El sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes

Presentación del libro Aprender a decrecer: educando para la sustentabilidad al fin de la era de la exuberancia, de Luis Tamayo. Tercer Congreso Internacional de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, martes 26 de mayo 2015.

David Pavón-Cuéllar

Me resulta difícil hablar sobre el texto de Luis Tamayo.  No soy especialista ni en psicología medioambiental ni mucho menos en economía sustentable. Hay quienes imaginan que me especializo en tales temas porque me ven sembrando y cuidando árboles en la facultad, podándolos y regándolos o deshierbándolos, siempre con el apoyo de estudiantes voluntarios o de prestadores de servicio social. Pero no hago esto porque sea mi especialidad, sino porque es mi obligación, mi comisión universitaria, y también, hay que decirlo, una de mis principales pasiones, o, mejor dicho, una de mis peores preocupaciones.

Al igual que Tamayo, estoy muy preocupado con lo que le estamos haciendo al mundo. No quiero participar en esta hecatombe que habrá de saldarse con un suicidio colectivo de la humanidad entera. Es por esto que siembro árboles que generen el oxígeno que consumo, tengo un viejo celular para no estimular el consumo de materiales contaminantes, no compro ni uso coche propio y me obligo a viajar en transporte público para disminuir mi participación en el calentamiento global. Todo esto me sirve para sentirme un poco menos culpable, pero es poco, prácticamente nada, y no basta ni siquiera para compensar todo lo que destruyo al viajar tanto en avión o al comprar tantos libros. Lo sé, y es por esto que no dejo de sentirme culpable, cada vez más culpable, sin que sirva de mucho la penitencia cotidiana que me impongo al viajar en las incómodas combis de Morelia.

Desde hace algunos meses empiezo a sentirme culpable incluso al ir en transporte público. Me digo que es mejor caminar. Quizás llegue un día en que me impida respirar al caminar, y entonces todo se habrá solucionado.

Como se ve, mi relación con los asuntos medioambientales es empírica, sentimental, puramente visceral, y no racional, teórica o especulativa. ¿Cómo podría especializarme en estos asuntos? Únicamente soy capaz de sentir, y, en el mejor de los casos, hacer y actuar, pero no reflexionar. Esto se lo dejo a gente como Luis Tamayo.

Uno de los principales méritos del libro de Tamayo, creo yo, es que se atreve a desmenuzar con relativa serenidad, sin perder sus facultades mentales, una serie de temas que dan vértigo de tan sólo evocarlos. En el primer capítulo, en unas cuarenta páginas, el autor enumera y explica fatales errores humanos como la progresiva destrucción y privatización de la tierra, la industrialización de la agricultura, los transgénicos y la apertura de las naciones pobres a los excedentes subsidiados provenientes de las ricas. Luego se detiene en una crisis caracterizada por los efectos combinados de la explosión demográfica, el calentamiento global, el capitalismo neoliberal y el fin del petróleo barato. Los dos capítulos siguientes analizan posibles remedios contra la crisis, mientras que la conclusión esboza una propuesta política eco-socialista como única vía para evitar la destrucción del planeta y de sus habitantes.

En suma, todo está en peligro, pero todavía puede salvarse. Digamos que aún podemos evitar el precipicio en el que estamos a punto de caer.

No pienso que Tamayo sea pesimista o catastrofista en su diagnóstico y en su pronóstico. Pero tampoco diría que es ingenuo, demasiado optimista o utópico en su propuesta de salvación a través de la sustentabilidad. Más bien me parece bastante realista, razonable y sensato, como lo demuestra el sólido fundamento de argumentación y documentación en el que reposa cada una de sus ideas. Todo esto es lo que yo jamás habría podido conseguir, pues no habría podido sobreponerme a mis reacciones afectivas sobre el tema, como ya lo señalé antes.

Si me permito insistir en mi persona, en mis afectos y en mis emociones, es porque estamos en un congreso de psicología. Digamos que estoy intentando tomar el texto de Tamayo por su lado psicológico, el cual, a primera vista, no se manifiesta de modo nada evidente. Con excepción de unas pocas referencias puntuales al psicoanálisis, el libro se concentra en el aspecto social, histórico, político y hasta filosófico de la cuestión, pero no en el factor psicológico en su más amplio sentido. Hay que ir a buscar la psicología más allá de lo enunciado, en las condiciones de enunciación, en la actitud que le ha permitido a Tamayo especializarse en algo en lo que alguien como yo jamás habría podido especializarse.

¿Cómo especializarse en lo que no puede soportarse? ¿Y cómo soportarlo cuando pone en peligro todo lo que somos? Así es como yo justificaría mi falta de especialización en los temas del texto de Tamayo.  Pero quizás pudiéramos explicar de la misma forma la relativa falta de reflexión en torno a un tema que debería preocuparnos a todos.

Es verdad que no dejamos de pensar en lo medioambiental, pero no lo pensamos de verdad. Si verdaderamente lo pensáramos, nuestras vidas serían muy diferentes. Nuestros coches, libros y celulares de última generación ponen en evidencia que hay algo impensable, tal vez nuevamente aquello mismo que amenaza con desaparecer las condiciones mismas de posibilidad del pensamiento. Por más que lo pensemos, no lo pensamos. El pensamiento se obstina en hacer abstracción de todo aquello que lo condiciona. Se debe suponer, pero no pensar, o sólo pensar sin actuar, es decir, pensar sin verdaderamente pensar.

Así como puede ser difícil pensar con las ideas, así también puede haber dificultades para pensar con los actos. En ambos casos, no conseguimos pensar todo lo que hay que pensar, lo cual, por necesidad, incluye las ideas y los actos, la crítica y la práctica, el pensamiento y el acontecimiento. Si falta el acontecimiento, no hay un verdadero pensamiento, y sin pensamiento, estamos en peligro.

Hay buenas razones para sospechar que el peligro sólo podrá conjurarse al pensarse de verdad, totalmente, hasta las últimas consecuencias. Cualquier medio que abone su pensamiento, como es el caso del texto de Tamayo, debe ser apreciado como un gesto que intenta detenernos en nuestra marcha de ciegos que se guían a sí mismos hacia el abismo.

¿Por qué ir avanzando ciegamente hacia la destrucción del planeta y de la humanidad? Tamayo tiene razón de no explicar este comportamiento suicida en términos psicológicos generales. No lo generaliza ni lo psicologiza.  No lo disuelve en una categoría como la pulsión de muerte. Aunque Tamayo conozca bien la teoría freudiana, prefiere explicar nuestro suicidio colectivo en una perspectiva socioeconómica e históricamente determinada.

El capitalismo neoliberal es el único factor causal decisivo mencionado una y otra vez en el texto de Tamayo, y evidentemente no es un factor ni psicológico ni universal. No ha existido siempre ni está fundamentado en una facultad anímica eterna y natural. Por lo tanto, puede llegar a cambiarse y superarse. Es posible dejar atrás el sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes. De hecho, según Tamayo, es posible y necesario, necesario para salvarnos.

Para el mundo, para nosotros y para todo lo demás, tan sólo habrá un futuro si dejamos atrás el capitalismo. El sistema capitalista de libre mercado únicamente podrá perpetuarse a costa de nuestro mundo. Su vida seguirá siendo la muerte de todo lo demás. Para Tamayo, al igual que para Marx hace casi ciento cincuenta años, el capital sigue apareciendo como un vampiro que se nutre de la sangre viva del hombre y del mundo.  Para cesar la hemorragia, Tamayo no duda en proponer una solución ecosocialista. Es el final de su libro. Es la opción alternativa para evitar el fin del mundo.

Connivencia, indiferencia o resistencia: viejas opciones del trabajo profesional psicológico ante nuevas formas de opresión y explotación

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Conferencia Magistral en la Cátedra de Psicología “Julieta Heres Pulido” del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), décima sesión, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, miércoles 13 de mayo 2015 

David Pavón-Cuéllar

Introducción: el mundo que mejora para los que mejora

Hay quienes aún se preguntan si el mundo está mejorando (Camps et al, 2009). Esta pregunta sólo tiene sentido cuando la precisamos –como lo hace Victoria Camps– y nos preguntamos para quién está mejorando el mundo. Ciertamente hay personas para las que mejora, pero no deberíamos olvidar que también hay otras para las que empeora.

Quizá podamos incluso decir que el mundo se vuelve cada vez mejor y peor: mejor para unos y peor para otros. Esto es al menos lo que sugieren incontables investigaciones económicas acumuladas en los últimos años. Desde hace un buen tiempo, en efecto, los economistas nos alertan sobre el aumento de la desigualdad (Hurrell y Woods, 1999; Milanovic, 2005; Galbraith, 2012). El mundo se vuelve cada vez más desigual, es decir, cada vez mejor para los ricos y peor para los pobres, más bondadoso para los primeros y más hostil para los segundos, más generoso para unos y más miserable para los otros.

Gracias al gran éxito de la obra de Thomas Piketty (2013), hoy el gran público descubre las principales tendencias de la historia económica del último siglo. Primero la desigualdad se redujo sustancialmente entre la crisis de 1929 y los años cincuenta, luego se estabilizó entre 1960 y 1980, y finalmente ha vuelto a incrementarse a un ritmo acelerado en las últimas tres décadas. Hoy vivimos en un mundo tan desigual, tan injusto e inequitativo, como a principios del siglo XX.

Desigualdad y explotación

¿Pero por qué la creciente desigualdad? ¿Qué hace que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres? ¿Cuál es la razón de que los seres humanos se encuentren en condiciones sociales cada vez más desiguales?

Entre las distintas causas de la desigualdad, la explotación aparece como la causa primera, la más esencial y fundamental de todas, al menos cuando aceptamos el principio de que este mundo nos pertenece a todas y a todos por igual. Si partimos de una igualdad básica y originaria, en efecto, entonces la desigualdad sólo puede explicarse por el robo, el despojo, la explotación que hace pobres a los explotados y ricos a los explotadores.

Explotar  es precisamente, por definición, desigualar, desequilibrar, desparejar, hacerse más al hacer menos al otro, enriquecerse al empobrecerlo. Se le quita lo que uno gana. Se produce una desigualdad entre el explotador y el explotado.

Estudio psicológico de la explotación

Como psicólogas y psicólogos que somos, no es necesario que examinemos el crecimiento de las tasas de explotación, de la plusvalía y de la productividad con respecto a los salarios, para convencernos de que la cada vez mayor explotación es correlativa de la cada vez mayor desigualdad en las últimas tres décadas. Tampoco hace falta que exploremos las alcantarillas laberínticas del capitalismo neoliberal y que repasemos los incontables privilegios, abusos y embustes que permiten la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos. Dejemos este arduo trabajo a los economistas y a los sociólogos.

En una perspectiva propiamente psicológica, para apreciar el vínculo esencial entre la creciente explotación y la creciente desigualdad, basta reconocer que los enriquecidos necesitaron de los empobrecidos para enriquecerse. Necesitaron de ellos como trabajadores, desde luego, pero también como consumidores, proveedores y distribuidores. Y además –y es aquí en donde más relevante resultaría un análisis psicológico– los explotadores tan sólo han podido enriquecerse, y enriquecerse cada vez más, al explotar a los empobrecidos como representantes o como ideólogos, como capataces o como guardaespaldas, como cómplices o espectadores, como admiradores o apologistas, como pretextos o chivos expiatorios, como pedestales o como ornamentos, como heraldos o como correctores de estilo, como dócil masa o como carne de cañón, como objeto de negación para la propia autoafirmación o como semejante cuya inferiorización permite la propia elevación.

Cada una de las mencionadas relaciones psicosociales podría ser bien analizada por la psicología, en casos concretos, para mostrar aspectos aún poco estudiados en la creación de la desigualdad por la explotación capitalista. Confirmaríamos entonces una y otra vez que explotar es precisamente hacer lo que han estado haciendo los dueños del mundo en los últimos años, a saber, aumentar la desigualdad al enriquecerse a expensas de aquellos a quienes empobrecen. Los medios económicos e ideológicos para hacerlo se han vuelto cada vez más elaborados, más complejos, más intrincados y sutiles, pero no consiguen aún disimular del todo la explotación que subyace a la desigualdad.

Aun cuando los pobres lo sean por la más pura marginación, como es el caso de algunas comunidades indígenas de México, debemos reconocer que alguien se apropia de aquello mismo de lo que los margina. Se les despoja de lo mismo que se acapara. ¿Y acaso esto no es explotar?

La opresión y sus efectos psicológicos

La explotación puede valerse de la marginación, pero también de la opresión. Por un lado, tenemos la opresión política subordinada a la explotación económica: por ejemplo, en México, las acciones del gobierno de Enrique Peña Nieto al servicio de los intereses económicos de las empresas para las que trabaja, ya sean mineras, constructoras, petroleras, financieras, de comunicaciones o de lo que se ha dado en llamar el “crimen organizado”. Por otro lado, tenemos la opresión inherente a la propia explotación, como es el caso de las diversas manifestaciones de la violencia estructural del capitalismo salvaje periférico en su fase neoliberal: por ejemplo, en México, la violencia del narcotráfico, las decenas de miles de asesinatos y desapariciones en los últimos años, pero también las muertes por desnutrición, por enfermedades curables o por el efecto de los agroquímicos en campos de trabajo de jornaleros.

Sabemos que la esperanza de vida es varios años menor entre los pobres que entre los ricos, lo mismo en México que en otros países capitalistas, pero de manera aún más patente en nuestro país (Idrovo, 2005). Esto significa simplemente que estamos quitando años de vida a los pobres, que los estamos asesinando prematuramente, que los estamos matando antes de que se mueran por causas naturales.  No debemos olvidar que la miseria, en México, sigue matando más, mucho más que el crimen organizado. Y cuando la miseria mata, lo que está matando es la desigualdad, la explotación y la opresión, porque la riqueza económica de México, el ingreso promedio y el producto interno bruto per cápita, son lo suficientemente altos como para asegurar una mayor esperanza de vida a las clases bajas, como lo demuestra la comparación de nuestro país con otras naciones con niveles semejantes de ingreso y producto interno bruto per cápita, pero considerablemente más justas e igualitarias, como es el caso de Costa Rica.

La estructura capitalista opresiva no sólo tiene como efecto la muerte, sino también la miseria social y económica, la insalubridad y el bajo índice de desarrollo humano en general, la migración forzada, el desgarramiento del tejido familiar o comunitario, la prostitución y la delincuencia, el trabajo infantil y la resultante falta de escolarización, la pauperización cultural y un analfabetismo que en los últimos años se incrementó por primera vez en México. Entre los efectos de las diversas formas de opresión del capitalismo neoliberal, hay también muchos que nos conciernen directamente como psicólogas y psicólogos, y que han sido ya detectados por James Petras (2002) y por otros autores (González Ceinos, 2007; Talarn, Rigat y Carbonell, 2011; Hidaka, 2012; Neilson, 2015). Deben mencionarse al menos el déficit intelectual producido por la desnutrición, la depresión hasta el suicido por causa de la miseria, el estrés por la presión y la competencia laboral, la ansiedad por el desempleo o por el empleo inseguro y precario, la desesperación por el endeudamiento y la insolvencia, la canalización del resentimiento social a través de la violencia doméstica, las crisis afectivas e identitarias propias de los migrantes, el sentimiento de fracaso e impotencia de los oprimidos y sus distintas expresiones en la frustración, en la auto-depreciación, en trastornos sexuales y en conductas autodestructivas como la drogadicción o el alcoholismo. Habría que agregar otros efectos menos estudiados como las conductas antisociales motivadas por la injusticia y la desigualdad, el aislamiento de quien sólo puede establecer vínculos económicamente interesados, la sintomatología histérica ligada con el consumismo, la despersonalización de los vendedores forzados a fingir constantemente ante los clientes, la disociación interna de las víctimas identificadas con los agresores de la clase enemiga, la devaluación de la autoestima bajo la influencia de la industria publicitaria y la degradación de la personalidad bajo la incidencia de las televisoras y de otros instrumentos de ideologización del propio sistema capitalista.

La psicología ante las viejas y las nuevas formas de opresión y explotación

El actual capitalismo neoliberal genera muchos de los problemas con los que lidian cotidianamente las psicólogas y los psicólogos. Los profesionales de la psicología, en efecto, no dejan de afrontar los efectos de las más diversas formas opresivas y explotadoras del funcionamiento capitalista. Algunas de estas formas existen desde hace mucho tiempo y han sido bien estudiadas en sí mismas y en sus efectos psíquicos.

