¿Por qué renegar de nuestra psicología y preferir las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad?

Charla en la Escuela de Psicología de la Universidad Panamericana, Ciudad de México, viernes 13 de marzo de 2026

David Pavón-Cuéllar

¿Psicología indígena?

Me han invitado a que les hable sobre psicología indígena. Es un tema que me apasiona, que investigo desde hace unos quince años y que me ha llevado a dictar varias conferencias y a publicar un par de libros y varios artículos y capítulos. Sin embargo, a medida que profundizo en el tema, he ido comprendiendo que la expresión de “psicología indígena” es inadecuada para describir lo que estudio.

Un problema de la expresión de “psicología indígena” es que ya se usa en inglés para designar algo que no corresponde exactamente a lo que yo estudio. Mis investigaciones son sobre la forma en que ciertos pueblos originarios entienden el psiquismo, la personalidad, las emociones, las ideas, los comportamientos y todo lo demás de lo que nos ocupamos las psicólogas y los psicólogos. Por el contrario, lo que se llama “psicología indígena”, tal como lo entienden sus grandes exponentes Uichol Kim y John W. Berry, es un estudio científico de la conducta humana de cualquier grupo y no sólo de los pueblos originarios, un estudio que se distingue por ser nativo, por no provenir de otros lugares, por ser diseñado para cierta gente diferente de otra.

Sin duda el proyecto de la psicología indígena es valioso y necesario para contrarrestar el etnocentrismo y universalismo del saber psicológico europeo y estadounidense. En esto, al menos en esto, coincide con mi trabajo, pero difiere de él en todo lo demás. Yo estudio los saberes ancestrales indígenas ya existentes, mientras que la psicología indígena pretende crear un saber psicológico indígena, como si no lo hubiera ya, como si los pueblos originarios no supieran ya todo lo que necesitan saber sobre sus propias subjetividades.

Yo no quiero diseñar una psicología para los pueblos originarios, sino que deseo aprender lo que esos pueblos han diseñado por sí mismos. Intento instruirme en lo que ellos ya saben, lo que yo aún ignoro, lo que no tiene cabida en mi ciencia y en mi psicología, por lo cual tampoco ofrezco ni algo pretendidamente “científico”, en el sentido europeo-estadounidense de la palabra, ni la investigación de algo que pueda reducirse a lo que denominamos “conducta” o “comportamiento” en psicología.  Además, cuando hablo de lo “indígena”, estoy refiriéndome no a cualquier nativo, sino específicamente a los pueblos originarios que mantienen un profundo arraigo en la tierra y un vínculo esencial con un territorio en el que viven de modo ininterrumpido por varias generaciones. Este punto es políticamente crucial en una época en la que tenemos a colonos brasileños, estadounidenses o israelíes que reivindican sus privilegios de nativos sobre los derechos fundamentales e inalienables de pueblos originarios como los amerindios y los palestinos.

La psicología que me interesa no es la de nativos como los mexicanos en general, sino la de los indígenas que viven aquí, en México, desde la época prehispánica. De modo más preciso, lo que estudio es la psicología de los pueblos originarios de Mesoamérica, es decir, los que viven en el centro y el sur de México, así como en Guatemala, Honduras, Belice, Nicaragua, El Salvador y el norte de Costa Rica. Mi interés está en las ideas psicológicas mesoamericanas y no en las indígenas en general. Es también por esto que la expresión de “psicología indígena” es inadecuada para describir mi trabajo.

Hay una razón más, la más importante, por la que he terminado renunciando a la expresión de “psicología indígena”. Esta razón es que aquello que he ido aprendiendo con los pueblos originarios mesoamericanos dista mucho de ser lo que entendemos habitualmente por psicología. A diferencia del saber psicológico, los saberes indígenas de Mesoamérica no pretenden ser científicos ni objetivos. Tampoco tienen un objeto psíquico, mental, conductual o cognitivo que se confine a la esfera de la individualidad y que se distinga del cuerpo y del mundo. Por esto y por más, pienso que es incorrecto emplear el nombre de “psicología” para designar las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad. Estas concepciones no son psicológicas, sino que son algo más, algo diferente de la psicología, algo para lo que no tengo nombre y que a mí personalmente me parece mucho mejor que la psicología.

Confesión

Antes de seguir adelante, debo confesar con cierta vergüenza que soy psicólogo. Lo digo avergonzado como el alcohólico o el adicto que se levanta de la silla, baja la cabeza y confiesa que tiene una adicción al alcohol o a otra sustancia. Cada uno tiene sus vicios, problemas y defectos. Uno de los míos, uno de los peores y que me causan más vergüenza, es el de ser psicólogo: el de haber estudiado tanta psicología que ahora ya no sé cómo sacármela de la cabeza.

Estudié licenciatura, maestría y doctorado en psicología, pero he terminado formando parte de aquellas y aquellos que se vuelven críticamente contra la psicología, que se presentan como psicólogos críticos y que buscan alternativas en lugar del enfoque psicológico. Una de las mejores alternativas que yo he encontrado es precisamente aquella a la que doy el nombre de “concepciones mesoamericanas de la subjetividad”. Explicaré ahora por qué yo prefiero estas concepciones que la psicología de la que reniego.

Procederé con una enumeración de ocho razones que me han llevado a rechazar las ideas psicológicas europeas y estadounidenses para volcarme hacia las ideas indígenas mesoamericanas. Las razones que daré son algunas de las más importantes, no todas porque no tenemos un tiempo ilimitado, pero sí aquellas que pueden explicarse de modo más rápido y sencillo. Tal vez mi enumeración resulte un poco tediosa. De ser así, les pido perdón por adelantado.

Singularidad, contradicción, complejidad e incertidumbre

La primera de mis razones para preferir las concepciones mesoamericanas de la subjetividad es que reconocen la singularidad única de cada sujeto, sin intentar generalizar, como no deja de hacerlo nuestra psicología cuando nos diagnostica, nos encasilla en tipos de personalidad o nos atribuye coeficientes de inteligencia o de cualquier otra cosa. Es verdad que el conocimiento psicológico percibe diferencias entre los individuos, pero tiende siempre a reducirlas a variaciones de principios generalizables y a veces cuantificables y medibles. Esto no sucede en los pueblos originarios, en los que se comprende muy bien que cada uno de nosotros es único, incomparable a cualquier otro, irreductible a categorías generales.

Entre los nahuas, por ejemplo, hay un principio psíquico individualizante, el tonalli, por el que cada sujeto es diferente de los demás. No es como el carácter o la personalidad en la psicología, pues no se disuelve en tipologías, sino que es exclusivo de cada sujeto. Cada uno es su tonalli.

Cada sujeto se define, además, como in ixtli in yóllotl, por tener un ixtli y un yóllotl, un rostro y un corazón, un carácter y un deseo, que son completamente diferentes de los demás. Esta singularidad es muy valorizada entre los nahuas. Es por ello que los sabios y educadores nahuas, los tlamatinime y los teixtlamachtiani, servían para que cada uno descubriera su propia singularidad, y no para normalizarnos y estandarizarnos, como en la psicología y la educación en el mundo occidental.

Si los psicólogos y educadores contribuyen a nuestra normalización y estandarización, es para ajustarnos, adaptarnos, reconciliarnos con el mundo, con la vida y con nosotros mismos, incluso a costa del mundo, la vida y nosotros mismos. Este propósito de adaptación y reconciliación no existe en las perspectivas indígenas mesoamericanas, las cuales, también por esto, me parecen preferibles a las perspectivas psicológicas europeas y estadounidenses (segunda razón). Nuestra psicología identifica la salud mental con la paz y la armonía, desconociendo que somos irremediablemente contradictorios y conflictivos, lo que sí es reconocido por los indígenas mesoamericanos.

Los pueblos de Mesoamérica son conscientes de que todo ser humano se encuentra desgarrado, en conflicto consigo mismo, estando compuesto de principios que luchan entre sí, como el hostil y el amoroso, el creativo y el destructivo, el masculino y el femenino, y muchos otros más. Entre los otomíes, nuestras almas llamadas nzaki son tan sólo unas de nuestras almas y son siempre femeninas y masculinas, de modo que todo hombre es de algún modo también mujer y toda mujer es también en cierta medida hombre, y esto de muchas formas diferentes, según el nzaki y el sujeto del que se trate. Lo fascinante de esta idea es que va más allá de los tediosos binarismos de género en los que ha quedado atrapada la psicología y que actualmente están siendo cuestionados por la trinchera LGBTTTIQ+ de la psicología crítica.

En lugar del simplismo binarista de la psicología dominante, las concepciones mesoamericanas de la subjetividad razonan de modo complejo. Razonan, así, como debe razonarse ante algo tan complejo como la sexualidad y como cualquier otro asunto humano. Es también por esta complejidad que yo opto por los saberes ancestrales mesoamericanos en lugar de la desesperadamente simplista psicología europea y estadounidense que estudiamos en las universidades (tercera razón).

El simplismo se asocia también directamente con otro de los grandes problemas del saber psicológico: su propensión a la certidumbre infundada, su tono contundente y categórico, su ridícula confianza en sí mismo, su petulante seguridad al referirse a cuestiones que no es capaz de comprender porque simplemente escapan a nuestra capacidad de comprensión. Todo esto es algo que no se encuentra en los saberes ancestrales mesoamericanos que se distinguen por aceptar sus propios límites, por no pretender comprender lo incomprensible, por cultivar la duda, la imprecisión y la incertidumbre ante lo que no pueden penetrar. He aquí una razón más (la cuarta) por la que prefiero las concepciones mesoamericanas de la subjetividad que la psicología europea y estadounidense.

Comunidad, subjetividad, unidad y totalidad

La psicología simplifica los fenómenos humanos, y luego, una vez simplificados, muestra su lado arrogante y pretende comprenderlos por completo. Sin embargo, al comprenderlos, no está comprendiéndolos. Quiero decir que no está comprendiendo los verdaderos fenómenos humanos en toda su complejidad, sino una simplificación de estos fenómenos.

Una de las más conocidas simplificaciones psicológicas del fenómeno humano es aquella que lo individualiza, que lo concibe como realizado y concentrado en cada individuo, como si el individuo fuera el ser humano, cuando bien sabemos o deberíamos saber que todo lo específicamente humano tiene carácter colectivo. Este carácter colectivo de lo humano es designado por los pueblos originarios mesoamericanos mediante conceptos como el ndoo mixteco y el tik tojolabal, ambos correspondientes a la primera persona del plural, el “nosotros”. El “nosotros” de los mixtecos y tojolabales hace todo lo que hace el “yo” en la psicología europea y estadounidense.

