Enajenación en Marx

Fábrica

David Pavón Cuéllar

Texto elaborado a partir de notas personales para impartir, el jueves 17 de mayo de 2018, la octava sesión del seminario “Carlos Marx: del Manifiesto al Capital”, realizado en la Secundaria Popular Carrillo Puerto, en Morelia, y organizado por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) con motivo del aniversario del natalicio de Marx. 

La enajenación

La enajenación, como su nombre lo indica, describe un proceso por el que algo se vuelve ajeno. El término se utiliza comúnmente para describir la venta, la cesión o la desposesión de algo, lo cual, una vez enajenado, ya no le pertenece a quien le ha sido enajenado o a quien se lo ha enajenado por sí mismo. Cuando yo poseo algo y se me enajena o lo enajeno, es porque deja de pertenecerme, porque deja de ser mi propiedad.

Lo enajenado puede ser un objeto que vendo, que dono, que transfiero a alguien más de tal modo que deja de ser mío. Pero lo que deja de ser mío puede también consistir en un lapso de mi tiempo, en unos minutos o en un día o en más, cuando se lo doy o se lo vendo a alguien para que disponga libremente de él, para que lo utilice como quiera o como necesite, lo que hace que mi tiempo ya no sea mío, sino que se enajene y se me presente ajeno, enajenado. La misma enajenación puede ocurrir con mi vida cuando me la dejo arrebatar por otro, por quien me esclaviza o por quien amo, y entonces ya no es mi vida, sino la de aquel otro que la posee. Mi vida, por lo tanto, ya no es mía, se me enajena, se me vuelve ajena.

Sucede, finalmente, que lo enajenado no sea mi existencia, mi vida, sino mi persona, mi propio ser. Yo dejo de pertenecerme. No me poseo. Me siento poseído por otro, por mi pasión, por un demonio, por mi locura, por alguno de los roles que desempeño, por lo que debo ser, por las normas, por la cultura, por el sistema. Soy otro que el que soy. No me reconozco. Me siento y me vuelvo ajeno a mí mismo. Aparezco bajo una forma que me es ajena. Me siento enajenado. Estoy enajenado.

Terminología de la enajenación

La enajenación es algo en lo que se piensa desde la antigüedad, pero hay que esperar hasta el siglo XIX para encontrar en Alemania una reflexión filosófica sistemática sobre el fenómeno. La enajenación puede ser designada por varios términos alemanes que permiten acentuar o captar aspectos distintos de lo mismo. El elemento de ajenitud es destacado por el término más común, Entfremdung, compuesto del prefijo ent, que indica separación o distanciamiento, y fremd, que remite a lo ajeno o extraño propiamente dicho. Otra palabra que se emplea frecuentemente es Entäusserung, en la que el apartamiento, ent, ya no es tanto con respecto a lo ajeno, fremd, sino a lo que reaparece en una posición exterior, ausser, es decir, exteriorizado, separado con respecto a uno. Habrá otras palabras como Enteignung, que enfatiza la posesión o expropiación, y Veräusserung, que insiste en la disposición por el otro, pero son términos menos utilizados.

Las cuatro palabras alemanas recién mencionadas permiten describir cuatro aspectos fundamentales del mismo fenómeno. Mi enajenación, por ejemplo, hace que me perciba como ajeno (Entfremdung), como fuera de mí o separado con respecto a mí (Entäusserung), quizás poseído por otro (Enteignung) y estando a su disposición (Veräusserung). Ahora bien, aunque podamos trazar estas diferencias entre los aspectos y los términos correlativos, lo cierto es que el empleo de estas palabras alemanas suele ser muy libre y permite otras conexiones semánticas. Las diferencias entre los términos pueden borrarse o complicarse, quizás no en un autor como Hegel, pero sí definitivamente en Marx, quien a veces incluso utiliza los términos como elementos intercambiables. Esto ha producido una gran confusión en las traducciones de Marx al español.

Entfremdung, el término más común para designar el fenómeno, ha sido traducido como “enajenación” por Wenceslao Roces y como “extrañación” por Manuel Sacristán. Por su parte, Francisco Rubio Llorente utiliza indistintamente “enajenación” y “extrañamiento” para traducir Entfremdung, Entäusserung y Veräusserung. De modo más estricto, Entäusserung es el único término que Vera Pawlowsky traduce por enajenación. Además de enajenación, extrañamiento y extrañación, disponemos en español de otras palabras para el mismo fenómeno, como “exteriorización”, que parece corresponder más al sentido de Entäusserung, y “alienación”, más próxima de Entfremdung, que ha sido utilizada recientemente por traductores como Fernanda Aren, Silvina Rotemberg y Miguel Vedda.

La enajenación de Hegel a Marx, pasando por Feuerbach y Stirner

Marx hereda el concepto de enajenación de la filosofía alemana, especialmente del idealismo de Hegel y del materialismo de Feuerbach. En el primer caso, en la Fenomenología del Espíritu de 1807, lo enajenado es el espíritu, la conciencia o el saber, tal como se manifiesta en los momentos previos al saber absoluto, antes de su completa reabsorción en sí mismo, antes de la síntesis, cuando se encuentra en su exterior y no se reconoce, relacionándose entonces consigo mismo como con una otredad, como con algo antitético, ajeno, enajenado con respecto a su propio ser.  En el caso de Feuerbach, en la Esencia del Cristianismo de 1841, el ser humano, entendido como algo colectivo, es el que se enajena en un Dios que se percibe entonces como algo ajeno, como la otredad más radical, aun cuando no hay en él sino aquello que proviene de la colectividad humana y que se enajena de ella para constituir la divinidad.

En 1844, el año en que Marx vuelca su atención hacia el tema de la enajenación, Max Stirner publica El único y su propiedad, una obra en la que el punto de partida, el de aquello susceptible de enajenarse, ya no es ni el espíritu en sus diversas formas, como en Hegel, ni el ser humano entendido colectivamente, como en Feuerbach, sino el individuo, el yo, el ego, el egoísta, cuya enajenación ocurre en la sociedad, en la religión, en las instituciones, en el socialismo y en las demás doctrinas políticas en las que se pierde a sí mismo y deja de constituir su propiedad. Esta concepción de Stirner, que habrá de influir en el pensamiento de Nietzsche, en el anarquismo y en el existencialismo, será duramente criticada por Marx, para quien el yo egoísta del individuo, tal como se lo representa Stirner, es él mismo un producto de la enajenación, y no, como lo considera Stirner, lo que debe liberarse de la enajenación.

En la opinión de Marx, tal como podemos reconstituirla, el error de Stirner sería el de ignorar la enajenación ahí en donde opera, constituyendo al yo individual egoísta, y creer descubrirla precisamente ahí en donde consigue superarse, como en ciertas formas de socialización y militancia política emancipadora. El error de Hegel sería semejante, pues consistiría en la incapacidad para ver la enajenación en donde está presente, en una idealización por la que lo humano verdadero, concreto y material, se enajena, se vuelve ajeno a lo que es, tornándose un espíritu completamente desencarnado, abstracto e ideal. En cuanto a Feuerbach, su error habría sido simplemente el de considerar como básica y originaria una enajenación ideológica y específicamente religiosa que es derivada, pues deriva de la enajenación verdaderamente originaria y básica para Marx: la enajenación en el trabajo, en la producción, en el ámbito socioeconómico.

La enajenación en el joven Marx

La sociedad y la economía fueron las esferas en las que el joven Marx decidió resituar la enajenación desde un principio, desde 1843, cuando empezó a reflexionar seriamente sobre el fenómeno en la Cuestión Judía. Esta obra distingue la auto-enajenación teórica del ser humano en el cristianismo y su enajenación práctica en el moderno judaísmo: la primera comienza exteriorizando los vínculos sociales, tornándolos exteriores a los seres humanos y enajenando así al hombre “de sí mismo y de su naturaleza”, mientras que la segunda termina convirtiendo esos vínculos en relaciones económicas, “enajenando al hombre enajenado y a la naturaleza enajenada”, transmutándolos en “cosas venales, objetos entregados a la servidumbre de la necesidad egoísta, al tráfico y la usura”, y a la venta en general como “práctica de la enajenación”. Lo más interesante de estas ideas es la manera en que logran conectar las expresiones ideológico-religiosas y socioeconómicas de la enajenación. Unas y otras aparecen como indisociables. Aunque el ser humano se enajene en su religiosidad, esta enajenación ocurre en las esferas de la sociedad y la economía. Es en estas esferas materiales en las que la humanidad se pierde a sí misma y reaparece como algo exterior, ajeno, diferente de ella misma: como desvinculada, atomizada, mercantilizada, comercializada.

El aspecto socioeconómico de la enajenación humana será minuciosamente descrito y explicado por Marx, en el año de 1844, a través de sus Cuadernos de París y sus Manuscritos económico-filosóficos. Estas notas, pues no se trata sino de notas más o menos dispersas, contienen la mayor parte de las reflexiones de Marx en torno a la enajenación. El fenómeno encuentra su fundamentación y explicación en el trabajo de los obreros en el sistema capitalista. En el capitalismo, el trabajo productivo, poseído por los capitalistas, no les pertenece a los trabajadores, les es ajeno, está enajenado, lo mismo que su producto y derivativamente su propia humanidad y sus relaciones con los demás seres humanos. Esta enajenación humana en el proceso productivo estaría en la base de las demás formas de enajenación, entre ellas la religiosa, la enfatizada por Feuerbach.

La teoría de la enajenación de Feuerbach será explícitamente discutida por Marx en su Introducción a la Crítica de la Filosofía política, de 1844, y en sus Tesis sobre Feuerbach, de 1845. En estos escritos breves y contundentes, basándose en su propia concepción del fundamento socioeconómico de la enajenación en el proceso productivo, Marx cuestiona el énfasis unilateral de Feuerbach en la forma ideológica-religiosa de la enajenación. El problema de Feuerbach es que sólo habría empezado a pensar en la enajenación, pero no habría continuado ni profundizado, no habría explicado lo que describe, no habría conseguido remontar desde los efectos en la religión, en el cielo, hasta sus causas en la tierra, en la sociedad y en la economía. Esto último es lo que Marx intentó y logró hacer en sus Cuadernos de París y en sus Manuscritos económico-filosóficos. ¿Y cómo es que logró hacerlo? Según sus propios términos, utilizados en la Introducción a la Crítica de la Filosofía política, lo consiguió al regresar del “más allá” al “más acá”, de la “crítica del cielo” a la “crítica de la tierra”, de “la figura santificada de la enajenación del hombre” a “la enajenación del hombre en su forma profana”.

El movimiento del momento feuerbachiano al momento marxiano se precisa y se matiza en la cuarta de las Tesis sobre Feuerbach, en la cual, aunque se concede que el giro materialista feuerbachiano ya había criticado “la auto-enajenación religiosa” y ya había “disuelto el mundo religioso” en “su base terrenal”, también se considera que “después de realizada esta labor, queda por hacer lo principal”: mostrar cómo la separación entre la tierra y el cielo religioso en el que se enajena la humanidad obedece al “desgarramiento y la contradicción de la base terrenal consigo misma”. En otras palabras, la sociedad de clases y la resultante forma socioeconómica de la enajenación, aquí en el mundo material, precede y provoca, allá en el mundo ideal, la forma ideológica religiosa de la enajenación. Tan sólo nos enajenamos en la religión y en la ideología en general porque ya nos hemos enajenado en la sociedad y en la economía. ¿Y por qué hay esta forma socioeconómica de enajenación? Por causa de la propiedad privada que se paga con el precio de la enajenación y que ha terminado convirtiéndose en el capital de los tiempos modernos: aquello que no vive sino al apropiarse y explotar nuestra vida como fuerza de trabajo.

Nuestra vida enajenada, la que se nos vuelve ajena, es la vida expropiada por otro, la que se vuelve su propiedad privada, privativa, de la que se nos priva. La privación y la expropiación inherentes a la propiedad privada están en el origen de la enajenación. Esto no quiere decir que los enajenados sean únicamente los desposeídos, los poseídos, y no los otros, los poseedores. Unos y otros componen la ecuación enajenante de la propiedad privada. Sin embargo, como nos lo explica Marx en La Sagrada Familia, en 1845, mientras que la clase poseedora “se siente a gusto y fortalecida” en la enajenación y la reconoce “como su propio poder”, la clase desposeída “se siente aniquilada” por estar enajenada, ya que “deja de existir” en la enajenación y ve en ella “su propia impotencia”. Es por esto mismo que la enajenación tan sólo puede ser combatida por los desposeídos, por los trabajadores explotados, ya que son ellos quienes la sufren y quienes quieren por ello liberarse de ella. En cuando a los poseedores, los propietarios y explotadores, no tienen motivo alguno para querer superar una enajenación en la que radica su propiedad, su riqueza y su poder.

La enajenación en el Marx maduro

Tras dedicarse entre 1844 y 1845 a explicar la situación humana enajenada por el proceso enajenante socioeconómico, Marx debió concentrarse a partir de 1846 en este proceso de apropiación y explotación del trabajo tal como se desarrolla en el capitalismo. Su impulso de profundización del problema, el mismo impulso que lo hizo profundizar a Feuerbach, hizo ahora que dejase atrás la enajenación o que le diera un sentido más hondo, más amplio, más general, más trascendente. Este sentido es el que apreciamos ya en 1846, en la Ideología alemana, en donde la enajenación es concebida como un proceso global que se manifiesta en la cultura con su conversión enajenante de las cosas naturales en objetos ajenos a su naturaleza, en la historia en la que se enajena la humanidad incapaz de elegir su rumbo y en un mundo humano reducido a un sustrato puramente material, opaco y desidealizado, ajeno a todo lo que es la humanidad.

Tras aparecer como un estado subyacente al universo histórico y cultural humano, la enajenación termina recentrándose en la esfera de la economía en los Grundrisse de 1857 a 1858 y en posteriores cuadernos y manuscritos con los que se prepara El Capital entre 1858 y 1866. Sin embargo, aunque pensada nuevamente en términos económicos, la enajenación conserva su profundidad, su amplitud, su generalidad y su trascendencia. La vemos aparecer, por ejemplo, como una operación fundamental del sistema capitalista: una operación que se materializa en el dinero, que se expresa en el valor de cambio de las mercancías, que se realiza en el comercio y que está implicada tanto en la personificación del capital por el capitalista como en la encarnación y generación del mismo capital a través de un trabajador convertido en puro capital humano, capital variable, capital del capital.

Encarnando algo tan ajeno a él como el capital, el trabajador está enajenado, tan enajenado como su principal enemigo, el capitalista, que también debe personificar esa misma entidad tan ajena a él, ese mismo capital, en lugar de limitarse a existir y emplear su existencia para desplegar su propia esencia. La única esencia que aquí se despliega es la del capital. Este capital es el que rige y se manifiesta lo mismo en el trabajo del obrero que en la voluntad y la conciencia del capitalista.

En la descripción del capitalismo que Marx nos ofrece en su madurez, los sujetos no se poseen a sí mismos, estando enajenados, poseídos por el capital, por el dinero, por el comercio y por el valor de cambio de las mercancías. Estas categorías económicas, de hecho, no son más que existencias enajenadas y no resultan sino de la enajenación de las cosas, de las personas y de las acciones de las personas, de la vida humana que no puede sino enajenarse al verse reducida sucesivamente a pura fuerza de trabajo, trabajo realizado, mercancía, dinero, valor de cambio, capital y principio del comercio en el capitalismo. Todo en el sistema capitalista se muestra inhumano, ajeno a lo humano, enajenado con respecto a la humanidad, y es quizás por eso que no puede ser correctamente descrito sino al dejar atrás un humanismo como el que Marx habría cultivado en su juventud. Al final, en su madurez, Marx podía olvidar tanto al ser humano que se enajena como su enajenación misma para concentrarse en el análisis de la totalidad económica enajenada.

Presuposiciones y observaciones

El viejo Marx, poco antes de morir, lee atentamente a Lewis Henry Morgan y se interesa en un origen que habría precedido cualquier tipo de enajenación humana. Este origen prehistórico, anterior a la historia enajenante que vemos aparecer en la Ideología alemana, ya era un presupuesto necesario para concebir la enajenación. ¿Cómo habría sido posible representarse una condición enajenada sin pensar antes en una carente de enajenación?

La noción de una actividad no-enajenada es un eslabón fundamental de la argumentación que encontramos en los Cuadernos de París. Aquí Marx nos pide que supongamos una producción en la que yo “produzco en tanto que ser humano”, desenvolviéndome a través de lo que produzco, “objetivando mi individualidad y mi peculiaridad”, creando un producto que sería mi “expresión vital individual” y una “comprobación de mi personalidad”. Lo así producido, al ser consumido y gozado por alguien más diferente de mí, demostraría que yo puedo reconocer y satisfacer su necesidad o su deseo, evidenciaría lo que tenemos en común, haría que yo apareciera como “parte” del otro y como “complemento de su esencia”, constituiría una “objetivación de la esencia humana” y una “realización de mi esencia comunitaria humana”.

Quizás la idea más próxima que podemos hacernos de la actividad no-enajenada, tal como la entiende Marx, sea la creación artística en la que nos realizamos al realizar lo más íntimo de nuestro ser, al manifestarlo y al desenvolver así algo en lo que nos encontramos con el otro en todo aquello que tenemos en común. Esta experiencia es lo más distante del trabajo enajenado que Marx observa en el capitalismo: un trabajo en el que el trabajador no puede ni expresarse ni objetivar su individualidad y peculiaridad, ni comprobar su personalidad, ni realizarse ni realizar nada íntimo de su propio ser, ni manifestarlo ni desenvolver nada que tenga en común con el otro, ni realizar u objetivar así algo de su esencia comunitaria humana. La única esencia que el trabajador puede realizar y objetivar, a través de su existencia explotada en el capitalismo, es la de algo tan ajeno a él, tan diferente y opuesto a él, como lo es el capital en el que su trabajo queda realmente subsumido, siendo poseído por él, quedando sometido a su lógica, revistiendo la forma que le imprime y sirviendo sus propósitos. El sistema capitalista es así todo lo que se despliega y manifiesta en el trabajo explotado por el capital, enajenado en el capital, convertido en porción variable del capital, en simple mercancía productora de valor, en medio para su valorización, en forma de capitalización.

El capitalismo se apropia del trabajo vivo, enajenándolo del trabajador, y lo transforma en trabajo muerto, en capital, con el que puede seguir enajenando el trabajo del trabajador. Así, cuanto más trabaja el trabajador, cuanto más riqueza produce, más fortalece aquello que lo enajena, lo explota, lo empobrece. Todo esto es perspicazmente observado por el joven Marx en algunos de los renglones más famosos de sus Manuscritos económico-filosóficos: “El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas.”

La enajenación es también el proceso por el que padecemos lo que deja de ser nuestro para volverse contra nosotros: el valor de lo que producimos y de lo que somos, la riqueza que generamos, la fuerza que aplicamos. Todo esto se nos vuelve, no sólo ajeno, sino inverso y adverso. Nuestra fuerza termina siendo la del poder con el que se nos domina, con el que se nos explota, con el que se nos oprime y reprime, con el que se nos controla y disciplina. La riqueza con la que se nos compra es la misma que nosotros hemos generado. Sea cual sea el producto del trabajo que realizamos, estamos produciendo el valor que no tendremos, el que nos falte, el que sirva para desvalorizar lo que somos. Producimos así nuestra miseria y nuestra desgracia con el mismo trabajo con el que intentamos escapar de nuestra miseria y de nuestra desgracia. Trabajamos en contra de nosotros, a pesar de nosotros, a costa de nosotros. Nuestra existencia enajenada, nuestra vida explotada como fuerza de trabajo, carcome nuestro ser en lugar de realizarlo y manifestarlo. En lugar de vivir para crearnos, vivimos para destruirnos: para crear algo que nos es tan ajeno que nos anula, nos excluye, nos remplaza.

Enajenación en el producto

La producción de algo ajeno al productor es una de las cuatro formas de enajenación que Marx distingue en sus Manuscritos económico-filosóficos. En esta primera forma, el “producto del trabajo” aparece “como como un objeto ajeno” y “como un ser extraño” ante quien lo produce. Esto es así porque el obrero de la industria moderna, reducido a no ser más que un engrane del proceso productivo, no es quien elige qué es y cómo es lo que produce, lo cual, por lo tanto, no manifiesta ni las necesidades ni los deseos ni los intereses ni los gustos de quien lo produce.

El productor no decide ni diseña nada en un producto que le es entonces completamente ajeno. Sin embargo, por más ajeno que sea con respecto a quien lo produce, el producto no deja de ser algo producido por él, su producto, suyo, pero enajenado.  La enajenación radica en la naturaleza y las características de lo producido, que son ajenas a los productores, ya que no son asunto de ellos en la industria moderna del sistema capitalista. Es lo que hace que esta industria se distinga de los talleres artesanales típicamente pre-capitalistas en los que el trabajador podía imprimir su huella en los productos, realizándose y expresándose a través de ellos, invirtiendo en ellos su existencia para forjar de algún modo su propia esencia.

Mientras que un artesano tradicional puede verse reflejado en su artesanía, el obrero moderno tan sólo puede experimentar su enajenación ante objetos en los que deja su vida y que no lo reflejan de ningún modo. Muy probablemente ni siquiera esté en condiciones de comprar esos productos, los cuales, tal vez, además, ni desea ni tampoco necesita. Por otro lado, produzca lo que produzca, el obrero está produciendo siempre lo mismo: simples medios para el enriquecimiento de quien lo explota. La plusvalía, el capital, es lo que el obrero produce invariablemente. Independientemente de lo que produzca, está produciendo el capital que lo explota, que lo “domina” y que “se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente” de él, tal como nos lo explica Marx en sus Manuscritos económico-filosóficos. Este capital, que no deja de oponerse a los trabajadores, tampoco deja de ser producido por ellos, pero es un producto enajenado, un producto en el que los trabajadores se vuelven ajenos a sí mismos, se enajenan cuando su fuerza de trabajo es explotada y así convertida en el mismo poder ajeno, el del capital, que la explota para convertirla en él mismo.

El capital no tiene otros poderes que los producidos por los trabajadores. Sin embargo, una vez producidos, estos poderes son enajenados, volviéndose ajenos a quienes los produjeron. Tenemos entonces lo que Marx describe elocuentemente en la Ideología alemana cuando se refiere a la “enajenación” que sentimos ante nuestros “propios productos” que se vuelven contra nosotros como “poderes materiales erigidos sobre nosotros, sustraídos a nuestro control, que levantan una barrera ante nuestra expectativa y destruyen nuestros cálculos”. Es así como somos estorbados, frustrados y oprimidos por lo que nosotros mismos producimos.

Enajenación en el trabajo

Nuestro producto, una vez enajenado, se transmuta en el mismo capital que lo enajena y así enajena lo que depositamos de nosotros en él. De igual modo, nuestra vida, una vez explotada como fuerza de trabajo, se nos vuelve ajena y termina fortaleciendo el mismo poder que la explota, que la absorbe, que la convierte en él mismo. Es el capital, en efecto, el que posee lo que hacemos. Nuestro propio trabajo productivo se nos presenta enajenado como una actividad del capital. Llegamos aquí a la segunda forma de enajenación distinguida por Marx: aquella en la que la “actividad” del trabajador, su “vida personal”, su “trabajo” y su “acto de producción”, aparecen “como una actividad extraña que no le pertenece, independiente de él, dirigida contra él”. Es comprensible que así ocurra, pues el trabajo explotado es algo ajeno al trabajador: no le pertenece a quien sólo aporta su fuerza de trabajo para ejecutarlo, sino a quien lo explota, el cual, explotándolo, se enriquece al empobrecer al trabajador, al consumir su vida para transformarla en su provecho.

El trabajo explotado es un trabajo que se realiza lógicamente a favor de quien lo explota y a costa y a pesar de quien lo realiza. El explotado sufre la explotación que es orquestada, impuesta, gozada, usufructuada por el explotador. Este explotador es el verdadero sujeto del trabajo explotado. Una vez que el capitalista compra la jornada laboral de sus trabajadores, ellos dejan de poseer ya su trabajo, un trabajo que ahora les es ajeno y en el que no pueden sentir sino enajenación. Es el capitalista quien posee el trabajo que ellos realizan, quien lo dirige, quien actúa en él, se fortalece con él y se genera y regenera incesantemente a través de él. En cuanto a cada trabajador, en los términos de Marx, no puede sino experimentar “la acción como pasión, la fuerza como impotencia, la generación como castración”.

El trabajador pierde lo que sus explotadores ganan, los hace ricos al caer en la miseria, se consume para producir lo que ellos poseen, los fortalece al debilitarse, hace lo que le hacen quienes lo explotan. Es así también como el trabajador padece lo que hace, actúa en contra de sí mismo, sacrifica su existencia. Está obligado a sacrificarla para no perderla. Debe renunciar a su vida, enajenarla, para mantenerse vivo, para sobrevivir a expensas de su propia vida, renunciando a su deseo, forzando su voluntad.

En su trabajo no-deseado, forzado, convertido en un simple medio de supervivencia, como lo explica Marx, “el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu”. Es por eso, también según Marx, que “el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí”. ¿Cómo no habría de ser así cuando el trabajo es ajeno al trabajador? No es de él, sino de quien lo explota.

El trabajo, una vez poseído por el explotador, está enajenado con respecto al trabajador. Ahora bien, en el sistema capitalista, el trabajador se ve reducido a su trabajo, sólo es considerado por su trabajo, únicamente vale su trabajo. Y como el trabajo no es más que la porción variable del capital, el trabajador, como bien lo señala Marx en los Grundrisse, “es absorbido por el capital y se encarna en éste”. La enajenación del trabajador, su “desposeimiento”, es lo que resulta de la “enajenación de su trabajo como propiedad ajena”. Como ya Marx lo había observado en sus Manuscritos económico-filosóficos, la enajenación del trabajo implica para el trabajador una “enajenación respecto de sí mismo”.

Enajenación como deshumanización

Al no ser más que un momento del capital, el sujeto se enajena ciertamente como trabajador, pero también como ser humano. El sujeto no puede sino perder su humanidad al verse reducido a una simple función del sistema capitalista, la del trabajo vivo, pura mano de obra, pura labor automática, puro esfuerzo manual o muscular, como si fuera un animal de carga o una simple cosa, una pieza, engrane o circuito. Ésta es la tercera forma de enajenación que Marx distingue: la “enajenación respecto al ser genérico del hombre”, una enajenación que hace del ser humano, “tanto de la naturaleza como de sus facultades espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia individual”.

Para sobrevivir, el ser humano se ve forzado a ejecutar un trabajo ciego y mecánico en el que se enajena con respecto a su humanidad, se hace ajeno a ella, se deshumaniza, pierde su “esencia espiritual” y todo lo demás que lo hace humano: la intencionalidad y la reflexividad, la conciencia y el pensamiento, la imaginación y la fantasía, la pasión y el compromiso, el impulso hacia el cambio, la pluralidad de intereses, la apertura de la atención, la curiosidad y la creatividad, la capacidad de expresión y objetivación, la comunicación, la convivencia y la cooperación, la vinculación emocional con los demás, la esencia comunitaria y social. Todo lo humano debe sacrificarse para cumplir con el trabajo automático y especializado que se realiza en el sistema capitalista. Es así como el capitalismo nos enajena de nuestra humanidad, nos vuelve inhumanos, tan inhumanos como el capitalismo en el que nos enajenamos.

La enajenación como deshumanización fue ya observada por Marx desde un principio, en la Cuestión Judía, cuando caracterizó al “hombre en su manifestación no cultivada y no social, el hombre en su existencia fortuita, el hombre tal y como anda y se yergue, el hombre tal y como se halla corrompido por toda la organización de nuestra sociedad, perdido a sí mismo, enajenado, entregado al imperio de relaciones y elementos inhumanos; en una palabra, el hombre que aún no es un ser genérico real”. Este hombre será luego descrito, en los Manuscritos de París, como un “ser deshumanizado”. Su deshumanización aparece ya entonces y en lo sucesivo como una enajenación con respecto a las capacidades y experiencias propias de la humanidad, pero también con respecto a la historia, la cultura y la civilización que nos hacen humanos, y además, lógicamente, con respecto a la sociedad o la comunidad en la que realizamos el ser intrínsecamente social o comunitario de lo humano.

Enajenación como desocialización

Hemos llegado a la cuarta forma de enajenación que Marx distingue: al enajenarnos de nuestro ser social, nos enajenamos también lógicamente de la sociedad, es decir, de los demás seres humanos. ¿Cómo relacionarse humanamente con el otro cuando se ha perdido la propia humanidad? La deshumanización es también una desocialización, una desvinculación, un retraimiento, un aislamiento.

Nos enajenamos de lo humano en el otro al enajenarnos de nuestra propia humanidad.  Como lo dice claramente Marx en sus Manuscritos económico filosóficos: “si el hombre se enfrenta consigo mismo, se enfrenta también al otro”. Se enajena de lo que el ser humano es y hace a través del otro como a través de sí mismo. Así, como nos lo explica Marx, “lo que es válido respecto de la relación del hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo, vale también para la relación del hombre con el otro y con trabajo y el producto del trabajo del otro”.

Cuando los seres humanos padecen la enajenación de sus trabajos, de sus productos y de su propia humanidad, pierden estas vías para vincularse estrechamente unos con otros. Ya no pueden expresarse y comunicarse entre sí ni a través de sus actividades, al aliarse y cooperar, ni mediante los resultados concretos de sus actividades, al compartir y enriquecerse mutuamente, ni en la esfera de su naturaleza humana compartida, en encuentros íntimos y significativos. Todo esto, en lo que podrían encontrarse y relacionarse, ya no existe para los seres humanos enajenados; se ha vuelto extraño para ellos; no lo entienden; son ajenos a lo social. Como nos lo muestra Marx en sus Cuadernos de París, los seres humanos dejan de unirse, cooperar y compartir, y se vuelven “egoístas”, cada uno acapara lo que tiene, rivaliza y compite con los otros, de tal modo que el “ser comunitario del hombre aparece bajo la forma de la enajenación” y la sociedad se convierte en algo que es “la caricatura de su comunidad real”: una sociedad en la que el “vínculo esencial” entre los seres humanos es considerado falso, tramposo, hipócrita, impertinente o “accesorio”, mientras que la “separación” es valorada como la “existencia verdadera”.

Otras esferas de enajenación: dinero, comercio, propiedad, sociedad, cultura, historia

Marx no redujo la enajenación a las cuatro formas ya mencionadas. Además de enajenarse en su producto, en el trabajo, en su deshumanización y en su desocialización, el sujeto se enajena en otros ámbitos o procesos que pueden ciertamente derivar de los anteriores, pero que merecen una atención especial en Marx. Es el caso de las enajenaciones de la sociedad humana en la religión y en el Estado, en las figuras de la divinidad y del gobernante, que el joven Marx examina respectivamente en la Cuestión judía y en la Introducción a la crítica de la filosofía política. Es también el caso de las enajenaciones en el dinero, en el comercio, en la propiedad, en la sociedad, en la cultura y en la historia en las que nos detendremos un momento antes de terminar.

