Psicologización como colonización: de las comunidades mesoamericanas a los individuos psicológicos

Bautizo de Ixtlilxóchitl de Texcoco, por José Vivar y Valderrama (1752), Museo Nacional de História, Ciudad de Mexico

Conferencia magistral en el Cuarto Congreso Internacional de Investigación en Psicología, en Morelia, Michoacán, México, 31 de octubre de 2025

David Pavón-Cuéllar

Introducción

Mi conjetura es que la colonización de México y Centroamérica, desde el siglo XVI hasta hoy, ha implicado la destrucción de una esfera subjetiva no-psicológica y su remplazo por un tipo psicológico de subjetividad como el que ahora estudiamos en las Facultades de Psicología. Esta psicologización ha ido recluyendo la esfera subjetiva en una interioridad psíquica individual claramente diferenciada con respecto al cuerpo, la comunidad y la naturaleza. En lugar del sujeto indígena corporal abierto al mundo, el colonialismo europeo ha impuesto una individualidad psicológica herméticamente cerrada sobre sí misma.

Deuda ontológica

Comencemos por constatar lo obvio: los mexicanos pertenecemos a la cultura occidental. Occidente nos ha subjetivado en matrices como el idioma castellano, la religión cristiana, la perspectiva moderna, la racionalidad científica, la economía capitalista, la moral burguesa, la política liberal y la sociedad de consumo. Estas matrices nos han moldeado y engendrado como lo que somos.

Somos productos subjetivos occidentales. Hay entonces una cierta verdad en la idea tan desagradable de que nos debemos a Occidente, debiéndole nuestro ser occidental. Estamos, por así decir, ontológicamente endeudados con Occidente.

Nuestra deuda ontológica es lo más lejos a lo que han llegado los actuales defensores de la hispanidad: los más rancios de los actuales pensadores de la derecha y la ultraderecha en España e Hispanoamérica. Para ellos, pensar es enunciar algo tan evidente como que nos debemos a Occidente, a Europa, a España. Esto es todo. Ahí se acaba y se agota el pensamiento neoconservador.

Pensamiento aritmético

Es verdad que los actuales defensores de la hispanidad también saben pensar en términos aritméticos. Digamos que saben hacer cuentas. Restan lo que España nos debe a lo que le debemos y concluyen que España tiene un saldo positivo y que nuestro saldo es por ende negativo.

Los actuales defensores de la hispanidad siguen procediendo como ya lo hacía Francisco López de Gómara en el siglo XVI. En un pasaje bastante gracioso de su Historia de la Conquista de México de 1552, López de Gómara celebra efusivamente a los españoles por haberles dado a los indígenas moneda, latín y ciencias, “que valen más que cuanta plata les tomaron”. En otras palabras, lo saqueado sería poco en comparación a lo obsequiado, la moneda, una lengua muerta como el latín y las ciencias europeas del siglo XVI, como si los indígenas de México no tuvieran sus propias lenguas, sus propios saberes y sus propios medios de cambio.

Con respecto a los medios de cambio, el mismo López de Gómara admite que los pueblos originarios mesoamericanos tenían “una moneda usual y corriente”, la semilla de cacao, pero esto no le impide afirmar en el mismo renglón, contradiciéndose flagrantemente, que “no tenían moneda, teniendo mucha plata, oro y cobre, y sabiéndolo fundir y labrar”. Los indígenas de Mesoamérica, en efecto, estaban entre los mejores orfebres del mundo, pero el metal no les servía para fabricar monedas, sino para crear obras de arte. Los españoles, incapaces de apreciar estas obras, se las apropiaron para fundirlas en lingotes de oro y plata, provocando el espanto de los indígenas.

El testimonio de los mexicas en el Códice Florentino es tan esclarecedor como estremecedor: los españoles roban escudos, collares, discos, aretes y otras joyas tan sólo para “hacer una gran bola de oro y darle fuego”, destruyéndolo todo “por valioso que fuera”, pues al final toda la fina orfebrería quedó reducida a “barras”. Este relato deja claro que las barras de oro no eran lo valioso para los indígenas. Para ellos, el valor estaba en las joyas, en sus formas, en su belleza, en sus cualidades, en lo cualitativo. Por el contrario, para los españoles, el valor estaba en lo cuantitativo, en la cantidad de oro, una cantidad que podía estimarse mejor al fundir el metal y convertirlo en lingotes que podían luego pesarse, contarse, sumarse, restarse y dividirse como botín entre quienes habían participado en el robo de oro.

El pensamiento aritmético de los españoles que se robaron el oro es el mismo de su contemporáneo López de Gómara cuando restaba los metales preciosos robados a la suma de latín, ciencia y moneda. El mismo razonamiento sigue siendo utilizado, como si el tiempo no hubiera pasado, por los actuales defensores de la hispanidad, como los españoles Borja Cardelús e Iván Vélez, el argentino Cristián Rodrigo Iturralde, el colombiano Pablo Victoria y el mexicano Juan Miguel Zunzunegui. Ellos también piensan aritméticamente al calcular que España nos ha dado más que lo que nos ha quitado.

Trampas del pensamiento aritmético

El pensamiento aritmético de López Gómara y sus sucesores es tramposo por al menos tres razones. En primer lugar, lo perdido y lo ganado por los colonizados no se juzga desde la perspectiva de los colonizados, quienes son los que saben lo que perdieron y lo que ganaron, sino desde el punto de vista de los colonizadores, desde el cual, obviamente, hay más valor en lo propio que en lo otro, en lo comprensible que en lo incomprensible, en lo que se aporta porque se considera valioso que en lo que se destruye porque no se valora ni se dispone del conocimiento necesario para valorarlo. Es por esto que López de Gómara ni siquiera considera las monedas, las lenguas y los medios de cambio indígenas, razonando como si no existieran, cuando afirma que los españoles dieron ciencia, latín y moneda a los indígenas.

La segunda trampa del cálculo aritmético de los hispanistas radica en que no es lo mismo compartir que despojar. No es lo mismo, en otras palabras, dar algo que no se pierde cuando se da, como la ciencia o el latín, que robar algo que es perdido por aquel a quien se le roba, como el oro y la orfebrería que se funde en lingotes y que vale como representación metafórica de la rica y refinada cultura de los pueblos originarios mesoamericanos. Estos pueblos se quedaron sin una gran parte de su riqueza de oro, lenguas y saberes, mientras que los españoles conservaron su latín, su ciencia y su moneda.

La tercera de las razones por las que el cálculo aritmético resulta engañoso y tramposo es que está cuantificando algo incuantificable como las cualidades técnicas y estéticas de la orfebrería, pero también todo lo demás constitutivo de las culturas indígenas prehispánicas. Los saberes ancestrales y lenguas originarias que se han perdido con la conquista y la colonización de América tendrían que neutralizar cualquier cálculo porque una lengua o una cultura es ella misma un universo, una totalidad, incluyendo en ella todo lo que hay. Podemos calcular al interior de un saber, de una lengua o de una cultura, pero no podemos calcular culturas, lenguas y saberes, pues cada cultura, lengua o saber es un universo que abarca todos los elementos objetivables y calculables en su propia lógica.

Lo incuantificable e incalculable

Lo incalculable de los universos que perdimos en tierras mesoamericanas hace que la deuda contraída por los españoles, por ellos y no por nosotros, sea sencillamente impagable. Sin embargo, lo impagable está igualmente en lo incalculable que recibimos de España, especialmente su lengua y su cultura. Es a estos incalculables a los que se refiere Pablo Neruda cuando recuerda la colonización, evoca todo lo que los españoles nos quitaron, se concentra en el idioma castellano que nos dieron y subvierte poéticamente la prosa del cálculo aritmético al escribir: “Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”. Las palabras castellanas, el oro que nos dejaron, son el todo que ganamos al perder todo lo que perdimos.

Las palabras son la totalidad y no elementos contables de la totalidad. No pueden objetivarse ni calcularse porque son aquello mismo con lo que objetivamos y calculamos lo que nos rodea. Son aquello mismo con lo que pensamos y por ello no pueden pensarse aritméticamente.

Escapando a cualquier aritmética, las palabras son también aquello en lo que vivimos y con lo que vivimos. Las habitamos, las respiramos y las encarnamos. Nos constituyen y constituyen el universo para nosotros. Es por esto que estamos aquí ante algo cualitativo incuantificable e incalculable. Sobre decir que este aspecto incuantificable e incalculable no es monopolio de las palabras castellanas, sino que es propio de todas las palabras, entre ellas las palabras indígenas que se perdieron en el continente americano.

La conquista y la colonización de América no es entonces algo que pueda pensarse aritméticamente para saber si el saldo fue positivo o negativo. Digamos que el resultado fue peor que negativo, no pudiendo ni siquiera calcularse, lo cual, más que tranquilizar, debería inquietar a los defensores de la hispanidad. Sabemos que no los inquietará, pues han demostrado que su mente de contadores no les permite pensar, como lo hace Neruda, en ganancias y pérdidas incuantificables e incalculables, referidas a totalidades o universos.

Cálculo de universos

Lo triste es que el pensamiento poético de lo incuantificable y lo incalculable nos hace disculpar de algún modo a conquistadores y colonizadores a los que no podemos culpar de algo que ni siquiera conseguimos contar y calcular. Alguien podría irritarse y objetar con mucha razón que sí podemos contar y calcular cuántos idiomas debieron perderse para ganar el castellano, cuántas culturas indígenas debieron perderse para ganar la europea, cuántos universos debieron desaparecer para que el universo occidental se extendiera en tierras mesoamericanas. Haciendo este cálculo, podríamos concluir fácilmente que hemos perdido más de lo que ganamos, que se nos ha quitado más que lo que se nos ha dado, que somos los acreedores y no los deudores de España.

El cálculo es impecable, pero problemático por dos razones estrechamente vinculadas entre sí. La primera estriba en la enunciación, en la posición enunciadora de quien calcula, el mestizo mexicano y centroamericano, pensando el mestizaje cultural como una condición de todos o casi todos en México y Centroamérica, incluso la mayoría de los indígenas, pues ellos también fueron evangelizados, europeizados, aculturizados. El mestizo calcula y concluye que los colonizadores europeos están en deuda con los indígenas mesoamericanos porque les impusieron un universo, uno solo, a cambio de todos los universos que destruyeron. El cálculo y su resultado son correctos, pero es un cálculo de universos y estamos implicados en él, en los universos implicados, y ni siquiera sabemos de qué forma, sino como deudores o acreedores.

Para empezar, no queda claro dónde están los acreedores y los deudores. Sabemos dónde estaban en el siglo XVI, pero… ¿ahora dónde están? ¿Quiénes son? Una parte de la respuesta es clara y sencilla. Los acreedores son los indígenas, mientras que los deudores son, por un lado, las élites europeas y latinoamericanas, blancas o blanqueadas, que han sido beneficiarias indirectas de la colonización y de su eternización a través de la colonialidad y el neocolonialismo, así como también, por otro lado, quienes han heredado la deuda histórica porque se identifican simbólicamente con las identidades endeudadas, las imperiales europea y española.