Desde la perspectiva psicológica de Europa y Estados Unidos, yo actúo, me comporto, siento y pienso, y luego existo, como en el cogito cartesiano. Por el contrario, desde la perspectiva mixteca y tojolabal, somos nosotros los que existimos colectivamente, los que pensamos y sentimos juntos, los que actuamos y nos comportamos de cierto modo. El comportamiento, el pensamiento y el sentimiento son colectivos y no individuales, nuestros y no míos.

Llegamos aquí a otra de mis razones (la quinta) para preferir el saber mesoamericano que el saber psicológico. La psicología comete un grave error al atribuir a un individuo todo aquello que se gesta y se desarrolla colectivamente, no sólo en una matriz de relaciones familiares y comunitarias, sino a través de la cultura y de siglos de historia. Esto último es perfectamente comprendido por los indígenas mesoamericanos, pero no por los psicólogos europeos y estadounidenses, quienes tienen su entendimiento nublado por una densa capa de ideología moderna individualista burguesa que no concibe la existencia de otros sujetos que no sean los individuales.

El problema de reducir el sujeto a su individualidad es un problema no sólo teórico y epistemológico, sino político, pues el individuo carece de toda la fuerza que sólo puede tenerse y ejercerse colectivamente. Esta fuerza es la que los purépechas describen como juchári uinápekua, expresión que puede traducirse como “nuestra fuerza” y “nuestra unión”, y que ha permitido la supervivencia de éste y otros pueblos originarios a través y a pesar de más de quinientos años de colonialismo y neocolonialismo. A diferencia de los indígenas de Mesoamérica, nosotros carecemos de esa fuerza colectiva porque hemos ido perdiendo nuestra subjetividad comunitaria.

Al carecer de comunidad y al verse reducido a su individualidad, el sujeto que somos deja de ser tal, sujeto, y aparece como su contrario, como un simple objeto, objeto del saber psicológico. Ver un objeto ahí donde hay un sujeto no sólo es un error, un error fundamental de la psicología, contra el que ya nos prevenían Kant y Hegel. Además de ser una falacia epistemológica, la conversión del sujeto en objeto plantea igualmente un problema político.

¿Por qué un problema político? Porque el sujeto que somos no sólo se ve convertido en objeto de la psicología como saber, sino en objeto de la psicología como saber-poder, como dispositivo disciplinario, tal como nos lo muestran primero Michel Foucault y luego Nikolas Rose. Además, lo más importante para un enfoque marxista, el sujeto convertido en objeto de la psicología puede ser también objeto de sistemas opresivos como el capitalista, el patriarcal y el colonial y neocolonial. Resulta prácticamente imposible resistir contra estos sistemas cuando somos individualizados y así objetivados, reducidos a objetos, como sucede en la psicología. Es también por esta razón política (la sexta) que reniego de la psicología y que prefiero las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad.

Una razón más (la séptima) por la que opto por los saberes ancestrales de Mesoamérica es que no sólo reconocen, preservan y cultivan la unidad comunitaria de la esfera subjetiva, sino también su unidad psicofísica, tan corporal como anímica, psíquica, mental o cognitiva. Los saberes ancestrales mesoamericanos, en efecto, no incurren en el dualismo constitutivo de la psicología: el que la provee de un objeto, su objeto de estudio, al extraerlo del mundo y del cuerpo de los que forma parte. Esta separación de lo mental, de lo psíquico, es una abstracción artificial, forzada, que no existe en otras culturas, como las mesoamericanas, que a veces diagnostican la separación como una patología.

Una de las enfermedades mentales más frecuentes en las comunidades indígenas de Mesoamérica es un tipo de susto o espanto, como el komel infantil y el xiel adulto de los tzotziles, en el que el alma se separa del cuerpo. ¿No es acaso exactamente lo que hace el conocimiento psicológico al separar su objeto psíquico, mental o cognitivo de la totalidad corporal de la que forma parte? El dualismo constitutivo de la psicología se revela entonces como una patología para los pueblos originarios mesoamericanos.

Los indígenas de Mesoamérica se dan cuenta de que nosotros, los no-indígenas, estamos enfermos de psicología. Nuestra enfermedad psicológica es la de un alma que se aparta del cuerpo humano para encerrarlo, aprisionarlo, convertirse en su prisión, como ya lo denunciaba Foucault. Sin embargo, al separarse del cuerpo, lo mental o psíquico no sólo sirve para dominar el cuerpo al disciplinarlo, sino también para dominar y explotar el mundo natural que se conecta intrínsecamente con el cuerpo.

La separación dualista del objeto de la psicología con respecto al cuerpo y el mundo natural es indisociable de la devastación de la naturaleza que vivimos en el antropoceno y ahora en lo que Jason Moore llama “capitaloceno”. Si podemos devastar el mundo, es porque antes nos extraemos de él a través de visiones ideológicas antropocéntricas y especistas como la psicológica. Estas visiones contrastan con la idea mesoamericana de almas comunitarias unidas a la naturaleza. El mejor ejemplo es el teyolia nahua por el que la naturaleza entera es como un árbol que se ramifica en cada ser mineral, vegetal, animal y espiritual, de tal modo que al destruir cualquier cosa, estamos cortando una rama y así dañando el árbol.

Con visiones como la del teyolia nahua, uno comprende que los indígenas mesoamericanos tiendan a establecer con la naturaleza vínculos más respetuosos y armoniosos que los establecidos por los seres psicológicos producidos y reproducidos ideológicamente por la psicología europea y occidental. Llegamos aquí a otra de mis razones (la octava y última) por las que reniego de nuestra psicología y me inclino más por las concepciones mesoamericanas de la subjetividad. Estas concepciones me han permitido conocer otras formas de ser humano, otras formas diferentes de la psicológica, otras formas que me parecen menos simplistas, menos peligrosas para la naturaleza y para la humanidad misma.

Espero haber dejado claro por qué las concepciones mesoamericanas de la subjetividad, como dije al principio, me parecen mejores que la psicología europea y estadounidense estudiada en instituciones universitarias de todo el mundo. No estoy invitando a que dejemos de estudiar esta psicología, pero sí a que la pensemos críticamente y que no dejemos de considerar otras formas de concebir la esfera subjetiva. La psicológica es tan sólo una de ellas.

Psicologización como colonización: de las comunidades mesoamericanas a los individuos psicológicos

Bautizo de Ixtlilxóchitl de Texcoco, por José Vivar y Valderrama (1752), Museo Nacional de História, Ciudad de Mexico

Conferencia magistral en el Cuarto Congreso Internacional de Investigación en Psicología, en Morelia, Michoacán, México, 31 de octubre de 2025

David Pavón-Cuéllar

Introducción

Mi conjetura es que la colonización de México y Centroamérica, desde el siglo XVI hasta hoy, ha implicado la destrucción de una esfera subjetiva no-psicológica y su remplazo por un tipo psicológico de subjetividad como el que ahora estudiamos en las Facultades de Psicología. Esta psicologización ha ido recluyendo la esfera subjetiva en una interioridad psíquica individual claramente diferenciada con respecto al cuerpo, la comunidad y la naturaleza. En lugar del sujeto indígena corporal abierto al mundo, el colonialismo europeo ha impuesto una individualidad psicológica herméticamente cerrada sobre sí misma.

Deuda ontológica

Comencemos por constatar lo obvio: los mexicanos pertenecemos a la cultura occidental. Occidente nos ha subjetivado en matrices como el idioma castellano, la religión cristiana, la perspectiva moderna, la racionalidad científica, la economía capitalista, la moral burguesa, la política liberal y la sociedad de consumo. Estas matrices nos han moldeado y engendrado como lo que somos.

Somos productos subjetivos occidentales. Hay entonces una cierta verdad en la idea tan desagradable de que nos debemos a Occidente, debiéndole nuestro ser occidental. Estamos, por así decir, ontológicamente endeudados con Occidente.

Nuestra deuda ontológica es lo más lejos a lo que han llegado los actuales defensores de la hispanidad: los más rancios de los actuales pensadores de la derecha y la ultraderecha en España e Hispanoamérica. Para ellos, pensar es enunciar algo tan evidente como que nos debemos a Occidente, a Europa, a España. Esto es todo. Ahí se acaba y se agota el pensamiento neoconservador.

Pensamiento aritmético

Es verdad que los actuales defensores de la hispanidad también saben pensar en términos aritméticos. Digamos que saben hacer cuentas. Restan lo que España nos debe a lo que le debemos y concluyen que España tiene un saldo positivo y que nuestro saldo es por ende negativo.

Los actuales defensores de la hispanidad siguen procediendo como ya lo hacía Francisco López de Gómara en el siglo XVI. En un pasaje bastante gracioso de su Historia de la Conquista de México de 1552, López de Gómara celebra efusivamente a los españoles por haberles dado a los indígenas moneda, latín y ciencias, “que valen más que cuanta plata les tomaron”. En otras palabras, lo saqueado sería poco en comparación a lo obsequiado, la moneda, una lengua muerta como el latín y las ciencias europeas del siglo XVI, como si los indígenas de México no tuvieran sus propias lenguas, sus propios saberes y sus propios medios de cambio.

Con respecto a los medios de cambio, el mismo López de Gómara admite que los pueblos originarios mesoamericanos tenían “una moneda usual y corriente”, la semilla de cacao, pero esto no le impide afirmar en el mismo renglón, contradiciéndose flagrantemente, que “no tenían moneda, teniendo mucha plata, oro y cobre, y sabiéndolo fundir y labrar”. Los indígenas de Mesoamérica, en efecto, estaban entre los mejores orfebres del mundo, pero el metal no les servía para fabricar monedas, sino para crear obras de arte. Los españoles, incapaces de apreciar estas obras, se las apropiaron para fundirlas en lingotes de oro y plata, provocando el espanto de los indígenas.

El testimonio de los mexicas en el Códice Florentino es tan esclarecedor como estremecedor: los españoles roban escudos, collares, discos, aretes y otras joyas tan sólo para “hacer una gran bola de oro y darle fuego”, destruyéndolo todo “por valioso que fuera”, pues al final toda la fina orfebrería quedó reducida a “barras”. Este relato deja claro que las barras de oro no eran lo valioso para los indígenas. Para ellos, el valor estaba en las joyas, en sus formas, en su belleza, en sus cualidades, en lo cualitativo. Por el contrario, para los españoles, el valor estaba en lo cuantitativo, en la cantidad de oro, una cantidad que podía estimarse mejor al fundir el metal y convertirlo en lingotes que podían luego pesarse, contarse, sumarse, restarse y dividirse como botín entre quienes habían participado en el robo de oro.

