Reforma Educativa en México: deficiencias, propósitos, mistificaciones y procedimientos

Artículo originalmente publicado en La Izquierda Diario del viernes 24 de junio de 2016 y en el periódico Rebelión del sábado 25 de junio de 2016 

David Pavón-Cuéllar

CNTE desalojo

Deficiencias: irrealismo e inutilidad

La Reforma Educativa forma parte de una avalancha de “reformas estructurales” desencadenada recientemente por el gobierno mexicano en los más diversos campos, entre ellos el energético, el fiscal, el laboral y el de salud. Según la retórica demagógica del presidente Enrique Peña Nieto, las reformas buscan impulsar el desarrollo, incentivar la producción, mejorar la eficiencia, optimizar los recursos, aumentar la calidad y crear oportunidades. Todas estas metas se resumen en la consigna presidencial de “Mover a México”, la cual, a manera de recordatorio, se imprime lo mismo sobre los empaques de televisiones distribuidas para comprar votos, que en grandes anuncios que resultan frecuentemente más costosos que aquello mismo que anuncian, ya sean menudas reparaciones o las más nimias obras de infraestructura.

Pareciera que las autoridades mexicanas, desde Peña Nieto hasta los presidentes municipales, no se permiten ya cumplir con sus obligaciones sin proclamarlo a los cuatro vientos mediante onerosas estrategias publicitarias. Invirtiéndose el orden lógico, estas estrategias han terminado convirtiéndose en el verdadero propósito del cumplimiento de las obligaciones de los funcionarios. Para ser más precisos, habría que decir lo que un amplio sector de la sociedad sabe o presiente: hoy en día, por lo general, los mal llamados “servidores públicos” sólo quieren poder y riqueza; es para esto, para empoderarse y enriquecerse, que recurren a todo tipo de estrategias publicitarias con las que obtienen un crédito que luego canjean por dinero y poder; y es por tal publicidad que a veces cumplen con sus obligaciones, pero suelen hacerlo poco y mal, pues el trabajo queda subsumido en la estrategia publicitaria y sólo busca impresionar, convencer o causar efecto, y no servir las necesidades de la población. Como suele ocurrir en el capitalismo, el valor de uso de las acciones gubernamentales, su utilidad para la sociedad, queda totalmente subordinado a su valor de cambio en el mercado político-económico, lo que no puede sino mermar su valor intrínseco social.

Así como las mercancías tienden a ser desechables porque sólo sirven para venderse, así también lo que vende Peña Nieto, incluyendo su paquete de “reformas estructurales”, no es de ningún modo un “producto de calidad”, empleando los mismos términos de los comerciantes que lo venden y que ahora gobiernan México. El caso de la Reforma Educativa es un ejemplo elocuente. No corresponde a la realidad social de México, y no soluciona y a veces ni siquiera considera los principales obstáculos para una mejor educación en el país, entre ellos la escasa escolaridad y la deserción escolar por causas socioeconómicas, el trabajo infantil, el hambre y la miseria de los niños, la violencia en sus comunidades, la desvinculación entre el mundo real infantil y el de los contenidos curriculares, la resultante desmotivación para aprender, la permanente colonización cultural escolar de la infancia indígena, el racismo y el clasismo en los libros de texto, la falta de oportunidades para quienes estudian, la estrategia mediática y gubernamental para desprestigiar a los educadores, el constante mal ejemplo de Peña Nieto y de los demás casi-analfabetas que llegan a ser los más exitosos en la sociedad, las terribles condiciones de la infraestructura de muchos centros escolares, los techos de lámina y las clases en la intemperie, la falta de agua o electricidad, las dificultades de acceso a muchas escuelas rurales, el pago miserable dado a los maestros, el cansancio de quienes deben trabajar dos turnos para solventar sus necesidades, la falta de recursos para la buena formación docente y una corrupción sindical promovida invariablemente por el propio gobierno que ahora pretende combatirla.

No terminaríamos si continuáramos enumerando los factores cruciales que no encuentran solución alguna en la Reforma Educativa. Digamos que la Reforma soslaya todo lo realmente determinante. ¿Pero cómo iban a pensar en todo esto quienes la elaboraron si no son ni los grandes especialistas de la educación en México ni tampoco los propios maestros, es decir, quienes más saben sobre la materia en los planos teórico y práctico, respectivamente?

Propósitos: ahorrar, doblegar, amaestrar

En realidad, como ya se ha denunciado una y otra vez, la Reforma Educativa ni siquiera es verdaderamente una “Reforma Educativa”. Se trata más bien de una artimaña laboral, política y económica, en la que alcanzamos a vislumbrar varios propósitos más o menos disimulados. Uno de ellos es renegociar los contratos con los maestros, despedir a muchos de ellos y así ahorrar en el terreno educativo lo que después habrá de servir, siguiendo la misma lógica de la distribución del presupuesto en los últimos años, para pagar la publicidad gubernamental, apoyar la educación privada, incentivar la inversión colonizadora por parte de capitales transnacionales, construir puertos y otras infraestructuras necesarias para el saqueo neocolonial del país, llenar los bolsillos de los funcionarios corruptos, comprar votos, cooptar a los partidos opositores y fortalecer las fuerzas castrenses y policíacas de represión de los millones de inconformes, entre ellos los de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) que se oponen a la Reforma Educativa y que han demostrado ser particularmente peligrosos para el proyecto de saqueo y privatización del gobierno de Peña Nieto.

Otro propósito de la Reforma Educativa, de hecho, es el de neutralizar directamente a la CNTE, que surgió en 1979 como una alternativa de afiliación en lugar del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Si el SNTE ni siquiera merece el nombre de “sindicato”, caracterizándose por su traición constante a los trabajadores, por su profunda corrupción interna y por su completa sumisión al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder, la CNTE surge desde un principio como una opción disidente que ha respaldado las más importantes movilizaciones sociales y que se ha convertido en una de las trincheras más efectivas e inexpugnables contra la represión gubernamental y contra su imposición del neoliberalismo en México. Es verdad que grandes sectores de la CNTE se han dejado corromper y han incurrido en prácticas propias del gobierno mexicano y del SNTE. Es lo mismo que ha ocurrido con los partidos políticos opositores pervertidos por la hegemonía de todo aquello de lo que el PRI es el nombre en México: la corrupción, pero también la opresión, la censura, la represión, el engaño, la traición, etc. Sin embargo, tanto en la CNTE como en al menos uno de los partidos opositores, la contaminación por el sistema hegemónico no ha conseguido suprimir la capacidad de resistencia contra el mismo sistema. Esto es lo que se intenta resolver definitivamente con la Reforma Educativa al quitarle su poder a la CNTE y al transferirlo a oscuras instancias evaluadoras totalmente sometidas al gobierno mexicano y a los sectores económicos-empresariales representados por su instrumento gubernamental.

Otro propósito claro de la Reforma Educativa obedece precisamente a los intereses de los sectores económicos-empresariales que la han impulsado. Podemos formular este propósito, sin temor a exagerar, como la reducción de la educación pública en México a la simple formación de mano de obra calificada, eficaz y altamente productiva, obediente y barata, acrítica e irreflexiva, que nutra una economía nacional cada vez menos nacional y más acaparada por capitales transnacionales. En la división mundial neocolonial del trabajo, México ha terminado especializándose en suministrar materias primas y especialmente productos manufacturados, producidos en las maquiladoras mexicanas, pero concebidos y diseñados en Europa, Norteamérica y el lejano Oriente. La actual especialización económica de México, por lo tanto, es el trabajo manual y “sub-intelectual”, puramente técnico-tecnológico, que se ha convertido en la principal fuente de riqueza para el país después de la degradación del sector petrolero. Como lo muestran las evaluaciones docentes y las nuevas orientaciones prescritas a los maestros, la Reforma Educativa está claramente orientada hacia esta clase de trabajo-de-maquila, hacia la tecnicidad automática, hacia un degradante y alienante saber-hacer-lo-que-se-debe, hacia una ciencia de la pasividad y de la opción múltiple, hacia un conocimiento acumulativo cuantificable y evaluable, hacia una mercancía vendible y explotable al precio de su valor de cambio, y no hacia un trabajo verdaderamente humano, digno, creativo, crítico y reflexivo, esencialmente invaluable, irreductible a cualquier evaluación. Ni el gobierno de Peña Nieto ni los sectores económicos-empresariales a los que sirve tienen interés en formar ciudadanos con criterio que puedan cuestionarlos, despreciarlos, dejarlos atrás y luchar por una transformación positiva de la sociedad mexicana que la lleve más allá de su posición colonial de subordinación y dependencia. Lo que desean únicamente, como dignos herederos de los pasados conquistadores, es amaestrar de la mejor manera a los esclavos que han recibido en el último repartimiento, que ahora tienen en encomienda y que mañana van a trabajar en minas y fábricas para llenar sus bolsillos.

Mistificaciones: los maestros que no quieren ser evaluados

Se busca someter a los estudiantes, a la futura fuerza de trabajo explotada, y, para conseguirlo, hay que empezar por someter a los maestros. No es una tarea fácil, pues el sector magisterial ha demostrado ser uno de los más insumisos de México. Acabamos de confirmar que los maestros y quienes los apoyan están dispuestos a morir antes que doblegarse. También hemos corroborado que el régimen de Peña Nieto está dispuesto a matar a los maestros, así como también ha asesinado a otros ciudadanos conscientes que se han interpuesto en su camino, entre ellos estudiantes, normalistas, periodistas, activistas, sindicalistas, líderes indígenas, defensores de derechos humanos, militantes de organizaciones opositoras, denunciantes de los feminicidios o de la destrucción del medio ambiente, etc. Todos estos sujetos han sido eliminados porque han amenazado con perturbar e incluso interrumpir el gran espectáculo con el que se disimula el saqueo del país, la privatización de todo lo público, la resultante reapropiación de la riqueza social para unos cuantos, el vertiginoso aumento de la desigualdad y el desmantelamiento de las ya de por sí insuficientes conquistas sociales que costaron miles de vidas en la Revolución Mexicana.

La cara visible de la Reforma Educativa forma parte del espectáculo publicitario. El ilusorio contenido espectacular es bien conocido: los maestros evalúan a sus estudiantes, pero no quieren ser ellos mismos evaluados. Este guion, que oculta las condiciones y el contenido mismo de la evaluación, es perfecto para desprestigiar a los maestros, hacia los que se canaliza toda la comprensible cólera de la población mexicana.

Significativamente, el 15 de junio de 2016, cinco días antes de que la Policía Federal atacara con armas de fuego al movimiento magisterial en Oaxaca y asesinara al menos a 9 personas, los senadores del PRI votaron contra una iniciativa ciudadana que los obligaba a hacer públicos sus ingresos. Fue así como los altos políticos priistas, delatando con cinismo su propia corrupción, escaparon fácilmente a la evaluación de su honestidad. Podemos decir que fueron ellos los que no aceptaron ser evaluados, así como Peña Nieto se ha resistido a ser evaluado en varios planos, incluyendo el de su responsabilidad en la muerte y desaparición de normalistas de Ayotzinapa, así como también el de su propia corrupción, evidenciada en actos gravísimos como los revelados en el escándalo de su Casa Blanca, por mencionar el más conocido.

Ante la impunidad del Presidente de la República y de los demás altos políticos y funcionarios que se niegan a ser verdaderamente evaluados, la cólera de la población mexicana sólo ha podido canalizarse hacia los maestros que rechazan un simulacro de evaluación. Es la infamia del espejo, de la calumnia como defensa contra la denuncia, pero también del chivo expiatorio como válvula de escape. Solamente los regímenes más bajos y miserables, como el nazi en relación con los judíos, se han atrevido a echar mano de tales estratagemas políticos.

Procedimientos: manipular y asesinar

El ejercicio de catarsis y desvío de la agresión es bien conocido en México. Ha sido sistemáticamente utilizado para asegurar la permanencia del sistema priista, habiéndose dirigido sucesivamente contra los más diversos enemigos del Estado, siempre víctimas del odio suscitado por el mismo Estado. Los principales artífices de este ardid tan perverso como grosero son bien conocidos por todos. Se encuentran en las grandes empresas mediáticas dedicadas a la manipulación e ideologización de la sociedad, como Televisión Azteca, Televisa y Milenio, las cuales, por cierto, han usurpado el lugar de la educación, pero con un objetivo diametralmente opuesto: no educar, sino maleducar; difamar y no informar; pervertir en lugar de formar; crear un universo de mentiras en lugar de permitir el acceso a la verdad; hacer reinar la ignorancia en lugar de transmitir un saber; inhibir el pensamiento en lugar de enseñar a pensar.

No es casualidad que Televisa y los demás medios, los mayores enemigos de la educación en México, se ensañen a tal grado contra los maestros, es decir, contra los encargados mismos de la educación. Tampoco es casual que el gran promotor de la Reforma Educativa, el magnate Claudio X. González Guajardo, haya sido presidente de la Fundación Televisa antes de ser presidente de Mexicanos Primero. Esta oscura organización, en cuyo seno se ha gestado la Reforma Educativa, continúa la tarea de maleducar iniciada en Televisa. Tan sólo en el ámbito de los productores de telenovelas podía surgir un guion tan burdo como el de los profesores que no quieren ser evaluados. El problema es que grandes sectores de la sociedad mexicana han sido maleducados hasta el punto de sólo comprender los guiones de telenovelas. No debe sorprendernos, pues, que ahora esos mexicanos odien a los maestros así como también odian a los normalistas y a los malos de las telenovelas. Este mismo odio es el que les permite en ciertos casos, como cuando se desempeñan como policías, matar a los maestros y desaparecer a los normalistas. ¿Cómo no recordar al buen taxista, hipnotizado por la radio y la televisión, exclamándose que los maestros y estudiantes revoltosos “merecen que los maten” o al menos “necesitan un buen susto”?

