¿Qué podría significar Ayotzinapa? Entre el discurso y el acontecimiento

AyotlPonencia magistral en el Cuarto Coloquio Regional Multidisciplinario de la ANEFH Análisis de las Manifestaciones Contrahegemónicas. Palacio Clavijero, Morelia, Michoacán, México, miércoles 4 de marzo 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción: de Madrid a Iguala

No pensaba discurrir sobre Ayotzinapa en este coloquio. Mi primera propuesta de ponencia magistral fue sobre la reconfiguración de la izquierda española, sobre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, sobre la hegemonía, su poder y también su debilidad. Sería una ponencia en tono alegre, festivo, esperanzador, consolador para quienes ahora mismo necesitamos consolarnos de lo que ocurre en México.

Hace una semana propuse mi título de ponencia: “Entre la hegemonía y la emancipación: el problema del poder en el discurso de Podemos”. Estaba entusiasmado con el tema. Sin embargo, de pronto, gracias a una charla con mis estudiantes, empecé a dudar. ¿Acaso tenía derecho a consolarme? La Puerta del Sol estaba demasiado lejos y yo estaba perdiendo una ocasión para pensar en lo más próximo, en lo que nos está ocurriendo, en la matanza de Iguala y todo lo que se ha desencadenado en lo sucesivo. Esto volvió a parecerme lo único importante. No debería distraer a los asistentes con otros asuntos. No podíamos cansarnos como el exprocurador Jesús Murillo Karam. Tampoco podíamos seguir el consejo de Enrique Peña Nieto y dejar atrás a nuestros muertos.

Le escribí a quien me invitó al coloquio y le pedí que me permitiera cambiar el tema de mi ponencia. Decidí volver a pronunciarme sobre Ayotzinapa, como ya lo había hecho en diversos foros académicos, en manifestaciones callejeras, en redes sociales y en cinco artículos publicados en los últimos cinco meses. ¿Cómo no regresar al tema una y otra vez? ¿Cómo no seguir pensando en algo con tantas implicaciones, tan desbordante de sentido, tan significativo?

Significación de Ayotzinapa

La significación de Ayotzinapa desborda todo lo que decimos y nos hace volver a construir nuevos diques de palabras que también serán desbordados como los anteriores. La tarea parece interminable. No hay manera de contener esa inundación de sentido que a veces reviste la forma de marea humana e invade las calles, los periódicos, las redes sociales. Quizás los antimotines puedan cerrarle el paso a la muchedumbre, pero no a la marea de significación que se ha hecho muchedumbre. La corriente sigue fluyendo y arrastra los obstáculos con los que se encuentra, ya sean manipulaciones mediáticas, falsas investigaciones forenses, engañosas declaraciones presidenciales o brutales represiones policíacas. Todo es arrastrado por la corriente y viene a reforzar lo que intentaba debilitar.

La significación de Ayotzinapa no se agota. Las palabras no convencen. Los estudiantes no aparecen por ningún lado. Sus familias no se dan por vencidas. El duelo no termina. El caso permanece abierto. Nada está claro. De ahí el desasosiego y la expectación, el miedo y la esperanza, pasiones de la incertidumbre.

No sólo ignoramos lo que ocurrirá, sino también la significación exacta de lo que ha ocurrido. Esta significación tan sólo podrá completarse y solidificarse una vez que hayamos llegado a cierto desenlace. Por ejemplo, si estallara una revolución, quizá concluiríamos que Ayotzinapa fue la chispa que prendió la flama, como Cananea en 1906 o Río Blanco en 1907. Y si todo sigue igual, entonces habremos agregado un eslabón más a esa larga cadena de infamias que no se olvidan. El 26 de septiembre se incluirá en el mismo calendario que el 2 de octubre y el 10 de junio. El torrente de significación de la matanza de Iguala desembocará en ese plácido mar de sangre en el que vemos acumularse la única sustancia de los últimos gobiernos mexicanos.

Imposible saber, por lo pronto, lo que significa exactamente Ayotzinapa. Imposible prever con certeza lo que habrá significado. Tan sólo hay lugar para conjeturar lo que podría llegar a significar. Es en esto en lo que me gustaría detenerme unos minutos.

Río de tortugas

Empecemos por el principio. Remontemos la corriente de significación hasta los orígenes de lo que nos ocupa. Llegaremos así a un paraje en el centro del estado de Guerrero. Su nombre, Ayotzinapa, significa en náhuatl río de tortugas. Esta significación es bien conocida por todos los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Todos ellos saben muy bien que ayotl quiere decir tortuga. Ninguno ignora por qué aparece una tortuguita retratada en la base del escudo que ostenta su escuela normal. Es el símbolo de la escuela y significa más que un simple reptil quelonio con duro caparazón. Para los normalistas, la tortuga enseña el valor de avanzar lentamente, pero con paso firme y seguro, constante y paciente, y con el cuerpo bien protegido contra los policías y otros depredadores, que jamás han faltado en México y mucho menos en Guerrero.

Y además de las tortugas, ayotl, está el río, apa, con su movimiento incesante al que resisten desde siempre las tortugas. Hay quienes comparan su resistencia con la de aquellos nahuas de Guerrero que han sabido sobrevivir a la conquista, la colonización, la explotación en minas y latifundios, la destructora modernización, la constante represión, la guerra sucia. Todo ha ido pasando y los indígenas están ahí, sobreviviendo como pueden, como tortugas atrincheradas en sus caparazones, inmóviles como rocas, resistiendo a la corriente.

Es verdad que las tortugas del río pueden permanecer inmóviles, pero también son excelentes nadadoras y saben cómo nadar a contracorriente o bien seguir la corriente y utilizarla para desplazarse tan de prisa como el más ágil de los peces.  Así también, a su manera, los indígenas y campesinos mexicanos han aprendido a moverse en la historia. No han sido los eternos rezagados, como se ha llegado a creer, sino que han estado siempre en movimiento. Significativamente, en momentos decisivos, han sido nuestra locomotora o han estado a nuestra cabeza. Han sabido ser vanguardia y no sólo retaguardia u obstáculo.  Han tenido la cara de Benito Juárez e Ignacio Manuel Altamirano, han engrosado las filas insurgentes y revolucionarias, han sido sublevación de palabras en Chiapas y ahora torrente de significación de Ayotzinapa. El río de nuestra historia es también el de las tortugas, el de su agitada resistencia, el de su memoria y su esperanza, el del pasado más remoto y el futuro más prometedor, el de Ayotzinapa.

Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri

Hace más de trescientos años, a finales del siglo XVIII, Ayotzinapa era una hacienda perteneciente a Don Sebastián de Viguri, terrateniente inmensamente rico.  Los habitantes eran en su mayoría campesinos indígenas nahuas. Todos trabajaban para Don Sebastián. Era el personaje más respetado y poderoso en la región, especialmente en el cercano pueblo de Tixtla, colindante con Ayotzinapa.

En los tiempos del Señor Don Sebastián, en 1782, en Tixtla y a pocos pasos de Ayotzinapa, nació Vicente Guerrero, futuro héroe de la Independencia, considerado a menudo el primer líder guerrillero de nuestra historia. Fue él quien mantuvo encendida la llama de la revuelta en las montañas de Michoacán y Guerrero, entre 1816 y 1820, cuando los españoles creían haber triunfado sobre los insurgentes mexicanos.

Una de las mayores victorias militares de la guerrilla de Vicente Guerrero tuvo lugar en El Tamo, aquí en Michoacán, justamente ocho años después del Grito de Dolores, el 15 de septiembre de 1818. Tras dos horas de batalla, los insurgentes, comandados por Guerrero, derrotaron a las fuerzas españolas dirigidas por el general José Gabriel de Armijo y compuestas de 800 soldados procedentes de Morelia. Unos 200 murieron. Los demás parecen haberse unido a los insurgentes.

El 16 de septiembre de 1818, al día siguiente de la victoria de Vicente Guerrero en El Tamo, sucedió algo muy importante en Tixtla, su ciudad natal. Podemos decir que fue otra victoria, no militar, sino social, política y económica. El señor de Ayotzinapa, Don Sebastián de Viguri, a quien ya me referí anteriormente, donó sus tierras a los campesinos indígenas de la región. Lo hizo aparentemente animado por el espíritu de la Independencia de México y por los Sentimientos de la Nación que José María Morelos había proclamado en 1813 en Chilpancingo. El acto generoso de Viguri habría sido inspirado por el doceavo sentimiento de Morelos, en el que se dice literalmente que las leyes deben ser tales que “moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, mejoren sus costumbres, se aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Antes de formalizar la donación de Ayotzinapa, Don Sebastián manifestó el deseo de que sus tierras fueran entregadas a quienes las trabajaran, pero a condición de que se comprometieran a sostener económicamente a quienes no pudieran trabajar, ancianos, enfermos e inválidos. Así se hizo. Las tierras fueron bien repartidas por el ejecutor del testamento, Don Francisco Altamirano, quien también fue benefactor de la familia indígena chontal del famoso maestro, político y literato Ignacio Manuel Altamirano.

Entre la justicia y la injusticia

Los indígenas recuperaron sus tierras y triunfó la Independencia por la que luchó Vicente Guerrero, el cual, además, llegó a ser Presidente de la República después de haber sido guerrillero. Pareciera que llegamos a un final feliz, pero no fue así. Al igual que tantos otros guerrilleros que vinieron después de él, Guerrero fue asesinado por órdenes del gobierno. Se le fusiló tras un juicio militar sumario después de haberlo secuestrado a traición. El traidor, el célebre marino genovés Francisco Picaluga, recibió del gobierno de Anastasio Bustamante la cantidad considerable de 50,000 pesos oro a cambio de capturar a Guerrero cuando almorzaba en su barco, en 1831.

A los indígenas de Ayotzinapa no les fue mejor que a Vicente Guerrero. En 1862 fueron despojados nuevamente de sus tierras. El Presidente Benito Juárez intervino a su favor y ordenó al gobernador Francisco Arce que restituyera las tierras a sus legítimos propietarios, pero el mandato nunca fue obedecido.

No fue sino hasta 1931 cuando se empezó a resarcir de verdad a los pueblos indígenas a los que se había despojado anteriormente de los terrenos de Ayotzinapa. Los profesores Rodolfo A. Bonilla y Raúl Isidro Burgos solicitaron al Ayuntamiento de Tixtla que les concediera esos terrenos para una escuela normal de maestros que ya funcionaba desde 1926 en locales alquilados e improvisados. La solicitud recibió una respuesta favorable y fue así como nació la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, que después tomaría el nombre de uno de sus fundadores, Raúl Isidro Burgos.

En la breve historia que acabo de contar, la significación de Ayotzinapa condensa el despojo y la necesidad de resarcimiento de los pueblos indios, el sufrimiento de la injusticia y el afán justiciero, los ideales que guiaron a los insurgentes de 1810, la eterna lucha por la Independencia de México y por los sentimientos de la nación, por leyes contra la desigualdad, contra la opulencia y la indigencia. El nombre de Ayotzinapa es también el de la supervivencia del nahua y del náhuatl. Significa el espíritu indígena de resistencia, de constancia y de paciencia, de firmeza y seguridad, tal como se expresa en el símbolo de la tortuga en el río.

Pero la historia de Ayotzinapa no termina, desde luego, con la fundación de la Escuela Normal Rural. Hay una historia después de 1931. Y esta historia posterior, como la anterior, viene a enriquecer el caudal torrencial de significación del río de tortugas.

La Revolución Mexicana y sus Escuelas Normales Rurales

La Escuela de Ayotzinapa, al igual que otras Normales Rurales, formaba parte de un proyecto educativo popular impulsado en los años veinte por los gobiernos posrevolucionarios, animado por los ideales de justicia e igualdad, y enfocado principalmente a campesinos, indígenas y otros sectores sociales pobres y marginados.  Uno de sus inspiradores, Moisés Sáenz, había hecho su Doctorado en Filosofía en la Universidad de Columbia, en donde se volvió seguidor de John Dewey. Siguiendo el método y la orientación del pedagogo norteamericano, las Normales Rurales no sólo formarían maestros, sino también líderes de comunidades para la reconstrucción de la sociedad.

