De herederos a rechazados: la deuda histórica de Latinoamérica y el examen de ingreso a la Universidad Michoacana

Publicado en Izquierda Diario y en Michoacán 3.0, el martes 18 de octubre 2016

David Pavón-Cuéllar

Deuda histórica

Tras fundar el Colegio de San Nicolás en 1540, Vasco de Quiroga lo heredó a los indígenas a través de su famoso Testamento de 1565. Sus palabras al respecto fueron claras y precisas. Legando el Colegio a los “indios de Michoacán” porque “ellos lo hicieron y a su costa”, Quiroga ordenó que fueran “perpetuamente en él gratis enseñados todos los hijos de los indios”, y enfatizó: “gratis como es dicho, sin que para ello den ni paguen ni se les pida cosa alguna”.

Si Quiroga entendió que no podría jamás condicionarse de ningún modo la educación de los indios, fue porque reconoció la deuda que se había contraído con ellos. Era una deuda tal que sólo podría pagarse al ofrecerles perpetuamente educación gratuita. El carácter perpetuo de la gratuidad permite vislumbrar el valor inmenso e inconmensurable de la deuda. ¿Cómo no presentir aquí una deuda histórica fundada en algo más que la simple construcción del Colegio de San Nicolás?

Según Quiroga, no es tan sólo que los indios hicieran el Colegio, sino que lo hicieran a su costa, es decir, a costa de sus materiales, de su tiempo y de su esfuerzo, pero quizás también a costa de todo lo demás que eran, que poseían y a lo que tuvieron que renunciar por su colonización y evangelización. Todo eso, tan inabarcable como impagable, es lo que se les debe a los indios. Todo eso es también lo que los pueblos mestizos de Latinoamérica se deben a sí mismos como indios, como pobres, como despojados.

Casas de Estudiantes

La deuda no deja de insistir. Quizás Hidalgo y Morelos, respectivamente rector y estudiante del Colegio de San Nicolás, fueran formas de recordar todo lo que se debe. Lo seguro es que la deuda se está honrando con la educación gratuita ofrecida por aquello en lo que se convirtió el Colegio: la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), la institución universitaria estatal mexicana con un perfil socioeconómico más bajo y con una mayor proporción de estudiantes provenientes de comunidades rurales e indígenas.

Entre las expresiones del espíritu popular con el que la UMSNH honra su deuda histórica, tal vez la más elocuente se encuentre en las 35 Casas de Estudiantes que albergan y alimentan gratuitamente a unos seis mil estudiantes de bajos recursos. Los jóvenes vienen de parajes recónditos de Michoacán, pero también de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Guanajuato y otros estados. Hay tzeltales, mixtecos, nahuas, otomíes, purépechas y otros indígenas. Muchos de ellos jamás habrían podido estudiar si esas casas no existieran.

Autogestionadas por sus propios moradores, las Casas de Estudiantes promueven diversos tipos de formación, organización y movilización en el terreno político. Algunas han padecido infiltraciones de las grandes fuerzas electorales, pero su tendencia predominante corresponde a una izquierda más próxima a los movimientos sociales, apartidista, socialista e incluso revolucionaria. Los nombres de las casas hablan por sí solos: Rosa Luxemburgo, Lenin, Espartaco, Che Guevara, Lucio Cabañas, América Libre, Dos de Octubre, etc.

Solidaridad

Muchos de los moradores de Casas de Estudiantes ingresaron a la UMSNH gracias al Movimiento de Aspirantes Rechazados (MAR). Tras haber obtenido así un lugar en la universidad, los jóvenes continúan apoyando activamente al MAR a través de la Coordinadora de Universitarios en Lucha (CUL). Al hacerlo, permiten el ingreso de las siguientes cohortes generacionales de estudiantes.

Los que están fuera pueden entrar al tomar la mano de quienes ya están dentro. Los del interior saben que deben abrir las puertas, estirar sus brazos y ayudar a ingresar a los del exterior. Es así como la solidaridad estudiantil mantiene vivo el espíritu popular de la UMSNH. Es así también como permite honrar la deuda histórica de la universidad.

La CUL y el MAR contribuyen a que ingresen anualmente a la UMSNH centenares de jóvenes que no pasan el examen de admisión debido a su rezago educativo. Sobra decir que este rezago no es imputable a quienes repartieron su día entre el estudio y el trabajo, tomaron clases en ayunas o a la intemperie y debieron mezclarse con niños de todos los niveles al repartirse al único maestro de la comunidad. Es verdad que no todos los rechazados estudiaron en condiciones tan adversas, pero sí muchos, demasiados, lo que basta para comprometer el examen de ingreso.

Los de abajo

Considerando las abismales desigualdades socioeconómicas de nuestro país, el examen de admisión a la universidad no puede ser más que un despiadado instrumento de exclusión de los excluidos de siempre. De ahí su carácter clasista y racista. Su efecto, después de todo, es el de negar la educación superior a quienes ya se negó una buena educación básica, media y media superior, es decir, los hijos de indígenas, campesinos, obreros, desempleados, comerciantes pobres y tantos otros.

Los rechazados tienden a ser precisamente aquellos con los que la UMSNH tiene la deuda histórica por la que existe y por la que tiene sentido su existencia. No está de más preguntarse, por lo tanto, en qué medida el rechazo de esos aspirantes podría estar deshonrando a la universidad. ¿Y si el examen de ingreso no fuera más un mezquino subterfugio con el que la UMSNH se las arreglaría, quizás de manera inconsciente, para no honrar su deuda con los de abajo?

Por una cruel paradoja, los rechazados son generalmente aquellos mismos a quienes Vasco de Quiroga legó la universidad. Se les rechaza en su propia casa. No se les deja ya entrar libremente ni siquiera en un minúsculo reducto que se les entregó como ínfima compensación a cambio de todo lo que se les arrebató.

Consejo Supremo Indígena

Al demandar a los indígenas que paguen, presenten y aprueben el examen de ingreso, la UMSNH podría estar contrariando y traicionando a su fundador, quien estableció explícitamente que los indios recibieran educación “gratis” o “sin que para ello dieran ni pagaran ni se les pidiera cosa alguna”. ¿Exigirles un examen y un pago no es acaso pedirles algo para educarse? De ser así, estaría haciéndose aquello mismo que Vasco de Quiroga ordenó que no se hiciera. Estaría exigiéndose algo, algo más, a quien se le debe todo.

Quizás la UMSNH esté en la vergonzosa posición de aquél a quien se le tienen que recordar sus obligaciones. Fue al menos lo que debió hacer el Consejo Supremo Indígena de Michoacán, integrado por más de treinta comunidades, a través de un manifiesto aprobado en asamblea y emitido el 18 de septiembre de 2016. Además de solicitar a la UMSNH que “recordara” su “deuda histórica con los pueblos originarios”, el Consejo expresó que “respaldaba totalmente la lucha emprendida por jóvenes aspirantes y rechazados”.

Dando su verdadera dimensión al conflicto por el ingreso en la UMSNH, el manifiesto del Consejo Supremo Indígena dejó claro lo que estaba en causa. De lo que se trataba era de saber si hay disposición a seguir pagando al menos una parte insignificante de lo que se debe a los indios y a lo que representan para nosotros y dentro de nosotros mismos. Lo que está en juego es una cuenta pendiente que tenemos todos en México. Podemos hacer como si no existiera, desde luego, pero entonces perderemos todo lo que nos debemos.

Rechazados somos todos

Nuestra deuda es también con lo que somos. Nos rechazamos en los rechazados. No es tan sólo que excluyamos a los indígenas en sentido estricto, sino que dejamos fuera todo lo que somos al encarnar aquello que significa lo indígena en Latinoamérica: lo invadido y dominado, lo expulsado y desvalijado, lo empobrecido, lo despreciado, abandonado, marginado, excluido, rechazado.

La condición de los rechazados es la misma que todos padecemos en proporciones variables y en diferentes aspectos de nuestras vidas. No hay nadie a salvo del rechazo. Quizás esto forme parte de lo expresado con el grito de “¡rechazados somos todos!”, alternado con el de “¡Ayotzinapa somos todos!”, que resonó el 26 de septiembre 2016 en las calles de Morelia, cuando la marcha por los 43 visitó a los compañeros de la CUL y del MAR que mantenían tomada la Ciudad Universitaria de la UMSNH.

El rechazo más violento, el que sufren los aspirantes rechazados y los moradores de Casas de Estudiantes de la UMSNH, es el mismo que padecen los estudiantes de Ayotzinapa y de las demás Escuelas Normales Rurales. Por eso comprendemos que los normalistas rurales de Tiripetío, en la primera semana de octubre de 2016, se hayan solidarizado con la CUL y con el MAR hasta el punto de participar con refuerzos en sus tomas de las instalaciones de la UMSNH.

Clasismo y racismo

La solidaridad entre los rechazados no es tan sólo comprensible, sino indispensable, pues ya vimos en Iguala hasta dónde puede llegar el rechazo del que son víctimas. Hemos vuelto a descubrir peligrosas expresiones de ese rechazo en las agresiones físicas y verbales que los estudiantes inscritos de la UMSNH han dirigido recientemente contra los aspirantes rechazados. Atacándolos con palos y piedras, los han llamado “indios”, “nacos”, “piojosos”, “hambreados”, “pinches rechazados” y “perros mugrosos”.

Todo el rechazo clasista y racista que se ha visto en la UMSNH no es más que la continuación del rechazo institucional justificado por un examen de admisión igualmente clasista y racista. El clasismo y el racismo empiezan por la política de ingreso y terminan en los enfrentamientos entre estudiantes. El porrismo estudiantil no es más que la continuación del examen de admisión por otros medios.

Lo irónico es que la UMSNH cultive el rechazo, tanto en sus formas porriles como evaluativas, cuando ella misma, como universidad popular, es víctima de rechazo. Digamos que es una institución rechazada, como bien lo muestra su pésima imagen en la sociedad, en las empresas y en los medios, así como su presupuesto anual de 51 mil pesos por estudiante, menor a la media nacional de 59 mil pesos y sin comparación con los recursos recibidos por la UNAM y por otras instituciones que sobrepasan los 100 mil pesos.

Privatizar lo público

Lo cierto es que la situación de la UMSNH no es más que un caso extremo de la actual degradación de la educación pública en México. La cobertura de las universidades públicas en relación con las privadas ha retrocedido veinte puntos porcentuales, de 90% a 70%, en los últimos cuarenta años. La privatización progresiva se ha visto recientemente acelerada por el desvío de recursos públicos hacia instituciones privadas mediante las becas para militares (2009), la deducibilidad de impuestos para colegiaturas (2011), los créditos bancarios (2012) y los apoyos a la investigación fuera del ámbito público (2014).

La privatización ha impedido que la universidad pública se desarrolle en función de las necesidades sociales y ofrezca más lugares para los aspirantes. El número creciente de rechazados es correlativo de la degradación de lo público. Su lucha contra el rechazo es también una lucha por lo público y contra su privatización, por la educación para todos y contra la educación para unos cuantos, por el derecho y contra el privilegio.

Privatizar lo público es robar la riqueza de todos para entregársela a unos cuantos privilegiados. ¿Pero acaso este desfalco no se realiza también de algún modo mediante el examen de admisión con el que seleccionamos a los privilegiados que podrán beneficiar de la educación pública? El derecho de todos a esta educación está siendo violado al convertirse en el privilegio de los supuestamente más aptos, los cuales, como por casualidad, tienden a ser también los menos pobres y los de tez más clara.

Agudizar la desigualdad, justificar el desprecio y evadir la responsabilidad

El examen de admisión hace ascender a los que están más arriba y descender a los que están más abajo. Rechaza a los eternos rechazados y acepta a los eternos aceptados. El acceso a la educación pública agrava en lugar de atenuar la desigualdad. Las víctimas de la desigualdad no sólo no son resarcidas mediante una discriminación positiva, sino que son castigadas por haber sido castigadas en la vida.

Además de hundir aún más a los de abajo, el examen de admisión los convence de que merecen estar abajo al hacerlos imaginar que han sido rechazados por causa de su propia incapacidad personal. Es así como confirman lo que se piensa de ellos, que son unos incapaces, y creen entender entonces por qué están abajo y por qué se les desprecia. El desprecio del pobre y del indígena se justifica “científicamente”, con exactitud numérica, en la mismísima puerta de la universidad.

Por si fuera poco, además de justificar y de agravar la discriminación, el examen de admisión permite que el Estado evada su responsabilidad y la descargue en el estudiante, responsabilizándolo de su rechazo y de su rezago educativo, es decir, indirectamente, de su exclusión y de su miseria. Se ha llegado así al extremo de culpar al propio aspirante de su rechazo después de rechazarlo tan sólo por haber sido rechazado toda su vida.

Eliminar a los acreedores en lugar de saldar la deuda

En la estrecha perspectiva del examen de admisión, el problema del rechazado es su incapacidad y no la falta de inversión en la educación pública ni tampoco los efectos directos de esta falta de inversión, entre ellos la insuficiencia de lugares en la educación superior y la situación desastrosa de la educación básica, media y media superior en las zonas marginadas. Lo que debe solucionarse no es la marginación, sino el propio marginado. El rechazado es el problema y es por eso que se le rechaza.

La clase dominante y su Estado están procediendo como el criminal que intenta desaparecer el cuerpo de su víctima para borrar su crimen. Para olvidar todo lo que se ha hecho a los pobres e indígenas, ¿qué mejor que deshacerse de ellos al rechazarlos mediante el examen de admisión? ¡Que se regresen a sus comunidades y desaparezcan de las calles de Morelia y de la UMSNH! Hay que desaparecerlos de nuestro campo de visión tal como se desapareció a los 43 de Ayotzinapa.

Es más fácil, rápido y barato eliminar a los de abajo que pagarles todo lo que se les debe. En lugar de saldar la deuda histórica y cumplir así el testamento de Vasco de Quiroga, se ha preferido eliminar a los acreedores. Lo sorpresivo para los cálculos del poder es que estos acreedores no se dejen eliminar, que insistan en existir, que tomen las calles y los edificios mismos de la universidad.

 

La desvalorización de lo invaluable: el costo psicosocial de las evaluaciones en el capitalismo neoliberal

Conferencia magistral para el Encuentro Nacional de Estudiantes de Psicología Social (ENEPS) en la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), Querétaro, México, viernes 7 de octubre 2016

David Pavón-Cuéllar

Una tabla de valoración

Recientemente participé en un concurso de oposición para docentes universitarios. Mi función fue la de evaluar currículos a partir de una tabla de valoración que asignaba cierto puntaje a cada rubro. La tabla era muy precisa en sus indicaciones y dejaba poco margen para la interpretación. Había cierto número de puntos para diplomados, cursos de actualización, asignaturas impartidas, asesorías de tesis, artículos en revistas indexadas o no-indexadas, asistencias a congresos nacionales o internacionales, conferencias magistrales y todo lo demás que permitía juzgar objetivamente a un candidato.

De los candidatos a los que debí evaluar, hubo dos a los que deseo referirme ahora. Permítanme que los llame Venustiano y Emiliana. Eran dos jóvenes, ambos desconocidos para mí, que estaban concursando para impartir la misma asignatura. Sus expedientes eran diametralmente opuestos. El de Venustiano era voluminoso, impactante a primera vista, con innumerables constancias de cursos, congresos y publicaciones. El de Emiliana, en cambio, era modesto, con elementos escasos, pero muy valiosos y dignos de la mayor consideración. Había, por ejemplo, un artículo publicado en una de aquellas revistas prestigiosas en las que sólo suelen escribir autores ya consagrados. Pero la revista ni siquiera estaba indexada, no requiriendo indexarse para legitimarse, y además tan sólo era un artículo, mientras que el otro concursante, Venustiano, tenía varias publicaciones, entre ellas tres en revistas indexadas. Esto era lo que yo debía contar: por un lado, el número de artículos, aun cuando sus títulos me parecieran insulsos y hasta preocupantes por su generalidad, su banalidad y la similitud entre ellos; por otro lado, si las revistas estaban indexadas, aun cuando yo las conociera y supiera que nadie se molestaba en leerlas y que sólo existían para conseguir puntos al publicar en revistas indexadas.

Aproximadamente lo mismo ocurría en los demás rubros que debían evaluarse. Emiliana había debido viajar al extranjero para presentar en otro idioma dos ponencias en congresos especializados en su materia. Sin embargo, aunque fueran congresos auténticamente internacionales y seguramente exigentes para la aceptación de ponencias, fueron tan sólo dos congresos, mientras que Venustiano tenía casi diez ponencias en varios congresos de psicología que se habían realizado en la región en los últimos años, congresos sobre todas las materias y evidentemente internacionales, ya que en México basta invitar a unos cuantos conferencistas extranjeros para internacionalizar el evento.

En fin, para no hacer el cuento largo, diré que Emiliana obtuvo muy pocos puntos, mientras que Venustiano arrasó en la evaluación. Esto me provocó un cierto conflicto de conciencia. Me quedé con la impresión de que el resultado había sido injusto, ya que, según yo, era Emiliana la que tenía mayor capacidad para impartir la asignatura que se concursaba.

Si yo hubiera podido evaluar sin obedecer la tabla de valoración, estoy seguro de que habría elegido a Emiliana y no a Venustiano. La habría elegido a ella por considerarla más apta para impartir la asignatura, pero también porque su currículo, aunque tímido y humilde, me pareció más serio, más genuino, más honrado, más prometedor. El currículo de Venustiano, por el contrario, me hizo pensar en un oportunista, incluso en un farsante o al menos en alguien que sabe muy bien cómo venderse, alguien menos preocupado en instruirse que en acumular constancias y cazar puntos por todos los medios. Parecía tratarse, además, de alguien desorientado, sin un proyecto académico personal y sin compromiso teórico alguno. ¡Y él era el tipo de profesor que se contrataría en la universidad! ¡Él era quien serviría de ejemplo a los estudiantes! Venustiano era, en efecto, quien ganaría el concurso, pues él es la clase de persona que salía beneficiada cuando se obedecía la tabla de valoración.

¿Pero qué estaba pasando con la tabla? ¿Por qué nos jugaba tan malas pasadas? ¿Por qué de pronto estaba favoreciendo al peor concursante?

Mi tabla corregida y aumentada

Quizás el problema de la tabla de valoración estuviera tan sólo algunos detalles y bastara corregirlos para que la tabla funcionara bien. El problema sería, por ejemplo, que la tabla no considera que un congreso auténticamente internacional debería tener un valor mayor que un evento regional y sólo pretendidamente internacional. Si así fuera, podríamos asignar al primero un puntaje mayor que al segundo. Rectificaríamos los criterios valorativos y todo se arreglaría como por arte de magia. Es así como suele procederse con esta clase de evaluaciones. Cada vez que nos percatamos de lo injustas que son, buscamos el origen de su injusticia en algún error interno, lo enmendamos y sacamos una enésima versión del instrumento evaluador, una versión corregida y aumentada.

Tras mi desafortunada evaluación de los dos concursantes de mi ejemplo, yo podría corregir y mejorar la tabla de valoración de tal modo que diera un puntaje mayor a Emiliana. Supongamos que mi tabla corregida y aumentada le asignara 1 punto a una ponencia en un congreso regional y pretendidamente internacional, 3 puntos a una ponencia en español en un congreso auténticamente internacional, y 5 puntos a una ponencia en otro idioma en la misma clase de evento. Si aplicara este criterio a los dos concursantes a los que me referí, concluiría que es un criterio justo, pues me permitiría evaluar mejor a la concursante que yo considero mejor. Sin embargo, si aplicara el mismo criterio a otros concursantes, ¿me seguiría pareciendo justo? Puedo asegurarles que no.

Tarde o temprano, y seguramente más temprano que tarde, aparecerían concursantes por los que tendría que reconsiderar mi decisión de asignar un puntaje tan alto a una ponencia en otro idioma presentada en un congreso auténticamente internacional. Después de todo, ¿por qué esta ponencia debería merecer un mayor puntaje que las demás? ¿Por el esfuerzo y el mérito de viajar, de ser aceptado en el congreso internacional y de comunicar en otro idioma? ¿Pero acaso no es posible que haya un mayor esfuerzo y un mayor mérito en las investigaciones y reflexiones en las que se basa una ponencia presentada en un evento regional en Chinameca? Desde luego que existe esta posibilidad, así como también es posible que la presentación de una ponencia en otro idioma y en un congreso auténticamente internacional dependa, no tanto del esfuerzo y del mérito del ponente, sino más bien de sus recursos económicos o de sus apoyos institucionales. Estaríamos entonces recompensando la riqueza o las influencias al considerar el nuevo criterio valorativo. Debemos reconocer, pues, que sería injusto aplicarles a todos los sujetos mi tabla de valoración corregida y aumentada, la cual, en definitiva, tan sólo me pareció justa porque me permitía corroborar mi juicio acerca de los dos concursantes de mi ejemplo.

Es como si hubiese algo particular y no-generalizable en el origen y en el fundamento mismo de toda evaluación que pretende tener un alcance general. Toda evaluación parece generalizar lo que sólo resulta válido en una situación particular. Si así fuera, entonces podríamos decir que la generalidad evaluativa está comprometida ya desde un principio. Quizás, después de todo, ninguna evaluación pueda generalizarse.

El criterio de la cantidad

Cuando generalizamos lo irreductiblemente particular, cuando imponemos la particularidad como una generalidad, cuando hacemos esto que no dejamos de hacer, caemos en la sinrazón, en la injusticia, en la arbitrariedad. Mi convicción es que suele haber algo profundamente arbitrario en la forma en que valoramos el trabajo académico. La arbitrariedad reina en los criterios valorativos de la academia. No tengo dificultades en conceder que es arbitrario valorizar más un congreso auténticamente internacional que uno pretendidamente internacional, pero no veo por qué esto debería ser considerado más arbitrario que las demás valorizaciones que nadie se atreve a cuestionar. Para no distraernos con detalles, pensemos en el criterio más básico, más generalizado y aparentemente menos arbitrario. Me refiero a la cantidad, a la connotación positiva del mayor número, a la idea común de que dos publicaciones son mejor que una del mismo tipo, y tres publicaciones son aún mejor, y cuatro mejor todavía, y así sucesivamente. Este criterio de la cantidad, como bien sabemos, no deja de operar al juzgarlo todo en el ámbito académico.

Más estudios, por ejemplo, son mejores que menos estudios. Más ponencias tienen un valor mayor que menos ponencias en congresos de la misma categoría. De igual manera, un mayor número vale más que un menor número de referencias a nuestros artículos en el Journal Citation Reports de Thomson Reuters. Este principio se respeta lo mismo en concursos de plazas docentes que en todas las demás evaluaciones académicas. En todos los casos, más es mejor que menos, mucho es mejor que poco. Tenemos aquí un factor crucial por el cual, en el concurso al que me referí, Venustiano con su carpeta gruesa y pesada, repleta de constancias, debía ganarle irremediablemente a la pobre Emiliana que sólo pudo presentar un escuálido fólder con unas cuantas evidencias.

La escasez no se perdona en la academia. La abundancia, en cambio, es la virtud académica por excelencia. El buen profesor-investigador es el que produce mucho: muchas tesis de estudiantes, muchas patentes, muchos proyectos, muchas ponencias y especialmente muchas publicaciones. Un académico se valora mejor cuanto más publica y peor cuanto menos publica. Semejante valoración ha terminado por volverse tan obvia que ni siquiera necesita explicitarse, aun cuando todos sabemos que es totalmente arbitraria. Nadie ignora que hay una muchedumbre de autores grises que no han aportado absolutamente nada en ningún campo de la ciencia, pero que han edificado altas montañas de artículos mediocres e intrascendentes. Por otro lado, están los grandes pensadores que hicieron aportes cruciales y que a veces revolucionaron el campo científico aun cuando fue nada o muy poco lo que publicaron.

Consideremos, por ejemplo, a Saussure y Wittgenstein, los cuales, si hubieran tenido la desgracia de estar entre nosotros, jamás habrían podido pertenecer al Sistema Nacional de Investigadores, tampoco habrían tenido perfil PRODEP y ni siquiera habrían aprobado los concursos de oposición para ser docentes en la universidad. Les habría ido aún peor que a Emiliana. De modo que no existiría el Curso de lingüística general de Saussure y nadie habría podido beneficiar de clases como las impartidas por Wittgenstein en Cambridge. Dentro de nuestro entorno científico, toda esa genialidad se habría evaluado negativamente y habría terminado perdiéndose porque no cumple con el criterio valorativo de la cantidad.

Aun si una obra genial fuera más valiosa que toda la ciencia que se ha hecho en los últimos años en México, tendría un valor mínimo en las evaluaciones porque no sería más que una. ¿Qué nos importa que sea genial? Sería sólo una obra y únicamente por eso valdría para nosotros menos que dos artículos insignificantes, despreciables, pero publicados en revistas de alto impacto y quizás frecuentemente citados por algunos leales colegas. Es así como aquí y ahora evaluamos la ciencia. Desde luego que los evaluadores, que no somos tan ingenuos como parecemos, generalmente sabemos que el valor de un pequeño artículo e incluso de un trabajo inédito puede ser mayor que el de centenares y hasta millares de publicaciones, pero no sirve de nada saberlo, pues tan sólo se nos permite contar, sumar publicaciones y citas, y multiplicarlas por factores de impacto y por distintas ponderaciones del puntaje que se le asigna a cada rubro.

El capitalismo académico

Cuando los puntos se contabilizan para un concurso de oposición, quizás permitan obtener un trabajo que a su vez asegura un salario para quien lo realiza. Pero también hay puntajes en programas como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o los Estímulos al Desempeño del Personal Docente (ESDEPED). En este caso, las publicaciones proporcionan puntos que se canjean directamente por dinero. Los puntos son entonces como las fichas de las ficheras. Tanto sus fichas como nuestros puntos constituyen púdicas mediaciones que permiten disimular que al final, aunque nos avergüence, de lo que se trata es de puro dinero.

Estamos en el capitalismo neoliberal. Y por más público y autónomo que sea nuestro ámbito universitario, no deja de moverse cada vez más y de manera cada vez más aparentemente libre con los resortes de la remuneración de los trabajadores y de la rentabilización de las inversiones. Esto se ha vuelto particularmente visible en México. Personalmente no conozco ningún otro contexto nacional en el que los cálculos de ganancias operen de manera tan libre, abierta y decisiva. De ahí que los académicos de nuestro país tiendan paradójicamente a escribir más de lo que leen. Proceden racionalmente, puesto que no les pagan por leer, sino por escribir.

Y como el dinero sólo funciona en términos cuantitativos, se requiere entonces que la escritura también se presente bajo la forma de productos mensurables cuantitativamente que puedan ser canjeados por cantidades primero de puntos y luego de pesos. La transacción entre billetes y artículos tan sólo será clara si se establece entre elementos cuantitativos. De ahí que la productividad científica deba cuantificarse. Esta cuantificación es indisociable de aquello que Slaughter y Leslie han tenido razón en llamar el capitalismo académico. En este capitalismo interior a la universidad, como en el exterior que es finalmente el mismo, el capital impone su aritmética y su contabilidad a todo lo que se hace. Todo tiene que expresarse en los términos cuantitativos del dinero como equivalente universal de todos los elementos académicos transmutados en mercancías.

En una esfera mercantil que engloba lo mismo los artículos que las ponencias y las tesis dirigidas, la cantidad es lo que vale porque el dinero es lo que vale. O para ser más exactos: el valor que domina es el valor de cambio, el valor que nos permite intercambiar las mercancías por dinero, un valor cuantitativo al que se ve totalmente subordinado el sentido mismo de nuestro producto académico, su valor de uso, que es un valor intrínseco a lo que se produce y esencialmente cualitativo. Ya no importa qué es y para qué sirve nuestra obra, sino cuántos puntos y pesos nos reporta. La verdad esencial del artículo radica en lo que ganamos con él y no en lo que expresamos a través de él. En una situación bien descrita por Marx, lo cualitativo, la cualidad y la verdadera calidad de lo que hacemos, termina despreciándose y desapareciendo tras lo cuantitativo, tras lo que de verdad nos importa, que es el aspecto lucrativo de nuestros productos.