Sin embargo, para ser justos, ni los ruleteros ni los policías deben ser culpados por la muerte de los manifestantes en Oaxaca. Los verdaderos culpables son los autores intelectuales del crimen, los grandes responsables de la mala educación, los que permiten ahora mismo que haya Televisa en lugar de Educación, entre ellos Claudio X. González Guajardo, a quien ya nos referimos, pero también muchos más: el usurpador Enrique Peña Nieto, que llegó a la presidencia por la compra de votos y por los buenos oficios de las televisoras; el Secretario de Educación Pública Aurelio Nuño Mayer, formado en la educación privada para destruir la educación pública; el presidente de Televisa Emilio Azcárraga Jean, enriqueciéndose al destruir la educación y la cultura misma de México; su homólogo Ricardo Benjamín Salinas Pliego de Televisión Azteca, etc. Todos ellos son los que deberían ser juzgados como autores intelectuales de los asesinatos de los manifestantes en Oaxaca, pero también de los maestros y normalistas de Guerrero en los meses pasados, así como de todos los demás activistas que se han cruzado en su camino.

Ahora sabemos que arriesgaremos la vida cuando intentemos defender nuestra independencia, sabotear el espectáculo publicitario del poder y detener el avance de las reformas estructurales que pretenden “Mover a México” al doblegarlo, explotarlo, saquearlo y malbaratarlo. Es algo que habríamos podido prever desde un principio. El avance de las reformas es el del capitalismo neocolonial y neoliberal: un sistema de muerte que tan sólo puede avanzar a costa de la vida.

El sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes

Presentación del libro Aprender a decrecer: educando para la sustentabilidad al fin de la era de la exuberancia, de Luis Tamayo. Tercer Congreso Internacional de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, martes 26 de mayo 2015.

David Pavón-Cuéllar

Me resulta difícil hablar sobre el texto de Luis Tamayo.  No soy especialista ni en psicología medioambiental ni mucho menos en economía sustentable. Hay quienes imaginan que me especializo en tales temas porque me ven sembrando y cuidando árboles en la facultad, podándolos y regándolos o deshierbándolos, siempre con el apoyo de estudiantes voluntarios o de prestadores de servicio social. Pero no hago esto porque sea mi especialidad, sino porque es mi obligación, mi comisión universitaria, y también, hay que decirlo, una de mis principales pasiones, o, mejor dicho, una de mis peores preocupaciones.

Al igual que Tamayo, estoy muy preocupado con lo que le estamos haciendo al mundo. No quiero participar en esta hecatombe que habrá de saldarse con un suicidio colectivo de la humanidad entera. Es por esto que siembro árboles que generen el oxígeno que consumo, tengo un viejo celular para no estimular el consumo de materiales contaminantes, no compro ni uso coche propio y me obligo a viajar en transporte público para disminuir mi participación en el calentamiento global. Todo esto me sirve para sentirme un poco menos culpable, pero es poco, prácticamente nada, y no basta ni siquiera para compensar todo lo que destruyo al viajar tanto en avión o al comprar tantos libros. Lo sé, y es por esto que no dejo de sentirme culpable, cada vez más culpable, sin que sirva de mucho la penitencia cotidiana que me impongo al viajar en las incómodas combis de Morelia.

Desde hace algunos meses empiezo a sentirme culpable incluso al ir en transporte público. Me digo que es mejor caminar. Quizás llegue un día en que me impida respirar al caminar, y entonces todo se habrá solucionado.

Como se ve, mi relación con los asuntos medioambientales es empírica, sentimental, puramente visceral, y no racional, teórica o especulativa. ¿Cómo podría especializarme en estos asuntos? Únicamente soy capaz de sentir, y, en el mejor de los casos, hacer y actuar, pero no reflexionar. Esto se lo dejo a gente como Luis Tamayo.

Uno de los principales méritos del libro de Tamayo, creo yo, es que se atreve a desmenuzar con relativa serenidad, sin perder sus facultades mentales, una serie de temas que dan vértigo de tan sólo evocarlos. En el primer capítulo, en unas cuarenta páginas, el autor enumera y explica fatales errores humanos como la progresiva destrucción y privatización de la tierra, la industrialización de la agricultura, los transgénicos y la apertura de las naciones pobres a los excedentes subsidiados provenientes de las ricas. Luego se detiene en una crisis caracterizada por los efectos combinados de la explosión demográfica, el calentamiento global, el capitalismo neoliberal y el fin del petróleo barato. Los dos capítulos siguientes analizan posibles remedios contra la crisis, mientras que la conclusión esboza una propuesta política eco-socialista como única vía para evitar la destrucción del planeta y de sus habitantes.

En suma, todo está en peligro, pero todavía puede salvarse. Digamos que aún podemos evitar el precipicio en el que estamos a punto de caer.

No pienso que Tamayo sea pesimista o catastrofista en su diagnóstico y en su pronóstico. Pero tampoco diría que es ingenuo, demasiado optimista o utópico en su propuesta de salvación a través de la sustentabilidad. Más bien me parece bastante realista, razonable y sensato, como lo demuestra el sólido fundamento de argumentación y documentación en el que reposa cada una de sus ideas. Todo esto es lo que yo jamás habría podido conseguir, pues no habría podido sobreponerme a mis reacciones afectivas sobre el tema, como ya lo señalé antes.

Si me permito insistir en mi persona, en mis afectos y en mis emociones, es porque estamos en un congreso de psicología. Digamos que estoy intentando tomar el texto de Tamayo por su lado psicológico, el cual, a primera vista, no se manifiesta de modo nada evidente. Con excepción de unas pocas referencias puntuales al psicoanálisis, el libro se concentra en el aspecto social, histórico, político y hasta filosófico de la cuestión, pero no en el factor psicológico en su más amplio sentido. Hay que ir a buscar la psicología más allá de lo enunciado, en las condiciones de enunciación, en la actitud que le ha permitido a Tamayo especializarse en algo en lo que alguien como yo jamás habría podido especializarse.

¿Cómo especializarse en lo que no puede soportarse? ¿Y cómo soportarlo cuando pone en peligro todo lo que somos? Así es como yo justificaría mi falta de especialización en los temas del texto de Tamayo.  Pero quizás pudiéramos explicar de la misma forma la relativa falta de reflexión en torno a un tema que debería preocuparnos a todos.

Es verdad que no dejamos de pensar en lo medioambiental, pero no lo pensamos de verdad. Si verdaderamente lo pensáramos, nuestras vidas serían muy diferentes. Nuestros coches, libros y celulares de última generación ponen en evidencia que hay algo impensable, tal vez nuevamente aquello mismo que amenaza con desaparecer las condiciones mismas de posibilidad del pensamiento. Por más que lo pensemos, no lo pensamos. El pensamiento se obstina en hacer abstracción de todo aquello que lo condiciona. Se debe suponer, pero no pensar, o sólo pensar sin actuar, es decir, pensar sin verdaderamente pensar.

Así como puede ser difícil pensar con las ideas, así también puede haber dificultades para pensar con los actos. En ambos casos, no conseguimos pensar todo lo que hay que pensar, lo cual, por necesidad, incluye las ideas y los actos, la crítica y la práctica, el pensamiento y el acontecimiento. Si falta el acontecimiento, no hay un verdadero pensamiento, y sin pensamiento, estamos en peligro.

Hay buenas razones para sospechar que el peligro sólo podrá conjurarse al pensarse de verdad, totalmente, hasta las últimas consecuencias. Cualquier medio que abone su pensamiento, como es el caso del texto de Tamayo, debe ser apreciado como un gesto que intenta detenernos en nuestra marcha de ciegos que se guían a sí mismos hacia el abismo.

¿Por qué ir avanzando ciegamente hacia la destrucción del planeta y de la humanidad? Tamayo tiene razón de no explicar este comportamiento suicida en términos psicológicos generales. No lo generaliza ni lo psicologiza.  No lo disuelve en una categoría como la pulsión de muerte. Aunque Tamayo conozca bien la teoría freudiana, prefiere explicar nuestro suicidio colectivo en una perspectiva socioeconómica e históricamente determinada.

El capitalismo neoliberal es el único factor causal decisivo mencionado una y otra vez en el texto de Tamayo, y evidentemente no es un factor ni psicológico ni universal. No ha existido siempre ni está fundamentado en una facultad anímica eterna y natural. Por lo tanto, puede llegar a cambiarse y superarse. Es posible dejar atrás el sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes. De hecho, según Tamayo, es posible y necesario, necesario para salvarnos.

Para el mundo, para nosotros y para todo lo demás, tan sólo habrá un futuro si dejamos atrás el capitalismo. El sistema capitalista de libre mercado únicamente podrá perpetuarse a costa de nuestro mundo. Su vida seguirá siendo la muerte de todo lo demás. Para Tamayo, al igual que para Marx hace casi ciento cincuenta años, el capital sigue apareciendo como un vampiro que se nutre de la sangre viva del hombre y del mundo.  Para cesar la hemorragia, Tamayo no duda en proponer una solución ecosocialista. Es el final de su libro. Es la opción alternativa para evitar el fin del mundo.

Connivencia, indiferencia o resistencia: viejas opciones del trabajo profesional psicológico ante nuevas formas de opresión y explotación

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Conferencia Magistral en la Cátedra de Psicología “Julieta Heres Pulido” del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), décima sesión, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, miércoles 13 de mayo 2015 

David Pavón-Cuéllar

Introducción: el mundo que mejora para los que mejora

Hay quienes aún se preguntan si el mundo está mejorando (Camps et al, 2009). Esta pregunta sólo tiene sentido cuando la precisamos –como lo hace Victoria Camps– y nos preguntamos para quién está mejorando el mundo. Ciertamente hay personas para las que mejora, pero no deberíamos olvidar que también hay otras para las que empeora.

Quizá podamos incluso decir que el mundo se vuelve cada vez mejor y peor: mejor para unos y peor para otros. Esto es al menos lo que sugieren incontables investigaciones económicas acumuladas en los últimos años. Desde hace un buen tiempo, en efecto, los economistas nos alertan sobre el aumento de la desigualdad (Hurrell y Woods, 1999; Milanovic, 2005; Galbraith, 2012). El mundo se vuelve cada vez más desigual, es decir, cada vez mejor para los ricos y peor para los pobres, más bondadoso para los primeros y más hostil para los segundos, más generoso para unos y más miserable para los otros.

Gracias al gran éxito de la obra de Thomas Piketty (2013), hoy el gran público descubre las principales tendencias de la historia económica del último siglo. Primero la desigualdad se redujo sustancialmente entre la crisis de 1929 y los años cincuenta, luego se estabilizó entre 1960 y 1980, y finalmente ha vuelto a incrementarse a un ritmo acelerado en las últimas tres décadas. Hoy vivimos en un mundo tan desigual, tan injusto e inequitativo, como a principios del siglo XX.

Desigualdad y explotación

¿Pero por qué la creciente desigualdad? ¿Qué hace que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres? ¿Cuál es la razón de que los seres humanos se encuentren en condiciones sociales cada vez más desiguales?

Entre las distintas causas de la desigualdad, la explotación aparece como la causa primera, la más esencial y fundamental de todas, al menos cuando aceptamos el principio de que este mundo nos pertenece a todas y a todos por igual. Si partimos de una igualdad básica y originaria, en efecto, entonces la desigualdad sólo puede explicarse por el robo, el despojo, la explotación que hace pobres a los explotados y ricos a los explotadores.

Explotar  es precisamente, por definición, desigualar, desequilibrar, desparejar, hacerse más al hacer menos al otro, enriquecerse al empobrecerlo. Se le quita lo que uno gana. Se produce una desigualdad entre el explotador y el explotado.

Estudio psicológico de la explotación

Como psicólogas y psicólogos que somos, no es necesario que examinemos el crecimiento de las tasas de explotación, de la plusvalía y de la productividad con respecto a los salarios, para convencernos de que la cada vez mayor explotación es correlativa de la cada vez mayor desigualdad en las últimas tres décadas. Tampoco hace falta que exploremos las alcantarillas laberínticas del capitalismo neoliberal y que repasemos los incontables privilegios, abusos y embustes que permiten la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos. Dejemos este arduo trabajo a los economistas y a los sociólogos.

En una perspectiva propiamente psicológica, para apreciar el vínculo esencial entre la creciente explotación y la creciente desigualdad, basta reconocer que los enriquecidos necesitaron de los empobrecidos para enriquecerse. Necesitaron de ellos como trabajadores, desde luego, pero también como consumidores, proveedores y distribuidores. Y además –y es aquí en donde más relevante resultaría un análisis psicológico– los explotadores tan sólo han podido enriquecerse, y enriquecerse cada vez más, al explotar a los empobrecidos como representantes o como ideólogos, como capataces o como guardaespaldas, como cómplices o espectadores, como admiradores o apologistas, como pretextos o chivos expiatorios, como pedestales o como ornamentos, como heraldos o como correctores de estilo, como dócil masa o como carne de cañón, como objeto de negación para la propia autoafirmación o como semejante cuya inferiorización permite la propia elevación.