Empecemos por la enajenación en el dinero, la cual, aunque sea una expresión particular de la enajenación en el producto, la lleva hasta sus últimas consecuencias y termina sintetizando todas las formas de enajenación. El dinero es un producto que se enajena, pero también constituye por definición trabajo enajenado, además de ser el símbolo de la deshumanización y especialmente de la desocialización. En lugar de los vínculos humanos, tan sólo quedan transacciones dinerarias. En el dinero, como lo señala Marx en los Grundrisse, los sujetos han “enajenado su propia relación social” que aparece “cosificada” o “reificada” ante ellos. La relación tan sólo puede establecerse al enajenarse en monedas y billetes. El dinero, tal como lo describía ya el joven Marx en los Cuadernos de París, es él mismo “la enajenación de la actividad humana mediadora entre los productos del hombre (que se complementan entre sí), entre los hombres, entre los hombres y las cosas”.

La enajenación dineraria es indisociable de la enajenación comercial que Marx asocia con el valor de cambio. A diferencia del valor de uso, que es el valor intrínseco de la cosa, el valor de cambio constituye por sí mismo una forma enajenada y enajenante del valor: un valor ajeno a la cosa de la que es el valor. El valor de cambio, de hecho, enajena cualquier cosa, incluida la vida misma como fuerza de trabajo, al tornarla una mercancía cuya esencia le es ajena, ya que no está en ella misma, sino en el cambio, en su relación con las otras mercancías, en la ganancia que produce y en el sistema capitalista como totalidad en la que se establecen los valores de cambio de cada cosa. Lo interesante de la mercancía, como bien lo señala Marx en los Grundrisse, es que “se produce como valor de cambio”, es decir, para el cambio, “para enajenarse”, para entrar en el comercio, en el mercado, en el movimiento de una circulación en el que “la enajenación general se presenta como apropiación general y la apropiación general como enajenación general”. Es por su compra-venta, por su comercio y no por sí misma, por su explotación y no por su existencia, que se produce cualquier mercancía, incluyendo la fuerza de trabajo que sólo es pagada, mantenida con vida, para poder seguir siendo explotada. Podemos decir, pues, que la mercancía existe por su enajenación, para volverse ajena, para no ser ni de quien la produce ni de quien la vende, pero para no ser tampoco esencialmente la cosa que es, pues tan sólo es en su esencia, en su verdad, un simple medio para comerciar y así enriquecerse. La mercancía es una cosa enajenada con respecto a ella misma. La enajenación comercial hace que la cosa ya no sea ella misma, que se torne ajena a sí misma, tornándose una pura mercancía.

La enajenación comercial forma parte de una enajenación más amplia que Marx y Engels abordan en la Ideología alemana y que explican por la propiedad privada. Esta propiedad, en primer lugar, es una figura de la enajenación de la especie humana en su conjunto, de la humanidad a la que todo tendría que pertenecer, a la que se le priva de aquello que se expropia y que se privatiza, pero también de aquellos que lo expropian o lo privatizan. La propiedad privada, por así decir, es una enajenación pública. El todo se vuelve ajeno a sí mismo cuando se le mutila, cuando se le arranca una parte de lo que es, para convertirla en un propietario con su propiedad. Pero la propiedad privada involucra también, en segundo lugar, la enajenación de aquel individuo, el proletario, que sólo se posee a sí mismo y que se ve forzado a venderse al propietario privado. Este propietario no puede sino enajenar a los trabajadores, enajenar su individualidad, cuando se apropia de sus vidas que reduce a fuerza de trabajo. Sin embargo, en tercer lugar, la propiedad privada, como nos lo dicen Marx y Engels, “no enajena solamente la individualidad de los hombres, sino también la de las cosas”. Esto es así porque la propiedad como tal es ajena totalmente a las cosas de las que se tiene la propiedad. Al apropiarse algo, uno lo enajena, lo convierte en algo ajeno a lo que es, pues las cosas no son jamás lo que son como propiedades. Por ejemplo, en los términos de Marx y Engels, “la tierra nada tiene que ver con la renta que el terrateniente percibe”, pues “la tierra puede perder esta cualidad de arrojar una renta sin perder ninguna de las cualidades que le son inherentes, entre ellas una parte de su fertilidad”. La fertilidad inherente a la tierra no debe confundirse con la rentabilidad inmanente a la propiedad. Esta rentabilidad es ya la enajenación de la fertilidad. La vitalidad natural se enajena en el rendimiento económico. El dinero aparece aquí nuevamente como la enajenación de la vida, pero ya no de la vida humana, sino de la vida vegetal y animal en general. Es la naturaleza viva la que se enajena en la misma propiedad privada en la que muere al ser explotada.

Uno podría pensar que la enajenación de la naturaleza es el precio y el correlato de su apropiación por la humanidad. Sin embargo, como nos lo muestran Marx y Engels, esta supuesta apropiación es ella misma una enajenación con respecto a la humanidad y no sólo con respecto a la naturaleza. Mientras que las cosas naturales que nadie se apropiaba eran lo mismo de sí mismas que de la naturaleza y de todos los seres humanos, aquello que se convierte en propiedad privada no es ya de nadie en la humanidad, ni siquiera de su propietario, sino de lo que Marx y Engels describen como “un poder ajeno, situado al margen de individuos, que no saben de dónde procede ni a dónde se dirige y que, por tanto, no pueden ya dominar, sino que recorre, por el contrario, una serie de fases y etapas de desarrollo peculiar e independiente de la voluntad y los actos de los hombres y que incluso dirige esta voluntad y estos actos”. La propiedad, por ejemplo, tiene su propia historia y pasa por fases de “parcelación” o la “concentración” que son totalmente ajenas a la voluntad de los seres humanos y de los mismos propietarios. Lo mismo sucede con los demás cambios en la historia, entre ellos los de las formas sucesivas del comercio, el cual, según Adam Smith citado en la misma Ideología alemana, “gravita sobre la tierra como el destino de los antiguos, repartiendo con mano invisible la felicidad y la desgracia entre los hombres, creando y destruyendo imperios, alumbrando pueblos y haciéndolos desaparecer”. La historia, la sociedad y la cultura de los seres humanos se vuelven así ajenas a los mismos seres humanos, independientes de su conciencia, de sus intereses y de sus aspiraciones. Esta enajenación histórica, social y cultural tan sólo podría superarse en el comunismo, en el cual, según Marx y Engels, “los hombres vuelven a hacerse dueños del intercambio, de la producción y del modo de sus relaciones mutuas”. Al recobrar el poder sobre su vida social, la humanidad puede reapropiarse la cultura y retomar las riendas de su historia.

Desenajenación

La sociedad comunista representa para Marx y Engels el triunfo de la humanidad sobre su enajenación. Los seres humanos tan sólo dejarían de estar enajenados cuando se reapropiaran como comunidad, como ente comunitario, de todo aquello en lo que ahora están enajenados: la cultura, la sociedad, la historia, la propiedad, el comercio, el dinero, el trabajo, el producto del trabajo, la sociedad y la humanidad misma. Todo esto únicamente podría volver a ser de la humanidad a través de un comunismo en el que la comunidad humana conseguiría por fin recobrarse a sí misma y recobrar todo aquello en lo que se manifiesta. Es así como el comunismo le permitiría a los seres humanos liberarse de una enajenación que les habría impedido hasta ahora preservar su entorno, acompañarse los unos a los otros, compartir sus bienes, habitar su mundo, vivir su vida y decidir su destino.

La condición enajenada, pues, no es algo que pueda superarse teóricamente. Se necesita la práctica, la práctica revolucionaria, la revolución comunista entendida como desenajenación de la humanidad. Esto es algo que Marx y Engels tienen muy claro, como nos lo muestran al explicar en la Ideología alemana: “con la destrucción de la base, de la propiedad privada, con la regulación comunista de la producción y la abolición de la enajenación que los hombres sienten ante sus propios productos”, el poder ajeno de la economía “se reduce a la nada y los hombres vuelven a hacerse dueños del intercambio, de la producción y del modo de sus relaciones mutuas”.

La humanidad se reapropia de la sociedad, la cultura y la historia cuando éstas dejan de estar enajenadas en el capitalismo y en la propiedad privada en general. Esta propiedad, haciendo que algo sea propio de un individuo, lo vuelve ajeno a toda la humanidad y por ende también ajeno al mismo individuo como individuo humano. De ahí que la abolición de la propiedad privada, la instauración del comunismo en el que se devuelve la propiedad a la comunidad humana en su conjunto, sea una condición indispensable para superar la enajenación de la humanidad.

El 68 mexicano: historia, memoria colectiva y perseverancia transgeneracional

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Conferencia magistral publicada en Memoria, revista de crítica militante, y dictada por el autor en el marco del Foro Nicolaita de Pensamiento Psicosocial Contemporáneo, el martes 29 de mayo de 2018, en el Centro Cultural Universitario de la Universidad Michoacana, con el título “¡2 de octubre no se olvida! Historia, memoria colectiva y perseverancia transgeneracional del 68 mexicano”. Esta conferencia matiza, desarrolla y profundiza otra conferencia más breve, intitulada “October 2nd is not forgotten! Collective memory of 1968 among students in Mexico”, que el mismo autor dictó en inglés un mes antes, el martes 24 de abril del mismo año, en la Universidad de California en Long Beach.

David Pavón-Cuéllar

Los estudiantes del 68 y la vigencia de su ímpetu revolucionario

El agitado espíritu del 68 tuvo uno de sus vórtices en México. En este país, como en Francia o en Estados Unidos, 1968 fue un año de amplias e intensas movilizaciones caracterizadas por su relativa espontaneidad, su frescura y su desenvoltura, su aspecto novedoso y subversivo, su gran expresividad y su imaginación desbordante, su afán liberador y la participación masiva de los estudiantes. Eran jóvenes que estudiaban en preparatorias y universidades en la Ciudad de México, Morelia, Puebla, Guadalajara, Monterrey y otras ciudades. Eran generalmente muy diferentes de sus padres. Veían la sociedad y la historia de otro modo. Querían cambiar todo lo que les rodeaba. Eran vigorosos e impetuosos. Y eran muchos: miles, decenas de miles, centenares de miles que inundaron el espacio público.

La ola estudiantil mexicana se levantó hasta niveles nunca vistos hasta entonces y amenazó con trastornarlo y transformarlo todo. Las estructuras sociales y políticas se estremecieron bajo el impulso del movimiento del 68. Los estudiantes de aquellos tiempos casi revolucionaron el país en el que vivían, pero no lo hicieron, o, mejor dicho, como intentaré mostrarlo ahora, no lo han hecho todavía.

Desconocemos todo lo que aún puede ocurrir en el futuro gracias a lo que ocurrió en 1968 en México. Tan sólo conocemos lo ocurrido en ese año y sus efectos en los años que pasaron desde entonces. Y todo esto únicamente lo conocemos en parte. Es una parte, un rastro de lo sucedido, la que nos permite ahora pensar en el 68.

El 68 mexicano: único y como cualquier otro

Ya sea que hayamos estado presentes o ausentes en los acontecimientos de 1968, nuestros pensamientos acerca de aquel año se basan tan sólo en una parte de lo acontecido: en aquella de la que estamos enterados, en la que alcanzamos a recordar, en la que nos tocó vivir o en la que nos contaron o sobre la que pudimos leer o estudiar. Es siempre tan sólo una parte. Sin embargo, aun siendo sólo una parte, puede llegar a ser algo inmenso e inabarcable, un cúmulo compuesto de innumerables reminiscencias, informaciones, imágenes, palabras e impresiones. Recordemos algunas de ellas, pocas, muy pocas. Empecemos por aquellas que no son distintivas del caso de México, es decir, aquellas en las que el 68 mexicano es análogo al de otros países occidentales por una profunda consonancia generacional entre los jóvenes de aquella época.

Los estudiantes sesentayocheros mexicanos procedieron como los europeos y los estadounidenses en sus principales acciones: tomaron decisiones en asambleas, declararon paros y huelgas, marcharon por las calles, corearon consignas, portaron mantas, realizaron mítines en las plazas, ocuparon edificios, desbordaron los cauces de la política institucional, se opusieron a diversos aspectos del orden establecido, tuvieron una orientación progresista y de izquierda, cuestionaron a las autoridades, protestaron contra el gobierno, se enfrentaron con los policías y les arrojaron piedras. También coincidieron con los de otros países al denunciar la hipocresía de su tiempo. Esta denuncia, en el caso preciso de México, tendió a centrarse en el régimen autoritario y altamente represivo del Partido Revolucionario Institucional (PRI): un régimen que hipócritamente se presentaba como democrático, tolerante y respetuoso de la libertad de expresión.

Tras la imagen exterior de tolerancia, libertad y democracia, la sociedad mexicana sufría desde los años cuarenta del siglo XX una opresión despótica y una despiadada persecución de toda clase de opositores políticos. Este clima opresivo y persecutorio fue un factor determinante para que el 68 de México fuera tan diferente al de otros países y terminara con un baño de sangre, el de la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. Semejante desenlace casi habría podido preverse al examinar la historia de México en el siglo XX. Detengámonos un momento en esta historia para ver algunas de las causas por las cuales el 68 mexicano fue tan particular. Su particularidad obedece en gran parte a la trama histórica en la que se inserta.

La historia que desemboca en el 68 mexicano

Desde los tiempos coloniales, México ha sido un país desgarrado por las desigualdades socioeconómicas. Estas desigualdades no se atenuaron con la Independencia del país a principios del siglo XIX. Por el contrario, tendieron a agudizarse, impidieron siempre una verdadera democratización y llegaron a ser insostenibles durante la dictadura de Porfirio Díaz, en el cambio del siglo XIX al XX, lo que favoreció que estallara la Revolución Mexicana de 1910. El movimiento revolucionario fue por democracia, por tierra y libertad, pero también, fundamentalmente, lo que suele olvidarse, fue por justicia e igualdad.

Tras la Revolución Mexicana, hubo que esperar hasta el régimen de Lázaro Cárdenas, entre 1934 y 1940, para que se materializaran parcialmente los ideales revolucionarios a través de medidas nacionalistas e igualitaristas como la expropiación de latifundios, el reparto de 18 millones de hectáreas a comunidades campesinas, la nacionalización de los ferrocarriles y de la industria petrolera, el fortalecimiento de los sindicatos, un ambicioso plan de alfabetización y de educación pública, la difusión popular de la cultura y la insubordinación ante la injerencia de los Estados Unidos y de países europeos. Estas medidas causaron un gran malestar entre los sectores privilegiados y conservadores de la sociedad mexicana, los cuales, tras el final de la presidencia de Cárdenas, se esforzaron en revertir la transformación revolucionaria del país.

Tanto la presión de las clases dominantes como los intereses propios de los gobernantes hicieron que las conquistas de Cárdenas empezaran a ser atenuadas, recortadas o sencillamente anuladas en las décadas siguientes. A partir de los años cuarenta del siglo XX, la historia de México es la de un incesante desmantelamiento del cardenismo y de su herencia revolucionaria. Esto nos ha llevado actualmente a una situación muy semejante a la que existía durante la dictadura de Porfirio Díaz, con un incremento vertiginoso de la desigualdad, la cada vez mayor explotación y marginación de los más pobres, el abandono de la educación, la cada vez mayor concentración de la riqueza y de la tierra en las manos de los privilegiados, la privatización de lo que había sido nacionalizado, el saqueo imparable de los recursos nacionales por empresas extranjeras, la erosión de la soberanía y la creciente injerencia de los Estados Unidos y de otros países en los asuntos internos.

La tendencia de progresiva derechización, de reflujo anti-cardenista y de retorno al pasado prerrevolucionario desencadenó desde el principio, desde los años cuarenta del siglo XX, una ola de movilizaciones colectivas para defender la herencia revolucionaria del cardenismo. Estas movilizaciones provocaron a su vez la reacción violenta del régimen del PRI, el cual, desde entonces hasta ahora, ha mostrado ese lado autoritario y altamente represivo que se manifestó en las agresiones contra el movimiento estudiantil del 68 y especialmente en la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco.

La matanza de Tlatelolco no fue la primera. Los años anteriores a 1968 ya estuvieron pautados por una serie de masacres perpetradas por motivos políticos y ejecutadas por militares y policías en contra de civiles y opositores al régimen: en 1942, en el centro de la Ciudad de México, asesinato de seis estudiantes del Instituto Politécnico Nacional; en 1952, también en la Ciudad de México, 200 opositores henriquistas, seguidores del candidato presidencial Miguel Henríquez, masacrados en la Alameda; en 1958, en el zócalo de la misma ciudad, varias víctimas del movimiento magisterial; entre 1960 y 1962, en Guerrero, 50 asesinados en la represión de la Asociación Cívica Guerrerense; en 1963 y 1966, en Morelia, 3 estudiantes universitarios acribillados; en 1967, en Guerrero, 5 muertos entre maestros y padres de familia en Atoyac, y entre 40 y 80 muertos y desaparecidos en la represión contra los copreros de Acapulco. Estas matanzas no impidieron que hubiera, durante la misma época, grandes movimientos de protesta en los que se defendía la herencia de la revolución y del cardenismo: en 1952, el movimiento henriquista por la restauración del proyecto cardenista; en 1958, el Movimiento Revolucionario del Magisterio liderado por Othón Salazar, así como la huelga ferrocarrilera dirigida por Valentín Campa y Demetrio Vallejo; en 1964, los paros y manifestaciones de médicos; entre 1963 y 1967, las movilizaciones estudiantiles en Puebla, en Sonora, en Tabasco y especialmente en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en Morelia.

De la Marcha de la Libertad a los encuentros de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos

Así como la represión gubernamental fue incapaz de frenar las grandes movilizaciones sociales de 1952 a 1968, así también fue incapaz de impedir que se diera el gran movimiento estudiantil del 68. Este movimiento no dejó de abrirse paso a través y a pesar de la represión, como lo veremos ahora, en un breve recorrido en el que tan sólo esbozaré algunos trazos generales de lo que ha sido ya registrado, relatado y analizado minuciosa y exhaustivamente por autores como Edmundo Jardón Arzate[1], Elena Poniatowska[2], Sergio Zermeño[3], Paco Ignacio Taibo II[4], Daniel Cazés[5], Sergio Aguayo[6], Jorge Volpi[7], Julio Scherer y Carlos Monsiváis[8]. Quizás lo único distintivo de mi relato sea todo aquello sobre lo que Citlali Martínez Cervantes atrajo mi atención: lo que ocurrió fuera de la Ciudad de México, especialmente entre enero y julio de 1968, lo cual, significativamente, suele olvidarse o subestimarse.

El año de 1968 empieza con la organización y realización de una gran Marcha de la Libertad organizada por la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED). Los marchistas pretenden recorrer 200 kilómetros, de la población de Dolores Hidalgo a la ciudad de Morelia, para demandar la excarcelación de presos políticos, entre ellos Rafael Aguilar Talamantes, Efrén Capiz y Sebastián Dimas Quiroz, líderes del movimiento estudiantil de 1966 en la Universidad Michoacana. Después de avanzar 120 kilómetros, llegando a Valle de Santiago, la marcha será disuelta con violencia por los militares. Esto provocará una ola de protestas estudiantiles en la Ciudad de México, Morelia, Culiacán, Mazatlán, Monterrey, Villahermosa, Veracruz, Chihuahua y Puebla.

En febrero de 1968, en diversas partes de México, once mil estudiantes de 29 escuelas normales rurales se declaran en huelga. En los meses siguientes se multiplican las detenciones de activistas estudiantiles y de miembros del Partido Comunista Mexicano y de otras organizaciones. Al mismo tiempo hay numerosas manifestaciones por la liberación de los presos políticos. Uno de los presos más carismáticos, el famoso líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, realiza una huelga de hambre en prisión. Varios dirigentes estudiantiles de la UNAM se solidarizan con él y se declaran también en huelga de hambre.

Entre el 16 y el 17 de marzo se realiza la Conferencia Nacional de Solidaridad con el Pueblo de Vietnam. Luego, entre marzo y mayo, decenas de miles de personas, incluyendo muchos estudiantes, manifiestan su apoyo solidario a los vietnamitas y su repudio a la intervención estadounidense en varias ciudades del país. Hay manifestaciones sucesivamente en Guadalajara (25 de marzo), Chilpancingo, Torreón y Los Mochis (21 de abril), Ciudad de México y Culiacán (25 de abril), Zacatecas (27 de abril), Fresnillo (27 y 29 de abril), Mexicali (24 de mayo) y Morelia (26 y 28 de julio).

En mayo en la Ciudad de México y en julio en Morelia tienen lugar dos encuentros de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) a los que asisten representantes de todo el país y en los que se resuelve seguir luchando por la paz en Vietnam, por la democratización de la educación y por la liberación de los presos políticos estudiantiles. En la Constitución General de esta Central de Estudiantes, aprobada el 10 de mayo, no sólo se marca el objetivo de emanciparse del “imperialismo yanqui”, sino que se plantea “una activa lucha política, ideológica y práctica contra la planeación restriccionista y tecnicista de la educación y contra la orientación pragmática, cientificista y desarrollista, bases del actual sistema educativo”[9].

El 11 de julio, en una manifestación estudiantil en Puebla, un estudiante fue asesinado por un grupo universitario estrechamente vinculado con el gobierno. Este asesinato provocó protestas y agravó un largo y violento conflicto entre sectores gubernamentales y anti-gubernamentales en la Universidad Autónoma de Puebla. El mismo asesinato fue también motivo para una declaración pública de condena por parte de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos en Morelia.

El epicentro del movimiento en la Ciudad de México

Desde finales del mes de julio, el movimiento del 68 tendrá su epicentro en la Ciudad de México. Es aquí en donde el 22 de julio, una semana después del mencionado encuentro estudiantil en Morelia, se da el desencadenamiento de una serie de sucesos que desembocarán desafortunadamente en la masacre de Tlatelolco. Se trata simplemente de unos enfrentamientos callejeros entre alumnos de escuelas de educación media superior, pero el cuerpo de granaderos de la policía interviene, detiene a varios estudiantes y allana una escuela vocacional del Instituto Politécnico Nacional. Esto hace que el 26 de julio, para protestar contra las acciones policiacas, haya una manifestación de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN), la cual, a su vez, también es atacada por los granaderos. A causa del ataque, los manifestantes retroceden y terminan reuniéndose con otra manifestación que se realiza al mismo tiempo y que ha sido convocada por la Juventud Comunista, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos y sociedades de alumnos de del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para festejar la Revolución Cubana y conmemorar el asalto al Cuartel Moncada. Los participantes de ambas manifestaciones marchan juntos y son duramente reprimidos por los granaderos. Hay más de quinientos heridos y decenas de detenidos. En los días siguientes, policías y militares entrarán en varias escuelas, ocuparán el Comité Central del Partido Comunista, detendrán a varios miembros del partido y también a integrantes de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos.

El 31 de julio, protestando contra las acciones policiacas y militares, se declara una huelga en todas las facultades, institutos y escuelas de la UNAM y del IPN. Al día siguiente, el primero de agosto, hay una manifestación de 80 mil universitarios encabezados por el rector Javier Barros, quien demanda respeto a la autonomía universitaria y libertad a los estudiantes presos. El 2 de agosto se constituye un Consejo Nacional de Huelga (CNH) en el que se concentra el liderazgo del movimiento.

Durante los meses de agosto y septiembre se multiplican las manifestaciones multitudinarias en la Ciudad de México. El movimiento ya no sólo tiene un carácter estudiantil. Hay también toda clase de trabajadores: electricistas, ferrocarrileros, telefonistas, maestros de primaria y obreros de la fábrica de llantas Euzkadi. Se protesta contra las reacciones represivas del régimen, contra su carácter opresivo y antidemocrático, pero también contra el capitalismo y el imperialismo estadounidense. A partir del 20 de agosto, después de la intervención en Checoslovaquia, también se protesta contra el Pacto de Varsovia y contra el seguidismo pro-soviético. El mismo Comité Central del Partido Comunista Mexicano condena la intervención. A diferencia de otros comunistas en el mundo, los mexicanos tienden a mostrar una gran proximidad, afinidad y sensibilidad ante el movimiento del 68, el cual, por su parte, suele simpatizar con los comunistas y exterioriza posiciones anticapitalistas y antiimperialistas. En las manifestaciones aparecen retratos del Che Guevara y Ho Chi Minh junto con los del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo. También abundan significativamente los retratos de Pancho Villa y Emiliano Zapata, los revolucionarios consecuentes por excelencia, los que no claudicaron y tampoco se dejaron corromper y pervertir como los del régimen.

Las manifestaciones más numerosas fueron las del 5 de agosto, con 100 mil manifestantes; la del 13 de agosto, con 150 mil; y la del 27 de agosto, con 300 mil. En esta última manifestación, que se prolongó hasta el día siguiente, los estudiantes izaron la bandera rojinegra en el zócalo de la Ciudad de México, recibieron la solidaridad de empleados gubernamentales y fueron duramente reprimidos por policías y militares, así como por sujetos que por primera vez dispararon sobre los manifestantes desde los edificios aledaños. Es así como se responde una y otra vez con represión a las manifestaciones contra la represión. Pero las movilizaciones continúan. Se realizan mítines en Texcoco, Tlalnepantla y otras zonas industriales para aproximarse a los obreros y buscar su apoyo. El 13 de septiembre hay una gran marcha silenciosa en la Ciudad de México. Muchos manifiestan con mordazas o con tela adhesiva en la boca. Se hace el signo de la “V” con los dedos. Hay pancartas y carteles en las que se lee: “el silencio es repudio a la represión”, “líder honesto igual a preso político”, “libertad a la verdad: ¡diálogo!”[10].

Al mismo tiempo, en todo el país, surgen muestras de solidaridad con los estudiantes de la capital. Entre el 8 y el 9 de agosto estallan huelgas en la Escuela Nacional de Maestros, la Escuela Normal Superior, el Tecnológico de Ciudad Madero, el Centro de Capacitación de Uruapan y las universidades de Puebla, Oaxaca, Morelos, Yucatán, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Campeche, Baja California, Chihuahua, Veracruz y Guerrero. La más importante institución educativa jesuita en México, la Universidad Iberoamericana, entra en huelga el 13 de agosto. Hay manifestaciones estudiantiles en todo el país: el 30 de julio en Puebla, el primero de agosto en Monterrey, el 5, 10 y 16 de agosto en Torreón, el 13 de agosto en Xalapa, el 25 y el 31 de agosto en Morelia, el 26 y 27 de agosto en Oaxaca, el mismo 27 de agosto en Culiacán y Monterrey, el 4 de septiembre en Puebla, el 9 de septiembre otra vez en Culiacán, y el 28 de septiembre en Orizaba y Xalapa, en donde se da una respuesta violenta de policías y militares.

Reacción y represión

Las reacciones violentas de Orizaba y Xalapa no fueron hechos aislados. Recordemos que el 27 de agosto los militares habían atacado a los manifestantes en la Ciudad de México. En septiembre los militares también cercaron centros educativos en Oaxaca y Chilpancingo. Además ocuparon una preparatoria de Cuernavaca en la que sesionaba el Consejo de Huelga de la Universidad Autónoma de Morelos. Hubo paralelamente un despliegue militar importante en torno a los edificios de la Universidad Autónoma de Puebla.

En un hecho aislado, el 14 de septiembre, cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla fueron linchados en el pequeño pueblo de San Miguel Canoa. Los habitantes del lugar asesinaron con palos y machetes a tres de ellos y al dueño de la casa en la que se hospedaban. El principal instigador parece haber sido un sacerdote que acusó a los universitarios de ser comunistas y de querer izar una bandera rojinegra en la iglesia.

La campaña anticomunista rodeó constantemente al movimiento del 68. Desde un principio, lo mismo en la capital que en la provincia, los sesentayocheros fueron asimilados a los comunistas por los funcionarios del gobierno, los dirigentes patronales y la mayor parte de los periodistas de la prensa impresa, de la radio y la televisión. Muchos imaginaron una maniobra comunista-soviética para desestabilizar el país, derrocar al gobierno e impedir las Olimpiadas que se realizarían en México entre el 12 y el 27 de octubre de ese mismo año de 1968.

La animadversión contra el movimiento del 68 fue predominante en las altas esferas del gobierno y en los sectores más conservadores y derechistas de la sociedad mexicana. Los estudiantes sufrieron la violencia de movimientos de extrema derecha, pandillas juveniles pro-gubernamentales y agrupaciones militares y paramilitares cuyos integrantes usaban armas de fuego y vestían como civiles. Esta clase de grupos difícilmente identificables atacaron constantemente al movimiento del 68 y mostraron su poder al realizar una serie de agresiones coordinadas sobre escuelas preparatorias y sobre el Colegio de México los días 31 de agosto y 7 de septiembre. Fue así como prepararon el terreno para las acciones finales de los militares.

El 18 de septiembre el Ejército Mexicano ocupó la Ciudad Universitaria y detuvo a más de 500 profesores y estudiantes. Cuatro días después, el 23 de septiembre, los militares ocuparon los principales centros educativos del Instituto Politécnico Nacional. Finalmente, el 2 de octubre, un mitin de 15 mil personas en la Plaza de las tres Culturas de Tlatelolco fue atacado por militares y paramilitares del Batallón Olimpia, quienes asesinaron a más de 200 personas, tal vez 300, quizás más de 300. Hubo también más de 3000 detenidos que se agregaron a los anteriores. Muchos de ellos fueron torturados. Algunos desaparecieron para siempre. Hoy sabemos que estos crímenes fueron decididos, maquinados, autorizados, ordenados y dirigidos por los más altos funcionarios del gobierno mexicano de la época, entre ellos el Presidente, Gustavo Díaz Ordaz, el Secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, y el Secretario de Gobernación y futuro mandatario Luis Echeverría Álvarez.

La brutalidad gubernamental consiguió el propósito de sofocar temporalmente el movimiento. Como leemos en un hermoso relato de Arturo Taracena, “finalmente, con el reflujo que produjo la matanza de Tlatelolco y la captura de los principales dirigentes del movimiento estudiantil, el espíritu del 68 quedó un momento en suspenso, opacado por la fastuosa inauguración de las Olimpiadas”[11]. Sin embargo, entre los meses de octubre y diciembre, continuó una represión que tampoco debemos olvidar. El 16 de noviembre fue encarcelado el escritor y pensador marxista José Revueltas. Hubo más detenciones, más asesinatos de estudiantes, así como expulsiones de extranjeros vinculados con el movimiento. El primero de diciembre de 1968, en una reunión de la CNED en la que faltaron varios asesinados y encarcelados, se realizó un diagnóstico elocuente que sigue siendo vigente hasta ahora: “Es vital para las fuerzas gobernantes conservar sus métodos represivos y antidemocráticos tradicionales pues no son capaces de mantenerse en el poder en un juego libre de fuerzas políticas”[12].

¡2 de octubre no se olvida!

Los sesentayocheros mexicanos consiguieron desenmascarar los métodos represivos y antidemocráticos tradicionales del régimen priista. Y no lo hicieron en cualquier momento, sino en 1968, cuando los ojos del mundo veían hacia México, en donde iban a realizarse los juegos olímpicos. Estas circunstancias fueron decisivas para llegar al sangriento desenlace del 68 en México. La matanza ocurrió el 2 de octubre: sólo diez días antes de que empezaran las olimpiadas. Ante la llegada inminente de una avalancha de turistas y periodistas, el gobierno mexicano recurrió a su método habitual, a la represión, para solucionar con rapidez y eficacia el problema de la movilización estudiantil.