En lo que se refiere a la explotación, hace ya más de ciento cincuenta años Carlos Marx  profundizaba en la frustración, la enajenación y la deshumanización del obrero cuya vida es explotada en su valor de uso como fuerza de trabajo (Marx, 1844/1997, 1867/2008). En lo relativo a la opresión capitalista, desde los años ochenta se multiplican los estudios que abordan la incidencia del desempleo en la depresión y la ansiedad (Linn, Sandifer y Stein, 1985; Dooley, Catalano y Wilson, 1994; McKee-Ryan et al, 2005; Riumallo-Herl et al, 2014). Recientemente apreciamos también cómo cobra importancia la psicología de la pobreza como un fecundo y prometedor campo de investigación (Mohanty y Misra, 2000; Anand y Lea, 2011; Carr y Bandawe, 2011; Mullainathan, 2011; Haushofer y Fehr, 2014).

Observamos además actualmente nuevas formas capitalistas de opresión y explotación cuyos efectos psíquicos apenas empiezan a ser explorados. Es así como vemos volcarse el interés de la psicología hacia temas tan disímiles como las transformaciones recientes de la cultura de consumo (Kasser y Kanner, 2004), el retraimiento provocado por el capitalismo corporativo norteamericano contemporáneo (Kasser et al, 2007), la imposición post-disciplinaria del sujeto entendido como empresario de sí mismo (Jódar y Gómez, 2007), la sujeción y subjetivación carente de self bajo el actual poder capitalista (Burkitt, 2008), el impacto psicosocial negativo del capitalismo flexible (Blanch, 2008) y la ideologización global mediática del neoliberalismo (Nafstad et al, 2009). Los autores que se ocupan de tales temas, a diferencia de los que investigan objetos más tradicionales como la pobreza o el desempleo, tienden a remitir de modo más o menos explícito al aspecto explotador y opresivo del capitalismo en la actualidad. La visión resultante es la de un sistema capitalista neoliberal, flexible o post-disciplinario, consumista o corporativo, que oprimiría y explotaría a los sujetos de un modo inédito, provocando así efectos psíquicos negativos insuficientemente estudiados en el pasado.

Ahora bien, resulta evidente que el capitalismo actual, particularmente en los países emergentes y del Tercer Mundo, no es tan innovador como algunos imaginan, sino que suele combinar viejas y nuevas formas de opresión y explotación. Cabe conjeturar que unas y otras provocan distintos efectos psíquicos, los cuales, a su vez, tienden a integrarse y articularse de maneras complejas. La clásica depresión por el desempleo no tiene por qué desaparecer, pero tal vez adquiere una tonalidad inédita, quizá más ansiosa, cuando el sujeto se concibe como empresario de sí mismo en un capitalismo post-disciplinario y flexibilizado.

Psicología y capitalismo

La psicología, como lo hemos visto, ha estudiado constantemente diversos efectos psíquicos del funcionamiento capitalista explotador y opresivo. Sin embargo, aunque haya estudiado estos efectos, no siempre ha remontado a sus causas socioeconómicas en el capitalismo. En el mejor de los casos, ha reconocido tales causas, pero solamente para concentrarse en los efectos. Esto es comprensible cuando consideramos que el psicólogo no es un sociólogo ni un economista, y por lo tanto no está capacitado para ocuparse de las causas socioeconómicas de los efectos psíquicos del capitalismo. Su especialidad son estos efectos: la ansiedad, la depresión, la despersonalización, la sujeción o el retraimiento.

El problema es que el psicólogo, al especializarse en los efectos, puede llegar a olvidar las causas e incluso tomar los efectos como causas. No es muy grave cuando esto sucede en el trabajo teórico académico, pero sí cuando ocurre en el trabajo práctico profesional, en el cual, por cierto, no deja de ocurrir. Los psicólogos no dejan de olvidar las causas socioeconómicas de los problemas psíquicos de los que se ocupan. Tratan la tentativa de suicidio y la depresión ansiosa, pero dejan de lado lo que las provoca: tal vez la miseria del sujeto deprimido y suicida, su desvalorización como fuerza de trabajo, su reducción a no ser más que un engrane del sistema económico y quizá también su ideologización que lo hace juzgarse inferior, incapaz o culpable de su desgracia. Los profesionales de la psicología, en suma, soslayan la condición básica existencial del sujeto en cuestión, su condición explotada y oprimida en el capitalismo, para  considerar únicamente su condición derivada suicida y depresiva.

Podríamos alegar que la función terapéutica del psicólogo es tan inocua y tan indispensable como la de cualquier analgésico. Se trataría simplemente de aliviar el síntoma, el efecto, el dolor, y aquí, en el caso que nos ocupa, la depresión del sujeto. Sin embargo, aliviando el efecto, es fácil olvidar la causa. ¿Para qué intentar curar la enfermedad cuando hemos aliviado el síntoma? ¿Para qué acabar con el capitalismo neoliberal cuando hemos evitado su efecto depresivo en el sujeto?

Connivencia

Aliviando el síntoma depresivo, disimulamos la enfermedad capitalista. La encubrimos para la sociedad y para el propio sujeto, para el que la depresión era la experiencia directa de las contradicciones propias del capitalismo (Talarn, Rigat y Carbonell, 2011). El sistema capitalista deja de ser experimentado y denunciado como lo que es, como algo contradictorio y aberrante, patológico o enfermizo, cuando aliviamos la depresión y los demás síntomas a través de los cuales se experimentaba y denunciaba como lo que es.  Una vez adormecidos por el psicólogo, los sujetos pueden llegar a convencerse, como en un sueño, que el capitalismo no es depresivo, ni contradictorio ni aberrante, ni patológico ni enfermizo. Es así como el profesional de la psicología rinde un importante servicio al capitalismo al reparar sus fallas por encima, en el nivel de la experiencia de los sujetos, y al evitar así que sea denunciado y que los mismos sujetos, víctimas del sistema, tengan buenas razones para sublevarse contra él.

La depresión, de hecho, además de ser una experiencia y denuncia del capitalismo neoliberal, puede ser también una expresión de resistencia política en contra él, como lo ha mostrado recientemente Rogers-Vaughn (2014). En este caso, al curar la depresión, eliminamos la resistencia política, y al eliminarla, nuevamente protegemos el sistema capitalista neoliberal y contribuimos a su perpetuación.  Procedemos así como policías, cumpliendo la vocación íntima oculta de muchos psicólogos, como ya lo presentía Canguilhem (1958) hace más de cincuenta años.

El psicólogo procede como policía, como censor o represor, al sofocar la denuncia y la resistencia del sujeto en lugar de preocuparse por lo denunciado y por aquello contra lo que se resiste. En lugar de luchar contra la explotación y la opresión, nuestro psicólogo-policía prefiere dedicarse a extinguir los signos de malestar en los explotados y los oprimidos. Ataca los efectos psíquicos en el sujeto y así evita quizá que sean atacadas las causas socioeconómicas en el sistema capitalista. Digamos que alivia los síntomas para que no sea necesario curar la enfermedad.

Al desempeñar su rol policiaco, el psicólogo actúa en complicidad o connivencia con el sistema capitalista neoliberal (Pavón-Cuéllar, 2012). Este aspecto del trabajo profesional psicológico es bien conocido y ya sido ya denunciado en los últimos cuarenta años por autores críticos como Didier Deleule (1972) e Ian Parker (2010). Por más denunciada y cuestionada que haya sido en el pasado, la vieja connivencia de los psicólogos con el sistema capitalista no deja de ser mayoritaria en el presente. La mayoría de los profesionales de la psicología siguen siendo cómplices del capitalismo explotador y opresor al contribuir a que se perpetúe, al eliminar lo que podría llegar a destruirlo, al calmar los ánimos, anestesiar las conciencias, apaciguar a los sujetos, disminuir su malestar, borrar los efectos psíquicos de la opresión y la explotación.

Indiferencia y resistencia

La connivencia con el sistema capitalista es indudablemente la opción preferida, la más común, del trabajo profesional psicológico ante los efectos de la opresión y la explotación. Pareciera incluso que se trata de la única opción, pero no es así. Además de la connivencia, las psicólogas y los psicólogos pueden optar al menos por la indiferencia o por la resistencia.

El profesional indiferente es el que no se atribuye una función terapéutica o anestésica, el que no interviene para aliviar el síntoma, el que no intenta ni disminuir el malestar del sujeto ni borrar los demás efectos psíquicos de la opresión y la explotación.  Esta indiferencia puede resultar de una prescripción metodológica precisa como la bien justificada regla de abstinencia en el psicoanálisis. Podríamos decir, en cierto sentido, que el buen psicoanalista se abstiene de incurrir en cualquier tipo de acción que pudiera implicar, en última instancia, una connivencia con el sistema opresor y explotador. Es una opción quizá fácil y cómoda, pero juiciosa y prudente. La indiferencia evita lo peor, lo más dañino, la connivencia, la corresponsabilidad en la opresión y la explotación del sujeto.

Afortunadamente, además de la indiferencia y la connivencia, existe igualmente la opción de la resistencia contra el sistema opresivo y explotador. Esta resistencia puede revestir las más variadas formas en el trabajo profesional del psicólogo, pero todas ellas habrán de caracterizarse por la escucha del síntoma y el reconocimiento de las causas socioeconómicas de ciertos efectos psíquicos. Al enfrentarse con una depresión claramente causada por el capitalismo neoliberal, el psicólogo comprometido con la resistencia no intentará curarla, sino que optará por tomarla en serio, escucharla y acompañarla, permitiéndole denunciar lo que denuncia y resistir contra lo que resiste. Esto podrá conducir eventualmente, si el sujeto depresivo así lo decide, al único remedio efectivo y definitivo para esta clase de malestares, a saber, la acción colectiva encaminada a la incidencia en las causas socioeconómicas del malestar (Petras, 2002).

La cuestión de la posición política y la acción colectiva

Las causas socioeconómicas tan sólo pueden tratarse colectivamente. Por lo tanto, si un profesional de la psicología se compromete con la resistencia, entonces deberá comprometerse también con ciertas formas de acción colectiva contra el sistema capitalista explotador y opresivo. Quizá este compromiso resulte inaceptable para ciertos profesionales que aún se aferran a los ideales cientificistas de la neutralidad valorativa en psicología y la abstinencia política en psicoanálisis.

Tal vez habría que recordarles a muchos psicoanalistas que su Lacan (1970/2001) reconoció que el supuesto abstemio político no deja de “hacer profesión” de la política (p. 438). Asimismo habría que recordar a muchos psicólogos que su Popper (1961/2013) hizo notar que la “neutralidad valorativa” era un “valor” como cualquier otro (p. 28). El valor y la política parecen estar anudados indisociablemente con la ciencia en cualquiera de sus acepciones, ya sea como disciplina psicológica de lo general o como estudio psicoanalítico de lo particular.

Cualquier actitud verdaderamente científica nos impulsa lógicamente a remontar hasta las causas y tratarlas en lugar de los efectos. Ahora bien, cuando las causas tienen carácter socioeconómico, tan sólo podemos tratarlas a partir de una posición política valorativa y a través de una acción colectiva militante. La militancia colectiva y la valoración política son así exigidas paradójicamente por la misma cientificidad a la que aspira el trabajo profesional de la psicología. Nuestro espíritu científico nos hace renunciar al cientificismo al posicionarnos políticamente y actuar colectivamente.

Viejas opciones ante nuevas formas de opresión y explotación

La resistencia no es necesariamente incompatible con el espíritu científico. Dependerá de cómo concibamos la ciencia. Así como hay concepciones que aceptan y hasta requieren cierta resistencia, las hay también que la excluyen y que resultan más consonantes con la indiferencia e incluso con la connivencia.

Cada una de las viejas opciones del trabajo profesional psicológico tendrá siempre sus partidarios que la justificarán argumentando cientificidad, pero también moralidad, efectividad o utilidad. Independientemente de cómo justifiquemos nuestra opción, es importante que tengamos claro cuál es nuestra opción. ¿Optaremos por la connivencia, por la indiferencia o por la resistencia? Esto puede ser difícil de saber, en especial ante nuevas formas de opresión y explotación.

Por ejemplo, ante la imposición post-disciplinaria del empresario de sí mismo, la connivencia del psicólogo con el sistema puede ayudar al sujeto a desinhibirse, optimizarse, responsabilizarse de su destino, desplegar su espíritu emprendedor, no renunciar a sus ambiciones, desplegar su autonomía y su creatividad, cumplir adecuadamente las expectativas, estar a la altura de las circunstancias, competir de la mejor manera contra sus rivales, venderse lo más posible y al mejor precio. Ninguna de estas brillantes perspectivas debería ser buscada por un buen psicoanalista que supiera mantener la indiferencia, limitándose, por lo tanto, a notar y hacer notar los esfuerzos y sufrimientos del sujeto por obedecer el modelo imaginario auto-empresarial que se le impone arbitrariamente desde fuera y que no corresponde necesariamente a su deseo. Por último, si optamos por la resistencia, tendremos que resistir con los sujetos contra la consigna de que sean empresarios de sí mismos, revalorizando sus fracasos y su falta de vocación empresarial, escuchando sus reparos, comprendiendo su incomprensión, dignificando los escrúpulos que los inhiben, defendiendo su derecho a la inconformidad con las expectativas y apoyándolos decididamente en su valiente decisión de no adaptarse, no prostituirse, no venderse de ningún modo ni por ningún precio.

La resistencia contribuye a sublevarse contra las nuevas operaciones opresivas y explotadoras del capitalismo neoliberal a las que ya nos referimos anteriormente: las mismas que son respaldadas en la connivencia y consideradas con la mayor atención en la indiferencia. Es el caso del consumo de la propia identidad, el retraimiento de los átomos en las corporaciones, la sujeción capitalista del sujeto carente de sí mismo, los caprichos del capitalismo flexible y la ideologización global mediática neoliberal. Estas nuevas formas capitalistas neoliberales de opresión y explotación tan sólo pueden ser o aceptadas o analizadas o rechazadas, o apoyadas o profundizadas o atacadas, o facilitadas en la connivencia con el sistema capitalista o examinadas en la indiferencia o impugnadas en la resistencia contra el sistema. Las opciones disponibles son las mismas viejas opciones de siempre. No parece haber otra opción, al menos por ahora.

Conclusión: la psicología dominante en el mejor de los mundos posibles

Los profesionales de la psicología no pueden escapar a las tradicionales orientaciones que suelen identificarse como conservadoras, neutrales y progresistas o revolucionarias. El espectro sigue siendo el mismo. Los dilemas también.

O un extremo o el otro. O los extremos o el centro. Y el más importante de los predicamentos, el subrayado por Canguilhem (1958): o ser policía del sistema o ser algo diferente. O la connivencia o las opciones de la indiferencia y de la resistencia. O aceptar la psicología dominante, incluido el psicoanálisis domesticado, o rechazarla, ya sea huyendo hacia el psicoanálisis aún consecuente o hacia las psicologías alternativas, marginales, críticas y políticamente comprometidas. En otras palabras: o ser o no ser cómplice de la creciente desigualdad social, de las viejas y nuevas formas capitalistas de opresión y explotación, tal como se manifiestan para nosotros en sus efectos psíquicos.

Entre las psicólogas y los psicólogos que opten por la connivencia con el capitalismo en su fase neoliberal, quizás los haya que se imaginen ingenuamente que el mundo ha mejorado, que tiende a mejorar o incluso que vivimos en el mejor de los mundos posibles. ¿Para qué ayudar entonces a transformar lo inmejorable o lo que mejora naturalmente? En lugar de transformar el mundo, habría que transformar a los sujetos patológicamente pesimistas, como nosotros, para los que el mundo no es el mejor y ni siquiera tiende a mejorar. Habría que transformarnos así a nosotros mismos para no transformar el mundo. ¿Acaso ésta no es una de las principales funciones de la psicología dominante?

