es extenso y profundo, ilumina territorios desconocidos en la historiografía del psicoanálisis en México, está muy bien documentado y es tan riguroso y minucioso como ágil y ameno, pero lo que ahora deseo resaltar en él es que no cae en los mencionados vicios de los relatos psicoanalíticos del psicoanálisis.

Páramo-Ortega no idealiza ni psicologiza lo que relata. Su relato es plenamente histórico y materialista. Nunca olvida ni la trama histórica ni la escena cultural y socioeconómica en la que aparece y se desarrolla el psicoanálisis en México.

El contexto siempre está considerado en el relato de Páramo Ortega. Leyendo su libro, tropezamos una y otra vez con el mundo material, con la cultura y la historia, con la sociedad y la economía. Tenemos referencias explícitas, por ejemplo, a la historia política de México en los siglos XIX y XX, a su condición de subdesarrollo, a sus crisis económicas y sociales, a la marginación de los pueblos originarios, al peso ideológico del catolicismo o a las influencias culturales francesa y estadounidense.

Cuando se juzga relevante, se mencionan las convicciones intelectuales, religiosas y políticas de los autores expuestos, como el positivismo ateo de José Torres Orozco o el conservadurismo católico de Oswaldo Robles. También hay numerosas menciones a acontecimientos históricos precisos, entre ellos la Revolución Mexicana y el movimiento revolucionario socialista yucateco encabezado por Felipe Carrillo Puerto. Refiriéndose a este movimiento en un libro de historia de la herencia freudiana en México, es como si Páramo-Ortega presintiera un detalle que todavía se ignoraba en 1992. Estoy pensando en el papel del régimen de Alvarado y Carrillo Puerto, de los docentes revolucionarios de Yucatán y particularmente del psiquiatra cubano-yucateco Eduardo Urzaiz en la introducción del psicoanálisis en México.

Al narrar la historia del psicoanálisis en México, Páramo-Ortega no olvida nunca la historia del mundo. Es así como nos demuestra que tiene bien claro lo que Marx y Engels nos enseñaban en la Ideología Alemana: que las ciencias y las ideologías no tienen una historia propia independiente, que su historia es la historia, no pudiendo separarse de ella. La historia del psicoanálisis en México, en efecto, es parte de la historia de México.

Sin conocer la historia socioeconómica y política de México, sería imposible comprender algo de la historia del psicoanálisis en el país. Esto lo sabe muy bien Páramo-Ortega, quizás gracias a su conocimiento de Marx y del marxismo, quizás también simplemente por su buen sentido. Sea cual sea la razón, Páramo-Ortega tiene los pies en la tierra, es materialista y por ello entiende que, al ocuparnos del psicoanálisis, no podemos hacer abstracción de la historia y de la cultura. Es por lo mismo que les reprocha explícitamente a los psicoanalistas de México aquello en lo que él no incurre, a saber, la “deficitaria reflexión sobre la realidad histórica y cultural, en la que estamos envueltos todos, tanto psicoanalistas como psicoanalizados”.

Todos en el psicoanálisis estamos involucrados en una sola historia que no es únicamente la del psicoanálisis. No hay una historia del psicoanálisis diferente de la historia por la misma razón por la que no hay forma de salir de la historia política y socioeconómica, no hay un exterior de esa historia, no hay metalenguaje, sino tan sólo un lenguaje transindividual. Es con este lenguaje de la economía y de la cultura, de la política y de la sociedad, con el que está escrito el libro de Páramo-Ortega, el cual, también por esto, se distingue de otras historias del psicoanálisis que están escritas en supuestos metalenguajes como el kleinés o el lacanés.

Páramo-Ortega tiene un perfecto dominio de la terminología freudiana, pero ha sabido acotarla y dejarla de lado cuando se trata de narrar la historia del psicoanálisis en México. Su narración es clara y transparente, pero también polifacética y compleja, dando voz a diversos discursos que resultan inasimilables a la jerga psicoanalítica. No recluyéndose en esta jerga y abriéndose a diversos discursos, el relato de Páramo-Ortega es auténticamente psicoanalítico. Lo es por saber escuchar, por no formularse tan sólo en la terminología freudiana, por no transmutarla en el ilusorio léxico de un metalenguaje, por dejarse atravesar por múltiples registros discursivos y convertirse en su caja de resonancia.

El estilo de Páramo-Ortega combina y articula discursos culturales, políticos, psicoanalíticos y otros. El conjunto refleja la historia de la que forma parte el psicoanálisis. No hay una pretensión idealista de situarse por fuera de tal historia, en un metalenguaje, en una perspectiva psicoanalítica transhistórica. Por el contrario, Páramo-Ortega se ubica de modo materialista en el único lenguaje sin metalenguaje, en la única historia con sus tensiones y contradicciones, y no hace nada por disimular su posicionamiento político ateo y a la izquierda.

Páramo-Ortega tampoco nos oculta sus posiciones en el ámbito psicoanalítico. En este ámbito, él es una de las figuras mexicanas más originales y prominentes, así como una de las que se posicionan de modo más claro, firme y consecuente. Su aversión hacia el campo lacaniano, por cierto, resulta evidente y me hace temer su inconformidad ante algunos de los términos utilizados ahora para presentar su libro Freud en México. Espero contar con su indulgencia, pero me temo que no la tendré.

Páramo-Ortega no se ha caracterizado por ser indulgente. Más bien se nos presenta como alguien severo y a veces despiadado, pero siempre de modo bien fundado y argumentado. Es también por esto que hay quienes lo apreciamos y admiramos tanto como yo.

Doce ideas sobre la caída infinita de Tenochtitlán

Artículo publicado en Revolución 3.0 el 14 de agosto de 2021

David Pavón-Cuéllar

1. Quienes conquistaron la capital azteca no fueron unos cuantos centenares de superhéroes europeos. Los conquistadores fueron 75000 tlaxcaltecas, texcocanos, huejotzingas y otros, entre ellos unos 800 españoles que se distinguieron por engañar a sus aliados y robarles el fruto de la conquista. Los más efectivos recursos estratégicos de las huestes de Hernán Cortés fueron el robo y el engaño. Los usaron tanto con sus amigos como con sus enemigos. Fueron sus primeros aportes morales al naciente mundo hispanoamericano.

2. El Nuevo Mundo también le debe a los españoles el aprendizaje de cierto estilo de violencia. Las masacres de Cholula y el Templo Mayor no fueron las únicas grandes matanzas de indígenas confiados y desarmados. Hubo muchas más. En una de ellas, poco antes de la caída final de Tenochtitlán, Hernán Cortés ordenó matar a más de ochocientas personas indefensas, en su mayoría mujeres y niños, que buscaban comida entre las hierbas de las chinampas en barrios habitacionales próximos a la calzada de Iztapalapa. El único propósito de la carnicería fue infundir terror en los aztecas. Desde luego que los pueblos mesoamericanos y especialmente los aztecas podían ser violentos, pero lo eran de otro modo que el que nos enseñaron los conquistadores europeos.

3. La fuerza de los españoles fue el terror y no sólo el robo y el engaño. Sí, claro, también fue la viruela, otras enfermedades y la tecnología que hoy en día está devastando el mundo y que amenaza con destruir a la humanidad entera.