Desde luego que la ganancia que se busca no es necesariamente para un individuo, sino que puede ser también para colectivos como cuerpos académicos, grupos de investigación, facultades, institutos y hasta universidades. Los colectivos académicos, al igual que las empresas, mantienen una libre competencia encarnizada por los recursos disponibles. Esta competencia es la que explica, por ejemplo, algo tan curioso como la acreditación actual de las facultades. Como en los demás casos, la acreditación reduce la calidad a la cantidad, al número de libros en la biblioteca, al número de metros de jardines, al número de convenios con instituciones, al número de estudiantes egresados o de profesores doctores, etc. Puros números. Vemos así, una vez más, cómo la cantidad termina reinando. Pero no hay que olvidar que su reino es el del dinero.

Lo que domina hoy todo en la universidad, como en cualquier otra esfera del gran mercado en el que se ha convertido el mundo, es el dinero que podemos ganar con lo que hacemos. Es para gestionar más recursos, por ejemplo, que yo debo llenar infinidad de formatos inútiles en la comisión que tengo asignada en mi facultad. Me atrevo a decir que una gran parte de las actividades que se realizan en mi universidad no le sirven para nada ni a los estudiantes ni a los docentes ni a nadie más, pero son indispensables para conseguir ciertos ingresos suplementarios. Es por esto que deben ser cuantificadas y cuantificables. Deben expresarse en términos cuantitativos para poder traducirse al final en cantidades de dinero. De igual modo, para llegar individualmente a cierta cantidad adicional de pesos que suplemente nuestro salario de profesores, hay que pasar por cierta cantidad de puntos, y para llegar a esa cantidad de puntos, hay que empezar por cierta cantidad de artículos publicados.

Trituración, precipitación y normalización

En el ámbito académico, científico e intelectual, como en tantos otros, el reino del dinero se manifiesta, pues, como el dominio de lo cuantitativo. La cuantificación es el correlato de la dinerización capitalista. Así como en el capitalismo todo tiene precio y todo se compra con dinero, así en el mundo configurado por el capitalismo todo ha de representarse cuantitativamente para poder ser comprado y vendido por dinero. La etiqueta del precio en todo lo que existe obedece a la misma lógica mercantil que opera en los valores cuantitativos con los que pretendemos describirlo todo lo mismo en la aritmética de las evaluaciones que en la estadística de las investigaciones evaluadas.

Como hemos visto, así como la cantidad permite describir lo investigado, así también sirve para evaluar y pagar los productos de la investigación. Ahora veremos cómo el trabajo académico se distribuye, se planifica, se organiza y se confecciona de modo igualmente cuantitativo. La cantidad es invariablemente lo importante. El trabajo se hace a destajo. Se paga por unidades como ponencias, conferencias, capítulos y artículos. Por lo tanto, entre más unidades haya, mejor se paga. Esto hace que los productores académicos busquen la manera de generar más productos entregables, es decir, más trozos de lo que producen. La totalidad tiende a segmentarse en unidades mínimas que puedan sumarse, agregarse para alcanzar el mayor número, el mayor puntaje, el más alto valor cuantitativo, la más elevada cantidad de pesos.

La fragmentación de lo que hacemos es una manera de multiplicarlo para que el pago sea mayor. Para ser mejor pagados, fraccionamos la totalidad de nuestro proyecto intelectual o científico. Por desgracia el todo se destruye al triturarse. Derribamos nuestras propias obras para poder llegar a rentabilizarlas lo más posible.

Evidentemente la mayor tasa de ganancia o de rentabilidad se da en la mayor trituración de lo que hacemos. Como se nos paga siempre lo mismo por cada pedazo, entonces el pedazo más pequeño, el menos valioso, el menos elaborado, el peor hecho, corresponde al artículo más redituable, el más provechoso, el que nos da el mayor provecho con el menor trabajo. El artículo que más nos conviene, por lo tanto, es el más insignificante. Esto podría explicar también la nimiedad característica de la mayor parte de los artículos que leemos en nuestras cada vez más pobres y aburridas revistas científicas.

Hemos aprendido, como buenos comerciantes, que nuestra ganancia es mayor al dar lo menos. La mala calidad de nuestros productos académicos parece explicarse así por la misma lógica por la que se explica la proverbial mala calidad de los productos manufacturados chinos. En ambos casos, el capitalismo ha enseñado a dar lo menos posible para ganar lo más posible. Es el principio de la mezquindad burguesa.

Además de reducir la calidad o la trascendencia o el valor de uso de nuestros productos, la cuantificación tiene otras dos consecuencias negativas que debemos considerar. Una de ellas es que su recorte de la totalidad en unidades mensurables debe seguir una norma que asegure la equivalencia entre las unidades. Las unidades tienen que estar uniformizadas para tener el mismo valor de cambio y poder ser así canjeadas por la misma cantidad de puntos y de pesos. La cuantificación termina saldándose por la normalización. Todos los artículos deben tener aproximadamente la misma extensión, la misma forma, la misma estructura, el resumen en español y en inglés, tantas palabras clave, la introducción, el estado del arte, la discusión, el método, el estilo APA, el modo impersonal y todas las demás imposiciones que conocemos. El capitalismo hace que todas las obras científicas e intelectuales se parezcan, así como también impone la similitud entre las cubetas y las escobas e incluso entre las manzanas y las zanahorias que compramos en el supermercado. Si a una fruta se le ocurre distinguirse notablemente de las demás, hay que tirarla a la basura. No hay lugar para ella en el supermercado, así como tampoco hay lugar ni para genios en las facultades acreditadas ni para textos verdaderamente geniales en las revistas indexadas.

En realidad, en el actual mundo académico, no sólo no se le da lugar a la genialidad, sino que tampoco se le da tiempo. No se dispone del tiempo que se requiere para las obras geniales. Llegamos aquí a la otra consecuencia negativa de la cuantificación en el capitalismo académico. Los términos cuantitativos no sólo miden la productividad, sino que la miden en la cuarta dimensión temporal. Esto es decisivo, ya que imprime cierta frecuencia, ritmo y velocidad a la producción. Ya no importa sólo cuánto produzco, sino cuánto produzco por año. Reflexionamos e investigamos en artículos por año, páginas por día, palabras por hora, tal como se recorren kilómetros por hora. No podemos retrasarnos. Debemos ir a toda prisa. No se da tiempo a que las ideas broten, crezcan, se desarrollen, maduren. Se les precipita y se les corta prematuramente.

Nuestras obras se parecen una vez más a las frutas del supermercado, siempre tan insípidas, y entre verdes y podridas, pero nunca verdaderamente maduras. Quizás también sea el caso de la mayoría de los estudiantes, especialmente los incluidos en el Programa Nacional de Posgrados de Calidad (PNPC), en los que se controla estrictamente el tiempo que debe tardar un estudiante en titularse para asegurar así la eficiencia terminal que permite la acreditación del programa. La consecuencia directa es que debemos presionar a los estudiantes y al final precipitar artificialmente su titulación tal como precipitamos las frutas con fertilizantes y terminamos arrancándolas prematuramente del árbol. El resultado es tan deplorable en un caso como en el otro. Heidegger nos diría, con mucha razón, que no tenemos la paciencia indispensable para que los frutos y los estudiantes nos revelen su verdad y su propio ser. Hacemos que se traicionen a sí mismos. A veces uno come peras o manzanas industrializadas que no merecen llamarse peras o manzanas. De igual modo, a veces uno se encuentra con maestros o doctores en los que se esfumó todo aquello prometedor que uno vislumbraba en ellos cuando aún eran estudiantes.

De la educación a la evaluación

¿Por qué el Programa Nacional de Posgrados de Calidad no es capaz de asegurar la calidad que pretende garantizar? Quizás en parte porque la calidad se reduce de nuevo a indicadores cuantitativos como el número de egresados en tiempo y forma, el número de profesores miembros del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), el número de publicaciones de los estudiantes y de los profesores por cada ciclo evaluado, etc. Ya hemos visto cómo todas estas mediciones cuantitativas no tienen absolutamente nada que ver con la calidad e incluso pueden llegar a perjudicarla, por ejemplo al triturar, normalizar y precipitar el trabajo académico. Sin embargo, más allá de este perjuicio puntual y de otros que no hay tiempo de evocar ahora, vislumbramos aquí un problema global que está comprometiendo el conjunto de los procesos educativos. Me refiero a la manera en que se atrofia la educación a medida que se desarrolla la evaluación a costa de la educación.

Evaluamos cada vez más y educamos cada vez menos. En el calendario de mi universidad, al menos un tercio del semestre está dedicado a exámenes parciales, finales, extraordinarios y adicionales, y, por si fuera poco, se nos exhorta a evaluar constantemente a los estudiantes durante el poco tiempo que nos queda. Los mismos estudiantes deben también evaluarnos a nosotros sus docentes. Y además de ser evaluados por ellos, somos evaluados por nuestra propia universidad, por nuestra Coordinación de Investigación Científica, por el CONACYT, por el ESDEPED y por el PRODEP.

Los plazos de las evaluaciones marcan el ritmo de nuestras facultades. Es por esto que las instalaciones universitarias nunca se mueven tanto como en etapa de evaluaciones. Los estudiantes nunca me parecen tan despiertos y nerviosos como en exámenes. De igual manera, mis colegas profesores nunca se ven tan agitados como en el mes de febrero, en la semana previa a la solicitud del ESDEPED. Es como si fuera el momento más importante de la vida universitaria, el que le da sentido a todo lo demás, el momento de la verdad.

A veces pareciera que los exámenes y las demás evaluaciones son lo más significativo que ocurre en la universidad. Es como si el proceso educativo hubiera sido suplantado por el proceso evaluativo. Aparentemente la evaluación, que sólo era un medio, ha terminado convirtiéndose en el fin mismo de la educación.

Por un lado, entre los estudiantes, el aprendizaje queda subordinado tanto a la meta inmediata de la buena calificación como al propósito final de la titulación. Es frecuentemente por las calificaciones y por la titulación que se estudia, se lee y se escucha con atención al docente. Por otro lado, entre los profesores, todas nuestras actividades parecen transformarse en estrategias para ganar puntos. Es a menudo por los puntos por los que asesoramos tesis, ofrecemos tutorías, dirigimos prácticas profesionales y hacemos todo lo demás. Los alumnos tienden a ser vilmente instrumentalizados por los profesores al ser vistos como personificaciones de puntos. Recíprocamente, con la misma vileza, los estudiantes suelen utilizar a los docentes como simples máquinas distribuidoras de calificaciones. En ambos casos, la educación queda subsumida en la evaluación. Es en los puntos y en las calificaciones en donde radica la verdad oculta del saber que se transmite. Esta verdad ya no se encuentra en los estantes de la biblioteca, sino en las cuentas bancarias y en la tesorería de la universidad.

Independientemente del saber específico del que se trate, lo que siempre se está enseñando en las aulas es a sacar buenas calificaciones. El aprendizaje de los aprendizajes es el de tener éxito en las evaluaciones. Esto es aparentemente lo más importante que uno, como docente, debe legar a la nueva generación. Visto así, quizás el oportunista Venustiano, después de todo, mereciera ganar el concurso de oposición al que me referí al principio. Es verdad que Emiliana tenía un saber considerablemente mayor sobre la asignatura concursada y sobre la psicología en general, pero Venustiano la superaba en el saber más importante, quizás el único saber que tenga sentido para nuestro sistema educativo: el saber tener éxito en las evaluaciones, el saber cazar puntos, el saber acumular constancias, el saber tener buenas calificaciones, el saber venderse al mejor precio y al mejor postor. Esto es lo que Venustiano sabrá enseñar a sus estudiantes. Y esto lo sabrá mejor que Emiliana. ¿Por qué sorprenderse entonces de que haya sido beneficiado por la tabla de valoración? Tal parece que la tabla funciona perfectamente bien. Lo valorado positivamente es lo que debe saberse y enseñarse.

Venustiano enseñará lo que aprendió en la escuela y en la universidad, pues él es un producto de nuestro sistema educativo. Él fue aquel estudiante obsesionado por sus calificaciones que terminó convirtiéndose en el docente obsesionado por los puntos que fue reuniendo en donde pudo. Luego se transformará en el Doctor Venustiano, el Doctor al que todos tienen que llamar Doctor, el investigador obsesionado por las calificaciones de los adultos, como el grado académico, el perfil PRODEP, el nivel en el SNI o en el ESDEPED, o incluso el factor de impacto de la revista en la que publica. Es aquí en donde termina el camino hacia nuestra mediocre gloria académica. ¿Pero dónde empieza? Atrás, muy atrás, en primaria e incluso en familia y en preescolar, cuando se enseña que la evaluación, el juicio del padre o del maestro con su resultante recompensa o castigo, es el sentido más profundo y esencial de la educación.

Lo que debe aprenderse es a ganar la caricia, el dulce, el juguete, las monedas, los billetes, la admiración, la sonrisa, el amor del otro que nos mantiene totalmente sometidos al otro. Luego habrá una serie de filtros para verificar el aprendizaje previo, entre ellos el examen de admisión a la universidad, especialmente diseñado para excluir a los estudiantes que no son aptos para aprobar evaluaciones. Pero habrá jóvenes dignos que no se dejen excluir. Son aquellos que engrosan las filas del Movimiento de Aspirantes Rechazados (MAR) que toma periódicamente los edificios de mi universidad.

Lo invaluable

Los aspirantes rechazados inspiran poca simpatía en la sociedad. ¿Cómo simpatizar con jóvenes que se obstinan en ingresar a la universidad aun cuando no pasaron el examen de admisión? El examen aparece como algo justo que debe aceptarse y a lo que uno debe someterse.

¡Nadie puede sublevarse contra las evaluaciones! Quien lo haga será objeto de burla y desprecio. Es el caso de los aspirantes rechazados en la Universidad Michoacana. Es también el caso de los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en todo México. Unos y otros han osado cuestionar las evaluaciones, desafiando así el saber de los saberes en el sistema educativo: el saber pasar exámenes, el saber ser bien evaluado.

La oposición a las evaluaciones es una importante bandera de lucha en el México actual. El problema es que se trata de una reivindicación puramente negativa. La reivindicación está sin duda bien fundamentada en el cuestionamiento de las evaluaciones por los intereses que subyacen a ellas, o bien por su arbitrariedad o por su carácter sexista, racista y clasista. Sin embargo, aunque se justifique muy bien el rechazo, no queda claro qué se afirma con el rechazo. En otras palabras, no se ve claramente lo que se está reivindicando contra la Reforma Educativa o contra los exámenes de admisión.

¿Y cuál será el contenido positivo de la reivindicación contra las evaluaciones? Mi convicción es que este contenido radica en algo invaluable que es desvalorizado por las evaluaciones. Cada evaluación, en efecto, realiza necesariamente una desvalorización de lo que no puede evaluarse de ningún modo, lo cual, al menos para mí, puede llegar a ser lo más importante. Esto invaluable es aquello por lo que yo habría contratado a Emiliana en lugar de Venustiano. Es lo mismo que encuentro en muchos aspirantes rechazados que han ingresado en mi universidad gracias a su movimiento social. Es lo mismo por lo que pienso que deben mantenerse las Casas de Estudiantes que acogen gratuitamente a esos aspirantes rechazados provenientes del campo y de comunidades indígenas. Es lo mismo también por lo que me parece que deben seguir existiendo instituciones como las Escuelas Normales Rurales. ¿Pero de qué diablos estoy hablando? No estoy muy seguro. Sólo sé que se trata de algo que no podría ser medido cuantitativamente por ninguna evaluación, por ningún examen de admisión y por ningún concurso de oposición, por más que afináramos los criterios valorativos o las tablas de valoración. Es, pues, algo incuantificable, irrepresentable por un valor numérico. Si me exigieran una cifra, quizás diera la de 43, pero sólo utilizaría este número como el signo mismo de la derrota de lo cuantitativo.

Aquello a lo que me refiero no se deja atrapar de ningún modo. Remitiendo a lo que denominamos objeto a en el psicoanálisis lacaniano, es algo que se desliza entre nuestros dedos y entre los hilos de todas las redes evaluativas que intentan atraparlo. Y sin embargo, ahí está, es decisivo y puede ser muy peligroso hacer como si no existiera. El costo de perderlo puede ser incalculable, ya que es en eso, en lo invaluable, en lo que estriba la causa de nuestro deseo que mantiene todo nuestro mundo en movimiento. De ahí el peligro de un capitalismo que excluye todo excedente invaluable que no pueda explotarse como plus-valor. El capital nos deja de este modo sin lo que Lacan llamaba plus-de-goce. Nos arrebata lo invaluable, invendible, inexplotable, que es aquello, lo único, por lo que probablemente valga la pena enseñar, escribir, investigar o reflexionar. La causa misma del trabajo académico, el objeto de su objeto, ese otro objeto siempre tan atrayente y tan evasivo, es así precisamente lo desvalorizado por las tablas de valoración de la academia.

Aquello invaluable a lo que me refiero fue quizás lo que hizo que Wittgenstein, en 1929, fuese acogido como un genio en Cambridge aun cuando carecía de un título universitario. Sus contemporáneos reconocieron humildemente que no sólo no era necesario evaluarlo, sino que simplemente no era posible, como se comprobó en el simulacro de evaluación que se hizo al vapor un año después. Lo invaluable fue aquí la genialidad, pero puede ser muchas otras cosas, como aquella honestidad que me inspiró tanta confianza en Emiliana, o bien la sensibilidad indígena o incluso la extraña lucidez que se desarrolla con la miseria y que se descubre por lo general en los más pobres, los más desfavorecidos, los que suelen salir peor evaluados en exámenes de admisión racistas y clasistas como los propuestos por el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (CENEVAL).

La desconfianza y la simulación

Lo invaluable no puede evaluarse, pero sí podría por lo menos valorizarse. ¿Por qué no se nos permite valorizarlo? Pienso que es por esa desconfianza generalizada que motiva las evaluaciones y que nos impone criterios valorativos estrictos que no dejan lugar alguno para la interpretación. Los instrumentos evaluativos deben decidir, ya que desconfiamos de los sujetos que deciden. Por ejemplo, si yo hubiera ignorado la tabla de valoración y hubiera elegido a Emiliana en lugar de Venustiano, se habría pensado que se trataba de un caso de influyentismo y favoritismo. Y si les dijera que yo ni siquiera conozco a Emiliana, entonces podrían llegar a sospechar lo peor, que fui pagado, sobornado e incluso amenazado para ignorar la tabla de valoración.

Es aparentemente por desconfianza que no estamos autorizados a valorizar lo que, al menos para mí, es lo más valioso: lo invaluable. Es quizás también por una desconfianza creciente que debemos plegarnos totalmente a una lógica evaluativa cada vez más tiránica en la que se exige cada vez más exactitud en los criterios valorativos, cada vez menos margen para la interpretación, cada vez más fundamento en las evidencias. Evaluamos de manera cada vez más obsesiva porque desconfiamos cada vez más de nosotros mismos. Lo cómico de esta desconfianza es que suscita un fenómeno bien conocido por la sabiduría popular: al desconfiar de alguien, lo volvemos dignos de nuestra desconfianza. El sujeto ya no teme decepcionarnos. Puede sentirse autorizado a ser lo que pensamos que es. Y como lo juzgamos desde fuera, le damos la ocasión de ya no juzgarse en su fuero interno. Su conciencia moral es remplazada por nuestra evaluación académica. En términos psicoanalíticos, el superyó externo suple al interno.

Uno de los principales objetivos de las evaluaciones era combatir la corrupción, pero ha terminado produciendo su forma particular de corrupción, la de Venustiano, la del oportunista, el farsante, el simulador que sólo sabe pretender saber, pasar exámenes, tener éxito en las evaluaciones, cazar puntos y reunir constancias. Me atrevo a conjeturar que esta clase de simulación, efecto directo del imperio de las evaluaciones, es lo que está provocando actualmente un mayor perjuicio a la ciencia mexicana. ¿Por qué México prácticamente no está produciendo ciencia? Porque debe concentrarse en simular que la produce al generar, evidenciar y registrar productos entregables, evaluables, canjeables por constancias, puntos y monedas.

La simulación de la ciencia termina usurpando el lugar de la ciencia. Quizás el ejemplo más extremo sea el fenómeno del plagio cada vez más extendido en este país en el que incluso el presidente es un despreciable plagiador que ni siquiera tiene la decencia de reconocerlo y de renunciar a su cargo. Pero no hay que escandalizarse por esta forma torpe de simulación y olvidar aquellas otras, las más insidiosas y destructivas, que no sólo no se condenan, sino que se prescriben, se enseñan y no dejan de operar cotidianamente dentro de los espacios académicos. Tampoco hay que dejar de reflexionar sobre lo que podría estarse expresando a través de la generalización de estas estrategias simuladoras.

 

La verdad simulada y disimulada

Quizás debamos considerar que el imperio de la simulación, de la forma sin contenido, sea un fenómeno típicamente colonial y periférico. Sería la nueva exuberancia del retablo churrigueresco en el que se ocultan el vacío y los ídolos prehispánicos. Así como el cristianismo de la Nueva España debía ser excesivo para disimular una profunda incredulidad, así nuestra ciencia caería hoy en los falsos excesos con los que nos embriaga para hacernos olvidar que no somos capaces de tomarla en serio. Nuestras evaluaciones bizantinas, lo mismo que nuestras pomposas denominaciones e investiduras, operarían como las antiguas procesiones y otros suntuosos rituales con los que intentábamos convencernos a nosotros mismos de que somos lo que no somos.

En fin, si la ciencia europea y occidental no representa lo que somos, entonces incluso hacerla de verdad sería una manera de simular, pues estaríamos haciendo como si fuéramos lo que no somos. Estaríamos condenados a simular y es por esto que nos entregaríamos sin reparos a la mayor simulación. De ser así, entonces habría que tomar un poco más en serio la simulación, pues estaría descubriéndonos paradójicamente una verdad sobre nuestro ser. Desde este punto de vista, contra lo que supuse en un principio, el currículo de Venustiano sería más verdadero que el de Emiliana: sería más verdadero por no alcanzar a disimular y por dejar ver sintomáticamente su verdad, la de nuestra inadecuación colonial, a través de todo el exceso de su propia simulación.

Quizás incluso haya otra verdad más universal que descubrimos a través de simulaciones como la de Venustiano y evaluaciones como aquella que lo benefició. Me refiero a la verdad histórica de una ciencia que inspira cada vez más desconfianza en razón de su estrecha complicidad con el sistema capitalista: un sistema que reduce los productos científicos a mercancías que se producen por su valor de cambio y no por su valor de uso, por su inserción en el sistema y no por su propia significación intrínseca, por la ganancia que reportan y no por la verdad que entrañan. ¿Y si la desconfianza que nos inspira la propia ciencia fuera la que se expresara desviada en el recelo hacia quienes la realizan y la transmiten? Sospecharíamos de los científicos porque no tendríamos el valor de reconocer todo lo que intuimos con respecto a una ciencia que nos parece cada vez más falsa y engañosa.

Quizás entonces haya que suponer que la crisis general de la cientificidad, y no únicamente la persistencia de nuestra colonialidad, es aquello que subyace a nuestras simulaciones excesivas y evaluaciones obsesivas del trabajo científico. ¿Pero entonces por qué estas evaluaciones y simulaciones alcanzarían sus versiones más patológicas, más extremas y desmedidas, en un país tan marginal como el nuestro? Quizás precisamente por su marginalidad. Es la ventaja de estar en la periferia en la que vemos desfallecer las defensas de nuestra civilización y revelarse descarnadamente las verdades que tienen más dificultades para salir a la superficie en los bien defendidos centros europeos y norteamericanos.

México sería un lugar privilegiado, no sólo para descubrir la violencia constitutiva del capitalismo, sino también para percatarse de la simulación a la que el mismo capitalismo termina reduciendo toda la vida científica, intelectual y cultural de la civilización. Lo aparentemente más verdadero terminaría delatándose como falso en las raspadas orillas de nuestro mundo occidental. Aquí llegaríamos a tener cierta conciencia incipiente de la farsa, mientras que en los países del centro uno podría ser entrampado con mayor facilidad.

Imposibles contribuciones de Mao Tse-Tung a la psicología: psiquismo relacional, conocimiento práctico e implicaciones psicológicas de la línea de masas

Intervención para una clase irregular impartida en un domicilio particular de Morelia, Michoacán, México, durante la toma de la UMSNH por el Movimiento de Aspirantes Rechazados (MAR), el 9 de septiembre 2016, cuarenta años después de la muerte de Mao Tse-Tung

David Pavón-Cuéllar

Contextualización: la fidelidad al acontecimiento

Este año es importante para el maoísmo. No sólo es el cincuenta aniversario del principio de la Revolución Cultural animada por Mao Tse-Tung en China, sino que se cumplen también cuarenta años desde la muerte de Mao y el fin de su Revolución Cultural. Para la gran mayoría de los biempensantes de nuestra época, debemos lamentar el principio de la Revolución Cultural y no su final y tampoco la muerte de Mao. Hay otros mal-pensantes, entre quienes yo me incluyo, que tienen dificultades para hacer el duelo de Mao y para decidirse a traicionar ese gran acontecimiento que fue la Revolución Cultural. ¿Pero cómo puede uno mantenerse fiel al maoísmo cuando es un profesor universitario de psicología en un país, México, y en un momento histórico, septiembre de 2016, en el que el adjetivo “maoísta” sólo sirve para insultar a los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE)?

Independientemente de la fidelidad que uno despliegue en sus actos, en el nivel práctico de la enunciación, tan sólo veo una posibilidad para mantener esa misma fidelidad en aquel nivel puramente ideológico, intrínsecamente irreal e inexistente, que es el de lo enunciado. Esta posibilidad es la de traer el maoísmo al sospechoso terreno psicológico y permitirle que lo revolucione, que lo socave y lo trastorne, durante al menos un cuarto de hora, es decir, durante el pequeño lapso en el que me permitiré hablar sobre las posibles contribuciones de Mao a la psicología contemporánea. Tal posibilidad se me presenta incluso como una suerte de necesidad, como una imposibilidad de no hacer lo que deseo, cuando el aniversario luctuoso de Mao coincide con el presente intersticio de libertad en el que no podemos tener una clase como cualquier otra porque las aulas de nuestra universidad han sido tomadas por los aspirantes rechazados.

¿Una psicología maoísta?

Para empezar, hay que tener claro que no hay una psicología maoísta. La esfera psicológica tiende a desvanecerse y a perder consistencia e independencia en la perspectiva de Mao. Esta perspectiva quizás no sea verdaderamente anti-psicológica, pero tampoco deja lugar para la psicología en un espacio lógico en el que vemos cómo el marxismo-leninismo, trascendiendo la teoría leninista del reflejo, tiende a superar el dualismo cuerpo/alma y recobrar un materialismo radicalmente monista en el que el alma no se distingue ni del cuerpo ni del mundo, es decir, un monismo como el que había sido explícitamente promovido por Gueorgui Plejánov muchos años antes.

Digamos que Mao, a diferencia de Lenin con su concepción del psiquismo como reflejo del mundo, lleva la psicología marxista de la determinación material hasta esas últimas consecuencias monistas por las que se transforma en algo que ya no es psicológico de ningún modo. El maoísmo, en efecto, no sólo sigue escrupulosamente el principio materialista según el cual “el ser social del hombre determina su pensamiento” (Tse-Tung, 1963, p. 528), sino que abriga la aspiración del monismo a realizar la “unidad concreta e histórica de lo subjetivo y lo objetivo, de la teoría y la práctica, del saber y el hacer” (1937, p. 83).

