¿Por qué renegar de nuestra psicología y preferir las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad?

Charla en la Escuela de Psicología de la Universidad Panamericana, Ciudad de México, viernes 13 de marzo de 2026

David Pavón-Cuéllar

¿Psicología indígena?

Me han invitado a que les hable sobre psicología indígena. Es un tema que me apasiona, que investigo desde hace unos quince años y que me ha llevado a dictar varias conferencias y a publicar un par de libros y varios artículos y capítulos. Sin embargo, a medida que profundizo en el tema, he ido comprendiendo que la expresión de “psicología indígena” es inadecuada para describir lo que estudio.

Un problema de la expresión de “psicología indígena” es que ya se usa en inglés para designar algo que no corresponde exactamente a lo que yo estudio. Mis investigaciones son sobre la forma en que ciertos pueblos originarios entienden el psiquismo, la personalidad, las emociones, las ideas, los comportamientos y todo lo demás de lo que nos ocupamos las psicólogas y los psicólogos. Por el contrario, lo que se llama “psicología indígena”, tal como lo entienden sus grandes exponentes Uichol Kim y John W. Berry, es un estudio científico de la conducta humana de cualquier grupo y no sólo de los pueblos originarios, un estudio que se distingue por ser nativo, por no provenir de otros lugares, por ser diseñado para cierta gente diferente de otra.

Sin duda el proyecto de la psicología indígena es valioso y necesario para contrarrestar el etnocentrismo y universalismo del saber psicológico europeo y estadounidense. En esto, al menos en esto, coincide con mi trabajo, pero difiere de él en todo lo demás. Yo estudio los saberes ancestrales indígenas ya existentes, mientras que la psicología indígena pretende crear un saber psicológico indígena, como si no lo hubiera ya, como si los pueblos originarios no supieran ya todo lo que necesitan saber sobre sus propias subjetividades.

Yo no quiero diseñar una psicología para los pueblos originarios, sino que deseo aprender lo que esos pueblos han diseñado por sí mismos. Intento instruirme en lo que ellos ya saben, lo que yo aún ignoro, lo que no tiene cabida en mi ciencia y en mi psicología, por lo cual tampoco ofrezco ni algo pretendidamente “científico”, en el sentido europeo-estadounidense de la palabra, ni la investigación de algo que pueda reducirse a lo que denominamos “conducta” o “comportamiento” en psicología.  Además, cuando hablo de lo “indígena”, estoy refiriéndome no a cualquier nativo, sino específicamente a los pueblos originarios que mantienen un profundo arraigo en la tierra y un vínculo esencial con un territorio en el que viven de modo ininterrumpido por varias generaciones. Este punto es políticamente crucial en una época en la que tenemos a colonos brasileños, estadounidenses o israelíes que reivindican sus privilegios de nativos sobre los derechos fundamentales e inalienables de pueblos originarios como los amerindios y los palestinos.

La psicología que me interesa no es la de nativos como los mexicanos en general, sino la de los indígenas que viven aquí, en México, desde la época prehispánica. De modo más preciso, lo que estudio es la psicología de los pueblos originarios de Mesoamérica, es decir, los que viven en el centro y el sur de México, así como en Guatemala, Honduras, Belice, Nicaragua, El Salvador y el norte de Costa Rica. Mi interés está en las ideas psicológicas mesoamericanas y no en las indígenas en general. Es también por esto que la expresión de “psicología indígena” es inadecuada para describir mi trabajo.

Hay una razón más, la más importante, por la que he terminado renunciando a la expresión de “psicología indígena”. Esta razón es que aquello que he ido aprendiendo con los pueblos originarios mesoamericanos dista mucho de ser lo que entendemos habitualmente por psicología. A diferencia del saber psicológico, los saberes indígenas de Mesoamérica no pretenden ser científicos ni objetivos. Tampoco tienen un objeto psíquico, mental, conductual o cognitivo que se confine a la esfera de la individualidad y que se distinga del cuerpo y del mundo. Por esto y por más, pienso que es incorrecto emplear el nombre de “psicología” para designar las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad. Estas concepciones no son psicológicas, sino que son algo más, algo diferente de la psicología, algo para lo que no tengo nombre y que a mí personalmente me parece mucho mejor que la psicología.

Confesión

Antes de seguir adelante, debo confesar con cierta vergüenza que soy psicólogo. Lo digo avergonzado como el alcohólico o el adicto que se levanta de la silla, baja la cabeza y confiesa que tiene una adicción al alcohol o a otra sustancia. Cada uno tiene sus vicios, problemas y defectos. Uno de los míos, uno de los peores y que me causan más vergüenza, es el de ser psicólogo: el de haber estudiado tanta psicología que ahora ya no sé cómo sacármela de la cabeza.

Estudié licenciatura, maestría y doctorado en psicología, pero he terminado formando parte de aquellas y aquellos que se vuelven críticamente contra la psicología, que se presentan como psicólogos críticos y que buscan alternativas en lugar del enfoque psicológico. Una de las mejores alternativas que yo he encontrado es precisamente aquella a la que doy el nombre de “concepciones mesoamericanas de la subjetividad”. Explicaré ahora por qué yo prefiero estas concepciones que la psicología de la que reniego.

Procederé con una enumeración de ocho razones que me han llevado a rechazar las ideas psicológicas europeas y estadounidenses para volcarme hacia las ideas indígenas mesoamericanas. Las razones que daré son algunas de las más importantes, no todas porque no tenemos un tiempo ilimitado, pero sí aquellas que pueden explicarse de modo más rápido y sencillo. Tal vez mi enumeración resulte un poco tediosa. De ser así, les pido perdón por adelantado.

Singularidad, contradicción, complejidad e incertidumbre

La primera de mis razones para preferir las concepciones mesoamericanas de la subjetividad es que reconocen la singularidad única de cada sujeto, sin intentar generalizar, como no deja de hacerlo nuestra psicología cuando nos diagnostica, nos encasilla en tipos de personalidad o nos atribuye coeficientes de inteligencia o de cualquier otra cosa. Es verdad que el conocimiento psicológico percibe diferencias entre los individuos, pero tiende siempre a reducirlas a variaciones de principios generalizables y a veces cuantificables y medibles. Esto no sucede en los pueblos originarios, en los que se comprende muy bien que cada uno de nosotros es único, incomparable a cualquier otro, irreductible a categorías generales.

Entre los nahuas, por ejemplo, hay un principio psíquico individualizante, el tonalli, por el que cada sujeto es diferente de los demás. No es como el carácter o la personalidad en la psicología, pues no se disuelve en tipologías, sino que es exclusivo de cada sujeto. Cada uno es su tonalli.

