Marx ante la praxis alucinatoria: Locura, idealismo filosófico y formalismo capitalista

Intervención en la Jornada sobre Locura y Creación, con Nadir Lara Junior. Espacio Multidisciplinario para el Aprendizaje de las Humanidades (EMAH), Morelia, Michoacán, sábado 4 de octubre 2014

David Pavón-Cuéllar

En un pasaje de La Sagrada Familia, Marx y Engels describen lo que ellos mismos llaman “la forma general de la locura”. Su descripción aspira explícitamente a la generalidad. Pretende aplicarse, por lo tanto, a cualquier tipo de enloquecimiento. En todos los casos, la locura sería, según Marx y Engels, “el estado en que cae el hombre aislado del mundo exterior”. Este aislamiento haría que el “mundo sensible”, el mundo material que podemos captar por los sentidos, se transformara en “simple idea”, lo cual, a su vez, haría que “las simples ideas se transformaran en seres sensibles”. En otras palabras, que son también las de Marx y Engels, “las alucinaciones del cerebro adquieren formas visibles, casi palpables, de fantasmas sensibles”.

Vemos que Marx y Engels distinguen tres momentos en el proceso que desemboca en la locura. Primero el aislamiento con respecto al mundo exterior material y sensible, después la reducción de este mundo a simples ideas y finalmente la transformación de las ideas en seres sensibles, tan sensibles como el mundo exterior, pero desprovistos de materialidad. Estos seres sensibles inmateriales corresponden a las alucinaciones en el sentido estricto del término. Son seres que podemos captar con los sentidos, que somos capaces de ver y escuchar, casi tocar, pero que no existen realmente en el mundo exterior material. Su existencia es ideal, ya que no estriba sino en las ideas que adquieren una forma sensible, audible y visible, como si fueran cosas y no ideas.

Cabe decir que el loco, tal como se lo representan Marx y Engels, vive en un mundo de ideas, en el mundo mismo de las ideas, en el topus uranus de Platón. En este mundo ideal, las ideas abarcan todo lo que hay. Y no sólo se captan con el intelecto, sino también con los sentidos. No sólo se deliran, sino que también se alucinan. Constituyen, paradójicamente, ideas sensibles y no sólo inteligibles. Un loco ve y oye ideas, mira y escucha sus pensamientos, alucina sus delirios.

Para Marx y Engels, un loco es un idealista como cualquier otro: como aquellos filósofos especulativos que alucinan entes ideales en lugar de percibir las cosas materiales, pero también como los capitalistas y sus ideólogos, los economistas liberales ingleses, quienes remplazan el mundo material, el del hambre y la miseria, el de la vida real de los trabajadores en carne y hueso, por abstracciones formales como cifras y estadísticas, precios y salarios, cantidades y dividendos. El ideólogo del capitalismo es un loco de atar, un idealista consumado, que imagina tasas de ganancia e índices de crecimiento ahí en donde sólo hay cosas tan materiales como la vida, el trabajo, la explotación, la frustración, el sufrimiento. Ahí en donde no hay más que hombres y mujeres inmolando sus vidas al sistema, el idealista del capitalismo delira y alucina plusvalías, piensa y percibe inversiones rentables, números que se tornan cosas que a su vez cobran una extraña vida que les permite moverlo todo, arreglarlo todo, responsabilizarse de todo, como si fueran los sujetos, agentes, causantes de todo lo que ocurre.

Los idealistas hacen que las ideas tengan movimiento propio y sean aquello por lo que se ve movido el mundo material. Para el economista liberal, como para el tecnócrata neoliberal, la riqueza, o más bien una idea formal y abstracta de la riqueza, consigue bastarse a sí misma para generar más riqueza, crear empleos, asegurar bienestar, cambiar la sociedad, mover a México. De igual modo, para un filósofo idealista como Hegel, el espíritu es capaz de animar a los pueblos, gobernar como Estado y hacer la historia de la humanidad.

Tanto en el formalismo capitalista como en el idealismo filosófico, el polo activo, práctico, está en las ideas y no en las cosas materiales. El mundo y sus habitantes no se mueven aquí por sí mismos, sino que son movidos por dioses y conceptos, por supersticiones y explicaciones, por dogmas y razones, por lo que se cree y por lo que se piensa. Todo esto da lugar a teorías delirantes que sólo pueden llegar a desenvolverse y concretarse prácticamente a través de una verdadera praxis alucinatoria. La alucinación realiza lo que no puede ni vivirse ni hacerse.

A falta de un mundo externo material en el que podamos luchar por nuestros deseos, nos damos el gusto de soñar su inmediata realización y satisfacción en el mundo interno inmaterial. Este mundo no exige luchar por ideas que se realizan con tan sólo pensarlas. El idealismo filosófico y económico nos permite así alegorizar, escenificar y representar de forma sensible una infinidad de ideas que nos vienen a la mente. Sin embargo, y éste es el punto importante, el mismo idealismo impide pensar aquellas ideas que sólo pueden pensarse a través del gesto, la acción, la lucha, la praxis materialista y no alucinatoria.

Desde el punto de vista de Marx y Engels, la praxis materialista difiere claramente de la praxis alucinatoria en la que vemos coincidir a locos y cuerdos, a economistas y filósofos, pero también a teólogos y psicólogos. Todos ellos dan una forma sensible a sus ocurrencias inteligibles, mientras que un luchador social o político descubre nuevas ideas, nuevas entidades inteligibles, en la materialidad sensible del mundo en el que se hunde a través de su praxis. Esta materialidad, siempre tan llena de ideas nuevas que sólo ahí se encuentran, es aquello que faltaría en la praxis alucinatoria de los locos y de otros idealistas. Unos y otros alucinarían lo que ya conocen, lo que está en ellos, en lugar de conocer algo nuevo que no está en ellos, sino fuera, en la mayor mina de ideas que exista, en las entrañas del mundo en las que sólo puede profundizarse al hundirnos en lo que nos rodea a través de una acción transformadora.

El interior del mundo sería lo desconocido en el idealismo psicótico al igual que en el filosófico y el económico. Parecería entonces que ambos idealismos son equivalentes, incluso idénticos para Marx y Engels, pero en realidad no lo son. Un loco tiene la suerte de no ser igual a un cuerdo idealista. El cuerdo sólo consigue dar una forma sensible a las bien conocidas ideas que expresan claramente sus necesidades e intereses de clase, mientras que el loco tiene muchas otras ideas que escapan al ámbito de la necesidad y del interés, que a menudo se liberan de sus determinaciones clasistas y que manifiestan deseos desconocidos, insospechados, inconfesables e incluso inimaginables entre los cuerdos.

Difícil prever las teorías que brotan y que revisten aspectos prácticos visibles y audibles en la cabeza de un loco. Sus alucinaciones consiguen liberarlo de todo lo que cierra el horizonte de los cuerdos. Nadie ha conquistado esa libertad que un alucinado conquista virtualmente para todos.

La praxis alucinatoria de un loco nos ofrece algo quizás más importante que lo revelado en la praxis materialista de un luchador. Quien lucha nos descubre las entrañas del mundo existente, pero sólo quien enloquece consigue mostrarnos el fondo insondable de un mundo que todavía no existe y que tal vez debiera existir.

Marxismo y psicoanálisis: unidos por las llamas

Discusión del libro Elementos políticos de marxismo lacaniano en la Facultad de Psicología de la UMSNH, el viernes 3 de octubre 2014, con la participación de Francisco Javier Dosil Mancilla, David Lozano Tovar, Nadir Lara Junior y Mario Orozco Guzmán

David Pavón-Cuéllar

Tras la expulsión de los árabes de España en 1492, se le encargó al cardenal Francisco Ximénez de Cisneros que se ocupara de la noble tarea de imponer la fe cristiana entre los musulmanes que permanecían en la ciudad de Granada. En 1502 Ximénez ordenó una quema de ejemplares del Corán y de otros libros escritos en lengua árabe. Más de cinco mil volúmenes ardieron en una inmensa hoguera encendida en la plaza Bib-Rambla de Granada.

La quema de libros de Granada será evocada tres siglos después, en 1821, en la obra Almanzor de Heinrich Heine. El protagonista le cuenta a su sirviente Hassan que “el terrible Ximénez, en el centro del mercado de Granada, lanzó el Corán a las llamas”. Entonces el sirviente pronuncia la famosa frase: “Esto sólo es el principio, ya que allí en donde queman libros, al final terminan por quemar personas”.

La frase de Heine ha sido citada una y otra vez al referirse a la quema de libros organizada en 1933, en Alemania, por la Unión Estudiantil Nacionalsocialista. Y por una significativa coincidencia, entre las obras quemadas entonces por los estudiantes nazis, se encontraban precisamente las del judío Heinrich Heine. De modo que hubo flamas que devoraron aquel mismo libro en el que se advertía que la quema de libros anunciaba la futura quema de personas. Y conocemos la continuación de la historia. Tras las hogueras para quemar libros de judíos, vinieron los hornos para quemar judíos. La solución final. La conclusión del silogismo.

Entre los autores cuyos libros fueron quemados por los nazis, no sólo había Heine, sino también muchos otros, y entre ellos destacaban Marx y Freud, quizá los más odiados, los más anti-alemanes, los más decadentes, indecentes, contaminantes. Freud no tardó en enterarse de que andaban chamuscando sus libros. Entonces le comentó a Ernest Jones, entre optimismo e ironía: “¡Cuánto hemos progresado! En la Edad Media me habrían quemado a mí, hoy en día se contentan con quemar mis libros”.

Difícil resistirse a contrastar la frase de Freud con la de Heine, quien era, por cierto, uno de los autores favoritos del médico vienés. Heine advierte que empezamos por quemar los libros y terminamos por quemar a las personas, mientras que Freud se consuela pensando que se ha empezado por quemar a las personas y que se ha terminado por quemar únicamente los libros. La sucesión es la contraria en uno y en otro caso, y en esta ocasión, al menos en esta ocasión, Freud parece equivocarse. No ve que muy pronto, después de carbonizar libros de judíos, empezarán a calcinar cuerpos de judíos. De hecho, si Freud no hubiera huido a Londres, quizás habría terminado volatilizándose en el humo que salía por las chimeneas de los campos de exterminio.

El caso es que Freud evitó las llamas en las que ardieron sus palabras. Lo mismo ocurrió con Marx. Y sin embargo, como ya lo sugerí, uno y otro eran quizá quienes personificaban lo que debía ser destruido por los nazis. Marx y Freud no sólo eran judíos, sino que eran la mejor expresión del germen corruptor del que debía preservarse la pureza cultural de los nazis. Ocurrió exactamente lo mismo en otros contextos. Quizá el ejemplo más elocuente sea el de Argentina a principios de los años setenta, cuando también se quemaron libros de Marx y Freud, y cuando la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, perseguía y amenazaba lo mismo a freudianos que a marxistas, sin hacer una distinción clara entre unos y otros.

En noviembre de 1973, en el periódico de la Triple A El Caudillo de la tercera Posición, encontramos una extraña nota en la que se narra la conmovedora historia de un pobre hombre tratado de “viejo burgués” y “reaccionario” por una hija que recibió tratamiento psicoanalítico. Esta historia se utiliza como prueba y ejemplo de la íntima complicidad entre el psicoanálisis y el marxismo. Se acusa literalmente a los marxistas de “valerse del psicoanálisis” con el propósito de “adoctrinar” a los “enfermos mentales”, mientras que se afirma que los psicoanalistas “sólo dan de alta a los que han adoctrinado como marxistas”.

El delirio perverso del psicoanálisis instrumentalizado por el marxismo no corresponde obviamente a ninguna realidad, y sin embargo, al menos para mí, resulta profundamente revelador. Es un buen ejemplo de los “cuentos verdaderos” de los que nos hablaba el joven Marx al defender la prensa amarillista. Lo mismo que otras mentiras periodísticas, las de la Triple A vienen a confirmar, en términos lacanianos, que la verdad viene del Otro y que tiene una estructura de ficción. Es aquí, en las malintencionadas ficciones conspiracionistas de nuestros enemigos de la extrema derecha argentina, en donde venimos a descubrir una profunda imbricación entre nuestro marxismo y nuestro psicoanálisis. Uno resulta indisociable del otro. Uno es tan inflamable como el otro. Uno debe quemarse como el otro. Uno es prácticamente el otro, pero no por ello son exactamente lo mismo. Es por esto, por su diferencia, que pueden imbricarse tan profundamente el uno con el otro.

En palabras de la Triple A, el marxismo habrá de valerse del psicoanálisis. La doctrina requerirá de un arma o instrumento. La posición deberá elaborarse. Habrá un marxismo freudiano, así como habrá también uno lacaniano, pero habrá que evitar cualquier freudianismo o lacanismo. El psicoanálisis no puede ser doctrina, posición en el mundo y visión del mundo, sin dejar de ser lo que es. No habríamos podido verlo tan claro sin el auxilio de nuestros peores enemigos. Tan sólo ellos pueden llegar a dejarnos ver, con su temor, lo que más temen, es decir, lo que más debemos desear.

Después de todo, tanto en el marxismo como en el psicoanálisis y especialmente en el psicoanálisis lacaniano, tan sólo podemos reconocernos en la negación del deseo del Otro. Esta negación de la negación, esta extinción del fuego y de otras formas de represión, es nuestra única posibilidad de afirmación radical sin concesiones. Ahí estamos, aquí, en diversos esfuerzos tendientes a la desalienación, la objeción de conciencia, el anti-capitalismo, el posicionamiento extra-académico, la crítica de la ideología, la contra-psicología. Esto es lo primero que nos une, según yo, a quienes estamos aquí en esta mesa. Digamos que somos por lo que no estamos dispuestos a ser.

He querido invitarlos a discutir este libro, a ustedes cuatro, porque adivino que no se dejan reducir a las condiciones de simples psicólogos, ideólogos, académicos o apologistas del sistema en funcionamiento. Ayer me preguntaba qué debería decir yo aquí, en esta mesa, que pudiera aplicarse a los cuatro, y sólo encontré lo que me parece que los cuatro se resisten a ser. Pienso además que esta resistencia es el motivo principal por el que este libro se ha visto realizado. Lo escribí como continuación de una resistencia que no es mía ni de nadie en su individualidad, sino de todos nosotros como nosotros, como grupos, como colectivos en los que nos hemos encontrado.

Nosotros, al igual que muchas y muchos de quienes aquí nos escuchan, intentamos resistir de algún modo a todo aquello en lo que se han convertido la universidad y la sociedad, la psicología y otras ciencias humanas, pero también cierto marxismo y cierto psicoanálisis.  Esta resistencia que viene de nosotros, de ustedes y de otras y otros colegas y estudiantes, es la que me animó a escribir y terminar de escribir este libro que no podría considerar propio sin robárnoslo. ¿Cómo no descartar la propiedad privada, la apropiación de lo que se hace, cuando uno se ubica precisamente en la perspectiva del marxismo lacaniano? Esta perspectiva es comunista porque hace recordar a cada momento que uno es lo que somos y lo que habremos llegado a ser, pero también lo que fuimos, lo que ardió y consiguió atravesar las llamas, lo que ha sobrevivido hasta hoy a través de cierta resistencia.

Lo público en la Universidad Michoacana

Charla para estudiantes de nuevo ingreso. Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, martes 9 de septiembre 2014.