El propósito principal de la movilización estudiantil, como ya lo señalé antes, era desenmascarar al gobierno priista mexicano, quitarle su hipócrita máscara democrática y mostrar su verdadera cara, su rostro autoritario, violento y represivo. Curiosamente fue el mismo gobierno el que se traicionó y se exhibió tal como era, en la matanza de Tlatelolco, precisamente para no ser denunciado y expuesto por los estudiantes. En efecto, para que el movimiento estudiantil no lo desenmascarara, el gobierno se apresuró a desenmascararse a sí mismo.

El más conocido suceso del movimiento anti-represivo del 68 mexicano fue paradójicamente la sangrienta represión gubernamental. Es por esta represión por la que solemos recordar el 68 cada año, en México, el 2 de octubre. En ese día, año tras año, desde hace ya medio siglo, decenas de miles de estudiantes salen a las calles de la Ciudad de México y de otras ciudades mexicanas para homenajear a sus compañeros caídos en 1968. Es una manera de recordarlos y de mantener vivo el recuerdo. Es una expresión de lo que Maurice Halbwachs denominaba “memoria colectiva” para designar “la memoria en la que participamos como integrantes de un grupo”[13] y en la que nos acordamos colectivamente de “un acontecimiento que forma parte de la existencia del grupo y que percibimos desde el punto de vista del mismo grupo”[14]. Aquí el grupo es el del estudiantado mexicano que recuerda, resiente y se representa lo sucedido en 1968 como parte de su existencia. Es en cierto modo el mismo grupo que se movilizó en 1968 y que fue atacado en Tlatelolco. Es el grupo que sigue movilizándose cada vez que llega el 2 de octubre para conmemorar el aniversario de la masacre. Su memoria colectiva se torna explícita en la consigna coreada una y otra vez por los estudiantes: “¡2 de octubre no se olvida! ¡2 de octubre no se olvida! ¡2 de octubre no se olvida!”.

Que el 2 de octubre no se olvide se confirma en los mismos estudiantes que llenan las calles para corear “¡2 de octubre no se olvida!”. Su consigna dice lo mismo que ellos despliegan masivamente con su presencia. Ellos, al manifestarse cada 2 de octubre, ponen en evidencia que el 2 de octubre no se olvida, que se recuerda colectivamente, manifestándose, marchando, haciendo mítines, levantando puños, coreando consignas, pintando mantas y muros. Estas acciones exteriorizan una memoria colectiva que difiere de la simple historia pasada, como bien lo señala Halbwachs, porque “sólo retiene del pasado lo que está aún vivo y es capaz de vivir en la conciencia del grupo que lo sostiene”[15].

Los estudiantes de México sostienen y mantienen vivo el 2 de octubre. Lo distinguen de un simple dato histórico muerto al hacerlo vivir en lo que sienten y piensan, pero también en lo que dicen y en lo que hacen. Todo esto es la conciencia del estudiantado. Todo esto es también su memoria colectiva. Es tan exterior como interior. No sólo está en la significación de los gestos, sino en los gestos mismos, entre ellos el de corear que el 2 de octubre no se olvida.

La enunciación misma, el hecho de corear la consigna, corrobora lo enunciado, que “el 2 de octubre no se olvida”. Enunciar esto cada año, al igual que manifestarse por esto cada año, es una forma de no olvidar el 2 de octubre, de no olvidarlo aunque pasen los años, 1969, 1970, 1971, los demás años setenta, ochenta y noventa del siglo XX, los dos mil y los dos mil diez y tantos. Los años pasan y los estudiantes siguen saliendo a la calle, puntualmente, cada 2 de octubre, demostrándonos una y otra vez, cada año, que el 2 de octubre no se olvida, que su recuerdo insiste y resiste, que la memoria colectiva persiste y consigue atravesar las generaciones. Tenemos, pues, una perseverancia transgeneracional del 68 mexicano. Esta perseverancia es una forma simbólica de subsistencia del estudiantado que se movilizó en 1968 y que fue atacado en Tlatelolco, pues la subsistencia del grupo, como lo sugiere Halbwachs, es correlativa de la permanencia de su memoria, una memoria que no es ni más ni menos que “el grupo visto por dentro”, una memoria cuyos “límites” coinciden con los del mismo grupo[16].

Los estudiantes del 68 se mantienen simbólicamente vivos a través de quienes los recuerdan en las movilizaciones conmemorativas del 2 de octubre. La memoria colectiva es un triunfo contra Díaz Ordaz, contra los miembros del Batallón Olimpia y contra los demás verdugos de Tlatelolco. Aunque los asesinos hayan matado a jóvenes llenos de vida, no habrán acabado con una parte importante de su vida: la del espíritu del 68. Tal espíritu seguirá vivo mientras haya nuevos cuerpos en los que pueda encarnarse. Y para encarnarlo, para prolongar su vida, basta recordar y actuar en consecuencia.

Lo que se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida

Es verdad que muchos estudiantes, aunque salgan a marchar el 2 de octubre, no tienen una idea muy clara de lo que sucedió ese día. También es verdad que la mayoría de los manifestantes de cada 2 de octubre ignoran casi todo sobre el movimiento del 68 en México. Hay una gran amnesia en la memoria colectiva. El 2 de octubre no se olvida para olvidar todo lo demás.

No podemos negarlo: hay mucho que se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida. Tampoco podemos evitar las más diversas sospechas con respecto a este olvido. La memoria colectiva es sospechosamente selectiva. ¿Por qué retiene lo que retiene y descarta lo que descarta? ¿Cuál es su criterio de selección? ¿Cómo no vamos a sospechar de ella? Algunas de nuestras sospechas, por cierto, no tienen mucha importancia y hasta pueden ser divertidas.

Por ejemplo, cuando pensamos en la amnesia generalizada con respecto al origen del movimiento del 68, la Marcha de la libertad y todo lo demás que sucedió fuera de la capital mexicana y a lo que hicimos referencia al principio, ¿cómo no vislumbrar aquí un perfecto ejemplo de lo que llamaré humorísticamente “chilangocentrismo” para designar la creencia prejuiciosa de que la Ciudad de México es el centro del país, que todo gira en torno a él, que él precede y gobierna todo lo que ocurre en las provincia, que las ciudades provincianas siguen el ritmo de la capital y que nada verdaderamente originario y decisivo sucede fuera de la Ciudad de México? Este prejuicio encuentra una interesante refutación en el movimiento del 68, el cual, aunque terminara teniendo su epicentro en la Ciudad de México, se originó claramente fuera de la ciudad y hundió sus raíces en movimientos estudiantiles como los de Sonora y especialmente Morelia. Sin embargo, ante la importancia de lo que ocurrió en 1968, parece mezquino detenerse en estas pequeñeces. ¿Qué importa olvidar lo que sucedía en la provincia cuando se asesinó a centenares de manifestantes en la capital?

Olvidar lo esperanzador y recordar lo desesperanzador

La evocación exclusiva del 2 de octubre contiene pequeños olvidos que podemos olvidar sin consecuencias, pero hay también otros olvidos, grandes olvidos, que tal vez no debamos olvidar y que nos inspiran las más graves sospechas. Hay dos a los que deseo referirme. Ya mencioné el primero: al recordar una y otra vez el 2 de octubre y sólo el 2 de octubre, olvidamos todos los demás días, todos los demás sucesos, todo el 1968, todo lo que sucedió ese año. El movimiento del 68 desaparece detrás de la matanza de Tlatelolco. El 2 de octubre se torna sinónimo de 1968, sustituyéndose al año entero, condensándolo en un solo día, como si el 2 de octubre hubiera sido el único día en el año, como si no hubiera 364 días más, como si la represión fuera lo único sucedido en el movimiento del 68.

Paco Ignacio Taibo lo expresa de manera brillante: “el 68, por la magia negra del culto a la derrota y a los muertos, se vuelve Tlatelolco”, de tal modo que el 2 de octubre “se queda solo” y “sustituye en la memoria los 100 días de la huelga”[17]. Hay aquí, efectivamente, un preocupante derrotismo necrófilo: nos olvidamos del maravilloso movimiento social y no de la espantosa represión gubernamental. Recordamos la matanza que nos asusta y nos desalienta, pero olvidamos lo que se mata, lo que nos inspira y nos alienta. Perdemos lo esperanzador, el movimiento del 68, y nos quedamos con lo desesperanzador, con el 2 de octubre, con la violencia del gobierno. Mantenemos vivo el terror y no la ilusión del 68. Olvidamos lo que no deberíamos olvidar y no olvidamos lo que tal vez, en definitiva, sería mejor olvidar.

El recuerdo insistente de la matanza de Tlatelolco podría estar cumpliendo una función crucial en el régimen priista represivo y antidemocrático: dar un golpe traumático tal que anulara cualquier confianza en la movilización y que hundiera a las personas en el desánimo, en el temor, en el terror ante la violencia gubernamental. El “¡2 de octubre no se olvida!” significa igualmente: no se olvida que el régimen priista reprime cuando se protesta, que mata a quienes protestan, que las protestas acaban en baños de sangre, que no tienen finales felices, que por eso es mejor no protestar, como nos lo enseña el 2 de octubre, y es quizás también por eso que no hay que olvidarlo.

En los años 1990, cuando era joven y participaba en las marchas del 2 de octubre, me acuerdo que mi querida madre, para disuadirme de marchar, me decía que era peligroso, que no me expusiera, que no olvidara el 2 de octubre. Me decía, pues, exactamente lo mismo que yo iba a gritar a las calles: que el 2 de octubre no se olvida. Lo que me hacía ir a la calle a manifestar mi rabia contra el gobierno asesino es lo mismo que hacía que ella pensara que era una mala idea ir a la calle a manifestar esa rabia. Su miedo era provocado por lo mismo que encendía mi rabia: por lo resumido en la consigna “¡2 de octubre no se olvida!”. La memoria colectiva podía justificar tanto la rabia como el miedo, tanto el ánimo como el desánimo, tanto la pasividad como la actividad. Los efectos eran contrarios, pero la memoria colectiva era la misma. Recordar el 2 de octubre no sólo hacía que yo y mis compañeros fuéramos a las calles a protestar contra el régimen, sino que también hacía que muchos otros, quizás muchos más que nosotros, no fueran a las calles a manifestar su inconformidad.

Hay, pues, buenas razones para sospechar que la reducción del movimiento del 68 al 2 de octubre tiene efectos desesperanzadores, disuasivos, desmovilizadores. Es lo mismo que ocurre con la reducción de los sesentayocheros a quienes claudicaron y renegaron de sus convicciones, quienes terminaron encarnando todo lo contrario del espíritu del 68, quienes traicionaron al movimiento, delataron a sus compañeros y se vendieron al régimen a cambio de becas o puestos gubernamentales. Desde luego que hay casos como los del renegado Gilberto Guevara Niebla, el delator Sócrates Campos Lemus y el incongruente Marcelino Perelló Valls, pero son proporcionalmente minoritarios. Además, como bien lo ha mostrado Luis González de Alba, son casos bastante discutibles y ninguno corresponde al perfil de alguien “objetivamente traidor”[18]. Sin embargo, al pensarse que son casos objetivos de traición y que son mayoritarios o típicos o incluso universales, uno se queda con la impresión de que el espíritu del 68 era una simple forma de inmadurez, una rebeldía típicamente adolescente, algo que debería superarse al madurar. Es así como terminamos reduciendo simplistamente el movimiento del 68 al capricho de unos cuantos personajes miserables, despreciables, jóvenes malcriados y adultos inconsecuentes. Este simplismo reduccionista puede servir para lo mismo que sirve el que reduce 1968 al 2 de octubre: decepcionar, desmoralizar, desinflar a quienes tengan la tentación de continuar lo empezado en 1968.

Olvidar el presente

El espectro del 68 es conjurado con las invocaciones de la matanza y de la traición. Al pensar en Tlatelolco y en Campos Lemus, ¿quién tendría el ánimo de retomar la estafeta del movimiento? De lo que se trata es que el movimiento del 68 quede confinado al año de 1968. Lo que se busca es que haya terminado. Esto nos conduce al segundo reduccionismo al que deseo referirme en relación con la consigna de “¡2 de octubre no se olvida!”: el que no sólo equipara el año de 1968 al día miércoles 2 de octubre, sino que reduce el medio siglo que ha transcurrido ya desde 1968 al solo año de 1968, el cual, seguidamente, se reduce a un solo día. Voy a explicarme.

Contra lo que se nos quiere hacer creer, el movimiento del 68 no fue atajado con la matanza de Tlatelolco. No fue derrotado por las bazucas y ametralladoras de los militares. Tampoco es algo que pueda relegarse al año de 1968, algo que haya empezado y terminado en ese año, algo que responda solamente a la coyuntura y al ambiente planetario de 1968. El 68 mexicano más bien exterioriza un movimiento que viene desde 1940 y que todavía dura en 2018: un movimiento por libertad y por democracia, por igualdad y por justicia, por la herencia revolucionaria y cardenista, y contra el régimen priista contrarrevolucionario, corrupto e injusto, represivo y antidemocrático. Este movimiento que no ha terminado es también el movimiento del 68, el cual, por lo tanto, no es un movimiento del pasado, sino del presente. Recordarlo es continuarlo. Mantener vivo su recuerdo nos exige mantener vivo el movimiento.

La memoria colectiva mantiene vivo aquello que recuerda y no sólo su recuerdo. No se trata sólo de que el movimiento del 68 no se olvide, sino de que no termine, que siga adelante, lo cual, por lo demás, es también lo que ocurre cuando los estudiantes salen a las calles a corear “¡2 de octubre no se olvida!”. Los estudiantes no olvidan el 2 de octubre de 1968 porque siguen luchando por lo mismo que se luchaba el 2 de octubre de 1968. Y siguen luchando por lo mismo porque no lo han conseguido, porque todo sigue igual que en 1968, porque el movimiento no ha logrado revolucionar el país, no lo ha hecho todavía, pero quizás lo haga en el futuro. Esto es también lo que frecuentemente se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida. Lo que se olvida es que no hay nada que pueda simplemente olvidarse, dejarse atrás, como si fuera sólo pasado, como si ya hubiera ocurrido, como si no siguiera ocurriendo.

El 2 de octubre de 1968 se repite el 10 de junio de 1971 en la Ciudad de México, el 22 de diciembre de 1997 en Acteal y el 26 de septiembre de 2014 en Iguala. El gobierno represivo no deja de matar a los opositores. La represión continúa. La opresión y el autoritarismo también. El déficit democrático sigue vigente en México. La injusticia y la desigualdad son sufridas cotidianamente por la mayoría de los mexicanos.

El capitalismo sigue devastando al mundo y ahora pone en peligro la subsistencia del género humano. El imperialismo estadounidense no deja de bombardear a pueblos inocentes, empobrecer a los países subdesarrollados y ser un obstáculo para la democratización en América Latina. La Guerra de Vietnam se desplazó a Centroamérica y luego a Medio Oriente, a Irak, Siria y Palestina.

Las causas del movimiento del 68 son tan vigentes ahora como en 1968. Y es por todo esto que no se deja de luchar, y que el movimiento del 68 prosigue después de 1968, tal como había empezado antes. Es una lucha continua contra la represión, contra la opresión, contra la explotación, contra la destrucción, contra la muerte. Sólo hay aquí dos posibilidades: o luchamos y quizás triunfemos, o claudicamos y de seguro perdemos. Como ya lo escribía José Revueltas en 1968, estamos ante un “único dilema insoslayable y rotundo: victoria o muerte”, pues mientras “la victoria, para nuestro país, será un México libre, democrático, sano, donde se pueda respirar, pensar, crear, estudiar, amar”, la derrota será la muerte, “la noche del alma, las torturas sin fin, el candado en los labios, la miseria del cuerpo y del espíritu”[19]. Es para evitar esta miseria que se lucha en el 68, pero también antes, después, aún hoy y seguramente mañana.

Historia de lucha

Ya vimos cómo el 68 mexicano se inserta en una historia de lucha que viene desde los años cuarenta del siglo XX. José Revueltas conjeturó que esta historia, tras la represión de la huelga ferrocarrilera en 1958, encontró la manera de “vengarse” al “caminar por debajo de los acontecimientos” hasta emerger en el movimiento estudiantil del 68, el cual, por lo tanto, no estaba “aislado históricamente”[20]. Como bien lo ha observado Pablo Gómez, coincidiendo con la conjetura de Revueltas, el 68 formaba parte de un entramado histórico en el que diferentes protestas y otras acciones colectivas, lejos de estar “aisladas las unas de las otras”, se entretejían en un único “proceso” de lucha en el que 1968 apareció como un “punto culminante”[21]. Este año hizo únicamente que el proceso ya existente adquiriera cierta intensidad, amplitud y coloración, y que siguiese adelante así como venía desde atrás. El proceso, pues, no debe confinarse a 1968. Desde luego que ese año es decisivo, pero no para inaugurar ni mucho menos para consumar, completar y terminar la historia de lucha, sino simplemente para continuarla y conducirla por nuevos cauces.

El punto culminante fue también un punto de inflexión. Todo cambió al atravesar el espíritu del 68 con su marcado factor juvenil, su cuestionamiento de la hipocresía generalizada y sus demás elementos característicos. Por ejemplo, como lo han mostrado Soledad Loaeza, Ilán Semo y otros, la acción democratizadora del movimiento y su impacto social e institucional fueron factores decisivos que han condicionado y determinado la interminable transición a la democracia en México[22]. En cuanto a la represión gubernamental y específicamente la matanza de Tlatelolco, al delatar la cerrazón del gobierno mexicano ante cualquier estrategia legal y pacífica, pudo haber favorecido la proliferación de las guerrillas en los años setenta. Lo seguro es que el 68 vino a transformar el país.

Todo cambió con el 68, sin duda, pero para seguir adelante. En México, desde 1968 hasta ahora, los movimientos sociales no han cejado en su esfuerzo por defender y preservar la herencia revolucionaria. Han sido millones los mexicanos que luchan infatigablemente por lo mismo que en 1968: por libertad y democracia, pero también por igualdad y justicia. Así como recordamos el 68, así también guardamos en la memoria las más importantes movilizaciones nacionales de los años posteriores: las de apoyo al hijo de Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc Cárdenas, cuando fue candidato presidencial en el fraude electoral de 1988; la ola de solidaridad con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) desde que se levantó en armas, en 1994, hasta ahora; la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006 y el movimiento liderado por Andrés Manuel López Obrador en los últimos años.

El recuerdo insistente de las grandes luchas no debe hacernos olvidar los innumerables movimientos sociales que han agitado incesantemente a la sociedad mexicana en los últimos cincuenta años, incluyendo varias movilizaciones estudiantiles en diversas instituciones de todo el país: la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1971, la Universidad Autónoma de Sinaloa en 1972, la UNAM en 1986 y 1999, los Colegios de Ciencias y Humanidades en 1995, la Universidad Autónoma Metropolitana en 1996, y así sucesivamente. Al mismo tiempo, cada nuevo 2 de octubre, los estudiantes han salido a la calle a corear “¡Dos de octubre no se olvida!”. En los últimos años hubo además dos grandes movimientos que unieron a estudiantes de todo México y en los que se recordó insistentemente la matanza de Tlatelolco: en 2012, el movimiento #yosoy132, por la democracia, por la libertad de expresión y contra el retorno del régimen priista; y en 2014, el movimiento causado por la desaparición de 43 estudiantes de la escuela Normal Rural de Ayotzinapa, los cuales, significativamente, fueron atacados por los policías cuando reunían fondos para ir a la Ciudad de México y participar en la manifestación conmemorativa del 2 de octubre.

Medio siglo de represión

Así como la movilización continuó durante los últimos cincuenta años, así también la represión prosiguió, dejando miles de víctimas en todo el país, entre ellas algunas asesinadas en grupo en las matanzas del régimen que vinieron después de Tlatelolco, por ejemplo: en 1971, en la Ciudad de México, medio centenar de estudiantes asesinados en la matanza de Corpus Christi; en 1982, en La Trinidad, Guerrero, 9 campesinos asesinados; en 1995, en Aguas Blancas, Guerrero, 17 campesinos asesinados; en 1997, en Acteal, Chiapas, 45 indígenas asesinados; en 1998, en El Charco, Guerrero, 11 jóvenes asesinados; en 2014, en Iguala, Guerrero, 8 asesinados y 43 estudiantes desaparecidos; en 2016, en Nochixtlán, 10 asesinados; en 2017, en Arantepacua, 4 indígenas asesinados. Todas estas personas molestaban al régimen y fueron eliminadas por policías, militares y paramilitares. Su eliminación basta para confirmar que México no es una democracia, ni siquiera una democracia imperfecta, sino simplemente una dictadura, aunque eso sí, una “dictadura perfecta”, como la llamara Mario Vargas Llosa cuando todavía era capaz de sostener un discurso crítico y consecuente[23].

Como ya lo comentamos anteriormente, la represión gubernamental de los movimientos pacíficos, tanto en 1968 como antes y después, hizo que muchos opositores optaran por tomar las armas y unirse a la guerrilla. Desde los años sesenta hubo grupos guerrilleros importantes en México, entre ellos los de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez entre los sesenta y principios de los setenta, el Movimiento de Acción Revolucionaria y la Liga Comunista 23 de septiembre en los setenta, el Partido Revolucionario Obrero Campesino – Unión del Pueblo (PROCUP) en los ochenta, el EZLN y el Ejército Popular Revolucionario en los noventa. Ante la irrupción de la guerrilla, la represión tendió a recrudecerse. Miles de personas fueron detenidas, torturadas y asesinadas en la persecución contra los guerrilleros. Fue en el contexto de esta persecución que sucedieron muchas de las matanzas que mencionamos anteriormente, como las de Acteal y El Charco.

De cualquier modo, en todas las matanzas mencionadas y en los miles de asesinatos políticos perpetrados por el régimen priista después de 1968, las víctimas fueron mayoritariamente opositores al régimen eliminados por militares, paramilitares, policías y pistoleros trabajando para el régimen. Es verdad que los muertos luchaban por causas diferentes, pero siempre, en última instancia, luchaban también por lo mismo que los jóvenes que murieron en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968: por libertad y democracia, por justicia e igualdad. Podemos decir, pues, que se trata de una lucha que no ha cesado en México desde los cuarenta del siglo XX. Esta lucha, que ya dura casi ochenta años, es la que se exteriorizó en el movimiento del 68, el cual, por lo tanto, no debe confinarse al año de 1968, no debe abstraerse de la gran lucha en la que el 68 es tan sólo un eslabón, sí, un eslabón decisivo y diferente de cualquier otro, pero un eslabón que sólo tiene sentido por el pasado y el futuro que se unen en él. Y el futuro de 1968, no hay que olvidarlo, es nuestro presente, es decir, el presente de aquellos, como yo, que aún creemos en lo mismo que los estudiantes del 68: la libertad, la democracia, la igualdad, la justicia, la soberanía de los pueblos.

¿Final feliz?

Si creemos en lo mismo que los sesentayocheros, entonces tan sólo podremos realizarlo al ser continuadores de ellos y al proseguir lo que ellos empezaron. Debemos ver su lucha como una tarea pendiente. Hay que seguir luchando contra la represión y la opresión, contra la injusticia y la desigualdad, contra la explotación capitalista y contra el imperialismo de los Estados Unidos y de otras potencias mundiales.

Todavía sufrimos lo mismo que los jóvenes del 68. Aún sentimos y pensamos lo mismo que ellos, deseamos lo mismo, somos lo mismo. Es verdad que somos también muchas otras cosas que ellos todavía no eran. Y desde luego que ellos eran también muchas otras cosas que nosotros ya no somos. Pero hay algo que ya eran ellos y que persiste a través de lo que somos. Es por esto que los encontramos dentro de nuestra memoria colectiva. Están aquí porque son lo que somos.

Como nos lo han mostrado Henri Tajfel y John Turner, hay una identidad compartida en la base y en el seno de la memoria colectiva[24]. No podemos recordar juntos, a través de nuestra vida, sino lo que somos unos con otros. Nuestro nosotros es también el de los del 68. Ellos también forman parte de lo que somos. Hay algo que sólo podemos ser con ellos. Dejarlos atrás no sería otra cosa que dejarnos atrás a nosotros mismos.

Para no perdernos, debemos continuar protestando como los sesentayocheros, denunciando lo que ellos denunciaban, exponiéndonos a las balas que los mataron. Tenemos que seguir hablando sobre ellos para no dejar de hablar sobre nosotros. Y no debemos dejar de corear las consignas con las que nos recordamos al recordarlos estruendosamente cada nuevo 2 de octubre. De lo contrario, como decía el astrónomo Guillermo Haro al recordar el 68, caeremos en “ese magnífico y egoísta silencio con el que nos protegemos y nos olvidamos”[25].

Para guardarnos en la memoria, debemos dejarnos poseer por lo que Jorge Volpi llamaba el “espíritu de Tlatelolco”[26]. Tenemos que ser aquello en lo que no se apaga el espíritu del 68: el espíritu de lucha de los sesentayocheros. No sólo hay que mantener vivo su recuerdo, sino que hay que mantenerlos vivos a ellos, a los que aparentemente murieron en Tlatelolco. Tan sólo así podremos vencer a quienes creyeron matarlos. Y de paso venceremos a otros asesinos de la vida y de la esperanza, entre ellos quienes asesinaron y desaparecieron a los estudiantes de Ayotzinapa mientras se preparaban para homenajear a los de Tlatelolco.

Tal vez al final, con el apoyo de los de Ayotzinapa y de todos los demás, consigamos que el 68 mexicano tenga un final feliz, un final diferente al 2 de octubre. Hay que insistir en que el 2 de octubre no fue el final del movimiento. El final está por verse. Y seguramente falta mucho para verlo, pues los sesentayocheros, como bien lo apuntó José Revueltas, están “haciendo la historia”, son “su carne y su sangre”, y es precisamente por esto que tan sólo podrán “vencer hasta el fin”[27].

Referencias

[1] Edmundo Jardón Arzate, De la Ciudadela a Tlatelolco: el islote intocado, Ciudad de México, Fondo de Cultura Popular, 1969.

[2] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, Ciudad de México, Era, 1971.

[3] Sergio Zermeño, México : una democracia utópica: el movimiento estudiantil del 68, Ciudad de México, Siglo XXI, 1978.

[4] Paco Ignacio Taibo II, 1968 (1991), Madrid, Traficantes de Sueños, 2006.

[5] Daniel Cazés, Crónica 1968, Ciudad de México, Plaza y Valdés, 1993.

[6] Sergio Aguayo Quezada, 1968: los archivos de la violencia, Ciudad de México, Grijalbo, 1998.

[7] Jorge Volpi, La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968 (1998), Ciudad de México, Era, 2006.

[8] Julio Scherer y Carlos Monsiváis, Parte de guerra, Tlatelolco 1968, Ciudad de México, Aguilar, 1999.

[9] En Gerardo Peláez Ramos, El movimiento estudiantil y los comunistas (1963-1968), Cronología IV y última, La Haine, consultado en http://www.lahaine.org/b2-img10/pelaez_6368_4.pdf

[10] En Daniel Cazés, Crónica 1968, op. cit., p. 166.

[11] Arturo Taracena Arriola, Las lecciones del 68. Bajo el Volcán 7(13) (2008), p. 77.

[12] En Gerardo Peláez Ramos, El movimiento estudiantil y los comunistas (1963-1968), Cronología IV y última, op. cit.

[13] Maurice Halbwachs, La psychologie collective (1937-1942), París, Flammarion, 2015, p. 174.

[14] Maurice Halbwachs, La mémoire collective (1926-1944), París, Albin Michel, 1997, pp. 65-66.

[15] Ibíd., pp. 131-132.

[16] Ibíd., pp. 131, 140.

[17] Paco Ignacio Taibo II, 1968, op. cit., p. 101.

[18] Luis González de Alba, En el Consejo Nacional de Huelga no hubo traidores, Proceso, 11/10/16, consultado en https://www.proceso.com.mx/458278/gonzalez-alba-68-en-consejo-nacional-huelga-hubo-traidores

[19] José Revueltas, México 68: juventud y revolución, Ciudad de México, Era, 2008, p. 91.

[20] Renata Sevilla, Tlatelolco, ocho años después (entrevistas), Ciudad de México, Posada, 1976, pp. 13-14.

[21] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, op. cit., p. 18.

[22] Soledad Loaeza, México 1968: los orígenes de la transición, Foro internacional 30(1) (1989), pp. 66-92. Ver también algunos capítulos contenidos en: Ilán Semo, La transición interrumpida: México 1968-1988, Ciudad de México, Universidad Iberoamericana, 1993.

[23] Mario Vargas Llosa, México es la dictadura perfecta. Españoles y latinoamericanos intervienen en la polémica sobre el compromiso y la libertad, El País, 1 de septiembre de 1990, https://elpais.com/diario/1990/09/01/cultura/652140001_850215.html

[24] Henri Tajfel y John Turner, The Social Identity Theory of Intergroup Behavior, en S. Worchel & W.G. Austin (eds), The Psychology of Intergroup Relations (pp. 7-24), Chicago, Nelson-Hall, 1986.

[25] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, op. cit., p. 145.

[26] Jorge Volpi, La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968, op. cit., pp. 359-375.

[27] José Revueltas, México 68: juventud y revolución, op. cit., 2008, p. 25.

Marx en el mundo, en la psicología y en el psicoanálisis

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Intervención en un evento convocado y organizado por el Grupo de Estudios Psicoanalíticos Hiatus y por el Círculo de Estudios Filosóficos de San Luis Potosí en la Cafebrería Sísifo, el 4 de mayo de 2018, en el marco de la presentación del libro Marxismo, psicología y psicoanálisis, coordinado por Ian Parker y David Pavón Cuéllar (Ciudad de México, Paradiso, 2017). Participaron Ana Laura Soto, Samuel Hernández y Adrián Tovar.

David Pavón-Cuéllar

El error en la realidad y no en Marx

Mañana celebramos los doscientos años del nacimiento de Karl Marx. Ocurrió el 5 de mayo de 1818 en una casa de la calle del puente, Brückengasse, de la ciudad de Tréveris, en la provincia del Rin del antiguo Reino de Prusia. Fue por ahí por donde Marx vino al mundo para transformarlo por completo.

Nada puede ser igual después de Marx. Lo que él nos trae lo cambia todo. Es algo con lo que se modifican radicalmente los términos y las condiciones de todo lo que existe y todo lo que somos. Es algo totalmente nuevo, algo que no ha perdido todavía su novedad, algo siempre aún demasiado nuevo para un mundo siempre ya demasiado viejo.

Si el mundo se ha quedado rezagado, es porque se ha obstinado en permanecer el mismo, aferrado a lo que ha sido, en lugar de soltarse y entregarse al movimiento de la historia. El error está en el mundo que no se ha transformado por completo. El error está en la realidad y no en la verdad, en lo que es y no en lo que debería ser, en lo que se padece y no en lo que se desea.

El desacierto no estriba en el sueño en el que nos recuperamos, emancipamos, exteriorizamos y realizamos. Lo desacertado es la vigilia en la que se nos aliena, se nos explota, se nos oprime y se nos reprime. Lo erróneo es el capitalismo, la sociedad de clases, la injusticia y la desigualdad, la miseria y el hambre.