Se esperaba que los estudiantes normalistas, futuros maestros y líderes, procedieran de los mismos sectores sociales pobres y marginados en los que habrían de intervenir.  De ahí que las Normales Rurales debieran funcionar como internados y asegurar la manutención de los estudiantes. Era y sigue siendo la única manera en que muchos indígenas y campesinos mexicanos pueden estudiar y así guiarse a sí mismos en lugar de recibir la guía de otros sectores de la sociedad. El proyecto era y sigue siendo verdaderamente revolucionario por muchas razones, entre ellas porque no divide la sociedad entre los educadores y los educados, lo cual, como ya lo denunció Marx en su momento, reproduce la división social entre las clases dominantes y las dominadas, entre los guías y los guiados, entre los maestros y sus estudiantes. Las Normales Rurales buscan ir más allá de esta división al plantear que son los propios campesinos e indígenas los que deben ser maestros de sí mismos.

Las Normales Rurales tenían un propósito de concientización y transformación social, y tal como se concibieron desde un principio, debían continuar la enorme tarea que sólo había sido preparada, posibilitada y comenzada por la Revolución Mexicana. Después de luchar con las armas en el campo de batalla, llegaba el momento de luchar con las ideas y con las palabras en los salones de clase.  La vía era diferente, pero el objetivo era el mismo: crear una sociedad más justa e igualitaria, más libre y consciente, más democrática e incluyente.

En cierto sentido, las Normales Rurales buscaban realizar aquel sentimiento de la nación por el que Don Sebastián de Viguri donó sus terrenos a los indígenas de Ayotzinapa. Lo hizo, recordemos, en los términos de Morelos, para “moderar la opulencia y la indigencia, aumentar el jornal del pobre, mejorar sus costumbres, alejar la ignorancia”. No hay que pasar por alto el abismo histórico que se abre entre los Sentimientos de la Nación de 1813 y el proyecto de las Normales Rurales de 1922, pero tampoco hay razón para negar las evidentes afinidades políticas e ideológicas entre ambas orillas del abismo. Cuando Morelos hablaba de alejar la ignorancia y mejorar las costumbres, no pensaba en algo muy diferente de lo que después se llamaría concientización, y cuando se refería a moderar la opulencia y la indigencia, es claro que pensaba en una sociedad más justa e igualitaria.

La reacción contra la revolución y contra su proyecto educativo

Quizá los ideales de las Normales Rurales hayan sido poco realistas, demasiado avanzados para su tiempo, demasiado elevados para la bajeza de algunos sectores de nuestra sociedad. Tal vez los inspiradores del proyecto hayan sido tan ingenuos como Emiliano Zapata o Francisco Villa al imaginar que podrían continuar lo que había empezado en la Revolución Mexicana.  El caso es que las aspiraciones de las Escuelas Normales Rurales chocaron frontalmente con las ambiciones de unos y las convicciones de otros.

Desde un principio, desde los años veinte, el proyecto de las Normales fue mal recibido por diversos sectores de la sociedad mexicana. Primero, en tiempos de la cristiada, fueron los conservadores indignados por el carácter laico de la enseñanza de los normalistas.  Luego fueron los revolucionarios institucionales que no podían tolerar a esos maestrillos andrajosos y revoltosos que se habían tomado en serio los ideales de la Revolución Mexicana.  Finalmente llegó el crimen organizado, es decir, esa enorme banda criminal compuesta de gobernantes neoliberales, narcotraficantes y otros empresarios, todos unidos en su afán de hacer fortuna, saquear el país y extorsionar a sus habitantes, amenazando con desaparecer a cualquiera que se interponga en sus negocios y que no se deje convertir en botín.

Los estudiantes de las Normales Rurales no se han dejado amedrentar, no han cedido a sus extorsionadores. Y como suele suceder en estos casos, han pagado muy cara su temeridad. Se les ha desaparecido.  ¿Pero cómo no van a desaparecer cuando se han obstinado en significar algo para lo que ya no hay lugar en México?  Ya no hay lugar para su proyecto de concientización y transformación social, ni para la igualdad y la justicia, ni para los ideales de la Independencia ni para José María Morelos ni para Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri, ni para la revolución de Villa y Zapata, ni para los pueblos originarios ni para los campesinos y ejidatarios, ni para las tortugas ni para sus ríos.

Así como están extinguiéndose la chopontil y otras especies mexicanas de tortugas de río, así también podrían extinguirse especies como la de nuestros normalistas de Ayotzinapa. No parece haber condiciones para que sobrevivan en este basurero de sociedad así como tampoco hay lugar para la chopontil en los ríos cada vez más contaminados por el capitalismo. El sistema que provoca la desaparición de las tortugas es el mismo que impide la aparición de los normalistas.

¿En dónde podrían aparecer los 43? ¿En un hotel de Cancún, en alguna playa privatizada, en un centro comercial, en un Oxxo, en las porquerizas en las que se han convertido las cámaras de senadores y diputados, en la Casa Blanca de Peña Nieto, en su avión presidencial, en el prostíbulo priista de Cuauhtémoc Gutiérrez? ¿O quizás debamos buscarlos en la lista de invitados a la fiesta del alcalde de San Blas, o entre los entrevistados por Laura Bozzo, o extraviados en alguna telenovela o en el noticiero de López Dóriga? ¿Acaso les ven un lugar en el grotesco país que estamos construyendo, el de Televisa y Soriana, el del PRI y los demás partidos priistas, el de las reformas energéticas y educativas, el del Tratado de Libre Comercio, el de la guerra sucia y ese lento exterminio de los pueblos indios?

Resistencia

Todo excluye la existencia de los normalistas rurales, pero así ha sido también en el pasado, en tiempos de la reacción religiosa y de la guerra sucia, lo que no les ha impedido sobrevivir durante noventa años. La supervivencia de los normalistas es tan sorprendente como la de aquellas tortugas chopontiles que todavía nadan en caldos espumosos compuestos de cianuro, petróleo, detergentes, sustancias cloradas, ácidos, pesticidas y otros venenos producidos por nuestro sistema. Los seres vivos en semejantes caldos no deberían sorprendernos menos que la vida intensa e impetuosa de los normalistas en esta sociedad preparada por Enrique Peña Nieto y los demás pozoleros que nos gobiernan. Uno termina sospechando que lidiamos con seres inmortales, invencibles como los indígenas, que han sobrevivido a cada una de sus muertes, y que siguen ahí, de pie, recordándonos que no podemos acabar con lo que somos.

Tal como ocurre con los indígenas, la estrategia de supervivencia de los normalistas rurales no ha sido una simple adaptación pasiva, sino una resistencia activa, decidida, firme y constante. Fue con este espíritu de resistencia, bien representado por el símbolo de la tortuga, que los normalistas formaron en 1935 la “Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México” (FECSM), una organización que buscaba proteger a los futuros maestros de todo aquello que estaba conspirando contra ellos dentro y fuera de las instituciones, en el gobierno y en la sociedad mexicana. Esta Federación fue a veces la antesala de movimientos sociales o específicamente magisteriales en los que participaban los normalistas una vez obtenido su diploma de maestros. Un ejemplo bien conocido fue la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), en la que había muchos maestros formados en Ayotzinapa, entre ellos los futuros líderes guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, cuyos rostros decoran los muros de la Escuela Normal Rural.

Guerrilleros, luchadores y maestros

Se ha dicho hasta el cansancio que la Normal de Ayotzinapa es un nido de guerrilleros. Sería más correcto decir que es un nido de maestros comprometidos con la transformación social que a veces, en muy contadas ocasiones, han debido optar por la lucha armada como último recurso para defenderse de la violencia asesina del gobierno priista mexicano.  El maestro Genaro Vázquez toma las armas tras la matanza de Iguala de 1962, cuando la policía mata a siete personas. De igual modo, Lucio Cabañas  deja de ser maestro y se vuelve guerrillero después de la matanza de Atoyac de 1967, en la que policías disparan sobre una concentración de padres de familia y matan a once civiles desarmados.

Fue la represión gubernamental, y no la estancia en Ayotzinapa, la que hizo que Lucio y Genaro tomaran las armas. Quizás lo que ellos y otros aprendieran en la Normal Rural fue a resistir, a no dejarse matar, a al menos a no dejarse matar sin luchar, pues la batalla siempre terminó siendo ganada por los poderosos, por los verdaderos asesinos, llámense Anastasio Bustamante, Luis Echeverría, Rubén Figueroa, Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto. Quizás Atlacomulco, Los Pinos y el PRI sean cunas de asesinos, pero no Tixtla, no Ayotzinapa. Es verdad que ahí nació el primer gran líder guerrillero de nuestra historia, Vicente Guerrero, y ahí mismo se formaron dos de los más grandes del siglo XX, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Pero estos guerrilleros, como tantos otros de México, han sido más mártires que asesinos.

Además, por cada guerrillero que salió de Ayotzinapa,  hubo centenares de luchadores sociales que se aferraron a los medios pacíficos de acción, organización y manifestación. El más conocido fue Othón Salazar, líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio en los años cincuenta y candidato a gobernador por el Partido Comunista Mexicano en 1980. Otro luchador menos conocido, Claudio Castillo Peña, fue asesinado por los policías federales hace algunos días tras cuarenta años de lucha incansable y más de veinte años en la docencia. Pero el maestro Claudio no es más uno de los centenares de luchadores sociales que se han formado en Ayotzinapa y que han sido asesinados en los últimos cincuenta años.

Además, por cada luchador social, hubo miles de maestros egresados de Ayotzinapa que se limitaron a cumplir su trabajo docente en las zonas más inaccesibles del país y en las condiciones más duras de trabajo. Incontables murieron de enfermedades curables que habrían podido ser curadas en una sociedad más justa. Muchos fueron asesinados, especialmente durante la guerra sucia, tan sólo por ser maestros y por lo tanto sospechosos, y sin siquiera tener tiempo de convertirse en luchadores sociales. Podemos decir que todos fueron víctimas de lo mismo. Nadie se acuerda ya de estos héroes anónimos e invisibles a los que debemos mucho de lo mejor que se ha hecho en México en el último siglo. Pienso que Ayotzinapa significa también esto, el olvido, el heroísmo invisible y anónimo.

Conclusión: el espectáculo y la desaparición

Los héroes desaparecen detrás de las noticias sobre los bloqueos de la autopista del sol y el retraso de quienes van a descansar a las playas de Acapulco.  Las palabras de los partidos políticos y de las cámaras de comercio resuenan en la radio y en la televisión y no dejan escuchar las justas reivindicaciones de los normalistas que viven en condiciones infrahumanas y que reciben cada uno menos de 40 pesos diarios para su manutención.  La desaparición de los normalistas empieza por la represión de su palabra, por el silenciamiento de sus luchas y sus demandas, por el desconocimiento de sus condiciones de vida, por el ocultamiento de sus esfuerzos y de sus méritos, de su heroísmo y del gran servicio que prestan a la sociedad.

Ayotzinapa es también el nombre de lo oculto, lo desconocido, lo silenciado, lo reprimido, lo desaparecido por el sistema político-económico.  Es aquí también, tras la pantalla de televisión y tras las otras manifestaciones del espectáculo que nos rodea, en donde podría estribar la significación de Ayotzinapa. Los 43 desaparecidos representarían entonces también todo lo desaparecido: todo lo que somos todos, nuestra vida, el pueblo que resiste, la dignidad indígena, la verdad campesina, el esfuerzo diario de las clases populares, el trabajo que se hace por vocación de servicio y no por afán de enriquecimiento, el heroísmo de muchos maestros rurales, sus luchas sociales incansables, pero también la guerra sucia contra ellos, el mar de sangre que han dejado las sucesivas tiranías que nos gobiernan, las fosas comunes, la revolución inconclusa, la injusticia y la desigualdad, el desprecio por los sentimientos de la nación, la independencia traicionada, el saqueo del país, el espectro de Porfirio Díaz y de Victoriano Huerta, el triunfo de la infamia, el priismo de todos o casi todos los partidos políticos, la institucionalización del crimen organizado, la condición criminal de nuestros gobernantes, la indiferenciación entre los sicarios y los políticos, la miseria generalizada, la destrucción de todo, las fosas que se lo tragan todo, la muerte que no deja de ganar terreno sobre la vida, la sociedad que no deja sobrevivir a sus jóvenes, el río contaminado que está envenenando a sus tortugas.