Cada sujeto se define, además, como in ixtli in yóllotl, por tener un ixtli y un yóllotl, un rostro y un corazón, un carácter y un deseo, que son completamente diferentes de los demás. Esta singularidad es muy valorizada entre los nahuas. Es por ello que los sabios y educadores nahuas, los tlamatinime y los teixtlamachtiani, servían para que cada uno descubriera su propia singularidad, y no para normalizarnos y estandarizarnos, como en la psicología y la educación en el mundo occidental.

Si los psicólogos y educadores contribuyen a nuestra normalización y estandarización, es para ajustarnos, adaptarnos, reconciliarnos con el mundo, con la vida y con nosotros mismos, incluso a costa del mundo, la vida y nosotros mismos. Este propósito de adaptación y reconciliación no existe en las perspectivas indígenas mesoamericanas, las cuales, también por esto, me parecen preferibles a las perspectivas psicológicas europeas y estadounidenses (segunda razón). Nuestra psicología identifica la salud mental con la paz y la armonía, desconociendo que somos irremediablemente contradictorios y conflictivos, lo que sí es reconocido por los indígenas mesoamericanos.

Los pueblos de Mesoamérica son conscientes de que todo ser humano se encuentra desgarrado, en conflicto consigo mismo, estando compuesto de principios que luchan entre sí, como el hostil y el amoroso, el creativo y el destructivo, el masculino y el femenino, y muchos otros más. Entre los otomíes, nuestras almas llamadas nzaki son tan sólo unas de nuestras almas y son siempre femeninas y masculinas, de modo que todo hombre es de algún modo también mujer y toda mujer es también en cierta medida hombre, y esto de muchas formas diferentes, según el nzaki y el sujeto del que se trate. Lo fascinante de esta idea es que va más allá de los tediosos binarismos de género en los que ha quedado atrapada la psicología y que actualmente están siendo cuestionados por la trinchera LGBTTTIQ+ de la psicología crítica.

En lugar del simplismo binarista de la psicología dominante, las concepciones mesoamericanas de la subjetividad razonan de modo complejo. Razonan, así, como debe razonarse ante algo tan complejo como la sexualidad y como cualquier otro asunto humano. Es también por esta complejidad que yo opto por los saberes ancestrales mesoamericanos en lugar de la desesperadamente simplista psicología europea y estadounidense que estudiamos en las universidades (tercera razón).

El simplismo se asocia también directamente con otro de los grandes problemas del saber psicológico: su propensión a la certidumbre infundada, su tono contundente y categórico, su ridícula confianza en sí mismo, su petulante seguridad al referirse a cuestiones que no es capaz de comprender porque simplemente escapan a nuestra capacidad de comprensión. Todo esto es algo que no se encuentra en los saberes ancestrales mesoamericanos que se distinguen por aceptar sus propios límites, por no pretender comprender lo incomprensible, por cultivar la duda, la imprecisión y la incertidumbre ante lo que no pueden penetrar. He aquí una razón más (la cuarta) por la que prefiero las concepciones mesoamericanas de la subjetividad que la psicología europea y estadounidense.

Comunidad, subjetividad, unidad y totalidad

La psicología simplifica los fenómenos humanos, y luego, una vez simplificados, muestra su lado arrogante y pretende comprenderlos por completo. Sin embargo, al comprenderlos, no está comprendiéndolos. Quiero decir que no está comprendiendo los verdaderos fenómenos humanos en toda su complejidad, sino una simplificación de estos fenómenos.

Una de las más conocidas simplificaciones psicológicas del fenómeno humano es aquella que lo individualiza, que lo concibe como realizado y concentrado en cada individuo, como si el individuo fuera el ser humano, cuando bien sabemos o deberíamos saber que todo lo específicamente humano tiene carácter colectivo. Este carácter colectivo de lo humano es designado por los pueblos originarios mesoamericanos mediante conceptos como el ndoo mixteco y el tik tojolabal, ambos correspondientes a la primera persona del plural, el “nosotros”. El “nosotros” de los mixtecos y tojolabales hace todo lo que hace el “yo” en la psicología europea y estadounidense.

Desde la perspectiva psicológica de Europa y Estados Unidos, yo actúo, me comporto, siento y pienso, y luego existo, como en el cogito cartesiano. Por el contrario, desde la perspectiva mixteca y tojolabal, somos nosotros los que existimos colectivamente, los que pensamos y sentimos juntos, los que actuamos y nos comportamos de cierto modo. El comportamiento, el pensamiento y el sentimiento son colectivos y no individuales, nuestros y no míos.

Llegamos aquí a otra de mis razones (la quinta) para preferir el saber mesoamericano que el saber psicológico. La psicología comete un grave error al atribuir a un individuo todo aquello que se gesta y se desarrolla colectivamente, no sólo en una matriz de relaciones familiares y comunitarias, sino a través de la cultura y de siglos de historia. Esto último es perfectamente comprendido por los indígenas mesoamericanos, pero no por los psicólogos europeos y estadounidenses, quienes tienen su entendimiento nublado por una densa capa de ideología moderna individualista burguesa que no concibe la existencia de otros sujetos que no sean los individuales.

El problema de reducir el sujeto a su individualidad es un problema no sólo teórico y epistemológico, sino político, pues el individuo carece de toda la fuerza que sólo puede tenerse y ejercerse colectivamente. Esta fuerza es la que los purépechas describen como juchári uinápekua, expresión que puede traducirse como “nuestra fuerza” y “nuestra unión”, y que ha permitido la supervivencia de éste y otros pueblos originarios a través y a pesar de más de quinientos años de colonialismo y neocolonialismo. A diferencia de los indígenas de Mesoamérica, nosotros carecemos de esa fuerza colectiva porque hemos ido perdiendo nuestra subjetividad comunitaria.

Al carecer de comunidad y al verse reducido a su individualidad, el sujeto que somos deja de ser tal, sujeto, y aparece como su contrario, como un simple objeto, objeto del saber psicológico. Ver un objeto ahí donde hay un sujeto no sólo es un error, un error fundamental de la psicología, contra el que ya nos prevenían Kant y Hegel. Además de ser una falacia epistemológica, la conversión del sujeto en objeto plantea igualmente un problema político.