Al buscar unir concretamente lo que se mantiene separado en las abstracciones dualistas, Mao Tse-Tung emprendió una penetrante indagación de la manera en que la interioridad psicológica subjetiva, la esfera de la teoría y del saber, se relaciona intrínsecamente con la exterioridad extra-psicológica objetiva de la práctica y del hacer. Lo primero que hizo Mao fue seguir el buen sentido, sacar el aprendizaje del puro estudio teórico y resituarlo también y especialmente en la acción práctica. Según las fórmulas maoístas, ciertamente “leer es aprender”, pero “practicar también es aprender, y es una forma más importante de aprender” (Tse-Tung, 1936, p. 62). El aprendizaje al que aquí se hace referencia, el de la guerra revolucionaria, no sólo demostraría que puede aprenderse “en el curso mismo” de la acción, sino también, como ya lo había observado Rosa Luxemburgo, que el sujeto “comienza por actuar y después aprende”, ya que aprende actuando y a través de su acción, lo que demostraría que “actuar es aprender” (pp. 62-63).

Contra el teoricismo: el conocimiento como práctica y transformación

Las recién mencionadas observaciones le permiten a Mao, en el siguiente momento del desarrollo de sus ideas, reconocer claramente el carácter básico y anterior de la acción práctica en relación con el aprendizaje, con la teoría, con el pensamiento y el conocimiento. Mao postula entonces que “el conocimiento comienza por la práctica” y que “la práctica es la base de la teoría” (Tse-Tung, 1937, pp. 69, 78). De manera más precisa, la acción puede ser además transformación y entonces ya no sólo permite comenzar el conocimiento, sino continuarlo y profundizarlo a través de un proceso que va más allá de la contemplación de la superficie externa de la realidad para descubrir su contenido tridimensional, su estructura, sus tensiones y contradicciones internas. La “práctica transformadora de la realidad” constituye así, en los términos del propio Mao, un “movimiento de profundización del conocimiento” que permite “entrar en contacto con las cosas” y que nos hace avanzar “del conocimiento sensorial al conocimiento lógico” (pp. 71-74).

El conocimiento lógico entendido como conocimiento de la esencia de las cosas, de las operaciones y leyes que las rigen, sólo puede alcanzarse, pues, no a través de la abstracción y la teorización, como suele creerse en una perspectiva no-marxista, sino a través de una práctica transformadora concreta. Esta práctica de transformación de la realidad objetiva exige interactuar con la realidad, lidiar con ella, lo cual, a su vez, implica la transformación del sujeto y específicamente de su relación con el entorno y de su capacidad para conocerlo. En los términos del propio Mao (1937), la “lucha por la transformación del mundo” le permite al ser humano “transformar el mundo objetivo, y, al mismo tiempo, transformar su propio mundo subjetivo, esto es, su propia capacidad cognoscitiva y las relaciones entre su mundo subjetivo y el objetivo” (p. 83).

En la última versión de la gnoseología maoísta, ya no sólo se distingue el conocimiento sensorial del conocimiento lógico, sino que este conocimiento lógico se divide en teórico racional y práctico verdadero. Esta distinción permite identificar dos etapas o saltos de conocimiento: un primer salto de lo sensorial a lo teórico racional, aún comprensible a través de la teoría psicológica leninista del reflejo, y un segundo salto de lo teórico racional a lo práctico verdadero, sólo explicable a través de la teoría política leninista. En la primera etapa, que va “de la materia objetiva a la conciencia subjetiva, de la existencia a las ideas”, partimos del conocimiento sensorial, por el que “el mundo exterior objetivo se refleja en el cerebro del hombre por medio de los órganos de los sentidos”, y llegamos al conocimiento racional por el que los “datos del conocimiento sensorial se acumulan” hasta producirse “un salto que los convierte en ideas”; en la segunda etapa, que retorna “de la conciencia a la materia, de las ideas a la existencia”, hay que verificar la verdad del conocimiento racional obtenido en la primera etapa, lo que se consigue aplicándolo a la “práctica social” y comprobando su fracaso o su éxito, siempre bajo el criterio de que “lo que nos lleva al éxito es correcto, y lo que nos lleva al fracaso, erróneo” (Tse-Tung, 1963, pp. 528-529).

Contra el empirismo: la verdad como lucha y efectividad

Como hemos visto, las dos etapas de la última teoría maoísta del conocimiento imbrican las dualidades teoría/práctica, sensibilidad/racionalidad, sociedad/individualidad, experiencia/realidad, interioridad/exterioridad, percepción/transformación, además de proponer un criterio de verdad enfocado al resultado. La primera etapa, en efecto, puede caracterizarse como teórica-individual y nos lleva del conocimiento sensorial al racional, de lo que percibimos a lo que pensamos, de nuestra experiencia del exterior a nuestro interior psíquico, mientras que la segunda etapa, que puede caracterizarse como práctica-social, nos conduce de lo racional a lo verdadero, de lo que pensamos a la transformación de lo que es, del interior psíquico al exterior histórico. La verdad del conocimiento, en consonancia con el marxismo, debe comprobarse aquí por sus efectos, por su eficacia o efectividad, es decir, en el terreno de la práctica social transformadora en el que Mao incluirá “la lucha por la producción, la lucha de clases y la experimentación científica” (Tse-Tung, 1963, p. 528). Estas prácticas resultan indispensables, en efecto, para “demostrar si son correctas o no las ideas” (p. 529).

La práctica social transformadora, tal como la concibe Mao Tse-Tung, permite demostrar la verdad de las ideas, alcanzar un conocimiento lógico verdadero, verificar un conocimiento lógico racional e ir más allá de un simple conocimiento sensorial. Todo esto se conseguiría, bajo el supuesto de continuidad en la evolución de las ideas maoístas, a través de una práctica social en la que se basa la teoría, se desarrolla cualquier aprendizaje, se origina-desenvuelve-profundiza la relación cognitiva con el mundo y se realiza una transformación del objeto indisociable de la transformación del sujeto.

El sujeto debe transformarse y transformar el objeto para obtener un conocimiento profundo y verdadero de él, un conocimiento atinado, certero, que rectifique los extravíos de la razón y que no se quede encerrado en el espejo de la experiencia sensorial en el que se reflejaría la realidad externa. Vemos cómo la gnoseología maoísta está lejos de la teoría leninista del reflejo, pero también del empirismo aún reinante en psicología, el cual, según el propio Mao (1937), ignoraría que “los datos proporcionados por las sensaciones”, aunque sean “reflejos” más o menos fieles de la realidad, “no pasan de ser unilaterales y superficiales, reflejos incompletos de las cosas, que no traducen su esencia” (Tse-Tung, 1937, p. 77). Como hemos visto, para alcanzar la esencia verdadera de las cosas, se requiere de un conocimiento lógico racional y práctico, social y transformador, que demuestra su verdad a través de nuestra lucha y su efectividad. Volvemos así al precepto marxista que nos prescribe la acción revolucionaria para sumergirnos en las apariencias, atravesarlas y llegar al fondo de la realidad.

Contra el autoritarismo y el seguidismo: la investigación en la línea de masas

La teoría maoísta de la acción revolucionaria no sólo tiene un alto interés para la psicología por su consideración de la recién expuesta forma práctica de conocimiento, sino también por el aspecto psicológico de su original planteamiento conocido como línea de masas. Adoptando una posición intermedia entre los extremos de Lenin y de Rosa Luxemburgo, Mao criticará sus posiciones respectivas: el vanguardismo-autoritarismo leninista que se aparta de las masas al dirigirlas autoritariamente, y el seguidismo espartaquista-luxemburguiano que sigue a las masas y se deja dirigir por ellas. El problema del “seguidismo” sería que se “queda por debajo del nivel de conciencia política de las masas” y permite que “se nos adelanten”, mientras que los errores del “autoritarismo” consistirían en dejarse llevar por “el mal de la precipitación”, en “rebasar el nivel de conciencia política de las masas” y en “situarse por encima” de ellas en lugar de “fundirse” con ellas, “adentrarse” en su mundo e “investigar” su comprensión de la realidad y sus aspiraciones (Tse-Tung, 1945, pp. 274-275).

La opción alternativa maoísta, la llamada línea de masas, tiene su fundamento en una investigación del pueblo tempranamente practicada y prescrita por Mao. Recordándonos las opciones latinoamericanas de la Psicología Social Comunitaria de Maritza Montero y la Investigación-Acción-Participativa de Orlando Fals Borda, esta investigación popular, tal como es delineada por el propio Mao, exige renunciar a la posición vanguardista del maestro, del maestro de escuela ya criticado por Luxemburgo, y reposicionarse como un “modesto alumno”, recuperando “la sed de conocer”, despojándose de “toda apestosa presunción” y reconociendo que “las masas son los verdaderos héroes, en tanto que nosotros somos a menudo pueriles y ridículos” (Tse-Tung, 1941, pp. 8-9). Los dirigentes maoístas, que ni siquiera son dirigentes en el sentido estricto de la palabra, transfieren a las masas los papeles de héroes, maestros, sujetos de la revolución. Estos papeles y otros más, junto con toda clase de poderes y rasgos distintivos, deben ser declinados por unos dirigentes cuya caracterización hace pensar a veces a los proletarios de Marx, a unos hombres sin atributos o incluso a los psicoanalistas en algunas formulaciones lacanianas.

Uno de los principales imperativos que Mao le impone al dirigente, de hecho, es el de “quitarse de encima los fardos”, es decir, “liberar nuestra mente de cargas” como pueden ser los “conocimientos” y la “intelectualidad”, las certezas que uno tiene sobre uno mismo y los sentimientos que producen, como la “arrogancia” y la “altanería”, o el “desaliento” y el “pesimismo”, todo lo cual puede llegar a paralizarnos y a impedir una “estrecha ligazón con las masas” (Tse-Tung, 1944a, p. 321). Lo que les corresponde a los dirigentes, a los intelectuales y “trabajadores de la cultura”, es precisamente la obligación de “vincularse con las masas y no aislarse de ellas”, y “para vincularse con las masas, deben actuar de acuerdo con las necesidades y los deseos” de las masas, y cuando las masas no tengan conciencia de sus necesidades, entonces “tenemos que esperar con paciencia” (1944b, p. 186).

Reflexión final: hacia una psicología relacional

La paciencia de la dirigencia maoísta, en contraste con la precipitación de la vanguardia leninista, exige detenerse y volver una y otra vez a las masas. De lo que se trata, en otras palabras, es de acompañarlas, mantenerse con ellas, respetando su propio ritmo, aguardando que adquieran conciencia de sus necesidades, evitando rebasarlas y dejarlas atrás, pero evitando también forzarlas o jalarlas por delante. En lugar de pretender arrastrar o impulsar de modo artificial a las masas al hacerlas cobrar conciencia de ideas ajenas a ellas mismas, lo que Mao prescribe, con su principio metodológico de las masas, a las masas, es “recoger las ideas (dispersas y no sistemáticas) de las masas y sintetizarlas (transformarlas, mediante el estudio, en ideas sintetizadas y sistematizadas) para luego llevarlas a las masas, difundirlas y explicarlas, de modo que las masas las hagan suyas, perseveren en ellas y las traduzcan en acción, y comprobar en la acción de las masas la justeza de esas ideas” (Tse-Tung, 1943, p. 119). Este intercambio de ideas entre las masas y los intelectuales debe repetirse una y otra vez. Las ideas van tornándose así “cada vez más justas, más vivas y más ricas de contenido” (pp. 119-120). Sin embargo, de entrada, no hay aquí más ideas que las propias ideas de las masas, pero elaboradas y ordenadas por los intelectuales de la dirigencia.

La tarea del intelectual maoísta, su trabajo intelectual, es el de trabajar sobre el trabajo intelectual de las masas, conjurándose así el peligro de una división leninista-estalinista entre el trabajo intelectual de la vanguardia consciente burguesa y el trabajo manual de la masa inconsciente obrera. En lugar de que las masas deban cobrar la conciencia de sus líderes, los líderes son los que deben recobrar la conciencia de las masas para transformarla, sintetizarla, sistematizarla y devolvérsela a las masas, las cuales, a su vez, con su acción, tendrán la última palabra sobre la verdad de esa conciencia.

Vemos bien que la conciencia, tal como se la representa Mao, no es finalmente ni de quienes forman parte de las masas ni de quienes están en posición de liderazgo, sino de ambos a la vez o más bien de la relación entre unos y otros. Es verdad que aquí, en esta psicología radicalmente relacional, la relación distribuye diferentes papeles para las masas y para sus líderes: las primeras piensan y actúan, mientras que los segundos retoman, reformulan, reconsideran y reflexionan los pensamientos y las acciones de las primeras. Sin embargo, asegurándose un vínculo relativamente igualitario entre las masas y sus dirigentes, ya no hay una división dualista-clasista entre el trabajo manual y el intelectual, entre el físico y el psíquico, entre el inconsciente callejero y el consciente cupular, entre la barricada y el partido. La división es más bien entre un trabajo manual-intelectual y uno reflexivo, entre uno consciente y otro autoconsciente, pero no en el sentido hegeliano de la autoconciencia del amo dialécticamente mediada por la conciencia del esclavo, pues ahora, en la perspectiva de Mao, la autoconciencia de la que se trata no es la del dirigente como amo, sino más bien la autoconciencia de las masas mediada por el dirigente. Es casi como si el dirigente maoísta fuera el esclavo intelectual de las masas y no pudiera ofrecer otra autoconciencia que la de las masas, es decir, la fundada en la conciencia de las masas. En cualquier caso, la posición de las masas ya no está subordinada. Es más bien el papel de sus dirigentes el que parece estar subordinado al de las masas.

Referencias

Tse-Tung, M. (1936). Lo importante es saber aprender. En Textos escogidos (pp. 58-65). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras,1976.

Tse-Tung, M. (1937). Sobre la práctica. En Textos escogidos (pp. 66-86). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1976.

Tse-Tung, M. (1941). Prefacio y epílogo a investigaciones rurales. En Obras Escogidas de Mao Tse-Tung III (pp. 7-12). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1972.

Tse-Tung, M. (1943). Algunas cuestiones sobre los métodos de dirección. En Obras Escogidas de Mao Tse-Tung III (pp. 117-122). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1972.

Tse-Tung, M. (1944a). Quitarse de encima los fardos y poner la máquina en marcha. En Textos escogidos (pp. 321-324). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1976.

Tse-Tung, M. (1944b). El frente único en el trabajo cultural. En Obras Escogidas de Mao Tse-Tung III (pp. 185-187). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1972.

Tse-Tung, M. (1945). Sobre el gobierno de coalición. En Obras Escogidas de Mao Tse-Tung III (pp. 207-279). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1972.

Tse-Tung, M. (1963). ¿De dónde provienen las ideas correctas? En Textos escogidos (pp. 528-530). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1976.

Tse-Tung, M. (1966). La Grande Révolution Culturelle Prolétarienne. En Les transformations de la révolution (pp. 281-320). Paris: Union Générale D’Éditions, 1970.

Reforma Educativa en México: deficiencias, propósitos, mistificaciones y procedimientos

Artículo originalmente publicado en La Izquierda Diario del viernes 24 de junio de 2016 y en el periódico Rebelión del sábado 25 de junio de 2016 

David Pavón-Cuéllar

CNTE desalojo

Deficiencias: irrealismo e inutilidad

La Reforma Educativa forma parte de una avalancha de “reformas estructurales” desencadenada recientemente por el gobierno mexicano en los más diversos campos, entre ellos el energético, el fiscal, el laboral y el de salud. Según la retórica demagógica del presidente Enrique Peña Nieto, las reformas buscan impulsar el desarrollo, incentivar la producción, mejorar la eficiencia, optimizar los recursos, aumentar la calidad y crear oportunidades. Todas estas metas se resumen en la consigna presidencial de “Mover a México”, la cual, a manera de recordatorio, se imprime lo mismo sobre los empaques de televisiones distribuidas para comprar votos, que en grandes anuncios que resultan frecuentemente más costosos que aquello mismo que anuncian, ya sean menudas reparaciones o las más nimias obras de infraestructura.

Pareciera que las autoridades mexicanas, desde Peña Nieto hasta los presidentes municipales, no se permiten ya cumplir con sus obligaciones sin proclamarlo a los cuatro vientos mediante onerosas estrategias publicitarias. Invirtiéndose el orden lógico, estas estrategias han terminado convirtiéndose en el verdadero propósito del cumplimiento de las obligaciones de los funcionarios. Para ser más precisos, habría que decir lo que un amplio sector de la sociedad sabe o presiente: hoy en día, por lo general, los mal llamados “servidores públicos” sólo quieren poder y riqueza; es para esto, para empoderarse y enriquecerse, que recurren a todo tipo de estrategias publicitarias con las que obtienen un crédito que luego canjean por dinero y poder; y es por tal publicidad que a veces cumplen con sus obligaciones, pero suelen hacerlo poco y mal, pues el trabajo queda subsumido en la estrategia publicitaria y sólo busca impresionar, convencer o causar efecto, y no servir las necesidades de la población. Como suele ocurrir en el capitalismo, el valor de uso de las acciones gubernamentales, su utilidad para la sociedad, queda totalmente subordinado a su valor de cambio en el mercado político-económico, lo que no puede sino mermar su valor intrínseco social.

Así como las mercancías tienden a ser desechables porque sólo sirven para venderse, así también lo que vende Peña Nieto, incluyendo su paquete de “reformas estructurales”, no es de ningún modo un “producto de calidad”, empleando los mismos términos de los comerciantes que lo venden y que ahora gobiernan México. El caso de la Reforma Educativa es un ejemplo elocuente. No corresponde a la realidad social de México, y no soluciona y a veces ni siquiera considera los principales obstáculos para una mejor educación en el país, entre ellos la escasa escolaridad y la deserción escolar por causas socioeconómicas, el trabajo infantil, el hambre y la miseria de los niños, la violencia en sus comunidades, la desvinculación entre el mundo real infantil y el de los contenidos curriculares, la resultante desmotivación para aprender, la permanente colonización cultural escolar de la infancia indígena, el racismo y el clasismo en los libros de texto, la falta de oportunidades para quienes estudian, la estrategia mediática y gubernamental para desprestigiar a los educadores, el constante mal ejemplo de Peña Nieto y de los demás casi-analfabetas que llegan a ser los más exitosos en la sociedad, las terribles condiciones de la infraestructura de muchos centros escolares, los techos de lámina y las clases en la intemperie, la falta de agua o electricidad, las dificultades de acceso a muchas escuelas rurales, el pago miserable dado a los maestros, el cansancio de quienes deben trabajar dos turnos para solventar sus necesidades, la falta de recursos para la buena formación docente y una corrupción sindical promovida invariablemente por el propio gobierno que ahora pretende combatirla.

No terminaríamos si continuáramos enumerando los factores cruciales que no encuentran solución alguna en la Reforma Educativa. Digamos que la Reforma soslaya todo lo realmente determinante. ¿Pero cómo iban a pensar en todo esto quienes la elaboraron si no son ni los grandes especialistas de la educación en México ni tampoco los propios maestros, es decir, quienes más saben sobre la materia en los planos teórico y práctico, respectivamente?

Propósitos: ahorrar, doblegar, amaestrar

En realidad, como ya se ha denunciado una y otra vez, la Reforma Educativa ni siquiera es verdaderamente una “Reforma Educativa”. Se trata más bien de una artimaña laboral, política y económica, en la que alcanzamos a vislumbrar varios propósitos más o menos disimulados. Uno de ellos es renegociar los contratos con los maestros, despedir a muchos de ellos y así ahorrar en el terreno educativo lo que después habrá de servir, siguiendo la misma lógica de la distribución del presupuesto en los últimos años, para pagar la publicidad gubernamental, apoyar la educación privada, incentivar la inversión colonizadora por parte de capitales transnacionales, construir puertos y otras infraestructuras necesarias para el saqueo neocolonial del país, llenar los bolsillos de los funcionarios corruptos, comprar votos, cooptar a los partidos opositores y fortalecer las fuerzas castrenses y policíacas de represión de los millones de inconformes, entre ellos los de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) que se oponen a la Reforma Educativa y que han demostrado ser particularmente peligrosos para el proyecto de saqueo y privatización del gobierno de Peña Nieto.

Otro propósito de la Reforma Educativa, de hecho, es el de neutralizar directamente a la CNTE, que surgió en 1979 como una alternativa de afiliación en lugar del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Si el SNTE ni siquiera merece el nombre de “sindicato”, caracterizándose por su traición constante a los trabajadores, por su profunda corrupción interna y por su completa sumisión al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder, la CNTE surge desde un principio como una opción disidente que ha respaldado las más importantes movilizaciones sociales y que se ha convertido en una de las trincheras más efectivas e inexpugnables contra la represión gubernamental y contra su imposición del neoliberalismo en México. Es verdad que grandes sectores de la CNTE se han dejado corromper y han incurrido en prácticas propias del gobierno mexicano y del SNTE. Es lo mismo que ha ocurrido con los partidos políticos opositores pervertidos por la hegemonía de todo aquello de lo que el PRI es el nombre en México: la corrupción, pero también la opresión, la censura, la represión, el engaño, la traición, etc. Sin embargo, tanto en la CNTE como en al menos uno de los partidos opositores, la contaminación por el sistema hegemónico no ha conseguido suprimir la capacidad de resistencia contra el mismo sistema. Esto es lo que se intenta resolver definitivamente con la Reforma Educativa al quitarle su poder a la CNTE y al transferirlo a oscuras instancias evaluadoras totalmente sometidas al gobierno mexicano y a los sectores económicos-empresariales representados por su instrumento gubernamental.

Otro propósito claro de la Reforma Educativa obedece precisamente a los intereses de los sectores económicos-empresariales que la han impulsado. Podemos formular este propósito, sin temor a exagerar, como la reducción de la educación pública en México a la simple formación de mano de obra calificada, eficaz y altamente productiva, obediente y barata, acrítica e irreflexiva, que nutra una economía nacional cada vez menos nacional y más acaparada por capitales transnacionales. En la división mundial neocolonial del trabajo, México ha terminado especializándose en suministrar materias primas y especialmente productos manufacturados, producidos en las maquiladoras mexicanas, pero concebidos y diseñados en Europa, Norteamérica y el lejano Oriente. La actual especialización económica de México, por lo tanto, es el trabajo manual y “sub-intelectual”, puramente técnico-tecnológico, que se ha convertido en la principal fuente de riqueza para el país después de la degradación del sector petrolero. Como lo muestran las evaluaciones docentes y las nuevas orientaciones prescritas a los maestros, la Reforma Educativa está claramente orientada hacia esta clase de trabajo-de-maquila, hacia la tecnicidad automática, hacia un degradante y alienante saber-hacer-lo-que-se-debe, hacia una ciencia de la pasividad y de la opción múltiple, hacia un conocimiento acumulativo cuantificable y evaluable, hacia una mercancía vendible y explotable al precio de su valor de cambio, y no hacia un trabajo verdaderamente humano, digno, creativo, crítico y reflexivo, esencialmente invaluable, irreductible a cualquier evaluación. Ni el gobierno de Peña Nieto ni los sectores económicos-empresariales a los que sirve tienen interés en formar ciudadanos con criterio que puedan cuestionarlos, despreciarlos, dejarlos atrás y luchar por una transformación positiva de la sociedad mexicana que la lleve más allá de su posición colonial de subordinación y dependencia. Lo que desean únicamente, como dignos herederos de los pasados conquistadores, es amaestrar de la mejor manera a los esclavos que han recibido en el último repartimiento, que ahora tienen en encomienda y que mañana van a trabajar en minas y fábricas para llenar sus bolsillos.

Mistificaciones: los maestros que no quieren ser evaluados

Se busca someter a los estudiantes, a la futura fuerza de trabajo explotada, y, para conseguirlo, hay que empezar por someter a los maestros. No es una tarea fácil, pues el sector magisterial ha demostrado ser uno de los más insumisos de México. Acabamos de confirmar que los maestros y quienes los apoyan están dispuestos a morir antes que doblegarse. También hemos corroborado que el régimen de Peña Nieto está dispuesto a matar a los maestros, así como también ha asesinado a otros ciudadanos conscientes que se han interpuesto en su camino, entre ellos estudiantes, normalistas, periodistas, activistas, sindicalistas, líderes indígenas, defensores de derechos humanos, militantes de organizaciones opositoras, denunciantes de los feminicidios o de la destrucción del medio ambiente, etc. Todos estos sujetos han sido eliminados porque han amenazado con perturbar e incluso interrumpir el gran espectáculo con el que se disimula el saqueo del país, la privatización de todo lo público, la resultante reapropiación de la riqueza social para unos cuantos, el vertiginoso aumento de la desigualdad y el desmantelamiento de las ya de por sí insuficientes conquistas sociales que costaron miles de vidas en la Revolución Mexicana.

La cara visible de la Reforma Educativa forma parte del espectáculo publicitario. El ilusorio contenido espectacular es bien conocido: los maestros evalúan a sus estudiantes, pero no quieren ser ellos mismos evaluados. Este guion, que oculta las condiciones y el contenido mismo de la evaluación, es perfecto para desprestigiar a los maestros, hacia los que se canaliza toda la comprensible cólera de la población mexicana.

Significativamente, el 15 de junio de 2016, cinco días antes de que la Policía Federal atacara con armas de fuego al movimiento magisterial en Oaxaca y asesinara al menos a 9 personas, los senadores del PRI votaron contra una iniciativa ciudadana que los obligaba a hacer públicos sus ingresos. Fue así como los altos políticos priistas, delatando con cinismo su propia corrupción, escaparon fácilmente a la evaluación de su honestidad. Podemos decir que fueron ellos los que no aceptaron ser evaluados, así como Peña Nieto se ha resistido a ser evaluado en varios planos, incluyendo el de su responsabilidad en la muerte y desaparición de normalistas de Ayotzinapa, así como también el de su propia corrupción, evidenciada en actos gravísimos como los revelados en el escándalo de su Casa Blanca, por mencionar el más conocido.

Ante la impunidad del Presidente de la República y de los demás altos políticos y funcionarios que se niegan a ser verdaderamente evaluados, la cólera de la población mexicana sólo ha podido canalizarse hacia los maestros que rechazan un simulacro de evaluación. Es la infamia del espejo, de la calumnia como defensa contra la denuncia, pero también del chivo expiatorio como válvula de escape. Solamente los regímenes más bajos y miserables, como el nazi en relación con los judíos, se han atrevido a echar mano de tales estratagemas políticos.

Procedimientos: manipular y asesinar

El ejercicio de catarsis y desvío de la agresión es bien conocido en México. Ha sido sistemáticamente utilizado para asegurar la permanencia del sistema priista, habiéndose dirigido sucesivamente contra los más diversos enemigos del Estado, siempre víctimas del odio suscitado por el mismo Estado. Los principales artífices de este ardid tan perverso como grosero son bien conocidos por todos. Se encuentran en las grandes empresas mediáticas dedicadas a la manipulación e ideologización de la sociedad, como Televisión Azteca, Televisa y Milenio, las cuales, por cierto, han usurpado el lugar de la educación, pero con un objetivo diametralmente opuesto: no educar, sino maleducar; difamar y no informar; pervertir en lugar de formar; crear un universo de mentiras en lugar de permitir el acceso a la verdad; hacer reinar la ignorancia en lugar de transmitir un saber; inhibir el pensamiento en lugar de enseñar a pensar.

No es casualidad que Televisa y los demás medios, los mayores enemigos de la educación en México, se ensañen a tal grado contra los maestros, es decir, contra los encargados mismos de la educación. Tampoco es casual que el gran promotor de la Reforma Educativa, el magnate Claudio X. González Guajardo, haya sido presidente de la Fundación Televisa antes de ser presidente de Mexicanos Primero. Esta oscura organización, en cuyo seno se ha gestado la Reforma Educativa, continúa la tarea de maleducar iniciada en Televisa. Tan sólo en el ámbito de los productores de telenovelas podía surgir un guion tan burdo como el de los profesores que no quieren ser evaluados. El problema es que grandes sectores de la sociedad mexicana han sido maleducados hasta el punto de sólo comprender los guiones de telenovelas. No debe sorprendernos, pues, que ahora esos mexicanos odien a los maestros así como también odian a los normalistas y a los malos de las telenovelas. Este mismo odio es el que les permite en ciertos casos, como cuando se desempeñan como policías, matar a los maestros y desaparecer a los normalistas. ¿Cómo no recordar al buen taxista, hipnotizado por la radio y la televisión, exclamándose que los maestros y estudiantes revoltosos “merecen que los maten” o al menos “necesitan un buen susto”?

