Hacia una psicopolítica de la democracia imposible en México

PRI

Conferencia en el Auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ciudad Universitaria, Ciudad de México, viernes 2 de marzo de 2018

David Pavón-Cuéllar

Dictadura perfecta

Ocurrió el jueves 30 de agosto de 1990 por la noche, en la televisión, durante un debate de intelectuales convocado por Octavio Paz y transmitido en vivo a todo México. Fue entonces cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa describió al gobierno mexicano como una “dictadura perfecta” que tenía todas “las características de la dictadura”, entre ellas “la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido, y de un partido que es inamovible” (Vargas Llosa, 1990, 1 de septiembre, párr. 2-3). Vargas Llosa estaba refiriéndose, desde luego, al Partido Revolucionario Institucional (PRI), el cual, bajo tres diferentes denominaciones, gobernó el país ininterrumpidamente desde 1929 hasta el año 2000, es decir, durante más de siete décadas.

Fueron setenta y un años los que México vivió en aquello que Vargas Llosa describía como “dictadura perfecta”. Esta descripción era fiel y acertada. En México, entre los treinta y noventa del siglo XX, no había una democracia, ni siquiera una democracia imperfecta. Lo que había era una dictadura, y sí, en efecto, no cualquier dictadura, sino una dictadura perfecta. ¿Por qué perfecta? Por lo que le permitía durar tanto, por ejercer una dominación tan velada y al mismo tiempo tan implacable, por saber cooptar o neutralizar a los opositores, por ser tan eficaz al ocultar su carácter dictatorial y al hacerse pasar por una democracia.

Era quizás en la simulación democrática en donde mejor se apreciaba la perfección de la dictadura mexicana. El régimen priista era perfecto como régimen dictatorial por lo bien que sabía disimular su carácter dictatorial y simular un carácter democrático. Al aparentar ser una democracia, el PRI-gobierno podía realizar mejor todo lo propio de una dictadura: perpetuarse, imponerse, controlar, censurar, suprimir cualquier oposición, oprimir y reprimir, coartar libertades y violar derechos. Todo esto se hacía mejor en secreto, discretamente, sin escandalizar a nadie, sin atraer la atención. Entendemos que la “dictadura camuflada” priista, según Vargas Llosa, pudiera ser un modelo para “todas las dictaduras latinoamericanas” que habían intentado en vano “crear algo equivalente al PRI” (1990, 1 de septiembre, párr. 3-5).

El régimen priista era inimitable. No pudo ser imitado por ninguna de las dictaduras latinoamericanas. De ahí que ninguna de ellas consiguiera durar tanto como la priista. Ninguna duró tanto porque ninguna funcionó con tanta perfección como la dictadura mexicana en diversos campos, en especial algunos que aquí son los que más nos interesan: el ideológico y el psicológico, el psicosocial y el psicopolítico. En estos campos, en efecto, ninguna dictadura latinoamericana tuvo logros como los de la dictadura priista en México: ninguna supo arreglárselas para ser tan respetada y admirada, ninguna encontró la manera de proyectar y mantener una apariencia tan impecablemente democrática, ninguna tuvo tanto éxito al asegurar el asentimiento y el consenso, ninguna utilizó estrategias tan efectivas de persuasión y manipulación de la sociedad, ninguna ejerció un poder tan sutil, ninguna supo ser tan eficaz al canalizar el descontento, reabsorber toda oposición, tejer complicidades, embelesar y cautivar a los sujetos, comprarlos y poseerlos, chantajearlos y extorsionarlos, pervertirlos y corromperlos, atraparlos y dominarlos por dentro.

El régimen priista en el gobierno panista

El régimen priista hundió sus raíces en la sociedad y en la subjetividad, transformándolas radicalmente, haciendo que fueran aquello que debían ser para posibilitar la permanencia del régimen. Fue así como el régimen se convirtió en algo prácticamente invencible. Y, sin embargo, vimos cómo fue vencido en las elecciones de los años 2000 y 2006, cuando la presidencia fue ganada por el Partido Acción Nacional (PAN). Fue sin duda lo que vimos. ¿Pero sucedió realmente?

Hay suficientes indicios que nos permiten sostener que la dictadura priista no fue realmente vencida ni en el 2000 ni en el 2006. Por un lado, como lo sabemos por fuentes autorizadas como el excandidato priista Roberto Madrazo (2007) y el periodista Álvaro Delgado (2016), las derrotas del PRI en esos dos años fueron pactadas con el PAN y permitieron mantener las estructuras priistas de poder e influencia. Por otro lado, como es fácil percatarse y como ya fue magistralmente señalado por Marcos Roitman Rosenmann (2012, 10 de julio), los gobiernos panistas de Fox y Calderón únicamente constituyeron una continuación del priismo por otros medios, una prolongación encubierta de su dictadura perfecta, un reacomodo encaminado a la renovación y restauración de su orden social y de su cultura política, de sus formas de control y manipulación, de su corrupción y de sus prácticas antidemocráticas.

Desde luego que hubo importantes diferencias entre los gobiernos priistas y panistas. Era necesario que las hubiera. No había que ser tan obvios. La continuidad no podía ser demasiado evidente ni transparente. Los gobiernos panistas, además, debían cumplir con funciones precisas por las que debían diferenciarse de los gobiernos priistas, entre ellas la misma ilusión de cambio y de alternancia, la satisfacción del afán de novedad, la canalización del descontento y una ingeniosa reconfiguración mistificadora de las fuerzas políticas. De lo que se trataba, como en Lampedusa, es de que todo cambiara para que todo siguiera igual.

La perpetuación del régimen priista, después de setenta y un años de marcha y desgaste, requería de grandes cambios, como la alternancia en el poder, y de nuevos medios, como lo fueron los gobiernos panistas. El PAN en el poder constituyó una maniobra genial con la que se confirmó una vez más la perfección de la dictadura perfecta del PRI. Esta dictadura encontró la manera de transfigurarse para preservarse.

Para durar más de siete décadas, el régimen priista supo enmascararse con el gobierno panista. Esta idea podría inspirar una teoría conspirativa si tuviéramos la certeza de que todo fue urdido minuciosamente por cabezas tan perversas y poderosas como las que se atribuyen a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos. Puede ser que así haya sido, al menos en parte, pero no era necesario que lo fuera ni parcial ni totalmente para que ocurriera el fenómeno al que me refiero.

Para que el régimen priista se perpetuara mediante los gobiernos panistas, bastaba con que el PAN se fuera convirtiendo en una suerte de avatar del PRI a través de su participación en un sistema en el que dominaba el estilo priista de hacer política, ejercer el poder, gobernar, controlar, negociar, convencer, pensar, actuar. Este sistema terminó pervirtiendo al PAN y convirtiéndolo en otro PRI. Fue lo mismo que hizo con el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Es lo mismo que tal vez termine haciendo con el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).

Los partidos priistas

Sabemos que MORENA, como ya ocurrió con el PAN y con el PRD, se ha convertido en refugio para muchos priistas. Los de más peso, Manuel Bartlett y Esteban Moctezuma, son perfectas personificaciones de la dictadura perfecta. Bartlett era Secretario de Gobernación cuando se consumó el gran fraude electoral de 1988, mientras que Moctezuma, como titular de la misma secretaría en 1995, dirigió la llamada “traición de febrero” y la mayor persecución que hayan sufrido los zapatistas. ¿Acaso estos dos políticos no representan precisamente aquello contra lo que surge MORENA? ¿Por qué, entonces, forman parte de MORENA? Si este movimiento puede verse como la esperanza de México, es porque permite imaginar un México sin lo personificado por Bartlett y Moctezuma.

Sobra decir que el problema no radica en la personificación. Las personas, después de todo, pueden reformarse. No son ellas el problema. Ni siquiera lo son cuando son tantas como los militantes del PRI que se precipitan hacia MORENA como ya se precipitaron antes hacia el PAN o el PRD. No, el problema no son los priistas que saltan como ratas de su embarcación que se hunde para subirse a las naves que aún flotan, retomando una metáfora de Alain Badiou. El problema no son esos pobres náufragos que sólo quieren sobrevivir en la política, sino lo que representan y lo que anuncian, aquello de lo que son el signo y en lo que nos hacen pensar, a saber, el sistema que amenaza con apoderarse de la única alternativa electoral al sistema.

Desde luego que MORENA todavía no es un partido priista, como tampoco lo fueron el PRD y el PAN en la época en la que actuaban y se expresaban como auténticos partidos opositores. No hay que olvidar cómo el PAN se dedicó a importunar al PRI durante varias décadas. Tampoco debe olvidarse cómo el régimen priista llegó a sentirse amenazado por el PRD hasta el punto de masacrar a más de quinientos militantes perredistas en los años noventa del siglo XX.

El PAN y el PRD nunca fueron partidos paleros o paraestatales, como se les ha conocido tradicionalmente a los falsos partidos opositores creados por el mismo régimen priista, como antes el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (el PARM) y ahora el Partido Nueva Alianza (PANAL): astutos artilugios de una dictadura perfecta que ha sabido incluso generar su propia oposición para poder controlarla mejor. A diferencia de estos partidos paleros, el PAN y el PRD no surgieron por iniciativa del priismo, sino que aparecieron en franca oposición contra él. Fueron sus principales enemigos y rivales. Y, además, ofrecieron verdaderamente otras formas de hacer política. Sin embargo, con el paso del tiempo, su política se pareció cada vez más a la del priismo.

Los grandes partidos anti-priistas se dejaron corromper, cooptar y reabsorber por el priismo hasta el punto de convertirse en una suerte de nuevos partidos priistas que incurren de manera sistemática en todo aquello contra lo que luchaban en el pasado: el clientelismo, el favoritismo, el corporativismo, el acarreo, el desprecio por las bases, la demagogia, las falsas promesas, la propaganda engañosa, el control mediático, la censura, la corrupción, la compraventa de votos, las despensas, la explotación electoral de la miseria y todo lo demás que imposibilita la democracia en México. Todo el arsenal de la política dictatorial priista es utilizado por el PAN y por el PRD. Lo mismo ha ocurrido con partidos más pequeños como el Movimiento Ciudadano. Lo mismo también ha empezado a ocurrir en MORENA. Es como si el destino de todos los partidos opositores fuera el de terminar alimentando el cauce del priismo. Es como si el PRI se impusiera nuevamente como partido único al poseer a todas las demás opciones electorales.

¿Qué hacer?

En las próximas elecciones, como en las últimas y en las penúltimas y en las anteriores, tendremos que elegir entre varios partidos priistas y uno esperanzador que amenaza con volverse tan priista como los demás. Quizás, en definitiva, sea cual sea nuestro voto, habremos votado por el PRI. Tal vez tengamos aquí la última jugada magistral de la dictadura perfecta.

¿Qué hacer? Evidentemente la abstención o el voto nulo también sería una manera de votar por el mismo sistema que nunca se reproduce tan fácilmente como cuando le aportamos el apoyo de nuestra pasividad. Quien decide no hacer nada está permitiendo que siga dominando lo que domina: lo que se fortalece con todo lo que no le opone resistencia. Como la bella alma hegeliana, el abstencionista se está descargando ilusoriamente de su responsabilidad y de sus consecuencias, lo que tal vez le ofrezca un sentimiento de inocencia, pero no le da la inocencia. Por el contrario, lo convierte en el más culpable, pues le hace tener la culpa de todo lo que no intentó evitar. La dictadura perfecta, en efecto, no sólo ha sido sostenida por quienes han votado por el PRI o por los demás partidos priistas, sino también por los que no han votado contra ellos.

¿Entonces qué hacer para acabar con la dictadura perfecta? ¿Simplemente votar contra el priismo que no deja de avanzar y de ocupar nuevas posiciones? ¿Batirse así en retirada y refugiarse cada vez en el último reducto de la oposición? ¿Votar por el único partido que todavía no se ha dejado absorber totalmente por el priismo, como el PAN antier, el PRD ayer y MORENA hoy? ¿Votar, entonces, por lo que está cediendo y no por lo que ha cedido ya totalmente al régimen priista? ¿Esto es todo lo que nos queda? No lo sé, tal vez, pero sólo en el ámbito electoral.

Lo psicológico

El ámbito electoral, afortunadamente, no es el único en el que podemos luchar por la democracia y contra la dictadura perfecta. Existen otros campos de batalla. Y algunos, quizás, en definitiva, sean más básicos y decisivos que el de las elecciones. Tal es el caso de los campos que más deberían interesarnos en la psicología, los que involucran la subjetividad, aquellos en los que lo psíquico resulta indiscernible de lo político, los cuales, por lo tanto, exigen un acercamiento que podemos denominar “psicopolítico”.

Al abordar psicopolíticamente el problema de la dictadura perfecta, descubrimos en primer lugar, en el nivel psicológico en sentido estricto, una serie de factores subjetivos por los que se explican en parte los problemas objetivos que imposibilitan la democracia. Por ejemplo, si hay desvío de recursos públicos para financiar campañas, es porque hay en los sujetos un desprecio generalizado por lo público: un desprecio muy común en la sociedad mexicana, en la cual, paradójicamente, el dinero público, el de todos, el que debería ser más respetado, es a menudo el menos respetado, el que se gasta y se despilfarra con mayor facilidad, el que se roba con menos escrúpulos de conciencia. Por otro lado, si hay subordinación de los medios de comunicación a los poderes político-económicos, es por la condición pusilánime o venal, dominable o sobornable, de los periodistas que se dejan intimidar o comprar por lo políticos. De igual modo, la manipulación mediática puede tener éxito porque hay, en el plano subjetivo, la credulidad y la falta de espíritu crítico de los votantes que se dejan manipular por los medios. Que estos mismos votantes vendan su voto es asimismo por su disposición a vender su voto. Y si hay parcialidad en unos órganos electorales que benefician a su patrón o a su mejor postor, es por la deshonestidad característica de los funcionarios en el gobierno mexicano.

En todos los casos, hay algo psicológico por lo que podemos ofrecer una explicación de cada obstáculo para la democracia. La corrupción del Instituto Nacional Electoral se explica psicológicamente por la corruptibilidad de sus funcionarios, la compraventa de votos por la propensión de los votantes a vender sus votos, el engaño de los medios por aquello que se deja engañar en los votantes, el control de la información por la falta de honradez y de valentía de muchos periodistas, la financiación gubernamental de partidos por la desvalorización de lo público. Tenemos, por lo tanto, ciertas configuraciones de la subjetividad en las que vemos apoyarse firmemente la dictadura perfecta: votantes comprables y manipulables, funcionarios corruptos y sin respeto por lo público, periodistas cobardes y deshonestos. Mientras haya tales tipos de sujetos, imposible democratizar el país: no habrá manera de liberarse del yugo del régimen priista del PRI, del PAN, del PRD y quizás también próximamente de MORENA.

El priismo seguirá manteniendo su dictadura perfecta mientras no hayamos transformado todo aquello subjetivo que la sostiene. ¿Y cómo transformarlo? Esta pregunta quizás entusiasme a especialistas en la subjetividad como lo son los moralistas o los psicólogos, quienes quizás vean aquí la confirmación de su creencia de que el problema político de México es moral o psicológico y requiere una solución moral o psicológica.

Ya estamos familiarizados con ese lugar común: cada pueblo tiene el gobierno que se merece; el problema no es del gobierno, sino del pueblo, de las personas que se dejan entrampar y que venden sus votos; aquí radica el problema, y no es político, sino moral y psicológico… Esto es lo que se piensa muy a menudo. ¿Pero acaso esto no es incurrir en una moralización y psicologización de lo político, es decir, a fin de cuentas, en una despolitización de lo político? La respuesta es afirmativa. Estamos despolitizando lo político al suponer que el fundamento subjetivo de un fenómeno como el régimen priista ya no es político, sino moral o psicológico, anímico e interno, como si la subjetividad empezara cuando termina la política y cuando empieza la moralidad y la psicología.

La política

En realidad, como bien lo sabía Lacan (1960), la política es un lenguaje sin metalenguaje: un único lenguaje que se articula en lo subjetivo, en lo moral y en lo psicológico, así como en lo cultural y en lo socioeconómico. Todo esto se encuentra indisociablemente imbricado en el régimen priista. Y si hay que reconocer que lo subjetivo está en la base de las prácticas del régimen, también debe concederse que es el propio régimen el que se ha provisto de los tipos de sujetos que requiere para poder operar como lo hace. Estos sujetos, como cualesquiera otros, no son políticos porque decidan participar en política, sino porque se constituyen políticamente. Su politización es su constitución misma.

Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, la subjetividad ha sido constituida por el priismo de tal modo que pueda sostenerlo. De ahí que la sujeción al régimen priista pueda estar implicada en cierta subjetivación del mexicano. Ser sujeto, serlo aquí, es también a veces cargar con el Otro del priismo. Y a falta de un Otro del Otro, como diría Lacan, es el mismo priismo el que debe cargarse a sí mismo. Es por esto que el priismo también se manifiesta subjetivamente a través de un fundamento subjetivo que ni siquiera conseguimos diferenciar de lo fundamentado. La dictadura perfecta es también quienes la sostienen, quienes le dan vida y rostro, quienes la personifican, Salinas y Peña Nieto, Bartlett y Moctezuma, pero también los militantes de base y todos los demás, los votantes comprables y manipulables, los funcionarios corruptos y sin respeto por lo público, los periodistas deshonestos y cobardes. Todos ellos son la dictadura perfecta y no sólo su fundamento subjetivo.

Si los sujetos efectivamente sostienen el régimen priista, es porque son lo que deben ser para que el régimen pueda existir a través de ellos, como ellos, en ellos y no sólo sobre ellos. Ellos le dan su existencia a un régimen del que reciben su propio ser. Hay una cierta corrupción o deshonestidad, en efecto, que es una forma de ser priista, y al serlo, uno le permite al priismo existir con su propia existencia humana, ya sea que uno milite en el PRI, en el PAN, en el PRD o en MORENA, o que no sea militante de ningún partido.

El problema va más allá y más acá de la militancia, pero no por ello deja de ser esencialmente político. No es un problema que pueda resolverse con una reeducación moral o con un tratamiento psicoterapéutico. Es más bien algo que sólo puede tratarse a través de la acción política. ¿Y por qué? Porque es algo que se encuentra, no en el espacio interior en el que buscan incidir la moralidad y la psicología, no dentro del sujeto, sino más adentro, es decir, afuera, en el exterior, en ese espacio político al que siempre salimos cuando ahondamos demasiado en el sujeto.

La subjetividad, en efecto, es algo que se atraviesa cuando se profundiza. Cuando alcanzamos lo más íntimo del sujeto, llegamos al exterior, al intimum cordis de Agustín, al ser social en Marx, a lo éxtimo de Lacan. Es aquí afuera, en el fondo insondable del sujeto, en donde tenemos que enfrentarnos al régimen priista, el cual, en este nivel, aparece como aquello que subyace a lo mismo que lo sostiene en cada sujeto. Estamos llegando, pues, al meollo del priismo, a eso priista que hace que los votantes sean comprables y manipulables, eso que hace que los funcionarios sean corruptos y desprecien lo público, eso mismo que vuelve a los periodistas cobardes y deshonestos. ¿Qué es eso, en el priismo, con lo que se engendra la subjetividad requerida por el régimen priista?

Dinero y mercantilización de la política

Veamos. ¿Qué hace que los periodistas sean deshonestos, los funcionarios corruptos y los votantes comprables? En otras palabras: ¿qué se necesita para comprar un voto, corromper a un funcionario y contratar los servicios de un periodista deshonesto? La respuesta es muy sencilla: se necesita dinero. Es con dinero que puedo sobornar a periodistas, funcionarios y votantes, ya sea que lo haga directamente, con billetes, o indirectamente, con jugosos favores o con tarjetas de Soriana o con despensas u otras mercancías compradas con billetes. En todos los casos, el dinero es necesario para sobornar.

El soborno, desde luego, no sólo necesita de quien soborna y de su dinero, sino también de quien se deja sobornar, lo que nos plantea otra cuestión relacionada con la subjetividad. ¿Por qué se dejan sobornar los votantes, funcionarios y periodistas? Porque para ellos, ya sea por su miseria o por su avidez, el voto, la función pública o el trabajo periodístico son menos importantes que aquello con lo que se les puede sobornar. Es por esto, precisamente, que se dejan sobornar.

En el reino del soborno, lo más importante es el dinero, es decir, aquello que se necesita para sobornar. El reino del soborno es el reino del dinero, y no cualquier dinero, sino uno que se invierte para obtener algo más que al final suele representar más dinero. Por ejemplo, el dinero permite comprar votos con los que se obtienen diputaciones o presidencias con las que se adquieren a su vez poderes, contratos, salarios y accesos al presupuesto que aportan mucho más dinero del invertido inicialmente para comprar los votos. Lo mismo ocurre con el dinero para comprar a funcionarios y a periodistas: es una cantidad invertida para ganar una mayor cantidad al final.

Empezamos con el dinero y terminamos con más dinero, y entre el principio y el final, tenemos votos y puestos públicos reducidos a mercancías para obtener más dinero. La política entera se ve así mercantilizada. Su destino ahora es el de obedecer la ecuación fundamental del mercado en el capitalismo: dinero-mercancía-dinero, lo que Marx (1867) formulaba D-M-D, en donde el dinero deja de ser un medio para intercambiar mercancías y se convierte en el fin mismo de las mercancías, en aquello por lo que se venden y se compran, es decir, en este caso, en aquello por lo que existe la política.

Basta ver las actuales campañas y publicidades electorales para convencerse de que estamos en el mercado. La verdad inherente a la política no reside aquí en ella misma, en su valor intrínseco, en su valor de uso para la sociedad, sino en su valor de cambio para obtener cierto plus-valor al negociar con ella. Es en este valor de cambio en donde estriba paradójicamente su valor de uso. Estamos ante una de aquellas paradojas de la mercancía que fueron descritas y resueltas por Marx (1867). Nos encontramos en el mercado. Es en una lógica de mercado en donde tenemos que situar la política priista en su forma acabada.

Lo decisivo en el actual priismo no es ya la política, no es el puesto de elección popular en sí mismo, no es ni siquiera el poder, sino lo que se gana con el poder, o, mejor dicho, para ser más precisos, la diferencia entre lo que se gasta para comprarlo y lo que se gana al ejercerlo. Tenemos aquí, en una forma resumida, la fórmula del capital como proceso con el que se capitaliza una inversión inicial en dinero. Esta capitalización es una operación fundamental del régimen priista. Se realiza en todos los niveles: no sólo en la compra de puestos de elección popular, en la adquisición y explotación de los votos, de las notas periodísticas y de las decisiones electorales, sino en los intercambios de favores, en el favoritismo y el clientelismo, en el corporativismo, el acarreo, el trabajo sucio de los mapaches del SNTE, las extorsiones de los antorchistas, el uso de influencias, las contrataciones y licitaciones, las privatizaciones y todo lo demás.