¿Por qué un problema político? Porque el sujeto que somos no sólo se ve convertido en objeto de la psicología como saber, sino en objeto de la psicología como saber-poder, como dispositivo disciplinario, tal como nos lo muestran primero Michel Foucault y luego Nikolas Rose. Además, lo más importante para un enfoque marxista, el sujeto convertido en objeto de la psicología puede ser también objeto de sistemas opresivos como el capitalista, el patriarcal y el colonial y neocolonial. Resulta prácticamente imposible resistir contra estos sistemas cuando somos individualizados y así objetivados, reducidos a objetos, como sucede en la psicología. Es también por esta razón política (la sexta) que reniego de la psicología y que prefiero las concepciones indígenas mesoamericanas de la subjetividad.

Una razón más (la séptima) por la que opto por los saberes ancestrales de Mesoamérica es que no sólo reconocen, preservan y cultivan la unidad comunitaria de la esfera subjetiva, sino también su unidad psicofísica, tan corporal como anímica, psíquica, mental o cognitiva. Los saberes ancestrales mesoamericanos, en efecto, no incurren en el dualismo constitutivo de la psicología: el que la provee de un objeto, su objeto de estudio, al extraerlo del mundo y del cuerpo de los que forma parte. Esta separación de lo mental, de lo psíquico, es una abstracción artificial, forzada, que no existe en otras culturas, como las mesoamericanas, que a veces diagnostican la separación como una patología.

Una de las enfermedades mentales más frecuentes en las comunidades indígenas de Mesoamérica es un tipo de susto o espanto, como el komel infantil y el xiel adulto de los tzotziles, en el que el alma se separa del cuerpo. ¿No es acaso exactamente lo que hace el conocimiento psicológico al separar su objeto psíquico, mental o cognitivo de la totalidad corporal de la que forma parte? El dualismo constitutivo de la psicología se revela entonces como una patología para los pueblos originarios mesoamericanos.

Los indígenas de Mesoamérica se dan cuenta de que nosotros, los no-indígenas, estamos enfermos de psicología. Nuestra enfermedad psicológica es la de un alma que se aparta del cuerpo humano para encerrarlo, aprisionarlo, convertirse en su prisión, como ya lo denunciaba Foucault. Sin embargo, al separarse del cuerpo, lo mental o psíquico no sólo sirve para dominar el cuerpo al disciplinarlo, sino también para dominar y explotar el mundo natural que se conecta intrínsecamente con el cuerpo.

La separación dualista del objeto de la psicología con respecto al cuerpo y el mundo natural es indisociable de la devastación de la naturaleza que vivimos en el antropoceno y ahora en lo que Jason Moore llama “capitaloceno”. Si podemos devastar el mundo, es porque antes nos extraemos de él a través de visiones ideológicas antropocéntricas y especistas como la psicológica. Estas visiones contrastan con la idea mesoamericana de almas comunitarias unidas a la naturaleza. El mejor ejemplo es el teyolia nahua por el que la naturaleza entera es como un árbol que se ramifica en cada ser mineral, vegetal, animal y espiritual, de tal modo que al destruir cualquier cosa, estamos cortando una rama y así dañando el árbol.

Con visiones como la del teyolia nahua, uno comprende que los indígenas mesoamericanos tiendan a establecer con la naturaleza vínculos más respetuosos y armoniosos que los establecidos por los seres psicológicos producidos y reproducidos ideológicamente por la psicología europea y occidental. Llegamos aquí a otra de mis razones (la octava y última) por las que reniego de nuestra psicología y me inclino más por las concepciones mesoamericanas de la subjetividad. Estas concepciones me han permitido conocer otras formas de ser humano, otras formas diferentes de la psicológica, otras formas que me parecen menos simplistas, menos peligrosas para la naturaleza y para la humanidad misma.

Espero haber dejado claro por qué las concepciones mesoamericanas de la subjetividad, como dije al principio, me parecen mejores que la psicología europea y estadounidense estudiada en instituciones universitarias de todo el mundo. No estoy invitando a que dejemos de estudiar esta psicología, pero sí a que la pensemos críticamente y que no dejemos de considerar otras formas de concebir la esfera subjetiva. La psicológica es tan sólo una de ellas.

¿Cómo salvarnos del fin del mundo? El buen vivir indígena como brújula para nuestras luchas anticapitalistas

Conferencia para el Encuentro Internacional de Jóvenes por las Autonomías de los Pueblos Originarios, organizado por el Consejo Supremo de Jóvenes Indígenas de Michoacán y realizado el sábado 23 de abril de 2022 en Chupícuaro, comunidad de Santa Fe de la Laguna

David Pavón-Cuéllar

Fin del mundo

Nosotros, los seres humanos, estamos en este planeta desde hace trescientos mil años. Ha sido un tiempo largo en el que hemos creado grandes civilizaciones que han vivido en armonía con la naturaleza. Esta armonía se rompió de pronto, hace unos quinientos años, cuando comenzamos a destruirlo todo a nuestro alrededor.

La destrucción comenzó en Europa. Luego, con el colonialismo, se extendió al resto del planeta. Se fue agudizando cada vez más, especialmente desde hace un par de siglos, y al final, desde 1970, se ha vuelto incontrolable, devastándolo todo en la tierra y amenazando incluso la subsistencia de la humanidad.

Cada vez hay más humanos que mueren a causa de la devastación planetaria. La contaminación atmosférica, por ejemplo, está provocando casi 9 millones de muertes por año (ONU, 2022). De las mil personas a las que el hambre mata cada hora en el mundo, la mayor parte son víctimas de la deforestación, la desertificación y la erosión de los suelos. El calentamiento global es considerado el responsable directo de la actual hambruna que se ha cobrado ya más de un millón de vidas en Madagascar (ONU, 2021a).

Los muertos por la devastación planetaria son cada vez más y quizás al final seamos todos. Nuestra extinción parece cada vez más inevitable al considerar la destrucción de nuestro entorno. Un tercio de la tierra cultivable del planeta desapareció en los últimos cuarenta años (Schauenberg, 2021). Cada minuto perdemos un equivalente a cuarenta campos de fútbol de bosque (Soto, 2019). 150 especies de plantas y animales se extinguen diariamente en la mayor extinción desde la que acabó con los dinosaurios (ONU, 2007). Las poblaciones de vertebrados han disminuido un 60 por ciento desde 1970 (WWF, 2018). En los últimos años, la cantidad de insectos disminuye a un ritmo de al menos 2.5% anual (Carrington, 2019).

Hay que entender que los animales y los vegetales son la vida en el planeta. Ya nos acabamos aproximadamente la mitad de esta vida en los últimos cincuenta años. Nos queda la otra mitad y la estamos destruyendo cada vez más rápido. Una vez que hayamos terminado, llegará el turno de nuestra extinción.

