Salud mental y buen vivir en los saberes ancestrales mesoamericanos

Intervención en las Jornadas de Historia Crítica de la Salud en México, el 27 de agosto de 2026, en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, en San Ángel, Ciudad de México

David Pavón-Cuéllar

Salud mental

Nos extraviaríamos al buscar algo así como la salud mental en los saberes ancestrales mesoamericanos. En estos saberes, lo que hay es algo que se describe mejor en castellano como “buen vivir”. Es lo que argumentaré hoy, pero antes necesito detenerme en el concepto de “salud mental”.

El concepto de “salud mental” surgió tardíamente en la modernidad occidental. No fue sino hasta principios del siglo XX, en Estados Unidos, cuando se empezó a hablar de salud mental. El concepto recibió su primera definición consensuada en 1948, en un Congreso Internacional sobre el tema en Londres, en el que se resolvió entender la salud mental como “una condición que permite el desarrollo físico, intelectual y emocional óptimo de un individuo, en la medida en que ello sea compatible con la de otros individuos”. Nótese que no hay aquí más que individuos. La salud mental aparece como una condición estrictamente individual en un contexto que se reduce a un conjunto de individuos. Este contexto es el de la sociedad moderna liberal europea y estadounidense cuyo individualismo se transfiere al concepto de salud mental.

El aspecto individualista de la salud mental reaparece en su primera definición oficial de 1950. En ese año, la Organización Mundial de la Salud establece que la salud mental es una condición “que permite al individuo alcanzar una síntesis satisfactoria de sus propios instintos potencialmente conflictivos, formar y mantener relaciones armónicas con terceros y participar en cambios constructivos en su entorno social y físico”. El mundo queda reducido a un entorno social y físico, así como la sociedad se reduce a relaciones entre individuos y la salud mental a una síntesis individual. Permanecemos en el individualismo liberal.

El aspecto individualista persiste, aunque disimulado, en la más reciente definición oficial de la salud mental que ofrece la Organización Mundial de la Salud en 2025. Ahora los individuos se enmascaran en las personas y su salud mental se define como un “bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todo su potencial, aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a su comunidad”. La comunidad es al fin considerada y llamada por su nombre, pero su relación con la salud mental es externa. Sólo se dice que la salud mental permite a las personas hacer contribuciones a su comunidad, pero las personas con salud mental se conceptualizan como diferentes de la comunidad.

Lo comunitario no es lo que tiene salud mental. Esta salud radica no en la comunidad, sino en las personas individuales. No puede ser de otro modo, pues la salud mental, como su nombre lo indica, es una condición de la mente del individuo.

Comunidad, mundo y cuerpo

La salud mental, en sentido estricto, sólo puede ser individual. Tenemos aquí una primera gran discrepancia entre el concepto individualista de salud mental y una perspectiva comunitarista mesoamericana que descubrimos en textos de origen precolombino como el Popol Vuh y los huehuetlatolli, en códices como el Badiano y el Florentino, en testimonios coloniales como los de Quiroga y Las Casas, en las palabras de quienes pertenecen a las actuales comunidades indígenas y en innumerables investigaciones etnológicas y antropológicas. Estas fuentes y otras más nos revelan una perspectiva indígena que difiere de las definiciones europeas y estadounidenses de salud mental porque entiende la salud como algo comunitario y no sólo individual: como algo que no está solamente en el individuo, sino en la comunidad, en su funcionamiento adecuado, en su carácter integrado y coordinado, y en su capacidad para gestionar y resolver conflictos.

Además de entender la salud como algo no sólo individual, los pueblos originarios mesoamericanos la conciben como algo no sólo mental, sino siempre también corporal y mundano. El cuerpo y el mundo son dimensiones constitutivas de la salud en los saberes ancestrales de Mesoamérica. En estos saberes, no puede haber salud en la mente sin que la haya también en el cuerpo y en el mundo en el que habita y del que forma parte, un mundo irreductible a un simple entorno físico y social como el que aparecía en una de las definiciones de salud mental.

En la definición a la que me refiero, el mundo no era más que un entorno, algo que estaba en torno al individuo, a su alrededor, fuera de él, y no también dentro de él, atravesándolo y constituyéndolo, como en los saberes ancestrales mesoamericanos. Estos saberes incluyen el perspicaz reconocimiento de la compenetración entre la mente del individuo y su cuerpo, su mundo y su comunidad. Entre las esferas comunitaria, mundana, corporal y mental, el indígena de Mesoamérica reconoce fronteras porosas con vasos comunicantes por los que pasan la salud y la enfermedad. Estamos aquí muy lejos de las definiciones de una salud mental individual, separada tajantemente del mundo físico, de la comunidad e incluso de la corporeidad.

En las definiciones de salud mental que mencioné, lo corporal se esfumaba, como si el cuerpo y la mente no estuvieran inextricablemente unidos. Esta unidad inextricable ha sido siempre asumida en Mesoamérica, mientras que los expertos occidentales a los que cité consiguen apenas presentirla cuando conceden que la salud mental permite el desarrollo físico. En realidad, todo es más complejo, como bien lo saben los indígenas mesoamericanos, quienes nos enseñan que la salud corporal también favorece la salud mental, que una y otra se determinan recíprocamente, se entretejen, pueden complementarse o compensarse e incluso expresarse una a través de la otra.