El problema es que, al menos en cierto grado, los deudores no son únicamente aquellos a los que acabo de identificar, sino todos los mestizos, en la medida en que somos también españoles y europeos, herederos y beneficiarios del colonialismo. Desde luego que también somos indígenas y por ello víctimas, lo que plantea un desgarramiento interno entre nosotros como víctimas y como beneficiarios, como acreedores y como deudores. Considerando esto, quizás en lugar de perder el tiempo solicitando a España que pida perdón y que pague su deuda impagable con Hispanoamérica, sería mejor pedirnos esto a nosotros mismos y actuar en consecuencia, resarciéndonos, buscando la manera de pagar al menos una parte de la deuda que tenemos como hispanoamericanos con lo indígena que habita dentro de nosotros.

Nuestro desgarramiento interno, como seres mestizos que somos, nos conduce al segundo problema del cálculo de la deuda. Cuando calculamos la deuda, ¿qué parte de nosotros está calculándola? ¿No será precisamente la parte europea? Es por esto que procederíamos como López de Gómara y como los contadores hispanistas a los que acabamos de criticar. Ellos hacen un cálculo bastante simple y concluyen que lo que debemos es más que lo que se nos debe. Nosotros hacemos otro cálculo más complicado, un cálculo de universos, y entonces concluimos que se nos debe más que lo que debemos. Sin embargo, al hacer estos cálculos y al discutir entre nosotros, quizás estemos simplemente haciendo cosas de blancos, de europeos, de españoles, de tenderos y contadores.

Cuantificación de lo incuantificable

Muchas culturas han tenido aritmética. Muchas han calculado lo calculable. Muchas han cuantificado lo cuantificable, pero la cuantificación de lo incuantificable es una pasión específicamente moderna occidental que está en el fundamento del capitalismo y que vemos triunfar a través de los métodos cuantitativos en psicología y en otras ciencias humanas y sociales.

A veces los métodos cuantitativos funcionan bien, como cuando cuantifican lo cuantificable, pero otras veces operan exactamente como los colonizadores españoles que hacían una bola con la complejidad cualitativa de toda la rica orfebrería indígena y la convertían en aburridos lingotes de oro que podían pesar, contar y calcular. Esta cuantificación y resultante destrucción de lo incuantificable es la misma que encontramos en un Manuscrito de Tlatelolco de 1528 en el que los indígenas manifiestan su desconcierto ante los conquistadores españoles que “ponían precio” al joven, al sacerdote, al niño y a la doncella. Cada individuo adquiere un valor cuantitativo, un valor de cambio, el de su precio, pero esto exige deshacer el tejido comunitario como se deshacía la rica orfebrería de los aztecas.

La cultura plasmada en la filigrana indígena se desarticuló y se redujo a lingotes cuantificables, así como las complejas comunidades nahuas se desintegraron y se redujeron a individuos que podían contarse y tener precio. Esta cuantificación de los individuos, correlativa de la desintegración de las comunidades incuantificables, es indisociable de la cuantificación de lingotes y de monedas acuñadas a partir de los lingotes. El naciente cálculo capitalista del siglo XVI, como el de ahora, no es tan sólo de cosas, sino también de personas.

El sistema capitalista está calculando con personas cuando las piensa de modo aritmético a través de su precio, los costos y beneficios que representan para el sistema, sus capacidades y sus incapacidades, sus competencias y sus deficiencias. Toda esta contabilización de la persona humana presupone su individualización y pulverización en unidades cuantificables y calculables. El resultado es el individuo como forma suprema de la subjetividad en la modernidad occidental.

Objetivación

En realidad, más que un sujeto, el individuo es un objeto, ya que no puede realizar individualmente sus facultades subjetivas. Estas facultades incluyen una conciencia, una autoconciencia, una voluntad y una capacidad de cognición, reflexión, decisión, acción y transformación que sólo se desempeñan plenamente de modo colectivo, a través de lo que nos comunicamos, nos transferimos, nos enseñamos, nos revelamos entre nosotros, así como también mediante nuestros esfuerzos coordinados. Necesitamos pensar y actuar colectivamente como nosotros para hacer existir nuestra subjetividad humana.

Ser sujetos y ejercer así nuestra humanidad nos exige unirnos, ser nosotros y no sólo yo, como ya lo notaba Ludwig Feuerbach desde hace doscientos años. En realidad, como lo precisaba Karl Marx al criticar a Feuerbach, no se trata sólo de sumarnos, integrarnos, unirnos, sino de relacionarnos, anudarnos e incluso contradecirnos entre nosotros, pues tan sólo relacionalmente podemos llegar a ser humanos al realizar nuestra subjetividad. Esta subjetividad y la humanidad correlativa con demasiado complejas como para poder existir individualmente.

Cuando los colonizadores españoles recluyen a cada colonizado en su individualidad, le están arrebatando no solamente la fuerza de su comunidad que le habría permitido resistir contra el colonialismo. Le están arrebatando también el fundamento de esta resistencia en la realidad comunitaria de su propia subjetividad y humanidad. Es así como los indígenas pueden reducirse a la condición de objetos deshumanizados, objetos dominados y explotados, objetos del aparato colonial de dominación y explotación con el que se abre paso el sistema capitalista.

Con el tiempo, los objetos del colonialismo pasan a ser objetos del capitalismo. Se convierten igualmente en objetos de la psicología como ciencia objetiva y profesión objetivadora. Estos objetos somos cada uno de nosotros en la medida en que nos mantenemos recluidos en la esfera individual en la que nos recluyen las prácticas y teorías psicológicas, así como los demás dispositivos tecnológicos e ideológicos del sistema capitalista.

Psicologización

Es verdad que el capitalismo sólo dificulta, pero no impide que ejerzamos nuestra subjetividad al participar en actividades colectivas de índole social, cultural o político. Sin embargo, a medida que el sistema capitalista va subsumiendo nuestras existencias, las actividades verdaderamente colectivas se vuelven cada vez más raras y cada uno de nosotros se encuentra cada vez más confinado a la esfera psicológica individual. Cada sujeto es cada vez menos él mismo, cada vez menos lo inaccesible e incognoscible que somos como sujetos, y cada vez más todos los objetos de la psicología con los que se llena su vacío constitutivo: su mente, sus emociones, sus operaciones cognitivas o sus rasgos de personalidad.

El sujeto abierto de la historia, el de la sociedad, la cultura y la política, va cediendo su lugar a la cerrazón hermética de una mónada objetiva psicológica individual. Hay aquí una progresiva individualización y psicologización de la subjetividad que significa también su desocialización, desculturización y despolitización, así como su neutralización, pues hay que insistir en que la subjetividad sólo existe como tal de modo colectivo, social, cultural y político. Digamos que la mónada psicológica individual es demasiado estrecha como para contener la esfera subjetiva.

La subjetividad se esfuma al psicologizarse. Esta psicologización es una de las múltiples manifestaciones de la progresiva subsunción real de nuestras existencias en el capitalismo. Convertirnos en engranes del sistema capitalista supone también psicologizarnos de tal modo que nuestras funciones psicológicas puedan funcionar en el sistema.

La psicologización de la subjetividad tiene una larga historia que precede al capitalismo y cuyos orígenes en el mundo occidental pueden rastrearse al remontarse hasta el mundo antiguo grecorromano y medieval judeocristiano. En la confluencia entre los afluentes del judaísmo y de Grecia y Roma, el cristianismo está ya individualizando y psicologizando al sujeto al que no sólo separa de su comunidad para volverlo responsable de sus acciones virtuosas o pecaminosas, de su penitencia y de su condena, sino que lo sume dentro de sí mismo en su examen de conciencia en el que observa y juzga sus sentimientos, sus intenciones y su arrepentimiento. Luego esta psicología cristiana desembarcó en tierras mesoamericanas con los conquistadores, los colonizadores y especialmente los evangelizadores. Fueron ellos quienes comenzaron una labor de psicologización de la subjetividad indígena que formó parte de la obra de evangelización, colonización y europeización.

Enfermarse de psicología

Los indígenas mesoamericanos prehispánicos necesitaban ser psicologizados porque no eran seres psicológicos. Esto no quiere decir exactamente que estuvieran desprovistos de algo así como lo que ahora denominamos “psiquismo”. Algo equivalente al mundo psíquico estaba ahí, pero no se trataba ni de algo individualizable, aislable y separable con respecto a la comunidad, ni tampoco de algo objetivable, reductible a un saber pretendidamente objetivo como el psicológico.

No había psicología en la Mesoamérica prehispánica. Lo que ahí había era una constelación de saberes ancestrales, incluyendo concepciones de la subjetividad a las que dediqué un libro que publiqué recientemente. Como intenté demostrarlo en mi libro, esas concepciones mesoamericanas eran elaboradas, penetrantes, esclarecedoras, fascinantes, mucho más conscientes y respetuosas de la complejidad humana que nuestra psicología, pero no eran concepciones psicológicas.

La psicología no es algo que se haya desarrollado en todas las culturas del mundo y en todas las épocas de la historia. Digamos que no todos los pueblos han enloquecido hasta el punto de pensar la subjetividad en términos psicológicos. La psicología, como bien lo reconoció el filósofo Theodor Adorno, conforman un cuadro patológico particular propio de la modernidad occidental. Esta patología psicológica no existía en el continente americano como tampoco existían otras enfermedades tales como la viruela, el sarampión, el tifus y la peste bubónica.

Entre los males que desembarcaron con los españoles y que infectaron a la población americana, está entonces la psicología que estudian los psicólogos y que ahora nos conforma como seres psicológicos. Esta psicología, tal como se manifestaba en los primeros conquistadores y colonizadores, tal vez les recordara a los indígenas ciertas formas de enfermedad mental que ya conocían. Estoy pensando particularmente en aquellas locuras, identificadas como tales en las culturas mesoamericanas prehispánicas, en las que todo sucedía como en la psicología que estudiamos y escenificamos: el alma se desprendía patológicamente del cuerpo, de la comunidad y del mundo, y quedaba encerrada en el individuo, poseyéndolo como una entidad ajena e incontrolable, haciendo que el individuo mismo se divorciara de su entorno mundano y comunitario.

Un ejemplo del enfermo al que me estoy refiriendo es aquel al que los aztecas y los demás nahuas describían como xolopitli. Este loco se caracterizaba, según el Códice Florentino, por ser “desatento, indócil, malcriado, indiscreto y desconsiderado”. Su nombre, xolopitli, alude a Xólotl, el dios egoísta que se negó a morir, a sacrificarse para que lo demás viviera, prefiriendo aferrarse a su individualidad y convertirse en lo que no era, en un pie de maíz, para engañar a quienes lo perseguían, para escapar de ellos, para huir de los demás, para huir de sí mismo, de su propia subjetividad comunitaria.