Hay quienes dicen que la humanidad merece desaparecer después de haberlo destruido todo en el planeta. Otros pensamos que el problema no es la humanidad, que no es ella la destructora, que no es ella la que merece desaparecer. Consideremos, por ejemplo, que la mitad más pobre de la humanidad contamina menos de la mitad que el 1% más rico (OXFAM, 2020). Por otro lado, hay que recordar que los seres humanos estamos en la tierra desde hace unos 300 mil años y que en ese lapso enorme de tiempo hemos demostrado que podemos vivir sin destruirlo todo a nuestro alrededor. La destrucción ha sido muy reciente, sólo en los últimos quinientos años y especialmente en los últimos cincuenta años, que son tan sólo un instante en la historia de la humanidad.

Capitalismo como fin del mundo

¿Qué diablos ocurrió desde el siglo XVI y especialmente desde 1970? Lo que ocurrió en este breve lapso de tiempo es el surgimiento, la expansión y el desarrollo cada vez más vertiginoso del sistema capitalista, primero mercantil, después industrial y finalmente financiero. La historia del capitalismo es la historia del fin del mundo.

Lo que ha devastado el planeta no es la humanidad, sino el capitalismo que también amenaza con aniquilarnos a los seres humanos. ¿Por qué toda la humanidad tendría que sacrificarse por culpa del capitalismo? ¿No es más bien el sistema capitalista el que debería desaparecer?

El presidente cubano Fidel Castro (1992) ya denunciaba en los años noventa que las sociedades de consumo del capitalismo eran “las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente”. Más de veinte años después, el presidente boliviano Evo Morales (2015) sigue alertándonos que “la madre tierra está acercándose peligrosamente al crepúsculo de su ciclo vital, cuya causa estructural y responsabilidad corresponde al sistema capitalista”. Evo también nos advierte que “si continuamos en el camino trazado por el capitalismo estamos condenados a desaparecer”.

Evo y Fidel tienen razón: el problema es el capitalismo. Es verdad que este problema nació en Europa y que podemos por ello responsabilizar del fin del mundo a ese continente y a sus tentáculos culturales, como el estadounidense, el canadiense, el israelí o el australiano. También es verdad que las poblaciones indígenas de Asia, África y América son los grupos humanos que menos dañan los ambientes naturales en los que viven, como lo confirman diversos estudios e informes. Pero no hay que olvidar que hay igualmente ciertos pueblos europeos que han vivido por miles de años en armonía con la naturaleza y que han resistido contra la expansión del capitalismo. Tampoco debe olvidarse que el sistema capitalista se expandió a todo el mundo y consiguió absorber a otros pueblos a través del colonialismo y el neocolonialismo.

Pueblos originarios como protectores del mundo

Lo importante, aquello por lo que aún estamos con vida, es que la colonización y la resultante absorción por el capitalismo no se han consumado en todo el mundo. Hay quienes resisten contra el avance del capital. Son principalmente los pueblos originarios.

No es casualidad que sean precisamente los pueblos indígenas, estos pueblos espontáneamente anticapitalistas, los que hoy mejor conservan y protegen el poco planeta que nos queda. Su conservación y protección del mundo son a pesar y en contra del capitalismo entendido como fin del mundo. Resistiendo contra el capitalismo, los indígenas forman parte del mundo que resiste contra su destrucción por el sistema capitalista.

Permítanme proporcionar algunos datos reveladores. El Fondo Mundial por la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés) ha informado hace pocos meses que el 91 % de los ecosistemas administrados por los pueblos originarios se encuentran en condiciones ecológicas buenas o moderadamente buenas, en todo caso mejores que otros ecosistemas (Fischer, 2021). Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (la FAO) ha descrito a los pueblos indígenas como los “guardianes esenciales del medio ambiente”, recordándonos cómo “conservan y restauran los bosques y los recursos naturales”, y cómo sus territorios, aunque abarquen sólo 22% de la superficie terrestre, preservan el 80% de la biodiversidad que nos queda. El año pasado la ONU (2021b) ha exhortado a los gobiernos latinoamericanos a reforzar los derechos territoriales de las comunidades indígenas, destacando que son ellas las que mejor salvaguardan los bosques de la región, con tasas de deforestación considerablemente menores que en los territorios no-indígenas; por ejemplo, en el Amazonas, los bosques retrocedieron 0.3% en territorios indígenas, 0.6% en territorios protegidos no-indígenas y 3.6% en las demás zonas.

Los pueblos originarios, los que mejor saben preservarse del sistema capitalista, son lógicamente los que mejor saben también preservar los bosques y los demás ecosistemas. Cuando los indígenas protegen la naturaleza, la están protegiendo contra el capitalismo con todo lo que supone, como el consumismo, el extractivismo, la voracidad insaciable, el afán de lucro, la explotación frenética de los recursos naturales y la transmutación de todo lo vivo en más y más dinero muerto. Este estilo capitalista de vida, constituyendo en realidad un estilo de muerte, es aquello contra lo que resisten las comunidades indígenas.

Buen vivir de los pueblos originarios de Sudamérica

Resistiendo contra la vida mortífera en el capitalismo, los pueblos originarios defienden otra forma de vida inherentemente anticapitalista. La designan a veces con los términos españoles de “buena vida”, “bien vivir” o “buen vivir”, pero en cada lengua se expresa de formas distintas con diferentes connotaciones. Lo bueno del buen vivir no es lo mismo para cada pueblo.

Quienes más han difundido el buen vivir como programa político, los quechuas de lo región andina, utilizan el concepto de “sumak kawsay”, en el que la palabra “kawsay” es vida, “ser estando, ser siendo”, mientras que “sumak” significa plenitud, belleza, excelencia, realización completa (Niel, 2011, p. 6). El “sumak kawsay” es entonces una suerte de vida plena, pero esta vida, tal como lo explica el ya mencionado Evo Morales, “es pensar no sólo en términos de ingreso per-cápita sino de identidad cultural, de comunidad, de armonía entre nosotros y con nuestra madre tierra”, pues no se trata de un “progreso y desarrollo ilimitado a costa del Otro y de la naturaleza; tenemos que complementarnos; debemos compartir” (citado por Silva, 2014). En otras palabras, el buen vivir implica para los quechuas una complementariedad y un equilibrio entre los seres humanos y entre ellos y los demás seres. Es el equilibrio “h’ampi” del planeta con el que los quechuas, como lo dice el filósofo Javier Lajo (2008), intentan contribuir “a la solución de problemas planetarios como la pobreza endémica, las guerras, el calentamiento y la inestabilidad global del clima, fenómenos humanos y naturales que ya han matado a muchos miles y que amenazará, muy pronto, la existencia misma del planeta”. Conviene resaltar que la devastación planetaria es vista por los mismos pueblos indígenas como una consecuencia del mal vivir: de la falta de un buen vivir como el que ellos nos enseñan tanto en su filosofía como en sus prácticas de cuidado que los ha convertido en los grandes guardianes de la naturaleza.