Lo que es no debería ser. El equivocado es el mundo y no Marx. Lo que Marx nos trajo lo cambia todo, pero el mundo se resiste a cambiar y se nos muestra cada vez más aberrante, absurdo, errático, erróneo.

El error es del mundo que no se transforma y no de Marx que vino para transformarlo. No es que Marx errara en sus previsiones del futuro, sino que ni siquiera hubo un futuro para poner a prueba sus previsiones. Jamás llegamos a lo que habría de ser. Todo se quedó estancado en lo que fue, dilatado en lo que no acaba de pasar, atrapado en un pasado eternizado.

Lo que Marx nos ofrece

Aún vivimos en un tiempo en el que Marx es demasiado nuevo. Su descubrimiento sigue descubriéndose. Lo que nos anuncia continúa sorprendiéndonos, desconcertándonos y haciéndonos caer en la cuenta de lo que aún ignorábamos.

Es como si Marx fuera siempre más joven y más actual que nosotros. Es como si estuviera siempre varios pasos por delante de nosotros. El caso es que no deja de hacernos percibir lo que todavía nos pasa desapercibido. Nuestro conocimiento no deja de ser ampliado, rectificado y desengañado por lo que leemos en Marx.

Lo que Marx nos ofrece no deja de cambiarlo todo. Es el cuestionamiento siempre inaugural de lo incuestionable de cada época. Es la crítica de todas las generalizaciones, esencializaciones y naturalizaciones. Es el recordatorio de la historia que no se detiene y que nos obstinamos en olvidar. Y es, al mismo tiempo, el argumento esperado, tan esperado, con el que se refutan definitivamente las justificaciones de lo injustificable. Es la palabra justa que disipa las confusiones y mistificaciones constitutivas de la realidad. Es la mirada penetrante con la que se ve más allá de lo evidente, se atraviesa el semblante de la ideología, se descubre a la clase y a la sociedad en el corazón mismo del individuo, se desnuda la verdadera causa tras el motivo aducido, se exhiben las intrigas del sistema y se delatan los crímenes del poder.

Es verdad que hay también crímenes del poder en la herencia de Marx. Es innegable que su legado liberador terminó a veces volviéndose contra nosotros para oprimirnos y reprimirnos. El marxismo revistió igualmente las formas de Stalin y Pol Pot, del Gulag y de la Stasi, de los tanques en Budapest y en Praga. Todo esto y mucho más fue también lo que Marx nos legó, pero lo fue al adulterarse y al pervertirse, al dejarse reabsorber por lo mismo contra lo que luchaba, al traicionar la voluntad explícita de su legatario, al abusar del poder liberador que nos heredó, al convertirlo en un poder tan opresivo como cualquier otro.

El pensamiento de Marx

El poder liberador que recibimos de Marx es el de la idea prodigiosa que da lugar a la conciencia de clase, que se torna consciente de su base material, que se apoya en ella y que se vuelve así capaz de materializarse en la historia. La materialidad histórica de esta idea es músculo y sangre, muchedumbre y revuelta, polémica y organización, insurrección y revolución. La idea se ramifica y se multiplica en más ideas, más palabras, más hazañas, más rostros que se agregan al de Marx: el de su compañero Engels y todos los demás: Lenin y Trotsky, Rosa Luxemburgo y Dolores Ibárruri, el Che y Allende, Camilo Torres y Carlos Marighella, José Revueltas y Genaro Vázquez, Mao Tse-Tung y Hồ Chí Minh, Lumumba y Sankara.

Los gigantes personifican la idea y merecen un culto a la personalidad que tal vez hoy en día nos incomode, pero que nos ha enseñado a dignificarnos y venerarnos con humildad a nosotros mismos, a los creadores, en lugar de adorar nuestras creaciones: dioses, naciones, riquezas, capitales, empresas, mercancías, tecnologías, marcas, logos y otras cosas en las que tan sólo podemos reconocernos al desconocernos, al perdernos, al enajenarnos.

Marx escarba en las cosas, en los productos, para desenterrarnos a nosotros, los productores, los trabajadores. Nos descubrimos a través de la idea que se le ocurre a Marx. Esa idea es también lo que somos. Corroboramos a través de nosotros mismos, a través de nuestra propia existencia de comunistas, que la existencia de una idea como la de Marx es mucho más que la de una simple idea.

No hay ninguna idea moderna que haya tenido tantas consecuencias como la de Marx. Ningún otro pensador ha cambiado la faz de la tierra como él lo hizo. Nadie logró hacer tanto con lo que pensó.

Nos guste o no, el pensamiento de Marx es el más poderoso que hayamos conocido en la época moderna. Es un pensamiento que estalla, se desborda, se propaga y lo trastorna todo a su paso. Consigue socavar, cimbrar y derrumbar las certezas, estructuras e instituciones más estables. Nada permanece indemne después de haber sido atravesado por lo que Marx pensó. Este pensamiento es por sí mismo acontecimiento. Es acto multitudinario y revolucionario.

El capitalismo vencido por Marx

Lo que Marx piensa engendra multitudes que hacen revoluciones, que levantan barricadas, que toman palacios como el de Invierno, que se organizan en partidos y en guerrillas comunistas, que hacen largas marchas como la de Mao, que derrocan gobiernos, que reparten riquezas y distribuyen tierras, que de pronto vencen lo invencible en Rusia, China, Vietnam, Cuba, Chile y Nicaragua. No hay que olvidar jamás, jamás, que el capitalismo únicamente ha sido vencido con la fuerza de lo que Marx ha pensado y nos enseñó a pensar.

Tan sólo Marx parece haber encontrado el punto débil del sistema que nos está destruyendo y que está devastando el planeta. Si de verdad queremos preservarnos y preservar nuestra casa, quizás debamos dar un rodeo, pasar por la biblioteca, desempolvar algún libro de Marx y leerlo en lugar de seguir improvisando.

No podemos continuar olvidando a Marx. Debemos recordarlo. Y tenemos que tomarlo en serio, por ejemplo, cuando nos indica la contradicción más fundamental y elemental de mundo actual: aquella por la que se oponen el capital y el trabajo, lo muerto y lo vivo, la muerte y la vida.

Quien aún vive debe discernir, con el auxilio de Marx, aquello en lo que la muerte lo acecha. El aspecto mortífero del capitalismo no puede seguir siendo ignorado por sus víctimas. Tenemos que afrontar la manera en que el sistema capitalista nos mata, nos devora, nos exprime, nos vacía, nos explota. Debemos ver lo que el capital nos hace, lo que resulta cada vez más difícil a medida que nos internamos en la virtualidad neoliberal posmoderna y la realidad objetiva del capitalismo va esfumándose al subjetivarse, interiorizarse, psicologizarse.

Atravesar la psicología para llegar a Marx

Hoy en día la psicología contribuye a la permanencia del capitalismo al mediar en su relación con el sujeto, al disimular su causalidad objetiva detrás de sus efectos subjetivos, al rehacer a un sujeto a su medida y al amortiguar o mistificar la oposición entre el trabajo y el capital, entre lo vivo y lo muerto, entre lo vital y lo mortífero. Entre nosotros y el sistema capitalista, está el psicólogo bienintencionado que nos brinda su apoyo para que cerremos los ojos, nos convenzamos de que somos el problema, imaginemos que nosotros mismos nos hacemos lo que nos hace el sistema, carguemos alegremente nuestra suerte sobre nuestros hombros y nos adaptemos, integremos, disciplinemos, vendamos y sometamos de la mejor manera. De lo que se trata es de hacer que nos asimilemos al capitalismo a tal punto que ya no seamos capaces de ver cómo el capital nos deshace y consume nuestras vidas.

Entre el capital y nosotros, la psicología coloca un espejo para que nos veamos únicamente a nosotros mismos en lugar de ver el capital y todo lo que el capital nos está haciendo. Es así como ahora, en los tiempos del neoliberalismo, la especialidad psicológica permite olvidar a Marx al interponerse entre nosotros y todo lo que Marx nos enseña. Si queremos recordar a Marx y aprender algo de él, debemos empezar por desgarrar el velo psicológico destinado a ocultar nuestra dominación, explotación y enajenación. La valiosa lección de Marx tan sólo puede vislumbrarse al atravesar la psicología y así remontar desde los efectos psicológicos hasta sus causas históricas, socioeconómicas e ideológicas.

Tenemos que ir más allá de la psicología para descubrir la dominación tras el sentimiento de impotencia y descontrol, la explotación tras la fatiga emocional y la sensación de vacío, la enajenación y la cosificación tras la despersonalización, pero también la precariedad tras la ansiedad, el aprendizaje en la escuela del capitalismo tras la indefensión aprendida, el individualismo ideológico tras la soledad y el desamparo, el ritmo vertiginoso del capitalismo tras el stress y la hiperactividad, el reciclaje de la fuerza de trabajo tras el imperativo de resiliencia, la subordinación de las personas a las cosas tras la depresión y el sentimiento de inferioridad.

Tras los efectos en la subjetividad, están las causas en el capitalismo, es decir, lo descubierto por Marx y lo encubierto por el dispositivo psicológico del sistema capitalista. Este dispositivo ideológico y disciplinario es lo que ha terminado siendo la psicología convencional, dominante y predominante, al ponerse al servicio del capital y al ignorar y contribuir a que se ignore todo lo que Marx nos enseña.

Marx en la psicología

Desde luego que hay otra psicología que no ha ignorado a Marx ni se ha puesto al servicio del capital, pero ha sido siempre marginal, salvo en los países del bloque socialista, y se ha dejado reabsorber más de una vez por la psicología dominante. Y, sin embargo, es diferente de ella. Es a veces una psicología marxista y otras veces una psicología crítica de inspiración marxista. Es a menudo abiertamente anticapitalista. No puede sino cuestionar la psicología dominante y discrepar de ella en su concepción del sujeto. Es otra psicología. Es lo que nos ofrecen Vygotsky, Leontiev y Rubinstein, Bozhovich y Lomov, Politzer y Wallon, Bleger y Merani, Yamamoto y González Rey, Pérez Soto e Ian Parker. Es muy común que toda esta psicología termine siendo algo completamente diferente de la psicología entendida en sentido estricto como ciencia del psiquismo. Y es que una especialidad científica semejante no podría jamás resistir un cuestionamiento como el que Marx nos legó.

¿Hay quien sepa de verdad en dónde termina y en dónde empieza el psiquismo del que se ocupa la psicología? ¿Está ya suficientemente consensuado lo que es en su condición de objeto de una ciencia? ¿Existe alguna definición y delimitación objetiva de él? ¿Puede objetivarse al concebirse independientemente de quien lo concibe? ¿Puede tenerse una idea clara de él sin desmaterializar todas sus manifestaciones? ¿Puede abstraerse de la sociedad y de la historia? ¿Existe en todos los contextos culturales y en todos los momentos históricos? ¿Tiene alguna consistencia que no sea estrictamente ideológica? Éstas y otras preguntas no pueden responderse con honestidad sin responderse negativamente, lo que basta para descartar la existencia de la psicología como ciencia y del psiquismo como objeto en una perspectiva marxista.

Lo que aprendimos de Marx excluye la existencia de algo como la disciplina científica psicológica. Llegamos, pues, a la conclusión de que no hay lugar para la psicología en el marxismo, lo que no significa, desde luego, que no haya lugar para una teoría del sujeto. Por el contrario, la teoría del sujeto como sujeto es todo lo que nos queda cuando renunciamos a la psicología, es decir, cuando no estamos dispuestos a suprimir al sujeto para objetivarlo en una supuesta ciencia empírica del psiquismo como objeto individualizado.

Marx en el psicoanálisis

Cuando seguimos a Marx y renunciamos a la ideología cientificista, empirista, objetivista e individualista de la psicología, tenemos necesidad de una teoría sobre la condición y la constitución del sujeto en el capitalismo. Necesitamos de una teoría que nos permita pensar en el sujeto sin objetivarlo ni como objeto de la psicología ni como simple expresión o porción de la estructura objetiva socioeconómica del capitalismo.

Para no suprimir al sujeto al convertirlo en un objeto, requerimos de una teoría paradójica del sujeto como sujeto. Una teoría como ésta es la que muchos marxistas encontraron en el psicoanálisis. Fue la misma teoría que muchos freudianos cultivaron y que los condujo significativamente al marxismo. La herencia de Freud se unió así a la de Marx en los marxistas freudianos soviéticos Schmidt, Luria y Trotsky, en freudomarxistas austro-alemanes como Bernfeld, Reich y Fenichel, en los frankfurtianos Fromm, Horkheimer, Adorno y Marcuse, en surrealistas franceses como Breton y Crevel, en feministas como Shulamith Firestone y Juliet Mitchell, en lacanianos como Jacques-Alain Miller, Paulo Silveira y Jorge Alemán, y en Braunstein, Delahanty, Guinsberg, Langer, Masotta, y en muchos, muchos más, entre ellos algunos que ni siquiera fueron marxistas, como Jacques Lacan, en el que Marx aparece como el insuperable precursor de Freud, como el más digno de él, como el mayor de sus riesgos, como su reverso inevitable, como su homólogo indiscernible, como su idéntico y su contrario, como un compañero inseparable que lo acecha constantemente y con el que no deja de tropezar.

¿Cómo no dejar de tropezar con Marx cuando uno está entre los freudianos consecuentes? Los hay y recuerdan constantemente a Marx. ¿Cómo no habrían de recordarlo? Este recuerdo les ha permitido profundizar y radicalizar la herencia de Freud, impedir su recuperación ideológica, resistir mejor contra la psicologización y resultante degeneración del psicoanálisis, contra su aburguesamiento e instrumentalización en el capitalismo, contra su empleo como coartada para disculpar la falta de crítica y de lucha. Todo esto ha sido gracias a Marx.

Mantener vivo a Marx

Lo que Marx ha dado al psicoanálisis es tan importante como lo que ha dado a todo lo demás que está o debería estar en posición de resistencia contra el sistema capitalista. Y lo que tendría que resistir contra este sistema es prácticamente todo, todo lo que aún se mantiene al exterior del sistema, pues todo se ve amenazado por el sistema y por su propensión a devorarlo y digerirlo todo: la subjetividad, la conciencia, los pensamientos y los sentimientos, pero igualmente la ciencia, la filosofía, el arte, la religión y las demás expresiones de la cultura, y también, desde luego, la naturaleza y la vida misma. Estar vivos tendría que ser ya una razón más que suficiente para luchar contra el capital que acaba con la vida.

Toda lucha por la vida es actualmente una lucha contra el capital, contra el capitalismo, contra los capitalistas. Y en esta lucha de clases necesitamos de Marx. No está de más reiterar que tan sólo con él se ha logrado vencer al capitalismo.

El sistema capitalista podría seguir siendo invencible para quien se obstine en olvidar a Marx. Dejarlo atrás podría significar nuestro fracaso ante el capitalismo, la derrota de lo vivo en su lucha contra lo muerto, el triunfo definitivo de la muerte sobre la vida.

Es la vida la que está en juego en la decisión de seguir con Marx o sin él. Mantenerlo vivo podría ser la única manera de mantenernos vivos a nosotros mismos. Para preservar nuestra vida y la de nuestro planeta, no participemos en la conspiración planetaria para matar y enterrar a Marx. Ayudemos a mantenerlo vivo. Celebremos ahora y siempre su nacimiento. Lo que nace con él podría ser lo que al final termine salvándonos.

La ultraderecha latinoamericana: cien años de lucha por la desigualdad

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Artículo publicado en La Gaceta de La Patriada, Proyecto Comunidad, en Buenos Aires, Argentina, el miércoles 11 de abril 2018

David Pavón-Cuéllar

Ultraderecha y desigualdad

La derecha moderada es una derecha disimulada. Lo es por disimular aquello mismo por lo que se ha definido históricamente la derecha: la opción por la desigualdad. Esta opción tan sólo se torna explícita en la ultraderecha, en la extrema derecha, la cual, si es extrema, lo es por llegar hasta el extremo de exhibirse como la derecha que es.

Hay múltiples formas en las que la ultraderecha deja clara su opción definitoria por la desigualdad: actitudes clasistas, racistas y sexistas; vehemente defensa de jerarquías, estratificaciones y privilegios; reivindicación de los ideales de propiedad y autoridad; visión vertical de la sociedad, orientación autoritaria y simpatía por las tiranías y las oligarquías; enardecida lucha contra la democracia, contra los derechos universales, contra las políticas redistributivas y contra otras medidas tendientes a la igualdad; creencia en la condición esencialmente inferior de ciertas personas, colectividades, naciones o culturas; intento de supresión de grupos que no pueden inferiorizarse o que se juzgan tan inferiores que ni siquiera merecen existir; violencia contra quienes luchan por la igualdad, ya sean comunistas, socialistas u otros militantes de izquierda.

Todas las concepciones, posiciones y acciones características de la extrema derecha contradicen abiertamente la igualdad. Esto ha sido así en distintas épocas. Ha sido también así en diferentes regiones del mundo, entre ellas América Latina, en donde hay una clara presencia de grupos ultraderechistas desde hace al menos un siglo.

Desde que existe, la ultraderecha latinoamericana se ha dedicado a defender y justificar las desigualdades propias de su contexto socioeconómico y cultural, a veces originadas en tiempos coloniales y generalmente agudizadas con el desarrollo del capitalismo periférico y dependiente: desigualdades entre descendientes de colonizadores y de colonizados, entre indígenas y mestizos, entre el pueblo y las élites blancas, entre asiáticos o afrodescendientes y todos los demás, entre pequeñas oligarquías locales y grandes masas de oprimidos y explotados, entre cristianos y judíos, entre los machos y sus víctimas, entre preferencias sexuales en un entorno tradicional heteronormativo, etc. Estas relaciones desiguales y otras más, que le dan a las sociedades latinoamericanas su peculiar estructuración vertical, han contado en el último siglo con la protección de sus rabiosos guardianes ultraderechistas.

Orígenes en México y Argentina

La ultraderecha latinoamericana tuvo su primera expresión en la Revolución Mexicana. Surgió para tratar de restablecer el orden pre-revolucionario estratificado y jerárquico. Para conseguirlo, se alió con el embajador estadounidense Henry Lane Wilson y llevó al poder al tirano Victoriano Huerta en 1913. Dos años después, en la ciudad de Morelia, fundó la “U”, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), y empezó a operar de manera secreta en todo el país. Fue siempre contrarrevolucionaria, conservadora y católica.

En el norte de México, desde 1911 hasta los años treinta, la ultraderecha empezó por actuar de modo irreflexivo y se fue haciendo consciente de sí misma en el curso de la persecución de los inmigrantes chinos. Primero masacró a centenares en Torreón, Chihuahua y Monterrey. A los supervivientes los despojó de sus tierras y de sus comercios. Luego confinó a muchos en guetos en Sonora. Deportó a miles a un campo de concentración en la Isla María Magdalena. En esta misma isla dejó morir de hambre a unos cuatro mil.

El horror de lo acontecido en México se reprodujo al otro extremo del continente. En Argentina, entre 1919 y 1922, la ultraderecha se dedicó a destruir sinagogas y a matar a judíos, inmigrantes pobres, obreros huelguistas y peones rurales. El saldo fue de 700 muertos en las calles de Buenos Aires y 1500 en los campos de Patagonia. Los asesinos fueron jóvenes despreocupados y sonrientes, elegantes y adinerados, hijos de comerciantes, de industriales y de terratenientes. Habían sido reclutados, entrenados y armados por la siniestra Liga Patriótica Argentina con su ideólogo Manuel Carlés, quien pretendía proteger la propiedad y la autoridad contra quienes la amenazaban: sindicalistas, anarquistas, comunistas y otros luchadores por la igualdad.

Momento nazi-fascista

Entre los años veinte y treinta del siglo XX, la ultraderecha latinoamericana se vio impulsada por el falangismo español, el fascismo italiano y el nazismo alemán. Se volvió antiestadounidense y empezó a oscilar entre una germanofilia moderna, futurista, casi revolucionaria, y un hispanismo tradicionalista, católico y conservador. En ambos casos, los venerados europeos le sirvieron para legitimar y reafirmar su opción por la desigualdad, su racismo y su clasismo, su antisemitismo y su anticomunismo.

La ultraderecha latinoamericana de inspiración europea cobijó sueños belicistas, estatistas y totalitaristas, y formó partidos militarizados, jerarquizados y uniformados en Brasil, Argentina, Chile, México y otros países. A veces también alcanzó a integrar gigantescos movimientos de masas, con centenares de miles de miembros, como el sinarquista mexicano y especialmente el integralista brasileño. Emulando a las camisas negras italianas y las camisas pardas alemanas, contó con sus camisas verdes en Brasil y sus camisas doradas en México. Los encamisados mexicanos le sirvieron para atacar a huelguistas, a sindicalistas y comunistas, y para perseguir y extorsionar a los judíos.

Para justificar sus actos, la ultraderecha nazi-fascista dispuso también de sus intelectuales que denunciaron una conspiración judeo-marxista-masónica para destruir la civilización cristiana occidental. Quizás los más importantes fueran el brasileño Gustavo Barroso y los mexicanos Vicente Martínez Cantú, Salvador Borrego Escalante y Salvador Abascal Infante. Los dos últimos, tras la Segunda Guerra Mundial, negaron el holocausto, deploraron la derrota de Alemania y se atribularon ante el desarrollo de la democracia y el avance del comunismo y del igualitarismo entre los años cuarenta y setenta del siglo XX.

Giro estadounidense

La ultraderecha latinoamericana fue mucho más que su tendencia nazi-fascista con su estatismo y su totalitarismo. Tuvo también, ya desde la etapa de entreguerras, una corriente ultraliberal y anti-estatista que fue ganando terreno en el siglo XX. Esta corriente le hizo oponerse a cualquier política gubernamental intervencionista y redistributiva.

En Colombia, en 1935, a través de la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN), la ultraderecha protestó contra el alza de los impuestos y contra cualquier intervención del Estado en la economía. No tardó en hacer lo mismo en otros países. Continuó cultivando el anticomunismo y rechazando cualquier igualitarismo, pero se alejó de los fascismos europeos y se dejó seducir por el imperialismo estadounidense.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, con la Guerra Fría y en especial tras el triunfo de la Revolución Cubana, la ultraderecha latinoamericana fue reforzando su tendencia ultra-liberal y se fue tornando predominantemente pro-capitalista y pro-estadounidense, antisoviética y anticastrista. Se dotó de un centro de operaciones en Miami. Recibió armas, financiamiento y apoyo logístico de los Estados Unidos. Tendió a desembarazarse de su disfraz idealista y de sus complicadas racionalizaciones ideológicas a las que aún recurría en su momento nazi-fascista.

Escuadrones de la muerte, grupos de influencia y regímenes dictatoriales

La ultraderecha latinoamericana de la posguerra se volvió pragmática, pero también ciega, maquinal, y cada vez más cruel y despiadada. Tuvo entonces su mejor expresión en los escuadrones de la muerte. Recordemos algunos: Mano Blanca en Guatemala, Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista en El Salvador, Batallón 3-16 en Honduras, Banda Colorá en República Dominicana, Operación Bandeirantes en Brasil, Alianza Anticomunista Argentina, Comandos Caza Tupamaros en Uruguay y Autodefensas Unidas de Colombia. Entre 1967 y 2006, estas agrupaciones paramilitares arrasaron pueblos enteros, sembraron el terror en las ciudades y torturaron, mutilaron, violaron, asesinaron y desaparecieron a centenares de miles de personas, entre ellas muchos militantes izquierdistas que luchaban por la igualdad, pero también civiles que no militaban en organización alguna, incluyendo indígenas, campesinos y obreros, estudiantes y maestros, intelectuales y periodistas.

Los escuadrones de la muerte operaban siempre con los mismos propósitos: preservar un capitalismo periférico y dependiente, mantener las estructuras verticales de opresión y explotación, defender los privilegios de las oligarquías locales y los intereses de los Estados Unidos en América Latina, y suprimir a los comunistas y a otros luchadores por la igualdad. Estos mismos propósitos fueron también alcanzados en la misma época por medios más sutiles, más formativos y persuasivos que represivos y coercitivos, a través de la infiltración ideológica ultraderechista de ambientes estudiantiles, religiosos, empresariales y gubernamentales. En el contexto mexicano, por ejemplo, desde los años sesenta del siglo veinte, la ultraderecha contó con grupos de influencia implantados en casi todas las universidades públicas del país, entre los que destacó el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO). La ultraderecha mexicana también penetró en las más altas esferas del poder y del dinero a través de universidades privadas como la Autónoma de Guadalajara, la Anáhuac y la Panamericana, redes semisecretas como Los Tecos y El Yunque, y congregaciones católicas ultraconservadoras como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo. Estas dos congregaciones rindieron los mismos servicios a la ultraderecha latinoamericana en otros países, como Argentina, Venezuela, Colombia, Chile y Brasil, en los cuales, de modo paralelo, destacó un grupo católico ultraderechista de laicos, Tradición, Familia y Propiedad (TFP), vinculado con el paramilitarismo colombiano.

Apoyándose en los grupos de influencia y en los escuadrones de la muerte, así como también en los ejércitos regulares y en el apoyo estadounidense, la ultraderecha llegó a controlar amplios sectores del Estado en varios países latinoamericanos. A veces pudo conseguirlo gracias a los golpes militares que se dieron sucesivamente en Guatemala, Paraguay, Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina. Estos golpes le permitieron a la ultraderecha, en la segunda mitad del siglo XX, adquirir una forma institucional, vestirse de policía y militar, y emplear todos los recursos del Estado, incluida la violencia legal, para encarcelar, torturar y eliminar a decenas de miles de personas, así como para difundir su ideología, transformar las sociedades e imponer políticas económicas de tipo capitalista neocolonial y neoliberal.

Nazis, neonazis, cristianos e influencers

El fin de las dictaduras en el cono sur fue acompañado por el resurgimiento de partidos nazi-fascistas como el Nacional Socialista Paraguayo (1989-1993), Nuevo Triunfo de Argentina (1990-2009) y Patria Nueva Sociedad de Chile (1999-2010). Simultáneamente hubo una proliferación de pandillas de neonazis y de cabezas rapadas en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y especialmente Brasil, en donde bandas como White Power y los Carecas do Brasil han golpeado y asesinado a innumerables negros, mulatos, homosexuales, transexuales, toxicómanos, nordestinos y pobres de las favelas.

En el mismo contexto brasileño, desde hace una década, el político Jair Bolsonaro justifica los crímenes de las dictaduras. Además hace coro con los pastores cristianos Silas Malafaia y Marco Feliciano cuando gritan su homofobia, su machismo y su misoginia. Estas mismas actitudes y otras más son exhibidas cotidianamente por twitteros, blogueros, youtubers y otros influencers ultraderechistas de varios países de América Latina.

El internet es un lugar óptimo para que la ultraderecha latinoamericana desate públicamente su violencia simbólica. El mexicano Callodehacha se burla socarronamente lo mismo de las mujeres acosadas y agredidas que de las feministas y de quienes luchan por igualdad y por justicia. La hispano-venezolana Yael Farache, desde Miami, ostenta su veneración por Donald Trump, su racismo hacia los afroamericanos y su desprecio por la democracia, por los inmigrantes y por otras culturas.

Jóvenes ultraliberales

La más reciente adquisición de la ultraderecha latinoamericana es un ejército de hermosos jóvenes ultra-liberales. Muchos de ellos se autodenominan “libertarianos” y se han formado en think-tanks financiados por consorcios empresariales y por entidades públicas y privadas estadounidenses. Con los inagotables recursos que se han puesto a su disposición, estos jóvenes promocionan el capitalismo neoliberal y defienden los intereses de las transnacionales, de las clases dominantes locales y del gobierno y las empresas de los Estados Unidos. También se oponen a la izquierda y al igualitarismo en todas sus expresiones, entre ellas las populistas y socialistas.

En su cruzada ultraderechista contra la igualdad, además de ser anticomunistas, anti-populistas y anti-socialistas, los jóvenes ultraliberales son también racistas, clasistas y sexistas, homófobos y anti-feministas. El argentino Agustín Laje asimila el feminismo al incesto y a la pedofilia. Su compatriota Nicolás Márquez reduce despreciativamente la homosexualidad a una ideología y la igualdad a una fantasía. El chileno Axel Kaiser, como alguna vez lo hiciera el psiquiatra franquista Vallejo Nájera, describe a los marxistas como asesinos en potencia con una mente patológica. El brasileño Rodrigo Constantino también atribuye una enfermedad mental a los militantes de izquierda y además afirma públicamente que los pobres y los negros son bárbaros e inferiores. La guatemalteca Gloria Álvarez encuentra en los indígenas una propensión a violar y tolerar la violación, explica la pobreza por la mentalidad de los pobres y desecha los derechos universales a la salud, a la educación, a la vivienda y al trabajo.

Vejez y continuidad

Con Álvarez, Constantino, Kaiser, Márquez y Laje, como con Farache y Callodehacha, la ultraderecha latinoamericana parece rejuvenecida. Tiene una cara fresca y lozana, pero hay algo añejo y anticuado en ella. Sus exponentes, al contrario de Salvador Allende, son jóvenes viejos, quizás envejecidos prematuramente por lo que los anima, lo cual, para quien discrepe de ellos y se permita juzgarlos moralmente, podría no ser más que bajeza, tacañería y mezquindad, perversión y cinismo, corrupción e impudicia.

Lo seguro, independientemente de cualquier juicio moral, es que la ultraderecha de hoy adopta las mismas viejas posiciones de siempre. Continúa oponiéndose a la igualdad y al igualitarismo. Sigue rechazando los derechos universales y defendiendo los más rancios privilegios. Mantiene su racismo, su clasismo y su anticomunismo. Su máscara liberal es la misma que ya usó hace ocho décadas en Colombia y luego en las dictaduras centroamericanas y sudamericanas.

La ultraderecha latinoamericana es hoy anti-populista en toda América Latina como fue ayer contrarrevolucionaria en México. Y, como en la Revolución Mexicana y luego durante la Guerra Fría, no deja de representar los intereses estadounidenses y traicionar a nuestros pueblos a cambio de unos cuantos dólares. El dinero sigue siendo tan importante para ella como la propiedad, el poder, la clase, la autoridad, la jerarquía, la virilidad, la blancura de la piel y todos los demás criterios que la guían al distribuir a las personas en la única dimensión vertical de su representación de la sociedad.

Hacia una psicopolítica de la democracia imposible en México

PRI

Conferencia en el Auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ciudad Universitaria, Ciudad de México, viernes 2 de marzo de 2018

David Pavón-Cuéllar

Dictadura perfecta

Ocurrió el jueves 30 de agosto de 1990 por la noche, en la televisión, durante un debate de intelectuales convocado por Octavio Paz y transmitido en vivo a todo México. Fue entonces cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa describió al gobierno mexicano como una “dictadura perfecta” que tenía todas “las características de la dictadura”, entre ellas “la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido, y de un partido que es inamovible” (Vargas Llosa, 1990, 1 de septiembre, párr. 2-3). Vargas Llosa estaba refiriéndose, desde luego, al Partido Revolucionario Institucional (PRI), el cual, bajo tres diferentes denominaciones, gobernó el país ininterrumpidamente desde 1929 hasta el año 2000, es decir, durante más de siete décadas.

