Psicologización como colonización: de las comunidades mesoamericanas a los individuos psicológicos

Bautizo de Ixtlilxóchitl de Texcoco, por José Vivar y Valderrama (1752), Museo Nacional de História, Ciudad de Mexico

Conferencia magistral en el Cuarto Congreso Internacional de Investigación en Psicología, en Morelia, Michoacán, México, 31 de octubre de 2025

David Pavón-Cuéllar

Introducción

Mi conjetura es que la colonización de México y Centroamérica, desde el siglo XVI hasta hoy, ha implicado la destrucción de una esfera subjetiva no-psicológica y su remplazo por un tipo psicológico de subjetividad como el que ahora estudiamos en las Facultades de Psicología. Esta psicologización ha ido recluyendo la esfera subjetiva en una interioridad psíquica individual claramente diferenciada con respecto al cuerpo, la comunidad y la naturaleza. En lugar del sujeto indígena corporal abierto al mundo, el colonialismo europeo ha impuesto una individualidad psicológica herméticamente cerrada sobre sí misma.

Deuda ontológica

Comencemos por constatar lo obvio: los mexicanos pertenecemos a la cultura occidental. Occidente nos ha subjetivado en matrices como el idioma castellano, la religión cristiana, la perspectiva moderna, la racionalidad científica, la economía capitalista, la moral burguesa, la política liberal y la sociedad de consumo. Estas matrices nos han moldeado y engendrado como lo que somos.

Somos productos subjetivos occidentales. Hay entonces una cierta verdad en la idea tan desagradable de que nos debemos a Occidente, debiéndole nuestro ser occidental. Estamos, por así decir, ontológicamente endeudados con Occidente.

Nuestra deuda ontológica es lo más lejos a lo que han llegado los actuales defensores de la hispanidad: los más rancios de los actuales pensadores de la derecha y la ultraderecha en España e Hispanoamérica. Para ellos, pensar es enunciar algo tan evidente como que nos debemos a Occidente, a Europa, a España. Esto es todo. Ahí se acaba y se agota el pensamiento neoconservador.

Pensamiento aritmético

Es verdad que los actuales defensores de la hispanidad también saben pensar en términos aritméticos. Digamos que saben hacer cuentas. Restan lo que España nos debe a lo que le debemos y concluyen que España tiene un saldo positivo y que nuestro saldo es por ende negativo.

Los actuales defensores de la hispanidad siguen procediendo como ya lo hacía Francisco López de Gómara en el siglo XVI. En un pasaje bastante gracioso de su Historia de la Conquista de México de 1552, López de Gómara celebra efusivamente a los españoles por haberles dado a los indígenas moneda, latín y ciencias, “que valen más que cuanta plata les tomaron”. En otras palabras, lo saqueado sería poco en comparación a lo obsequiado, la moneda, una lengua muerta como el latín y las ciencias europeas del siglo XVI, como si los indígenas de México no tuvieran sus propias lenguas, sus propios saberes y sus propios medios de cambio.

Con respecto a los medios de cambio, el mismo López de Gómara admite que los pueblos originarios mesoamericanos tenían “una moneda usual y corriente”, la semilla de cacao, pero esto no le impide afirmar en el mismo renglón, contradiciéndose flagrantemente, que “no tenían moneda, teniendo mucha plata, oro y cobre, y sabiéndolo fundir y labrar”. Los indígenas de Mesoamérica, en efecto, estaban entre los mejores orfebres del mundo, pero el metal no les servía para fabricar monedas, sino para crear obras de arte. Los españoles, incapaces de apreciar estas obras, se las apropiaron para fundirlas en lingotes de oro y plata, provocando el espanto de los indígenas.

El testimonio de los mexicas en el Códice Florentino es tan esclarecedor como estremecedor: los españoles roban escudos, collares, discos, aretes y otras joyas tan sólo para “hacer una gran bola de oro y darle fuego”, destruyéndolo todo “por valioso que fuera”, pues al final toda la fina orfebrería quedó reducida a “barras”. Este relato deja claro que las barras de oro no eran lo valioso para los indígenas. Para ellos, el valor estaba en las joyas, en sus formas, en su belleza, en sus cualidades, en lo cualitativo. Por el contrario, para los españoles, el valor estaba en lo cuantitativo, en la cantidad de oro, una cantidad que podía estimarse mejor al fundir el metal y convertirlo en lingotes que podían luego pesarse, contarse, sumarse, restarse y dividirse como botín entre quienes habían participado en el robo de oro.

El pensamiento aritmético de los españoles que se robaron el oro es el mismo de su contemporáneo López de Gómara cuando restaba los metales preciosos robados a la suma de latín, ciencia y moneda. El mismo razonamiento sigue siendo utilizado, como si el tiempo no hubiera pasado, por los actuales defensores de la hispanidad, como los españoles Borja Cardelús e Iván Vélez, el argentino Cristián Rodrigo Iturralde, el colombiano Pablo Victoria y el mexicano Juan Miguel Zunzunegui. Ellos también piensan aritméticamente al calcular que España nos ha dado más que lo que nos ha quitado.

Trampas del pensamiento aritmético

El pensamiento aritmético de López Gómara y sus sucesores es tramposo por al menos tres razones. En primer lugar, lo perdido y lo ganado por los colonizados no se juzga desde la perspectiva de los colonizados, quienes son los que saben lo que perdieron y lo que ganaron, sino desde el punto de vista de los colonizadores, desde el cual, obviamente, hay más valor en lo propio que en lo otro, en lo comprensible que en lo incomprensible, en lo que se aporta porque se considera valioso que en lo que se destruye porque no se valora ni se dispone del conocimiento necesario para valorarlo. Es por esto que López de Gómara ni siquiera considera las monedas, las lenguas y los medios de cambio indígenas, razonando como si no existieran, cuando afirma que los españoles dieron ciencia, latín y moneda a los indígenas.

La segunda trampa del cálculo aritmético de los hispanistas radica en que no es lo mismo compartir que despojar. No es lo mismo, en otras palabras, dar algo que no se pierde cuando se da, como la ciencia o el latín, que robar algo que es perdido por aquel a quien se le roba, como el oro y la orfebrería que se funde en lingotes y que vale como representación metafórica de la rica y refinada cultura de los pueblos originarios mesoamericanos. Estos pueblos se quedaron sin una gran parte de su riqueza de oro, lenguas y saberes, mientras que los españoles conservaron su latín, su ciencia y su moneda.