Otro pueblo andino que ha contribuido a la conceptualización política del buen vivir es el aimara, que emplea el concepto “suma qamaña”, que también quiere decir algo así como “vida plena”, ya que “suma” es lo pleno además de lo sublime, lo excelente, lo magnífico y lo hermoso, y “qamaña” es vivir, pero también convivir (Niel, 2011, p. 6). La buena convivencia entre seres humanos y entre la humanidad y la naturaleza vuelve a ser aquí un elemento clave de la buena vida. Tan sólo podemos vivir bien al establecer vínculos horizontales y respetuosos entre nosotros y con el entorno, lo que resulta imposible en el sistema capitalista, como lo resalta Simón Yampara Huarachi (2016) al reconstruir la crítica al capitalismo inherente al suma qamaña de los aimaras.

La incompatibilidad entre el buen vivir y el sistema capitalista resulta evidente para otros pueblos originarios de Sudamérica. Entre ellos están los guaraníes, que entran en conflicto con el capitalismo desarrollista y extractivista al defender su buen vivir, su “ñande reko”, que podemos traducir como “nuestro modo de ser” o de “estar” (Wahren, 2015). El buen vivir mapuche, el “küme mongen”, también tiene un carácter implícitamente anticapitalista al exigir un “equilibrio” económico en una “equidad” y una “reciprocidad” que se logran con medios como los “intercambios de productos, semillas o conocimiento” (Viera Bravo, 2021, p. 104).

Buen vivir de los pueblos originarios de Mesoamérica

Ideales igualitarios como los de equilibrio y reciprocidad forman parte de la noción de buen vivir no sólo entre los mapuches, los aimaras y los quechuas de Sudamérica, sino también entre los pueblos originarios mesoamericanos.  Los mayas quichés de Guatemala, por ejemplo, expresan el buen vivir con el concepto “utz k’aslemal”, que implica “equilibrio y armonía” con uno mismo y con la naturaleza, como lo explica el académico maya Ajpub’ Pablo García Ixmatá (2010, pp. 225-226). El también guatemalteco Juan León Alvarado resume la noción del buen vivir quiché diciendo que el utz k’aslemal es “vivir la vida en toda su plenitud (…); vivir en armonía consigo mismo; construir equilibrio con la familia y el resto de la sociedad; convivir en armonía con la Madre Naturaleza y el Cosmos; cuidar de la Madre Naturaleza; ser útil a los demás” y “trabajar en la búsqueda del bien del otro y de sí mismo”. En el buen vivir maya quiché, como en el quechua y el aimara, volvemos a encontrar la plenitud y el equilibrio en la relación entre los seres humanos y entre la humanidad y la naturaleza. En esta misma relación, como hemos visto, los mayas quichés incluyen la relación de cada sujeto consigo mismo.

La relación consigo mismo, como parte indisociable de la relación con los demás y con el mundo, aparece igualmente en el concepto maya yucateco del buen vivir, el “ma’alob kuxtal”, en el que “ma’alob” significa “buena” y “kuxtal” quiere decir “vida. El ma’alob kuxtal, según lo explica Fidencio Briceño Chel (2016), supone “la tranquilidad de aceptarse como uno es y aceptar a los demás formando una comunidad con sus múltiples relaciones interpersonales”. Estas relaciones “llevan a la persona a tener diversas personalidades y diversos estados anímicos”, pero tan sólo pueden asegurar de modo permanente el buen vivir al estar basadas en la “reciprocidad” y el “respeto mutuo”. Los mayas yucatecos piensan, en suma, que debemos respetamos y aceptarnos a nosotros mismos y a los demás para vivir bien unos con otros en el espacio comunitario, que es el único espacio en el que podemos vivir bien, viviendo bien unos con otros, en comunidad.

El elemento comunitario es esencial en todas las concepciones mesoamericanas del buen vivir. En todas ellas, vivimos bien al vivir en comunidad, compartiendo lo que tenemos, dando y recibiendo en la igualdad y la reciprocidad, a través de relaciones interpersonales horizontales o equilibradas. Es todo esto lo que asegura la serenidad como aspecto definitorio del buen vivir en la mayor parte de las sabidurías ancestrales de la región mesoamericana.

Para la mayor parte de los indígenas de México y Centroamérica, en efecto, vivir bien significa estar serenos, tranquilos, sin dificultades. La buena vida es así quietud y sosiego en el “etsáán olal” de los mayas, tranquilidad y armonía en el “ch’ijcaj” de los chontales, calma y tranquilidad en el “susu chúnu, ssacru te juís chúnu” de los zapotecos, estar sin problemas en el “kualli sechantis” de los nahuas. Esta forma de concebir el buen vivir a veces parece vincular interiormente la tranquilidad con el silencio y la armonía, como en la “pinantikua” de los p’urhépechas, entendida como vida armoniosa y silenciosa, y especialmente la paz de los tzeltales, el “slamalil kinal”, que describe un “estado de silencio” y de “armonía con el ecosistema”, y que está indisociablemente unido al “buen vivir” de los mismos tzeltales, el “lekil kuxlejal”, en el que “lekil” significa “bueno” y “kuxlejal” quiere decir “vida” (Paoli, 2003, pp. 71-72).

Como lo muestra Antonio Paoli en el caso de los tzeltales, hay una relación profunda entre el silencio y la armonía en el buen vivir. El silencio parece indicar la falta de peleas, discusiones, pero es también algo sagrado con lo que se asegura una relación respetuosa con la palabra en el seno de la comunidad. Respetar la palabra de uno y del otro implica saber guardar silencio. Este silencio, indispensable para el respeto y la escucha, genera la armonía con la comunidad y con la naturaleza como parte de la comunidad. La armonía, a su vez, es un aspecto fundamental del buen vivir tzeltal, del lekil kuxlejal.