4. Es verdad que había importantes avances tecnológicos en las culturas prehispánicas mesoamericanas, pero hay de tecnología a tecnología. Sin entrar en detalles, notemos que los europeos diseñaban cañones y arcabuces para sus guerras mientras los indígenas creaban maíces y jitomates en un paciente diálogo con la naturaleza que se prolongó durante miles de años. Hoy seguimos alimentándonos de los inventos indígenas. Las armas europeas del siglo XVI están arrumbadas en los museos, pero sus descendientes, como las pistolas y las metralletas, continúan ensangrentado a México y al mundo entero.

5. El 13 de agosto de 1521 no se podía entrar a Tenochtitlán por el hedor tan intenso de la carne en putrefacción. Eran decenas de miles de cadáveres. No eran sólo cuerpos, sino almas, historias e ideas que se perdían para siempre. Luego los cadáveres se multiplicaron y fueron millones de indígenas los que murieron en el siglo XVI. Sus descendientes no están entre nosotros. Han dejado un vacío que nos rodea y que también se abre dentro de nosotros. Es un abismo en el que se escucha, ensordecedor, el silencio de todo lo que no puede resonar en él.

6. Los españoles que llegaron a México eran tan sensibles y civilizados que destruyeron un patrimonio cultural milenario tan sólo para obtener su peso en metales preciosos. Las más bellas y elaboradas filigranas fueron fundidas y convertidas en lingotes de oro. Únicamente se quería más y más de lo mismo. No se veía todo lo demás que se destruía. Era el principio de la destrucción capitalista. La diversidad cualitativa se disolvía en la acumulación cuantitativa.

7. Los traidores no fueron los tlaxcaltecas. Ellos únicamente lucharon contra sus enemigos aztecas, pero cometieron el error de confiar en unos forasteros barbudos que no eran dignos de su confianza. Quienes traicionaron a su pueblo fueron y siguen siendo los herederos de indígenas que ya saben lo que hacen al aliarse con los viejos y nuevos conquistadores.

8. La capital azteca no cayó definitivamente un 13 de agosto de 1521. Su caída final es una caída infinita, la eternización de un deseo, la persistencia de una falta simbólica por la que se insiste y se resiste en la historia. La insistencia y la resistencia continúan porque la conquista no ha quedado atrás: la estamos viviendo incesantemente, cada uno en sí mismo y en las relaciones con los demás, a través de esa lucha encarnizada que disimulamos con la designación equívoca de “mestizaje”. No pudiendo reconciliarnos con lo que somos, a cada momento debemos decidirnos entre claudicar o resistir, entre olvidar o recordar los Acuerdos de San Andrés, entre aliarnos con los conquistadores o permanecer fieles a sus víctimas, entre ser conquistados o perseverar en el tortuoso camino de nuestro ser, entre dejarnos arrastrar por el goce de la derecha u obstinarnos en seguir nuestro deseo al serpentear hacia la izquierda.

9. El símbolo puede liberarnos de lo real. No estamos obligados a reconocernos como hijos de progenitores que violaron y destruyeron una parte de lo que somos. Uno de los grandes aciertos de la historia de México ha sido el de renegar de padres criminales, como los victoriosos antihéroes Hernán Cortés y Pedro de Alvarado, para optar por la paternidad simbólica de los héroes derrotados Cuitláhuac o Cuauhtémoc. Si queremos reconocer nuestra filiación europea, quizás nos queden figuras paternas tan honorables como las de Bartolomé de Las Casas y Francisco de Vitoria, pero siempre llegaron demasiado tarde, cuando Europa ya se había revelado como lo que nunca dejaría de ser.

10. La transición de Moctezuma Xocoyotzin a Cuitláhuac y Cuauhtémoc es una dolorosa revelación de lo que Europa significa para lo no-europeo de lo mexicano. Los que parecían dioses no tardaron en revelarse como unos entes diabólicos, intrínsecamente malos, que significativamente no existían en las cosmovisiones prehispánicas. El efecto de conciencia es constitutivo de nuestra identidad. Somos lo que somos al ser conscientes de cierta maldad radical de la civilización occidental. Esta maldad nos habita, pero no por ello deja de acosarnos e invadirnos desde fuera. No hablar de ella, considerándola una entidad anticuada o irracional o indigna de la impasibilidad intelectual o académica, es invisibilizar uno de los puntos nodales de la herencia europea que nos constituye. Somos también europeos al ser capaces de concebir la maldad y encarnarla en lo que somos. No había nada semejante en las culturas prehispánicas mesoamericanas.

11. Quinientos años no han bastado para cerrar la herida, quizás porque habitamos en ella, porque nos confundimos con ella, porque somos ella. No dejamos que cicatrice porque aún existimos. De algún modo sabemos que nos dejaremos atrás al seguir los consejos de los psicólogos en los que se ha convertido todo el mundo: al asumir nuestras propias responsabilidades, al dejar de victimizarnos, al no acusar a los europeos de nuestras miserias, al ver hacia el futuro y pensar propositivamente.

12. Algunos historiadores quieren acaparar la historia y llaman a la serenidad y la inteligencia. Desdeñan las pasiones que atribuyen a la ignorancia. En lugar de juzgar, deplorar y condenar la conquista de México, aparentemente deberíamos contextualizarla, comprenderla y aceptarla. Si es así, ¿por qué no de una vez contextualizamos, comprendemos y aceptamos la nakba palestina, el holocausto judío, el genocidio armenio, el tráfico de esclavos africanos y otras infamias históricas?

Subjetividad, deseo y potencia. ¿Cómo repolitizar la pandemia?

Gabriela Mistral

David Pavón-Cuéllar

Entrevista por Claudia Calquín Donoso, publicada en Disenso, revista de pensamiento político, el 7 de julio de 2020

¿Cuál es tu impresión del panorama latinoamericano en relación a la crisis social que ha acelerado la pandemia?

Es verdad que el fenómeno pandémico parece tener un efecto de aceleración. Este efecto quizás nos esté sorprendiendo a muchas y a muchos. Yo estoy entre quienes creyeron ingenuamente que la pandemia serviría para desacelerar, pero ha ocurrido lo contrario.

Nos movemos cada vez más rápido hacia el abismo. Nuestro movimiento acelerado es el del sistema capitalista. Si menciono ahora este sistema, es porque subyace a la aceleración de la crisis social que estamos viviendo en todo el mundo.

Nuestra crisis es del capitalismo. En esto, al menos en esto, es como cualquier otra de las innumerables crisis que hemos conocido en los últimos quinientos años. Las mundiales acontecen cada cierto número de años, pero las regionales, nacionales y locales están sucediendo todo el tiempo en diversos lugares del mundo

Las crisis resultan indisociables del sistema capitalista. Este sistema es tan prodigioso, tan monstruoso, que no deja de operar a través de sus propias crisis. El disfuncionamiento constituye su propio funcionamiento, exactamente como si fuera una enfermedad, lo que nos dice mucho sobre la naturaleza del capitalismo.

El sistema capitalista está hecho de crisis, desastres, pérdidas, ruinas, aberraciones, desequilibrios, contradicciones, conflictos, guerras. Todo esto hace que el capitalismo sea extremadamente resistente y que nos parezca invencible. Nuestra oposición lo refuerza, incluso cuando lo hace entrar en crisis, ya que la crisis es ni más ni menos que su forma de existir.