Quizás Ayotzinapa sea el signo de lo que ya no puede permanecer ni olvidado ni oculto. Si así fuera, tal vez haya razón para confiar en una reaparición de lo desaparecido.  Ayotzinapa significaría entonces el fin de la desaparición. Dependerá de nosotros y es por esto mismo que resulta imposible saberlo por ahora. Debemos conocer antes aquello de lo que somos capaces. Debemos llegar al acontecimiento que permita verificar la verdad de nuestro discurso.

Así como hubo que remontar al pasado para llegar al presente, así también habrá que ir hacia el futuro para entender este mismo presente. Ayotzinapa significará hoy lo que habremos conseguido que signifique, lo que habrá significado, la significación que hayamos conquistado. El futuro está en nuestras manos, pero también el pasado y el presente. Dependerá de nosotros que haya un sentido en la resistencia de las tortugas y de los normalistas, en la donación de Sebastián de Viguri, en la muerte de Guerrero y de Morelos, y en todo lo demás a lo que me he referido en estos minutos.

Brujería, vitalidad y feminidad: resistencia contra el progreso

Intervención en el Aquelarre Universitario, viernes 31 de octubre 2014, Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Marx y el progresismo

Hay muchas posiciones que se le atribuyen equivocadamente a Karl Marx. Una de ellas es el progresismo. Nos imaginamos a veces que Marx era progresista, que tenía una fe ciega en el progreso, en el imparable avance de la civilización humana, en el continuo mejoramiento y perfeccionamiento de lo que somos. Al imaginarnos todo esto, dejamos de lado las razones que Marx tuvo para enfatizar la creciente explotación del hombre, su enajenación cada vez mayor, las contradicciones y su agudización, la resistencia y no la aquiescencia, la revolución y no la evolución, la historia y no el progreso.

Lo cierto es que Marx no era progresista y tampoco tenía una buena opinión del progresismo, como bien lo demuestra el psicoanalista francés Jacques Lacan en el seminario sobre La ética del psicoanálisis. Para fundar y respaldar lo que dice, Lacan remite a dos textos juveniles de Marx, La cuestión judía y la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Son textos que no dejan lugar a dudas. Es verdad que no hay ningún progresismo en ese joven aparentemente obcecado, casi reaccionario, que rechaza los derechos del hombre, que desconfía de la emancipación política y de la secularización del Estado, y que no duda en decir que la humanidad sólo se libera y se recupera en su pérdida y en su disolución completa.

Marx no es progresista en su juventud. No lo es tampoco en su madurez. Por último, en su vejez, lo vemos adoptar una posición radicalmente anti-progresista que le hace revalorizar las comunidades prehistóricas y destacar el precio de nuestra civilización. Dos años antes de morir, en su proyecto de respuesta a la carta de Vera Zasulich, Marx observa que “la vitalidad de las comunidades primitivas era incomparablemente superior a la de las sociedades semitas, griegas, romanas, etc., y tanto más a la de las sociedades capitalistas modernas”.

Modernización y desvitalización

Marx denuncia una modernidad sin vitalidad. Si el viejo Marx se mantiene refractario al progresismo, es también porque tiene la convicción de que el progreso constituye la pérdida progresiva de nuestra fuerza vital. Hay desvitalización en toda modernización. Los modernos están menos vivos que los antiguos, los cuales, a su vez, estaban ya menos vivos que los primitivos. El ser humano estaría entonces cada vez menos vivo. La vida se iría extinguiendo con el paso del tiempo.

Con el avance de nuestra civilización, la muerte iría ganando terreno sobre la vida. Esta idea tan pesimista, reprimida por ciertos marxistas, es profundizada por Engels, un año después de la muerte de Marx, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Como lo dice el propio autor en el prólogo de la primera edición de 1884, se trata de la “ejecución del testamento” de su amigo recién fallecido.

Las reflexiones del viejo Marx, entre ellas las centradas en el aspecto mortífero de la civilización humana, son retomadas por Engels, quien describe minuciosamente cómo se habría ido perdiendo la vitalidad característica de la humanidad prehistórica. Engels también muestra cómo los pueblos primitivos, entre ellos los bárbaros y específicamente los germanos, tenían “una fuerza y una animación vitales” con las que habían sido capaces de “rejuvenecer” culturas “moribundas” como la europea del final de la antigüedad.

Feminidad y vitalidad

Engels considera que los bárbaros, además de revitalizar el decadente mundo civilizado, le “dieron a la mujer una posición más elevada” y “suavizaron la autoridad del hombre”. Los primitivos crearon así relaciones sexuales más justas e igualitarias que las establecidas por los civilizados. La victoria de la mujer fue indisociable del triunfo de la vida.

Sabemos que Engels asocia la vitalidad a la feminidad. La mujer, en la perspectiva engelsiana, estaría menos oprimida en aquellos pueblos primitivos en los que la vida estaría menos reprimida o sofocada. El sacrificio de la vitalidad sería correlativo del sacrificio de la feminidad. El patriarcado sería intrínsecamente letal para la vida preservada por las mujeres.

Al devolverle su poder sexual a la mujer, se le devuelve su fuerza vital a la humanidad. Esto es lo que habría ocurrido al principio de la Edad Media, en Europa, gracias a las invasiones de los germanos y de los demás bárbaros. Es lo contrario de lo que sucede al final de la Edad Media, en los orígenes del capitalismo, cuando se refuerza un sistema de opresión de la mujer que es también un mecanismo de represión de la vida misma. Se trata evidentemente de transmutar esta vida en una simple fuerza de trabajo con un valor de uso que pueda ser explotado.

Trabajo productivo y reproductivo

Para llegar a la fuerza de trabajo estudiada por Marx, hay que pasar por los dispositivos disciplinarios y reguladores estudiados por Foucault. Una vez que la vida se ha transmutado en una fuerza laboral disciplinada y regulada, y por ende también usable y explotable, entonces deja de ser vida en el sentido estricto del término. Ya no es vida pulsional, pura pulsión desregulada e indisciplinada como la estudiada en el psicoanálisis. A diferencia de esta pulsión que se goza, la fuerza de trabajo se usa, tiene un valor de uso, es útil. Su utilidad se torna fundamental desde los primeros años del capitalismo y de la edad moderna.

Ya desde el siglo XV, la vida empieza a concebirse fundamentalmente como una fuerza de trabajo con un valor útil. Su utilidad puede ser productiva o reproductiva, y en virtud de la división sexual del trabajo, tiende a ser productiva en el trabajo masculino y reproductiva en el trabajo femenino. Mientras la mujer debe reproducir la vida que habrá de usarse como fuerza de trabajo, el hombre se ocupa de producir otras mercancías. Digamos que el hombre produce todas las mercancías, mientras que la mujer reproduce la vida, la fuerza de trabajo, la más valiosa de las mercancías, la única verdaderamente capaz de reproducirse a sí misma y producir por sí misma otras mercancías. Todo esto ha sido bien estudiado por marxistas feministas italianas como Alisa Del Re, Mari­arosa Dalla Costa y Antonella Pic­chio.

Entre las marxistas que han estudiado el trabajo reproductivo, una de las más conocidas es Silvia Federici. Esta feminista italiana-estadunidense nos interesa especialmente aquí porque se ocupa de la fase de transición del feudalismo de la Edad Media al capitalismo de la Edad Moderna. Como lo señalé anteriormente, este período histórico parece caracterizarse, desde un punto de vista marxista engelsiano, por un proceso de masculinización y desvitalización que viene a neutralizar la feminización y revitalización que se habían dado siglos antes gracias a las invasiones de los bárbaros. Tras haberse liberado parcialmente a principios de la Edad Media, la vitalidad y la feminidad vuelven a caer bajo la mortífera dominación masculina, la cual, en el umbral de la modernidad, toma la forma de la caza de brujas, como nos lo demuestra magistralmente Silvia Federici.

Brujería y capitalismo

Federici nos muestra cómo las brujas representan una forma de resistencia contra la división sexual del trabajo, contra la opresión de la feminidad y la represión de la vitalidad, contra la proletarización de la vida, contra su reducción a la condición de fuerza de trabajo productivo y reproductivo. Aquello a lo que se oponen las brujas, defensoras de la vitalidad y la feminidad, es nada más ni nada menos que el fundamento mismo del capitalismo, lo que está en juego en la acumulación primitiva, pero también a cada momento de acumulación posterior. Se trata de algo que bien podemos representarnos, en consonancia con el marxismo y no sólo con Federici, como explotación de las mujeres y de quienes vienen después de ellas, como capitalización o valorización de su trabajo explotado, como transformación de su trabajo vivo en trabajo muerto. Podemos hablar también de mortificación o desvitalización de la existencia, reducción de la vida pulsional a la fuerza de trabajo productivo y reproductivo, trabajo que termina convirtiéndose en capital.

Desde un punto de vista lacaniano, lo que vemos aquí, en aquello a lo que se oponen las brujas, es precisamente la castración y la sexuación, la simbolización y la desrealización, la muerte de la cosa, la constitución y absolutización del símbolo cuyo funcionamiento será puesto de manifiesto por el mecanismo capitalista. Esto es aquello contra lo que habría luchado la brujería. Y se trata de algo tan crucial, tan fundamental para el capitalismo y el clasismo en general, que podemos entender la furia que se desencadenó contra las brujas y que las llevó a ser perseguidas, torturadas y quemadas en masa y sin piedad alguna.

La saña con la que se atacó a las brujas es la misma con la que siempre han sido atacadas y atacados quienes se han atrevido a resistir al avance del capitalismo, ya sean campesinos o aristócratas, indígenas o estudiantes, comunistas o anarquistas. Un enemigo del capital es un enemigo del capital. De ahí la desgracia que sufrieron las brujas.

La bruja de Tlaxcalilla

La persecución de las brujas, como la misma Federici lo reconoce, tiene lugar en América y no sólo en Europa. Si en Europa las brujas defendían la herencia de vitalidad y libertad femenina que se había ganado con las invasiones bárbaras, en América las brujas resguardaban la misma herencia de los habitantes originarios del continente. No hay que olvidar, por cierto, que el propio Engels se ocupó de los indígenas de Norteamérica y puso de relieve, no sólo su gran fuerza vital y el poderío de sus mujeres, sino también su “dignidad personal”, su “rectitud”, su “intrepidez” y su “energía de carácter”.  Estos rasgos tan positivos, asociados a la relativa emancipación de la vitalidad y la feminidad entre los primitivos, serían especialmente característicos de los indígenas norteamericanos menos avanzados, los nómadas, los cazadores y recolectores, es decir, los menos afectados por la corruptora civilización opresora de la mujer y represora de la vida. Tal es el caso de los diferentes grupos chichimecas del norte del territorio mexicano actual, como los guachichiles de San Luis Potosí, entre los cuales, en el siglo XVI, vemos aparecer a una mujer que mostró claramente el aspecto político-económico de la brujería que aquí he querido acentuar.

Me estoy refiriendo a una anciana hechicera que tenía poderes como los de resucitar a los muertos y transformarse ella misma en coyote. Gracias a estos poderes, la mujer era temida y respetada por la población indígena de Tlaxcalilla, un barrio de San Luis Potosí en el que no sólo habitaban guachichiles, sino también dóciles tlaxcaltecas y tarascos llevados ahí con el propósito de ejercer una influencia pacificadora en los aguerridos indígenas locales. A pesar de esta iniciativa de los españoles, en el verano de 1599, los guachichiles siguieron el llamado a la revuelta de nuestra bruja, quien los convenció de ir a los templos cristianos a destruir las imágenes religiosas y luego matar a todos los españoles que encontraran, prometiendo rejuvenecimiento y vida eterna a quienes lo hicieran.

Gracias a la bruja de Tlaxcalilla, los guachichiles volvieron a ser, al menos por un momento, aquellos salvajes indomeñables que habían aterrorizado a los españoles durante la Guerra de los Chichimecas, entre 1550 y 1590, cuando asaltaban las diligencias, robaban caballos, saqueaban puestos de provisiones, quemaban iglesias y martirizaban a religiosos. Todo esto sucedía en los territorios mineros que tanto contribuyeron al primer desarrollo del capital y específicamente a la acumulación primitiva. El capitalismo emergente, y no sólo su expresión colonial, fue aquello contra lo que lucharon audazmente los guachichiles. Fue lo mismo contra lo que se rebelaron gracias a la bruja de Tlaxcalilla.