El dios Xólotl y el xolopitli son como cualquiera de nosotros colonizados, como los colonizadores que llegaron a tierras mesoamericanas, como los hombres occidentales modernos, como los mezquinos ejemplares del homo psychologicus. Nuestro ser psicológico es como el dios Xólotl y el xolopitli: es un ser que huye de sí mismo al desprenderse patológicamente de la comunidad y del mundo para encerrarse en su interioridad individual, ahí donde puede ser el objeto de la psicología, un objeto que no es ya el sujeto, un objeto comparable a un pie de maíz. Este ser que somos, este ser psicológico en el que nos hemos convertido, es tan desatento, indócil y desconsiderado como lo caracteriza el Códice Florentino y como los españoles nos enseñaron a ser al colonizarnos, al extraernos de nuestra subjetividad comunitaria y al psicologizarnos, al enfermarnos de psicología.

Totalidad comunitaria

Antes de haber sido psicologizados, los indígenas mesoamericanos tenían una subjetividad comunitaria intacta, no carcomida por la psicología, no objetivada ni recluida en la individualidad. Conviene reiterar que el carácter no psicológico de esta subjetividad no implicaba una ausencia de psiquismo en ella. Desde luego que hay aquí una esfera psíquica, pero se trata de una esfera situada no en una interioridad individual herméticamente cerrada sobre sí misma, sino en un tejido transindividual tan interior como exterior, tan íntimo como comunitario.

Era la comunidad la que reinaba en la subjetividad mesoamericana prehispánica. Esto no significa tampoco exactamente que el sujeto careciera de individualidad, pero su individualidad era una expresión y un eslabón de aquello que la trascendía. El individuo prehispánico se reconocía humildemente a sí mismo como algo perteneciente y subordinado al tejido comunitario en el que se constituía.

La subordinación indígena mesoamericana de la individualidad a la comunidad puede apreciarse en los huehuetlatolli, dichos de los antiguos, que Fray Bernardino de Sahagún recuperó en el siglo XVI. Tenemos aquí, por ejemplo, a un padre nahua que les enseña a sus hijos: “respetad a todos, tened acatamiento a todos, no os atreváis a nadie, por ninguna cosa afrentéis a ninguno” y “humillaos a todos”. El todos, la totalidad comunitaria, se impone sobre cada uno en su individualidad, cada uno debiendo acatar a todos.

Cada individuo, como enseña otro de los huehuetlatolli, debe “abajarse hasta la tierra” y “tenerse como nada”. La individualidad no es nada, pues no es más que una individualización del todo comunitario. Esto puede ilustrarse a través de una de las manifestaciones de lo anímico entre los nahuas, el teyolia, que estaba en el corazón de cada uno, pero que era la punta de una rama de un árbol que incluía todo lo que existe. El tronco de lo existente se dividía en ramas correspondientes a especies vegetales y animales. Una de esas ramas, la de la especie humana, se dividía en pueblos, comunidades, barrios, familias y así hasta llegar a la punta de cada rama en el alma de cada individuo. Esta alma individual, como dice López Austin, “guardaba toda la ramificación jerárquica de la identidad”. El individuo, en el fondo insondable de su corazón, era también su familia, su comunidad, su grupo étnico, la humanidad, la vida y la existencia del universo en su conjunto. La totalidad era la que se individualizaba en el individuo, en su corazón que estaba conectado internamente con todo lo demás, pues todo era el árbol del universo.

Nos precipitamos en el abismo del universo cuando intentamos profundizar en el teyolia. El saber de esta entidad anímica nos conduce a las esferas familiar, comunitaria, humana, espiritual, animal, vegetal e incluso mineral, no teniendo nada que ver con el estrecho conocimiento psicológico. Mientras que la psicología escudriña su objeto en el individuo, los nahuas descubren la vida psíquica en el conjunto de lo que existe.

Almas

La naturaleza, la cultura y la comunidad confluyen en la subjetividad humana tal como es concebida por los nahuas y por otros indígenas mesoamericanos. Estos indígenas comprenden que un individuo no es más que la individualización de su mundo. Hay aquí una evidencia invisible para los psicólogos que no dejan de escudriñar su objeto individual.

Mientras que el objeto de la psicología es una dudosa proyección interior ideológica del mundo exterior, el teyolia corresponde al conocimiento de la individualización de ese mundo exterior. De hecho, por más que se individualice, el teyolia no deja de aparecer bajo una forma colectiva y comunitaria, como podemos constatarlo en otros huehuetlatolli, aquellos recogidos por Fray Andrés de Olmos hacia 1535. Aquí el teyolia aparece como “alma de la gente, como “nuestra alma” compartida, “toyolia”, que se distingue de “nuestras ánimas” individuales, “tanimas”. Para las almas individuales, Olmos utiliza el término latín “ánima”, pero para el alma comunitaria, necesita el concepto nahua de “teyolia”, pues no hay nada ni en el latín ni en el español que permita concebir algo como el teyolia.

El teyolia resulta no sólo intraducible, sino incomprensible. Es también algo inquietante, incluso aterrador para los europeos, quienes parecen percatarse de que aquí hay algo comunitario imposible de subyugar, de colonizar, y que siempre amenazará el proyecto colonial. Es quizás por esto que Olmos asocia el teyolia con la maldad y lo infernal, prefiriendo el ánima para hablar del alma virtuosa que merecerá la vida eterna: el alma, como “ánima”, recibe a Jesucristo en el bautizo, mientras que el “alma de la gente”, como “teyolia”, es la que se pierde bajo la influencia del “maligno”, el “hombre tecolote”.

Entendemos que Olmos no vea con buenos ojos al teyolia, ya que se trata de algo que no ha sido colonizado, que resiste a la colonización, que podría incluso revertirla. Quizás Olmos también presienta que el teyolia, como nombre de la subjetividad comunitaria, tiene una peligrosa potencia colectiva de la que está desprovista el ánima recluida en la impotente individualidad. Olmos también parece comprender que el ente comunitario indígena del teyolia es refractario a la evangelización, a la cristianización que requiere ánimas, almas individualizadas, pues tan sólo ellas pueden pecar o ser virtuosas, hacer examen de conciencia y penitencia, ir al cielo o al infierno.

Cristianismo y psicología

El cristianismo necesita extraer a los indígenas de su comunidad y arrebatarles su potencia comunitaria. Cristianizarlos exige arrancarles su teyolia, enfermarlos de falta de teyolia, convirtiéndolos así en algo como el xolopitli al que me referí antes. Esta especie de xolopitli que prolifera tras la colonización de Mesoamérica es el ser cristianizado y no sólo el ser despolitizado, aislado, psicologizado.

Aquí hay que entender que la psicología y el cristianismo resultan indisociables entre sí. No son dos enfermedades, sino dos expresiones de una misma enfermedad moderna occidental. En esta enfermedad se pierde la subjetividad comunitaria y sólo quedan mónadas, átomos, objetos individuales tratables, dominables, disciplinables, manipulables y controlables tanto por teólogos y sacerdotes como por psicólogos y psicoterapeutas.

La psicología es heredera del cristianismo. Siendo evangelizados, los indígenas mesoamericanos fueron también psicologizados. Se volvieron así tan receptivos a la psicología como lo son en la actualidad.

Nuestra subjetividad psicológica es una consecuencia y una continuación de nuestra subjetividad colonizada y evangelizada. Sin la colonización y evangelización de Mesoamérica, no habría aquí ahora ni tanta demanda y tanta oferta de psicólogos, ni tantas facultades y centros de enseñanza de psicología, ni tantos eventos, vídeos, libros y revistas de contenido psicológico. Tampoco habría esa propensión general a psicologizar la cultura, la sociedad y la política. Todo esto se lo debemos a la colonización y la evangelización.

El vínculo esencial del colonialismo y el cristianismo con la idea psicológica de la subjetividad puede ilustrarse con un hecho que siempre me ha parecido revelador. En 1540, en el Colegio de Tiripetío de Michoacán, se impartió lo que parece haber sido el primer curso de filosofía de América. Fue impartido por Fray Alonso de la Veracruz para misioneros, para evangelizadores, y para miembros de la nobleza indígena, entre ellos su alteza don Antonio Huitziméngari Mendoza y Calzonzin, el hijo del último rey purépecha.

Tanto para los indígenas como para los evangelizadores, el curso de Fray Alonso de la Veracruz tenía un claro propósito evangelizador, y significativamente le dio un lugar especialmente importante a la psicología, a la doctrina aristotélica del alma. Podemos leer el curso hoy en día y constatar cómo Veracruz, incluso distanciándose del monismo y realismo de Aristóteles, insiste en la noción dualista e individualista de un alma, un ánima, que “no es un cuerpo”, distinguiéndose dualistamente del cuerpo, pero que “se mueve localmente con el propio movimiento del cuerpo”, ya que, de modo individualista, se ubica “toda íntegra” en el cuerpo individual y en cada una de sus partes. Esta alma europea cristiana individualizada y descorporizada, extraída tanto de la comunidad como del cuerpo y del mundo, corresponde tanto al ánima promovida por Fray Andrés de Olmos como al objeto de la psicología que estudiamos hoy en día.

Seguimos enseñando en Michoacán, en México y en Centroamérica la misma concepción dualista e individualista del psiquismo que Alonso de la Veracruz enseñaba aquí mismo, hace casi quinientos años, para evangelizar y colonizar a los indígenas. Hay algo de la evangelización y la colonización que no ha terminado y que se continúa en los actuales estudios universitarios de psicología. El saber psicológico en México y Centroamérica en 2025 no deja de ser un saber colonial del ánima cristiana y europea de Fray Andrés de Olmos de 1535 y de Fray Alonso de la Veracruz de 1540, en lugar de ser un saber del teyolia nahua o de la mintsita y la tsipekua purépechas que Erandi Medina Huerta nos ha recordado a los psicólogos.

Conclusión

Es claro que los psicólogos mexicanos y centroamericanos hemos perdido tanto la tsipekua y la mintsita como el teyolia y muchas otras concepciones fascinantes del psiquismo, Hemos perdido todo esto para ganar el ánima cristiana europea y sus expresiones científicas o pseudocientíficas, tales como el psiquismo, la conciencia y la mente o la vida mental. Cabe preguntarse ahora si hemos ganado más de lo que hemos perdido o si hemos perdido más de lo que hemos ganado.

Seguramente el saldo será positivo para los creyentes, para quienes creen incondicionalmente en el cristianismo y la psicología, especialmente la psicología pretendidamente objetiva, científica y basada en la evidencia. Estos adeptos al psicologismo, el cientificismo y el cristianismo estarán de acuerdo con los adeptos al hispanismo, los defensores de la hispanidad a los que me referí en un principio. Unos y otros valorarán la colonización y la evangelización por habernos dado la fe en la religión cristiana y las ciencias a las que ya se refería Francisco López de Gómara en el siglo XVI.

A diferencia de los hispanistas y cientificistas, están quienes piensan que hay un saldo negativo en sólo estudiar el psiquismo europeo en lugar de las múltiples configuraciones anímicas indígenas mesoamericanas aún preservadas a través de ciertas comunidades indígenas. La sustitución de esas configuraciones comunitarias por los objetos de la psicología es comparable a la reducción de la orfebrería indígena a las barras de oro y plata de los españoles. Estas barras son tan simples, tediosas y reiterativas como los procesos mentales descorporizados, individualizados y objetivados por la psicología.