El buen vivir tzeltal implica una relación armoniosa y respetuosa con la comunidad y con la naturaleza. Esta relación es hermosamente expresada por Manuel Hernández Aguilar, comunero de Betania en Chiapas, cuando asocia el lekil kuxlejal con la naturaleza que preserva su belleza, con los árboles que no han sido cortados, con el monte “donde no hay maltrato”, y también con las palabras de las asambleas, describiéndolas como “palabras que dan vida, palabras que le dan armonía a nuestros corazones, palabras con las que la vida toca el corazón de tu compañero y el corazón de todo tu pueblo” (en Paoli, 2003, pp. 80, 85). Si la naturaleza y la comunidad son aquí tan importantes para el buen vivir, es porque tan sólo podemos vivir bien cuando los que vivimos bien somos todos, los humanos de la comunidad, pero también los demás y los animales y vegetales de la naturaleza.

En unas comunidades indígenas en las que no reina el individualismo imperante en las sociedades capitalistas, el vivir bien es un estado colectivo y no individual. Yo no puedo vivir bien solo, sino que somos nosotros los que vivimos bien. Esto se expresa muy bien en el “lekilaltik” de los tojolabales de Chiapas, en el que “lek” es bueno y “tik” es nosotros como totalidad de seres humanos y no-humanos, de tal modo que “lekilaltik” puede traducirse como “el bien de todos, el bien nuestro, el bien de nosotros”.

Buen vivir p’urhépecha

Otra forma en que podemos confirmar el carácter colectivo y comunitario del buen vivir mesoamericano es apreciar las situaciones vitales concretas en las que se encuentra, como lo hizo Daisy Azucena Magaña Mejía (2017) en una investigación sobre el buen vivir p’urhépecha, el “sesi irekani”, “sesi” refiriéndose a buena e “irekani” a la vida. El buen vivir tiende a desplegarse aquí a través de relaciones con el otro. Ya los niños y las niñas encuentran el buen vivir encuentran el buen vivir en “la no violencia, la paz, el amor, el cariño, la compasión, y vivir sin regaños, sin burlas ni humillaciones” (p. 139). Luego las señoritas y los jóvenes consideran que vivir bien requiere “convivir, llevarse bien” con el otro, estar integrado en la comunidad a través de la “ayuda mutua”, “no contaminar” la naturaleza y “ser respetuoso, honesto, amable, dadivoso, fiel, o todo aquello que no implique atentar contra el otro” (p. 140).

Las señoras y los señores p’urhépechas también tienden siempre a incluir al otro en un buen vivir que incluye el “amor”, excluye los “rencores”, implica ser “obedientes, responsables, sencillos, atentos, solidarios, dadivosos y respetuosos”, y exige “conservar las tradiciones, practicar las costumbres y hablar p’urhépecha”, así como “establecer vínculos comunitarios” y tener “reconocimiento comunitario” a través del ejercicio de cargos y el cumplimiento de obligaciones (Magaña Mejía, 2017, p. 142). Finalmente, las ancianas y los ancianos insisten en los kaxumbekua, valores como “ser justos, honestos y respetuosos”, y la reproducción de las costumbres y del idioma p’urhé, “porque si éste desaparece, desaparecen muchas cosas en el mundo que se enuncian desde él” (p. 143). Como vemos, desde la infancia hasta la tercera edad, los p’urhépechas conciben el buen vivir como algo fundamentalmente relacional, comunitario, compuesto de emociones, actitudes y conductas normativas que nos relacionan a unos con otros, con la comunidad, con la cultura y con la naturaleza.

Vemos que las normas del sesi irekani p’urhépecha, como las normas del buen vivir de otros pueblos mesoamericanos y sudamericanos, contradicen diametralmente las pautas normativas por las que se rige la vida mortífera en el sistema capitalista. Donde el capitalismo sólo piensa en desarrollo e innovación, los p’urhépechas desean la preservación de la cultura, la comunidad y la naturaleza. Los indígenas sitúan el buen vivir en el respeto, la sencillez, la fidelidad y la honestidad, mientras que el capitalismo sólo promueve la ambición, la posesividad bajo las formas del consumismo y de la avidez insaciable. Ahí donde el capitalismo quiere competencia, ahí los indígenas quieren convivencia, solidaridad y ayuda mutua. Mientras que los jóvenes p’urhépechas consideran que vivir bien es no-contaminar, el capitalismo está contaminando constantemente sus tierras y sus aguas tan sólo para producir más y más dividendos.

Buen vivir indígena y luchas contra el capitalismo

En un mundo cada vez más dominado y destruido por el capitalismo, el buen vivir de los pueblos originarios está cada vez más asediado y amenazado. Esto hace que el buen vivir, como lo han observado Massimo Modonesi y Mina Lorena Navarro Trujillo (2014), no pueda ser ya solamente “una construcción subjetiva orientada e inspirada en la convivencia humana, una relación armoniosa con la naturaleza”, pues requiere también del “antagonismo como experiencia de insubordinación y de lucha anticapitalista”, una lucha que no puede ser totalmente pacífica, sino que “implica diversos grados de enfrentamiento” (p. 210). El enfrentamiento con el capitalismo no puede ser evitado porque la mala vida capitalista intenta sustituirse por todos los medios al buen vivir de los pueblos originarios. Este buen vivir tan sólo puede resistir y subsistir al enfrentarse con aquello que intenta destruirlo.

Como lo han observado Luciano Concheiro y Violeta Núñez (2014), es a través de una “permanente confrontación y lucha de clases” como “los pueblos ‘insisten’ en defender sus cosmovisiones y cosmovivencias como parte de ese Otro vivir que implica el bien para todos, incluidos hombres, mujeres, plantas, animales, tierra, agua, viento, montañas, muertos, sol, luna, entre muchos otros”, pues los indígenas saben que todos esos seres “son complementarios y necesarios en un universo conformado por una compleja diversidad” (p. 185). Este universo, como lo muestran los mismos autores, está como concentrado en la milpa, la cual, a diferencia de los monocultivos del capitalismo, no sólo es el maíz, pues en ella “conviven una diversidad de plantas y de animales”, como diversos maíces, “frijol, calabaza, chile, quelites, tomatillo, chayote, entre otros”, que “son complementarios entre sí”, que “se necesitan, son una unidad constituida por la diversidad”, pues “unos alimentan, enriquecen y apoyan a los otros”, como el frijol y otras leguminosas que “aportan nitrógeno a la tierra”, las amplias hojas de las calabazas que “conservan la humedad de la tierra”, el maíz que “sirve de guía al frijol” que se enreda en él y que “aporta sombra a la calabaza”. (p. 197).