Cada una de las mencionadas relaciones psicosociales podría ser bien analizada por la psicología, en casos concretos, para mostrar aspectos aún poco estudiados en la creación de la desigualdad por la explotación capitalista. Confirmaríamos entonces una y otra vez que explotar es precisamente hacer lo que han estado haciendo los dueños del mundo en los últimos años, a saber, aumentar la desigualdad al enriquecerse a expensas de aquellos a quienes empobrecen. Los medios económicos e ideológicos para hacerlo se han vuelto cada vez más elaborados, más complejos, más intrincados y sutiles, pero no consiguen aún disimular del todo la explotación que subyace a la desigualdad.

Aun cuando los pobres lo sean por la más pura marginación, como es el caso de algunas comunidades indígenas de México, debemos reconocer que alguien se apropia de aquello mismo de lo que los margina. Se les despoja de lo mismo que se acapara. ¿Y acaso esto no es explotar?

La opresión y sus efectos psicológicos

La explotación puede valerse de la marginación, pero también de la opresión. Por un lado, tenemos la opresión política subordinada a la explotación económica: por ejemplo, en México, las acciones del gobierno de Enrique Peña Nieto al servicio de los intereses económicos de las empresas para las que trabaja, ya sean mineras, constructoras, petroleras, financieras, de comunicaciones o de lo que se ha dado en llamar el “crimen organizado”. Por otro lado, tenemos la opresión inherente a la propia explotación, como es el caso de las diversas manifestaciones de la violencia estructural del capitalismo salvaje periférico en su fase neoliberal: por ejemplo, en México, la violencia del narcotráfico, las decenas de miles de asesinatos y desapariciones en los últimos años, pero también las muertes por desnutrición, por enfermedades curables o por el efecto de los agroquímicos en campos de trabajo de jornaleros.

Sabemos que la esperanza de vida es varios años menor entre los pobres que entre los ricos, lo mismo en México que en otros países capitalistas, pero de manera aún más patente en nuestro país (Idrovo, 2005). Esto significa simplemente que estamos quitando años de vida a los pobres, que los estamos asesinando prematuramente, que los estamos matando antes de que se mueran por causas naturales.  No debemos olvidar que la miseria, en México, sigue matando más, mucho más que el crimen organizado. Y cuando la miseria mata, lo que está matando es la desigualdad, la explotación y la opresión, porque la riqueza económica de México, el ingreso promedio y el producto interno bruto per cápita, son lo suficientemente altos como para asegurar una mayor esperanza de vida a las clases bajas, como lo demuestra la comparación de nuestro país con otras naciones con niveles semejantes de ingreso y producto interno bruto per cápita, pero considerablemente más justas e igualitarias, como es el caso de Costa Rica.

La estructura capitalista opresiva no sólo tiene como efecto la muerte, sino también la miseria social y económica, la insalubridad y el bajo índice de desarrollo humano en general, la migración forzada, el desgarramiento del tejido familiar o comunitario, la prostitución y la delincuencia, el trabajo infantil y la resultante falta de escolarización, la pauperización cultural y un analfabetismo que en los últimos años se incrementó por primera vez en México. Entre los efectos de las diversas formas de opresión del capitalismo neoliberal, hay también muchos que nos conciernen directamente como psicólogas y psicólogos, y que han sido ya detectados por James Petras (2002) y por otros autores (González Ceinos, 2007; Talarn, Rigat y Carbonell, 2011; Hidaka, 2012; Neilson, 2015). Deben mencionarse al menos el déficit intelectual producido por la desnutrición, la depresión hasta el suicido por causa de la miseria, el estrés por la presión y la competencia laboral, la ansiedad por el desempleo o por el empleo inseguro y precario, la desesperación por el endeudamiento y la insolvencia, la canalización del resentimiento social a través de la violencia doméstica, las crisis afectivas e identitarias propias de los migrantes, el sentimiento de fracaso e impotencia de los oprimidos y sus distintas expresiones en la frustración, en la auto-depreciación, en trastornos sexuales y en conductas autodestructivas como la drogadicción o el alcoholismo. Habría que agregar otros efectos menos estudiados como las conductas antisociales motivadas por la injusticia y la desigualdad, el aislamiento de quien sólo puede establecer vínculos económicamente interesados, la sintomatología histérica ligada con el consumismo, la despersonalización de los vendedores forzados a fingir constantemente ante los clientes, la disociación interna de las víctimas identificadas con los agresores de la clase enemiga, la devaluación de la autoestima bajo la influencia de la industria publicitaria y la degradación de la personalidad bajo la incidencia de las televisoras y de otros instrumentos de ideologización del propio sistema capitalista.

La psicología ante las viejas y las nuevas formas de opresión y explotación

El actual capitalismo neoliberal genera muchos de los problemas con los que lidian cotidianamente las psicólogas y los psicólogos. Los profesionales de la psicología, en efecto, no dejan de afrontar los efectos de las más diversas formas opresivas y explotadoras del funcionamiento capitalista. Algunas de estas formas existen desde hace mucho tiempo y han sido bien estudiadas en sí mismas y en sus efectos psíquicos.

En lo que se refiere a la explotación, hace ya más de ciento cincuenta años Carlos Marx  profundizaba en la frustración, la enajenación y la deshumanización del obrero cuya vida es explotada en su valor de uso como fuerza de trabajo (Marx, 1844/1997, 1867/2008). En lo relativo a la opresión capitalista, desde los años ochenta se multiplican los estudios que abordan la incidencia del desempleo en la depresión y la ansiedad (Linn, Sandifer y Stein, 1985; Dooley, Catalano y Wilson, 1994; McKee-Ryan et al, 2005; Riumallo-Herl et al, 2014). Recientemente apreciamos también cómo cobra importancia la psicología de la pobreza como un fecundo y prometedor campo de investigación (Mohanty y Misra, 2000; Anand y Lea, 2011; Carr y Bandawe, 2011; Mullainathan, 2011; Haushofer y Fehr, 2014).

Observamos además actualmente nuevas formas capitalistas de opresión y explotación cuyos efectos psíquicos apenas empiezan a ser explorados. Es así como vemos volcarse el interés de la psicología hacia temas tan disímiles como las transformaciones recientes de la cultura de consumo (Kasser y Kanner, 2004), el retraimiento provocado por el capitalismo corporativo norteamericano contemporáneo (Kasser et al, 2007), la imposición post-disciplinaria del sujeto entendido como empresario de sí mismo (Jódar y Gómez, 2007), la sujeción y subjetivación carente de self bajo el actual poder capitalista (Burkitt, 2008), el impacto psicosocial negativo del capitalismo flexible (Blanch, 2008) y la ideologización global mediática del neoliberalismo (Nafstad et al, 2009). Los autores que se ocupan de tales temas, a diferencia de los que investigan objetos más tradicionales como la pobreza o el desempleo, tienden a remitir de modo más o menos explícito al aspecto explotador y opresivo del capitalismo en la actualidad. La visión resultante es la de un sistema capitalista neoliberal, flexible o post-disciplinario, consumista o corporativo, que oprimiría y explotaría a los sujetos de un modo inédito, provocando así efectos psíquicos negativos insuficientemente estudiados en el pasado.

Ahora bien, resulta evidente que el capitalismo actual, particularmente en los países emergentes y del Tercer Mundo, no es tan innovador como algunos imaginan, sino que suele combinar viejas y nuevas formas de opresión y explotación. Cabe conjeturar que unas y otras provocan distintos efectos psíquicos, los cuales, a su vez, tienden a integrarse y articularse de maneras complejas. La clásica depresión por el desempleo no tiene por qué desaparecer, pero tal vez adquiere una tonalidad inédita, quizá más ansiosa, cuando el sujeto se concibe como empresario de sí mismo en un capitalismo post-disciplinario y flexibilizado.

Psicología y capitalismo

La psicología, como lo hemos visto, ha estudiado constantemente diversos efectos psíquicos del funcionamiento capitalista explotador y opresivo. Sin embargo, aunque haya estudiado estos efectos, no siempre ha remontado a sus causas socioeconómicas en el capitalismo. En el mejor de los casos, ha reconocido tales causas, pero solamente para concentrarse en los efectos. Esto es comprensible cuando consideramos que el psicólogo no es un sociólogo ni un economista, y por lo tanto no está capacitado para ocuparse de las causas socioeconómicas de los efectos psíquicos del capitalismo. Su especialidad son estos efectos: la ansiedad, la depresión, la despersonalización, la sujeción o el retraimiento.

El problema es que el psicólogo, al especializarse en los efectos, puede llegar a olvidar las causas e incluso tomar los efectos como causas. No es muy grave cuando esto sucede en el trabajo teórico académico, pero sí cuando ocurre en el trabajo práctico profesional, en el cual, por cierto, no deja de ocurrir. Los psicólogos no dejan de olvidar las causas socioeconómicas de los problemas psíquicos de los que se ocupan. Tratan la tentativa de suicidio y la depresión ansiosa, pero dejan de lado lo que las provoca: tal vez la miseria del sujeto deprimido y suicida, su desvalorización como fuerza de trabajo, su reducción a no ser más que un engrane del sistema económico y quizá también su ideologización que lo hace juzgarse inferior, incapaz o culpable de su desgracia. Los profesionales de la psicología, en suma, soslayan la condición básica existencial del sujeto en cuestión, su condición explotada y oprimida en el capitalismo, para  considerar únicamente su condición derivada suicida y depresiva.

Podríamos alegar que la función terapéutica del psicólogo es tan inocua y tan indispensable como la de cualquier analgésico. Se trataría simplemente de aliviar el síntoma, el efecto, el dolor, y aquí, en el caso que nos ocupa, la depresión del sujeto. Sin embargo, aliviando el efecto, es fácil olvidar la causa. ¿Para qué intentar curar la enfermedad cuando hemos aliviado el síntoma? ¿Para qué acabar con el capitalismo neoliberal cuando hemos evitado su efecto depresivo en el sujeto?

Connivencia

Aliviando el síntoma depresivo, disimulamos la enfermedad capitalista. La encubrimos para la sociedad y para el propio sujeto, para el que la depresión era la experiencia directa de las contradicciones propias del capitalismo (Talarn, Rigat y Carbonell, 2011). El sistema capitalista deja de ser experimentado y denunciado como lo que es, como algo contradictorio y aberrante, patológico o enfermizo, cuando aliviamos la depresión y los demás síntomas a través de los cuales se experimentaba y denunciaba como lo que es.  Una vez adormecidos por el psicólogo, los sujetos pueden llegar a convencerse, como en un sueño, que el capitalismo no es depresivo, ni contradictorio ni aberrante, ni patológico ni enfermizo. Es así como el profesional de la psicología rinde un importante servicio al capitalismo al reparar sus fallas por encima, en el nivel de la experiencia de los sujetos, y al evitar así que sea denunciado y que los mismos sujetos, víctimas del sistema, tengan buenas razones para sublevarse contra él.

La depresión, de hecho, además de ser una experiencia y denuncia del capitalismo neoliberal, puede ser también una expresión de resistencia política en contra él, como lo ha mostrado recientemente Rogers-Vaughn (2014). En este caso, al curar la depresión, eliminamos la resistencia política, y al eliminarla, nuevamente protegemos el sistema capitalista neoliberal y contribuimos a su perpetuación.  Procedemos así como policías, cumpliendo la vocación íntima oculta de muchos psicólogos, como ya lo presentía Canguilhem (1958) hace más de cincuenta años.

El psicólogo procede como policía, como censor o represor, al sofocar la denuncia y la resistencia del sujeto en lugar de preocuparse por lo denunciado y por aquello contra lo que se resiste. En lugar de luchar contra la explotación y la opresión, nuestro psicólogo-policía prefiere dedicarse a extinguir los signos de malestar en los explotados y los oprimidos. Ataca los efectos psíquicos en el sujeto y así evita quizá que sean atacadas las causas socioeconómicas en el sistema capitalista. Digamos que alivia los síntomas para que no sea necesario curar la enfermedad.

Al desempeñar su rol policiaco, el psicólogo actúa en complicidad o connivencia con el sistema capitalista neoliberal (Pavón-Cuéllar, 2012). Este aspecto del trabajo profesional psicológico es bien conocido y ya sido ya denunciado en los últimos cuarenta años por autores críticos como Didier Deleule (1972) e Ian Parker (2010). Por más denunciada y cuestionada que haya sido en el pasado, la vieja connivencia de los psicólogos con el sistema capitalista no deja de ser mayoritaria en el presente. La mayoría de los profesionales de la psicología siguen siendo cómplices del capitalismo explotador y opresor al contribuir a que se perpetúe, al eliminar lo que podría llegar a destruirlo, al calmar los ánimos, anestesiar las conciencias, apaciguar a los sujetos, disminuir su malestar, borrar los efectos psíquicos de la opresión y la explotación.

Indiferencia y resistencia

La connivencia con el sistema capitalista es indudablemente la opción preferida, la más común, del trabajo profesional psicológico ante los efectos de la opresión y la explotación. Pareciera incluso que se trata de la única opción, pero no es así. Además de la connivencia, las psicólogas y los psicólogos pueden optar al menos por la indiferencia o por la resistencia.