David Pavón-Cuéllar

Tengo un colega y amigo mexicano que vive en París. Hace poco le escribí sobre la violencia en Michoacán y los cada vez más graves problemas económicos de la Universidad Michoacana. Me respondió la semana pasada, preguntándome si todavía no consideraba irme a otra universidad. Es la segunda vez que me lo preguntaba, y la primera vez, hace un par de años, su pregunta fue acompañada por una generosa y atractiva invitación a trabajar en otra universidad. Esta vez ya no hubo ninguna invitación, pero presentí, quizá ingenuamente, que la habría si yo confesaba que había llegado el momento de partir.

Es común, cuando uno es profesor nicolaita, que nuestros colegas de otras universidades nos pregunten si queremos irnos. Ya perdí la cuenta de cuántos me lo han preguntado, y más de una vez la pregunta vino acompañada por amables invitaciones u ofrecimientos de apoyo para conseguir un trabajo en otra universidad. Siento una enorme gratitud ante estos gestos amistosos, pero también me hacen preocuparme cada vez más. ¿Será que de verdad estamos tan mal? Puede ser que sí. Mi temor es que esté rechazando los salvavidas mientras se hunde el barco al que me aferro, y que después, una vez que el barco esté hundido, ya no haya ningún rescatista que me ofrezca salvavidas y yo termine ahogándome, hundiéndome con mi barco michoacano.

Desde luego que no quiero ahogarme, pero tampoco me gustaría irme a otra universidad. Estoy feliz en este barco. Espero que siga flotando y que me permita permanecer aquí el mayor tiempo que sea posible.

Debo decir que antes de subirme a este barco, hace ya muchos años, yo deseaba estar y trabajar aquí. Fue mi propio deseo el que me trajo, y mi deseo no se explicaba ni por haber estudiado en esta universidad ni por ser de Morelia o de Michoacán. Soy defeño, de la capital, y nunca viví en esta región del país. Tampoco tengo el gusto de contar con michoacanas o michoacanos entre mis parejas o amistades o antepasados. Nada previo me unía entonces ni a Morelia ni al estado ni a su universidad. Y sin embargo, hice todo lo posible para venirme a vivir a Morelia y trabajar en esta universidad. Esto es algo que me sorprende mucho ahora, sobre todo ahora, cuando sé que la mayoría de mis colegas llegaron aquí simplemente porque son de aquí, por las circunstancias o por aparentes azares del destino. Yo debí obstinarme en venir.

Bueno, es verdad que había dos o tres otras universidades en las que habría trabajado con gusto, pero también es verdad que la Michoacana terminó siendo mi primera opción a pesar de todo lo mal que escuché sobre ella. Me insistieron en que estaba en bancarrota, que era demasiado conflictiva, que siempre estaba en huelga, que había grupos de poder que lo controlaban todo, que la descomposición social del estado, que la corrupción y la violencia y todo lo demás que ya conocen. En fin, una imagen desoladora. Y aun así, yo deseaba trabajar aquí. ¿Por qué? ¿Por qué un deseo tan intenso de la Universidad Michoacana? ¿Y por qué sigo ahora tan aferrado a este barco?

Son muchas las razones y no consigo distinguir entre las más y las menos importantes, entre las que me hicieron subirme al barco y las que me hacen ahora mantenerme a bordo y rechazar los salvavidas que me ofrecen. Y sin embargo, ahora que lo pienso, hay una razón que se destaca por sobre todas las demás.

La Universidad Michoacana es pública y yo creo en la educación pública. Tal vez haya que agregar que no creo en la educación privada. Y no creo en ella porque la conocí, porque tuve la experiencia de la gran aberración por la que uno recibe saber a cambio de la colegiatura que paga. El dinero se transmuta de manera casi mágica en un profesor, en un conocimiento, en calificaciones y hasta en títulos. Todo aparece cuando uno introduce la moneda. El estudiante se vuelve cliente y el maestro se ve reducido a un vendedor cualquiera. El conocimiento se torna simple mercancía y la universidad es una tienda como cualquier otra. Esto puede llegar a ser diferente, desde luego, cuando no hay un propósito lucrativo, sino un proyecto social o político, tal vez de índole celestial como el de ciertos religiosos, entre los que no incluyo, desde luego, a los legionarios de cristo. Sin embargo, aun en estos casos, no creo en la educación privada porque pienso que la educación es algo demasiado importante como para privatizarlo y subordinarlo a los intereses o ideales de un sector específico. La educación debe ser de toda la sociedad y para toda la sociedad, y nadie tendría que tener derecho de acapararla de ningún modo.

Decir que la Universidad Michoacana es pública significa también que se trata de un espacio público, abierto, no cerrado al mundo exterior. La calle se prolonga al interior de la Universidad y de la Facultad. No estamos fuera de la ciudad ni de la sociedad. Los perros callejeros entran a la Facultad como Juan por su casa. A veces nos encontramos con limosneros y con vendedores ambulantes. Recientemente hasta hubo profesores amenazados por estudiantes quizá vinculados por el crimen organizado. Pero también las luchas sociales no dejan de agitar nuestra máxima casa de estudios. Todos los problemas sociales atraviesan los muros de la universidad.

Si hay violencia y miseria en el exterior, no debe sorprendernos entonces que las haya también en el interior, pues aquí no hay un interior diferente del exterior. El interior es parte del exterior. La universidad es parte de la sociedad y está atravesada por la sociedad con todos sus conflictos y todas sus carencias.

Decir que la universidad es pública implica también que no tiene propietario. Hay que aclarar que no es del gobierno. Quizá el gobierno la gestione, pero no la posee, pues nadie posee lo público y es por eso que se trata de algo público, no privado. Lo público no es de nadie en particular, ni siquiera de nosotros que estamos aquí, sino que es de todos, de toda la sociedad que paga la universidad pública con su trabajo, con lo que produce y con los impuestos que se generan con lo que produce. Esta universidad es tan de ustedes como de las trabajadoras y los trabajadores, en fábricas, minas y campos, que no están aquí, pero cuyo trabajo nos está pagando todo esto que nos rodea. Tenemos una deuda con ellas y ellos que nos pagan la educación, y esto es algo que no debemos olvidar jamás cuando estamos en una universidad pública como la Michoacana.

La Michoacana es pública y ésta es una primera razón por la que estoy aquí. Pero hay otras universidades públicas en México y en el mundo, y seguramente muchas de ellas, quizá la mayoría, tienen mucho que ofrecer, y sin embargo yo he preferido ésta que otras. ¿Por qué?

Me atrevo a decir, para empezar, que nuestra universidad no sólo es una universidad pública, sino que tiende a ser también, en cierto sentido, más pública, entiéndase más abierta y más de todos, que otras universidades públicas. Es una universidad a la que vienen a estudiar jóvenes de otros estados que muchas veces no podrían estudiar una carrera universitaria si nuestra universidad no existiera. Esto quiere decir que nuestra universidad es más pública, más abierta y más de todos, lo que la hace, al menos desde mi punto de vista, mejor que otras universidades públicas que se han ido privatizando, es decir, que se han ido cerrando, que se han ido convirtiendo en privilegio de unos y han dejado ya de ser de todos.

Cuando una universidad pública se privatiza, entonces deja de ser un derecho de todos y se convierte en privilegio de unos cuantos. Esto es un robo, sí, un robo por el que cierto sector de la sociedad le roba la educación a toda la sociedad. Lo que es de todos termina siendo monopolizado por unos cuantos. Se les arrebata la educación pública a los trabajadores que la pagan y se les entrega a quienes habrán de explotarlos. Esto no se justifica de ningún modo, ni siquiera bajo el argumento de la calidad.

Es deseable, desde luego, que la educación pública sea de calidad, sea cual sea el significado que le demos a esta palabra. Pero antes debe ser pública, y si deja de ser verdaderamente pública para ser de calidad, entonces no sólo se convierte en un producto de lujo como la educación impartida en ciertas universidades privadas, sino que se torna un producto robado que no ha sido pagado por quienes la acaparan, sino por todos, pues no deja de ser mantenida por el erario público. Digamos que la educación pública se privatiza cuando unos pocos privan de ella a todo el  resto del pueblo. Esto no ha ocurrido todavía en la Michoacana, pero debemos cuidar que no ocurra. Mejor un barco hundido que un barco robado por los piratas.

No conocía ni conozco bien todas las universidades públicas de México, pero sí debo decir que una de las razones decisivas que me hizo venir y que ahora me hace aferrarme a la Universidad Michoacana es precisamente que me parece una universidad más pública, más abierta, más de todos, más de los de abajo, más de los trabajadores, más popular, menos elitista, menos pirateada que otras universidades. Muchos estudios socioeconómicos de la población universitaria confirman esta idea. Por ejemplo, somos la universidad pública estatal con más indígenas en México. Podríamos incluso afirmar, con cierta dosis de optimismo, que somos una universidad auténticamente pública y popular. La Michoacana, en efecto, se acerca mucho al ideal de ser una universidad del pueblo y para el pueblo, pagada por el pueblo como otras universidades públicas, pero también gozada por el pueblo, por todo o casi todo el pueblo, por hijos e hijas de jornaleros e indígenas, de obreros y mineros, de madres solteras y espaldas mojadas. Nuestra universidad no cierra o sus puertas, al menos en principio, a quienes vienen de rancherías y telesecundarias, quienes debieron trabajar desde niños en la milpa, quienes debieron ocuparse de sus pequeños hermanos, quienes difícilmente serían admitidos en otras universidades públicas, en las privatizadas, en los barcos tomados por los piratas.

He conocido a estudiantes que tienen un gran criterio y madurez intelectual, pero que también cometen las faltas de ortografía más elementales, pues nunca se les ofreció la ocasión de corregirlas antes de empezar los estudios universitarios. Hay muchas y muchos que han pasado hambre y que han sufrido todas aquellas violencias y humillaciones por las que la miseria viene a veces acompañada. Se trata de estudiantes que son pueblo y a los que esta universidad a menudo permitirá salir de la miseria de sus familias y dejar de ser oprimidos y explotados. Para ellos, la educación verdaderamente pública es también una forma de liberación social. Es nuestra universidad la que tal vez les permita liberarse de todo aquello por lo que han sido sistemáticamente oprimidos y explotados, pero también marginados o enajenados. Nuestra máxima casa de estudios les habrá permitido pensar lo que no tenían permiso de pensar, entrar ahí en donde no tenían derecho de entrar, y les ha dado la posibilidad de elegir ahí donde otros elegían por ellos y en lugar de ellos.

Más allá de la movilidad social, hay una transformación y liberación social que puede llegar a ocurrir en las aulas. Esto es para mí nuestra Universidad Michoacana, y esto es lo que hace, también para mí, que sea única y especial, y que se distinga de muchas otras universidades públicas. Es por esto que yo la he preferido, y es también esto lo que yo preservaría y desarrollaría. Y no hay que olvidar que esto ha sido posible, en gran medida, por la gratuidad o por las bajas cuotas, y especialmente por las Casas de Estudiante que han asegurado alojamiento y a veces alimentación a varias generaciones sucesivas de estudiantes de bajos recursos provenientes de diferentes regiones del país. Hay quienes quieren suprimir las Casas de Estudiante para sanear las finanzas de la universidad, para quitarle peso al barco y que no se hunda. Pero esto es piratería. Sin Casas de Estudiante, la Universidad Michoacana deja de ser lo que es. El barco tal vez no se hunda, pero ya no es el mismo barco, sino un barco pirata.

Para ser lo que es, la Universidad Michoacana debe ser popular. Lo popular está unido, tan unido a esta institución, que lo encontramos en sus mismos orígenes, en el siglo XVI y en el Testamento de nuestro fundador, Vasco de Quiroga, quien legó la universidad al pueblo y específicamente a los indígenas purépechas. Podemos leer en su testamento: “Por cuanto lo hicieron todo los indios de esta ciudad de Michoacán por mi ruego y mandado, sin habérseles pagado bien como debiera, que se le quede todo como dicho es perpetuamente para siempre jamás al dicho colegio de San Nicolás con cargo que en recompensa y satisfacción de lo que allí los indios de esta ciudad de Michoacán y barrios de la Laguna trabajaron, pues ellos lo hicieron y a su costa, sean perpetuamente en él gratis enseñados todos los hijos de los indios”, e insiste: “que han de ser enseñados gratis como es dicho, en satisfacción y recompensa de lo que allí y en otra cualquier parte y obra hubieren trabajado los dichos indios”.

La Universidad Michoacana, desde un principio, fue de los indígenas y para los indígenas, del pueblo y para el pueblo, de los dominados y para los dominados, de los más pobres y para los más pobres. En cierto sentido, los demás estamos invitados, y debemos tener una enorme gratitud hacia quienes nos comparten generosamente su universidad. Tenemos también que hacer todo lo posible para preservar su carácter público, pues este carácter público es lo que hace que aquí, en la Universidad Michoacana, la educación haya sido también liberación. Recordemos que las aulas de nuestra universidad vieron pasar a nuestros libertadores Miguel Hidalgo, José María Morelos, José María Izazaga e Ignacio López Rayón, héroes de la Independencia, quienes ayudaron a nuestra liberación del colonialismo español. Es un honor que el gobierno virreinal español decidiera cerrar nuestra universidad precisamente por su naturaleza rebelde y sediciosa. Luego será el furioso liberal Melchor Ocampo quien reabra sus puertas en 1847. Por último, en el siglo XX, nuestra universidad será honrada por intelectuales particularmente críticos y comprometidos como Aníbal Ponce, María Zambrano y Eli de Gortari. La movilizaciones estudiantiles de 1963 y 1966 precederán e impulsarán las de la Ciudad de México.

Ya nos liberamos de la corona española y de uno que otro despotismo posterior, pero queda todavía mucho a lo que deberíamos dejar de someternos. Lo encontrarán en las calles, en las aulas, en sus clases e incluso en la psicología que estudian, que a veces resulta comparable a esa religión con la que se aseguró la opresión, explotación, marginación y enajenación de los indígenas. Esto se encuentra obviamente en cualquier otra universidad, pero aquí somos especialistas en resistencias populares y luchas liberadoras. Tenemos todo para liberarnos al menos de las peores ideologías psicológicas. Intentemos que nuestra liberación confirme el carácter auténticamente público de nuestra universidad.

Es por lo público por lo que yo vine y permanezco aquí, hablando con ustedes, y es también por lo público por lo que muchas y muchos de ustedes pueden estar aquí, estudiando y quizá liberándose, y no allá, sometidos, trabajando en algún centro de explotación del sistema. No estamos aquí ni por la calidad ni por los rankings ni por las acreditaciones. Todo esto quizá tenga su importancia, pero si fuera lo que más nos importara, tal vez habría que pensar mejor en irse a otra universidad. Si estamos aquí, es por algo diferente.

El gesto del marxismo lacaniano

Presentación del libro Elementos políticos de marxismo lacaniano en la Casa para las Organizaciones Civiles y Voluntariado. Morelia, Michoacán, viernes 5 de septiembre 2014.

David Pavón-Cuéllar

El marxismo lacaniano se me ocurrió hace unos ocho años. Eran las vacaciones de verano. Yo estaba en Wrocław, es decir, en español, Breslavia. Descansaba en un parque público, acostado sobre el pasto húmedo, a la sombra de un árbol. Era el principio de la tarde. Me había tomado más de un litro de cerveza y sólo quería dormir, pero luchaba contra el sueño, ya que debía enviar al día siguiente la propuesta de un pequeño curso que impartiría meses después en Portugal.