El pensamiento aritmético de los españoles que se robaron el oro es el mismo de su contemporáneo López de Gómara cuando restaba los metales preciosos robados a la suma de latín, ciencia y moneda. El mismo razonamiento sigue siendo utilizado, como si el tiempo no hubiera pasado, por los actuales defensores de la hispanidad, como los españoles Borja Cardelús e Iván Vélez, el argentino Cristián Rodrigo Iturralde, el colombiano Pablo Victoria y el mexicano Juan Miguel Zunzunegui. Ellos también piensan aritméticamente al calcular que España nos ha dado más que lo que nos ha quitado.

Trampas del pensamiento aritmético

El pensamiento aritmético de López Gómara y sus sucesores es tramposo por al menos tres razones. En primer lugar, lo perdido y lo ganado por los colonizados no se juzga desde la perspectiva de los colonizados, quienes son los que saben lo que perdieron y lo que ganaron, sino desde el punto de vista de los colonizadores, desde el cual, obviamente, hay más valor en lo propio que en lo otro, en lo comprensible que en lo incomprensible, en lo que se aporta porque se considera valioso que en lo que se destruye porque no se valora ni se dispone del conocimiento necesario para valorarlo. Es por esto que López de Gómara ni siquiera considera las monedas, las lenguas y los medios de cambio indígenas, razonando como si no existieran, cuando afirma que los españoles dieron ciencia, latín y moneda a los indígenas.

La segunda trampa del cálculo aritmético de los hispanistas radica en que no es lo mismo compartir que despojar. No es lo mismo, en otras palabras, dar algo que no se pierde cuando se da, como la ciencia o el latín, que robar algo que es perdido por aquel a quien se le roba, como el oro y la orfebrería que se funde en lingotes y que vale como representación metafórica de la rica y refinada cultura de los pueblos originarios mesoamericanos. Estos pueblos se quedaron sin una gran parte de su riqueza de oro, lenguas y saberes, mientras que los españoles conservaron su latín, su ciencia y su moneda.

La tercera de las razones por las que el cálculo aritmético resulta engañoso y tramposo es que está cuantificando algo incuantificable como las cualidades técnicas y estéticas de la orfebrería, pero también todo lo demás constitutivo de las culturas indígenas prehispánicas. Los saberes ancestrales y lenguas originarias que se han perdido con la conquista y la colonización de América tendrían que neutralizar cualquier cálculo porque una lengua o una cultura es ella misma un universo, una totalidad, incluyendo en ella todo lo que hay. Podemos calcular al interior de un saber, de una lengua o de una cultura, pero no podemos calcular culturas, lenguas y saberes, pues cada cultura, lengua o saber es un universo que abarca todos los elementos objetivables y calculables en su propia lógica.

Lo incuantificable e incalculable

Lo incalculable de los universos que perdimos en tierras mesoamericanas hace que la deuda contraída por los españoles, por ellos y no por nosotros, sea sencillamente impagable. Sin embargo, lo impagable está igualmente en lo incalculable que recibimos de España, especialmente su lengua y su cultura. Es a estos incalculables a los que se refiere Pablo Neruda cuando recuerda la colonización, evoca todo lo que los españoles nos quitaron, se concentra en el idioma castellano que nos dieron y subvierte poéticamente la prosa del cálculo aritmético al escribir: “Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”. Las palabras castellanas, el oro que nos dejaron, son el todo que ganamos al perder todo lo que perdimos.

Las palabras son la totalidad y no elementos contables de la totalidad. No pueden objetivarse ni calcularse porque son aquello mismo con lo que objetivamos y calculamos lo que nos rodea. Son aquello mismo con lo que pensamos y por ello no pueden pensarse aritméticamente.

Escapando a cualquier aritmética, las palabras son también aquello en lo que vivimos y con lo que vivimos. Las habitamos, las respiramos y las encarnamos. Nos constituyen y constituyen el universo para nosotros. Es por esto que estamos aquí ante algo cualitativo incuantificable e incalculable. Sobre decir que este aspecto incuantificable e incalculable no es monopolio de las palabras castellanas, sino que es propio de todas las palabras, entre ellas las palabras indígenas que se perdieron en el continente americano.

La conquista y la colonización de América no es entonces algo que pueda pensarse aritméticamente para saber si el saldo fue positivo o negativo. Digamos que el resultado fue peor que negativo, no pudiendo ni siquiera calcularse, lo cual, más que tranquilizar, debería inquietar a los defensores de la hispanidad. Sabemos que no los inquietará, pues han demostrado que su mente de contadores no les permite pensar, como lo hace Neruda, en ganancias y pérdidas incuantificables e incalculables, referidas a totalidades o universos.

Cálculo de universos

Lo triste es que el pensamiento poético de lo incuantificable y lo incalculable nos hace disculpar de algún modo a conquistadores y colonizadores a los que no podemos culpar de algo que ni siquiera conseguimos contar y calcular. Alguien podría irritarse y objetar con mucha razón que sí podemos contar y calcular cuántos idiomas debieron perderse para ganar el castellano, cuántas culturas indígenas debieron perderse para ganar la europea, cuántos universos debieron desaparecer para que el universo occidental se extendiera en tierras mesoamericanas. Haciendo este cálculo, podríamos concluir fácilmente que hemos perdido más de lo que ganamos, que se nos ha quitado más que lo que se nos ha dado, que somos los acreedores y no los deudores de España.

El cálculo es impecable, pero problemático por dos razones estrechamente vinculadas entre sí. La primera estriba en la enunciación, en la posición enunciadora de quien calcula, el mestizo mexicano y centroamericano, pensando el mestizaje cultural como una condición de todos o casi todos en México y Centroamérica, incluso la mayoría de los indígenas, pues ellos también fueron evangelizados, europeizados, aculturizados. El mestizo calcula y concluye que los colonizadores europeos están en deuda con los indígenas mesoamericanos porque les impusieron un universo, uno solo, a cambio de todos los universos que destruyeron. El cálculo y su resultado son correctos, pero es un cálculo de universos y estamos implicados en él, en los universos implicados, y ni siquiera sabemos de qué forma, sino como deudores o acreedores.

Para empezar, no queda claro dónde están los acreedores y los deudores. Sabemos dónde estaban en el siglo XVI, pero… ¿ahora dónde están? ¿Quiénes son? Una parte de la respuesta es clara y sencilla. Los acreedores son los indígenas, mientras que los deudores son, por un lado, las élites europeas y latinoamericanas, blancas o blanqueadas, que han sido beneficiarias indirectas de la colonización y de su eternización a través de la colonialidad y el neocolonialismo, así como también, por otro lado, quienes han heredado la deuda histórica porque se identifican simbólicamente con las identidades endeudadas, las imperiales europea y española.

El problema es que, al menos en cierto grado, los deudores no son únicamente aquellos a los que acabo de identificar, sino todos los mestizos, en la medida en que somos también españoles y europeos, herederos y beneficiarios del colonialismo. Desde luego que también somos indígenas y por ello víctimas, lo que plantea un desgarramiento interno entre nosotros como víctimas y como beneficiarios, como acreedores y como deudores. Considerando esto, quizás en lugar de perder el tiempo solicitando a España que pida perdón y que pague su deuda impagable con Hispanoamérica, sería mejor pedirnos esto a nosotros mismos y actuar en consecuencia, resarciéndonos, buscando la manera de pagar al menos una parte de la deuda que tenemos como hispanoamericanos con lo indígena que habita dentro de nosotros.

Nuestro desgarramiento interno, como seres mestizos que somos, nos conduce al segundo problema del cálculo de la deuda. Cuando calculamos la deuda, ¿qué parte de nosotros está calculándola? ¿No será precisamente la parte europea? Es por esto que procederíamos como López de Gómara y como los contadores hispanistas a los que acabamos de criticar. Ellos hacen un cálculo bastante simple y concluyen que lo que debemos es más que lo que se nos debe. Nosotros hacemos otro cálculo más complicado, un cálculo de universos, y entonces concluimos que se nos debe más que lo que debemos. Sin embargo, al hacer estos cálculos y al discutir entre nosotros, quizás estemos simplemente haciendo cosas de blancos, de europeos, de españoles, de tenderos y contadores.

Cuantificación de lo incuantificable

Muchas culturas han tenido aritmética. Muchas han calculado lo calculable. Muchas han cuantificado lo cuantificable, pero la cuantificación de lo incuantificable es una pasión específicamente moderna occidental que está en el fundamento del capitalismo y que vemos triunfar a través de los métodos cuantitativos en psicología y en otras ciencias humanas y sociales.

A veces los métodos cuantitativos funcionan bien, como cuando cuantifican lo cuantificable, pero otras veces operan exactamente como los colonizadores españoles que hacían una bola con la complejidad cualitativa de toda la rica orfebrería indígena y la convertían en aburridos lingotes de oro que podían pesar, contar y calcular. Esta cuantificación y resultante destrucción de lo incuantificable es la misma que encontramos en un Manuscrito de Tlatelolco de 1528 en el que los indígenas manifiestan su desconcierto ante los conquistadores españoles que “ponían precio” al joven, al sacerdote, al niño y a la doncella. Cada individuo adquiere un valor cuantitativo, un valor de cambio, el de su precio, pero esto exige deshacer el tejido comunitario como se deshacía la rica orfebrería de los aztecas.

La cultura plasmada en la filigrana indígena se desarticuló y se redujo a lingotes cuantificables, así como las complejas comunidades nahuas se desintegraron y se redujeron a individuos que podían contarse y tener precio. Esta cuantificación de los individuos, correlativa de la desintegración de las comunidades incuantificables, es indisociable de la cuantificación de lingotes y de monedas acuñadas a partir de los lingotes. El naciente cálculo capitalista del siglo XVI, como el de ahora, no es tan sólo de cosas, sino también de personas.

El sistema capitalista está calculando con personas cuando las piensa de modo aritmético a través de su precio, los costos y beneficios que representan para el sistema, sus capacidades y sus incapacidades, sus competencias y sus deficiencias. Toda esta contabilización de la persona humana presupone su individualización y pulverización en unidades cuantificables y calculables. El resultado es el individuo como forma suprema de la subjetividad en la modernidad occidental.

Objetivación

En realidad, más que un sujeto, el individuo es un objeto, ya que no puede realizar individualmente sus facultades subjetivas. Estas facultades incluyen una conciencia, una autoconciencia, una voluntad y una capacidad de cognición, reflexión, decisión, acción y transformación que sólo se desempeñan plenamente de modo colectivo, a través de lo que nos comunicamos, nos transferimos, nos enseñamos, nos revelamos entre nosotros, así como también mediante nuestros esfuerzos coordinados. Necesitamos pensar y actuar colectivamente como nosotros para hacer existir nuestra subjetividad humana.