El profesional indiferente es el que no se atribuye una función terapéutica o anestésica, el que no interviene para aliviar el síntoma, el que no intenta ni disminuir el malestar del sujeto ni borrar los demás efectos psíquicos de la opresión y la explotación.  Esta indiferencia puede resultar de una prescripción metodológica precisa como la bien justificada regla de abstinencia en el psicoanálisis. Podríamos decir, en cierto sentido, que el buen psicoanalista se abstiene de incurrir en cualquier tipo de acción que pudiera implicar, en última instancia, una connivencia con el sistema opresor y explotador. Es una opción quizá fácil y cómoda, pero juiciosa y prudente. La indiferencia evita lo peor, lo más dañino, la connivencia, la corresponsabilidad en la opresión y la explotación del sujeto.

Afortunadamente, además de la indiferencia y la connivencia, existe igualmente la opción de la resistencia contra el sistema opresivo y explotador. Esta resistencia puede revestir las más variadas formas en el trabajo profesional del psicólogo, pero todas ellas habrán de caracterizarse por la escucha del síntoma y el reconocimiento de las causas socioeconómicas de ciertos efectos psíquicos. Al enfrentarse con una depresión claramente causada por el capitalismo neoliberal, el psicólogo comprometido con la resistencia no intentará curarla, sino que optará por tomarla en serio, escucharla y acompañarla, permitiéndole denunciar lo que denuncia y resistir contra lo que resiste. Esto podrá conducir eventualmente, si el sujeto depresivo así lo decide, al único remedio efectivo y definitivo para esta clase de malestares, a saber, la acción colectiva encaminada a la incidencia en las causas socioeconómicas del malestar (Petras, 2002).

La cuestión de la posición política y la acción colectiva

Las causas socioeconómicas tan sólo pueden tratarse colectivamente. Por lo tanto, si un profesional de la psicología se compromete con la resistencia, entonces deberá comprometerse también con ciertas formas de acción colectiva contra el sistema capitalista explotador y opresivo. Quizá este compromiso resulte inaceptable para ciertos profesionales que aún se aferran a los ideales cientificistas de la neutralidad valorativa en psicología y la abstinencia política en psicoanálisis.

Tal vez habría que recordarles a muchos psicoanalistas que su Lacan (1970/2001) reconoció que el supuesto abstemio político no deja de “hacer profesión” de la política (p. 438). Asimismo habría que recordar a muchos psicólogos que su Popper (1961/2013) hizo notar que la “neutralidad valorativa” era un “valor” como cualquier otro (p. 28). El valor y la política parecen estar anudados indisociablemente con la ciencia en cualquiera de sus acepciones, ya sea como disciplina psicológica de lo general o como estudio psicoanalítico de lo particular.

Cualquier actitud verdaderamente científica nos impulsa lógicamente a remontar hasta las causas y tratarlas en lugar de los efectos. Ahora bien, cuando las causas tienen carácter socioeconómico, tan sólo podemos tratarlas a partir de una posición política valorativa y a través de una acción colectiva militante. La militancia colectiva y la valoración política son así exigidas paradójicamente por la misma cientificidad a la que aspira el trabajo profesional de la psicología. Nuestro espíritu científico nos hace renunciar al cientificismo al posicionarnos políticamente y actuar colectivamente.

Viejas opciones ante nuevas formas de opresión y explotación

La resistencia no es necesariamente incompatible con el espíritu científico. Dependerá de cómo concibamos la ciencia. Así como hay concepciones que aceptan y hasta requieren cierta resistencia, las hay también que la excluyen y que resultan más consonantes con la indiferencia e incluso con la connivencia.

Cada una de las viejas opciones del trabajo profesional psicológico tendrá siempre sus partidarios que la justificarán argumentando cientificidad, pero también moralidad, efectividad o utilidad. Independientemente de cómo justifiquemos nuestra opción, es importante que tengamos claro cuál es nuestra opción. ¿Optaremos por la connivencia, por la indiferencia o por la resistencia? Esto puede ser difícil de saber, en especial ante nuevas formas de opresión y explotación.

Por ejemplo, ante la imposición post-disciplinaria del empresario de sí mismo, la connivencia del psicólogo con el sistema puede ayudar al sujeto a desinhibirse, optimizarse, responsabilizarse de su destino, desplegar su espíritu emprendedor, no renunciar a sus ambiciones, desplegar su autonomía y su creatividad, cumplir adecuadamente las expectativas, estar a la altura de las circunstancias, competir de la mejor manera contra sus rivales, venderse lo más posible y al mejor precio. Ninguna de estas brillantes perspectivas debería ser buscada por un buen psicoanalista que supiera mantener la indiferencia, limitándose, por lo tanto, a notar y hacer notar los esfuerzos y sufrimientos del sujeto por obedecer el modelo imaginario auto-empresarial que se le impone arbitrariamente desde fuera y que no corresponde necesariamente a su deseo. Por último, si optamos por la resistencia, tendremos que resistir con los sujetos contra la consigna de que sean empresarios de sí mismos, revalorizando sus fracasos y su falta de vocación empresarial, escuchando sus reparos, comprendiendo su incomprensión, dignificando los escrúpulos que los inhiben, defendiendo su derecho a la inconformidad con las expectativas y apoyándolos decididamente en su valiente decisión de no adaptarse, no prostituirse, no venderse de ningún modo ni por ningún precio.

La resistencia contribuye a sublevarse contra las nuevas operaciones opresivas y explotadoras del capitalismo neoliberal a las que ya nos referimos anteriormente: las mismas que son respaldadas en la connivencia y consideradas con la mayor atención en la indiferencia. Es el caso del consumo de la propia identidad, el retraimiento de los átomos en las corporaciones, la sujeción capitalista del sujeto carente de sí mismo, los caprichos del capitalismo flexible y la ideologización global mediática neoliberal. Estas nuevas formas capitalistas neoliberales de opresión y explotación tan sólo pueden ser o aceptadas o analizadas o rechazadas, o apoyadas o profundizadas o atacadas, o facilitadas en la connivencia con el sistema capitalista o examinadas en la indiferencia o impugnadas en la resistencia contra el sistema. Las opciones disponibles son las mismas viejas opciones de siempre. No parece haber otra opción, al menos por ahora.

Conclusión: la psicología dominante en el mejor de los mundos posibles

Los profesionales de la psicología no pueden escapar a las tradicionales orientaciones que suelen identificarse como conservadoras, neutrales y progresistas o revolucionarias. El espectro sigue siendo el mismo. Los dilemas también.

O un extremo o el otro. O los extremos o el centro. Y el más importante de los predicamentos, el subrayado por Canguilhem (1958): o ser policía del sistema o ser algo diferente. O la connivencia o las opciones de la indiferencia y de la resistencia. O aceptar la psicología dominante, incluido el psicoanálisis domesticado, o rechazarla, ya sea huyendo hacia el psicoanálisis aún consecuente o hacia las psicologías alternativas, marginales, críticas y políticamente comprometidas. En otras palabras: o ser o no ser cómplice de la creciente desigualdad social, de las viejas y nuevas formas capitalistas de opresión y explotación, tal como se manifiestan para nosotros en sus efectos psíquicos.

Entre las psicólogas y los psicólogos que opten por la connivencia con el capitalismo en su fase neoliberal, quizás los haya que se imaginen ingenuamente que el mundo ha mejorado, que tiende a mejorar o incluso que vivimos en el mejor de los mundos posibles. ¿Para qué ayudar entonces a transformar lo inmejorable o lo que mejora naturalmente? En lugar de transformar el mundo, habría que transformar a los sujetos patológicamente pesimistas, como nosotros, para los que el mundo no es el mejor y ni siquiera tiende a mejorar. Habría que transformarnos así a nosotros mismos para no transformar el mundo. ¿Acaso ésta no es una de las principales funciones de la psicología dominante?

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Informar desde abajo: nuestra libertad de prensa contra los poderes mediáticos

Nota para celebrar el lanzamiento de la edición mexicana de Izquierda Diario, el 28 de abril 2015

David Pavón-Cuéllar

Siglos de luchas colectivas nos han permitido conquistar cierto grado variable –más o menos insuficiente según el país– de libertad de prensa. Esta libertad es una conquista social y nos pertenece a todas y a todos, pero ha sido acaparada por los grandes poderes mediáticos, los cuales, reduciendo la información a una mercancía, ya no buscan informar, sino generar dividendos por todos los medios, entre ellos la desinformación misma. Es así como Rupert Murdoch, Ted Turner, los Polanco, los Azcárraga y otros magnates se han enriquecido con nuestra libertad de prensa, convirtiéndola en la única libertad que existe para ellos, la del neoliberalismo, la de competencia, comercio y específicamente circulación de mercancías informativas.

La degradación de la prensa resulta particularmente preocupante en México, en donde grandes empresas como Televisa, Milenio y Televisión Azteca se han especializado en cirugías plásticas de la realidad al gusto del mejor postor. Semejante actividad les ha hecho adquirir un poder inmenso que se confunde con el del Estado y que dificulta la democratización del país. Además de ser un obstáculo para la democracia y de violar nuestro derecho a la información, estas empresas promueven la cultura de consumo, degradan la dignidad individual y reproducen el racismo y el sexismo. También sofocan el espíritu crítico, aseguran la miseria intelectual y la sumisión de nuestro pueblo, e inducen acciones violentas hacia grupos que se atreven a disentir, como ha sido el caso de los normalistas asesinados y desaparecidos tras haber sido calumniados una y otra vez en los medios masivos de comunicación.

A cambio de los servicios que rinden al gobierno, los grandes medios obtienen exenciones de impuestos, concesiones en los espectros radioeléctricos, privilegios ante sus competidores y hasta puestos gubernamentales o candidaturas políticas. Algunos de sus periodistas reciben enormes compensaciones a cambio de su manipulación de las informaciones. Mientras tanto, los periodistas honestos deben sufrir diversas formas de represión, exclusión, coerción, censura y hasta difamación, como en el caso reciente de Carmen Aristegui.

La prensa libre consigue resistir y subsistir en México. Su vigor es evidente. Por desgracia, dadas las circunstancias hostiles, debe concentrarse en un trabajo rectificativo e informativo con el que intenta compensar el trabajo inventivo y desinformativo al que se dedican los medios corruptos. De ahí la ventaja que siempre llevan los embaucadores, con su acción ofensiva parcial y partidista, sobre los auténticos periodistas que se limitan a una reacción defensiva, neutral e imparcial.

La defensa de nuestro derecho a la información es necesaria, pero insuficiente. Además de continuar defendiéndonos, debemos atacar, desafiar al desmentir, dejar atrás nuestra neutralidad y pasar a la ofensiva con un proyecto alternativo radical de periodismo comprometido y militante. Es para esto que hacen falta medios como Izquierda Diario, que ha mostrado en ediciones de otros países cómo puede posicionarse ante lo que informa sin dejar de informar de manera objetiva, con rapidez y exactitud, mostrando incluso lo que no trasciende a la prensa libre tradicional.

A diferencia de otros periódicos, Izquierda Diario no toma su distancia con respecto a la sociedad, sino que surge y se mantiene aquí abajo, en donde estamos casi todas y todos, y en donde la neutralidad resulta imposible. Su perspectiva intenta ser desde aquí, desde donde se descubre mucho de lo que pasa desapercibido para quienes observan desde arriba y desde afuera. Es también por esto que Izquierda Diario da voz a quienes no la tienen en medios convencionales. Se trata de recuperar esa libertad de prensa que fue una conquista social, pero que nos arrebataron los grandes medios. Tan sólo al hacerla nuestra podremos ejercerla, realizando así todo el sentido que el joven Marx atribuyó a la prensa libre como espejo en el que el pueblo se ve reflejado, se confiesa y se redime –se libera– a través de su confesión.

Marx ante la praxis alucinatoria: Locura, idealismo filosófico y formalismo capitalista

Intervención en la Jornada sobre Locura y Creación, con Nadir Lara Junior. Espacio Multidisciplinario para el Aprendizaje de las Humanidades (EMAH), Morelia, Michoacán, sábado 4 de octubre 2014

David Pavón-Cuéllar

En un pasaje de La Sagrada Familia, Marx y Engels describen lo que ellos mismos llaman “la forma general de la locura”. Su descripción aspira explícitamente a la generalidad. Pretende aplicarse, por lo tanto, a cualquier tipo de enloquecimiento. En todos los casos, la locura sería, según Marx y Engels, “el estado en que cae el hombre aislado del mundo exterior”. Este aislamiento haría que el “mundo sensible”, el mundo material que podemos captar por los sentidos, se transformara en “simple idea”, lo cual, a su vez, haría que “las simples ideas se transformaran en seres sensibles”. En otras palabras, que son también las de Marx y Engels, “las alucinaciones del cerebro adquieren formas visibles, casi palpables, de fantasmas sensibles”.

Vemos que Marx y Engels distinguen tres momentos en el proceso que desemboca en la locura. Primero el aislamiento con respecto al mundo exterior material y sensible, después la reducción de este mundo a simples ideas y finalmente la transformación de las ideas en seres sensibles, tan sensibles como el mundo exterior, pero desprovistos de materialidad. Estos seres sensibles inmateriales corresponden a las alucinaciones en el sentido estricto del término. Son seres que podemos captar con los sentidos, que somos capaces de ver y escuchar, casi tocar, pero que no existen realmente en el mundo exterior material. Su existencia es ideal, ya que no estriba sino en las ideas que adquieren una forma sensible, audible y visible, como si fueran cosas y no ideas.