Todavía no sabía qué proponer. Estaba empezando apenas a pensar en esto. Y tal como solía proceder en aquel entonces, el primer paso era dudar entre mis dos pasiones, Marx y Lacan, el marxismo y el psicoanálisis lacaniano. Había que decidirse entre lo uno y lo otro. ¿Por qué? Simplemente porque estaba convencido entonces de que Marx y Lacan, ambos inabarcables, eran demasiado el uno para el otro.

Marx y Lacan eran demasiado como para poder ocupar un mismo espacio. No podían coexistir sin excluirse mutuamente. No podían cohabitar sin desalojarse. Tampoco podían encontrarse el uno con el otro sin desgastarse, desafilarse y perder así precisamente aquello mismo que me atraía de ambos. Es lo que, según yo, les había ocurrido en la por demás asombrosa obra de Slavoj Žižek. Sentía una profunda admiración e incluso veneración por el esloveno, pero no por su Lacan y mucho menos por su Marx.

Me parecía decepcionante lo que Marx y Lacan terminaban siendo en las manos de Žižek. Tal vez no se vieran simplificados, pero sí debilitados, refrenados y domados, así como disminuidos e incluso degradados. Era la única forma en que Marx y Lacan, así como también Freud y otros grandes autores, podían llegar a dejarse explotar, quizá no como simples materias primas, pero sí como una especie de medios productivos de aquella nueva gran obra que afortunadamente no es ni marxista ni lacaniana, sino sólo žižekiana. Para servirle al proyecto filosófico y político de Žižek, el marxismo y el psicoanálisis lacaniano debían ser mucho menos de lo que ya eran por sí mismos. Tan sólo profundamente mermados podían plegarse al genio y a la elocuencia de quien tenía el gran mérito y la enorme soberbia de saber servirse de ellos como de un simple recurso ilustrativo y argumentativo.

Žižek me había hecho imaginar que el marxismo y el psicoanálisis lacaniano debían mantenerse a distancia para poder llegar a desplegarse en toda su extensión. Eran como los árboles que deben alejarse para no estorbarse y atrofiarse. Eran también como los metales que se deterioraban al mantener cierta fricción recíproca.

Para no mellarse, Lacan y Marx no debían entrar en contacto entre sí. Había que elegir entre uno y otro. Era lo que me disponía a hacer en aquel parque de Breslavia, cuando súbitamente, quizá bajo el efecto de la fatiga y la cerveza, tomé conciencia de que el dilema entre el marxismo y el psicoanálisis lacaniano había escindido todo lo que hacía desde hace varios años y me había hecho llevar dos extrañas vidas paralelas. Por ejemplo, me formaba con los lacanianos mientras militaba con los comunistas, saltaba del seminario de Jacques-Alain Miller a una entrevista con el Ejército Popular Revolucionario, la trinchera me distraía de un diván que a su vez me servía como coartada o pretexto para no estar en la trinchera, y así sucesivamente.

Sentí que había que hacer algo, y lo hice precipitadamente, con impaciencia y sin pararme a pensar, quizá porque presentía que no podría meditar sin retractarme de lo que recién había decidido. ¿Pero qué decidí? Proponer una conferencia cuyo título sería ni más ni menos que “marxismo lacaniano”. Era un oxímoron, una contradictio in terminis, una broma de mal gusto. Desde un punto de vista psicoanalítico, era un lapsus, un acto fallido, un pasaje al acto. Desde un punto de vista marxista, era espontaneísmo, infantilismo, irracionalismo. Una decisión tan prematura como inmadura. Puro proceso primario. Berrinche histérico después de años de retención obsesiva. Hice todo para evitar los agujeros tan superficiales de la izquierda lacaniana, y ahora me arrojaba yo solo impulsivamente al abismo del marxismo lacaniano. Era un gesto irracional y quizás fuertemente motivado por toda la cerveza que había en mi cuerpo. Era un corto circuito que literalmente cortaba, interrumpía y comprometía, de entrada, todo lo que habría podido elaborarse en torno a la relación entre el marxismo y el psicoanálisis lacaniano. Parecería simplista y simplificador, irrisorio, demasiado fácil para ser verdad. Era cuestionable desde todos los puntos de vista. Era tan descarado como aparentemente desatinado.

Mi gesto anunciaba, por cierto, algo mucho peor que lo que hacía Žižek. Me percataba de esto, y sin embargo no me detuve, pues también caí en la cuenta de que tan sólo este gesto ciego, inconsciente, podría sobreponerse a todos las consideraciones que me paralizaban. Y entonces entendí que el gesto del marxismo lacaniano, bastándose a sí mismo y venciendo la resistencia de mis ideas, aseguraba un fundamento y punto de partida materialista para mi empresa. Era materialista porque no se dejaba detener por todas las ideas, consideraciones, objeciones, reparos que yo mismo podía tener contra el marxismo lacaniano.

El marxismo y el psicoanálisis lacaniano se cruzaron como las trayectorias de los átomos en Epicuro, sin razón alguna, sin que ninguna idea pudiera explicarlo, pero tampoco impedirlo. Fue la elaboración teórica la que debió subordinarse al acto práctico. El gesto se impuso y tan sólo se justificó posteriormente, de modo retroactivo, après-coup. Tan sólo así puede moverse algo.

Tras el movimiento, vino la superestructura de razones que lo justificaban: el psicoanálisis lacaniano puesto al servicio del marxismo, la reactualización y revigorización de Marx por Lacan, el peligro de un psicoanálisis lacaniano convertido en opción política lacanista, la diferencia entre la izquierda lacaniana y el marxismo lacaniano, etc. Esta superestructura de razones fue lo que expuse en mi curso de hace nueve años, lo que plasmé por escrito en una primera versión del libro en francés y lo que siguió desarrollándose en este libro en español. Cada razón oculta la base real del acto, pero también la expresa y la sobredetermina. El acto ya no es el mismo que fue hace nueve años. Ha conseguido materializar muchas ideas nuevas, pero no por ello deja de ser tan material como entonces, tan opaco y tan impenetrable como entonces, y también, no hay que olvidarlo, tan colectivo como siempre lo fue.

El carácter colectivo de este libro es uno de los aspectos que explica su opacidad material. ¿Cómo ver a través de tanta espesura de voces que discuten dentro del libro? No me hago ilusiones de que sea mi libro, el de un autor, pues bien sé que se trata de la creación colectiva de un amplio grupo en el que hay colegas y estudiantes, mis camaradas comunistas, pero también anarquistas, feministas, zapatistas, entre otras y otros. Este libro no habría podido escribirse, en efecto, sin los profesores Leonardo Moncada y Rigoberto Hernández de los que tanto he aprendido, sin compañeras y compañeros de lucha como lo han sido mi tocayo David Lozano y ahora Guadalupe Zavala, sin mis maestros Ian Parker y François Regnault, y sin estudiantes que tanto me han enseñado con sus preguntas y respuestas en la Facultad de Psicología, en el IMCED y en los seminarios de marxismo en la Facultad de Filosofía. Ellas y ellos, nosotras y nosotros, hemos ido anudando el marxismo con el psicoanálisis lacaniano a través de nuestros encuentros. Hay que mencionar a Mariel, desde luego, así como también a Joxim y Trini, Gil y Francisco Javier, Laura y Erandi, María Fernanda y Juan Carlos de Economía, Rafael y sus compañeros de Historia, Lizeth y sus colegas de la maestría en psicología, y muchas y muchos más que desgraciadamente no hay tiempo de mencionar. La lista sería interminable, precisamente porque no se trata de algo individualizable. Cualquier trabajo, incluidos el del sueño y el del inconsciente, han sido siempre transindividuales y también los hacen jornaleras y jornaleros, obreras y obreros, que nos pagan lujos como los de escribir libros y encontrarnos en presentaciones.

El Día del Psicólogo en México: un festejo presuntuoso, inmerecido y usurpado

Nota en el blog de la Red Iberoamericana de Investigadores en Historia de la Psicología, el 20 de mayo 2014. Edición de Bruno Jaraba con fotografías de Juan Rulfo

David Pavón-Cuéllar

Desinterés e invisibilidad

El 20 de mayo es el día del psicólogo en México. Hay quienes lo escriben con mayúscula, “Día del Psicólogo”, quizás intentando recalcar su importancia e imponer cierta reverencia. También hay quienes buscan promover y oficializar la celebración por todos los medios a su alcance, entre ellos eventos, regalos, invitaciones a comer y recordatorios en redes sociales. Por lo pronto, a pesar de tantos esfuerzos bienintencionados, casi nadie, ni dentro ni fuera de la profesión, parece tomarse muy en serio esta gota en el torrente de fechas conmemorativas que inunda y satura el calendario.

Tal vez haya profesionistas de la psicología que abriguen la ilusión de tener un día tan glorioso como lo son, en México, los de la madre y los muertos. ¿Pero cómo pretender compararnos con semejantes figuras de nuestra cultura fascinada por la mortalidad y la maternidad? Ni siquiera pienso que podamos ofrecernos jamás un día tan desgastado como el del maestro, el feriado 15 de mayo, el cual, por su contigüidad con el 20 de mayo, suele opacar el día del psicólogo, al menos en las facultades y departamentos de psicología.

Rulfiana9Son muchas las razones que explican el desinterés por nuestro día. Podemos empezar por lo más obvio y observar que hay considerablemente menos psicólogos que muertos, madres y maestros. En México, por cada psicólogo titulado, hay cerca de 150 maestros, 2500 madres y una cifra incalculable de muertos. Y cuando nos comparamos con otros países latinoamericanos descubrimos que la proporción de psicólogos en el país, 12 por cada 100 mil habitantes, es aproximadamente cuatro veces menor que la de Colombia, cinco veces menor que la de Brasil y diez veces menor que la de Argentina.

Rulfiana91La escasez de psicólogos mexicanos podría favorecer en cierta medida el desinterés por nuestro día, por nuestra profesión y por nuestra persona. Podemos considerarnos un sector social relativamente minoritario que pasa desapercibido con facilidad. Pero sería ingenuo pensar que nuestra invisibilidad se explica únicamente por nuestra escasez. Los bomberos son también escasos y no por ello dejan de atraer la atención, inspirar admiración y ser efusivamente reconocidos en su día, el 22 de agosto, cuando reciben felicitaciones de periodistas, actores, legisladores, gobernadores y hasta presidentes. Sin embargo, mientras que todo el mundo sabe para qué sirve un bombero, nadie tiene muy claro para qué puede servir un psicólogo. Ni siquiera nosotros, los profesionales de la psicología, nos hemos puesto de acuerdo sobre nuestra función.

Cuando se nos homenajea o nos homenajeamos, podemos estar seguros de que no hay consenso con respecto al motivo del homenaje. Muchos ni siquiera tenemos la más remota idea sobre lo festejado. No vemos nada que celebrar, nos preguntamos cuál es el objeto de la celebración y desconfiamos de quienes creen saberlo y pretenden ofrecernos respuestas. Por lo demás, las respuestas no dejan de contradecirse, aun cuando se refieren a lo más puntual.

¿Cómo esperar que se tome en serio nuestro 20 de mayo cuando ni siquiera hemos conseguido ponernos de acuerdo con respecto a la razón exacta por la cual se nos festeja en ese preciso día y no en cualquier otro? Hay quienes aseveran que fue el día en que se otorgó la primera cédula profesional de psicología en México. Pero hay también los que aseguran que fue la fecha en que se aceptó el primer programa en psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Otros más responden que fue cuando se fundó la primera facultad en la misma universidad. Y no faltan quienes ofrecen otra interpretación.

Rulfiana3Tramitología y autocomplacencia

Entre las diferentes versiones de lo celebrado el 20 de mayo, el único denominador común es que se trata de un hecho estrictamente institucional, burocrático, administrativo. Este mismo carácter oficinesco se encuentra en la elección de la fecha por la Federación Nacional de Colegios, Sociedades y Asociaciones de Psicólogos de México. No hay aquí ningún acontecimiento histórico, ninguna conquista social, ninguna gesta heroica, ningún sacrificio ni natalicio.

El 20 de mayo sólo hubo el cumplimiento de una gestión administrativa convertida en festejo mediante el cumplimiento de otra gestión administrativa. Esto es, en definitiva, lo que celebramos el día del psicólogo en México. Celebramos un doble trámite, lo cual, personalmente, me parece revelador, ya que nos descubre un aspecto esencial de la psicología mexicana que se festeja el 20 de mayo. En esto, al menos en esto, los festejados somos consecuentes. Festejamos lo que somos.

Rulfiana7Así como nuestro festejo se refiere simplemente a un par de aburridos trámites, así también la historia que nos atribuimos, tal como nos la contamos, consiste fundamentalmente en una tediosa cronología de gestiones administrativas profesionales y académicas, desde la aceptación del curso de psicología en la Escuela Nacional Preparatoria en 1896 hasta la realización del enésimo congreso de la sociedad fulana de tal, pasando por las fundaciones de sociedades y facultades, las publicaciones de libros, las traducciones o adaptaciones de pruebas psicológicas, las modificaciones de programas universitarios, las estancias de académicos extranjeros en el país y las aprobaciones de reglamentos. Esta historia, lo mismo que la enseñanza y la práctica profesional de nuestra disciplina hoy en día, transcurre casi exclusivamente dentro de espacios institucionales bien estructurados, entre papeles y computadoras o máquinas de escribir, en oficinas, auditorios, consultorios y salones de clase. Nuestro campo se parece más a un laboratorio experimental que a un verdadero ambiente natural. Todas las variables están controladas. Nuestros contactos con el exterior están estrictamente codificados, restringidos y previstos: aplicamos pruebas, diagnosticamos, evaluamos y calificamos a nuestros futuros colegas. El contacto con la sociedad suele estar así mediado por instituciones educativas o profesionales que generalmente nos vuelven hacia nosotros mismos, nos hacen comunicar e interactuar entre nosotros, aseguran que nos vigilemos unos a otros, nos aíslan del mundo en que vegetamos, planifican y fiscalizan lo que hacemos, acotan el rango de nuestras facultades y así contribuyen a garantizar la falta de efectos sociales de nuestro trabajo.

El carácter altamente institucionalizado, predominantemente autorreferencial y socialmente intrascendente de nuestra profesión está bien representado por los dos trámites insulsos que festejamos en el día del psicólogo. Pero si esto es lo que celebramos y lo que somos, entonces no debería sorprendernos el desinterés hacia nuestras personas y nuestro día. Lo sorprendente es que nos hayamos ofrecido un día para celebrarnos, que lo fundemos en tan poco y que insistamos tanto en tomarlo en serio. Todo esto es también revelador. Nos revela nuestra presunción, vanidad y pedantería.

Rulfiana6La autocomplacencia que mostramos con respecto a nuestro día es la misma de la que hacemos gala cotidianamente. La simulación por la que se caracteriza nuestra actividad profesional y profesoral es la misma por la que simulamos un mérito digno de ser festejado. En realidad, si fuéramos justos con nosotros mismos, deberíamos admitir que no merecemos ningún festejo. No lo merecemos porque nosotros, los festejados el 20 de mayo, no podemos jactarnos de ninguna contribución importante ni a la historia de la psicología ni mucho menos a la historia de nuestra sociedad.

Inutilidad y culpabilidad

No hemos hecho prácticamente nada, como psicólogos que somos, para combatir o al menos para denunciar los mayores problemas de nuestro país, entre ellos la miseria crónica de las clases populares, las abismales desigualdades sociales, la discriminación y segregación de los indígenas, y la violencia política y económica ejercida predominantemente contra los más pobres, los más desprotegidos, que no suelen cruzarse con psicólogos en sus caminos polvorientos. No se nos ha ocurrido nada efectivo para contrarrestar el papel de los medios masivos de comunicación en la despolitización de los espectadores, la manipulación de los electores y la reproducción del racismo. Tampoco nos hemos caracterizado por brindar alguna clase de apoyo psicosocial a las acciones colectivas o insurrecciones populares que han aportado soluciones ante las situaciones problemáticas recién mencionadas.