Además de ser siempre del cuerpo y no sólo de la mente, la salud es siempre también del mundo y no sólo del individuo. Esto es algo que también aprendemos de los saberes ancestrales que reintegran al sujeto no sólo en su cuerpo y en su comunidad, sino en su mundo mineral, vegetal y animal. El indígena mesoamericano comprende que su tierra y su territorio deben estar sanos para que él esté bien, para que haya salud en su propio ser mental y corporal vinculado interiormente con la milpa, con el cerro, con el río y con todo lo demás que no sólo es un entorno físico, sino lo que se respira, lo que se come y se bebe, lo que se percibe y se piensa, lo que nos constituye tanto por dentro como por fuera. Todo esto resulta inasimilable a definiciones de la salud mental como las que mencioné al principio.

Buen vivir

Las definiciones mencionadas sitúan la salud mental en la mente de un individuo que se relaciona exteriormente con otros individuos y con su entorno. Por el contrario, los indígenas mesoamericanos piensan en una salud que no sólo es individual, siendo también comunitaria, y que no sólo es mental, no estando nunca sólo en la mente, sino siempre también en el cuerpo y en el mundo. Esta salud mundana, comunitaria y tan mental como corporal es aquello a lo que podemos dar el nombre de “vida buena” o “buen vivir”.

Si es mejor hablar de “buen vivir” que de salud, no es tan sólo porque traduce mejor las diversas expresiones indígenas con las que se describe aquello de lo que se trata, sino por el sentido mismo de las palabras. El término de “salud” tiene impregnaciones culturales ideológicas difíciles de reconciliar con los saberes ancestrales mesoamericanos. En estos saberes, el “buen vivir” nos reconduce a la concreción de la experiencia de la vida cuando es buena para quien la vive. La salud, en cambio, implica ideas bastante abstractas como las de síntesis, armonía, desarrollo óptimo del individuo y realización de todo el potencial de la persona que aparecían en las definiciones de salud.

Las abstracciones de lo sintético, lo armonioso, lo óptimo y lo totalmente desarrollado resuenan con la etimología misma de la palabra “salud”. La palabra deriva del adjetivo latín salvus, que significaba “sano” entendido como “entero”, “intacto” o “a salvo”, conteniendo la raíz indoeuropea “sol” con la que se designaba lo pleno y lo total. Este conjunto semántico puede transferirse a las culturas mesoamericanas, pero no para atribuirse a un individuo y mucho menos a su mente, pues las esferas mental e individual, tal como las conciben los indígenas de Mesoamérica, no son tales que puedan totalizarse y así estar enteras o sanas. Lo que podría gozar de salud en Mesoamérica no es ni el individuo ni su mente, sino aquello de lo que forman parte: los entes mundano y comunitario que estarían sanos al estar intactos, al estar enteros, al preservar su totalidad y su plenitud.

Lo sano es la tierra y la comunidad, mientras que los habitantes de la tierra y los integrantes de la comunidad pueden vivir bien. Esto no excluye que la vida buena humana y la buena salud integral puedan estar estrechamente relacionadas entre sí. De hecho, lo están, pues los pueblos originarios tienen conciencia de que no hay manera de tener una vida buena cuando sus comunidades están desgarradas y cuando sus tierras están contaminadas y devastadas.

Las tierras y las comunidades necesitan estar sanas para que aquello que hay en ellas pueda vivir bien. Este buen vivir será de los humanos, pero también de plantas y animales, de milpas y cerros, de ríos y lagos, de aguas y aires. Todos los componentes individuales de la totalidad mundana y comunitaria vivirán bien cuando la totalidad tenga buena salud.

Más allá del individualismo y el dualismo

Si los saberes modernos occidentales atribuyen salud a los individuos y a sus mentes, esto es porque adoptan una perspectiva individualista y dualista en la que totalizan tanto al átomo individual como sus elementos subatómicos mentales y corporales. Esto no sucede en los saberes ancestrales mesoamericanos, en los cuales, con profunda sabiduría, se percibe que lo único total y por tanto potencialmente sano es el mundo y una comunidad que se confunde con el mundo. Luego están los elementos constitutivos de la totalidad que pueden llegar a vivir bien cuando la totalidad está sana. Estos elementos pueden ser espirituales, mentales, corporales, animales, vegetales y hasta minerales, pero todos, además de entretejerse en la totalidad, se continúan unos en otros, uniéndose y dividiéndose, ramificándose y confluyendo en la totalidad, sin que ninguno llegue a sustancializarse y diferenciarse definitivamente de los demás.