Sin embargo, para ser justos, ni los ruleteros ni los policías deben ser culpados por la muerte de los manifestantes en Oaxaca. Los verdaderos culpables son los autores intelectuales del crimen, los grandes responsables de la mala educación, los que permiten ahora mismo que haya Televisa en lugar de Educación, entre ellos Claudio X. González Guajardo, a quien ya nos referimos, pero también muchos más: el usurpador Enrique Peña Nieto, que llegó a la presidencia por la compra de votos y por los buenos oficios de las televisoras; el Secretario de Educación Pública Aurelio Nuño Mayer, formado en la educación privada para destruir la educación pública; el presidente de Televisa Emilio Azcárraga Jean, enriqueciéndose al destruir la educación y la cultura misma de México; su homólogo Ricardo Benjamín Salinas Pliego de Televisión Azteca, etc. Todos ellos son los que deberían ser juzgados como autores intelectuales de los asesinatos de los manifestantes en Oaxaca, pero también de los maestros y normalistas de Guerrero en los meses pasados, así como de todos los demás activistas que se han cruzado en su camino.

Ahora sabemos que arriesgaremos la vida cuando intentemos defender nuestra independencia, sabotear el espectáculo publicitario del poder y detener el avance de las reformas estructurales que pretenden “Mover a México” al doblegarlo, explotarlo, saquearlo y malbaratarlo. Es algo que habríamos podido prever desde un principio. El avance de las reformas es el del capitalismo neocolonial y neoliberal: un sistema de muerte que tan sólo puede avanzar a costa de la vida.

Psicologías de Ayotzinapa

Ayotzinapa

Conferencia pública en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, en Santiago de Chile, el 22 de octubre 2015. Publicada en Periferias. Revista de Psicología Critica y Critica a la Psicología, el 14 de diciembre 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción

La psicología contemporánea, que se entromete en todo, no sabe mantenerse al margen de los sucesos importantes de la actualidad. Cuando algo merece la atención de los medios masivos de comunicación, podemos prever que no tardará en ser también abordado psicológicamente. Habrá siempre algo psicológico preciso que hacer o decir con respecto a lo sucedido.

La actualidad se ha convertido en un asunto de incumbencia de los psicólogos, tanto de los científicos, académicos y profesionales, como de los empíricos improvisados, populares y profanos. Todos, al adquirir su cultura general, han aprendido a tratar psicológicamente lo que ocurre. Un acontecimiento será delirante o doloroso, merecerá empatía o angustia, y a menudo se reducirá al comportamiento de un sujeto caracterizado por su actitud, su personalidad, su sensibilidad, sus emociones, su inteligencia o su enfermedad mental. Incluso los entes impersonales, como la economía o los mercados financieros, tendrán estados de ánimo, estarán estresados o preocupados, excitados o deprimidos, ansiosos o indecisos, y se les tendrá que tratar con atención, control o serenidad. Tal acercamiento psicológico-psicoterapéutico a los mercados, que Gramsci describía como el recubrimiento de la economía por una púdica hoja de parra, alcanzó un grado sorprendente de elaboración durante la reciente crisis mundial.

Hay una psicología de la crisis como hay también psicologías de cada gran atentado terrorista en Occidente, de la Primavera Árabe, de la ola migratoria siria y de cualquier otro suceso importante de nuestra época. Estas psicologías pueden ser teóricas, descriptivas o diagnósticas, pero también prescriptivas, prácticas y terapéuticas. A veces operan psicoterapéuticamente a través de auténticas terapias individuales o grupales enfocadas a sus protagonistas, pero también, de modo figurado, a través de iniciativas políticas e incluso intervenciones militares persuasivas, instructivas, correctivas más que punitivas. Todos conocemos la visión cognitivo-conductual del mundo en la política exterior estadunidense. Esta política viene siempre acompañada por una psicología de lo que ocurre.

En todos los casos, tenemos acontecimientos que se tornan objetos de la psicología. Tal es el caso de Ayotzinapa en el contexto mexicano. De hecho, como intentaré mostrarlo, no sólo hay una psicología de Ayotzinapa, sino que hay varias distintas, diferenciadas y distanciadas entre sí. Me ocuparé aquí tan sólo de cuatro de estas psicologías que me parecen particularmente ilustrativas: una que tiende a la psicologización dentro y fuera del ámbito profesional-académico, otra que se limita únicamente al acompañamiento psicológico de los familiares y compañeros de los estudiantes, y otras dos, abiertamente comprometidas con su objeto, que se proponen el establecimiento de la verdad, la primera como parte de una movilización colectiva y la segunda mediante una reflexión crítica de índole más bien científico-académica.

El único denominador común de las cuatro psicologías que examinaremos es que se ocupan del aspecto psicológico de Ayotzinapa. Todo lo demás es diferencia insuperable. Como veremos, aparte de la psicología, no hay prácticamente nada en común entre los procesos respectivos de la psicologización, el acompañamiento, la movilización y la reflexión. Para introducir los dos últimos procesos, de hecho, necesitaremos pasar por una reformulación radical de la relación de la psicología con su objeto.

Psicologización

Ayotzinapa es el nombre de una Escuela Normal Rural en el estado mexicano de Guerrero. Es una institución educativa en la que estudian jóvenes pobres, mayoritariamente hijos de campesinos, para convertirse en maestros en zonas rurales. Algunos de estos jóvenes fueron perseguidos, atacados y arrestados por la policía el 26 de septiembre del año 2014 en la ciudad guerrerense de Iguala. El saldo fue de 7 muertos, 27 heridos y 43 desaparecidos.

En diciembre de 2014, tres meses después de los hechos en Iguala, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto (2014, 5 de diciembre) exhortó a “superar el momento de dolor” (párr. 2). Esta exhortación, bastante polémica en su momento, reducía la matanza y desaparición de estudiantes a un simple momento de dolor que además debería superarse. Un sentimiento momentáneo y superable remplazaba los hechos sangrientos. Estos hechos eran minimizados, pero también psicologizados, trasladados al plano de la psicología y de la psicoterapia.

La cuestión psicológica del momento de dolor se resolvía con la respuesta psicoterapéutica de la superación del momento de dolor. Gracias a esta psicologización de los hechos, ya no era necesario hacer justicia. Bastaba proporcionar servicios de atención psicológica y de apoyo psicoterapéutico a los familiares de los estudiantes asesinados y desaparecidos.

El problema empezó a resolverse al confinarse al psiquismo de los afectados. Al ser un problema estrictamente psicológico, su resolución podría conseguirse con facilidad gracias a los buenos oficios de los profesionales de la psicología. Quizás bastara con seguir la estrategia persuasiva del expresidente mexicano Vicente Fox (2015, 17 de marzo), quien se dirigió en marzo de 2015 a las madres de los estudiantes asesinados y desaparecidos para convencerlas de que “debían aceptar la realidad” y “no podrían vivir eternamente con ese problema en su cabeza” (párr. 3).

El problema estaría en la cabeza y no en la realidad que debe aceptarse. El problema no estaría en la causa del dolor, sino en su efecto mental. En el campo de la psicología profesional, se precisarán los conceptos y se nos dirá que el problema es el Trastorno de Estrés Postraumático de los padres. Fue al menos lo que explicó, en diciembre de 2014, Andrea Alonso, directora de la Fundación Mexicana de Lucha contra la Depresión, al ser entrevistada por Rodolfo Zapata (2014).

En la misma entrevista, Andrea Alonso recomendó cinco pasos para solucionar el problema: primero una “intervención en crisis grupal para el manejo de estrés”, luego una “evaluación de síntomas”, después “asistencia tanatológica”, en seguida “terapia psicológica especializada en el manejo de crisis a nivel individual”, y finalmente, sólo en “los casos que se determine, manejo psicofarmacológico” (Zapata, 2014, párr. 12-16). Todo esto permitiría, según reza el revelador título de la entrevista, “superar los eventos de Ayotzinapa desde un punto de vista psicológico” (párr. 1). La psicología permitiría entonces, literalmente, superar los eventos de Ayotzinapa y no sólo superar el dolor provocado por esos eventos.

Vemos bien de lo que se trata: la psicología no sólo resuelve el problema psicológico, sino también su causa, el problema social y político, los hechos sangrientos y la resultante crisis de Estado. Los eventos de Ayotzinapa son superados con el auxilio de la disciplina psicológica. Los psicólogos están ahí para ocuparse de la tragedia. Esto facilita las cosas. Damos terapia en lugar de hacer justicia. En lugar de juzgar a los culpables, ofrecemos atención psicológica a las víctimas. Es lo más lógico si consideramos, como psicólogos, que el problema es el Estrés Postraumático de los padres y no el asesinato y desaparición de los hijos.

De la psicologización al acompañamiento

Podemos disculpar a los psicólogos cuando consideramos que no son espiritistas y que no están capacitados para atender a los hijos, a los muertos y desaparecidos, y que por eso deben ocuparse únicamente de los vivos, de los padres y los familiares. Ciertamente sería injusto recriminar a los profesionales de la psicología por especializarse en el psiquismo de los vivos. Lo que sí podemos reprocharles es que reduzcan todo el problema a su esfera de especialización. En otras palabras, lo condenable es reducir Ayotzinapa a un momento de dolor, a un problema en la cabeza o al Estrés Postraumático de los padres, como hemos visto que ocurre.

Lo inaceptable no es atender el supuesto Estrés Postraumático, sino pretender que al atenderlo se pueden superar los eventos de Ayotzinapa. Esta pretensión, que hemos visto operar entre los políticos y no sólo entre los psicólogos, es la más nociva de las formas que reviste aquello que denominaremos la psicología de Ayotzinapa. Es la psicología como psicologización, como subjetivación de lo objetivo, como trivialización y minimización de la matanza y de la desaparición de estudiantes, como relativización y volatilización de los hechos reales, como confusión y mistificación de la verdad, como coartada para la política y como instrumento para desviar la atención y garantizar la impunidad. Afortunadamente, contra lo que uno pudiera esperar, no me parece que estas funciones hayan sido las dominantes o las más comunes en la psicología de Ayotzinapa, ni dentro ni fuera de los ámbitos académicos y científicos de México.

Hay que señalar que los familiares y compañeros de los estudiantes de Ayotzinapa sí han recibido atención psicológica. Sin embargo, no han aceptado la propuesta gubernamental, sino que su buen criterio les ha hecho elegir una psicología alternativa, menos perversa y perniciosa que la recién evocada, y la han encontrado en un programa de acompañamiento psicosocial de la ONG Médicos sin Fronteras. No parece incurrirse aquí en los vicios mencionados con anterioridad. Aparentemente, si nos fiamos de las palabras de la responsable del programa, no se intenta solucionar el problema ni remediar lo irremediable, sino que se busca tan sólo escuchar a los familiares y rendir testimonio de la manera en que sufren “pensamientos invasivos” y en que “han interrumpido sus vidas, sus familias, sus fuentes de ingresos”, en “una pesadilla continua,  sin metáforas, pese a la valentía que muestran” (Verza, 2015, párr. 10-11).

De hecho, cuando visitamos el sitio electrónico de Médicos sin Fronteras y examinamos las distintas versiones que dan sobre los hechos relacionados con Ayotzinapa, resulta evidente que no se intenta de ningún modo psicologizar el problema. Podemos aceptar, pues, que hay aquí un segundo tipo de psicología de Ayotzinapa, una psicología sin psicologización. Se trata de un simple acompañamiento en la indignación, en el sufrimiento, en el duelo.

Del acompañamiento al establecimiento de la verdad

Ignoro si el acompañamiento de los familiares y compañeros de Ayotzinapa se está realizando con la suficiente conciencia de que el trabajo de duelo sólo podrá llegar a realizarse a través de los pasos sucesivos del reconocimiento de la verdad, el fin de la impunidad, la reparación legal y el sostén de la memoria, como lo han mostrado muy bien Elizabeth Lira y sus colaboradores aquí en Chile (Lira y Weinstein, 1984; Lira, Weinstein y Rojas, 1987; Becker et al., 1990; Lira, 2010). Por lo pronto, en México, sólo podemos aspirar a dar el primer paso, el del establecimiento de la verdad. Habrá que dejar los siguientes pasos para el futuro, pero hay que tener presente que hacen falta. Es mucho lo que aún debemos hacer para dejar de sentirnos atrapados en lo que ocurrió.

Para seguir adelante, si es que se trata efectivamente de seguir adelante, hay que dar varios pasos que nos permitan al menos despertar de la pesadilla. No basta con superar un momento de dolor, como lo ordena Peña Nieto, ni con sacarse el problema de la cabeza, como recomienda Vicente Fox. La impaciencia, la insensibilidad y la estulticia de los políticos no les permiten comprender que los hechos de Iguala exigen un largo proceso en el que alcanzamos a distinguir varias etapas sucesivas fundamentales e imprescindibles. Y la primera de ellas, por cierto, no será necesariamente el manejo del estrés, como lo recomienda la cándida profesional Andrea Alonso.

Desde luego que puede ser necesario, en un principio, hacer aquello a lo que Alonso denomina manejo del estrés, pero esto es tan obvio que ni siquiera veo por qué habría que enfatizarlo en el caso de Ayotzinapa. En este caso, el énfasis me parece incluso un tanto sospechoso, pues me hace temer que se trate de un medio más, entre los tantos otros ya existentes, para desviar la atención de lo realmente importante en este primer momento. Lo que ahora importa, para dar un primer paso hacia adelante, no es manejar el estrés, sino aclarar lo ocurrido, explicar los hechos, establecer la verdad.

El establecimiento de la verdad será el propósito principal de los dos últimos tipos de psicologías de Ayotzinapa a los que deseo referirme. Notemos que hay aquí un asunto que nunca se le ocurrió mencionar a la profesional Andrea Alonso al enumerar los cinco pasos para superar Ayotzinapa. Esto es muy significativo. Aparentemente, según Alonso, podemos olvidarnos de la verdad y concentrarnos en el estrés y en los síntomas.

Se nos dirá que el establecimiento de la verdad no es el trabajo de psicólogos. Responderemos que éste es también el trabajo de los profesionales de la psicología. Los psicólogos, de hecho, ya estaremos ayudando a establecer la verdad al insistir en la necesidad y la importancia de hacerlo, y al dejar de confundir y distraer a las víctimas y a la sociedad con las referencias pomposas a nuestro supuesto saber del manejo del estrés, la asistencia tanatológica y el tratamiento farmacológico. Basta que dejemos de generar cortinas de humo para que ya sirvamos de algún modo al esclarecimiento de lo ocurrido. Como veremos en unos minutos, éste no es nuestro único medio para contribuir al establecimiento de la verdad, pero sí es un medio básico y efectivo que no puede faltar. Lo primero de lo primero, para descubrir la verdad, es dejar de encubrirla.

La verdad

Cuando me refiero aquí a la verdad, estoy pensando al mismo tiempo en los dos aspectos de la verdad a los que se refiere Elizabeth Lira (2010): por un lado, “la verdad judicial” que “es particular y posibilita identificar las circunstancias en que ocurrieron los hechos, las víctimas y los responsables en cada caso”; por otro lado, “la verdad de los sufrimientos, de los temores y sueños de las víctimas y la conexión de sus vidas con la historia de violencia, conflicto y resistencia en el país, permitiendo identificar los significados que estas experiencias han tenido y tienen para ellas” (p. 16). En el caso de Ayotzinapa, estos dos aspectos de la verdad, el fáctico-judicial y el histórico-psicosocial, resultan indisociables, no pueden pensarse el uno sin el otro y están internamente imbricados entre sí de tal modo que resulta sumamente difícil distinguirlos. Esta imbricación ha pasado a formar parte del meollo del caso, de lo más candente y polémico, y se ha convertido en uno de los factores movilizadores decisivos de la insurrección social contra el gobierno mexicano.

Hay que decir que allá arriba, en la esfera gubernamental, el establecimiento de la verdad, en sus dos aspectos fáctico-judicial e histórico-psicosocial, no ha sido sólo desatendido y postergado, sino deliberadamente entorpecido. Las autoridades gubernamentales, desde el nivel del policía municipal hasta el del Presidente de la República, se han dedicado más bien a maquillar y ocultar la verdad, lo que ha sido ya suficientemente denunciado por organizaciones no gubernamentales mexicanas, por gobiernos extranjeros e incluso por instancias internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la propia Organización de las Naciones Unidas. Para los voceros de estos organismos, llamar a establecer la verdad ha significado enfrentarse al gobierno mexicano, lo que debía ser previsible, considerando la manera en que se ha ido comprobando la implicación de varias esferas gubernamentales en la matanza y desaparición de estudiantes.

Primero se demostró la responsabilidad de las policías y autoridades municipales de la ciudad de Iguala, pero luego hubo suficientes pruebas de la participación de policías estatales y federales en los hechos violentos. Los mexicanos descubrimos también, atónitos, que todo el operativo había sigo seguido y controlado por la Procuraduría General de la República en la capital del país. Finalmente quedó evidenciada la participación activa del Ejército Mexicano, y por si quedara alguna duda, la autoridad militar máxima, el Secretario de la Defensa, insistió en que no se abrirían las puertas de los campos militares a observadores mexicanos y extranjeros, algunos de los cuales temían, con buenas razones, que los estudiantes, vivos o muertos, pudieran encontrarse en su interior.

La estrategia gubernamental de mistificación y encubrimiento no ha impedido que vaya estableciéndose la verdad. Este primer paso ya se está dando, y lo estamos dando colectivamente, trabajando en equipo, cada quien aportando lo que puede, su pieza del rompecabezas. Los expertos en asuntos militares desmienten las versiones del Ejército, los especialistas en narcotráfico excluyen que haya sido una acción de los cárteles de la droga, los físicos y los químicos desmontan la quimera de la supuesta incineración de los cadáveres en un vertedero, los historiadores evocan la represión gubernamental crónica de los estudiantes de Ayotzinapa, los psicólogos detectan lapsus y mentiras y contradicciones en las palabras de los portavoces del gobierno, los filósofos reconstituyen el silogismo que llevó a la conclusión trágica, los criminólogos y los politólogos descubren el móvil político del crimen, los artistas nos hacen revivir la escena y nos hacen ver todo lo que pasaba desapercibido. Los estudiantes plantean las preguntas adecuadas y nos ponen a trabajar a todos. Los campesinos y los obreros nos recuerdan que su vida no vale nada para el gobierno. A las abuelas no se les engaña. Los locos nos dan la certeza que nos faltaba. Es así como lo ocurrido se ha ido reconstruyendo gracias a todas y todos, especialmente las y los periodistas honestos. Ellas y ellos, como Carmen Aristegui y su equipo, son quienes más han hecho por el establecimiento de la verdad. Gracias a su valeroso trabajo que les ha valido la marginación y la persecución, poco a poco ha ido confirmándose lo que ya se sospechaba desde un principio.

El pueblo

Ha quedado claro que prácticamente todos los niveles del gobierno mexicano, desde los policías municipales hasta el Presidente de la República, estuvieron implicados de algún modo, por acción u omisión, en la matanza y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Es natural, por lo tanto, que los funcionarios gubernamentales hagan todo lo posible para encubrir la verdad. Y es también lógico, por lo mismo, que los voceros de organismos nacionales e internacionales se enfrenten al gobierno mexicano al insistir en la necesidad del establecimiento de la verdad. Es la misma situación en la que se han encontrado periodistas y activistas, muchos de ellos amenazados por las autoridades, y algunos incluso víctimas de homicidios que han conmovido a la opinión pública en México. Entre los asesinados más conocidos, están la activista Nadia Vera y el fotoperiodista Rubén Espinosa, así como los líderes magisteriales Claudio Castillo Peña y Nicolás Robles Pineda, todos ellos comprometidos con el amplio movimiento social por el establecimiento de la verdad en el caso de Ayotzinapa.

Si es que faltaba una confirmación, tenemos al criminal que se delata cuando intenta ocultar su primer crimen con otros crímenes. El asesinato de los testigos es el mejor testimonio de lo que se trata. Nicolás Robles es asesinado cuando protesta contra el asesinato de Claudio Castillo a manos de la policía. Claudio Castillo, a su vez, fue asesinado cuando protestaba contra la matanza y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Estos mismos estudiantes, por su lado, fueron asesinados y secuestrados cuando se movilizaban para protestar contra la matanza y desaparición de estudiantes el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

El gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que asesinó y negó haber asesinado a los estudiantes del 68, es el mismo que sigue asesinando y negando que asesina. Su negación de Ayotzinapa recuerda su negación de Tlatelolco y de tantas otras matanzas: Corpus Cristi, Acteal, El Bosque, Río Blanco. El rastro de sangre, el encadenamiento de matanzas, viene acompañado por una serie de negaciones gubernamentales, pero también por las incesantes afirmaciones y reafirmaciones populares. El pueblo no deja de insistir en que la verdad sea dicha.

Desde hace casi medio siglo, cada 2 de octubre, decenas de miles de estudiantes inundan las calles mexicanas para que se recuerde la matanza que nunca fue reconocida por el gobierno. La perseverante movilización de los estudiantes, monumento vivo de su memoria colectiva, los vincula estrechamente a quienes fueron asesinados en 1968. Son los mismos. Hay aquí una profunda identidad colectiva transgeneracional que se basa en la memoria colectiva y que ha reencarnado en los estudiantes de Ayotzinapa, los cuales, insistamos en ello, fueron asesinados y desaparecidos precisamente cuando estaban juntando recursos para participar en la gran marcha del 2 de octubre en la Ciudad de México.

La conmemoración de la matanza de Tlatelolco desembocó en la matanza de Iguala. El 26 de septiembre de 2014 fue por el 2 de octubre de 1968. El sacrificio de los primeros fue aquello por lo que ocurrió el sacrificio de los últimos. Ahora exigimos la verdad de Ayotzinapa como los de Ayotzinapa exigían la verdad de Tlatelolco. La verdad es la misma y somos los mismos los que luchamos, cada uno a su modo, para que se establezca. El psicólogo que opta por el establecimiento de la verdad no está solo. Ni siquiera es un individuo en el sentido estricto del término, sino que forma parte de aquello colectivo difuso que denominamos pueblo, que tiene una existencia transgeneracional y que viene de lejos, de muy lejos. Es ese pueblo el que insiste en la verdad a través del psicólogo como lo viene haciendo también a través de los estudiantes. Es el mismo sujeto, el mismo pueblo, y es también la misma verdad que no puede reducirse a un punto en la historia como el de los hechos violentos de Iguala.

Resulta muy difícil disociar aquí los dos aspectos de la verdad, el fáctico-judicial y el histórico-psicosocial, a los que se refiere Elizabeth Lira. Los hechos puntuales de Iguala resumen toda nuestra historia y no se pueden juzgar correctamente si hacemos abstracción de Tlatelolco y de todo lo que lo preparaba desde la Revolución de 1910 e incluso desde antes, desde las Guerras de Independencia y las resistencias contra la colonización. Los estudiantes asesinados y desaparecidos, hijos de campesinos e indígenas, eran quienes habían sobrevivido a 500 años de muerte y destrucción. Tan sólo podremos hacerles justicia al considerar que incluso vivos, ya eran víctimas, y que eran hijos y nietos de víctimas. El proceso judicial, en caso de que lo hubiera, tan sólo podría ser justo al considerar toda la densidad psicosocial de lo ocurrido, todos los agravantes históricos, toda la historia de agravios contra el pueblo mexicano. El gobierno actual es también culpable de 1968, y en cierto modo, por cierto, es también culpable de la violencia colonial en la que funda su arbitrariedad. El saqueo del siglo XVI no es muy diferente del de ahora. Las matanzas tampoco. Los criminales tan sólo cambian de vestido. El virrey colonial y el déspota republicano resucitan en Peña Nieto. Pertenecen a las mismas clases, a las mismas familias, a la misma trinchera. Es una y otra vez el mismo gobierno. Es el mismo de ayer y es por eso que debe repetir el ayer de modo casi ritual.

El gobierno repite la verdad que se resiste a recordar. Los estudiantes de Tlatelolco, reencarnados en los de Ayotzinapa, vuelven a morir por obstinarse en recordarnos la misma verdad. Y la historia es la misma con Rubén Espinosa, Nadia Vera, Claudio Castillo y Nicolás Robles, todos ellos mártires de la verdad. El establecimiento de la verdad, siempre la misma verdad, cobra más víctimas en cada nueva generación.

Movilización

Una vez más, desde septiembre de 2014, buscar el esclarecimiento de lo ocurrido en Iguala implica un enfrentamiento directo con el gobierno que intenta impedir tal esclarecimiento. Esto ha hecho que la movilización social por Ayotzinapa se convierta en un amplio movimiento antigubernamental en el que evidentemente hay participación de profesionales, académicos y estudiantes de psicología. Esta participación ha sido sustancial, aunque no resulte fácil medirla. Sólo podría señalar que hay decenas de facultades y departamentos de psicología que se han movilizado una y otra vez en todo México, entre 2014 y 2015, para exigir el establecimiento de la verdad y para protestar contra el gobierno que se opone a tal establecimiento. Los movilizados exigen también la aparición de los desaparecidos, manifiestan su apoyo a los compañeros y familiares de los estudiantes, y a veces emiten mensajes con profundas implicaciones psicosociales en planos como los de la emoción, la motivación, la atribución, la actitud o la identidad.

Una manta dice que “Ayotzinapa nos duele a todos”. Una pinta agrega, en el mismo sentido, que “su dolor es nuestro dolor” y que “nuestra es también su digna rabia”. Se insiste en cada muro: “Ayotzinapa, ni perdón ni olvido”. Se explica: “nos quitaron tanto, que nos quitaron el miedo”. Se plantean preguntas penetrantes, como “qué cosecha un país que siembra cuerpos”, o “cuál es el futuro en un país donde el estado mata a sus estudiantes”, o “por qué nos asesinan si somos el futuro de América Latina”. Sin embargo, también se confiesa que “no se teme a la represión del Estado, sino al silencio del pueblo”, y se alerta que “el peor asesino es la indiferencia”. Pero no se deja de advertir en tono amenazante: “cuando un pueblo reacciona, no hay ni habrá Estado capaz de soportarlo”. O bien: “quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”. Y se confirma: “por cada vida apagada, mil conciencias despiertan”.

Muchas de las fórmulas que acabo de citar aparecieron de pronto en el movimiento social, otras se retomaron de movilizaciones anteriores y algunas más han sido importadas de otras luchas en América Latina. En todos los casos, las consignas, mantas y pintas evidencian profundas intuiciones psicológicas, y no caen en la psicologización, minimización y banalización de los hechos. Nos enseñan otra forma de hacer psicología. Las expresiones del movimiento social también esbozan a veces procesos psicosociales más respetuosos y promisorios, y sin duda menos equívocos y sospechosos, que las técnicas psicoterapéuticas del manejo del estrés, la asistencia tanatológica y el tratamiento farmacológico.

Revisemos brevemente las indicaciones que se nos dan. En lugar de ingerir fármacos, hay que recolectar los frutos de los cuerpos que se entierran. En lugar de asistencia tanatológica, tenemos el despertar de una conciencia por cada vida apagada. En lugar de manejar el estrés, se trata de adoptar la digna rabia, compartir el mismo dolor, atrevernos a ser nosotros y aceptar al fin que nos quitaron tanto, que nos quitaron el miedo.

Como vemos, en contraste con la palabrería convencional de la psicología y la psicoterapia, el movimiento social nos ofrece originales aproximaciones psicológico-psicoterapéuticas al caso de Ayotzinapa que deberían ser tomadas muy en serio. Ésta es la forma social movilizada que ha tomado la psicología de Ayotzinapa que busca el establecimiento de la verdad. Pero la misma psicología se ha manifestado al mismo tiempo, de modo paralelo, en otra forma de la que me ocuparé ahora para terminar mi pequeño análisis.