Lejos de enfrentar los mayores problemas de nuestro país, los psicólogos de México, al igual que los de otros países, hemos contribuido a mantenerlos e incluso agravarlos por los más diversos medios, por ejemplo al psicologizar lo económico y lo político, al individualizar los conflictos colectivos, al esencializar las consecuencias de la miseria y al distraer la atención de las causas sociales para centrarla en los efectos personales, conductuales o cognitivos. También somos culpables de patologizar comprensibles y prometedoras desadaptaciones y subversiones, así como facilitar válvulas de escape catártico para la insatisfacción y la indignación. Por si fuera poco, nos hemos vuelto especialistas en suministrar coartadas para los crímenes diarios de quienes pueden pagarse un psicólogo privado, y que van desde la despiadada explotación de los trabajadores hasta las diversas formas de corrupción y conservación de privilegios, las violaciones sexuales de empleadas domésticas o las agresiones racistas en contra de subalternos o desconocidos.

Rulfiana2Más que inútiles, hemos sido nocivos para el conjunto de la sociedad mexicana y especialmente para las mayorías populares. Tan sólo hemos podido cumplir una función positiva para las minorías dominantes. Quizá ésta sea la única razón por la cual podemos seguir existiendo todavía. Después de todo, existimos porque somos pagados, y somos pagados por nuestros beneficiarios, es decir, por quienes pueden pagarnos, ya sean las propias minorías dominantes o un gobierno que tiende a estar subordinado a los intereses de esas minorías.

Nuestros beneficiarios han sido minoritarios y esto explica también el carácter minoritario del interés por nuestro día, nuestra profesión y nuestra persona. Somos prescindibles para las mayorías populares mexicanas, las cuales, sin nosotros, vivirían igual o quizás incluso mejor. ¿Por qué habrían de celebrar nuestro 20 de mayo?Rulfiana8Puesto que no le servimos de nada ni a la sociedad ni a las mayorías, la celebración de nuestro día sólo podría estar justificada si hubiéramos rendido un servicio a la humanidad, a la civilización, a la ciencia o al menos a la psicología como especialidad científica. Sin embargo, en este caso, debemos rendirnos a la más abrumadora evidencia de nuestra inutilidad. No hemos aportado, por lo general, más que traducciones, adaptaciones, verificaciones y falsificaciones de lo concebido y desarrollado en las psicologías europeas y estadounidenses. No hemos sido capaces de crear y elaborar un conocimiento psicológico nuestro, que responda verdaderamente a nuestros problemas, a nuestras inquietudes y aspiraciones, a nuestra historia y nuestra cultura. Tampoco en este plano hemos hecho algo que merezca ser festejado.

Nosotros y los otros

En lugar de celebrar a quienes no lo merecemos, yo personalmente preferiría dedicar un día significativo, y no el 20 de mayo, a todos aquellos que deberían ocupar el festejo que estamos usurpando. Me refiero a quienes han tenido éxito en todo aquello en lo que nosotros hemos fracasado. No son exactamente psicólogos, aunque bien podríamos darles ese nombre, siempre y cuando evitáramos confundirlos con los psicólogos en sentido estricto. No debemos confundirlos con nosotros ya que no han hecho exactamente lo que entendemos por psicología. Ofrecen algo muy parecido, quizás mejor, pero no igual. Sin embargo, de nuevo, por economía de palabras, podemos decir que se trata de psicología y festejar a los mexicanos que se han distinguido en ella.

Rulfiana5Me gustaría celebrar a colectivos o individuos que han reflexionado, hablado o actuado con respecto al alma o el psiquismo en México, pero que lo han hecho de un modo muy diferente a como lo hacemos los psicólogos convencionales, ya sea de modo colectivo y no individual, o bien en las perspectivas de las culturas indígenas, en el seno mismo de las tradiciones populares, o en la filosofía, la literatura y la lucha política. En todos los casos, encontramos elaboradas teorías, narraciones o prácticas “psicológicas” en las que se han superado nuestras deficiencias al irse más allá de los estrechos límites que nosotros mismos nos hemos impuesto con pretextos disciplinarios, institucionales, epistemológicos o metodológicos. Estoy pensando, por ejemplo, en las originales concepciones mesoamericanas del alma, particularmente las aztecas y purépechas, sin parangón en el mundo europeo, y que han logrado subsistir hasta la actualidad, resistiendo a sucesivas psicologías coloniales a lo largo de cinco siglos. Pienso también en el agudo análisis del alma indígena y la vigorosa crítica de la psicología racista europea que encontramos en defensores de indios como Julián Garcés, Vasco de Quiroga yBartolomé de las Casas. Habría que agregar la penetrante revalorización de la vida onírica en nuestra poetisa Juana de Asbaje, las novelas psicológicas de Salvador Quevedo y Zubieta, las propuestas prácticas de psicología política militante que van desdeRicardo Flores Magón hasta el Subcomandante Marcos, y evidentemente las aproximaciones al drama psíquico histórico de la mexicanidad en Justo Sierra, Samuel Ramos, Emilio Uranga, Octavio Paz y Luis Villoro, entre muchos otros.Rulfiana1No terminaría si quisiera ser exhaustivo. Son muchos los “psicólogos” mexicanos que deberían ser festejados, pero no son aquellos en los que pensamos. Los que merecen el festejo no somos nosotros, los mediocres profesionales de la psicología, sino los otros, los demás, todos, pues el pueblo mexicano tiene su “psicología”, sus innumerables descripciones y explicaciones de lo que nosotros denominamos “psiquismo”, y éstas son definitivamente más auténticas, lúcidas y provechosas que las ofrecidas por esa disciplina tan simplificadora y perjudicial de la que tanto nos vanagloriamos.

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Psicología y capitalismo en América Latina

Conferencia en la Universidad La Salle. Morelia, Michoacán, martes 20 de mayo 2014.

David Pavón-Cuéllar

Estamos en el sistema capitalista. Vivimos además al sur del Río Bravo. Es aquí, en Latinoamérica y en el capitalismo, en donde estudiamos, enseñamos o practicamos la psicología.

Nuestra profesión de psicólogos, nos guste o no, se desarrolla en un contexto capitalista y latinoamericano. Este contexto es decisivo para nuestra psicología, la determina y la moldea, le da la forma que tiene para nosotros, le impone sus límites, métodos, perspectivas y objetos.  Estudiamos el psiquismo creado por el capitalismo en Latinoamérica. Y tendemos a estudiarlo de un modo predominantemente capitalista y latinoamericano. En este sentido, nuestra psicología es también latinoamericana y capitalista.

Por más que pretenda ser neutral y estrictamente científica, nuestra psicología es parcial y tendenciosamente capitalista, cumple una función en el capitalismo, sirve al capital, gira en torno al dinero capitalizado, se relaciona estrechamente con la explotación de la fuerza de trabajo, se rentabiliza y circula, se compra con dinero para venderse a cambio de más dinero, se negocia y se regatea en el mercado, pasa de mano en mano, se desgasta y se prostituye, puede subsistir porque tiene un precio, porque puede pagarse y porque produce un beneficio económico. De igual manera, por más que aspire a ser estadunidense o europea, nuestra psicología es latinoamericana, latina, meridional, tropical, mestiza, tercermundista, subdesarrollada, pobre, ignorada, periférica, dependiente, acomplejada, heredera del colonialismo hispanoportugués y del neocolonialismo angloamericano.

Capitalismo en Latinoamérica

En realidad, cuando nos referimos al carácter latinoamericano de nuestra psicología, estamos refiriéndonos también a su naturaleza capitalista.  Quiero decir que el capitalismo resulta indisociable de aquello que actualmente significa Latinoamérica para nosotros.  La historia moderna de Latinoamérica se inserta en la historia del capitalismo. La conquista española del Nuevo Mundo fue la conquista de un botín de guerra para el mercantilismo capitalista del siglo XVI. Los banqueros de los Países Bajos, el centro del capitalismo en los siglos XVI y XVII, fueron los principales beneficiarios de la colonización de América.

El colonialismo, tal como lo conocimos en Latinoamérica, fue un momento del capitalismo global. Los ávidos conquistadores vinieron fundamentalmente a enriquecerse, a hacer negocios, a explotar minas de oro y plata, cañaverales, cultivos de café y chocolate, maderas preciosas y especialmente fuerza de trabajo. Y de paso violaron a las mujeres indígenas, a las tatatarabuelas de muchos de nosotros. El mestizaje que nos hace ser lo que somos, esa violación masiva y sistemática de la que provenimos, no fue más que un efecto colateral del saqueo de nuestras riquezas naturales por el ávido colonialismo capitalista europeo.  El capitalismo está entonces en el origen mismo de lo que somos, en el núcleo de nuestra vida psíquica, en el centro de nuestra identidad y personalidad. Podemos vernos como criaturas del capitalismo, a veces residuos o escorias desechadas por la producción capitalista, otras veces productos explotables como trabajadores o consumidores.

Después de los tiempos coloniales, el capitalismo siguió moldeando nuestra historia, nuestra sociedad y nuestra individualidad. Tan sólo nos liberamos del capitalismo colonial hispanoportugués, el de los conquistadores y encomenderos, para caer en el capitalismo neocolonial angloamericano, el de los piratas y los empresarios, las franquicias y las maquiladoras. Aprendimos a ser país tercermundista, colonia del capitalismo industrial y financiero, después de haber aprendido a ser colonia del mercantilismo capitalista. Tras la explotación en las encomiendas, tuvimos que resignarnos a la explotación en las transnacionales.

Evidentemente hubo países que no quisieron aceptar su condición de esclavos del capitalismo neocolonial, como Guatemala en los años cincuenta, Brasil en los sesenta, o Chile en los setenta, por citar los casos más conocidos. Sin embargo, como bien sabemos, esos países fueron duramente castigados por haberse atrevido a liberar a sus poblaciones de la explotación capitalista. Guatemala en 1954, Brasil en 1964 y Chile en 1973, sufrieron sangrientos golpes de estado con los que se instauraron  dictaduras apoyadas por un capitalismo salvaje y sumamente violento que ahora tenía su centro de gravedad en los Estados Unidos y en Wall Street.  Una compañía estadunidense, la United Fruit Company, acaba con la democracia, la libertad y la justicia en Guatemala, y sume a este país en una interminable guerra civil que lo ensangrienta  y empobrece. Otra empresa de Estados Unidos, la Hanna Mining Corporation, acaba con el régimen social y popular brasileño que no le quiere entregar las reservas de hierro en bandeja de plata. Otras empresas mineras de nuestro vecino del norte, apoyadas teóricamente por el profesor Milton Friedman de la Universidad de Chicago, se ocuparán de acabar con el pacífico socialismo chileno e instaurar un violento capitalismo neoliberal que asesina y tortura sin piedad a miles de personas.

Psiquismo y capitalismo

Tanto en las dictaduras del siglo XX como en el colonialismo de los siglos anteriores, el capitalismo nos ha dominado mediante el terror, con baños de sangre, con torturas y violaciones, con las armas, primero con espadas y arcabuces, luego con granadas y metralletas. Esta violencia inherente al capitalismo es la misma que vemos operar en el crimen organizado, en el cual, lo mismo que en cualquier otro sector de la economía capitalista, lo importante es la ganancia y el enriquecimiento.  Es por dinero, siempre por dinero, que se mata, se tortura y se mutila. Y toda esta violencia capitalista, sobra decirlo, tiene efectos decisivos en nuestro psiquismo.

Todo lo que somos y hacemos en el plano psíquico, todo lo que estudiamos en la psicología, todo esto ha sido influido por la violencia capitalista del crimen organizado que nos rodea en la actualidad, así como también por la pasada violencia colonial o dictatorial del mismo capitalismo. Pero el sistema capitalista no sólo ha incidido en nuestro psiquismo a través de la violencia directa, sino también a través de la violencia indirecta, estructural, que se ejerce constantemente a través  de la explotación en el trabajo, la manipulación en la publicidad, la enajenación que nos hace buscar nuestro propio ser en el tener, la prostitución de las relaciones interhumanas reducidas a relaciones económicas interesadas, la humillación de los pobres y tercermundistas como nosotros los latinoamericanos, y evidentemente la degradación humana en todos los sentidos, la miseria material y espiritual del hombre, la pobreza y la ignorancia en la que nos hunde el capitalismo para poder abaratar nuestra fuerza de trabajo y así pagarnos menos y explotarnos mejor. Todo esto nos constituye psicológicamente. Nuestro psiquismo es efecto de la violencia capitalista que nos degrada, nos humilla, nos prostituye, nos enajena, nos manipula y nos explota de un modo específico en nuestra particular condición de latinoamericanos.

La experiencia latinoamericana del capitalismo incide en todo aquello que encontramos en la psicología, en el comportamiento que estudian los conductistas, en la mente y el procesamiento de la información que enfatizan los cognitivistas, en el inconsciente de los psicoanalistas, y en las interacciones, los estilos relacionales y los patrones de comunicación de los psicólogos sociales y sistémicos. Nuestra psicología indaga y trata los efectos del capitalismo en el psiquismo de los latinoamericanos. En cierto modo, al igual que los economistas, estudiamos el capitalismo, pero no lo estudiamos en su funcionamiento económico externo, sino en los sujetos, en su alma, en la interioridad de sus pensamientos y sentimientos, aunque también en la exterioridad de sus comportamientos, de sus relaciones e interacciones, y del mundo social en el que habitan. En todos los casos, nos ocupamos del sistema capitalista. Casi podemos decir que el capitalismo es el objeto de la psicología, que la psicología es una capitología, lo mismo que la economía, la sociología, la pedagogía o cualquier otra ciencia humana y social que se desarrolla en el capitalismo y que sólo puede estudiar fracciones de un sistema capitalista que lo absorbe todo, lo abarca todo, lo es todo.

Conciencia y eficacia

Lo extraño no es que los psicólogos estudien el capitalismo en Latinoamérica, sino que desconozcan u olviden que lo estudian. ¿Cómo explicar esta ignorancia o inconsciencia o falta de memoria o lo que sea?  ¿Cómo entender que el capitalismo, que impregna y constituye todo nuestro psiquismo, les pase desapercibido a los psicólogos? ¿Cómo puede ser posible que no consigan ver lo que no dejan de estudiar?

Pienso que la ceguera de los psicólogos se explica por dos circunstancias fundamentales. En primer lugar, como el capitalismo lo empapa todo, lo colorea y lo conforma todo en el psiquismo, termina confundiéndose con todo hasta el punto de camuflarse, volverse invisible, resultando prácticamente imposible discernirlo al diferenciarlo de lo que no es él. En segundo lugar, debemos considerar que la psicología, tal como la conocemos, también forma parte del capitalismo, es una pieza del sistema capitalista, y por lo tanto, estando adentro del capitalismo, no puede verlo desde afuera. Podemos recurrir a la conocida metáfora del bosque y decir que la psicología está dentro del bosque, pero no puede ver el bosque, no puede ver el capitalismo, sino solamente los árboles  del bosque, las piezas del sistema capitalista.