Fueron setenta y un años los que México vivió en aquello que Vargas Llosa describía como “dictadura perfecta”. Esta descripción era fiel y acertada. En México, entre los treinta y noventa del siglo XX, no había una democracia, ni siquiera una democracia imperfecta. Lo que había era una dictadura, y sí, en efecto, no cualquier dictadura, sino una dictadura perfecta. ¿Por qué perfecta? Por lo que le permitía durar tanto, por ejercer una dominación tan velada y al mismo tiempo tan implacable, por saber cooptar o neutralizar a los opositores, por ser tan eficaz al ocultar su carácter dictatorial y al hacerse pasar por una democracia.

Era quizás en la simulación democrática en donde mejor se apreciaba la perfección de la dictadura mexicana. El régimen priista era perfecto como régimen dictatorial por lo bien que sabía disimular su carácter dictatorial y simular un carácter democrático. Al aparentar ser una democracia, el PRI-gobierno podía realizar mejor todo lo propio de una dictadura: perpetuarse, imponerse, controlar, censurar, suprimir cualquier oposición, oprimir y reprimir, coartar libertades y violar derechos. Todo esto se hacía mejor en secreto, discretamente, sin escandalizar a nadie, sin atraer la atención. Entendemos que la “dictadura camuflada” priista, según Vargas Llosa, pudiera ser un modelo para “todas las dictaduras latinoamericanas” que habían intentado en vano “crear algo equivalente al PRI” (1990, 1 de septiembre, párr. 3-5).

El régimen priista era inimitable. No pudo ser imitado por ninguna de las dictaduras latinoamericanas. De ahí que ninguna de ellas consiguiera durar tanto como la priista. Ninguna duró tanto porque ninguna funcionó con tanta perfección como la dictadura mexicana en diversos campos, en especial algunos que aquí son los que más nos interesan: el ideológico y el psicológico, el psicosocial y el psicopolítico. En estos campos, en efecto, ninguna dictadura latinoamericana tuvo logros como los de la dictadura priista en México: ninguna supo arreglárselas para ser tan respetada y admirada, ninguna encontró la manera de proyectar y mantener una apariencia tan impecablemente democrática, ninguna tuvo tanto éxito al asegurar el asentimiento y el consenso, ninguna utilizó estrategias tan efectivas de persuasión y manipulación de la sociedad, ninguna ejerció un poder tan sutil, ninguna supo ser tan eficaz al canalizar el descontento, reabsorber toda oposición, tejer complicidades, embelesar y cautivar a los sujetos, comprarlos y poseerlos, chantajearlos y extorsionarlos, pervertirlos y corromperlos, atraparlos y dominarlos por dentro.

El régimen priista en el gobierno panista

El régimen priista hundió sus raíces en la sociedad y en la subjetividad, transformándolas radicalmente, haciendo que fueran aquello que debían ser para posibilitar la permanencia del régimen. Fue así como el régimen se convirtió en algo prácticamente invencible. Y, sin embargo, vimos cómo fue vencido en las elecciones de los años 2000 y 2006, cuando la presidencia fue ganada por el Partido Acción Nacional (PAN). Fue sin duda lo que vimos. ¿Pero sucedió realmente?

Hay suficientes indicios que nos permiten sostener que la dictadura priista no fue realmente vencida ni en el 2000 ni en el 2006. Por un lado, como lo sabemos por fuentes autorizadas como el excandidato priista Roberto Madrazo (2007) y el periodista Álvaro Delgado (2016), las derrotas del PRI en esos dos años fueron pactadas con el PAN y permitieron mantener las estructuras priistas de poder e influencia. Por otro lado, como es fácil percatarse y como ya fue magistralmente señalado por Marcos Roitman Rosenmann (2012, 10 de julio), los gobiernos panistas de Fox y Calderón únicamente constituyeron una continuación del priismo por otros medios, una prolongación encubierta de su dictadura perfecta, un reacomodo encaminado a la renovación y restauración de su orden social y de su cultura política, de sus formas de control y manipulación, de su corrupción y de sus prácticas antidemocráticas.

Desde luego que hubo importantes diferencias entre los gobiernos priistas y panistas. Era necesario que las hubiera. No había que ser tan obvios. La continuidad no podía ser demasiado evidente ni transparente. Los gobiernos panistas, además, debían cumplir con funciones precisas por las que debían diferenciarse de los gobiernos priistas, entre ellas la misma ilusión de cambio y de alternancia, la satisfacción del afán de novedad, la canalización del descontento y una ingeniosa reconfiguración mistificadora de las fuerzas políticas. De lo que se trataba, como en Lampedusa, es de que todo cambiara para que todo siguiera igual.

La perpetuación del régimen priista, después de setenta y un años de marcha y desgaste, requería de grandes cambios, como la alternancia en el poder, y de nuevos medios, como lo fueron los gobiernos panistas. El PAN en el poder constituyó una maniobra genial con la que se confirmó una vez más la perfección de la dictadura perfecta del PRI. Esta dictadura encontró la manera de transfigurarse para preservarse.

Para durar más de siete décadas, el régimen priista supo enmascararse con el gobierno panista. Esta idea podría inspirar una teoría conspirativa si tuviéramos la certeza de que todo fue urdido minuciosamente por cabezas tan perversas y poderosas como las que se atribuyen a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos. Puede ser que así haya sido, al menos en parte, pero no era necesario que lo fuera ni parcial ni totalmente para que ocurriera el fenómeno al que me refiero.

Para que el régimen priista se perpetuara mediante los gobiernos panistas, bastaba con que el PAN se fuera convirtiendo en una suerte de avatar del PRI a través de su participación en un sistema en el que dominaba el estilo priista de hacer política, ejercer el poder, gobernar, controlar, negociar, convencer, pensar, actuar. Este sistema terminó pervirtiendo al PAN y convirtiéndolo en otro PRI. Fue lo mismo que hizo con el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Es lo mismo que tal vez termine haciendo con el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).

Los partidos priistas

Sabemos que MORENA, como ya ocurrió con el PAN y con el PRD, se ha convertido en refugio para muchos priistas. Los de más peso, Manuel Bartlett y Esteban Moctezuma, son perfectas personificaciones de la dictadura perfecta. Bartlett era Secretario de Gobernación cuando se consumó el gran fraude electoral de 1988, mientras que Moctezuma, como titular de la misma secretaría en 1995, dirigió la llamada “traición de febrero” y la mayor persecución que hayan sufrido los zapatistas. ¿Acaso estos dos políticos no representan precisamente aquello contra lo que surge MORENA? ¿Por qué, entonces, forman parte de MORENA? Si este movimiento puede verse como la esperanza de México, es porque permite imaginar un México sin lo personificado por Bartlett y Moctezuma.

Sobra decir que el problema no radica en la personificación. Las personas, después de todo, pueden reformarse. No son ellas el problema. Ni siquiera lo son cuando son tantas como los militantes del PRI que se precipitan hacia MORENA como ya se precipitaron antes hacia el PAN o el PRD. No, el problema no son los priistas que saltan como ratas de su embarcación que se hunde para subirse a las naves que aún flotan, retomando una metáfora de Alain Badiou. El problema no son esos pobres náufragos que sólo quieren sobrevivir en la política, sino lo que representan y lo que anuncian, aquello de lo que son el signo y en lo que nos hacen pensar, a saber, el sistema que amenaza con apoderarse de la única alternativa electoral al sistema.

Desde luego que MORENA todavía no es un partido priista, como tampoco lo fueron el PRD y el PAN en la época en la que actuaban y se expresaban como auténticos partidos opositores. No hay que olvidar cómo el PAN se dedicó a importunar al PRI durante varias décadas. Tampoco debe olvidarse cómo el régimen priista llegó a sentirse amenazado por el PRD hasta el punto de masacrar a más de quinientos militantes perredistas en los años noventa del siglo XX.

El PAN y el PRD nunca fueron partidos paleros o paraestatales, como se les ha conocido tradicionalmente a los falsos partidos opositores creados por el mismo régimen priista, como antes el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (el PARM) y ahora el Partido Nueva Alianza (PANAL): astutos artilugios de una dictadura perfecta que ha sabido incluso generar su propia oposición para poder controlarla mejor. A diferencia de estos partidos paleros, el PAN y el PRD no surgieron por iniciativa del priismo, sino que aparecieron en franca oposición contra él. Fueron sus principales enemigos y rivales. Y, además, ofrecieron verdaderamente otras formas de hacer política. Sin embargo, con el paso del tiempo, su política se pareció cada vez más a la del priismo.

Los grandes partidos anti-priistas se dejaron corromper, cooptar y reabsorber por el priismo hasta el punto de convertirse en una suerte de nuevos partidos priistas que incurren de manera sistemática en todo aquello contra lo que luchaban en el pasado: el clientelismo, el favoritismo, el corporativismo, el acarreo, el desprecio por las bases, la demagogia, las falsas promesas, la propaganda engañosa, el control mediático, la censura, la corrupción, la compraventa de votos, las despensas, la explotación electoral de la miseria y todo lo demás que imposibilita la democracia en México. Todo el arsenal de la política dictatorial priista es utilizado por el PAN y por el PRD. Lo mismo ha ocurrido con partidos más pequeños como el Movimiento Ciudadano. Lo mismo también ha empezado a ocurrir en MORENA. Es como si el destino de todos los partidos opositores fuera el de terminar alimentando el cauce del priismo. Es como si el PRI se impusiera nuevamente como partido único al poseer a todas las demás opciones electorales.

¿Qué hacer?

En las próximas elecciones, como en las últimas y en las penúltimas y en las anteriores, tendremos que elegir entre varios partidos priistas y uno esperanzador que amenaza con volverse tan priista como los demás. Quizás, en definitiva, sea cual sea nuestro voto, habremos votado por el PRI. Tal vez tengamos aquí la última jugada magistral de la dictadura perfecta.

¿Qué hacer? Evidentemente la abstención o el voto nulo también sería una manera de votar por el mismo sistema que nunca se reproduce tan fácilmente como cuando le aportamos el apoyo de nuestra pasividad. Quien decide no hacer nada está permitiendo que siga dominando lo que domina: lo que se fortalece con todo lo que no le opone resistencia. Como la bella alma hegeliana, el abstencionista se está descargando ilusoriamente de su responsabilidad y de sus consecuencias, lo que tal vez le ofrezca un sentimiento de inocencia, pero no le da la inocencia. Por el contrario, lo convierte en el más culpable, pues le hace tener la culpa de todo lo que no intentó evitar. La dictadura perfecta, en efecto, no sólo ha sido sostenida por quienes han votado por el PRI o por los demás partidos priistas, sino también por los que no han votado contra ellos.

¿Entonces qué hacer para acabar con la dictadura perfecta? ¿Simplemente votar contra el priismo que no deja de avanzar y de ocupar nuevas posiciones? ¿Batirse así en retirada y refugiarse cada vez en el último reducto de la oposición? ¿Votar por el único partido que todavía no se ha dejado absorber totalmente por el priismo, como el PAN antier, el PRD ayer y MORENA hoy? ¿Votar, entonces, por lo que está cediendo y no por lo que ha cedido ya totalmente al régimen priista? ¿Esto es todo lo que nos queda? No lo sé, tal vez, pero sólo en el ámbito electoral.

Lo psicológico

El ámbito electoral, afortunadamente, no es el único en el que podemos luchar por la democracia y contra la dictadura perfecta. Existen otros campos de batalla. Y algunos, quizás, en definitiva, sean más básicos y decisivos que el de las elecciones. Tal es el caso de los campos que más deberían interesarnos en la psicología, los que involucran la subjetividad, aquellos en los que lo psíquico resulta indiscernible de lo político, los cuales, por lo tanto, exigen un acercamiento que podemos denominar “psicopolítico”.

Al abordar psicopolíticamente el problema de la dictadura perfecta, descubrimos en primer lugar, en el nivel psicológico en sentido estricto, una serie de factores subjetivos por los que se explican en parte los problemas objetivos que imposibilitan la democracia. Por ejemplo, si hay desvío de recursos públicos para financiar campañas, es porque hay en los sujetos un desprecio generalizado por lo público: un desprecio muy común en la sociedad mexicana, en la cual, paradójicamente, el dinero público, el de todos, el que debería ser más respetado, es a menudo el menos respetado, el que se gasta y se despilfarra con mayor facilidad, el que se roba con menos escrúpulos de conciencia. Por otro lado, si hay subordinación de los medios de comunicación a los poderes político-económicos, es por la condición pusilánime o venal, dominable o sobornable, de los periodistas que se dejan intimidar o comprar por lo políticos. De igual modo, la manipulación mediática puede tener éxito porque hay, en el plano subjetivo, la credulidad y la falta de espíritu crítico de los votantes que se dejan manipular por los medios. Que estos mismos votantes vendan su voto es asimismo por su disposición a vender su voto. Y si hay parcialidad en unos órganos electorales que benefician a su patrón o a su mejor postor, es por la deshonestidad característica de los funcionarios en el gobierno mexicano.

En todos los casos, hay algo psicológico por lo que podemos ofrecer una explicación de cada obstáculo para la democracia. La corrupción del Instituto Nacional Electoral se explica psicológicamente por la corruptibilidad de sus funcionarios, la compraventa de votos por la propensión de los votantes a vender sus votos, el engaño de los medios por aquello que se deja engañar en los votantes, el control de la información por la falta de honradez y de valentía de muchos periodistas, la financiación gubernamental de partidos por la desvalorización de lo público. Tenemos, por lo tanto, ciertas configuraciones de la subjetividad en las que vemos apoyarse firmemente la dictadura perfecta: votantes comprables y manipulables, funcionarios corruptos y sin respeto por lo público, periodistas cobardes y deshonestos. Mientras haya tales tipos de sujetos, imposible democratizar el país: no habrá manera de liberarse del yugo del régimen priista del PRI, del PAN, del PRD y quizás también próximamente de MORENA.

El priismo seguirá manteniendo su dictadura perfecta mientras no hayamos transformado todo aquello subjetivo que la sostiene. ¿Y cómo transformarlo? Esta pregunta quizás entusiasme a especialistas en la subjetividad como lo son los moralistas o los psicólogos, quienes quizás vean aquí la confirmación de su creencia de que el problema político de México es moral o psicológico y requiere una solución moral o psicológica.

Ya estamos familiarizados con ese lugar común: cada pueblo tiene el gobierno que se merece; el problema no es del gobierno, sino del pueblo, de las personas que se dejan entrampar y que venden sus votos; aquí radica el problema, y no es político, sino moral y psicológico… Esto es lo que se piensa muy a menudo. ¿Pero acaso esto no es incurrir en una moralización y psicologización de lo político, es decir, a fin de cuentas, en una despolitización de lo político? La respuesta es afirmativa. Estamos despolitizando lo político al suponer que el fundamento subjetivo de un fenómeno como el régimen priista ya no es político, sino moral o psicológico, anímico e interno, como si la subjetividad empezara cuando termina la política y cuando empieza la moralidad y la psicología.

La política

En realidad, como bien lo sabía Lacan (1960), la política es un lenguaje sin metalenguaje: un único lenguaje que se articula en lo subjetivo, en lo moral y en lo psicológico, así como en lo cultural y en lo socioeconómico. Todo esto se encuentra indisociablemente imbricado en el régimen priista. Y si hay que reconocer que lo subjetivo está en la base de las prácticas del régimen, también debe concederse que es el propio régimen el que se ha provisto de los tipos de sujetos que requiere para poder operar como lo hace. Estos sujetos, como cualesquiera otros, no son políticos porque decidan participar en política, sino porque se constituyen políticamente. Su politización es su constitución misma.

Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, la subjetividad ha sido constituida por el priismo de tal modo que pueda sostenerlo. De ahí que la sujeción al régimen priista pueda estar implicada en cierta subjetivación del mexicano. Ser sujeto, serlo aquí, es también a veces cargar con el Otro del priismo. Y a falta de un Otro del Otro, como diría Lacan, es el mismo priismo el que debe cargarse a sí mismo. Es por esto que el priismo también se manifiesta subjetivamente a través de un fundamento subjetivo que ni siquiera conseguimos diferenciar de lo fundamentado. La dictadura perfecta es también quienes la sostienen, quienes le dan vida y rostro, quienes la personifican, Salinas y Peña Nieto, Bartlett y Moctezuma, pero también los militantes de base y todos los demás, los votantes comprables y manipulables, los funcionarios corruptos y sin respeto por lo público, los periodistas deshonestos y cobardes. Todos ellos son la dictadura perfecta y no sólo su fundamento subjetivo.

Si los sujetos efectivamente sostienen el régimen priista, es porque son lo que deben ser para que el régimen pueda existir a través de ellos, como ellos, en ellos y no sólo sobre ellos. Ellos le dan su existencia a un régimen del que reciben su propio ser. Hay una cierta corrupción o deshonestidad, en efecto, que es una forma de ser priista, y al serlo, uno le permite al priismo existir con su propia existencia humana, ya sea que uno milite en el PRI, en el PAN, en el PRD o en MORENA, o que no sea militante de ningún partido.

El problema va más allá y más acá de la militancia, pero no por ello deja de ser esencialmente político. No es un problema que pueda resolverse con una reeducación moral o con un tratamiento psicoterapéutico. Es más bien algo que sólo puede tratarse a través de la acción política. ¿Y por qué? Porque es algo que se encuentra, no en el espacio interior en el que buscan incidir la moralidad y la psicología, no dentro del sujeto, sino más adentro, es decir, afuera, en el exterior, en ese espacio político al que siempre salimos cuando ahondamos demasiado en el sujeto.

La subjetividad, en efecto, es algo que se atraviesa cuando se profundiza. Cuando alcanzamos lo más íntimo del sujeto, llegamos al exterior, al intimum cordis de Agustín, al ser social en Marx, a lo éxtimo de Lacan. Es aquí afuera, en el fondo insondable del sujeto, en donde tenemos que enfrentarnos al régimen priista, el cual, en este nivel, aparece como aquello que subyace a lo mismo que lo sostiene en cada sujeto. Estamos llegando, pues, al meollo del priismo, a eso priista que hace que los votantes sean comprables y manipulables, eso que hace que los funcionarios sean corruptos y desprecien lo público, eso mismo que vuelve a los periodistas cobardes y deshonestos. ¿Qué es eso, en el priismo, con lo que se engendra la subjetividad requerida por el régimen priista?

Dinero y mercantilización de la política

Veamos. ¿Qué hace que los periodistas sean deshonestos, los funcionarios corruptos y los votantes comprables? En otras palabras: ¿qué se necesita para comprar un voto, corromper a un funcionario y contratar los servicios de un periodista deshonesto? La respuesta es muy sencilla: se necesita dinero. Es con dinero que puedo sobornar a periodistas, funcionarios y votantes, ya sea que lo haga directamente, con billetes, o indirectamente, con jugosos favores o con tarjetas de Soriana o con despensas u otras mercancías compradas con billetes. En todos los casos, el dinero es necesario para sobornar.

El soborno, desde luego, no sólo necesita de quien soborna y de su dinero, sino también de quien se deja sobornar, lo que nos plantea otra cuestión relacionada con la subjetividad. ¿Por qué se dejan sobornar los votantes, funcionarios y periodistas? Porque para ellos, ya sea por su miseria o por su avidez, el voto, la función pública o el trabajo periodístico son menos importantes que aquello con lo que se les puede sobornar. Es por esto, precisamente, que se dejan sobornar.

En el reino del soborno, lo más importante es el dinero, es decir, aquello que se necesita para sobornar. El reino del soborno es el reino del dinero, y no cualquier dinero, sino uno que se invierte para obtener algo más que al final suele representar más dinero. Por ejemplo, el dinero permite comprar votos con los que se obtienen diputaciones o presidencias con las que se adquieren a su vez poderes, contratos, salarios y accesos al presupuesto que aportan mucho más dinero del invertido inicialmente para comprar los votos. Lo mismo ocurre con el dinero para comprar a funcionarios y a periodistas: es una cantidad invertida para ganar una mayor cantidad al final.

Empezamos con el dinero y terminamos con más dinero, y entre el principio y el final, tenemos votos y puestos públicos reducidos a mercancías para obtener más dinero. La política entera se ve así mercantilizada. Su destino ahora es el de obedecer la ecuación fundamental del mercado en el capitalismo: dinero-mercancía-dinero, lo que Marx (1867) formulaba D-M-D, en donde el dinero deja de ser un medio para intercambiar mercancías y se convierte en el fin mismo de las mercancías, en aquello por lo que se venden y se compran, es decir, en este caso, en aquello por lo que existe la política.

Basta ver las actuales campañas y publicidades electorales para convencerse de que estamos en el mercado. La verdad inherente a la política no reside aquí en ella misma, en su valor intrínseco, en su valor de uso para la sociedad, sino en su valor de cambio para obtener cierto plus-valor al negociar con ella. Es en este valor de cambio en donde estriba paradójicamente su valor de uso. Estamos ante una de aquellas paradojas de la mercancía que fueron descritas y resueltas por Marx (1867). Nos encontramos en el mercado. Es en una lógica de mercado en donde tenemos que situar la política priista en su forma acabada.

Lo decisivo en el actual priismo no es ya la política, no es el puesto de elección popular en sí mismo, no es ni siquiera el poder, sino lo que se gana con el poder, o, mejor dicho, para ser más precisos, la diferencia entre lo que se gasta para comprarlo y lo que se gana al ejercerlo. Tenemos aquí, en una forma resumida, la fórmula del capital como proceso con el que se capitaliza una inversión inicial en dinero. Esta capitalización es una operación fundamental del régimen priista. Se realiza en todos los niveles: no sólo en la compra de puestos de elección popular, en la adquisición y explotación de los votos, de las notas periodísticas y de las decisiones electorales, sino en los intercambios de favores, en el favoritismo y el clientelismo, en el corporativismo, el acarreo, el trabajo sucio de los mapaches del SNTE, las extorsiones de los antorchistas, el uso de influencias, las contrataciones y licitaciones, las privatizaciones y todo lo demás.

Subsunción de la política en el capital

Todo termina efectuándose para ser capitalizado, para incrementar la inversión inicial, para enriquecerse. La riqueza tiende a ser lo que da sentido a una política priista que excluye la pobreza. De ahí que alguien con el cinismo de Carlos Hank González, fundador y mentor del aún dominante grupo Atlacomulco, pudiera sostener que “un político pobre es un pobre político” al tiempo que amasaba una fortuna gigantesca.

El enriquecimiento acaba siendo el fin último al que todos los demás propósitos quedan subordinados. El poder mismo se vuelve un simple medio para la producción de un plus-valor. El capital es el proceso en el que todas las operaciones del régimen priista quedan subsumidas. Podemos hablar, pues, retomando el famoso concepto de Marx (1866), de una subsunción de la política en el capital. Esta subsunción es real y no sólo formal, pues no sólo recurre a medios tradicionales, sino que ha generado toda una serie de nuevos dispositivos que no dejan de acumularse, complicarse y refinarse desde que se fundó el régimen priista hace casi un siglo.

El priismo ha sido siempre una expresión del sistema capitalista y de la sociedad burguesa. Quizás no lo fuera de manera evidente en sus orígenes. Debió depurarse durante décadas, tomar confianza y aceptarse a sí mismo como lo que era, desembarazarse de sus temores y pudores con Miguel Alemán y Carlos Salinas, desencantarse, desapasionarse y entregarse resignado a sus más bajas pulsiones. Es así como al final, sólo al final, ha conseguido revelarnos retroactivamente una verdad que había guiado toda su historia. Hoy en día sabemos que el capitalismo estaba ya en esa interrupción del proceso revolucionario, como diría Gilly (1971), que nos hizo pasar de los cañonazos de verdad a los de 50 mil pesos de Álvaro Obregón. Desde entonces hasta ahora, la avidez ha ido imponiéndose como el gran motor de un régimen priista que se consolidó precisamente cuando pasamos de los generales que buscaban aparentemente el poder por el poder a los civiles que buscan abiertamente el poder por la riqueza.

La dictadura perfecta del capitalismo

El ansia de riqueza le ha permitido al régimen priista insertarse de la mejor manera en el sistema capitalista mundial y en su ideología dominante. Esta inserción es una de las principales razones del éxito del régimen y de la permanencia de la dictadura perfecta. La dictadura del PRI es también perfecta porque es la dictadura del capital, es decir, de aquello que se ha mostrado capaz de vencer toda resistencia y de reinar en el mundo entero. Se trata, en efecto, de una dictadura y no de una democracia, de un sistema vertical y no horizontal, autoritario y no deliberativo. Sin embargo, al igual que el priismo, el capitalismo es una dictadura perfecta porque sabe disimular su carácter dictatorial y hacerse pasar por democrático.

Nuestra noción misma de la democracia, como democracia burguesa y liberal, es un dispositivo endiabladamente ingenioso para disimular y perpetuar la dictadura perfecta del capitalismo. Lacan (1972) describe tal dispositivo a través de su formulación de un discurso capitalista en el que el capital con su poder es enmascarado por el mismísimo sujeto de la democracia, el votante y el consumidor, el sujeto supuestamente libre para elegir, el que tiene la convicción de estar decidiendo entre las diferentes opciones de lo mismo, entre los diferentes partidos priistas, entre las diferentes versiones del mismo capitalismo, entre las diferentes marcas del mismo producto. Sea cual sea lo que decida comprar, el consumidor habrá comprado el capitalismo y habrá contribuido a su perpetuación. De igual modo, sea cual sea el partido por el que vote, el sujeto votará por el capitalismo, es decir, en México, por el priismo, por el régimen priista como expresión local del sistema capitalista.

La dictadura perfecta del capitalismo, al igual que la del priismo, ejerce un poder totalitario, sin alternativas evidentes, al ser todo aquello entre lo que se puede elegir. Su poder engloba incluso a quienes eligen, pues opera también a través de mecanismos de subjetivación. Tales mecanismos hacen que el capitalismo y el priismo hayan triunfado aún antes de la batalla: en la existencia misma de un sujeto que no tiene ya razones de luchar contra eso mismo de lo que él es la expresión. Un sujeto semejante sólo podrá perturbar el sistema por accidente, por error, por un lapsus o por un acto fallido, al soñar o al enfermarse, como lo ha constatado el psicoanálisis al tratar a los sujetos del capitalismo. Es en este nivel de la subjetividad, como ya lo mostramos en el caso del priismo, en el que se asegura la perfección de una dictadura capitalista que ha sabido coincidir con las aspiraciones más hondas y francas de la humanidad al crearse una humanidad a su imagen y semejanza.  Este capitalismo reduce cada vez más a sus opositores a la condición de inhumanos, locos, desadaptados, suicidas, marginales, rebeldes sin causa, tullidos, cojos, como los llamaba Lacan. Ante un ejército semejante, no sorprende que el capitalismo, como el priismo, haya conseguido eternizar su dictadura perfecta.

El capitalismo ejerce una dictadura tan perfecta como el priismo, lo que no es una coincidencia, ya que se trata de la misma dictadura. La perfección del régimen priista, como dictadura perfecta, viene a corroborar la perfección del sistema capitalista. Es la perfección por la que el capital nos gana todas las jugadas.

La democracia burguesa liberal y su verdad en la dictadura perfecta del PRI

El Estado capitalista es el único exitoso en el sistema capitalista, como lo muestra elocuentemente el régimen priista, porque es el Estado mismo del sistema, su forma política, su cara y al mismo tiempo la máscara que lo disimula, como bien lo han denunciado Marx (1843), Engels (1878), Lenin (1917) y otros marxistas. El marxismo nos ha enseñado también cómo el Estado le sirve a la clase dominante para ejercer eficazmente su dominación al disimularla bajo una forma de consenso y totalidad. El Estado necesita presentarse como un Estado para todos para poder cumplir adecuadamente su función para algunos.

Quienes encarnan el capital, así como fundamentalmente lo encarnado por ellos, es lo que el Estado capitalista debe arreglárselas para servir en secreto a cada momento, lo que no es nada fácil, pues no hay nada más complicado y cambiante que el capitalismo. Si un Estado capitalista fracasa, es porque no sabe traducir toda la complejidad y versatilidad propia del capitalismo, porque no sabe seguir el ritmo vertiginoso del sistema capitalista, porque no sabe gestionar sus contradicciones al transformarse incesantemente. Es todo esto lo que ha sabido hacer magistralmente el régimen priista. Es aquello por lo cual, según Vargas Llosa, otras dictaduras latinoamericanas han intentado en vano imitar la dictadura perfecta del PRI.

La perfección de la dictadura perfecta mexicana, como ya lo sugerimos, ha sido asegurada por su perfecta inserción en el sistema capitalista. Es verdad que esta inserción ha sido periférica y dependiente, ha venido acompañada por aspectos precapitalistas y ha estado mediada por el imperialismo, y todo esto, como bien lo ha mostrado González Casanova (1965), no ha permitido que se consolide una democracia burguesa y liberal como la que han gozado otros países en Europa y Norteamérica. Pero tales particularidades han sido precisamente las que han posibilitado el desarrollo de una dictadura perfecta que nos descubre, como un síntoma, la verdad oculta de cualquier democracia burguesa liberal.

Aquellos regímenes democráticos europeos que tanto envidiamos no son más que mistificaciones imperfectas de la tiranía del capital. Su imperfección es desde luego una concesión del capitalismo, es decir, una pequeña victoria de la sociedad sobre el sistema capitalista, del sujeto sobre el vampiro del capital, de la vida sobre la muerte. Pero desde luego que este breve tropiezo del capital no interrumpe su marcha triunfal que nos está destruyendo y que lo está destruyendo todo a su paso por el mundo. Es una simple cuestión de tiempo. Tan sólo se retrasa la destrucción. Es quizás lo más a lo que podemos aspirar en este momento. Es tal vez el único triste criterio por el que podremos decidir nuestro voto en las próximas elecciones.

Nuestra Universidad Michoacana

Charla organizada por los colectivos Nosotros y Grupo Violeta en el Museo de la Ciudad de Zamora, en la Antigua Estación de Ferrocarril, el viernes 9 de febrero de 2018. La charla fue publicada como artículo en Michoacán 3.0, el 10 de febrero de 2018.

David Pavón-Cuéllar

La universidad como lugar de trabajo y de trámites burocráticos

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo no es la misma para todos los que forman parte de ella. Para muchos estudiantes, la universidad no es más que la enorme dependencia gubernamental en la que se tramitan y se expiden calificaciones y títulos universitarios. El trámite para obtener una licenciatura es tan engorroso como cualquier trámite burocrático. Y además es demasiado largo. Se prolonga inútilmente durante varios años. Dura tanto como unos estudios que no son más que el eufemismo con el que nos referimos a los trámites.

Para tramitar el título, hay que pasar cuatro y hasta cinco años en esas extrañas salas de espera a las que denominamos “aulas” o “salones de clase”. Y mientras dura la espera, se debe pasar el tiempo escuchando a esos docentes que no son más que una especie de burócratas, recepcionistas o secretarias, que sólo sirven para proporcionar las informaciones y revisar los documentos que se requieren para obtener unas calificaciones que son a su vez el requisito para expedir los títulos.