El funcionamiento disfuncional del capitalismo, su verdad sintomática, es algo que tal vez no se vea con suficiente claridad en el gran espacio gerencial y comercial del Primer Mundo. Allá debe conservarse un ambiente armonioso, próspero, equilibrado, estable, sereno y agradable que favorezca las mejores decisiones y el mayor consumo, lo que no excluye, desde luego, las dificultades y agitaciones que se han agravado recientemente. Sin embargo, aunque allá también haya momentos de verdad, nunca será como aquí, detrás de los escaparates, donde el capitalismo se nos revela de modo sistemático y cotidiano tal como es, absurdo y violento, opresor y devastador.

El capital desintegra y desgarra nuestras sociedades latinoamericanas, las vuelve contra sí mismas, las disloca y las trastorna continuamente, condenándolas a una crisis incesante, permanente, crónica. Esta crisis, tan inherente al capitalismo como resultante de la resistencia contra él, es la que ha ido agudizándose desde hace algunos años y la que finalmente se ha traducido en el clima convulsionado que precedió la pandemia, con los excesos del régimen en Brasil, el golpe en Bolivia y las protestas en Haití, Ecuador, Chile, Colombia, Panamá, Costa Rica y otros países. El denominador común ha sido una reveladora polarización de las sociedades, con una radicalización de la izquierda y de la derecha que se han vuelto más consecuentes, claras y francas.

La derecha radicalizada boliviana, por ejemplo, nos ha mostrado su cara golpista y además elitista, clasista y sobre todo racista, así como su nostalgia del colonialismo y su complicidad con el capitalismo global y con el imperialismo norteamericano. Mucho de esto ha sido también descaradamente desplegado por el gobierno derechista chileno, el cual, además, nos ha dejado ver su fondo represivo, dictatorial, pinochetista. Mientras tanto, la izquierda no se ha preocupado en disimular su fondo subversivo y necesariamente anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial. Todo esto ha hecho que la crisis constituya un momento de verdad, un momento en el que la verdad se nos revela sintomáticamente, revelándose al desgarrar el semblante de la posmodernidad y de la posverdad, un semblante que de cualquier modo nunca pudo consolidarse en una región como la nuestra. Latinoamérica es como una herida abierta, un lugar donde la verdad no deja de exponerse, conocerse, hablar y doler.

¿Y México?

Andrés Manuel López Obrador encabeza el primer gobierno de izquierda en México desde los tiempos de Lázaro Cárdenas. Hay que entender que se trata de una izquierda bastante moderada, tímida, insegura, indecisa, conciliadora, más defensiva que ofensiva, con un estrecho margen de maniobra y forzada constantemente a ceder y retroceder. Sus mayores logros han sido hasta ahora el incremento histórico del salario mínimo, un ambicioso programa de becas para niños y jóvenes, la pensión universal para los adultos mayores, la disminución de las altas remuneraciones de los altos funcionarios, la supresión de lujos innecesarios en el gobierno, la inédita severidad en la exigencia de pago de impuestos a las grandes corporaciones, la firme resolución de no endeudar más al país, la interrupción de la vertiginosa y devastadora serie de reformas neoliberales de los anteriores gobiernos y una política exterior más digna, más orientada hacia América Latina y menos dominada por los intereses estadounidenses.

Los diversos logros de López Obrador han contribuido a que mantenga un alto nivel de aceptación y popularidad, pero han sido insuficientes para satisfacer a muchos de sus votantes, en particular aquellos claramente situados en la izquierda. Sin embargo, al mismo tiempo, algunos de esos logros han sido más que suficientes para encender la furia de la derecha y de los sectores privilegiados y conservadores que representa. Lo que tenemos ahora es una radicalización tanto de la derecha enfurecida como de la izquierda insatisfecha. Esta radicalización, que ya se observó antes en Brasil y en otros países latinoamericanos, viene a sobredeterminar y así acentuar en el contexto mexicano la polarización que se está viviendo en todo el mundo.

Los derechistas han acusado una y otra vez a López Obrador por estar polarizando la sociedad mexicana. Esta acusación ignora, por un lado, que la polarización está ocurriendo en todo el mundo, no sólo en México, y, por otro lado, que la sociedad mexicana fue polarizada más bien por los gobiernos anteriores que favorecieron la desigualdad al beneficiar invariablemente a los de arriba a costa de los de abajo. Es verdad que estamos observando también, como lo comenté antes, un fenómeno de polarización distintivo del momento actual en México, pero debemos entender bien por qué está ocurriendo.

Tras ochenta años de regímenes totalmente subordinados al capital global y a las oligarquías nacionales, tenemos por primera vez en México a un gobierno que juega el papel de árbitro y que ya no sólo gobierna para las clases pudientes y dominantes. Estas clases, asociadas con la derecha, se vuelven más extremas por sentirse destronadas, humilladas y amenazadas, al tiempo que la izquierda se radicaliza por considerar lógicamente que debe irse más allá de lo conseguido por el gobierno para superar casi un siglo de abusos contra los de abajo. El resultado es la polarización, cuyo efecto más preocupante, a mi juicio, es el reforzamiento de una extrema derecha que ha logrado constituir un amplio frente opositor (FRENA) con presencia en todo el país.

Preguntarte por el sujeto de la pandemia. ¿Cómo ves las relaciones entre un sujeto de deseo y que a la vez demanda mayor seguridad?

El problema de la pandemia es que se trata de una situación en la que no parece haber lugar ni para el sujeto ni para su deseo ni para su palabra. Es como si el sujeto deseante y hablante debiera ser totalmente excluido, exceptuado o descontado, para concebir de manera objetiva la situación y actuar de la mejor manera frente a ella. Lo más cuerdo y prudente que podemos hacer es aparentemente bajar la cabeza, guardar silencio y someter nuestros actos al saber científico de los expertos.

El problema de la ciencia es que anula totalmente al sujeto con su deseo y su palabra. No los escucha. Los calla. Los forcluye, como dijo Lacan, y al decirlo, por cierto, explicó el trabajo científico por un mecanismo distintivamente psicótico.

Al igual que el sujeto que se pierde en su delirio y que se vuelve objeto de lo que delira, nosotros nos perdemos ahora en las informaciones e indicaciones médicas, viéndonos reducidos a la condición de objeto del saber científico. Es algo que muchos de nosotros ya hemos experimentado en momentos de enfermedad, cuando sólo somos objetivamente nuestro cuerpo bajo la mirada médica, sin que haya ninguna escucha, ningún reconocimiento de nosotros como sujetos hablantes y deseantes. Esta forclusión es algo que se ha generalizado en la pandemia. Todos somos presuntos enfermos objetivados, forcluidos, enmudecidos. El cubrebocas adquiere aquí un valor simbólico tan profundo como revelador.