Cabe decir que el loco, tal como se lo representan Marx y Engels, vive en un mundo de ideas, en el mundo mismo de las ideas, en el topus uranus de Platón. En este mundo ideal, las ideas abarcan todo lo que hay. Y no sólo se captan con el intelecto, sino también con los sentidos. No sólo se deliran, sino que también se alucinan. Constituyen, paradójicamente, ideas sensibles y no sólo inteligibles. Un loco ve y oye ideas, mira y escucha sus pensamientos, alucina sus delirios.

Para Marx y Engels, un loco es un idealista como cualquier otro: como aquellos filósofos especulativos que alucinan entes ideales en lugar de percibir las cosas materiales, pero también como los capitalistas y sus ideólogos, los economistas liberales ingleses, quienes remplazan el mundo material, el del hambre y la miseria, el de la vida real de los trabajadores en carne y hueso, por abstracciones formales como cifras y estadísticas, precios y salarios, cantidades y dividendos. El ideólogo del capitalismo es un loco de atar, un idealista consumado, que imagina tasas de ganancia e índices de crecimiento ahí en donde sólo hay cosas tan materiales como la vida, el trabajo, la explotación, la frustración, el sufrimiento. Ahí en donde no hay más que hombres y mujeres inmolando sus vidas al sistema, el idealista del capitalismo delira y alucina plusvalías, piensa y percibe inversiones rentables, números que se tornan cosas que a su vez cobran una extraña vida que les permite moverlo todo, arreglarlo todo, responsabilizarse de todo, como si fueran los sujetos, agentes, causantes de todo lo que ocurre.

Los idealistas hacen que las ideas tengan movimiento propio y sean aquello por lo que se ve movido el mundo material. Para el economista liberal, como para el tecnócrata neoliberal, la riqueza, o más bien una idea formal y abstracta de la riqueza, consigue bastarse a sí misma para generar más riqueza, crear empleos, asegurar bienestar, cambiar la sociedad, mover a México. De igual modo, para un filósofo idealista como Hegel, el espíritu es capaz de animar a los pueblos, gobernar como Estado y hacer la historia de la humanidad.

Tanto en el formalismo capitalista como en el idealismo filosófico, el polo activo, práctico, está en las ideas y no en las cosas materiales. El mundo y sus habitantes no se mueven aquí por sí mismos, sino que son movidos por dioses y conceptos, por supersticiones y explicaciones, por dogmas y razones, por lo que se cree y por lo que se piensa. Todo esto da lugar a teorías delirantes que sólo pueden llegar a desenvolverse y concretarse prácticamente a través de una verdadera praxis alucinatoria. La alucinación realiza lo que no puede ni vivirse ni hacerse.

A falta de un mundo externo material en el que podamos luchar por nuestros deseos, nos damos el gusto de soñar su inmediata realización y satisfacción en el mundo interno inmaterial. Este mundo no exige luchar por ideas que se realizan con tan sólo pensarlas. El idealismo filosófico y económico nos permite así alegorizar, escenificar y representar de forma sensible una infinidad de ideas que nos vienen a la mente. Sin embargo, y éste es el punto importante, el mismo idealismo impide pensar aquellas ideas que sólo pueden pensarse a través del gesto, la acción, la lucha, la praxis materialista y no alucinatoria.

Desde el punto de vista de Marx y Engels, la praxis materialista difiere claramente de la praxis alucinatoria en la que vemos coincidir a locos y cuerdos, a economistas y filósofos, pero también a teólogos y psicólogos. Todos ellos dan una forma sensible a sus ocurrencias inteligibles, mientras que un luchador social o político descubre nuevas ideas, nuevas entidades inteligibles, en la materialidad sensible del mundo en el que se hunde a través de su praxis. Esta materialidad, siempre tan llena de ideas nuevas que sólo ahí se encuentran, es aquello que faltaría en la praxis alucinatoria de los locos y de otros idealistas. Unos y otros alucinarían lo que ya conocen, lo que está en ellos, en lugar de conocer algo nuevo que no está en ellos, sino fuera, en la mayor mina de ideas que exista, en las entrañas del mundo en las que sólo puede profundizarse al hundirnos en lo que nos rodea a través de una acción transformadora.

El interior del mundo sería lo desconocido en el idealismo psicótico al igual que en el filosófico y el económico. Parecería entonces que ambos idealismos son equivalentes, incluso idénticos para Marx y Engels, pero en realidad no lo son. Un loco tiene la suerte de no ser igual a un cuerdo idealista. El cuerdo sólo consigue dar una forma sensible a las bien conocidas ideas que expresan claramente sus necesidades e intereses de clase, mientras que el loco tiene muchas otras ideas que escapan al ámbito de la necesidad y del interés, que a menudo se liberan de sus determinaciones clasistas y que manifiestan deseos desconocidos, insospechados, inconfesables e incluso inimaginables entre los cuerdos.

Difícil prever las teorías que brotan y que revisten aspectos prácticos visibles y audibles en la cabeza de un loco. Sus alucinaciones consiguen liberarlo de todo lo que cierra el horizonte de los cuerdos. Nadie ha conquistado esa libertad que un alucinado conquista virtualmente para todos.

La praxis alucinatoria de un loco nos ofrece algo quizás más importante que lo revelado en la praxis materialista de un luchador. Quien lucha nos descubre las entrañas del mundo existente, pero sólo quien enloquece consigue mostrarnos el fondo insondable de un mundo que todavía no existe y que tal vez debiera existir.

Psicología y capitalismo en América Latina

Conferencia en la Universidad La Salle. Morelia, Michoacán, martes 20 de mayo 2014.

David Pavón-Cuéllar

Estamos en el sistema capitalista. Vivimos además al sur del Río Bravo. Es aquí, en Latinoamérica y en el capitalismo, en donde estudiamos, enseñamos o practicamos la psicología.

Nuestra profesión de psicólogos, nos guste o no, se desarrolla en un contexto capitalista y latinoamericano. Este contexto es decisivo para nuestra psicología, la determina y la moldea, le da la forma que tiene para nosotros, le impone sus límites, métodos, perspectivas y objetos.  Estudiamos el psiquismo creado por el capitalismo en Latinoamérica. Y tendemos a estudiarlo de un modo predominantemente capitalista y latinoamericano. En este sentido, nuestra psicología es también latinoamericana y capitalista.

Por más que pretenda ser neutral y estrictamente científica, nuestra psicología es parcial y tendenciosamente capitalista, cumple una función en el capitalismo, sirve al capital, gira en torno al dinero capitalizado, se relaciona estrechamente con la explotación de la fuerza de trabajo, se rentabiliza y circula, se compra con dinero para venderse a cambio de más dinero, se negocia y se regatea en el mercado, pasa de mano en mano, se desgasta y se prostituye, puede subsistir porque tiene un precio, porque puede pagarse y porque produce un beneficio económico. De igual manera, por más que aspire a ser estadunidense o europea, nuestra psicología es latinoamericana, latina, meridional, tropical, mestiza, tercermundista, subdesarrollada, pobre, ignorada, periférica, dependiente, acomplejada, heredera del colonialismo hispanoportugués y del neocolonialismo angloamericano.

Capitalismo en Latinoamérica

En realidad, cuando nos referimos al carácter latinoamericano de nuestra psicología, estamos refiriéndonos también a su naturaleza capitalista.  Quiero decir que el capitalismo resulta indisociable de aquello que actualmente significa Latinoamérica para nosotros.  La historia moderna de Latinoamérica se inserta en la historia del capitalismo. La conquista española del Nuevo Mundo fue la conquista de un botín de guerra para el mercantilismo capitalista del siglo XVI. Los banqueros de los Países Bajos, el centro del capitalismo en los siglos XVI y XVII, fueron los principales beneficiarios de la colonización de América.

El colonialismo, tal como lo conocimos en Latinoamérica, fue un momento del capitalismo global. Los ávidos conquistadores vinieron fundamentalmente a enriquecerse, a hacer negocios, a explotar minas de oro y plata, cañaverales, cultivos de café y chocolate, maderas preciosas y especialmente fuerza de trabajo. Y de paso violaron a las mujeres indígenas, a las tatatarabuelas de muchos de nosotros. El mestizaje que nos hace ser lo que somos, esa violación masiva y sistemática de la que provenimos, no fue más que un efecto colateral del saqueo de nuestras riquezas naturales por el ávido colonialismo capitalista europeo.  El capitalismo está entonces en el origen mismo de lo que somos, en el núcleo de nuestra vida psíquica, en el centro de nuestra identidad y personalidad. Podemos vernos como criaturas del capitalismo, a veces residuos o escorias desechadas por la producción capitalista, otras veces productos explotables como trabajadores o consumidores.

Después de los tiempos coloniales, el capitalismo siguió moldeando nuestra historia, nuestra sociedad y nuestra individualidad. Tan sólo nos liberamos del capitalismo colonial hispanoportugués, el de los conquistadores y encomenderos, para caer en el capitalismo neocolonial angloamericano, el de los piratas y los empresarios, las franquicias y las maquiladoras. Aprendimos a ser país tercermundista, colonia del capitalismo industrial y financiero, después de haber aprendido a ser colonia del mercantilismo capitalista. Tras la explotación en las encomiendas, tuvimos que resignarnos a la explotación en las transnacionales.

Evidentemente hubo países que no quisieron aceptar su condición de esclavos del capitalismo neocolonial, como Guatemala en los años cincuenta, Brasil en los sesenta, o Chile en los setenta, por citar los casos más conocidos. Sin embargo, como bien sabemos, esos países fueron duramente castigados por haberse atrevido a liberar a sus poblaciones de la explotación capitalista. Guatemala en 1954, Brasil en 1964 y Chile en 1973, sufrieron sangrientos golpes de estado con los que se instauraron  dictaduras apoyadas por un capitalismo salvaje y sumamente violento que ahora tenía su centro de gravedad en los Estados Unidos y en Wall Street.  Una compañía estadunidense, la United Fruit Company, acaba con la democracia, la libertad y la justicia en Guatemala, y sume a este país en una interminable guerra civil que lo ensangrienta  y empobrece. Otra empresa de Estados Unidos, la Hanna Mining Corporation, acaba con el régimen social y popular brasileño que no le quiere entregar las reservas de hierro en bandeja de plata. Otras empresas mineras de nuestro vecino del norte, apoyadas teóricamente por el profesor Milton Friedman de la Universidad de Chicago, se ocuparán de acabar con el pacífico socialismo chileno e instaurar un violento capitalismo neoliberal que asesina y tortura sin piedad a miles de personas.

Psiquismo y capitalismo

Tanto en las dictaduras del siglo XX como en el colonialismo de los siglos anteriores, el capitalismo nos ha dominado mediante el terror, con baños de sangre, con torturas y violaciones, con las armas, primero con espadas y arcabuces, luego con granadas y metralletas. Esta violencia inherente al capitalismo es la misma que vemos operar en el crimen organizado, en el cual, lo mismo que en cualquier otro sector de la economía capitalista, lo importante es la ganancia y el enriquecimiento.  Es por dinero, siempre por dinero, que se mata, se tortura y se mutila. Y toda esta violencia capitalista, sobra decirlo, tiene efectos decisivos en nuestro psiquismo.

Todo lo que somos y hacemos en el plano psíquico, todo lo que estudiamos en la psicología, todo esto ha sido influido por la violencia capitalista del crimen organizado que nos rodea en la actualidad, así como también por la pasada violencia colonial o dictatorial del mismo capitalismo. Pero el sistema capitalista no sólo ha incidido en nuestro psiquismo a través de la violencia directa, sino también a través de la violencia indirecta, estructural, que se ejerce constantemente a través  de la explotación en el trabajo, la manipulación en la publicidad, la enajenación que nos hace buscar nuestro propio ser en el tener, la prostitución de las relaciones interhumanas reducidas a relaciones económicas interesadas, la humillación de los pobres y tercermundistas como nosotros los latinoamericanos, y evidentemente la degradación humana en todos los sentidos, la miseria material y espiritual del hombre, la pobreza y la ignorancia en la que nos hunde el capitalismo para poder abaratar nuestra fuerza de trabajo y así pagarnos menos y explotarnos mejor. Todo esto nos constituye psicológicamente. Nuestro psiquismo es efecto de la violencia capitalista que nos degrada, nos humilla, nos prostituye, nos enajena, nos manipula y nos explota de un modo específico en nuestra particular condición de latinoamericanos.

La experiencia latinoamericana del capitalismo incide en todo aquello que encontramos en la psicología, en el comportamiento que estudian los conductistas, en la mente y el procesamiento de la información que enfatizan los cognitivistas, en el inconsciente de los psicoanalistas, y en las interacciones, los estilos relacionales y los patrones de comunicación de los psicólogos sociales y sistémicos. Nuestra psicología indaga y trata los efectos del capitalismo en el psiquismo de los latinoamericanos. En cierto modo, al igual que los economistas, estudiamos el capitalismo, pero no lo estudiamos en su funcionamiento económico externo, sino en los sujetos, en su alma, en la interioridad de sus pensamientos y sentimientos, aunque también en la exterioridad de sus comportamientos, de sus relaciones e interacciones, y del mundo social en el que habitan. En todos los casos, nos ocupamos del sistema capitalista. Casi podemos decir que el capitalismo es el objeto de la psicología, que la psicología es una capitología, lo mismo que la economía, la sociología, la pedagogía o cualquier otra ciencia humana y social que se desarrolla en el capitalismo y que sólo puede estudiar fracciones de un sistema capitalista que lo absorbe todo, lo abarca todo, lo es todo.