Conozco a muchos docentes que se perciben a sí mismos como son percibidos por los estudiantes a los que acabo de referirme. Unos y otros se confirman recíprocamente su visión de los estudios como trámites burocráticos. Unos y otros proceden como si la evaluación fuera la verdad secreta de todo lo que se aprende y se enseña. Los conocimientos no son aquí más que un trámite y carecen de verdad intrínseca. Su verdad está en la evaluación. De lo que se trata es de evaluar y ser evaluado. Mientras que los estudiantes son evaluados para llegar a su titulación, los docentes evalúan para ganar su remuneración. Es todo lo que se espera de la universidad: que evalúe, que titule y remunere.

A mediano y a largo plazo, los estudiantes esperan tan sólo una calificación y finalmente una titulación que les asegure una profesión que les dé para vivir en el futuro. Por su parte, los docentes, que ya tienen su profesión, únicamente esperan su quincena para vivir y finalmente su jubilación que les permita seguir viviendo en la vejez. Para estos docentes, la universidad es como cualquier otro lugar de trabajo. Es un lugar en el que uno hace lo que debe hacer para ganar su salario. Es en este salario en el que radica el sentido esencial de todo lo que se hace.

La universidad como empresa y mercado

Lo que estoy diciendo, en realidad, se ha complicado en los últimos años. Desde hace algún tiempo, con la irrupción del neoliberalismo en la universidad, los salarios han ido perdiendo su valor proporcional y todo ha empezado a girar en torno a los suplementos que se agregan al salario, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Estímulo al Desempeño (ESDEPED). Estos estímulos han adquirido tanta importancia porque permiten duplicar y a veces hasta triplicar el salario. Los docentes ganan cada vez menos por su salario y cada vez más por el SNI o el ESDEPED.

¿Y cómo se obtienen los estímulos? A cambio de puntos que se consiguen con productos como tesis dirigidas, tutorías suministradas, artículos publicados o ponencias presentadas en congresos. Todo lo que el profesor-investigador hacía gratuitamente en el pasado, todo lo que hacía por obligación o por gusto, de manera forzada o sincera y auténtica, ahora lo hace de manera tramposa, por afán de lucro, a cambio de una ganancia en puntos que se canjean por pesos. Lo mismo observamos en los estudiantes que andan a la caza de apoyos como los de ayudantes de investigadores o becarios del Programa Nacional de Posgrados de Calidad. Todo esto hace que la nueva universidad, la universidad neoliberal, sea un mercado para hacer negocios, un enorme recinto para vender y comprar y entrampar y regatear, un lugar sucio y corrupto en el que los docentes y los estudiantes intercambian calificaciones y puntos que valen pesos. Al final, como era previsible, todo termina operando cuantitativamente para poder convertirse al final en el dinero que imprime su funcionamiento cuantitativo a todo lo demás.

Una vez que el dinero y el provecho monetario dominan la universidad pública, podemos decir que esta universidad está ya privatizada en cierto modo. Esto hace que se nos aparezca de pronto, no sólo como un mercado, sino como una empresa, como una empresa privada, que debe ser autosuficiente o que puede llegar a declararse en quiebra o insolvencia. Es la misma lógica empresarial y mercantil por la que una universidad pública se pone a competir, no sólo por lugares en los rankings de las universidades, sino por más recursos, por acreditaciones que aseguran más recursos y por números de integrantes del SNI o de programas PNPC que aseguran acreditaciones. La universidad neoliberal es vista como una empresa que debe ser competitiva en el mercado nacional e internacional de la educación superior. Ella misma es también percibida internamente como un mercado en el que los docentes deben competir unos con otros como empresarios.

Los docentes-empresarios van ganando terreno sobre los docentes-burócratas. Los trabajadores del sector público van perdiendo posiciones que ceden a los profesores-investigadores que ya no se perciben como trabajadores, sino como comerciantes independientes que adquieren sus ingresos en forma de ganancias a cambio de productos académicos. Estos nuevos universitarios alcanzan a tener muy altos ingresos que se reflejan en su forma de vida, en las escuelas y universidades privadas tan onerosas en las que estudian sus hijos, en su abandono del transporte público, en sus coches caros y en los barrios burgueses en los que habitan, en sus viajes y en los restaurantes y hoteles elegantes que escogen al viajar, así como también en su concepción de los sindicatos como grupos de interés y gremios de comerciantes, en su insistencia en distinguirse de los intendentes y los demás trabajadores universitarios, en su desprecio por los profesores que aún se perciben como simples burócratas y que no han sabido, como ellos, lucrar exitosamente con la educación y la investigación.

Para los nuevos docentes-empresarios del neoliberalismo, la Universidad Michoacana es una empresa y un mercado, un emocionante lugar para hacer negocios, mientras que para los docentes burócratas, como vimos, era y sigue siendo un aburrido lugar de trabajo, un sitio para ganar el pan diario con un salario bastante modesto que no se compara con las altas remuneraciones de los docentes-empresarios. Actualmente vemos coexistir estas dos universidades michoacanas, la de abajo y la de arriba, la de siempre y la nueva, la que se empobrece y la que se enriquece, la que retrocede y la que avanza, la burocrática y la empresarial, la de la educación como trámite y la de la educación como negocio, la del Estado benefactor y la del Estado neoliberal.

La universidad como trampolín y botín político

Ahora bien, además de una destartalada maquinaria burocrática-gubernamental y de un flamante artilugio mercantil-empresarial, ¿acaso nuestra universidad no es nada más? Desde luego que lo es. Para los gobiernos estatales y para los partidos políticos, por ejemplo, es una plaza estratégica y un valioso botín. Es también un trampolín hacia el poder para ciertos rectores, como Salvador Jara, quien evidentemente instrumentalizó la institución y la sacrificó a sus ambiciones.

Cuando la Universidad Michoacana es vista como un trampolín o como un botín político, se hace uso de ella para un provecho personal, tal como se le utiliza también para el mismo provecho personal cuando se le concibe como un mercado, como una empresa o como una dependencia gubernamental. Unos reciben salarios, calificaciones y títulos de la universidad mientras otros consiguen jugosas ganancias y ocasiones de negocios académicos, y otros más obtienen poder, influencias y diversas canonjías. Cada uno saca su tajada.

La Universidad Michoacana tiene algo para cada uno: para quien sigue sus ambiciones políticas, para quien desea enriquecerse y para quien sólo quiere una quincena o un salario para sobrevivir. Para cada uno de ellos, la universidad cumple funciones diferentes. El problema es que estas funciones adquieren tanta importancia que al final terminamos creyendo que la universidad sólo existe para cumplirlas. Es entonces cuando se nos olvidan otras funciones de la universidad, incluso aquellas funciones básicas y generales por la que existe cualquier universidad.

La universidad como universidad

¿Para qué existe una universidad? No para expedir títulos ni para pagar salarios ni para obtener becas ni para enriquecer y aburguesar a los investigadores nacionales ni mucho menos para que los rectores lleguen a puestos de subsecretarios en el gobierno federal. No es para todo esto para lo que sirve una universidad, sino para cumplir funciones tan fundamentales como las que no dejan de proclamarse a los cuatro vientos en el mismo ámbito universitario: la enseñanza y el aprendizaje, la formación de los futuros profesionistas, la docencia y la verdadera investigación, la generación y la difusión de conocimiento, la acumulación y la transmisión del saber, la discusión y la reflexión crítica sobre lo que ocurre en el mundo, etc.

Las funciones recién mencionadas son las funciones mínimas que debe cumplir una universidad para seguir siendo la universidad que es. Cuando no se cumplen estas funciones y se prefiere cumplir aquellas otras a las que ya nos referimos antes, la universidad deja de ser una universidad para convertirse en otras cosas: oficina, sala de espera, mercado, empresa, botín o trampolín. Todo esto puede ser útil, pero no es la universidad porque no cumple con las funciones de la universidad.

Las funciones de la universidad son conocidas por todos los universitarios. El problema es que poco a poco se han ido convirtiendo en pretextos o justificaciones que sólo sirven para encubrir las verdaderas funciones que se han asignado a la institución. Es así como la universidad se vacía de contenido, se ahueca de sí misma, y se va convirtiendo en la fachada superficial que disimula todo aquello que la posee por dentro y que no tiene absolutamente nada que ver con la universidad: las influencias, los poderes, los trámites, las acreditaciones, las calificaciones, los puntos, los pesos, los niveles en el ESDEPED y en el SNI, los otros estímulos y todo lo demás. Todo esto es como un amasijo de larvas, de parásitos que están corrompiéndolo todo, que están devorando la médula misma de la universidad tras la fachada universitaria.

¿Pero acaso la Universidad Michoacana se ha convertido ya en una cáscara vacía? No, todavía no, aún hay una universidad en la universidad. Hay todavía enseñanza y aprendizaje, investigación y reflexión, formación de excelentes profesionistas y muchas cosas más. A pesar de tanta simulación, la universidad sigue existiendo auténticamente como universidad. La universidad como universidad no sólo ha sobrevivido a los últimos recortes presupuestales, sino también a todo lo que la carcome por dentro, a todo lo que la va destruyendo, a la eterna politiquería estatal, al viejo burocratismo y ahora también a la nueva tecnocracia. Todo esto, por más que afecte y amenace la actividad universitaria, no ha impedido que la universidad siga cumpliendo sus funciones y siga siendo así una universidad.

Nuestra universidad en su historia

Nuestra universidad no deja de ser una universidad en la que se cumplen cotidianamente las funciones propias de cualquier universidad. Y además de continuar cumpliendo estas funciones y seguir siendo lo que es, la Universidad Michoacana es todavía nuestra universidad, la Universidad Michoacana, diferente de cualquier otra y aún capaz de cumplir aquellas funciones por las que se ha distinguido en la historia. No me refiero, desde luego, a las mezquinas funciones burocráticas, políticas y mercantiles-empresariales que ya mencioné y que resultan profundamente incompatibles con una universidad. No, no estoy pensando en estas funciones que devoran por dentro el ámbito universitario, sino en otras con las que se profundizan y radicalizan las funciones propias de la universidad como universidad.

En la Universidad Michoacana, por ejemplo, ha sido muy común que enseñemos, no sólo a ejercer una especialidad profesional, sino a ejercerla en un sentido subversivo y transformador. Nuestros estudiantes han aprendido frecuentemente a cuestionar, denunciar y revindicar, y no sólo a curar, calcular, convencer o razonar. Además de formar a buenos profesionistas, los nicolaitas hemos formado a luchadores consecuentes, líderes populares, defensores de sus comunidades y hasta héroes de la historia de México. Hemos transmitido gérmenes de rebeldía, ideales y no sólo conocimientos, aspiraciones y no sólo saberes. Muchos de nuestros docentes y rectores no han sido sólo científicos e intelectuales respetables, sino también modelos de lucha, pensadores críticos, revolucionarios y reformadores sociales, combatientes por la justicia y por la igualdad.

Lo que estoy diciendo no basta para describir aquello en lo que estoy pensando, aquello por lo que se distingue nuestra Universidad Michoacana, pues no se trata de algo abstracto y general, sino de algo tan concreto y tan singular que tan sólo puede llegar a vislumbrarse al recordar sus expresiones históricas. Es en su larga historia en la que nuestra institución ha desplegado todo aquello por lo que se distingue. Lo distintivamente nicolaita es lo que se ha manifestado, por ejemplo, en las ideas y en los actos de las grandes figuras cuyos nombres pautan la historia de la Universidad Michoacana.

El nicolaicismo y su lucha por la igualdad y por el respeto a los indígenas

Lo nicolaita empezó a esbozarse cuando nuestro fundador Vasco de Quiroga, quien estableció el Colegio de San Nicolás Obispo en 1540, defendió a los indígenas purépechas contra el desprecio y contra los abusos de los que eran víctimas, y terminó legándoles el Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Esta gratuidad sigue siendo una bandera de lucha para los estudiantes de la Universidad Michoacana. Lo nicolaita se mantiene vivo a través de la educación gratuita de los miles de indígenas que pasan diariamente por las aulas de nuestra universidad.

No son ya sólo purépechas, sino nahuas, otomíes, mixtecos, tzotziles y muchos otros que sólo pueden hacer estudios universitarios porque existe la Universidad Michoacana con su gratuidad y sus casas de estudiantes. Nuestra universidad se distingue así por el vínculo profundo que la une a los pueblos originarios y que le hace pagarles al menos una ínfima parte de la enorme deuda que se ha contraído con ellos. Esta deuda fue ya reconocida por Vasco de Quiroga. Reconocerla es una manera de ser nicolaita.

El mismo elemento nicolaita volvió a manifestarse cuando Miguel Hidalgo, estudiante, maestro y rector de nuestra universidad, se lanzó también a la defensa de los indígenas mediante su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. Esta misma defensa de los indígenas, indisociable de lo nicolaita, fue retomada por otro estudiante del Colegio de San Nicolás, José María Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias de los frutos propios de este reino” y abolió cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.

El nicolaicismo y su lucha por nuestra libertad y nuestra independencia

Como bien sabemos, además de haber defendido la igualdad y el respeto a los indígenas, los nicolaitas Hidalgo y Morelos combatieron y murieron por nuestra libertad y así abrieron el camino que llevó a que México se independizara del yugo colonial español. Este camino fue también desbrozado por otros alumnos del Colegio de San Nicolás, entre ellos Ignacio López Rayón, José María Izazaga y José Sixto Verduzco. No es retórica vacía cuando se afirma que nuestra universidad es cuna de la independencia de nuestro país.

Tanto se comprometieron los nicolaitas con los ideales de libertad e independencia que el gobierno colonial decidió clausurar el Colegio de San Nicolás. Esta clausura es muy significativa. Confirma la manera en que lo nicolaita se asocia con unas aspiraciones de libertad e independencia que siguen siendo vigentes ante la situación dependiente neocolonial de México.

En 1845, varios años después del triunfo de la Independencia, el Colegio de San Nicolás fue reabierto bajo el nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Su reapertura fue posible por el empeño de otro ardiente defensor de nuestra libertad, el gobernador y político liberal Melchor Ocampo, quien le heredó a nuestra universidad, no sólo su biblioteca privada, una de las mejores de la época en México, sino su propio corazón conservado en formol.

El nicolaicismo y su lucha por el socialismo

Melchor Ocampo también pasó a la historia por luchar contra los privilegios y por el trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta lucha por la igualdad, que había sido ya la de Morelos, es otro aspecto definitorio del nicolaicismo. La vemos reaparecer en los tiempos de la Revolución Mexicana y materializarse en el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, la cual, entre 1915 y 1918, ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.

El primer albergue estudiantil fue cerrado en 1918 por un revolucionario moderado, el gobernador Pascual Ortiz Rubio, el mismo que un año antes, en 1917, fundara la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, la primera universidad autónoma de América Latina. Es preciso entender que esta nueva forma institucional universitaria del Colegio de San Nicolás no fue una simple gestión burocrática del gobernador, sino una consecuencia directa de la gesta revolucionaria. Fue la Revolución Mexicana la que se expresó en la existencia misma de la universidad y especialmente a través del socialismo nicolaita: la expresión más acabada, radical y consecuente del espíritu igualitario del nicolaicismo y de los ideales de la Revolución Mexicana.

El primer gran exponente del socialismo nicolaita, Isaac Arriaga, alumno y maestro del Colegio de San Nicolás, participó en la Revolución Mexicana, hizo reparto de tierras entre los campesinos michoacanos y terminó siendo asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. En las siguientes décadas, esta misma furia se desató una y otra vez contra la izquierda nicolaita, siempre atacada por el sector empresarial y por el ala derechista del gobierno, lo que no le impidió tener a valiosos exponentes entre los rectores de la universidad, como Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Porfirio García de León entre 1946 y 1949, y Eli de Gortari entre 1961 y 1963, todos ellos estrechamente vinculados con el cardenismo, con el proyecto nacional de educación socialista y con los propios estudiantes nicolaitas. No hay que olvidar que Vázquez Pallares debió rendir protesta como rector ante los mismos estudiantes, mientras que García de León y Eli de Gortari contaron con el apoyo de movilizaciones estudiantiles que fueron duramente reprimidas. Esta represión llegó hasta el asesinato de cuatro estudiantes: Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl en 1949, Manuel Oropeza García en 1963 y Everardo Rodríguez Orbe en 1966.

El socialismo nicolaita no sólo provocó la represión gubernamental, sino que ayudó a que resurgieran las casas de estudiantes y que funcionaran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. Fue también gracias al mismo socialismo nicolaita que hubo los dos momentos de mayor esplendor intelectual en la historia de la universidad. En el primero, que se extendió entre los años treinta y cuarenta del siglo XX y que se vio promovido por el rector Vázquez Pallares y favorecido por el exilio de la Guerra Civil Española, nuestra universidad acogió a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el intelectual cubano Juan Marinello, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles Juan David García Bacca, José Gaos, Ramón Xirau, María Zambrano, Adolfo Sánchez Vázquez y José Manuel Gallegos Rocafull, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió en 1948 un golpe de estado que lo hizo regresar a Morelia.

En el segundo momento de efervescencia intelectual de nuestra universidad, auspiciado por los rectores marxistas Elí de Gortari (entre 1961 y 1963) y Alberto Bremauntz (entre 1963 y 1966), contamos entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época, entre ellos el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el politólogo Arnaldo Córdova, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos José Luis Balcárcel y Jaime Díaz Rozzotto. Estos distinguidos profesores fueron destituidos por la misma represión del gobernador Agustín Arriaga Rivera que se deshizo del rector Elí de Gortari, que asesinó a Manuel Oropeza en 1963 y a Everardo Rodríguez en 1966, y que en el mismo año de 1966 encarceló a dos futuros grandes exponentes de la izquierda nicolaita: el poeta comunista Ramón Martínez Ocaranza, primero estudiante y luego docente de nuestra universidad, y el incansable luchador Efrén Capiz Villegas, quien estudió también en la Universidad Michoacana y fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ), que ha sido una eficaz arma de lucha de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero que también ha sufrido una violencia represiva que se ha saldado con el asesinato de más de setenta de sus miembros y con innumerables encarcelamientos, desalojos y torturas.

La Universidad Michoacana como lugar de trabajo, resistencia y lucha

La brutal violencia contra los comuneros de la UCEZ no debe disociarse de la represión contra los docentes y los estudiantes de la izquierda nicolaita. El proyecto de esta izquierda, lo mismo en su aspecto crítico reflexivo que en su orientación práctica socialista e igualitarista, no debe abstraerse tampoco de la historia de luchas populares en Michoacán, México y América Latina. Esta historia, de hecho, se ha visto nutrida una y otra vez por los nicolaitas a través de organizaciones como la UCEZ e incluso a través de una guerrilla como el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), pero también con movilizaciones como las recientes por Ayotzinapa e iniciativas como la del apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas que luchan por su autonomía.

En todos los casos, ahora como en tiempos de Miguel Hidalgo y de Isaac Arriaga, vemos coincidir las aspiraciones de los universitarios con las del pueblo que vive y sufre afuera de la universidad. Esto es lógico. Los michoacanos, mexicanos y latinoamericanos han luchado incesantemente por las mismas causas de lucha de los nicolaitas: por el respeto a los pueblos originarios, por nuestra libertad y nuestra independencia, por la igualdad y los demás ideales de la auténtica Revolución Mexicana, la que parece haberse perdido, la interrumpida, la que todavía no se ha ganado.

No es exagerado sostener que nuestra Universidad Michoacana es también un bastión revolucionario e independentista. Mientras que los políticos y gobernantes corruptos y vende-patrias no dejan de hacer todo lo que pueden para destruir el valioso legado histórico de la Independencia y de la Revolución Mexicana, muchos nicolaitas han intentado preservarlo con sus luchas, pero también simplemente a través de la educación gratuita y popular ofrecida en la universidad pública. Esto hace que deban trabajar para preservar la universidad, la universidad como universidad, lo que no se consigue sino al oponerse a todo lo que la está degradando: el burocratismo tedioso y estúpido, la mezquina tecnocracia capitalista neoliberal y la tramposa instrumentalización política de la institución.

Lo que está devorando interiormente a nuestra universidad es lo mismo que está destruyendo a nuestro país y a nuestro continente: el capitalismo, el neoliberalismo, la desigualdad, la corrupción, la politiquería, la simulación. Luchar contra todo esto es lo mismo que trabajar en la universidad como universidad, en ella y por ella, y así resistir contra lo que la carcome por dentro. La resistencia es la única forma honesta en la que puede hacerse hoy en día el trabajo docente universitario, haciéndolo de verdad, sin trampas ni simulaciones. Para un profesor de la universidad, enseñar de verdad ya es resistir, y resistir es empezar a luchar.

Nuestro ser producido por el capitalismo neoliberal

Presentación del libro Infancias, entre espectros y trastornos, de Liora Stavchansky y Gisela Untoiglich (México, Paradiso, 2017), con la participación de Manuel Gil Antón, en la Escuela Normal Urbana Federal Jesús Romero Flores, en Morelia, Michoacán, México, el sábado 3 de febrero 2018.

David Pavón-Cuéllar

La infancia y nuestro ser

La infancia es algo así como un tiempo indefinido que tenemos para convertirnos en lo que se ha dispuesto que seamos. Nuestra conversión podrá ser insuficiente, defectuosa e incluso interminable, pero no por ello deja de suceder fatalmente como una catástrofe que nos constituye y como un destino del que no podemos nunca escapar. Somos a cada momento aquello que se habrá hecho que seamos en esa infancia que tal vez jamás concluya.

Escribir de verdad sobre la infancia, como lo hacen Liora Stavchansky y Gisela Untoiglich, es también referirse a la generación de un ser que no podemos nunca dejar definitivamente detrás de nosotros. Nuestro propio ser es lo que está en juego en la infancia. Y este ser, por más íntimo que sea y por más profundo que llegue a calar dentro de nosotros, es algo que se produce afuera: en un exterior que no sólo es el de la familia, sino el de todo lo que la constituye, como el sistema socioeconómico, la cultura y la trama de la historia.

Hoy en día, por ejemplo, el capitalismo neoliberal juega un papel cada vez más decisivo en el proceso que produce aquello en lo que habremos de convertirnos durante nuestra infancia. La producción infantil de nuestro ser, por lo tanto, es también un asunto del sistema socioeconómico y no sólo de la configuración familiar. Evitando cualquier tentación familiarista, Stavchansky y Untoiglich reconocen esto, y así, al reconocerlo, pueden ofrecernos valiosas observaciones teóricas y clínicas acerca de la manera en que el sistema produce nuestro ser durante la infancia. Tales observaciones, a su vez, comportan lo que a mí personalmente me interesa más en su libro, a saber, una penetrante caracterización de aquello en lo que nuestro ser puede convertirse como producto del capital en el neoliberalismo.

Nuestro ser producido por el capitalismo neoliberal es aquello sobre lo que deseo reflexionar ahora. Mi reflexión estará centrada en seis formas que este ser adopta para Stavchansky y Untoiglich (2017). Tales formas hacen aparecer nuestro ser: como ser completo, no castrado; como ser autista, no enlazado; como ser en acto, sin palabra; como ser objetivo, no subjetivo; como ser neural y orgánico, no social-histórico; y como ser normal, no singular. Así, bajo estas seis formas, es como se manifiesta nuestro ser en el capitalismo neoliberal. Así es también como este capitalismo lo produce.

Ser completo

Nuestro ser, tal como es producido por el capitalismo neoliberal, se nos presenta primeramente como un ser acabado, realizado, colmado, lleno de sí. Es el ser de la imagen que se proyecta en las innumerables pantallas especulares que nos rodean. Según la elocuente caracterización de Stavchansky, es un ser “completo, pleno, idílico, sin fisuras”, flotando en la “satisfacción perpetua” del narcisismo, en el “goce” y “sin deseo” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 34).

Desear no vende. Pensemos en la publicidad que nos acosa por todos lados. Los actores de los anuncios promocionales no están ahí para desear nada, sino para gozar de lo que nos ofrecen. Delatan el goce en su actitud afectada, forzada y exagerada. Lo tienen todo: todo lo que nosotros deberíamos comprar. Es claro que no hay lugar para el deseo en este modelo publicitario de subjetivación.

El sujeto paradigmático de la publicidad, aquel al que debemos parecernos, es un sujeto eternamente satisfecho, gozoso, exultante, sin falta, no-castrado. El reconocimiento de nuestra castración es evitado por todos los medios. Cuando los medios ideológicos y psicológicos no funcionan, debe recurrirse a los fisiológicos. Los medicamentos, como bien lo señala Stavchansky, prometen y a veces consiguen “elidir la castración” al eliminar “las imposibilidades y los fracasos” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 35).

Los defectos constitutivos del sujeto, las huellas de su castración y las ocasiones de su deseo, pueden compensarse eficazmente con el fármaco. Este fármaco logra curar ciertamente al sujeto, pero al precio de curarlo de sí mismo. La fórmula química suprime la ecuación del sujeto al rectificar los errores en los que estriba el sujeto: los mismos errores en los que se revela el inconsciente. El revelador síntoma desaparece con el restablecimiento químico de la engañosa normalidad.

Una pastilla llena el vacío del deseo en el que radica la verdad misma de sujeto. Lo verdadero, lo sufrido por el sujeto, cede su lugar a lo alegremente anestesiado, embotado, atontado por los narcóticos. La psiquiatría y la farmacología, como también lo muestra Stavchansky, pueden incluso asegurar una “voluntad” y una “soberanía absoluta” que nos recuerdan al fantasma sadeano (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 45).

Sade parece revivir en el sujeto neoliberal que se vale de fármacos y de otros medios para llegar a sentirse “amo de sus acciones”, lo cual, por cierto, como bien lo advierte la propia Stavchansky, es “la servidumbre más atroz, voraz, atenazadora” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 36). ¿No es acaso la servidumbre que se apreciaba ya en los interminables y agotadores juegos sexuales del Marqués de Sade? Sade tenía que someterse una y otra vez a su poder. Es lo mismo que ocurre con el consumista completamente subyugado por su poder adquisitivo. Nadie tan esclavo como el amo de sí mismo.

Ser autista

El amo de sí mismo no sólo se domina, sino que se aparta de los demás para protegerse de todo lo que pudiera liberarlo de sí mismo. Para dominarse a sí mismo, se encierra en sí mismo. Se aísla en sí mismo.

El aislamiento es característico del sujeto del capitalismo neoliberal. Este sujeto “rompe sus vínculos” con los otros (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 82). Es así como se torna el consumidor perfecto: aislado y desvinculado, sin compromiso, totalmente receptivo, pasivo, atrapado en la posición de objeto de su fantasma, cautivo de todo aquello que lo interpela, indefenso ante la moda y la publicidad, obedeciendo todo aquello que pueda sacarlo de su aburrimiento al distraerlo en una satisfacción auto-erótica. Es el consumidor al que Stavchansky describe justamente como “autista” (p. 88).

El consumidor perfecto, significativamente, se encuentra en la misma posición del trabajador perfecto de Marx. Es como un proletario aislado, confinado en su “individualidad” y “sin lazo social” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 86). En lugar de este lazo, el proletario debe relacionarse incesantemente con la máquina y con la línea de producción, tal como el consumidor perfecto se mantiene pegado a la red social y al “gadget”, al celular o a la tablet o a cualquier otro dispositivo electrónico (p. 85).

Aquí Stavchansky sigue la tesis de Lacan: el sujeto de nuestra época se proletariza en el consumo lo mismo que en el trabajo, en el sistema simbólico lo mismo que en el económico, en el lenguaje lo mismo que en el capitalismo. Es así como se desarrolla el “síntoma social” de una condición proletaria consistente precisamente en la falta de “lazos sociales” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, pp. 85-86). A falta de lazos, tenemos redes sociales, comunidades virtuales, muros y amigos, likes y muchas otras expresiones del mismo síntoma social de nuestro aislamiento.

Ser en acto

Nuestro aislamiento en el capitalismo neoliberal no excluye interacciones como las que establecemos en el Facebook o en el WhatsApp. Tales interacciones tampoco excluyen las palabras, pero sabemos que se trata de palabras cada vez más desgastadas, simplificadas, rudimentarias, elementales, reflejas, automáticas e intercambiables. Podemos intercambiarlas, hacerlas circular, darlas y recibirlas con facilidad. Podemos también contarlas y acumularlas, pero es cada vez más difícil distinguirlas unas de otras.

Los agradecimientos y las felicitaciones provenientes de sujetos diferentes pueden resultar perfectamente equivalentes en una conversación pública en la red social. ¡Y qué decir de los corazoncitos y los deditos alzados! Tan sólo podemos diferenciarlos al multiplicarlos. Ya no funcionan cualitativamente como el lenguaje, sino cuantitativamente como el dinero que lo gobierna todo en este mundo convertido en mercado. Soy el número de unidades simbólicas dadas o recibidas. No existen aquí las condiciones mínimas de realización de nuestra singularidad. Hemos perdido lo real de aquella letra por la que nos jugamos la vida en lo simbólico. Nos hemos quedado sin entonación y sin gesto, sin fisonomía y sin presencia.

Incluso cuando nuestra presencia no se ve usurpada por la fantasmagoría de las caritas sonrientes o tristes o enojadas, las nuevas comunicaciones tienden a exigir palabras que pueden prescindir totalmente del sujeto, es decir, palabras que se han vaciado, que están vacías, que sólo existen por su función, que sólo valen por su valor de cambio. ¿Cómo no recordar esas monedas ya borradas que nos pasamos en silencio y a la que se refieren primero Mallarmé y luego Lacan?

La palabra plena con su verdad, con su valor simbólico intrínseco, es algo cada vez más raro en el sistema capitalista neoliberal. Este sistema lo ha hecho todo para deshacerse del sujeto que podría llenar esa palabra. Nos vamos quedando sin una palabra plena y sin alguien que tenga el valor de pronunciarla. En lugar de esto por lo que se justifica la existencia del psicoanálisis, vemos cómo va ganando terreno todo aquello denunciado por Stavchansky y Untoiglich (2017): la simple “motricidad” con la que se descarga lo que ya no puede hablarse (p. 75), la “medicina basada en evidencias” con la que se intenta “callar al sujeto” (p. 78), los “padecimientos orgánicos” de los que ni el sujeto ni la sociedad pueden “hacerse cargo” y la despiadada lógica sociopolítica de “menos palabras y más acto” que se manifiesta en el actual apogeo de “las adicciones, los trastornos alimenticios y del sueño, los intentos de suicidio, las anorexias, las bulimias o el llamado TDA-H o Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad” (p. 82).

Ser objetivo

¿Qué es exactamente un Trastorno de Déficit de Atención? Untoiglich nos responde con mucha razón: es la etiqueta objetiva que utilizamos para “desdibujar” a un sujeto como el adolescente “soñador” y “despistado” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 66). En lugar de escuchar los sueños que provocan el despiste del sujeto, lo callamos al administrarle el veneno-para-sueños con el que tratamos el TDA, el Trastorno de Déficit de Atención. Lo mismo ocurre cuando nos encontramos con un joven rebelde y, en lugar de tomarlo en serio y escuchar las razones y reivindicaciones de su rebeldía, preferimos objetivarlo al diagnosticarlo con TOD, Trastorno Oposicionista Desafiante, lo que nos permitirá sacar las palabras de su boca y llenarla con el medicamento correspondiente: un buen rebeldicida que acabe con su ánimo rebelde.