Si somos algo más que simples objetos de la ciencia, es a veces únicamente porque nos atrevemos a demandar informaciones e indicaciones, así como protección y seguridad para nosotros y nuestras familias. Esto ya es mejor que ser objetos mudos, pero el sujeto deseante sigue acallado, no siendo sino un organismo necesitado queriendo vivir y pidiendo amparo. ¿Cómo abrir aquí un lugar para el deseo del sujeto? No lo conseguiremos al permitir que lo forcluido en los discursos médicos retorne en lo real bajo la forma de teorías conspiratorias basadas en la falta de creencia, la Unglauben de la psicosis, que es la misma que se afirma en la ciencia, pero que simultáneamente puede negarla y optar por una pseudociencia que a veces parece más convincente que la ciencia. Esta vía no sirve de mucho, no por ilusoria, sino porque sigue acallando al sujeto y a su deseo que no tienen absolutamente nada que decir, por ejemplo, en un discurso delirante sobre la propagación del coronavirus agravada por la red de telecomunicaciones de quinta generación.

Pienso que la única posibilidad de recobrar a los sujetos con su deseo es abrir un espacio político en el que puedan hacerse escuchar. Esto exige repolitizar la pandemia, no desconociendo su aspecto objetivo, desde luego, pero sí reconociendo la forma en que lo subjetivo ha intervenido en ella. El reconocimiento político del sujeto de la pandemia puede hacerse de muchas formas diferentes. La que yo he elegido, por mi posicionamiento anticapitalista, me ha llevado a desentrañar los vínculos de la pandemia con el capitalismo, recordar que la aparición del agente viral podría explicarse por la devastación capitalista del planeta, indignarme por quienes no han podido ser curados por falta de recursos económicos o de seguro médico, insistir en que el desmantelamiento neoliberal de los sistemas de salud ha causado miles de muertes y denunciar cómo el confinamiento fue un privilegio de unos cuantos y no un derecho de todos.

¿Crees que hay potencia en la precariedad?

Esta idea es fundamental para las dos tradiciones en las que me sitúo, la marxista y la freudiana, pues ambas apuestan por lo que podemos designar de modo amplio como “la potencia de la negatividad”. Lo negativo se refiere aquí a la falta de algo. Lo que nos falta en la precariedad, por ejemplo, es una situación estable o ciertos medios y recursos. Si esto no nos faltara, si lo tuviéramos, nos daría sentimientos de seguridad, comodidad y tranquilidad. Sin embargo, al mismo tiempo, lo que tendríamos nos ataría y limitaría nuestros movimientos. Estas ataduras y limitaciones son aquellas de las que se libera quien se encuentra en la precariedad. Su libertad con respecto a lo que le falta es ya una primera potencia de la negatividad, pero también hay una segunda potencia de la misma negatividad en el deseo de conseguir lo que falta. Una tercera potencia, enfatizada por Marcuse, es la que se encuentra en la imaginación correlativa de la falta, la imaginación que nos hace imaginar lo que nos falta, una imaginación que puede atrofiarse en quienes todo lo tienen.

El problema de la riqueza no es que se tenga todo y ya no se necesite ni desear ni imaginar nada. El deseo es tan insaciable como la imaginación es inagotable. Sin embargo, en una situación de abundancia y prosperidad, la potencia deseante y la imaginativa pueden quedar atrapadas con mayor facilidad en el sistema que les provee los medios y los recursos para su realización. Estos medios y recursos predeterminan los fines y los objetos, lo deseable y lo imaginable, asimilándolo todo a la esfera ideológica de lo realizable. Cuando carecemos de medios y recursos, también ellos deben ser imaginados y puede ser que sean muy diferentes de los disponibles en el sistema.

Quizás debamos destruir el sistema para hacerle un lugar a lo que nos falta. Es precisamente por esto que la falta debe ser obturada para quienes tienen poder. Su poder no puede aliarse a la potencia inherente a la falta. Sería demasiado peligroso. La potencia de la falta sólo puede subsistir entre los más impotentes, como los proletarios de los que nos habla Marx, los que sólo tienen vida, su fuerza de trabajo, que tienen que vender para poder sobrevivir.

Si Marx y los marxistas le apuestan al proletariado, es también por la potencia de su falta, por la potente falta de lo que es mejor que le falte, pues así no lo estorba ni lo esclaviza ni lo compromete con lo existente ni tampoco nubla su vista. La vista se nubla con una ideología que está en el saber mismo. Es mucho lo que un trabajador pobre no sabe, pero es mejor que no lo sepa, ya que sólo podría saberlo bajo una forma ideológica burguesa que nos aleja más de lo que nos acerca a la verdad.

La potencia está en una verdad que aparece de modo negativo como ignorancia, como carencia, porque no es una verdad que pueda saberse bajo las formas ideológicas dominantes que son dominantes precisamente porque dominan lo que sabemos. Desde luego que el obrero puede llegar a conocer algo de esta verdad a través de su conciencia de clase, pero tan sólo podrá llegar a conocerla de verdad, conociéndola como la potente verdad que es, al no pretender saberla de verdad, al saberla sólo a medias y al permitirle subvertir el saber. Si no hay esta subversión, la verdad termina disolviéndose en las formas ideológicas del saber existente, aburguesándose y traicionándose, como sucedió en cierto marxismo oficial denunciado por Lacan en su lúcido comentario de Lenin. La potente verdad a la que apuesta el marxismo es la que se revela en su falta, la que no puede ser englobada por la conciencia de clase, la que sólo puede saberse a medias y al subvertir el saber, la misma verdad del inconsciente que está en juego en los síntomas de las histéricas de Freud.

¿De qué manera ves las revueltas en EE.UU y el manejo informativo de este movimiento que, hasta cierto punto, le quita radicalidad al movimiento black lives matters?

Independientemente de los poderes económicos y políticos a los que sirvan, los filtros mediáticos suelen estar configurados por la ideología dominante y por ello tienden a neutralizar cualquier potente verdad que se abra paso a través de ellos. Todo termina falsificándose, adulterándose, banalizándose y sabiéndose de la única manera inofensiva en que puede saberse. Ya ni siquiera se trata de un saber estructurado, sino de una suerte de vómito informativo, un sucio torrente de información masiva y amorfa en el que vienen a confluir todos los acontecimientos históricos desde hace algún tiempo. Estamos perdiendo nuestra historia, con todas las oportunidades que abre a cada momento, por dejar que se vaya de inmediato por esas cañerías de los medios existentes en los que todo termina confundiéndose.

Desde luego que hay honrosas excepciones, especialmente en los medios marginales, alternativos y comprometidos con ciertas causas, pero la regla es que todo lo que ocurre se disuelva en la inmanencia de la ideología dominante impuesta por los filtros mediáticos. No hay aquí lugar para ninguna trascendencia histórica, para ninguna profundidad acontecimental, para ninguna radicalidad como la del movimiento que se ha propagado ahora en los Estados Unidos. En el mejor de los casos, este movimiento se ve individualizado, psicologizado y reducido a una cólera quizás justificada, comprensible, pero pasajera y bien acotada a ciertos hechos criminales cubiertos por los medios.

Los filtros mediáticos reducen el racismo a ciertos crímenes puntuales perpetrados contra individuos en ciertos contextos específicos. La idea es disimular que el racismo es también contra sujetos colectivos, que es constitutivo de la sociedad estadounidense y mundial, que se trata de un fenómeno estructural, esencialmente vinculado con la modernidad capitalista, con su fundamento colonial y con su estructura neocolonial. Todo esto no puede verse, pero se obstina en ser visto, como cuando se derriban y decapitan estatuas de Colón en los Estados Unidos. Este gesto simbólico nos descubre de pronto, bajo una forma sintomática, todo lo que los medios intentan encubrir.