Reflexión

Para buscar el establecimiento de la verdad, la psicología no sólo se ha movilizado con otros sectores sociales en calles y plazas públicas. También ha tomado su distancia con respecto al resto de la sociedad y se ha concentrado en un trabajo particular en su ámbito profesional y académico. Es aquí en donde la hemos visto revestir una forma reflexiva que tal vez no tenga siempre la penetración de la forma social movilizada, pero que muestra una mayor precisión conceptual y también una mayor elaboración teórica, lo que tal vez haga que resulte más aceptable y comprensible para los científicos y profesionales en el campo disciplinario psicológico.

Tal vez mi trabajo personal pueda servir para ilustrar la implicación reflexiva de la psicología mexicana en el tema de Ayotzinapa. Tan sólo tres semanas después de los hechos sangrientos en Iguala, dicté una conferencia en Sao Paulo en la que recurrí a Marx y a Lacan al analizar la forma en que los discursos gubernamentales y periodísticos habían preparado el ataque contra los estudiantes al presentarlos como problemáticos, inútiles y prescindibles para el sistema capitalista (Pavón Cuéllar, 2015a). Me ocupé nuevamente de la cuestión en los meses siguientes a través de varias charlas y publicaciones. Primero me esforcé en comprender cómo es que la sociedad había intuido tan pronto, antes de cualquier indicio, la responsabilidad efectiva del Estado Mexicano en los hechos de Iguala (Pavón-Cuéllar, 2014, 14 de noviembre). Después intenté poner en evidencia tal responsabilidad a través de un análisis de algunos discursos de funcionarios y líderes políticos (2014, 18 de noviembre). Estos mismos discursos me sirvieron ulteriormente para contraponer la promoción gubernamental del olvido y la insistencia social en una memoria colectiva que sería indisociable de nuestra identidad colectiva y que se haría valer una y otra vez, incansablemente, con la consigna de “Todos somos Ayotzinapa” (2014, 16 de diciembre).

En trabajos más recientes, retomando la teoría marxista y el psicoanálisis lacaniano, volví a ocuparme de los hechos de Iguala al denunciar formas reales, imaginarias y simbólicas de violencia estructural en el sistema simbólico económico-político del capitalismo neoliberal contemporáneo (Pavón Cuéllar, 2014). También examiné posteriormente cómo este sistema, pese a su fuerza y a sus esfuerzos, no ha conseguido liquidar la resistencia del intrincado nudo cultural-histórico de Ayotzinapa, en el que se imbrican estrechamente los sufrimientos del mundo indígena, los ideales de la Guerra de Independencia y las aspiraciones de la Revolución Mexicana (2015b). Por último, en una reflexión más teórica y epistemológica, he alertado sobre el peligro de la psicologización y de la comprensión psicológica de lo ocurrido, pero también he subrayado la necesidad de indagación de aquello incomprensible que podría significar Ayotzinapa en la psicología (2015c).

Algunas de mis reflexiones han sido presentadas en eventos especiales dedicados al establecimiento de la verdad en los hechos de Iguala. Tan sólo en mi Facultad de Psicología, en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, se han realizado ya dos jornadas por Ayotzinapa con ponencias, conferencias y mesas redondas, la primera a principios de 2015 y la segunda en el primer aniversario de los hechos. Ya el 15 de diciembre de 2014, en la capital del país, el Círculo Psicoanalítico Mexicano organizó una mesa de reflexión y debate con el sugestivo título “Ayotzinapa: cuando los desaparecidos no terminan de aparecer y aparecen los que no se esperaban: 43+6”. Poco después, durante el Quinto Congreso Internacional de Psicoanálisis en la Universidad Autónoma de Querétaro, un ponente atribuyó los hechos de Iguala a un Estado que obraría como padre primordial filicida (Roldán Ubando, 2015).

Pocos meses antes del congreso en Querétaro, la revista electrónica Teoría y Crítica de la Psicología publicó una sección especial sobre el tema en la que se encontraban artículos de varias tendencias teóricas. Los autores de los artículos reflexionaron especialmente sobre la movilización por Ayotzinapa. La concibieron, por ejemplo, como una evidencia de la falta de hegemonía y liderazgo del Estado Mexicano (Merino, 2015), como efecto de la revelación sintomática de una verdad social estructural (Hernández, 2015), como intento de mantener con vida las mismas huellas que el gobierno se esforzaría en borrar (Soria Escalante y Orozco Guzmán, 2015), como signo del horror a la aniquilación y de la memoria histórica de los muertos en los que se reconocería el propio ser (Moncada, 2015) y como ejercicio de reconsideración de la diferencia y de la identidad ante el dilema de ser o no ser Ayotzinapa (Zarco Hernández y Capulín Arellano, 2015). Esta colección de artículos constituye, hasta donde yo sé, la más importante muestra colectiva de aquella psicología de Ayotzinapa que se ha mantenido reflexivamente comprometida con el establecimiento de la verdad.

Conclusión

¿Pero por qué estamos tan seguros del compromiso con la verdad de los artículos a los que nos hemos referido? En primer lugar, porque todos presuponen la necesidad de esclarecimiento de lo ocurrido como única vía para el tratamiento efectivo del aspecto psicológico del problema. En segundo lugar, porque todos ellos parten del reconocimiento de lo que ya se ha esclarecido hasta hoy, de lo que ya está fuera de cualquier duda, esto es, la responsabilidad del Estado en los hechos sangrientos de Iguala. Este reconocimiento más o menos explícito hace que la psicología comprometida con la verdad se encuentre, por un lado, en disonancia con respecto a la psicologización de Ayotzinapa en Peña Nieto, Fox y Alonso, y, por otro lado, en consonancia con los propios estudiantes de Ayotzinapa y con aquellos que se han movilizado por ellos.

Los psicólogos pueden coincidir con las víctimas y con el movimiento que no las olvida. Es una manera de mantener vivos a los muertos al recordarlos colectivamente, al situarse en la genealogía de sus reencarnaciones y al realizar así la consigna callejera de “todos somos Ayotzinapa” en el interior mismo del ámbito académico-científico. Pienso que ahora, en las presentes circunstancias, ser Ayotzinapa es el mejor acompañamiento que un psicólogo puede ofrecer a los compañeros y familiares de los asesinados y desaparecidos.

Cuando somos Ayotzinapa, entendemos que Ayotzinapa no es algo que pueda remediarse con el manejo del estrés, así como tampoco es un momento de dolor que pueda superarse ni un sentimiento que pueda sacarse de nuestras cabezas. No podríamos sacar a Ayotzinapa de nuestras cabezas sin perdernos, vaciarnos, extraernos de nosotros mismos. Tampoco podríamos superar el momento de dolor sin dejarnos atrás, rezagados, en ese pasado al que se relega siempre a campesinos e indígenas mexicanos como los que estudian en Ayotzinapa. Y remediar Ayotzinapa, ya sea con el manejo del estrés o con cualquier otra técnica, sería lo mismo que suprimirnos. Es quizás por todo esto que los mexicanos se aferran al nombre de Ayotzinapa, como se aferran también al de Tlatelolco. Sería una manera de preservarse a sí mismos colectivamente contra los embates alienantes de la evangelización, la colonización, la occidentalización, la mercantilización, la explotación, la opresión, la globalización y ahora también la psicologización. La psicología no podrá lo que no pudo el cristianismo.

Referencias

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Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”

Conferencia magistral en el marco del VI Congreso de Ciencias Sociales y Humanidades, en el Auditorio Pedro de Alba de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, 20 de octubre 2015

David Pavón-Cuéllar

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Aspectos teóricos, metodológicos y políticos de la cientificidad

No se ha llegado a ningún consenso definitivo en torno a la cientificidad de las ciencias humanas y sociales. Hay, en un extremo, quienes las aceptan de modo general como disciplinas plenamente científicas. Pero hay también, en el otro extremo, quienes rechazan en bloque sus pretensiones de cientificidad y las reducen a vanos simulacros de ciencia. Entre los dos extremos, tenemos a quienes distinguen entre las auténticas y las inauténticas ciencias humanas y sociales. Aquí el criterio distintivo es también un asunto altamente polémico. La cientificidad podrá estribar en condiciones tan disímiles y a veces tan contradictorias como la objetividad, el carácter verificable y replicable, el poder predictivo, la refutabilidad o falsabilidad, la precisión y la claridad, el sustento argumentativo, la consistencia interna, la capacidad explicativa, la disposición interpretativa y comprensiva, la reflexibilidad y hasta la tensión autocrítica.

La cuestión epistemológica de la cientificidad de las ciencias humanas y sociales, tal como ha sido planteada y replanteada sin cesar, no es tan sólo una cuestión de índole teórica, sino también de carácter práctico, y esto en dos sentidos totalmente diferentes. Por un lado, en un sentido metodológico, se discute qué métodos pueden asegurar la cientificidad de las ciencias humanas y sociales. Tenemos aquí las batallas interminables entre las trincheras enemigas de quienes defienden lo cualitativo y lo cuantitativo, lo inductivo y lo deductivo, lo analítico y lo sintético, lo explicativo y lo comprensivo, lo hipotético y lo fundamentado, lo hermenéutico y lo empírico, lo observacional de campo y lo experimental de laboratorio.

La misma cuestión de la cientificidad de las ciencias humanas y sociales, por otro lado, tiene un carácter práctico en el sentido político del término. Los fines y los efectos en la sociedad y en la historia son entonces aquello en función de lo cual se discute si las ciencias humanas y sociales merecen efectivamente el nombre de ciencias. Lo científico se debate entre opciones políticas opuestas: lo pretendidamente apolítico y lo abiertamente político, lo neutral y lo posicionado, lo contemplativo y lo participativo, lo confirmativo y lo crítico, lo reproductivo y lo subversivo, lo conservador y lo progresista, lo descriptivo y lo transformador.

Vinculaciones entre las opciones teóricas, metodológicas y políticas

Las opciones políticas tienden a vincularse con ciertas opciones teóricas y metodológicas de las ciencias humanas y sociales. Sin embargo, contra lo que suele creerse, no hay una correspondencia necesaria y esencial entre los tres planos de la política, la metodología y la teoría. Ciertamente, cuando fundamos la cientificidad en el carácter objetivo y en el poder predictivo de nuestras conclusiones, tendremos buenas razones para preferir los métodos empíricos, experimentales y cuantitativos, y para optar políticamente por cierta neutralidad valorativa, más reproductiva que subversiva, y más descriptiva que transformadora. Pero también es posible que un proyecto político de subversión y transformación, bien justificado por una concepción de la ciencia como práctica militante, requiera datos duros, números y experimentos, y favorezca la predicción y la objetividad, aunque sea únicamente con ciertos fines estratégicos o persuasivos. Por ejemplo, si queremos demostrar jurídicamente y denunciar públicamente la grave manipulación de las informaciones en los noticiarios de Televisa o en el periódico Milenio, conviene que no prescindamos de métodos cuantitativos estadísticos, y que al menos algunas de nuestras observaciones muestren la mayor objetividad e incluso nos permitan prever con exactitud las distorsiones de futuras noticias. Quizás tan sólo así podamos asegurar que nuestra investigación tenga impacto público y peso jurídico.

Ahora bien, aunque no haya una correspondencia esencial y necesaria, sí hay ciertos vínculos intrínsecos determinantes e insoslayables entre los planos teórico, metodológico y político. Estos vínculos hacen que algunas teorías y algunos métodos, aparentemente neutrales e imparciales, impongan o excluyan ciertas opciones políticas, vehiculen formas de acción social y tengan consecuencias directas en el desequilibrio de fuerzas del campo cultural histórico. Es lo que intentaré mostrar ahora, en los siguientes minutos, en el caso preciso del análisis textual en las ciencias humanas y sociales.

Veremos cómo tres distintos enfoques teórico-metodológicos analítico-textuales, el análisis de contenido, el de discurso y el crítico de discurso, nos orientan respectivamente a las opciones políticas de reproducción, justificación e impugnación del sistema ideológico-discursivo dominante, al menos cuando se utilizan para analizar textos atravesados y articulados por este sistema. Finalmente nos preguntaremos cómo ir más allá de la impugnación crítica para posibilitar una transformación práctica en el campo del análisis textual. A cada paso de nuestra breve reflexión, intentaré ilustrar lo reflexionado a través de incursiones analíticas puntuales en una frase que ha resonado una y otra vez en México desde el mes de diciembre del año 2012. Me refiero a la consigna sistémica “Mover a México”, eslogan del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Reproducción

Empecemos por el análisis de contenido y veamos qué puede enseñarnos acerca del “Mover a México” de Peña Nieto. Al someter este eslogan a un análisis de contenido, lo primero que podemos hacer es intentar comprender lo que significa, lo que quiere decir, lo que Peña Nieto y su equipo intentan comunicarnos a nosotros como ciudadanos y futuros votantes. Nos diremos, por ejemplo, que la frase “Mover a México” busca transmitir el dinamismo del proyecto de país de Peña Nieto, su énfasis en el movimiento inherente a las reformas estructurales y al desarrollo económico del país.

“Mover a México” sería desarrollar a México, reformarlo, transformarlo, modernizarlo, desbloquearlo, permitirle escapar a sus inercias, inhibiciones e inmovilismos. Al decir todo esto, ya estamos haciendo un análisis de contenido, es decir, un análisis de lo que suponemos que hay dentro del texto que analizamos, ya sean significados, ideas o mensajes, o bien, de manera más precisa, correlatos de nociones teóricas provenientes de nuestro campo disciplinario en las ciencias humanas y sociales. Un psicólogo como yo, por ejemplo, bien podría sostener que el “Mover a México” refleja deseos de cambio y sentimientos de impaciencia, un ánimo activo y prospectivo, una actitud positiva hacia el movimiento, una orientación política progresista y no conservadora, una representación unitaria y dinámica del país.

Al hacer un análisis de contenido, creemos descubrir el contenido, el sentido, la significación cognitiva o denotativa de las palabras, de los significantes discursivos que analizamos. El “Mover a México” significaría todo lo que hemos dicho, como la impaciencia o el dinamismo, o la promesa de progreso y desarrollo. ¿Pero es verdad que el “Mover a México” significa todo eso? ¿La impaciencia y el desarrollo son verdaderamente ideas o cosas, pensamientos o sentimientos, realidades, significados cognitivos o denotativos del significante discursivo “Mover a México”? ¿Acaso la impaciencia y el desarrollo no son también significantes discursivos?

¿Acaso la impaciencia y el desarrollo, al igual que el progreso y el dinamismo y todo lo demás que señalamos, no son más palabras, puras palabras, palabras analizadoras que se agregan a las palabras analizadas “Mover a México”? Y al agregarse a ellas, ¿acaso no las continúan, las prolongan, las corroboran en un discurso tautológico, repetitivo, redundante, reproductivo del sistema? Éste suele ser el discurso producido por los análisis de contenido.

Al descubrir lo que el discurso analizado supuestamente quiere decir, el buen analista de contenido lo hace decir muchas más cosas que dicen aproximadamente lo que ya dice. Las palabras del analista, en efecto, deben decir aproximadamente lo mismo que ya dice el discurso analizado, pues tan sólo así pueden hacerse pasar por su contenido o significación. Es así como el discurso puede prolongarse, continuarse, perpetuarse con supuestas ideas que son en realidad más palabras que sólo confirman las palabras analizadas y que así reproducen el sistema ideológico-discursivo dominante que las rige. Este sistema dispone ahora de otro portavoz en la figura del buen analista de contenido.

En el eslogan analizado, el analista de contenido une su voz a la de Peña Nieto, desarrolla lo que dice, lo confirma y lo reafirma al decir lo que supuestamente quiere decir. “Mover a México” ya no es tan sólo “Mover a México”, sino también “Cambiar a México”, transformarlo, desarrollarlo, hacerlo progresar y avanzar, desbloquearlo, desinhibirlo, despertarlo. Es como si la campaña gubernamental continuara en los buenos oficios del analista de contenido. Su función, perfectamente bien integrada en el sistema, es dedicarse a decir todo lo que el sistema y sus representantes quieren decir.

Si quisiera oponerse al sistema ideológico-discursivo dominante al contradecir el discurso analizado, el analista de contenido tendría que ser un mal analista de contenido, pues debería suponer que el discurso quiere decir algo que de algún modo contradice lo que dice. Un analista de contenido que descubriera cierto despotismo en la consigna de Peña Nieto podría ser cuestionado con bastante facilidad. ¿Por qué el “Mover a México” significaría despotismo? ¿Necesitamos de un déspota para mover al país? ¿Acaso el país no puede moverse por sí mismo a través de un gobierno como el ofrecido por Peña Nieto? ¿En qué se basa la supuesta significación despótica del “Mover a México”?

El movimiento no puede querer decir despotismo por sí mismo… No habría manera de refutar ni esta objeción ni otras análogas cuando hacemos análisis de contenido. Al optar por este método, estamos excluyendo cualquier posibilidad de crítica e impugnación directa de lo analizado. Nos estamos condenando a la reiteración con otras palabras. Y cuando lo reiterado es un texto sistémico y no contra-sistémico, su análisis reiterativo implica lógicamente una opción política por la reproducción del sistema ideológico-discursivo dominante.

Justificación

Considero, pues, que al analizar discursos articulados por el sistema ideológico-discursivo dominante, la opción metodológica por el análisis de contenido implicará de algún modo una opción política por la reproducción del sistema. Para no caer en esta reproducción, habrá que renunciar al análisis de contenido propiamente dicho. ¿Pero entonces cómo abordaremos el texto que debemos analizar?

Una vez que descartamos el análisis de contenido, el primer método que se nos ofrece como alternativa es el análisis de discurso. Este análisis ya no inquiere lo que el discurso analizado supuestamente quiere decir, sino que se concentra en lo que dice. Analiza las palabras y no las supuestas ideas detrás de las palabras, es decir, los significantes discursivos y no sus pretendidos significados cognitivos o denotativos.

En lugar de hacer conjeturas acerca de lo que el emisor tiene en mente al transmitir su mensaje, el analista de discurso examina el mensaje textual, su composición y su organización interna, sus elementos y las relaciones entre sus elementos. Lo que interesa es la consigna presidencial, el “Mover a México”, y no lo que podría significar “Mover a México”. El análisis de discurso consecuente no tiene derecho a encontrar aquí ni un sentimiento de impaciencia, ni una cualidad como el dinamismo, ni una promesa de progreso y desarrollo. Todo esto no está presente de manera textual en el discurso, y, por lo tanto, no es objeto del análisis de discurso.

El único objeto válido para el análisis de discurso es el Mover a México”, es decir, las tres palabras sucesivas: “Mover…, a…, México…”. Lo que hay aquí, entiéndase bien, es el mover, el movimiento, y no el desarrollo ni el proceso ni el dinamismo ni la impaciencia. No hay palabras diferentes de las empleadas por Peña Nieto y por su equipo. Sólo existe lo que dicen y no lo que supuestamente quieren decir al decir lo que dicen.

Ahora bien, si dejamos de interesarnos en lo que significan las palabras, ¿qué diablos podremos decir acerca de las palabras? Como analistas de discurso, señalaremos, por ejemplo, que el “Mover a México” se contrapone a la inmovilidad y enfatiza el movimiento, y que se trata de un movimiento que incide en un país descrito en bloque, de manera singular y unitaria, como aquello que recibe el movimiento, que es movido. También podríamos subrayar, en el mismo sentido, que el eslogan no invoca ni a los individuos ni a las clases ni al mundo, sino a México. El acento está puesto en el país y en su movimiento.

Podríamos continuar indefinidamente con observaciones análogas acerca del “Mover a México”. Esta clase de observaciones muestran claramente lo que se hace al realizar un análisis de discurso. Lo que se hace no es comprender, como en el análisis de contenido, sino describir y explicar, pero sólo en el sentido etimológico del término, es decir, extender, desplegar, desenvolver lo explicado. Esto requiere de un amplio trabajo parafrástico. El resultado puede parecernos tedioso, pero no es por ello menos efectivo, demostrativo y esclarecedor, especialmente cuando nos ocupamos de grandes cuerpos discursivos en los que podemos examinar la estructura textual, sus términos literales y sus relaciones recíprocas.

Independientemente de la amplitud de los textos, el análisis de discurso consigue llamar la atención sobre aspectos que pasan desapercibidos a simple vista. El material analizado se desenvuelve ante nuestros ojos y nos muestra múltiples detalles que se mantenían ocultos, disimulados, antes de que hubiéramos analizado el discurso, es decir, antes de que lo hubiéramos explorado, expuesto, comentado, glosado y elucidado, pues de todo esto es de lo que se trata en la explicación analítica discursiva. Esta explicación es indispensable cuando queremos incursionar en un discurso, pero plantea un serio problema de índole política cuando se basta a sí misma, cuando es el único método que utilizamos, cuando es todo lo que hacemos al analizar un texto articulado por el sistema discursivo-ideológico dominante.

Cuando nos limitamos a explicar un texto sistémico, nuestra explicación puede operar también como una forma de justificación de lo que explicamos. Pensemos en el caso del “Mover a México” de Peña Nieto. Explicar parafrásticamente su énfasis en el país y en el movimiento es una manera de justificarlo a partir de sí mismo y de su perspectiva, en función de su propia estructura, con base en sus mismas razones y argumentos. Le permitimos a Peña Nieto y a su equipo, y también al sistema discursivo-ideológico dominante del que son portavoces, que se expliquen a través de nuestro análisis de discurso. Esto hace que nuestro análisis nos condene a una posición política de justificación del sistema discursivo-ideológico dominante.

No es tanto que nosotros nos convirtamos en voceros del sistema y lo justifiquemos tal como lo reproducíamos en el análisis de contenido. Se trata más bien de que le permitamos al sistema explayarse, explicarse, justificarse, darse a entender y exponer sus razones a través de nuestro análisis. Digamos que nuestro arduo trabajo analítico permite que el sistema discursivo-ideológico exprese con tiempo y detenimiento, de manera detallada, bien fundamentada, precisa y coherente, lo que debe formular con cierta precipitación a través del eslogan. El “Mover a México” puede así justificarse a través de los analistas de discurso que se limitan a ejecutar su análisis.

Impugnación

Por fortuna el análisis de discurso no conduce necesariamente a la posición política de la justificación del sistema discursivo-ideológico dominante. Puede llevarnos al posicionamiento contrario, el de la impugnación del sistema, cuando nos atrevemos a tomar la palabra, diferir de lo analizado y denunciar al enunciar lo que explicamos. Lo que hacemos entonces ya no es tan sólo un análisis de discurso, sino un análisis crítico de discurso, es decir, un análisis posicionado, tensionado y flexionado por el cuestionamiento de lo analizado.

Para criticar un discurso, hay que empezar por analizarlo. Pero el análisis, incluso antes de la crítica, no debe ser cualquier análisis. No debe analizarlo todo por igual, de manera indiferente, manteniendo la atención flotante. Si uno quiere criticar, deberá centrar su atención desde un principio, como es lógico, en lo criticable.

¿Y qué será lo criticable? Por un lado, será lo formalmente problemático en sí mismo, esto es, lo incompleto, lo fragmentado, lo impreciso, lo vago, lo ambiguo, lo inconsistente, lo discordante, lo contradictorio, lo paradójico, lo errático, lo absurdo, es decir, todo aquello en lo que se concentra una lectura sintomal como la propuesta por Althusser. Por otro lado, lo criticable será lo formalmente problemático no en sí mismo, sino para nuestra posición política, es decir, aquello que juzgamos inadmisible o indignante, aquello que nos ofende o contra lo que luchamos, aquello que se contrapone a nuestra orientación en la sociedad y en la historia. Todo esto no podrá ser impugnado, a través de un análisis crítico, sin haber sido antes detectado en el discurso a través del trabajo analítico.

El análisis de discurso, para ser crítico, deberá empezar por analizar el material textual de tal modo que ponga en evidencia lo que resulte susceptible de crítica. Este elemento criticable puede ser detectado incluso en un discurso tan breve como el eslogan de Peña Nieto. El “Mover a México”, en efecto, presenta detalles reveladores para un análisis crítico de discurso. Me referiré brevemente a cinco de estos detalles.

  1. En primer lugar, notemos que “Mover a México” es una expresión en infinitivo, impersonal, sin sujeto, de tal modo que no sabemos exactamente qué o quién mueve a México. Tan sólo se nos informa que se trata de “Mover a México”. Está sobreentendido que alguien o algo lo mueve, pero no se nos dice qué o quién. Lo único suficientemente claro es que México no se mueve por sí mismo, sino que se le mueve desde afuera, desde el exterior. ¿Pero qué o quién lo mueve? ¿Es el gobierno? ¿O quizás el dinero, la finanza, el capitalismo globalizado? ¿Serán los Estados Unidos? ¿O quizás una organización criminal que esté controlando el gobierno del país? No lo sabemos, pero hay evidentemente algo muy preocupante que se está revelando en el eslogan, y es que alguien o algo desconocido moverá exteriormente a México a través de tantas reformas estructurales y otros movimientos análogos, y no se nos aclara qué es o quién es, quizás porque es mejor no aclararlo, porque hay algo ahí que no debe decirse, que no nos gustaría escuchar, que provocaría inconformidad entre nosotros los ciudadanos y futuros votantes.
  2. Otro detalle preocupante es que tampoco se nos explica para qué o hacia dónde “Mover a México”. El movimiento es el único propósito explícito. Lo importante es mover al país, como si el movimiento de México fuera bueno en sí mismo, como si diera igual para qué se le mueve o hacia dónde se le mueve. Y sin embargo, esta cuestión resulta fundamental, pues existe el riesgo de que se pretenda “Mover a México” hacia atrás o hacia abajo, hacia el abismo, hacia el despeñadero, o simplemente hacia el mercado en el que se le venderá por partes a compradores mexicanos y extranjeros.
  3. Un tercer detalle preocupante, que también deberá ser detectado en el análisis, es la posición pasiva del país en el eslogan. En el “Mover a México”, México es objeto y no sujeto de la frase, es lo movido y no lo moviente. México no es lo que se mueve por sí mismo como uno esperaría en una perspectiva soberana y democrática, sino que es aquello movido por alguien más o por algo más. Y hay que insistir en que ni siquiera sabemos qué o quién habrá de mover a México. Tan sólo se nos dice que México será el objeto pasivo de un movimiento que no será su propio movimiento. Esto es muy grave, especialmente cuando consideramos que no conocemos el agente del movimiento, ni tampoco la razón, el propósito y la meta. Sólo sabemos que se trata de que alguien o algo desconocido mueva al país con objetivos también desconocidos y hacia un destino igualmente desconocido, y todo esto en lugar de permitir simplemente que México se mueva por sí mismo hacia donde él quiera y con el propósito que mejor le parezca.
  4. Un cuarto detalle es que el “Mover a México” se refiere al país, a México, pero no a los mexicanos. Aunque esté interpelando a los ciudadanos y a los futuros votantes, no alude a ellos ni a ninguna otra persona, lo que hace que se distinga claramente, por ejemplo, de las consignas electorales de los antiguos contrincantes de Peña Nieto, “Un México para todos” de Josefina Vázquez Mota, y “El cambio verdadero está en tus manos” de Andrés Manuel López Obrador. Estos candidatos no olvidaron a las personas o al menos a los votantes de quienes querían los votos, a quienes interpelaban de manera directa. El Peje hablaba de ti mientras que la panista prefería mencionar a todos, pero Peña Nieto extrañamente no habla de nadie. Es como si no le importaran las personas, los habitantes del país, sino el país, el botín. Es también como si el equipo de Peña Nieto, que obviamente ya está pensando en los próximos procesos electorales, no requiriera de los votantes potenciales y no fuera a ganar las futuras elecciones con personas que deciden su voto y van a votar, sino con algo diferente, quizás con el voto duro impersonal, o con el miedo y los cadáveres, o con las despensas y el dinero distribuido a izquierda y derecha. Sea lo que fuere, el caso es que aquí falta el pueblo, el demos de la democracia. Faltamos nosotros. O más bien estamos dentro del paquete completo de México, dentro del contenedor, como cualquier mercancía. Nos encontramos aquí dentro de este México movido por alguien o por algo desconocido y sin propósito ni destino conocido. Todo parece haberse decidido por encima de nuestras cabezas.
  5. Me gustaría llamar su atención, para terminar, sobre un quinto detalle. Notemos que se trata de “Mover a México” y no de transformarlo, tal vez porque verdaderamente no hay un objetivo de transformación, de cambio, sino sólo de movimiento, desplazamiento, desalojo. Para desalojar a México, mejor no cambiarlo. Tal como está, será más fácil moverlo, empaquetarlo, transportarlo, exportarlo, venderlo. Todo esto requiere que México siga siendo el que es, con sus corrupciones e injusticias, con sus miserias y carencias, con sus ilegalidades e impunidades.