Subsunción de la política en el capital

Todo termina efectuándose para ser capitalizado, para incrementar la inversión inicial, para enriquecerse. La riqueza tiende a ser lo que da sentido a una política priista que excluye la pobreza. De ahí que alguien con el cinismo de Carlos Hank González, fundador y mentor del aún dominante grupo Atlacomulco, pudiera sostener que “un político pobre es un pobre político” al tiempo que amasaba una fortuna gigantesca.

El enriquecimiento acaba siendo el fin último al que todos los demás propósitos quedan subordinados. El poder mismo se vuelve un simple medio para la producción de un plus-valor. El capital es el proceso en el que todas las operaciones del régimen priista quedan subsumidas. Podemos hablar, pues, retomando el famoso concepto de Marx (1866), de una subsunción de la política en el capital. Esta subsunción es real y no sólo formal, pues no sólo recurre a medios tradicionales, sino que ha generado toda una serie de nuevos dispositivos que no dejan de acumularse, complicarse y refinarse desde que se fundó el régimen priista hace casi un siglo.

El priismo ha sido siempre una expresión del sistema capitalista y de la sociedad burguesa. Quizás no lo fuera de manera evidente en sus orígenes. Debió depurarse durante décadas, tomar confianza y aceptarse a sí mismo como lo que era, desembarazarse de sus temores y pudores con Miguel Alemán y Carlos Salinas, desencantarse, desapasionarse y entregarse resignado a sus más bajas pulsiones. Es así como al final, sólo al final, ha conseguido revelarnos retroactivamente una verdad que había guiado toda su historia. Hoy en día sabemos que el capitalismo estaba ya en esa interrupción del proceso revolucionario, como diría Gilly (1971), que nos hizo pasar de los cañonazos de verdad a los de 50 mil pesos de Álvaro Obregón. Desde entonces hasta ahora, la avidez ha ido imponiéndose como el gran motor de un régimen priista que se consolidó precisamente cuando pasamos de los generales que buscaban aparentemente el poder por el poder a los civiles que buscan abiertamente el poder por la riqueza.

La dictadura perfecta del capitalismo

El ansia de riqueza le ha permitido al régimen priista insertarse de la mejor manera en el sistema capitalista mundial y en su ideología dominante. Esta inserción es una de las principales razones del éxito del régimen y de la permanencia de la dictadura perfecta. La dictadura del PRI es también perfecta porque es la dictadura del capital, es decir, de aquello que se ha mostrado capaz de vencer toda resistencia y de reinar en el mundo entero. Se trata, en efecto, de una dictadura y no de una democracia, de un sistema vertical y no horizontal, autoritario y no deliberativo. Sin embargo, al igual que el priismo, el capitalismo es una dictadura perfecta porque sabe disimular su carácter dictatorial y hacerse pasar por democrático.

Nuestra noción misma de la democracia, como democracia burguesa y liberal, es un dispositivo endiabladamente ingenioso para disimular y perpetuar la dictadura perfecta del capitalismo. Lacan (1972) describe tal dispositivo a través de su formulación de un discurso capitalista en el que el capital con su poder es enmascarado por el mismísimo sujeto de la democracia, el votante y el consumidor, el sujeto supuestamente libre para elegir, el que tiene la convicción de estar decidiendo entre las diferentes opciones de lo mismo, entre los diferentes partidos priistas, entre las diferentes versiones del mismo capitalismo, entre las diferentes marcas del mismo producto. Sea cual sea lo que decida comprar, el consumidor habrá comprado el capitalismo y habrá contribuido a su perpetuación. De igual modo, sea cual sea el partido por el que vote, el sujeto votará por el capitalismo, es decir, en México, por el priismo, por el régimen priista como expresión local del sistema capitalista.

La dictadura perfecta del capitalismo, al igual que la del priismo, ejerce un poder totalitario, sin alternativas evidentes, al ser todo aquello entre lo que se puede elegir. Su poder engloba incluso a quienes eligen, pues opera también a través de mecanismos de subjetivación. Tales mecanismos hacen que el capitalismo y el priismo hayan triunfado aún antes de la batalla: en la existencia misma de un sujeto que no tiene ya razones de luchar contra eso mismo de lo que él es la expresión. Un sujeto semejante sólo podrá perturbar el sistema por accidente, por error, por un lapsus o por un acto fallido, al soñar o al enfermarse, como lo ha constatado el psicoanálisis al tratar a los sujetos del capitalismo. Es en este nivel de la subjetividad, como ya lo mostramos en el caso del priismo, en el que se asegura la perfección de una dictadura capitalista que ha sabido coincidir con las aspiraciones más hondas y francas de la humanidad al crearse una humanidad a su imagen y semejanza.  Este capitalismo reduce cada vez más a sus opositores a la condición de inhumanos, locos, desadaptados, suicidas, marginales, rebeldes sin causa, tullidos, cojos, como los llamaba Lacan. Ante un ejército semejante, no sorprende que el capitalismo, como el priismo, haya conseguido eternizar su dictadura perfecta.

El capitalismo ejerce una dictadura tan perfecta como el priismo, lo que no es una coincidencia, ya que se trata de la misma dictadura. La perfección del régimen priista, como dictadura perfecta, viene a corroborar la perfección del sistema capitalista. Es la perfección por la que el capital nos gana todas las jugadas.

La democracia burguesa liberal y su verdad en la dictadura perfecta del PRI

El Estado capitalista es el único exitoso en el sistema capitalista, como lo muestra elocuentemente el régimen priista, porque es el Estado mismo del sistema, su forma política, su cara y al mismo tiempo la máscara que lo disimula, como bien lo han denunciado Marx (1843), Engels (1878), Lenin (1917) y otros marxistas. El marxismo nos ha enseñado también cómo el Estado le sirve a la clase dominante para ejercer eficazmente su dominación al disimularla bajo una forma de consenso y totalidad. El Estado necesita presentarse como un Estado para todos para poder cumplir adecuadamente su función para algunos.

Quienes encarnan el capital, así como fundamentalmente lo encarnado por ellos, es lo que el Estado capitalista debe arreglárselas para servir en secreto a cada momento, lo que no es nada fácil, pues no hay nada más complicado y cambiante que el capitalismo. Si un Estado capitalista fracasa, es porque no sabe traducir toda la complejidad y versatilidad propia del capitalismo, porque no sabe seguir el ritmo vertiginoso del sistema capitalista, porque no sabe gestionar sus contradicciones al transformarse incesantemente. Es todo esto lo que ha sabido hacer magistralmente el régimen priista. Es aquello por lo cual, según Vargas Llosa, otras dictaduras latinoamericanas han intentado en vano imitar la dictadura perfecta del PRI.

La perfección de la dictadura perfecta mexicana, como ya lo sugerimos, ha sido asegurada por su perfecta inserción en el sistema capitalista. Es verdad que esta inserción ha sido periférica y dependiente, ha venido acompañada por aspectos precapitalistas y ha estado mediada por el imperialismo, y todo esto, como bien lo ha mostrado González Casanova (1965), no ha permitido que se consolide una democracia burguesa y liberal como la que han gozado otros países en Europa y Norteamérica. Pero tales particularidades han sido precisamente las que han posibilitado el desarrollo de una dictadura perfecta que nos descubre, como un síntoma, la verdad oculta de cualquier democracia burguesa liberal.

Aquellos regímenes democráticos europeos que tanto envidiamos no son más que mistificaciones imperfectas de la tiranía del capital. Su imperfección es desde luego una concesión del capitalismo, es decir, una pequeña victoria de la sociedad sobre el sistema capitalista, del sujeto sobre el vampiro del capital, de la vida sobre la muerte. Pero desde luego que este breve tropiezo del capital no interrumpe su marcha triunfal que nos está destruyendo y que lo está destruyendo todo a su paso por el mundo. Es una simple cuestión de tiempo. Tan sólo se retrasa la destrucción. Es quizás lo más a lo que podemos aspirar en este momento. Es tal vez el único triste criterio por el que podremos decidir nuestro voto en las próximas elecciones.

Nuestra Universidad Michoacana

Charla organizada por los colectivos Nosotros y Grupo Violeta en el Museo de la Ciudad de Zamora, en la Antigua Estación de Ferrocarril, el viernes 9 de febrero de 2018. La charla fue publicada como artículo en Michoacán 3.0, el 10 de febrero de 2018.

David Pavón-Cuéllar

La universidad como lugar de trabajo y de trámites burocráticos

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo no es la misma para todos los que forman parte de ella. Para muchos estudiantes, la universidad no es más que la enorme dependencia gubernamental en la que se tramitan y se expiden calificaciones y títulos universitarios. El trámite para obtener una licenciatura es tan engorroso como cualquier trámite burocrático. Y además es demasiado largo. Se prolonga inútilmente durante varios años. Dura tanto como unos estudios que no son más que el eufemismo con el que nos referimos a los trámites.

Para tramitar el título, hay que pasar cuatro y hasta cinco años en esas extrañas salas de espera a las que denominamos “aulas” o “salones de clase”. Y mientras dura la espera, se debe pasar el tiempo escuchando a esos docentes que no son más que una especie de burócratas, recepcionistas o secretarias, que sólo sirven para proporcionar las informaciones y revisar los documentos que se requieren para obtener unas calificaciones que son a su vez el requisito para expedir los títulos.

Conozco a muchos docentes que se perciben a sí mismos como son percibidos por los estudiantes a los que acabo de referirme. Unos y otros se confirman recíprocamente su visión de los estudios como trámites burocráticos. Unos y otros proceden como si la evaluación fuera la verdad secreta de todo lo que se aprende y se enseña. Los conocimientos no son aquí más que un trámite y carecen de verdad intrínseca. Su verdad está en la evaluación. De lo que se trata es de evaluar y ser evaluado. Mientras que los estudiantes son evaluados para llegar a su titulación, los docentes evalúan para ganar su remuneración. Es todo lo que se espera de la universidad: que evalúe, que titule y remunere.

A mediano y a largo plazo, los estudiantes esperan tan sólo una calificación y finalmente una titulación que les asegure una profesión que les dé para vivir en el futuro. Por su parte, los docentes, que ya tienen su profesión, únicamente esperan su quincena para vivir y finalmente su jubilación que les permita seguir viviendo en la vejez. Para estos docentes, la universidad es como cualquier otro lugar de trabajo. Es un lugar en el que uno hace lo que debe hacer para ganar su salario. Es en este salario en el que radica el sentido esencial de todo lo que se hace.

La universidad como empresa y mercado

Lo que estoy diciendo, en realidad, se ha complicado en los últimos años. Desde hace algún tiempo, con la irrupción del neoliberalismo en la universidad, los salarios han ido perdiendo su valor proporcional y todo ha empezado a girar en torno a los suplementos que se agregan al salario, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Estímulo al Desempeño (ESDEPED). Estos estímulos han adquirido tanta importancia porque permiten duplicar y a veces hasta triplicar el salario. Los docentes ganan cada vez menos por su salario y cada vez más por el SNI o el ESDEPED.

¿Y cómo se obtienen los estímulos? A cambio de puntos que se consiguen con productos como tesis dirigidas, tutorías suministradas, artículos publicados o ponencias presentadas en congresos. Todo lo que el profesor-investigador hacía gratuitamente en el pasado, todo lo que hacía por obligación o por gusto, de manera forzada o sincera y auténtica, ahora lo hace de manera tramposa, por afán de lucro, a cambio de una ganancia en puntos que se canjean por pesos. Lo mismo observamos en los estudiantes que andan a la caza de apoyos como los de ayudantes de investigadores o becarios del Programa Nacional de Posgrados de Calidad. Todo esto hace que la nueva universidad, la universidad neoliberal, sea un mercado para hacer negocios, un enorme recinto para vender y comprar y entrampar y regatear, un lugar sucio y corrupto en el que los docentes y los estudiantes intercambian calificaciones y puntos que valen pesos. Al final, como era previsible, todo termina operando cuantitativamente para poder convertirse al final en el dinero que imprime su funcionamiento cuantitativo a todo lo demás.

Una vez que el dinero y el provecho monetario dominan la universidad pública, podemos decir que esta universidad está ya privatizada en cierto modo. Esto hace que se nos aparezca de pronto, no sólo como un mercado, sino como una empresa, como una empresa privada, que debe ser autosuficiente o que puede llegar a declararse en quiebra o insolvencia. Es la misma lógica empresarial y mercantil por la que una universidad pública se pone a competir, no sólo por lugares en los rankings de las universidades, sino por más recursos, por acreditaciones que aseguran más recursos y por números de integrantes del SNI o de programas PNPC que aseguran acreditaciones. La universidad neoliberal es vista como una empresa que debe ser competitiva en el mercado nacional e internacional de la educación superior. Ella misma es también percibida internamente como un mercado en el que los docentes deben competir unos con otros como empresarios.

Los docentes-empresarios van ganando terreno sobre los docentes-burócratas. Los trabajadores del sector público van perdiendo posiciones que ceden a los profesores-investigadores que ya no se perciben como trabajadores, sino como comerciantes independientes que adquieren sus ingresos en forma de ganancias a cambio de productos académicos. Estos nuevos universitarios alcanzan a tener muy altos ingresos que se reflejan en su forma de vida, en las escuelas y universidades privadas tan onerosas en las que estudian sus hijos, en su abandono del transporte público, en sus coches caros y en los barrios burgueses en los que habitan, en sus viajes y en los restaurantes y hoteles elegantes que escogen al viajar, así como también en su concepción de los sindicatos como grupos de interés y gremios de comerciantes, en su insistencia en distinguirse de los intendentes y los demás trabajadores universitarios, en su desprecio por los profesores que aún se perciben como simples burócratas y que no han sabido, como ellos, lucrar exitosamente con la educación y la investigación.

Para los nuevos docentes-empresarios del neoliberalismo, la Universidad Michoacana es una empresa y un mercado, un emocionante lugar para hacer negocios, mientras que para los docentes burócratas, como vimos, era y sigue siendo un aburrido lugar de trabajo, un sitio para ganar el pan diario con un salario bastante modesto que no se compara con las altas remuneraciones de los docentes-empresarios. Actualmente vemos coexistir estas dos universidades michoacanas, la de abajo y la de arriba, la de siempre y la nueva, la que se empobrece y la que se enriquece, la que retrocede y la que avanza, la burocrática y la empresarial, la de la educación como trámite y la de la educación como negocio, la del Estado benefactor y la del Estado neoliberal.

La universidad como trampolín y botín político

Ahora bien, además de una destartalada maquinaria burocrática-gubernamental y de un flamante artilugio mercantil-empresarial, ¿acaso nuestra universidad no es nada más? Desde luego que lo es. Para los gobiernos estatales y para los partidos políticos, por ejemplo, es una plaza estratégica y un valioso botín. Es también un trampolín hacia el poder para ciertos rectores, como Salvador Jara, quien evidentemente instrumentalizó la institución y la sacrificó a sus ambiciones.

Cuando la Universidad Michoacana es vista como un trampolín o como un botín político, se hace uso de ella para un provecho personal, tal como se le utiliza también para el mismo provecho personal cuando se le concibe como un mercado, como una empresa o como una dependencia gubernamental. Unos reciben salarios, calificaciones y títulos de la universidad mientras otros consiguen jugosas ganancias y ocasiones de negocios académicos, y otros más obtienen poder, influencias y diversas canonjías. Cada uno saca su tajada.

La Universidad Michoacana tiene algo para cada uno: para quien sigue sus ambiciones políticas, para quien desea enriquecerse y para quien sólo quiere una quincena o un salario para sobrevivir. Para cada uno de ellos, la universidad cumple funciones diferentes. El problema es que estas funciones adquieren tanta importancia que al final terminamos creyendo que la universidad sólo existe para cumplirlas. Es entonces cuando se nos olvidan otras funciones de la universidad, incluso aquellas funciones básicas y generales por la que existe cualquier universidad.

La universidad como universidad

¿Para qué existe una universidad? No para expedir títulos ni para pagar salarios ni para obtener becas ni para enriquecer y aburguesar a los investigadores nacionales ni mucho menos para que los rectores lleguen a puestos de subsecretarios en el gobierno federal. No es para todo esto para lo que sirve una universidad, sino para cumplir funciones tan fundamentales como las que no dejan de proclamarse a los cuatro vientos en el mismo ámbito universitario: la enseñanza y el aprendizaje, la formación de los futuros profesionistas, la docencia y la verdadera investigación, la generación y la difusión de conocimiento, la acumulación y la transmisión del saber, la discusión y la reflexión crítica sobre lo que ocurre en el mundo, etc.

Las funciones recién mencionadas son las funciones mínimas que debe cumplir una universidad para seguir siendo la universidad que es. Cuando no se cumplen estas funciones y se prefiere cumplir aquellas otras a las que ya nos referimos antes, la universidad deja de ser una universidad para convertirse en otras cosas: oficina, sala de espera, mercado, empresa, botín o trampolín. Todo esto puede ser útil, pero no es la universidad porque no cumple con las funciones de la universidad.

Las funciones de la universidad son conocidas por todos los universitarios. El problema es que poco a poco se han ido convirtiendo en pretextos o justificaciones que sólo sirven para encubrir las verdaderas funciones que se han asignado a la institución. Es así como la universidad se vacía de contenido, se ahueca de sí misma, y se va convirtiendo en la fachada superficial que disimula todo aquello que la posee por dentro y que no tiene absolutamente nada que ver con la universidad: las influencias, los poderes, los trámites, las acreditaciones, las calificaciones, los puntos, los pesos, los niveles en el ESDEPED y en el SNI, los otros estímulos y todo lo demás. Todo esto es como un amasijo de larvas, de parásitos que están corrompiéndolo todo, que están devorando la médula misma de la universidad tras la fachada universitaria.

¿Pero acaso la Universidad Michoacana se ha convertido ya en una cáscara vacía? No, todavía no, aún hay una universidad en la universidad. Hay todavía enseñanza y aprendizaje, investigación y reflexión, formación de excelentes profesionistas y muchas cosas más. A pesar de tanta simulación, la universidad sigue existiendo auténticamente como universidad. La universidad como universidad no sólo ha sobrevivido a los últimos recortes presupuestales, sino también a todo lo que la carcome por dentro, a todo lo que la va destruyendo, a la eterna politiquería estatal, al viejo burocratismo y ahora también a la nueva tecnocracia. Todo esto, por más que afecte y amenace la actividad universitaria, no ha impedido que la universidad siga cumpliendo sus funciones y siga siendo así una universidad.

Nuestra universidad en su historia

Nuestra universidad no deja de ser una universidad en la que se cumplen cotidianamente las funciones propias de cualquier universidad. Y además de continuar cumpliendo estas funciones y seguir siendo lo que es, la Universidad Michoacana es todavía nuestra universidad, la Universidad Michoacana, diferente de cualquier otra y aún capaz de cumplir aquellas funciones por las que se ha distinguido en la historia. No me refiero, desde luego, a las mezquinas funciones burocráticas, políticas y mercantiles-empresariales que ya mencioné y que resultan profundamente incompatibles con una universidad. No, no estoy pensando en estas funciones que devoran por dentro el ámbito universitario, sino en otras con las que se profundizan y radicalizan las funciones propias de la universidad como universidad.

En la Universidad Michoacana, por ejemplo, ha sido muy común que enseñemos, no sólo a ejercer una especialidad profesional, sino a ejercerla en un sentido subversivo y transformador. Nuestros estudiantes han aprendido frecuentemente a cuestionar, denunciar y revindicar, y no sólo a curar, calcular, convencer o razonar. Además de formar a buenos profesionistas, los nicolaitas hemos formado a luchadores consecuentes, líderes populares, defensores de sus comunidades y hasta héroes de la historia de México. Hemos transmitido gérmenes de rebeldía, ideales y no sólo conocimientos, aspiraciones y no sólo saberes. Muchos de nuestros docentes y rectores no han sido sólo científicos e intelectuales respetables, sino también modelos de lucha, pensadores críticos, revolucionarios y reformadores sociales, combatientes por la justicia y por la igualdad.

Lo que estoy diciendo no basta para describir aquello en lo que estoy pensando, aquello por lo que se distingue nuestra Universidad Michoacana, pues no se trata de algo abstracto y general, sino de algo tan concreto y tan singular que tan sólo puede llegar a vislumbrarse al recordar sus expresiones históricas. Es en su larga historia en la que nuestra institución ha desplegado todo aquello por lo que se distingue. Lo distintivamente nicolaita es lo que se ha manifestado, por ejemplo, en las ideas y en los actos de las grandes figuras cuyos nombres pautan la historia de la Universidad Michoacana.

El nicolaicismo y su lucha por la igualdad y por el respeto a los indígenas

Lo nicolaita empezó a esbozarse cuando nuestro fundador Vasco de Quiroga, quien estableció el Colegio de San Nicolás Obispo en 1540, defendió a los indígenas purépechas contra el desprecio y contra los abusos de los que eran víctimas, y terminó legándoles el Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Esta gratuidad sigue siendo una bandera de lucha para los estudiantes de la Universidad Michoacana. Lo nicolaita se mantiene vivo a través de la educación gratuita de los miles de indígenas que pasan diariamente por las aulas de nuestra universidad.

No son ya sólo purépechas, sino nahuas, otomíes, mixtecos, tzotziles y muchos otros que sólo pueden hacer estudios universitarios porque existe la Universidad Michoacana con su gratuidad y sus casas de estudiantes. Nuestra universidad se distingue así por el vínculo profundo que la une a los pueblos originarios y que le hace pagarles al menos una ínfima parte de la enorme deuda que se ha contraído con ellos. Esta deuda fue ya reconocida por Vasco de Quiroga. Reconocerla es una manera de ser nicolaita.

El mismo elemento nicolaita volvió a manifestarse cuando Miguel Hidalgo, estudiante, maestro y rector de nuestra universidad, se lanzó también a la defensa de los indígenas mediante su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. Esta misma defensa de los indígenas, indisociable de lo nicolaita, fue retomada por otro estudiante del Colegio de San Nicolás, José María Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias de los frutos propios de este reino” y abolió cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.

El nicolaicismo y su lucha por nuestra libertad y nuestra independencia

Como bien sabemos, además de haber defendido la igualdad y el respeto a los indígenas, los nicolaitas Hidalgo y Morelos combatieron y murieron por nuestra libertad y así abrieron el camino que llevó a que México se independizara del yugo colonial español. Este camino fue también desbrozado por otros alumnos del Colegio de San Nicolás, entre ellos Ignacio López Rayón, José María Izazaga y José Sixto Verduzco. No es retórica vacía cuando se afirma que nuestra universidad es cuna de la independencia de nuestro país.

Tanto se comprometieron los nicolaitas con los ideales de libertad e independencia que el gobierno colonial decidió clausurar el Colegio de San Nicolás. Esta clausura es muy significativa. Confirma la manera en que lo nicolaita se asocia con unas aspiraciones de libertad e independencia que siguen siendo vigentes ante la situación dependiente neocolonial de México.

En 1845, varios años después del triunfo de la Independencia, el Colegio de San Nicolás fue reabierto bajo el nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Su reapertura fue posible por el empeño de otro ardiente defensor de nuestra libertad, el gobernador y político liberal Melchor Ocampo, quien le heredó a nuestra universidad, no sólo su biblioteca privada, una de las mejores de la época en México, sino su propio corazón conservado en formol.