Los medios están ahí para invisibilizar, por un lado, la blanquitud inherente al capitalismo, tal como fue elucidada por Bolívar Echeverría, y, por otro lado, la elevación de lo blanco a través de la inferiorización de lo negro, de la que nos habló elocuentemente Frantz Fanon. Se trata de invisibilizar también el enriquecimiento de ciertas clases y naciones blancas o blanqueadas a expensas de poblaciones racializadas, así como la correlación universal entre la pigmentación de la piel y los índices de marginación, el papel de la colonización en el racismo y en la constitución del Tercer Mundo, la división internacional del trabajo, el comercio inequitativo entre el norte y el sur, la forma en que Europa subdesarrolló a los africanos, como decía Walter Rodney, y todo lo demás de lo que tendríamos que estar hablando ahora mismo.

Aunque los medios pretendan a veces lo contrario, la ecuación colonial clasista-racista no es de ningún modo ajena a Latinoamérica, donde hay un vínculo histórico profundo entre la lucha de clases y una compleja guerra de castas entre blancos generalmente privilegiados, mestizos internamente desgarrados e indios, mulatos y negros oprimidos o marginados. Lo hemos confirmado recientemente en el golpe de Bolivia y en las protestas de Ecuador. Lo comprobamos antes con las matanzas de las favelas en Brasil o con la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa en México. Aquí en tierras mexicanas, en este preciso instante, podemos apreciar esa misma lucha de clases racializadas en la movilización de la ultraderecha blanca o blanqueada, reunida en el ya mencionado FRENA o FRENAAA, contra el gobierno de López Obrador y de su Movimiento de Regeneración Nacional, simbólicamente abreviado MORENA.

Hace poco escribiste un bello texto sobre Chile y nuestro octubre revolucionario ¿Qué es lo que más te llamó la atención? ¿Crees que se trata de un movimiento local o que responde a dinámicas más globales? O, mejor dicho, ¿cómo ves la articulación entre lo local y global en este caso?

La dinámica local es mejor conocida por ustedes que por mí. Sólo me gustaría enfatizar que el motivo inmediato de las protestas, el alza tarifaria del transporte público, es un simple detonante en el que se condensan múltiples factores, entre ellos el alto costo de la vida y en especial de la salud y la educación, así como las bajas pensiones, la brecha social, el descrédito de los políticos y las instituciones, la total subordinación del gobierno al empresariado y los casos de corrupción y de colusión en los precios de medicamentos y otros bienes de primera necesidad. Todo esto proviene del pasado contra el que también se ha sublevado el pueblo chileno, ese pasado que se mantiene presente a través de la sombra del pinochetismo, su legado constitucional y el rastro de las políticas neoliberales implementadas en las últimas décadas.

Al referirnos al neoliberalismo, ya salimos de una dinámica puramente local, especialmente en el caso chileno, por su carácter de modelo, punta de lanza o campo de experimentación para el proyecto global del capitalismo neoliberal. Es también contra este proyecto global contra el que se han levantado las chilenas y los chilenos al protestar contra sus diversos efectos locales que no son muy diferentes en Chile que en otros lugares del mundo. Pueblos como el francés, el egipcio, el libanés, el haitiano y el ecuatoriano se movilizaron en el mismo año de 2019, antes de octubre, contra efectos análogos del mismo capitalismo neoliberal. Después vinieron los panameños, costarricenses, colombianos y otros. La ola de protesta fue mundial y especialmente latinoamericana.

La sublevación chilena se inserta, pues, en una insurrección global que se asocia con la polarización a la que me referí antes y que no está circunscrita al año de 2019, ya que sus orígenes parecen remontarse a la crisis de 2008 e incluso más allá, desde los noventa, cuando se fue disipando la ilusión del fin de la historia. En esta insurrección global, Chile ha estado constantemente presente, en especial a través de las periódicas movilizaciones de los estudiantes. La continuidad, la perseverancia transgeneracional de estas movilizaciones, es uno de los aspectos que me ha llamado siempre la atención en el caso chileno.

Cuando veo a Chile desde lejos, me lo represento como un país aún oscurecido por la sombra del pinochetismo, pero también con un pueblo digno, vivo, despierto, que no ha perdido ni su cohesión colectiva ni su espíritu de rebeldía. Uno debe admirarse al comprobar que este pueblo sigue resistiendo, que no se ha dejado neutralizar, triturar y pulverizar en sus elementos individuales ni por el neoliberalismo salvaje ni por la violencia del golpe y la dictadura con esa infame guerra psicológica orquestada inicialmente por Hernán Tuane Escaff.

No es tan sólo el pinochetismo el que sigue aquí, sino también eso que se expresó en Allende y en el gobierno de la Unidad Popular. Y quiero insistir en que eso no es tampoco únicamente local, sino global. En todo el mundo encontraremos a sujetos involucrados en la contradicción entre las dos trincheras ocupadas respectivamente por Allende y Pinochet.

Los nombres de Pinochet y Allende tienen ambos una significación universal. Son como los nombres de Zapata, Fidel o el Che Guevara, Evita o incluso Chávez, también latinoamericanos, pues la universalidad no es monopolio europeo, como lo hubiera querido Hegel, ni mucho estadounidense, como se pretendía en la doctrina del Destino Manifiesto. De hecho, sólo por incomodar y no por entrar en una rivalidad especular, me atreveré a decir que en el último medio siglo se me dificulta más encontrar figuras políticas universales en Europa o en Estados Unidos que en América Latina, quizás por esa universalidad inherente a nuestra síntesis cultural que José Vasconcelos intentó aprehender a través de su noción tan equívoca de “raza cósmica”.

La universalidad cósmica latinoamericana se aprecia muy bien en la figura de Salvador Allende. Su rostro, pintado sobre muros e impreso en carteles, ha recorrido el mundo entero. Su nombre se ha convertido en sinónimo universal de lealtad con el pueblo y resistencia contra el imperialismo estadounidense. Allende ha inspirado canciones y ha dado nombre a edificios, auditorios, plazas, calles, barrios y hasta pueblos.

En México, por ejemplo, hay ese pueblo huichol de Nayarit que se llama “Salvador Allende” y al que Eduardo Galeano dedicó un bello texto. En Tepic, la capital del mismo estado, hay una calle céntrica, de nombre Salvador Allende, que atraviesa los barrios denominados “Venceremos” y “La Esperanza”. Una de las canciones más famosas de nuestro cantautor Óscar Chávez, quien murió ahora de coronavirus, está dedicada a Allende. Hace poco López Obrador se atrevió a decir que Allende había sido el mejor presidente de América Latina. Su admiración por él ha hecho que sea criticado por Jorge Castañeda Gutman y otros derechistas. Estas críticas eran previsibles, pues esa batalla entre Allende y Pinochet continúa en todos lados y también aquí, en tierras mexicanas.

Hace un par de años, mientras daba clase, debí interrumpirme porque la voz de Allende resonó con altavoces en toda mi facultad gracias a un homenaje que organizó un grupo de estudiantes. Muchas y muchos de mis estudiantes, al igual que yo, le negaríamos nuestro aprecio, nuestra confianza y nuestra amistad a un mexicano que celebrara el golpe de 1973. Su actitud ante el golpe nos permitiría saber mucho sobre sus demás actitudes ante el capitalismo, el neoliberalismo, el imperialismo yanqui e incluso el patriarcado y la colonialidad. Todo viene junto.