Por ejemplo, sin caer en la separación dualista mente/cuerpo, nahuas como los de Xolotla y Pahuatlán en Puebla tienen como alma un itonal que es tan mental como corporal. Con almas como ésta y otras igualmente fascinantes, no debe sorprendernos que los nahuas tengan o hayan tenido conceptos como el nemilía, que sintetiza el pensar y el existir, y el neyolnonotza, que significa razonar con el cuerpo, con la sensación y el sentimiento. Este sentipensar, además, no es únicamente individual, siendo también comunitario y mundano, como el corazón mismo en el que ocurre, el yóllotl o yolo, en el que los nahuas prehispánicos descubrían un teyolia que se ramificaba también en todos los seres exteriores sobrenaturales, naturales, vegetales y animales.

Cuando el cerro se encuentra mal, puede ser que la tierra no esté sana. Ocurre entonces que el corazón le duela o se le trastorne al indígena, impidiéndole vivir bien. Tenemos aquí algo como lo que llamamos trastorno mental, pero interpretado con una mayor sensibilidad, la de los nahuas que saben que la psicopatología, el mal del corazón, el Yollotlauelilocayotl, no es una enfermedad mental individual, sino el síntoma de un mal que trasciende la mente y la individualidad.

Evitando cualquier visión individualista y dualista, los nahuas comprenden que el individuo y su mente no se bastan para vivir bien, que requieren algo más que no es ni la psiquiatría ni la psicología ni la psicoterapia. Estos recursos modernos occidentales no son los utilizados por los nahuas de la Sierra Norte de Puebla que se movilizan para alcanzar la vida buena que ellos denominan yeknemilis, vocablo compuesto de las partículas yek, bueno y verdadero, y nemillis, de nimiliztli, vivir o existir. Para tener una vida que sea buena y verdadera, los nahuas de aquella región saben que necesitan organizarse, cooperar y trabajar colectivamente por su comunidad y por un comercio justo, por una economía social solidaria, por la defensa de sus territorios y por la soberanía energética y alimentaria.

Los caminos hacia el yeknemilis pasan por el mundo y por la comunidad porque el yeknemilis tiene su fundamento en la salud mundana y comunitaria. Lo mismo sucede con otros conceptos mesoamericanos de buen vivir, entre ellos los que encontramos en los pueblos mayas que se fundamentan en ciertas clases de relaciones con el mundo y con la comunidad: relaciones justas y equilibradas en el utz k’aslemal de los quichés guatemaltecos, relaciones de reciprocidad y respeto mutuo en el ma’alob kuxtal de los yucatecos, relaciones armoniosas de interdependencia en el lekil kuxlejal de los tseltales y tsotsiles de Chiapas. Esta misma clase de relaciones pueden encontrarse en el sesi irekani de los purépechas, basado en la ética de la kaxumbekua, una suerte de humilde y recatada consideración en los vínculos que los seres humanos establecen entre ellos y con los demás seres del mundo. En todos los casos, el fundamento del buen vivir es político y ecológico, precisamente porque radica en una salud comunitaria y mundana, salud del mundo externo cultural y natural, y no en una simple salud mental, salud del mundo psíquico interno, como sucede con la psicologización del bienestar subjetivo en la modernidad occidental.

Conclusión

Psicologizar nuestro bienestar es despolitizarlo y desconectarlo de la ecología. Podemos imaginar entonces que la degradación y la devastación del planeta no son factores que nos impidan vivir bien, pues la vida buena dependería solamente de nuestra mente sana. De igual modo, quizás tengamos la fantasía de que nuestra salud mental basta para nuestro bienestar aun cuando nuestra comunidad esté desgarrada por la división de clases y por la opresión, la explotación, la marginación y otras formas de violencia estructural del capitalismo. Inmunizándose contra estas ilusiones, los pueblos originarios mesoamericanos tienen saberes ancestrales por los que son conscientes de que la salud está no en la mente, sino en la tierra y en la comunidad que nos ofrecen una vida buena.

Es en el buen vivir donde los indígenas mesoamericanos resitúan el elemento subjetivo y todo aquello que se asocia con la salud mental y con los demás temas de los que nos ocupamos en la psicología, la psicoterapia y la psiquiatría. Quizás quienes trabajamos en estas áreas nos reconfortemos al descubrir términos psicológicos en ciertas conceptualizaciones mesoamericanas de la vida buena. Por ejemplo, el etsáán olal de los mayas, el ch’ijcaj de los chontales y el susu chúnu de los zapotecas implican tranquilidad, calma y sosiego, como aspectos fundamentales del buen vivir. Sin embargo, al considerar estos aspectos emocionales del buen vivir, los pueblos originarios de Mesoamérica no caen en la trampa en la que nosotros caemos: la de pensar que se trata de algo limitado a la mente del individuo, algo necesariamente asociado con la salud mental y no con una salud natural y cultural, de la tierra y de la comunidad.

Lo comunitario y mundano suele ser lo que sufrimos cuando sufrimos. El individuo no tiende a malvivir por sí mismo, sino por aquello que lo priva de una vida buena. El buen vivir tiene generalmente determinaciones ecológicas y políticas. Para incidir en estas determinaciones, las soluciones deben situarse también en el terreno de la política y de la ecología, una ecología política, no reductible a la jardinería. He aquí una de las tantas lecciones que podemos recibir de los pueblos originarios mesoamericanos.