La tercera de las razones por las que el cálculo aritmético resulta engañoso y tramposo es que está cuantificando algo incuantificable como las cualidades técnicas y estéticas de la orfebrería, pero también todo lo demás constitutivo de las culturas indígenas prehispánicas. Los saberes ancestrales y lenguas originarias que se han perdido con la conquista y la colonización de América tendrían que neutralizar cualquier cálculo porque una lengua o una cultura es ella misma un universo, una totalidad, incluyendo en ella todo lo que hay. Podemos calcular al interior de un saber, de una lengua o de una cultura, pero no podemos calcular culturas, lenguas y saberes, pues cada cultura, lengua o saber es un universo que abarca todos los elementos objetivables y calculables en su propia lógica.

Lo incuantificable e incalculable

Lo incalculable de los universos que perdimos en tierras mesoamericanas hace que la deuda contraída por los españoles, por ellos y no por nosotros, sea sencillamente impagable. Sin embargo, lo impagable está igualmente en lo incalculable que recibimos de España, especialmente su lengua y su cultura. Es a estos incalculables a los que se refiere Pablo Neruda cuando recuerda la colonización, evoca todo lo que los españoles nos quitaron, se concentra en el idioma castellano que nos dieron y subvierte poéticamente la prosa del cálculo aritmético al escribir: “Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”. Las palabras castellanas, el oro que nos dejaron, son el todo que ganamos al perder todo lo que perdimos.

Las palabras son la totalidad y no elementos contables de la totalidad. No pueden objetivarse ni calcularse porque son aquello mismo con lo que objetivamos y calculamos lo que nos rodea. Son aquello mismo con lo que pensamos y por ello no pueden pensarse aritméticamente.

Escapando a cualquier aritmética, las palabras son también aquello en lo que vivimos y con lo que vivimos. Las habitamos, las respiramos y las encarnamos. Nos constituyen y constituyen el universo para nosotros. Es por esto que estamos aquí ante algo cualitativo incuantificable e incalculable. Sobre decir que este aspecto incuantificable e incalculable no es monopolio de las palabras castellanas, sino que es propio de todas las palabras, entre ellas las palabras indígenas que se perdieron en el continente americano.

La conquista y la colonización de América no es entonces algo que pueda pensarse aritméticamente para saber si el saldo fue positivo o negativo. Digamos que el resultado fue peor que negativo, no pudiendo ni siquiera calcularse, lo cual, más que tranquilizar, debería inquietar a los defensores de la hispanidad. Sabemos que no los inquietará, pues han demostrado que su mente de contadores no les permite pensar, como lo hace Neruda, en ganancias y pérdidas incuantificables e incalculables, referidas a totalidades o universos.

Cálculo de universos

Lo triste es que el pensamiento poético de lo incuantificable y lo incalculable nos hace disculpar de algún modo a conquistadores y colonizadores a los que no podemos culpar de algo que ni siquiera conseguimos contar y calcular. Alguien podría irritarse y objetar con mucha razón que sí podemos contar y calcular cuántos idiomas debieron perderse para ganar el castellano, cuántas culturas indígenas debieron perderse para ganar la europea, cuántos universos debieron desaparecer para que el universo occidental se extendiera en tierras mesoamericanas. Haciendo este cálculo, podríamos concluir fácilmente que hemos perdido más de lo que ganamos, que se nos ha quitado más que lo que se nos ha dado, que somos los acreedores y no los deudores de España.

El cálculo es impecable, pero problemático por dos razones estrechamente vinculadas entre sí. La primera estriba en la enunciación, en la posición enunciadora de quien calcula, el mestizo mexicano y centroamericano, pensando el mestizaje cultural como una condición de todos o casi todos en México y Centroamérica, incluso la mayoría de los indígenas, pues ellos también fueron evangelizados, europeizados, aculturizados. El mestizo calcula y concluye que los colonizadores europeos están en deuda con los indígenas mesoamericanos porque les impusieron un universo, uno solo, a cambio de todos los universos que destruyeron. El cálculo y su resultado son correctos, pero es un cálculo de universos y estamos implicados en él, en los universos implicados, y ni siquiera sabemos de qué forma, sino como deudores o acreedores.

Para empezar, no queda claro dónde están los acreedores y los deudores. Sabemos dónde estaban en el siglo XVI, pero… ¿ahora dónde están? ¿Quiénes son? Una parte de la respuesta es clara y sencilla. Los acreedores son los indígenas, mientras que los deudores son, por un lado, las élites europeas y latinoamericanas, blancas o blanqueadas, que han sido beneficiarias indirectas de la colonización y de su eternización a través de la colonialidad y el neocolonialismo, así como también, por otro lado, quienes han heredado la deuda histórica porque se identifican simbólicamente con las identidades endeudadas, las imperiales europea y española.

El problema es que, al menos en cierto grado, los deudores no son únicamente aquellos a los que acabo de identificar, sino todos los mestizos, en la medida en que somos también españoles y europeos, herederos y beneficiarios del colonialismo. Desde luego que también somos indígenas y por ello víctimas, lo que plantea un desgarramiento interno entre nosotros como víctimas y como beneficiarios, como acreedores y como deudores. Considerando esto, quizás en lugar de perder el tiempo solicitando a España que pida perdón y que pague su deuda impagable con Hispanoamérica, sería mejor pedirnos esto a nosotros mismos y actuar en consecuencia, resarciéndonos, buscando la manera de pagar al menos una parte de la deuda que tenemos como hispanoamericanos con lo indígena que habita dentro de nosotros.

Nuestro desgarramiento interno, como seres mestizos que somos, nos conduce al segundo problema del cálculo de la deuda. Cuando calculamos la deuda, ¿qué parte de nosotros está calculándola? ¿No será precisamente la parte europea? Es por esto que procederíamos como López de Gómara y como los contadores hispanistas a los que acabamos de criticar. Ellos hacen un cálculo bastante simple y concluyen que lo que debemos es más que lo que se nos debe. Nosotros hacemos otro cálculo más complicado, un cálculo de universos, y entonces concluimos que se nos debe más que lo que debemos. Sin embargo, al hacer estos cálculos y al discutir entre nosotros, quizás estemos simplemente haciendo cosas de blancos, de europeos, de españoles, de tenderos y contadores.