El nicolaicismo y su lucha por el socialismo

Melchor Ocampo también pasó a la historia por luchar contra los privilegios y por el trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta lucha por la igualdad, que había sido ya la de Morelos, es otro aspecto definitorio del nicolaicismo. La vemos reaparecer en los tiempos de la Revolución Mexicana y materializarse en el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, la cual, entre 1915 y 1918, ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.

El primer albergue estudiantil fue cerrado en 1918 por un revolucionario moderado, el gobernador Pascual Ortiz Rubio, el mismo que un año antes, en 1917, fundara la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, la primera universidad autónoma de América Latina. Es preciso entender que esta nueva forma institucional universitaria del Colegio de San Nicolás no fue una simple gestión burocrática del gobernador, sino una consecuencia directa de la gesta revolucionaria. Fue la Revolución Mexicana la que se expresó en la existencia misma de la universidad y especialmente a través del socialismo nicolaita: la expresión más acabada, radical y consecuente del espíritu igualitario del nicolaicismo y de los ideales de la Revolución Mexicana.

El primer gran exponente del socialismo nicolaita, Isaac Arriaga, alumno y maestro del Colegio de San Nicolás, participó en la Revolución Mexicana, hizo reparto de tierras entre los campesinos michoacanos y terminó siendo asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. En las siguientes décadas, esta misma furia se desató una y otra vez contra la izquierda nicolaita, siempre atacada por el sector empresarial y por el ala derechista del gobierno, lo que no le impidió tener a valiosos exponentes entre los rectores de la universidad, como Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Porfirio García de León entre 1946 y 1949, y Eli de Gortari entre 1961 y 1963, todos ellos estrechamente vinculados con el cardenismo, con el proyecto nacional de educación socialista y con los propios estudiantes nicolaitas. No hay que olvidar que Vázquez Pallares debió rendir protesta como rector ante los mismos estudiantes, mientras que García de León y Eli de Gortari contaron con el apoyo de movilizaciones estudiantiles que fueron duramente reprimidas. Esta represión llegó hasta el asesinato de cuatro estudiantes: Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl en 1949, Manuel Oropeza García en 1963 y Everardo Rodríguez Orbe en 1966.

El socialismo nicolaita no sólo provocó la represión gubernamental, sino que ayudó a que resurgieran las casas de estudiantes y que funcionaran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. Fue también gracias al mismo socialismo nicolaita que hubo los dos momentos de mayor esplendor intelectual en la historia de la universidad. En el primero, que se extendió entre los años treinta y cuarenta del siglo XX y que se vio promovido por el rector Vázquez Pallares y favorecido por el exilio de la Guerra Civil Española, nuestra universidad acogió a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el intelectual cubano Juan Marinello, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles Juan David García Bacca, José Gaos, Ramón Xirau, María Zambrano, Adolfo Sánchez Vázquez y José Manuel Gallegos Rocafull, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió en 1948 un golpe de estado que lo hizo regresar a Morelia.

En el segundo momento de efervescencia intelectual de nuestra universidad, auspiciado por los rectores marxistas Elí de Gortari (entre 1961 y 1963) y Alberto Bremauntz (entre 1963 y 1966), contamos entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época, entre ellos el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el politólogo Arnaldo Córdova, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos José Luis Balcárcel y Jaime Díaz Rozzotto. Estos distinguidos profesores fueron destituidos por la misma represión del gobernador Agustín Arriaga Rivera que se deshizo del rector Elí de Gortari, que asesinó a Manuel Oropeza en 1963 y a Everardo Rodríguez en 1966, y que en el mismo año de 1966 encarceló a dos futuros grandes exponentes de la izquierda nicolaita: el poeta comunista Ramón Martínez Ocaranza, primero estudiante y luego docente de nuestra universidad, y el incansable luchador Efrén Capiz Villegas, quien estudió también en la Universidad Michoacana y fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ), que ha sido una eficaz arma de lucha de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero que también ha sufrido una violencia represiva que se ha saldado con el asesinato de más de setenta de sus miembros y con innumerables encarcelamientos, desalojos y torturas.

La Universidad Michoacana como lugar de trabajo, resistencia y lucha

La brutal violencia contra los comuneros de la UCEZ no debe disociarse de la represión contra los docentes y los estudiantes de la izquierda nicolaita. El proyecto de esta izquierda, lo mismo en su aspecto crítico reflexivo que en su orientación práctica socialista e igualitarista, no debe abstraerse tampoco de la historia de luchas populares en Michoacán, México y América Latina. Esta historia, de hecho, se ha visto nutrida una y otra vez por los nicolaitas a través de organizaciones como la UCEZ e incluso a través de una guerrilla como el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), pero también con movilizaciones como las recientes por Ayotzinapa e iniciativas como la del apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas que luchan por su autonomía.

En todos los casos, ahora como en tiempos de Miguel Hidalgo y de Isaac Arriaga, vemos coincidir las aspiraciones de los universitarios con las del pueblo que vive y sufre afuera de la universidad. Esto es lógico. Los michoacanos, mexicanos y latinoamericanos han luchado incesantemente por las mismas causas de lucha de los nicolaitas: por el respeto a los pueblos originarios, por nuestra libertad y nuestra independencia, por la igualdad y los demás ideales de la auténtica Revolución Mexicana, la que parece haberse perdido, la interrumpida, la que todavía no se ha ganado.

No es exagerado sostener que nuestra Universidad Michoacana es también un bastión revolucionario e independentista. Mientras que los políticos y gobernantes corruptos y vende-patrias no dejan de hacer todo lo que pueden para destruir el valioso legado histórico de la Independencia y de la Revolución Mexicana, muchos nicolaitas han intentado preservarlo con sus luchas, pero también simplemente a través de la educación gratuita y popular ofrecida en la universidad pública. Esto hace que deban trabajar para preservar la universidad, la universidad como universidad, lo que no se consigue sino al oponerse a todo lo que la está degradando: el burocratismo tedioso y estúpido, la mezquina tecnocracia capitalista neoliberal y la tramposa instrumentalización política de la institución.

Lo que está devorando interiormente a nuestra universidad es lo mismo que está destruyendo a nuestro país y a nuestro continente: el capitalismo, el neoliberalismo, la desigualdad, la corrupción, la politiquería, la simulación. Luchar contra todo esto es lo mismo que trabajar en la universidad como universidad, en ella y por ella, y así resistir contra lo que la carcome por dentro. La resistencia es la única forma honesta en la que puede hacerse hoy en día el trabajo docente universitario, haciéndolo de verdad, sin trampas ni simulaciones. Para un profesor de la universidad, enseñar de verdad ya es resistir, y resistir es empezar a luchar.

Nuestro ser producido por el capitalismo neoliberal

Presentación del libro Infancias, entre espectros y trastornos, de Liora Stavchansky y Gisela Untoiglich (México, Paradiso, 2017), con la participación de Manuel Gil Antón, en la Escuela Normal Urbana Federal Jesús Romero Flores, en Morelia, Michoacán, México, el sábado 3 de febrero 2018.

David Pavón-Cuéllar

La infancia y nuestro ser

La infancia es algo así como un tiempo indefinido que tenemos para convertirnos en lo que se ha dispuesto que seamos. Nuestra conversión podrá ser insuficiente, defectuosa e incluso interminable, pero no por ello deja de suceder fatalmente como una catástrofe que nos constituye y como un destino del que no podemos nunca escapar. Somos a cada momento aquello que se habrá hecho que seamos en esa infancia que tal vez jamás concluya.

Escribir de verdad sobre la infancia, como lo hacen Liora Stavchansky y Gisela Untoiglich, es también referirse a la generación de un ser que no podemos nunca dejar definitivamente detrás de nosotros. Nuestro propio ser es lo que está en juego en la infancia. Y este ser, por más íntimo que sea y por más profundo que llegue a calar dentro de nosotros, es algo que se produce afuera: en un exterior que no sólo es el de la familia, sino el de todo lo que la constituye, como el sistema socioeconómico, la cultura y la trama de la historia.

Hoy en día, por ejemplo, el capitalismo neoliberal juega un papel cada vez más decisivo en el proceso que produce aquello en lo que habremos de convertirnos durante nuestra infancia. La producción infantil de nuestro ser, por lo tanto, es también un asunto del sistema socioeconómico y no sólo de la configuración familiar. Evitando cualquier tentación familiarista, Stavchansky y Untoiglich reconocen esto, y así, al reconocerlo, pueden ofrecernos valiosas observaciones teóricas y clínicas acerca de la manera en que el sistema produce nuestro ser durante la infancia. Tales observaciones, a su vez, comportan lo que a mí personalmente me interesa más en su libro, a saber, una penetrante caracterización de aquello en lo que nuestro ser puede convertirse como producto del capital en el neoliberalismo.

Nuestro ser producido por el capitalismo neoliberal es aquello sobre lo que deseo reflexionar ahora. Mi reflexión estará centrada en seis formas que este ser adopta para Stavchansky y Untoiglich (2017). Tales formas hacen aparecer nuestro ser: como ser completo, no castrado; como ser autista, no enlazado; como ser en acto, sin palabra; como ser objetivo, no subjetivo; como ser neural y orgánico, no social-histórico; y como ser normal, no singular. Así, bajo estas seis formas, es como se manifiesta nuestro ser en el capitalismo neoliberal. Así es también como este capitalismo lo produce.

Ser completo

Nuestro ser, tal como es producido por el capitalismo neoliberal, se nos presenta primeramente como un ser acabado, realizado, colmado, lleno de sí. Es el ser de la imagen que se proyecta en las innumerables pantallas especulares que nos rodean. Según la elocuente caracterización de Stavchansky, es un ser “completo, pleno, idílico, sin fisuras”, flotando en la “satisfacción perpetua” del narcisismo, en el “goce” y “sin deseo” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 34).

Desear no vende. Pensemos en la publicidad que nos acosa por todos lados. Los actores de los anuncios promocionales no están ahí para desear nada, sino para gozar de lo que nos ofrecen. Delatan el goce en su actitud afectada, forzada y exagerada. Lo tienen todo: todo lo que nosotros deberíamos comprar. Es claro que no hay lugar para el deseo en este modelo publicitario de subjetivación.

El sujeto paradigmático de la publicidad, aquel al que debemos parecernos, es un sujeto eternamente satisfecho, gozoso, exultante, sin falta, no-castrado. El reconocimiento de nuestra castración es evitado por todos los medios. Cuando los medios ideológicos y psicológicos no funcionan, debe recurrirse a los fisiológicos. Los medicamentos, como bien lo señala Stavchansky, prometen y a veces consiguen “elidir la castración” al eliminar “las imposibilidades y los fracasos” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 35).

Los defectos constitutivos del sujeto, las huellas de su castración y las ocasiones de su deseo, pueden compensarse eficazmente con el fármaco. Este fármaco logra curar ciertamente al sujeto, pero al precio de curarlo de sí mismo. La fórmula química suprime la ecuación del sujeto al rectificar los errores en los que estriba el sujeto: los mismos errores en los que se revela el inconsciente. El revelador síntoma desaparece con el restablecimiento químico de la engañosa normalidad.

Una pastilla llena el vacío del deseo en el que radica la verdad misma de sujeto. Lo verdadero, lo sufrido por el sujeto, cede su lugar a lo alegremente anestesiado, embotado, atontado por los narcóticos. La psiquiatría y la farmacología, como también lo muestra Stavchansky, pueden incluso asegurar una “voluntad” y una “soberanía absoluta” que nos recuerdan al fantasma sadeano (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 45).

Sade parece revivir en el sujeto neoliberal que se vale de fármacos y de otros medios para llegar a sentirse “amo de sus acciones”, lo cual, por cierto, como bien lo advierte la propia Stavchansky, es “la servidumbre más atroz, voraz, atenazadora” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 36). ¿No es acaso la servidumbre que se apreciaba ya en los interminables y agotadores juegos sexuales del Marqués de Sade? Sade tenía que someterse una y otra vez a su poder. Es lo mismo que ocurre con el consumista completamente subyugado por su poder adquisitivo. Nadie tan esclavo como el amo de sí mismo.

Ser autista

El amo de sí mismo no sólo se domina, sino que se aparta de los demás para protegerse de todo lo que pudiera liberarlo de sí mismo. Para dominarse a sí mismo, se encierra en sí mismo. Se aísla en sí mismo.

El aislamiento es característico del sujeto del capitalismo neoliberal. Este sujeto “rompe sus vínculos” con los otros (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 82). Es así como se torna el consumidor perfecto: aislado y desvinculado, sin compromiso, totalmente receptivo, pasivo, atrapado en la posición de objeto de su fantasma, cautivo de todo aquello que lo interpela, indefenso ante la moda y la publicidad, obedeciendo todo aquello que pueda sacarlo de su aburrimiento al distraerlo en una satisfacción auto-erótica. Es el consumidor al que Stavchansky describe justamente como “autista” (p. 88).

El consumidor perfecto, significativamente, se encuentra en la misma posición del trabajador perfecto de Marx. Es como un proletario aislado, confinado en su “individualidad” y “sin lazo social” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 86). En lugar de este lazo, el proletario debe relacionarse incesantemente con la máquina y con la línea de producción, tal como el consumidor perfecto se mantiene pegado a la red social y al “gadget”, al celular o a la tablet o a cualquier otro dispositivo electrónico (p. 85).

Aquí Stavchansky sigue la tesis de Lacan: el sujeto de nuestra época se proletariza en el consumo lo mismo que en el trabajo, en el sistema simbólico lo mismo que en el económico, en el lenguaje lo mismo que en el capitalismo. Es así como se desarrolla el “síntoma social” de una condición proletaria consistente precisamente en la falta de “lazos sociales” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, pp. 85-86). A falta de lazos, tenemos redes sociales, comunidades virtuales, muros y amigos, likes y muchas otras expresiones del mismo síntoma social de nuestro aislamiento.

Ser en acto

Nuestro aislamiento en el capitalismo neoliberal no excluye interacciones como las que establecemos en el Facebook o en el WhatsApp. Tales interacciones tampoco excluyen las palabras, pero sabemos que se trata de palabras cada vez más desgastadas, simplificadas, rudimentarias, elementales, reflejas, automáticas e intercambiables. Podemos intercambiarlas, hacerlas circular, darlas y recibirlas con facilidad. Podemos también contarlas y acumularlas, pero es cada vez más difícil distinguirlas unas de otras.

Los agradecimientos y las felicitaciones provenientes de sujetos diferentes pueden resultar perfectamente equivalentes en una conversación pública en la red social. ¡Y qué decir de los corazoncitos y los deditos alzados! Tan sólo podemos diferenciarlos al multiplicarlos. Ya no funcionan cualitativamente como el lenguaje, sino cuantitativamente como el dinero que lo gobierna todo en este mundo convertido en mercado. Soy el número de unidades simbólicas dadas o recibidas. No existen aquí las condiciones mínimas de realización de nuestra singularidad. Hemos perdido lo real de aquella letra por la que nos jugamos la vida en lo simbólico. Nos hemos quedado sin entonación y sin gesto, sin fisonomía y sin presencia.

Incluso cuando nuestra presencia no se ve usurpada por la fantasmagoría de las caritas sonrientes o tristes o enojadas, las nuevas comunicaciones tienden a exigir palabras que pueden prescindir totalmente del sujeto, es decir, palabras que se han vaciado, que están vacías, que sólo existen por su función, que sólo valen por su valor de cambio. ¿Cómo no recordar esas monedas ya borradas que nos pasamos en silencio y a la que se refieren primero Mallarmé y luego Lacan?

La palabra plena con su verdad, con su valor simbólico intrínseco, es algo cada vez más raro en el sistema capitalista neoliberal. Este sistema lo ha hecho todo para deshacerse del sujeto que podría llenar esa palabra. Nos vamos quedando sin una palabra plena y sin alguien que tenga el valor de pronunciarla. En lugar de esto por lo que se justifica la existencia del psicoanálisis, vemos cómo va ganando terreno todo aquello denunciado por Stavchansky y Untoiglich (2017): la simple “motricidad” con la que se descarga lo que ya no puede hablarse (p. 75), la “medicina basada en evidencias” con la que se intenta “callar al sujeto” (p. 78), los “padecimientos orgánicos” de los que ni el sujeto ni la sociedad pueden “hacerse cargo” y la despiadada lógica sociopolítica de “menos palabras y más acto” que se manifiesta en el actual apogeo de “las adicciones, los trastornos alimenticios y del sueño, los intentos de suicidio, las anorexias, las bulimias o el llamado TDA-H o Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad” (p. 82).

Ser objetivo

¿Qué es exactamente un Trastorno de Déficit de Atención? Untoiglich nos responde con mucha razón: es la etiqueta objetiva que utilizamos para “desdibujar” a un sujeto como el adolescente “soñador” y “despistado” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 66). En lugar de escuchar los sueños que provocan el despiste del sujeto, lo callamos al administrarle el veneno-para-sueños con el que tratamos el TDA, el Trastorno de Déficit de Atención. Lo mismo ocurre cuando nos encontramos con un joven rebelde y, en lugar de tomarlo en serio y escuchar las razones y reivindicaciones de su rebeldía, preferimos objetivarlo al diagnosticarlo con TOD, Trastorno Oposicionista Desafiante, lo que nos permitirá sacar las palabras de su boca y llenarla con el medicamento correspondiente: un buen rebeldicida que acabe con su ánimo rebelde.

Vemos que los psicofármacos, independientemente de lo que deben matar al curar, sirven para desalojar las palabras al llenar la boca de quien tiene algo que decir. De lo que se trata es de hacer que la boca sirva para ingerir fármacos en lugar de articular palabras. En lugar de permitirle al sujeto hablar de lo que lo hace rebelarse y soñar, le hacemos tragarse una pastilla que servirá para neutralizarlo como sujeto rebelde y soñador.  El “armado subjetivo”, como lo dice Untoiglich, se ve liquidado por el “gatillo fácil del diagnóstico prediseñado” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 77).

Las etiquetas diagnósticas eliminan y suplantan las rebeldías y los sueños. El sujeto es vencido y sometido por la psiquiatría. Las categorías objetivas remplazan lo que Stavchansky llama “posibilidades subjetivas” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 92). No sólo nos deshacemos del sujeto al objetivarlo, sino que nos deshacemos también de sus posibilidades, de sus rebeldías y de sus sueños que pueden resultar sumamente subversivos y peligrosos para el sistema capitalista neoliberal. ¿Y qué obtenemos a cambio de estos sueños y rebeldías? Algo tan rentable para la industria farmacéutica y para el capitalismo neoliberal como son las etiquetas de Trastorno Oposicionista Desafiante y Trastorno por Déficit de Atención. Vemos que se trata de un negocio redondo: conseguimos a dóciles consumidores de medicinas por el gesto mismo por el que neutralizamos a peligrosos rebeldes y soñadores.

Ser neural y orgánico

Las rebeldías y los sueños tienen un origen social. Es por sus particulares vínculos con la trama cultural, económica e histórica de la sociedad, en efecto, que los niños y los jóvenes, al igual que los adultos, pueden rebelarse como se rebelan o soñar lo que sueñan. Podemos decir entonces que las rebeldías y los sueños de los sujetos conciernen directamente a la sociedad y es por esto mismo que la interpelan.

Uno esperaría que la sociedad se dejara interpelar, que reflexionara sobre cómo está inspirando y frustrando a los sujetos, que asumiera su responsabilidad en sus reivindicaciones y ensoñaciones, que se hiciera cargo de ellas o al menos entrara en conflicto con ellas. Sin embargo, en el capitalismo neoliberal, nuestra sociedad prefiere ignorar a los rebeldes y soñadores, no escucharlos, no tomarlos en serio, desentenderse de ellos, lo que ha conseguido al reducir sus rebeldías y sus sueños a simples expresiones de categorías diagnósticas tales como el TOD y el TDH.

La psicopatologización de las acciones y expresiones del sujeto permite que la sociedad se “disculpe de sus propios síntomas” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 82). La sociedad no asume su culpa de las rebeldías y los sueños de los sujetos, de sus frustraciones y aspiraciones, sino que opta por descargar su responsabilidad sobre la esfera neural y cerebral del individuo. El supuesto “padecimiento orgánico” no es aquí más que mistificación ideológica de aquel problema del que la sociedad no quiere “hacerse cargo” (p. 82). Es así como se nos hace imaginar que el problema social no es social, no es histórico ni económico, sino individual, cerebral o neural.

Como lo explica Untoiglich, conjeturamos “causas individuales de origen neurogenético” ahí en donde hay “interrelaciones complejas entre el individuo, la sociedad, la economía, la historia” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 67). El neoliberalismo toma la forma ideológica del “neuroliberalismo” (p. 65). El espacio apolítico del cerebro usurpa el espacio político de la sociedad. Los problemas sociales de los que debería ocuparse la sociedad aparecen como problemas neurales con los que puede hacer negocio la industria farmacéutica. Esta industria se ocupa lucrativamente de de lo que la sociedad no quiere “hacerse cargo” (p. 82).

Ser normal

El capitalismo neoliberal, una vez que reviste su forma neuroliberal, permite que la sociedad se libere del problemático ser social-histórico, el rebelde y el soñador, al transformarlo en el ser neural-orgánico del que se encargan la industria farmacéutica y sus profesionales. Como hemos visto, este nuevo ser ya no es exactamente un sujeto del que deba escucharse la palabra, sino una simple categoría objetiva que se concebirá y se tratará objetivamente.

Lo que hay ahora es un diagnóstico universal, un TDH o un TOD, que debe corregirse o curarse al “conformarse” con la norma (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 32), es decir, con lo que Stavchansky tiene razón de llamar el “tecno-mito” de la “normalidad” (p. 32). Lo que se ha ganado es un límite objetivo suficientemente nítido entre la normalidad y la anormalidad, así como un remedio efectivo e igualmente objetivo para eliminar lo anormal y convertirlo en algo normal. Sin embargo, para ganar esto, se ha perdido ni más ni menos que nuestra subjetividad y nuestra palabra. Y, como somos esta subjetividad y esta palabra, podemos decir que somos nosotros mismos los que nos hemos perdido. Y de paso, al perdernos, también hemos perdido muchas otras cosas a las que se refieren Stavchansky y Untoiglich, entre ellas nuestra “singularidad” (p. 72), nuestra “diferencia subjetiva” (p. 84) y la “relación con lo diferente” en la que transcurre el psicoanálisis al resistir contra la reabsorción de la diferencia en el diagnóstico (p. 92).

Lógicamente perdemos el psicoanálisis al perder sus condiciones de posibilidad, como son el sujeto, su palabra, su diferencia o singularidad, su falta y su deseo. Al amenazar todo esto, al tratar de suprimirlo ya desde la infancia, el capitalismo neoliberal está poniendo en peligro la práctica psicoanalítica. Ésta es una razón más que suficiente por la que todos los adeptos al psicoanálisis tendríamos que adoptar posiciones claramente anticapitalistas y anti-neoliberales. Desde luego que podemos no hacerlo. Sin embargo, si no lo hacemos, quizás en el fondo sea porque no tenemos interés en preservar el psicoanálisis. Y tal vez tengamos razón. ¿Para qué vamos a querer psicoanalistas en un mundo en el que ya no habrá ni siquiera soñadores y rebeldes?