En 1599, la breve rebelión anti-capitalista y anti-colonialista de los guachichiles pudo ser finalmente sofocada por los españoles. A la bruja se le condenó a morir en la horca, y se le colgó en el camino de Tlaxcalilla a San Luis Potosí, aun cuando su abogado, Juan López Paniagua, intentó salvarla con el argumento de que «estaba loca y le faltaba el juicio». El encargado oficial de impartir justicia, el capitán Gabriel Ortiz de Fuenmayor, decidió que no se anulara la sentencia de muerte con el argumento de que “resultaría grandísimo daño y de servicio a Dios nuestro señor y a su majestad porque la dicha india con la averiguación que contra ella hay de que es hechicera trae alborotada a toda la gente guachichila y de su nación”, y con sus hechizos “la dicha india” podría ausentarse “de la cárcel en que la tiene y yéndose se alborotaría toda la gente que está de paz”. Es claro que la bruja, al menos tal como la ven los españoles, constituía un peligro para el dominio colonial político-económico de la corona española en la región.

Los guachichiles tragados por la tierra

Debe acentuarse que nuestra bruja rebelde, además de sus poderes para transformarse en animal y de resucitar a los muertos, había tenido el poder no menos extraordinario de sacar a los guachichiles de su resignada postración y sublevarlos contra los invasores españoles. Quizá también tuviéramos que asombrarnos de que la bruja consiguiera esto siendo mujer, pero este asombro no parece estar justificado en el caso de los guachichiles, entre los cuales, según la poca información de la que disponemos, el varón debía limitarse a pelear, cazar y emborracharse, mientras que las mujeres se encargaban de todo lo demás, siendo las familias de ellas las que acogían a los hombres en casa, y siendo también ellas las que solían repudiar a los hombres, y no lo contrario.

La bruja guachichil constituye un ejemplo elocuente de la feminidad sublevada contra un colonialismo patriarcal y necesariamente opresivo para la mujer. No debería ser necesario señalar además que el poder colonial era también mortífero para los indígenas, y que nuestra bruja rebelde puede ser vista igualmente como la personificación de una vitalidad insurrecta contra la mortandad traída por los españoles. De ahí la importancia tanto de su capacidad sobrenatural de resucitar a los muertos como de su promesa de rejuvenecer y dar la vida eterna a quienes participaran en la revuelta.

La bruja es dadora de la misma vida que los españoles arrancaban a los indígenas. Hay que decir, al respecto, que los invasores exterminaron totalmente a la población guachichil. Fue así como se realizó la profecía de nuestra bruja, la cual, para incitar a los indígenas a la revuelta, les advirtió que todos serían “tragados por la tierra” si no luchaban contra los invasores españoles. Fue exactamente lo que ocurrió.

Los guachichiles terminaron bajo tierra, quizá porque no lucharon, o tal vez porque lucharon, pero no lo suficiente. ¿Pero habrían podido luchar más? ¿Habrían podido vencer a sus enterradores? Nada más dudoso.

En cualquier caso, los guachichiles fueron tragados por la tierra. Y no habría que juzgarlos con rigor. Después de todo, tampoco nosotros hemos conseguido evitar las fosas comunes de Iguala y de otros lugares del país. Tampoco ahora hemos derrotado a quienes continúan exterminando a los pueblos indios y mestizos con todo el poder asesino de un Estado tan ilegítimo como el colonial. Tras quinientos años de luchas, los déspotas que nos gobiernan siguen subordinados a un sistema que sólo sirve para saquear nuestro suelo y transmutar la vida en muerte.

Desde luego que no faltan quienes todavía se mantienen aferrados a la vida, pero son precisamente ellas y ellos, necesariamente anti-progresistas y anti-capitalistas, quienes más se exponen a ser arrollados por nuevas formas asesinas de progreso y de capitalización, de represión y desvitalización. La muerte acecha especialmente a quienes poseen y pueden ofrecer más vida, como era el caso de la bruja de Tlaxcalilla. Para ellas y ellos, desde el siglo XVI hasta ahora, vivir es resistir. Esta resistencia es quizá poco, pero es todo lo que les queda. Es por ella que no se han dejado tragar por la tierra. Sobreviven al resistir con su brujería, con su locura, con su necedad. La resistencia es el último reducto, no sólo de su dignidad, sino también de su vida y de su vitalidad.

Estado de Excepción: Marx y Lacan en Ayotzinapa

Conferencia en el Foro del Campo Lacaniano de São Paulo, Brasil, lunes 20 de octubre 2014, con comentarios de Raul Albino Pacheco Filho e Ivan Ramos Estevão

David Pavón-Cuéllar

Se me ha invitado a hablar sobre marxismo y psicoanálisis lacaniano. Lo haré, desde luego, pero únicamente como puedo hacerlo ahora mismo, en este preciso momento.

Estamos en la historia y cada momento es único y singular. Cada uno requiere de palabras diferentes. Cada momento me exige a mí, como le exige a cualquiera de ustedes, vincular el marxismo y el psicoanálisis de manera excepcional. Evidentemente no es una excepción por la que se confirme la regla, sino que es la regla misma. La regla es que en la historia sólo hay excepciones. La regla es la excepción, como ya nos lo decía Althusser. Y es por eso que la ciencia de la historia, como la del psicoanálisis, es una ciencia de lo particular para Lacan. Digamos que es una ciencia de las excepciones.

Cada momento es excepcional y nos exige hablar de su excepción. Esta exigencia es algo que siento ahora mismo, cuando sólo puedo hablar de marxismo y psicoanálisis denunciando algo que ha ocurrido en mi país, México, hace aproximadamente un mes. Algunas y algunos de ustedes ya sabrán a lo que me refiero: la reciente matanza de Iguala. Resumamos los hechos. El pasado 26 de septiembre, policías mataron y desaparecieron a varios estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, una institución pública de enseñanza superior en la que se forman futuros maestros, casi todos ellos hijos de campesinos pobres.

Los estudiantes de Ayotzinapa estaban en Iguala para botear, es decir, para pedirle a los transeúntes una cooperación voluntaria que les permitiría viajar a la Ciudad de México y participar en la gran marcha estudiantil que se realiza cada año para conmemorar la masacre de estudiantes que ocurrió en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, cuando los militares asesinaron a centenares de estudiantes en una plaza pública. 36 años después, en Iguala, fueron policías los que atacaron a los estudiantes, disparando sobre ellos y matando a 6, además de arrestar a otros y desaparecerlos. Hay actualmente 43 desaparecidos. Ya se descubrió el cadáver de un estudiante al que torturaron, le arrancaron los ojos y le desollaron el rostro. Se han encontrado también algunas fosas comunes con más cadáveres. Las investigaciones revelaron que muchos de ellos fueron quemados vivos.

La versión oficial es que los policías y funcionarios municipales de Iguala trabajaban para un capo local del narcotráfico y que fue él quien ordenó matar a los estudiantes. Pero nadie entiende por qué los narcotraficantes de Iguala querrían o necesitarían matar a los estudiantes de Ayotzinapa. Esto ha hecho que se difunda la versión más verosímil y convincente de que la matanza de estudiantes fue decidida por el gobierno estatal e incluso federal. Después de todo, a diferencia de los narcotraficantes, los gobernantes de México sí que tenían móviles para matar a unos estudiantes conocidos por su militancia rebelde antigubernamental.

Quizá ni siquiera tenga importancia confirmar si los asesinos de estudiantes obedecían órdenes del gobierno federal o de algún cártel del narcotráfico. El narco y el gobierno mexicano se han unido tan íntimamente que podemos hablar ya de un verdadero narcogobierno. La subordinación del Estado Mexicano al narcotráfico no es más un aspecto de su total sumisión ante otros sectores de la economía capitalista, como el financiero, el industrial y el extractivo. Son los amos del dinero los que mandan en México. El presidente Enrique Peña Nieto y sus mediocres funcionarios neoliberales no suelen ser más que títeres en manos de los grandes oligarcas nacionales y extranjeros de la minería, la manufactura, la finanza y el narcotráfico. Son los ricos los que mandan. El poder está en su riqueza, en su dinero, en su capital, en el capital.

Sabemos por Marx que el capital cobra conciencia y voluntad en los capitalistas, los cuales, a su vez, hacen valer esa conciencia y esa voluntad a través de gobiernos como el mexicano. Los policías, brazos armados y caras visibles del gobierno, deben proceder como el capital decide que procedan. Aunque a menudo cometan errores, sus mismos errores, como el de Ayotzinapa, tienden a constituir una suerte de lapsus o síntoma que revela su total subordinación al capitalismo. Ésta es la verdad que se descubre a sí misma, como aletheia, en los asesinatos de estudiantes, ya sea que los policías obedezcan al narcotráfico o a funcionarios que obedecen a al narco y a otros sectores de la economía capitalista.

No importa cuántas y cuáles mediaciones hubiera entre el capital y los policías asesinos de Iguala.  Da igual que obedecieran directamente a un capo local del narcotráfico o indirectamente al presidente mexicano que a su vez obedece al capitalismo global con sus narcotraficantes, banqueros y demás personificaciones criminales. En ambos casos, una parte importante de la responsabilidad última de la matanza recae en el capital, en el capitalismo, lo que no absuelve desde luego a los esbirros del capital, desde los policías de Iguala hasta el Presidente de la República.

Lo que digo es algo que parece presentirse entre los supervivientes de Ayotzinapa y entre las decenas de miles de estudiantes mexicanos que han salido a protestar a las calles después de la masacre. Basta escuchar las consignas y pasear por las redes sociales para captar la intuición general de que los estudiantes fueron asesinados por algo que se expresa lo mismo en los narcotraficantes que en los policías, en los distintos niveles del gobierno y del crimen organizado, en los medios masivos de comunicación, en los diversos poderes fácticos económicos, en las últimas reformas neoliberales y en la manera en que los partidos opositores se han dejado intimidar, sobornar, cooptar y degradar por el corrupto y represor Partido Revolucionario Institucional, el PRI, que volvió al poder en 2012, después de haber gobernado México entre 1930 y 2000.

Si el PRI se mantuvo setenta años en el poder, fue mediante el control de los sindicatos, la absorción de otros partidos, la compra sistemática de votos, la censura de los medios y una represión brutal que lo llevó a matar a decenas de miles de opositores, entre ellos los estudiantes que murieron en Tlatelolco en 1968. El régimen priista era ciertamente autoritario y tiránico, pero no por ello dejó de respetar los rituales democráticos de las elecciones periódicas, la separación de poderes, la sucesión presidencial y la no reelección de los mandatarios. Distinguiéndose así de otras dictaduras latinoamericanas,  la tiranía priista recibió el nombre de “dictadura de partido”. Su buena imagen democrática exterior, la discreción de sus crímenes y su capacidad de control interno hicieron que Vargas Llosa la llamara “la dictadura perfecta” en 1990.

La expresión de la “dictadura perfecta” ha regresado y está en el aire. Es el título de una película sobre el retorno del PRI que salió en salas mexicanas la semana pasada. La misma expresión ha sido empleada más de una vez en relación con la matanza de los estudiantes de Ayotzinapa. Se dice que la dictadura perfecta está de vuelta, y la matanza de Ayotzinapa se incluye en una larga lista de matanzas priistas: la de Tlatelolco, la de los halcones, la de Acteal, la del Bosque, la del Charco, etc.

Quienes evocan el retorno de la dictadura también consiguen adivinar el papel del capitalismo en la matanza de estudiantes. Hay una especie de lucidez colectiva, expresada en protestas y redes sociales, por la que se intuye que el poder capitalista subyace al dictatorial, que ambos poderes económico y político son un mismo poder, y que es con ese poder capitalista-gubernamental con el que se asesinó a los estudiantes de Ayotzinapa, tan culpables de manifestaciones antigubernamentales como de posiciones anticapitalistas. ¿Podemos decir entonces que fue por anticapitalistas y antigubernamentales que los estudiantes fueron asesinados? Quizás haya en esto una parte de verdad, pero no toda la verdad, pues somos decenas de millones los mexicanos anticapitalistas y antigubernamentales, y sin embargo no hemos sido asesinados. Yo estoy aquí en Sao Paulo, vivo frente a ustedes, pues no he sido asesinado.