Religiosidad mesoamericana: dos reflexiones en Cantona

David Pavón-Cuéllar

I

Por más que profundicemos, nunca tocamos fondo. Nunca terminamos de comprender la naturaleza, pero comprendemos algo, algo que nos permite utilizarla, explotarla para nuestro beneficio. Al hacerlo, estamos explotando también lo incomprensible que hay en su interior.

Ante lo que no comprendemos, ¿qué es más razonable? ¿Escrutarlo y explotarlo con la ciencia y la tecnología u honrarlo y divinizarlo a través del arte y la religión? ¿Violarlo al arrancarle sus favores o pedírselos con respeto y esperar con paciencia? ¿Proceder como la humanidad moderna o bien como aquellos pueblos originarios que resisten contra la modernidad?

Ya sabemos qué es lo más rápido, efectivo, provechoso y lucrativo, pero… ¿qué es lo más razonable? ¿Qué es lo más prudente y sensato? ¿Qué es lo más justo, correcto y honesto?

II

Entre las diversas enseñanzas que recibimos de las culturas prehispánicas mesoamericanas, hay una que nos revela el enternecedor simplismo de los términos occidentales por los que se ha regido tradicionalmente nuestro vínculo con el universo. Ni siquiera el ateísmo y la religiosidad permiten describir cosmovisiones indígenas de México y Centroamérica en las que hay un dios único desplegado como totalidad y ramificado en múltiples entidades espirituales, tan culturales como naturales, que no se distinguen de los seres materiales animales, vegetales e incluso minerales que nos rodean y de los que somos parte. Como en Spinoza, da igual decir «Dios» o «la naturaleza», pero también da lo mismo hablar de «los dioses» o de «la cultura» y de muchas otras cosas, trascendiéndose las dicotomías de lo unitario y lo múltiple, de lo espiritual y lo material, de lo cultural y lo natural, de lo creador y lo creado.

Podría suponerse que estamos aquí ante una perspectiva tan atea como religiosa, tan materialista como espiritualista y tan panteísta como animista, politeísta y monoteísta. Sin embargo, si estas categorías contradictorias deben agregarse, es porque resultan claramente insuficientes y reduccionistas cuando intentamos aplicarlas a un pensamiento ancestral en el que se refleja y se respeta la complejidad inherente al universo.

¿Para qué afanarse con un pensar complejo, tan complejo como el ser, cuya complejidad lo vuelve poco operativo y difícilmente instrumentalizable, poniéndolo en desventaja cuando se enfrenta con el simplista pensamiento europeo moderno? Superando el abismo entre la orilla epistémica y la ontológica, las culturas mesoamericanas aseguran cierta relación armoniosa con el mundo, así como cierta convivencia natural en comunidades que nunca se dividirían entre posiciones tan forzadas y artificiales, tan pueriles e ingenuas, como el ateísmo y la religiosidad o como el monoteísmo y el politeísmo. Este beneficio epistemológico y ético-político habría compensado sobradamente la desventaja tecnológica si los pueblos originarios de Mesoamérica no hubieran debido enfrentarse militarmente con españoles y portugueses.

Saberes ancestrales mesoamericanos ante quince tendencias ideológicas de la psicología

Intervención en la mesa de diálogo Psicología y Pueblos Originarios en América Latina con la participación de Nita Tuxá (Brasil), Cristina Herencia (Perú) y Julio César Carozzo (Perú). La mesa, realizada el viernes 10 de marzo de 2023, fue organizada por el Consejo Mexicano de Psicología, la Sociedad del Afecto, el Consejo Nacional del Pueblo Mexicano, la Asociación Latinoamericana para la Formación y Enseñanza de la Psicología y otras organizaciones.

David Pavón-Cuéllar

La psicología que estudiamos y practicamos en América Latina es generalmente una disciplina desarrollada en Europa y en Estados Unidos. Habitantes de esas regiones la han construido sobre la base de lo que experimentan y saben sobre sí mismos, diseñándola de acuerdo a lo que son, reflejándose en ella, creándola por ello a imagen y semejanza de ellos mismos. Ellos, los europeos y estadounidenses, han sido quienes han elaborado las teorías y técnicas psicológicas en función de sus propias culturas, a partir de sus creencias, con sus ideas, a través de sus reflexiones, al investigar lo que ellos son, al observarse a sí mismos y al experimentar consigo mismos.

Los habitantes de Europa y de Estados Unidos han creado una psicología que es de ellos y que tiene sentido para ellos. Si esta psicología puede tener sentido también para nosotros en Latinoamérica, es porque somos producto del colonialismo y el mestizaje cultural, porque tenemos también algo de europeos y estadounidenses, porque lo estadounidense y europeo se ha globalizado y hegemonizado, porque nos hemos europeizado y americanizado. Es por lo mismo que hablamos español o portugués o inglés y que bebemos vino de burdeos o refresco de cola. Sin embargo, que nosotros bebamos estos líquidos o que hablemos esos idiomas, que así nos los apropiemos y los hagamos nuestros, no los hace menos europeos o estadounidenses. Lo mismo sucede con la psicología: por más que la estudiemos y practiquemos en Latinoamérica, no deja por ello de ser tan estadounidense como el refresco de cola y tan europea como el vino de burdeos.