Ser sujetos y ejercer así nuestra humanidad nos exige unirnos, ser nosotros y no sólo yo, como ya lo notaba Ludwig Feuerbach desde hace doscientos años. En realidad, como lo precisaba Karl Marx al criticar a Feuerbach, no se trata sólo de sumarnos, integrarnos, unirnos, sino de relacionarnos, anudarnos e incluso contradecirnos entre nosotros, pues tan sólo relacionalmente podemos llegar a ser humanos al realizar nuestra subjetividad. Esta subjetividad y la humanidad correlativa con demasiado complejas como para poder existir individualmente.

Cuando los colonizadores españoles recluyen a cada colonizado en su individualidad, le están arrebatando no solamente la fuerza de su comunidad que le habría permitido resistir contra el colonialismo. Le están arrebatando también el fundamento de esta resistencia en la realidad comunitaria de su propia subjetividad y humanidad. Es así como los indígenas pueden reducirse a la condición de objetos deshumanizados, objetos dominados y explotados, objetos del aparato colonial de dominación y explotación con el que se abre paso el sistema capitalista.

Con el tiempo, los objetos del colonialismo pasan a ser objetos del capitalismo. Se convierten igualmente en objetos de la psicología como ciencia objetiva y profesión objetivadora. Estos objetos somos cada uno de nosotros en la medida en que nos mantenemos recluidos en la esfera individual en la que nos recluyen las prácticas y teorías psicológicas, así como los demás dispositivos tecnológicos e ideológicos del sistema capitalista.

Psicologización

Es verdad que el capitalismo sólo dificulta, pero no impide que ejerzamos nuestra subjetividad al participar en actividades colectivas de índole social, cultural o político. Sin embargo, a medida que el sistema capitalista va subsumiendo nuestras existencias, las actividades verdaderamente colectivas se vuelven cada vez más raras y cada uno de nosotros se encuentra cada vez más confinado a la esfera psicológica individual. Cada sujeto es cada vez menos él mismo, cada vez menos lo inaccesible e incognoscible que somos como sujetos, y cada vez más todos los objetos de la psicología con los que se llena su vacío constitutivo: su mente, sus emociones, sus operaciones cognitivas o sus rasgos de personalidad.

El sujeto abierto de la historia, el de la sociedad, la cultura y la política, va cediendo su lugar a la cerrazón hermética de una mónada objetiva psicológica individual. Hay aquí una progresiva individualización y psicologización de la subjetividad que significa también su desocialización, desculturización y despolitización, así como su neutralización, pues hay que insistir en que la subjetividad sólo existe como tal de modo colectivo, social, cultural y político. Digamos que la mónada psicológica individual es demasiado estrecha como para contener la esfera subjetiva.

La subjetividad se esfuma al psicologizarse. Esta psicologización es una de las múltiples manifestaciones de la progresiva subsunción real de nuestras existencias en el capitalismo. Convertirnos en engranes del sistema capitalista supone también psicologizarnos de tal modo que nuestras funciones psicológicas puedan funcionar en el sistema.

La psicologización de la subjetividad tiene una larga historia que precede al capitalismo y cuyos orígenes en el mundo occidental pueden rastrearse al remontarse hasta el mundo antiguo grecorromano y medieval judeocristiano. En la confluencia entre los afluentes del judaísmo y de Grecia y Roma, el cristianismo está ya individualizando y psicologizando al sujeto al que no sólo separa de su comunidad para volverlo responsable de sus acciones virtuosas o pecaminosas, de su penitencia y de su condena, sino que lo sume dentro de sí mismo en su examen de conciencia en el que observa y juzga sus sentimientos, sus intenciones y su arrepentimiento. Luego esta psicología cristiana desembarcó en tierras mesoamericanas con los conquistadores, los colonizadores y especialmente los evangelizadores. Fueron ellos quienes comenzaron una labor de psicologización de la subjetividad indígena que formó parte de la obra de evangelización, colonización y europeización.

Enfermarse de psicología

Los indígenas mesoamericanos prehispánicos necesitaban ser psicologizados porque no eran seres psicológicos. Esto no quiere decir exactamente que estuvieran desprovistos de algo así como lo que ahora denominamos “psiquismo”. Algo equivalente al mundo psíquico estaba ahí, pero no se trataba ni de algo individualizable, aislable y separable con respecto a la comunidad, ni tampoco de algo objetivable, reductible a un saber pretendidamente objetivo como el psicológico.

No había psicología en la Mesoamérica prehispánica. Lo que ahí había era una constelación de saberes ancestrales, incluyendo concepciones de la subjetividad a las que dediqué un libro que publiqué recientemente. Como intenté demostrarlo en mi libro, esas concepciones mesoamericanas eran elaboradas, penetrantes, esclarecedoras, fascinantes, mucho más conscientes y respetuosas de la complejidad humana que nuestra psicología, pero no eran concepciones psicológicas.

La psicología no es algo que se haya desarrollado en todas las culturas del mundo y en todas las épocas de la historia. Digamos que no todos los pueblos han enloquecido hasta el punto de pensar la subjetividad en términos psicológicos. La psicología, como bien lo reconoció el filósofo Theodor Adorno, conforman un cuadro patológico particular propio de la modernidad occidental. Esta patología psicológica no existía en el continente americano como tampoco existían otras enfermedades tales como la viruela, el sarampión, el tifus y la peste bubónica.

Entre los males que desembarcaron con los españoles y que infectaron a la población americana, está entonces la psicología que estudian los psicólogos y que ahora nos conforma como seres psicológicos. Esta psicología, tal como se manifestaba en los primeros conquistadores y colonizadores, tal vez les recordara a los indígenas ciertas formas de enfermedad mental que ya conocían. Estoy pensando particularmente en aquellas locuras, identificadas como tales en las culturas mesoamericanas prehispánicas, en las que todo sucedía como en la psicología que estudiamos y escenificamos: el alma se desprendía patológicamente del cuerpo, de la comunidad y del mundo, y quedaba encerrada en el individuo, poseyéndolo como una entidad ajena e incontrolable, haciendo que el individuo mismo se divorciara de su entorno mundano y comunitario.

Un ejemplo del enfermo al que me estoy refiriendo es aquel al que los aztecas y los demás nahuas describían como xolopitli. Este loco se caracterizaba, según el Códice Florentino, por ser “desatento, indócil, malcriado, indiscreto y desconsiderado”. Su nombre, xolopitli, alude a Xólotl, el dios egoísta que se negó a morir, a sacrificarse para que lo demás viviera, prefiriendo aferrarse a su individualidad y convertirse en lo que no era, en un pie de maíz, para engañar a quienes lo perseguían, para escapar de ellos, para huir de los demás, para huir de sí mismo, de su propia subjetividad comunitaria.

El dios Xólotl y el xolopitli son como cualquiera de nosotros colonizados, como los colonizadores que llegaron a tierras mesoamericanas, como los hombres occidentales modernos, como los mezquinos ejemplares del homo psychologicus. Nuestro ser psicológico es como el dios Xólotl y el xolopitli: es un ser que huye de sí mismo al desprenderse patológicamente de la comunidad y del mundo para encerrarse en su interioridad individual, ahí donde puede ser el objeto de la psicología, un objeto que no es ya el sujeto, un objeto comparable a un pie de maíz. Este ser que somos, este ser psicológico en el que nos hemos convertido, es tan desatento, indócil y desconsiderado como lo caracteriza el Códice Florentino y como los españoles nos enseñaron a ser al colonizarnos, al extraernos de nuestra subjetividad comunitaria y al psicologizarnos, al enfermarnos de psicología.

Totalidad comunitaria

Antes de haber sido psicologizados, los indígenas mesoamericanos tenían una subjetividad comunitaria intacta, no carcomida por la psicología, no objetivada ni recluida en la individualidad. Conviene reiterar que el carácter no psicológico de esta subjetividad no implicaba una ausencia de psiquismo en ella. Desde luego que hay aquí una esfera psíquica, pero se trata de una esfera situada no en una interioridad individual herméticamente cerrada sobre sí misma, sino en un tejido transindividual tan interior como exterior, tan íntimo como comunitario.

Era la comunidad la que reinaba en la subjetividad mesoamericana prehispánica. Esto no significa tampoco exactamente que el sujeto careciera de individualidad, pero su individualidad era una expresión y un eslabón de aquello que la trascendía. El individuo prehispánico se reconocía humildemente a sí mismo como algo perteneciente y subordinado al tejido comunitario en el que se constituía.

La subordinación indígena mesoamericana de la individualidad a la comunidad puede apreciarse en los huehuetlatolli, dichos de los antiguos, que Fray Bernardino de Sahagún recuperó en el siglo XVI. Tenemos aquí, por ejemplo, a un padre nahua que les enseña a sus hijos: “respetad a todos, tened acatamiento a todos, no os atreváis a nadie, por ninguna cosa afrentéis a ninguno” y “humillaos a todos”. El todos, la totalidad comunitaria, se impone sobre cada uno en su individualidad, cada uno debiendo acatar a todos.

Cada individuo, como enseña otro de los huehuetlatolli, debe “abajarse hasta la tierra” y “tenerse como nada”. La individualidad no es nada, pues no es más que una individualización del todo comunitario. Esto puede ilustrarse a través de una de las manifestaciones de lo anímico entre los nahuas, el teyolia, que estaba en el corazón de cada uno, pero que era la punta de una rama de un árbol que incluía todo lo que existe. El tronco de lo existente se dividía en ramas correspondientes a especies vegetales y animales. Una de esas ramas, la de la especie humana, se dividía en pueblos, comunidades, barrios, familias y así hasta llegar a la punta de cada rama en el alma de cada individuo. Esta alma individual, como dice López Austin, “guardaba toda la ramificación jerárquica de la identidad”. El individuo, en el fondo insondable de su corazón, era también su familia, su comunidad, su grupo étnico, la humanidad, la vida y la existencia del universo en su conjunto. La totalidad era la que se individualizaba en el individuo, en su corazón que estaba conectado internamente con todo lo demás, pues todo era el árbol del universo.

Nos precipitamos en el abismo del universo cuando intentamos profundizar en el teyolia. El saber de esta entidad anímica nos conduce a las esferas familiar, comunitaria, humana, espiritual, animal, vegetal e incluso mineral, no teniendo nada que ver con el estrecho conocimiento psicológico. Mientras que la psicología escudriña su objeto en el individuo, los nahuas descubren la vida psíquica en el conjunto de lo que existe.

Almas

La naturaleza, la cultura y la comunidad confluyen en la subjetividad humana tal como es concebida por los nahuas y por otros indígenas mesoamericanos. Estos indígenas comprenden que un individuo no es más que la individualización de su mundo. Hay aquí una evidencia invisible para los psicólogos que no dejan de escudriñar su objeto individual.