Sería más exacto decir que la psicología no suele ver el capitalismo porque verlo significa verse a sí misma, relacionarse reflexivamente consigo misma, ser autoconsciente, y esto, como ustedes bien lo saben, es un grado superior de conocimiento que sólo se alcanza con el tiempo, ya que resulta muy difícil y requiere de un gran esfuerzo, el de encorvarse, arquearse al volverse hacia uno mismo. Este ejercicio acrobático no es habitual en los psicólogos y mucho menos en los de Latinoamérica. Sin embargo, cuando los psicólogos se molestan en pensar un poco en lo que hacen y se ubican así en lo que ahora se llama la “psicología teórica” o “crítica”, entonces, de pronto, como era de esperar, descubren el capitalismo en toda su psicología: en sus teorías y sus conceptos, en sus métodos y sus objetos, en su mirada y en lo que miran. Y se percatan simultáneamente de algo muy importante que podría explicar también la invisibilidad del capitalismo para los psicólogos. Se dan cuenta de que el capitalismo funciona mejor cuando pasa desapercibido, cuando la psicología y sus demás dispositivos no toman conciencia de él, no se distraen con él, sino que se concentran en cumplir su función dentro del sistema. Esto es crucial para el capitalismo y tiene que ver con la división del trabajo. El proceso total se descompone en una infinidad de pequeñas tareas encomendadas a pequeños individuos que hacen tanto mejor lo que hacen cuanto menos saben lo que hacen.

La psicología más eficaz es también la más ciega, la más inconsciente de la totalidad, la más concentrada en sus tareas específicas: aplicar pruebas, hacer diagnósticos, diseñar tratamientos eficaces, intervenciones eficaces, dinámicas eficaces. ¿Pero eficaces para qué o con qué propósito? Las respuestas que podamos dar a esta pregunta nos pueden servir para distinguir las diferentes funciones de la psicología en el sistema capitalista.

Tres funciones de la psicología en el capitalismo: el caso latinoamericano

Al ser eficaz para llenar de dinero los bolsillos del psicólogo, la psicología es una mercancía que se vende para producir una ganancia.  El psicólogo vende el valor de uso de su saber y de su fuerza de trabajo, y obtiene a cambio el importe pagado por el paciente, es decir, el valor de cambio de su psicología. Con su valor de cambio y su valor de uso, con su precio y su utilidad, la psicología es una mercancía como cualquier otra y debe publicitarse como cualquier otra. Obedece a las reglas de la oferta y la demanda, se le publicita y se le consume, y prospera gracias a al consumismo generalizado. En Latinoamérica, este consumismo suele ser un lujo que no pueden ofrecerse las mayorías populares. Los más pobres deben privarse de muchas mercancías relativamente superfluas, como es el caso de la psicología. Nuestra profesión, en tanto que mercancía, es un lujo que sólo pueden ofrecerse quienes pueden pagarlo.

Nuestra psicología es entonces una mercancía y cumple con la función lucrativa de cualquier otra mercancía en el sistema capitalista. Sin embargo, como prácticamente cualquier otra mercancía, la psicología tiene una composición ideológica por la que puede cumplir otras funciones en el sistema. Una de estas funciones es la cegadora, mistificadora, individualizadora, psicologizadora. Digamos que la mencionada ceguera de la psicología, su inconsciencia con respecto al capitalismo, tiene que ser compartida por los sujetos que reciben un tratamiento psicológico o psicoterapéutico. Para pagarle al psicólogo, estos sujetos deben ignorar el sustrato capitalista de lo que les ocurre, la causalidad socioeconómica de sus problemas, y deben imaginar que estos problemas son estrictamente psíquicos, individuales, personales, mentales o emocionales. Tan sólo así, a través de esta mistificación y psicologización, puede justificarse que los consumidores gasten su dinero para comprar una mercancía como la psicología, la cual, si tiene un valor de uso, es principalmente el de solucionar problemas estrictamente psíquicos. Y es verdad que la psicología puede llegar a dar una cierta solución de estos problemas, pero al hacerlo, sobra decirlo, no soluciona el mal capitalista, sino sólo algunas de sus manifestaciones sintomáticas. Esto no sólo permite que el sujeto pueda seguir soportando el capitalismo, sino que verifique o confirme el carácter psíquico de sus problemas. Si la psicología los resolvió, esto quiere decir que se trataba efectivamente de problemas psíquicos. El sujeto se los atribuye y se acusa de aquello de lo que es responsable el capitalismo.

La psicología servirá para que muchos latinoamericanos, por ejemplo, se responsabilicen a sí mismos de un sentimiento de inferioridad e incapacidad producido  y reproducido por cinco siglos de humillación capitalista colonial y neocolonial. En lugar de luchar contra el capitalismo que los ha humillado, rebajado y degradado, nuestros latinoamericanos, gracias al psicólogo, creerán confirmar que son los únicos responsables de todo lo que les ocurre y se convencerán de que hacen lo correcto al seguir luchando contra sí mismos, como lo han hecho desde hace quinientos años. Continuarán intentando cambiarse a sí mismos en lugar de cambiar al mundo que los desprecia y los oprime. En lugar de sublevarse contra los verdaderos responsables de su sentimiento de inferioridad e incapacidad, habrán de sublevarse contra sí mismos e intentarán transformarse a sí mismos, tal como se los recomienda la psicología.

Con el apoyo del psicólogo, los sujetos aceptarán lo inaceptable, se adaptarán a lo que no deberían adaptarse, al capitalismo que los ha rebajado y degradado para convertirlos en fuerza de trabajo dócil y barata. Llegamos aquí a una tercera función de la psicología en el capitalismo. Además de su función lucrativa como mercancía y de su función mistificadora como ideología, la psicología tiene también, como disciplina, la función disciplinaria de subyugarnos, amansarnos, domarnos, domesticarnos y volvernos dóciles y tolerantes. La disciplina psicológica puede cumplir así también con el propósito colonial y neocolonial de mantener a los latinoamericanos sometidos e impedir su liberación.

Desde luego que nuestra psicología podría ser diferente y contribuir a nuestra liberación en lugar de hacer todo para impedirla. Sin embargo, para que esto fuera posible, la psicología debería ser muy diferente de lo que es actualmente. Ignacio Martín-Baró tenía mucha razón al decir que nuestra psicología debería liberarse de sí misma, de todo lo que ha sido hasta ahora, para poder convertirse en una psicología de la liberación, una psicología liberadora y no esclavizadora, subversiva y no adaptativa, emancipadora y no colonizadora.

Estudiar psicología en la universidad pública

Intervención como “padrino de generación” en la Ceremonia de Entrega de Cartas de Pasante de la cohorte generacional 2009-2014 de la Facultad de Psicología de la UMSNH. Morelia, Michoacán, México, viernes 7 de marzo 2014.

David Pavón-Cuéllar

Muchas y muchos de ustedes han de saber que el presidente chileno Salvador Allende vino a México en 1972, tan sólo nueve meses antes de que el Ejército Chileno lo asesinara con apoyo y asesoría del gobierno de los Estados Unidos. Nuestro vecino del norte no podía permitir que un país latinoamericano se ofreciera un presidente semejante. Hay que reconocer que Allende no era un presidente como los demás. Era poco político, no sabía corromperse y estaba quizá demasiado cerca del pueblo. Quizás haya sido precisamente por eso que al llegar a México, a diferencia de los grises mandatarios ordinarios, Allende haya tenido un recibimiento popular tan sincero, efusivo y multitudinario. Cientos de miles de personas, especialmente jóvenes y estudiantes, le dieron la bienvenida entonando consignas como “América al socialismo”, o “Allende, México te defiende”. Se hizo un cinturón humano de casi 16 kilómetros de largo desde el aeropuerto hasta la embajada chilena en el otro extremo de la ciudad de México.

Muchas y muchos de ustedes han de saber también que Salvador Allende pronunció una conferencia para los estudiantes en la Universidad de Guadalajara. Entre lo mucho que dijo, hay algo que deseo transmitirles a ustedes en estos momentos, pues me parece que es algo importante, muy importante, que se olvida con demasiada facilidad. Lo que les dijo Allende a los estudiantes de Guadalajara, lo que le diría a ustedes si estuviera aquí entre nosotros, es que “la obligación del que estudió aquí”, en una institución como la Universidad Michoacana, “es no olvidar que ésta es una Universidad del Estado pagada por los contribuyentes, que en la inmensa mayoría son los trabajadores”. Es el trabajo productivo del pueblo, de obreros y campesinos, el que ha creado una riqueza con la que se han pagado los impuestos que a su vez han pagado su carrera de psicología en la Universidad Michoacana.

Si ustedes han podido estudiar sus licenciaturas, no fue porque se las invitaran sus familias, sino porque se las han pagado jornaleras y jornaleros que hacen labores extenuantes en los campos de Sinaloa, que ganan un salario miserable y que están en contacto con pesticidas y fertilizantes que frecuentemente los matan de cáncer o de otras enfermedades. Son los trabajadores productivos quienes han inmolado sus vidas para generar esa riqueza con la que se pagó la educación de ustedes. Hay aquí centenares de pasantes de psicología porque hay allá miles de guerrerenses, oaxaqueñas y oaxaqueños, chiapanecas y chiapanecos, trabajando bajo un sol abrasador. Les debemos a ellas y a ellos sus cartas de pasantes, pero también a los mineros, al campesinado, a los ganaderos y los pescadores, a las obreras y a los obreros de las maquiladoras, a las y los migrantes que llenan el país de remesas, y evidentemente a las costureras de Ciudad Juárez y de otros centros industriales, que han sido sistemáticamente explotadas, ignoradas, traficadas, humilladas, violadas y asesinadas. Es el trabajo productivo de estos millones de trabajadoras y trabajadores el que ha permitido pagar mi salario y el de mis colegas, el de las empleadas y empleados, la energía eléctrica y el agua de la universidad, los edificios de la facultad y la mayor parte de los libros de las bibliotecas, las pruebas psicológicas y las máquinas del centro de cómputo, y evidentemente viajes a congresos, publicaciones y hasta despilfarros que no deberían ocurrir.

Debo confesarles que he llegado a sentirme culpable cuando recibo mi salario o cuando invierto recursos públicos en algún proyecto académico individual y grupal. Me pregunto siempre, al recibir mi quincena, si tengo realmente el derecho de recibir esa fracción del presupuesto, si es proporcional con respecto a lo que doy, y si es justo que gaste el dinero de los obreros en la coedición de un libro sobre análisis lacaniano de discurso. Por más que intente dar un uso militante, social y político al análisis, ¿de qué les sirve en definitiva este maldito análisis a los jornaleros en Sinaloa? ¿Cómo se benefician ellos, quienes me pagan, de las clases que imparto, de las tesis que dirijo, de las ponencias que presento y de un libro universitario que publico en Inglaterra y que será leído casi exclusivamente por maestros y estudiantes del Primer Mundo anglosajón? ¿Tengo derecho a dedicar días enteros a un debate con un autor que vive en Austria, cuando los términos de ese debate son tan precisos e intrascendentes que ni siquiera sería yo capaz de darles algún sentido al explicárselos a mis estudiantes de la Universidad Michoacana? Retomando las palabras de Díaz Mirón, ¿tenemos derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto? Esta pregunta se vuelve aún más punzante cuando quienes carecen de lo estricto son precisamente quienes nos pagan lo superfluo.

Así como yo les debo a los trabajadores productivos mis medios de subsistencia y la satisfacción de mis caprichos académicos, así también ustedes les deben su educación. Tanto ustedes como yo estamos en deuda con la sociedad y especialmente con sus sectores más oprimidos y explotados. Son ellos los que mantienen la universidad pública, y quien egresa de una universidad pública está en deuda con ellos, con los más pobres.  Desde luego que ustedes pueden no pagar su deuda, pero si lo hacen, entonces habrán despojado a los más pobres de nuestra sociedad.

¿Y cómo un psicólogo puede pagar su deuda con la sociedad y en especial con sus sectores más desfavorecidos? Trabajando para ellos, para los trabajadores, para las mayorías populares y no para las clases privilegiadas, para los explotados y no para los explotadores, para la sociedad y no para unos cuantos, para los que menos tienen y no para los que más tienen y mejor pueden pagar. Hay que dar consultas o asesorías gratuitas para quienes las necesiten y no puedan pagarlas. Hay que poner nuestros conocimientos psicológicos al servicio de las organizaciones populares que luchen por la igualdad y la justicia en nuestra sociedad. Nuestra psicología social debe ser auténticamente social y no clasista ni elitista, y debe servirle a la sociedad y no sólo a quienes la estudian, y de ningún modo a quienes buscan dominarla, explotarla o manipularla, como las agencias publicitarias de las grandes transnacionales.

Ya sé que no es fácil encontrar un empleo en la psicología, y aquellas y aquellos de ustedes que lo encuentren, por lo general tendrán que resignarse a desempeñar su función en el mismo engranaje que mantiene en la miseria a quienes les pagaron sus estudios. Pero aun en este caso, por favor nunca olviden la deuda contraída con los oprimidos y los explotados, y seguramente se les presentarán muchas oportunidades para pagar al menos una parte de esta deuda. No se identifiquen personalmente con el sistema hasta el punto de ser uno de aquellos empleados tan escrupulosos, tan sádicos y despiadados, que sólo consideran su propio beneficio o el de la compañía para la que trabajan.

Intentemos subvertir el sistema desde su interior, desobedecer las órdenes inaceptables, obstaculizar los dispositivos injustos. Y cuando podamos elegir, privilegiemos las organizaciones o empresas no lucrativas sobre las lucrativas, las públicas sobre las privadas, las que tengan un propósito social o comunitario y no las que benefician a un sector a costa de los demás, las igualitarias y democráticas y no las jerarquizadas y autocráticas, las alternativas-subversivas y no las normales-normalizadoras, y las que escuchen a los llamados “criminales” o “enfermos mentales” en lugar de silenciarlos y estigmatizarlos. También me parece que no deberíamos reducir la psicología a un medio para suponernos un saber, para ejercer un poder sobre los demás o para lucrar con las desgracias de nuestros semejantes.

No tenemos derecho a enriquecernos mediante unos conocimientos en psicoterapia o en psicoanálisis que fueron pagados por los más pobres de nuestro país. Tampoco deberíamos sentirnos con el derecho de poner la psicología industrial al servicio de quienes explotan a los mismos que permitieron que aprendiéramos la psicología industrial. Ellos no han pagado nuestra educación para que la rentabilicemos y nos llenemos los bolsillos al hacer negocios con lo que se nos enseñó. Dejemos esta actividad a quienes egresan de universidades privadas lucrativas, a quienes fueron clientes y ahora pueden vengarse con quienes serán sus clientes. Ustedes no fueron clientes de la universidad. No se hicieron negocios con ustedes, y por lo tanto, desde mi punto de vista, no tienen derecho a negociar con lo que aprendieron en la universidad. Sería como vender lo que se nos ha prestado generosamente.

Nuestra psicología es un préstamo. Se la debemos a las mayorías populares. Debe ser para ellas, y cuando sea para un individuo, tiene que ser para ese individuo como parte del pueblo. Esto no es nada fácil, pues nos exige transformar la psicología que aprendimos y que no consigue liberarse de sus profundas complicidades con el capitalismo, el instrumentalismo, el positivismo disciplinario y normalizador, el elitismo clasista, el hedonismo egoísta, el individualismo burgués, el intelectualismo academicista, el sexismo androcéntrico y homofóbico, y el etnocentrismo y colonialismo científico europeo y norteamericano.