Al igual que otros productos culturales importados, la psicología de Europa y Estados Unidos no existía en tierras latinoamericanas en la época prehispánica. Es verdad que los distintos pueblos originarios de Nuestra América tenían y aún tienen diversos saberes teóricos y prácticos sobre lo que ahora llamaríamos “la subjetividad humana”, pero estos saberes no son exactamente psicológicos. Son tan diferentes de aquello europeo-estadounidense que actualmente denominamos “psicología”, tan diferentes de lo que hoy estudiamos y practicamos bajo tal nombre, que los malinterpretaríamos y nos confundiríamos al llamarlos “psicológicos”.

Lo cierto es que no hay nada que haga pensar en la psicología, nada que haga pensar en lo que pensamos cuando hablamos de la psicología, en todo aquello tan profundo y tan complejo que los pueblos originarios de Abya Yala sabían y siguen sabiendo sobre la subjetividad humana. Estos saberes ancestrales no son psicológicos porque no cometen lo que yo considero el error fundante de la psicología: su error consistente en extraer su objeto de todo lo demás, distinguiéndolo y de algún modo aislándolo, aislando la psique o conciencia o mente o cognición o como la llamen, para luego dedicarle un conocimiento, un discurso, un logos, una psicología. Digamos, como decía Klaus Holzkamp, que la psicología es un conocimiento sin mundo, mientras que los saberes ancestrales americanos sobre la subjetividad son conocimientos del mundo.

Los indígenas americanos comprenden que deben conocer el mundo para saber algo sobre la subjetividad humana. Lo que descubren en esta subjetividad es, de hecho, el mundo mismo: la comunidad, la historia, la naturaleza y muchas otras cosas. No hay aquí ningún repliegue de lo psíquico sobre sí mismo. No hay aquí ninguna psicología.

Lejos de ser psicológicos, los saberes ancestrales de los pueblos originarios americanos resultan incompatibles con la psicología y pueden inspirarnos potentes argumentos para cuestionarla. Es lo que intentaré mostrar al abordar críticamente la ideología subyacente al conocimiento psicológico, discutiéndola con el auxilio de los saberes ancestrales de Abya Yala que mejor conozco, los de la región mesoamericana septentrional hoy ocupada por mi país, México. Estos saberes me aportarán ideas que opondré a quince tendencias ideológicas de la psicología: su etnocentrismo, su universalismo, su normalizacionismo, su antropocentrismo, su androcentrismo, su binarismo, su presentismo, su realismo, su objetivismo, su individualismo, su posesivismo, su asertivismo, su vitalismo, su interiorismo y su dualismo.

La primera tendencia ideológica del conocimiento psicológico a la que deseo referirme es el etnocentrismo. La psicología está centrada y encerrada en su cultura europea-estadounidense, la toma como único parámetro para pensar en la subjetividad y no consigue descentrarse y liberarse de ella para pensar con otras categorías culturales. Resulta significativo que no haya conceptos psicológicos importantes que provengan de otras culturas diferentes de las de Europa y Estados Unidos, mientras que las concepciones mesoamericanas de la subjetividad han ido enriqueciéndose desde el siglo XVI con las categorías europeas, entre ellas la misma alma o ánima judeocristiana, que se ha incluido sin dificultades en los conjuntos anímicos ya existentes.

Un mixteco de Oaxaca, por ejemplo, agrega el “ánima yo” de los procesos intelectuales a sus otras entidades anímicas: una “sombra” que la recubre, un “tachi” que se asocia con los espíritus de los muertos y un “tono” que posee la “sustancia vital” con la que se anima el sujeto. De igual modo, un zoque de Chiapas tiene su ánima individual, incorporal e inmaterial, junto a una “kojama” que reside simultáneamente en el cuerpo y en la montaña. Esta integración entre lo ajeno y lo propio sucede también en la concepción de otros sujetos, entre ellos los sobrenaturales, como el “Qotiti” de los totonacas de Veracruz, en el que se condensan las características de las divinidades locales y el diablo cristiano. Vemos así que el totonaca, el zoque y el mixteco, al igual que otros indígenas de la región, pueden concebirse a sí mismos y concebir a los demás a través de categorías culturales europeas y no sólo mesoamericanas, mientras que el conocimiento psicológico europeo-estadounidense tiende a permanecer herméticamente cerrado a todo lo que no provenga de su propia cultura. Podemos contraponer, entonces, la cerrazón etnocentrista de la psicología y la apertura sincrética de los saberes ancestrales de Mesoamérica.

Los pueblos mesoamericanos pueden abrirse tanto a otra cultura que llegan al extremo de atribuirle una suerte de universalidad, pero sin dejar por ello de arrogarse universalidad a sí mismos. Alcanzan así, como ahora diríamos, una suerte de visión pluriversalista en la que admiten la coexistencia de múltiples universos con lógicas distintas, incomparables, incluso inconmensurables, aunque igualmente válidas unas que otras. Puede ocurrir incluso que estos universos tengan creadores diferentes, como en la creencia lacandona en su propio dios, Hachakyum, y el de los extranjeros, Akyantho.