Cuantificación de lo incuantificable

Muchas culturas han tenido aritmética. Muchas han calculado lo calculable. Muchas han cuantificado lo cuantificable, pero la cuantificación de lo incuantificable es una pasión específicamente moderna occidental que está en el fundamento del capitalismo y que vemos triunfar a través de los métodos cuantitativos en psicología y en otras ciencias humanas y sociales.

A veces los métodos cuantitativos funcionan bien, como cuando cuantifican lo cuantificable, pero otras veces operan exactamente como los colonizadores españoles que hacían una bola con la complejidad cualitativa de toda la rica orfebrería indígena y la convertían en aburridos lingotes de oro que podían pesar, contar y calcular. Esta cuantificación y resultante destrucción de lo incuantificable es la misma que encontramos en un Manuscrito de Tlatelolco de 1528 en el que los indígenas manifiestan su desconcierto ante los conquistadores españoles que “ponían precio” al joven, al sacerdote, al niño y a la doncella. Cada individuo adquiere un valor cuantitativo, un valor de cambio, el de su precio, pero esto exige deshacer el tejido comunitario como se deshacía la rica orfebrería de los aztecas.

La cultura plasmada en la filigrana indígena se desarticuló y se redujo a lingotes cuantificables, así como las complejas comunidades nahuas se desintegraron y se redujeron a individuos que podían contarse y tener precio. Esta cuantificación de los individuos, correlativa de la desintegración de las comunidades incuantificables, es indisociable de la cuantificación de lingotes y de monedas acuñadas a partir de los lingotes. El naciente cálculo capitalista del siglo XVI, como el de ahora, no es tan sólo de cosas, sino también de personas.

El sistema capitalista está calculando con personas cuando las piensa de modo aritmético a través de su precio, los costos y beneficios que representan para el sistema, sus capacidades y sus incapacidades, sus competencias y sus deficiencias. Toda esta contabilización de la persona humana presupone su individualización y pulverización en unidades cuantificables y calculables. El resultado es el individuo como forma suprema de la subjetividad en la modernidad occidental.

Objetivación

En realidad, más que un sujeto, el individuo es un objeto, ya que no puede realizar individualmente sus facultades subjetivas. Estas facultades incluyen una conciencia, una autoconciencia, una voluntad y una capacidad de cognición, reflexión, decisión, acción y transformación que sólo se desempeñan plenamente de modo colectivo, a través de lo que nos comunicamos, nos transferimos, nos enseñamos, nos revelamos entre nosotros, así como también mediante nuestros esfuerzos coordinados. Necesitamos pensar y actuar colectivamente como nosotros para hacer existir nuestra subjetividad humana.

Ser sujetos y ejercer así nuestra humanidad nos exige unirnos, ser nosotros y no sólo yo, como ya lo notaba Ludwig Feuerbach desde hace doscientos años. En realidad, como lo precisaba Karl Marx al criticar a Feuerbach, no se trata sólo de sumarnos, integrarnos, unirnos, sino de relacionarnos, anudarnos e incluso contradecirnos entre nosotros, pues tan sólo relacionalmente podemos llegar a ser humanos al realizar nuestra subjetividad. Esta subjetividad y la humanidad correlativa con demasiado complejas como para poder existir individualmente.

Cuando los colonizadores españoles recluyen a cada colonizado en su individualidad, le están arrebatando no solamente la fuerza de su comunidad que le habría permitido resistir contra el colonialismo. Le están arrebatando también el fundamento de esta resistencia en la realidad comunitaria de su propia subjetividad y humanidad. Es así como los indígenas pueden reducirse a la condición de objetos deshumanizados, objetos dominados y explotados, objetos del aparato colonial de dominación y explotación con el que se abre paso el sistema capitalista.

Con el tiempo, los objetos del colonialismo pasan a ser objetos del capitalismo. Se convierten igualmente en objetos de la psicología como ciencia objetiva y profesión objetivadora. Estos objetos somos cada uno de nosotros en la medida en que nos mantenemos recluidos en la esfera individual en la que nos recluyen las prácticas y teorías psicológicas, así como los demás dispositivos tecnológicos e ideológicos del sistema capitalista.

Psicologización

Es verdad que el capitalismo sólo dificulta, pero no impide que ejerzamos nuestra subjetividad al participar en actividades colectivas de índole social, cultural o político. Sin embargo, a medida que el sistema capitalista va subsumiendo nuestras existencias, las actividades verdaderamente colectivas se vuelven cada vez más raras y cada uno de nosotros se encuentra cada vez más confinado a la esfera psicológica individual. Cada sujeto es cada vez menos él mismo, cada vez menos lo inaccesible e incognoscible que somos como sujetos, y cada vez más todos los objetos de la psicología con los que se llena su vacío constitutivo: su mente, sus emociones, sus operaciones cognitivas o sus rasgos de personalidad.

El sujeto abierto de la historia, el de la sociedad, la cultura y la política, va cediendo su lugar a la cerrazón hermética de una mónada objetiva psicológica individual. Hay aquí una progresiva individualización y psicologización de la subjetividad que significa también su desocialización, desculturización y despolitización, así como su neutralización, pues hay que insistir en que la subjetividad sólo existe como tal de modo colectivo, social, cultural y político. Digamos que la mónada psicológica individual es demasiado estrecha como para contener la esfera subjetiva.

La subjetividad se esfuma al psicologizarse. Esta psicologización es una de las múltiples manifestaciones de la progresiva subsunción real de nuestras existencias en el capitalismo. Convertirnos en engranes del sistema capitalista supone también psicologizarnos de tal modo que nuestras funciones psicológicas puedan funcionar en el sistema.

La psicologización de la subjetividad tiene una larga historia que precede al capitalismo y cuyos orígenes en el mundo occidental pueden rastrearse al remontarse hasta el mundo antiguo grecorromano y medieval judeocristiano. En la confluencia entre los afluentes del judaísmo y de Grecia y Roma, el cristianismo está ya individualizando y psicologizando al sujeto al que no sólo separa de su comunidad para volverlo responsable de sus acciones virtuosas o pecaminosas, de su penitencia y de su condena, sino que lo sume dentro de sí mismo en su examen de conciencia en el que observa y juzga sus sentimientos, sus intenciones y su arrepentimiento. Luego esta psicología cristiana desembarcó en tierras mesoamericanas con los conquistadores, los colonizadores y especialmente los evangelizadores. Fueron ellos quienes comenzaron una labor de psicologización de la subjetividad indígena que formó parte de la obra de evangelización, colonización y europeización.