Vemos que los psicofármacos, independientemente de lo que deben matar al curar, sirven para desalojar las palabras al llenar la boca de quien tiene algo que decir. De lo que se trata es de hacer que la boca sirva para ingerir fármacos en lugar de articular palabras. En lugar de permitirle al sujeto hablar de lo que lo hace rebelarse y soñar, le hacemos tragarse una pastilla que servirá para neutralizarlo como sujeto rebelde y soñador.  El “armado subjetivo”, como lo dice Untoiglich, se ve liquidado por el “gatillo fácil del diagnóstico prediseñado” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 77).

Las etiquetas diagnósticas eliminan y suplantan las rebeldías y los sueños. El sujeto es vencido y sometido por la psiquiatría. Las categorías objetivas remplazan lo que Stavchansky llama “posibilidades subjetivas” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 92). No sólo nos deshacemos del sujeto al objetivarlo, sino que nos deshacemos también de sus posibilidades, de sus rebeldías y de sus sueños que pueden resultar sumamente subversivos y peligrosos para el sistema capitalista neoliberal. ¿Y qué obtenemos a cambio de estos sueños y rebeldías? Algo tan rentable para la industria farmacéutica y para el capitalismo neoliberal como son las etiquetas de Trastorno Oposicionista Desafiante y Trastorno por Déficit de Atención. Vemos que se trata de un negocio redondo: conseguimos a dóciles consumidores de medicinas por el gesto mismo por el que neutralizamos a peligrosos rebeldes y soñadores.

Ser neural y orgánico

Las rebeldías y los sueños tienen un origen social. Es por sus particulares vínculos con la trama cultural, económica e histórica de la sociedad, en efecto, que los niños y los jóvenes, al igual que los adultos, pueden rebelarse como se rebelan o soñar lo que sueñan. Podemos decir entonces que las rebeldías y los sueños de los sujetos conciernen directamente a la sociedad y es por esto mismo que la interpelan.

Uno esperaría que la sociedad se dejara interpelar, que reflexionara sobre cómo está inspirando y frustrando a los sujetos, que asumiera su responsabilidad en sus reivindicaciones y ensoñaciones, que se hiciera cargo de ellas o al menos entrara en conflicto con ellas. Sin embargo, en el capitalismo neoliberal, nuestra sociedad prefiere ignorar a los rebeldes y soñadores, no escucharlos, no tomarlos en serio, desentenderse de ellos, lo que ha conseguido al reducir sus rebeldías y sus sueños a simples expresiones de categorías diagnósticas tales como el TOD y el TDH.

La psicopatologización de las acciones y expresiones del sujeto permite que la sociedad se “disculpe de sus propios síntomas” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 82). La sociedad no asume su culpa de las rebeldías y los sueños de los sujetos, de sus frustraciones y aspiraciones, sino que opta por descargar su responsabilidad sobre la esfera neural y cerebral del individuo. El supuesto “padecimiento orgánico” no es aquí más que mistificación ideológica de aquel problema del que la sociedad no quiere “hacerse cargo” (p. 82). Es así como se nos hace imaginar que el problema social no es social, no es histórico ni económico, sino individual, cerebral o neural.

Como lo explica Untoiglich, conjeturamos “causas individuales de origen neurogenético” ahí en donde hay “interrelaciones complejas entre el individuo, la sociedad, la economía, la historia” (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 67). El neoliberalismo toma la forma ideológica del “neuroliberalismo” (p. 65). El espacio apolítico del cerebro usurpa el espacio político de la sociedad. Los problemas sociales de los que debería ocuparse la sociedad aparecen como problemas neurales con los que puede hacer negocio la industria farmacéutica. Esta industria se ocupa lucrativamente de de lo que la sociedad no quiere “hacerse cargo” (p. 82).

Ser normal

El capitalismo neoliberal, una vez que reviste su forma neuroliberal, permite que la sociedad se libere del problemático ser social-histórico, el rebelde y el soñador, al transformarlo en el ser neural-orgánico del que se encargan la industria farmacéutica y sus profesionales. Como hemos visto, este nuevo ser ya no es exactamente un sujeto del que deba escucharse la palabra, sino una simple categoría objetiva que se concebirá y se tratará objetivamente.

Lo que hay ahora es un diagnóstico universal, un TDH o un TOD, que debe corregirse o curarse al “conformarse” con la norma (Stavchansky y Untoiglich, 2017, p. 32), es decir, con lo que Stavchansky tiene razón de llamar el “tecno-mito” de la “normalidad” (p. 32). Lo que se ha ganado es un límite objetivo suficientemente nítido entre la normalidad y la anormalidad, así como un remedio efectivo e igualmente objetivo para eliminar lo anormal y convertirlo en algo normal. Sin embargo, para ganar esto, se ha perdido ni más ni menos que nuestra subjetividad y nuestra palabra. Y, como somos esta subjetividad y esta palabra, podemos decir que somos nosotros mismos los que nos hemos perdido. Y de paso, al perdernos, también hemos perdido muchas otras cosas a las que se refieren Stavchansky y Untoiglich, entre ellas nuestra “singularidad” (p. 72), nuestra “diferencia subjetiva” (p. 84) y la “relación con lo diferente” en la que transcurre el psicoanálisis al resistir contra la reabsorción de la diferencia en el diagnóstico (p. 92).

Lógicamente perdemos el psicoanálisis al perder sus condiciones de posibilidad, como son el sujeto, su palabra, su diferencia o singularidad, su falta y su deseo. Al amenazar todo esto, al tratar de suprimirlo ya desde la infancia, el capitalismo neoliberal está poniendo en peligro la práctica psicoanalítica. Ésta es una razón más que suficiente por la que todos los adeptos al psicoanálisis tendríamos que adoptar posiciones claramente anticapitalistas y anti-neoliberales. Desde luego que podemos no hacerlo. Sin embargo, si no lo hacemos, quizás en el fondo sea porque no tenemos interés en preservar el psicoanálisis. Y tal vez tengamos razón. ¿Para qué vamos a querer psicoanalistas en un mundo en el que ya no habrá ni siquiera soñadores y rebeldes?

Si pensamos que la extinción del sueño y de la rebeldía es tan imparable como irreversible, entonces no hay razón para que nos aferremos a la práctica psicoanalítica. Supongo que Stavchansky y Untoiglich se mantienen fieles a esta práctica porque tienen esperanza de que el sujeto no se deje derrotar por todo aquello que describen. Su libro narra situaciones en las que podemos confirmar que la derrota no es inevitable. A veces, de hecho, consiguen evitarla con su trabajo clínico. Esto nos hace confirmar que la práctica psicoanalítica puede aliarse con el sujeto, incluso cuando es joven o niño, en su resistencia contra el sistema capitalista neoliberal que amenaza con suprimirlo.

Referencias

Stavchansky, L. y Untoiglich, G. (2017). Infancias, entre espectros y trastornos. México: Paradiso.

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)

Ultraderecha3

Artículo publicado en Marxismo Crítico y en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 28 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

La extrema derecha marginal

Dos artículos anteriores nos mostraron cómo la extrema derecha de América Latina surgió en el primer cuarto del siglo XX, luego cobró fuerza bajo el impulso de los fascismos europeos en la etapa de entreguerras y finalmente coincidió con los intereses de Estados Unidos en la región durante los años de la guerra fría. De hecho, como vimos, la injerencia estadounidense contribuyó a que la ultraderecha latinoamericana pudiera llegar al poder en algunas dictaduras sudamericanas.

Poco después de la democratización de los países con regímenes dictatoriales, entre los años ochenta y noventa del siglo XX, hubo rebrotes marginales de organizaciones de extrema derechaque aprovecharon la apertura democrática y el relativo relajamiento del control social para hacerse un pequeño lugar en el espacio público. Paraguay contó durante un breve período, entre 1989 y 1993, con el Partido Nacional Socialista Paraguayo (PNSP), cuyo ideario abiertamente nazi no le impidió participar en dos procesos electorales. En Argentina, entre 1990 y 2009, existió el Partido Nuevo Triunfo (PNT), que adoptó posiciones anti-chilenas y supo disimular su nazismo y su antisemitismo con las etiquetas de nacionalismo y anti-sionismo. El Movimiento Patria Nueva Sociedad (PNS) de Chile, existente entre 1999 y 2010, también utilizó la posición anti-sionista para disimular su antisemitismo, pero prefirió hablar de socialismo nacional que de nacionalismo y se caracterizó por su insistencia perfectamente ultraderechista en que no era un partido ni de izquierda ni de derecha.

Un caso paradigmático es el de Brasil, en donde vemos aparecer muy pronto, ya desde finales de los ochenta, una plétora de organizaciones ultraderechistas en las que podemos distinguir tres grupos: los tradicionales nazi-fascistas, como el Partido Nacionalista Revolucionario Brasileño (PNRB), surgido en 1988 y con un ideario ultranacionalista, xenófobo y antisemita; los neo-integralistas o continuadores del integralismo, tradicionalistas, nacionalistas, anticomunistas y antiliberales, como la nueva Acción Integralista Brasileña (AIB), aparecida a mediados de los noventa, y el Frente Integralista Brasileño (FIB), fundado en 2004; y las bandas furiosas de neonazis y cabezas rapadas, generalmente surgidas por escisiones de los Carecas do suburbio, como es el caso de los Carecas do Brasil, homófobos, antisemitas y represores de toxicómanos, y especialmente White Power, nacido en 1989, centrado en la convicción de la superioridad racial de los blancos y extremadamente violento hacia negros, mulatos, homosexuales, judíos y nordestinos –originarios del norte brasileño.

Los neonazis formarán también grupos más o menos violentos en otros países latinoamericanos, como el Partido Nacionalsocialista de México, Orgullo Criollo en Venezuela, Nacional Socialismo Ecuatoriano, la Unión Radical Nacional Socialista de Bolivia (URNSB), Perú Criollo y Movimiento Nacionalsocialista Despierta Perú (MNSDP), así como tres organizaciones colombianas: Tercera Fuerza Nacional Socialista, el Frente Skinhead y la Juventud Nacional Socialista (NS). Éstos y otros grupos análogos comparten su furia contra diversas minorías étnicas y sexuales, así como su apología de la violencia y a veces el empleo de métodos violentos. La juventud, la marginalidad, el pensamiento débil y el resentimiento social de sus integrantes hacen pensar en los escuadrones de la muerte y en los porros y halcones mexicanos. Sin embargo, a diferencia de aquellos grupos, las bandas neonazis tienen una clara tendencia nazi-fascista y suelen seguir programas ideológicos más claros y explícitos, aunque al mismo tiempo actúen de manera más independiente y espontánea, estén menos organizadas y tengan menos recursos humanos y financieros, pues generalmente carecen de apoyo gubernamental y no obedecen a una agenda planeada en Miami o en Washington.

Muy próximos a los grupos neonazis y a veces vinculados con ellos, pero con mayor nivel de elaboración doctrinaria, existen otras nuevas organizaciones ultraderechistas latinoamericanas cuyos discursos llaman la atención por su conservadurismo, por su nacionalismo a ultranza y por los enemigos específicos en los que se concentra su enfurecimiento. Por ejemplo, en Perú, la furia contra la finanza, contra los bancos y contra el Fondo Monetario Internacional fue la especialización del antiliberal y anticomunista Frente de Defensa contra el Agio y la Usura (FREDECONSA), el cual, disuelto en 2012, profesaba el llamado nacional-cristianismo de su ideólogo Ricardo de Spirito Balbuena, lo que hizo que se opusiera también furiosamente a todo lo juzgado anticristiano, como la homosexualidad, la pornografía, la manipulación genética y la legalización de las drogas y del aborto. En México, desde 2006, la furia contra los yanquis es el eje rector del Frente Nacionalista de México Siglo XXI (FRENAMEX), antes Organización por la Voluntad Nacional y Frente Nacional Mexicanista, que además de aspirar a la reconquista de los territorios mexicanos anexionados por los Estados Unidos en el siglo XIX, reivindica el Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo, lucha por la reincorporación de los países centroamericanos a México y exige la expulsión de los inmigrantes haitianos en el país.

Tres frentes de la nueva ultraderecha

El FRENAMEX mexicano y el FREDECONSA peruano, al igual que los grupos nazi-fascistas y neonazis recién abordados, tienen una influencia relativamente débil en la sociedad latinoamericana y no amenazan por ahora con dejar una huella profunda en la historia del subcontinente. Las amenazas parecen venir de otros cuatro frentes de la nueva ultraderecha: uno católico semi-secreto y camuflado, uno cristiano sexista escandaloso, otro virtual opinológico y otro más por el que habremos de terminar el presente recorrido: el frente imperialista ultra-liberal.

Ya nos referimos en un artículo anterior al primer frente, el católico semi-secreto y camuflado, particularmente presente en México bajo la forma de la red invisible de Los Tecos, El Yunque y otros entes disimulados a través de organizaciones como Pro-Vida, asociaciones como DHIAC y ANCIFEM y congregaciones religiosas como los Legionarios de Cristo. Por más fría y calculadora que sea la estrategia de esta red ultraderechista mexicana para influir en la sociedad y especialmente en las élites gobernantes, por más discretos que sean los discursos insidiosos con los que desarrolla su hegemonía ideológica, no deja de estar animada por una furia mortífera que podría estarse manifestando en la violencia directa, simbólica-ideológica y estructural socioeconómica, tan racista como clasista, ejercida cotidianamente hacia los de abajo y a la izquierda: hacia los indígenas y hacia los más pobres del país, hacia periodistas y activistas, hacia estudiantes como los 43 de Ayotzinapa, hacia maestros como los masacrados en Guerrero y Oaxaca entre 2015 y 2016, hacia campesinos como los asesinados en Arantepacua en 2016, hacia obreras de maquiladoras y evidentemente hacia miles de supuestos miembros del crimen organizado eliminados en masa por los mismos que los hacen existir. La dictadura perfecta mexicana puede operar así como las demás a las que nos hemos referido, con toda la furia de la extrema derecha, siempre a favor de los privilegios y de la desigualdad, y siempre autoritariamente y antidemocráticamente, pero de modo encubierto y aparentemente democrático, sin necesidad de golpes antidemocráticos y sin riesgo de procesos democratizadores.

El segundo frente que debería preocuparnos, el cristiano sexista, es mucho más abierto que el anterior y tiene ahora su mejor expresión en los discursos de una ultraderecha brasileña vinculada estrechamente con empresarios del sector agropecuario, con defensores de mano dura contra el crimen y especialmente con las iglesias evangélicas y con algunos sectores católicos. Tal vez sus mejores exponentes sean los furiosos líderes carismáticos y esperpénticos Bolsonaro, Malafaia y Feliciano, los tres igualmente homófobos, heteronormativos, machistas, misóginos, defensores de del cristianismo brasileño, adeptos al escándalo público y poseídos por una extraña furia injuriosa y provocadora. El primero, el político Jair Bolsonaro (nacido en 1955), sobresale además como defensor de los pasados regímenes dictatoriales, considera que “los militares salvaron a Brasil de una cubanización”, que “el error de la dictadura fue torturar y no matar”, y que “Pinochet debería haber matado a más gente”. Por su parte, el pastor evangélico Silas Malafaia (nacido en 1958) dice “amar” a los homosexuales como a los “bandidos” y defiende furiosamente la familia tradicional de “macho y hembra”. Por último, el joven pastor neo-pentecostal Marco Feliciano (nacido en 1972), mezclando racismo y homofobia, no ha dudado en afirmar que “la podredumbre de los sentimientos de los homoafectivos conduce al odio, al crimen, al rechazo”, que “la maldición de África” proviene del “primer acto de homosexualidad de la historia” y que “el caso del continente africano es sui generis: casi todas las sectas satánicas, de vudú, son oriundas de allí; las enfermedades como el sida provienen de África”.

El tercer frente de la nueva ultraderecha latinoamericana, el virtual opinológico, muy próximo al anterior, aunque aún más burdo y vulgar, está compuesto de jóvenes influencers: twitteros, blogueros, youtubers y otras estrellas del internet que se dedican a difundir mensajes típicamente ultraderechistas. Dos buenos ejemplos son los de Callodehacha y Yael Farache. El primero, de nombre Jorge Roberto Avilés Vázquez (nacido en 1986), es famoso en México por su misoginia, su antifeminismo, su minimización de la violencia contra las mujeres y el estilo ramplón y socarrón con el que propaga su furia contra la izquierda y especialmente contra el famoso líder populista Andrés Manuel López Obrador. Esta furia está bien disimulada en una estrategia típicamente ultraderechista en la que se repudia lo mismo la izquierda que la derecha bajo el supuesto de que todos los políticos son lo mismo, lo que permite minimizar los excesos del régimen derechista corrupto, opresivo y represivo, y al mismo tiempo desprestigiar a sus opositores. Las demás tareas ideológicas generales desempeñadas por Callodehacha, independientemente de los encargos puntuales por los que se le paga, consisten fundamentalmente en darle un aire amable, risueño e inofensivo a los discursos de la extrema derecha, forjar un estilo jocoso en el que lo inaceptable resulte aceptable, convertir la humillación del otro en pasatiempo y diversión, difamar y ridiculizar a quienes luchan por justicia e igualdad, banalizar la violencia y endulzar el mismo sentimiento de odio que se infunde en la sociedad.

Algunas de las tareas desempeñadas por Callodehacha serán también cumplidas eficazmente por Yael Farache Bograd (nacida en 1985), judía-sefardí hispano-venezolana residente en Miami, la cual, a través de un discurso un poco más elaborado que el de su homólogo mexicano, consigue además racionalizar los más irracionales prejuicios y hacerlos parecer lógicos y sensatos. Alternando sus mensajes provocadores con sus provocativas fotos eróticas y a veces francamente pornográficas, esta famosa bloguera no sólo exhibe obscenamente su racismo hacia la gente de color y su odio hacia la izquierda en todas sus formas, sino que desprecia la democracia, intenta demostrar la tendencia intrínsecamente violenta del Islam, profesa veneración por Donald Trump, celebra sus propuestas de construir un gran muro en la frontera con México y de expulsar a millones de inmigrantes de los Estados Unidos, y no duda en sostener que hay pueblos, razas y religiones mejores y peores, “nobles” y “de mierda”.

Imperialismo ultra-liberal

El cuarto frente que debe inquietarnos, quizás el más inquietante de los cuatro, es el de aquellos jóvenes latinoamericanos que instilan astutamente sus furiosas convicciones ultraderechistas a través de las racionalizaciones liberales, neoliberales y libertaristas o libertarianas que han aprendido generalmente en think tanks financiados por los Estados Unidos y que les ayudan a justificar sus posiciones anticomunistas, anti-socialistas, anti-estatistas, anti-intervencionistas y especialmente anti-populistas –opuestas a los populismos latinoamericanos de las últimas décadas. Este frente imperialista ultra-liberal no sólo muestra una vez más, al igual que los ya revisados golpes militares y escuadrones de la muerte del último tercio del siglo XX, el papel crucial del imperialismo estadounidense en el mantenimiento y el reforzamiento de la extrema derecha en América Latina, sino que también corrobora la compatibilidad que puede existir entre las tendencias ultraderechistas y las doctrinas ultra-liberales: algo que ya observamos en dictaduras como la pinochetista en el Chile de los 1970 y en organizaciones como la APEN colombiana de los años 1930. En el contexto actual, como en aquellas coyunturas, la furiosa defensa del libre mercado se anuda con las enfurecidas opiniones ultraderechistas de jóvenes como la guatemalteca Gloria Álvarez, el brasileño Rodrigo Constantino, el chileno Axel Kaiser o los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez.

Los discursos de los jóvenes ultra-liberales propagan su furia ultraderechista, no sólo contra Lula y Dilma en Brasil, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, los Kirchner en Argentina o Chávez y Maduro en Venezuela, sino también contra las masas que apoyan a esos líderes populistas, contra los comunistas, los marxistas y las feministas, y, además, lo que resulta particularmente preocupante, contra los pobres, los inmigrantes, los negros y los indígenas. Por más que profesen un liberalismo o libertarianismo pretendidamente opuesto al fascismo, lo cierto es que se nos muestran como descarados neofascistas al dejarnos vislumbrar sus prejuicios racistas, sus posiciones clasistas y xenófobas, su promoción de la desigualdad y sus aserciones delirantes en las que atribuyen perversiones y patologías a los comunistas y a las feministas. Agustín Laje, por ejemplo, atribuye al feminismo las “horripilantes reivindicaciones” del incesto y la pedofilia. Su colega Nicolás Márquez descarga su cólera desquiciada contra las organizaciones de izquierda por enarbolar “fantasías igualitarias”, fomentar la “desjerarquización”, promover “el homosexualismo” y ofrecer un “alivio personal” al “sodomita”.

Por su parte, Axel Kaiser no sólo ha publicado un libro intitulado Tiranía de la igualdad: por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad, sino que ha despotricado contra los inmigrantes que benefician de atención médica en los países ricos y no ha dudado en escribir hace poco –recordándonos al siniestro psiquiatra franquista Antonio Vallejo Nájera– que los marxistas tienen una psique “patológica” y que son “asesinos en potencia”. Rodrigo Constantino, en el mismo sentido, acusó a los militantes de izquierda y “progresistas modernos” de tolerar la pedofilia y de sufrir un “desorden psiquiátrico”, pero también se opuso a la celebración de un Día de la Conciencia Negra y describió a los “pobres y negros” que participan en flash mobs dentro de centros comerciales como “bárbaros incapaces de reconocer su propia inferioridad”.

Tenemos, por último, a Gloria Álvarez Cross, la cual, procediendo como los sinarquistas mexicanos o como los miembros de la APEN colombiana o del Movimiento Nacionalista de Chile, confirma su posición ultraderechista precisamente al pretender superar la división entre derecha e izquierda. Gloria Álvarez también llega hasta el extremo de rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. Y, además, atribuye a los indígenas guatemaltecos una propensión a violar y tolerar la violación. Por si fuera poco, la misma Álvarez describe como “insensatos idealistas” a quienes creen que “es posible cambiar el mundo”, repudia el dilema entre “la asfixia del igualitarismo” y “el igualitarismo asfixiante” y no puede sino burlarse del progre “ecologista, pacifista, feminista, antiglobalización, antiimperialista y pro Tercer Mundo”, así como “paritario, tolerante, dialogante, que busca el consenso, lucha por los derechos humanos, por la mejora de las condiciones de vida del planeta”.

La ultraderecha latinoamericana durante la guerra fría (1946-1991)

Ultraderecha2

Artículo publicado en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 20 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

Antisemitismo en la posguerra: revisionistas mexicanos y tacuaras argentinos

Un artículo anterior nos hizo remontar hasta los orígenes de la ultraderecha latinoamericana en la etapa de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial. Este recorrido nos condujo finalmente a los tiempos en los que el moreliano Salvador Abascal Infante (1910-2000) lideró la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en México. En los años siguientes, ya en el último tercio del siglo XX, Abascal Infante se dedicó a escribir una serie de libros, elocuentes ejemplos de revisionismo histórico de extrema derecha, en los que tergiversó toda la historia de México, repudió la Revolución “antimexicana” y atacó vehementemente al “marxista” Benito Juárez y al “comunista” Lázaro Cárdenas. A menudo, en estos libros y en otros más, Abascal Infante no consigue reprimir su furor contra los ateos, los socialistas, los masones, los demócratas, los capitalistas y los yanquis, todos ellos asimilados al “judaísmo” que emplearía el poderío estadounidense para obtener el dominio económico, político y cultural del mundo.

Salvador Abascal no ha sido ni el primero ni el único revisionista de ultraderecha en América Latina. Varios años antes de sus recién mencionadas falsificaciones de la historia de México, tenemos ya la obra cumbre latinoamericana del revisionismo y del negacionismo, Derrota mundialescrita por otro mexicano, el furibundo antisemita y anticomunista Salvador Borrego Escalante (1915-2018). El voluminoso libro de Borrego Escalante, publicado en 1953, no sólo niega el holocausto y ensalza el nazismo, sino que profundiza en la tesis de la conspiración judeo-masónica-marxista para dominar el mundo, culpa de la Segunda Guerra Mundial al movimiento político judío y reinterpreta la victoria de 1945 como una “derrota de Occidente” frente al “marxismo israelita”.

La representación de los israelitas como siempre victoriosos permite poner al resto de los seres humanos como siempre derrotados. La derrota mundial, tal como es concebida en el discurso de Borrego Escalante, puede servir entonces para justificar el revanchismo y excitar la furia de los derrotados, fracasados, victimizados. Una vez más, como en los discursos de Barroso, Martínez Cantú y Abascal Infante, la furia es rencorosa y se vuelca principalmente contra unos judíos presentados como verdugos victoriosos.

El antisemitismo latinoamericano de la posguerra no sólo se manifestó en especulaciones conspiratorias. También tuvo manifestaciones más consistentes, más concretas y palpables, como fueron las acciones violentas de la última gran organización antisemita de América Latina, el Movimiento Nacionalista Tacuara de Argentina, que operó entre 1955 y 1965 con un ideario hispanista, católico, nacionalista y nazi-fascista furiosamente antijudío, anticomunista y antidemocrático, pero también antiestadounidense, anticapitalista y antiimperialista. Sus integrantes, mayoritariamente estudiantes jóvenes de las clases altas, defendían la educación religiosa, creían en conspiraciones judías internacionales como las fabuladas por Abascal Infante y Borrego Escalante, admiraban a Hitler y a Mussolini, utilizaban camisas pardas y saludaban con el brazo extendido. Sus acciones se dirigieron principalmente contra la comunidad judía y consistieron en profanaciones de cementerios, explosiones de bombas en sinagogas y ataques violentos hacia jóvenes de la comunidad, llegando hasta la tortura y el asesinato.

En 1964, después de que el joven militante judío comunista Raúl Alterman fuese asesinado por miembros de Tacuara, la familia de la víctima recibió el siguiente mensaje: “Nadie mata porque sí nomás; a su hijo lo han matado porque era un sucio judío”. La condición cultural del sujeto se presenta como causa de su muerte. La supuesta causa no es la furia mortífera del asesino, sino lo que la excita: el judaísmo de la víctima. Es, en definitiva, como si el joven judío fuera víctima de sí mismo. Tenemos aquí un ejemplo extremo de revisionismo histórico en el que la víctima termina convertida en verdugo.

Revolución Cubana y anticastrismo: la reconciliación de la ultraderecha latinoamericana con los Estados Unidos

La ultraderecha Tacuara no fue el único movimiento ultraderechista latinoamericano mayoritariamente juvenil y estudiantil de los años cincuenta y sesenta. Hubo muchos otros, aunque no centrados en la persecución antisemita, sino en el combate anticomunista. En México sobresalieron el Frente Universitario Anticomunista (FUA), nacido en 1954 en la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), y el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), surgido en 1962 en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Estos dos movimientos fueron expresiones visibles de una extensa red semisecreta que aún existe, que se vincula estrechamente con el Partido Acción Nacional (PAN) y en la que destacan dos grupos bastante influyentes y poderosos en México: Los Tecos, aparecidos en los años treinta en la derechista Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), y especialmente El Yunque, fundado en 1952 por el entonces estudiante Ramón Plata Moreno y concebido por uno de sus primeros miembros, Klaus Feldmann Petersen, como “un cuerpo de combate contra el comunismo, la masonería y todos los demás enemigos de Dios y de su Iglesia”.

El tono agresivo y belicoso del Yunque mexicano, con el que se delata una furia guerrera como la del argentino Manuel Carlés en los orígenes de la ultraderecha latinoamericana, está en sintonía con la década en la que surge. Es una de las fases más candentes de la Guerra Fría: el tiempo del macartismo y la caza de comunistas en los Estados Unidos, la Guerra de Corea, las grandes gestas de liberación nacional en el mundo y la guerrilla jaramillista en México. La década culmina con el triunfo de la Revolución Cubana que habrá de forzar una reorganización y reorientación de la ultraderecha latinoamericana. El antisemitismo, el racismo y el nazi-fascismo tienden a debilitarse o a subsumirse en una lucha primordialmente anticomunista y a menudo apoyada, controlada y financiada por los Estados Unidos. La subordinación a la CIA y a la Casa Blanca, junto con un ideario bastante débil y obscenamente capitalista y liberal, ganan terreno sobre la germanofilia y sobre el hispanismo antiestadounidense, anticapitalista y antiimperialista. La furia de la ultraderecha no se apaga, desde luego, pero prefiere canalizarse de modo estratégico por la vía militar o paramilitar, a través de la represión generalizada y sistemática, o a disimularse e infiltrarse de modo insidioso en lugar de simbolizarse abiertamente a través de los vanos delirios conspiracionistas y de la parafernalia hispanista o nazi-fascista. La política tradicional de la ultraderecha, con sus movimientos de masas y sus discursos grandilocuentes, va cediendo su lugar al pragmatismo, al intervencionismo yanqui, a los golpes de estado y a los escuadrones de la muerte, a las guerras sucias y psicológicas.

La transformación a la que acabamos de referirnos habrá de operarse de manera diferente en cada país. En la ultraderecha costarricense, por ejemplo, corresponde a la transición de la Unión Cívica Revolucionaria (1957-1968) del exnazi Frank Marshall, caracterizada por su nacionalismo y su antiimperialismo, al anticastrista y antisandinista Movimiento Costa Rica Libre (1961 hasta ahora), el cual, pese al espectáculo fascista de sus Tridentes y Boinas Azules, se ha limitado a ser un instrumento del imperialismo estadounidense en Centroamérica. Los Estados Unidos tienden así a suplantar a España y Alemania como naciones de referencia de los ultraderechistas, mientras que sus mayores enemigos dejan de ser los judíos y los soviéticos para convertirse en los guerrilleros comunistas personificados por Fidel y el Che.

Antes de marcar el imaginario ultraderechista, el triunfo de la Revolución Cubana provocó reacciones concretas inmediatas en la ultraderecha. La primera de ellas fue la creación de la Legión Anticomunista del Caribe: una organización paramilitar fundada en el mismo año de 1959 en República Dominicana, por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo, con el propósito de invadir Cuba y derrocar a Fidel Castro. Después de esta iniciativa pionera, la reacción anticastrista, anticomunista y contrarrevolucionaria dará lugar a otras organizaciones ultraderechistas violentas. Las más conocidas fueron dos organizaciones terroristas vinculadas con el narcotráfico: Alpha 66, formada entre 1961 y 1962, y el Frente de Liberación Nacional Cubano (FLNC), que realizó entre 1972 y 1975 medio centenar de acciones contra barcos pesqueros y representaciones diplomáticas de Cuba. Éstos y otros grupos han hecho que la capital del exilio cubano, la ciudad de Miami, se convierta en uno de los principales puntos referenciales y articuladores de la ultraderecha latinoamericana, la cual, desde 1961, será furiosamente anticastrista por esencia y por definición.