¿Cómo te imaginas el futuro post-pandémico? ¿Ves alguna salida o alternativa a las miradas de los intelectuales del primer mundo, que creo que van entre el nihilismo y una especie de optimismo maníaco?

Lenin se reiría de esas miradas y las descalificaría de inmediato como “infantiles” y “pequeñoburguesas”. Hace un siglo ya predominaban en el izquierdismo europeo y particularmente alemán. Desde luego que son miradas lúcidas y puede aprenderse mucho de ellas, pero sufren de esa puerilidad eterna propia de los sectores privilegiados. Además padecen generalmente de miopía, quizás porque se acostumbran a mirar solamente lo que les rodea en sus santuarios académicos europeos o estadounidenses. Luego, cuando intentan mirar el resto del mundo, aparece borroso.

No es tan sólo un problema de los intelectuales. A medida que pierden influencia e importancia, Europa y Estados Unidos tienden a centrarse y encerrarse en sí mismos, como despechados por el mundo, y a volverse cada vez más provincianos. Esta provincianización forma parte de su derechización. El verdadero cosmopolitismo y universalismo de izquierda que aún subsiste en el Primer Mundo suele ser sostenido significativamente por los inmigrantes y por las mal llamadas “minorías”. Y a quienes lo sostienen se les acusa paradójicamente de comunitarismo y particularismo tan sólo porque defienden el derecho de existencia de otros mundos y otros discursos diferentes del europeo-estadounidense. Es el caso de los decoloniales franceses y de su Partido de los Indígenas de la República.

Hay una relación esencial entre el movimiento decolonial-indígena francés, el antirracista estadounidense y el anti-neoliberal latinoamericano del año pasado. Estos movimientos se relacionan también esencialmente con las recientes huelgas feministas y movilizaciones por el planeta. Pienso que nuestra capacidad para articular estas luchas diferentes será decisiva para el futuro post-pandémico.

Antes de la pandemia ya conocimos los primeros esbozos de articulación. En Chile, por ejemplo, el movimiento que empezó protestando contra el neoliberalismo se volvió primero contra el colonialismo, derribando las estatuas de Pedro de Valdivia en Cañete, Concepción y Temuco, y luego contra el patriarcado, reactivando el movimiento feminista que ya nos había mostrado toda su fuerza en el mes de marzo. El performance “Un violador en tu camino”, que se convirtió en una suerte de himno feminista mundial, supo identificar al “macho violador” con el “Estado opresor”.

Hemos ido comprendiendo poco a poco, gracias a las feministas, cómo el funcionamiento del Estado Opresor traduce una violenta lógica patriarcal. Sabemos además que ese Estado es heredero del colonialismo y que existe para defender el capitalismo neoliberal que está devastando la naturaleza en Chile y en otros lugares. También sabemos que la defensa del capitalismo neoliberal puede hacer que el mismo Estado adopte una frenética forma neofascista y actitudes abiertamente racistas y sexistas, homófobas y xenófobas, especistas y ecocidas, como ha ocurrido en Brasil y en cierta medida también en Bolivia.

Reflexionar sobre los acontecimientos recientes en Latinoamérica nos permite vislumbrar, como lo dije hace un momento, que todo viene junto. Reunimos así las piezas del rompecabezas gracias a la polarización de la sociedad. Esta polarización es un momento de verdad. Al descararse en sus formas autoritarias y neofascistas, el capitalismo neoliberal se delata como algo indisociable de la colonialidad y el heteropatriarcado, y por ende también de las violencias racistas y sexistas, así como especistas-ecocidas.

Quienes estamos en la trinchera opuesta, la anticapitalista y antifascista, debemos esforzarnos en feminizar, despatriarcalizar, descolonizar, indigenizar y ecologizar nuestros movimientos. Necesitamos estar completos para vencer a nuestros enemigos. Ya empezamos a completarnos desde hace algunos años, lo que dio lugar a prácticas radicales, como la zapatista, que luchan simultáneamente contra el capitalismo, el patriarcado, la colonialidad y la devastación de la naturaleza. En este mismo camino, como sociedad latinoamericana, quizás jamás avanzamos tanto como el último año, al menos hasta que nos interrumpió el coronavirus. Esperemos que la pandemia sea tan sólo un paso atrás que nos permita saltar después con más fuerza, como lo dice Marx al referirse a la vergüenza en la que nos retraemos tan sólo para lanzarnos hacia adelante.

Ocho razones por las que España no sólo debería pedir perdón por la conquista de México

Artículo publicado en Revolución 3.0 el 31 de marzo 2019

David Pavón-Cuéllar

1. Por los muertos. Porque la conquista española provocó en los primeros años, tan sólo en el territorio actualmente ocupado por México, la muerte de una cantidad enorme de indígenas que oscila, según las más recientes estimaciones, entre 16 y 37 millones correspondientes al menos a tres cuartas partes de la población total. Es verdad que muchas de estas defunciones fueron por el contagio de enfermedades llevadas por los europeos como la viruela, el sarampión, la gripe, la malaria, el cocolitzli o tifoidea, la peste bubónica y la fiebre amarilla. Sin embargo, aun en estos casos, la elevada mortandad es imputable a los conquistadores españoles por los agentes patógenos que transmitieron, pero también por las condiciones de alta vulnerabilidad en las que pusieron a las poblaciones locales por empobrecerlas y desnutrirlas, por hundirlas en la depresión y en la desesperación, por imponerles trabajos extenuantes, por obligarlas a vivir en la insalubridad, por dificultar o imposibilitar la preservación de prácticas higiénicas y de técnicas médicas milenarias y por destruir los meollos identitarios, los tejidos comunitarios, las creencias religiosas locales y los demás recursos culturales que daban fuerza y sentido a sus vidas y que así podrían haberles ayudado a defenderse mejor contra los nuevos gérmenes.

2. Por los asesinados. Porque los conquistadores españoles exterminaron a los pueblos originarios, no sólo al enfermarlos y al volverlos vulnerables a las enfermedades que les transmitieron, sino también literalmente al matarlos de hambre y al hacerlos trabajar hasta caer muertos de agotamiento, y además, lo más importante por la carga de responsabilidad que supone, al masacrar de modo violento a cientos de miles de individuos en uno de los peores genocidios que haya conocido la historia humana. Son tristemente célebres las matanzas de Tóxcatl y de Cholula contra indígenas desprevenidos, confiados y engañados, pero constituyen tan sólo botones de muestra de una escena que se repite una y otra vez durante la conquista. Los conquistadores no dejaron de asesinar a traición y con trampas infames a gente frecuentemente pacífica, hospitalaria y con un alto sentido ético y del honor. Aunque hubiera ciertamente hazañas militares que se debieron a la valentía y la buena estrategia de los conquistadores, el aspecto distintivo de su guerra de conquista fue su propensión a entrampar y traicionar, a comportarse como vulgares criminales y a realizar fáciles y cobardes carnicerías de poblaciones indefensas, de heridos y prisioneros, de hombres desarmados o de mujeres, ancianos y niños, violando así de manera sistemática los códigos morales más elementales de la guerra y ofendiendo tanto nuestra sensibilidad como la del siglo XVI.