Enfermarse de psicología

Los indígenas mesoamericanos prehispánicos necesitaban ser psicologizados porque no eran seres psicológicos. Esto no quiere decir exactamente que estuvieran desprovistos de algo así como lo que ahora denominamos “psiquismo”. Algo equivalente al mundo psíquico estaba ahí, pero no se trataba ni de algo individualizable, aislable y separable con respecto a la comunidad, ni tampoco de algo objetivable, reductible a un saber pretendidamente objetivo como el psicológico.

No había psicología en la Mesoamérica prehispánica. Lo que ahí había era una constelación de saberes ancestrales, incluyendo concepciones de la subjetividad a las que dediqué un libro que publiqué recientemente. Como intenté demostrarlo en mi libro, esas concepciones mesoamericanas eran elaboradas, penetrantes, esclarecedoras, fascinantes, mucho más conscientes y respetuosas de la complejidad humana que nuestra psicología, pero no eran concepciones psicológicas.

La psicología no es algo que se haya desarrollado en todas las culturas del mundo y en todas las épocas de la historia. Digamos que no todos los pueblos han enloquecido hasta el punto de pensar la subjetividad en términos psicológicos. La psicología, como bien lo reconoció el filósofo Theodor Adorno, conforman un cuadro patológico particular propio de la modernidad occidental. Esta patología psicológica no existía en el continente americano como tampoco existían otras enfermedades tales como la viruela, el sarampión, el tifus y la peste bubónica.

Entre los males que desembarcaron con los españoles y que infectaron a la población americana, está entonces la psicología que estudian los psicólogos y que ahora nos conforma como seres psicológicos. Esta psicología, tal como se manifestaba en los primeros conquistadores y colonizadores, tal vez les recordara a los indígenas ciertas formas de enfermedad mental que ya conocían. Estoy pensando particularmente en aquellas locuras, identificadas como tales en las culturas mesoamericanas prehispánicas, en las que todo sucedía como en la psicología que estudiamos y escenificamos: el alma se desprendía patológicamente del cuerpo, de la comunidad y del mundo, y quedaba encerrada en el individuo, poseyéndolo como una entidad ajena e incontrolable, haciendo que el individuo mismo se divorciara de su entorno mundano y comunitario.

Un ejemplo del enfermo al que me estoy refiriendo es aquel al que los aztecas y los demás nahuas describían como xolopitli. Este loco se caracterizaba, según el Códice Florentino, por ser “desatento, indócil, malcriado, indiscreto y desconsiderado”. Su nombre, xolopitli, alude a Xólotl, el dios egoísta que se negó a morir, a sacrificarse para que lo demás viviera, prefiriendo aferrarse a su individualidad y convertirse en lo que no era, en un pie de maíz, para engañar a quienes lo perseguían, para escapar de ellos, para huir de los demás, para huir de sí mismo, de su propia subjetividad comunitaria.

El dios Xólotl y el xolopitli son como cualquiera de nosotros colonizados, como los colonizadores que llegaron a tierras mesoamericanas, como los hombres occidentales modernos, como los mezquinos ejemplares del homo psychologicus. Nuestro ser psicológico es como el dios Xólotl y el xolopitli: es un ser que huye de sí mismo al desprenderse patológicamente de la comunidad y del mundo para encerrarse en su interioridad individual, ahí donde puede ser el objeto de la psicología, un objeto que no es ya el sujeto, un objeto comparable a un pie de maíz. Este ser que somos, este ser psicológico en el que nos hemos convertido, es tan desatento, indócil y desconsiderado como lo caracteriza el Códice Florentino y como los españoles nos enseñaron a ser al colonizarnos, al extraernos de nuestra subjetividad comunitaria y al psicologizarnos, al enfermarnos de psicología.

Totalidad comunitaria

Antes de haber sido psicologizados, los indígenas mesoamericanos tenían una subjetividad comunitaria intacta, no carcomida por la psicología, no objetivada ni recluida en la individualidad. Conviene reiterar que el carácter no psicológico de esta subjetividad no implicaba una ausencia de psiquismo en ella. Desde luego que hay aquí una esfera psíquica, pero se trata de una esfera situada no en una interioridad individual herméticamente cerrada sobre sí misma, sino en un tejido transindividual tan interior como exterior, tan íntimo como comunitario.

Era la comunidad la que reinaba en la subjetividad mesoamericana prehispánica. Esto no significa tampoco exactamente que el sujeto careciera de individualidad, pero su individualidad era una expresión y un eslabón de aquello que la trascendía. El individuo prehispánico se reconocía humildemente a sí mismo como algo perteneciente y subordinado al tejido comunitario en el que se constituía.

La subordinación indígena mesoamericana de la individualidad a la comunidad puede apreciarse en los huehuetlatolli, dichos de los antiguos, que Fray Bernardino de Sahagún recuperó en el siglo XVI. Tenemos aquí, por ejemplo, a un padre nahua que les enseña a sus hijos: “respetad a todos, tened acatamiento a todos, no os atreváis a nadie, por ninguna cosa afrentéis a ninguno” y “humillaos a todos”. El todos, la totalidad comunitaria, se impone sobre cada uno en su individualidad, cada uno debiendo acatar a todos.

Cada individuo, como enseña otro de los huehuetlatolli, debe “abajarse hasta la tierra” y “tenerse como nada”. La individualidad no es nada, pues no es más que una individualización del todo comunitario. Esto puede ilustrarse a través de una de las manifestaciones de lo anímico entre los nahuas, el teyolia, que estaba en el corazón de cada uno, pero que era la punta de una rama de un árbol que incluía todo lo que existe. El tronco de lo existente se dividía en ramas correspondientes a especies vegetales y animales. Una de esas ramas, la de la especie humana, se dividía en pueblos, comunidades, barrios, familias y así hasta llegar a la punta de cada rama en el alma de cada individuo. Esta alma individual, como dice López Austin, “guardaba toda la ramificación jerárquica de la identidad”. El individuo, en el fondo insondable de su corazón, era también su familia, su comunidad, su grupo étnico, la humanidad, la vida y la existencia del universo en su conjunto. La totalidad era la que se individualizaba en el individuo, en su corazón que estaba conectado internamente con todo lo demás, pues todo era el árbol del universo.