¿Entonces por qué diablos fueron asesinados los estudiantes de Ayotzinapa? Se puede responder sin responder y decir que se les eligió al azar, pero que pudieron haber sido otros, ya que se trataba sólo de matar a unos pocos para asustar a todos los demás anticapitalistas y antigubernamentales del país. Ha llegado incluso a suponerse que se asesinó a los estudiantes de Ayotzinapa con el propósito de intimidar específicamente a los del Instituto Politécnico Nacional que estaban movilizados en esos mismos días en la Ciudad de México. ¿Pero entonces por qué no matar directamente a los estudiantes del Politécnico? ¿Por qué pasar por la matanza de los de Ayotzinapa?

Aun si no fuera cierto que la matanza de Iguala era para enviar un mensaje a los estudiantes del Politécnico, ¿por qué haber matado específicamente a los estudiantes de Ayotzinapa entre las decenas de miles de estudiantes que manifestaban en esos mismos días? Entre tantos estudiantes anticapitalistas y antigubernamentales en todos los rincones de México, ¿por qué los de Ayotzinapa? Le pregunté esto a dos jóvenes compañeros marxistas justo antes de venir a Brasil, y no supieron qué responderme. Tan sólo balbucearon algunas explicaciones en torno a la situación en Guerrero y la radicalidad de los estudiantes de Ayotzinapa. Sus explicaciones fueron convincentes, pero  me parecieron insuficientes.

Me temo que mis compañeros conocían la respuesta que yo quería escuchar, pero no sabían muy bien cómo expresarla y ni siquiera cómo pensarla. Es lo mismo que me ocurría. Llegamos aquí a uno de aquellos puntos intratables ante los que Lacan puede sernos particularmente útil a nosotros los marxistas.

Lacan puede servirnos, por ejemplo, a considerar los diversos discursos políticos y periodísticos en los que se denigra sistemáticamente a los estudiantes de Ayotzinapa. En lugar de abordar los discursos como descriptivos y comunicativos de cierta realidad existente, podemos concebirlos, en una perspectiva lacaniana, como creadores y organizadores de una realidad imaginaria que sólo existe en virtud de los mismos discursos.  Es aquí, en esta realidad imaginaria generada por un sistema simbólico, en donde los estudiantes de Ayotzinapa se presentan como parásitos inútiles y prescindibles, que no rinden ahora ni rendirán jamás ningún servicio a la sociedad, pero que son costosos y dispendiosos, y además ávidos e insaciables, pues quieren más y más, sin dar nada a cambio.

Para convencerse del carácter imaginario de la realidad recién descrita, consideremos que la manutención de los estudiantes de Ayotzinapa le cuesta al gobierno 30 pesos mexicanos, 6 reales brasileños por día, lo que sólo permite comprar los alimentos mínimos para sobrevivir. De hecho, los estudiantes de Ayotzinapa son aquellos en los que menos gasta el gobierno de México. Y desde cierto punto de vista, se les podría considerar particularmente útiles, ya que serán futuros maestros rurales que alfabetizarán a hijas e hijos de campesinos. Aunque la utilidad de la alfabetización pueda ser cuestionable, no cabe duda de que es una actividad más útil que las actividades habituales de los funcionarios y periodistas que denuncian la inutilidad de los estudiantes.

Hay buenas razones para invertir el mensaje del Otro, desentrañar aquí una denegación y ver a los estudiantes de Ayotzinapa como lo diametralmente opuesto a lo que se afirma de ellos. Podríamos decir que son los más útiles y los más baratos entre los estudiantes de México, mientras que se les presenta como los más inútiles y los más caros en los discursos que circulan. Es claro que estos discursos, como cualquier otro discurso, no tienen su verdad en una realidad existente, sino en lo que se descubre a través de la realidad imaginaria que nos ofrecen. ¿Y qué se descubre aquí, en esa realidad en la que nuestros estudiantes de Ayotzinapa son demasiado agresivos y conflictivos, demasiado ávidos y exigentes, demasiado costosos y dispendiosos? Lo que se descubre, según yo, es que lo que se dice literalmente: que los estudiantes son demasiado lo que son, que lo son en exceso, que son más de lo que deberían ser, que están de más, que sobran. Esta condición intrínsecamente sobrante de los estudiantes se confirma en sus caracterizaciones como inútiles y prescindibles.

Los estudiantes de Ayotzinapa son algo que sobra, y cuando algo sobra, es normal que se le deba eliminar, limpiar, tirar al cesto de la basura, o, en este caso, a una fosa común. La matanza de los estudiantes de Ayotzinapa no es más que la conclusión de un silogismo sencillo: los estudiantes sobran, y lo que sobra debe desaparecer; por lo tanto, los estudiantes deben desaparecer. Al desaparecer a los estudiantes, los policías únicamente completaron el silogismo que no dejaba de operar en el gobierno de Enrique Peña Nieto y en los grandes medios de comunicación. Los autores morales de la matanza están en las cúpulas gubernamentales y en las pantallas de televisión, e incluyen a famosos periodistas como Carlos Loret de Mola, Joaquín López Dóriga y Ciro Gómez Leyva. Éstos y muchos otros asesinos de cuello blanco prepararon la matanza de los estudiantes al justificar su represión, ocultar sus condiciones de vida, ignorar sus reivindicaciones, quitarles la voz y reducirlos a la condición de obstáculos de los que debíamos deshacernos para permitir el desarrollo del país y específicamente la circulación en las carreteras.  Hasta podríamos decir que los periodistas fueron los que empezaron la matanza de estudiantes. Únicamente fueron precedidos por los políticos neoliberales, quienes ya estaban matando a los estudiantes al denunciarlos como un problema que debía resolverse, como un despilfarro que debía ahorrarse, y al reducir el dinero que les daban y al no dárselos en numerosas ocasiones, aun cuando sabían que eran los jóvenes más pobres del país y que apenas podían sobrevivir con lo que recibían.

Al matar a los estudiantes, los policías concluyeron el trabajo de los políticos y los periodistas. Hicieron además únicamente lo que les fue indicado por el gobierno y por la televisión. El asesinato de los estudiantes de Ayotzinapa se fraguó en lugares como la residencia oficial de Los Pinos, las diferentes Secretarías, el Senado y el Congreso de la Unión, así como Televisa, Televisión Azteca, Milenio y otros medios. Es aquí en donde se tejió esa trama discursiva en la que no había ya lugar para los estudiantes, en la que no cabían, sobraban y debían descartarse, desecharse como un resto que difícilmente podríamos resistirnos a pensar a través de la noción de objeto a.

Como en la concepción lacaniana del objeto a, los estudiantes de Ayotzinapa son aquello mismo cuya exclusión da lugar y sentido a los discursos oficiales. Estos discursos no dejan de afirmar la falta de todo lo personificado por cada estudiante de Ayotzinapa: la dignidad en la miseria, la vida en la muerte, la resistencia de los condenados, la insumisión de los despreciados, la furia de los de abajo, la rebeldía subversiva de indios y campesinos desharrapados como los revolucionarios Emiliano Zapata y Francisco Villa. Todo esto desafía el silogismo al que acabo de referirme. Es algo real contra lo que nada puede la simbolización del discurso oficial, el del PRI, el Revolucionario Institucional, que tiene sus orígenes más remotos, no en la revolución de Villa y Zapata, sino en la otra, en la falsa y astuta, la corrupta y represiva, la de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, los asesinos de Zapata y Villa, respectivamente.

La revolución institucional se instituyó al neutralizar la revolución propiamente dicha. El símbolo se erigió sobre la muerte de lo real, de la cosa, del movimiento revolucionario que lo trastornó todo en México. Se empezó así por asesinar a Villa, Zapata y los demás que podrían subvertir el discurso revolucionario institucional.

Se excluyó aquello que tomó entonces la forma de obstáculo para la pacificación y el progreso. Era mucho más que una piedra en el zapato de los nuevos ricos. Fue lo que se levantó en armas en 1910. Era y sigue siendo el oprimido que lo aguanta todo hasta que deja de aguantarlo, el mexicano que acumula resentimientos y razones de venganza, la indiada enigmática y la plebe mestiza turbia y amenazante detrás de su cándida sonrisa, el objeto andrajoso en el que se concentra la angustia de los opresores. La violenta inmolación ritual de esto, primero en las figuras de Villa y Zapata y luego en los millones de muertos de hambre y de represión, ha permitido la institucionalización revolucionaria de aquello que se convierte en la dictadura perfecta. Pero el valor simbólico de la dictadura nunca deja de estribar en lo mismo de lo que es la sustracción. El meollo del PRI siempre ha radicado y sigue radicando en su relación con lo descartado, con lo real que no se deja simbolizar, con la revolución que resiste a su traición institucionalizada, con eso que irrumpió a través de Zapata y Villa en la Revolución de 1910, pero también en los movimientos guerrilleros posteriores, entre ellos los más temibles y recordados, los de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, quienes estudiaron precisamente en Ayotzinapa.

Entre quienes contribuyeron al asesinato de los estudiantes, están quienes dicen ahora, en 2014, que la Escuela Normal de Ayotzinapa debería desaparecer porque es un nido de guerrilleros. La afirmación es absurda y no tiene más fundamento que el de los guerrilleros egresados hace medio siglo. Se trata evidentemente de una calumnia, de una declaración infundada y engañosa, pero no por ello menos reveladora de cierta verdad. Una vez más debemos buscar la verdad en la mentira, en la estructura de ficción de la que nos hablaba Lacan, en los cuentos verdaderos de los que nos hablaba Marx.

La mentira de los estudiantes revolucionarios nos descubre la verdad de lo que estaban encarnando los estudiantes que fueron asesinados, aquel objeto de angustia, pues la angustia no carece de objeto, y en este caso, como lo hemos visto, su objeto parece residir en cierto residuo sangriento, marca del vacío dejado por Villa y Zapata, resto indeleble de la Revolución de 1910, pero también de todas las demás revoluciones derrotadas, ahogadas en baños de sangre.  He aquí el fantasma que ahora mismo recorre México. Es el espectro de Villa y Zapata, pero también de Lucio y Genaro y de otros guerrilleros asesinados, Jaramillo y Gámiz y tantos otros, incluidos los 20 mil asesinatos políticos en los últimos años del PRI, así como los millones de indios que no dejan de masacrarse desde 1521. En lugar de pedirle perdón al pueblo y a la indiada, el gobierno ha preferido perdonarlos a través de una serie de amnistías que remontan a los tiempos coloniales y que invierten la relación entre los verdugos y sus víctimas, pero que vuelven también a descubrirnos la verdad a través de la mentira. En una interesante formación reactiva, las asesinas élites políticas y económicas mexicanas están ofendidas en lugar de arrepentidas, y dan el perdón por no pedirlo, quizá porque presienten que no lo recibirán, que no serán perdonadas, que nunca podrá perdonarse todo lo que han hecho desde la conquista de México hasta la nueva dictadura perfecta. La deuda se ha vuelto impagable.

¿Cómo podría haber duelo en México? Imposible llegar a elaborar simbólicamente lo que no deja de acechar en lo real. Es lo que asusta constantemente a las élites económicas y políticas, a los periodistas y los policías. Es aquel guerrillero persecutor, vengador y justiciero, contra el que disparan sus balas de metal y de tinta. La angustia suscitada por este objeto puede apreciarse al medir la saña con la que se le trata al denigrarlo, torturarlo, despellejarlo, quemarlo vivo. Hay aquí evidentemente un proceso ritual que pretende en vano, a través de una nueva inversión, compensar la imposibilidad efectiva del duelo en nuestra cultura.

Pero los asesinos de los estudiantes de Ayotzinapa no sólo temen a los estudiantes como vengadores y justicieros potenciales, sino que también los critican y los reprenden, empleando sus mismas palabras, por alterar el orden público en lugar de ponerse a trabajar. Esta acusación es la más común entre la población y es tan mentirosa y reveladora como las demás. Se les pide a los estudiantes que se pongan a trabajar, como si estuvieran descansando, como si no trabajaran al estudiar y como si no hubiera tampoco ningún trabajo en sus protestas, sus asambleas, su colecta de recursos y otras formas de militancia. Y es verdad que todo esto no constituye ningún trabajo para el sistema capitalista, en el cual, como bien sabemos, el único trabajo reconocido como tal suele ser el productivo y remunerado, es decir, el que tiene un valor de uso y un valor de cambio para el sistema capitalista.