3. Por los torturados. Porque los conquistadores españoles no se limitaron a matar, ya que buscaron asimismo, de manera deliberada, infligir dolor físico a través de innumerables tormentos como amputaciones de manos y pies, mutilaciones de orejas, narices y senos femeninos, quemaduras con aceite hirviendo, sepulturas en vida o aquellos famosos aperreamientos en los que se libraba a los condenados a la furia de unos perros entrenados para tal efecto y a veces vestidos con armaduras, cadenas y picos afilados para causar un mayor dolor a sus víctimas. Los horrores de los que tenemos noticia nos hacen pensar en actos ya no sólo de vulgares criminales, sino de monstruos o psicópatas que nos asustan hoy en día tanto como espantaron a los europeos de su época, lo que nutrió el espíritu antiespañol y una leyenda negra de España en la que hubo ciertamente una gran dosis de imaginación y exageración, aunque también un sólido fundamento real que no puede ocultarse ni siquiera con el incansable trabajo de los actuales negacionistas.

4. Por los maltratados. Porque además de matar y torturar, los españoles desplazaron de modo forzado a inmensas poblaciones indígenas, las obligaron a vivir en las peores condiciones y a trabajar como bestias en minas y cañaverales, impusieron tributos a veces insostenibles, practicaron una esclavitud de facto, encadenaron a trabajadores y los castigaron cotidianamente con golpes y latigazos, los hicieron desfallecer bajo el peso de sus cargas, violaron masivamente a las mujeres, se las repartieron como botines y como recompensas o agasajos, desgarraron familias y comunidades, les arrebataron sus tierras, les robaron sus más preciados bienes e incurrieron en otros innumerables excesos y abusos. Es verdad que muchos de estos actos fueron prohibidos por las Leyes de Burgos de 1512 y de manera más contundente por las Leyes Nuevas de 1542, pero esto no impidió que ocurrieran, especialmente en los primeros años de la conquista, en los que México fue convertido en un verdadero infierno para los pueblos originarios. Comprendemos, como Vasco de Quiroga, Bartolomé de Las Casas y otros, que muchos indígenas prefirieran suicidarse que permanecer en ese mundo infernal en el que fueron encerrados por los españoles.

5. Por los ofendidos. Porque los españoles torturaron, despedazaron, deshonraron y mataron al indígena de México no sólo en su cuerpo, sino también y sobre todo en su alma. Empezaron por traicionar su confianza una y otra vez. Entraron a su casa como si fuera de ellos, lo denigraron ante su familia, injuriaron al anciano y violaron a la mujer, a la madre, la hija, la hermana o la esposa. Luego pasaron a la cultura y a la identidad. Quizás haya sido en estas dimensiones, la cultural y la identitaria, en donde los españoles humillaran hasta los mayores extremos, en grados inimaginables, jamás experimentados por quienes intentamos ahora ponernos en lugar del indígena. Lo despreciaron y le enseñaron a despreciarse. Le hicieron sentir vergüenza de sí mismo y de sus creencias más profundas. Consiguieron que su memoria se volviera insoportablemente dolorosa. Lo acostumbraron a olvidar y a olvidarse. Le prohibieron pensar en todo lo que lo hacía grande y sabio, tal vez finalmente más grande y sabio que ellos y los demás blancos, precisamente porque no fue él quien se obstinó en destruir otras civilizaciones, así como tampoco ha sido él quien se ha dedicado como ellos a devastar el planeta en el que vivimos. Lo hicieron desconocer todo esto e imaginar que su inteligente y avanzado respeto por la naturaleza no era sino atraso e inferioridad. Se burlaron con sorna de su honda espiritualidad y de la forma en que tomaba rostro en sus dioses. Profanaron sus templos, entre ellos el más extenso de todos, el de la naturaleza que arrasaron y perforaron con minas. Después lo hicieron construir iglesias y palacios sobre sus pirámides. Quemaron sus libros y quebraron las estatuas de sus divinidades. Por ejemplo, en el famoso Auto de Fe de Maní de 1562, le destruyeron 5 mil ídolos, trece altares de piedra y 27 rollos con escritura maya. Borraron cualquier signo de su grandeza y sabiduría. Convirtieron a los filósofos y a los sacerdotes indígenas en cargadores de las minas. Fundieron sus figuras más sagradas y las transformaron en lingotes de oro y plata. Redujeron así el tesoro simbólico invaluable de civilizaciones milenarias a la miserable riqueza económica necesaria para pagar deudas y guerras españolas en Europa.

6. Por los despojados. Porque la conquista española de México, justificándose con torpes excusas religiosas, políticas y civilizatorias, fue en realidad un simple robo gigantesco, un enorme acto de mezquina rapacería, un vulgar saqueo tan descomunal que revolucionó la economía del mundo entero y no solamente la de España. Hoy sabemos que el capitalismo global no pudo haberse desarrollado sin los metales preciosos provenientes de las colonias españolas en América. Toda Europa se nutrió de las minas mexicanas, como de las peruanas y las bolivianas, y acumuló así ese capital monstruoso cuyo poder le permitió primero subyugar y luego devastar el mundo entero. La Mina de la Valenciana en Guanajuato, por ejemplo, llegó a proporcionar el 60% de la plata que se producía en el mundo. Es verdad que los españoles dejaron algunos mendrugos de esa riqueza en México y que una gran parte de lo que restaba se les escurrió entre las manos y fue a parar a las incipientes industrias y finanzas de los Países Bajos, Italia, Francia y Gran Bretaña, países que sacaron el mayor beneficio del saqueo mientras que España quedaba cada vez más empobrecida. También es verdad que a cambio de toda esta riqueza expoliada, México recibió la civilización europea, sus acreditadas instituciones políticas, el hermoso idioma castellano y la conmovedora fe cristiana, todo esto por obra y gracia de la supuesta generosidad sin límites de un imperio “generador” y no simplemente extractor o “depredador”, citando la famosa distinción de Gustavo Bueno. Sin embargo, si miramos todo esto sin estúpidos prejuicios eurocéntricos, tendremos que reconocer que el imperio español fue más bien de tipo “sustitutor”, habiéndose limitado a sustituir unas cosas por otras quizás no peores pero tampoco mejores y seguramente menores en número: las variadas y complejas religiones y cosmovisiones prehispánicas por un solo cristianismo intolerante y monolítico, las sutiles y clarividentes lenguas indígenas por los trazos gruesos y opacos del castellano, las tan diversas formas de institucionalidad política de los pueblos mesoamericanos por las únicas admitidas en Europa, el rico mosaico de culturas de los pueblos originarios por el absolutismo de la perspectiva cultural española de la época. La única ganancia concreta fue la técnica y tecnológica, pero uno tiene derecho a dudar actualmente de que haya sido una ganancia, considerando sus efectos en la humanidad y en la naturaleza. Quizás no sea exagerado afirmar, pues, que fue muy poco lo que se ganó a cambio de lo mucho que se perdió. El empobrecimiento cultural y espiritual de México fue comparable al vaciamiento de sus minas, aunque no se debió a ningún saqueo, sino a una simple destrucción de la que nadie sacó provecho alguno.