Referencias

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Mi posicionamiento con respecto al papel de la psicología ante los retos de la sociedad contemporánea

Cátedra de Psicología «Julieta Heres Pulido» del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), décima sesión, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 14 de mayo 2015

David Pavón-Cuéllar

Se me ha pedido que aclare en pocas palabras mi posicionamiento personal con respecto al papel de la psicología ante los principales retos de la sociedad contemporánea. Me permitiré precisar el contexto histórico social y me referiré únicamente a los retos que atribuyo a la sociedad contemporánea en México. Entenderé estos retos como problemas que exigen solución. Enumerando por separado los problemas que juzgo más importantes, mencionaré brevemente, en cada caso, cómo considero que nosotras y nosotros, psicólogas y psicólogos de México, podríamos y deberíamos proceder. Mi tono, por lo tanto, será eminentemente prescriptivo:

  1. Ante los graves problemas económicos y sociales que aquejan a nuestro país, tenemos que preocuparnos por sus aspectos y efectos psicológicos, pero también debemos resistirnos a las tentaciones de la psicologización, la subjetivación y la individualización, que tan sólo sirven para desfigurar los problemas, trivializarlos y dificultar su resolución.
  2. Ante la miseria de una parte importante de la población mexicana, debemos recordar que es fruto de una grave desigualdad social y que por tanto nos concierne directamente, haciéndonos contraer una deuda profesional con los miserables, ya que su miseria es correlativa de la condición favorable que nos ha permitido formarnos y trabajar en el campo de la psicología.
  3. Ante el sistema explotador y opresivo en el que vivimos, debemos evitar la connivencia que nos ha hecho desempeñar las tradicionales funciones psicológicas de válvula de escape, justificación de lo injustificable, adaptación para el sometimiento, normalización personal para la explotación social, desarrollo de facultades explotables, curación de síntomas inexplotables, persuasión para la tolerancia de la opresión, diagnóstico para la segregación, evaluación para la discriminación, patologización de la revuelta personal, implantación íntima de la ideología dominante, colonización de los más recónditos bastiones de resistencia cultural, alivio de lo potencialmente subversivo, coartada para el incumplimiento del compromiso con la colectividad, transformación individual como antídoto contra la transformación social, entre michas otras.
  4. Ante las formas de racismo, clasismo y sexismo que imperan en la sociedad mexicana, debemos dejar de sortearlas o soslayarlas, haciendo como si no existieran, y tenemos que afrontarlas de manera franca y directa en los distintos campos de nuestra labor profesional.
  5. Ante los conflictos políticos e ideológicos entre modelos opuestos de sociedad, tenemos que posicionarnos, dejar clara nuestra posición y denunciar cualquier pretendida neutralidad como un irresponsable posicionamiento pasivo, por defecto, a favor del orden establecido y del modelo dominante de sociedad.
  6. Ante la falta relativa de utilidad y relevancia de la psicología para la sociedad mexicana, debemos preguntarnos en qué medida obedece a factores como el desinterés social de quienes la practican, su conservadurismo político, el carácter clasista de su práctica, su orientación marcadamente individualista, su motivación predominante en el afán de lucro, su imitación mecánica de modelos extranjeros inaplicables en nuestro contexto y su marcada propensión a simular significaciones, conocimientos y eficacias inexistentes.
  7. Ante la grave descomposición del gobierno mexicano y de los sectores económicos para los que trabaja, y ante acontecimientos como la reciente desaparición y matanza de estudiantes normalistas de Ayotzinapa, debemos reconsiderar nuestra práctica y nuestra vinculación laboral con ciertas organizaciones políticas, instituciones públicas y empresas privadas que juzguemos corresponsables de la corrupción y la represión en nuestro país, como podrían ser las fuerzas castrenses, las corporaciones policíacas, ciertos partidos políticos y medios de comunicación como Televisa.

Informar desde abajo: nuestra libertad de prensa contra los poderes mediáticos

Nota para celebrar el lanzamiento de la edición mexicana de Izquierda Diario, el 28 de abril 2015

David Pavón-Cuéllar

Siglos de luchas colectivas nos han permitido conquistar cierto grado variable –más o menos insuficiente según el país– de libertad de prensa. Esta libertad es una conquista social y nos pertenece a todas y a todos, pero ha sido acaparada por los grandes poderes mediáticos, los cuales, reduciendo la información a una mercancía, ya no buscan informar, sino generar dividendos por todos los medios, entre ellos la desinformación misma. Es así como Rupert Murdoch, Ted Turner, los Polanco, los Azcárraga y otros magnates se han enriquecido con nuestra libertad de prensa, convirtiéndola en la única libertad que existe para ellos, la del neoliberalismo, la de competencia, comercio y específicamente circulación de mercancías informativas.

La degradación de la prensa resulta particularmente preocupante en México, en donde grandes empresas como Televisa, Milenio y Televisión Azteca se han especializado en cirugías plásticas de la realidad al gusto del mejor postor. Semejante actividad les ha hecho adquirir un poder inmenso que se confunde con el del Estado y que dificulta la democratización del país. Además de ser un obstáculo para la democracia y de violar nuestro derecho a la información, estas empresas promueven la cultura de consumo, degradan la dignidad individual y reproducen el racismo y el sexismo. También sofocan el espíritu crítico, aseguran la miseria intelectual y la sumisión de nuestro pueblo, e inducen acciones violentas hacia grupos que se atreven a disentir, como ha sido el caso de los normalistas asesinados y desaparecidos tras haber sido calumniados una y otra vez en los medios masivos de comunicación.

A cambio de los servicios que rinden al gobierno, los grandes medios obtienen exenciones de impuestos, concesiones en los espectros radioeléctricos, privilegios ante sus competidores y hasta puestos gubernamentales o candidaturas políticas. Algunos de sus periodistas reciben enormes compensaciones a cambio de su manipulación de las informaciones. Mientras tanto, los periodistas honestos deben sufrir diversas formas de represión, exclusión, coerción, censura y hasta difamación, como en el caso reciente de Carmen Aristegui.

La prensa libre consigue resistir y subsistir en México. Su vigor es evidente. Por desgracia, dadas las circunstancias hostiles, debe concentrarse en un trabajo rectificativo e informativo con el que intenta compensar el trabajo inventivo y desinformativo al que se dedican los medios corruptos. De ahí la ventaja que siempre llevan los embaucadores, con su acción ofensiva parcial y partidista, sobre los auténticos periodistas que se limitan a una reacción defensiva, neutral e imparcial.

La defensa de nuestro derecho a la información es necesaria, pero insuficiente. Además de continuar defendiéndonos, debemos atacar, desafiar al desmentir, dejar atrás nuestra neutralidad y pasar a la ofensiva con un proyecto alternativo radical de periodismo comprometido y militante. Es para esto que hacen falta medios como Izquierda Diario, que ha mostrado en ediciones de otros países cómo puede posicionarse ante lo que informa sin dejar de informar de manera objetiva, con rapidez y exactitud, mostrando incluso lo que no trasciende a la prensa libre tradicional.

A diferencia de otros periódicos, Izquierda Diario no toma su distancia con respecto a la sociedad, sino que surge y se mantiene aquí abajo, en donde estamos casi todas y todos, y en donde la neutralidad resulta imposible. Su perspectiva intenta ser desde aquí, desde donde se descubre mucho de lo que pasa desapercibido para quienes observan desde arriba y desde afuera. Es también por esto que Izquierda Diario da voz a quienes no la tienen en medios convencionales. Se trata de recuperar esa libertad de prensa que fue una conquista social, pero que nos arrebataron los grandes medios. Tan sólo al hacerla nuestra podremos ejercerla, realizando así todo el sentido que el joven Marx atribuyó a la prensa libre como espejo en el que el pueblo se ve reflejado, se confiesa y se redime –se libera– a través de su confesión.

Psicología de amos y análisis de esclavos

Featured image Presentación del libro Lacan, discurso, acontecimiento: nuevos análisis de la indeterminación textual (publicado en inglés por Routledge y en español por Plaza y Valdés), los días lunes 23 de marzo 2015 en el auditorio de la Facultad de Psicología de la UMSNH (Morelia), martes 24 de marzo en el auditorio Adolfo Chacón Gallardo de la Facultad de Psicología de la UAQ (Querétaro) y miércoles 25 de marzo en el auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la UNAM (Ciudad de México). Se contó con la participación de Ian Parker en las tres presentaciones. También participaron Javier Dosil y Alfredo Huerta en la UMSNH, Raquel Ribeiro, Isaí Soto, Gregorio Iglesias, Carlos García y Tania González en la UAQ, y Néstor Braunstein y Ricardo García en la UNAM. David Pavón-Cuéllar

Introducción: método anti-psicológico para la psicología 

Hay al menos dos grandes motivaciones anudadas en el origen de nuestro libro. Una de ellas es el deseo de hacerles un regalo maldito a nuestros colegas psicólogos. Les obsequiamos una canasta de recursos teóricos lacanianos para que sean utilizados en la psicología, pero nos aseguramos de que estos recursos no puedan ser psicologizados ni pierdan su carácter anti-psicológico. Lo que ofrecemos, en otras palabras, es un método que no pueda servirle a la psicología sin cuestionarla, que no pueda ser útil sin ser perturbador, que no pueda ser analítico y crítico sin ser autocrítico y reflexivo.

Evidentemente nuestro método no obedece a un deseo perverso de hostigar a los psicólogos ni mucho menos a una intención de favorecer al bando psicoanalítico en su eterna lucha contra el bando psicológico. No pienso traicionar el pensamiento de Ian Parker al decir que desconfiamos tanto del psicoanálisis como de la psicología, y si en algún momento cuestionamos la psicología, lo hacemos como psicólogos, y no lo hacemos por el gusto de hacerlo, sino porque pensamos que la psicología puede llegar a cumplir funciones que se oponen a nuestra posición en ciertas luchas políticas. Es por estas luchas, por ellas y por el papel de la psicología en ellas, que desarrollamos un método que ciertamente desafía la teoría psicológica.

Digamos que nuestra crítica teórica estuvo también motivada por cierto proyecto de práctica política. Esto nos hace llegar a la segunda gran motivación de nuestro libro, la cual, de hecho, está en el fundamento de la primera motivación. El propósito de crítica teórica, en efecto, está fundado en un objetivo de práctica política. Me refiero a nuestro deseo impaciente del acontecimiento, de la ruptura histórica, de la transformación radical de la sociedad.

Acontecimiento 

El acontecimiento da un sentido al análisis. ¿Para qué nos molestaríamos en describir analíticamente un texto, una tarea bastante árida en sí misma, si no fuera para transformar al menos algo en el mundo? El fin transformador no sólo sirve para evitar el aburrimiento de un análisis de discurso limitado a la reproducción parafrástica y tautológica de lo analizado, sino que también permite conjurar los peligros de un trabajo analítico cerrado al acontecimiento.

Estoy pensando particularmente en la responsabilidad criminal del mundo académico en la reproducción de nuestro mundo injusto en que vivimos. Por un lado, al describir este mundo una y otra vez, los buenos investigadores lo vuelven cada vez más banal y natural, nos acostumbran a él, hacen que su horror deje de sorprendernos y sublevarnos, y es así como lo fortalecen, le dan cada vez más consistencia y realidad, contribuyen a que olvidemos que todo podría ser diferente y hacen que lo que es se desarrolle a costa de lo que podría ser. Por otro lado, al comprender este mundo injusto, los investigadores, en cierto modo, justifican su injusticia, lo vuelven comprensible, imprimen cierta racionalidad en él y así hacen que pase desapercibido su carácter absurdo, irracional, incomprensible, injustificado, inadmisible.

Negándose a comprender y diferenciándose así del análisis de contenido, nuestro análisis lacaniano de discurso está negándose a cumplir con la función académica de comprender lo incomprensible, racionalizar lo irracional, justificar lo injustificable, perdonar lo imperdonable. Al mismo tiempo, al no limitarse a describir y al deslindarse así del análisis convencional de discurso, nuestro método crítico está optando por la transformación en lugar de la reproducción, por la función revolucionaria y no por la conservadora, por la apertura y no la cerrazón hacia el acontecimiento.

No hay metalenguaje 

Nuestro análisis pretende abrirse al acontecimiento. ¿Y cómo lo hace? De muy diversas maneras, pero ahora me gustaría sólo referirme a una de ellas, a saber, la exclusión de cualquier posible metalenguaje. Esto supone, en la teoría lacaniana, que sólo hay un lenguaje, y que no podemos ubicarnos fuera de él, en un metalenguaje, para analizar alguna de sus manifestaciones discursivas. El discurso analizado no puede objetivarse ni analizarse objetivamente desde el exterior, pues tal exterior no existe.

No hay manera de situarse al exterior del sistema económico y de su estructura ideológica. El capitalismo no termina en las puertas del mundo universitario, sino que se continúa en su interior. Los pasillos universitarios son una continuación de las calles en las que se vive y se circula, se protesta y se reprime. Estamos en la misma sociedad. No hay discontinuidad entre las plazas públicas y los auditorios universitarios.

Por más autónoma que sea o pretenda ser la universidad, nuestros cubículos y salones de clase no están fuera del mundo en que vivimos. Este mundo injusto, este único lenguaje con sus manifestaciones discursivas, no puede analizarse desde un exterior académico, sino sólo desde su propio interior, desde una posición específica en él: una posición histórica, económica y política, social y cultural. Ya estamos posicionados en el mundo y nuestro análisis está situado en el mismo nivel que lo analizado. Nuestro análisis es también un discurso y no puede ser únicamente científico, sino que es también ideológico y político.

Nuestro análisis es un discurso analizante que puede lidiar con el discurso analizado, luchar contra él o aliarse a él, profundizarlo o completarlo, cuestionarlo o radicalizarlo, pero no distanciarse de él para observarlo, escudriñarlo, retratarlo, describirlo y comprenderlo. No podemos aspirar a ninguna clase de neutralidad, objetividad o verdad entendida como correspondencia con la realidad. Nuestra verdad forma parte de la misma realidad, y como todo lo que hay en esta realidad, sólo puede verificarse por su fuerza o por su poder, por sus efectos reales y no por su adecuada representación o descripción de la realidad. Es por esto, precisamente por esto, que nuestro análisis no puede resignarse a ser descriptivo, sino que debe aspirar a ser transformador. Tan sólo al transformar, al tener ciertos efectos, podrá llegar a demostrar su verdad. En el momento del análisis, esta verdad aún está pendiente. Le falta su verificación futura. De ahí que la verdad, en su concepción lacaniana, solamente pueda llegar a decirse a medias. La mitad faltante estriba en lo que no es ni ha sido, pero habrá sido retroactivamente gracias al análisis acertado.

El análisis tan sólo acierta cuando sabe cómo adecuarse a la realidad, operar en el único lenguaje sin metalenguaje y acoplarse a su estructura para conseguir la transformación en la que estriba su efectividad y su veracidad. Esto le exige al discurso analizante retomar escrupulosamente el discurso analizado para intervenir de la mejor manera en el campo de batalla del lenguaje, de la política y la ideología. Hemos conocido intervenciones magistrales de esta clase en la historia reciente de México. Permítanme referirme a una de ellas.

Fox y Peña Nieto 

En diciembre 2014, durante su visita oficial a Guerrero, Enrique Peña Nieto exhorta literalmente a los familiares de los 43 normalistas desaparecidos a que ya “superen el momento de dolor”. Estas palabras desencadenan una avalancha de reacciones en las redes sociales. En una suerte de análisis de contenido psicológico, se denuncian masivamente los sentimientos y rasgos de personalidad que se atribuyen a nuestro presidente: su hastío, su estúpida insensibilidad, su petulante desprecio hacia los de abajo, su crueldad sádica y su autoritarismo psicopático, perverso, que le hace querer decidir hasta en los sentimientos de sus propias víctimas.

En el centro de tanta buena psicología popular, aparece también el hashtag #YaSuperenlo, el cual, en sí mismo, constituye un valioso análisis de discurso que se atiene a las palabras literales para poner en evidencia todo lo que implican. Ya no intentamos entender el significado, sino que nos damos una ocasión para explicar el significante: superen el momento de dolor, supérenlo, ya supérenlo. Quizá esto no fuera lo que Peña Nieto quiso decir, pero sí fue lo que dijo y lo que escuchamos, lo que resonó y lo que se criticó en las redes sociales.

Me atrevo a decir que el #YaSuperenlo es un caso paradigmático de análisis lacaniano de discurso, no sólo por la manera en que procede al posicionarse y enfrentar sin mediaciones la palabra textual, sino también por lo que busca provocar, el desenmascaramiento del amo, la división del gran Otro, la emergencia de su deseo, la irrupción de la verdad en el nivel de la enunciación y no del enunciado. Todo esto es lo que se provoca desde tiempos inmemoriales cuando las palabras de los tiranos, de los amos y señores, son escuchadas por los mejores analistas de discurso, por quienes tienen los oídos más agudos, los que no tienen sus canales auditivos obstruidos por su poder, los esclavos y los siervos, las masas oprimidas y marginadas, los niños y los estudiantes, los pueblos colonizados, los locos, las mujeres con el sexto sentido que les permite conocer tan bien todo lo que deben obedecer.