Si pensamos que la extinción del sueño y de la rebeldía es tan imparable como irreversible, entonces no hay razón para que nos aferremos a la práctica psicoanalítica. Supongo que Stavchansky y Untoiglich se mantienen fieles a esta práctica porque tienen esperanza de que el sujeto no se deje derrotar por todo aquello que describen. Su libro narra situaciones en las que podemos confirmar que la derrota no es inevitable. A veces, de hecho, consiguen evitarla con su trabajo clínico. Esto nos hace confirmar que la práctica psicoanalítica puede aliarse con el sujeto, incluso cuando es joven o niño, en su resistencia contra el sistema capitalista neoliberal que amenaza con suprimirlo.

Referencias

Stavchansky, L. y Untoiglich, G. (2017). Infancias, entre espectros y trastornos. México: Paradiso.

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)

Ultraderecha3

Artículo publicado en Marxismo Crítico y en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 28 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

La extrema derecha marginal

Dos artículos anteriores nos mostraron cómo la extrema derecha de América Latina surgió en el primer cuarto del siglo XX, luego cobró fuerza bajo el impulso de los fascismos europeos en la etapa de entreguerras y finalmente coincidió con los intereses de Estados Unidos en la región durante los años de la guerra fría. De hecho, como vimos, la injerencia estadounidense contribuyó a que la ultraderecha latinoamericana pudiera llegar al poder en algunas dictaduras sudamericanas.

Poco después de la democratización de los países con regímenes dictatoriales, entre los años ochenta y noventa del siglo XX, hubo rebrotes marginales de organizaciones de extrema derechaque aprovecharon la apertura democrática y el relativo relajamiento del control social para hacerse un pequeño lugar en el espacio público. Paraguay contó durante un breve período, entre 1989 y 1993, con el Partido Nacional Socialista Paraguayo (PNSP), cuyo ideario abiertamente nazi no le impidió participar en dos procesos electorales. En Argentina, entre 1990 y 2009, existió el Partido Nuevo Triunfo (PNT), que adoptó posiciones anti-chilenas y supo disimular su nazismo y su antisemitismo con las etiquetas de nacionalismo y anti-sionismo. El Movimiento Patria Nueva Sociedad (PNS) de Chile, existente entre 1999 y 2010, también utilizó la posición anti-sionista para disimular su antisemitismo, pero prefirió hablar de socialismo nacional que de nacionalismo y se caracterizó por su insistencia perfectamente ultraderechista en que no era un partido ni de izquierda ni de derecha.

Un caso paradigmático es el de Brasil, en donde vemos aparecer muy pronto, ya desde finales de los ochenta, una plétora de organizaciones ultraderechistas en las que podemos distinguir tres grupos: los tradicionales nazi-fascistas, como el Partido Nacionalista Revolucionario Brasileño (PNRB), surgido en 1988 y con un ideario ultranacionalista, xenófobo y antisemita; los neo-integralistas o continuadores del integralismo, tradicionalistas, nacionalistas, anticomunistas y antiliberales, como la nueva Acción Integralista Brasileña (AIB), aparecida a mediados de los noventa, y el Frente Integralista Brasileño (FIB), fundado en 2004; y las bandas furiosas de neonazis y cabezas rapadas, generalmente surgidas por escisiones de los Carecas do suburbio, como es el caso de los Carecas do Brasil, homófobos, antisemitas y represores de toxicómanos, y especialmente White Power, nacido en 1989, centrado en la convicción de la superioridad racial de los blancos y extremadamente violento hacia negros, mulatos, homosexuales, judíos y nordestinos –originarios del norte brasileño.

Los neonazis formarán también grupos más o menos violentos en otros países latinoamericanos, como el Partido Nacionalsocialista de México, Orgullo Criollo en Venezuela, Nacional Socialismo Ecuatoriano, la Unión Radical Nacional Socialista de Bolivia (URNSB), Perú Criollo y Movimiento Nacionalsocialista Despierta Perú (MNSDP), así como tres organizaciones colombianas: Tercera Fuerza Nacional Socialista, el Frente Skinhead y la Juventud Nacional Socialista (NS). Éstos y otros grupos análogos comparten su furia contra diversas minorías étnicas y sexuales, así como su apología de la violencia y a veces el empleo de métodos violentos. La juventud, la marginalidad, el pensamiento débil y el resentimiento social de sus integrantes hacen pensar en los escuadrones de la muerte y en los porros y halcones mexicanos. Sin embargo, a diferencia de aquellos grupos, las bandas neonazis tienen una clara tendencia nazi-fascista y suelen seguir programas ideológicos más claros y explícitos, aunque al mismo tiempo actúen de manera más independiente y espontánea, estén menos organizadas y tengan menos recursos humanos y financieros, pues generalmente carecen de apoyo gubernamental y no obedecen a una agenda planeada en Miami o en Washington.

Muy próximos a los grupos neonazis y a veces vinculados con ellos, pero con mayor nivel de elaboración doctrinaria, existen otras nuevas organizaciones ultraderechistas latinoamericanas cuyos discursos llaman la atención por su conservadurismo, por su nacionalismo a ultranza y por los enemigos específicos en los que se concentra su enfurecimiento. Por ejemplo, en Perú, la furia contra la finanza, contra los bancos y contra el Fondo Monetario Internacional fue la especialización del antiliberal y anticomunista Frente de Defensa contra el Agio y la Usura (FREDECONSA), el cual, disuelto en 2012, profesaba el llamado nacional-cristianismo de su ideólogo Ricardo de Spirito Balbuena, lo que hizo que se opusiera también furiosamente a todo lo juzgado anticristiano, como la homosexualidad, la pornografía, la manipulación genética y la legalización de las drogas y del aborto. En México, desde 2006, la furia contra los yanquis es el eje rector del Frente Nacionalista de México Siglo XXI (FRENAMEX), antes Organización por la Voluntad Nacional y Frente Nacional Mexicanista, que además de aspirar a la reconquista de los territorios mexicanos anexionados por los Estados Unidos en el siglo XIX, reivindica el Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo, lucha por la reincorporación de los países centroamericanos a México y exige la expulsión de los inmigrantes haitianos en el país.

Tres frentes de la nueva ultraderecha

El FRENAMEX mexicano y el FREDECONSA peruano, al igual que los grupos nazi-fascistas y neonazis recién abordados, tienen una influencia relativamente débil en la sociedad latinoamericana y no amenazan por ahora con dejar una huella profunda en la historia del subcontinente. Las amenazas parecen venir de otros cuatro frentes de la nueva ultraderecha: uno católico semi-secreto y camuflado, uno cristiano sexista escandaloso, otro virtual opinológico y otro más por el que habremos de terminar el presente recorrido: el frente imperialista ultra-liberal.

Ya nos referimos en un artículo anterior al primer frente, el católico semi-secreto y camuflado, particularmente presente en México bajo la forma de la red invisible de Los Tecos, El Yunque y otros entes disimulados a través de organizaciones como Pro-Vida, asociaciones como DHIAC y ANCIFEM y congregaciones religiosas como los Legionarios de Cristo. Por más fría y calculadora que sea la estrategia de esta red ultraderechista mexicana para influir en la sociedad y especialmente en las élites gobernantes, por más discretos que sean los discursos insidiosos con los que desarrolla su hegemonía ideológica, no deja de estar animada por una furia mortífera que podría estarse manifestando en la violencia directa, simbólica-ideológica y estructural socioeconómica, tan racista como clasista, ejercida cotidianamente hacia los de abajo y a la izquierda: hacia los indígenas y hacia los más pobres del país, hacia periodistas y activistas, hacia estudiantes como los 43 de Ayotzinapa, hacia maestros como los masacrados en Guerrero y Oaxaca entre 2015 y 2016, hacia campesinos como los asesinados en Arantepacua en 2016, hacia obreras de maquiladoras y evidentemente hacia miles de supuestos miembros del crimen organizado eliminados en masa por los mismos que los hacen existir. La dictadura perfecta mexicana puede operar así como las demás a las que nos hemos referido, con toda la furia de la extrema derecha, siempre a favor de los privilegios y de la desigualdad, y siempre autoritariamente y antidemocráticamente, pero de modo encubierto y aparentemente democrático, sin necesidad de golpes antidemocráticos y sin riesgo de procesos democratizadores.

El segundo frente que debería preocuparnos, el cristiano sexista, es mucho más abierto que el anterior y tiene ahora su mejor expresión en los discursos de una ultraderecha brasileña vinculada estrechamente con empresarios del sector agropecuario, con defensores de mano dura contra el crimen y especialmente con las iglesias evangélicas y con algunos sectores católicos. Tal vez sus mejores exponentes sean los furiosos líderes carismáticos y esperpénticos Bolsonaro, Malafaia y Feliciano, los tres igualmente homófobos, heteronormativos, machistas, misóginos, defensores de del cristianismo brasileño, adeptos al escándalo público y poseídos por una extraña furia injuriosa y provocadora. El primero, el político Jair Bolsonaro (nacido en 1955), sobresale además como defensor de los pasados regímenes dictatoriales, considera que “los militares salvaron a Brasil de una cubanización”, que “el error de la dictadura fue torturar y no matar”, y que “Pinochet debería haber matado a más gente”. Por su parte, el pastor evangélico Silas Malafaia (nacido en 1958) dice “amar” a los homosexuales como a los “bandidos” y defiende furiosamente la familia tradicional de “macho y hembra”. Por último, el joven pastor neo-pentecostal Marco Feliciano (nacido en 1972), mezclando racismo y homofobia, no ha dudado en afirmar que “la podredumbre de los sentimientos de los homoafectivos conduce al odio, al crimen, al rechazo”, que “la maldición de África” proviene del “primer acto de homosexualidad de la historia” y que “el caso del continente africano es sui generis: casi todas las sectas satánicas, de vudú, son oriundas de allí; las enfermedades como el sida provienen de África”.

El tercer frente de la nueva ultraderecha latinoamericana, el virtual opinológico, muy próximo al anterior, aunque aún más burdo y vulgar, está compuesto de jóvenes influencers: twitteros, blogueros, youtubers y otras estrellas del internet que se dedican a difundir mensajes típicamente ultraderechistas. Dos buenos ejemplos son los de Callodehacha y Yael Farache. El primero, de nombre Jorge Roberto Avilés Vázquez (nacido en 1986), es famoso en México por su misoginia, su antifeminismo, su minimización de la violencia contra las mujeres y el estilo ramplón y socarrón con el que propaga su furia contra la izquierda y especialmente contra el famoso líder populista Andrés Manuel López Obrador. Esta furia está bien disimulada en una estrategia típicamente ultraderechista en la que se repudia lo mismo la izquierda que la derecha bajo el supuesto de que todos los políticos son lo mismo, lo que permite minimizar los excesos del régimen derechista corrupto, opresivo y represivo, y al mismo tiempo desprestigiar a sus opositores. Las demás tareas ideológicas generales desempeñadas por Callodehacha, independientemente de los encargos puntuales por los que se le paga, consisten fundamentalmente en darle un aire amable, risueño e inofensivo a los discursos de la extrema derecha, forjar un estilo jocoso en el que lo inaceptable resulte aceptable, convertir la humillación del otro en pasatiempo y diversión, difamar y ridiculizar a quienes luchan por justicia e igualdad, banalizar la violencia y endulzar el mismo sentimiento de odio que se infunde en la sociedad.

Algunas de las tareas desempeñadas por Callodehacha serán también cumplidas eficazmente por Yael Farache Bograd (nacida en 1985), judía-sefardí hispano-venezolana residente en Miami, la cual, a través de un discurso un poco más elaborado que el de su homólogo mexicano, consigue además racionalizar los más irracionales prejuicios y hacerlos parecer lógicos y sensatos. Alternando sus mensajes provocadores con sus provocativas fotos eróticas y a veces francamente pornográficas, esta famosa bloguera no sólo exhibe obscenamente su racismo hacia la gente de color y su odio hacia la izquierda en todas sus formas, sino que desprecia la democracia, intenta demostrar la tendencia intrínsecamente violenta del Islam, profesa veneración por Donald Trump, celebra sus propuestas de construir un gran muro en la frontera con México y de expulsar a millones de inmigrantes de los Estados Unidos, y no duda en sostener que hay pueblos, razas y religiones mejores y peores, “nobles” y “de mierda”.

Imperialismo ultra-liberal

El cuarto frente que debe inquietarnos, quizás el más inquietante de los cuatro, es el de aquellos jóvenes latinoamericanos que instilan astutamente sus furiosas convicciones ultraderechistas a través de las racionalizaciones liberales, neoliberales y libertaristas o libertarianas que han aprendido generalmente en think tanks financiados por los Estados Unidos y que les ayudan a justificar sus posiciones anticomunistas, anti-socialistas, anti-estatistas, anti-intervencionistas y especialmente anti-populistas –opuestas a los populismos latinoamericanos de las últimas décadas. Este frente imperialista ultra-liberal no sólo muestra una vez más, al igual que los ya revisados golpes militares y escuadrones de la muerte del último tercio del siglo XX, el papel crucial del imperialismo estadounidense en el mantenimiento y el reforzamiento de la extrema derecha en América Latina, sino que también corrobora la compatibilidad que puede existir entre las tendencias ultraderechistas y las doctrinas ultra-liberales: algo que ya observamos en dictaduras como la pinochetista en el Chile de los 1970 y en organizaciones como la APEN colombiana de los años 1930. En el contexto actual, como en aquellas coyunturas, la furiosa defensa del libre mercado se anuda con las enfurecidas opiniones ultraderechistas de jóvenes como la guatemalteca Gloria Álvarez, el brasileño Rodrigo Constantino, el chileno Axel Kaiser o los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez.

Los discursos de los jóvenes ultra-liberales propagan su furia ultraderechista, no sólo contra Lula y Dilma en Brasil, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, los Kirchner en Argentina o Chávez y Maduro en Venezuela, sino también contra las masas que apoyan a esos líderes populistas, contra los comunistas, los marxistas y las feministas, y, además, lo que resulta particularmente preocupante, contra los pobres, los inmigrantes, los negros y los indígenas. Por más que profesen un liberalismo o libertarianismo pretendidamente opuesto al fascismo, lo cierto es que se nos muestran como descarados neofascistas al dejarnos vislumbrar sus prejuicios racistas, sus posiciones clasistas y xenófobas, su promoción de la desigualdad y sus aserciones delirantes en las que atribuyen perversiones y patologías a los comunistas y a las feministas. Agustín Laje, por ejemplo, atribuye al feminismo las “horripilantes reivindicaciones” del incesto y la pedofilia. Su colega Nicolás Márquez descarga su cólera desquiciada contra las organizaciones de izquierda por enarbolar “fantasías igualitarias”, fomentar la “desjerarquización”, promover “el homosexualismo” y ofrecer un “alivio personal” al “sodomita”.

Por su parte, Axel Kaiser no sólo ha publicado un libro intitulado Tiranía de la igualdad: por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad, sino que ha despotricado contra los inmigrantes que benefician de atención médica en los países ricos y no ha dudado en escribir hace poco –recordándonos al siniestro psiquiatra franquista Antonio Vallejo Nájera– que los marxistas tienen una psique “patológica” y que son “asesinos en potencia”. Rodrigo Constantino, en el mismo sentido, acusó a los militantes de izquierda y “progresistas modernos” de tolerar la pedofilia y de sufrir un “desorden psiquiátrico”, pero también se opuso a la celebración de un Día de la Conciencia Negra y describió a los “pobres y negros” que participan en flash mobs dentro de centros comerciales como “bárbaros incapaces de reconocer su propia inferioridad”.

Tenemos, por último, a Gloria Álvarez Cross, la cual, procediendo como los sinarquistas mexicanos o como los miembros de la APEN colombiana o del Movimiento Nacionalista de Chile, confirma su posición ultraderechista precisamente al pretender superar la división entre derecha e izquierda. Gloria Álvarez también llega hasta el extremo de rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. Y, además, atribuye a los indígenas guatemaltecos una propensión a violar y tolerar la violación. Por si fuera poco, la misma Álvarez describe como “insensatos idealistas” a quienes creen que “es posible cambiar el mundo”, repudia el dilema entre “la asfixia del igualitarismo” y “el igualitarismo asfixiante” y no puede sino burlarse del progre “ecologista, pacifista, feminista, antiglobalización, antiimperialista y pro Tercer Mundo”, así como “paritario, tolerante, dialogante, que busca el consenso, lucha por los derechos humanos, por la mejora de las condiciones de vida del planeta”.

La ultraderecha latinoamericana durante la guerra fría (1946-1991)

Ultraderecha2

Artículo publicado en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 20 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

Antisemitismo en la posguerra: revisionistas mexicanos y tacuaras argentinos

Un artículo anterior nos hizo remontar hasta los orígenes de la ultraderecha latinoamericana en la etapa de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial. Este recorrido nos condujo finalmente a los tiempos en los que el moreliano Salvador Abascal Infante (1910-2000) lideró la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en México. En los años siguientes, ya en el último tercio del siglo XX, Abascal Infante se dedicó a escribir una serie de libros, elocuentes ejemplos de revisionismo histórico de extrema derecha, en los que tergiversó toda la historia de México, repudió la Revolución “antimexicana” y atacó vehementemente al “marxista” Benito Juárez y al “comunista” Lázaro Cárdenas. A menudo, en estos libros y en otros más, Abascal Infante no consigue reprimir su furor contra los ateos, los socialistas, los masones, los demócratas, los capitalistas y los yanquis, todos ellos asimilados al “judaísmo” que emplearía el poderío estadounidense para obtener el dominio económico, político y cultural del mundo.

Salvador Abascal no ha sido ni el primero ni el único revisionista de ultraderecha en América Latina. Varios años antes de sus recién mencionadas falsificaciones de la historia de México, tenemos ya la obra cumbre latinoamericana del revisionismo y del negacionismo, Derrota mundialescrita por otro mexicano, el furibundo antisemita y anticomunista Salvador Borrego Escalante (1915-2018). El voluminoso libro de Borrego Escalante, publicado en 1953, no sólo niega el holocausto y ensalza el nazismo, sino que profundiza en la tesis de la conspiración judeo-masónica-marxista para dominar el mundo, culpa de la Segunda Guerra Mundial al movimiento político judío y reinterpreta la victoria de 1945 como una “derrota de Occidente” frente al “marxismo israelita”.

La representación de los israelitas como siempre victoriosos permite poner al resto de los seres humanos como siempre derrotados. La derrota mundial, tal como es concebida en el discurso de Borrego Escalante, puede servir entonces para justificar el revanchismo y excitar la furia de los derrotados, fracasados, victimizados. Una vez más, como en los discursos de Barroso, Martínez Cantú y Abascal Infante, la furia es rencorosa y se vuelca principalmente contra unos judíos presentados como verdugos victoriosos.

El antisemitismo latinoamericano de la posguerra no sólo se manifestó en especulaciones conspiratorias. También tuvo manifestaciones más consistentes, más concretas y palpables, como fueron las acciones violentas de la última gran organización antisemita de América Latina, el Movimiento Nacionalista Tacuara de Argentina, que operó entre 1955 y 1965 con un ideario hispanista, católico, nacionalista y nazi-fascista furiosamente antijudío, anticomunista y antidemocrático, pero también antiestadounidense, anticapitalista y antiimperialista. Sus integrantes, mayoritariamente estudiantes jóvenes de las clases altas, defendían la educación religiosa, creían en conspiraciones judías internacionales como las fabuladas por Abascal Infante y Borrego Escalante, admiraban a Hitler y a Mussolini, utilizaban camisas pardas y saludaban con el brazo extendido. Sus acciones se dirigieron principalmente contra la comunidad judía y consistieron en profanaciones de cementerios, explosiones de bombas en sinagogas y ataques violentos hacia jóvenes de la comunidad, llegando hasta la tortura y el asesinato.

En 1964, después de que el joven militante judío comunista Raúl Alterman fuese asesinado por miembros de Tacuara, la familia de la víctima recibió el siguiente mensaje: “Nadie mata porque sí nomás; a su hijo lo han matado porque era un sucio judío”. La condición cultural del sujeto se presenta como causa de su muerte. La supuesta causa no es la furia mortífera del asesino, sino lo que la excita: el judaísmo de la víctima. Es, en definitiva, como si el joven judío fuera víctima de sí mismo. Tenemos aquí un ejemplo extremo de revisionismo histórico en el que la víctima termina convertida en verdugo.

Revolución Cubana y anticastrismo: la reconciliación de la ultraderecha latinoamericana con los Estados Unidos

La ultraderecha Tacuara no fue el único movimiento ultraderechista latinoamericano mayoritariamente juvenil y estudiantil de los años cincuenta y sesenta. Hubo muchos otros, aunque no centrados en la persecución antisemita, sino en el combate anticomunista. En México sobresalieron el Frente Universitario Anticomunista (FUA), nacido en 1954 en la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), y el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), surgido en 1962 en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Estos dos movimientos fueron expresiones visibles de una extensa red semisecreta que aún existe, que se vincula estrechamente con el Partido Acción Nacional (PAN) y en la que destacan dos grupos bastante influyentes y poderosos en México: Los Tecos, aparecidos en los años treinta en la derechista Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), y especialmente El Yunque, fundado en 1952 por el entonces estudiante Ramón Plata Moreno y concebido por uno de sus primeros miembros, Klaus Feldmann Petersen, como “un cuerpo de combate contra el comunismo, la masonería y todos los demás enemigos de Dios y de su Iglesia”.

El tono agresivo y belicoso del Yunque mexicano, con el que se delata una furia guerrera como la del argentino Manuel Carlés en los orígenes de la ultraderecha latinoamericana, está en sintonía con la década en la que surge. Es una de las fases más candentes de la Guerra Fría: el tiempo del macartismo y la caza de comunistas en los Estados Unidos, la Guerra de Corea, las grandes gestas de liberación nacional en el mundo y la guerrilla jaramillista en México. La década culmina con el triunfo de la Revolución Cubana que habrá de forzar una reorganización y reorientación de la ultraderecha latinoamericana. El antisemitismo, el racismo y el nazi-fascismo tienden a debilitarse o a subsumirse en una lucha primordialmente anticomunista y a menudo apoyada, controlada y financiada por los Estados Unidos. La subordinación a la CIA y a la Casa Blanca, junto con un ideario bastante débil y obscenamente capitalista y liberal, ganan terreno sobre la germanofilia y sobre el hispanismo antiestadounidense, anticapitalista y antiimperialista. La furia de la ultraderecha no se apaga, desde luego, pero prefiere canalizarse de modo estratégico por la vía militar o paramilitar, a través de la represión generalizada y sistemática, o a disimularse e infiltrarse de modo insidioso en lugar de simbolizarse abiertamente a través de los vanos delirios conspiracionistas y de la parafernalia hispanista o nazi-fascista. La política tradicional de la ultraderecha, con sus movimientos de masas y sus discursos grandilocuentes, va cediendo su lugar al pragmatismo, al intervencionismo yanqui, a los golpes de estado y a los escuadrones de la muerte, a las guerras sucias y psicológicas.