Mientras que el objeto de la psicología es una dudosa proyección interior ideológica del mundo exterior, el teyolia corresponde al conocimiento de la individualización de ese mundo exterior. De hecho, por más que se individualice, el teyolia no deja de aparecer bajo una forma colectiva y comunitaria, como podemos constatarlo en otros huehuetlatolli, aquellos recogidos por Fray Andrés de Olmos hacia 1535. Aquí el teyolia aparece como “alma de la gente, como “nuestra alma” compartida, “toyolia”, que se distingue de “nuestras ánimas” individuales, “tanimas”. Para las almas individuales, Olmos utiliza el término latín “ánima”, pero para el alma comunitaria, necesita el concepto nahua de “teyolia”, pues no hay nada ni en el latín ni en el español que permita concebir algo como el teyolia.

El teyolia resulta no sólo intraducible, sino incomprensible. Es también algo inquietante, incluso aterrador para los europeos, quienes parecen percatarse de que aquí hay algo comunitario imposible de subyugar, de colonizar, y que siempre amenazará el proyecto colonial. Es quizás por esto que Olmos asocia el teyolia con la maldad y lo infernal, prefiriendo el ánima para hablar del alma virtuosa que merecerá la vida eterna: el alma, como “ánima”, recibe a Jesucristo en el bautizo, mientras que el “alma de la gente”, como “teyolia”, es la que se pierde bajo la influencia del “maligno”, el “hombre tecolote”.

Entendemos que Olmos no vea con buenos ojos al teyolia, ya que se trata de algo que no ha sido colonizado, que resiste a la colonización, que podría incluso revertirla. Quizás Olmos también presienta que el teyolia, como nombre de la subjetividad comunitaria, tiene una peligrosa potencia colectiva de la que está desprovista el ánima recluida en la impotente individualidad. Olmos también parece comprender que el ente comunitario indígena del teyolia es refractario a la evangelización, a la cristianización que requiere ánimas, almas individualizadas, pues tan sólo ellas pueden pecar o ser virtuosas, hacer examen de conciencia y penitencia, ir al cielo o al infierno.

Cristianismo y psicología

El cristianismo necesita extraer a los indígenas de su comunidad y arrebatarles su potencia comunitaria. Cristianizarlos exige arrancarles su teyolia, enfermarlos de falta de teyolia, convirtiéndolos así en algo como el xolopitli al que me referí antes. Esta especie de xolopitli que prolifera tras la colonización de Mesoamérica es el ser cristianizado y no sólo el ser despolitizado, aislado, psicologizado.

Aquí hay que entender que la psicología y el cristianismo resultan indisociables entre sí. No son dos enfermedades, sino dos expresiones de una misma enfermedad moderna occidental. En esta enfermedad se pierde la subjetividad comunitaria y sólo quedan mónadas, átomos, objetos individuales tratables, dominables, disciplinables, manipulables y controlables tanto por teólogos y sacerdotes como por psicólogos y psicoterapeutas.

La psicología es heredera del cristianismo. Siendo evangelizados, los indígenas mesoamericanos fueron también psicologizados. Se volvieron así tan receptivos a la psicología como lo son en la actualidad.

Nuestra subjetividad psicológica es una consecuencia y una continuación de nuestra subjetividad colonizada y evangelizada. Sin la colonización y evangelización de Mesoamérica, no habría aquí ahora ni tanta demanda y tanta oferta de psicólogos, ni tantas facultades y centros de enseñanza de psicología, ni tantos eventos, vídeos, libros y revistas de contenido psicológico. Tampoco habría esa propensión general a psicologizar la cultura, la sociedad y la política. Todo esto se lo debemos a la colonización y la evangelización.

El vínculo esencial del colonialismo y el cristianismo con la idea psicológica de la subjetividad puede ilustrarse con un hecho que siempre me ha parecido revelador. En 1540, en el Colegio de Tiripetío de Michoacán, se impartió lo que parece haber sido el primer curso de filosofía de América. Fue impartido por Fray Alonso de la Veracruz para misioneros, para evangelizadores, y para miembros de la nobleza indígena, entre ellos su alteza don Antonio Huitziméngari Mendoza y Calzonzin, el hijo del último rey purépecha.

Tanto para los indígenas como para los evangelizadores, el curso de Fray Alonso de la Veracruz tenía un claro propósito evangelizador, y significativamente le dio un lugar especialmente importante a la psicología, a la doctrina aristotélica del alma. Podemos leer el curso hoy en día y constatar cómo Veracruz, incluso distanciándose del monismo y realismo de Aristóteles, insiste en la noción dualista e individualista de un alma, un ánima, que “no es un cuerpo”, distinguiéndose dualistamente del cuerpo, pero que “se mueve localmente con el propio movimiento del cuerpo”, ya que, de modo individualista, se ubica “toda íntegra” en el cuerpo individual y en cada una de sus partes. Esta alma europea cristiana individualizada y descorporizada, extraída tanto de la comunidad como del cuerpo y del mundo, corresponde tanto al ánima promovida por Fray Andrés de Olmos como al objeto de la psicología que estudiamos hoy en día.

Seguimos enseñando en Michoacán, en México y en Centroamérica la misma concepción dualista e individualista del psiquismo que Alonso de la Veracruz enseñaba aquí mismo, hace casi quinientos años, para evangelizar y colonizar a los indígenas. Hay algo de la evangelización y la colonización que no ha terminado y que se continúa en los actuales estudios universitarios de psicología. El saber psicológico en México y Centroamérica en 2025 no deja de ser un saber colonial del ánima cristiana y europea de Fray Andrés de Olmos de 1535 y de Fray Alonso de la Veracruz de 1540, en lugar de ser un saber del teyolia nahua o de la mintsita y la tsipekua purépechas que Erandi Medina Huerta nos ha recordado a los psicólogos.

Conclusión

Es claro que los psicólogos mexicanos y centroamericanos hemos perdido tanto la tsipekua y la mintsita como el teyolia y muchas otras concepciones fascinantes del psiquismo, Hemos perdido todo esto para ganar el ánima cristiana europea y sus expresiones científicas o pseudocientíficas, tales como el psiquismo, la conciencia y la mente o la vida mental. Cabe preguntarse ahora si hemos ganado más de lo que hemos perdido o si hemos perdido más de lo que hemos ganado.

Seguramente el saldo será positivo para los creyentes, para quienes creen incondicionalmente en el cristianismo y la psicología, especialmente la psicología pretendidamente objetiva, científica y basada en la evidencia. Estos adeptos al psicologismo, el cientificismo y el cristianismo estarán de acuerdo con los adeptos al hispanismo, los defensores de la hispanidad a los que me referí en un principio. Unos y otros valorarán la colonización y la evangelización por habernos dado la fe en la religión cristiana y las ciencias a las que ya se refería Francisco López de Gómara en el siglo XVI.

A diferencia de los hispanistas y cientificistas, están quienes piensan que hay un saldo negativo en sólo estudiar el psiquismo europeo en lugar de las múltiples configuraciones anímicas indígenas mesoamericanas aún preservadas a través de ciertas comunidades indígenas. La sustitución de esas configuraciones comunitarias por los objetos de la psicología es comparable a la reducción de la orfebrería indígena a las barras de oro y plata de los españoles. Estas barras son tan simples, tediosas y reiterativas como los procesos mentales descorporizados, individualizados y objetivados por la psicología.

Una de las principales ventajas de los procesos mentales individuales estudiados por los psicólogos es que pueden cuantificarse, contarse y calcularse como los lingotes robados por los españoles. Es por esta ventaja, entre otras, que se han preferido los lingotes y los procesos mentales individuales en lugar de la orfebrería indígena y de las ricas, elaboradas y complejas configuraciones mesoamericanas comunitarias de la esfera psíquica. Lo indígena mesoamericano resistía y sigue resistiendo contra la cuantificación que permite asimilarlo todo a la contabilidad capitalista.

Mi posición anticapitalista me hace repudiar la cuantificación de lo incuantificable que reina en la economía capitalista y en su psicología burguesa. Repudiando estos cálculos mezquinos de tenderos occidentales, no me permitiré calcular si perdimos o ganamos con la colonización y la psicologización de la subjetividad. No requiero de ningún cálculo para deplorar el colonialismo y la psicología. 

¿Cómo salvarnos del fin del mundo? El buen vivir indígena como brújula para nuestras luchas anticapitalistas

Conferencia para el Encuentro Internacional de Jóvenes por las Autonomías de los Pueblos Originarios, organizado por el Consejo Supremo de Jóvenes Indígenas de Michoacán y realizado el sábado 23 de abril de 2022 en Chupícuaro, comunidad de Santa Fe de la Laguna

David Pavón-Cuéllar

Fin del mundo

Nosotros, los seres humanos, estamos en este planeta desde hace trescientos mil años. Ha sido un tiempo largo en el que hemos creado grandes civilizaciones que han vivido en armonía con la naturaleza. Esta armonía se rompió de pronto, hace unos quinientos años, cuando comenzamos a destruirlo todo a nuestro alrededor.

La destrucción comenzó en Europa. Luego, con el colonialismo, se extendió al resto del planeta. Se fue agudizando cada vez más, especialmente desde hace un par de siglos, y al final, desde 1970, se ha vuelto incontrolable, devastándolo todo en la tierra y amenazando incluso la subsistencia de la humanidad.

Cada vez hay más humanos que mueren a causa de la devastación planetaria. La contaminación atmosférica, por ejemplo, está provocando casi 9 millones de muertes por año (ONU, 2022). De las mil personas a las que el hambre mata cada hora en el mundo, la mayor parte son víctimas de la deforestación, la desertificación y la erosión de los suelos. El calentamiento global es considerado el responsable directo de la actual hambruna que se ha cobrado ya más de un millón de vidas en Madagascar (ONU, 2021a).

Los muertos por la devastación planetaria son cada vez más y quizás al final seamos todos. Nuestra extinción parece cada vez más inevitable al considerar la destrucción de nuestro entorno. Un tercio de la tierra cultivable del planeta desapareció en los últimos cuarenta años (Schauenberg, 2021). Cada minuto perdemos un equivalente a cuarenta campos de fútbol de bosque (Soto, 2019). 150 especies de plantas y animales se extinguen diariamente en la mayor extinción desde la que acabó con los dinosaurios (ONU, 2007). Las poblaciones de vertebrados han disminuido un 60 por ciento desde 1970 (WWF, 2018). En los últimos años, la cantidad de insectos disminuye a un ritmo de al menos 2.5% anual (Carrington, 2019).

Hay que entender que los animales y los vegetales son la vida en el planeta. Ya nos acabamos aproximadamente la mitad de esta vida en los últimos cincuenta años. Nos queda la otra mitad y la estamos destruyendo cada vez más rápido. Una vez que hayamos terminado, llegará el turno de nuestra extinción.