Una de las principales ventajas de los procesos mentales individuales estudiados por los psicólogos es que pueden cuantificarse, contarse y calcularse como los lingotes robados por los españoles. Es por esta ventaja, entre otras, que se han preferido los lingotes y los procesos mentales individuales en lugar de la orfebrería indígena y de las ricas, elaboradas y complejas configuraciones mesoamericanas comunitarias de la esfera psíquica. Lo indígena mesoamericano resistía y sigue resistiendo contra la cuantificación que permite asimilarlo todo a la contabilidad capitalista.

Mi posición anticapitalista me hace repudiar la cuantificación de lo incuantificable que reina en la economía capitalista y en su psicología burguesa. Repudiando estos cálculos mezquinos de tenderos occidentales, no me permitiré calcular si perdimos o ganamos con la colonización y la psicologización de la subjetividad. No requiero de ningún cálculo para deplorar el colonialismo y la psicología. 

Raza y racismo del capital: una breve reflexión en clave marxista y lacaniana

Foto: Viktor Forgacs / Unsplash

Artículo publicado el 19 de junio de 2025 en la revista La Tizza de Cuba y elaborado a partir de una intervención del 9 de mayo del mismo año en las Jornadas Autoconvocadas «El psicoanálisis en los márgenes«, en Córdoba, Argentina

David Pavón-Cuéllar

Determinación racial en Marx

La tradición marxista nos ha enseñado a concebir la raza como algo ideológicamente producido por un proceso de racialización que suele ser de índole racista. Como producto ideológico del racismo, la raza es generalmente cuestionada por el marxismo, a través de una crítica de la ideología, con el propósito de revelar su verdad, la verdad subyacente a la ideología racista. Esa verdad, para Marx y quienes lo siguen, ha radicado a menudo en la clase, lo que no quiere decir que la raza, en relación con la clase, deba ser vista como una suerte de epifenómeno, como una cuestión superflua o secundaria, derivada y determinada, no determinante.

Reconociendo la importancia de la determinación racial, Marx ya notaba en El capital cómo «el trabajo de los blancos no puede emanciparse ahí donde esté esclavizado el trabajo de los negros».[1] La convicción de Marx es que la opresión de una raza favorece e incluso posibilita la explotación de clase. En otras palabras, el clasismo se reproduce con el apoyo del racismo.

Las divisiones raciales, como las nacionales y culturales, funcionan para Marx como recursos ideológicos útiles e incluso a veces necesarios para proteger y así perpetuar la división de clases y el sistema capitalista. Como tales, tienen un carácter determinante. De ahí que un «antagonismo» como el que había entre irlandeses e ingleses en el siglo XIX «se alimentara artificialmente y se estimulara con la prensa, los sermones, las revistas humorísticas, en suma, con todos los medios de los que disponían las clases dominantes», las cuales comprendían que dicho antagonismo «era el secreto de la impotencia de la clase obrera inglesa».[2] La clase explotada se debilitaba y subyugaba eficazmente al ser dividida por un antagonismo racial-nacional de naturaleza ideológica.

Raza y racismo en la tradición marxista

El marxismo ha reconocido el carácter determinante del racismo. Ese reconocimiento, empero, no ha llevado a soslayar la determinación económica de clase. Por ejemplo, en su famoso libro Los jacobinos negros, Cyril Lionel Robert James tiene claro que «la cuestión racial es subsidiaria de la cuestión clasista», pero no por ello deja de advertir que la consideración del «factor racial como algo meramente incidental no es un error menos grave que entenderlo como fundamental».[3] Aunque no sea el fundamento del sistema, la raza juega un papel decisivo en él, como bien lo demuestra James en la relación entre blancos y negros en Haití.

Incluso los marxistas más economicistas, los más propensos a reducir o subordinar la cuestión racial a la de clase, han reconocido la importancia del mecanismo ideológico racial. Es con este mecanismo con el que se «racionaliza» la opresión y explotación de los negros para Oliver Cromwell Cox[4] y luego para Walter Rodney.[5] Es también con el mecanismo ideológico racial con el que se «legitima» la misma explotación de los negros y se «compensa» a los explotados blancos para Michael Reich.[6] El racismo sirve finalmente para «dividir» a los explotados y «justificar» su explotación en diversos autores marxistas como Howard Sherman[7] y Alex Callinicos.[8]

A medida que nos alejamos del economicismo, el racismo va tornándose cada vez más determinante. El marxista peruano José Carlos Mariátegui ya observaba cómo las jerarquías raciales coloniales determinaban las posiciones de clase en la sociedad latinoamericana poscolonial, determinándolas estructuralmente a través de la materialidad histórica de la propiedad de la tierra.[9] Esa determinación material y estructural por la raza reaparecerá en la órbita del marxismo estadounidense: primero en Robert Blauner, quien demuestra cómo la formación racial ha organizado la división de clases en los Estados Unidos, haciendo que los sujetos de color sean oprimidos como colonizados por el mismo proceso por el que son explotados como trabajadores,[10] y luego en Cédric Robinson, quien argumenta que aquello que él llama «racialismo» es una «fuerza material» que estructura el capitalismo, el cual, por ende, sería siempre un «capitalismo racial».[11] De modo análogo, en Álvaro García Linera, el racismo sirve no sólo para «etnificar» la explotación capitalista y para naturalizar «condiciones socioeconómicas de exclusión y dominación» en la región andina, sino para «construir objetivamente» esas condiciones materiales, creando su “«base estructural».[12] Tanto en García Linera como en Robinson, Blauner y Mariátegui, la cuestión racial está situada en el nivel determinante de la estructura y de su materialidad.

Que la raza y el racismo operen como factores materiales y estructurales determinantes en los autores mencionados no supone, a mi juicio, que se trate de factores ajenos o exteriores a la esfera ideológica. Lo que aquí se está demostrando es más bien que las ideologías raciales y racistas, como cualesquiera otras, poseen aquello que Louis Althusser habría descrito como un «índice de eficacia» estructural por el que pueden sobredeterminar materialmente cada cosa que ocurre en la estructura, incluso las relaciones de clases.[13] Esa eficacia podría explicarse por una suerte de fetichización por la cual el efecto fetichizado puede tornarse causa incluso de su propia causa.

Racismo determinante y determinado, básico y derivado, infraestructural y superestructural

La eficacia estructural de la raza es confirmada por Frantz Fanon cuando se refiere a la situación colonial en la que «uno es rico porque es blanco, así como uno es blanco porque es rico».[14] Lo que hay aquí es una sobredeterminación recíproca entre las posiciones económica de clase e ideológica racial. En los términos de Fanon, «la infraestructura es igualmente una superestructura».[15] Por eso podemos concluir, siempre con Fanon, que «los análisis marxistas deben distenderse ligeramente» ante la situación colonial.[16] En realidad, más que distenderse, deben dialectizarse e historizarse, con lo que serán auténticamente marxistas, pues el análisis marxista es necesariamente dialéctico e histórico.

Historizar el análisis marxista de la raza es remontarse del producto racial a su producción ideológica en la historia, del estado final de la raza al proceso de racialización, pero es también reconocer, como lo hace Stuart Hall, que la raza y el racismo son prácticas sociales concretas que sólo pueden entenderse en coyunturas históricas específicas.[17] Es lo mismo que reconocen Michael Omi y Howard Winant, quienes observan cómo las significaciones raciales cambian constantemente en la historia, siempre determinadas por fuerzas sociales, económicas y políticas[18]. Las significaciones resultantes son entonces determinadas, pero también determinantes de las mismas fuerzas, indirectamente sobredeterminantes por delegación o representación.

Es por la sobredeterminación racial por la que nuestro análisis, además de historizado, tiene que ser dialectizado. Un análisis dialéctico inspirado por Althusser, con su tan incomprendida sensibilidad marxista y psicoanalítica, reconocerá que la raza fetichizada puede ser tan sobredeterminante como determinada, tan infraestructural como superestructural. Es por esto que la raza, gracias a su fetichización, puede ser tanto una condición ideológica estructurante de la clase como una ideología mistificadora que tiene su verdad en la clase.  

Con todo, por más que se dialectice, un análisis auténticamente marxista no puede ser él mismo racista al aceptar la raza como una realidad originaria, biológica, natural, perceptible, material y objetiva. La raza es todo lo contrario: es el producto ideológico de un proceso de racialización; un producto cambiante y contingente, artificial y engañoso, que tiene su verdad en otra escena y que por ello debe ser interpretado, así como criticado por quienes adoptamos una perspectiva marxista. Para nosotros, la raza debe ser objeto de una crítica de la ideología, tanto cuando procede como un mecanismo que ideológicamente protege, legitima, justifica, naturaliza y racionaliza la explotación de clase, como cuando interviene como una dimensión colonial ideológica determinante, organizadora y estructurante del capitalismo.

Raza y racismo como ideología

La raza es entonces algo criticable para nosotros los marxistas. De hecho, para muchos de nosotros, ni siquiera sería correcto decir que existe la «raza». La palabra no designaría nada en la realidad; carecería de referentes reales, apuntando a un significado ideológico producido por un discurso racista que rige un proceso histórico de racialización. 

Es verdad que el racismo parece referirse a diferencias raciales ya existentes, pero esas diferencias no significan prácticamente nada por sí mismas. ¿Qué podría significar tener tez más oscura, nariz más chata, labios más gruesos o cabello más rizado? Alguien dirá que esas diferencias tienen significados biológicos evolutivos, pero esto no es lo que significan, sino lo que las causa y lo que son, rastros del ambiente en lo que son, marcas de su adaptación a un ambiente que deja huellas que suscitan diferencias.

Diferenciarse racialmente no significa nada más allá de las propias diferencias raciales con sus marcas biológicas perceptibles. En lo que se percibe, no hay más que aquello que se percibe: las diferencias físicas opacas y enigmáticas, tal vez perceptibles, mas no inteligibles. Estas diferencias no son significativas en la realidad, fuera de su interpretación ideológica racista, más allá del significado que se les asigna.

Existencia retroactiva de la raza

Las diferencias raciales no tienen otro significado que el asignado por la ideología racista. Sin embargo, una vez que reciben este significado, las diferencias raciales tienen efectos reales, en cuanto permiten racionalizar, legitimar, justificar, proteger y sostener ciertas relaciones de clase, como en Marx, Cox, Rodney, Reich, Sherman y Callinicos, o bien determinar y estructurar el sistema capitalista, como en Robinson, Blauner, Mariátegui y García Linera. Estos marxistas han apreciado todo lo que puede hacer la raza, pero tan sólo puede hacerlo una vez que ha sido producida por el racismo en el que se realiza el proceso de racialización.

Es en el discurso racista donde se produce la raza como algo sólo significativo en el reino ideológico, pero no por ello menos eficaz, en parte porque se produce en una lógica retroactiva elucidada por Jacques Lacan.[19] Esta lógica es aquella por la que un sujeto cree tener ciertos rasgos antes de recibirlos del discurso que los produce retroactivamente. ¿Acaso no es la misma lógica retroactiva por la que tenemos la impresión de que la raza es anterior al racismo?