Una vez que nuestro análisis ha detectado los cinco detalles que acabo de mencionar, podemos pasar al planteamiento de una hipótesis que nos permita dar concreción y sustantividad a nuestra crítica del eslogan analizado. Notemos bien que tal hipótesis aparece al final, cuando ya hemos hecho nuestro análisis, y no al principio, como hubiera ocurrido en un análisis de contenido y en su perspectiva metodológica generalmente hipotético-deductiva. Un análisis de contenido permite corroborar la hipótesis, mientras que el análisis crítico de discurso tan sólo permite generarla.

Hacia la transformación

¿Pero cómo pasar del análisis a la hipótesis? Este pasaje se hará cuando respondamos hipotéticamente las interrogantes que hayan surgido en el análisis, y dependerá evidentemente de nuestra precisa opción política, de nuestro posicionamiento, de nuestras convicciones y de la dirección que deseamos imprimir a la sociedad. Todo esto determina la hipótesis, pero no debería permitirnos prescindir de un análisis previo. Sin el momento analítico y crítico, el planteamiento hipotético degeneraría en un simple discurso doctrinario, partidario y militante. Este discurso puede afirmar lo que uno quiera, mientras que la hipótesis debe fundarse en el análisis crítico de discurso.

Es importante saber también que aquí, en un análisis crítico de discurso, la hipótesis resulta inverificable en el marco estricto del análisis en el sentido corriente del término. Como ya se hizo el análisis, ¿cómo la vamos a verificar? Tan sólo podrá verificarse después del análisis, en la historia, en la práctica, por sus efectos de transformación. Es la continuación del análisis por otros medios en donde la impugnación crítica puede corroborar su hipótesis al posibilitar una transformación práctica en el campo del análisis textual.

La opción política transformadora presupone entonces una opción política por la impugnación. La relación entre la impugnación y la transformación está mediada por la hipótesis fundada en lo críticamente analizado. El análisis crítico no puede tener efectos transformadores si no se concreta en un planteamiento hipotético preciso.

¿Qué hipótesis podemos proponer, por ejemplo, sobre la base de nuestro análisis crítico del “Mover a México”? Pienso que estamos en condiciones de plantear hipotéticamente que el eslogan de Peña Nieto nos confiesa lo que es México para él, para su partido y especialmente para el sistema capitalista liberal salvaje que sirve y al que representa, y en el que encontramos toda clase de empresas, desde las organizaciones criminales que han ensangrentado el país en los últimos años hasta los grandes corporativos nacionales y transnacionales que ahora mismo están saqueando cada rincón de la república. Para este sistema económico-político particularmente corrupto y despiadado, México es un botín de riquezas, de fuerza de trabajo barata y de recursos naturales regalados, y no una tierra con habitantes, humanos, ciudadanos, votantes. Los seres humanos, al igual que el subsuelo y la naturaleza y todo lo demás que existe en el país, aparece como un contenedor lleno de mercancías que pueden comprarse en el momento electoral, con despensas y prebendas, y luego venderse en el mercado mundial. Este gran botín es lo que se mueve al mover a México. El país lógicamente debe ser movido para ser explotado, exprimido, exportado, vendido al mejor postor.

Nada se vende sin moverse. Ha sido necesario mover a México para vender a México. Y venderlo ha permitido a nuestros gobernantes y a sus socios enriquecerse con el precio de la venta. Su riqueza es el premio que se ha ganado al ganar las elecciones. Ganarlas ha permitido efectivamente “Mover a México”, moverlo al privatizarlo, al vaciarlo de su riqueza y al hacerlo circular libremente bajo la forma de las innumerables mercancías en las que se le ha fraccionado, fragmentado, pulverizado.

La libre circulación de mercancías es el movimiento de México prometido y cumplido por el candidato convertido en presidente. Quienes han osado bloquear autopistas o entorpecer esta circulación de cualquier otro modo, como algunos periodistas y normalistas, han sido asesinados o desaparecidos, arrollados por el movimiento de México, por el transporte de todos los trozos de nuestro país que se nos van por carreteras, puertos, vías de ferrocarril y transferencias bancarias. Este movimiento vertiginoso de México no transforma nada, no acaba con la impunidad ni con la corrupción, tampoco mejora nuestro nivel de vida, no disminuye la injusticia ni la desigualdad. Todo sigue igual o peor. Nada cambia, pero sí que se pierde, se esfuma, se va como la renta petrolera.

Cuando vemos cómo se nos va México de las manos, entendemos qué implica el eslogan de Mover a México. Moverlo es llevárselo. Moverlo es desvalijarlo, robárnoslo tal como está, sin cambiar nada en él. El movimiento no transforma nada, sino que solamente lo desplaza, lo acarrea de un lugar a otro, lo mueve. Mover a México es trasladarlo a puertos holandeses, a propiedades en Florida o a bancos en Suiza. Moverlo es extraerlo de sí mismo para metérselo en el bolsillo…

Podríamos continuar en la misma dirección, pero mejor aclaremos aquello en lo que ha consistido nuestro esbozo de planteamiento hipotético. Lo que hemos hecho es ofrecer algunas respuestas conjeturales para las interrogantes que surgieron al analizar críticamente el eslogan de Peña Nieto. Intentemos resumir:

  1. ¿Por qué “Mover a México” es en infinitivo e impersonal, sin sujeto, sin que sepamos qué o quién moverá a México? Porque muchos no estaríamos de acuerdo con “Mover a México” si se nos informara que México será movido por el corrupto y despiadado sistema económico-político representado por Peña Nieto, por el capitalismo salvaje en complicidad con los políticos deshonestos, por los corporativos y las organizaciones criminales que ven al país como un simple botín.
  2. ¿Por qué “Mover a México” no aclara para qué o hacia dónde? Porque muchos tampoco estaríamos de acuerdo con “Mover a México” si supiéramos que México se moverá hacia cuentas en Suiza y que se le moverá para apoderarse de él, para saquearlo y venderlo.
  3. ¿Por qué el “Mover a México” presenta un país que es movido en lugar de moverse a sí mismo? Porque México evidentemente no se movería a sí mismo para desvalijarse y vaciarse de su riqueza.
  4. ¿Por qué “Mover a México” se refiere a México y no a los mexicanos, al país y no a sus habitantes, a la nación y no a los ciudadanos o votantes? Porque el botín está compuesto de mercancías que pueden comprarse y venderse, y no de seres humanos.
  5. ¿Por qué “Mover a México” sin transformarlo? Porque así como está, con sus desigualdades e impunidades, puede moverse mejor, saquearse mejor, venderse mejor.

Una vez que hayamos respondido hipotéticamente las interrogantes planteadas por el análisis crítico, podremos ir más allá de la impugnación y actuar en consecuencia. Es entonces el momento de verificar nuestras hipótesis y hacer valer nuestra opción política por la transformación. Pero esta fase transformadora, como ya lo sugerí anteriormente, se desarrolla en el ámbito callejero y no en el académico, en las movilizaciones sociales y no en las investigaciones científicas.

No es entre analistas de discurso como decidiremos si nuestras hipótesis fueron correctas. Únicamente en la sociedad, entre los hombres y mujeres de la calle, podremos confirmar si hay verdad en el planteamiento hipotético en el que desemboca el análisis crítico de discurso. Por ejemplo, si mis conjeturas con respecto al “Mover a México” tienen algo de verdad, entonces de seguro tendrán sentido para quienes las escuchen en el ámbito social y así podrán eventualmente contribuir de algún modo a su acción colectiva.

Sólo socialmente pueden verificarse aquellas hipótesis que incumben a la sociedad. Para quienes optamos políticamente por la impugnación y la transformación, la cientificidad social resulta indisociable de la movilización social. La realidad transformada es el correlato objetivo de nuestra ciencia.

Peña Nieto ante Ayotzinapa: el vocero del capitalismo y la indiscreción de sus palabras

Conferencia durante el encuentro «Ayotzinapa Vive», el lunes 28 de septiembre 2015, en el Auditorio «María Zambrano» de la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México) 

David Pavón-Cuéllar

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Personificación del capital e hidra capitalista

Para muchos mexicanos, entre los que yo me incluyo, Peña Nieto es una de las cabezas de aquel monstruo que los zapatistas han caracterizado perspicazmente como hidra capitalista. Esta caracterización, con su referencia al capitalismo para designar la esencia de un jefe de gobierno, habría sido inaceptable en amplios sectores académicos e intelectuales hace aún poco tiempo, veinte años atrás, durante los tiempos del aturdimiento posmoderno que siguió al fin del socialismo real. Se nos habría considerado entonces marxistas anticuados y trasnochados por el simple hecho de reconducir un fenómeno político a su fundamento económico en el sistema capitalista.

Hoy en día, por fortuna para nosotros los marxistas, el capitalismo tiene mayores dificultades para disimularse. Contra lo que imaginan muchos discípulos de los posmodernos, la principal razón de esto no se encuentra evidentemente en coyunturas filosóficas, estrictamente ideales o espirituales, como podría ser el desgaste de la metanarrativa posmodernista. Existen otros factores concretos y materiales, más fundamentales y decisivos, como han sido los excesos cada vez más escandalosos del propio capitalismo, el carácter crónico y catastrófico de sus crisis, el recrudecimiento de la desigualdad y de sus otros efectos sociales, y el creciente cinismo de sus manifestaciones ideológicas. Todo esto hace que volvamos a familiarizarnos con el capital y que reaprendamos a reconocerlo cuando se nos muestra con sus distintos rostros, como es el de Peña Nieto, uno de los más visibles y desvergonzados en México.

Peña Nieto es el capitalismo en persona. Considero incluso que podemos aplicarle aquella célebre definición marxiana del capitalista como “capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad”[1]. Sí, podemos definir así a Peña Nieto, pero siempre y cuando entendamos bien que el capital sólo puede llegar a personificarse totalmente a través de múltiples y variadas conciencias, voluntades, fisonomías, cabezas, personalidades. Hay efectivamente algo de personalidad múltiple en el ente capitalista. No basta una sola cabeza para que el capital se personifique, para que tenga conciencia y voluntad, para que piense y quiera todo lo que necesita pensar y querer para poder funcionar. De ahí que la imagen zapatista de la hidra capitalista nos parezca tan elocuente. Para que el capital del siglo XXI haga todo lo que tiene que hacer en México, no bastan las cabezas de grandes empresarios criminales como Emilio Azcárraga, el Chapo Guzmán y Germán Larrea, sino que se requieren también muchas otras cabezas, muchos otros ojos y oídos, muchas otras bocas, entre ellas las de periodistas vendidos, intelectuales orgánicos del sistema, y políticos o funcionarios corruptos, entre ellos Peña Nieto.

El capital habla de manera tan descarada en el discurso del actual gobierno mexicano, que podemos percibir claramente lo que nos está diciendo sin tener que descifrar códigos ideológico-políticos nacionalistas, populistas o providencialistas como los que operarían en un Estado capitalista relativamente autónomo de los intereses capitalistas, como el descrito por Nicos Poulantzas[2]. Estos códigos, que subsistían en los viejos regímenes priistas e incluso en los últimos gobiernos panistas, no se mantienen sino como torpes fórmulas residuales en la obscena retórica neoliberal de Peña Nieto.

El discurso capitalista de Peña Nieto

El discurso presidencial mexicano es actualmente un discurso capitalista. Cada operación discursiva es una operación del capitalismo neoliberal. Esto puede apreciarse claramente en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

Cuando el presidente concibe la matanza y desaparición de normalistas como una “oportunidad” para “fortalecer” a policías y militares[3], percibimos la astucia del sistema capitalista que no pierde una sola oportunidad para fortalecerse a sí mismo, por ejemplo al fortalecer a sus esbirros y sicarios, como es el caso de los policías y militares de nuestro país. De igual modo, cuando Peña Nieto nos exhorta encarecidamente a “encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos” [4], alcanzamos a escuchar el imperativo capitalista de explotarlo todo, incluso nuestros propios sentimientos, con fines productivos. El sistema capitalista de producción, de producción de medios para producir más capital, debe rentabilizar también el dolor y la indignación. Es por eso que debemos encauzar nuestros sentimientos, no aferrarnos a ellos, liberarlos y dejar que circulen tan libremente como las mercancías y los capitales golondrinos.

En el capitalismo neoliberal, hay que permitir la libre circulación de todo, incluso de nuestros propios sentimientos. Nada puede inmovilizarse. Todo tiene que moverse para permitir la realización posterior a la producción de la plusvalía, como lo muestra Marx en el segundo libro del Capital. Es por eso que, según los propios términos de Peña Nieto, no podemos quedar atrapados en Ayotzinapa, así como tampoco los automovilistas pueden ser bloqueados en las autopistas. Cualquier interrupción de la circulación tiene un costo altísimo para el capital. No podemos dejar un solo instante de mover a México para seguir vendiéndolo al mejor postor.

El saqueo exige continuamente mover a México, tal como rezaba la consigna electoral del presidente. Obviamente, siguiendo este eslogan repetido hasta el cansancio, hay que mover a México para explotarlo, exprimirlo, extraerlo, vaciarlo, destruirlo, triturarlo, pulverizarlo, refinarlo, procesarlo, empacarlo, transportarlo, exhibirlo, evaluarlo, tasarlo y exportarlo. No hay aquí tiempo que perder. Todo tiene que rematarse en un sexenio. Hay que seguir el movimiento vertiginoso de la depredación. Como Chaplin en los Tiempos modernos, los mexicanos deben seguir el ritmo del sistema.

El saqueo no puede retrasarse con accidentes de trabajo como el de Ayotzinapa. Es por eso que Peña Nieto solicita enfáticamente “superar ese momento de dolor”[5]. Ese lapso momentáneo es el único del que se dispone en el capitalismo. El tiempo capitalista está segmentado en momentos. Nada tiene que durar más.

El tiempo es dinero y hay que optimizarlo. Si las operaciones bursátiles duran sólo un momento, ¿por qué el dolor por Ayotzinapa debería durar más? Es como cuando el obrero se lastima en una línea de producción. El herido no puede parar: tiene que reanudar su labor tras el momento de dolor, y si no puede, entonces hay que sustituirlo. ¿Por qué habría que darle más tiempo? El tiempo cuesta, y los obreros, lo mismo que los padres de los normalistas asesinados o desaparecidos, no tienen dinero para comprar tiempo. Es precisamente por eso que tienen que vender su tiempo, su vida como fuerza de trabajo, para comprar dinero que les permita sobrevivir, mantenerse con vida.

El sistema capitalista reduce nuestras vidas a su valor de uso como fuerza de trabajo. Cuando no se nos puede explotar para trabajar, entonces no tenemos derecho a sobrevivir ni en México ni en otros países en los que no hay protección alguna contra el capitalismo salvaje. Los inexplotables estorban y se les puede eliminar impunemente. Es, en definitiva, lo que sucede con todos los que se resisten a la explotación capitalista y buscan formas existenciales alternativas, entre ellos los estudiantes de Ayotzinapa, que por eso también pudieron ser asesinados y desaparecidos. Lo que les ocurrió no tiene importancia alguna para el capitalismo, y es por eso que tampoco la tiene para Peña Nieto.

En el discurso presidencial como expresión del sistema capitalista, la tragedia no estribó en la matanza y la desaparición de los estudiantes, sino en el costo político-económico de lo que vino después. Es tan sólo en millones de pesos como puede evaluarse una tragedia en el capitalismo. Es por esto que lo trágico, según las palabras de Peña Nieto, no fueron los hechos sangrientos que no le costaron en sí mismos un solo peso al sistema, sino el tema de Iguala y la información posterior. Esto sí que provocó pérdidas millonarias. Esto sí que fue costoso para el capital y sus diversas personificaciones en los ámbitos empresarial y político.

Para el capitalismo, en efecto, la tragedia fue provocada por lo que inundó las calles y por lo que apareció en las pantallas de televisión, por lo que dañó la imagen de las mercancías en las que se ha subdividido todo México, lo que espantó a los inversionistas que nos compran, lo que desgarró el velo con el que se cubre la destrucción lucrativa del país y de sus habitantes. Esto fue lo único real en el sistema capitalista. Y los culpables de esto no fueron los militares, los policías y los demás sicarios del sistema, sino los periodistas y activistas que difundieron los hechos y protestaron contra ellos.

Resulta comprensible, pues, que los castigados sean los periodistas y los activistas, que no dejan de ser perseguidos y asesinados en México, y no sus verdugos, no los que mataron y desaparecieron a los estudiantes, no los policías, los militares y los demás sicarios del sistema, que no dejan de ser fortalecidos precisamente a causa de la tragedia. Conviene reiterar que la tragedia, para el capitalismo que habla por la boca de Peña Nieto, no estribó en los hechos sangrientos de Iguala, sino en lo que vino después. La tragedia, por lo tanto, no es imputable a los policías y militares, sino a los periodistas y activistas.

El saber con verdad y con razón

Hemos visto que el discurso presidencial no sólo traiciona constantemente al presidente como sujeto enunciador, sino también al sistema capitalista que articula sus palabras y que se expresa por su boca. Este sistema simbólico se descubre a sí mismo al intentar encubrirse a través de la trama ideológica de las palabras indiscretas de Peña Nieto. Gracias a su indiscreción, las palabras son reveladoras y no sólo mistificadoras. La opacidad se transparenta. Marx diría que el “cuento” se muestra “verdadero”[6]. Lacan observaría que la “estructura de ficción” desdobla su “verdad”[7]. Esta verdad corresponde a lo mismo que Gramsci llamó el valor “gnoseológico” de la ideología[8].

Como lo hemos apreciado, la trama ideológica, tal como se despliega en el discurso de Peña Nieto, nos permite conocer el funcionamiento del sistema capitalista neoliberal en su manifestación periférica mexicana, particularmente despiadada, salvaje, sangrienta y criminal. El capitalismo es delatado por cada lapsus de su portavoz, por cada uno de sus actos fallidos, por los hechos mismos de Iguala, pero también por los activistas y los periodistas que se han dedicado a denunciar en lugar de limitarse a enunciar el capitalismo. Hemos visto igualmente cómo la denunciación reviste la forma de una multitud indignada que inunda calles y plazas, que muestra mantas y corea consignas con informaciones más confiables, consistentes y verdaderas que todos los informes oficiales difundidos hasta ahora.

Ningún falso informe ha nublado la vista de centenares de miles de personas que han atisbado, ya desde un principio, que fue el Estado y que es el capitalismo, como se lee en una placa instalada sobre un muro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los universitarios, al igual que otros amplios sectores de la sociedad, han sabido muy bien de qué se trata. Lo supieron desde los primeros días. Este saber social, de hecho, fue reconocido por el mismo Peña Nieto cuando confesó, a través de otro de sus lapsus, que “la sociedad mexicana demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió”[9]. Por consiguiente, si queremos informarnos acerca de lo ocurrido en Iguala, no perdamos el tiempo acudiendo a la Procuraduría General de la República. Mejor vayamos directamente con la sociedad que demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Ella sí que está al tanto de lo ocurrido.

Aunque la sociedad mexicana demande saber, al mismo tiempo ya sabe, y sabe con verdad lo que sabe y tiene razón cuando lo sabe, según lo que nos dice Peña Nieto. La frase presidencial resulta reveladora porque le reconoce un saber a la misma sociedad que demanda saber, es decir, no a cualquier sociedad, sino a la que protesta en las calles contra la represión gubernamental, la que denuncia el crimen de Estado, la que presiente una relación entre el crimen y el sistema capitalista neoliberal y la que exige la renuncia del presidente al considerarlo culpable por acción u omisión. Esta sociedad es la que tiene razón, la que sabe con verdad lo que sabe, según lo que nos dice Peña Nieto de modo reiterativo. El presidente está reconociendo, por lo tanto, que la sociedad está en lo cierto cuando clama que fue el Estado. Al acusar al gobierno de Peña Nieto por la matanza y desaparición de los estudiantes, la sociedad tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Es lo que dice el presidente. Son sus palabras indiscretas.

Sinceridad y culpabilidad

Desde luego que el énfasis en las palabras literales no debe hacer que nos detengamos en la superficie de lo que nos dice Peña Nieto. Cualquier literalidad tiene una estructura tridimensional y contiene zonas de total opacidad. Por más valor cognitivo que atribuyamos al discurso, no debemos olvidar que su trama es ideológica y que posee además un “valor psicológico” también reconocido por Gramsci[10].

Hay algo relativo al psiquismo de Peña Nieto que se revela en su confesión. Tal vez el deseo de ser castigado por su culpabilidad. Quizás ni siquiera se trate de ser culpable, sino de sentirse culpable, y no forzosamente a título personal, sino tal vez como representante de un Estado y miembro de un partido que, ellos sí, indiscutiblemente, están empapados en sangre.

Lo mismo podemos decir acerca de otros lapsus del presidente. Uno de los más preocupantes concierne el famoso escándalo de tráfico de influencias y conflicto de interés en la adquisición de la Casa Blanca de Peña Nieto. El presidente siempre negó que su proceder hubiera sido corrupto. Sin embargo, al referirse a este proceder, el presidente alegó, casi justificándose, que “hemos conocido de otros eventos de corrupción en distintos órdenes de Gobierno”[11]. Peña Nieto describió así literalmente como un evento de corrupción aquel escándalo al que se había referido en la frase anterior y del que él fue protagonista. Esto mismo, aunque suficientemente sospechoso y hasta inculpatorio, no significa necesariamente que el presidente, como persona, sea culpable de un evento de corrupción. Tal vez únicamente se esté sintiendo culpable o esté denunciando una corrupción estructural que atravesaría todos los órdenes del gobierno y de la que no podría escapar. Quizás incluso esté denunciando al capital que personifica, ya que en definitiva, y en rigor, toda la corrupción y los demás crímenes del Estado capitalista deben ser atribuidos al sistema como tal y no a sus diversas personificaciones.

En cualquier caso, por más inconscientes e involuntarios que sean, los elocuentes lapsus de Peña Nieto demuestran sinceridad y quizás incluso una cierta dosis de honestidad. Resultan por ello esperanzadores. La verdad que insiste en ellos, después de todo, tiende a recordarnos la verdad que grita en las calles. Ambas claman que fue el Estado. Ambas coinciden así al denunciar la responsabilidad gubernamental.

Extimidad y democracia

Resulta profundamente significativo que las palabras indiscretas de un presidente coincidan con las mantas, las consignas y las pintas de las masas inconformes con el mismo presidente. Aquello que aquí tiene una significación profunda es la coincidencia no sólo entre quienes se oponen, sino entre planos que suelen excluirse el uno al otro. La denunciación voluntaria y pública, exterior, expresa lo mismo que una denunciación involuntaria y tan privada, tan recónditamente interior, como lo es un lapsus. Lo más íntimo converge con lo más distante.

Las protestas de la calle resuenan en la garganta y no sólo en los oídos del presidente contra el que se protesta. La insondable intimidad subjetiva se encuentra en la exterioridad radical del mundo social, cultural, político, económico e histórico. Es lo que Lacan designa con el término de “extimidad”[12],  situándolo en un “lugar central”, en una “exterioridad íntima”, en un “interior excluido”[13]. Es aquí, en el centro exterior del sujeto, en donde las palabras indiscretas de Peña Nieto coinciden con la realidad que intenta ocultar y con las acciones o reivindicaciones de aquellas multitudes que inundan las calles y que le exigen renunciar. Las palabras y las realidades, lo mismo que las manifestaciones callejeras y las declaraciones presidenciales, aparecen como expresiones consonantes o complementarias, se aclaran unas a otras, se preguntan y se responden. Es por eso que deben considerarse conjuntamente, articuladamente, a través de una lectura sintomal como la propuesta por Althusser: lectura literal de síntomas, de lapsus, de «blancos» y «desfallecimientos» discursivos, pero siempre a través de un entrecruzamiento entre órdenes diferentes, mediante un análisis entre discursos,  “de unos por otros”, de palabras a través de hechos y viceversa[14].

Una lectura sintomal puede ayudarnos a percibir lo expresado por un lapsus en un lugar lógico diferente de aquel en el que se pronuncia y en el que lo expresado suele pasar desapercibido. La perspectiva de las movilizaciones callejeras puede permitirnos así revalorizar los discursos presidenciales. Aunque Peña Nieto no pretenda representar democráticamente al pueblo, el caso es que lo hace al culparse a sí mismo, al capitalismo y a su Estado, en cada uno de sus lapsus. Estos resbalones de lengua permiten que el presidente conozca de algún modo la democracia. De pronto, cada vez que el tirano se equivoca, es como si dejara de mentir, como si dejara de usurpar la soberanía popular, como si el mismo pueblo tomara la palabra y denunciara su tiranía.

La verdad democrática del pueblo hace irrupción en el discurso despótico del tirano. Comprendemos entonces el sentido más hondo, el menos evidente, de la idea marxiana según la cual “todas las formas de Estado tienen su verdad en la democracia, y precisamente por ello faltan a la verdad cuando no son la democracia”[15]. El régimen de Peña Nieto miente por ser antidemocrático, pero no puede evitar que su verdad irrumpa en las calles y en la boca misma del tirano.

Las consignas populares y los lapsus gubernamentales denuncian lo mismo, lo mismo que enuncian, el mismo Gran Otro al que traicionan. Unos y otros hablan con la misma verdad y tienen la misma razón. Quizás podamos conjeturar una estructura de lapsus en ambos casos. La multitudinaria movilización por Ayotzinapa, en México y en el mundo, sería también como un gran lapsus, como un gran acto fallido, fallido y por eso mismo exitoso, peligroso, tal vez al final desastroso para el capitalismo y para su Estado.

Si el sistema capitalista funcionara perfectamente, no permitiría ningún acto fallido, ningún lapsus, ni en las calles ni en la boca de Peña Nieto. Pero los sujetos reales son indispensables para el sistema simbólico del capitalismo, y mientras ellos intervengan, causarán fallas en el sistema. Lo simbólico no dejará de ser perturbado por lo real, el capital seguirá siendo importunado por la vida, el trabajo muerto continuará siendo afectado por el trabajo vivo, los vampiros no dejarán de ser acechados por los humanos.

Mientras la humanidad se mantenga viva, lo representado por Ayotzinapa, nos guste o no, seguirá causando molestias a los poseídos por el capital en bancos y empresas, en cuarteles militares y en cárteles de la droga, en bolsas de valores y en palacios presidenciales como la Residencia Oficial de Los Pinos. Los representantes de la muerte seguirán siendo atosigados por esa vida que no deja de brotar de los intersticios del sistema capitalista en forma de lapsus y actos fallidos, sueños y ensueños, síntomas personales y protestas sociales, huelgas y marchas, bloqueos y escándalos. Si la pulsión puede llegar a servir para algo, es para no satisfacerse tranquilamente con el goce mortal del sistema.

El capital no dormirá tranquilo mientras haya vida humana en este mundo. Y como sólo esta vida mantiene vivo al capital, podemos concluir entonces que el capital nunca dormirá tranquilo. Es por eso que se agitará y se revolucionará incesantemente mientras viva. Tendría que morir, o más bien aceptar su muerte, para curar su insomnio.

[1] Karl Marx, El Capital I (1867), México, FCE, 2008, p. 109.

[2] Nicos Poulantzas, Poder político y clases sociales en el Estado capitalista (1968), México D.F., Siglo XXI, 2001.