Como lo explica Ignacio Martín-Baró en 1989, “debemos liberar a la psicología de aquellos lastres, teóricos y técnicos, que la marginan de los justos anhelos de las mayorías populares; debemos liberarnos nosotros mismos, psicólogos latinoamericanos, de todas aquellas trabas que nos impiden ponernos al servicio de nuestros pueblos oprimidos y ofrecer lo mejor de nuestra capacidad científica para la transformación de las sociedades”. Estas palabras fueron pronunciadas por Martín-Baró en la misma Universidad de Guadalajara en la Salvador Allende, 17 años antes, llamó a los estudiantes de las universidades públicas a trabajar para el pueblo. Y así como Allende fue asesinado pocos meses después de hablar en Guadalajara para los estudiantes, así también Martín-Baró fue asesinado pocos meses después de hablar en Guadalajara para los estudiantes. Y quienes asesinaron a Martín-Baró fueron prácticamente los mismos que asesinaron a Salvador Allende: militares latinoamericanos apoyados por el gobierno estadunidense y por los sectores pudientes de la sociedad. ¿Y por qué este gobierno y esos militares traidores debían deshacerse de Martín-Baró y de Salvador Allende? Por una razón muy sencilla. Porque uno y otro fueron percibidos como estorbos para el funcionamiento de aquel mismo sistema en el que muchos psicólogos desempeñan tan bien sus funciones.

Cuando trabajemos como psicólogos, debemos preguntarnos una y otra vez a quién estamos sirviendo, para qué sirve lo que hacemos y en qué proyecto social e histórico se inserta nuestra labor profesional o académica. Tenemos que mostrar esa valiente capacidad crítica, reflexiva y abiertamente comprometida, que tantas veces pude observar en su generación, y que más de una vez yo mismo sufrí, con mucho gusto, pero también a veces con terror, como lo confesé alguna vez en un grupo. Así como consiguieron aterrarme con su parresia, con su coraje de la verdad, así espero que también aterroricen, a través de su trabajo profesional de psicólogos, a quienes intenten utilizarlos para sofocar y reprimir lo mismo que hablaba por las bocas de Allende y de Martín-Baró.

Para terminar quisiera felicitarlos y darles las gracias. No por su carta de pasante, que no es más que un papel, sino por lo más importante: por el terror que me hicieron sentir, por su constante cuestionamiento, por sus innumerables iniciativas, por su cooperativa, su asamblea, sus movilizaciones sociales y estudiantiles, las maravillosas pinturas en las bardas de la facultad, el yosoy132 y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, su apoyo con el congreso de marxismo y con los árboles de la facultad, y tantas otras hazañas, entre ellas la inagotable paciencia de los estudiantes menos agitados. Verdaderamente considero que su generación es prometedora. Espero que sea mejor que la nuestra.

¿Cómo leer el inconsciente sin dominar el acontecimiento? Una enseñanza de Althusser para el análisis lacaniano de discurso

Versión castellana de una conferencia dictada en el Birkbeck College, Londres, Reino Unido, el 11 de diciembre 2013

David Pavón-Cuéllar

Tal como Lacan se la representa, la trama histórica se teje con hilos de lenguaje. Las palabras confeccionan todo lo que ocurre en la historia. No hay acontecimiento que no tenga lugar en un escenario discursivo. Es aquí, en el discurso, en donde todo ocurre al representarse de manera simbólica.

Desde luego que hay irrupciones traumáticas de lo real que parecen inefables, indescriptibles, irrepresentables, pero sólo habrán tenido lugar una vez que se las represente simbólicamente a través de las mismas palabras que no consiguen expresarlas. Aunque las experiencias resistan a la expresión, habrá que expresarlas de algún modo, identificándolas al menos como lo inexpresable, pues tan sólo así habrán tenido lugar en el único lugar en el que pueden tener lugar, que es el lugar del lenguaje. Este lugar engloba libros de historia, periódicos y otros medios masivos de información, pero también calles y campos de batalla.

Cuando dos ejércitos se enfrentan, la batalla es entre banderas, clases, naciones, ideales y otras entidades simbólicas. Es verdad que las balas se hunden en la carne, la sangre corre, los soldados mueren, los cuerpos son mutilados, y la experiencia terrorífica y angustiante de todo esto es algo real, demasiado real, que escapa definitivamente a las palabras. No obstante, en sentido estricto, el acontecimiento de la batalla, el suceso histórico, lo que habrá ocurrido en los hechos, corresponde a lo que ha quedado plasmado y retenido en las palabras. Es en las palabras, con ellas y a través de ellas, que se crea lo que acontece.

Por más real e inexpresable que sea lo que acontece, tan sólo puede tener lugar en el ámbito simbólico de unas palabras que paradójicamente no consiguen expresarlo. De igual modo, por más aleatorio y sorpresivo que pueda ser un acontecimiento, no deja de acontecer en las mismas palabras que intentan preverlo y planificarlo, explicarlo y entenderlo, darle un sentido y una dirección, proyectarlo o conjurarlo. Es como si las palabras hicieran todo para frenar el acontecimiento real, aleatorio y sorpresivo. Y sin embargo, a pesar de las palabras, hay un acontecimiento, y si lo hay, es también gracias a las palabras.

El discurso, el medio más hostil y desfavorable para el acontecimiento, es también el único medio en el que puede haber un acontecimiento. Esto no excluye que el acontecimiento pueda verse deshecho y desactivado bajo el efecto del mismo discurso. Es la triste situación en la que las palabras terminan sustituyéndose a los hechos, las frases a las caricias, los discursos demagógicos a las acciones concretas.

El acontecimiento puede ser imposibilitado por las mismas palabras que lo posibilitan. Las palabras son así condición de posibilidad y de imposibilidad del acontecimiento. Cuando hay un acontecimiento, es por las palabras, y cuando no lo hay o deja de haberlo, también es por las palabras, al menos en cierto sentido. Las palabras, por ejemplo, encienden aquellas revoluciones que lo trastornan y lo transforman todo, así como también terminan por ahogarlas en la ceniza de la fraseología revolucionaria.

No es tan sólo que el acontecimiento se enrede y se pierda espontáneamente en las palabras, sino que el discurso parece involucrar eficaces dispositivos cuya función es precisamente la de imposibilitar el acontecimiento aleatorio. Conocemos lo que Foucault nos dice al respecto en El orden del discurso. El acontecimiento es dominado por el discurso a través de tres mecanismos: el comentario, la autoría y la disciplina. En los tres casos, hay algo, texto fundador, personalidad autoral o especialidad disciplinaria, que ancla el discurso, lo controla, le pone límites y de este modo imposibilita que surja lo inesperado, lo incontrolable, lo incomprensible, lo inexplicable, lo histórico. No puede haber un verdadero acontecimiento cuando se impide cualquier malinterpretación o desviación con respecto al texto fundador, cualquier inconsistencia o incoherencia con la figura del autor, cualquier licencia o falta de rigor en la disciplina. Es quizá por esto que prácticamente no ocurre nada con valor histórico de acontecimiento ni en un siglo y medio de disciplina psicológica, ni en toda la obra de Hegel posterior a la Fenomenología del Espíritu, ni tampoco en siglos enteros de comentario escolástico de la Biblia, de Aristóteles y de Tomás de Aquino.

Tal como los describe Foucault, el comentario, la autoría y la disciplina son mecanismos que intentan dominar el acontecimiento aleatorio en el sitio mismo de su aparición. Dado que el acontecimiento irrumpe en un discurso escrito, hablado o actuado, comprendemos que este mismo discurso deba involucrar dispositivos para evitar su irrupción. Estos dispositivos pueden ser apreciados a través del análisis de discurso, y deberían ser particularmente importantes en la perspectiva lacaniana, en la que uno esperaría encontrar una mayor sensibilidad ante el acontecimiento.

El acontecimiento, de hecho, es un tema considerado repetidamente por quienes nos inspiramos de Lacan al hacer análisis de discurso. En efecto, desde el artículo clásico de Pêcheux, Estructura o acontecimiento, hasta los capítulos recientes incluidos en el libro que acabo de editar con Ian Parker, el acontecimiento capta constantemente la atención de los trabajos en los que se hace un análisis lacaniano de discurso. Estos trabajos se interesan tanto en la irrupción del acontecimiento en las palabras y a través de ellas, como en su obstaculización por las mismas palabras. En este último caso, aunque no se estudien los dispositivos de la autoría, la disciplina y el comentario a los que se refiere Foucault, sí hay valiosas observaciones sobre otras estrategias discursivas para dominar el acontecimiento.

Los analistas lacanianos de discurso han buscado acontecimientos posibilitados o imposibilitados por los discursos analizados. Sin embargo, al menos hasta donde yo sé, no parecen haber indagado los posibles acontecimientos favorecidos o impedidos por el propio análisis de discurso entendido como un discurso. Quiero decir que el acontecimiento no ha sido considerado en el discurso analítico, sino sólo en el discurso analizado. Esto se debe, entre otras razones, a la falta de retorno reflexivo sobre el propio análisis, el cual, por lo general, es visto como una simple aproximación al discurso y no como un discurso en sí mismo. Esto impide ver la manera en que el propio análisis de discurso, entendido como un discurso, presenta dispositivos de dominación del acontecimiento como los que podemos encontrar en otros discursos.

Para conjurar el acontecimiento, un análisis lacaniano de discurso, por ejemplo, puede no ser más que un comentario de la obra de Lacan a través de su aplicación y ejemplificación, así como también puede estar completamente sometido a la consistencia personal de su autor o a los límites de aquella aburrida disciplina en la que frecuentemente acaba convirtiéndose el psicoanálisis lacaniano. Es lógico que estos dispositivos de la disciplina, el comentario y la autoría, tal como fueron descritos por Foucault, puedan operar en nuestro análisis, el cual, no hay que olvidarlo, es un discurso como cualquier otro. Como tal, puede provocar acontecimientos, y para evitarlos, cuenta con sus inhibidores propios.

Ahora bien, además de los dispositivos que impiden que un discurso analítico produzca un acontecimiento, hay también otros mecanismos del análisis que dominan el acontecimiento en el discurso analizado. Esto es así porque todo análisis de discurso es un discurso acerca de otro discurso, y como ejerce su poder sobre dos discursos, sobre sí mismo y sobre el discurso analizado. Lo que intento explicar es que el análisis de discurso no sólo es un discurso como cualquier otro, con sus propios mecanismos internos que dominan el acontecimiento en su propio seno, sino que es un discurso sobre otro discurso en el que también puede sofocar o neutralizar el acontecimiento, impidiendo que trascienda, que se consume o que se realice hasta sus últimas consecuencias, que se produzca o que se reproduzca, o que se expanda y se multipliquen sus efectos. En este caso, el análisis de discurso, como supuesto meta-discurso, se opone a un acontecimiento que ya se desencadenó en otro discurso además de oponerse a un acontecimiento que podría llegar a desencadenarse dentro de sí mismo.

Además de relacionarse con su potencial acontecimiento, el discurso analítico también se enfrenta con un acontecimiento quizá ya empezado a través del discurso analizado. Podemos analizar un discurso revolucionario de Lenin, por ejemplo, y enfrentarnos a la Revolución de Octubre que se realiza en él y a través de él. Para dominar este acontecimiento, el análisis requiere de mecanismos que revoquen, rectifiquen o desactiven retroactivamente el acontecimiento después de que haya ocurrido en el discurso de Lenin. Me referiré aquí a dos de estos dispositivos que me parecen particularmente importantes. Uno es la comprensión y otro es la explicación. Uno y otro serán capaces de neutralizar un acontecimiento, como el de la Revolución de Octubre, al aplicarse a un texto ya existente, como los discursos revolucionarios de Lenin.

A través del vicio de la comprensión, bien conocido y denunciado por Lacan, pretendemos acceder al contenido consciente que atribuimos al discurso en lugar de limitarnos a leer el discurso en su presencia inconsciente. Dicho de otro modo, dejamos de leer lo que un discurso dice textualmente, los significantes como tales, y nos concentramos en lo que imaginamos que significa o quiere decir. ¿Y qué podrá querer decir el discurso que analizamos? Como bien lo nota Lacan, el discurso tan sólo puede querer decir lo que nosotros queramos que nos quiera decir. Esto dependerá de nuestros deseos, nuestros prejuicios, nuestras ideologías o las teorías que nos permiten comprender y que pretendemos confirmar a través del discurso. Es lo que vemos ocurrir en esos análisis psicológicos de contenido, propios de las perspectivas hipotético-deductivas, en los que siempre se encuentra lo que se busca, ya sea cogniciones, actitudes, prejuicios, representaciones sociales o cualquier otro material preconcebido que sirva para validar o invalidar nuestras hipótesis.

Desde el momento en que hacemos una hipótesis, ya sabemos lo que vamos a encontrar en el discurso, a saber, los términos de la hipótesis. Lo demás debe ser ignorado. Lo que debemos ignorar es precisamente lo que no podemos comprender, lo aún incomprensible, lo enigmático, lo nuevo, lo desconocido, lo aleatorio, lo imprevisible, es decir, todo aquello en lo que estriba la posibilidad misma del acontecimiento. Podemos entonces hacer el análisis de un discurso de Lenin y soslayar todo aquello que lo hace tan original, radical, provocador y peligroso, para limitarnos a lo que podemos comprender como prejuicios contra los burgueses o actitud negativa ante el capitalismo. Nuestro discurso analítico habrá desactivado así, mediante su comprensión del discurso, ese acontecimiento que se tradujo en la Revolución de Octubre y que no deja de acechar y asustar al capitalismo contemporáneo.

Entendemos que un análisis lacaniano de discurso deba descartar aspiraciones a la comprensión como las que encontramos en la hermenéutica, en algunas aproximaciones narrativas o en las diversas variantes de análisis de contenido que encontramos en las ciencias humanas y sociales. De hecho, según Lacan, en lugar de comprender el supuesto contenido consciente que un discurso quiere decir, hay que explicar lo que dice a través de su estructura compuesta de significantes inconscientes que sólo remiten a otros significantes inconscientes y no a significados conscientes. De ahí que hayamos concluido anteriormente que el análisis lacaniano de discurso no tendría que ser comprensivo, sino explicativo, y que debería ofrecer una explicación del discurso analizado. Sin embargo, como lo veremos ahora, la explicación también puede llegar a convertirse en un dispositivo discursivo para dominar el acontecimiento. Esto lo hemos podido apreciar gracias al más joven Marx y al último Althusser, y es aquí, en este punto, en donde el enfoque marxista althusseriano puede ayudar a los analistas lacanianos de discurso a no dejarse instrumentalizar como represores o amortiguadores del acontecimiento a través del arma del análisis explicativo.

Supongamos que analizamos un discurso revolucionario de Lenin y que lo explicamos por condiciones, circunstancias, causas e intenciones en las que incluiríamos el período histórico, la Primera Guerra Mundial, cierta crisis económica, el origen y la trayectoria personal del autor, la estructura interna de la sociedad rusa, la hegemonía como estrategia, el zarismo y la industrialización, el marxismo y los narodniki. Todos estos factores determinarían el acontecimiento, el cual, apareciendo como resultado necesario de sus determinantes, podría ser totalmente reducido a ellos, como si consistiera tan sólo en su confluencia y anudamiento. Las razones del acontecimiento serían así puestas en el lugar del acontecimiento. La irrupción discursiva de la Revolución de Octubre no sería más que la producción textual producida por un aparato productivo contextual que se manifestaría parcialmente a la conciencia en el discurso analizado. Analizar el discurso nos permitiría explicar el acontecimiento, y al explicarlo, podríamos relegarlo a un rincón remoto como el de la Rusia de 1917. Sería en este contexto, y sólo en este contexto, en el que podríamos concebir el acontecimiento. Es así como lo apartaríamos de nosotros y nos protegeríamos de su amenaza.