Conciencia y eficacia

Lo extraño no es que los psicólogos estudien el capitalismo en Latinoamérica, sino que desconozcan u olviden que lo estudian. ¿Cómo explicar esta ignorancia o inconsciencia o falta de memoria o lo que sea?  ¿Cómo entender que el capitalismo, que impregna y constituye todo nuestro psiquismo, les pase desapercibido a los psicólogos? ¿Cómo puede ser posible que no consigan ver lo que no dejan de estudiar?

Pienso que la ceguera de los psicólogos se explica por dos circunstancias fundamentales. En primer lugar, como el capitalismo lo empapa todo, lo colorea y lo conforma todo en el psiquismo, termina confundiéndose con todo hasta el punto de camuflarse, volverse invisible, resultando prácticamente imposible discernirlo al diferenciarlo de lo que no es él. En segundo lugar, debemos considerar que la psicología, tal como la conocemos, también forma parte del capitalismo, es una pieza del sistema capitalista, y por lo tanto, estando adentro del capitalismo, no puede verlo desde afuera. Podemos recurrir a la conocida metáfora del bosque y decir que la psicología está dentro del bosque, pero no puede ver el bosque, no puede ver el capitalismo, sino solamente los árboles  del bosque, las piezas del sistema capitalista.

Sería más exacto decir que la psicología no suele ver el capitalismo porque verlo significa verse a sí misma, relacionarse reflexivamente consigo misma, ser autoconsciente, y esto, como ustedes bien lo saben, es un grado superior de conocimiento que sólo se alcanza con el tiempo, ya que resulta muy difícil y requiere de un gran esfuerzo, el de encorvarse, arquearse al volverse hacia uno mismo. Este ejercicio acrobático no es habitual en los psicólogos y mucho menos en los de Latinoamérica. Sin embargo, cuando los psicólogos se molestan en pensar un poco en lo que hacen y se ubican así en lo que ahora se llama la “psicología teórica” o “crítica”, entonces, de pronto, como era de esperar, descubren el capitalismo en toda su psicología: en sus teorías y sus conceptos, en sus métodos y sus objetos, en su mirada y en lo que miran. Y se percatan simultáneamente de algo muy importante que podría explicar también la invisibilidad del capitalismo para los psicólogos. Se dan cuenta de que el capitalismo funciona mejor cuando pasa desapercibido, cuando la psicología y sus demás dispositivos no toman conciencia de él, no se distraen con él, sino que se concentran en cumplir su función dentro del sistema. Esto es crucial para el capitalismo y tiene que ver con la división del trabajo. El proceso total se descompone en una infinidad de pequeñas tareas encomendadas a pequeños individuos que hacen tanto mejor lo que hacen cuanto menos saben lo que hacen.

La psicología más eficaz es también la más ciega, la más inconsciente de la totalidad, la más concentrada en sus tareas específicas: aplicar pruebas, hacer diagnósticos, diseñar tratamientos eficaces, intervenciones eficaces, dinámicas eficaces. ¿Pero eficaces para qué o con qué propósito? Las respuestas que podamos dar a esta pregunta nos pueden servir para distinguir las diferentes funciones de la psicología en el sistema capitalista.

Tres funciones de la psicología en el capitalismo: el caso latinoamericano

Al ser eficaz para llenar de dinero los bolsillos del psicólogo, la psicología es una mercancía que se vende para producir una ganancia.  El psicólogo vende el valor de uso de su saber y de su fuerza de trabajo, y obtiene a cambio el importe pagado por el paciente, es decir, el valor de cambio de su psicología. Con su valor de cambio y su valor de uso, con su precio y su utilidad, la psicología es una mercancía como cualquier otra y debe publicitarse como cualquier otra. Obedece a las reglas de la oferta y la demanda, se le publicita y se le consume, y prospera gracias a al consumismo generalizado. En Latinoamérica, este consumismo suele ser un lujo que no pueden ofrecerse las mayorías populares. Los más pobres deben privarse de muchas mercancías relativamente superfluas, como es el caso de la psicología. Nuestra profesión, en tanto que mercancía, es un lujo que sólo pueden ofrecerse quienes pueden pagarlo.

Nuestra psicología es entonces una mercancía y cumple con la función lucrativa de cualquier otra mercancía en el sistema capitalista. Sin embargo, como prácticamente cualquier otra mercancía, la psicología tiene una composición ideológica por la que puede cumplir otras funciones en el sistema. Una de estas funciones es la cegadora, mistificadora, individualizadora, psicologizadora. Digamos que la mencionada ceguera de la psicología, su inconsciencia con respecto al capitalismo, tiene que ser compartida por los sujetos que reciben un tratamiento psicológico o psicoterapéutico. Para pagarle al psicólogo, estos sujetos deben ignorar el sustrato capitalista de lo que les ocurre, la causalidad socioeconómica de sus problemas, y deben imaginar que estos problemas son estrictamente psíquicos, individuales, personales, mentales o emocionales. Tan sólo así, a través de esta mistificación y psicologización, puede justificarse que los consumidores gasten su dinero para comprar una mercancía como la psicología, la cual, si tiene un valor de uso, es principalmente el de solucionar problemas estrictamente psíquicos. Y es verdad que la psicología puede llegar a dar una cierta solución de estos problemas, pero al hacerlo, sobra decirlo, no soluciona el mal capitalista, sino sólo algunas de sus manifestaciones sintomáticas. Esto no sólo permite que el sujeto pueda seguir soportando el capitalismo, sino que verifique o confirme el carácter psíquico de sus problemas. Si la psicología los resolvió, esto quiere decir que se trataba efectivamente de problemas psíquicos. El sujeto se los atribuye y se acusa de aquello de lo que es responsable el capitalismo.

La psicología servirá para que muchos latinoamericanos, por ejemplo, se responsabilicen a sí mismos de un sentimiento de inferioridad e incapacidad producido  y reproducido por cinco siglos de humillación capitalista colonial y neocolonial. En lugar de luchar contra el capitalismo que los ha humillado, rebajado y degradado, nuestros latinoamericanos, gracias al psicólogo, creerán confirmar que son los únicos responsables de todo lo que les ocurre y se convencerán de que hacen lo correcto al seguir luchando contra sí mismos, como lo han hecho desde hace quinientos años. Continuarán intentando cambiarse a sí mismos en lugar de cambiar al mundo que los desprecia y los oprime. En lugar de sublevarse contra los verdaderos responsables de su sentimiento de inferioridad e incapacidad, habrán de sublevarse contra sí mismos e intentarán transformarse a sí mismos, tal como se los recomienda la psicología.

Con el apoyo del psicólogo, los sujetos aceptarán lo inaceptable, se adaptarán a lo que no deberían adaptarse, al capitalismo que los ha rebajado y degradado para convertirlos en fuerza de trabajo dócil y barata. Llegamos aquí a una tercera función de la psicología en el capitalismo. Además de su función lucrativa como mercancía y de su función mistificadora como ideología, la psicología tiene también, como disciplina, la función disciplinaria de subyugarnos, amansarnos, domarnos, domesticarnos y volvernos dóciles y tolerantes. La disciplina psicológica puede cumplir así también con el propósito colonial y neocolonial de mantener a los latinoamericanos sometidos e impedir su liberación.

Desde luego que nuestra psicología podría ser diferente y contribuir a nuestra liberación en lugar de hacer todo para impedirla. Sin embargo, para que esto fuera posible, la psicología debería ser muy diferente de lo que es actualmente. Ignacio Martín-Baró tenía mucha razón al decir que nuestra psicología debería liberarse de sí misma, de todo lo que ha sido hasta ahora, para poder convertirse en una psicología de la liberación, una psicología liberadora y no esclavizadora, subversiva y no adaptativa, emancipadora y no colonizadora.

Hacia una función histórica del historiador

Conferencia en la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, 27 de septiembre 2013.

David Pavón-Cuéllar

El problema de la función social del historiador

Se me ha pedido que les hable acerca de la función social del historiador. Empezaré por cuestionar la idea misma de que el historiador tenga una “función” en la sociedad. Cuando consideramos que la tiene, estamos admitiendo que debe desempeñar algún papel o cumplir con un deber en el ámbito social. Quizá estemos aceptando incluso que hay una sociedad que funciona como una máquina o como un organismo cuyo funcionamiento exige el cumplimiento de ciertas funciones.

La función proviene etimológicamente de la palabra latina functio, y ésta del verbo griego fungi,  que significa precisamente cumplir o solventar, pagar o satisfacer. La función que se desempeña es el papel interpretado al satisfacer un deber u obligación. Esta obligación es el correlato de la función. Al desempeñar una “función social”, el historiador está respondiendo positivamente a una obligación que le impone la sociedad. Podemos decir también que está cumpliendo con un encargo social.

El problema es que al cumplir con aquello que le encarga la sociedad, el historiador está sometiéndose dócilmente a cierta sociedad. Está haciendo lo que tiene que hacer para que la sociedad funcione como tiene que funcionar. Para el buen funcionamiento de la máquina social, en efecto, se requiere que sus engranes y sus demás piezas desempeñen adecuadamente sus respectivas funciones sociales. Estas funciones también pueden sugerir la imagen de un organismo. En el organismo de la sociedad, el historiador sería un órgano que debería funcionar correctamente, saludablemente, al cumplir de manera puntual con su función orgánico-social.

El historiador al servicio de un modelo ideológico normativo de la sociedad

¿Y cuál sería la función orgánico-social del historiador? Quizá simplemente aquella memoria automática, refleja, por la que un organismo puede recordar lo que hace daño, y así evitarlo, tal como el niño o el animal que aprenden a alejarse del fuego después de haberse quemado. Es así como la sociedad aprendería de sus pasados errores gracias a la memoria del historiador que retendría la reminiscencia de estos errores.

El historiador nos recordaría que debemos alejarnos del peligroso y doloroso fuego de las guerras, de las revueltas y de las revoluciones. Aquí tendríamos una buena función social defensiva y apaciguadora del historiador. También podríamos asignarle una función social como la de comprobar que no hay bastardía, que somos hijos legítimos de los padres de la patria, que hay cierta unidad, estabilidad, continuidad en el desarrollo de la sociedad, la cual, siendo la que es a través de las etapas sucesivas de su desarrollo, tendría una identidad a toda prueba: una identidad social, nacional o cultural, étnica o incluso racial, que habría que seguir preservando por todos los medios.  Por último, en el mismo sentido, el historiador podría cumplir también con la función social de hurgar en el pasado para encontrarle un sentido al presente, por ejemplo al mostrarnos que la historia describe una línea evolutiva ascendente por la que el presente es mejor que el pasado: que fuimos colonias y que hoy somos independientes, que pasamos de los privilegios de unos cuantos a los derechos iguales para todos, que ayer sufríamos la tiranía porfirista y que hoy disfrutamos la democracia revolucionaria.

En los tres casos que he mencionado, el cumplimiento de una “función social” hace que los historiadores estén al servicio de un modelo ideológico normativo de sociedad, ya sea el pacífico y armónico de los conservadores, el puro y legítimo de los nacionalistas, o el avanzado y optimista de los progresistas.  Estos grupos tienen claro lo que debe ser la sociedad. Parten de una sociedad ideal para después inferir cuál debe ser la función del historiador en esta sociedad. La representación ideológica de la sociedad predetermina la función social de cada sector de la sociedad. Es por esto, por lo anterior y por mucho más que yo descartaría la idea misma de la “función social del historiador”.

Función histórica y disfunción social del historiador

Más que de una función social del historiador, yo preferiría caer en cierta redundancia y hablar de una función histórica del historiador. Esta función histórica no somete al historiador a la sociedad, sino a la historia. Es en la extensa trama histórica, y no en una simple vicisitud social de esa trama, en la que el historiador tendría que buscar el sentido propio de lo que hace.

El sentido propio del oficio de historiador tendría que hallarse más allá del horizonte de cualquier modelo ideológico normativo de sociedad. El historiador no debería justificar o confirmar cierto funcionamiento social, sino más bien cuestionarlo y demostrar sus fallas y perversiones a la luz de la historia. Me atrevo incluso a decir que el historiador tendría que buscar la manera de representar una disfunción social en lugar de limitarse a cumplir una función social propiamente dicha.

No podemos exigirle al historiador que sea socialmente funcional. Más bien tendríamos que pedirle que fuera socialmente disfuncional, que no cumpliera su función social, que no se dejara someter a la sociedad en la que vive, que no fuera una pieza más de la máquina social. Deberíamos pedirle al historiador, en otras palabras, que no adecuara su trabajo a la extrema estrechez de su contexto social, sino sólo a la ilimitada extensión del contexto histórico.