Hay quienes dicen que la humanidad merece desaparecer después de haberlo destruido todo en el planeta. Otros pensamos que el problema no es la humanidad, que no es ella la destructora, que no es ella la que merece desaparecer. Consideremos, por ejemplo, que la mitad más pobre de la humanidad contamina menos de la mitad que el 1% más rico (OXFAM, 2020). Por otro lado, hay que recordar que los seres humanos estamos en la tierra desde hace unos 300 mil años y que en ese lapso enorme de tiempo hemos demostrado que podemos vivir sin destruirlo todo a nuestro alrededor. La destrucción ha sido muy reciente, sólo en los últimos quinientos años y especialmente en los últimos cincuenta años, que son tan sólo un instante en la historia de la humanidad.

Capitalismo como fin del mundo

¿Qué diablos ocurrió desde el siglo XVI y especialmente desde 1970? Lo que ocurrió en este breve lapso de tiempo es el surgimiento, la expansión y el desarrollo cada vez más vertiginoso del sistema capitalista, primero mercantil, después industrial y finalmente financiero. La historia del capitalismo es la historia del fin del mundo.

Lo que ha devastado el planeta no es la humanidad, sino el capitalismo que también amenaza con aniquilarnos a los seres humanos. ¿Por qué toda la humanidad tendría que sacrificarse por culpa del capitalismo? ¿No es más bien el sistema capitalista el que debería desaparecer?

El presidente cubano Fidel Castro (1992) ya denunciaba en los años noventa que las sociedades de consumo del capitalismo eran “las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente”. Más de veinte años después, el presidente boliviano Evo Morales (2015) sigue alertándonos que “la madre tierra está acercándose peligrosamente al crepúsculo de su ciclo vital, cuya causa estructural y responsabilidad corresponde al sistema capitalista”. Evo también nos advierte que “si continuamos en el camino trazado por el capitalismo estamos condenados a desaparecer”.

Evo y Fidel tienen razón: el problema es el capitalismo. Es verdad que este problema nació en Europa y que podemos por ello responsabilizar del fin del mundo a ese continente y a sus tentáculos culturales, como el estadounidense, el canadiense, el israelí o el australiano. También es verdad que las poblaciones indígenas de Asia, África y América son los grupos humanos que menos dañan los ambientes naturales en los que viven, como lo confirman diversos estudios e informes. Pero no hay que olvidar que hay igualmente ciertos pueblos europeos que han vivido por miles de años en armonía con la naturaleza y que han resistido contra la expansión del capitalismo. Tampoco debe olvidarse que el sistema capitalista se expandió a todo el mundo y consiguió absorber a otros pueblos a través del colonialismo y el neocolonialismo.

Pueblos originarios como protectores del mundo

Lo importante, aquello por lo que aún estamos con vida, es que la colonización y la resultante absorción por el capitalismo no se han consumado en todo el mundo. Hay quienes resisten contra el avance del capital. Son principalmente los pueblos originarios.

No es casualidad que sean precisamente los pueblos indígenas, estos pueblos espontáneamente anticapitalistas, los que hoy mejor conservan y protegen el poco planeta que nos queda. Su conservación y protección del mundo son a pesar y en contra del capitalismo entendido como fin del mundo. Resistiendo contra el capitalismo, los indígenas forman parte del mundo que resiste contra su destrucción por el sistema capitalista.

Permítanme proporcionar algunos datos reveladores. El Fondo Mundial por la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés) ha informado hace pocos meses que el 91 % de los ecosistemas administrados por los pueblos originarios se encuentran en condiciones ecológicas buenas o moderadamente buenas, en todo caso mejores que otros ecosistemas (Fischer, 2021). Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (la FAO) ha descrito a los pueblos indígenas como los “guardianes esenciales del medio ambiente”, recordándonos cómo “conservan y restauran los bosques y los recursos naturales”, y cómo sus territorios, aunque abarquen sólo 22% de la superficie terrestre, preservan el 80% de la biodiversidad que nos queda. El año pasado la ONU (2021b) ha exhortado a los gobiernos latinoamericanos a reforzar los derechos territoriales de las comunidades indígenas, destacando que son ellas las que mejor salvaguardan los bosques de la región, con tasas de deforestación considerablemente menores que en los territorios no-indígenas; por ejemplo, en el Amazonas, los bosques retrocedieron 0.3% en territorios indígenas, 0.6% en territorios protegidos no-indígenas y 3.6% en las demás zonas.

Los pueblos originarios, los que mejor saben preservarse del sistema capitalista, son lógicamente los que mejor saben también preservar los bosques y los demás ecosistemas. Cuando los indígenas protegen la naturaleza, la están protegiendo contra el capitalismo con todo lo que supone, como el consumismo, el extractivismo, la voracidad insaciable, el afán de lucro, la explotación frenética de los recursos naturales y la transmutación de todo lo vivo en más y más dinero muerto. Este estilo capitalista de vida, constituyendo en realidad un estilo de muerte, es aquello contra lo que resisten las comunidades indígenas.

Buen vivir de los pueblos originarios de Sudamérica

Resistiendo contra la vida mortífera en el capitalismo, los pueblos originarios defienden otra forma de vida inherentemente anticapitalista. La designan a veces con los términos españoles de “buena vida”, “bien vivir” o “buen vivir”, pero en cada lengua se expresa de formas distintas con diferentes connotaciones. Lo bueno del buen vivir no es lo mismo para cada pueblo.

Quienes más han difundido el buen vivir como programa político, los quechuas de lo región andina, utilizan el concepto de “sumak kawsay”, en el que la palabra “kawsay” es vida, “ser estando, ser siendo”, mientras que “sumak” significa plenitud, belleza, excelencia, realización completa (Niel, 2011, p. 6). El “sumak kawsay” es entonces una suerte de vida plena, pero esta vida, tal como lo explica el ya mencionado Evo Morales, “es pensar no sólo en términos de ingreso per-cápita sino de identidad cultural, de comunidad, de armonía entre nosotros y con nuestra madre tierra”, pues no se trata de un “progreso y desarrollo ilimitado a costa del Otro y de la naturaleza; tenemos que complementarnos; debemos compartir” (citado por Silva, 2014). En otras palabras, el buen vivir implica para los quechuas una complementariedad y un equilibrio entre los seres humanos y entre ellos y los demás seres. Es el equilibrio “h’ampi” del planeta con el que los quechuas, como lo dice el filósofo Javier Lajo (2008), intentan contribuir “a la solución de problemas planetarios como la pobreza endémica, las guerras, el calentamiento y la inestabilidad global del clima, fenómenos humanos y naturales que ya han matado a muchos miles y que amenazará, muy pronto, la existencia misma del planeta”. Conviene resaltar que la devastación planetaria es vista por los mismos pueblos indígenas como una consecuencia del mal vivir: de la falta de un buen vivir como el que ellos nos enseñan tanto en su filosofía como en sus prácticas de cuidado que los ha convertido en los grandes guardianes de la naturaleza.

Otro pueblo andino que ha contribuido a la conceptualización política del buen vivir es el aimara, que emplea el concepto “suma qamaña”, que también quiere decir algo así como “vida plena”, ya que “suma” es lo pleno además de lo sublime, lo excelente, lo magnífico y lo hermoso, y “qamaña” es vivir, pero también convivir (Niel, 2011, p. 6). La buena convivencia entre seres humanos y entre la humanidad y la naturaleza vuelve a ser aquí un elemento clave de la buena vida. Tan sólo podemos vivir bien al establecer vínculos horizontales y respetuosos entre nosotros y con el entorno, lo que resulta imposible en el sistema capitalista, como lo resalta Simón Yampara Huarachi (2016) al reconstruir la crítica al capitalismo inherente al suma qamaña de los aimaras.

La incompatibilidad entre el buen vivir y el sistema capitalista resulta evidente para otros pueblos originarios de Sudamérica. Entre ellos están los guaraníes, que entran en conflicto con el capitalismo desarrollista y extractivista al defender su buen vivir, su “ñande reko”, que podemos traducir como “nuestro modo de ser” o de “estar” (Wahren, 2015). El buen vivir mapuche, el “küme mongen”, también tiene un carácter implícitamente anticapitalista al exigir un “equilibrio” económico en una “equidad” y una “reciprocidad” que se logran con medios como los “intercambios de productos, semillas o conocimiento” (Viera Bravo, 2021, p. 104).

Buen vivir de los pueblos originarios de Mesoamérica

Ideales igualitarios como los de equilibrio y reciprocidad forman parte de la noción de buen vivir no sólo entre los mapuches, los aimaras y los quechuas de Sudamérica, sino también entre los pueblos originarios mesoamericanos.  Los mayas quichés de Guatemala, por ejemplo, expresan el buen vivir con el concepto “utz k’aslemal”, que implica “equilibrio y armonía” con uno mismo y con la naturaleza, como lo explica el académico maya Ajpub’ Pablo García Ixmatá (2010, pp. 225-226). El también guatemalteco Juan León Alvarado resume la noción del buen vivir quiché diciendo que el utz k’aslemal es “vivir la vida en toda su plenitud (…); vivir en armonía consigo mismo; construir equilibrio con la familia y el resto de la sociedad; convivir en armonía con la Madre Naturaleza y el Cosmos; cuidar de la Madre Naturaleza; ser útil a los demás” y “trabajar en la búsqueda del bien del otro y de sí mismo”. En el buen vivir maya quiché, como en el quechua y el aimara, volvemos a encontrar la plenitud y el equilibrio en la relación entre los seres humanos y entre la humanidad y la naturaleza. En esta misma relación, como hemos visto, los mayas quichés incluyen la relación de cada sujeto consigo mismo.

La relación consigo mismo, como parte indisociable de la relación con los demás y con el mundo, aparece igualmente en el concepto maya yucateco del buen vivir, el “ma’alob kuxtal”, en el que “ma’alob” significa “buena” y “kuxtal” quiere decir “vida. El ma’alob kuxtal, según lo explica Fidencio Briceño Chel (2016), supone “la tranquilidad de aceptarse como uno es y aceptar a los demás formando una comunidad con sus múltiples relaciones interpersonales”. Estas relaciones “llevan a la persona a tener diversas personalidades y diversos estados anímicos”, pero tan sólo pueden asegurar de modo permanente el buen vivir al estar basadas en la “reciprocidad” y el “respeto mutuo”. Los mayas yucatecos piensan, en suma, que debemos respetamos y aceptarnos a nosotros mismos y a los demás para vivir bien unos con otros en el espacio comunitario, que es el único espacio en el que podemos vivir bien, viviendo bien unos con otros, en comunidad.