La transformación a la que acabamos de referirnos habrá de operarse de manera diferente en cada país. En la ultraderecha costarricense, por ejemplo, corresponde a la transición de la Unión Cívica Revolucionaria (1957-1968) del exnazi Frank Marshall, caracterizada por su nacionalismo y su antiimperialismo, al anticastrista y antisandinista Movimiento Costa Rica Libre (1961 hasta ahora), el cual, pese al espectáculo fascista de sus Tridentes y Boinas Azules, se ha limitado a ser un instrumento del imperialismo estadounidense en Centroamérica. Los Estados Unidos tienden así a suplantar a España y Alemania como naciones de referencia de los ultraderechistas, mientras que sus mayores enemigos dejan de ser los judíos y los soviéticos para convertirse en los guerrilleros comunistas personificados por Fidel y el Che.

Antes de marcar el imaginario ultraderechista, el triunfo de la Revolución Cubana provocó reacciones concretas inmediatas en la ultraderecha. La primera de ellas fue la creación de la Legión Anticomunista del Caribe: una organización paramilitar fundada en el mismo año de 1959 en República Dominicana, por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo, con el propósito de invadir Cuba y derrocar a Fidel Castro. Después de esta iniciativa pionera, la reacción anticastrista, anticomunista y contrarrevolucionaria dará lugar a otras organizaciones ultraderechistas violentas. Las más conocidas fueron dos organizaciones terroristas vinculadas con el narcotráfico: Alpha 66, formada entre 1961 y 1962, y el Frente de Liberación Nacional Cubano (FLNC), que realizó entre 1972 y 1975 medio centenar de acciones contra barcos pesqueros y representaciones diplomáticas de Cuba. Éstos y otros grupos han hecho que la capital del exilio cubano, la ciudad de Miami, se convierta en uno de los principales puntos referenciales y articuladores de la ultraderecha latinoamericana, la cual, desde 1961, será furiosamente anticastrista por esencia y por definición.

De los porros a los escuadrones de la muerte

Fue precisamente durante una movilización contra Fidel Castro que se fundó en 1961 el ya mencionado MURO en México. Sus primeras acciones, de hecho, consistieron en ataques violentos contra los estudiantes procastristas de la UNAM. El posicionamiento anticastrista será en lo sucesivo un denominador común de las organizaciones estudiantiles ultraderechistas mexicanas que poco a poco, entre los años sesenta y setenta, se multiplican, adquieren más y más poder, estrechan sus vínculos con las cúpulas universitarias y gubernamentales y recurren cada vez más a la violencia física. Es así como estas organizaciones terminan revistiendo formas porriles y convirtiéndose en cuadrillas de porros, como se conoce en México a los “grupos de pandilleros, al servicio de las autoridades universitarias y el gobierno”, en los que vemos converger “la tradición de violencia y pandillerismo universitario de los grupos conservadores tradicionales, con las formas corporativas y autoritarias del Estado mexicano”. Además de usar piedras, palos, barras metálicas y armas punzocortantes para atacar a sus enemigos, los porros ultraderechistas aplaudirán y a veces apoyarán la sangrienta represión gubernamental contra los movimientos estudiantiles de izquierda. Ya en 1968, mientras los militares y paramilitares del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz masacraban a centenares de universitarios, los militantes del MURO entonaban furiosamente consignas como “¡viva Díaz Ordaz!”, “¡queremos uno, dos, tres Chés muertos!” o “¡mueran los guerrilleros apátridas!”.

Las consignas de MURO, que recuerdan a las camisas doradas con su ¡muerte al comunismo! y sus referencias a los judíos apátridas, muestran la simpleza y la necrofilia de un ideario en el que tan sólo puede reivindicarse la vida para los asesinos y la muerte para sus víctimas. La mejor síntesis de tal ideario minimalista se encuentra en las famosas intervenciones con las que el general franquista José Millán Astray, no menos tonto que sanguinario, presentó sus furiosas objeciones ante el discurso de Miguel de Unamuno en 1936: “¡viva la muerte!” y “¡muera la inteligencia!”. Estas dos frases, la segunda convertida en lema y grito de guerra del franquismo, resumen elocuentemente mucho de lo que está en juego en la furia de la ultraderecha. Para el porro mexicano de 1968, como para el franquista español de 1936, el enfurecimiento es invariablemente contra la inteligencia y no sólo contra la vida.

Los porros anticomunistas mexicanos alcanzaron su versión más bestial y mortífera en la figura de los halcones, responsables del asesinato de cerca de 120 personas, el 10 de junio de 1971, durante la Matanza de Corpus Christi en la Ciudad de México. Es verdad que los halcones, al igual que muchas agrupaciones porriles, difieren de las demás organizaciones ultraderechistas por su total dependencia de las directivas gubernamentales, por la falta de un claro posicionamiento político y por su funcionamiento predominantemente oportunista y mercenario. Sin embargo, además de sus profundas afinidades y vinculaciones con el porrismo ultraderechista, los halcones obedecieron a la misma lógica de la ultraderecha que ya conocemos: no sólo fueron furiosamente violentos al actuar contra la inteligencia y contra la vida, sino que fueron especialmente reclutados como “rompehuelgas” y para “controlar a los izquierdistas” y especialmente a los “estudiantes opositores de izquierda”, y obedecieron a la misma estrategia por la que el gobierno mexicano apoyaba financieramente a los grupos estudiantiles que rechazaran “las ideas marxistas y del sistema comunista”.

Los halcones mexicanos, con sus mandos bien entrenados en los Estados Unidos, forman parte de una estrategia más amplia del gobierno estadounidense y de la ultraderecha latinoamericana que se concretó desde 1966 o 1967 y que operó durante cuatro décadas. Me refiero a los grupos de militares y paramilitares conocidos como escuadrones de la muerte, compuestos generalmente de jóvenes provenientes de sectores populares marginados, maltratados y resentidos contra el resto de la sociedad, en los que podía encenderse y explotarse una furia elemental, muda y ciega, silenciosa e insensible, para acometer la carnicería de la que fueron protagonistas. Hoy conocemos los nombres de los más importantes de estos grupos, muchos de ellos bien adoctrinados en el ideario de la extrema derecha, que persiguieron, violaron, torturaron, mataron y desaparecieron a cientos de miles de militantes de izquierda en varios países de América Latina: en Guatemala, entre 1967 y 1982, fueron más de veinte grupos, entre ellos el ESA (Ejército Secreto Anticomunista), la NOA (Nueva Organización Anticomunista) y la MANO (Movimiento Anticomunista Nacionalista Organizado); en Brasil, entre 1969 y 1973, la OB u OBAN (Operación Bandeirantes); en Uruguay, entre 1971 y 1972, los Comandos Caza Tupamaros y la Defensa Armada Nacionalista (DAN); en República Dominicana, de 1971 a 1974, el Frente Democrático Anticomunista y Antiterrorista, mejor conocido como La Banda Colorá; en Argentina, entre 1969 y 1976, varios grupos, entre ellos la MANO (Movimiento Argentino Nacionalista Organizado), el Comando Libertadores de América y la famosa Triple A (Alianza Anticomunista Argentina); en El Salvador, entre 1979 y 1991, unos quince grupos directa o indirectamente vinculados con Roberto D’Aubuisson y con la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), entre ellos la BACSA (Brigada Anti-comunista Salvadoreña), la FALANGE (Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista – Guerra de Eliminación) y el FALCA (Frente Anti-comunista para la Liberación de Centroamérica); en Honduras, entre 1982 y 1997, el Batallón 3-16 de Gustavo Álvarez Martínez, destinado a combatir a comunistas en toda Centroamérica; en México, entre 1994 y 1999, Paz y Justicia, los Chinchulines, Máscara Roja y MIRA (Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista), dirigidos contra las bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN); en Colombia, entre 1996 y 2006, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), con cerca de 40,000 miembros y responsable de más de 300 mil asesinatos.

Aunque la mayoría de los escuadrones de la muerte fueran abiertamente anticomunistas y aunque muchos de ellos contaran con un buen adoctrinamiento ideológico de ultraderecha, todos ellos tendían espontáneamente a proceder como ciegos mecanismos que sólo sabían obedecer órdenes o pulsiones al herir, torturar, violar, matar, devastar y asolar todo lo que encontraban a su paso. Los crímenes, por lo general, no estaban mediados por ninguna conciencia, por ningún escrúpulo y por ningún ejercicio intelectual, sino que se limitaban a ejecutar de modo inmediato, ininteligente y no sólo inconsciente, una furia destructora y asesina. Volvemos a encontrar aquí, al igual que entre los porros y los halcones mexicanos, la realización efectiva de las fórmulas básicas de la ultraderecha: vida para la muerte muerte para la inteligencia.

El ascenso de la ultraderecha: camuflajes mexicanos y dictaduras sudamericanas

Entre 1974 y 1976, una vez que los porros ultraderechistas de México se han diseminado por todo el país y muchos ya se han hecho adultos, llegamos a un momento de culminación, consolidación e institucionalización de la ultraderecha mexicana. Es el momento en el que más de veinte organizaciones porriles de extrema derecha firman el Pacto de los Remedios, mientras que se fundan algunas de las principales organizaciones que servirán para camuflar a los sectores ultraderechistas y defender sus intereses en México: el Comité Nacional Pro-Vida contra el aborto, contra los métodos anticonceptivos y contra cualquier noción de libertad sexual; la Asociación Nacional Cívica Femenina (ANCIFEM) contra la igualdad de género, contra el feminismo y contra la emancipación de las mujeres; Desarrollo Humano Integral y Acción Ciudadana (DHIAC) contra la justicia y la igualdad social, contra las políticas redistributivas y contra los derechos y las reivindicaciones más justas de los trabajadores.

Algunos de los miembros de las organizaciones que acabamos de mencionar estarán estrechamente vinculados con El Yunque y Los Tecos, así como con otros grupos semisecretos aparecidos posteriormente, como el Movimiento Mexicanista de Integración Nacional (MMIN), fundado en 1970 y aún activo en la guerra contra la izquierda en México, y con ciertas congregaciones ultraconservadores de la Iglesia, como el Opus Dei, conocido por su adhesión al franquismo y a otras dictaduras, y los Legionarios de Cristo, famosos por su afición al abuso sexual de menores y por la influencia que ejercen en la sociedad mexicana a través de entes privados como la Universidad Anáhuac, el Instituto Cumbres, FAME (Familia Mexicana) y el movimiento de apostolado para seglares denominado “Regnum Christi”. Nos encontramos aquí ante una inmensa constelación de entidades ultraderechistas mexicanas que habrán de adquirir cada vez mayor poder político en las siguientes décadas a medida que, por un lado, el gobierno del centrista Partido Revolucionario Institucional (PRI) va derechizándose, y, por otro lado, el derechista Partido Acción Nacional (PAN) va tomando posiciones en la esfera gubernamental.

Los Legionarios de Cristo y el Opus Dei han tenido una presencia igualmente importante en Argentina, Venezuela, Colombia, Chile y Brasil. De modo paralelo, en estos mismos países y además en Perú, destacó también un grupo católico ultraderechista de laicos, Tradición, Familia y Propiedad (TFP), fundado en São Paulo, en 1960, por Plinio Corrêa de Oliveira, quien escribió un año antes la obra programática Revolución y Contrarrevolución, en la que defiende el catolicismo contra contra la modernidad revolucionaria, contra sus “valores metafísicos”, los de “igualdad absoluta y libertad completa”, y contra las pasiones correlativas, “el orgullo y la sensualidad”. Este grupo concentró toda su furia en los teólogos de la liberación y en otros sectores progresistas de la Iglesia Católica. También se vinculó con el MURO en México y con el paramilitarismo colombiano, y en 1984, en Venezuela, se le acusó de haber intentado asesinar al Papa Juan Pablo II. En general, por más influyente que haya llegado a ser en varios países, el TFP jamás consiguió incidir en las esferas gubernamentales como los otros grupos católicos ultraderechistas en el contexto mexicano.

En contraste con el ascenso relativamente pacífico de los sectores ultraderechistas en México, tenemos la situación de aquellos países latinoamericanos en los que las ultraderechas, invariablemente apoyadas por el gobierno estadounidense, tan sólo consiguieron llegar al poder a través de violentos golpes de estado. El primero fue el de Liberación Anticomunista en Guatemala, en 1954, con el que se derrocó a Jacobo Arbenz y se instauró el régimen del ultraderechista Movimiento de Liberación Nacional, que mantuvo el poder hasta 1982 y que se valió de sus ya mencionados escuadrones de la muerte para masacrar a varias decenas de miles de indígenas y comunistas. Luego, como sabemos, vinieron los golpes y las dictaduras furiosamente anticomunistas de Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), Castelo Branco en Brasil (1964-1985), Hugo Banzer en Bolivia (1971-1978), Juan María Bordaberry en Uruguay (1973-1976), Augusto Pinochet en Chile (1974-1990) y Jorge Rafael Videla en Argentina (1976-1981). Hay que subrayar que varios de estos regímenes dictatoriales, como el pinochetista chileno, sirvieron para desmantelar estados intervencionistas y para implantar políticas salvajemente capitalistas, liberales o neoliberales y favorables a los intereses del capital estadounidense, mostrándose así, una vez más, como con la APEN colombiana, la posible compatibilidad entre los programas de la ultraderecha y los de la doctrina liberal o neoliberal.

Antes de los golpes militares y de los regímenes dictatoriales recién mencionados, hubo generalmente grupos de extrema derecha que parecían prefigurarlos y que a veces los prepararon o simplemente los favorecieron. En Chile, por ejemplo, hay que referirse al menos a tres importantes organizaciones ultraderechistas: el Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista de Chile (MRNS), fundado en 1952 y abiertamente anticomunista y antidemocrático; el estrambótico Partido Nacional Socialista Obrero de Chile (PNSO), formado en 1964, inspirado en el nazismo y con actividades como el concurso de belleza “Miss Nazi” o el intento por establecer la rama chilena del Ku Klux Klan; y el Frente Nacionalista Patria y Libertad, surgido en 1971, anticomunista y pretendidamente anticapitalista y antiimperialista, pero financiado por la CIA para que realizara diversos actos de terrorismo y sabotaje contra el gobierno democrático de Salvador Allende. Poco después, entre 1973 y 1976, en Argentina, surgieron dos organizaciones paramilitares y terroristas en el flanco ultraderechista del peronismo: Concentración Nacional Universitaria (CNU), fundada e inspirada por el prolífico filólogo, teólogo, escritor y poeta Carlos Alberto Disandro; y la ya mencionada Alianza Anticomunista Argentina, conocida como Triple A y dirigida por el siniestro José López Rega, que se dedicó a perseguir, amenazar, matar y desaparecer a todos aquellos a los que situaba en la izquierda, ya fueran artistas, intelectuales, docentes, estudiantes, profesionistas, sindicalistas o políticos.

La estafeta de la persecución anticomunista pasará directamente de los grupos ultraderechistas a unos regímenes dictatoriales que deben concebirse, tanto por sus idearios y sus estrategias como por sus filiaciones políticas y sus apoyos sociales, como una toma del poder gubernamental por la ultraderecha latinoamericana. Cabe afirmar, pues, que esta ultraderecha consigue una de sus mayores victorias en América Latina, quizás incluso la mayor de todas, en las dictaduras del cono sur. Es verdad que tales dictaduras intentaron a veces disimular su orientación ultraderechista. Sin embargo, por más que incurrieran en camuflajes como los mexicanos de la misma época, es un hecho indiscutible que reúnen la mayor parte los componentes ultraderechistas que mencionamos en el artículo anterior, como el nacionalista, el conservador, el oligárquico, el anticomunista, el antidemocrático, el autoritario, el violento y el furioso.

Los orígenes de la ultraderecha latinoamericana (1919-1945)

Ultraderecha1

Artículo publicado en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 13 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

La ultraderecha

Sabemos que estamos ante la ultraderecha cuando notamos al menos algunos de los siguientes componentes: el autoritarismo, las tendencias antidemocráticas y oligárquicas, la enardecida justificación de ciertos privilegios, la exaltada hostilidad hacia políticas redistributivas y otras medidas tendientes a la igualdad, la creencia en la desigualdad natural o cultural entre los seres humanos, el rechazo o el desprecio de otras culturas o religiones, el repudio vehemente del secularismo y de la sociedad multicultural, el nacionalismo, el tradicionalismo, el conservadurismo, el anticomunismo y la oposición radical a todas las izquierdas, así como el clasismo, la xenofobia, el racismo, la mixofobia, el sexismo, la homofobia y otras actitudes prejuiciosas y discriminatorias.

Es poco frecuente que todos los componentes de la extrema derecha se presenten reunidos e integrados en una sola doctrina o programa. Lo común es que aparezcan tan sólo algunos de ellos combinados con otros ingredientes que a veces permiten disimularlos. Condimentos neoliberales, individualistas y libertarianos o libertaristas, por ejemplo, sirven actualmente para encubrir posiciones autoritarias, xenófobas, racistas, clasistas, anti-igualitarias y anticomunistas en discursos neofascistas como algunos que encontramos en la derecha alternativa estadounidense, en el joven libertarianismo anti-populista latinoamericano, en el nacional-liberalismo europeo y específicamente en fuerzas como el Partido de la Libertad en Austria, Vlaams Belang en Bélgica y la Nueva Derecha en Polonia.

Las fuerzas ultraderechistas no sólo se distinguen por su adopción y su posible ocultación de los componentes ya mencionados. Además de estos elementos que se refieren al contenido ideológico de ciertas creencias y actitudes, la ultraderecha se caracteriza también por aspectos formales como la falta de corrección política, la violencia, la irracionalidad, la racionalización compensatoria y lo que Walter Benjamin llamaba “estetización de la política” para describir el énfasis en la expresión a costa de lo que se expresa. Otro aspecto formal distintivo de los posicionamientos ultraderechistas es el de su carga pasional o afectiva, la cual, aunque tenga las más diversas expresiones, tiende a revestir una forma excesiva, exagerada, exaltada, vehemente, impetuosa, impulsiva, enardecida, colérica, iracunda, furiosa o enfurecida.

Liga Patriótica Argentina: un pogromo en Buenos Aires

La ultraderecha, con sus componentes recién mencionados, corresponde a un fenómeno contemporáneo, relativamente reciente, sin duda no anterior a finales del siglo XIX. En el contexto latinoamericano, su aparición quizás pudiera situarse hipotéticamente en tres momentos del México revolucionario: en 1911 y en los siguientes años, la persecución contra los chinos a la que haremos referencia más adelante; en 1913, el movimiento golpista reaccionario contra el gobierno maderista; en 1915, la fundación de la “U”, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), en la ciudad de Morelia. Sin embargo, en estos momentos, sentimos que todavía no alcanzamos a discernir la ultraderecha y que sus componentes aún se presentan de manera demasiado segmentada, separada y fragmentaria: primero la furia, el racismo y la xenofobia; luego las tendencias oligárquicas y antidemocráticas, así como la defensa de los privilegios y de la desigualdad; finalmente el conservadurismo y el rechazo del secularismo.

Los mencionados componentes de la ultraderecha tardarán varios años en reunirse y articularse en México, pero antes, en los tiempos en los que nacía el fascismo italiano, hacia 1919, en Buenos Aires, encontramos varios de ellos ya bien sintetizados en lo que se hizo llamar primero “Comisión pro-defensores del orden” y luego “Liga Patriótica Argentina”. Esta organización paramilitar, auxiliar de la policía y compuesta de jóvenes adinerados entrenados por militares, protagonizó tres episodios aciagos de la historia de Argentina: durante la Semana Trágica de 1919, la represión masiva de obreros huelguistas y el único pogromo antijudío que se haya registrado en el continente americano, con un saldo total de más de 700 muertos en los barrios populares de Buenos Aires; entre 1920 y 1922, durante la gesta de lucha conocida como “Patagonia Rebelde”, la masacre de unos 1500 peones rurales anarcosindicalistas que se habían declarado en huelga en la provincia de Santa Cruz; por último, en 1930, el golpe de estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen y que fue encabezado por el militar José Félix Uriburu, apoyado por la oligarquía del país y probablemente orquestado por la empresa estadounidense Standard Oil.

La violenta Liga Patriótica Argentina exhibe su odio en cada una de sus acciones: lanzándose impetuosamente a la “caza de rusos”, agrediendo a transeúntes identificados por su manera de vestir, saqueando y destruyendo casas de los barrios de trabajadores, persiguiendo a los anarquistas y a los comunistas o “maximalistas” (simpatizantes de la Revolución Rusa), atacando sinagogas y bibliotecas, incendiando sedes sindicales, golpeando y torturando y asesinando a centenares de obreros, peones rurales, judíos y extranjeros. La mejor elaboración ideológica de toda esta explosión de odio se encuentra en su fundador, su inspirador y su principal ideólogo, Manuel Carlés (1875-1946), furioso defensor de valores tradicionales de la ultraderecha latinoamericana: la patria y el patriotismo, pero también Dios y el orden, así como la propiedad y la autoridad.

Liga Republicana en Argentina y Acción Integralista Brasileña

En la historia de la ultraderecha latinoamericana, Carlés y su Liga Patriótica Argentina inauguran una primera etapa que se extenderá desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y que tendrá su apogeo en los años treinta, bajo el impulso de los fascismos del viejo continente. La influencia protofascista o fascista europea se hará sentir en Argentina muy pronto, hacia 1927, con la revista La Nueva República, en la cual, a través de escritores como Juan Emiliano Carulla (1888-1968), se adopta la perspectiva nacionalista, monárquica y antisemita del francés Charles Maurras y de la Acción Francesa (Action Française)así como las visiones del fascismo italiano de Benito Mussolini y de la Unión Patriótica del general y dictador español Miguel Primo de Rivera.

El director de La Nueva República, Rodolfo Irazusta (1897-1967), y el periodista Roberto de Laferrère (1900-1963) fundaron en 1929 la primera organización latinoamericana de inspiración fascista, la llamada “Liga Republicana”, que participó junto con la Liga Patriótica Argentina en el golpe de estado que llevó al poder a Uriburu en 1930. Dos años después, en Brasil, durante el régimen de Getulio Vargas, se fundó la Acción Integralista Brasileña (Ação Integralista Brasileira), un movimiento fascista de masas que dispuso de una organización paramilitar, las camisas verdes, y que no cesó de expandirse hasta su disolución en 1937, cuando llegó a tener más de un millón de miembros. El principal ideólogo del movimiento, Plínio Salgado, centró el integralismo en su noción de un hombre integral que habría sido mutilado por concepciones parciales que reducirían lo humano a lo individual, a lo colectivo, a lo estatal, a lo económico, a lo sexual, lo racial, etc.