El análisis explicativo tiende a poner las cosas en su lugar, reordenarlo todo y reintegrar el acontecimiento a la estructura causal del orden establecido. Es así como el acontecimiento vuelve a ser encerrado en la misma jaula de la que había conseguido liberarse. Pero en esta jaula, el acontecimiento ya no es un acontecimiento. En lugar de un acontecimiento, nos queda un puro efecto cuyo sentido no está ya en él mismo, sino en los factores estructurales que lo determinan. Estos factores son todo lo que hay. A falta de ellos, no puede haber lo que determinan y que se confunde con ellos mismos.

En la perspectiva de un análisis explicativo, resulta imposible que haya actualmente algo como la Revolución de Octubre. Esta revolución puede reducirse a una serie de factores determinantes que ya no existen. La inexistencia de los factores es la inexistencia del acontecimiento. De hecho, desde este punto de vista, el acontecimiento ni siquiera existió cuando pareció existir. Su existencia no fue más que una apariencia, y más allá de la apariencia, únicamente había los factores determinantes que la explicaban.

El análisis explicativo eleva los factores determinantes a la dignidad de la única existencia. Estos factores son todo lo que hay, hubo y habrá. Se despliegan como un sistema simbólico cerrado sobre sí mismo. Lo llenan todo y no dejan lugar ni para lo real ni para el vacío, ni para lo azaroso ni para lo aleatorio, ni para los sueños ni para los acontecimientos, ni para la historia ni para el inconsciente que Lacan identifica con la historia, ni para las revoluciones ni para las demás sorpresas que el mismo Lacan esperaba de la historia.

Para dejarnos sorprender por algo, hay que dejar de explicarlo todo. La explicación debe callar ante aquellos sorprendentes acontecimientos históricos, originarios y fundadores, que no se dejan reducir a sus factores determinantes, como bien lo vieron Marx en su tesis filosófica sobre Epicuro y Althusser hacia el final de su vida. Para ser más precisos, lo que el joven Marx y el viejo Althusser entendieron es que puede haber acontecimientos que sólo se fundan en sí mismos, efectos que involucran su propia causa, textos que se crean su contexto, azares que desobedecen la necesidad, encuentros que superan cualquier distancia, colisiones que lo trastornan todo, actos que desafían el funcionamiento del sistema simbólico, saltos de lo imposible a lo real, gestos imprevisibles con los que se teje la trama histórica, revoluciones que son el motor de la historia.

Marx creyó en la historia y en las revoluciones hasta el final de su vida. Y Althusser era todavía joven cuando veía ya la excepción como la regla de la regla, la universalidad de la singularidad, lo que ahora Meillausoux concibe como la necesidad de la contingencia. Todo esto se reconocerá como indeterminación textual en un análisis de discurso en el que debemos ser conscientes, como Bajtin y Foucault lo señalaron en su momento, que cada discurso puede involucrar un acontecimiento discursivo. No puede ser de otra manera cuando no hay un gran Otro, nada, nadie que pueda evitar exitosamente las revoluciones.

Es verdad que Lacan reduce las revoluciones a movimientos circulares y retornos al punto de partida. Y es verdad también que una revolución como la de Octubre sólo nos libera de Nicolás II para lanzarnos a los brazos de Stalin. Pero aunque el punto de llegada sea peor que el de partida, al menos es diferente y prometedor. Hay algo que ya no es lo mismo. Hay historia.

Existe un desplazamiento histórico porque el motor del proceso revolucionario no sólo describe un giro como el deplorado por Lacan, sino también un movimiento en espiral como el reconocido por Lenin. Por decirlo en los términos lacanianos, el círculo de la revolución permanece abierto. Su apertura es prueba sintomática de la existencia del acontecimiento histórico, de la historia concebida lacanianamente como inconsciente, de la persistencia de lo real, de la incompletud simbólica y de aquel objeto que es causa de nuestro deseo, motivo de nuestra lucha y justificación de nuestra creencia en lo que denominamos libertad. Esto es precisamente lo inexplicable que no puede saberse, pero que el sistema, con su ambición de saber absoluto, intenta reabsorber a través de la estrategia explicativa.

Cuando explicamos los efectos a partir de sus causas, lo que hacemos es atar el futuro con el pasado y cerrar así el círculo de la revolución en una totalidad significativa para la conciencia. Pero no hay revolución que no quede abierta, y es por eso, de hecho, que podemos decir que la revolución es permanente. Por más que nuestras explicaciones intenten concluir la revolución al cerrarla sobre sí misma, la revolución permanece abierta, inconclusa, por hacer, en proceso. No podemos saberla en su totalidad porque no termina todavía. La Revolución de Octubre no ha terminado.

La revolución continúa y no llegamos a un fin de la historia. Si ya hubiéramos llegado al final, ¿por qué seguiríamos hablando? ¿Por qué multiplicaríamos los discursos? ¿Y por qué sentiríamos la necesidad imperiosa de analizarlos?

Nuestro análisis debe responder al deseo que lo anima y debe contribuir así a mantener viva la historia y la flama de las revoluciones. Esto descarta ciertamente la explicación entendida como reducción del acontecimiento a sus factores precipitantes, pero no excluye por ello la explicación en el sentido etimológico del término, la explicación tal como la entiende también Lacan y tal como puede ser prescrita en el análisis lacaniano de discurso, como acción por la que se despliega, se desarrolla, se desenvuelve el discurso al agregar nuevos significantes inconscientes que no se hacen pasar por los significados conscientes de lo analizado. No hay aquí nada que deba ser evitado. Esta explicación es discurso analítico en el que se prolonga el discurso analizado, el discurso del Otro, del inconsciente, sin pretender enroscarlo, cerrarlo sobre sí mismo en la empobrecedora conciencia de la ideología dominante. Al mantener abierto el círculo discursivo, nuestro análisis lacaniano de discurso muestra su respetuosa consideración del acontecimiento y su potencial utilización en la lucha revolucionaria.

La utilidad del psicoanálisis para la revolución, como ya lo apuntó Lacan en su momento, radica precisamente en mantener abierto el círculo revolucionario. Tal apertura debe ser un propósito central del análisis lacaniano de discurso en investigaciones que aspiran a ser intervenciones políticas enfocadas al cambio radical de la sociedad. En estas investigaciones, un discurso como el de Lenin no debe reducirse a sus causas, sino producir nuevos efectos.

Administrar la vida como fuerza de trabajo enunciador: el análisis lacaniano de discurso y el problema del poder en Marx y en Foucault

Versión castellana de una conferencia dictada en la Universidad de Leicester, Reino Unido, el 10 de diciembre 2013

David Pavón-Cuéllar

Se ha insistido mucho, quizá incluso demasiado, en las divergencias y contradicciones entre los planteamientos de Karl Marx y los de Michel Foucault. La mayor insistencia a este respecto provino significativamente del mismo Foucault. Aunque reconociera una parte de su inmensa deuda con Marx, exageró sus discrepancias con respecto a él, criticándolo a veces de manera un tanto injusta, simplificando sus ideas, eliminando sus matices y soslayando las complejas tensiones y evoluciones en el interior del pensamiento marxiano y marxista.

Si nos atenemos a la versión de Foucault, puede ser que lleguemos a tener la impresión de que sus ideas resultan esencialmente irreconciliables con las de Marx. Es lo que se ha pensado, por ejemplo, ante sus respectivas concepciones del poder. A partir de lo planteado por Foucault en su curso Defender la sociedad, podemos concluir que la supuesta idea marxiana del poder, como algo que poseemos y que está funcionalmente subordinado a la economía, resulta incompatible con la noción foucaultiana de un poder que nos posee y que está indisociablemente imbricado con saber.

Al examinar la creencia en la incompatibilidad entre las ideas foucaultiana y marxiana del poder, alcanzamos a detectar al menos tres errores fundamentales. En primer lugar, se ha confundido cierta idea economicista del poder con la idea marxiana y marxista en general, en lo cual, por cierto, Foucault tiene parte de responsabilidad, ya que olvida en el momento oportuno todo lo desarrollado por Marx y algunos sus seguidores, entre ellos Gramsci, Althusser y muchos otros, en torno a la sociedad civil, la hegemonía, la ideología, la sobrederminación ideológica, etc. En segundo lugar, se ha imaginado que Marx y sus seguidores nunca pensaron lo que en realidad pensaron una y otra vez, esto es, en los términos del propio Foucault: 1) la hipótesis reichiana del poder como represión, como algo que se ejerce y que sólo existe en acto, que es lo que se observa en el trabajo alienado-alienante del que habla el joven Marx; 2) la hipótesis nietzscheana del poder como combate permanente, enfrentamiento y relaciones de fuerza, que no deja de operar en la lucha de clases tal como ésta es concebida en Marx y especialmente en corrientes marxistas como la maoísta y la trotskista; y 3) la hipótesis foucaultiana del poder-saber, el poder implicado en el propio saber y ejercido a través de él, como se pone de manifiesto en las teorías gramsciana y althusseriana de la ideología. Por último, para creer en la incompatibilidad entre las nociones foucaultiana y marxiana del poder, se les ha descrito como dos modos mutuamente excluyentes de representarse el poder, y no como lo que son, como dos formas distintas, consecutivas o simultáneas, de realización y manifestación del poder.

Cuando nos percatamos de que Marx y Foucault profundizan en aspectos diferentes del poder, entonces podemos reconocer la complementariedad entre sus respectivas ideas, como primer paso para vincularlas, articularlas y enriquecerlas unas con otras. Esto es lo que intentaremos hacer ahora, de modo breve, esquemático y únicamente ilustrativo, al inquirir sobre la forma en que el poder se ejerce sobre el sujeto que enuncia un discurso, reduciendo su vida a la función de fuerza enunciadora del discurso. Al ocuparnos de esto, nuestro propósito será concretar una de las más intrigantes cuestiones con las que nos enfrentamos en aquello que llamamos análisis lacaniano de discurso, y que no es más que un análisis de discurso inspirado en las elaboraciones teóricas e indicaciones metodológicas del psicoanalista francés Jacques Lacan.

Pero no podemos continuar sin aclarar algo que tal vez parezca desconcertante. Si nuestra perspectiva es la del análisis lacaniano de discurso, ¿entonces por qué diablos complicarlo todo con Marx y Foucault en lugar de limitarnos a simplemente hablar de Lacan? Hay muchas razones de peso para esto. La primera es nuestra íntima convicción de que Lacan y el análisis lacaniano de discurso pueden servirnos para elucidar la articulación entre las nociones foucaultiana y marxiana del poder. Por otro lado, lo que ya hemos justificado en otras ocasiones, consideramos que Marx tuvo una influencia decisiva en la teoría lacaniana del discurso. Por si fuera poco, no hay que olvidar que las perspectivas de Marx y Foucault han sido quizá las más influyentes en la tradición francesa, estructuralista y crítica de análisis de discurso en la que se ubica el análisis lacaniano de discurso. Prácticamente no podemos hablar de análisis de discurso, en dicha tradición teórica, sin hablar de Marx y de Foucault. De hecho, las coordenadas foucaultiana y marxista-althusseriana son aquellas en las que Michel Pêcheux, hace ya más de cuarenta años, concibió lo que hoy podemos aceptar como la primera propuesta sistemática de análisis lacaniano de discurso. Todo esto hace que nuestro análisis lacaniano de discurso no pueda dejar de lado a Marx y a Foucault. Hacerlo supondría, no sólo olvidar los propios orígenes del método, sino también soslayar la historia en la que se inserta y desaprovechar la ocasión de hacer aportaciones a las corrientes marxista y foucaultiana, tan poderosas y fecundas hoy en día.

Tenemos pues muy buenas razones para tener presentes a Marx y a Foucault al reflexionar sobre nuestro análisis de discurso inspirado por Lacan. En el tema específico que ahora nos interesa, las coordenadas teórico-metodológicas lacanianas ayudan ciertamente a distinguir diversos aspectos del ejercicio del poder en el discurso que analizamos, pero hay otros aspectos cruciales a los que difícilmente podremos aproximarnos sin contar con el auxilio del instrumental conceptual marxiano y foucaultiano. Y es aquí precisamente en donde se impone la articulación entre nociones del poder que encontramos en Marx y en Foucault.

Empecemos por recordar la manera en que la economía de Marx y la genealogía de Foucault se representan la relación moderna, vigente desde el siglo XVIII hasta ahora, entre el poder y la vida humana. En la teoría económica marxiana del capitalismo, la vida es principalmente concebida como la existencia de los trabajadores, la cual, por efecto de la proletarización, se ve reducida a la fuerza de trabajo comprada como una mercancía por los capitalistas, y a través de ellos, por el capital mismo. De modo aparentemente paralelo, en la teoría genealógica foucaultiana de la biopolítica, la vida es concebida como aquello regularizado, controlado, administrado, cuidado, mantenido y gestionado por el biopoder. Aquí, en Foucault, lo interesante es que el poder se ocupa de la vida, y se convierte así en biopoder, porque la vida constituye una fuerza, una fuerza de trabajo como aquella en la que piensa Marx.

Tanto en la teoría económica marxiana como en la teoría genealógica foucaultiana, la vida es una fuerza para el poder que se ejerce sobre ella. Foucault es explícito al respecto. Nos dice, por ejemplo, que al ocuparse de la vida, el biopoder busca “maximizar fuerzas y extraerlas”, y que si se preocupa por las enfermedades, es porque éstas representan “sustracción de fuerzas, disminución de tiempo de trabajo, reducción de las energías, costos económicos”. El valor de la vida no es aquí más que el valor económico de una fuerza para trabajar. La vida no es más que fuerza de trabajo. Esto es todo lo que es la vida para el biopoder del que nos habla Foucault.

El biopoder no es exactamente poder sobre la vida, sino poder sobre la vida proletarizada, es decir, una vida reducida a no ser más que fuerza de trabajo con un valor exclusivamente económico. Podemos decir entonces que el biopoder político foucaultiano existe para cuidar, mantener, administrar, controlar y regularizar aquella vida proletarizada, vida como fuerza de trabajo, que será explotada por el poder económico marxiano. En otras palabras, el sistema capitalista no podría ejercer su poder económico de explotación sobre la vida, el poder estudiado por Marx, si el Estado burgués correspondiente no ejerciera ese biopoder, ese poder estudiado por Foucault, que mantiene con vida a la población de trabajadores, controlándola y disciplinándola para convertirla en una mano de obra obediente y capacitada, sana y productiva.

Desde nuestro punto de vista, la dirección y administración política de la vida, su control y su regularización por el biopoder, estaría subordinada a la explotación económica de la misma vida. Sería para explotar la vida, en el proceso analizado por Marx, que esta vida se vería normalizada mediante los dispositivos analizados por Foucault, tanto los individualizadores como los masificadores, tanto los disciplinarios sobre el cuerpo como los regularizadores sobre la población, tanto los que buscan el adiestramiento individual como los que están dirigidos al equilibrio global. Todos estos objetivos políticos tenderían a un propósito económico final, a saber, la explotación capitalista de la vida humana. Marx se habría concentrado entonces en el fin último del sistema capitalista, mientras que Foucault se habría limitado a estudiar los medios para cumplir con este fin.