La impresión retroactiva de anterioridad, como lo ha notado Lacan, termina materializándose, convirtiéndose en una realidad concreta, cuando actuamos en función de la raza que nos atribuimos retroactivamente. La retroactividad puede expresarse aquí a través de una conjugación en futuro perfecto, donde las diferencias raciales habrán significado algo, haciéndonos actuar de cierto modo, en virtud del significado que reciben del discurso racista. Es así, determinando retroactivamente nuestra actividad, como el racismo consigue que la raza opere como base determinante, como infraestructura y no como superestructura, tal como lo había constatado Fanon. 

Sin discrepar de la hipótesis fanoniana, debemos resaltar que es el mismo racismo, inherente al orden colonial y neocolonial, el que se fundamenta retroactivamente a sí mismo al producir la raza como algo significativo en lo ideológico. Luego, al negar la existencia de esta raza, nosotros los marxistas intentamos socavar el racismo, dejarlo sin fundamento. El intento es honesto, necesario y está más que justificado en la teoría, pero fracasa en la práctica, pues el racismo es autosuficiente, por así decirlo, en la medida en que puede producir cuanta raza necesita para fundamentarse y sostenerse.

Dimensiones real, simbólica e imaginaria de la raza

La existencia de la raza es constantemente asegurada por el proceso de racialización llevado a cabo por el discurso racista. Este discurso procede a través de palabras, de significantes racistas, para producir un significado racial. No hay aquí nada real, excepto las ya mencionadas características en los rasgos faciales o en el color de la piel.

Tenemos entonces tres dimensiones de la raza: una real, otra simbólica y otra más imaginaria, las cuales corresponden aproximadamente a los registros que Lacan ha descrito en los mismos términos[20]. Como en Lacan, las tres dimensiones resultan indisociables entre sí. La dimensión real consiste no en la raza propiamente dicha, sino en genes, aspectos fenotípicos, pigmentos en la piel y otras determinaciones biológicas oscuras, insignificantes e ininteligibles. Estas determinaciones se vuelven significantes en lo simbólico del discurso racista y es así también como se tornan significativas, como adquieren un significado, en lo imaginario de la raza, de la inferioridad o la superioridad racial. Digamos que lo real del cuerpo es racializado por lo simbólico del racismo y es así como aparecen las significaciones raciales en lo imaginario.

Lo imaginario de la raza estriba en la realidad ilusoria que atribuimos a la raza, en la forma en que nos la representamos, en lo que nos imaginamos de ella, en lo que nuestros deseos y angustias proyectan sobre ella, como lo que se pinta en las imágenes del negro brutal e hipersexualizado, el árabe fanático y terrorista, el amarillo sucio y tramposo, el indígena torpe y salvaje, el judío mezquino, avaro y conspirador. Lo simbólico de la raza radica en estas palabras con las que describimos las imágenes, en los significantes y discursos racistas que subyacen a lo imaginario, pero también en sus complejas relaciones históricas inconscientes con otros discursos y significantes en el sistema simbólico de la cultura, como las relaciones entre el judaísmo y el origen, entre el árabe y la violencia, entre el indígena y la naturaleza, entre el blanco y la civilización o la modernidad. Finalmente, lo real de la raza, lo imposible por lo que la raza no puede ser más que ideológica, es el vacío en el que todo lo anterior está desplegado y suspendido, lo que falta y sobra en lo simbólico y lo imaginario, aquello del cuerpo que no significa nada por sí mismo, pero padece todo lo que se hace que signifique.

Blancura y blanquitud

Podemos utilizar palabras distintas para designar lo real, lo simbólico y lo imaginario de la raza. Tratándose de lo blanco, por ejemplo, el término de «blancura» suele referirse a lo real de la coloración genética o fenotípica de la piel, mientras que el concepto de «blanquitud» ha sido empleado por autores como el marxista ecuatoriano Bolívar Echeverría para nombrar algo que yo describiría como un complejo simbólico-imaginario de significantes y significados vinculados con la blancura. El color blanco de la piel, históricamente asociado con el poder político y económico, terminaría significando ese poder y luego siendo significado por él, de tal modo que lo blanco empoderaría tanto como el poder blanquearía.

El blanqueamiento por el poder político y económico produce un color blanco o blanquecino que no es real, sino simbólico e imaginario. Un millonario nigeriano educado en Harvard se blanquea por su educación y sus millones, por la forma en que esto se manifiesta en su lenguaje o en su vestimenta, y no forzosamente por su menor pigmentación cutánea, lo que no excluye, desde luego, que el mismo nigeriano consiga reducir esta pigmentación a través de cremas blanqueadoras. Las cremas pueden servir para dar un aparente sustento real a lo simbólico e imaginario de la blanquitud, pero no son lo decisivo. Aunque nuestro millonario de Nigeria no use tales cremas y el color de su piel sea realmente muy negro, será blanqueado, parecerá más blanco gracias al reflejo imaginario del valor simbólico de su educación y de sus millones, pero gracias también a las conexiones igualmente simbólicas de esa educación y esos millones con la historia y con la cultura, particularmente con el capitalismo y con el colonialismo y el neocolonialismo en el mundo moderno. Es en estas conexiones en las que se concentra Echeverría cuando elabora su concepto de blanquitud.

En su conceptualización por Echeverría, la blanquitud se distingue de la blancura por no ser «étnica», sino «ética» e «identitaria».[21] La blanquitud, en efecto, corresponde a lo que Max Weber concibió como la ética protestante en el espíritu del capitalismo.[22] Es dicha «ética encarnada», la ética del «autosacrificio» en el altar del sistema capitalista, una «pura funcionalidad ética o civilizatoria» de los individuos en la acumulación del capital[23].  Someterse al capital de modo ético, voluntario y voluntarioso, reflexivo y disciplinado, no es ni más ni menos que blanquearse de modo simbólico e imaginario, alcanzando así la blanquitud a la que se refiere Echeverría.

La raza blanca del capital

Podemos ir más allá de Echeverría y afirmar que la blanquitud es el color simbólico e imaginario del capital. Cuando el capital adquiere visibilidad, se nos muestra blanco, no de blancura, sino de blanquitud. Es por esta blanquitud que el capital puede blanquear a los capitalistas que lo personifican, a los intelectuales que lo interpretan y a los políticos y gobernantes que lo representan. Estas diversas formas de subjetivación del capital intentan y frecuentemente consiguen ser blancas, en la medida en que hacen aparecer al capital en su blanquitud, la del sujeto de la psicología dominante, el sujeto distintivamente blanco, el descorporizado, el aislado y atomizado, individualizado y disciplinado, asertivo y agresivo, posesivo y acumulativo, ahorrativo y consumista, voraz e insaciable, conquistador y expansionista.

Si la blanquitud comprende todas las disposiciones subjetivas funcionales para el capitalismo, es porque ella misma constituye la identidad ideológica racial del sistema capitalista. Podemos decir entonces que el capital es de raza blanca, no sólo por ser originariamente europeo, no sólo por haber sido históricamente engendrado y formado por la matriz cultural de Europa, sino por ser él mismo constitutivamente blanco en su particularidad cultural, culturalmente blanco en su complexión ideológica, ideológicamente blanco incluso en su funcionamiento económico. Es por esto que la ideología racista no es algo derivado ni secundario para el capitalismo, no limitándose a legitimarlo, justificarlo, naturalizarlo y racionalizarlo, sino sosteniéndolo, determinándolo, organizándolo y estructurándolo.

El capital necesita del racismo no sólo para todo lo que se ha dicho, sino para preservarse al preservar su blanquitud, su forma ideológicamente blanca de subjetividad siempre amenazada por otras culturas con otras formas éticas-políticas de subjetivación. Mientras el sistema económico del capitalismo va subsumiendo y así degradando los sistemas simbólicos de otras culturas, su ideología racista y colonial protege al capital contra esas otras culturas. Es aquí, a mi parecer, donde radica la clave de la concepción marxiana del racismo como un mecanismo ideológico protector.

La ideología racista, en términos lacanianos, es una suerte de barrera que protege no exactamente al Gran Otro de una civilización europea que siempre se ha enriquecido por el contacto con otras culturas, sino al Capital en el que va convirtiéndose el Gran Otro a medida que el sistema simbólico de la cultura europea o de cualquier otra va quedando realmente subsumido en el sistema capitalista. Es el goce del capital el que se protege con el racismo.[24] Es la acumulación capitalista la que debe defenderse contra quienes la desafían, contra los sujetos que no quieren o no pueden adaptarse y sacrificarse ante el capital gozoso al subjetivarlo, al aislarse e individualizarse, al disciplinarse y capitalizarse, al blanquearse y al asumir la blanquitud.


[1] Karl Marx, El capital I (1867), Ciudad de México, FCE, 2008, p. 239.

[2] Marx, «Carlos Marx a Sigfrido Meyer y a Augusto Vogt» (1870), en Marx y Engels, Acerca del colonialismo, Moscú, Progreso, 1970, p. 146.

[3] Cyril Lionel Robert James, Los jacobinos negros: Toussaint L´Ouverture y la revolución de Saint-Domingue (1938), La Habana, Casa de las Américas, 2010, p. 213.

[4] Oliver Cromwell Cox, Caste, Class and Race, Nueva York, Monthly Review Press, 1948, p. 528.

[5] Walter Rodney, The groundings with my brothers (1969), Kingston, Miguel Lorne, 2001, p. 25.

[6] Michael Reich, «The Economics of Racism», en Political Economy, Lexington, Heath, 1971, p. 320.

[7] Howard Sherman, Radical Political Economy, Nueva York, Basic Books, 1972, pp. 180-181.

[8] Alex Callinicos, «Race and class», International Socialism 2.55 (1992), pp. 3-39

[9] José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), Lima, Amauta, 1989.

[10] Robert Blauner, Racial Oppression in America, Nueva York, Harper and Row, 1972.

[11] Cedric Robinson, Black Marxism: The Making of the Black Radical Tradition (1983), Durham, University of North Carolina, 2000, pp. 9, 317.

[12] Álvaro García Linera, La potencia plebeya, La Habana, Casa de las Américas, 2011, pp. 179-186.

[13] Louis Althusser, «L’objet de Capital» (1965), en Lire le Capital (1965), París, PUF, 1996, p. 283.

[14] Frantz Fanon, Les damnés de la terre (1961), París, La Découverte, 2012, p. 43.

[15] Ibid.

[16] Ibid.

[17] Stuart Hall, «Race, articulation and societies structured in dominance», en Sociological Theories: Race and Colonialism, París, UNESCO, 1980, pp. 305-345.

[18] Michael Omi y Howard Winant, Racial Formation in the United States from the 1960s to the 1980s, Nueva York, Routledge y Kegan Paul, 1986.

[19] Jacques Lacan, Le séminaire, livre XVI, D’un Autre à l’autre (1968-1969), París, Seuil, 2006, pp. 50-53.