Los dominados no dejan de hacer lo que nosotros pretendemos formalizar en el análisis lacaniano de discurso. Nosotros, académicos, tan sólo podemos tomar la estafeta y continuar lo que han venido haciendo nuestros compañeros y compañeras de lucha con el único recurso del que ellas y ellos y nosotros disponemos: un único lenguaje ideológico-político sin metalenguaje científico-académico. El método será el mismo, pero justificado teóricamente y afinado conceptualmente, aunque también quizás, en algunos casos, reconducido a las batallas particulares a las que nos enfrentamos en el campo académico.

Psicologías 

Por ejemplo, cuando llevamos las palabras de Peña Nieto a nuestra batalla en la trinchera de la psicología crítica, podremos emplear nuestro análisis lacaniano de discurso para mostrar cómo la exhortación textual a “superar el momento de dolor” es un buen ejemplo de psicologización de la realidad. En el discurso de Peña Nieto, el crimen de Estado, los asesinatos y desapariciones, se ve simpáticamente psicologizado, reducido a un estado mental, a un sentimiento momentáneo, a un “momento de dolor”. Es como si todo hubiera ocurrido en la cabeza, lo cual, por cierto, fue confirmado por otro aprendiz de psicólogo, Vicente Fox, quien recientemente le explicó a los familiares de los normalistas, con el mismo tono autoritario, que “no podían vivir eternamente con ese problema en su cabeza”.

Puesto que todo ocurrió aparentemente en la cabeza de los familiares de los normalistas, ahora entendemos quizá mejor por qué han desaparecido los 43. Han de estar bien escondidos en las circunvoluciones cerebrales o en los laberintos mentales de sus familiares. Es un “problema en la cabeza”, como dice Fox, y por lo tanto deberíamos dejar que fuera solucionado por los especialistas de la cabeza, por las psicólogas y los psicólogos, y no por los policías honestos, que de cualquier modo no los hay en México, ni por los luchadores sociales, que andan buscando afuera lo que sólo está dentro de ciertas cabezas.

Según la psicología de Fox y de Peña Nieto, el Estado mexicano sólo es culpable de hacer pasar un “momento de dolor” y de causar un “problema en la cabeza”. No hubo nada más. No hubo ni seis asesinatos ni un desollamiento ni 43 desapariciones forzadas. No hubo este crimen sistemáticamente realizado por nuestro narcogobierno, con monitoreo constante de la Procuraduría General de la República y con la confirmada complicidad de los militares y participación activa de policías federales y no sólo municipales. Todo esto no ocurrió. Fue sólo una pesadilla o un delirio en las cabezas de los familiares. Fue únicamente un problema psicológico, un problema en la cabeza, un momento de dolor.

Conclusión: aficionados y profesionales de la psicología

Espero que mi esbozo de análisis, además de ilustrar un aspecto puntual de nuestro método, haya mostrado el riesgo de complicidad entre la psicología y los poderes que nos gobiernan. Me permitiré subrayar, para concluir, que la psicologización de los problemas económicos y sociales, convertidos en momentos de dolor u otros problemas en la cabeza, no sólo sucede en el Cártel de Los Pinos, sino que es una constante en las facultades de psicología de todo el mundo. Los psicólogos profesionales, con su autoridad científica y académica, legitiman así las justificaciones psicológicas de gente de la calaña de Fox y Peña Nieto. Ésta es tan sólo una de las razones por las cuales Ian Parker y yo, junto con los demás colaboradores y colaboradoras de nuestro libro, hemos querido hacer un regalo maldito a la disciplina psicológica.

La psicología se ha caracterizado tradicionalmente por tener una muy buena relación con las clases dominantes. Estas clases, como ya lo notaba Plejánov hace más de un siglo y como sigue notándolo Ian Parker hoy en día, siempre han sido aficionadas a la psicología. Siempre han mostrado una suerte de aptitud psicológica seguramente favorecida por su dedicación casi exclusiva al trabajo intelectual, su falta de experiencia en el trabajo manual, su desconocimiento de las necesidades corporales primarias y su distancia con respecto a todo lo que ocurre fuera de sus cabezas. Las clases dominantes siempre han tenido tiempo de repasar cada una de sus acciones y reacciones, preocuparse por sus interacciones y comunicaciones, y escudriñar su alma, sus ideas, sus pensamientos y sentimientos, sus deseos y aspiraciones, sus emociones y sus demás estados de ánimo. Quienes dominan siempre han hecho así aquello mismo en lo que se especializan los psicólogos. Así como este lujo de amos es la actividad principal de la psicología dominante, así nuestro análisis lacaniano de discurso, como lo hemos visto, pretende ofrecer algunas estrategias de esclavo a la psicología crítica. Se trata, en definitiva, de llevar un poco de lucha de clases al interior del ámbito de la psicología.

¿Qué podría significar Ayotzinapa? Entre el discurso y el acontecimiento

AyotlPonencia magistral en el Cuarto Coloquio Regional Multidisciplinario de la ANEFH Análisis de las Manifestaciones Contrahegemónicas. Palacio Clavijero, Morelia, Michoacán, México, miércoles 4 de marzo 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción: de Madrid a Iguala

No pensaba discurrir sobre Ayotzinapa en este coloquio. Mi primera propuesta de ponencia magistral fue sobre la reconfiguración de la izquierda española, sobre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, sobre la hegemonía, su poder y también su debilidad. Sería una ponencia en tono alegre, festivo, esperanzador, consolador para quienes ahora mismo necesitamos consolarnos de lo que ocurre en México.

Hace una semana propuse mi título de ponencia: “Entre la hegemonía y la emancipación: el problema del poder en el discurso de Podemos”. Estaba entusiasmado con el tema. Sin embargo, de pronto, gracias a una charla con mis estudiantes, empecé a dudar. ¿Acaso tenía derecho a consolarme? La Puerta del Sol estaba demasiado lejos y yo estaba perdiendo una ocasión para pensar en lo más próximo, en lo que nos está ocurriendo, en la matanza de Iguala y todo lo que se ha desencadenado en lo sucesivo. Esto volvió a parecerme lo único importante. No debería distraer a los asistentes con otros asuntos. No podíamos cansarnos como el exprocurador Jesús Murillo Karam. Tampoco podíamos seguir el consejo de Enrique Peña Nieto y dejar atrás a nuestros muertos.

Le escribí a quien me invitó al coloquio y le pedí que me permitiera cambiar el tema de mi ponencia. Decidí volver a pronunciarme sobre Ayotzinapa, como ya lo había hecho en diversos foros académicos, en manifestaciones callejeras, en redes sociales y en cinco artículos publicados en los últimos cinco meses. ¿Cómo no regresar al tema una y otra vez? ¿Cómo no seguir pensando en algo con tantas implicaciones, tan desbordante de sentido, tan significativo?

Significación de Ayotzinapa

La significación de Ayotzinapa desborda todo lo que decimos y nos hace volver a construir nuevos diques de palabras que también serán desbordados como los anteriores. La tarea parece interminable. No hay manera de contener esa inundación de sentido que a veces reviste la forma de marea humana e invade las calles, los periódicos, las redes sociales. Quizás los antimotines puedan cerrarle el paso a la muchedumbre, pero no a la marea de significación que se ha hecho muchedumbre. La corriente sigue fluyendo y arrastra los obstáculos con los que se encuentra, ya sean manipulaciones mediáticas, falsas investigaciones forenses, engañosas declaraciones presidenciales o brutales represiones policíacas. Todo es arrastrado por la corriente y viene a reforzar lo que intentaba debilitar.

La significación de Ayotzinapa no se agota. Las palabras no convencen. Los estudiantes no aparecen por ningún lado. Sus familias no se dan por vencidas. El duelo no termina. El caso permanece abierto. Nada está claro. De ahí el desasosiego y la expectación, el miedo y la esperanza, pasiones de la incertidumbre.

No sólo ignoramos lo que ocurrirá, sino también la significación exacta de lo que ha ocurrido. Esta significación tan sólo podrá completarse y solidificarse una vez que hayamos llegado a cierto desenlace. Por ejemplo, si estallara una revolución, quizá concluiríamos que Ayotzinapa fue la chispa que prendió la flama, como Cananea en 1906 o Río Blanco en 1907. Y si todo sigue igual, entonces habremos agregado un eslabón más a esa larga cadena de infamias que no se olvidan. El 26 de septiembre se incluirá en el mismo calendario que el 2 de octubre y el 10 de junio. El torrente de significación de la matanza de Iguala desembocará en ese plácido mar de sangre en el que vemos acumularse la única sustancia de los últimos gobiernos mexicanos.

Imposible saber, por lo pronto, lo que significa exactamente Ayotzinapa. Imposible prever con certeza lo que habrá significado. Tan sólo hay lugar para conjeturar lo que podría llegar a significar. Es en esto en lo que me gustaría detenerme unos minutos.

Río de tortugas

Empecemos por el principio. Remontemos la corriente de significación hasta los orígenes de lo que nos ocupa. Llegaremos así a un paraje en el centro del estado de Guerrero. Su nombre, Ayotzinapa, significa en náhuatl río de tortugas. Esta significación es bien conocida por todos los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Todos ellos saben muy bien que ayotl quiere decir tortuga. Ninguno ignora por qué aparece una tortuguita retratada en la base del escudo que ostenta su escuela normal. Es el símbolo de la escuela y significa más que un simple reptil quelonio con duro caparazón. Para los normalistas, la tortuga enseña el valor de avanzar lentamente, pero con paso firme y seguro, constante y paciente, y con el cuerpo bien protegido contra los policías y otros depredadores, que jamás han faltado en México y mucho menos en Guerrero.

Y además de las tortugas, ayotl, está el río, apa, con su movimiento incesante al que resisten desde siempre las tortugas. Hay quienes comparan su resistencia con la de aquellos nahuas de Guerrero que han sabido sobrevivir a la conquista, la colonización, la explotación en minas y latifundios, la destructora modernización, la constante represión, la guerra sucia. Todo ha ido pasando y los indígenas están ahí, sobreviviendo como pueden, como tortugas atrincheradas en sus caparazones, inmóviles como rocas, resistiendo a la corriente.

Es verdad que las tortugas del río pueden permanecer inmóviles, pero también son excelentes nadadoras y saben cómo nadar a contracorriente o bien seguir la corriente y utilizarla para desplazarse tan de prisa como el más ágil de los peces.  Así también, a su manera, los indígenas y campesinos mexicanos han aprendido a moverse en la historia. No han sido los eternos rezagados, como se ha llegado a creer, sino que han estado siempre en movimiento. Significativamente, en momentos decisivos, han sido nuestra locomotora o han estado a nuestra cabeza. Han sabido ser vanguardia y no sólo retaguardia u obstáculo.  Han tenido la cara de Benito Juárez e Ignacio Manuel Altamirano, han engrosado las filas insurgentes y revolucionarias, han sido sublevación de palabras en Chiapas y ahora torrente de significación de Ayotzinapa. El río de nuestra historia es también el de las tortugas, el de su agitada resistencia, el de su memoria y su esperanza, el del pasado más remoto y el futuro más prometedor, el de Ayotzinapa.

Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri

Hace más de trescientos años, a finales del siglo XVIII, Ayotzinapa era una hacienda perteneciente a Don Sebastián de Viguri, terrateniente inmensamente rico.  Los habitantes eran en su mayoría campesinos indígenas nahuas. Todos trabajaban para Don Sebastián. Era el personaje más respetado y poderoso en la región, especialmente en el cercano pueblo de Tixtla, colindante con Ayotzinapa.

En los tiempos del Señor Don Sebastián, en 1782, en Tixtla y a pocos pasos de Ayotzinapa, nació Vicente Guerrero, futuro héroe de la Independencia, considerado a menudo el primer líder guerrillero de nuestra historia. Fue él quien mantuvo encendida la llama de la revuelta en las montañas de Michoacán y Guerrero, entre 1816 y 1820, cuando los españoles creían haber triunfado sobre los insurgentes mexicanos.

Una de las mayores victorias militares de la guerrilla de Vicente Guerrero tuvo lugar en El Tamo, aquí en Michoacán, justamente ocho años después del Grito de Dolores, el 15 de septiembre de 1818. Tras dos horas de batalla, los insurgentes, comandados por Guerrero, derrotaron a las fuerzas españolas dirigidas por el general José Gabriel de Armijo y compuestas de 800 soldados procedentes de Morelia. Unos 200 murieron. Los demás parecen haberse unido a los insurgentes.

El 16 de septiembre de 1818, al día siguiente de la victoria de Vicente Guerrero en El Tamo, sucedió algo muy importante en Tixtla, su ciudad natal. Podemos decir que fue otra victoria, no militar, sino social, política y económica. El señor de Ayotzinapa, Don Sebastián de Viguri, a quien ya me referí anteriormente, donó sus tierras a los campesinos indígenas de la región. Lo hizo aparentemente animado por el espíritu de la Independencia de México y por los Sentimientos de la Nación que José María Morelos había proclamado en 1813 en Chilpancingo. El acto generoso de Viguri habría sido inspirado por el doceavo sentimiento de Morelos, en el que se dice literalmente que las leyes deben ser tales que “moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, mejoren sus costumbres, se aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Antes de formalizar la donación de Ayotzinapa, Don Sebastián manifestó el deseo de que sus tierras fueran entregadas a quienes las trabajaran, pero a condición de que se comprometieran a sostener económicamente a quienes no pudieran trabajar, ancianos, enfermos e inválidos. Así se hizo. Las tierras fueron bien repartidas por el ejecutor del testamento, Don Francisco Altamirano, quien también fue benefactor de la familia indígena chontal del famoso maestro, político y literato Ignacio Manuel Altamirano.

Entre la justicia y la injusticia

Los indígenas recuperaron sus tierras y triunfó la Independencia por la que luchó Vicente Guerrero, el cual, además, llegó a ser Presidente de la República después de haber sido guerrillero. Pareciera que llegamos a un final feliz, pero no fue así. Al igual que tantos otros guerrilleros que vinieron después de él, Guerrero fue asesinado por órdenes del gobierno. Se le fusiló tras un juicio militar sumario después de haberlo secuestrado a traición. El traidor, el célebre marino genovés Francisco Picaluga, recibió del gobierno de Anastasio Bustamante la cantidad considerable de 50,000 pesos oro a cambio de capturar a Guerrero cuando almorzaba en su barco, en 1831.

A los indígenas de Ayotzinapa no les fue mejor que a Vicente Guerrero. En 1862 fueron despojados nuevamente de sus tierras. El Presidente Benito Juárez intervino a su favor y ordenó al gobernador Francisco Arce que restituyera las tierras a sus legítimos propietarios, pero el mandato nunca fue obedecido.

No fue sino hasta 1931 cuando se empezó a resarcir de verdad a los pueblos indígenas a los que se había despojado anteriormente de los terrenos de Ayotzinapa. Los profesores Rodolfo A. Bonilla y Raúl Isidro Burgos solicitaron al Ayuntamiento de Tixtla que les concediera esos terrenos para una escuela normal de maestros que ya funcionaba desde 1926 en locales alquilados e improvisados. La solicitud recibió una respuesta favorable y fue así como nació la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, que después tomaría el nombre de uno de sus fundadores, Raúl Isidro Burgos.

En la breve historia que acabo de contar, la significación de Ayotzinapa condensa el despojo y la necesidad de resarcimiento de los pueblos indios, el sufrimiento de la injusticia y el afán justiciero, los ideales que guiaron a los insurgentes de 1810, la eterna lucha por la Independencia de México y por los sentimientos de la nación, por leyes contra la desigualdad, contra la opulencia y la indigencia. El nombre de Ayotzinapa es también el de la supervivencia del nahua y del náhuatl. Significa el espíritu indígena de resistencia, de constancia y de paciencia, de firmeza y seguridad, tal como se expresa en el símbolo de la tortuga en el río.

Pero la historia de Ayotzinapa no termina, desde luego, con la fundación de la Escuela Normal Rural. Hay una historia después de 1931. Y esta historia posterior, como la anterior, viene a enriquecer el caudal torrencial de significación del río de tortugas.