Llama la atención que los lacandones reconozcan el carácter creador y divino del ser supremo ajeno, en lugar de simplemente considerarlo falso, como lo hacían los evangelizadores y colonizadores españoles y portugueses.  De igual modo, en lugar de un universalismo europeo en el que sólo se admite un universo y se invalidan y absorben los demás, los lacandones y otros pueblos originarios mesoamericanos reconocen múltiples universos con formas diferentes de ser humano. Este pluriversalismo contrasta claramente con el universalismo de una psicología que sólo admite una forma de ser humano, universalizándola y excluyendo cualquier otra forma o aceptándola sólo si puede interpretarla como una variación de sus propios términos universales, como sucede en el modelo psicológico transcultural.

La admisión de una sola forma de ser humano se manifiesta no sólo en el universalismo, sino en el normalizacionismo de la psicología, es decir, en su obsesión de normalidad, en su propensión a normalizarlo todo y a psicopatologizar todo aquello que no corresponde a su norma. Esta propensión contrasta con el respeto de los pueblos mesoamericanos hacia la singularidad única de cada uno: un respeto que puede ilustrarse con la idea nahua del ser humano como in ixtli in yollotl, como rostro y corazón, como un rostro absolutamente diferente de cualquier otro y como un corazón también absolutamente diferente de los demás, como una personalidad única y como un deseo también único. Es así a partir de lo singular de cada uno como se define lo universal de todos.

Lo único universal es lo singular, o, como decía Althusser, la única regla es la excepción. Esta lógica, inaccesible al pensamiento europeo antes del siglo XIX, ya se encuentra desde la noche de los tiempos en la visión mesoamericana, donde la única norma admisible es la falta de norma. Razonando así, conjuramos varios problemas constitutivos de la psicología: el ya referido normalizacionismo, la resultante concepción de la psicopatología como anormalidad y otras dos tendencias ideológicas derivadas: el antropocentrismo, que centra y encierra las representaciones psicológicas en la norma humana, y el androcentrismo, que pone la normatividad masculina en el centro de la psicología.

En lo que se refiere al antropocentrismo, hace que la psique o mente humana se represente psicológicamente como algo centrado y encerrado en sí mismo y en su propia norma, separado y apartado con respecto al resto de la vida espiritual del universo. Esta representación antropocéntrica difiere de concepciones mesoamericanas como la del alma nahua llamada teyolía, que es como un árbol cuyo centro, su tronco principal, es el alma única de todo lo que existe, alma que se ramifica en las almas de las diversas especies animales, vegetales y hasta minerales, entre ellas la humana, que a su vez se ramifica en entidades anímicas étnicas, grupales, comunitarias, familiares y finalmente individuales, de tal modo que el alma de un individuo es también el alma de su comunidad, su pueblo, la humanidad y toda la naturaleza. El alma de la naturaleza es así el centro del alma de cada individuo humano, la cual, entonces, no está ni separada ni apartada con respecto al resto de los seres ni tampoco centrada y encerrada en sí misma como en la psicología antropocéntrica.

El objeto del conocimiento psicológico está centrado y encerrado, no sólo en su aspecto normativo humano, sino en su normatividad masculina, delatando así un androcentrismo por el que se distingue de concepciones mesoamericanas como la nahua, donde la masculinidad y la feminidad, como polos caliente y frío de todo lo existente, se equilibran, compensan, combinan y compenetran en cada ser. No hay aquí ningún centro masculino en el que pueda encerrarse una representación de la psique o de la mente. Si hay algo englobante del psiquismo y de todo lo demás, es más bien lo femenino asociado con la totalidad originaria, personificada por diosas madres como la nahua Tlaltecuhtli, la purépecha Kuerájperi o la huave Mijmeor Cang.

En realidad, las concepciones mesoamericanas de la subjetividad van más allá de una separación tajante de los polos masculino y femenino, precisamente porque los conciben como ingredientes indisociables de todo lo que existe, incluyendo lo subjetivo. Un sujeto de sexo masculino puede tener también aquí facetas femeninas, algunas de ellas fundamentales, como su carácter mortal y su vida sexual, ya que la muerte y la sexualidad son esencialmente femeninas para grupos como los nahuas. Los mismos nahuas, concibiéndose a sí mismos a través de los dioses, pueden representarse incluso a divinidades con dos géneros como Ometéotl, madre-padre de los dioses, o incluso Quetzalcóatl, ave-quetzal masculino y serpiente-cóatl femenina. De igual modo, la trama vital de muchos otomíes está entretejida con la de los nzakis, unas potencias espirituales que tienen cada una dos sexos, desdoblándose en sus manifestaciones femeninas y masculinas. En todos los casos, tenemos a seres híbridos, bisexuales, transexuales o hermafroditas, que desafían el binarismo sexual aún imperante en el conocimiento psicológico.