En términos marxistas, el único trabajo reconocido por el capital es aquel en el que el mismo capital realiza la explotación de nuestra vida como fuerza de trabajo. Esto no se cumple, desde luego, en el caso de los estudiantes de Ayotzinapa. Su vida no es ni promete ser fuerza de trabajo que pueda ser explotada por el sistema capitalista. Desde el punto de vista de este sistema, la vida de los estudiantes de Ayotzinapa es inútil y se goza en lugar de usarse, ya que es pura vida pulsional, pura pulsión inexplotable que no se ha dejado reducir a fuerza de trabajo y que por eso mismo debe ser eliminada. Su eliminación habría podido evitarse, desde el mismo punto de vista, si la pulsión hubiera sido adecuadamente reprimida para convertirse en fuerza de trabajo. Esta conversión de la vida en fuerza de trabajo es el punto preciso en el que intervienen dispositivos disciplinarios y de control como los estudiados por Foucault. Su producto es una fuerza explotable que nunca sobra como la vida pulsional de los estudiantes de Ayotzinapa.

Si los estudiantes de Ayotzinapa debían morir, fue también y quizá fundamentalmente porque el gobierno y los medios redujeron toda su existencia real a lo que es para el sistema capitalista: pura vida pulsional quizá gozable, pero indisciplinada e incontrolada, y por tanto inútil e inexplotable. Una vida como ésta solamente puede causar problemas. De ahí que deba ser eliminada o al menos desactivada, marginada o expulsada del sistema. Esto la distingue claramente de las vidas que se dejan reprimir, disciplinar y controlar, convirtiéndose así en una fuerza explotable que a su vez,  al ser explotada como fuerza de trabajo, se aliena y se convierte en el poder explotador inherente al capital.

Ya sabemos que para Marx, el poder del capital, como trabajo muerto, no proviene sino de la fuerza del trabajador, como trabajo vivo. Es fácil ahora percatarse, gracias a la lectura lacaniana de Marx, que la fuerza de trabajo es aquello en lo que se ha convertido la vida que no es gozada como pulsión por el sujeto, sino explotada como fuerza por el gran Otro del sistema simbólico, del lenguaje y la cultura, del capitalismo. Esta fuerza de trabajo del sistema, esta fuerza disciplinada y controlada, útil o con valor de uso para el capital, es aquello en lo que habrían debido convertirse las existencias de los estudiantes para que se les perdonara la vida.

Lo que no se perdona es que se opte por lo que se percibe como vida pulsional gozable en lugar de fuerza laboral usable. De allí la reiterada caracterización de inútiles prescindibles para los estudiantes de Ayotzinapa. Estos estudiantes serían inútiles prescindibles porque no tendrían un valor de uso para el sistema. Y no tendrían valor de uso porque no habrían permitido su represión, su disciplina, su control y finalmente su proletarización, es decir, la reducción de su vida a simple fuerza de trabajo del sistema capitalista. Para el sistema, su existencia no sería entonces más que vida pulsional inútil o inexplotable, pero además peligrosa, esencialmente disruptiva y subversiva. Esta vida no tendría ningún derecho a seguir viviendo.

Para no terminar en una fosa común como los estudiantes de Ayotzinapa, debe hacerse el trabajo del sistema capitalista, ya sea cumpliendo con labores ideológicas o bien estrictamente económicas. Ya sea en la fábrica o en la universidad, en las empresas o en los noticieros, hay que hacer un trabajo útil, explotable, productivo, que produzca positivamente una plusvalía simbólica para el sistema y negativamente un plus-de-goce real para el sujeto. En otras palabras, el sujeto debe renunciar a gozar de la vida como pulsión y dejar que el sistema la use como fuerza de trabajo.

Los estudiantes de Ayotzinapa, como dicen los discursos oficiales, deben dejar de gozar con sus protestas y tienen que ponerse a trabajar. Como ya lo señalé con anterioridad, estos discursos de periodistas y gobernantes neoliberales desconocen el trabajo que los estudiantes realizan diariamente. Lo desconocen, hacen como si no existiera, porque no existe verdaderamente en su universo simbólico. Al estar fuera de este universo que lo engloba todo, el trabajo estudiantil no está en ninguna parte. No es porque no es un trabajo del capitalismo, del sistema simbólico de nuestra cultura, de nuestro lenguaje.

Digamos, en términos lacanianos, que no hay metalenguaje. No hay un exterior del capitalismo en el que pueda reconocerse el trabajo de los estudiantes de Ayotzinapa. Su trabajo exterior sólo puede ser visto como goce, como simple satisfacción de la pulsión, como algo real no simbolizable en el único universo simbólico que existe para nosotros, el del capitalismo global, el del sentido común democrático burgués y neoliberal, el del Pensamiento Único.

Sin embargo, además del capitalismo, hay otros universos simbólicos. Hay otras civilizaciones que engloban, cada una, todo lo que existe. Y además está el comunismo. Los estudiantes de Ayotzinapa trabajan para él, e incluso ya en él, gracias a una lógica retroactiva y prefigurativa por la que ahora mismo se habrá hecho existir aquello mismo por lo que se lucha. Es así como Ayotzinapa se ha liberado y ha sabido estar fuera y después del mundo en el que habitamos.

Quizá en este mundo los estudiantes de Ayotzinapa sean restos del pasado y deban extraerse del presente para despejar las autopistas hacia el futuro. Pero hay otro mundo en el que los mismos estudiantes anuncian el futuro. Y para ese otro mundo, para ese otro lenguaje sin metalenguaje, son otros los inútiles. Son otros los que no estarían trabajando, pues se limitarían a gozar, a satisfacer la única pulsión, la de muerte, la del vampiro del capital. Gozarían de esta gran máquina de goce mortal que es el capitalismo que destaza y hornea vivos a nuestros jóvenes.

Finalmente no habría más que humo y ceniza, huesos quemados y desperdigados, huellas de tortura y rastros de resistencia. Quizás aquí el objeto no deje de caer, pero es porque no termina de caer. El fantasma perverso no se repite sino al avanzar, y al avanzar, lo hace por caminos desconocidos. Además no hay que olvidar que la desviación, el clinamen, es una realidad permanente. La gran ruta de Lacan es una ficción conceptual. Sólo hay pequeños caminos. No hay línea recta. No hay necesidad ni principio de razón suficiente, sino sólo contingencia, como Epicuro y el primer Marx, y luego el último Althusser y ahora Quentin Meillasoux nos lo demuestran convincentemente.

No hay paso previsible. No hay tampoco dos pasos iguales. Cada paso es diferente de los anteriores. El gigante puede tropezar en cualquier momento, y si no tropieza, quizá consigamos derribarlo desde abajo. Puede ocurrir de un momento a otro. Estamos en la historia y cada momento es único y singular. Sólo hay excepciones.

El Día del Psicólogo en México: un festejo presuntuoso, inmerecido y usurpado

Nota en el blog de la Red Iberoamericana de Investigadores en Historia de la Psicología, el 20 de mayo 2014. Edición de Bruno Jaraba con fotografías de Juan Rulfo

David Pavón-Cuéllar

Desinterés e invisibilidad

El 20 de mayo es el día del psicólogo en México. Hay quienes lo escriben con mayúscula, “Día del Psicólogo”, quizás intentando recalcar su importancia e imponer cierta reverencia. También hay quienes buscan promover y oficializar la celebración por todos los medios a su alcance, entre ellos eventos, regalos, invitaciones a comer y recordatorios en redes sociales. Por lo pronto, a pesar de tantos esfuerzos bienintencionados, casi nadie, ni dentro ni fuera de la profesión, parece tomarse muy en serio esta gota en el torrente de fechas conmemorativas que inunda y satura el calendario.

Tal vez haya profesionistas de la psicología que abriguen la ilusión de tener un día tan glorioso como lo son, en México, los de la madre y los muertos. ¿Pero cómo pretender compararnos con semejantes figuras de nuestra cultura fascinada por la mortalidad y la maternidad? Ni siquiera pienso que podamos ofrecernos jamás un día tan desgastado como el del maestro, el feriado 15 de mayo, el cual, por su contigüidad con el 20 de mayo, suele opacar el día del psicólogo, al menos en las facultades y departamentos de psicología.

Rulfiana9Son muchas las razones que explican el desinterés por nuestro día. Podemos empezar por lo más obvio y observar que hay considerablemente menos psicólogos que muertos, madres y maestros. En México, por cada psicólogo titulado, hay cerca de 150 maestros, 2500 madres y una cifra incalculable de muertos. Y cuando nos comparamos con otros países latinoamericanos descubrimos que la proporción de psicólogos en el país, 12 por cada 100 mil habitantes, es aproximadamente cuatro veces menor que la de Colombia, cinco veces menor que la de Brasil y diez veces menor que la de Argentina.

Rulfiana91La escasez de psicólogos mexicanos podría favorecer en cierta medida el desinterés por nuestro día, por nuestra profesión y por nuestra persona. Podemos considerarnos un sector social relativamente minoritario que pasa desapercibido con facilidad. Pero sería ingenuo pensar que nuestra invisibilidad se explica únicamente por nuestra escasez. Los bomberos son también escasos y no por ello dejan de atraer la atención, inspirar admiración y ser efusivamente reconocidos en su día, el 22 de agosto, cuando reciben felicitaciones de periodistas, actores, legisladores, gobernadores y hasta presidentes. Sin embargo, mientras que todo el mundo sabe para qué sirve un bombero, nadie tiene muy claro para qué puede servir un psicólogo. Ni siquiera nosotros, los profesionales de la psicología, nos hemos puesto de acuerdo sobre nuestra función.

Cuando se nos homenajea o nos homenajeamos, podemos estar seguros de que no hay consenso con respecto al motivo del homenaje. Muchos ni siquiera tenemos la más remota idea sobre lo festejado. No vemos nada que celebrar, nos preguntamos cuál es el objeto de la celebración y desconfiamos de quienes creen saberlo y pretenden ofrecernos respuestas. Por lo demás, las respuestas no dejan de contradecirse, aun cuando se refieren a lo más puntual.

¿Cómo esperar que se tome en serio nuestro 20 de mayo cuando ni siquiera hemos conseguido ponernos de acuerdo con respecto a la razón exacta por la cual se nos festeja en ese preciso día y no en cualquier otro? Hay quienes aseveran que fue el día en que se otorgó la primera cédula profesional de psicología en México. Pero hay también los que aseguran que fue la fecha en que se aceptó el primer programa en psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Otros más responden que fue cuando se fundó la primera facultad en la misma universidad. Y no faltan quienes ofrecen otra interpretación.

Rulfiana3Tramitología y autocomplacencia

Entre las diferentes versiones de lo celebrado el 20 de mayo, el único denominador común es que se trata de un hecho estrictamente institucional, burocrático, administrativo. Este mismo carácter oficinesco se encuentra en la elección de la fecha por la Federación Nacional de Colegios, Sociedades y Asociaciones de Psicólogos de México. No hay aquí ningún acontecimiento histórico, ninguna conquista social, ninguna gesta heroica, ningún sacrificio ni natalicio.

El 20 de mayo sólo hubo el cumplimiento de una gestión administrativa convertida en festejo mediante el cumplimiento de otra gestión administrativa. Esto es, en definitiva, lo que celebramos el día del psicólogo en México. Celebramos un doble trámite, lo cual, personalmente, me parece revelador, ya que nos descubre un aspecto esencial de la psicología mexicana que se festeja el 20 de mayo. En esto, al menos en esto, los festejados somos consecuentes. Festejamos lo que somos.