La Revolución Mexicana y sus Escuelas Normales Rurales

La Escuela de Ayotzinapa, al igual que otras Normales Rurales, formaba parte de un proyecto educativo popular impulsado en los años veinte por los gobiernos posrevolucionarios, animado por los ideales de justicia e igualdad, y enfocado principalmente a campesinos, indígenas y otros sectores sociales pobres y marginados.  Uno de sus inspiradores, Moisés Sáenz, había hecho su Doctorado en Filosofía en la Universidad de Columbia, en donde se volvió seguidor de John Dewey. Siguiendo el método y la orientación del pedagogo norteamericano, las Normales Rurales no sólo formarían maestros, sino también líderes de comunidades para la reconstrucción de la sociedad.

Se esperaba que los estudiantes normalistas, futuros maestros y líderes, procedieran de los mismos sectores sociales pobres y marginados en los que habrían de intervenir.  De ahí que las Normales Rurales debieran funcionar como internados y asegurar la manutención de los estudiantes. Era y sigue siendo la única manera en que muchos indígenas y campesinos mexicanos pueden estudiar y así guiarse a sí mismos en lugar de recibir la guía de otros sectores de la sociedad. El proyecto era y sigue siendo verdaderamente revolucionario por muchas razones, entre ellas porque no divide la sociedad entre los educadores y los educados, lo cual, como ya lo denunció Marx en su momento, reproduce la división social entre las clases dominantes y las dominadas, entre los guías y los guiados, entre los maestros y sus estudiantes. Las Normales Rurales buscan ir más allá de esta división al plantear que son los propios campesinos e indígenas los que deben ser maestros de sí mismos.

Las Normales Rurales tenían un propósito de concientización y transformación social, y tal como se concibieron desde un principio, debían continuar la enorme tarea que sólo había sido preparada, posibilitada y comenzada por la Revolución Mexicana. Después de luchar con las armas en el campo de batalla, llegaba el momento de luchar con las ideas y con las palabras en los salones de clase.  La vía era diferente, pero el objetivo era el mismo: crear una sociedad más justa e igualitaria, más libre y consciente, más democrática e incluyente.

En cierto sentido, las Normales Rurales buscaban realizar aquel sentimiento de la nación por el que Don Sebastián de Viguri donó sus terrenos a los indígenas de Ayotzinapa. Lo hizo, recordemos, en los términos de Morelos, para “moderar la opulencia y la indigencia, aumentar el jornal del pobre, mejorar sus costumbres, alejar la ignorancia”. No hay que pasar por alto el abismo histórico que se abre entre los Sentimientos de la Nación de 1813 y el proyecto de las Normales Rurales de 1922, pero tampoco hay razón para negar las evidentes afinidades políticas e ideológicas entre ambas orillas del abismo. Cuando Morelos hablaba de alejar la ignorancia y mejorar las costumbres, no pensaba en algo muy diferente de lo que después se llamaría concientización, y cuando se refería a moderar la opulencia y la indigencia, es claro que pensaba en una sociedad más justa e igualitaria.

La reacción contra la revolución y contra su proyecto educativo

Quizá los ideales de las Normales Rurales hayan sido poco realistas, demasiado avanzados para su tiempo, demasiado elevados para la bajeza de algunos sectores de nuestra sociedad. Tal vez los inspiradores del proyecto hayan sido tan ingenuos como Emiliano Zapata o Francisco Villa al imaginar que podrían continuar lo que había empezado en la Revolución Mexicana.  El caso es que las aspiraciones de las Escuelas Normales Rurales chocaron frontalmente con las ambiciones de unos y las convicciones de otros.

Desde un principio, desde los años veinte, el proyecto de las Normales fue mal recibido por diversos sectores de la sociedad mexicana. Primero, en tiempos de la cristiada, fueron los conservadores indignados por el carácter laico de la enseñanza de los normalistas.  Luego fueron los revolucionarios institucionales que no podían tolerar a esos maestrillos andrajosos y revoltosos que se habían tomado en serio los ideales de la Revolución Mexicana.  Finalmente llegó el crimen organizado, es decir, esa enorme banda criminal compuesta de gobernantes neoliberales, narcotraficantes y otros empresarios, todos unidos en su afán de hacer fortuna, saquear el país y extorsionar a sus habitantes, amenazando con desaparecer a cualquiera que se interponga en sus negocios y que no se deje convertir en botín.

Los estudiantes de las Normales Rurales no se han dejado amedrentar, no han cedido a sus extorsionadores. Y como suele suceder en estos casos, han pagado muy cara su temeridad. Se les ha desaparecido.  ¿Pero cómo no van a desaparecer cuando se han obstinado en significar algo para lo que ya no hay lugar en México?  Ya no hay lugar para su proyecto de concientización y transformación social, ni para la igualdad y la justicia, ni para los ideales de la Independencia ni para José María Morelos ni para Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri, ni para la revolución de Villa y Zapata, ni para los pueblos originarios ni para los campesinos y ejidatarios, ni para las tortugas ni para sus ríos.

Así como están extinguiéndose la chopontil y otras especies mexicanas de tortugas de río, así también podrían extinguirse especies como la de nuestros normalistas de Ayotzinapa. No parece haber condiciones para que sobrevivan en este basurero de sociedad así como tampoco hay lugar para la chopontil en los ríos cada vez más contaminados por el capitalismo. El sistema que provoca la desaparición de las tortugas es el mismo que impide la aparición de los normalistas.

¿En dónde podrían aparecer los 43? ¿En un hotel de Cancún, en alguna playa privatizada, en un centro comercial, en un Oxxo, en las porquerizas en las que se han convertido las cámaras de senadores y diputados, en la Casa Blanca de Peña Nieto, en su avión presidencial, en el prostíbulo priista de Cuauhtémoc Gutiérrez? ¿O quizás debamos buscarlos en la lista de invitados a la fiesta del alcalde de San Blas, o entre los entrevistados por Laura Bozzo, o extraviados en alguna telenovela o en el noticiero de López Dóriga? ¿Acaso les ven un lugar en el grotesco país que estamos construyendo, el de Televisa y Soriana, el del PRI y los demás partidos priistas, el de las reformas energéticas y educativas, el del Tratado de Libre Comercio, el de la guerra sucia y ese lento exterminio de los pueblos indios?

Resistencia

Todo excluye la existencia de los normalistas rurales, pero así ha sido también en el pasado, en tiempos de la reacción religiosa y de la guerra sucia, lo que no les ha impedido sobrevivir durante noventa años. La supervivencia de los normalistas es tan sorprendente como la de aquellas tortugas chopontiles que todavía nadan en caldos espumosos compuestos de cianuro, petróleo, detergentes, sustancias cloradas, ácidos, pesticidas y otros venenos producidos por nuestro sistema. Los seres vivos en semejantes caldos no deberían sorprendernos menos que la vida intensa e impetuosa de los normalistas en esta sociedad preparada por Enrique Peña Nieto y los demás pozoleros que nos gobiernan. Uno termina sospechando que lidiamos con seres inmortales, invencibles como los indígenas, que han sobrevivido a cada una de sus muertes, y que siguen ahí, de pie, recordándonos que no podemos acabar con lo que somos.

Tal como ocurre con los indígenas, la estrategia de supervivencia de los normalistas rurales no ha sido una simple adaptación pasiva, sino una resistencia activa, decidida, firme y constante. Fue con este espíritu de resistencia, bien representado por el símbolo de la tortuga, que los normalistas formaron en 1935 la “Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México” (FECSM), una organización que buscaba proteger a los futuros maestros de todo aquello que estaba conspirando contra ellos dentro y fuera de las instituciones, en el gobierno y en la sociedad mexicana. Esta Federación fue a veces la antesala de movimientos sociales o específicamente magisteriales en los que participaban los normalistas una vez obtenido su diploma de maestros. Un ejemplo bien conocido fue la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), en la que había muchos maestros formados en Ayotzinapa, entre ellos los futuros líderes guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, cuyos rostros decoran los muros de la Escuela Normal Rural.

Guerrilleros, luchadores y maestros

Se ha dicho hasta el cansancio que la Normal de Ayotzinapa es un nido de guerrilleros. Sería más correcto decir que es un nido de maestros comprometidos con la transformación social que a veces, en muy contadas ocasiones, han debido optar por la lucha armada como último recurso para defenderse de la violencia asesina del gobierno priista mexicano.  El maestro Genaro Vázquez toma las armas tras la matanza de Iguala de 1962, cuando la policía mata a siete personas. De igual modo, Lucio Cabañas  deja de ser maestro y se vuelve guerrillero después de la matanza de Atoyac de 1967, en la que policías disparan sobre una concentración de padres de familia y matan a once civiles desarmados.

Fue la represión gubernamental, y no la estancia en Ayotzinapa, la que hizo que Lucio y Genaro tomaran las armas. Quizás lo que ellos y otros aprendieran en la Normal Rural fue a resistir, a no dejarse matar, a al menos a no dejarse matar sin luchar, pues la batalla siempre terminó siendo ganada por los poderosos, por los verdaderos asesinos, llámense Anastasio Bustamante, Luis Echeverría, Rubén Figueroa, Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto. Quizás Atlacomulco, Los Pinos y el PRI sean cunas de asesinos, pero no Tixtla, no Ayotzinapa. Es verdad que ahí nació el primer gran líder guerrillero de nuestra historia, Vicente Guerrero, y ahí mismo se formaron dos de los más grandes del siglo XX, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Pero estos guerrilleros, como tantos otros de México, han sido más mártires que asesinos.

Además, por cada guerrillero que salió de Ayotzinapa,  hubo centenares de luchadores sociales que se aferraron a los medios pacíficos de acción, organización y manifestación. El más conocido fue Othón Salazar, líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio en los años cincuenta y candidato a gobernador por el Partido Comunista Mexicano en 1980. Otro luchador menos conocido, Claudio Castillo Peña, fue asesinado por los policías federales hace algunos días tras cuarenta años de lucha incansable y más de veinte años en la docencia. Pero el maestro Claudio no es más uno de los centenares de luchadores sociales que se han formado en Ayotzinapa y que han sido asesinados en los últimos cincuenta años.

Además, por cada luchador social, hubo miles de maestros egresados de Ayotzinapa que se limitaron a cumplir su trabajo docente en las zonas más inaccesibles del país y en las condiciones más duras de trabajo. Incontables murieron de enfermedades curables que habrían podido ser curadas en una sociedad más justa. Muchos fueron asesinados, especialmente durante la guerra sucia, tan sólo por ser maestros y por lo tanto sospechosos, y sin siquiera tener tiempo de convertirse en luchadores sociales. Podemos decir que todos fueron víctimas de lo mismo. Nadie se acuerda ya de estos héroes anónimos e invisibles a los que debemos mucho de lo mejor que se ha hecho en México en el último siglo. Pienso que Ayotzinapa significa también esto, el olvido, el heroísmo invisible y anónimo.

Conclusión: el espectáculo y la desaparición

Los héroes desaparecen detrás de las noticias sobre los bloqueos de la autopista del sol y el retraso de quienes van a descansar a las playas de Acapulco.  Las palabras de los partidos políticos y de las cámaras de comercio resuenan en la radio y en la televisión y no dejan escuchar las justas reivindicaciones de los normalistas que viven en condiciones infrahumanas y que reciben cada uno menos de 40 pesos diarios para su manutención.  La desaparición de los normalistas empieza por la represión de su palabra, por el silenciamiento de sus luchas y sus demandas, por el desconocimiento de sus condiciones de vida, por el ocultamiento de sus esfuerzos y de sus méritos, de su heroísmo y del gran servicio que prestan a la sociedad.

Ayotzinapa es también el nombre de lo oculto, lo desconocido, lo silenciado, lo reprimido, lo desaparecido por el sistema político-económico.  Es aquí también, tras la pantalla de televisión y tras las otras manifestaciones del espectáculo que nos rodea, en donde podría estribar la significación de Ayotzinapa. Los 43 desaparecidos representarían entonces también todo lo desaparecido: todo lo que somos todos, nuestra vida, el pueblo que resiste, la dignidad indígena, la verdad campesina, el esfuerzo diario de las clases populares, el trabajo que se hace por vocación de servicio y no por afán de enriquecimiento, el heroísmo de muchos maestros rurales, sus luchas sociales incansables, pero también la guerra sucia contra ellos, el mar de sangre que han dejado las sucesivas tiranías que nos gobiernan, las fosas comunes, la revolución inconclusa, la injusticia y la desigualdad, el desprecio por los sentimientos de la nación, la independencia traicionada, el saqueo del país, el espectro de Porfirio Díaz y de Victoriano Huerta, el triunfo de la infamia, el priismo de todos o casi todos los partidos políticos, la institucionalización del crimen organizado, la condición criminal de nuestros gobernantes, la indiferenciación entre los sicarios y los políticos, la miseria generalizada, la destrucción de todo, las fosas que se lo tragan todo, la muerte que no deja de ganar terreno sobre la vida, la sociedad que no deja sobrevivir a sus jóvenes, el río contaminado que está envenenando a sus tortugas.

Quizás Ayotzinapa sea el signo de lo que ya no puede permanecer ni olvidado ni oculto. Si así fuera, tal vez haya razón para confiar en una reaparición de lo desaparecido.  Ayotzinapa significaría entonces el fin de la desaparición. Dependerá de nosotros y es por esto mismo que resulta imposible saberlo por ahora. Debemos conocer antes aquello de lo que somos capaces. Debemos llegar al acontecimiento que permita verificar la verdad de nuestro discurso.

Así como hubo que remontar al pasado para llegar al presente, así también habrá que ir hacia el futuro para entender este mismo presente. Ayotzinapa significará hoy lo que habremos conseguido que signifique, lo que habrá significado, la significación que hayamos conquistado. El futuro está en nuestras manos, pero también el pasado y el presente. Dependerá de nosotros que haya un sentido en la resistencia de las tortugas y de los normalistas, en la donación de Sebastián de Viguri, en la muerte de Guerrero y de Morelos, y en todo lo demás a lo que me he referido en estos minutos.

Más allá de la descripción de la realidad: Marx, Lacan, el Žižek posmoderno y la continuación de la teoría por otros medios

Charla durante la presentación del libro Elementos políticos de marxismo lacaniano en la Casa Vlady de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), con la participación de Carlos Gómez Camarena, Amorhak Ornelas y Aliber Escobar. Ciudad de México, 9 de enero 2015.

David Pavón-Cuéllar

 Me gustaría decir algunas palabras acerca de una cuestión que resulta central en mis Elementos políticos de marxismo lacaniano, pero que no conseguí resolver mientras escribía y que sigue pareciéndome insoluble, aun cuando he reflexionado mucho sobre ella en el último año. Quizá mis recientes reflexiones puedan servir para empezar a completar algunas ideas truncadas en mi libro. Sin embargo, como lo veremos, tales ideas tan sólo pueden acabar de completarse mediante la práctica, en la transformación y no sólo en la descripción de la realidad, como diría Marx.

Desde luego que debemos empezar por describir la realidad. Y esto, contra lo que podría creerse, no es tan fácil ni tan habitual, especialmente en estos años de realidad virtual, desertificación de lo real y pensamiento único hiperrealista. Pese a todo, nosotros, marxistas, debemos aceptar que hay todavía una realidad. ¿Pero cómo concebirla?

Difícil resistirse a recordar aquí y ahora una caricatura de Stéphane Charbonnier, mejor conocido como Charb, editor de Charlie Hebdo y muerto hace tres días en París. En la caricatura, Marx está charlando con el expresidente francés Nicolás Sarkozy. Los dos comparten una mesa y están sentados uno frente a otro. Sarkozy, quizá preocupado, en posición rígida y bebiendo café, constata que el concepto de lucha de clases pasó de moda y que “ya ni siquiera la izquierda lo utiliza”. Marx, con los ojos bien abiertos y tomando vino en lugar de café, responde con cierto candor: “no es porque la descripción de la realidad haya pasado de moda que la realidad ya no existe”.

La realidad seguiría existiendo aun cuando ya no se le describiera en los discursos oficiales. Aunque ya no se hablara de lucha de clases, las clases no dejarían de luchar. Sólo que ahora lucharían en silencio. Habría una lucha real de la que ya no se hablaría. No estaría en la descripción oficial de la realidad, pero no por ello dejaría de estar en la realidad.

Podríamos reprocharle al Marx de Charb que aún se aferre a una ingenua diferenciación entre la realidad y su descripción. ¿Acaso esta diferenciación puede todavía sostenerse así, de manera tajante y categórica, después de la fenomenología y la hermenéutica, después del giro lingüístico y el estructuralismo, después del post-estructuralismo y el posmodernismo? Las últimas vanguardias intelectuales nos enseñaron que la realidad no está más allá de su descripción, que no la funda ni la precede, que las cosas no son independientes de las palabras, que están inextricablemente imbricadas con ellas.