El elemento comunitario es esencial en todas las concepciones mesoamericanas del buen vivir. En todas ellas, vivimos bien al vivir en comunidad, compartiendo lo que tenemos, dando y recibiendo en la igualdad y la reciprocidad, a través de relaciones interpersonales horizontales o equilibradas. Es todo esto lo que asegura la serenidad como aspecto definitorio del buen vivir en la mayor parte de las sabidurías ancestrales de la región mesoamericana.

Para la mayor parte de los indígenas de México y Centroamérica, en efecto, vivir bien significa estar serenos, tranquilos, sin dificultades. La buena vida es así quietud y sosiego en el “etsáán olal” de los mayas, tranquilidad y armonía en el “ch’ijcaj” de los chontales, calma y tranquilidad en el “susu chúnu, ssacru te juís chúnu” de los zapotecos, estar sin problemas en el “kualli sechantis” de los nahuas. Esta forma de concebir el buen vivir a veces parece vincular interiormente la tranquilidad con el silencio y la armonía, como en la “pinantikua” de los p’urhépechas, entendida como vida armoniosa y silenciosa, y especialmente la paz de los tzeltales, el “slamalil kinal”, que describe un “estado de silencio” y de “armonía con el ecosistema”, y que está indisociablemente unido al “buen vivir” de los mismos tzeltales, el “lekil kuxlejal”, en el que “lekil” significa “bueno” y “kuxlejal” quiere decir “vida” (Paoli, 2003, pp. 71-72).

Como lo muestra Antonio Paoli en el caso de los tzeltales, hay una relación profunda entre el silencio y la armonía en el buen vivir. El silencio parece indicar la falta de peleas, discusiones, pero es también algo sagrado con lo que se asegura una relación respetuosa con la palabra en el seno de la comunidad. Respetar la palabra de uno y del otro implica saber guardar silencio. Este silencio, indispensable para el respeto y la escucha, genera la armonía con la comunidad y con la naturaleza como parte de la comunidad. La armonía, a su vez, es un aspecto fundamental del buen vivir tzeltal, del lekil kuxlejal.

El buen vivir tzeltal implica una relación armoniosa y respetuosa con la comunidad y con la naturaleza. Esta relación es hermosamente expresada por Manuel Hernández Aguilar, comunero de Betania en Chiapas, cuando asocia el lekil kuxlejal con la naturaleza que preserva su belleza, con los árboles que no han sido cortados, con el monte “donde no hay maltrato”, y también con las palabras de las asambleas, describiéndolas como “palabras que dan vida, palabras que le dan armonía a nuestros corazones, palabras con las que la vida toca el corazón de tu compañero y el corazón de todo tu pueblo” (en Paoli, 2003, pp. 80, 85). Si la naturaleza y la comunidad son aquí tan importantes para el buen vivir, es porque tan sólo podemos vivir bien cuando los que vivimos bien somos todos, los humanos de la comunidad, pero también los demás y los animales y vegetales de la naturaleza.

En unas comunidades indígenas en las que no reina el individualismo imperante en las sociedades capitalistas, el vivir bien es un estado colectivo y no individual. Yo no puedo vivir bien solo, sino que somos nosotros los que vivimos bien. Esto se expresa muy bien en el “lekilaltik” de los tojolabales de Chiapas, en el que “lek” es bueno y “tik” es nosotros como totalidad de seres humanos y no-humanos, de tal modo que “lekilaltik” puede traducirse como “el bien de todos, el bien nuestro, el bien de nosotros”.

Buen vivir p’urhépecha

Otra forma en que podemos confirmar el carácter colectivo y comunitario del buen vivir mesoamericano es apreciar las situaciones vitales concretas en las que se encuentra, como lo hizo Daisy Azucena Magaña Mejía (2017) en una investigación sobre el buen vivir p’urhépecha, el “sesi irekani”, “sesi” refiriéndose a buena e “irekani” a la vida. El buen vivir tiende a desplegarse aquí a través de relaciones con el otro. Ya los niños y las niñas encuentran el buen vivir encuentran el buen vivir en “la no violencia, la paz, el amor, el cariño, la compasión, y vivir sin regaños, sin burlas ni humillaciones” (p. 139). Luego las señoritas y los jóvenes consideran que vivir bien requiere “convivir, llevarse bien” con el otro, estar integrado en la comunidad a través de la “ayuda mutua”, “no contaminar” la naturaleza y “ser respetuoso, honesto, amable, dadivoso, fiel, o todo aquello que no implique atentar contra el otro” (p. 140).

Las señoras y los señores p’urhépechas también tienden siempre a incluir al otro en un buen vivir que incluye el “amor”, excluye los “rencores”, implica ser “obedientes, responsables, sencillos, atentos, solidarios, dadivosos y respetuosos”, y exige “conservar las tradiciones, practicar las costumbres y hablar p’urhépecha”, así como “establecer vínculos comunitarios” y tener “reconocimiento comunitario” a través del ejercicio de cargos y el cumplimiento de obligaciones (Magaña Mejía, 2017, p. 142). Finalmente, las ancianas y los ancianos insisten en los kaxumbekua, valores como “ser justos, honestos y respetuosos”, y la reproducción de las costumbres y del idioma p’urhé, “porque si éste desaparece, desaparecen muchas cosas en el mundo que se enuncian desde él” (p. 143). Como vemos, desde la infancia hasta la tercera edad, los p’urhépechas conciben el buen vivir como algo fundamentalmente relacional, comunitario, compuesto de emociones, actitudes y conductas normativas que nos relacionan a unos con otros, con la comunidad, con la cultura y con la naturaleza.

Vemos que las normas del sesi irekani p’urhépecha, como las normas del buen vivir de otros pueblos mesoamericanos y sudamericanos, contradicen diametralmente las pautas normativas por las que se rige la vida mortífera en el sistema capitalista. Donde el capitalismo sólo piensa en desarrollo e innovación, los p’urhépechas desean la preservación de la cultura, la comunidad y la naturaleza. Los indígenas sitúan el buen vivir en el respeto, la sencillez, la fidelidad y la honestidad, mientras que el capitalismo sólo promueve la ambición, la posesividad bajo las formas del consumismo y de la avidez insaciable. Ahí donde el capitalismo quiere competencia, ahí los indígenas quieren convivencia, solidaridad y ayuda mutua. Mientras que los jóvenes p’urhépechas consideran que vivir bien es no-contaminar, el capitalismo está contaminando constantemente sus tierras y sus aguas tan sólo para producir más y más dividendos.

Buen vivir indígena y luchas contra el capitalismo

En un mundo cada vez más dominado y destruido por el capitalismo, el buen vivir de los pueblos originarios está cada vez más asediado y amenazado. Esto hace que el buen vivir, como lo han observado Massimo Modonesi y Mina Lorena Navarro Trujillo (2014), no pueda ser ya solamente “una construcción subjetiva orientada e inspirada en la convivencia humana, una relación armoniosa con la naturaleza”, pues requiere también del “antagonismo como experiencia de insubordinación y de lucha anticapitalista”, una lucha que no puede ser totalmente pacífica, sino que “implica diversos grados de enfrentamiento” (p. 210). El enfrentamiento con el capitalismo no puede ser evitado porque la mala vida capitalista intenta sustituirse por todos los medios al buen vivir de los pueblos originarios. Este buen vivir tan sólo puede resistir y subsistir al enfrentarse con aquello que intenta destruirlo.

Como lo han observado Luciano Concheiro y Violeta Núñez (2014), es a través de una “permanente confrontación y lucha de clases” como “los pueblos ‘insisten’ en defender sus cosmovisiones y cosmovivencias como parte de ese Otro vivir que implica el bien para todos, incluidos hombres, mujeres, plantas, animales, tierra, agua, viento, montañas, muertos, sol, luna, entre muchos otros”, pues los indígenas saben que todos esos seres “son complementarios y necesarios en un universo conformado por una compleja diversidad” (p. 185). Este universo, como lo muestran los mismos autores, está como concentrado en la milpa, la cual, a diferencia de los monocultivos del capitalismo, no sólo es el maíz, pues en ella “conviven una diversidad de plantas y de animales”, como diversos maíces, “frijol, calabaza, chile, quelites, tomatillo, chayote, entre otros”, que “son complementarios entre sí”, que “se necesitan, son una unidad constituida por la diversidad”, pues “unos alimentan, enriquecen y apoyan a los otros”, como el frijol y otras leguminosas que “aportan nitrógeno a la tierra”, las amplias hojas de las calabazas que “conservan la humedad de la tierra”, el maíz que “sirve de guía al frijol” que se enreda en él y que “aporta sombra a la calabaza”. (p. 197).

La milpa es así una buena ilustración del buen vivir mesoamericano, del buen vivir entendido como complementariedad, reciprocidad, solidaridad, apoyo mutuo, armonía, respeto del otro y todo lo demás. Todo esto hace también que la milpa, como lo ha dicho Armando Bartra, sea “profundamente anticapitalista” (Concheiro Bórquez y Núñez, 2014, p. 198). La milpa es anticapitalista como el buen vivir de los pueblos originarios de Mesoamérica y de Sudamérica.

El buen vivir indígena se opone irremediablemente al capitalismo. Es por ello que puede operar como brújula para nuestra praxis anticapitalista. Es por lo mismo que Jaime Schlittler Álvarez (2012), en su tesis sobre el buen vivir tseltal y tsotsil, entiende el lekil kuxlejal como “horizonte de lucha”, como “condensación de ideales”, como “alternativa al capitalismo” y como “una forma de nombrar nuestra lucha antisistémica, una forma de condensar nuestra mirada y lineamiento de praxis, el para qué de nuestra autonomía” (p. 16).

El buen vivir de los pueblos originarios les da un contenido positivo a nuestras luchas, un ideal por el que luchar, un horizonte hacia el cual avanzar. Es como el comunismo para quienes nos identificamos como comunistas. Es quizás otro nombre para el comunismo, un nombre que tiene la ventaja de corresponder a una realidad concreta ya existente, pues algo del buen vivir se preserva en muchas de las comunidades indígenas que hunden sus raíces en América antes de América, en el Mayab de los mayas, en el Ixachitlan de los nahuas, en el Apeika de los guaraníes y en todos los demás territorios ancestrales americanos ahora englobados por el nombre “Abya Yala” del pueblo guna.

A través de sus concepciones y realizaciones prácticas del buen vivir, muchas comunidades nos enseñan otra forma de ser humanos, una forma que no significa la devastación de la naturaleza y la inminente aniquilación de la humanidad. Para salvarnos del capitalismo como fin del mundo, necesitamos nuestras luchas anticapitalistas, y para orientar nuestras luchas, tenemos aquí la brújula infalible de ideas indígenas del buen vivir como el sumak kawsay quechua y el suma qamaña aimara, el küme mongen mapuche y el ñande reko guaraní, el utz k’aslemal maya quiché y el ma’alob kuxtal maya yucateco,el lekilaltik tojolabal y el lekil kuxlejal tseltal, el kualli sechantis nahua y el sesi irekani p’urhépecha. Esta brújula nos indica muy bien hacia dónde ir: hacia ese horizonte que no se ha perdido en los pueblos originarios de nuestro continente.