[3] Peña Nieto, “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[4]  Peña Nieto, “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

[5] Peña Nieto, “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[6] Karl Marx, L’interdiction de la ‘Leipziger Allgemeine Zeitung’ dans l’Etat Prussien (1843), en Œuvres philosophie, París, Gallimard-Pléiade, 1982, pp. 312-313.

[7] Jacques Lacan, La psychanalyse et son enseignement (1957), en Écrits I, París, Seuil Poche, 1999, p. 448.

[8] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, tomo 5 (1932-1935), México, Era, 1986, p. 45.

[9] Peña Nieto, “Peña, dispuesto a ver a los padres; el caso Iguala sigue abierto, dijo”, Excélsior, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/09/08/1044414

[10] Gramsci, op. cit., p. 45.

[11] Peña Nieto, “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[12] David Pavón-Cuéllar, Extimacy, en Thomas Teo (Ed.), Encyclopedia of Critical Psychology, New York, Springer.

[13] Jacques Lacan, Le séminaire, livre VII, L’éthique de la psychanalyse (1959-1960), París, Seuil, 1986, pp. 65, 122, 167.

[14] Althusser, Lire le Capital I, París, Maspero, 1968, pp. 34-36, 183.

[15] Karl Marx, Crítica del Derecho del Estado de Hegel, en Escritos de juventud, México, FCE, 1986, p. 344.

Ayotzinapa según Peña Nieto

Conferencia durante la Semana por Ayotzinapa, el jueves 24 de septiembre 2015, en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México)

David Pavón-Cuéllar

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El 26 de septiembre de 2014, en la ciudad guerrerense de Iguala, estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron vigilados, perseguidos, atacados y detenidos en una operación conjunta en la que participaron policías municipales, estatales y federales, así como soldados y sicarios no identificados. El saldo fue de 43 estudiantes desaparecidos, 7 muertos y 27 heridos. Una vez que se confirmó el involucramiento de la Policía Federal y del Ejército Mexicano, la responsabilidad por los delitos de asesinato y desaparición forzada recae en el gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto.

En lugar de asumir su responsabilidad criminal, Peña Nieto ha intentado mistificar los hechos por todos los medios, muchos de ellos de carácter discursivo. El discurso presidencial ha servido para distraer o desviar la atención de lo realmente importante, embrollar los indicios e impedir así la reconstrucción de lo ocurrido, encubrir a los culpables y ocultar las evidencias, mentir y desacreditar a quienes denuncian la mentira, crear ilusiones y luego corroborarlas con otras ilusiones. Además de cumplir estas funciones y otras análogas bien conocidas por todos, el discurso de Peña Nieto ha realizado cuatro operaciones menos evidentes, de carácter subrepticio e insidioso, en las que me gustaría detenerme un momento.

Las cuatro operaciones a las que me refiero buscan incidir en la manera en que se presentan la matanza y la desaparición de estudiantes de Ayotzinapa. Digamos que son operaciones de las palabras sobre los hechos. Cada operación hace algo diferente con los hechos ocurridos en Iguala. Una consiste en su minimización, otra en su instrumentalización, otra más en su desrealización y la última en su formalización. En términos lacanianos, las dos primeras corresponden a modalidades de simbolización, mientras que las dos últimas remiten más bien a la imaginarización. Empecemos por las últimas.

Formalización

Daremos el nombre de formalización a la operación discursiva que reduce los hechos a su pura forma exterior, aparente y espectacular, tal como ésta se manifiesta en la información que se da sobre ellos, en la visión que se tiene de ellos o en la significación que se les atribuye. Al final Ayotzinapa ya no es una matanza y desaparición de estudiantes, sino únicamente la manera en que esta matanza y desaparición aparece a los ojos de la opinión pública y a través de los medios masivos de comunicación. Esto es todo lo que importa. Veamos algunos ejemplos.

Tan sólo una semana después de los hechos de Iguala, Peña Nieto decide “fijar una posición muy clara de parte del Gobierno de la República ante los muy lamentables hechos de violencia”[1]. Sin embargo, al momento de posicionarse ante estos hechos, lo que nos dice es que se encuentra “profundamente indignado y consternado ante la información que ha venido dándose”[2]. Es la información y no los hechos, no aquello a lo que se refiere la información, lo que indigna y consterna a Peña Nieto.

Al fijar la posición gubernamental ante los hechos, el presidente sólo consigue posicionarse ante las informaciones. Lo que importa es lo que se informa y no lo que ocurre. Y si alguien pensara que se trata de lo mismo, Peña Nieto lo desmentiría justo después de expresar su indignación y consternación ante las informaciones, cuando nos dice que “lamenta de manera muy particular la violencia que se ha dado”[3].

Al agregar que lamenta la violencia de manera muy particular, Peña Nieto deja claro que esta violencia no es lo mismo que las informaciones que lo indignan y lo consternan. Es por esto que las dos cosas, los hechos y lo que se informa sobre ellos, provocan sentimientos diferentes. La matanza y desaparición de estudiantes resulta simplemente lamentable, mientras que las informaciones son algo que indigna y consterna. En cierto sentido, las informaciones afectan más que los hechos. Lo más grave para Peña Nieto, si nos atenemos a su discurso, no es lo que ocurrió en Iguala, sino que se haya informado sobre lo que ocurrió. Esto es lo que escuchamos y es también lo que Peña Nieto nos dice.

Las palabras de Peña Nieto lo traicionan al anteponer las informaciones a los hechos, la forma al contenido, la apariencia a la realidad. Quizá nos consolemos pensando que el presidente al menos consigue lamentar la matanza y desaparición de estudiantes. Es verdad, habría sido mejor que estuviera consternado e indignado ante los hechos como lo está ante las informaciones, pero al menos ha sido capaz de lamentar los hechos. Esto es mejor que nada. Sin embargo, cuando nos familiarizamos un poco más en el discurso presidencial, nos percatamos de que lo verdaderamente lamentable no está en los hechos, sino en que lo que dejan ver los hechos.

En diciembre de 2014, al resumir el año que terminaba, Peña Nieto volvió a lamentar lo ocurrido en Iguala, pero esta vez fue más preciso al aclarar qué era exactamente lo que le parecía lamentable. Sus palabras fueron: “lamentablemente lo ocurrido en Iguala dejó ver ante toda la sociedad un hecho de barbarie que resulta inaceptable”[4]. Si algo se lamenta, no es el hecho de barbarie, sino que este hecho se haya dejado ver ante toda la sociedad. Por lo tanto, si toda la sociedad no hubiera visto el hecho, si el hecho hubiera permanecido invisible, entonces no habría nada que lamentar. Lo lamentable es que se haya dejado ver algo inaceptable, y no lo inaceptable como tal. O para ser más precisos: lo que se lamenta en la matanza y desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, no es el hecho de barbarie como tal, no es lo inaceptable en sí mismo, sino que lo inaceptable se haga visible.

El problema es ahora la visibilidad así como lo fue anteriormente la información. Peña Nieto se preocupa solamente por lo que se informa y por lo que se ve, pero no por lo que ocurre. Los estudiantes pueden seguir siendo asesinados y desaparecidos mientras no se vea ni se informe sobre ello. Lo que importa, una vez más, es la imagen, la forma y no el contenido, lo aparente y no lo real.

Dicho de otro modo, lo que preocupa no es lo que ocurre, sino lo que significa. Es por esto que Peña Nieto puede llegar a describir la matanza y desaparición de normalistas como “un evento que ha significado una gran tragedia, que fue lo ocurrido en Iguala”[5]. Es decir: lo ocurrido no es una gran tragedia, sino un evento que ha significado una gran tragedia. La gran tragedia no estriba en el evento, sino en su significación. Lo trágico es lo que el evento significa y no el evento en sí mismo. Casi podríamos decir, a partir de las palabras que hemos citado, que la matanza y desaparición de estudiantes carece de importancia cuando se le compara con lo que ha significado para Peña Nieto. Esta significación es lo único trágico. La tragedia está en lo que el evento ha significado: el desprestigio del presidente, el derrumbe de sus cotas de popularidad y el peligro de la insurrección social y de la resultante interrupción de ese gran proyecto peñista de saqueo y enriquecimiento.

Desrealización

Hay que insistir en que la tragedia, si nos atenemos al discurso presidencial, no es la matanza y desaparición de los normalistas en Iguala, sino lo que estos hechos significan. Es quizá por esto que Peña Nieto, evocando retrospectivamente el mes de septiembre de 2014, reconoce que “nadie advirtió en ese momento”, en el “primer día o el segundo día” después de los hechos, “ni de lo que realmente esto estaba significando, ni del tamaño de la tragedia, ni de la dimensión que esto tenía”, es decir, la “dimensión que vimos fue cobrando”[6]. Como puede apreciarse, el tamaño de la tragedia se equipara con lo que realmente esto estaba significando, con la dimensión que vimos fue cobrando. Esta dimensión y significación ulterior fue la verdadera tragedia para Peña Nieto. Es por eso que el presidente no podía medir el tamaño de la tragedia en los primeros días, aun cuando ya sabía, al igual que todos nosotros, que los estudiantes habían sido masacrados y desaparecidos.

Extrañamente, desde el punto de vista de Peña Nieto, los hechos violentos y sangrientos de Iguala no muestran por sí mismos el tamaño de la tragedia y ni siquiera tienen una significación real. Para ver cuán trágicos fueron y lo que realmente estaban significando, había que esperar y advertir lo que se veía de ellos y se informaba sobre ellos. La visión y la información, Televisa y los demás medios, monopolizan la única significación real, la única realidad que existe para el presidente, la única tragedia que puede ocurrir para él. Más allá de esta realidad mediática, no parece haber ninguna realidad. Los hechos son desrealizados y ceden su lugar de realidad a lo que aparece en la pantalla de televisión, lo más real que lo real, como lo hiperreal de Baudrillard. Llegamos así a la desrealización, es decir, la segunda operación discursiva que hemos identificado en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

El discurso presidencial borra lo real trágico de Iguala. No es en la matanza y desaparición de estudiantes en donde Peña Nieto encuentra lo real y mide lo trágico del asunto. La realidad y el tamaño de la tragedia, para él, sólo pudieron apreciarse ulteriormente, cuando vimos la dimensión que fue cobrando, es decir, en el nivel de lo que se visibiliza, informa y significa. Este nivel mediático, por cierto, es aquel en el que Peña Nieto siempre se ubica. Él mismo lo admite justo después de reconocer que no advirtió la dimensión de la tragedia, cuando agrega cándidamente: “lo digo desde el propio gobierno, los medios de comunicación informando sobre el tema” [7]. Esta aposición identifica el punto de vista de los medios de comunicación con el del gobierno. Por si nos quedaba alguna duda, el mismísimo presidente está reconociendo que los medios y el gobierno están en una misma posición, en un mismo lugar de poder. Son, por así decir, intercambiables.

Televisa y Peña Nieto son prácticamente lo mismo. Sin embargo, para desgracia del presidente, hay otros medios además de los que se confunden con el gobierno. Son esos otros medios, perseguidos y censurados constantemente por la violencia gubernamental, los que han provocado la tragedia al informar y dejar ver lo ocurrido en Iguala.

De hecho, para Peña Nieto, lo que ha ocurrido en Iguala no es la matanza y desaparición de estudiantes, sino su difusión mediática. Digamos que la información es todo lo que ocurre. Podemos entender entonces que al referirse a la matanza y desaparición de estudiantes en una entrevista, Peña Nieto nos diga, en tono inocultablemente despreciativo, “el tema ocurrido en Iguala”[8]. Para el presidente, lo que ocurrió en Iguala fue un simple tema, un tema entre otros, un tema sobre el que se informa, un tema del que se habla, un tema sobre el que se opina, un tema por el que se protesta.

Cuando se afirma que el tema es lo que ocurre, se está negando que lo real haya ocurrido. Se está desrealizando la matanza y desaparición de estudiantes. Es como si este acontecimiento no hubiera ocurrido. Lo que ocurrió quizás haya ocurrido por causa de los hechos sangrientos, pero no es ellos. Digamos que la matanza y desaparición de estudiantes fue tan poco importante para Peña Nieto que ni siquiera es correcto decir que ocurrió verdaderamente.

Quizás haya ocurrido algo con la masacre, pero la masacre, en sentido estricto, no ocurrió. Es lo que nos confirma Peña Nieto cuando admite, en otra entrevista, que el año de 2014 –lo cito– “ha estado marcado por momentos difíciles, particularmente de tragedia, como fue lo ocurrido en Iguala con la desaparición de 43 jóvenes estudiantes”[9]. Una vez más: la tragedia no es la desaparición de los estudiantes, sino lo ocurrido con esta desaparición. O peor aún: lo que realmente ocurrió no fue la desaparición, sino lo que ocurrió con la desaparición. Lo real no fue lo que sucedió en Iguala, sino todo lo que se vino con eso. La desaparición de estudiantes es dejada de lado, menospreciada, negada y desrealizada. La realidad está en otra parte, junto a ella, pero no en ella.

Minimización

Es verdad que Ayotzinapa no siempre es desrealizada en las palabras indiscretas de Peña Nieto. A veces el discurso presidencial reconoce lo real de lo ocurrido, pero minimizándolo. Este proceso discursivo, el tercero del que deseo ocuparme, tiene un carácter predominantemente simbólico, ya que no consiste en una simple extracción de realidad o vaciamiento de contenido, sino que requiere de la inserción de los hechos en una estructura significante que determina la importancia respectiva de cada elemento por sus relaciones con los demás. Será siempre en comparación con otros elementos que algo pueda minimizarse.

En el caso de los hechos violentos de Iguala, el discurso presidencial puede minimizarlos al compararlos con algo tan importante como el desarrollo del país. Este desarrollo se despliega espacialmente en todo México y temporalmente en todo su presente y futuro, mientras que lo ocurrido en Iguala, según las palabras de Peña Nieto, fue sólo un “momento de dolor”[10] que tuvo lugar en únicamente “dos municipios de Guerrero”[11]. ¿Qué importan dos municipios en un país con 2445 municipios? ¿Qué importancia tiene el momento de la desaparición y matanza de los normalistas cuando se piensa en los años de futuro y desarrollo que México tiene por delante?

La minimización de Ayotzinapa, tal como se opera en el discurso de Peña Nieto, sitúa los hechos en un amplio contexto espacial y temporal. Una vez que toda la tragedia se ha reducido a sólo un momento de dolor en sólo dos municipios del país, el presidente puede atreverse a exhortar –lo cito– a “superar este momento de dolor”, agregando: “para asegurar paz, es fundamental asegurar el desarrollo en todo el país”[12]. Es decir: todo el país, con sus 2445 municipios, debe desarrollarse para evitar momentos de dolor como el que ocurrió en sólo dos municipios de Guerrero. Y para que el desarrollo sea posible, hay que superar el momento de dolor. Se establece así una vinculación perversa entre la superación del dolor y el desarrollo del país. Es como si el país tan sólo pudiera desarrollarse al superar el dolor por la tragedia. Es también como si este dolor fuera lo que impide el desarrollo del país.

Cuando Peña Nieto nos habla del desarrollo del país, todos sabemos bien de qué nos está hablando. Se está refiriendo al desarrollo de sus propios negocios y los de sus amigos, la concesión de la obra pública mediante sobornos y licitaciones fraudulentas, la venta lucrativa del patrimonio del Estado, la entrega del subsuelo a grandes compañías mineras y petroleras, el obsequio de mano de obra malbaratada para otros grandes capitales extranjeros. Todo esto es obstaculizado por Ayotzinapa.

Los padres y amigos de los normalistas asesinados y desaparecidos, así como todos los demás que sienten dolor por lo ocurrido, estorban los negocios de quienes se dedican a saquear el país, los estorban al bloquear carreteras, pero también al asustar a los potenciales inversionistas, es decir, a quienes vienen a comprar todos los pedazos de país que el gobierno de Peña Nieto ha puesto a la venta. Este desarrollo es lo impedido por el momento de dolor.

Entendemos que Peña Nieto se impaciente y exhorte a seguir adelante con los negocios, a no detenerse, a superar el momento de dolor, según sus propios términos. Aunque estas palabras hayan producido una gran indignación en el país, la impaciencia del presidente fue aún mayor, y unas semanas después repitió que “este momento en la historia de México” no debía “dejarnos atrapados” y que había que “seguir caminando”[13]. En otras palabras: avanzar, no distraerse, continuar avanzando con los asesinos, llevándolos sobre nuestras espaldas, y dejar a los muertos a la orilla del camino. Después de todo, según Peña Nieto, no se trata más que de un pequeño momento en la gran historia de México.

Instrumentalización

Desde luego que podríamos replicarle a Peña Nieto y explicarle que la historia de México está hecha de momentos y sólo de momentos. Pero él nos respondería que hay momentos que sólo corresponden a etapas que nos conducen a un destino y que este destino es lo verdaderamente importante. Lo que importa es el éxito de los negocios de la clase representada por el presidente. Para llegar a este futuro de felicidad, hay que pasar por algunos momentos de dolor. Ayotzinapa es uno de ellos.

De hecho, según ciertas palabras de Peña Nieto, es como si debiéramos pasar por la matanza y desaparición de estudiantes en Iguala para poder continuar adelante. O mejor dicho: la tragedia sirve para llegar a nuestro destino. En este caso, ya no se trata de la simple minimización de Ayotzinapa, sino de su instrumentalización, la última y más maliciosa de las operaciones discursivas a las que deseo referirme.

Los hechos de Iguala son instrumentalizados, en efecto, cuando Peña Nieto nos llama a hacer de ellos –lo cito– “una oportunidad para reconducir, para reforzar y fortalecer nuestras instituciones de seguridad pública, de procuración de justicia”[14]. No deja de ser paradójico, desde luego, que la matanza y desaparición de estudiantes sean instrumentalizadas para fortalecer y reforzar a las mismas instituciones que mataron y desaparecieron a los estudiantes. Es profundamente paradójico, pero no es por ello menos revelador. Y lo que nos revela resulta estremecedor. Hay que reforzar y fortalecer a quienes cometieron el crimen. Hay que darles más fuerza con la que seguirán cometiendo crímenes, quizás precisamente porque los crímenes pueden ser instrumentalizados y posibilitar a su vez más crímenes, y así sucesivamente.

El sistema que nos gobierna tiene una organización tan efectiva, como crimen organizado, que funciona en circuito cerrado y se reproduce constantemente a sí mismo al reproducir incesantemente su propia criminalidad. Tan sólo esto puede permitir que las instituciones criminales sean premiadas en lugar de ser castigadas por su crimen. Peña Nieto, en efecto, no aprovecha el crimen para investigar, limpiar e incluso disolver las criminales instituciones de seguridad pública, sino que lo instrumentaliza para fortalecerlas. Evidentemente se requiere de cada vez mayor fuerza para los militares y policías represivos que protegerán el desarrollo de ese negocio millonario al que Peña Nieto le da el nombre de México. Este fin justifica todos los medios.

Como nos lo dice el presidente, “debemos tener la capacidad de encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos”[15]. También el dolor y la indignación deben ser encauzados propositivamente, es decir, utilizados, rentabilizados, instrumentalizados, explotados, como todo lo demás en la sociedad y en el país. Nada puede escapar a la explotación por el sistema con sus propósitos constructivos. ¿Constructivos de qué? Peña Nieto no deja de repetirlo: constructivos de carreteras, puentes, puertos, minas, pozos, oleoductos, fábricas, almacenes y otros medios para seguir saqueando el país y para seguir generando así cada vez más riqueza para unos pocos a costa de cada vez más pobreza para la gran mayoría de la población, como lo confirman todos los datos económicos.

El discurso de la organización criminal capitalista

La economía de saqueo, de enriquecimiento y empobrecimiento, es evidentemente una economía capitalista. Y gracias al gobierno ultra-liberal de Peña Nieto, el capitalismo se libera de todas las trabas, se vuelve todopoderoso y puede actuar de la manera más cruel, salvaje, asesina. El crimen organizado se torna forma de gobierno y puede hablarnos públicamente a través del Presidente de la República. Sabemos que Peña Nieto es portavoz de los narcos y los demás empresarios criminales del país. Las voces de todos ellos resuenan en el discurso presidencial.

Cuando Peña Nieto minimiza o instrumentaliza la matanza y desaparición de estudiantes, su voz es la de aquellos criminales que ofrecen justificaciones y circunstancias atenuantes para sus crímenes. Lo mismo ocurre con la desrealización y formalización de los hechos de Iguala. Si el presidente fuera totalmente inocente de lo que se le acusa, ¿por qué se esforzaría en vaciarlo de realidad y de contenido?

Una vez que los hechos se reducen a un simple tema o a una pura información, ¿a quién vamos a culpar de lo ocurrido? Quizás a quienes informan o tematizan, a los periodistas y a los activistas, pues ellos son los únicos responsables de la tragedia temática e informativa, que es, como hemos visto, la única tragedia para Peña Nieto y para su organización criminal capitalista, la tragedia que estorba sus negocios al dañar nuestra imagen en los escaparates del mercado, al espantar a los compradores en el remate de nuestro país, al entorpecer el saqueo y retrasar la marcha triunfal del capitalismo salvaje. En cuanto a los militares y los policías, ellos no son causantes de nada trágico desde el punto de vista presidencial. Ellos tan sólo matan y desaparecen a estudiantes. ¿Pero acaso no es lo que se les ordena? Su función es neutralizar cualquier peligro y retirar cualquier estorbo para facilitar y asegurar la libre circulación del capital y de sus diversas mercancías, ya sean drogas o minerales, cosas o personas, materias primas o productos manufacturados.

El Ejército Mexicano y las Policías Federales, Estatales y Municipales, no son más que obedientes esbirros y sicarios del capitalismo y de su Estado. Tan sólo cumplen con su obligación de proteger la gran organización criminal encabezada por el Presidente de la República. Lo hacen muy bien, derramando mucha sangre, y es por eso que deben tener más fuerza, cada vez más fuerza. Cuando Peña Nieto reconoce esto último, sabemos bien qué y quiénes hablan por su boca. Es el capitalismo. Son los capitalistas.

[1] Peña Nieto, E. “Peña Nieto: no cabe la impunidad en la agresión sufrida por normalistas”, 6 de octubre 2014, La Jornada, consultado en http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/10/06/ni-201cel-mas-minimo-resquicio201d-de-impunidad-ofrece-pena-2102.html

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Peña Nieto, E. “Por concluir, año de claroscuros para México, afirma Peña”, La Jornada, 18 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/18/politica/017n1pol

[5] Peña Nieto, E. “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[6] Peña Nieto, E. “Entrevista por Adela. Enrique Peña Nieto: Admito que México enfrenta una situación de desconfianza”, Presidencia de la República, 3 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-adela-enrique-pena-nieto-admito-que-mexico-enfrenta-una-situacion-de-desconfianza/

[7] Ibíd.

[8] Peña Nieto, E. “Entrevista por Carlos Marín. Enrique Peña Nieto: México ha tenido un 2015 muy difícil, Presidencia de la República”, 10 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-carlos-marin-enrique-pena-nieto-mexico-ha-tenido-un-2015-muy-dificil/

[9]   “Entrevista por Óscar Mario Beteta. Radio Fórmula. Enrique Peña Nieto: Avances en la primera mitad de la administración”, Presidencia de la República, 7 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-oscar-mario-beteta-radio-formula-enrique-pena-nieto-avances-en-la-primera-mitad-de-la-administracion/

[10] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[11] Peña Nieto, E. “Prevalece violencia en tres estados: EPN”, El Universal, 14 de febrero 2015, http://m.eluniversal.com.mx/notas/nacion/2015/prevalece-violencia-en-tres-estados-epn-223273.html

[12] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[13] Peña Nieto, E. “Pena no debe paralizarnos: Peña Nieto”, Excélsior, 28 de enero 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/01/28/1004990

[14] Peña Nieto, E. “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[15]  Peña Nieto, E. “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

El sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes

Presentación del libro Aprender a decrecer: educando para la sustentabilidad al fin de la era de la exuberancia, de Luis Tamayo. Tercer Congreso Internacional de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, martes 26 de mayo 2015.

David Pavón-Cuéllar

Me resulta difícil hablar sobre el texto de Luis Tamayo.  No soy especialista ni en psicología medioambiental ni mucho menos en economía sustentable. Hay quienes imaginan que me especializo en tales temas porque me ven sembrando y cuidando árboles en la facultad, podándolos y regándolos o deshierbándolos, siempre con el apoyo de estudiantes voluntarios o de prestadores de servicio social. Pero no hago esto porque sea mi especialidad, sino porque es mi obligación, mi comisión universitaria, y también, hay que decirlo, una de mis principales pasiones, o, mejor dicho, una de mis peores preocupaciones.

Al igual que Tamayo, estoy muy preocupado con lo que le estamos haciendo al mundo. No quiero participar en esta hecatombe que habrá de saldarse con un suicidio colectivo de la humanidad entera. Es por esto que siembro árboles que generen el oxígeno que consumo, tengo un viejo celular para no estimular el consumo de materiales contaminantes, no compro ni uso coche propio y me obligo a viajar en transporte público para disminuir mi participación en el calentamiento global. Todo esto me sirve para sentirme un poco menos culpable, pero es poco, prácticamente nada, y no basta ni siquiera para compensar todo lo que destruyo al viajar tanto en avión o al comprar tantos libros. Lo sé, y es por esto que no dejo de sentirme culpable, cada vez más culpable, sin que sirva de mucho la penitencia cotidiana que me impongo al viajar en las incómodas combis de Morelia.

Desde hace algunos meses empiezo a sentirme culpable incluso al ir en transporte público. Me digo que es mejor caminar. Quizás llegue un día en que me impida respirar al caminar, y entonces todo se habrá solucionado.

Como se ve, mi relación con los asuntos medioambientales es empírica, sentimental, puramente visceral, y no racional, teórica o especulativa. ¿Cómo podría especializarme en estos asuntos? Únicamente soy capaz de sentir, y, en el mejor de los casos, hacer y actuar, pero no reflexionar. Esto se lo dejo a gente como Luis Tamayo.

Uno de los principales méritos del libro de Tamayo, creo yo, es que se atreve a desmenuzar con relativa serenidad, sin perder sus facultades mentales, una serie de temas que dan vértigo de tan sólo evocarlos. En el primer capítulo, en unas cuarenta páginas, el autor enumera y explica fatales errores humanos como la progresiva destrucción y privatización de la tierra, la industrialización de la agricultura, los transgénicos y la apertura de las naciones pobres a los excedentes subsidiados provenientes de las ricas. Luego se detiene en una crisis caracterizada por los efectos combinados de la explosión demográfica, el calentamiento global, el capitalismo neoliberal y el fin del petróleo barato. Los dos capítulos siguientes analizan posibles remedios contra la crisis, mientras que la conclusión esboza una propuesta política eco-socialista como única vía para evitar la destrucción del planeta y de sus habitantes.

En suma, todo está en peligro, pero todavía puede salvarse. Digamos que aún podemos evitar el precipicio en el que estamos a punto de caer.

No pienso que Tamayo sea pesimista o catastrofista en su diagnóstico y en su pronóstico. Pero tampoco diría que es ingenuo, demasiado optimista o utópico en su propuesta de salvación a través de la sustentabilidad. Más bien me parece bastante realista, razonable y sensato, como lo demuestra el sólido fundamento de argumentación y documentación en el que reposa cada una de sus ideas. Todo esto es lo que yo jamás habría podido conseguir, pues no habría podido sobreponerme a mis reacciones afectivas sobre el tema, como ya lo señalé antes.

Si me permito insistir en mi persona, en mis afectos y en mis emociones, es porque estamos en un congreso de psicología. Digamos que estoy intentando tomar el texto de Tamayo por su lado psicológico, el cual, a primera vista, no se manifiesta de modo nada evidente. Con excepción de unas pocas referencias puntuales al psicoanálisis, el libro se concentra en el aspecto social, histórico, político y hasta filosófico de la cuestión, pero no en el factor psicológico en su más amplio sentido. Hay que ir a buscar la psicología más allá de lo enunciado, en las condiciones de enunciación, en la actitud que le ha permitido a Tamayo especializarse en algo en lo que alguien como yo jamás habría podido especializarse.