La descripción dejó de ser una simple descripción de la realidad y empezó a ser la creación y transformación de la realidad, su articulación interna, su fundamentación. Desde hace al menos cinco décadas, la descripción funda la realidad en lugar de que la realidad funde su descripción. En lugar de operar como representación de la realidad, la descripción constituye el meollo mismo de la realidad. Es la verdad de la realidad más que la imagen de una realidad identificada con la verdad.

Una vez que la verdad estriba en la descripción, la realidad pierde su verdad y cae en la condición de entidad ilusoria o imaginaria. La realidad se ha vuelto así aún más dudosa y sospechosa  que cualquiera de sus descripciones. Es algo a lo que también contribuyó Lacan al buscar la verdad en la palabra y al disociarla de una realidad considerada imaginaria. Después de Lacan y de sus contemporáneos, dejamos de tomar en serio a quienes aún se obstinaban en presuponer la existencia de la realidad. Habríamos podido afirmar entonces, contra el Marx de Charb, que la realidad pasó de moda porque su descripción pasó de moda. Y fue quizá por eso que la lucha de clases pasó de moda. Pasó de moda porque el discurso marxista de la lucha de clases también pasó de moda.

Desde finales de los setenta y hasta el umbral del tercer milenio, la moda intelectual no fue ciertamente ni la realidad ni Marx ni su lucha de clases ni sus respectivas descripciones, sino las descripciones de las descripciones, las palabras sobre las palabras, la falta de referente correlativa de la falta de lucha. Fue la moda posmoderna. Fueron los años en los cuales, como bien lo señala el Sarkozy de Charb, ya ni siquiera la izquierda nos hablaba de la lucha de clases. En su vertiente francesa o afrancesada, la izquierda intelectual posmoderna dejó de ser marxista y se volvió, en el mejor de los casos, foucaultiana, derridiana, deleuziana o lacaniana.

Desde luego que sería simplista reducir la izquierda lacaniana al movimiento intelectual posmoderno. Los vicios de la supuesta posmodernidad han sido criticados por los más importantes representantes de la izquierda lacaniana, algunos de los cuales, además de presentarse como marxistas, han tomado abiertamente sus distancias con respecto a lo posmoderno. Sabemos, por mencionar los casos más conocidos, que tanto Badiou como Žižek se  deslindan claramente de un posmodernismo al que le reprochan su escepticismo, su relativismo, su negación de lo absoluto, su falta de compromiso con la verdad y su rechazo de lo real en el sentido lacaniano del término. Lo posmoderno es denunciado como una forma de materialismo democrático en Badiou, y como el imperio del cinismo y de la sofística en Žižek. Ambos pensadores, de hecho, se ubican a sí mismos en el marxismo y se oponen a la izquierda posmarxista reformista o populista. Sin embargo, como bien sabemos, todo esto no tiene las mismas implicaciones para Badiou que para Žižek, y no sólo por la distinción entre sus opciones respectivamente afirmativa y negativa, o maoísta y leninista.

No sería justo considerar de igual modo a Žižek y a Badiou en la cuestión que nos ocupa. Me parece que Badiou está muy próximo de lo que presento como el marxismo lacaniano y no incurre en prácticamente ninguno de los vicios que achaco al posmodernismo y a la izquierda lacaniana en mi libro. La posición de Žižek es más complicada. ¿Cómo no reconocer y admirar, más allá de su originalidad y su versatilidad, esa radicalidad crítica y polémica por la que se distingue claramente de los representantes del posmodernismo? ¿Y cómo no valorar su incisivo cuestionamiento, profundamente inspirado por el marxismo, de las certeras incertezas en las que se reconforta la metanarrativa posmoderna? ¿Pero cómo no ver al mismo tiempo todo aquello en lo que Žižek se emparenta con el posmodernismo y que lo hace caer en una izquierda lacaniana que definitivamente no consigue ser marxista? Consideremos, por ejemplo, su relativización retórica de todas las categorías absolutas del marxismo, su volatilización de las bases y su disolución de las causas, su degradación humorística de más de un meollo de seriedad militante, su desestimación de la voluntad y de la estrategia, su confianza en la espontaneidad ciega e irracional del acto indeterminado, su propensión a individualizar lo colectivo y subjetivar lo objetivo, su concepción de una ideología que sólo sabe salir de sí al reabsorberse dentro de sí misma, su absolutización idealista de un saber teórico autorreferencial que no sabe resolverse en la práctica.

Detengámonos un momento en el último punto, esto es, en el saber zizekiano que no se resuelve en la práctica. Marx insistió en la necesidad de la práctica para la resolución de grandes problemas teóricos aparentemente insolubles, entre ellos las dicotomías en las que la reflexión queda enganchada, atrapada, entrampada. Tal es el caso de la problemática distinción entre el sujeto y el objeto. Cuando la práctica subjetiva es revolucionaria y transforma el mundo objetivo, lo transformado es una expresión del sujeto en el objeto. Lo transformado resulta entonces tan subjetivo como objetivo. Es así como permite superar la problemática dicotomía sujeto-objeto. El problema se resuelve en una práctica revolucionaria que no es la simple aplicación de la teoría, sino la continuación de la teoría por otros medios. Es lo mismo que ocurre en el diván. Esta experiencia práctica es también continuación y no aplicación de la teoría.

En el psicoanálisis al igual que en el marxismo, un ejercicio teórico sin continuación práctica no sólo es abstracto, sino que está incompleto, inacabado, truncado. Es lo que ocurre con muchas de las especulaciones zizekianas. Empiezan muy bien, pero no terminan, pues tan sólo podrían terminar al salir de la esfera especulativa. En lugar de salir, se repliegan una y otra vez en sí mismas, enroscándose, pero sin resolver nada, lo que puede justificarse luego fácilmente con las nociones lacanianas del enigma y de la verdad que sólo puede llegar a decirse a medias. Pero lo que falta es precisamente la práctica de la verdad, de la verdad que se verifica práctica y retroactivamente por sus efectos, lo mismo en Marx que en Lacan.

En lugar de comprometerse con una verdad que ciertamente no puede teorizarse más que a medias, Žižek hace como si la práctica, la suya, no existiera, y nos ofrece entusiasmado la mitad teórica de la verdad. Nos quedamos así con la práctica teórica y hasta puede ser que nos dejemos convencer de que es la única práctica posible y de que se basta a sí misma. Es una ilusión común entre académicos e intelectuales. Es el destino de cualquier dialéctica idealista hegeliana como la de Žižek. Es lo que el Conde August Von Cieszkowski, tan importante para la ruptura de Marx con Hegel,  recomendó superar a través de un ser práctico, un ser-fuera-de-sí, que trascendería definitivamente la aparentemente insuperable contradicción teórica entre el ser-en-sí y el ser-para-sí. Es así como Cieszkowski, preparando el terreno para Marx, da sentido al desenlace de la Fenomenología del Espíritu, cuando el saber se libera de sí mismo para que la historia siga siendo posible.

Para Cieszkowski, la filosofía hegeliana sería insuperable en el plano teórico de la existencia y la conciencia, del ser-en-sí y el ser-para-sí, pero podría superarse en el plano práctico de la lucha social, del ser-fuera-de-sí, es decir, cuando los filósofos, como diría Marx, dejan de limitarse a describir el mundo y empiezan a transformarlo. De igual modo, para Marx, la filosofía aristotélica tan sólo podía superarse, no especulativamente, sino prácticamente, a través de filosofías de vida como el estoicismo o el epicureísmo. De ahí la identificación del joven Marx con Epicuro. Ambos se encontraban a la sombra de las grandes teorías que los precedían, la aristotélica y la hegeliana, y ambos sabían que sólo podrían superarlas al continuar su teoría en la práctica. Esta continuación, tan crucial en el psicoanálisis como en el marxismo, falta generalmente en Žižek y hace que nos parezca más hegeliano que marxista, más idealista que materialista, más retórico-reflexivo que subversivo-revolucionario, más inclinado a la descripción que a la transformación de la realidad.

¿Pero acaso la simple descripción de la realidad no incide en lo descrito y puede implicar así también su transformación, incluso de modo inmediato, sin requerir de la intervención de quienes apliquen la descripción teórica a la transformación práctica? ¿Acaso la distinción entre la teoría y la práctica no exige aceptar la existencia de un metalenguaje teórico diferente del único lenguaje práctico? Es verdad que la distinción entre la práctica y la teoría, entre la transformación y la descripción de la realidad, parece tan insostenible actualmente como la distinción entre la realidad y su descripción. De hecho, si examinamos estas distinciones con detenimiento, nos percataremos de que se trata siempre de la misma inaceptable distinción entre el lenguaje práctico de la realidad, que es el de la transformación de la realidad, y el metalenguaje teórico de su descripción.

Cuando rechazamos la existencia del metalenguaje, tal como lo hacen Lacan y Žižek, entonces descubrimos que el metalenguaje teórico de la descripción tan sólo es una manifestación teórica del mismo lenguaje práctico de la transformación. Transformamos también al describir. Actuamos también al especular. En términos althusserianos, la teoría es únicamente una práctica teórica.

Pensemos en todo lo que Marx consiguió transformar prácticamente a través de su descripción teórica del capitalismo. El Capital es puramente descriptivo, pero también altamente transformador. ¿Entonces por qué Marx se obstinó en distinguir la vieja filosofía como descripción y la nueva filosofía como transformación del mundo? ¿Por qué Marx insistió en distinguir el clásico metalenguaje idealista y el revolucionario lenguaje materialista? Esta distinción parece tanto más incomprensible cuando recordamos que Marx se dedicó a demostrar precisamente que no hay metalenguaje, como bien lo observó Lacan.

Si no hay metalenguaje, entonces tampoco lo hubo antes de Marx. No hubo ninguna filosofía que fuera pura descripción. La filosofía siempre habría sido transformadora y seguiría siéndolo en pensadores netamente idealistas y especulativos como Žižek. Es lo que el mismo Žižek parece pensar. Es también lo que le da sentido a su trabajo.

Pero subsiste el misterio de la distinción de Marx entre la vieja filosofía como descripción y la nueva filosofía como transformación del mundo. ¿Cómo entender esta distinción? ¿Cómo entenderla sin aceptar el metalenguaje? Pienso que sólo hay una vía posible, y es entender la descripción y la teoría, no como un metalenguaje sobre el lenguaje de la realidad y de su transformación práctica, sino más bien, lo reitero, como una fracción incompleta de este mismo lenguaje, una mitad que sólo puede completarse a través de sus efectos en la transformación práctica de la realidad.

Una vez que la descripción teórica se completa, realiza retroactivamente su verdad en la práctica transformadora. Pienso que esto es lo que aún falta en la descripción zizekiana. ¿Y por qué falta? No hay tiempo ahora de responder como yo quisiera. Sencillamente expresaré mi sospecha de que la descripción de Žižek está incompleta, no se ha completado con la práctica y no ha conseguido tener así efectos transformadores, por la sencilla razón de que no ha sabido hacerse escuchar y entender por quienes tienen las más poderosas razones para transformar la realidad.

Marx consiguió completar su pensamiento con el movimiento revolucionario que desencadenó. Fue lo mismo que lograron muchos de sus seguidores, como Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky o Mao-Tse-Tung. Fue también el éxito del Subcomandante Marcos en México. Todos ellos han demostrado la verdad inherente a su propuesta de saber a través de su poder para transformar la realidad.

Quizás Žižek y otros autores de la izquierda lacaniana hayan demostrado su verdad al transformar la experiencia de ciertos individuos, pero estos individuos, en la perspectiva de Marx, no existen sino como abstracciones imaginarias de lo verdaderamente concreto, que son las clases y otros sujetos transindividuales de la historia. Después de todo, la reproducción del orden establecido puede llegar a ser asegurada por la revolución a pequeña escala que se da en cierto individuo. La práctica revolucionaria sólo es cuando es también transindividual. Mientras no haya un efecto histórico de las ideas en luchas como la de clases, las ideas estarán desprovistas de verdad.

Podemos decir que la verdad de las ideas de la izquierda lacaniana aún está en suspenso. Falta su verificación retroactiva, la cual, por más indirecta que sea, demostrará lo que es al resolver algunos de los enigmas que subsisten en esta prometedora corriente de pensamiento. El problema es que no parece haber interés en resolver esos enigmas. Ni siquiera se ha reparado en que el enigma sólo conserva su dignidad, aquella subrayada por Lacan, precisamente cuando se le intenta resolver a través de la transformación práctica de la realidad.

Me atrevo a decir que ya pasó de moda la resolución del enigma teórico a través de la revolución práctica. Lo que pasó de moda, según yo, no fue la descripción de la realidad, como lo cree el Marx de Charb, sino su transformación, como aquello que profundiza y consuma su descripción. O tal vez sea más correcto decir que la descripción de la realidad efectivamente pasó de moda en el triste período posmoderno, pero que ahora, de pronto, se ha vuelto a poner de moda, como lo demuestra el mismo Žižek, por ejemplo, al defender la noción de lucha de clases contra la diseminación de antagonismos en Laclau. Ahora sólo falta que vuelva la moda intelectual de la transformación de la realidad como continuación indispensable de la descripción.

Tan sólo podremos describir íntegramente la realidad al transformarla y al describir así lo que puede llegar a ser. Esta posibilidad forma parte de su realidad. No podremos dar cuenta de su realidad sin revolucionarla. Es también para esto que necesitamos de Marx.

Reflexión de Octubre: desencadenamiento de las reacciones reflexivas marxistas ante el triunfo de las acciones revolucionarias bolcheviques

Conferencia magistral en el Coloquio «A 97 años de la Revolución de Octubre: los días que siguen conmoviendo al mundo», en la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, México, miércoles 12 de noviembre 2014.

David Pavón-Cuéllar

La Revolución de Octubre fue también una reflexión. Hizo reflexionar sobre ella, pero también sobre todo lo demás. Todo tuvo que reconsiderarse reflexivamente a la luz del triunfo de la revolución bolchevique.

Las acciones revolucionarias desencadenaron una ola de reacciones reflexivas entre 1917 y 1918. Me atrevo a denominarlas “reacciones” porque reaccionaron a las acciones o ante su triunfo. ¿Quiere decir esto que las reflexiones reaccionaran también contra las acciones? La respuesta inmediata, la primera que se nos ocurre, es negativa. No hay razón para que las reflexiones ante la revolución, en torno a ella o acerca de ella, reaccionen contra ella. El aspecto reactivo no tiene por qué implicar necesariamente un aspecto reaccionario. Sin embargo, cuando nos atrevemos a descartar el sentido común, tenemos derecho a postular que no puede reflexionarse verdaderamente sobre algo sin reflexionar también de algún modo contra lo que se reflexiona.

Imposible deshacerse del carácter contradictorio, conflictivo y beligerante de nuestro ejercicio reflexivo. No es tan sólo que debamos posicionarnos a favor de algo y en contra de algo más. Independientemente de tal posicionamiento, la propia reflexión contradice de algún modo su objeto al deslindarse de él para llegar a reflexionarlo.

Digamos que la reflexión exige un desprendimiento, una diferenciación de quien reflexiona con respecto a lo que reflexiona, y que la diferencia resultante, como cualquier otra, implica una contradicción entre los términos diferenciados. Lo diferente es también siempre contradictorio. Esta evidencia tan clara, que fue tan bien demostrada por Mao Tse-Tung y que yo considero fundamental en el marxismo, me permitirá sostener ahora que la Revolución de Octubre desencadenó reflexiones que tuvieron irremediablemente un elemento reaccionario o contrarrevolucionario.

Es normal que hubiera un elemento reaccionario en las reflexiones de quienes simpatizaban con los mencheviques o con el zarismo. Sin embargo, como bien sabemos, la Revolución de Octubre también fue considerada reflexivamente por los propios bolcheviques y por los grandes pensadores marxistas de aquellos tiempos. ¿Acaso nos atreveremos a decir que reflexiones como las del propio Lenin comportaban irremediablemente un elemento reaccionario? Yo pienso que sí, lo que no excluye, desde luego, que también implicaran un elemento fuertemente revolucionario.

Me parece que la revolución y la reacción estaban imbricadas, engarzadas una con otra, en aquello que denomino la Reflexión de Octubre. Esta reflexión, tal como yo la veo, podía preparar, prolongar, afirmar y reafirmar la acción revolucionaria, pero también contradecirla por el simple hecho de realizar el gesto reflexivo que la distinguía de ella, como ya lo señalé anteriormente. La reflexión oscilaba entonces entre la irremediable reacción y un posible impulso hacia la irresistible revolución.