Rulfiana7Así como nuestro festejo se refiere simplemente a un par de aburridos trámites, así también la historia que nos atribuimos, tal como nos la contamos, consiste fundamentalmente en una tediosa cronología de gestiones administrativas profesionales y académicas, desde la aceptación del curso de psicología en la Escuela Nacional Preparatoria en 1896 hasta la realización del enésimo congreso de la sociedad fulana de tal, pasando por las fundaciones de sociedades y facultades, las publicaciones de libros, las traducciones o adaptaciones de pruebas psicológicas, las modificaciones de programas universitarios, las estancias de académicos extranjeros en el país y las aprobaciones de reglamentos. Esta historia, lo mismo que la enseñanza y la práctica profesional de nuestra disciplina hoy en día, transcurre casi exclusivamente dentro de espacios institucionales bien estructurados, entre papeles y computadoras o máquinas de escribir, en oficinas, auditorios, consultorios y salones de clase. Nuestro campo se parece más a un laboratorio experimental que a un verdadero ambiente natural. Todas las variables están controladas. Nuestros contactos con el exterior están estrictamente codificados, restringidos y previstos: aplicamos pruebas, diagnosticamos, evaluamos y calificamos a nuestros futuros colegas. El contacto con la sociedad suele estar así mediado por instituciones educativas o profesionales que generalmente nos vuelven hacia nosotros mismos, nos hacen comunicar e interactuar entre nosotros, aseguran que nos vigilemos unos a otros, nos aíslan del mundo en que vegetamos, planifican y fiscalizan lo que hacemos, acotan el rango de nuestras facultades y así contribuyen a garantizar la falta de efectos sociales de nuestro trabajo.

El carácter altamente institucionalizado, predominantemente autorreferencial y socialmente intrascendente de nuestra profesión está bien representado por los dos trámites insulsos que festejamos en el día del psicólogo. Pero si esto es lo que celebramos y lo que somos, entonces no debería sorprendernos el desinterés hacia nuestras personas y nuestro día. Lo sorprendente es que nos hayamos ofrecido un día para celebrarnos, que lo fundemos en tan poco y que insistamos tanto en tomarlo en serio. Todo esto es también revelador. Nos revela nuestra presunción, vanidad y pedantería.

Rulfiana6La autocomplacencia que mostramos con respecto a nuestro día es la misma de la que hacemos gala cotidianamente. La simulación por la que se caracteriza nuestra actividad profesional y profesoral es la misma por la que simulamos un mérito digno de ser festejado. En realidad, si fuéramos justos con nosotros mismos, deberíamos admitir que no merecemos ningún festejo. No lo merecemos porque nosotros, los festejados el 20 de mayo, no podemos jactarnos de ninguna contribución importante ni a la historia de la psicología ni mucho menos a la historia de nuestra sociedad.

Inutilidad y culpabilidad

No hemos hecho prácticamente nada, como psicólogos que somos, para combatir o al menos para denunciar los mayores problemas de nuestro país, entre ellos la miseria crónica de las clases populares, las abismales desigualdades sociales, la discriminación y segregación de los indígenas, y la violencia política y económica ejercida predominantemente contra los más pobres, los más desprotegidos, que no suelen cruzarse con psicólogos en sus caminos polvorientos. No se nos ha ocurrido nada efectivo para contrarrestar el papel de los medios masivos de comunicación en la despolitización de los espectadores, la manipulación de los electores y la reproducción del racismo. Tampoco nos hemos caracterizado por brindar alguna clase de apoyo psicosocial a las acciones colectivas o insurrecciones populares que han aportado soluciones ante las situaciones problemáticas recién mencionadas.

Lejos de enfrentar los mayores problemas de nuestro país, los psicólogos de México, al igual que los de otros países, hemos contribuido a mantenerlos e incluso agravarlos por los más diversos medios, por ejemplo al psicologizar lo económico y lo político, al individualizar los conflictos colectivos, al esencializar las consecuencias de la miseria y al distraer la atención de las causas sociales para centrarla en los efectos personales, conductuales o cognitivos. También somos culpables de patologizar comprensibles y prometedoras desadaptaciones y subversiones, así como facilitar válvulas de escape catártico para la insatisfacción y la indignación. Por si fuera poco, nos hemos vuelto especialistas en suministrar coartadas para los crímenes diarios de quienes pueden pagarse un psicólogo privado, y que van desde la despiadada explotación de los trabajadores hasta las diversas formas de corrupción y conservación de privilegios, las violaciones sexuales de empleadas domésticas o las agresiones racistas en contra de subalternos o desconocidos.

Rulfiana2Más que inútiles, hemos sido nocivos para el conjunto de la sociedad mexicana y especialmente para las mayorías populares. Tan sólo hemos podido cumplir una función positiva para las minorías dominantes. Quizá ésta sea la única razón por la cual podemos seguir existiendo todavía. Después de todo, existimos porque somos pagados, y somos pagados por nuestros beneficiarios, es decir, por quienes pueden pagarnos, ya sean las propias minorías dominantes o un gobierno que tiende a estar subordinado a los intereses de esas minorías.

Nuestros beneficiarios han sido minoritarios y esto explica también el carácter minoritario del interés por nuestro día, nuestra profesión y nuestra persona. Somos prescindibles para las mayorías populares mexicanas, las cuales, sin nosotros, vivirían igual o quizás incluso mejor. ¿Por qué habrían de celebrar nuestro 20 de mayo?Rulfiana8Puesto que no le servimos de nada ni a la sociedad ni a las mayorías, la celebración de nuestro día sólo podría estar justificada si hubiéramos rendido un servicio a la humanidad, a la civilización, a la ciencia o al menos a la psicología como especialidad científica. Sin embargo, en este caso, debemos rendirnos a la más abrumadora evidencia de nuestra inutilidad. No hemos aportado, por lo general, más que traducciones, adaptaciones, verificaciones y falsificaciones de lo concebido y desarrollado en las psicologías europeas y estadounidenses. No hemos sido capaces de crear y elaborar un conocimiento psicológico nuestro, que responda verdaderamente a nuestros problemas, a nuestras inquietudes y aspiraciones, a nuestra historia y nuestra cultura. Tampoco en este plano hemos hecho algo que merezca ser festejado.

Nosotros y los otros

En lugar de celebrar a quienes no lo merecemos, yo personalmente preferiría dedicar un día significativo, y no el 20 de mayo, a todos aquellos que deberían ocupar el festejo que estamos usurpando. Me refiero a quienes han tenido éxito en todo aquello en lo que nosotros hemos fracasado. No son exactamente psicólogos, aunque bien podríamos darles ese nombre, siempre y cuando evitáramos confundirlos con los psicólogos en sentido estricto. No debemos confundirlos con nosotros ya que no han hecho exactamente lo que entendemos por psicología. Ofrecen algo muy parecido, quizás mejor, pero no igual. Sin embargo, de nuevo, por economía de palabras, podemos decir que se trata de psicología y festejar a los mexicanos que se han distinguido en ella.

Rulfiana5Me gustaría celebrar a colectivos o individuos que han reflexionado, hablado o actuado con respecto al alma o el psiquismo en México, pero que lo han hecho de un modo muy diferente a como lo hacemos los psicólogos convencionales, ya sea de modo colectivo y no individual, o bien en las perspectivas de las culturas indígenas, en el seno mismo de las tradiciones populares, o en la filosofía, la literatura y la lucha política. En todos los casos, encontramos elaboradas teorías, narraciones o prácticas “psicológicas” en las que se han superado nuestras deficiencias al irse más allá de los estrechos límites que nosotros mismos nos hemos impuesto con pretextos disciplinarios, institucionales, epistemológicos o metodológicos. Estoy pensando, por ejemplo, en las originales concepciones mesoamericanas del alma, particularmente las aztecas y purépechas, sin parangón en el mundo europeo, y que han logrado subsistir hasta la actualidad, resistiendo a sucesivas psicologías coloniales a lo largo de cinco siglos. Pienso también en el agudo análisis del alma indígena y la vigorosa crítica de la psicología racista europea que encontramos en defensores de indios como Julián Garcés, Vasco de Quiroga yBartolomé de las Casas. Habría que agregar la penetrante revalorización de la vida onírica en nuestra poetisa Juana de Asbaje, las novelas psicológicas de Salvador Quevedo y Zubieta, las propuestas prácticas de psicología política militante que van desdeRicardo Flores Magón hasta el Subcomandante Marcos, y evidentemente las aproximaciones al drama psíquico histórico de la mexicanidad en Justo Sierra, Samuel Ramos, Emilio Uranga, Octavio Paz y Luis Villoro, entre muchos otros.Rulfiana1No terminaría si quisiera ser exhaustivo. Son muchos los “psicólogos” mexicanos que deberían ser festejados, pero no son aquellos en los que pensamos. Los que merecen el festejo no somos nosotros, los mediocres profesionales de la psicología, sino los otros, los demás, todos, pues el pueblo mexicano tiene su “psicología”, sus innumerables descripciones y explicaciones de lo que nosotros denominamos “psiquismo”, y éstas son definitivamente más auténticas, lúcidas y provechosas que las ofrecidas por esa disciplina tan simplificadora y perjudicial de la que tanto nos vanagloriamos.

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Fraude electoral de 2012: suposiciones, indicios, pruebas y hechos notorios

Charla en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, el viernes 7 de septiembre 2012, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón Cuéllar

Se me ha pedido que hable sobre los fundamentos filosófico-legales de la invalidez de las últimas elecciones. Intentaré hacerlo y decir algo diferente de lo que ya dijeron filósofos más autorizados que yo, por ejemplo Enrique Dussel[1]. Sin embargo, no estoy seguro de que haya peso filosófico-legal en mis palabras, ya que no soy especialista ni en derecho ni en filosofía jurídica. Mejor hablaré como un simple ciudadano que se considera engañado, sofocaré la furia que me invade y me esforzaré en enunciar fría y sistemáticamente las principales razones por las cuales no puedo reconocer ni la validez de los últimos comicios, ni la supuesta victoria electoral del Partido Revolucionario Institucional y de su candidato Enrique Peña Nieto, ni tampoco la reciente validación de las elecciones por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Pruebas

Rechazo las últimas elecciones porque tengo la certeza de que fueron fraudulentas. Mi certeza descansa en dos fundamentos: las pruebas que se han presentado y un hecho notorio que no requiere ni siquiera de pruebas para ser aceptado.

Empecemos por las pruebas presentadas ante el Tribunal. Mencionemos cuatro: las más de 5 mil tarjetas de Soriana y las evidencias de uso propagandístico de las encuestas, de rebase de gastos de campaña y de desvío de recursos públicos. En un régimen verdaderamente democrático, una sola de estas pruebas debería ser suficiente para anular el resultado electoral y emprender una investigación exhaustiva y eventualmente una acción legal contra los responsables. Sin embargo, como no estamos en un régimen verdaderamente democrático, el tribunal electoral prefirió dar su versión de los hechos:

  1. En lugar de un uso propagandístico de las encuestas, hubo un ejercicio de la libertad de expresión, es decir, sin eufemismos, un ejercicio del privilegio de manipulación masiva de la opinión pública y de las preferencias electorales de la población.
  2. En lugar de rebase de gastos de campaña, hubo un asunto pendiente, algo que no puede tratarse ahora, sino hasta enero de 2013, cuando se conozcan los egresos totales de cada partido, es decir, cuando Enrique Peña Nieto ya sea presidente y ya no haya nada que hacer, excepto castigar el fraude mediante una multa para su partido.
  3. En lugar de desvíos de recursos públicos, hubo contratos que gobiernos priistas firmaron con Soriana para beneficiar a sus militantes, es decir, hubo contratos para desvíos de recursos públicos hacia un partido político.
  4. En lugar de la compra de votos mediante miles de tarjetas de Soriana, hubo un beneficio aportado a los militantes del PRI que recibieron miles de tarjetas, y desde luego que las tarjetas pudieron servir para comprar votos, pero no quiere decir necesariamente que hayan servido para comprar votos.