Además de separar de modo tajante lo masculino y lo femenino, la psicología tiende también a separar tajantemente el presente y el pasado, favoreciendo el presente a costa del pasado, viendo el pasado como algo que debe superarse para vivir en el presente. Este presentismo de la psicología es desafiado por saberes ancestrales mesoamericanos en los que se comprende perfectamente que vivir en el presente es vivir también en el pasado, que el pasado siempre está presente de algún modo, que el presente está hecho de un pasado que nunca termina de pasar. Un tseltal de Cancuc, por ejemplo, debe lidiar constantemente con entidades anímicas llamadas lab que lo habitan y constituyen internamente y que son como sedimentaciones de quinientos años de historia colonial, personificándose por ello en figuras espectrales no-indígenas como conquistadores, sacerdotes, caciques y maestros. Los tseltales nos demuestran que saben muy bien que su pasado, lejos de estar detrás de ellos, está en ellos, poseyéndolos, existiendo a través de ellos, constituyéndolos y siendo ellos, así como está delante de ellos, rodeándolos, acorralándolos, obstruyéndoles el camino y haciéndolos tropezar.

El pasado persiste no sólo de modo real en situaciones como las violencias racistas o las estructuras socioeconómicas neocoloniales, sino también simbólicamente a través de restos de nuestra historia como palabras que nos estorban el paso, nombres que nos inmovilizan al definirnos, gestos cuyo sentido nos enreda y nos atrapa o discursos que se han convertido en laberintos en los que seguimos extraviados. Estos materiales simbólicos suelen ser ignorados o subestimados por la psicología con su incurable realismo, pero no por los saberes teóricos y prácticos mesoamericanos, que le dan su lugar y su valor a los símbolos que nos engendran y nos moldean, que nos animan y nos paralizan, que organizan el mundo en que vivimos y con los que debemos lidiar a cada instante. Los símbolos pueden incluso enfermarnos, así como curarnos, lo que sabían muy bien los mayas yucatecos desde hace muchos siglos, como se pone de manifiesto en su Ritual de los Bacabes, en el que se usaban palabras para tratar las palabras, las “uayasba”, los símbolos que nos enferman y que deben descifrarse para curarnos.

Al enfrentarse a la enfermedad, el curandero del Ritual de los Bacabes habla con ella, la interpela y la interroga, tratándola como un sujeto. La subjetividad, en Mesoamérica, no es el privilegio de uno mismo, sino que es un derecho de todo ser existente, incluyendo a los demás seres humanos, pero también a seres no-humanos, ya sea animales, vegetales, minerales, espirituales o sobrenaturales. Todo tiende a subjetivarse desde el punto de vista mesoamericano, al contrario de la ciencia europea-estadounidense, donde todo tiende a objetivarse, incluso el mismo sujeto, como sucede en la psicología científica o cientificista que neutraliza la subjetividad al descomponerla en sus componentes objetivos, ya sean conductas, cogniciones, emociones o trastornos.

Mientras que el psicólogo obsesionado con la ciencia da rienda suelta a su objetivismo y ejerce todo su poder-saber de experto sobre un enfermo al que ve como un manojo mudo e ignorante de elementos objetivos observables, el curandero mesoamericano les reconoce un saber al enfermo y a su trastorno. Sabe que tienen algo que decir y por eso los escucha. Se relaciona intersubjetivamente con ellos. Los trata como sujetos, como iguales, a través de un principio igualitario de intersubjetividad que los tojolabales de Chiapas expresan con una fórmula que repiten a menudo: lajan lajan aitik, estamos parejos, somos iguales.

El igualitarismo resulta indisociable de la representación mesoamericana de todos los seres humanos y no-humanos como componentes iguales, igualmente necesarios e importantes, de una gran totalidad comunitaria. Este holismo comunitarista es diametralmente opuesto al individualismo dominante en la modernidad europea-estadounidense, el cual, no hay que olvidarlo, subyace a la idea psicológica de lo psíquico, de lo mental o cognitivo, como algo estrictamente individual. Mientras que la psicología suele concentrarse en los problemas del individuo visto como un yo, los saberes ancestrales mesoamericanos resitúan a este individuo en su comunidad y lo reconocen como lo que es: un ser esencialmente comunitario al que los mayas denominan uinic, un ser que no puede reducirse a la mónada yoica, siendo más bien una red nosótrica, un nosotros que no por casualidad es el sujeto mesoamericano por excelencia, el que no deja de insistir cuando un indígena se expresa, como en el enfático ndoo mixteco de Oaxaca o como en el repetitivo tik tseltal y tsotsil de Chiapas.

Desde luego que hay un yo en Mesoamérica, pero es un yo consciente de pertenecer al nosotros de la comunidad que lo constituye por dentro. Esta conciencia tiene dos consecuencias que pueden ilustrarse con virtudes nahuas y contraponerse a tendencias ideológicas de la psicología. La primera consecuencia de la conciencia nosótrica es lo que se expresa con el ideal nahua de tlapalewilistli, consistente en una ayuda generosa basada en el amor desinteresado y en el desprendimiento de sí mismo, todo lo cual puede oponerse al asertivismo promovido por la práctica psicológica y manifestado en formas individualistas de exitismo y hedonismo. La psicología también se inclina ideológicamente a promover un posesivismo, un afán de poseer y poseerse a sí mismo al tomar control sobre su propia vida, que podemos contraponer a lo que se expresa con el otro ideal nahua del onen tacico, del vivir por vivir, sin otro fruto ni provecho que la vida misma. 