Dar testimonio de la historia

El historiador tendría que empezar por dar testimonio de la historia. La historia, el hecho mismo de la historia, es lo primero que el historiador tendría que retener y proclamar una y otra vez, día tras día, para que no se nos olvide. Al recordarnos incesantemente que hay un pasado que fue diferente del presente, el historiador nos recordará también constantemente que hay un futuro que puede ser diferente del presente. Es así como el historiador nos ofrece una posibilidad que refuta categóricamente cualquier ilusión de imposibilidad de cambio. El cambio no sólo es posible, sino real e inevitable, y es por esto mismo, de hecho, que se requiere del oficio de los historiadores. Si no hubiera estos especialistas de lo cambiante, ¿quiénes podrían ocuparse del cambio mismo de las cosas que cambian con el tiempo?

Al ocuparse de la transformación histórica en el tiempo, los historiadores contradicen la eternización ideológica del presente. No hay nada eterno para los historiadores. Ellos saben muy bien que no hay instituciones sociales o culturales que sean resistentes y refractarias a la historia, que todo puede ser transformado con tiempo y con paciencia, que todo es endeble y mortal, que podemos destruirlo todo, incluso aquello que se nos presenta como eterno, como es el caso ahora del sistema capitalista liberal. En la honda perspectiva de la historia, este sistema no puede ser más que uno entre otros y habrá de extinguirse al igual que los demás. No hay nada que lo haga inmune al paso del tiempo. No hay que lo proteja de la historia. Esta historia barrerá el capitalismo así como dispersó el feudalismo.

El historiador nos recuerda que hubo un feudalismo que se creyó eterno, que antes de él hubo ya otras eternidades tan ilusorias como la suya y que la supuesta eternidad capitalista liberal no es más que una más en la lista. El capitalismo liberal quizá merezca un capítulo en los libros de historia, pero no será el último, no puede ser el último, salvo si el mismo capitalismo acaba con la humanidad y con la historia. Sin embargo, en este caso, no habría ya libros de historia.

Libros de historia

Mientras haya historia e historiadores, debe haber distintos capítulos y diferentes épocas. Nuestra época no es la única. Tampoco nuestra sociedad es la sociedad. El historiador nos recuerda otras sociedades y así abre al fin el horizonte de la nuestra. Digamos que abre una ventana en los muros de nuestra sociedad para dejarnos ver el paisaje de la historia.

El panorama histórico nos libera de la cerrazón ideológica de nuestra sociedad y nos permite ventilarla e historiarla, contextualizarla y relativizarla, desmintiendo su absolutización, generalización y naturalización. Una sociedad, tal como la concibe el historiador, no puede ser ni punto de referencia, ni línea de horizonte, ni variable independiente, ni base ni marco ni criterio que deba guiar nuestra investigación histórica. Esta investigación definitivamente no puede subordinarse a una función social que más bien debería ser un simple objeto de la investigación histórica.

Más que desempeñar una función social en una sociedad ya dada, los historiadores deberían desempeñar una función histórica en la transformación de la sociedad. Quienes luchan por transformar la sociedad requieren de especialistas en la transformación, la modificación, el cambio. Los historiadores conocen la intriga histórica y la manera en que se atan y desatan los acontecimientos. No podemos poner este inmenso poder al servicio de nuestra injusta sociedad. Mejor emplearlo contra ella y reescribir una historia por la que nuestra sociedad habrá quedado atrás y nuestro presente habrá caído por fin en el pasado.

Necesitamos dejar atrás nuestra sociedad. Hay que pasar al siguiente capítulo. El presente se prolonga demasiado. Ha llegado el momento de que el presente se haga pasado y cobre la significación de lo que habrá sido en el futuro. Esto es lo que uno esperaría también de los historiadores: que nos distanciaran de nosotros mismos y que así nos ayudaran a rebasarnos, a sobreponernos a lo que somos, a darnos la espalda y atrevernos a seguir adelante.

Opción contra el capitalismo

Presentación del libro Hacia una economía para la vida, preludio a una segunda crítica de la economía política, de Franz J. Hinkelammert y Henry Mora Jiménez. Facultad de Economía de la Universidad Michoacana, Morelia, Michoacán, México, miércoles 28 de agosto 2013.

David Pavón-Cuéllar

Crematística y economía: abstracción y retorno de la vida

En su libro Hacia una economía para la vida, cuya última edición acaba de ser publicada por la Universidad Nacional de Costa Rica y por nuestra máxima casa de estudios, Franz Hinkelammert y Henry Mora (2013) proponen una economía recentrada en la vida, en la conservación de la naturaleza y en “la reproducción material de la vida humana” como “indicador clave” de la “racionalidad económica” (pp. 124-125). Los autores quieren devolver así a la economía el sentido propio que la distinguía de la crematística en la tradición griega y específicamente aristotélica. Según la distinción clásica, mientras que la crematística era el arte del enriquecimiento como “lucro”, la economía era la ciencia preocupada por la gestión de los bienes para la satisfacción de las necesidades humanas y para el “abastecimiento de los hogares y de la comunidad circundante” (p. 25). Este sentido original de la economía, como economía para la vida, se habría ido perdiendo con el paso del tiempo, hasta el punto de que la economía empezó a entenderse como una simple crematística.

Una vez reducida al arte de lucro, la economía pudo cerrarse herméticamente sobre sí misma y hacer abstracción de la vida. La idea misma de nuestra vida humana terminó esfumándose de una ciencia económica en la que sólo cabrían datos y cálculos resultantes de la formalización y abstracción de la riqueza. Esta riqueza ya sólo consistiría en valores de cambio y no en aquellos valores de uso que daban sentido a la economía en el sentido aristotélico del término.

Sabemos que la vida retornó al ámbito económico a través de ciertos planteamientos críticos, militantes y alternativos, entre ellos los de Marx y múltiples autores marxistas. En esta misma tradición, Hinkelammert y Mora proponen su economía para la vida. La propuesta es tan consistente, que los autores prácticamente no se permiten reflexionar sobre ninguna categoría económica sin considerarla con detenimiento a la luz de lo que llaman “la vida real de los seres humanos reales” (Hinkelammert y Mora, 2013, p. 22). Es como si esta vida fuera la brújula o el punto de referencia con el que se orientaran en el terreno de la economía. Es quizá por esto que su reformulación de la ciencia económica implica una profunda y elaborada reflexión en torno a la vida. En esta reflexión, me gustaría poner de relieve algunos detalles que me han parecido particularmente importantes.

O la bolsa o la vida: totalización del mercado como exclusión de la vida

Para Hinkelammert y Mora, la economía para la vida es irreconciliable con la economía liberal, capitalista y globalizada, promotora de un mercado total en el que sencillamente no hay lugar para la vida. Cualquier “totalización del mercado” excluye la “opción por la vida” (Hinkelammert y Mora, 2013, p. 20). Si nos aferramos a la vida, tendremos que renunciar al mercado total. No podemos quedarnos con las dos cosas a la vez. Debemos elegir. O la vida o el mercado total. O la bolsa o la vida.

Conocemos bien el clásico dilema entre la bolsa y la vida. Es la misma disyuntiva en la que nos encontramos cuando somos asaltados, en una calle oscura y solitaria, por un ladrón bien armado. El asaltante nos amenaza: “o me das tu cartera, o te disparo”. El asaltado piensa: “o me dejo robar, o me dejo matar”. Si me dejo robar, entonces debo darle mi dinero al asaltante. Pierdo el dinero, la cartera, la bolsa, pero al menos me quedo con la vida. Por el contrario, si actúo como amo hegeliano, si no me dejo amedrentar, si me pongo necio y no suelto mi dinero, entonces puede ser que el asaltante me dispare y que yo pierda la vida. En este caso, no habré optado por la vida, sino por mi cartera. El dinero habrá sido más valioso que la vida.

El problema es que si pierdo la vida, ¿para qué me sirve el dinero? Es incluso muy probable que el maldito ladrón me quite mi dinero después de haberme quitado la vida. Pero aun si yo me quedara con mi dinero en el bolsillo, este dinero estaría prácticamente perdido para mí. ¿Cómo podría ser gastado por mi cadáver? Quizá pueda ser útil para pagar mi entierro o mi velorio, pero aun en este caso, aunque se gaste para mí, serán otros quienes lo gastarán en mi lugar. Yo ya no podré gastarlo, ya que habré perdido la vida con la que podía gastarlo, es decir, la vida que necesitaba para gastarlo. Al perder la vida, perderé también el dinero, pues ya no estaría yo vivo ni para gastarlo ni para poseerlo, ni para guardarlo ni para obsequiarlo.

Debemos entonces reformular el dilema. Si opto por el dinero, pierdo la vida y el dinero. En cambio, si opto por la vida, sólo pierdo el dinero. Nos enfrentamos, como humanidad, a la misma disyuntiva. Si optamos por la vida, nos quedaremos sin “mercado total” o “global”, sin “globalización” económica neoliberal, y sin ese “acceso casi irrestricto a todas las riquezas del planeta” del que gozan actualmente nuestras “grandes empresas” (Hinkelammert y Mora, 2013, p. 300). Nos quedaremos sin todo esto, pero al menos sobreviviremos, nos mantendremos vivos. Por el contrario, si elegimos el mercado total y conservamos el actual modelo económico, perderemos la vida, y al perderla, también perderemos el mercado global por el que habremos perdido la vida.

La bolsa y la vida: purgatorio y capitalismo

Es claro que debemos decidirnos por la vida o por la muerte. Ha llegado el momento de hacerlo. No podemos continuar aplazando esta decisión. Ya la postergamos demasiado tiempo. Me atrevo incluso a decir que la hemos diferido y evitado sistemáticamente desde hace más de seiscientos años. Desde que el capitalismo existe, no sólo nos decidimos constantemente por la muerte, sino que nos decidimos por ella sin saber que nos estamos decidiendo por ella.

La opción por la muerte se ha vuelto inconsciente desde que inventamos el purgatorio, a finales de la Edad Media, para el naciente capitalismo. Como nos lo ha demostrado Le Goff (1997), el purgatorio permitía que los primeros capitalistas, usureros y otros especialistas en crematística, pudieran seguir haciendo lo suyo sin tener que condenarse por ello al infierno. Ya no debían elegir entre la bolsa o la vida, sino que se les hizo creer que podían tener la bolsa y la vida. Este engaño les permitió evitar la decisión entre la bolsa y la vida, entre el capital y la vida, entre el trabajo muerto y el trabajo vivo, entre la muerte y la vida, entre el vampiro del capital y aquellos en los que hunde sus colmillos.

Desde el final de la Edad Media, creemos que podemos conservar la bolsa y la vida cuando elegimos la bolsa. Ya ni siquiera se trata de elegir, sino simplemente de quedarnos con las dos opciones, como si fueran la misma opción, la única elección racional posible, la de no vivir en la pobreza, la de vivir al enriquecerse. ¿Por qué habría de renunciarse al enriquecimiento? ¿Por qué perder la bolsa, el capitalismo, si puedo obtenerlo gratuitamente, sin costo alguno, sin perder la vida? Esta ficción ideológica, decisiva para el desarrollo del capitalismo, ha hecho que demoremos indefinidamente esa elección histórica entre la vida o la muerte.

Conciencia de clase y de humanidad

Desde luego que hay quienes han sido conscientes del dilema que desapareció detrás de la pantalla del purgatorio. Marx y los marxistas son quizá el mejor ejemplo de resistencia de esta conciencia del dilema entre la vida y la muerte. La conciencia de clase, en sí misma, es también conciencia de la irreductible oposición entre la vida palpitante en el obrero y la muerte encarnada por el capitalista. La conciencia de esta oposición es también conciencia de que hay que decidirse entre los términos opuestos. No hay neutralidad posible. Hay que decidirse entre la vida y la muerte. Y no podemos decidirnos por una sin posicionarnos contra la otra. Como lo observan Hinkelammert y Mora (2013), “una afirmación de la vida sin afirmación frente a la muerte es una afirmación vacía e inefectiva” (pp. 21-22).

Posicionarme por la vida es posicionarme contra la muerte. Optar por la vida no es únicamente no elegir la muerte, sino elegir lo contrario de la muerte. Se trata de una elección entre términos contradictorios y mutuamente excluyentes. Si optamos por la vida, tendremos que oponernos a la muerte, al capitalismo, al mercado global capitalista y liberal. Ser conscientes de esto es mantener viva la flama de la conciencia contra esa inconciencia que es el correlato ideológico del capitalismo desde sus orígenes hasta ahora.

Aunque tomen sus distancias con respecto a ciertas ideas marxianas y marxistas, Hinkelammert y Mora mantienen viva la conciencia que salvaguardamos en el marxismo. Pero esta conciencia deja de interesar a una sola clase y atañe a la humanidad entera. Es “la conciencia del proceso destructivo en curso” (Hinkelammert y Mora, 2013, p. 310), la “conciencia” de “la amenaza anónima producida por la acción humana misma” (p. 314), la “conciencia de la globalidad de la tierra” en la que “el asesinato es un suicidio” (p. 316). Es con esa conciencia con la que nos invitan a optar por la vida y nos recuerdan que estamos optando por la muerte sin siquiera saber que estamos optando por ella. Y esto no es algo que pueda siquiera discutirse. La destrucción capitalista de la tierra, del planeta que nos mantiene con vida, es una evidencia que está fuera de cualquier discusión.