Las versiones del tribunal pueden resumirse en una idea que fue efectivamente sugerida por uno de los jueces. La idea es la siguiente: existen pruebas, pero no existen pruebas, ya que las pruebas existentes no son pruebas, pues aunque sean pruebas, nosotros decimos que no lo son. De modo que todo se reduce a lo que ellos dicen que las pruebas son, y como dicen que no son lo que son, pues entonces no lo son. Al menos esto fue lo que yo entendí. No diría que los jueces razonaran como sofistas, pues ni estoy seguro de que hicieran algo que merezca el nombre de razonamiento, ni tampoco me gustaría ofender a los sofistas, los cuales, por cierto, sí que razonaban. Más bien diría que los jueces en cuestión son unos farsantes, embusteros y embaucadores, que seguramente recibieron muchos millones para atreverse a proferir semejantes sandeces. Pero aquí me detengo, no descarto la duda cartesiana y me digo que tal vez los jueces no sean lo que yo pienso que son. Les otorgo el beneficio de la duda. Quizá yo no haya entendido nada porque mi entendimiento no está familiarizado con la jerga jurídica. Tal vez los jueces tengan razón y las pruebas no sean pruebas. Después de todo, como lacaniano y marxista dialéctico, puedo aceptar que algo es y no es lo que es. Puedo suponer entonces que los jueces no me están engañando. Creeré en ellos, pues entiendo que la creencia es el fundamento de la sociedad humana, de la convivencia, y que la incredulidad, el no creer, Unglauben, es la mayor amenaza para la cultura, el umbral de la psicosis paranoica en Freud.

Hechos notorios

Supongamos entonces que los jueces tienen razón y que las pruebas que son pruebas simultáneamente no son pruebas. Bueno, para calmar los ánimos, olvidemos incluso que las pruebas son pruebas y sólo admitamos que no son pruebas. Aun en este caso, aun admitiendo que no hay pruebas de fraude, yo tendría la certeza de que hubo un fraude. ¿Pero cómo puedo tener la certeza de que hubo un fraude cuando no hay pruebas de fraude? Muy sencillo. Puedo tener esta certeza porque el fraude es un hecho notorio que no requiere de prueba. Y como lo ha explicado el doctor en derecho Javier Quijano Baz, “en todo el mundo, desde el derecho romano, el hecho notorio no requiere de prueba”[2]. El hecho notorio tiene “valor probatorio”[3]. El hecho notorio es una prueba suficiente, quizá la más suficiente de todas, y es precisamente lo que nuestros jueces intentan probar, y desde luego que el hecho notorio no tiene prueba, pues él mismo es la prueba, él mismo se prueba por sí mismo.

Si varios policías ven que un sujeto hunde un puñal en su víctima, no requieren de ninguna prueba para aprehender al sujeto por el hecho delictuoso que fue notorio para todos ellos. De la misma forma, por ejemplo, cuando todos nosotros vemos que los medios masivos de información favorecen a un candidato sobre los demás, no requerimos de pruebas para demostrar este fraude que es notorio para todos nosotros. Aquí el “todos nosotros” no son tres o cuatro testigos, sino miles, millones, decenas de millones, incluyendo a los propios jueces. Así como el fraude es un hecho notorio para millones de mexicanos, así también la mentira de los jueces debería ser también, al menos en cierto sentido, un hecho notorio. No hay necesidad de probar que están mintiendo. Si niegan que hubo fraude, esta negación es una mentira, porque es un hecho notorio que sí hubo fraude, y entonces también es un hecho notorio que se miente al negar que hubo fraude. Por lo tanto, para millones de mexicanos, es un hecho notorio que los jueces son unos mentirosos, farsantes, embusteros y embaucadores.

Pero entonces vuelvo a detenerme, y vuelvo a dudar, pero esta vez termino retrocediendo con un estremecimiento de horror, pues vislumbro el peligro que se esconde en la aceptación del hecho notorio como una evidencia de índole absoluta. Si no la relativizamos, corremos el riesgo de irnos deslizando hacia una violenta confrontación de hechos notorios diferentes. Después de todo, el hecho notorio para millones de mexicanos puede ser diferente del hecho notorio para los jueces. Aunque esté seguro de que el fraude también es notorio para ellos, puedo equivocarme. ¿Cómo tener la certeza de que millones de mexicanos no hayamos delirado al interpretar como un inmenso fraude lo que ocurría en las televisoras? ¿Y si todos creíamos que estaban favoreciendo a Peña Nieto cuando en realidad estaban perjudicándolo? ¿Cómo estar seguros, en definitiva, de que no alucinábamos al escuchar las voces de López Dóriga y sus semejantes? Quizá todo esto forme parte de una locura colectiva que forjaría una conspiración que sólo existiría dentro de millones de mentes, incluidas las de todos esos cínicos priistas que nos encontramos de vez en cuando y que no tienen dificultades en reconocer el fraude que resulta evidente para todos. Pero insistamos: quizá la evidencia para todos no sea más que una locura de todos. Quizá los jueces del tribunal sean los únicos mexicanos cuerdos en todo el país. No vamos a negar esto porque son minoría. Ocurre que las minorías estén en lo cierto.

Ahora bien, aunque pueda ser que la minoría esté en lo cierto, no estamos seguros de que esté en lo cierto, y de cualquier modo una democracia debe guiarse por el sentir de la mayoría, y me temo que la mayoría de los mexicanos, aun los priistas, consideran que el proceso electoral ha sido fraudulento. Los priistas de índole cínica dirán que los perredistas y los panistas son tan tramposos como ellos, pero serán pocos los que estén seguros, en su fuero interno, de que las elecciones fueron transparentes y sin mancha de fraude. Puesto que esto es así, los jueces deberían al menos molestarse en investigar el fraude y no descartarlo de entrada por falta de pruebas o porque no es un hecho notorio para ellos. ¿Acaso no son servidores públicos? ¿Acaso no están al servicio de la nación? Y si esto es así, ¿acaso no estarían obligados a investigar lo que es un hecho notorio para la mayoría de la nación, aun si ellos, la minoría, considerara que la mayoría está equivocada?

Indicios

Alguien podrá objetar que la función de los jueces no es investigar, sino juzgar. Quizá esto sea válido en el caso de otros jueces, pero no en el Tribunal Electoral, que tiene plena jurisdicción, lo que significa, según el artículo 99 de nuestra Constitución, que “para asumir su función de arbitraje lo orientan los indicios que le presenten las partes, pero de ninguna manera la carga de la prueba se le da a los contendientes, que no están obligados a ofrecer las pruebas sino sólo los indicios”. Esto quiere decir que el tribunal electoral ni siquiera debía exigir pruebas, sino sólo indicios que le permitieran hacer la investigación y encontrar él mismo las pruebas del fraude. En lugar de ponerse a buscar pruebas, el tribunal se limitó a decir que había recibido pruebas que no eran pruebas. Muchos pensamos que las pruebas sí eran pruebas, pero aun si no lo hubieran sido, no era necesario que lo fueran para invalidar el proceso electoral, no sólo porque el fraude fue notorio, sino porque bastaba con presentarle indicios al tribunal para que él mismo buscara las pruebas del fraude.

Es claro que el tribunal electoral no realizó ninguna verdadera investigación para encontrar las pruebas del fraude. Pero aun si la hubiera hecho y no hubiera encontrado ninguna prueba, no por ello el hecho notorio dejaría de ser notorio y de probarse por sí mismo para la mayoría, lo cual, en una democracia, resulta sumamente preocupante. Sin embargo, nuestros jueces podrían aún alegar, y de hecho lo hicieron, que si hubo fraude, fue insignificante, lo que no les impidió sostener al mismo tiempo, en una flagrante contradicción bien detectada por Enrique Dussel, que no podían evaluar el fraude. Pero si no podían evaluarlo, ¿entonces cómo podían saber que fue insignificante? ¿Cómo podían evaluar, por ejemplo, que el impacto de las encuestas viciadas fue insignificante? De hecho, la magistrada María del Carmen Alanís reconoció que este impacto podía ser decisivo, pero agregó que no había manera de prever su efecto. Cualquier psicólogo social medianamente informado habría podido indicarle cuál es el efecto más previsible, más probable, pero es verdad que nos mantenemos en el terreno de la probabilidad. Tenemos que aceptar, pues, que aun si el fraude ocurrió, y aun si tuvo efectos decisivos, quizá los efectos fueron los contrarios de los esperados. Quizá el fraude era a favor de López Obrador, amado por los medios y las encuestadoras, y sorpresivamente fue Peña Nieto quien salió favorecido. Pero aun si aceptáramos esta posibilidad, habría que reconocer que el resultado fue decidido por un fraude, y si reconociéramos esto, habría que invalidar la elección.

En resumidas cuentas, aun cuando mostramos nuestra mejor voluntad y concedemos todo para salvar esta elección, no hay manera de salvarla, pues no hay manera de disipar la sospecha de que fue decidida por un enorme fraude. Mientras haya esta sospecha, la legitimidad del próximo gobierno estará en entredicho, y para muchos mexicanos, entre los que yo me cuento, ese gobierno será totalmente ilegitimo, pues existirá el hecho notorio del fraude que bastará para deslegitimarlo.

Suposiciones

Antes de terminar, supongamos que los miembros del tribunal hubieran hecho sus investigaciones y hubieran demostrado efectivamente que no hubo el fraude. Supongamos que este fraude no hubiera existido. Supongamos que el aparente fraude, en la realidad y no sólo en la farsa representada por nuestros leguleyos corruptos, no hubiera sido verdaderamente un fraude. Pues aun si así fuera, yo seguiría considerando que las elecciones son inválidas y no reconocería el triunfo ni de Peña Nieto ni de su Partido Revolucionario Institucional. ¿Por qué? Porque para mí, desde mi particular punto de vista, el PRI no es un partido político, sino una simple organización criminal, y como tal, no debería tener derecho de participar en las elecciones. ¿Cómo podemos permitir que participe en las elecciones una organización criminal responsable de miles de asesinatos políticos, de torturas y violaciones, sin contar los innumerables delitos menos graves? Por menores crímenes, otros partidos han sido prohibidos en el mundo. Estoy pensando en organizaciones comunistas que fueron prohibidas por haber perpetrado lo que no sería más que un pasatiempo menor para cualquier gobernador priista convencional.

Recordemos las masacres de trabajadores y campesinos, de estudiantes e indígenas en Chilpancingo (1960), Iguala (1962), Atoyac (1967), Acapulco (1967), Tlatelolco (1968), la estación Normal del metro de la Ciudad de México (1971), Nepantla (1974), etc., pero también, años después, en Aguas Blancas (1995), Acteal (1997), El Charco (1998), El Bosque (1998)…  Todos éstos son hechos notorios, y por si su notoriedad no bastara, también sobran las pruebas. Nadie podrá negar los crímenes del PRI, los cuales, al menos por su cantidad, convierten a esta organización criminal en la más peligrosa del país. Ninguna otra organización criminal, en efecto, ha matado y torturado a tanta gente como lo ha hecho el PRI. Ahora nos asustamos con los narcotraficantes, pero aun si hacemos abstracción de que los Zetas suelen trabajar para gobiernos priistas, ni siquiera ellos podrían aspirar a rivalizar con el PRI. A esto hay que agregar, como agravante, que los crímenes del PRI, en la mayoría de los casos, han sido crímenes contra quienes luchaban de algún modo u otro por la democracia. Los crímenes del PRI han sido también crímenes contra la democracia.

Aun si el triunfo del PRI hubiera sido verdaderamente democrático, no podemos permitir que la democracia sea usada por una organización criminal antidemocrática para llegar al poder y acabar con la democracia. Recordemos que la República de Weimar permitió que los nazis llegaran al poder, lo que justificó, años más tarde, que la constitución alemana, en su artículo 21, decidiera declarar “anticonstitucionales” todos aquellos partidos en los que “el comportamiento de sus adherentes” pretendiera “perjudicar” o “destruir el orden liberal y democrático”[4]. En el artículo 41 de nuestra propia Constitución, los partidos son definidos como aquellos cuyo fin es “promover la participación del pueblo en la vida democrática”[5]. Lejos de promover esta participación, el PRI no dejó de inhibirla mediante la represión, y es por eso que, a mi juicio, no merece el nombre de partido político ni tiene tampoco el derecho de participar en elecciones democráticas.

[1] Enrique Dussel, “La ilegitimidad del juicio puramente formal del tribunal electoral”, La Jornada, 2 de septiembre 2012.

[2] Jorge Carrasco Araizaga, “La simulación”, Proceso 1870, 2 de septiembre 2012, pp. 10-11.

[3] Ibid.

[4] Deutscher Bundestag, Loi fondamentale pour la République Fédérale d’Allemagne. En: http://www.bundestag.de/htdocs_f/documents/cadre/loi_fondamentale.pdf (consultado el 2 de septiembre 2012).

[5] Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. En: http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/1.pdf (consultado el 2 de septiembre 2012).