El elemento revolucionario podía ciertamente reforzarse a costa del elemento reaccionario en ciertas reflexiones marxistas. El marxismo tendió a identificarse con el movimiento revolucionario en lugar de intentar apartarse de él para pensarlo. Más que ofrecernos reacciones reflexivas ante la Revolución de Octubre, los marxistas ponían su reflexividad al servicio de la revolución. La acción revolucionaria comportaba para ellos, de hecho, una operación reflexiva.

Los marxistas solían reflexionar como revolucionarios, dentro de la revolución, en ella más que sobre ella, con ella más que ante ella. Es lo que ya podemos apreciar, aun antes de los acontecimientos de Petrogrado, en las Tesis de abril de Lenin, en el programa bolchevique y en su expresión a través de las famosas consignas de “paz, pan y tierra” y de “todo el poder para los sóviets”. Estas reflexiones, pues se trata efectivamente de reflexiones, forman parte de la revolución.

La acción revolucionaria bolchevique no habría sido lo que fue si no hubiera incluido las exigencias de paz, pan y tierra, y la reivindicación de todo el poder para los sóviets. Estas consignas, aunque estén compuestas de palabras, también son hechos, estrategias y acontecimientos. Las reflexiones son aquí acciones revolucionarias y no reacciones reflexivas ante las acciones revolucionarias.

La revolución bolchevique absorbió una gran parte de la reflexión marxista de la época. Pero no todo se dejó absorber. Hubo también reacciones reflexivas ante las acciones revolucionarias. El ejemplo más conocido es el del gran enemigo de la Revolución de Octubre, el teórico marxista Karl Kautsky, el oportunista y renegado Kautsky, una de las figuras más influyentes de la Segunda Internacional.

Entre noviembre y diciembre de 1917, poco después de enterarse de lo que ha ocurrido en Rusia, Kautsky se deslinda claramente de las acciones revolucionarias y reacciona reflexivamente ante ellas. Explica, en sus propios términos, que “no puede realizarse todavía la revolución en el sentido socialista del término”, ya que “el proletariado ruso es aún demasiado débil y demasiado subdesarrollado como para gobernar el país”. En estas condiciones, según el propio Kautsky, “la significación de la revolución únicamente puede ser política”. Su propósito debe ser el de “ganar la democracia en la que el proletariado pueda tener éxito en su lucha de clases, desarrollar y organizar sus fuerzas para conquistar el poder político”.

La reflexión de Kautsky es la de un escrupuloso defensor de la ortodoxia marxista. Deben seguirse los pasos que Marx indicó para llegar al socialismo. No hay que saltarse ningún paso. No hay que precipitarse como lo han hecho Lenin y los bolcheviques en sus acciones revolucionarias prematuras. No es el momento de la revolución socialista. En la Rusia feudal y precapitalista de 1917, el socialismo sólo puede imponerse autoritariamente, dictatorialmente, artificialmente, simuladamente, como lo denunciará Kautsky más adelante. ¿Para qué imponer despóticamente el socialismo antes de tiempo? Mejor preparar el terreno democrático para el futuro socialista. El buen marxista es paciente y metódico. Sabe esperar el instante oportuno. Deja que el fruto de la revolución madure en su árbol y que se desprenda y caiga por sí mismo.

La reacción reflexiva del marxista ortodoxo Kautsky es lógicamente a favor del marxismo y en contra de una revolución que parece contradecir el marxismo. Esta contradicción habrá de ser enfatizada, en enero de 1918, por Antonio Gramsci, quien hablará incluso de una “revolución contra el capital” y no dudará en decir que “los bolcheviques reniegan de Carlos Marx”. Sin embargo, aunque Gramsci sea marxista, está dispuesto a tolerar que se reniegue de Marx como lo hacen los bolcheviques. No los juzga. No intenta darles ninguna lección de marxismo. No adopta un tono didáctico, profesoral y prescriptivo como el de Kautsky. A diferencia del viejo Kautsky, el joven Gramsci muestra un gran entusiasmo ante los bolcheviques y prefiere su revolución que la ortodoxia marxista.

Gramsci describe críticamente la ortodoxia marxista como “una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles”. En contraposición a este marxismo que sería el defendido por Kautsky, habría el marxismo defendido por Gramsci, el “vivido” por los bolcheviques: un “pensamiento inmanente, vivificador”.  La vida y la inmanencia del marxismo bolchevique hacen que se convierta en revolución reflexiva, pensamiento en acto, continuación de las ideas por otros medios. Las hazañas de los revolucionarios constituyen también ideas que tan sólo pueden concebirse al hacerse. Gramsci nos dice que “estos hechos superan las ideologías”. Digamos que las atraviesan al desafiarlas, al profundizarlas, al sumergirse en la realidad a la que se refieren. Las acciones bolcheviques son reflexiones reales, actuadas en la realidad, vivas e inmanentes a la revolución. Esto las hace contrastar claramente con reacciones reflexivas como las de Kautsky, las cuales, además de su carácter dogmático e indiscutible, se caracterizarían también, para Gramsci, por su exterioridad con respecto a las acciones revolucionarias ante las que reaccionan.

Desde luego que Gramsci, como teórico del marxismo, reacciona también reflexivamente ante las acciones revolucionarias bolcheviques, por ejemplo al reconocer que reniegan de Marx y del Capital, y también, de manera más precisa, de los “cánones del materialismo histórico”. Pero esta reacción reflexiva, exterior a lo reflexionado, parece renunciar a sí misma y ceder su lugar a una reflexión revolucionaria inmanente a lo reflexionado, es decir, inherente a la revolución. Gramsci termina reflexionando con la revolución, traduciéndola en ideas que él mismo adopta, que se tornan sus propias ideas, pero que no dejan por ello de consistir en hechos históricos. El proceso revolucionario consigue reflexionar a través de las palabras gramscianas. En estas palabras, como en tantas otras de la misma época, la revolución es también una reflexión, la cual, para Gramsci, consiste en “hechos que han provocado la explosión de los esquemas críticos del marxismo”.

Lo mismo que Gramsci, Rosa Luxemburgo realiza en 1918 una intervención reflexiva inseparable del proceso revolucionario. Aquí también los hechos de la revolución constituyen ideas para la reflexión. La gran ocurrencia de los bolcheviques, su gran pensamiento que faltaba en la historia teórica del marxismo, fue precisamente la incursión de la teoría en la práctica: el pensamiento al fin materializado, encarnado, animado, agitado, pero también agitando, revolucionando, atreviéndose a tomar el poder para transformar el mundo.

La gran idea fue el hecho de “haberse atrevido”. Según Rosa Luxemburgo, este atrevimiento “es lo esencial y permanente en la política de los bolcheviques”. El “mérito perdurable” de los revolucionarios de Octubre, en los propios términos de Rosa Luxemburgo, es el de haber “planteado en la práctica el problema de la realización del socialismo”, con lo cual “mostraron el ejemplo al proletariado internacional” y dieron “un paso enorme en el camino del ajuste de cuentas final entre el Capital y el Trabajo en el mundo entero”.

El paso enorme de los bolcheviques fue el replanteamiento práctico de un problema, el de la realización del socialismo, que sólo se había planteado en teoría. Una vez que pasamos del plano teórico al práctico, el socialismo no se realiza inmediatamente. El problema de su realización tampoco se resuelve automáticamente, sino que debe antes replantearse. Al menos en Rusia y en 1917, según Rosa Luxemburgo, “el problema sólo podía ser planteado”. El problema de la realización del socialismo sólo podía replantearse de otro modo, práctico y no teórico. Sin embargo, aunque práctico, su replanteamiento es evidentemente reflexivo. Nos exige reconsiderar el problema, rexaminarlo en los hechos, a la luz de la práctica. El problema de la realización del socialismo debe pensarse de manera diferente, pero no deja de ser aquello que se piensa, que se plantea, que se considera de modo reflexivo. El mérito de los bolcheviques no es dejar de reflexionar, sino reflexionar en la práctica.

En la perspectiva de Rosa Luxemburgo, la Revolución de Octubre se torna una reflexión práctica sobre la realización del socialismo. Las acciones revolucionarias bolcheviques no pueden realizar el socialismo, pero sí que pueden reflexionar prácticamente sobre la realización del socialismo. Esta reflexión practica es ya en sí misma un paso enorme, pero todavía se encuentra muy lejos de la realización práctica.

Según Rosa Luxemburgo, en suma, los bolcheviques no están realizando el socialismo, sino que están simplemente replanteando el problema de su realización, replanteándolo en los hechos, y así reflexionando prácticamente sobre su realización. Las acciones bolcheviques son más reflexivas que verdaderamente revolucionarias. La Revolución de Octubre tiene lugar en el ámbito reflexivo y se ve asimilada totalmente a lo que he llamado la “Reflexión de Octubre”. Debe considerarse también que esta reflexión, como nos lo dice Rosa Luxemburgo, tiene lugar en “condiciones terriblemente difíciles” que la perturban y que pueden viciarla y hacerle caer en error. Esto ocurriría, citando a Rosa Luxemburgo, cuando los bolcheviques, “haciendo de la necesidad virtud, crean una teoría de la táctica que les han impuesto estas fatales condiciones y quieren recomendarla al proletariado internacional como el modelo de táctica socialista”. De este modo los revolucionarios presentan como verdades universales, válidas en cualquier contexto, una serie de ideas que sólo son “errores impuestos por la necesidad”.

Rosa Luxemburgo no sólo reduce la Revolución de Octubre a lo que yo denomino la “Reflexión de Octubre”, sino que denuncia también su carácter errático determinado por las condiciones históricas. La denunciación de Rosa Luxemburgo, sobra decirlo, es también reflexiva y puede concebirse igualmente como una reacción reflexiva marxista ante la acción revolucionaria bolchevique. No me atrevería jamás a difamar a Rosa Luxemburgo achacándole un ánimo político reaccionario. Sin embargo, si me permiten expresarlo con la mayor cautela, detecto en ella una reacción reflexiva puntual contra unas acciones revolucionarias precisas. Rosa Luxemburgo reacciona reflexivamente contra la Revolución de Octubre cuando reivindica o afirma implícita o explícitamente la verdad marxista contra los errores bolcheviques, la verdadera universalidad contra la engañosa universalización, la realización del socialismo contra la simple reflexión práctica sobre el socialismo.

En la reflexión de Rosa Luxemburgo, los bolcheviques nos harían creer que ya están realizando el socialismo cuando sólo están reflexionando prácticamente sobre él. También intentarían convencernos de que sus reflexiones prácticas son verdaderas y universalmente válidas cuando lo cierto es que son erráticas y sólo tienen validez por su eficacia en el contexto histórico preciso en el que se desarrollan. Rosa Luxemburgo reacciona entonces contra dos pretensiones bolcheviques: la pretensión revolucionaria de realización del socialismo y la pretensión reflexiva de universalización de lo específico.

Resulta muy significativo que el propio Lenin, exactamente al mismo tiempo que Rosa Luxemburgo, reconociera el carácter específico y no universalizable de la experiencia bolchevique. En el Séptimo Congreso del Partido, en marzo de 1918, Lenin advierte que “debe tenerse en cuenta que la revolución socialista mundial en los países avanzados no puede comenzar con la misma facilidad que en Rusia”. ¡Lenin encuentra facilidad en donde Rosa Luxemburgo encontraba la mayor dificultad! Y si Rosa consideraba que esta misma dificultad impedía la resolución del problema de la realización del socialismo, Lenin lógicamente piensa que esta resolución ha podido comenzar en 1917 gracias a la facilidad específica de la empresa revolucionaria en Rusia. Pero esta divergencia de opinión entre Lenin y Rosa, por más interesante que sea, no debe hacernos desatender lo más importante, a saber, que ambos reaccionan reflexivamente contra la supuesta pretensión de universalidad de las acciones revolucionarias bolcheviques lideradas por el mismo Lenin. En lo sucesivo, Lenin reitera esta reacción reflexiva en otras ocasiones, por ejemplo cuando considera, en el Octavo Congreso del Partido, en 1919, que “sería ridículo presentar nuestra revolución como una suerte de ideal para todos los países, imaginar que hizo una serie de descubrimientos geniales y que introdujo múltiples innovaciones socialistas”.

Al igual que Rosa Luxemburgo, Lenin está reconociendo el carácter irreductiblemente singular de la Revolución de Octubre. La singularidad irreductible del acontecimiento estriba en su falta de correspondencia con la explicación general canónica marxista en la que una revolución socialista requiere de cierto desarrollo del capitalismo y de cierto agravamiento de sus contradicciones internas. Esta explicación, la única válida para Kautsky, sencillamente no sirve para explicar la Revolución de Octubre. De ahí que el viejo Kautsky deba descartar la revolución y quedarse con su marxismo. Ya sabemos que el joven Gramsci hará exactamente lo contrario: descartará el marxismo doctrinario de Kautsky para quedarse con la revolución bolchevique.

Tanto en Gramsci como en Kautsky, se insiste en la contradicción entre el bolchevismo y el marxismo ortodoxo. Esta contradicción pasa a un segundo plano en Lenin y en Rosa Luxemburgo, quienes enfatizan el carácter irreductiblemente singular de la Revolución de Octubre. Desde luego que Lenin y Rosa Luxemburgo ven una flagrante contradicción entre la excepción singular bolchevique y la regla general marxista canónica, pero también insisten en que la excepción es sólo eso, una excepción, y que no puede ni debe universalizarse.

Al no tornarse una regla general, la excepción bolchevique no entra en contradicción con la regla marxista canónica, sino que puede representar una simple excepción que confirme la regla. Rosa Luxemburgo sostiene además que es una excepción errónea, como si la verdad sólo pudiera estribar en la generalidad y en el aspecto reglamentario de la regla general. Esta noción clásica de la verdad contradice la idea leninista de una verdad que no por ser irreductiblemente singular deja de ser la verdad que es. Me atrevo a decir que Lenin está captando claramente aquí la verdad de la historia, una verdad negada por Luxemburgo y Kautsky, pero presentida por Gramsci en su opción del bolchevismo en lugar del marxismo canónico, mecánico, doctrinario y generalizador.

Psicología y responsabilidad social: de la publicidad empresarial a la reflexión universitaria

Intervención en la segunda sesión de la Cátedra de Psicología «Dra Julieta Heres Pulido», sobre Psicología y Responsabilidad Social Universitaria, del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), el lunes 3 de noviembre 2014, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Se me ha pedido que hable sobre la responsabilidad social de los psicólogos y de las facultades o escuelas de psicología. Me permitiré puntualizar y problematizar el asunto. Me preguntaré qué hacer con aquello que ahora se llama “responsabilidad social” cuando uno es, como yo, docente de una facultad de psicología en una universidad pública latinoamericana y específicamente mexicana.

En mi opinión, como universitario que soy, pienso que debo evitar utilizar irreflexivamente cualquier concepto, incluido el de “responsabilidad social”. Esta utilización irreflexiva se le puede perdonar a un psicólogo profesional o técnico, pero no a un académico, por más que la profesionalización y tecnificación de la disciplina tiendan a inhibir la reflexión en el ámbito universitario. Si creo en el valor de la reflexividad académica, entonces no podré servirme del concepto de “responsabilidad social” sin reflexionar sobre él y plantear una serie de cuestiones relativas a su origen, su empleo y sus posibles implicaciones.

En lo que se refiere al origen de la “responsabilidad social”, debe considerarse que se trata de un concepto forjado en el ámbito privado empresarial. Desde luego que esta circunstancia no es razón suficiente para descartar el concepto, pero sí debe hacer que seamos cautos al emplearlo y que nos interesemos en las funciones que ha desempeñado ahí en donde se inventó. No debemos olvidar que los conceptos responden a las necesidades internas de la esfera en la que se crean.

Al surgir en empresas privadas, el concepto de “responsabilidad social” ha obedecido a lógicas diferentes de las que deberían imperar en la universidad pública. Y esas lógicas podrían ser vehiculadas por el concepto. La “responsabilidad social”, como cualquier otro concepto importado, puede ser un Caballo de Troya que termine contribuyendo a la ya de por sí preocupante invasión de la ideología neoliberal en las universidades públicas.