El rechazo contundente del racismo fue un rasgo por el que el integralismo brasileño se distinguió de otros movimientos ultraderechistas. Incluso Gustavo Barroso (1888-1957), quizás el más intolerante de los ideólogos integralistas, rechazó abiertamente cualquier actitud racista, lo que no le impidió emitir uno de los discursos antisemitas más explícitos y frenéticos de la ultraderecha latinoamericana. De hecho, este discurso explicó su propio antisemitismo como una reacción anti-racista contra el racismo de los judíos: era precisamente por estar contra el racismo que debía combatirse lo que se describía como “racismo judaíco”.

Racismo y antisemitismo: de las matanzas de chinos en México a las organizaciones de corte nazi-fascista en todo el subcontinente

El antisemitismo de Barroso no es un caso aislado en la ultraderecha latinoamericana de los años treinta y cuarenta. La época de apogeo del nazismo y de los campos de concentración europeos nos ofrece innumerables ejemplos de organizaciones antisemitas en varios países de América Latina: en Costa Rica, el Partido Nazi (1931); en Argentina, la Alianza de la Juventud Nacionalista (1937-1943) y la Alianza Libertadora Nacionalista (1943-1955); en Chile, el Movimiento Nacional-Socialista (1932-1939), el Partido Nacional Fascista (1938-1940), el Movimiento Nacionalista (1940-1943) y el Partido Unión Nacionalista (1943-1945). Estas organizaciones tienen muchos rasgos en común: su antisemitismo, su racismo, su nacionalismo, su anticomunismo, su anti-marxismo, su inspiración directa en el fascismo italiano y en el nazismo alemán, su germanofilia, su organización jerarquizada y a veces militarizada, y su pretensión de trascender el tradicional espectro derecha-izquierda.

Algunas de las organizaciones mencionadas tendrán vínculos directos con los nazis alemanes, como será el caso del Partido Nazi de Costa Rica, el cual, además, influirá en el gobierno costarricense, que limitará e incluso impedirá la inmigración de judíos. Otras organizaciones, como el Movimiento Nacional-Socialista de Chile, terminarán distanciándose del nazismo, atenuando su antisemitismo y girando hacia la izquierda, pero esto mismo causará el surgimiento de grupos disidentes altamente antisemitas, como es el caso, en el contexto chileno, del Partido Nacional Fascista.

La orientación antisemita y nazi-fascista de la ultraderecha latinoamericana de los años treinta se hará sentir de modo particular en México, en donde se da un asombroso fenómeno de proliferación, propagación y ramificación de organizaciones ultraderechistas cuyos discursos promueven la furia nacionalista contra los judíos. Los nombres de tales organizaciones resultan bastante significativos: Unión Pro-Raza (1930), Acción Revolucionaria Mexicanista (1933), Liga Anti-Judía (1935), Confederación de la Clase Media (1936), Legión Mexicana Nacionalista (1937), Vanguardia Nacionalista Mexicana (1938) y Partido Nacional de Salvación Pública (1939). En algunas organizaciones, como la Unión Pro-Raza y la Confederación de la Clase Media, el rechazo de lo judío se insertaba en un hispanismo que exaltaba la cultura de la madre patria española, centrada en la estirpe, la jerarquía y el catolicismo, y que rechazaba lo mismo lo judío y lo indígena americano que lo francés, lo inglés y especialmente lo norteamericano. Esta serie de rechazos fue precedida, preparada y a menudo acompañada, especialmente en el norte de México, por la feroz persecución contra los chinos, durante la cual, entre 1911 y los años treinta, 600 miembros de esa comunidad fueron asesinados en Monterrey, 200 en Chihuahua, más de 300 destazados, acribillados y quemados vivos en Torreón, miles despojados de sus tierras en Durango, Chihuahua y Coahuila, cuatro mil confinados en guetos en Sonora y otros siete mil deportados al campo de concentración de la Isla María Magdalena, en donde la mayor parte murió de hambre.

Primeros delirios conspiratorios y camisas doradas en México

Al igual que el ardor anti-chino, la flama del furor anti-judío mexicano se enciende y se mantiene viva en discursos en los que se desarrollan sofisticadas argumentaciones de índole nacionalista, racista y xenófoba. Estas argumentaciones, como suele suceder en la ultraderecha, tienen un marcado elemento delirante de tipo conspiratorio con el que se racionaliza la furia intrínsecamente irracional. Si esta furia se presenta como racional, es bajo la suposición de que los mismos chinos y judíos la han provocado, ya sea involuntariamente al transmitir enfermedades y degenerar la raza, o bien de modo voluntario al conspirar contra los mexicanos, envenenarlos, explotarlos, prostituir a sus mujeres, pervertirlos, dividirlos, hacer que se odien unos a otros, disolver su sociedad y hacer todo para dominarla. Semejantes ideas emanan de los más diversos discursos, desde rumores espontáneos hasta maquinaciones con intereses económicos y políticos, pasando por la fantasía desbordante de periodistas y escritores mexicanos o extranjeros.

Muchas de las ideas antisemitas difundidas en México provienen de El Oculto y Doloso Enemigo del Mundo: una obra publicada en 1925 por el presbítero poblano Vicente Martínez Cantú (1860-1938), quien se basaba en los clásicos del antisemitismo, Los Protocolos de los Sabios de Sión y El judío internacional de Henry Ford, para denunciar la “nefasta acción de los israelitas”, a los que responsabilizaba de “sembrar odios y rencores” y “dividir las clases sociales”. Estos delirios y otros más de Martínez Cantú antecedieron de varias décadas a los principales exponentes del conspiracionismo en los países de habla hispana: los también mexicanos Salvador Borrego y Salvador Abascal Infante.

De las diversas organizaciones ultraderechistas antisemitas de México, la más grande y poderosa fue la Acción Revolucionaria Mexicanista (ARM), cuyos paramilitares, camisas doradas, emulaban a los demás encamisados fascistas de la época: camisas negras de Mussolini, camisas pardashitlerianos, camisas azules franceses, camisas verdes integralistas de Brasil y camisas plateadasestadounidenses. Los militantes de la ARM, dirigidos por el antiguo general villista Nicolás Rodríguez Carrasco (1890-1940), portaban sombrero, botas, macanas y a veces armas de fuego, entonaban las consignas “¡muerte al comunismo!” y “¡México para los mexicanos!”, y, al igual que los de la vieja Liga Patriótica Argentina, descargaban su furia lo mismo sobre comunistas y obreros huelguistas que sobre aquellos a quienes describían como “judíos apátridas” y “biológicamente degenerados”, a quienes amenazaban, extorsionaban y únicamente respetaban a cambio de recursos para su organización.

Otra organización antisemita mexicana muy importante en aquella época, tanto por su influencia como por su número de integrantes, fue la Confederación de la Clase Media (CCM), a la que se le acusó de orquestar, junto con el cacique revolucionario potosino Saturnino Cedillo, una fallida conspiración para asesinar al presidente Lázaro Cárdenas. La CCM también intentó en vano organizar un Primer Congreso Iberoamericano Anticomunista que habría de celebrarse en La Habana, Cuba, en septiembre de 1937. En una sorprendente carta abierta de 1939 dirigida a León Trotsky –por entonces refugiado en México–, la CCM aseguraba que el movimiento comunista era un “movimiento judío para saciar los odios semíticos contra los ‘boxy’ o ‘perros cristianos’, prostituyendo y comprando las conciencias de los hombres más abyectos, más crueles y con almas de judíos”.

Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) en Colombia y Unión Nacional Sinarquista (UNS) en México

El elemento racista-antisemita y el parentesco nazi-fascista no estuvieron presentes o tan presentes en todos los movimientos ultraderechistas latinoamericanos de los años treinta y cuarenta. En esos mismos años, en algunos países, hubo también una ultraderecha centrada en tradiciones y situaciones locales o nacionales y relativamente descentrada con respecto a la coyuntura internacional. Tal es el caso de la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) de Colombia, fundada en 1935.

La APEN coincide con los movimientos nazi-fascistas de la época tanto por su furia nacionalista y anticomunista como por su pretensión de haber trascendido el espectro derecha-izquierda, pero se distingue de la mayor parte de ellos por su ferviente adhesión al capitalismo y por su orientación ultra-liberal con su oposición a cualquier intervencionismo estatal y especialmente a la redistribución de la riqueza. El discurso de la APEN, muy próximo al de la actual ultraderecha neoliberal o libertariana, es contra el Estado, los impuestos, los políticos y los burócratas. Su propósito más o menos encubierto es la defensa de los intereses de sus miembros: terratenientes y oligarcas de la industria, del comercio y de la finanza.

Al igual que la APEN colombiana, la Unión Nacional Sinarquista (UNS) mexicana, fundada en 1937 y existente hasta hoy en día, parece obedecer a una dinámica más nacional que internacional. Sin embargo, en contraste con la composición reducida y oligárquica de la APEN, la UNS habrá de ser un gran movimiento de masas compuesto de centenares de miles de campesinos y trabajadores provenientes principalmente de las clases medias y populares. Además, también a diferencia de la APEN, la UNS no es de ningún modo un movimiento capitalista ultra-liberal y anti-estatista, sino que admite el intervencionismo estatal y se nutre claramente del fascismo y del nazismo, así como del hispanismo al que ya nos hemos referido y que tenía también una gran influencia en varios grupos nazi-fascistas mexicanos de la misma época. No obstante, a diferencia de algunos de estos grupos, el sinarquismo tuvo una mayor implantación rural y no se distinguió por su racismo, sino más bien por su carácter marcadamente católico, antirrevolucionario, conservador y tradicionalista que lo acerca al falangismo español y que se explica por su origen en las milicias cristeras que se opusieron entre 1926 y 1929 a las políticas del gobierno revolucionario para limitar el poder social, económico y político del clero en México.

La UNS, por lo demás, adopta diversas posiciones características de la ultraderecha de la época, entre ellas el anticomunismo, el anti-marxismo, el nacionalismo, el hispanismo, el cristianismo, cierta dosis de antisemitismo y la supuesta superación del espectro derecha-izquierda. Estas posiciones fueron bien justificadas por los grandes ideólogos del movimiento, como Juan Ignacio Padilla, Manuel Torres Bueno y los hermanos Alfonso y José Trueba Olivares, y quedan sintetizadas en el término de “sinarquismo”, el cual, formado etimológicamente por el griego syn –“con”– y arjé–“autoridad” u “orden”–, se presenta como el término contrario al anarquismo.

El discurso de la UNS desata su odio contra el anarquismo y contra el comunismo, así como también contra el cosmopolitismo y el internacionalismo, denunciados como “antipatrióticos”. Estas posiciones habrán de acentuarse y radicalizarse en el ideólogo más conocido y polémico del sinarquismo, Salvador Abascal Infante (1910-2000), quien lideró el movimiento en su apogeo, entre 1940 y 1941, y quien fue además un frenético defensor de la inquisición, de la infalibilidad papal y del colonialismo español.

 

Continuación de la historia que se relata en el artículo:

La ultraderecha latinoamericana durante la guerra fría (1946-1991)

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)

 

Otros artículos del autor sobre la ultraderecha latinoamericana:

Los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana: libertarismo neofascista e injerencia estadounidense

La ultraderecha latinoamericana: cien años de lucha por la desigualdad

Jair Bolsonaro en Brasil: humillación y amenaza para toda la humanidad

Bolsonaro y su verdad

 

 

Universidad Michoacana: entre la insolvencia y la resistencia

Conferencia en el panel ¿Hacia dónde llevan a nuestra universidad?, convocado por el Frente para la Defensa de la Educación Pública y realizado el jueves 23 de noviembre de 2017 en el Aula Mater del Colegio de San Nicolás, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Evaluación

No hay nada que me entristezca tanto como aquellos estudiantes que tan sólo piensan en sus calificaciones. Están siempre concentrados en el diez que desean y no en todo lo que pueden aprender en sus clases. No les interesa lo que se evalúa, sino su evaluación. Todo su aprendizaje sirve para obtener una buena calificación final. Después, una vez que la obtienen, pueden olvidar todo lo demás, pues la evaluación era lo que les importaba, el sentido mismo del curso, la verdad a la que podía reducirse todo lo demás. Para estos recolectores de calificaciones y no de saberes, todo puede ignorarse en la carrera que se estudia mientras uno haya juntado suficientes dieces que luego puedan canjearse por un buen título.

Afortunadamente, al menos en las tres facultades en las que laboro, hay relativamente pocos estudiantes que sólo piensen en sus dieces. Me temo que son cada vez más, pero son aún pocos. El fenómeno de anteponer la evaluación a lo evaluado es más común entre los docentes, cada vez más obsesionados por sus constancias, por sus puntos, por sus promociones, por su perfil PRODEP, su puntaje en el ESDEPED y su permanencia o su nivel en el SNI. A veces tengo la impresión de que estas evaluaciones han terminado siendo lo que verdaderamente importa en la actual vida universitaria, la verdad secreta de todo lo que enseñan los profesores, tal como las calificaciones también son como la verdad secreta de todo lo que aprenden los malos alumnos a los que ya me referí.

Así como hay estudiantes que únicamente piensan en sus calificaciones, así también hay docentes que tan sólo piensan en sus evaluaciones, y así también hay funcionarios, al interior y al exterior de la universidad, que solamente son capaces de pensar en acreditaciones y en otros indicadores análogos. Observamos el mismo fenómeno en los tres casos, pero no en el mismo grado, pues me parece que se agrava a medida que ascendemos en la jerarquía universitaria. Como lo había dicho, aquellos a quienes únicamente les importan las evaluaciones son aún escasos entre los estudiantes, pero son muy numerosos entre los docentes y me atrevo a decir que son la inmensa mayoría de los funcionarios. Considero que esta diferencia corresponde a un grado variable de perversión por el sistema que rige las evaluaciones. Los funcionarios serían los más pervertidos, los docentes lo serían un poco menos y los estudiantes apenas estarían empezando a pervertirse.

En todo caso, tanto entre funcionarios como entre docentes y estudiantes, las evaluaciones tienden a volverse cada vez más importantes y no dejan de avanzar a costa de lo evaluado. Esto se ha puesto en evidencia en los últimos años con la campaña de orgullo nicolaita y con las múltiples declaraciones en el marco de la conmemoración del centenario de la universidad.

Cuantificación

¿Qué es lo que más hemos conmemorado y lo que nos hace sentir más orgullosos? Nuestras buenas evaluaciones, nuestros muchos dieces, nuestro número de estrellitas en la frente: número de licenciaturas acreditadas, número de posgrados incluidos en el programa nacional de posgrados de calidad, número de profesores con perfil deseable, número de miembros del SNI, etc. Pareciera que estos números captan la esencia de la universidad, su más profundo sentido, sus mayores logros, su verdad más íntima, lo que se conmemora, lo que nos enorgullece. En realidad, no se trata más que de unos simples números detrás de los cuales desaparece nuestra historia, nuestras luchas, nuestros logros, lo que nos hace únicos. Pero todo esto, lo realmente importante, no parece importarle a nadie. Lo que nos importa son unos cuantos números. Hemos terminado reduciendo todo el contenido de la universidad a estos números, procediendo así como los malos estudiantes que reducen todo el contenido de sus clases a unas cuantas calificaciones.

Comportándonos como los peores de nuestros estudiantes, muchos docentes y la mayoría de los funcionarios tienden a reducir la universidad a un conjunto de evaluaciones. Han llegado así a extremos tan desoladores como el de fincar nuestro valor en la posición que ocupamos en los rankings nacionales e internacionales de las mejores universidades. Nos envalentonamos con una lista que nos dice que somos la séptima mejor universidad nacional, desatendemos otra lista en la que ocupamos el decimosexto lugar, ignoramos otra lista más en la que ni siquiera aparecemos y exhibimos una suficiencia trágica, desalentadora, por ser la universidad número 1236 en el mundo.

El espectáculo es triste, patético y obsceno, e indigno de nuestra universidad. No encuentro semejante ejemplo de indignidad entre mis estudiantes, a los que todavía no he visto compararse unos con otros por su lugar en el ranking de su grupo ni tampoco jactarse de ocupar un séptima posición. Pero quizás vea esto muy pronto. ¡Con el mal ejemplo que les estamos dando!

Mercantilización

Los rankings y las demás evaluaciones tienen un propósito claro y explícito. De lo que se trata es de traducir lo cualitativo, como puede ser la calidad intrínseca del aprendizaje o del desempeño de un docente o de un estudiante o una institución, en los indicadores cuantitativos de las evaluaciones, como pueden ser puntos, niveles en el SNI, puntajes en el ESDEPED, números de programas acreditados, lugares en los rankings, etc.

¿Y por qué traducir así lo cualitativo en lo cuantitativo? Todos lo sabemos, aunque tal vez de un modo un tanto intuitivo: necesitamos convertir lo cualitativo en cuantitativo para poder intercambiarlo por dinero, quizás directamente, o tal vez indirectamente, a través de una serie de intercambios de unos valores cuantitativos por otros. En el caso del ESDEPED, por ejemplo, es muy claro: el puntaje se traduce en el número de salarios mínimos que recibimos. El funcionamiento del SNI es también transparente, al menos en esto: cada nivel corresponde a cierta cantidad de dinero. La misma lógica directa opera en el número de programas de calidad, pues todos ellos reciben recursos para la universidad, principalmente en concepto de becas para los estudiantes. En cuanto a las calificaciones de los estudiantes, ya sabemos que se canjean por títulos que a su vez se truecan por trabajos más o menos remunerados. Estas remuneraciones también se verían favorecidas por las acreditaciones de los programas en los que se estudia, los cuales, además, al estar acreditados, permitirían obtener mayores recursos para la universidad. Es al menos lo que se nos dice, y era ya el argumento de los rectores anteriores, desde Jaime Hernández, para impulsar la acreditación de los programas universitarios.

En todos los casos, es por los recursos, por los presupuestos, por los futuros salarios, por los dineros que se miden siempre cuantitativamente, por los que debemos cuantificarlo todo. Solamente las cantidades exactas de lo que sea pueden intercambiarse por cantidades exactas de pesos. El reino del dinero en el sistema capitalista impone el reino de las cantidades, el dominio de los valores cuantitativos sobre los cualitativos, el dominio del valor de cambio sobre el valor de uso, y aquí, en el seno de la universidad, el poder cada vez mayor de las evaluaciones cuantitativas, de los números, de los niveles, de las calificaciones, de las acreditaciones, de los puntos y puntajes. Todo esto es cada vez más decisivo en la universidad porque el dinero es cada vez más importante en el gran mercado en el que se está convirtiendo nuestro mundo.

Lo que se nos quiere hacer aceptar es que nuestra universidad, aunque pública, está en el mundo, es decir, en el mercado, y, por lo tanto, es una suerte de mercancía o conjunto de mercancías que debe aprender a venderse como todo lo demás que hay en el mercado. Y para venderse, tiene que expresarse en los términos cuantitativos del dinero. Es en estos mismos términos en los que la universidad intenta obtener más recursos, venderse al mejor precio, al exhibir sus números de miembros del SNI, de eficiencia terminal y de programas acreditados o de calidad.

Privatización

Se nos dice que los números sirven para convencer al gobierno de que nos proporcione más recursos. Y el gobierno, presentándose como cliente, quiere lógicamente dar menos dinero, y regatea, y la universidad se hace publicidad con sus números e insiste en que vale más. Y aquí estamos, negociando, cada vez más atrapados en la mezquina lógica del mercado. Es en esta lógica y sólo en esta lógica en la que puede hablarse de una “quiebra técnica” de nuestra universidad. ¡Como si lo público pudiera estar en quiebra! ¡Como si lo que es de todos pudiera ser insolvente! ¡Como si no dispusiera precisamente de la solvencia de todos! Con esta riqueza de la sociedad, lo público no puede estar quebrado, sino tan sólo despojado, saqueado, expoliado, privatizado, mercantilizado.

Se me ha preguntado hacia dónde están llevando a la Universidad Michoacana, y ya puedo responder lo que pienso: lo que pienso es que la están llevando, nos están llevando, al terreno del mercado. Esto ya es una forma de privatización de la universidad pública. Lo es, en primer lugar, porque se hace con el apoyo de instancias privadas, como el CENEVAL, que usurpan funciones públicas trascendentes, privatizándolas al tiempo que se privatizan también los recursos que les pagan. Pero tenemos una privatización más fundamental, una privatización de carácter ideológico, en el hecho mismo de operar como una empresa debe hacerlo en el mercado, vendiéndonos por los recursos que necesitamos y compitiendo con las demás empresas en los rankings, y reproduciendo esto en el interior de la universidad, al hacer que los profesores e investigadores también se vendan por dinero, por los apoyos del SNI y por los estímulos al desempeño, y compitan unos con otros como empresarios de sí mismos.

La universidad que se vende y que funciona como debe funcionarse en el mercado, de manera estratégica publicitaria, productivista, individualista y competitiva, es una universidad que se está privatizando. Es ya una universidad parcialmente privatizada, porque lo público, en donde sólo existe lo de todos nosotros, lo de toda la sociedad, se debería distinguir precisamente de lo privado por no funcionar en su lógica mercantil en la que uno tiene que venderse y publicitarse, producir más y más, pensar en uno para competir con el otro, e intercambiar lo privado por lo privado, lo tuyo por lo mío, tu dinero a cambio de mi producto entregable, tu estímulo a cambio de mi desempeño, tus pesos a cambio de mis puntajes, tus recursos a cambio de mis números de miembros del SNI o de programas acreditados o de calidad.

¿Pero por qué lo privativamente mío y tuyo y el intercambio mercantil entre lo uno y lo otro no podría tener un lugar, al menos un lugar bien acotado, en una universidad pública? Por algo muy sencillo: porque lo público, insistamos, es lo de todos nosotros, lo que no puede ser de nadie porque es de todos, lo que es de todos porque fue pagado con los impuestos de todos, con el trabajo de todos, con el esfuerzo de toda la sociedad. Esto es lo que nunca se entenderá en el mercado, en su ámbito mercantil-empresarial, que es también la esfera del capitalismo neoliberal.

Insolvencia

Ni siquiera debería plantearse la cuestión de que no hay recursos para una universidad pública: los hay porque los hay, porque hay riqueza pública en la sociedad y esa riqueza no le pertenece al gobierno, sino que nos pertenece a todos, precisamente porque es pública, es nuestra. Y cuando no se nos da, sencillamente se nos quita, se nos roba, pues hay que robarnos para no darnos lo que es nuestro. Y al decir “nuestro”, no estoy pensando sólo en los empleados y en los docentes de la universidad, sino también y especialmente en los estudiantes, en los futuros profesionistas, en sus familias de trabajadores y hasta en la población que se ve beneficiada por todo lo que gastamos los universitarios en Michoacán.

Desde luego que puede e incluso debe hacerse todo lo posible para que los recursos no sean malgastados, pero esto ha de lograrse en el consenso, en el diálogo sobre cómo administrar nuestro patrimonio público, y no como lo han hecho los gobiernos federal y estatal: no haciendo como si fuera el dueño de lo que sólo es el administrador, no acaparando los recursos que son de todos, no recortándolos arbitrariamente, no usándolos con fines políticos diferentes de los establecidos, no desviándolos discrecionalmente desde la educación hacia la seguridad, no impidiendo el funcionamiento de instituciones educativas, no empobreciendo lo público, no robándole su riqueza, no privatizándola, no entrando en una lógica mercantil de chantaje, de coacción económica, de regateo, de intercambios de lo privado por lo privado.