Referencias

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¿Qué hacer en la psicología para celebrar a los pueblos originarios?

Niñas nahuas, por Fernando Rosales.

Texto publicado en el blog de la Red Iberoamericana de Investigadores en Historia de la Psicología (RIPeHP por sus siglas en portugués), el 9 de agosto de 2021

David Pavón-Cuéllar

El 9 de agosto de 1982, en la ciudad suiza de Ginebra, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) realizó la primera de sus reuniones de trabajo sobre población autóctona. Doce años después, en 1994, la Asamblea General de la misma ONU eligió el 9 de agosto como Día Internacional de los Pueblos Originarios del Mundo. Este día sirve desde entonces para celebrar anualmente a casi 500 millones de indígenas que representan el 5% de la población mundial.

Sobran las razones para la celebración de los pueblos originarios del mundo. Una de ellas, la que aquí nos interesa, es que nos enseñan otra forma de ser humanas y humanos, una forma diferente de aquella devastadora que en sólo medio siglo ha creado continentes de basura sobre los océanos, ha provocado la mayor extinción de especies desde la época de los dinosaurios y ha exterminado a más de la mitad de poblaciones de vegetales silvestres y de animales salvajes. Mientras nosotros destruimos el planeta y ponemos en peligro nuestra propia supervivencia en el futuro, los pueblos originarios nos ofrecen un ejemplo de convivencia más equilibrada y armoniosa con la naturaleza.

Un reciente informe de la ONU, por ejemplo, ha caracterizado a los pueblos originarios latinoamericanos como “los mejores guardianes de los bosques”, demostrando con datos duros cómo impiden la deforestación de sus territorios y así “mitigan el cambio climático”. Los indígenas cobijan a la naturaleza, la defienden contra nosotros, amortiguan los golpes mortales que le asestamos y compensan en parte los daños inmensos que no dejamos de infligirle. Es así como frenan un poco la vertiginosa espiral destructiva que nos está llevando hacia nuestra propia extinción como humanidad.

Los pueblos originarios nos protegen de nosotros mismos. Por esto, por todo lo que les hemos arrebatado y por mucho más, estamos en deuda con ellos. Desde luego que jamás podríamos pagar la enorme deuda que hemos contraído, pero sí deberíamos al menos reflexionar en ella cada 9 de agosto. Esta reflexión anual podría ser una buena forma de celebrar a quienes han sido y siguen siendo tanto nuestras víctimas como nuestros benefactores.

Una celebración reflexiva de los pueblos originarios nos exige, ciertamente no idealizarlos ni denigrarnos, pero sí revalorizarlos y cuestionarnos. Tenemos que hacer un examen de conciencia, un balance de nuestros errores y de los aciertos de los indígenas, preguntándonos qué son ellos y qué somos nosotros para que estemos tan endeudados con ellos y para que necesitemos que nos protejan de nosotros mismos. Esta pregunta no presupone forzosamente que haya diferencias naturales, constitucionales o esenciales entre las razas humanas, pero sí plantea la cuestión de las divergencias y contradicciones existentes entre diversas formas culturales de subjetivación. Estamos aquí en el terreno de la cultura, el de la etnología y la antropología, pero también en el de la subjetividad, que es o debería ser el de la psicología.

Los psicólogos están entre los profesionistas que más pueden aportar en una celebración reflexiva de los pueblos originarios. Este aporte puede ser muy significativo, pero siempre y cuando parta del reconocimiento de que hay otras formas culturales de subjetivación además de aquella noroccidental moderna, indisociable del capitalismo y hoy prevaleciente en el mundo, a la que se refiere la mayor parte de nuestro saber psicológico.  De lo que se trata, en otras palabras, es de aceptar que nuestra psicología es particular y no universal, culturalmente determinada y no independiente de la cultura, lo que no será admisible sino para muy pocos psicólogos y no precisamente los culturales o transculturales, que suelen reducir las diferencias entre culturas a simples variaciones de los mismos temas europeos y estadounidenses.

Los psicólogos mayoritarios, los que siguen pretendiendo poseer un saber universalmente válido sobre la subjetividad, no están en condiciones de entender el profundo sentido psicológico de lo que celebramos cada 9 de agosto: el de la existencia de otras configuraciones culturales de la subjetividad que difieren de aquella individual asertiva, agresiva, destructiva, posesiva, acumulativa y competitiva que se asocia con el sistema capitalista y que está devastando actualmente el planeta. Esta forma devastadora de subjetivación es una entre otras, no es la única posible, no es nuestro destino inescapable, como lo evidencian los pueblos originarios que saben ser sujetos de otro modo que nosotros. Al celebrarlos a ellos, tenemos que celebrar también la esperanzadora evidencia de que el ser humano puede ser otro, que no está condenado a ser eso que somos, eso que lo destruye todo a su paso por el mundo.

Conviene recordar que eso que somos tiene su origen histórico en el ávido y arrogante blanco europeo heredero de varios legados culturales, entre ellos: el grecorromano de esclavismo, conquista imperial, desnaturalización de lo humano y racionalización de lo irracional; el judeocristiano de universalismo, intolerancia, individualización de los sujetos y extracción de sus almas para dominar sus cuerpos; el bárbaro y feudal-medieval de violencia, privilegio y abuso; y el burgués-moderno de represión, privación, apropiación privada, explotación del semejante e insaciable acumulación de riqueza. El engendro subjetivo de estos valiosos legados se apropió del mundo entero y se dedicó a saquearlo y arrasarlo mientras imponía su especial modelo de subjetividad. La humanidad entera debió renunciar a su diversidad y rehacerse a imagen y semejanza del supuesto hombre universal.

La imposición colonial del modelo subjetivo europeo, correlativa de la expansión global del capitalismo, hizo que la blancura biológica se trascendiera en una blanquitud simbólica bien descrita por Bolívar Echeverría y hoy compartida por no-indígenas blancos, amarillos, negros y morenos de todos los rincones del mundo. Cualquiera puede ser ahora el sujeto simbólicamente blanco del que se ocupa la psicología. Es por esto que los psicólogos y las psicólogas pueden hacer carrera y ganarse la vida en todos los rincones de la tierra, o más bien casi todos, pues los hay en los que aún se resiste contra la subjetivación dominante, a veces bajo la influencia de concepciones indígenas de la subjetividad incompatibles con el saber psicológico europeo y estadounidense.

La psicología noroccidental dominante no tiene casi nada relevante que decir, por ejemplo, ante el modo particular en que el sujeto es concebido por los pueblos originarios mesoamericanos que aún viven en México y Centroamérica. Para estos pueblos, como he intentado mostrarlo en un libro publicado recientemente, la subjetividad resulta irreductible al objeto del saber psicológico: no está artificialmente objetivada, ni encerrada en el interior del individuo, ni separada con respecto al cuerpo y al mundo. La concepción indígena mesoamericana de la subjetividad, mucho menos forzada y reduccionista que la psicológica dominante, suele ser la de algo tan mundano y corporal como psíquico o anímico, tan comunitario como individualizado, e inseparablemente unido a los demás seres del universo, ya sean materiales o espirituales, humanos o no-humanos, animales o vegetales o incluso minerales. 

El reconocimiento de la unidad inseparable con el resto de la naturaleza explica en parte el respeto de los pueblos originarios mesoamericanos hacia el entorno natural. Estos pueblos no han olvidado que destruir un ecosistema significa destruirse a sí mismos, destruyendo una parte de su más íntimo núcleo subjetivo, de aquello que los antiguos nahuas denominaban teyolía, que era un alma compartida entre los diversos seres del universo, todos ellos representados como ramas de un mismo árbol. Cada planta o animal del bosque y cada integrante humano de una comunidad constituyen aquí las últimas ramificaciones de un mismo tronco del universo que de algún modo está contenido en el centro del corazón de cada ser.

Huelga decir que no hay manera de pensar el concepto de teyolía con las categorías de la psicología europea-estadounidense que hoy en día estudiamos en Latinoamérica. Estas categorías tan sólo podrían traducir un concepto semejante al cercenarlo, simplificarlo y disolverlo en las banalidades psicológicas de siempre.Nuestra psicología debería transformarse radicalmente, hasta el punto de trascenderse y superarse a sí misma, para ser capaz de concebir algo que no cabe en ella ni en ninguna otra de las estrechas casillas científicas especializadas en las que se ha dividido el saber en la tradición moderna occidental. Hay que entender que la división del saber forma parte del problema, siendo como un aserradero en el que se corta y se tritura el árbol del universo para convertirlo en tablas, trozos, virutas y aserrines que luego pueden ya sea desecharse o bien manipularse, utilizarse, explotarse y venderse.

Después de haber talado y fraccionado el árbol con toda su vida y su extrema complejidad, tan sólo nos quedan sus partes inertes y demasiado simples, entre ellas la psicológica. No hay en la psicología ninguna reminiscencia ni del teyolía ni de todo lo demás que un indígena sabe discernir en el árbol. Tan sólo hay el exiguo saber de los especialistas en psicología y el sujeto que le corresponde: el objetivable y objetivado, el centrado y atrapado en sí mismo, el desvinculado y desnaturalizado, el vaciado interiormente de su comunidad y de la naturaleza.  Es el mismo sujeto asertivo, agresivo, destructivo, posesivo, acumulativo y competitivo al que ya nos referimos. Es el normalizado por y para el capitalismo. Es el sujeto que está devastando el mundo y que se nos ha obligado a ser: el único reconocido por un saber psicológico fundado en la ignorancia de todo lo que está en juego en las sabidurías ancestrales de los pueblos originarios.

Lo mejor que podemos hacer las psicólogas y los psicólogos ante la sabiduría de los indígenas es primeramente celebrarlos por no haber asimilado nuestra ignorancia, por no estar ciegos, por ser capaces de ver el árbol del universo y sus ramas humanas, alcanzando así una concepción de la subjetividad más fiel y menos dañina que la nuestra. Luego, tras la celebración anual del 9 de agosto, deberíamos adoptar dos principios de conducta en relación con los pueblos originarios: por un lado, no llevarles ya nuestra psicología, dejar de obstinarnos en instruirlos y evangelizarlos con ella; por otro lado, esforzarnos en escucharlos atentamente y aprender algo de todo lo que sólo ellos pueden enseñarnos acerca de la subjetividad. Lo que nos enseñen quizás nos permita contribuir a proteger el mundo, como lo hacen ellos, al cultivar a un ser humano diferente del reproducido y promovido por la psicología.