Irracionalidad e ineficiencia del capitalismo autodestructivo

¿Quién se atreverá a discutir que el capitalismo liberal globalizado es el ídolo insaciable al que estamos sacrificando la naturaleza y al que nos estamos sacrificando nosotros mismos? Si los defensores del sistema nos lo discuten, quizás haya que recordarles que al perder así nuestro ser y nuestro medio ambiente natural, también perderemos automáticamente su maravilloso capitalismo, y no sólo el capitalismo, sino cualquier otro sistema de gestión y distribución de la riqueza, pues ya no habrá ninguna riqueza que gestionar y distribuir. La riqueza, en efecto, habrá desaparecido cuando hayan desaparecido sus dos “fuentes originarias”: la naturaleza y el ser humano, de las que ya nos hablaba Marx y en las que insisten Hinkelammert y Mora (2013, p. 23).

Al destruirnos y al destruir nuestro mundo, el crecimiento económico está destruyendo sus propias condiciones de posibilidad. Está socavando sus propios fundamentos. Está minándose, condenándose, comprometiéndose, contradiciéndose a sí mismo. Está cayendo así en un comportamiento contradictorio, insostenible, “autodestructivo” (Hinkelammert y Mora, 2013, p. 191). Podemos decir también que este comportamiento económico del capitalismo globalizado es disfuncional o ilógico, absurdo y errado, irracional e ineficiente.

Llegamos aquí a “la irracionalidad de lo racionalizado” y “la ineficiencia de la eficiencia” que denuncian Hinkelammert y Mora (2013, p. 164) y por las que me gustaría terminar. El sistema es indudablemente eficiente, pero su eficiencia conduce a su propia destrucción. Esta destrucción es paradójicamente la esencia de la producción capitalista en la actualidad. Es verdad que la producción es racional, incluso demasiado racional, pero su racionalidad es profundamente irracional, ya que su producción es lo contrario de la producción, es destrucción y autodestrucción.

El capitalismo es autodestructivo. Podemos decir también que el capitalismo es tan monstruoso que no le conviene verdaderamente ni siquiera al propio capitalismo. El capitalismo, en efecto, es el peor enemigo del propio capitalismo. Esta idea, central y altamente polémica en la historia del marxismo, puede justificar las más diversas actitudes y conductas. Una de ellas es la de esperar tranquilamente a que el capitalismo se ocupe de acabar consigo mismo. El problema es que al acabar consigo mismo, puede acabar también con todos nosotros. De ahí la importancia de una opción por la vida como la que promueven Hinkelammert y Mora.

Referencias

Hinkelammert, F. J., y Mora Jiménez, H. (2013). Hacia una economía para la vida, preludio a una segunda crítica de la economía política. Morelia: Universidad Nacional de Costa Rica y Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Le Goff, J. (1997). La bourse et la vie: économie et religion au Moyen Age. París: Hachette.

Capitalismo en la universidad

Intervención en el Foro “Perspectivas y análisis de los conflictos contemporáneos sociales, políticos y académicos desde las diferentes ciencias sociales”. Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 19 de abril 2013.

David Pavón-Cuéllar

Como cada año, hace dos meses preparaba mi expediente para los Estímulos al Desempeño del Personal Docente (mejor conocido como ESDEPED). Se trata de comprobar todo lo hecho como profesor en el último año. Me dediqué entonces a reunir comprobantes de publicaciones, de tutorías, de asesorías, de materias impartidas, etc. Todo lo hecho en el 2012 reunido en un solo formulario. Las evidencias bien ordenadas en una carpeta. Centenares de papeles, constancias, que demuestran que trabajé todo el año y que no he mentido al llenar el formulario en el que digo todo lo que hice. Como se ve, mi palabra no se basta a sí misma. Debo demostrarla con evidencias.

Podría referirme a todo lo que implican las evidencias: la desconfianza, el recelo hacia mi persona, el juicio tácito de que mi palabra no vale nada y que por eso hay que respaldarla con evidencias. Cada evidencia es, antes que nada, evidencia de que no soy digno de confianza. No hay aquí, en la universidad, ninguna presunción de inocencia. Tan sólo hay una presunción de culpabilidad que se aplica lo mismo a los estudiantes que a los profesores y a los empleados. En mi caso, como profesor presunto culpable, se parte del supuesto de que puedo engañar a las autoridades y debo demostrar que no las estoy engañando. Tengo que demostrar mi inocencia, pues a priori, de entrada, soy culpable. Esto es crucial y muy significativo para entender la universidad actual, pero no es de esto de lo que deseo hablarles.

Tampoco deseo hablarles de  todo el papel que se gasta para que se demuestre a través de este ESDEPED, año con año, que los profesores no son lo que aparentemente son, que no son flojos ni tramposos, que trabajan y que no mienten cuando nos dicen que trabajan. Para demostrar esto, cada profesor gasta anualmente cientos de hojas de papel. Los expedientes se apilan y llenan cuartos completos de facultades, y esto se repite en cada facultad y en cada universidad. Toneladas y toneladas de papel. Cientos de hectáreas de bosques destruidos para producir todo el papel necesario para que los profesores demuestren que no son flojos y tramposos. Esto es muy importante para el calentamiento global y para el fin del mundo que estamos preparando todos juntos, pero tampoco es de esto de lo que quiero hablarles

De lo que quiero hablarles, es de otro detalle del ESDEPED que a mí personalmente me preocupa casi tanto como el fin del mundo. Me refiero al hecho de que todo mi trabajo se traduce en puntos que luego se convierten en dinero. Podría calcular, por ejemplo, cuántos pesos ganaré al obtener cierto número de puntos que me da una sesión de tutoría con un estudiante. Puedo hacer el mismo cálculo con absolutamente todo lo que hago en la universidad. Todo: comisiones, investigaciones, clases, participaciones en jurados de tesis, lecturas de tesis… ¡Nada falta! Incluso me han recomendado que incluya las conversaciones en los pasillos como asesorías. ¡Y la última innovación es la mejor! Cuando los estudiantes nos evalúen al final del semestre, sus buenas evaluaciones van a darnos también puntos que nos van a dar pesos. ¡Los profesores bien evaluados van a tener más pesos! Ésta será su recompensa. Tendrán lo que merecen. Unos cuantos pesos.

Todo tiene que convertirse en cierta cantidad de pesos. Todo tiene que volverse cuantitativo y terminar en el bolsillo. El dinero es aquello en lo que termina transmutándose toda la vida universitaria con su infinidad de matices y de cualidades sutiles. Todo esto es explotado y produce dinero y más dinero, quizá no demasiado para cada profesor, pero suficiente para tener una influencia decisiva en su comportamiento y en su percepción de los estudiantes.

Cuando me encuentro con un estudiante en el pasillo, puedo calcular que si lo asesoro en su tesis ganaré unos 2000 pesos, si es mi tutorando quizá gane otros 300, si hace sus prácticas conmigo, pues agregaré otros 200  para completar el negocio. Y si le caigo bien, quizá pueda añadir otros 20 pesitos más. Entonces el estudiante aparece como un cliente y hay que tratarlo como tal.

Ya se le trataba al estudiante como cliente en las universidades privadas, en las que un estudiante es efectivamente un cliente. Pero ahora, en este momento histórico, adoptamos el mismo sistema en las universidades públicas. Los estudiantes son los clientes y los profesores son degradados a la condición de vendedores a los que se les regatean calificaciones. La relación con el estudiante se vuelve una relación esencialmente comercial. Cada materia es como un puesto en el mercado. Cuando se trata de una materia que los estudiantes eligen, el profesor puede incluso convertirse en merolico para tener más estudiantes, es decir, más clientes, más puntos y más pesitos.

Estamos en el mercado. La universidad es un lugar al que vamos a hacer negocios. Los estudiantes son los clientes, nosotros los vendedores ambulantes que vamos de salón en salón. ¿Y qué vendemos? Los más optimistas dirían que un saber, pero yo sospecho que hay otras mercancías que llegan a ser más importantes que ese supuesto saber. Estoy pensando en las calificaciones que permiten al final ganarse un diploma.

Mientras los estudiantes reúnen los puntos de sus calificaciones para ganar un título que les dará luego quizá un salario, nosotros los profesores reunimos nuestros puntos de ESDEPED para ganarnos también un poco de dinero. Todo termina convirtiéndose en dinero.

El dinero es el final de todo. Si así es afuera de la universidad, ¿por qué sería diferente dentro de la universidad? Alguna vez se imaginó que la universidad escaparía al imperio del dinero y a las leyes del mercado, pero sería difícil creer todavía en esto al examinar con atención las universidades actuales en nuestra sociedad. El capitalismo reina lo mismo dentro de la universidad que afuera. Ni siquiera parece haber un adentro universitario diferente del afuera. El afuera está adentro. La calle penetra dentro de la universidad, se convierte en pasillo y continúa en cada salón visitado por esos vendedores ambulantes de calificaciones.

Quizá conozcan ustedes a esos profesores que se indignan cuando los vendedores ambulantes visitan las sacrosantas instalaciones de la universidad. Recuerdo a un profesor que me decía que era deshonroso para la Michoacana. ¿Pero por qué tanta indignación? ¿Qué nos revela el vendedor ambulante sobre nosotros mismos? Además de nuestros privilegios económicos y sociales, ¿qué nos distingue de él? ¿Quizá el monopolio de venta en la universidad? ¿Pero acaso nuestro discurso no es a veces una simple versión refinada y elaborada de las repetitivas peroratas de los merolicos? El mismo supuesto saber. La misma autoridad artificiosa. Los mismos gestos. La misma insistencia. Es el mismo discurso del mercado. El mismo lenguaje sin metalenguaje, como diría Lacan. El mismo sistema capitalista imperialista, globalizado y omnipresente. La misma ideología en dos manifestaciones aparentemente inconmensurables.

No podemos salir del sistema capitalista para hablar sobre este sistema desde la universidad. La universidad no posee un metalenguaje con el que se pueda referir a todo ese lenguaje de nuestro sistema. Este sistema engloba la universidad. El ámbito universitario está dentro del sistema y forma parte de él. Desde luego que tiene rasgos característicos en los que se ha insistido ya demasiado, pero estos rasgos no deben hacernos olvidar el fondo común del sistema.

Estamos dentro del capitalismo al estar dentro de la universidad. Si no nos gusta el capitalismo, no podemos escapar de él. Lo más que podemos hacer es luchar contra él. Si no luchamos contra él, trabajaremos para él. No parece haber otra alternativa. No parece haber neutralidad posible. Cualquier neutralidad es aceptación, validación y consolidación del sistema que no se intenta cambiar. No hacer nada contra él es hacer algo por él y para él. Sólo podemos liberarnos en la lucha contra aquello que no permite nuestra liberación. Esta liberación implica la contradicción y el conflicto, y en el caso de la universidad, comporta un discurso disidente, crítico y disruptivo, polémico y beligerante. Sólo este discurso puede llegar a distinguirse verdaderamente de las peroratas de merolicos.

Para distinguirse del merolico, hay que dejar de expresarse en los términos del mercado. Pero estos términos son los únicos de los que disponemos en la situación de hegemonía de la ideología burguesa. Ya conocen el adagio marxista de que la ideología de la clase dominante es la ideología de toda la sociedad. Flaubert, contemporáneo de Marx y Engels, ya se lamentaba de que el mundo entero, la humanidad entera era burguesa. Hasta los obreros más pobres se dejaban aburguesar. Ahora diríamos: hasta los maestros y estudiantes de la Michoacana se han dejado aburguesar. La burguesía enseña y aprende ideología burguesa en esta Universidad Michoacana que Aníbal Ponce llegó a describir como “la Universidad más socialista de México”.

La universidad más socialista no deja de funcionar dentro del sistema capitalista y de transmitir y promover su ideología burguesa hegemónica. Esta ideología lo invade todo y lo reduce todo a la dimensión mercantil de los puntos y los pesos, de compra y venta, de plus-valía y de acumulación. Es el pensamiento unidimensional de Marcuse. Es lo que denominamos, a partir de Ramonet, el Pensamiento Único. Y sí, tal vez no podamos abandonar esta ideología global, pero sí que podemos estar en ruptura con ella. Y esta ruptura, como ya lo sabía Louis Althusser, es el principio mismo de la ciencia que pretendemos cultivar en el ámbito universitario.

Para hacer ciencia, debemos romper con la ideología que subyace lo mismo al ESDEPED que a todos esos discursos de profesores universitarios, lectores de manual de los que se burlaba Ponce precisamente aquí en Morelia, que ven nuestra universidad como cualquier otro medio de vida y que sólo buscan ganar puntos y pesos con el menor esfuerzo, con el menor trabajo intelectual, es decir, mediante una simple acumulación de toda clase de banalidades que no tienen otro sentido que el sentido común, siempre cómplice de la ideología hegemónica. Esta ideología sólo se puede trascender al desafiar el sentido común y así penetrar en el campo de batalla del que nos hablaba Althusser. Es el campo histórico en el que se enfrentan la ideología y la ciencia, el pasado y el presente, lo muerto y lo vivo, el auténtico trabajo intelectual y ese capital puramente simbólico, trabajo muerto, rastros abstractos y cuantificables de trabajo plasmados en puntos y pesos de ESDEPED, en nombramientos, en números de publicaciones, en grados académicos, en calificaciones. ¿Acaso esta especie universitaria de lo que Marx se representaba como el vampiro del capital no está absorbiendo toda la sangre viva del auténtico trabajo intelectual?