¿Cómo especializarse en lo que no puede soportarse? ¿Y cómo soportarlo cuando pone en peligro todo lo que somos? Así es como yo justificaría mi falta de especialización en los temas del texto de Tamayo.  Pero quizás pudiéramos explicar de la misma forma la relativa falta de reflexión en torno a un tema que debería preocuparnos a todos.

Es verdad que no dejamos de pensar en lo medioambiental, pero no lo pensamos de verdad. Si verdaderamente lo pensáramos, nuestras vidas serían muy diferentes. Nuestros coches, libros y celulares de última generación ponen en evidencia que hay algo impensable, tal vez nuevamente aquello mismo que amenaza con desaparecer las condiciones mismas de posibilidad del pensamiento. Por más que lo pensemos, no lo pensamos. El pensamiento se obstina en hacer abstracción de todo aquello que lo condiciona. Se debe suponer, pero no pensar, o sólo pensar sin actuar, es decir, pensar sin verdaderamente pensar.

Así como puede ser difícil pensar con las ideas, así también puede haber dificultades para pensar con los actos. En ambos casos, no conseguimos pensar todo lo que hay que pensar, lo cual, por necesidad, incluye las ideas y los actos, la crítica y la práctica, el pensamiento y el acontecimiento. Si falta el acontecimiento, no hay un verdadero pensamiento, y sin pensamiento, estamos en peligro.

Hay buenas razones para sospechar que el peligro sólo podrá conjurarse al pensarse de verdad, totalmente, hasta las últimas consecuencias. Cualquier medio que abone su pensamiento, como es el caso del texto de Tamayo, debe ser apreciado como un gesto que intenta detenernos en nuestra marcha de ciegos que se guían a sí mismos hacia el abismo.

¿Por qué ir avanzando ciegamente hacia la destrucción del planeta y de la humanidad? Tamayo tiene razón de no explicar este comportamiento suicida en términos psicológicos generales. No lo generaliza ni lo psicologiza.  No lo disuelve en una categoría como la pulsión de muerte. Aunque Tamayo conozca bien la teoría freudiana, prefiere explicar nuestro suicidio colectivo en una perspectiva socioeconómica e históricamente determinada.

El capitalismo neoliberal es el único factor causal decisivo mencionado una y otra vez en el texto de Tamayo, y evidentemente no es un factor ni psicológico ni universal. No ha existido siempre ni está fundamentado en una facultad anímica eterna y natural. Por lo tanto, puede llegar a cambiarse y superarse. Es posible dejar atrás el sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes. De hecho, según Tamayo, es posible y necesario, necesario para salvarnos.

Para el mundo, para nosotros y para todo lo demás, tan sólo habrá un futuro si dejamos atrás el capitalismo. El sistema capitalista de libre mercado únicamente podrá perpetuarse a costa de nuestro mundo. Su vida seguirá siendo la muerte de todo lo demás. Para Tamayo, al igual que para Marx hace casi ciento cincuenta años, el capital sigue apareciendo como un vampiro que se nutre de la sangre viva del hombre y del mundo.  Para cesar la hemorragia, Tamayo no duda en proponer una solución ecosocialista. Es el final de su libro. Es la opción alternativa para evitar el fin del mundo.

Connivencia, indiferencia o resistencia: viejas opciones del trabajo profesional psicológico ante nuevas formas de opresión y explotación

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Conferencia Magistral en la Cátedra de Psicología “Julieta Heres Pulido” del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), décima sesión, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, miércoles 13 de mayo 2015 

David Pavón-Cuéllar

Introducción: el mundo que mejora para los que mejora

Hay quienes aún se preguntan si el mundo está mejorando (Camps et al, 2009). Esta pregunta sólo tiene sentido cuando la precisamos –como lo hace Victoria Camps– y nos preguntamos para quién está mejorando el mundo. Ciertamente hay personas para las que mejora, pero no deberíamos olvidar que también hay otras para las que empeora.

Quizá podamos incluso decir que el mundo se vuelve cada vez mejor y peor: mejor para unos y peor para otros. Esto es al menos lo que sugieren incontables investigaciones económicas acumuladas en los últimos años. Desde hace un buen tiempo, en efecto, los economistas nos alertan sobre el aumento de la desigualdad (Hurrell y Woods, 1999; Milanovic, 2005; Galbraith, 2012). El mundo se vuelve cada vez más desigual, es decir, cada vez mejor para los ricos y peor para los pobres, más bondadoso para los primeros y más hostil para los segundos, más generoso para unos y más miserable para los otros.

Gracias al gran éxito de la obra de Thomas Piketty (2013), hoy el gran público descubre las principales tendencias de la historia económica del último siglo. Primero la desigualdad se redujo sustancialmente entre la crisis de 1929 y los años cincuenta, luego se estabilizó entre 1960 y 1980, y finalmente ha vuelto a incrementarse a un ritmo acelerado en las últimas tres décadas. Hoy vivimos en un mundo tan desigual, tan injusto e inequitativo, como a principios del siglo XX.

Desigualdad y explotación

¿Pero por qué la creciente desigualdad? ¿Qué hace que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres? ¿Cuál es la razón de que los seres humanos se encuentren en condiciones sociales cada vez más desiguales?

Entre las distintas causas de la desigualdad, la explotación aparece como la causa primera, la más esencial y fundamental de todas, al menos cuando aceptamos el principio de que este mundo nos pertenece a todas y a todos por igual. Si partimos de una igualdad básica y originaria, en efecto, entonces la desigualdad sólo puede explicarse por el robo, el despojo, la explotación que hace pobres a los explotados y ricos a los explotadores.

Explotar  es precisamente, por definición, desigualar, desequilibrar, desparejar, hacerse más al hacer menos al otro, enriquecerse al empobrecerlo. Se le quita lo que uno gana. Se produce una desigualdad entre el explotador y el explotado.

Estudio psicológico de la explotación

Como psicólogas y psicólogos que somos, no es necesario que examinemos el crecimiento de las tasas de explotación, de la plusvalía y de la productividad con respecto a los salarios, para convencernos de que la cada vez mayor explotación es correlativa de la cada vez mayor desigualdad en las últimas tres décadas. Tampoco hace falta que exploremos las alcantarillas laberínticas del capitalismo neoliberal y que repasemos los incontables privilegios, abusos y embustes que permiten la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos. Dejemos este arduo trabajo a los economistas y a los sociólogos.

En una perspectiva propiamente psicológica, para apreciar el vínculo esencial entre la creciente explotación y la creciente desigualdad, basta reconocer que los enriquecidos necesitaron de los empobrecidos para enriquecerse. Necesitaron de ellos como trabajadores, desde luego, pero también como consumidores, proveedores y distribuidores. Y además –y es aquí en donde más relevante resultaría un análisis psicológico– los explotadores tan sólo han podido enriquecerse, y enriquecerse cada vez más, al explotar a los empobrecidos como representantes o como ideólogos, como capataces o como guardaespaldas, como cómplices o espectadores, como admiradores o apologistas, como pretextos o chivos expiatorios, como pedestales o como ornamentos, como heraldos o como correctores de estilo, como dócil masa o como carne de cañón, como objeto de negación para la propia autoafirmación o como semejante cuya inferiorización permite la propia elevación.

Cada una de las mencionadas relaciones psicosociales podría ser bien analizada por la psicología, en casos concretos, para mostrar aspectos aún poco estudiados en la creación de la desigualdad por la explotación capitalista. Confirmaríamos entonces una y otra vez que explotar es precisamente hacer lo que han estado haciendo los dueños del mundo en los últimos años, a saber, aumentar la desigualdad al enriquecerse a expensas de aquellos a quienes empobrecen. Los medios económicos e ideológicos para hacerlo se han vuelto cada vez más elaborados, más complejos, más intrincados y sutiles, pero no consiguen aún disimular del todo la explotación que subyace a la desigualdad.

Aun cuando los pobres lo sean por la más pura marginación, como es el caso de algunas comunidades indígenas de México, debemos reconocer que alguien se apropia de aquello mismo de lo que los margina. Se les despoja de lo mismo que se acapara. ¿Y acaso esto no es explotar?

La opresión y sus efectos psicológicos

La explotación puede valerse de la marginación, pero también de la opresión. Por un lado, tenemos la opresión política subordinada a la explotación económica: por ejemplo, en México, las acciones del gobierno de Enrique Peña Nieto al servicio de los intereses económicos de las empresas para las que trabaja, ya sean mineras, constructoras, petroleras, financieras, de comunicaciones o de lo que se ha dado en llamar el “crimen organizado”. Por otro lado, tenemos la opresión inherente a la propia explotación, como es el caso de las diversas manifestaciones de la violencia estructural del capitalismo salvaje periférico en su fase neoliberal: por ejemplo, en México, la violencia del narcotráfico, las decenas de miles de asesinatos y desapariciones en los últimos años, pero también las muertes por desnutrición, por enfermedades curables o por el efecto de los agroquímicos en campos de trabajo de jornaleros.

Sabemos que la esperanza de vida es varios años menor entre los pobres que entre los ricos, lo mismo en México que en otros países capitalistas, pero de manera aún más patente en nuestro país (Idrovo, 2005). Esto significa simplemente que estamos quitando años de vida a los pobres, que los estamos asesinando prematuramente, que los estamos matando antes de que se mueran por causas naturales.  No debemos olvidar que la miseria, en México, sigue matando más, mucho más que el crimen organizado. Y cuando la miseria mata, lo que está matando es la desigualdad, la explotación y la opresión, porque la riqueza económica de México, el ingreso promedio y el producto interno bruto per cápita, son lo suficientemente altos como para asegurar una mayor esperanza de vida a las clases bajas, como lo demuestra la comparación de nuestro país con otras naciones con niveles semejantes de ingreso y producto interno bruto per cápita, pero considerablemente más justas e igualitarias, como es el caso de Costa Rica.

La estructura capitalista opresiva no sólo tiene como efecto la muerte, sino también la miseria social y económica, la insalubridad y el bajo índice de desarrollo humano en general, la migración forzada, el desgarramiento del tejido familiar o comunitario, la prostitución y la delincuencia, el trabajo infantil y la resultante falta de escolarización, la pauperización cultural y un analfabetismo que en los últimos años se incrementó por primera vez en México. Entre los efectos de las diversas formas de opresión del capitalismo neoliberal, hay también muchos que nos conciernen directamente como psicólogas y psicólogos, y que han sido ya detectados por James Petras (2002) y por otros autores (González Ceinos, 2007; Talarn, Rigat y Carbonell, 2011; Hidaka, 2012; Neilson, 2015). Deben mencionarse al menos el déficit intelectual producido por la desnutrición, la depresión hasta el suicido por causa de la miseria, el estrés por la presión y la competencia laboral, la ansiedad por el desempleo o por el empleo inseguro y precario, la desesperación por el endeudamiento y la insolvencia, la canalización del resentimiento social a través de la violencia doméstica, las crisis afectivas e identitarias propias de los migrantes, el sentimiento de fracaso e impotencia de los oprimidos y sus distintas expresiones en la frustración, en la auto-depreciación, en trastornos sexuales y en conductas autodestructivas como la drogadicción o el alcoholismo. Habría que agregar otros efectos menos estudiados como las conductas antisociales motivadas por la injusticia y la desigualdad, el aislamiento de quien sólo puede establecer vínculos económicamente interesados, la sintomatología histérica ligada con el consumismo, la despersonalización de los vendedores forzados a fingir constantemente ante los clientes, la disociación interna de las víctimas identificadas con los agresores de la clase enemiga, la devaluación de la autoestima bajo la influencia de la industria publicitaria y la degradación de la personalidad bajo la incidencia de las televisoras y de otros instrumentos de ideologización del propio sistema capitalista.

La psicología ante las viejas y las nuevas formas de opresión y explotación

El actual capitalismo neoliberal genera muchos de los problemas con los que lidian cotidianamente las psicólogas y los psicólogos. Los profesionales de la psicología, en efecto, no dejan de afrontar los efectos de las más diversas formas opresivas y explotadoras del funcionamiento capitalista. Algunas de estas formas existen desde hace mucho tiempo y han sido bien estudiadas en sí mismas y en sus efectos psíquicos.

En lo que se refiere a la explotación, hace ya más de ciento cincuenta años Carlos Marx  profundizaba en la frustración, la enajenación y la deshumanización del obrero cuya vida es explotada en su valor de uso como fuerza de trabajo (Marx, 1844/1997, 1867/2008). En lo relativo a la opresión capitalista, desde los años ochenta se multiplican los estudios que abordan la incidencia del desempleo en la depresión y la ansiedad (Linn, Sandifer y Stein, 1985; Dooley, Catalano y Wilson, 1994; McKee-Ryan et al, 2005; Riumallo-Herl et al, 2014). Recientemente apreciamos también cómo cobra importancia la psicología de la pobreza como un fecundo y prometedor campo de investigación (Mohanty y Misra, 2000; Anand y Lea, 2011; Carr y Bandawe, 2011; Mullainathan, 2011; Haushofer y Fehr, 2014).

Observamos además actualmente nuevas formas capitalistas de opresión y explotación cuyos efectos psíquicos apenas empiezan a ser explorados. Es así como vemos volcarse el interés de la psicología hacia temas tan disímiles como las transformaciones recientes de la cultura de consumo (Kasser y Kanner, 2004), el retraimiento provocado por el capitalismo corporativo norteamericano contemporáneo (Kasser et al, 2007), la imposición post-disciplinaria del sujeto entendido como empresario de sí mismo (Jódar y Gómez, 2007), la sujeción y subjetivación carente de self bajo el actual poder capitalista (Burkitt, 2008), el impacto psicosocial negativo del capitalismo flexible (Blanch, 2008) y la ideologización global mediática del neoliberalismo (Nafstad et al, 2009). Los autores que se ocupan de tales temas, a diferencia de los que investigan objetos más tradicionales como la pobreza o el desempleo, tienden a remitir de modo más o menos explícito al aspecto explotador y opresivo del capitalismo en la actualidad. La visión resultante es la de un sistema capitalista neoliberal, flexible o post-disciplinario, consumista o corporativo, que oprimiría y explotaría a los sujetos de un modo inédito, provocando así efectos psíquicos negativos insuficientemente estudiados en el pasado.

Ahora bien, resulta evidente que el capitalismo actual, particularmente en los países emergentes y del Tercer Mundo, no es tan innovador como algunos imaginan, sino que suele combinar viejas y nuevas formas de opresión y explotación. Cabe conjeturar que unas y otras provocan distintos efectos psíquicos, los cuales, a su vez, tienden a integrarse y articularse de maneras complejas. La clásica depresión por el desempleo no tiene por qué desaparecer, pero tal vez adquiere una tonalidad inédita, quizá más ansiosa, cuando el sujeto se concibe como empresario de sí mismo en un capitalismo post-disciplinario y flexibilizado.

Psicología y capitalismo

La psicología, como lo hemos visto, ha estudiado constantemente diversos efectos psíquicos del funcionamiento capitalista explotador y opresivo. Sin embargo, aunque haya estudiado estos efectos, no siempre ha remontado a sus causas socioeconómicas en el capitalismo. En el mejor de los casos, ha reconocido tales causas, pero solamente para concentrarse en los efectos. Esto es comprensible cuando consideramos que el psicólogo no es un sociólogo ni un economista, y por lo tanto no está capacitado para ocuparse de las causas socioeconómicas de los efectos psíquicos del capitalismo. Su especialidad son estos efectos: la ansiedad, la depresión, la despersonalización, la sujeción o el retraimiento.

El problema es que el psicólogo, al especializarse en los efectos, puede llegar a olvidar las causas e incluso tomar los efectos como causas. No es muy grave cuando esto sucede en el trabajo teórico académico, pero sí cuando ocurre en el trabajo práctico profesional, en el cual, por cierto, no deja de ocurrir. Los psicólogos no dejan de olvidar las causas socioeconómicas de los problemas psíquicos de los que se ocupan. Tratan la tentativa de suicidio y la depresión ansiosa, pero dejan de lado lo que las provoca: tal vez la miseria del sujeto deprimido y suicida, su desvalorización como fuerza de trabajo, su reducción a no ser más que un engrane del sistema económico y quizá también su ideologización que lo hace juzgarse inferior, incapaz o culpable de su desgracia. Los profesionales de la psicología, en suma, soslayan la condición básica existencial del sujeto en cuestión, su condición explotada y oprimida en el capitalismo, para  considerar únicamente su condición derivada suicida y depresiva.

Podríamos alegar que la función terapéutica del psicólogo es tan inocua y tan indispensable como la de cualquier analgésico. Se trataría simplemente de aliviar el síntoma, el efecto, el dolor, y aquí, en el caso que nos ocupa, la depresión del sujeto. Sin embargo, aliviando el efecto, es fácil olvidar la causa. ¿Para qué intentar curar la enfermedad cuando hemos aliviado el síntoma? ¿Para qué acabar con el capitalismo neoliberal cuando hemos evitado su efecto depresivo en el sujeto?

Connivencia

Aliviando el síntoma depresivo, disimulamos la enfermedad capitalista. La encubrimos para la sociedad y para el propio sujeto, para el que la depresión era la experiencia directa de las contradicciones propias del capitalismo (Talarn, Rigat y Carbonell, 2011). El sistema capitalista deja de ser experimentado y denunciado como lo que es, como algo contradictorio y aberrante, patológico o enfermizo, cuando aliviamos la depresión y los demás síntomas a través de los cuales se experimentaba y denunciaba como lo que es.  Una vez adormecidos por el psicólogo, los sujetos pueden llegar a convencerse, como en un sueño, que el capitalismo no es depresivo, ni contradictorio ni aberrante, ni patológico ni enfermizo. Es así como el profesional de la psicología rinde un importante servicio al capitalismo al reparar sus fallas por encima, en el nivel de la experiencia de los sujetos, y al evitar así que sea denunciado y que los mismos sujetos, víctimas del sistema, tengan buenas razones para sublevarse contra él.

La depresión, de hecho, además de ser una experiencia y denuncia del capitalismo neoliberal, puede ser también una expresión de resistencia política en contra él, como lo ha mostrado recientemente Rogers-Vaughn (2014). En este caso, al curar la depresión, eliminamos la resistencia política, y al eliminarla, nuevamente protegemos el sistema capitalista neoliberal y contribuimos a su perpetuación.  Procedemos así como policías, cumpliendo la vocación íntima oculta de muchos psicólogos, como ya lo presentía Canguilhem (1958) hace más de cincuenta años.

El psicólogo procede como policía, como censor o represor, al sofocar la denuncia y la resistencia del sujeto en lugar de preocuparse por lo denunciado y por aquello contra lo que se resiste. En lugar de luchar contra la explotación y la opresión, nuestro psicólogo-policía prefiere dedicarse a extinguir los signos de malestar en los explotados y los oprimidos. Ataca los efectos psíquicos en el sujeto y así evita quizá que sean atacadas las causas socioeconómicas en el sistema capitalista. Digamos que alivia los síntomas para que no sea necesario curar la enfermedad.

Al desempeñar su rol policiaco, el psicólogo actúa en complicidad o connivencia con el sistema capitalista neoliberal (Pavón-Cuéllar, 2012). Este aspecto del trabajo profesional psicológico es bien conocido y ya sido ya denunciado en los últimos cuarenta años por autores críticos como Didier Deleule (1972) e Ian Parker (2010). Por más denunciada y cuestionada que haya sido en el pasado, la vieja connivencia de los psicólogos con el sistema capitalista no deja de ser mayoritaria en el presente. La mayoría de los profesionales de la psicología siguen siendo cómplices del capitalismo explotador y opresor al contribuir a que se perpetúe, al eliminar lo que podría llegar a destruirlo, al calmar los ánimos, anestesiar las conciencias, apaciguar a los sujetos, disminuir su malestar, borrar los efectos psíquicos de la opresión y la explotación.

Indiferencia y resistencia

La connivencia con el sistema capitalista es indudablemente la opción preferida, la más común, del trabajo profesional psicológico ante los efectos de la opresión y la explotación. Pareciera incluso que se trata de la única opción, pero no es así. Además de la connivencia, las psicólogas y los psicólogos pueden optar al menos por la indiferencia o por la resistencia.

El profesional indiferente es el que no se atribuye una función terapéutica o anestésica, el que no interviene para aliviar el síntoma, el que no intenta ni disminuir el malestar del sujeto ni borrar los demás efectos psíquicos de la opresión y la explotación.  Esta indiferencia puede resultar de una prescripción metodológica precisa como la bien justificada regla de abstinencia en el psicoanálisis. Podríamos decir, en cierto sentido, que el buen psicoanalista se abstiene de incurrir en cualquier tipo de acción que pudiera implicar, en última instancia, una connivencia con el sistema opresor y explotador. Es una opción quizá fácil y cómoda, pero juiciosa y prudente. La indiferencia evita lo peor, lo más dañino, la connivencia, la corresponsabilidad en la opresión y la explotación del sujeto.

Afortunadamente, además de la indiferencia y la connivencia, existe igualmente la opción de la resistencia contra el sistema opresivo y explotador. Esta resistencia puede revestir las más variadas formas en el trabajo profesional del psicólogo, pero todas ellas habrán de caracterizarse por la escucha del síntoma y el reconocimiento de las causas socioeconómicas de ciertos efectos psíquicos. Al enfrentarse con una depresión claramente causada por el capitalismo neoliberal, el psicólogo comprometido con la resistencia no intentará curarla, sino que optará por tomarla en serio, escucharla y acompañarla, permitiéndole denunciar lo que denuncia y resistir contra lo que resiste. Esto podrá conducir eventualmente, si el sujeto depresivo así lo decide, al único remedio efectivo y definitivo para esta clase de malestares, a saber, la acción colectiva encaminada a la incidencia en las causas socioeconómicas del malestar (Petras, 2002).

La cuestión de la posición política y la acción colectiva

Las causas socioeconómicas tan sólo pueden tratarse colectivamente. Por lo tanto, si un profesional de la psicología se compromete con la resistencia, entonces deberá comprometerse también con ciertas formas de acción colectiva contra el sistema capitalista explotador y opresivo. Quizá este compromiso resulte inaceptable para ciertos profesionales que aún se aferran a los ideales cientificistas de la neutralidad valorativa en psicología y la abstinencia política en psicoanálisis.

Tal vez habría que recordarles a muchos psicoanalistas que su Lacan (1970/2001) reconoció que el supuesto abstemio político no deja de “hacer profesión” de la política (p. 438). Asimismo habría que recordar a muchos psicólogos que su Popper (1961/2013) hizo notar que la “neutralidad valorativa” era un “valor” como cualquier otro (p. 28). El valor y la política parecen estar anudados indisociablemente con la ciencia en cualquiera de sus acepciones, ya sea como disciplina psicológica de lo general o como estudio psicoanalítico de lo particular.

Cualquier actitud verdaderamente científica nos impulsa lógicamente a remontar hasta las causas y tratarlas en lugar de los efectos. Ahora bien, cuando las causas tienen carácter socioeconómico, tan sólo podemos tratarlas a partir de una posición política valorativa y a través de una acción colectiva militante. La militancia colectiva y la valoración política son así exigidas paradójicamente por la misma cientificidad a la que aspira el trabajo profesional de la psicología. Nuestro espíritu científico nos hace renunciar al cientificismo al posicionarnos políticamente y actuar colectivamente.

Viejas opciones ante nuevas formas de opresión y explotación

La resistencia no es necesariamente incompatible con el espíritu científico. Dependerá de cómo concibamos la ciencia. Así como hay concepciones que aceptan y hasta requieren cierta resistencia, las hay también que la excluyen y que resultan más consonantes con la indiferencia e incluso con la connivencia.

Cada una de las viejas opciones del trabajo profesional psicológico tendrá siempre sus partidarios que la justificarán argumentando cientificidad, pero también moralidad, efectividad o utilidad. Independientemente de cómo justifiquemos nuestra opción, es importante que tengamos claro cuál es nuestra opción. ¿Optaremos por la connivencia, por la indiferencia o por la resistencia? Esto puede ser difícil de saber, en especial ante nuevas formas de opresión y explotación.

Por ejemplo, ante la imposición post-disciplinaria del empresario de sí mismo, la connivencia del psicólogo con el sistema puede ayudar al sujeto a desinhibirse, optimizarse, responsabilizarse de su destino, desplegar su espíritu emprendedor, no renunciar a sus ambiciones, desplegar su autonomía y su creatividad, cumplir adecuadamente las expectativas, estar a la altura de las circunstancias, competir de la mejor manera contra sus rivales, venderse lo más posible y al mejor precio. Ninguna de estas brillantes perspectivas debería ser buscada por un buen psicoanalista que supiera mantener la indiferencia, limitándose, por lo tanto, a notar y hacer notar los esfuerzos y sufrimientos del sujeto por obedecer el modelo imaginario auto-empresarial que se le impone arbitrariamente desde fuera y que no corresponde necesariamente a su deseo. Por último, si optamos por la resistencia, tendremos que resistir con los sujetos contra la consigna de que sean empresarios de sí mismos, revalorizando sus fracasos y su falta de vocación empresarial, escuchando sus reparos, comprendiendo su incomprensión, dignificando los escrúpulos que los inhiben, defendiendo su derecho a la inconformidad con las expectativas y apoyándolos decididamente en su valiente decisión de no adaptarse, no prostituirse, no venderse de ningún modo ni por ningún precio.

La resistencia contribuye a sublevarse contra las nuevas operaciones opresivas y explotadoras del capitalismo neoliberal a las que ya nos referimos anteriormente: las mismas que son respaldadas en la connivencia y consideradas con la mayor atención en la indiferencia. Es el caso del consumo de la propia identidad, el retraimiento de los átomos en las corporaciones, la sujeción capitalista del sujeto carente de sí mismo, los caprichos del capitalismo flexible y la ideologización global mediática neoliberal. Estas nuevas formas capitalistas neoliberales de opresión y explotación tan sólo pueden ser o aceptadas o analizadas o rechazadas, o apoyadas o profundizadas o atacadas, o facilitadas en la connivencia con el sistema capitalista o examinadas en la indiferencia o impugnadas en la resistencia contra el sistema. Las opciones disponibles son las mismas viejas opciones de siempre. No parece haber otra opción, al menos por ahora.

Conclusión: la psicología dominante en el mejor de los mundos posibles

Los profesionales de la psicología no pueden escapar a las tradicionales orientaciones que suelen identificarse como conservadoras, neutrales y progresistas o revolucionarias. El espectro sigue siendo el mismo. Los dilemas también.

O un extremo o el otro. O los extremos o el centro. Y el más importante de los predicamentos, el subrayado por Canguilhem (1958): o ser policía del sistema o ser algo diferente. O la connivencia o las opciones de la indiferencia y de la resistencia. O aceptar la psicología dominante, incluido el psicoanálisis domesticado, o rechazarla, ya sea huyendo hacia el psicoanálisis aún consecuente o hacia las psicologías alternativas, marginales, críticas y políticamente comprometidas. En otras palabras: o ser o no ser cómplice de la creciente desigualdad social, de las viejas y nuevas formas capitalistas de opresión y explotación, tal como se manifiestan para nosotros en sus efectos psíquicos.

Entre las psicólogas y los psicólogos que opten por la connivencia con el capitalismo en su fase neoliberal, quizás los haya que se imaginen ingenuamente que el mundo ha mejorado, que tiende a mejorar o incluso que vivimos en el mejor de los mundos posibles. ¿Para qué ayudar entonces a transformar lo inmejorable o lo que mejora naturalmente? En lugar de transformar el mundo, habría que transformar a los sujetos patológicamente pesimistas, como nosotros, para los que el mundo no es el mejor y ni siquiera tiende a mejorar. Habría que transformarnos así a nosotros mismos para no transformar el mundo. ¿Acaso ésta no es una de las principales funciones de la psicología dominante?

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