[20] Lacan, “Le symbolique, l’imaginaire et le réel”, en Des Noms-du-Père, París, Seuil, 2005, pp. 65-104.

[21] Bolívar Echeverría, Modernidad y blanquitud (2010), Ciudad de México, Era Bolsillo, 2016, pp. 61, 67.

[22] Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904),Ciudad deMéxico: FCE, 1984. 

[23] Bolívar Echeverría, Modernidad y blanquitud, op. cit., pp. 57-60, 86.

[24] David Pavón-Cuéllar, «Ontología del capitalismo: violencia estructural y reducción del ser al goce del capital», Castalia 39 (2022), pp. 9-18.

Independencia de México

David Pavón-Cuéllar

Además del acontecimiento que celebramos el 16 de septiembre, ¿qué es nuestra independencia? ¿Una promesa incumplida, un proceso interrumpido, un asunto pendiente, una idea que no termina de realizarse? ¿Una deuda con lo que somos, un afán de recobrarnos, una esperanza que nos une?

¿Un marco jurídico para que tal vez algún día consumemos nuestra descolonización ideológica, política y económica? ¿O quizás, por el contrario, una condición formal de posibilidad para perpetuar nuestra dependencia material?

¿Una ilusión para consolarnos del racismo, la pigmentocracia, el colonialismo interno, la enajenación cultural y la subordinación al sistema capitalista globalizado? ¿Una reconfortante fachada para ocultar y olvidar el neocolonialismo, las injerencias extranjeras, el control exterior de nuestra economía y el saqueo de nuestro suelo? ¿Un privilegio del que sólo gozan plenamente los poseedores, los que poseen la nación independiente, y no los desposeídos, no los miserables, no quienes han debido migrar, no los pueblos originarios a los que se les ha negado el derecho a la autonomía?

Mi voto en las elecciones federales de 2024

David Pavón-Cuéllar

Votaré por México y Latinoamérica, por lo que somos, por nuestro ser mestizo, colonizado y en resistencia, esperanzador y decepcionante, inconsecuente y perseverante. Votaré así por algo contradictorio, conflictivo, desgarrador. Sintiéndome desgarrado, votaré por la imposible síntesis de Cortés y Cuauhtémoc, Iturbide y Guerrero, Huerta y Madero, Carranza y Zapata, la reacción y la revolución, la derecha y la izquierda, el capital y lxs trabajadorxs, el privilegio y el derecho, la corrupción y la honestidad, la mentira y la verdad, el oportunismo de los chapulines y la obstinación de quienes luchan desde siempre.

Votaré por nuestro desgarramiento, por nosotrxs y no sólo por ellxs, no sólo por Cortés e Iturbide, no sólo por Huerta y Carranza, no sólo por la reacción, la derecha, el capital, el privilegio, la corrupción, la mentira y el oportunismo. No daré mi voto a quienes dominan el mundo. Mi voto no será para quienes de cualquier modo no lo necesitan para ganar, quienes ganarán independientemente de quien gane, quienes encontrarán la manera de seguir ejerciendo su poder, evadiendo impuestos, amasando fortunas, despojando a nuestros pueblos y saqueando y devastando nuestros cuerpos y territorios.

El psicoanálisis ante la colonialidad: dieciocho posibles usos anticoloniales de la herencia freudiana

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Intervención en la Segunda Mesa, Racismo y el Colonialismo como Sufrimiento Sociopolítico. ¿Qué puede el psicoanálisis?, en el Seminario de la Red Interamericana de Investigación en Psicología y Política (REDIPPOL), el miércoles 16 de septiembre de 2020. La sesión fue coordinada por Priscilla Santos y se realizó a distancia en el sitio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile. Además del autor, participaron Deivison Faustino y José Miguel Bairrão, ambos de Brasil.

David Pavón-Cuéllar

El año pasado medité mucho sobre el funcionamiento colonial de la herencia freudiana en América Latina. Me pregunté si nosotros, latinoamericanos, deberíamos intentar descolonizar el psicoanálisis o mejor ya simplemente deshacernos de él, es decir, descolonizarnos de él. Me incliné por lo primero, por conservar lo que Freud nos legó, pero haciendo lo posible para descolonizarlo e incluso emplearlo como un instrumento para una cierta descolonización de nuestras vidas. Este empleo es precisamente lo que me gustaría considerar ahora.

Mi propósito de hoy es reflexionar sobre la forma en que el psicoanálisis puede emplearse ante la colonialidad moderna, empleándose de modo crítico, insubordinado y subversivo. Mi reflexión me hará discernir dieciocho posibles usos anticoloniales de la herencia freudiana en un contexto poscolonial o neocolonial como el de América Latina. Describo estos usos como “anticoloniales” porque se oponen a la colonialidad, porque establecen con ella una relación antagónica, porque aspiran de algún modo a cierta descolonización, lo que no significa necesariamente que la realicen y ni siquiera que puedan llegar a desprenderse de las estructuras coloniales en las que se insertan. De ahí que hable de usos anticoloniales y no decoloniales o descolonizadores.

El agente de los usos anticoloniales de la herencia freudiana será en cada caso alguien a quien designaré con el enigmático pronombre “nosotros”. Con este “nosotros” me refiero a nosotros latinoamericanos, asiáticos y africanos, los habitantes de las llamadas “periferias”, los descendientes directos del colonialismo europeo y del imperialismo estadounidense, los despojados por los imperios, los eternamente desfasados con respecto a la modernidad, los inevitablemente europeizados y no-europeos. Nosotros somos los sujetos poscoloniales, híbridos, mestizos no forzosamente de mestizaje racial o étnico, sino del mestizaje cultural, ideológico y simbólico en el que se gesta nuestra subjetividad.

Somos nosotros, productos de la colonialidad moderna, quienes podemos realizar los usos anticoloniales del psicoanálisis a los que me referiré ahora. Nótese que sólo estoy concibiendo lo colonial como algo a lo que debemos oponernos, lo que está, para mí, fuera de cualquier debate, siendo una posición política personal. Mi oposición a la colonialidad moderna y al capitalismo del que forma parte me enfrenta lógicamente a quienes buscan rehabilitar y revalorizar el colonialismo, especialmente en la derecha y extrema derecha del espectro político, aunque a veces también en una izquierda como la del filósofo esloveno Slavoj Žižek, al que me refiero ahora por su proximidad al campo psicoanalítico.

Alguien como Žižek jamás podría entender por qué diablos queremos usar el psicoanálisis contra la colonialidad moderna. Semejante uso le parecería extraño, quizás absurdo, aberrante. Hay efectivamente cierta aberración en emplear anticolonialmente algo tan moderno europeo como lo que Freud nos legó. Empecemos por esto al abordar ahora, uno por uno, los posibles usos anticoloniales de la herencia freudiana.

1. Es verdad que el psicoanálisis forma parte de una modernidad europea indisociable de la colonialidad. Sin embargo, en esta modernidad, el descubrimiento freudiano aparece como crisis, ruptura, falla o grieta. Es una grieta del mundo moderno colonial, una hendidura en la que hay lugar para nosotros no-europeos, en la que podemos alojarnos y quizás así agrandar la hendidura, profundizar la crisis de lo que nos ha colonizado. La crisis de la modernidad colonial puede profundizarse lógicamente a través de un espacio, como el del psicoanálisis, en el que se delata lo que la Escuela de Frankfurt conceptualizó como la irracionalidad inherente a la racionalidad moderna europea.

2. Entre los aspectos irracionales de la racionalidad moderna europea, uno fundamental es la infundada pretensión de universalidad. Esta pretensión es impugnada por la casuística freudiana y por su demostración del carácter no-universalizable de las razones que rigen la existencia de cada sujeto. Cada histérica de Freud tiene sus razones, las razones de su deseo, que desafían la supuesta racionalidad universal de la modernidad europea. Si esta racionalidad se delata como irracional por aspirar a dominar la existencia de las mujeres del Imperio Austrohúngaro, mucho más irracional se muestra en su pretensión de aplicarse a todo el mundo, a mujeres y hombres de África, Asia y Latinoamérica. “Nada menos racional”, como dice Aníbal Quijano, que “la pretensión de que la cosmovisión específica de una etnia particular sea impuesta como racionalidad universal, aunque tal etnia sea Europa Occidental”1. El carácter irracional de este universalismo colonial se pone en evidencia cuando el psicoanálisis permite al sujeto hablar sobre todo aquello singular y particular, de él y de su cultura, que difiere de los imperativos de la pretendida universalidad moderna europea. Lo que descubrimos entonces, atónitos, es que el sujeto refuta incluso la supuesta universalidad de algo tan europeo como la metapsicología freudiana, dándole así la razón a Malinowski2 y a Lacan3 al poner un alto a lo que podemos llamar con Derrida “colonización psicoanalítica”4. El mismo psicoanálisis puede servir, entonces, para descolonizarnos de la racionalidad europea de la teoría freudiana.

3. Además de servirnos para evidenciar nuestras diferencias con respecto a las razones impuestas por Europa, el psicoanálisis puede ayudarnos a recordar la historia de estas diferencias y de la violenta imposición de lo europeo. Hay que entender que la colonialidad es historia y que por ello no puede ser adecuadamente abordada por enfoques ahistóricos, amnésicos y presentistas, como los de la psicología dominante. Lo colonial exige más bien un abordaje como el del psicoanálisis: un abordaje plenamente histórico en el que se busque rememorar la violencia con la que se nos ha constituido. Como bien lo decía Ignacio Martín-Baró, “necesitamos memoria, una clarividente memoria histórica, para percibir todo aquello que ha bloqueado, oprimido y aplastado a nuestro pueblo”5. Esta memoria de la colonialidad, indispensable para todo combate anticolonial, es algo más que podemos cultivar a través del psicoanálisis.

4. El enfoque psicoanalítico nos ayuda no sólo a recordar la colonialidad, sino a explicar la forma en que ha operado en el sujeto, constituyéndolo al dañarlo. Nuestra dañada subjetividad colonial es producto de complejas operaciones relacionales inconscientes del tipo tradicionalmente estudiado por el psicoanálisis. Tal es el caso de la operación descrita por Frantz Fanon como “interiorización” o “epidermización de la inferioridad”6, como “inferiorización” de lo no-europeo correlativa de la “superiorización” de lo europeo7. Es también el caso de la europeización como “aspiración” en Quijano, es decir, el “colonialismo interior” como sustituto del “exterior”, la “seducción” que viene después de la “represión”8. Quizás todo esto ni siquiera hubiera podido ser pensado sin la sensibilidad freudiana que impregna subterráneamente el actual pensamiento crítico, incluyendo el poscolonial, decolonial y anticolonial. Lo seguro es que la crítica de la colonialidad puede sacar provecho del psicoanálisis para la explicación de muchas de las operaciones coloniales más insidiosas, sutiles y soterradas.