De los porros a los escuadrones de la muerte

Fue precisamente durante una movilización contra Fidel Castro que se fundó en 1961 el ya mencionado MURO en México. Sus primeras acciones, de hecho, consistieron en ataques violentos contra los estudiantes procastristas de la UNAM. El posicionamiento anticastrista será en lo sucesivo un denominador común de las organizaciones estudiantiles ultraderechistas mexicanas que poco a poco, entre los años sesenta y setenta, se multiplican, adquieren más y más poder, estrechan sus vínculos con las cúpulas universitarias y gubernamentales y recurren cada vez más a la violencia física. Es así como estas organizaciones terminan revistiendo formas porriles y convirtiéndose en cuadrillas de porros, como se conoce en México a los “grupos de pandilleros, al servicio de las autoridades universitarias y el gobierno”, en los que vemos converger “la tradición de violencia y pandillerismo universitario de los grupos conservadores tradicionales, con las formas corporativas y autoritarias del Estado mexicano”. Además de usar piedras, palos, barras metálicas y armas punzocortantes para atacar a sus enemigos, los porros ultraderechistas aplaudirán y a veces apoyarán la sangrienta represión gubernamental contra los movimientos estudiantiles de izquierda. Ya en 1968, mientras los militares y paramilitares del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz masacraban a centenares de universitarios, los militantes del MURO entonaban furiosamente consignas como “¡viva Díaz Ordaz!”, “¡queremos uno, dos, tres Chés muertos!” o “¡mueran los guerrilleros apátridas!”.

Las consignas de MURO, que recuerdan a las camisas doradas con su ¡muerte al comunismo! y sus referencias a los judíos apátridas, muestran la simpleza y la necrofilia de un ideario en el que tan sólo puede reivindicarse la vida para los asesinos y la muerte para sus víctimas. La mejor síntesis de tal ideario minimalista se encuentra en las famosas intervenciones con las que el general franquista José Millán Astray, no menos tonto que sanguinario, presentó sus furiosas objeciones ante el discurso de Miguel de Unamuno en 1936: “¡viva la muerte!” y “¡muera la inteligencia!”. Estas dos frases, la segunda convertida en lema y grito de guerra del franquismo, resumen elocuentemente mucho de lo que está en juego en la furia de la ultraderecha. Para el porro mexicano de 1968, como para el franquista español de 1936, el enfurecimiento es invariablemente contra la inteligencia y no sólo contra la vida.

Los porros anticomunistas mexicanos alcanzaron su versión más bestial y mortífera en la figura de los halcones, responsables del asesinato de cerca de 120 personas, el 10 de junio de 1971, durante la Matanza de Corpus Christi en la Ciudad de México. Es verdad que los halcones, al igual que muchas agrupaciones porriles, difieren de las demás organizaciones ultraderechistas por su total dependencia de las directivas gubernamentales, por la falta de un claro posicionamiento político y por su funcionamiento predominantemente oportunista y mercenario. Sin embargo, además de sus profundas afinidades y vinculaciones con el porrismo ultraderechista, los halcones obedecieron a la misma lógica de la ultraderecha que ya conocemos: no sólo fueron furiosamente violentos al actuar contra la inteligencia y contra la vida, sino que fueron especialmente reclutados como “rompehuelgas” y para “controlar a los izquierdistas” y especialmente a los “estudiantes opositores de izquierda”, y obedecieron a la misma estrategia por la que el gobierno mexicano apoyaba financieramente a los grupos estudiantiles que rechazaran “las ideas marxistas y del sistema comunista”.

Los halcones mexicanos, con sus mandos bien entrenados en los Estados Unidos, forman parte de una estrategia más amplia del gobierno estadounidense y de la ultraderecha latinoamericana que se concretó desde 1966 o 1967 y que operó durante cuatro décadas. Me refiero a los grupos de militares y paramilitares conocidos como escuadrones de la muerte, compuestos generalmente de jóvenes provenientes de sectores populares marginados, maltratados y resentidos contra el resto de la sociedad, en los que podía encenderse y explotarse una furia elemental, muda y ciega, silenciosa e insensible, para acometer la carnicería de la que fueron protagonistas. Hoy conocemos los nombres de los más importantes de estos grupos, muchos de ellos bien adoctrinados en el ideario de la extrema derecha, que persiguieron, violaron, torturaron, mataron y desaparecieron a cientos de miles de militantes de izquierda en varios países de América Latina: en Guatemala, entre 1967 y 1982, fueron más de veinte grupos, entre ellos el ESA (Ejército Secreto Anticomunista), la NOA (Nueva Organización Anticomunista) y la MANO (Movimiento Anticomunista Nacionalista Organizado); en Brasil, entre 1969 y 1973, la OB u OBAN (Operación Bandeirantes); en Uruguay, entre 1971 y 1972, los Comandos Caza Tupamaros y la Defensa Armada Nacionalista (DAN); en República Dominicana, de 1971 a 1974, el Frente Democrático Anticomunista y Antiterrorista, mejor conocido como La Banda Colorá; en Argentina, entre 1969 y 1976, varios grupos, entre ellos la MANO (Movimiento Argentino Nacionalista Organizado), el Comando Libertadores de América y la famosa Triple A (Alianza Anticomunista Argentina); en El Salvador, entre 1979 y 1991, unos quince grupos directa o indirectamente vinculados con Roberto D’Aubuisson y con la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), entre ellos la BACSA (Brigada Anti-comunista Salvadoreña), la FALANGE (Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista – Guerra de Eliminación) y el FALCA (Frente Anti-comunista para la Liberación de Centroamérica); en Honduras, entre 1982 y 1997, el Batallón 3-16 de Gustavo Álvarez Martínez, destinado a combatir a comunistas en toda Centroamérica; en México, entre 1994 y 1999, Paz y Justicia, los Chinchulines, Máscara Roja y MIRA (Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista), dirigidos contra las bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN); en Colombia, entre 1996 y 2006, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), con cerca de 40,000 miembros y responsable de más de 300 mil asesinatos.

Aunque la mayoría de los escuadrones de la muerte fueran abiertamente anticomunistas y aunque muchos de ellos contaran con un buen adoctrinamiento ideológico de ultraderecha, todos ellos tendían espontáneamente a proceder como ciegos mecanismos que sólo sabían obedecer órdenes o pulsiones al herir, torturar, violar, matar, devastar y asolar todo lo que encontraban a su paso. Los crímenes, por lo general, no estaban mediados por ninguna conciencia, por ningún escrúpulo y por ningún ejercicio intelectual, sino que se limitaban a ejecutar de modo inmediato, ininteligente y no sólo inconsciente, una furia destructora y asesina. Volvemos a encontrar aquí, al igual que entre los porros y los halcones mexicanos, la realización efectiva de las fórmulas básicas de la ultraderecha: vida para la muerte muerte para la inteligencia.

El ascenso de la ultraderecha: camuflajes mexicanos y dictaduras sudamericanas

Entre 1974 y 1976, una vez que los porros ultraderechistas de México se han diseminado por todo el país y muchos ya se han hecho adultos, llegamos a un momento de culminación, consolidación e institucionalización de la ultraderecha mexicana. Es el momento en el que más de veinte organizaciones porriles de extrema derecha firman el Pacto de los Remedios, mientras que se fundan algunas de las principales organizaciones que servirán para camuflar a los sectores ultraderechistas y defender sus intereses en México: el Comité Nacional Pro-Vida contra el aborto, contra los métodos anticonceptivos y contra cualquier noción de libertad sexual; la Asociación Nacional Cívica Femenina (ANCIFEM) contra la igualdad de género, contra el feminismo y contra la emancipación de las mujeres; Desarrollo Humano Integral y Acción Ciudadana (DHIAC) contra la justicia y la igualdad social, contra las políticas redistributivas y contra los derechos y las reivindicaciones más justas de los trabajadores.

Algunos de los miembros de las organizaciones que acabamos de mencionar estarán estrechamente vinculados con El Yunque y Los Tecos, así como con otros grupos semisecretos aparecidos posteriormente, como el Movimiento Mexicanista de Integración Nacional (MMIN), fundado en 1970 y aún activo en la guerra contra la izquierda en México, y con ciertas congregaciones ultraconservadores de la Iglesia, como el Opus Dei, conocido por su adhesión al franquismo y a otras dictaduras, y los Legionarios de Cristo, famosos por su afición al abuso sexual de menores y por la influencia que ejercen en la sociedad mexicana a través de entes privados como la Universidad Anáhuac, el Instituto Cumbres, FAME (Familia Mexicana) y el movimiento de apostolado para seglares denominado “Regnum Christi”. Nos encontramos aquí ante una inmensa constelación de entidades ultraderechistas mexicanas que habrán de adquirir cada vez mayor poder político en las siguientes décadas a medida que, por un lado, el gobierno del centrista Partido Revolucionario Institucional (PRI) va derechizándose, y, por otro lado, el derechista Partido Acción Nacional (PAN) va tomando posiciones en la esfera gubernamental.

Los Legionarios de Cristo y el Opus Dei han tenido una presencia igualmente importante en Argentina, Venezuela, Colombia, Chile y Brasil. De modo paralelo, en estos mismos países y además en Perú, destacó también un grupo católico ultraderechista de laicos, Tradición, Familia y Propiedad (TFP), fundado en São Paulo, en 1960, por Plinio Corrêa de Oliveira, quien escribió un año antes la obra programática Revolución y Contrarrevolución, en la que defiende el catolicismo contra contra la modernidad revolucionaria, contra sus “valores metafísicos”, los de “igualdad absoluta y libertad completa”, y contra las pasiones correlativas, “el orgullo y la sensualidad”. Este grupo concentró toda su furia en los teólogos de la liberación y en otros sectores progresistas de la Iglesia Católica. También se vinculó con el MURO en México y con el paramilitarismo colombiano, y en 1984, en Venezuela, se le acusó de haber intentado asesinar al Papa Juan Pablo II. En general, por más influyente que haya llegado a ser en varios países, el TFP jamás consiguió incidir en las esferas gubernamentales como los otros grupos católicos ultraderechistas en el contexto mexicano.

En contraste con el ascenso relativamente pacífico de los sectores ultraderechistas en México, tenemos la situación de aquellos países latinoamericanos en los que las ultraderechas, invariablemente apoyadas por el gobierno estadounidense, tan sólo consiguieron llegar al poder a través de violentos golpes de estado. El primero fue el de Liberación Anticomunista en Guatemala, en 1954, con el que se derrocó a Jacobo Arbenz y se instauró el régimen del ultraderechista Movimiento de Liberación Nacional, que mantuvo el poder hasta 1982 y que se valió de sus ya mencionados escuadrones de la muerte para masacrar a varias decenas de miles de indígenas y comunistas. Luego, como sabemos, vinieron los golpes y las dictaduras furiosamente anticomunistas de Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), Castelo Branco en Brasil (1964-1985), Hugo Banzer en Bolivia (1971-1978), Juan María Bordaberry en Uruguay (1973-1976), Augusto Pinochet en Chile (1974-1990) y Jorge Rafael Videla en Argentina (1976-1981). Hay que subrayar que varios de estos regímenes dictatoriales, como el pinochetista chileno, sirvieron para desmantelar estados intervencionistas y para implantar políticas salvajemente capitalistas, liberales o neoliberales y favorables a los intereses del capital estadounidense, mostrándose así, una vez más, como con la APEN colombiana, la posible compatibilidad entre los programas de la ultraderecha y los de la doctrina liberal o neoliberal.

Antes de los golpes militares y de los regímenes dictatoriales recién mencionados, hubo generalmente grupos de extrema derecha que parecían prefigurarlos y que a veces los prepararon o simplemente los favorecieron. En Chile, por ejemplo, hay que referirse al menos a tres importantes organizaciones ultraderechistas: el Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista de Chile (MRNS), fundado en 1952 y abiertamente anticomunista y antidemocrático; el estrambótico Partido Nacional Socialista Obrero de Chile (PNSO), formado en 1964, inspirado en el nazismo y con actividades como el concurso de belleza “Miss Nazi” o el intento por establecer la rama chilena del Ku Klux Klan; y el Frente Nacionalista Patria y Libertad, surgido en 1971, anticomunista y pretendidamente anticapitalista y antiimperialista, pero financiado por la CIA para que realizara diversos actos de terrorismo y sabotaje contra el gobierno democrático de Salvador Allende. Poco después, entre 1973 y 1976, en Argentina, surgieron dos organizaciones paramilitares y terroristas en el flanco ultraderechista del peronismo: Concentración Nacional Universitaria (CNU), fundada e inspirada por el prolífico filólogo, teólogo, escritor y poeta Carlos Alberto Disandro; y la ya mencionada Alianza Anticomunista Argentina, conocida como Triple A y dirigida por el siniestro José López Rega, que se dedicó a perseguir, amenazar, matar y desaparecer a todos aquellos a los que situaba en la izquierda, ya fueran artistas, intelectuales, docentes, estudiantes, profesionistas, sindicalistas o políticos.

La estafeta de la persecución anticomunista pasará directamente de los grupos ultraderechistas a unos regímenes dictatoriales que deben concebirse, tanto por sus idearios y sus estrategias como por sus filiaciones políticas y sus apoyos sociales, como una toma del poder gubernamental por la ultraderecha latinoamericana. Cabe afirmar, pues, que esta ultraderecha consigue una de sus mayores victorias en América Latina, quizás incluso la mayor de todas, en las dictaduras del cono sur. Es verdad que tales dictaduras intentaron a veces disimular su orientación ultraderechista. Sin embargo, por más que incurrieran en camuflajes como los mexicanos de la misma época, es un hecho indiscutible que reúnen la mayor parte los componentes ultraderechistas que mencionamos en el artículo anterior, como el nacionalista, el conservador, el oligárquico, el anticomunista, el antidemocrático, el autoritario, el violento y el furioso.

Los orígenes de la ultraderecha latinoamericana (1919-1945)

Ultraderecha1

Artículo publicado en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 13 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

La ultraderecha

Sabemos que estamos ante la ultraderecha cuando notamos al menos algunos de los siguientes componentes: el autoritarismo, las tendencias antidemocráticas y oligárquicas, la enardecida justificación de ciertos privilegios, la exaltada hostilidad hacia políticas redistributivas y otras medidas tendientes a la igualdad, la creencia en la desigualdad natural o cultural entre los seres humanos, el rechazo o el desprecio de otras culturas o religiones, el repudio vehemente del secularismo y de la sociedad multicultural, el nacionalismo, el tradicionalismo, el conservadurismo, el anticomunismo y la oposición radical a todas las izquierdas, así como el clasismo, la xenofobia, el racismo, la mixofobia, el sexismo, la homofobia y otras actitudes prejuiciosas y discriminatorias.

Es poco frecuente que todos los componentes de la extrema derecha se presenten reunidos e integrados en una sola doctrina o programa. Lo común es que aparezcan tan sólo algunos de ellos combinados con otros ingredientes que a veces permiten disimularlos. Condimentos neoliberales, individualistas y libertarianos o libertaristas, por ejemplo, sirven actualmente para encubrir posiciones autoritarias, xenófobas, racistas, clasistas, anti-igualitarias y anticomunistas en discursos neofascistas como algunos que encontramos en la derecha alternativa estadounidense, en el joven libertarianismo anti-populista latinoamericano, en el nacional-liberalismo europeo y específicamente en fuerzas como el Partido de la Libertad en Austria, Vlaams Belang en Bélgica y la Nueva Derecha en Polonia.

Las fuerzas ultraderechistas no sólo se distinguen por su adopción y su posible ocultación de los componentes ya mencionados. Además de estos elementos que se refieren al contenido ideológico de ciertas creencias y actitudes, la ultraderecha se caracteriza también por aspectos formales como la falta de corrección política, la violencia, la irracionalidad, la racionalización compensatoria y lo que Walter Benjamin llamaba “estetización de la política” para describir el énfasis en la expresión a costa de lo que se expresa. Otro aspecto formal distintivo de los posicionamientos ultraderechistas es el de su carga pasional o afectiva, la cual, aunque tenga las más diversas expresiones, tiende a revestir una forma excesiva, exagerada, exaltada, vehemente, impetuosa, impulsiva, enardecida, colérica, iracunda, furiosa o enfurecida.

Liga Patriótica Argentina: un pogromo en Buenos Aires

La ultraderecha, con sus componentes recién mencionados, corresponde a un fenómeno contemporáneo, relativamente reciente, sin duda no anterior a finales del siglo XIX. En el contexto latinoamericano, su aparición quizás pudiera situarse hipotéticamente en tres momentos del México revolucionario: en 1911 y en los siguientes años, la persecución contra los chinos a la que haremos referencia más adelante; en 1913, el movimiento golpista reaccionario contra el gobierno maderista; en 1915, la fundación de la “U”, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), en la ciudad de Morelia. Sin embargo, en estos momentos, sentimos que todavía no alcanzamos a discernir la ultraderecha y que sus componentes aún se presentan de manera demasiado segmentada, separada y fragmentaria: primero la furia, el racismo y la xenofobia; luego las tendencias oligárquicas y antidemocráticas, así como la defensa de los privilegios y de la desigualdad; finalmente el conservadurismo y el rechazo del secularismo.

Los mencionados componentes de la ultraderecha tardarán varios años en reunirse y articularse en México, pero antes, en los tiempos en los que nacía el fascismo italiano, hacia 1919, en Buenos Aires, encontramos varios de ellos ya bien sintetizados en lo que se hizo llamar primero “Comisión pro-defensores del orden” y luego “Liga Patriótica Argentina”. Esta organización paramilitar, auxiliar de la policía y compuesta de jóvenes adinerados entrenados por militares, protagonizó tres episodios aciagos de la historia de Argentina: durante la Semana Trágica de 1919, la represión masiva de obreros huelguistas y el único pogromo antijudío que se haya registrado en el continente americano, con un saldo total de más de 700 muertos en los barrios populares de Buenos Aires; entre 1920 y 1922, durante la gesta de lucha conocida como “Patagonia Rebelde”, la masacre de unos 1500 peones rurales anarcosindicalistas que se habían declarado en huelga en la provincia de Santa Cruz; por último, en 1930, el golpe de estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen y que fue encabezado por el militar José Félix Uriburu, apoyado por la oligarquía del país y probablemente orquestado por la empresa estadounidense Standard Oil.

La violenta Liga Patriótica Argentina exhibe su odio en cada una de sus acciones: lanzándose impetuosamente a la “caza de rusos”, agrediendo a transeúntes identificados por su manera de vestir, saqueando y destruyendo casas de los barrios de trabajadores, persiguiendo a los anarquistas y a los comunistas o “maximalistas” (simpatizantes de la Revolución Rusa), atacando sinagogas y bibliotecas, incendiando sedes sindicales, golpeando y torturando y asesinando a centenares de obreros, peones rurales, judíos y extranjeros. La mejor elaboración ideológica de toda esta explosión de odio se encuentra en su fundador, su inspirador y su principal ideólogo, Manuel Carlés (1875-1946), furioso defensor de valores tradicionales de la ultraderecha latinoamericana: la patria y el patriotismo, pero también Dios y el orden, así como la propiedad y la autoridad.

Liga Republicana en Argentina y Acción Integralista Brasileña

En la historia de la ultraderecha latinoamericana, Carlés y su Liga Patriótica Argentina inauguran una primera etapa que se extenderá desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y que tendrá su apogeo en los años treinta, bajo el impulso de los fascismos del viejo continente. La influencia protofascista o fascista europea se hará sentir en Argentina muy pronto, hacia 1927, con la revista La Nueva República, en la cual, a través de escritores como Juan Emiliano Carulla (1888-1968), se adopta la perspectiva nacionalista, monárquica y antisemita del francés Charles Maurras y de la Acción Francesa (Action Française)así como las visiones del fascismo italiano de Benito Mussolini y de la Unión Patriótica del general y dictador español Miguel Primo de Rivera.

El director de La Nueva República, Rodolfo Irazusta (1897-1967), y el periodista Roberto de Laferrère (1900-1963) fundaron en 1929 la primera organización latinoamericana de inspiración fascista, la llamada “Liga Republicana”, que participó junto con la Liga Patriótica Argentina en el golpe de estado que llevó al poder a Uriburu en 1930. Dos años después, en Brasil, durante el régimen de Getulio Vargas, se fundó la Acción Integralista Brasileña (Ação Integralista Brasileira), un movimiento fascista de masas que dispuso de una organización paramilitar, las camisas verdes, y que no cesó de expandirse hasta su disolución en 1937, cuando llegó a tener más de un millón de miembros. El principal ideólogo del movimiento, Plínio Salgado, centró el integralismo en su noción de un hombre integral que habría sido mutilado por concepciones parciales que reducirían lo humano a lo individual, a lo colectivo, a lo estatal, a lo económico, a lo sexual, lo racial, etc.

El rechazo contundente del racismo fue un rasgo por el que el integralismo brasileño se distinguió de otros movimientos ultraderechistas. Incluso Gustavo Barroso (1888-1957), quizás el más intolerante de los ideólogos integralistas, rechazó abiertamente cualquier actitud racista, lo que no le impidió emitir uno de los discursos antisemitas más explícitos y frenéticos de la ultraderecha latinoamericana. De hecho, este discurso explicó su propio antisemitismo como una reacción anti-racista contra el racismo de los judíos: era precisamente por estar contra el racismo que debía combatirse lo que se describía como “racismo judaíco”.

Racismo y antisemitismo: de las matanzas de chinos en México a las organizaciones de corte nazi-fascista en todo el subcontinente

El antisemitismo de Barroso no es un caso aislado en la ultraderecha latinoamericana de los años treinta y cuarenta. La época de apogeo del nazismo y de los campos de concentración europeos nos ofrece innumerables ejemplos de organizaciones antisemitas en varios países de América Latina: en Costa Rica, el Partido Nazi (1931); en Argentina, la Alianza de la Juventud Nacionalista (1937-1943) y la Alianza Libertadora Nacionalista (1943-1955); en Chile, el Movimiento Nacional-Socialista (1932-1939), el Partido Nacional Fascista (1938-1940), el Movimiento Nacionalista (1940-1943) y el Partido Unión Nacionalista (1943-1945). Estas organizaciones tienen muchos rasgos en común: su antisemitismo, su racismo, su nacionalismo, su anticomunismo, su anti-marxismo, su inspiración directa en el fascismo italiano y en el nazismo alemán, su germanofilia, su organización jerarquizada y a veces militarizada, y su pretensión de trascender el tradicional espectro derecha-izquierda.

Algunas de las organizaciones mencionadas tendrán vínculos directos con los nazis alemanes, como será el caso del Partido Nazi de Costa Rica, el cual, además, influirá en el gobierno costarricense, que limitará e incluso impedirá la inmigración de judíos. Otras organizaciones, como el Movimiento Nacional-Socialista de Chile, terminarán distanciándose del nazismo, atenuando su antisemitismo y girando hacia la izquierda, pero esto mismo causará el surgimiento de grupos disidentes altamente antisemitas, como es el caso, en el contexto chileno, del Partido Nacional Fascista.

La orientación antisemita y nazi-fascista de la ultraderecha latinoamericana de los años treinta se hará sentir de modo particular en México, en donde se da un asombroso fenómeno de proliferación, propagación y ramificación de organizaciones ultraderechistas cuyos discursos promueven la furia nacionalista contra los judíos. Los nombres de tales organizaciones resultan bastante significativos: Unión Pro-Raza (1930), Acción Revolucionaria Mexicanista (1933), Liga Anti-Judía (1935), Confederación de la Clase Media (1936), Legión Mexicana Nacionalista (1937), Vanguardia Nacionalista Mexicana (1938) y Partido Nacional de Salvación Pública (1939). En algunas organizaciones, como la Unión Pro-Raza y la Confederación de la Clase Media, el rechazo de lo judío se insertaba en un hispanismo que exaltaba la cultura de la madre patria española, centrada en la estirpe, la jerarquía y el catolicismo, y que rechazaba lo mismo lo judío y lo indígena americano que lo francés, lo inglés y especialmente lo norteamericano. Esta serie de rechazos fue precedida, preparada y a menudo acompañada, especialmente en el norte de México, por la feroz persecución contra los chinos, durante la cual, entre 1911 y los años treinta, 600 miembros de esa comunidad fueron asesinados en Monterrey, 200 en Chihuahua, más de 300 destazados, acribillados y quemados vivos en Torreón, miles despojados de sus tierras en Durango, Chihuahua y Coahuila, cuatro mil confinados en guetos en Sonora y otros siete mil deportados al campo de concentración de la Isla María Magdalena, en donde la mayor parte murió de hambre.

Primeros delirios conspiratorios y camisas doradas en México

Al igual que el ardor anti-chino, la flama del furor anti-judío mexicano se enciende y se mantiene viva en discursos en los que se desarrollan sofisticadas argumentaciones de índole nacionalista, racista y xenófoba. Estas argumentaciones, como suele suceder en la ultraderecha, tienen un marcado elemento delirante de tipo conspiratorio con el que se racionaliza la furia intrínsecamente irracional. Si esta furia se presenta como racional, es bajo la suposición de que los mismos chinos y judíos la han provocado, ya sea involuntariamente al transmitir enfermedades y degenerar la raza, o bien de modo voluntario al conspirar contra los mexicanos, envenenarlos, explotarlos, prostituir a sus mujeres, pervertirlos, dividirlos, hacer que se odien unos a otros, disolver su sociedad y hacer todo para dominarla. Semejantes ideas emanan de los más diversos discursos, desde rumores espontáneos hasta maquinaciones con intereses económicos y políticos, pasando por la fantasía desbordante de periodistas y escritores mexicanos o extranjeros.

Muchas de las ideas antisemitas difundidas en México provienen de El Oculto y Doloso Enemigo del Mundo: una obra publicada en 1925 por el presbítero poblano Vicente Martínez Cantú (1860-1938), quien se basaba en los clásicos del antisemitismo, Los Protocolos de los Sabios de Sión y El judío internacional de Henry Ford, para denunciar la “nefasta acción de los israelitas”, a los que responsabilizaba de “sembrar odios y rencores” y “dividir las clases sociales”. Estos delirios y otros más de Martínez Cantú antecedieron de varias décadas a los principales exponentes del conspiracionismo en los países de habla hispana: los también mexicanos Salvador Borrego y Salvador Abascal Infante.

De las diversas organizaciones ultraderechistas antisemitas de México, la más grande y poderosa fue la Acción Revolucionaria Mexicanista (ARM), cuyos paramilitares, camisas doradas, emulaban a los demás encamisados fascistas de la época: camisas negras de Mussolini, camisas pardashitlerianos, camisas azules franceses, camisas verdes integralistas de Brasil y camisas plateadasestadounidenses. Los militantes de la ARM, dirigidos por el antiguo general villista Nicolás Rodríguez Carrasco (1890-1940), portaban sombrero, botas, macanas y a veces armas de fuego, entonaban las consignas “¡muerte al comunismo!” y “¡México para los mexicanos!”, y, al igual que los de la vieja Liga Patriótica Argentina, descargaban su furia lo mismo sobre comunistas y obreros huelguistas que sobre aquellos a quienes describían como “judíos apátridas” y “biológicamente degenerados”, a quienes amenazaban, extorsionaban y únicamente respetaban a cambio de recursos para su organización.

Otra organización antisemita mexicana muy importante en aquella época, tanto por su influencia como por su número de integrantes, fue la Confederación de la Clase Media (CCM), a la que se le acusó de orquestar, junto con el cacique revolucionario potosino Saturnino Cedillo, una fallida conspiración para asesinar al presidente Lázaro Cárdenas. La CCM también intentó en vano organizar un Primer Congreso Iberoamericano Anticomunista que habría de celebrarse en La Habana, Cuba, en septiembre de 1937. En una sorprendente carta abierta de 1939 dirigida a León Trotsky –por entonces refugiado en México–, la CCM aseguraba que el movimiento comunista era un “movimiento judío para saciar los odios semíticos contra los ‘boxy’ o ‘perros cristianos’, prostituyendo y comprando las conciencias de los hombres más abyectos, más crueles y con almas de judíos”.

Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) en Colombia y Unión Nacional Sinarquista (UNS) en México

El elemento racista-antisemita y el parentesco nazi-fascista no estuvieron presentes o tan presentes en todos los movimientos ultraderechistas latinoamericanos de los años treinta y cuarenta. En esos mismos años, en algunos países, hubo también una ultraderecha centrada en tradiciones y situaciones locales o nacionales y relativamente descentrada con respecto a la coyuntura internacional. Tal es el caso de la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) de Colombia, fundada en 1935.

La APEN coincide con los movimientos nazi-fascistas de la época tanto por su furia nacionalista y anticomunista como por su pretensión de haber trascendido el espectro derecha-izquierda, pero se distingue de la mayor parte de ellos por su ferviente adhesión al capitalismo y por su orientación ultra-liberal con su oposición a cualquier intervencionismo estatal y especialmente a la redistribución de la riqueza. El discurso de la APEN, muy próximo al de la actual ultraderecha neoliberal o libertariana, es contra el Estado, los impuestos, los políticos y los burócratas. Su propósito más o menos encubierto es la defensa de los intereses de sus miembros: terratenientes y oligarcas de la industria, del comercio y de la finanza.

Al igual que la APEN colombiana, la Unión Nacional Sinarquista (UNS) mexicana, fundada en 1937 y existente hasta hoy en día, parece obedecer a una dinámica más nacional que internacional. Sin embargo, en contraste con la composición reducida y oligárquica de la APEN, la UNS habrá de ser un gran movimiento de masas compuesto de centenares de miles de campesinos y trabajadores provenientes principalmente de las clases medias y populares. Además, también a diferencia de la APEN, la UNS no es de ningún modo un movimiento capitalista ultra-liberal y anti-estatista, sino que admite el intervencionismo estatal y se nutre claramente del fascismo y del nazismo, así como del hispanismo al que ya nos hemos referido y que tenía también una gran influencia en varios grupos nazi-fascistas mexicanos de la misma época. No obstante, a diferencia de algunos de estos grupos, el sinarquismo tuvo una mayor implantación rural y no se distinguió por su racismo, sino más bien por su carácter marcadamente católico, antirrevolucionario, conservador y tradicionalista que lo acerca al falangismo español y que se explica por su origen en las milicias cristeras que se opusieron entre 1926 y 1929 a las políticas del gobierno revolucionario para limitar el poder social, económico y político del clero en México.

La UNS, por lo demás, adopta diversas posiciones características de la ultraderecha de la época, entre ellas el anticomunismo, el anti-marxismo, el nacionalismo, el hispanismo, el cristianismo, cierta dosis de antisemitismo y la supuesta superación del espectro derecha-izquierda. Estas posiciones fueron bien justificadas por los grandes ideólogos del movimiento, como Juan Ignacio Padilla, Manuel Torres Bueno y los hermanos Alfonso y José Trueba Olivares, y quedan sintetizadas en el término de “sinarquismo”, el cual, formado etimológicamente por el griego syn –“con”– y arjé–“autoridad” u “orden”–, se presenta como el término contrario al anarquismo.

El discurso de la UNS desata su odio contra el anarquismo y contra el comunismo, así como también contra el cosmopolitismo y el internacionalismo, denunciados como “antipatrióticos”. Estas posiciones habrán de acentuarse y radicalizarse en el ideólogo más conocido y polémico del sinarquismo, Salvador Abascal Infante (1910-2000), quien lideró el movimiento en su apogeo, entre 1940 y 1941, y quien fue además un frenético defensor de la inquisición, de la infalibilidad papal y del colonialismo español.

 

Continuación de la historia que se relata en el artículo:

La ultraderecha latinoamericana durante la guerra fría (1946-1991)

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)

 

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Bolsonaro y su verdad