Nos precipitamos en el abismo del universo cuando intentamos profundizar en el teyolia. El saber de esta entidad anímica nos conduce a las esferas familiar, comunitaria, humana, espiritual, animal, vegetal e incluso mineral, no teniendo nada que ver con el estrecho conocimiento psicológico. Mientras que la psicología escudriña su objeto en el individuo, los nahuas descubren la vida psíquica en el conjunto de lo que existe.

Almas

La naturaleza, la cultura y la comunidad confluyen en la subjetividad humana tal como es concebida por los nahuas y por otros indígenas mesoamericanos. Estos indígenas comprenden que un individuo no es más que la individualización de su mundo. Hay aquí una evidencia invisible para los psicólogos que no dejan de escudriñar su objeto individual.

Mientras que el objeto de la psicología es una dudosa proyección interior ideológica del mundo exterior, el teyolia corresponde al conocimiento de la individualización de ese mundo exterior. De hecho, por más que se individualice, el teyolia no deja de aparecer bajo una forma colectiva y comunitaria, como podemos constatarlo en otros huehuetlatolli, aquellos recogidos por Fray Andrés de Olmos hacia 1535. Aquí el teyolia aparece como “alma de la gente, como “nuestra alma” compartida, “toyolia”, que se distingue de “nuestras ánimas” individuales, “tanimas”. Para las almas individuales, Olmos utiliza el término latín “ánima”, pero para el alma comunitaria, necesita el concepto nahua de “teyolia”, pues no hay nada ni en el latín ni en el español que permita concebir algo como el teyolia.

El teyolia resulta no sólo intraducible, sino incomprensible. Es también algo inquietante, incluso aterrador para los europeos, quienes parecen percatarse de que aquí hay algo comunitario imposible de subyugar, de colonizar, y que siempre amenazará el proyecto colonial. Es quizás por esto que Olmos asocia el teyolia con la maldad y lo infernal, prefiriendo el ánima para hablar del alma virtuosa que merecerá la vida eterna: el alma, como “ánima”, recibe a Jesucristo en el bautizo, mientras que el “alma de la gente”, como “teyolia”, es la que se pierde bajo la influencia del “maligno”, el “hombre tecolote”.

Entendemos que Olmos no vea con buenos ojos al teyolia, ya que se trata de algo que no ha sido colonizado, que resiste a la colonización, que podría incluso revertirla. Quizás Olmos también presienta que el teyolia, como nombre de la subjetividad comunitaria, tiene una peligrosa potencia colectiva de la que está desprovista el ánima recluida en la impotente individualidad. Olmos también parece comprender que el ente comunitario indígena del teyolia es refractario a la evangelización, a la cristianización que requiere ánimas, almas individualizadas, pues tan sólo ellas pueden pecar o ser virtuosas, hacer examen de conciencia y penitencia, ir al cielo o al infierno.

Cristianismo y psicología

El cristianismo necesita extraer a los indígenas de su comunidad y arrebatarles su potencia comunitaria. Cristianizarlos exige arrancarles su teyolia, enfermarlos de falta de teyolia, convirtiéndolos así en algo como el xolopitli al que me referí antes. Esta especie de xolopitli que prolifera tras la colonización de Mesoamérica es el ser cristianizado y no sólo el ser despolitizado, aislado, psicologizado.

Aquí hay que entender que la psicología y el cristianismo resultan indisociables entre sí. No son dos enfermedades, sino dos expresiones de una misma enfermedad moderna occidental. En esta enfermedad se pierde la subjetividad comunitaria y sólo quedan mónadas, átomos, objetos individuales tratables, dominables, disciplinables, manipulables y controlables tanto por teólogos y sacerdotes como por psicólogos y psicoterapeutas.

La psicología es heredera del cristianismo. Siendo evangelizados, los indígenas mesoamericanos fueron también psicologizados. Se volvieron así tan receptivos a la psicología como lo son en la actualidad.

Nuestra subjetividad psicológica es una consecuencia y una continuación de nuestra subjetividad colonizada y evangelizada. Sin la colonización y evangelización de Mesoamérica, no habría aquí ahora ni tanta demanda y tanta oferta de psicólogos, ni tantas facultades y centros de enseñanza de psicología, ni tantos eventos, vídeos, libros y revistas de contenido psicológico. Tampoco habría esa propensión general a psicologizar la cultura, la sociedad y la política. Todo esto se lo debemos a la colonización y la evangelización.

El vínculo esencial del colonialismo y el cristianismo con la idea psicológica de la subjetividad puede ilustrarse con un hecho que siempre me ha parecido revelador. En 1540, en el Colegio de Tiripetío de Michoacán, se impartió lo que parece haber sido el primer curso de filosofía de América. Fue impartido por Fray Alonso de la Veracruz para misioneros, para evangelizadores, y para miembros de la nobleza indígena, entre ellos su alteza don Antonio Huitziméngari Mendoza y Calzonzin, el hijo del último rey purépecha.

Tanto para los indígenas como para los evangelizadores, el curso de Fray Alonso de la Veracruz tenía un claro propósito evangelizador, y significativamente le dio un lugar especialmente importante a la psicología, a la doctrina aristotélica del alma. Podemos leer el curso hoy en día y constatar cómo Veracruz, incluso distanciándose del monismo y realismo de Aristóteles, insiste en la noción dualista e individualista de un alma, un ánima, que “no es un cuerpo”, distinguiéndose dualistamente del cuerpo, pero que “se mueve localmente con el propio movimiento del cuerpo”, ya que, de modo individualista, se ubica “toda íntegra” en el cuerpo individual y en cada una de sus partes. Esta alma europea cristiana individualizada y descorporizada, extraída tanto de la comunidad como del cuerpo y del mundo, corresponde tanto al ánima promovida por Fray Andrés de Olmos como al objeto de la psicología que estudiamos hoy en día.

Seguimos enseñando en Michoacán, en México y en Centroamérica la misma concepción dualista e individualista del psiquismo que Alonso de la Veracruz enseñaba aquí mismo, hace casi quinientos años, para evangelizar y colonizar a los indígenas. Hay algo de la evangelización y la colonización que no ha terminado y que se continúa en los actuales estudios universitarios de psicología. El saber psicológico en México y Centroamérica en 2025 no deja de ser un saber colonial del ánima cristiana y europea de Fray Andrés de Olmos de 1535 y de Fray Alonso de la Veracruz de 1540, en lugar de ser un saber del teyolia nahua o de la mintsita y la tsipekua purépechas que Erandi Medina Huerta nos ha recordado a los psicólogos.