La milpa es así una buena ilustración del buen vivir mesoamericano, del buen vivir entendido como complementariedad, reciprocidad, solidaridad, apoyo mutuo, armonía, respeto del otro y todo lo demás. Todo esto hace también que la milpa, como lo ha dicho Armando Bartra, sea “profundamente anticapitalista” (Concheiro Bórquez y Núñez, 2014, p. 198). La milpa es anticapitalista como el buen vivir de los pueblos originarios de Mesoamérica y de Sudamérica.

El buen vivir indígena se opone irremediablemente al capitalismo. Es por ello que puede operar como brújula para nuestra praxis anticapitalista. Es por lo mismo que Jaime Schlittler Álvarez (2012), en su tesis sobre el buen vivir tseltal y tsotsil, entiende el lekil kuxlejal como “horizonte de lucha”, como “condensación de ideales”, como “alternativa al capitalismo” y como “una forma de nombrar nuestra lucha antisistémica, una forma de condensar nuestra mirada y lineamiento de praxis, el para qué de nuestra autonomía” (p. 16).

El buen vivir de los pueblos originarios les da un contenido positivo a nuestras luchas, un ideal por el que luchar, un horizonte hacia el cual avanzar. Es como el comunismo para quienes nos identificamos como comunistas. Es quizás otro nombre para el comunismo, un nombre que tiene la ventaja de corresponder a una realidad concreta ya existente, pues algo del buen vivir se preserva en muchas de las comunidades indígenas que hunden sus raíces en América antes de América, en el Mayab de los mayas, en el Ixachitlan de los nahuas, en el Apeika de los guaraníes y en todos los demás territorios ancestrales americanos ahora englobados por el nombre “Abya Yala” del pueblo guna.

A través de sus concepciones y realizaciones prácticas del buen vivir, muchas comunidades nos enseñan otra forma de ser humanos, una forma que no significa la devastación de la naturaleza y la inminente aniquilación de la humanidad. Para salvarnos del capitalismo como fin del mundo, necesitamos nuestras luchas anticapitalistas, y para orientar nuestras luchas, tenemos aquí la brújula infalible de ideas indígenas del buen vivir como el sumak kawsay quechua y el suma qamaña aimara, el küme mongen mapuche y el ñande reko guaraní, el utz k’aslemal maya quiché y el ma’alob kuxtal maya yucateco,el lekilaltik tojolabal y el lekil kuxlejal tseltal, el kualli sechantis nahua y el sesi irekani p’urhépecha. Esta brújula nos indica muy bien hacia dónde ir: hacia ese horizonte que no se ha perdido en los pueblos originarios de nuestro continente.

Referencias

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¿Qué hacer en la psicología para celebrar a los pueblos originarios?

Niñas nahuas, por Fernando Rosales.

Texto publicado en el blog de la Red Iberoamericana de Investigadores en Historia de la Psicología (RIPeHP por sus siglas en portugués), el 9 de agosto de 2021

David Pavón-Cuéllar

El 9 de agosto de 1982, en la ciudad suiza de Ginebra, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) realizó la primera de sus reuniones de trabajo sobre población autóctona. Doce años después, en 1994, la Asamblea General de la misma ONU eligió el 9 de agosto como Día Internacional de los Pueblos Originarios del Mundo. Este día sirve desde entonces para celebrar anualmente a casi 500 millones de indígenas que representan el 5% de la población mundial.

Sobran las razones para la celebración de los pueblos originarios del mundo. Una de ellas, la que aquí nos interesa, es que nos enseñan otra forma de ser humanas y humanos, una forma diferente de aquella devastadora que en sólo medio siglo ha creado continentes de basura sobre los océanos, ha provocado la mayor extinción de especies desde la época de los dinosaurios y ha exterminado a más de la mitad de poblaciones de vegetales silvestres y de animales salvajes. Mientras nosotros destruimos el planeta y ponemos en peligro nuestra propia supervivencia en el futuro, los pueblos originarios nos ofrecen un ejemplo de convivencia más equilibrada y armoniosa con la naturaleza.

Un reciente informe de la ONU, por ejemplo, ha caracterizado a los pueblos originarios latinoamericanos como “los mejores guardianes de los bosques”, demostrando con datos duros cómo impiden la deforestación de sus territorios y así “mitigan el cambio climático”. Los indígenas cobijan a la naturaleza, la defienden contra nosotros, amortiguan los golpes mortales que le asestamos y compensan en parte los daños inmensos que no dejamos de infligirle. Es así como frenan un poco la vertiginosa espiral destructiva que nos está llevando hacia nuestra propia extinción como humanidad.

Los pueblos originarios nos protegen de nosotros mismos. Por esto, por todo lo que les hemos arrebatado y por mucho más, estamos en deuda con ellos. Desde luego que jamás podríamos pagar la enorme deuda que hemos contraído, pero sí deberíamos al menos reflexionar en ella cada 9 de agosto. Esta reflexión anual podría ser una buena forma de celebrar a quienes han sido y siguen siendo tanto nuestras víctimas como nuestros benefactores.

Una celebración reflexiva de los pueblos originarios nos exige, ciertamente no idealizarlos ni denigrarnos, pero sí revalorizarlos y cuestionarnos. Tenemos que hacer un examen de conciencia, un balance de nuestros errores y de los aciertos de los indígenas, preguntándonos qué son ellos y qué somos nosotros para que estemos tan endeudados con ellos y para que necesitemos que nos protejan de nosotros mismos. Esta pregunta no presupone forzosamente que haya diferencias naturales, constitucionales o esenciales entre las razas humanas, pero sí plantea la cuestión de las divergencias y contradicciones existentes entre diversas formas culturales de subjetivación. Estamos aquí en el terreno de la cultura, el de la etnología y la antropología, pero también en el de la subjetividad, que es o debería ser el de la psicología.

Los psicólogos están entre los profesionistas que más pueden aportar en una celebración reflexiva de los pueblos originarios. Este aporte puede ser muy significativo, pero siempre y cuando parta del reconocimiento de que hay otras formas culturales de subjetivación además de aquella noroccidental moderna, indisociable del capitalismo y hoy prevaleciente en el mundo, a la que se refiere la mayor parte de nuestro saber psicológico.  De lo que se trata, en otras palabras, es de aceptar que nuestra psicología es particular y no universal, culturalmente determinada y no independiente de la cultura, lo que no será admisible sino para muy pocos psicólogos y no precisamente los culturales o transculturales, que suelen reducir las diferencias entre culturas a simples variaciones de los mismos temas europeos y estadounidenses.