En la manera en que articulamos las teorías del poder sobre la vida que encontramos en Marx y Foucault, hay un problema fundamental, que es la subordinación unilateral de lo político a lo económico. Estaríamos cayendo aquí en el mismo economicismo que habíamos juzgado como una acusación injusta contra el marxismo. Nosotros mismos, como marxistas que somos, estaríamos dando la razón a Foucault y a los foucaultianos cuando critican el reduccionismo economicista de la concepción marxista del poder.

¿Pero subordinar lo político a lo económico implica verdaderamente aquello que descartan los foucaultianos al rechazar el economicismo de Marx y de sus seguidores? Es en este punto preciso en el que la interpretación de Marx por Lacan, y la manera en que la adoptamos en el análisis lacaniano de discurso, puede resultar decisiva para la articulación entre la teoría genealógica foucaultiana y la teoría económica marxiana.

Al interpretar la teoría económica de Marx, Lacan se representa el dinero y el capital como símbolos o significantes, el valor de cambio como el valor simbólico por excelencia, y el sistema capitalista como un sistema simbólico, una estructura significante de lenguaje, un lenguaje sin metalenguaje, el mismo lenguaje que se despliega como discurso del Otro y como exterioridad transindividual del inconsciente de cada sujeto. El trabajo del inconsciente, entendido como trabajo de articulación y expresión del lenguaje, sería el trabajo del sistema capitalista que sólo puede realizarse mediante la explotación de la fuerza de trabajo de los sujetos. El poder económico explotador se ejercería entonces en cualquier discurso emitido por el sujeto.

Al expresar un discurso con su fuerza de trabajo enunciador, el sujeto haría el trabajo del sistema simbólico del lenguaje. Es así como el sistema ejercería su poder económico de explotación sobre el sujeto. Este poder es económico porque se basa en la riqueza simbólica del sistema, en el que se concentran nuestros bienes culturales, y porque sirve para producir más riqueza simbólica a expensas de la vida real del sujeto. En términos marxianos, la vida real del trabajado, explotada como fuerza de trabajo, se pierde para producir el capital muerto del capitalista. En términos lacanianos, lo real muere al ser simbolizado. La simbolización es la esencia de la explotación tal como lo concibe Lacan.

En la interpretación lacaniana de Marx, el poder económico explotador es poder mortífero, poder simbolizador, poder desrealizador o desnaturalizador, poder que permite la transformación de lo real de la naturaleza en lo simbólico de la cultura. Es perfectamente comprensible que este poder fundamental, primeramente formulado por Marx y seguidamente reformulado por Lacan, sea el poder fundamental al que debe estar subordinado el poder político del que se ocupa Foucault. Este biopoder sobre nuestra vida, como el de cualquier buen ganadero sobre la vida de sus bestias, sólo existe para administrar, cuidar y regularizar una vida real, nuestra vida, permitiendo que se convierta en la fuerza de trabajo que habrá de ser explotada, procesada, sacrificada, simbolizada en el sistema capitalista del que se ocupa Marx.

La simbolización de la vida, explotada como fuerza enunciadora de trabajo del lenguaje, es quizá el horizonte último que circunde cualquier análisis lacaniano de discurso. Nuestro análisis siempre se desarrolla en el terreno simbólico de lo enunciado, pero más allá, en el abismo real de la enunciación, encontramos algo a lo que sólo podemos acceder a través de la teoría marxiana de la explotación. Esta explotación es la que permite que un sujeto se pierda, se aliene en el Otro, para producir lo que analizamos. Al final, el discurso analizado, al igual que el capital de Marx, es puro trabajo muerto, un exquisito cadáver del trabajo del inconsciente.

El cuerpo literal de palabras guardará las cicatrices del biopoder infligido sobre la vida que se perdió en él, pero su existencia muerta será producto de un poder económico explotador que asestó el golpe mortal que acabó con la existencia del sujeto, produciendo aquello único por lo que existía. ¿Cómo llamar al producto final? Discurso, mercancía, ideología, saber, estructura, superestructura. Da igual. Siempre será trabajo muerto.

Estructura y síntoma: dos contribuciones de Marx al análisis lacaniano de discurso

Versión castellana de una conferencia dictada en la Universidad de Manchester, Reino Unido, el 9 de diciembre 2013

David Pavón-Cuéllar

Un análisis de discurso es lacaniano cuando se inspira en las elaboraciones teóricas e indicaciones metodológicas del psicoanalista francés Jacques Lacan. Si consideramos que Lacan era seguidor de Freud, podemos prever que haya una cierta coloración freudiana en todo análisis lacaniano de discurso. Lo que parece menos probable es que el análisis lacaniano involucre una tonalidad marxiana o marxista.

Sabemos que Lacan se inclinaba por la derecha, que no tenía una orientación marxista y que más de una vez dirigió críticas a Marx y especialmente a sus seguidores. Podríamos suponer entonces que Marx y el marxismo no deberían de tener una presencia e influencia considerables en la perspectiva lacaniana. Lo cierto, sin embargo, es que toda la obra de Lacan está penetrada, impregnada, empapada hasta su médula por sutiles sustancias conceptuales marxianas y marxistas.

El propio Lacan reconoce abiertamente a Marx una serie de aportaciones fundamentales que forman parte esencial del psicoanálisis lacaniano. Según Lacan, Marx inauguró el estructuralismo, descubrió que no hay metalenguaje, refutó la concepción clásica del conocimiento e inventó el síntoma del que se ocupa el psicoanálisis, esto es, el síntoma como revelación de la verdad en la falla de un saber. Lacan también piensa que Marx fue el primero en comprender que no hay realmente ni sociedad ni relación sexual. Por si fuera poco, Lacan parece tener la convicción de que Marx presintió el objeto causa de deseo, rectificó del discurso constitutivo de la política y desenmascaró los verdaderos motivos de la filosofía europea en sus veinticinco siglos de historia.

Sin las aportaciones que Lacan atribuye a Marx, el psicoanálisis simplemente no habría podido existir. ¿Cómo Freud habría podido siquiera concebir la histeria tal como lo hizo si no hubiera dispuesto del síntoma inventado por Marx, de la falta de relación sexual comprendida por Marx, o del objeto de deseo presentido también por Marx? ¿Y cómo Lacan habría podido elaborar su propia versión del psicoanálisis sin el estructuralismo inaugurado por Marx o sin la falta de metalenguaje que Marx habría descubierto?

Sin Marx, no hay ni Freud ni Lacan. Esto es algo que Lacan reconoce casi forzado, muy a pesar suyo, y entre fatigosos titubeos que siempre terminan dándole la razón a Marx. Al final, siempre nos encontramos con Marx dentro de Lacan. El psicoanalista francés está literalmente habitado por el filósofo y revolucionario alemán. Esto puede explicarse por el entorno intelectual de Lacan, por su ambiente cultural y su momento histórico, por la episteme o la formación discursiva que determina y condiciona su discurso, pero también por sus propias lecturas de Marx ya desde su juventud, cuando leía El Capital en el metro de París.

El caso es que Lacan es mucho más marxista de lo que él mismo quisiera. También es mucho más marxista de lo que sus seguidores pueden aceptar, en lo cual, por cierto, muestran un conservadurismo que será desastroso en la lectura de la obra de Lacan, en su transmisión y en sus efectos políticos en la actualidad. Una vez que hacemos abstracción de las diversas implicaciones del marxismo de Lacan, el psicoanálisis lacaniano pierde una fracción muy significativa de su potencial crítico, subversivo y revolucionario, y puede ser más fácilmente recuperado por la psicología y por otros dispositivos disciplinarios y mecanismos ideológicos del mundo moderno.

Para preservar toda la fuerza disruptiva de la propuesta lacaniana, debemos admitir su marxismo, el marxismo lacaniano. Esto es particularmente importante cuando retomamos a Lacan en reflexiones o investigaciones sociales y culturales en las que el aspecto político adquiere una mayor centralidad y se torna ineludible e inocultable. Tal es el caso de la mayor parte de aplicaciones de lo que se ha dado en llamar análisis lacaniano de discurso. Este método no deja de incursionar en terrenos en los que no podemos ignorar la herencia marxista de Lacan sin traicionar también al propio Lacan.

Entre las aportaciones de Marx a Lacan a las que el análisis lacaniano de discurso no puede renunciar, están el síntoma entendido como irrupción de la verdad en la falla del saber, y la estructura de los estructuralistas, con su implicación de falta de metalenguaje. Me referiré ahora por separado a cada una de estas contribuciones de Marx al análisis lacaniano de discurso.

Empecemos por la estructura. Si Marx inauguró el estructuralismo, es porque se percató de dos circunstancias que son fundamentales en cualquier análisis lacaniano de discurso. Lo primero de lo que Marx se dio cuenta, precediendo en esto a Saussure, fue que la realidad está constituida como una estructura en la que las distinciones, relaciones y oposiciones entre los elementos preceden a los elementos y los constituyen. Es así, por ejemplo, como las relaciones económicas, y particularmente la oposición básica entre el trabajo y el capital, predeterminan las cualidades, capacidades y conductas propias de sujetos y objetos en el capitalismo, tal como éste es descrito por Marx en los Manuscritos de 1844, en El Capital y en otras obras económicas. Es así también, en términos althusserianos, como las relaciones ideológicas sobredeterminan a los mismos sujetos y objetos en la Cuestión judía o en la Ideología alemana. Y es exactamente de la misma forma que el análisis lacaniano de discurso debe examinar los significantes en función de una organización discursiva compuesta de relaciones, distinciones y oposiciones de las que depende el valor simbólico de cada significante, su función estructural, lo que dice, lo que es y lo que hace.

Si Lacan atribuye a Marx la inauguración del estructuralismo, esto es también por otra circunstancia crucial de la que Marx se habría percatado, a saber, la identidad de la estructura con su entorno, el hecho de que el discurso es lo mismo que sus condiciones, la indistinción entre el texto y el contexto, la falta de metalenguaje, la ausencia de un Otro del Otro. Marx habría descubierto, en otras palabras, que la estructura engloba todo lo pensable, y que no hay nada pensable fuera de ella, de tal modo que su ámbito estructural constituye un universo lógico del que no se puede salir para pensarlo desde afuera. Es por esto que los filósofos de los siglos XVIII y XIX, según Marx, no pueden salirse del mundo histórico moderno para estudiarlo de modo neutro y objetivo desde afuera.

Las consideraciones filosóficas serán emanaciones ideológicas de la estructura. El sistema capitalista emanará filosofías burguesas cuya estructura será la misma del sistema, una estructura no pudiendo separarse de su entorno, ni un discurso distinguirse de sus condiciones. Debido a la continuidad entre el texto y el contexto, el individuo en el que pensaba Stirner, por ejemplo, era un individuo burgués. Y no podía ser de otro modo, pues en la época de Marx, en virtud de la hegemonía de la ideología de la clase dominante burguesa, esta ideología era la de toda la sociedad. El mundo entero era el ambiente de la burguesía, y todo era burgués, como bien lo decía Flaubert.

La hegemonía de la ideología burguesa y la globalización imperialista del capitalismo no son más que las dos caras de un mismo fenómeno típicamente moderno. Este fenómeno habría permitido que Marx descubriera que no hay metalenguaje, que sólo hay el lenguaje capitalista burgués, y que no hay otro de este Otro. El materialismo de Marx consiste precisamente en reconocer que no hay un Otro espiritual diferente del Otro material, que no hay significados más allá de los significantes, que no hay pensamiento exterior al lenguaje de la existencia, que no hay interioridad diferente de la exterioridad, que no han un metalenguaje científico afuera del lenguaje histórico y social, que no hay ideología que pueda llegar a disociarse de la economía.

Debido a la falta de metalenguaje que Marx descubre y que resulta central en Lacan, no podemos pensar en el lenguaje desde un metalenguaje fuera del lenguaje, sino que debemos dejar que el lenguaje sea el que se piense a sí mismo. Debemos dejar que el lenguaje se explique mediante significantes, y eventualmente participar en esta explicación al agregar otros significantes, en lugar de pretender comprenderlo desde afuera al captar los significados de sus significantes. De este modo, en el análisis lacaniano de discurso, no hay ninguna tentativa de comprensión de los significados del discurso. El análisis no pretende ser un metalenguaje para comprender el lenguaje del discurso analizado, sino que aparece como otro discurso en el que se prolonga, se explica un lenguaje sin metalenguaje.

Tanto el discurso analizante como el analizado están en un mismo lenguaje sin metalenguaje. De ahí la imposibilidad de neutralidad o de imparcialidad en el análisis lacaniano de discurso. Este análisis ya ocupa una posición parcial en el lenguaje, ya está políticamente comprometido en la estructura, y no puede sino luchar a favor o en contra de lo que analiza.

Como cualquier buen análisis marxista de la ideología, el análisis lacaniano de discurso es un análisis crítico y realiza lo que Althusser llamaba crítica inmanente, discutiendo con el discurso analizado en los mismos términos del discurso. Lo explica y lo contradice en sus mismos términos. Se debate en él y le opone sus propias armas. Se relaciona con él en posición de igualdad y horizontalidad, en un mismo campo de batalla, sin manipularlo ni pretender penetrar en sus motivaciones internas o en lo que supuestamente quiere decir.

En ruptura con el idealismo de la comprensión hermenéutica y de los análisis psicológicos de contenido, el materialismo del análisis lacaniano de discurso lo hace lidiar con la armadura literal de significantes de lo que analiza. Lo más que intenta es traspasar esta armadura material de la estructura discursiva. Con este propósito, busca los síntomas: las inconsistencias del discurso analizado, sus contradicciones o paradojas, las fallas o fisuras de su armadura. Es aquí, en estas hendiduras, en donde el analista espera ver irrumpir un cuerpo detrás de la armadura material, un cuerpo igualmente material, el cuerpo de la verdad del discurso.

Aunque la verdad corporal del discurso analizado sea tan material como el mismo discurso, no por eso deja de ser irreductible a la armadura del saber inherente al discurso. Es por esto que sólo se revela, como síntoma, en las fallas del saber discursivo. Pongamos un ejemplo que resulta desconcertante desde varios puntos de vista. Me refiero a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, en la que Marx realiza un auténtico análisis lacaniano de discurso 60 años antes del nacimiento de Lacan y veinte años antes del nacimiento de Freud. En el análisis de Marx, la verdad corporal, carnal y sexual de cualquier monarquía hereditaria, sólo mantenida por las copulaciones de los progenitores de los monarcas, es lo que se revela sintomáticamente en un discurso hegeliano caracterizado por su armadura de saber espiritual y asexuado. Marx descubre un resquicio en esta armadura y es así como consigue acceder al cuerpo de la verdad.

¿Así que el Espíritu hegeliano, personificado por el Monarca, sólo ha podido perpetuarse por la sucia copulación de sus padres? ¡Hegel vencido! ¡Touché! Nuestro idealista cae al suelo de la vida real, material y corporal, carnal y sexual, al recibir la estocada marxista en su punto más débil, paradójico, sintomático. Y Marx, para vencer a Hegel, no ha necesitado ni siquiera comprender su discurso. Ha bastado con explicarlo y hacer ver su verdad en la falla del saber. Este gesto es otro de los aprendizajes de Lacan en la escuela de Marx. Tenemos aquí también otra de las valiosas contribuciones de Marx al análisis lacaniano de discurso.

Para hacer adecuadamente el análisis lacaniano de discurso, no podremos rechazar las mencionadas contribuciones de Marx y otras muchas a las que no nos hemos referido. Marx no puede faltar en un análisis lacaniano de discurso. Este análisis, para ser verdaderamente lacaniano, tendrá que ser también marxista.