Conclusión

Es claro que los psicólogos mexicanos y centroamericanos hemos perdido tanto la tsipekua y la mintsita como el teyolia y muchas otras concepciones fascinantes del psiquismo, Hemos perdido todo esto para ganar el ánima cristiana europea y sus expresiones científicas o pseudocientíficas, tales como el psiquismo, la conciencia y la mente o la vida mental. Cabe preguntarse ahora si hemos ganado más de lo que hemos perdido o si hemos perdido más de lo que hemos ganado.

Seguramente el saldo será positivo para los creyentes, para quienes creen incondicionalmente en el cristianismo y la psicología, especialmente la psicología pretendidamente objetiva, científica y basada en la evidencia. Estos adeptos al psicologismo, el cientificismo y el cristianismo estarán de acuerdo con los adeptos al hispanismo, los defensores de la hispanidad a los que me referí en un principio. Unos y otros valorarán la colonización y la evangelización por habernos dado la fe en la religión cristiana y las ciencias a las que ya se refería Francisco López de Gómara en el siglo XVI.

A diferencia de los hispanistas y cientificistas, están quienes piensan que hay un saldo negativo en sólo estudiar el psiquismo europeo en lugar de las múltiples configuraciones anímicas indígenas mesoamericanas aún preservadas a través de ciertas comunidades indígenas. La sustitución de esas configuraciones comunitarias por los objetos de la psicología es comparable a la reducción de la orfebrería indígena a las barras de oro y plata de los españoles. Estas barras son tan simples, tediosas y reiterativas como los procesos mentales descorporizados, individualizados y objetivados por la psicología.

Una de las principales ventajas de los procesos mentales individuales estudiados por los psicólogos es que pueden cuantificarse, contarse y calcularse como los lingotes robados por los españoles. Es por esta ventaja, entre otras, que se han preferido los lingotes y los procesos mentales individuales en lugar de la orfebrería indígena y de las ricas, elaboradas y complejas configuraciones mesoamericanas comunitarias de la esfera psíquica. Lo indígena mesoamericano resistía y sigue resistiendo contra la cuantificación que permite asimilarlo todo a la contabilidad capitalista.

Mi posición anticapitalista me hace repudiar la cuantificación de lo incuantificable que reina en la economía capitalista y en su psicología burguesa. Repudiando estos cálculos mezquinos de tenderos occidentales, no me permitiré calcular si perdimos o ganamos con la colonización y la psicologización de la subjetividad. No requiero de ningún cálculo para deplorar el colonialismo y la psicología. 

El síntoma Seligman

Presentación del libro Contra la psicología positiva: crítica althusseriana y lacaniana de la psicología neoliberal (Quito, Religación Press, 2025) de Luis Pablo López Ríos, el 29 de octubre de 2025, en el Cuarto Congreso Internacional de Investigación en Psicología, Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Despertamos, abrimos los ojos y miramos el mundo. Ya no lo miramos enmarcado en las ventanas o impreso en el papel del periódico, sino a través de las pantallas, las de televisión y ahora cada vez más las de computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes. La tecnología está mediando en lo que vemos, filtrándolo, maquillándolo, disimulándolo y distorsionándolo según los intereses por los que se rigen los algoritmos.

A través y a pesar de todo lo que nubla nuestra visión, logramos ver mucho de lo que hay detrás de las pantallas. Ahí está el agua lodosa que inunda las calles de Veracruz. Más allá, fuera de México, están los grises y polvorientos escombros de Gaza que se extienden hasta el horizonte. Entre los escombros, hay niños palestinos asesinados o mutilados por las bombas israelíes. Vemos también a Netanyahu, Trump, Milei, Noboa y los demás neofascistas que sonríen satisfechos y que se lanzan contra los pobres, contra los indígenas, contra los inmigrantes, contra los inconformes.

Además de lo que vemos, está lo que alcanzamos a saber. Sabemos que los exponentes del neofascismo defienden rabiosamente la versión extrema neoliberal de un sistema capitalista que no deja de explotarnos, robarnos, empobrecernos y transformar todo lo vivo en más y más dinero muerto. Sabemos que el capital, con su lógica de sobreproducción y sobreconsumo, está devastando el planeta y provocando catástrofes como la de Veracruz. También sabemos que la devastación amenaza incluso nuestra subsistencia como humanidad.

Lo que sabemos es tan desolador como lo que entrevemos a través de las pantallas. No es mejor lo que percibimos y sentimos directamente, más acá, a nuestro alrededor: las temperaturas cada vez más altas, la naturaleza cada vez más degradada, los campos cada vez más contaminados y erosionados, los campesinos extorsionados y asesinados por el crimen organizado, nuestros colegas embrutecidos y fascistizados, nuestras vidas vaciadas y precarizadas por el neoliberalismo, nuestras actividades laborales uberizadas y transformadas en lo que el anarquista David Graeber describe elocuentemente como “trabajos de mierda”.

Ante la desolación que nos rodea, ¿cómo no comprender a quienes prefieren cerrar sus ojos y sus bocas, sus ventanas y sus puertas, y encerrarse dentro de sí mismos, en el garaje de la vida? Esta metáfora del garaje proviene de un pasaje de Martin Seligman, el creador, promotor y principal exponente de la llamada “psicología positiva”. Seligman parece mostrarse comprensivo con quienes, en “épocas de dificultades”, se refugian en “el garaje de la vida”, pero lamenta la situación en la que se encuentran, describiéndola de forma desgarradora –lo cito– como un encerramiento “con escasos y efímeros placeres, con muy pocas gratificaciones y sin encontrar un sentido a la existencia”.