¿Pero acaso no es la misma universidad la que ha ido claudicando y entrándole al juego del mercado?  Es verdad que ha sido presionada, casi extorsionada para hacerlo, pero también es verdad que no ha resistido lo suficiente y que se ha dejado llevar a un terreno en el que tenemos todas las de perder, como lo estamos viendo, y esto por una simple razón: porque somos una universidad pública y tenemos que dejar de ser lo que somos, debemos perdernos, para funcionar en el mercado, en el ámbito de lo privado y en su lógica mercantil, comerciante y empresarial. Y de cualquier modo, como lo muestra nuestra supuesta quiebra técnica, ni siquiera conseguimos funcionar bien en el mercado, lo cual, por cierto, quizás debiera ser lo que más nos enorgullezca, pues demostraría que no hemos logrado pervertirnos lo suficiente y que no hemos llegado a ser lo que se quiere que seamos, lo que sencillamente no somos.

Resistencia

Aunque no hayamos resistido lo suficiente, aunque nos hayamos dejado llevar al mercado, hay algo que aún resiste, algo en lo que me parece que radica la poca dignidad que todavía nos queda, algo que nadie quiso recordar en la conmemoración del centenario, algo que paradójicamente suele avergonzar a muchos sencillamente porque es algo que no puede venderse. Estoy haciendo alusión a algo que se expresa en las casas de estudiantes, en el vínculo profundo que nos une con las comunidades indígenas, pero también en algunos aspectos de nuestra ley orgánica, en el sistema de jubilaciones, en el vigor de las bases de nuestros sindicatos, en los estudiantes que se movilizan en las calles y en la figura de aquellos docentes, entre los que desafortunadamente yo no me encuentro, que entregan sus vidas a la enseñanza y que no se dejan corromper ni distraer por el SNI, el ESDEPED y todos los demás sobornos con lo que se nos compra cotidianamente.

Hay algo, pues, que no se deja comprar, que no ha cedido, que todavía resiste y subsiste. Me refiero a eso en lo que reposa todo mi orgullo nicolaita, eso que no tiene absolutamente nada que ver con las acreditaciones y los demás artilugios con los que buscamos vendernos al mejor precio. Estoy pensando en lo que nos distingue, lo que nos hace cualitativamente únicos, algo que resulta necesariamente incuantificable, inconmensurable, y que, por lo tanto, no puede situarnos en ningún ranking ni tampoco representarse numéricamente para compararnos con otras universidades. Pienso en eso que nos hace incomparables y que vemos aparecer una y otra vez en la historia de nuestra universidad.

Aquello a lo que me refiero es lo que hizo que nuestro fundador, Vasco de Quiroga, defendiera a los indígenas contra los conquistadores y les dejara nuestro Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Es lo mismo por lo que nuestro antiguo rector, Miguel Hidalgo y Costilla, exigió que cesara “toda exacción” contra los indios. Es eso por lo que otro nicolaita, José María Morelos, abolió en nuestro país cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales”, y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”. Fue lo que impulsó a Melchor Ocampo a luchar por la libertad, por la justicia y contra los privilegios, y lo que hizo que el socialista Isaac Arriaga, alumno y maestro nicolaita, participara en la revolución, repartiera tierra entre los campesinos michoacanos y fuese asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. Fue lo defendido por valientes rectores como Natalio Vázquez Pallares, Porfirio García de León y Eli de Gortari. Es aquello por lo que fueron asesinados los mártires nicolaitas Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl, quienes exigían precisamente mayor presupuesto para la universidad.

En lo que estoy pensando es también aquello por lo que fueron encarcelados Efrén Capiz y Ramón Martínez Ocaranza. Es lo que atrajo a nuestra universidad a tantos intelectuales críticos e insumisos, entre ellos el gran Aníbal Ponce, así como exiliados de la Guerra Civil Española como los filósofos José Gaos, María Zambrano y Juan David García Bacca, el escritor alemán antifascista Ludwig Renn, y finalmente quienes secundaron el proyecto elidegortarista, como el comunista Juan Brom y el marxista Adolfo Sánchez Vázquez. Pienso en aquello por lo que le otorgamos el doctorado honoris causa a Salvador Allende póstumamente en 1974, a Pablo Neruda en 1943, y, en el mismo año, al injustamente menos conocido Rómulo Gallegos, el escritor y futuro presidente venezolano que se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió un golpe de estado, en 1948, que nos lo trajo de nuevo a Morelia.

Desconfianza

Nos guste o no, lo mejor de nuestra universidad, lo más destacado, aquello por lo que se le recordará y en lo que se ha condensado su mayor inteligencia y su mayor osadía intelectual, contradice diametralmente la orientación ideológica mercantil-empresarial y capitalista-neoliberal que se le impone desde hace algún tiempo. Lo único por lo que podría justificarse esta orientación, la obtención de recursos del gobierno, parece no estar dando muy buenos resultados, puesto que, según dicen, estamos en situación de insolvencia. ¡Es por esta miseria por la que renunciamos a lo mejor de nosotros! Es como si quisiéramos perdernos, prostituirnos y convertirnos en una vulgar empresa tan sólo para estar en quiebra.

Vamos a seguir perdiendo cada vez que entremos en el juego de un sistema que sólo sabe ganar tramposamente contra los ingenuos que juegan según las reglas que él impone. Obtuvo nuestros indicadores, pero no quiere darnos la retribución que les corresponde. No ha pagado ninguna compensación por todo aquello a lo que renunciamos para satisfacerlo. Tampoco solucionó los problemas económicos de varias instituciones de educación superior que accedieron a reformar su régimen de pensiones y jubilaciones para solucionar sus problemas económicos. Ahora el mismo sistema nos asegura que basta reformar tal régimen para salir de la insolvencia y para que todo se arregle. ¿Seremos tan ingenuos como para creerle una vez más?

Tenemos que desconfiar del sistema. Ciertamente vamos a tener que negociar con él, pero debemos hacerlo con prudencia, con la mayor desconfianza, y no en sus términos, precisamente porque son los suyos y están marcados, trucados, viciados, cargados para beneficiarlo. Tenemos que recobrar nuestros propios términos, que no son los de todos esos números por los que nos dejamos cautivar y entrampar. Mientras continuemos obsesionados con las evaluaciones, vamos a seguir perdiendo en el juego, y además, lo peor, vamos a seguir perdiéndonos a nosotros mismos.

¿Cómo no recordar a esos malos estudiantes que obtienen las peores calificaciones precisamente por estar obsesionados con sus calificaciones? Esta obsesión los distrae de lo realmente importante y les impide comprender todo lo que está en juego en lo que aprenden. Me parece que esto es lo que nos está pasando en la universidad: andamos tan concentrados en la estrategia para vendernos, que ya ni siquiera sabemos lo que vendemos. En definitiva, tan sólo sabemos que vendemos estrategias para vendernos, como acreditaciones, reconocimientos de calidad a los posgrados y pertenencias al SNI.

Ahora que fundaron significativamente la carrera de mercadotecnia, me dije que habría de sernos muy útil, pues es a lo que nos dedicamos desde hace algún tiempo, desde que sólo pensamos en vendernos. Y hay que insistir en que no lo hacemos nada bien. Lo repito: parece que nos hemos convertido en una gran empresa tan sólo para estar en quiebra. Desde luego que también tendríamos problemas económicos si hubiéramos preservado lo mejor de nosotros, pero al menos podríamos consolarnos con la satisfacción de preservar eso, lo mejor de nosotros. No perdamos lo que nos queda.

Repetir en lugar de recordar: la memoria del sujeto atrapado en su pasado

Intervención en el Coloquio Memoria, sujeto y educación histórica, Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), Morelia, Michoacán, México, lunes 30 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Memoria e inconsciente

El inconsciente de Freud no se define de manera negativa. No es algo menos existente o menos presente que lo consciente. No es un vacío ni tampoco está más vacío que la conciencia. No se compone de lo desconocido, sino de lo que se conoce de otro modo. Es un saber particular y no una falta de saber. No está constituido tampoco por lo que se olvida o se borra de la memoria, sino por lo que se recuerda o se inscribe de otra manera.

Para Freud, paradójicamente, hay una memoria inconsciente: hay formas inconscientes de recordar. Una de ellas es la repetición de lo que no conseguimos rememorar conscientemente. No pudiendo evocarlo en la conciencia, debemos escenificarlo en la realidad.

Muchos de nuestros actos no suceden sino porque no pueden ser pensamientos conscientes. La ausencia e insuficiencia de nuestra conciencia es lo que se manifiesta, entonces, en la presencia y la suficiencia de nuestra actividad. En otras palabras, actuamos por no poder pensar. Esta idea genial será desarrollada por Freud entre 1900 y 1912, entre el caso Dora y el texto intitulado “Recordar, repetir y reelaborar”. Permítanme detenerme un momento en estos dos textos.

Freud: repetir y recordar

El caso Dora, como sabemos, es la historia de una joven atrapada en una intrincada red erótica en la que se entretejen las relaciones entre ella y la señora K, entre la señora K y el señor K, entre el señor K y Dora, entre Dora y su padre, entre su padre y la señora K. Esta red es aquello de lo que Dora tendría que liberarse a través del análisis con Freud, pero el proceso analítico parece complicarse y fracasar demasiado pronto. Una de las razones del fracaso es que no se consigue desenmarañar y destejer la red a través de la transferencia en el vínculo entre Dora y Freud. Este vínculo reactualiza la red erótica de un modo que impide reflexionarla y superarla. Según los términos del propio Freud (1905), la joven Dora “actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo en la cura” (p. 104).

El caso Dora le permite a Freud trazar una distinción fundamental entre la reproducción en la cura y el acto que no cura, es decir, entre el método transferencial del psicoanálisis y el pasaje al acto que viene a liquidar el proceso analítico. Esta distinción habrá de profundizarse diez años después en el pequeño texto “Recordar, repetir y reelaborar”, en el que se distingue claramente: por un lado, el “recordar”, la “reproducción como recuerdo”; y, por otro lado, el “actuar”, la reproducción como “acción” (Freud, 1914, p. 152). Actuamos lo que no podemos recordar. A falta de un recuerdo propiamente dicho, lo que tenemos es un acto, y, de manera más precisa, una repetición, y, de modo aún más exacto, la “compulsión de repetición”, descrita por Freud como una “manera de recordar” (pp. 152-153).

Freud plantea, pues, que repetir es una manera de recordar, y nosotros podemos entender que se trata de una manera inconsciente de recordar, y, por ende, también, en cierto modo, una manera de no-recordar o de olvidar, pues el repetir no deja de oponerse al recordar. Se trata de un dilema entre la rememoración y la repetición. Hay, en efecto, dos posibilidades mutuamente excluyentes: o reproducimos en el recuerdo o reproducimos en la acción. Estamos condenados a repetir de modo incesante, crónico y patológico, lo que no estamos en condiciones de recordar y de curar a través del recuerdo.

Pensamiento y liberación

No pudiendo evocar algo conscientemente dentro de nosotros, debemos hacerlo persistir inconscientemente en la realidad, fuera de nosotros y a través de nosotros, en lo que somos y hacemos. Debemos quedar así atrapados en aquel pasado que nos hace actuar y en el que no podemos pensar. Pensarlo nos haría objetivarlo, desprendernos de él, escapar de su esfera y dejarlo atrás al dejar de actuarlo. El pensamiento, en el sentido más radical de la palabra, condiciona entonces nuestra liberación. Tan sólo podemos liberarnos de aquello en lo que pensamos, aquello que aprehendemos reflexivamente, aquello que nos representamos conscientemente.

En cuanto a los acontecimientos pasados que se resisten a nuestros intentos de representación consciente y de aprehensión reflexiva, debemos aceptar que se mantengan inconscientemente presentes y que sean más bien ellos los que nos aprehendan al poseernos como seríamos poseídos por un demonio. Muchos de nuestros actos, quizás incluso casi todos, acaban siendo repeticiones del pasado que domina implacablemente nuestras vidas. Lo que ya vivimos ayer decide lo que habremos de vivir hoy y mañana. La vida futura le pertenece a la pretérita.

No podemos vivir, en definitiva, sino al repetir esos acontecimientos pasados en los que nos hemos quedado trabados. Nos llevan con ellos a donde ellos quieren ir. Después de todo, al no poder pensarlos, es como si pensaran por nosotros. Es en ellos en donde radica la clave de nuestros pensamientos y es por eso que nos dominan como lo hacen. Tan sólo podemos liberarnos de ellos cuando nuestra conciencia es capaz de capturarlos, comprenderlos, y así, como de dice, “tomarlos por los cuernos”. De lo contrario, son ellos los que nos mantienen atrapados en ellos y los que hacen que debamos experimentarlos en carne propia, desplegarlos a través de nuestras vidas, vivirlos, actuarlos y sufrirlos.

Por ejemplo, cuando nuestra conciencia es incapaz de aprehender lo que está en juego en la colonización europea y en la opresión porfirista, corremos el riesgo de mantenernos colonizados y oprimidos en diversos aspectos de nuestra existencia. Es, entonces, como si la Independencia y la Revolución hubieran fracasado. Nosotros mismos repetimos la colonia y el porfiriato: nos doblegamos, renunciamos a la democracia, nos sometemos a un despotismo demasiado semejante al porfirista, nos vendemos al mejor postor y establecemos con él vínculos neocoloniales de franca dependencia. ¿No es acaso lo que ocurre cotidianamente en México? Todo tiende a neutralizar las conquistas de la Independencia y la Revolución. Podríamos decir que estos dos intentos de liberación han terminado fracasando, al igual que el proceso analítico de la joven Dora, porque no hemos sido capaces de reflexionar seriamente sobre nuestra historia de colonialismo y despotismo. No hemos podido hacer consciente lo inconsciente, y entonces nos hemos condenado a repetir el colonialismo y el despotismo, actuándolos inconscientemente y así quedando atrapados en el pasado.

Reelaboración y resistencias

Liberarnos del pasado nos exige recordarlo. Sin embargo, para llegar a recordarlo, no basta que otro nos lo recuerde. Freud nos advierte que el intento de alguien más de recordarnos lo que estamos repitiendo sólo sirve para fortalecer nuestra compulsión a la repetición y nuestra correlativa resistencia a recordarlo. Para que lleguemos a recordarlo realmente, se nos debe “dar tiempo” y permitir que nos “enfrasquemos en la resistencia” y que la “reelaboremos” (Freud, 1914, p. 157).

La reelaboración, que nos permite pasar de la repetición inconsciente a la rememoración consciente, sólo será verdadera y efectiva cuando sea hecha por el propio sujeto, es decir, en un plano socio-histórico, por nosotros mismos como ente colectivo, como colectividad, como pueblo. Es el mismo pueblo el que debe reelaborar su pasado y así recordarlo de verdad y liberarse de él al dejar de actuarlo y repetirlo. Nadie puede hacer todo esto en lugar del pueblo, ni las vanguardias ni los “maestros de escuela” repudiados por Marx y por Rosa Luxemburgo, ni los dirigentes ni los intelectuales orgánicos o inorgánicos, ni los historiadores ni los psicólogos sociales ni los supuestos “psicoanalistas de la sociedad” ni los demás usurpadores del pueblo.

Es el mismo pueblo el que ha de superar sus resistencias. ¿Pero por qué superarlas? Para liberarse de lo que lo impiden liberarse, a saber, la repetición inconsciente y sus redes: redes tan opresivas como las del caso Dora.  El colonialismo en México, por ejemplo, se perpetúa debido a las resistencias del pueblo para liberarse de él, para independizarse, para concretar los ideales de Hidalgo, Morelos y Guerrero. Soy las mismas resistencias por las que Dora no podría curarse. De ahí que las resistencias tengan una connotación claramente negativa en Freud: nos resistimos a recordar, a pensar, a reflexionar, a hacer consciente lo inconsciente, a liberarnos del pasado en el que permanecemos atrapados. Nos resistimos, pues, a nuestra propia liberación, a nuestra propia curación.

Cuestionamiento y problematización

Para conquistar nuestra libertad, habría que empezar por vencer nuestras propias resistencias. Ésta es la convicción de Freud. Pero tal vez debamos cuestionarla y problematizarla, preguntándonos si resulta siempre deseable acabar con las resistencias del sujeto, hacer consciente lo inconsciente, liberarnos del pasado y dejar de actuar lo que no alcanzamos a pensar.

¿Y si las acciones inconscientes del pueblo preservaran algo popular trascendente, valioso y significativo, que no pueda preservarse de otro modo: algo que deba repetirse para conservarse, un pasado que sólo pueda mantenerse presente al actuarse en lugar de pensarse de modo consciente? Consideremos, por ejemplo, toda esa fabulosa opacidad impenetrable de las tradiciones populares y de aquello que Halbwachs (1950) designaba con el nombre de “memoria colectiva”. ¿Por qué habría que liberarse de esas formas de repetición que nos permiten resistir a muchas cosas, no sólo a los procesos independentistas y revolucionarios, sino también a los órdenes coloniales y despóticos? ¿Por qué habría que vencer aquí la resistencia?

¿Por qué no respetar los últimos reductos de resistencia que hay dentro de nosotros y en las comunidades? ¿Por qué abrir esos refugios en los que el pueblo se ha escondido y protegido exitosamente contra las adversidades más violentas de la historia? ¿Por qué habría que hacer consciente lo que sólo puede mantenerse vivo a través del inconsciente? Y de modo aún más radical: ¿por qué habría que dejar de actuarse lo que tal vez necesite actuarse para concebirse, reflexionarse, pensarse? ¿Por qué habría que dejar de repetirse lo que sólo puede recordarse al repetirse? Esto es algo que sabemos bien en el marxismo: hay cosas de las que sólo podemos tener una idea clara y distinta por medio de la acción. Es por esto que algunos marxistas consideramos que la práctica no es aplicación de la teoría, sino continuación de la teoría por otros medios y en campos en los que debe practicarse para teorizar.

Hay cosas que resisten intrínsecamente a la teorización, al pensamiento y a la conciencia. Freud no lo ignoraba: la resistencia está en el cuerpo, en la profundidad insondable del ello, en el meollo pulsional, en el núcleo del sueño, en el corazón del pueblo y de su cultura. Es un hueso imposible de roer por el pensamiento y que debe hacerse y vivirse para existir. Es también para esto que existe la práctica psicoanalítica.

El psicoanálisis es mucho más que un simple ejercicio por el que el yo adviene en donde era ello y se hace consciente lo inconsciente. A diferencia de la psicología dominante, el psicoanálisis coincide con el marxismo al desconfiar del yo y de su conciencia. Lo consciente, para Freud, es peligroso y no sólo impotente.

Nuestra conciencia jamás puede agotar lo que debe hacerse y vivirse para existir, pero sí quizás exista el peligro de que lo degrade y hasta lo destruya por obstinarse en sacarlo a la luz. Es un peligro que debemos tener presente quienes queremos pensarlo todo: nosotros los académicos, los universitarios, que imaginamos que todo lo existente es también pensable. Esta imaginación es lo que nosotros, los marxistas, denominamos “idealismo”. Es la certeza de que las ideas engloban todo el mundo material, como si fuera el mundo entero el que está en ellas y no ellas las que están en el mundo.

Referencias

Freud, S. (1905). Fragmento de análisis de un caso de histeria (caso Dora). En Obras completas, volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar. En Obras completas, volumen XII. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Halbwachs, M. (1950). La mémoire collective. París: Albin Michel, 1997.

 

Dos caras de un mismo pueblo: notas para un acercamiento psicosocial a María de Jesús Patricio y Andrés Manuel López Obrador

 

Publicado en Rebelión del 27 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Legado

El pueblo de México ha llegado a una encrucijada. Su camino se ha bifurcado entre un hombre y una mujer. Él es el Peje, Andrés Manuel López Obrador, a la cabeza del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA). Ella es Marichuy, María de Jesús Patricio, vocera de una entidad que emana del Congreso Nacional Indígena (CNI) y que es apoyada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

El Peje y Marichuy representan dos tradiciones paralelas y dos opciones opuestas de la izquierda mexicana. Él aparece como heredero de un cardenismo al que le debemos en gran parte, como pueblo que somos, lo que ahora intentan arrebatarnos, lo mejor de nuestras instituciones públicas, las mayores conquistas sociales concretas del proceso revolucionario, la poca justicia y la poca igualdad que hay en México. Ella se presenta como depositaria de la herencia histórica de un zapatismo del que recibimos, también como pueblo, nuestros más altos ideales de justicia e igualdad, nuestro más íntimo ímpetu rebelde, nuestra lucha por tierra y libertad, nuestra indomable dignidad y nuestra inagotable capacidad de resistencia.

Ella nos anima con todo aquello que anhelamos y que nunca hemos conseguido. Él nos consuela con las pocas aspiraciones que realizamos en el pasado. Nos decimos que él nos hará volver a ganar algo, quizás muy poco, aunque sea para mantener viva nuestra esperanza. Contamos con ella para desear algo más, algo prácticamente inalcanzable, aunque sea para que no muera ese misterioso deseo latente del que siempre depende nuestra esperanza manifiesta.[1]

Amistad

Tanto María de Jesús como Andrés Manuel parecen merecer nuestra confianza. Los dos nos han dado suficientes pruebas de buena fe, de honestidad y de legitimidad. Son quienes son, y no, como se pretende, artimañas de quienes corrompen, saquean y destruyen todo lo que nos rodea.

Ella no es el producto de una conspiración orquestada para dividir los votos de la izquierda. Él no es una cabeza más de la hidra capitalista contra la que arremeten los zapatistas. Ni él ni ella son los verdaderos enemigos de quienes han decidido seguirlos.

Ni él ni ella parecen estar manipulando al pueblo que los apoya con tanto ardor y entusiasmo. ¿Por qué habrían de manipularlo? ¿Y cómo habrían de hacerlo? Este pueblo tiene memoria, criterio e inteligencia.[2] Piensa con toda la capacidad intelectual de nuestros millones de pensamientos que se han ido entretejiendo poco a poco, generación tras generación, hasta componer el abrigo que nos protege y nos cobija en las circunstancias más adversas.

El pueblo no se dejaría engañar como aquellos torpes votantes aislados que lo traicionan al desprenderse de él y al caer en las redes comerciales y mediáticas de compra y promoción del voto. El pueblo no es como ellos, pues tiene conciencia de clase: conocimiento colectivo, práctico, material e histórico.[3] Es por esto que no se ha dejado atrapar, devorar, subsumir totalmente ni como productor en el capital[4] ni como consumidor en su ideología[5]. Sabe mantenerse también afuera y es precisamente por eso que es pueblo. Es pueblo porque no es tan incauto como se lo representan quienes lo desprecian.