Los psicólogos mayoritarios, los que siguen pretendiendo poseer un saber universalmente válido sobre la subjetividad, no están en condiciones de entender el profundo sentido psicológico de lo que celebramos cada 9 de agosto: el de la existencia de otras configuraciones culturales de la subjetividad que difieren de aquella individual asertiva, agresiva, destructiva, posesiva, acumulativa y competitiva que se asocia con el sistema capitalista y que está devastando actualmente el planeta. Esta forma devastadora de subjetivación es una entre otras, no es la única posible, no es nuestro destino inescapable, como lo evidencian los pueblos originarios que saben ser sujetos de otro modo que nosotros. Al celebrarlos a ellos, tenemos que celebrar también la esperanzadora evidencia de que el ser humano puede ser otro, que no está condenado a ser eso que somos, eso que lo destruye todo a su paso por el mundo.

Conviene recordar que eso que somos tiene su origen histórico en el ávido y arrogante blanco europeo heredero de varios legados culturales, entre ellos: el grecorromano de esclavismo, conquista imperial, desnaturalización de lo humano y racionalización de lo irracional; el judeocristiano de universalismo, intolerancia, individualización de los sujetos y extracción de sus almas para dominar sus cuerpos; el bárbaro y feudal-medieval de violencia, privilegio y abuso; y el burgués-moderno de represión, privación, apropiación privada, explotación del semejante e insaciable acumulación de riqueza. El engendro subjetivo de estos valiosos legados se apropió del mundo entero y se dedicó a saquearlo y arrasarlo mientras imponía su especial modelo de subjetividad. La humanidad entera debió renunciar a su diversidad y rehacerse a imagen y semejanza del supuesto hombre universal.

La imposición colonial del modelo subjetivo europeo, correlativa de la expansión global del capitalismo, hizo que la blancura biológica se trascendiera en una blanquitud simbólica bien descrita por Bolívar Echeverría y hoy compartida por no-indígenas blancos, amarillos, negros y morenos de todos los rincones del mundo. Cualquiera puede ser ahora el sujeto simbólicamente blanco del que se ocupa la psicología. Es por esto que los psicólogos y las psicólogas pueden hacer carrera y ganarse la vida en todos los rincones de la tierra, o más bien casi todos, pues los hay en los que aún se resiste contra la subjetivación dominante, a veces bajo la influencia de concepciones indígenas de la subjetividad incompatibles con el saber psicológico europeo y estadounidense.

La psicología noroccidental dominante no tiene casi nada relevante que decir, por ejemplo, ante el modo particular en que el sujeto es concebido por los pueblos originarios mesoamericanos que aún viven en México y Centroamérica. Para estos pueblos, como he intentado mostrarlo en un libro publicado recientemente, la subjetividad resulta irreductible al objeto del saber psicológico: no está artificialmente objetivada, ni encerrada en el interior del individuo, ni separada con respecto al cuerpo y al mundo. La concepción indígena mesoamericana de la subjetividad, mucho menos forzada y reduccionista que la psicológica dominante, suele ser la de algo tan mundano y corporal como psíquico o anímico, tan comunitario como individualizado, e inseparablemente unido a los demás seres del universo, ya sean materiales o espirituales, humanos o no-humanos, animales o vegetales o incluso minerales. 

El reconocimiento de la unidad inseparable con el resto de la naturaleza explica en parte el respeto de los pueblos originarios mesoamericanos hacia el entorno natural. Estos pueblos no han olvidado que destruir un ecosistema significa destruirse a sí mismos, destruyendo una parte de su más íntimo núcleo subjetivo, de aquello que los antiguos nahuas denominaban teyolía, que era un alma compartida entre los diversos seres del universo, todos ellos representados como ramas de un mismo árbol. Cada planta o animal del bosque y cada integrante humano de una comunidad constituyen aquí las últimas ramificaciones de un mismo tronco del universo que de algún modo está contenido en el centro del corazón de cada ser.

Huelga decir que no hay manera de pensar el concepto de teyolía con las categorías de la psicología europea-estadounidense que hoy en día estudiamos en Latinoamérica. Estas categorías tan sólo podrían traducir un concepto semejante al cercenarlo, simplificarlo y disolverlo en las banalidades psicológicas de siempre.Nuestra psicología debería transformarse radicalmente, hasta el punto de trascenderse y superarse a sí misma, para ser capaz de concebir algo que no cabe en ella ni en ninguna otra de las estrechas casillas científicas especializadas en las que se ha dividido el saber en la tradición moderna occidental. Hay que entender que la división del saber forma parte del problema, siendo como un aserradero en el que se corta y se tritura el árbol del universo para convertirlo en tablas, trozos, virutas y aserrines que luego pueden ya sea desecharse o bien manipularse, utilizarse, explotarse y venderse.

Después de haber talado y fraccionado el árbol con toda su vida y su extrema complejidad, tan sólo nos quedan sus partes inertes y demasiado simples, entre ellas la psicológica. No hay en la psicología ninguna reminiscencia ni del teyolía ni de todo lo demás que un indígena sabe discernir en el árbol. Tan sólo hay el exiguo saber de los especialistas en psicología y el sujeto que le corresponde: el objetivable y objetivado, el centrado y atrapado en sí mismo, el desvinculado y desnaturalizado, el vaciado interiormente de su comunidad y de la naturaleza.  Es el mismo sujeto asertivo, agresivo, destructivo, posesivo, acumulativo y competitivo al que ya nos referimos. Es el normalizado por y para el capitalismo. Es el sujeto que está devastando el mundo y que se nos ha obligado a ser: el único reconocido por un saber psicológico fundado en la ignorancia de todo lo que está en juego en las sabidurías ancestrales de los pueblos originarios.

Lo mejor que podemos hacer las psicólogas y los psicólogos ante la sabiduría de los indígenas es primeramente celebrarlos por no haber asimilado nuestra ignorancia, por no estar ciegos, por ser capaces de ver el árbol del universo y sus ramas humanas, alcanzando así una concepción de la subjetividad más fiel y menos dañina que la nuestra. Luego, tras la celebración anual del 9 de agosto, deberíamos adoptar dos principios de conducta en relación con los pueblos originarios: por un lado, no llevarles ya nuestra psicología, dejar de obstinarnos en instruirlos y evangelizarlos con ella; por otro lado, esforzarnos en escucharlos atentamente y aprender algo de todo lo que sólo ellos pueden enseñarnos acerca de la subjetividad. Lo que nos enseñen quizás nos permita contribuir a proteger el mundo, como lo hacen ellos, al cultivar a un ser humano diferente del reproducido y promovido por la psicología.