7. Por los supervivientes. Porque la conquista no es un asunto del pasado, sino que está presente bajo las más diversas formas: la herencia de violencia y dependencia de las antiguas colonias, las estructuras neocoloniales del orden mundial, la forzada mundialización del modelo capitalista occidental de aniquilación de la humanidad y de la naturaleza, el reparto europeo del botín de los viejos y nuevos imperios, la hemorragia de riqueza que no deja de fluir desde el sur hacia el norte, los criollos que siguen despreciando y explotando a los trabajadores latinoamericanos de los que extraen un capital que a veces reinvierten en la madre patria, el racismo reinante lo mismo en España que en México, la vigencia del colorismo y de la pigmentocracia en América Latina, el resultante acaparamiento del poder político y económico por las élites blancas, la incesante marginación y pauperización de los pueblos originarios y el resentimiento inefable e inagotable con el que se ha saldado el proceso de mestizaje. La conquista es una herida que no cicatriza y que sigue doliéndole a millones de mexicanos culturalmente mestizos, ya sean racialmente blancos, híbridos o indígenas, que todavía consiguen resistir de algún modo contra su total asimilación a sus ancestros conquistadores y colonizadores. Desde luego que estos mexicanos tienen algo de españoles, pero también de indígenas, lo que los hace de algún modo encarnar internamente a los dos personajes del trágico drama de la conquista, escenificar tal drama en sus complicadas existencias y abrigar un comprensible y quizás insaciable deseo de justicia y resarcimiento ante eso indefinido que tiene el nombre de “España”, eso que los habita y los desgarra, eso que no ha dejado nunca de vivir a expensas de todo lo demás que son, devorándolo y consumiéndolo por dentro.

8. Por los conquistadores. Porque así como hay quienes continúan siendo al mismo tiempo las víctimas y los victimarios de la conquista de México, así también hay españoles y mexicanos que son única y unilateralmente los verdugos de la misma conquista. Lo son de modo voluntario por distinguirse y distanciarse obsesivamente de los conquistados, por identificarse tan sólo con los conquistadores y con la particular nación española que representan. Lo son por no ser de otra España sino de la que tiene las caras de Cortés y Alvarado, por no avergonzarse ni deslindarse de ella ni renegar de sus crímenes y sus bajezas, por disculparla y hasta enorgullecerse de ella, por querer y lograr personificarla, por ser ella y votar por sus candidatos de la derecha y la ultraderecha y a veces incluso de una izquierda inconsecuente. Muchos mexicanos y españoles de hoy en día pueden ser así directamente responsables de los crímenes de la conquista de México por convertirse en una suerte de reencarnaciones de los conquistadores, por darles voz y adoptar orgullosamente su identidad simbólica, por cerrar filas con los herederos del bando victorioso de la conquista, por contribuir a que su obra prosiga en el siglo XXI, por negarse a reconocer la factura pendiente con los descendientes de los pueblos originarios, por seguir menospreciándolos, excluyéndolos y explotándolos, y por no entender ni siquiera por qué deberían al menos pedirles perdón una y otra vez, incansablemente, sin siquiera esperar ser perdonados algún día. Ellos, los que no entienden por qué deberían pedir perdón por la conquista de México, son precisamente quienes, por eso mismo y por todo lo demás, deberían pedir perdón. Su España es la que no sólo debería implorar una clemencia que no merecerá nunca, sino que tendría sencillamente que desaparecer, deshacerse, inmolarse a sí misma. Tan sólo así, como lo advirtió Las Casas, podría llegar a expiar todos los crímenes cometidos contra los pueblos originarios de México y de los demás países de América Latina, pero también contra sus propios ciudadanos, los de las otras Españas y los de Cataluña o Galicia o Euskal Herria, los que debieron huir de ella en la Guerra Civil, cuando vinieron a refugiarse entre sus demás víctimas en México.

Violencia y masculinidad en México

Artículo publicado en Michoacán 3.0, el 17 de septiembre de 2017

David Pavón-Cuéllar 

La violencia en México, la que se ha cobrado casi 300 vidas en la última década, es prácticamente un asunto de hombres. ¿Acaso no somos los mexicanos de sexo masculino los que nos matamos unos a otros y los que también matamos a personas del sexo femenino? Las matamos por ser personas, pero también por ser de sexo femenino, por violarlas, por callarlas o simplemente porque hay que ponerlas en su lugar.

Es verdad que los hombres nos matamos entre hombres aún más de lo que matamos a las mujeres. Sin embargo, a ellas las matamos también por ser mujeres y lo hacemos de manera únicamente ofensiva, unilateral, mientras que a nosotros nos matamos tan sólo como personas y lo hacemos recíprocamente, unos a otros, de modo tan ofensivo como defensivo, al pelearnos o al rivalizar entre nosotros o al intentar subyugarnos. Además, de cualquier modo, ya sea que nuestras víctimas sean hombres o mujeres, siempre somos nosotros, los hombres, los que matamos.

Desde luego que hay excepciones, pero la regla es que seamos nosotros, los hombres, los que nos asesinemos entre nosotros o asesinemos a las mujeres. Ellas simplemente lloran por nosotros o son asesinadas también por nosotros. Ellas sufren la muerte que nosotros nos damos y les damos. En la inmensa mayoría de los casos, nosotros nos arrogamos el privilegio de ser los victimarios, mientras que a ellas las condenamos a ser las víctimas.

De cada 15 homicidios en el país, 14 son cometidos por hombres y sólo uno por mujeres. Las asesinas son una rareza. Y lo más común es que actúen en defensa propia, que padezcan trastornos mentales o que interpreten roles masculinos en estructuras dominadas por hombres.

La violencia en México tiene un género bien determinado. Es perpetrada mayoritariamente por hombres. Es claramente viril. Es de sexo masculino tanto en su meollo estructural como en sus manifestaciones físicas y simbólicas, legales e ilegales, criminales y habituales, gubernamentales y extra-gubernamentales.

No pienso que haya manera de combatir eficazmente la violencia en México sin combatir de algún modo todo aquello tan violento que somos como varones mexicanos: lo que nos hace matarnos unos a otros y también matar a las mujeres. Nuestra violencia empieza por el destructor desprecio que mostramos hacia lo femenino, por los hirientes privilegios de los que gozamos, por el asfixiante poder que acaparamos, por el peso de la identidad masculina con la que aplastamos a las personas de sexo femenino. Todo esto podría ser el fundamento de todo lo demás. Para liberarnos del sistema que nos oprime, quizás haya que destrabarnos de nuestro vínculo sexual con el sistema, planteando abiertamente la cuestión de género y saldando nuestras cuentas pendientes con las mujeres.

Nuestra enorme deuda con lo femenino, al igual que nuestra no menos gigantesca deuda con lo indígena, tendrá que pagarse tarde o temprano. Mientras no la paguemos, estaremos en una total insolvencia para emprender cualquier transformación radical de nuestra sociedad. Nuestro país tan machista, el México de los feminicidios, está condenado a la desigualdad, la injusticia, la impunidad, la corrupción, el saqueo, el despotismo gubernamental y todo lo demás que sufrimos cotidianamente. Seguiremos destruyéndonos mientras continuemos destruyendo a las mujeres.