Mismidad

El pueblo es tan prudente y tan juicioso que tan sólo acepta seguirse a sí mismo. Digamos que no se aliena sino en sí mismo: al desalienarse a sí mismo de todo lo demás. Es lo que hace al elegir su propio reflejo en Andrés Manuel y en María de Jesús. Él y ella no pueden ser más que pueblo: dos caras de nuestro mismo pueblo proyectado en aquello que debe obedecerlo, manifestarlo, identificarse con él, ser él.[6]

Ella, indígena, es la fisonomía femenina, reveladoramente femenina, de quinientos años de lucha subterránea por la vida y resistencia invisible contra la colonización, la dominación, la discriminación, la marginación y la devastación. Él, mestizo, es el doble rostro masculino, significativamente masculino, de la victoria en la derrota, de la obstinación en la claudicación, de la independencia en la dependencia, de la revolución en la institucionalización, de la incesante guerra contra el poder en el seno mismo del poder.

Él, inevitablemente contradictorio, tiene que hacer concesiones para llevarnos hacia donde queremos ir. Ella, necesariamente consecuente, debe mantenerse firme y no hacer concesiones para que no terminemos una vez más en donde no queremos estar. Es verdad que ella, en sintonía con el zapatismo, se nos presenta como una utopista que no deja de apostarle histéricamente a lo imposible.[7] También es cierto que él ha sabido ser un realista que se atiene obsesivamente a lo posible.[8] ¿Pero acaso él no ha demostrado ya cuán utópico es el realismo en una sociedad como la nuestra?[9] ¿Y acaso los zapatistas, en la heterotopía de sus comunidades, no han demostrado que hay un lugar en el que lo imposible puede realizarse?[10]

Tal vez dudemos, con mucha razón, de que el proyecto purista y anticapitalista de ella sea realizable a nivel nacional. Sin embargo, con igual razón, también podemos desconfiar de un proyecto, como el de él, que sólo parece realizable con la adhesión de nuestros peores enemigos y en el contexto del sistema capitalista que todo lo degrada y lo destruye. ¿Pero acaso, volviendo al viejo debate, no resulta imposible deshacerse del capitalismo en un solo país?[11]

Mientras seamos un solo país, quizás mejor convenga que nos limitemos a contener el capitalismo globalizado y atenuar localmente sus peores efectos. Es al menos lo que Andrés Manuel parece proponer. ¿Vejez claudicante o madurez ante una suerte de infantilismo izquierdista? ¿Realismo u oportunismo? ¿Derrotismo y resignación o sensatez y buen sentido? ¿Buen o mal aprendizaje de lo que nos enseñan las últimas experiencias populistas latinoamericanas?

Valentía

El caso es que el Peje restringe su movimiento al ámbito nacional. Ofrece ni más ni menos que un país en el que todos tengamos nuestro lugar. Marichuy, en cambio, prefiere un mundo en el cual, siguiendo la máxima zapatista, quepan muchos mundos.

Quizás ella y sus adeptos muestren una respetuosa humildad al no pretender que nadie se asimile a nada, pero por eso mismo son tan histéricamente intrépidos como para querer cambiar el mundo. Tal vez el Peje se muestre modesto y mesurado al buscar tan sólo transformar nuestra nación, pero exhibe su obsesiva osadía cuando no tolera que nadie quede afuera de su proyecto. Él nos acoge tanto como ella nos respeta.

Ella no insiste, pero sólo admite a quienes estén dispuestos a situarse abajo y a la izquierda. Él tiene ciertamente una orientación hacia la izquierda y una inclinación hacia los de abajo, pero sabe que debe abarcar a todos o al menos a casi todos, entre ellos muchos de arriba y de la derecha, para llegar al poder y para proponer un proyecto de nación que sea verdaderamente inclusivo, auténticamente nacional.

El Peje cultiva la respetable y esperanzadora política populista y quiere triunfar por la unidad, por la universalidad, por la hegemonía, por las equivalencias entre diferentes reivindicaciones de nuestra sociedad.[12] Marichuy prefiere la otra política, la compartida por los zapatistas: no sólo mantiene un respeto irrestricto por la diferencia y por la particularidad, sino que ni siquiera se interesa en triunfar, aun cuando sabe muy bien lo que desea.[13]

Complementariedad

María de Jesús parece atraer uno por uno, caso por caso, a los diferentes, a los más conscientes de sus diferencias, mientras que Andrés Manuel es masivamente seguido por los iguales, por los más sensibles a la igualdad. Lógicamente, si los de él tienen la obsesión de la unidad política y colectiva, los de ella están empecinados en la organización micropolítica y transindividual.

Ella busca entrelazar y él necesita sumar. Él debe ser estratégico y pensar en los términos cuantitativos de la democracia representativa y de la sociedad moderna o hipermoderna, mientras que ella puede plantear la situación en los términos cualitativos de la comunidad tradicional o posmoderna y de una democracia directa como la practicada milenariamente por los pueblos indios.

Hay que decir que ella no sólo tiene afinidad con los indígenas y los campesinos, sino también con individuos solitarios de las clases medias, con pequeños grupos de soñadores, con las más diversas tribus urbanas, con equilibristas que alcanzan a vivir tanto en los márgenes de la sociedad, en las orillas del abismo circundante, como en los intersticios que se abren entre los grandes bloques sociales. En cambio, él suele atraer a estos grandes bloques, a sectores enteros de la población, a muchedumbres maltratadas e indignadas, a las masas de trabajadores que sufren todo el peso de los núcleos industriales y empresariales. Quienes optan por él se concentran por lo general en los grandes centros de producción y circulación, mientras que los de ella tienden a disiparse en la periferia de nuestro universo simbólico.

Podríamos conjeturar que las minorías excluidas y marginadas la necesitan a ella, mientras que las mayorías oprimidas y explotadas precisan de alguien como él. Es verdad en parte, pero lo cierto es que todos somos como sujetos, en uno u otro aspecto de lo que somos, tan minoritarios como mayoritarios, tan excluidos como explotados, tan marginados como oprimidos.[14]

Resolución

Al menos aquí, en el pueblo, todos tenemos buenas razones para sentirnos representados por Marichuy y por el Peje. Quizás necesitemos de los dos para no sacrificar nada en lo que somos, pues quienes los apoyamos, nos guste o no, estamos irremediablemente divididos entre lo que se nos explota y lo que se nos excluye, entre el interior y el exterior del sistema capitalista, entre nuestra universalidad como ciudadanos y nuestra particularidad como sujetos, entre lo que negocia y lo que se resiste a cualquier negociación, entre el país y la madre tierra, entre la sociedad y la comunidad, entre lo mestizo y lo indígena, entre lo que intenta regenerarse y lo que busca preservarse.[15]

Es desde siempre que nos hemos desgarrado entre las dos opciones que ahora se nos imponen tan abiertamente. Desde luego que son diferentes y hasta contradictorias. Quizás incluso resulten inconciliables, pero estamos en condiciones de respetarlas y ver cómo se anudan en el pueblo y en cada uno de nosotros, como cuando pensamos con una y sentimos con la otra, o cuando profundizamos en una tan sólo para llegar a la otra.

El Peje y Marichuy podrían ser los dos términos de la ecuación que debemos resolver para vencer al sistema capitalista que amenaza con aniquilarnos. Esto es urgente, pero difícil. ¿Cómo relacionar lógicamente dos términos que nos parecen a veces inconmensurables y otras veces mutuamente excluyentes?

¿Cómo no sentirse tentado a ceder a la facilidad al quedarnos con uno de los términos y descartar el otro? Es lo que haremos al elegir simplemente una opción, reconocernos en ella y desconocernos en la otra, defender la elegida y descalificar la rechazada. Pero entonces lucharemos contra nosotros mientras luchemos por nosotros. Es algo que hacemos a menudo en la izquierda. Nos ha costado muy caro: aún pagamos con la pesada cadena de fracasos de la que no conseguimos liberarnos.

Referencias

[1] Jacques Lacan, Les non-dupes errent (1973-1974), París, L’Association Freudienne Internationale, 2001.

[2] Maurice Halbwachs, La psychologie collective (1938), París, Flammarion, 2015.

[3] György Lukács, Historia y conciencia de clase (1923), Madrid, Sarpe, 1985.

[4] Karl, Marx, El Capital, libro I, capítulo VI inédito (1866), México, Siglo XXI, 2009.

[5] Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (1846), Montevideo, Pueblos Unidos, 1974.

[6] Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), en Obras completas XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1998.

[7] Jacques Lacan, Le séminaire, livre XVII, L’envers de la psychanalyse (1969-1970), Paris, Seuil, 2006.

[8] Ibíd.

[9] Ver Jacques Rancière, Aux bords du politique (1998), París, Gallimard, 2004.

[10] Ver Michel Foucault, Le corps utopique suivi de Les hétérotopies (1966), Paris, Lignes, 2009.

[11] Leon Trotsky, El gran debate (1924-1926), La revolución permanente, Buenos Aires, Pasado y presente, 1972.

[12] Ernesto Laclau, La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005. Laclau y Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy (1985), Londres, Verso, 2001.

[13] David Pavón Cuéllar, Elementos políticos de marxismo lacaniano, México, Paradiso, 2014.

[14] Jacques Lacan, Écrits, París, Seuil, 1966.

[15] Karl Marx, Sobre la cuestión judía (1843), en Escritos de juventud, México, FCE, 1987.

Los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana: libertarismo neofascista e injerencia estadounidense

Artículo publicado en Rebelión del 11 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Vemos aparecer por todos lados a los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana. Suelen presentarse como libertaristas, liberales o neoliberales, y defienden el capitalismo, las políticas antiestatistas, el libre mercado y la libertad individual. Son mayoritariamente de tez blanca, descendientes de las élites locales y con estudios en universidades privadas. Nacieron después de 1970. Son carismáticos y exitosos. Muchos triunfan en YouTube y en las redes sociales. A veces también son promocionados por los imperios mediáticos de la región.

Sus nombres empiezan a ser bien conocidos: Gloria Álvarez Cross en Guatemala, Axel Kaiser en Chile, Agustín Laje y Nicolás Márquez en Argentina, Rodrigo Constantino y Fábio Ostermann en Brasil, Juan Carlos Hidalgo y Natalia Díaz Quintana en Costa Rica, etc.[1] Algunos de ellos demuestran ocasionalmente su modernidad al hacer gala de su ateísmo y al defender la legalización del aborto. Y es verdad que intentan cultivar un tono afable, sereno y racional, pero no consiguen disimular su odio feroz hacia el comunismo, el socialismo, el marxismo, el keynesianismo, el igualitarismo y en especial el populismo[2]. También dejan ver su desdén hacia el feminismo, el ambientalismo, el indigenismo, el latinoamericanismo, el anarquismo y el zapatismo. Desprecian igualmente ideales como los de la descolonización, la liberación nacional, la soberanía de los países latinoamericanos, la igualdad social y la redistribución de la riqueza. No dudan en burlarse de grandes íconos de la izquierda latinoamericana como Emiliano Zapata, el Che Guevara y Salvador Allende. Prefieren invocar a Friedrich Hayek y a Milton Friedman, a Ronald Reagan y a Margaret Thatcher, pero intentan ocultar su devoción hacia Pinochet y otros dictadores.

A veces aseguran que no son derechistas, que están más allá de la oposición entre la derecha y la izquierda, pero siempre, como por casualidad, los vemos aparecer en el campo de la derecha o de la ultraderecha. Es aquí en donde militan, se desarrollan, se dan a conocer, conquistan la fama, consiguen recursos, reciben patrocinios, encuentran los periódicos en los que escriben y las cadenas televisivas en las que se presentan. Cuentan siempre sospechosamente, por ejemplo, con el apoyo incondicional de los imperios mediáticos más reaccionarios y conservadores, antiguos cómplices de las dictaduras y de las estrategias golpistas, como el Grupo Globo en Brasil y El Mercurio en Chile.

Si remontamos sus filiaciones familiares, institucionales y políticas, generalmente llegamos hasta regímenes dictatoriales o hasta las más sórdidas organizaciones derechistas. Ellos mismos han apoyado recientes maniobras golpistas como las ocurridas en Argentina y Brasil, pero no dejan de rasgar sus vestiduras ante Cuba y Venezuela. Su altisonante severidad ante la izquierda es proporcional a su indulgencia ante la derecha, quizás precisamente porque su mundo es el de la derecha, el de las grandes empresas, el de los terratenientes y las demás oligarquías locales, el de las opulentas élites blancas, el de los bancos en Panamá y las mansiones en Miami, el de la más cara educación privada, el del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, el de la Operación Cóndor y ahora la Red Atlas, punta de lanza de la actual injerencia de los Estados Unidos en América Latina.[3]

Los jóvenes derechistas no sólo cuentan con el apoyo de aquellas instituciones universitarias privadas, como la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, destinadas a la difusión del neoliberalismo y de las demás doctrinas que el gobierno estadounidense decide imponer en tierras latinoamericanas. También se mantienen estrechamente vinculados con organizaciones derechistas, anticomunistas, a veces racistas y clasistas, como el recientemente extinto Movimiento Cívico Nacional (MCN) de Guatemala, del que procede Gloria Álvarez. Al mismo tiempo, disponen del respaldo y de la orientación de los grandes think tanks de la derecha liberal y neoliberal, como Libertad y Desarrollo en Chile, el Instituto Liberal y el Instituto Millenium en Brasil, la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad en México, la Fundación Eléutera de Honduras, el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) en Argentina y Uruguay, y el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE Libertad) en Venezuela. Tienen además, desde luego, sus propios grupos, como Estudiantes por la Libertad en dieciocho países latinoamericanos.

A sus agrupaciones y organizaciones les sobran los recursos financieros. No sólo son directamente financiadas por las clases más pudientes de cada país, sino por empresas nacionales y transnacionales.[4] Por mencionar un solo caso, el Instituto Millenium de Brasil es patrocinado por el gigante financiero Bank of America Merrill Lynch, las corporaciones mediáticas Globo y Abril, el holding Évora, el conglomerado industrial Gerdau y las grandes aseguradoras Pottencial y Porto Seguro.[5]

Además de las empresas y de las clases más acaudaladas, la otra fuente inagotable de recursos se encuentra en una constelación de fundaciones extranjeras y particularmente estadounidenses que financian a casi todas las organizaciones a las que nos referimos con anterioridad. Estas fundaciones disponen de una enorme capacidad financiera y suelen seguir una agenda política y económica centrada en la erosión de la izquierda, la desestabilización de los regímenes populistas, la liberalización de los mercados y el fortalecimiento de la derecha. Muchas de ellas aportan abiertamente recursos a través de la ya mencionada Red Atlas. Entre los mayores donantes de esta red, está el imperio petrolero de Exxon Mobil, con obvios intereses económicos en Venezuela y en el resto de Latinoamérica, y la ultraderechista Carthage Foundation, con la que se han financiado grupos islamófobos y anti-inmigrantes en los Estados Unidos.[6]

Al tener que obedecer a quienes les pagan, los jóvenes líderes de la derecha no pueden sino preparar el terreno para que las multinacionales y otras empresas puedan saquear lo que aún queda y recolonizar todo lo que todavía resiste o ha conseguido liberarse en América Latina. Es para esto que atacan la comunidad, la solidaridad y todo lo demás que pueda estorbar el avance del capitalismo globalizado y del renovado imperialismo estadounidense. Es por lo mismo que difunden los axiomas ideológicos del pensamiento único, del neoliberalismo y el libertarismo: la creencia en el egoísmo constitutivo del individuo, la libertad individual sin concesiones, la democracia liberal, la economía capitalista de libre mercado, la desregulación económica y las privatizaciones generalizadas, es decir, en definitiva, la expansión de lo privado a expensas de lo público, de lo individual a costa de lo social, de lo mercantil a costa de lo comunitario, de lo muerto a costa de lo vivo.

Además de los principios neoliberales y libertaristas, los jóvenes líderes de la derecha también defienden y propagan ideas que nos hacen pensar en el neofascismo y que están en perfecta consonancia con los programas de extrema derecha en otros países. Tras aclarar que no son derechistas, nuestros jóvenes ya pueden ser tan de ultraderecha como quieran y expresar toda clase ideas racistas, clasistas, elitistas, discriminatorias, xenofóbicas y homofóbicas.

El argentino Nicolás Márquez, por ejemplo, descarga su ira contra las organizaciones de izquierda por querer “disolver” la familia, cultivar el “relativismo igualitario”, fomentar la “desjerarquización”, promover “el homosexualismo” y ofrecer un “alivio moral” al “sodomita”.[7] El chileno Axel Kaiser arremete contra los inmigrantes que benefician de atención médica en los países ricos[8] y no ha dudado en publicar un libro intitulado Tiranía de la igualdad: por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad.[9] El brasileño Rodrigo Constantino llega más lejos al oponerse a la celebración de un Día de la Conciencia Negra[10], al acusar a los militantes de izquierda y “progresistas modernos” de tolerar la pedofilia y de sufrir un “desorden psiquiátrico”[11] y al describir a los “pobres y negros” que participan en flash mobs dentro de centros comerciales como “bárbaros incapaces de reconocer su propia inferioridad”[12]. Como lo he mostrado en otro lugar[13], la guatemalteca Gloria Álvarez no se queda atrás: atribuye a los indígenas guatemaltecos una tendencia a violar y tolerar la violación[14], acusa a los inmigrantes de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran, y aprecia positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”[15].

Resulta indiscutible que hay profundas afinidades y estrechas relaciones entre el actual gobierno de los Estados Unidos y la joven derecha liberal, neoliberal y libertarista latinoamericana. En ambos casos, no sólo tenemos a neoliberales a los que no les gusta ser llamados neoliberales, sino a neofascistas que niegan serlo: ultraderechistas descaradamente homófobos y xenófobos, racistas y clasistas, que no resultan muy convincentes cuando intentan persuadirnos de que están más allá de la división derecha/izquierda. Logramos discernir también, lo mismo en el norte que en el centro y sur de América, la misma ultraderecha rejuvenecida y presentada como alternativa (la alt-right estadounidense), la misma fascinación por lo políticamente incorrecto y la misma complicidad con las élites financieras.

En el gabinete de Trump, de hecho, hay múltiples funcionarios que tienen vínculos directos con la Red Atlas a la que ya nos referimos, entre ellos el propio vicepresidente Mike Pence, la magnate y Secretaria de Educación Nacional Betsy DeVos, el asesor islamófobo Sebastian Gorka y particularmente Judy Shelton, presidenta de la Fundación Nacional para la Democracia (NED), especializada precisamente en la injerencia en América Latina[16]. Todo resulta propicio para que el gobierno estadounidense, a través de la nueva derecha latinoamericana, mantenga y aumente su poder sobre América Latina. La coyuntura favorable a la emancipación parece haber quedado atrás.

Es como un regreso a la época de la Operación Cóndor, pero los métodos han cambiado. Los generales y coroneles han cedido su lugar a civiles tan aparentemente inofensivos como los jóvenes a los que nos hemos referido. Ahora debemos lidiar con personajes posmodernos, confusos, equívocos y evasivos, quizás generalmente con grandes carencias intelectuales, pero con un rico arsenal de tácticas político-empresariales y argucias ideológico-publicitarias como las que aprenden en sus think tanks. Además está su neofascismo, el cual, como cualquier fascismo, no es lo contrario ni del neoliberalismo ni del libertarismo, sino su evolución lógica y natural, como Franz Neumann lo evidenció magistralmente en el caso del nazismo[17] y como ya he intentado mostrarlo a propósito de Trump en otro artículo[18]. ¿No es acaso lo mismo que Pinochet y otros demostraron en Latinoamérica? Estaremos condenados a la dictadura, la ultraderecha, la violencia fascista o neofascista, mientras continuemos creyendo en los bien pagados vendedores y publicistas del capitalismo liberal, neoliberal y libertarista.

Referencias

[1] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: cómo las viejas ideas neoliberales han seducido a la juventud latinoamericana”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/08/06/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha-como-las-viejas-ideas-neoliberales-han-seducido-a-la-juventud-latinoamericana/

[2] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: El discreto encanto del antipopulismo”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/11/25/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha-parte-2/

[3] Aram Aharonian y Álvaro Verzi Rangel, “Red Atlas, libertarios de ultraderecha: entramado civil detrás de la ofensiva capitalista en Latinoamérica”, Rebelión, 9 de octubre 2017, en https://www.rebelion.org/noticia.php?id=232503

[4] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: La red de organizaciones libertarias”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/11/27/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha/

[5] Instituto Millenium, “Mantenedores e parceiros”, en http://www.institutomillenium.org.br/institucional/parceiros/

[6] The Center for Media and Democracy, “Atlas Network”, Source Watch, en https://www.sourcewatch.org/index.php/Atlas_Network. “Carthage Foundation”, Source Watch, en https://www.sourcewatch.org/index.php/Carthage_Foundation

[7] Nicolás Márquez, “¿Por qué la izquierda promueve el homosexualismo?”, Prensa Republicana, en https://prensarepublicana.com/la-izquierda-promueve-homosexualismo-nicolas-marquez/

[8] Axel Kaiser. “Si eres inmigrante no puedes venir aquí a vivir del Estado”. El Confidencial, 24 de enero 2017, consultado en https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-01-24/axel-kaiser_1321287/

[9] Libro publicado en Deusto, Grupo Planeta, Barcelona, 2017.

[10] Rodrigo Constantino. “Feriado Racista”, 20 de noviembre 2007, consultado en http://rodrigoconstantino.blogspot.mx/2007/11/feriado-racista.html

[11] Rodrigo Constantino. “Pedofilia: uma orientação sexual?”, 31 de octubre 2013, consultado en http://www.gazetadopovo.com.br/rodrigo-constantino/historico-veja/pedofilia-uma-orientacao-sexual/

[12] Rodrigo Constantino. “O rolezinho da inveja. Ou: A barbárie se protege sob o manto do preconceito”, 14 de enero 2014, consultado en http://www.gazetadopovo.com.br/rodrigo-constantino/artigos/o-rolezinho-da-inveja-ou-a-barbarie-se-protege-sob-o-manto-do-preconceito/

[13] David Pavón-Cuéllar, “Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana”, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2017/10/08/gloria-alvarez-cross-y-la-quiebra-intelectual-de-la-universidad-michoacana/

[14] Sandra Xinico Batz, “Guatemala Racista”, La Hora, 18 de febrero 2017, consultado en http://lahora.gt/guatemala-racista/

[15] Gloria Álvarez, Cómo hablar con un progre, Barcelona, Deusto, 2017.

[16] Lee Fang, “Esfera de influencia: cómo los libertarians estadounidenses están reinventando la política de América Latina”, The Intercept, 25 de agosto 2017, en https://theintercept.com/2017/08/25/atlas-network-alejandro-chafuen-los-libertarians-estadounidenses-america-latina/

[17] Franz Neumann, Behemoth: the structure and practice of national socialism (1944), Chicago, Dee, 2009.

[18] David Pavón-Cuéllar, “Trump y el capital”, Izquierda Diario, 27 de enero 2017, https://www.laizquierdadiario.com/Trump-y-el-capital