5. El empleo del psicoanálisis para explicar las operaciones coloniales no excluye la utilización de otras interpretaciones de la subjetividad, entre ellas las de los pueblos originarios, las cuales, me atrevo a decirlo, son a veces profundamente compatibles con las interpretaciones psicoanalíticas. Al igual que el psicoanálisis, las psicologías ancestrales mesoamericanas, como he podido apreciarlo en investigaciones que realizo actualmente, reconocen la singularidad irreductible de cada sujeto, pero descartan la idea individualista y solipsista del yo al tiempo que encuentran lo más exterior en lo más íntimo de la subjetividad, en la extimidad, como dice Lacan. Tal vez no sea tan descabellado pensar en una alianza estratégica entre visiones indígenas como éstas y el psicoanálisis, una alianza que puede servirnos, por un lado, para explicar las operaciones coloniales en su carácter éxtimo, transindividual y singular en cada sujeto, pero también, por otro lado, para cuestionar una psicología dominante que es perfectamente funcional en el capitalismo global y que sólo puede ser parte y no solución del problema colonial.

6. Hay un punto crucial en el que vemos cómo el psicoanálisis y las psicologías ancestrales coinciden entre sí al tiempo que difieren de la psicología dominante. Este punto es el reconocimiento del sujeto como sujeto, como sujeto que habla, que sabe de algún modo lo que le ocurre, que debe ser escuchado en lo que le atañe y que no es algo que pueda ser hablado y sabido, resultando irreductible a la condición de objeto del saber y de la palabra de cualquier otro. La objetivación del sujeto inobjetivable, objetivación que lo neutraliza como sujeto, es propia de la psicología dominante, pero también de la colonialidad en la que se inserta esta psicología objetiva. Se empieza objetivando psicológicamente al sujeto, conociéndolo como objeto, y se termina dominándolo como tal a través de los dispositivos políticos del capitalismo o el colonialismo. En el régimen colonial en el que aún vivimos, como lo ha notado Quijano, “las culturas no-europeas no pueden ser o cobijar sujetos”, sino que “sólo pueden ser objetos de conocimiento y/o de prácticas de dominación”9. La resistencia contra esta objetivación es un gesto anticolonial y antipsicológico fundamental para el que pueden servirnos tanto el psicoanálisis como las concepciones indígenas de la subjetividad.

7. Al permitirnos resistir simultáneamente contra la objetivación y contra la generalización universalista, el psicoanálisis puede contribuir también a desmontar diversas operaciones de la colonialidad que presuponen esa objetivación y esa generalización. Es el caso de las operaciones que empiezan objetivando lo culturalmente diferente para después generalizarlo al incluirlo en una clasificación o jerarquía objetiva pretendidamente universal. Estas operaciones coloniales permiten patologizar o estigmatizar lo diferente, así como inferiorizarlo al convertir la diferencia cultural entre seres inconmensurables en una desigualdad entre lo mejor y lo peor, entre lo más elevado y lo más bajo. Refutando la falacia de lo desigual, el psicoanálisis puede ayudarnos a restablecer lo que Lacan denomina la “diferencia absoluta”10, lo cual, por sí mismo, tiene ya implicaciones políticas igualitarias decisivas como las enfatizadas por Jorge Alemán en su propuesta de izquierda lacaniana11.

8. El psicoanálisis consecuente no está en condiciones de relativizar lo diferente, reduciéndolo a lo desigual, por una simple razón: porque no habla de él, sino que se limita a escucharlo. Esta escucha es ya por sí misma una subversión del poder colonial europeo sobre la palabra. Como lo ha notado Stuart Hall, Europa “no deja de hablar, no deja de hablar de nosotros”, lo que implica un “juego de poder”12. El juego cesa con el silencio del psicoanálisis. Este silencio interrumpe la palabrería europea y el correlativo silenciamiento colonial de lo no-europeo. Nosotros podemos al fin hablar, expresar lo articulado por nuestras otras culturas, pero también manifestar nuestro sufrimiento de la colonialidad. Hablamos, por ejemplo, como Aimé Césaire, del “miedo”, la “desesperación” y “el sentimiento de inferioridad”13. Confesamos lo que nos paraliza y así ya lo estamos elaborando, simbolizando, asimilando, superando. Para todo esto, basta que se nos deje hablar, que se nos escuche, como lo hace el psicoanálisis.

9. En realidad, si la escucha psicoanalítica es tan subversiva, es porque no sólo escucha lo que tenemos que hablar, sino también lo que no podemos hablar. Esto es fundamental en una situación colonial en la que el subalterno, el colonizado, “no puede hablar”, como bien lo advirtiera Gayatri Chakravorty Spivak14. No pudiendo hablar, el colonizado tiene mucho que decir en silencio. Este silencio es el de todas las palabras que se nos han arrebatado. Es el silencio en el que ha resonado constantemente la palabrería europea. Mientras fungimos como portavoces de lo que nos ha colonizado, hay algo que está diciéndose al guardar silencio. Este silencio puede ser escuchado en el campo psicoanalítico.

10. El psicoanálisis ya subvierte algo de la colonialidad al prestarnos atención, lo que hace no sólo al escuchar lo que decimos al callar, sino al considerar incluso lo que pensamos a través de lo que no podemos pensar. Esto es también fundamental en una situación colonial en la que nuestra parte no-europea resulta inaccesible para nuestra autoconciencia irremediablemente europea. Como lo notara Luis Villoro, “en el intento por encontrar su propio ser, el movimiento reflexivo es patentemente de raigambre occidental” en “su lenguaje, su educación y sus ideas”, en “sus métodos de estudio y de investigación”, lo que hace que lo indígena colonizado no aparezca “nítidamente a la conciencia”, permaneciendo “oscuro y recóndito en el fondo del yo mestizo”15. Más acá de la conciencia, lo indígena es para el mestizo un asunto del inconsciente. Reivindicar de verdad el inconsciente en un país colonizado tendría que significar también de algún modo revindicar lo colonizado. Si no significa esto, es quizás porque el supuesto inconsciente que reivindicamos es tan sólo un pliegue preconsciente de la conciencia colonial. Hacerlo consciente es entonces desdoblarlo. Por el contrario, hacer consciente el inconsciente del colonizado es ya ni más ni menos que desgarrar la conciencia colonial. Es traicionar el discurso del Otro que la sostiene. Es delatar el sistema colonial. Es quizás el primer paso para descolonizarnos.

11. El psicoanálisis contribuye a disipar las ilusiones con las que la colonialidad se disimula. Varias de estas ilusiones obedecen a una ilusión trascendental que debe esfumarse en el tratamiento psicoanalítico: la ilusión de un Otro del Otro, la ilusión de un lugar exterior al universo para juzgar universalmente cualquier cosa del universo, que es la ilusión del universalismo europeo subyacente a la conciencia colonial. Una de las consecuencias de semejante ilusión es lo que Santiago Castro-Gómez ha denominado la “hybris del punto cero”, entendiéndola como un arrogante “desconocimiento de la espacialidad” por el que se pretende “carecer de un lugar de enunciación” y se cree tener “un punto de vista sobre el cual no es posible adoptar ningún punto de vista”16. Esta creencia en un Otro del Otro, en un metalenguaje exterior a cualquier lenguaje, se ve amenazada por el psicoanálisis que nos reconduce incesantemente a nuestro punto de vista, a nuestra posición en el discurso del Otro, a nuestro lugar de enunciación como sitio de nuestra verdad. No hay cabida aquí ni para lo que Walter Mignolo concibe críticamente como “supuesta deslocalización del pensamiento europeo”17 ni para lo que Ramón Grosfoguel excluye bajo la forma de la “posibilidad de un conocimiento más allá del tiempo y del espacio”, conocimiento de un sujeto carente de “todo cuerpo y territorio”, sujeto sin “sexualidad, género, etnicidad, raza, clase, espiritualidad, lengua ni localización epistémica”18. Este sujeto de la colonialidad es también el de la psicología. Es un fantasma que debe ser atravesado en el psicoanálisis.

12. Al hacernos atravesar el fantasma colonial incorpóreo y desterritorializado, el psicoanálisis nos permite acceder al sujeto de la enunciación, el que tiene su territorio en el lenguaje, el mismo sujeto que padece la falta de su cuerpo despojado, marcado por una castración que puede revestir diversas formas históricas, entre ellas la colonial. El contexto de la colonialidad hace que la castración constitutiva del sujeto cobre consistencia en la “mutilación del colonizado por el régimen colonial» a la que se refiere Fanon”19. Esta mutilación reconfigura nuestra castración y la representa como una herida colonial, una herida que vincula internamente nuestro deseo con la colonialidad, con Europa, como lugar de nuestra falta. El resultado es la fantasía de ser el trozo de un ser que sólo podemos concebir como europeo. Fantaseamos que al no ser totalmente europeos, tan sólo somos lo que somos de manera parcial, “no del todo”, como bien lo decía Homi Bhabha20. Somos así no-todos, como cualquier otro sujeto, desde luego, pero con una incompletud específicamente colonial, colonialmente dependiente de una completud universal que nuestra fantasía proyecta en Europa. Nuestra emancipación con respecto a esta dependencia de lo europeo exige desprender nuestra condición colonial de la castración que nos constituye y de la que ciertamente no podemos liberarnos. Para lograr este fin, el medio psicoanalítico podría ser uno de los más efectivos.

13. La efectividad del psicoanálisis es para cambiar la relación con lo europeo y no para depurarnos de lo europeo. De cualquier modo esta depuración resultaría imposible porque ya somos también lo que nos ha colonizado. Nuestra colonización ha sido también un proceso irreversible de europeización, alienación, transmutación en otros de quienes éramos y aún somos. Lo que resulta, la experiencia de ser otro, no es exclusiva de nosotros. Lo europeo tampoco es tan sólo uno, sino que es también siempre otro, no-europeo. Debemos atender a Cheikh Anta Diop revelándonos lo negro de lo egipcio21, así como debemos prestar la mayor atención al viejo Freud cuando nos descubre lo egipcio de lo judeocristiano22. Lo que aquí aprendemos, con Edward Said, es que lo otro está inevitablemente en el núcleo de lo uno23. Es también para tratar esta condición alienada que Freud inventó el psicoanálisis. Ahora nosotros podemos emplear su invento para enfrentar nuestra alienación en la colonialidad, no para curarla o remediarla, sino simplemente para vivir y lidiar con ella, para elaborarla y sobreponernos a ella, no dejándonos extraviar, confundir o absorber totalmente por algunas de sus manifestaciones. El método psicoanalítico podría ofrecernos así un margen de maniobra ante efectos alienantes de nuestra condición poscolonial como los analizados por Stuart Hall, entre ellos el ser otro en lo “híbrido”, el estar en otro lugar en lo “diaspórico”, el desdoblarse en las “dobles inscripciones”24 o el “vernos y experimentarnos como otros” en los regímenes europeos de representación25. Quizás incluso podamos reapropiarnos la otredad subyacente a los efectos alienantes a través de un trabajo psicoanalítico de resignificación. Lograríamos entonces con el psicoanálisis lo mismo que ya hemos conseguido con operaciones como aquella que Oswald de Andrade llamó “antropofagia”26 o aquella otra que Rodolfo Kusch denominó “fagocitación”, entendiéndola como “absorción de las pulcras cosas de Occidente por las cosas de América” y como confirmación de que “todo lo que se da en estado puro es falso y debe ser contaminado por su opuesto”27.