Es claro que la vida en el garaje no es precisamente feliz y agradable. Si nos refugiamos en el garaje, no es para entregarnos ahí al placer y a la alegría, sino para huir del fin del mundo que hay afuera, para protegernos del apocalipsis provocado por el capitalismo neoliberal y neofascista. Seligman prefiere hablar simplemente de una “época de dificultades”, pero no es tan tonto como parece y sabe muy bien de qué habla. Es por esto que se muestra comprensivo con quienes nos encerramos en el garaje de la vida, pero quiere salvarnos, convenciéndolos de que hay lo que él describe, en un arrebato de pasión y exaltación, como un “camino de salida que nos conduce por un campo de placer y gratificación, por las cimas de la fortaleza y la virtud, y al final, por las cumbres de la realización duradera: el sentido y la determinación de la vida”.

Cuando un mexicano como yo lee el exaltado pasaje que acabo de citar, es difícil no preguntarse de cuál habrá fumado Seligman. Dicho de modo más elegante y más acorde a un Congreso Internacional de Psicología, ¿qué sustancia psicoactiva habrá consumido el gurú de la psicología positiva para tener de pronto la visión de un resplandeciente camino de salida en los muros del garaje, cuando él mismo acaba de reconocer que afuera, en el mundo exterior, sólo está la oscuridad y la desolación de los tiempos difíciles?  Si afuera es el apocalipsis, ¿adónde está saliendo Seligman para descubrir ese paisaje con flores y arcoíris donde él mismo descubre, en sus propios términos, campos de placer y gratificación, cimas de fortaleza y virtud, cumbres de la realización duradera?

El supuesto exterior al que Seligman quiere llevarnos, liberándonos de nuestro garaje, no es el exterior del mundo real, sino que se trata de un mundo ideológico, imaginario, fantástico. Se trata, entonces, de un mundo interior y no de un mundo exterior. El camino de Seligman, por lo tanto, no es un camino de salida, como él pretende, sino un camino de entrada, un camino de ensimismamiento, que nos vuelve hacia nosotros mismos y nos conduce a nuestro mundo interior, mental, psíquico, del que se ocupa la psicología.

Lo que Seligman quiere no es liberarnos de nuestro garaje, sino dejarnos dentro, pero imaginando que no estamos ahí en el garaje, sino en un paraíso terrenal digno de una ilustración de la Biblia para Niños. La idea es encontrar la seguridad, la tranquilidad y la felicidad en el interior de uno mismo, en la relación consigo mismo. ¿Acaso no tenemos aquí una síntesis reveladora de lo que hace toda la psicología? Esto es lo que nos muestra convincentemente Luis Pablo López Ríos en su maravilloso libro Contra la psicología positiva que ahora estoy presentando.

López Ríos concentra su crítica en la propuesta de Seligman, pero esta propuesta le sirve como un ejemplo, como un caso paradigmático del conjunto de la psicología. Es toda la psicología la que se revela en Seligman, en su franqueza y desfachatez, en su aparente simplicidad y candidez, en su lado absurdo y esperpéntico, en visiones extravagantes como la bíblica del garaje a la que acabo de referirme. Todo esto contribuye a que Seligman sea el psicólogo ideal para efectuar una crítica de la psicología como la que López Ríos nos ofrece en su libro. Entre los muchos aciertos de López Ríos en su libro, está el de la elección de su víctima, de aquel a quien se dirige la crítica.

López Ríos elige a Seligman para su análisis porque Seligman delata de algún modo lo que otros psicólogos callan. Es verdad que lo delata sin querer, por accidente, de modo sintomático, lo cual requiere una lectura sintomal, de tipo althusseriano, como la que López Ríos efectúa de modo insuperable. Esta lectura es requerida, pero porque el síntoma está ahí, listo para ser leído. Tenemos ahí, ante nuestros ojos, el síntoma Seligman en el que se descubre la grave enfermedad constitutiva de la psicología, una enfermedad que es también la del capitalismo, especialmente en su cuadro agravado neoliberal que nos hace huir a refugiarnos en el garaje de la vida y en las visiones que aparecen en los muros.  

Así como el neofascismo de Trump es un síntoma de todo lo que va mal en el capitalismo neoliberal, de igual modo la psicología positiva de Seligman es un síntoma de todo lo que va mal en la psicología en los tiempos difíciles del neoliberalismo. Las ya mencionadas franqueza y desfachatez de Seligman, de hecho, son muy parecidas a la franqueza y la desfachatez de Trump, lo que no excluye, desde luego, que haya otros psicólogos que encarnen aún mejor a Trump, como el famoso Jordan Peterson y el más sórdido y menos conocido Kevin McDonald.

Lo interesante de Seligman, lo propiamente sintomático, es que se opone abiertamente a Trump y muestra siempre cierta corrección política, pero sin dejar de revelar de modo políticamente incorrecto aquello que habita en esta corrección. Digamos que es una mezcla de republicano y demócrata. Quizás incluso podamos considerarlo un síntoma de la actual indistinción entre demócratas y republicanos, entre neoliberales y neofascistas, entre políticamente correctos y políticamente incorrectos.

Las dos caras del síntoma Seligman, la correcta y la incorrecta, son bien detectadas por López Ríos en su lectura sintomal del pasaje previamente citado en el que Seligman pretende liberarnos del garaje a través del camino que parece abrirse en una de las paredes. En este pasaje tan sintomático, tal como es leído sintomalmente por López Ríos, la corrección y la incorrección aparecen como claridad y opacidad. Es al ser aparentemente claro que Seligman se muestra políticamente correcto, pero esta corrección política se transparenta y se disipa cuando la sometemos a una lectura sintomal que revela su opacidad y penetra en ella, como lo hace magistralmente López Ríos.

Como lo muestra López Ríos en el pasaje del garaje, lo claro y políticamente correcto es la historia inocente y reconfortante de los tiempos difíciles, del sujeto que se encierra en el garaje y de Seligman que aparece como su ángel de la guarda para mostrarle una milagrosa puerta de salida. Lo opaco, por el contrario, dando la palabra a López Ríos, es el movimiento en el que “se explicita” un desplazamiento por el que “dejamos de lado las condiciones que provocan malestar”, las de los tiempos difíciles de capitalismo neoliberal, y como buenos psicólogos “nos enfocamos únicamente” en los sujetos del garaje a los que ofrecemos el paraíso terrenal, pero sin salir del garaje, sin enfrentarnos a lo que provoca los tiempos difíciles, sin salir al mundo, sin “interferir, incomodar o perturbar la estructura capitalista neoliberal”. Esto es opaco, muy opaco, pero es el meollo de lo que nos está diciendo Seligman.