No aferrándonos a lo que nos distrae de la vida, podemos al fin relacionarnos directamente con la vida, pero también con la muerte que habita en el seno de la vida y que intentamos recubrir con lo que nos obstinamos en poseer. La conciencia de la vida en la muerte, conciencia de la que suele carecer la psicología en su vitalismo típicamente europeo-estadounidense, resulta bastante clara en los saberes ancestrales mesoamericanos, como podemos comprobarlo en la figura simbólica de malinalli, calavera de la que brota la hierba, signo de muerte y de vida. El sujeto mesoamericano sabe que sólo en la relación con su muerte individual puede vivir de verdad, pero es también porque sabe que la verdadera vida no es la suya individual, sino la nuestra comunitaria.

Comprobamos una vez más que el sujeto mesoamericano radica no tanto en el individuo, sino más bien en las relaciones e interacciones constitutivas de la comunidad. Esto puede apreciarse en las desconcertantes almas interactivas y relacionales que son el ool maya de Yucatán y la mintsita purépecha de Michoacán. Lo que descubrimos aquí es una subjetividad nosótrica reticular que se despliega exteriormente en el tejido comunitario, contrastando así con el objeto yoico monádico de la psicología europea-estadounidense que está encerrado en el supuesto mundo interior de cada individuo. Mientras que el interiorismo psicológico se imagina una interioridad psíquica o mental que puede mueblar y llenar a su antojo, los saberes ancestrales mesoamericanos prefieren atenerse a lo que se percibe en la exterioridad práctica y material de la comunidad con sus relaciones e interacciones, con sus palabras y sus gestos, con sus luchas y sus historias.

No es que los pueblos originarios de Mesoamérica ignoren o nieguen lo psíquico, lo mental o espiritual. Es más bien que no lo separan tajantemente de lo físico, de lo corporal y material. No recluyen el psiquismo en un interior herméticamente cerrado en relación con el exterior. No caen así en el dualismo constitutivo de la psicología, el que la hace distinguir su objeto de todo lo demás, recluyéndolo en el mundo interior, aislándolo del mundo exterior, desmaterializándolo y descorporizándolo. En lugar de estas visiones dualistas, los saberes ancestrales mesoamericanos ofrecen concepciones monistas como las del itonal de los nahuas, que es un alma corpórea, materializada en el cuerpo y en los actos del sujeto.

Los pueblos originarios de Mesoamérica saben que el alma tan sólo puede separarse del cuerpo a causa de un hecho traumático, un acontecimiento patógeno, como el llamado “susto” por el que muchos indígenas continúan enfermándose hoy en día. Un sujeto debe asustarse para que en él se dividan patológicamente el cuerpo y el alma, lo físico y lo psíquico, lo material y aquello espiritual que se condensa en el objeto de la psicología europea-estadounidense globalizada en la modernidad capitalista. Notemos que tal división patológica es nuestra condición moderna de homo psychologicus.

Tal vez nuestra condición dividida nos recuerde la de aquel a quien se le arranca su corazón en los sacrificios aztecas, pero al menos el sacrificado tuvo tiempo de conocer en vida la unidad fundamental entre lo corporal y lo anímico tal como se representa simbólicamente en el mismo corazón, yóllotl, que se le arranca. Esto es algo que nosotros no tenemos derecho a conocer. A nosotros no se nos arranca el corazón al morir, al terminar de vivir, sino al comenzar a vivir, al constituirnos como los sujetos descorazonados que somos.

Digamos que el ser que somos es un ser ya sacrificado: un ser cuyo sacrificio lo hace existir. Mi convicción es que podemos considerarlo un enfermo, desde el punto de vista mesoamericano, porque ha sido y sigue siendo incesantemente asustado por la modernidad capitalista que desgarra su alma del cuerpo a través de operaciones bien estudiadas por Marx, Engels, Kollontái, Freud, Breton, Crevel, Reich, Foucault y muchos otros, entre ellas la división manual/intelectual del trabajo, la represión moral de la sexualidad, la desexualización del amor, la desmaterialización del alma burguesa, la desespiritualización del cuerpo trabajador y la enajenación de un alma convertida en instrumento de poder sobre el cuerpo. Todo esto, el susto y su resultante división dualista, es precisamente lo que está en el origen de la psicología. No habría conocimiento psicológico sin un susto que produzca su objeto al separarlo de todo lo demás y al dejarlo vagando en la maleza ideológica de la psicología.

En su actual forma, el conocimiento psicológico está condenado a ser dualista por su propia definición, así como está condenado también a ser todo lo demás que hemos dicho. Las tendencias ideológicas a las que me he referido no son errores, desviaciones u obstáculos de la psicología, sino que son su propia forma de existencia. La psicología existe ideológicamente como producto cultural histórico de una modernidad capitalista que no deja de ser originariamente europea-estadounidense por el hecho de haberse globalizado a través del colonialismo y el neocolonialismo.