14. La contaminación de lo colonizador por lo colonizado hace que la alienación del sujeto nunca sea total, que el yo nunca sea únicamente otro, que el mestizo no sea tan sólo europeo, ya que lo europeo, tal como se presenta en lo mestizo, está siempre ya contaminado por lo indígena. En términos lacanianos, el Otro está ya siempre barrado, tachado, pues es también uno y por eso mismo ninguno. Y, sin embargo, aparece como Otro. El sujeto no deja de existir con respecto a la otredad al alienarse en ella. Su alienación es también una división. Es por estar dividido que el sujeto sufre de estar alienado, pero es también por su división que resiste contra su alienación, existiendo con respecto al Otro en el que se aliena. Esta situación de existencia y resistencia, reprimida sistemáticamente por la modernidad europea, retorna de modo sintomático en el psicoanálisis, el cual, a diferencia de la psicología dominante, puede ayudarle al sujeto a reconocerse y asumirse como sujeto dividido que existe y resiste contra la misma otredad que lo habita. El mestizo puede encontrar así un apoyo en el psicoanálisis para afirmar y reafirmar su estructura de borde, su condición identitaria no sintética ni unitaria, sino doble, tan indígena como europea, tan una como otra, dividida y desgarrada, “escindida” en su “propio espíritu”, como decía Villoro28. Jairo Gallo nos ha mostrado en una charla informal que esta condición doble, por la que somos bastiones en los que lo indígena continúa existiendo y resistiendo, puede caracterizarse de modo insuperable con el concepto aymara de Ch’ixi recuperado por Silvia Rivera Cusicanqui para describir la “coexistencia en paralelo” de culturas que “no se funden, sino que se antagonizan o se complementan”29.

15. Desde luego que la cultura indígena ya no existe en estado puro en la población mestiza y ni siquiera en la mayor parte de los pueblos originarios. Nuestra subjetividad poscolonial ha perdido para siempre su identidad pre-colonial y lo mejor que puede hacer ahora es consumar su duelo, siguiendo así el consejo de Stuart Hall al evitar “coludirse” con los poderes coloniales que nos “congelan” en un “pasado primitivo, inmutable”30. Sin embargo, iluminado por el psicoanálisis, nuestro duelo puede revelarnos dos aspectos de lo perdido: su eternidad bajo una forma simbólica inconsciente de nuestro ser y su incesante presencia y transformación en una lógica retroactiva. Estos dos aspectos hacen que nunca dejemos de ser, no los indígenas que fuimos en el origen desconocido, sino los que habremos sido según lo que ahora somos y de acuerdo a nuestro actual interés político, tal como sucede en el famoso “uso estratégico del esencialismo” propuesto por Spivak31.

16. En realidad, lo indígena que habremos sido no sólo debería ser decidido por nuestro interés político, sino también y sobre todo por la política de nuestro deseo, que es también la del psicoanálisis. Necesitamos del enfoque psicoanalítico para darle su lugar a ese deseo inconsciente que resulta irreductible a cualquier interés y que representa la principal forma en que aparece lo excluido en un sistema de exclusión como el colonial. En las regiones colonizadas, como ya lo notara Martín-Baró, no podemos adoptar un enfoque positivista que “no reconoce más que lo dado”, ignorando “aquello que la realidad existente niega, es decir, aquello que no existe pero que sería históricamente posible, si se dieran otras condiciones”32. Esto posible y negado, con existencia puramente negativa, es lo que se manifiesta en el deseo que escuchamos en el psicoanálisis. Es algo aún pendiente y futuro, pero también pasado, que insiste desde lo más remoto de nuestra historia, desde lo pre-colonial, tan eterno como todo en el inconsciente.

17. Nuestro deseo es traicionado por el yo, lo que no debería sorprendernos, considerando que el yo ha sido siempre un instrumento de represión, dominación y colonización. Hay que tomar en serio a Dussel cuando revela el “ego conquiro”, el yo conquisto de la civilización europea, en el seno del “ego cogito”, el “pienso luego existo” en el que se ha encerrado la misma civilización. Como lo ha explicado muy bien Ramón Grosfoguel, el “solipsismo” del yo aislado está en el centro del mito de lo europeo auto-generado en la “racionalidad universal que se confirma a sí misma como tal”33. El universalismo europeo es indisociable del narcisismo del yo que se cuestiona en el psicoanálisis. El cuestionamiento psicoanalítico del narcisismo puede servir para transparentar el espejo europeo de nuestra identidad colonial, quizás llegando a desvanecer no sólo el otro especular de nuestro yo, el individuo aislado con su egoísmo y solipsismo, sino también el universalismo y el imperialismo como expresiones colectivas de la misma individualidad solipsista y egoísta.

18. Liberando nuestra palabra, la palabra en la que dudamos de nuestro yo y de todo lo que imagina ser con absoluta certidumbre, el psicoanálisis está sitiando y amenazando el más poderoso bastión de la colonialidad en el sujeto. La identidad, la certeza de ser idéntico a uno mismo, constituye la garantía última de lo europeo con lo que se nos ha identificado. Al posibilitar una desidentificación, el método psicoanalítico ya está socavando la colonialidad en el sujeto. La está minando también al hacer posible que nos apartemos de nuestro ser, que nos desanudemos de él, que existamos con respecto a lo que la colonialidad nos ha destinado a ser. Al destrabarnos así de nuestra esencia y de nuestra identidad, quizás ya nos estemos liberando efectivamente de la opresión colonial con el auxilio del psicoanálisis. Tal vez, en definitiva, como lo ha planteado Thamy Ayouch, el método psicoanalítico esté ya descolonizándonos al contribuir a nuestra desidentificación y desencialización34.

Referencias

1 Aníbal Quijano, Colonialidad y Modernidad/Racionalidad, Perú Indígena 13 (29) (1992), p. 20

2 Bronislaw Malinowski, La sexualité et sa répression dans les sociétés primitives (1932), París, Payot, 2016.

3 Jacques Lacan, Les complexes familiaux dans la formation de l’individu (1938), en Autres écrits, París, Seuil, 2001.

4 Jacques Derrida, Géopsychanalyse and the rest of the world (1981), en Psyché. Inventions de l’autre (1987), París, Galilée, 1998, p. 328.

5 Ignacio Martín-Baró, I. (1974). Concientización y currículos universitarios. En Psicología de la liberación (pp. 131-160). Madrid: Trotta, 1998, p. 135

6 Frantz Fanon, Peau noire, masques blancs, Paris, Seuil, 1952, p. 8

7 Ibid., p. 75

8 Aníbal Quijano, Colonialidad y Modernidad/Racionalidad, Perú Indígena 13 (29) (1992), p. 12

9 Ibid., p. 16.

10 Jacques Lacan, Le Séminaire, livre XI, Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, Paris, Seuil (poche), 1990, p. 307

11 Jorge Alemán, Conjeturas sobre una izquierda lacaniana, Buenos Aires, Grama, 2013.

12 Stuart Hall, Cultural Identity and Diaspora. En Jonathan Rutherford (Ed.), Identity: Community, Culture, Difference (pp. 222-237). Londres: Lawrence & Wishart, 1990, p. 232

13 Aimé Césaire, Discours sur le colonialisme (1955), París, Présence Africaine, 2004, p. 24.

14 Gayatri Chakravorty Spivak, G. C. (1988). Can the subaltern speak? (1988) En P. Williams & L. Chrisman (eds.), Colonial Discourse and Postcolonial Theory (pp. 66-107). Nueva York: Columbia University Press, 1994, p. 104

15 Luis Villoro, Los grandes momentos del indigenismo en México (1950). Ciudad de México: FCE, 2005.273

16 Santiago Castro-Gómez, La hybris del punto cero : ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada (1750-1816), Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, 2005, pp. 18-19

17 Walter Mignolo, El pensamiento decolonial: desprendimiento y apertura. En S. Castro-Gómez y R. Grosfoguel (Eds), El giro decolonial. Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global (pp. 25-46). Bogotá, Siglo del Hombre, 2007, p. 33

18 Ramón Grosfoguel, Descolonizando los universalismos occidentales: el pluri-versalismo transmoderno decolonial desde Aimé Césaire hasta los zapatistas. En S. Castro-Gómez y R. Grosfoguel (Eds), El giro decolonial. Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global (pp. 63-77). Bogotá: Siglo del Hombre, 2007, pp. 63-64.

19 Frantz Fanon, Les damnés de la terre (1961), París, La Découverte, 2002, p. 146.

20 Homi Bhabha, Of Mimicry and Man: The Ambivalence of Colonial Discourse. October 28 (1984), p. 126.

21 Cheikh Anta Diop, Nations nègres et culture (1955), París, Présence africaine, 2007.

22 Sigmund Freud, Moisés y la religión monoteísta (1939). Obras completas XXIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1998.

23 Edward Said, Freud and the Non-European (2002), London and New York, Verso, 2003.

24 Stuart Hall, ¿Cuándo fue lo postcolonial? Pensar el límite. En S. Mezzadra (comp.), Estudios postcoloniales. Ensayos fundamentales (pp. 121-144). Madrid: Traficantes de Sueños, 2008, p. 134

25 Stuart Hall, Cultural Identity and Diaspora. En Jonathan Rutherford (Ed.), Identity: Community, Culture, Difference (pp. 222-237). Londres: Lawrence & Wishart, 1990, p. 225.

26 Oswald de Andrade, Manifiesto Antropófago (1928), en J. Schwartz (comp.), Las vanguardias latinoamericanas (pp. 171-180), Ciudad de México, FCE, 2006.

27 Rodolfo Kusch, América profunda (1962), en Obras Completas Tomo II (pp. 1-254). Buenos Aires: Fundación Ross, p. 19

28 Luis Villoro, Los grandes momentos del indigenismo en México (1950). Ciudad de México: FCE, 2005. 272-273

29 Silvia Rivera Cusicanqui, Hambre de huelga y otros textos. Querétaro: La Mirada Salvaje, 2014, p. 76

30 Stuart Hall, Cultural Identity and Diaspora, Op. Cit., p. 231

31 Gayatri Chakravorty Spivak, Estudios de la subalternidad (1985). En S. Mezzadra (comp.), Estudios postcoloniales. Ensayos fundamentales (pp. 33-68). Madrid, Traficantes de Sueños, 2008, p. 45

32 Ignacio Martín-Baró, Hacia una psicología de la liberación (1986). En Psicología de la liberación (pp. 283–302). Madrid: Trotta, 1998, pp. 289-290.

33 Ramón Grosfoguel, Descolonizando los universalismos occidentales: el pluri-versalismo transmoderno decolonial desde Aimé Césaire hasta los zapatistas. Op. Cit., pp. 63-64.

34 Thamy Ayouch, Psychanalyse et hybridité: Genre, colonialité, subjectivations, Lovaina, Leuven University Press, 2018.