El meollo del mensaje de Seligman es que no se nos ocurra salir de nuestro garaje, que debemos quedarnos recluidos ahí adentro, evadirnos hacia el interior de nosotros mismos y no molestar al capitalismo neoliberal de los tiempos difíciles. Este imperativo de reclusión y evasión en sí mismo, aunado a una prohibición latente de interferencia en el mundo exterior sociopolítico y económico, es algo políticamente incorrecto, antidemocrático y represivo, extremadamente violento. Se trata de algo quizás ya digno del nombre de fascismo, pero está lo suficientemente opacado en Seligman para no asustarnos, para no escandalizarnos y para no ser ni siquiera percibido por nosotros.

López Ríos sí percibe aquello de lo que se trata gracias a su lectura sintomal. Esta lectura escruta el síntoma y nos hace reconocer en Seligman algunos de los rasgos del famoso personaje Pangloss con el que Voltaire se representó a Leibniz en el Cándido. Pangloss es la encarnación del optimismo ante la adversidad. Es, por así decir, un psicólogo positivo del siglo XVIII. Al igual que Seligman, Pangloss encuentra en sí mismo el camino psicológico-ideológico imaginario para evadirse de su mundo real histórico-político y socioeconómico.

Evadirse de este mundo externo, evadiéndose hacia el mundo interno paralelo en el que viven los psicólogos, evita lógicamente la transformación del mundo externo. Contribuye así a la reproducción de este mundo externo regido por el capital, por el sistema capitalista mercantil en el siglo XVIII y ahora predominantemente financiero, así como neoliberal y neofascista en su política. Primero Pangloss y ahora Seligman contribuyen a la reproducción del capitalismo, pero además, implícitamente, con su espíritu positivo, lo justifican y lo celebran, convirtiéndose así en sus portavoces, en apologistas de lo existente, en defensores del orden establecido, en intelectuales orgánicos del capital.

Al menos en el caso de Seligman, es claro que se trata de una personificación del capital. Esto no representa ningún problema para Seligman, pues él mismo concibe al ser humano, en sus propios términos, como un “capital psicológico”. Además, por si fuera poco, Seligman entiende su capital psicológico, en clave neoliberal, como un capital capaz de incrementarse mágicamente por el simple hecho de “fluir”.

Ante la fluidez neoliberal del capital psicológico de Seligman, López Ríos tiene mucha razón en pensar en los grandes teóricos del neoliberalismo, como Hayek, Friedman y Von Mises. También acierta cuando observa –lo cito– que “el discurso de Seligman da testimonio, de un modo implícito, esquivo, sobre el hecho de que la lógica neoliberal lo ha impregnado todo, incluyendo la psicología y más específicamente la psicología positiva”. López Ríos sabe que esta lógica neoliberal es también capitalista, de modo que podemos inferir que Seligman es una evidencia de que todo va quedando subsumido en el capitalismo, aunque reconociendo, con la perspicaz reserva de López Ríos, que el todo al que nos referimos, un todo que incluye la psicología, no existía como tal antes de recrearse en el capitalismo como aquello que es realmente.

Digamos, con Althusser y López Ríos, que la estructura capitalista lo sobredetermina todo con su causalidad estructural y hace que todo sea lo que es. Esto incluye a la psicología, pero también a los sujetos que somos cada vez más, como diría el EZLN, simples clones del capital. Somos esto que somos por lo que nos determina, por la estructura, por su causalidad, la cual, en la teoría lacaniana, puede pensarse, como lo hace López Ríos, a través de las nociones del goce y el deseo del gran Otro. A medida que el gran Otro del sistema simbólico de la cultura va quedando subsumido en el sistema económico del capitalismo, el goce y el deseo del gran Otro van convirtiéndose en goce y deseo del capital que nos constituye como objetos, engranes, clones del capital.

Digamos que el capital nos causa, pero en una causalidad material subsistente, de tipo spinoziana, que se prolonga en nosotros, convirtiéndonos en sus apéndices, como diría Marx. Esta causalidad, a la que López Ríos dedica gran parte de su libro, es efectuada en parte por la psicología. El dispositivo psicológico forma parte de los múltiples nexos causales de la estructura capitalista que nos constituyen a los sujetos como clones del capital.

Digamos que la psicología forma parte de la causalidad estructural del capitalismo. Hace lo que debe hacer en esta causalidad, pero no sabe lo que hace, imaginando simplemente que le ayuda al sujeto a adaptarse o ajustarse, a funcionar en el mundo, en un mundo regido cada vez más por el capital. Esta adaptación funcional llega hasta la mimetización, hasta el mimetismo, como bien lo constataron los filósofos de la Escuela de Frankfurt. Es precisamente al mimetizarse con el mundo al que se adapta que el sujeto se convierte en un clon del capital que rige ese mundo.

La adaptación mimética es un efecto directo de la causalidad estructural subsistente de la que se ocupan Althusser y López Ríos, pero hay que insistir en que esta causalidad no es reconocida por la psicología. El proyecto instaurador mismo de la psicología, como nos lo ha mostrado Georges Canguilhem, hace que olvide su origen y su fundamento y que se concentre en su utilidad: la de ayudar al sujeto a adaptarse y funcionar, ser funcional en su mundo, y de paso realizarse y ser feliz, como lo quiere Seligman. Es así como el adaptacionismo funcionalista de Seligman y de los demás psicólogos cae en la falacia que el genial paleontólogo y biólogo evolutivo Stephan Jay Gould asoció precisamente con la figura de Pangloss.

La falacia a la que me refiero es aquella por la que Pangloss puede afirmar que “habiéndose hecho todo con un fin, no puede menos éste ser el mejor de los fines, pues nótese que las narices se hicieron para llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas”. Seligman y sus colegas dirían que los psicólogos existen para ayudar a los sujetos a adaptarse, a ser funcionales y felices, y que por eso ayudan a los sujetos a adaptarse, a ser felices y funcionales.

Nuestros psicólogos también dirían que los sujetos fueron hechos para adaptarse, para ser funcionales y felices, y que por ello hay que ayudarlos adaptarse, para ser funcionales y felices. Este razonamiento adaptacionista y funcionalista sólo puede cumplirse y verificarse en alucinaciones como la del paraíso terrenal en el garaje. No hay otro desenlace para la teleología idealista de la psicología que recibe una potente crítica materialista causalista en el libro de López Ríos que les recomiendo mucho leer.