El peligro concreto es que nuestro ámbito público universitario se vea contaminado y degradado por lógicas privadas empresariales en las cuales, por ejemplo, la responsabilidad social puede no ser más que una estrategia publicitaria para adquirir una imagen más atractiva en el mercado. Sabemos, en efecto, que la empresa privada puede presentarse como socialmente responsable para vender mejor sus productos al competir contra otras empresas. Es exactamente así como la etiqueta de “responsabilidad social” está funcionando en ciertas universidades públicas para conseguir más recursos y posicionarse mejor en la mezquina competencia por el reparto del presupuesto. El ámbito educativo termina convertido en mercado.

Si piensan que estoy exagerando, les contaré que hace unos meses, en una reunión universitaria de mi comisión académica, se nos dijo que ahora debíamos hablar de “responsabilidad social” para poder bajar recursos. El concepto está funcionando aquí exactamente como lo hacía en el ámbito empresarial del que proviene. Se trata de una simple estrategia publicitaria para persuadir al comprador, a quien habrá de comprar el producto o el proyecto que le vendemos, es decir, en este caso, los funcionarios que toman decisiones respecto a las aportaciones de recursos. Es por eso que digo que la universidad termina convertida en mercado, lo cual, desde luego, no debe achacarse a la “responsabilidad social” como tal, sino a la manipulación viciosa del concepto. El problema es que esta manipulación viciosa corresponde precisamente al funcionamiento de la esfera de procedencia del concepto. La “responsabilidad social” proviene del mercado y quizá no debiera sorprendernos que acabe desembocando en el mercado.

Lo extraño es que vayamos a buscar al mercado conceptos que nosotros mismos, como universitarios, deberíamos generar. Me preocupa que la universidad, que debería ser productora de ideas, acabe siendo consumidora de nociones producidas en una esfera tan profundamente ideologizada como es la del mundo empresarial. Además de exhibirse la alarmante influencia que este mundo empresarial puede llegar a ejercer en el ámbito académico, me temo que se está revelando aquí la falta de productividad conceptual de la universidad.

Ahora bien, además de mostrar nuestra esterilidad como productores de ideas, pienso que estamos delatando nuestra inconciencia como consumidores de ideas. Quiero decir que nos tragamos el concepto de “responsabilidad social” sin detenernos en sus ingredientes, igual que los mexicanos que usan la Salsa Tabasco sin saber que sus chiles vienen de México. Así como los chiles de la salsa estadounidense fueron cultivados por los mexicanos que luego consumen la salsa, así también los elementos constitutivos de la “responsabilidad social” han sido siempre cultivados por quienes luego se convierten en consumidores inconscientes del producto.

No es preciso recordar que los académicos e intelectuales hablamos de responsabilidad y de sociedad desde hace ya varios siglos. Hay una larga acumulación de especulaciones, discusiones e investigaciones filosóficas, politológicas, antropológicas, sociológicas y jurídicas que ahora olvidamos al emplear el concepto. Es como si no hubieran existido. Esta amnesia es también alarmante. ¿Cómo los universitarios podemos aceptar con entusiasmo una consigna o un eslogan aparentemente nuevo sin antes discutir y examinar detenidamente sus partes constitutivas?

¿De qué responsabilidad estamos hablando? ¿Y a qué sociedad nos referimos? Nada menos claro cuando reivindicamos la “responsabilidad social”. Nuestro empleo del concepto resulta muy ingenuo para quien esté mínimamente curtido en los debates que han rodeado a nociones centrales como las de “sociedad” y “responsabilidad”. Estas nociones deberían ser manejadas con mayor circunspección y deliberación. De lo contrario, nos exponemos a una serie de peligros sobre los que deseo atraer su atención. Me referiré aquí a doce peligros que alcanzo a vislumbrar.

Cuando hablamos de responsabilidad social, ¿qué sentido estamos dando a lo social? Para empezar, ¿pensamos acaso en la sociedad global o en una sociedad nacional o quizás en una local o regional? Esto debe aclararse, porque si yo soy responsable con respecto a la sociedad global puede ser que sea irresponsable con la sociedad mexicana o latinoamericana, y viceversa. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, un soldado nazi podría criticarles irresponsabilidad social a los comunistas desertores, y tendría la razón desde su punto de vista, que es el de cierta sociedad alemana.  Pero los desertores, en la perspectiva internacionalista, le criticarían falta de responsabilidad al soldado movilizado, y también tendrían la razón.

Una vez que hayamos identificado la sociedad con respecto a la cual habremos de responsabilizarnos, habrá que enfrentarse a quienes, como yo, consideran que lo social no existe como tal, que la sociedad está siempre disociada, que sólo consiste en una apariencia ideológica de unidad con la que se oculta la disociación de clases en su interior. Desde este punto de vista, que es el mío, responsabilizarnos con una sociedad es responsabilizarnos con la clase dominante que nos hace imaginar que existe dicha sociedad. Esta “responsabilidad social” puede posibilitar que se perpetúe cierta forma de opresión y explotación que tal vez desaparecería si nos permitiéramos ser un poco más irresponsables. Hay que alegrarnos, por ejemplo, de que la aristocracia francesa terminara siendo tan socialmente irresponsable como lo fue en la segunda mitad del siglo XVIII, pues esa irresponsabilidad social permitió agravar las contradicciones que estallaron en la Revolución Francesa.

El ejemplo de la Revolución Francesa me permite pasar a un tercer peligro que encuentro en el empleo ciego del concepto de responsabilidad social. Cuando no contextualizamos históricamente su empleo, existe el riesgo de que seamos irresponsables con el futuro por obstinarnos en asumir cierta responsabilidad con el presente. Si nos hubiéramos acercado a María Antonieta y le hubiéramos pedido que se mostrara socialmente responsable y que dejara de ser tan despilfarradora y de hacer tales fiestones memorables, y si la reina se hubiera dejado convencer, entonces habríamos evitado la revolución francesa y quizá ahora viviríamos en un mundo aún menos habitable que el que nos rodea. Seríamos irresponsables con el futuro por haber insistido en la responsabilidad con respecto a cierta sociedad y por haber permitido así que se perpetuara.

Cuando nos mostramos socialmente responsables en cierto contexto histórico, existe el riesgo de que lo perpetuemos, reduzcamos sus conflictos internos y le impidamos transformarse. Es algo, por cierto, que no dejamos de hacer los psicólogos. Esto me conduce al cuarto peligro de la responsabilidad social, y es el sentido conservador y reproductivo que suele tener, ya que se es responsable con respecto a lo que existe, es decir, con respecto a ciertas formas de existencia que tal vez deberían ser aniquiladas y superadas en lugar de ser responsablemente preservadas. La responsabilidad social tiende a ir a contracorriente del cambio, la transformación, la subversión y la revolución, por la simple razón de que no hay nada más irresponsable que una subversión o una revolución. Es claro que la responsabilidad social inhibirá esos gestos socialmente destructores a los que debemos, por cierto, mucho de lo mejor que hay en nuestro mundo.

Me parece que necesitamos de cierta irresponsabilidad y que no conviene convertir a la responsabilidad social en un valor absoluto, como lo hacen con frecuencia los promotores del concepto. He intentado mostrar que somos relativamente responsables, responsables en relación con alguien y con algo, pero esta responsabilidad siempre implica cierta irresponsabilidad. Vivimos en un mundo conflictivo, desgarrado, que nos hace pensar en un campo de batalla. En este campo, a veces debo mostrarme irresponsable con unos, en la trinchera enemiga, para ser responsable con otros en mi trinchera. Esto es así porque sólo puedo ser responsable con unos al serlo contra otros.

El aspecto esencialmente beligerante y conflictivo de nuestra vida y de nuestro mundo tiende a ser soslayado por la idea misma de “responsabilidad social”. Se es responsable hacia toda la sociedad. El concepto no toma partido por una clase contra otra, sino que es deliberadamente general y englobante. Me atrevo a decir que es un concepto pretendidamente imparcial, neutro y vacío, desprovisto de un proyecto político progresista o conservador, popular o elitista, revolucionario o reformista. Esto es inaceptable para quienes pensamos, como yo, que no hay manera de ser neutros e imparciales. Cuando pretendemos serlo, cuando no tomamos partido por algo, es porque estamos tomando partido por todo, por toda la sociedad con la que somos responsables, es decir, estamos optando por el orden establecido. Ser neutro y apartidista, para mí, es adoptar un proyecto conservador y reaccionario. He aquí un sexto peligro que nos amenaza en el concepto de responsabilidad social.

En el mejor de los casos, la responsabilidad social aparece como un sustituto edulcorado, light, artificial, de un proyecto político preciso. Este sustituto artificial es peligrosísimo para universidades, como es el caso de la Universidad Michoacana, que tienen una larga historia de compromiso militante con las clases desfavorecidas, las más oprimidas y explotadas. Al resumir nuestro compromiso político en el concepto apolítico de responsabilidad social, corremos el riesgo de perder lo más importante de lo que estamos resumiendo. Seremos amablemente responsables con esta sociedad en lugar de seguir apostando a su destrucción al mantenernos comprometidos con las clases que más sufren el peso de la sociedad.

El peligro es que el concepto de responsabilidad social puede servir como cuartada para eludir la cuestión política de nuestro posicionamiento y toma de partido. Este octavo peligro, el del apolitismo, se relaciona estrechamente con el noveno, el de caer en una concepción moralista y subjetivista, psicológica y psicologizadora, en la que se enfatizan la conciencia y la voluntad de individuos y grupos socialmente responsables, olvidándose las determinaciones objetivas estructurales, el sistema económico, la intrincada trama de las orientaciones históricas y las movilizaciones colectivas, las inevitables complicidades clasistas y los necesarios compromisos políticos. Todo esto desaparece cuando nos dejamos entusiasmar por la noción de “responsabilidad social” hasta el punto de imaginar que la solución de los grandes problemas estructurales puede llegar a depender únicamente de las buenas intenciones de individuos y de grupos, de su preocupación por el otro, de su disposición a ser socialmente responsables.

¡Como si nuestra propia responsabilidad social no pudiera ser manipulada y explotada por cierto sistema y por ciertos grupos! Éste es el décimo peligro que veo en la responsabilidad social. Cuando somos socialmente responsables, puede ser que lo seamos en perjuicio de las mayorías o de quienes más necesitan nuestra solidaridad. He conocido a bomberos españoles que perdieron su empleo remunerado gracias a las buenas intenciones de grupos de voluntarios que participaban gratuitamente en la extinción de incendios forestales. También conocí a basureros caídos en el desempleo y la miseria porque la buena gente disciplinada empezó a tirar la basura en los botes y no en las aceras.

No hay que olvidar que la responsabilidad social, como fue reconocido por el mismo Claus Offe, constituye un mecanismo disciplinario de autocontrol. Pero hablar de disciplina es hablar de poder. Hay que preguntarnos siempre, como psicólogos que somos, qué poder está ejerciéndose a través de nuestra supuesta responsabilidad social. Me atrevo a decir que siempre habrá ese poder, y al asumirlo y ocultarlo detrás de nuestra propia responsabilidad social, eximiremos y descargaremos de responsabilidad a los auténticos responsables en las altas esferas del poder político y económico. Aquí hay otro peligro, el onceavo, el de responsabilizarnos por los estragos causados por el sistema.

En lugar de luchar contra el capitalismo, nos sentimos responsables por sus víctimas e intentamos ayudarlas a través de nuestra caridad, la cual, de paso, puede servir para que las empresas socialmente responsables evadan algunos impuestos. Se nos hace también asumir la responsabilidad social de las crisis económicas y salvar a banqueros y especuladores con nuestros impuestos. Las compañías petroleras pueden ahorrarse costos de limpieza del mar cuando se cuenta con grupos de ciudadanos socialmente responsables que hacen gratuitamente una buena limpieza. Y nos encontramos finalmente con la inversión perversa, típicamente neoliberal, por la que respondemos de todos los vicios y errores de nuestros gobernantes.

Hemos llegado al extremo de imaginar que un gobierno como el de Peña Nieto es corrupto y criminal sencillamente porque refleja una sociedad mexicana corrupta y criminal. Seríamos entonces nosotros mismos, como sociedad, los responsables de que nuestros jóvenes hubieran sido asesinados a través del crimen organizado transformado en gobierno. Tendríamos el gobierno que nos merecemos. Esto es verdad en parte, pero no del todo, y si lo aceptáramos en sentido absoluto, disiparíamos la responsabilidad y olvidaríamos que no todos los sectores sociales tienen el gobierno que se merecen, que hay clases más inocentes que otras, que hay también individuos más responsables que otros, que nadie es tan responsable como un gobernante y que tenemos derecho a exigir que rinda cuentas por un crimen como el de Ayotzinapa.

Llego al último peligro de la responsabilidad social al que deseaba referirme. El concepto puede hacer que no reconozcamos la concentración de la responsabilidad en ciertos núcleos de poder económico y político. En lugar de hacer que los gobernantes asuman su responsabilidad, quizá la descarguemos estoicamente sobre nosotros los gobernados. Seremos entonces nosotros, cada uno de nosotros, los responsables de todo y de todos, como diría Dostoievski. Por lo tanto, seremos nosotros mismos los que tendremos que esforzarnos en cambiar. Lucharemos por cambiarnos en lugar de luchar para cambiar el sistema.

En lugar de una revolución a gran escala, haremos una de aquellas pequeñas revoluciones personales y domésticas en las que somos especialistas los psicólogos. Se tratará de cambiarlo todo en el sujeto para que todo siga igual en el mundo. El problema es que si todo sigue igual en el mundo, es muy poco lo que podremos cambiar el sujeto. Las transformaciones del individuo y de su entorno son interdependientes entre sí e indisociables una de otra.

Ya he mencionado los doce peligros que ahora percibo en el empleo imprudente del concepto de “responsabilidad social”. Estoy seguro de que hay más aspectos riesgosos que no consigo ver ahora. También confío en que muchos de los que logré detectar, quizás incluso todos ellos, puedan ser conjurados si el concepto se emplea con suficiente precaución. Esto exige reflexionar más en él y usarlo menos como consigna, eslogan, ideal o prescripción. Por mi parte, prefiero no emplearlo, pues no deja de parecerme demasiado peligroso y además resulta incompatible con mi posicionamiento político y con mi perspectiva teórico-epistemológica.

Brujería, vitalidad y feminidad: resistencia contra el progreso

Intervención en el Aquelarre Universitario, viernes 31 de octubre 2014, Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Marx y el progresismo

Hay muchas posiciones que se le atribuyen equivocadamente a Karl Marx. Una de ellas es el progresismo. Nos imaginamos a veces que Marx era progresista, que tenía una fe ciega en el progreso, en el imparable avance de la civilización humana, en el continuo mejoramiento y perfeccionamiento de lo que somos. Al imaginarnos todo esto, dejamos de lado las razones que Marx tuvo para enfatizar la creciente explotación del hombre, su enajenación cada vez mayor, las contradicciones y su agudización, la resistencia y no la aquiescencia, la revolución y no la evolución, la historia y no el progreso.

Lo cierto es que Marx no era progresista y tampoco tenía una buena opinión del progresismo, como bien lo demuestra el psicoanalista francés Jacques Lacan en el seminario sobre La ética del psicoanálisis. Para fundar y respaldar lo que dice, Lacan remite a dos textos juveniles de Marx, La cuestión judía y la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Son textos que no dejan lugar a dudas. Es verdad que no hay ningún progresismo en ese joven aparentemente obcecado, casi reaccionario, que rechaza los derechos del hombre, que desconfía de la emancipación política y de la secularización del Estado, y que no duda en decir que la humanidad sólo se libera y se recupera en su pérdida y en su disolución completa.

Marx no es progresista en su juventud. No lo es tampoco en su madurez. Por último, en su vejez, lo vemos adoptar una posición radicalmente anti-progresista que le hace revalorizar las comunidades prehistóricas y destacar el precio de nuestra civilización. Dos años antes de morir, en su proyecto de respuesta a la carta de Vera Zasulich, Marx observa que “la vitalidad de las comunidades primitivas era incomparablemente superior a la de las sociedades semitas, griegas, romanas, etc., y tanto más a la de las sociedades capitalistas modernas”.

Modernización y desvitalización

Marx denuncia una modernidad sin vitalidad. Si el viejo Marx se mantiene refractario al progresismo, es también porque tiene la convicción de que el progreso constituye la pérdida progresiva de nuestra fuerza vital. Hay desvitalización en toda modernización. Los modernos están menos vivos que los antiguos, los cuales, a su vez, estaban ya menos vivos que los primitivos. El ser humano estaría entonces cada vez menos vivo. La vida se iría extinguiendo con el paso del tiempo.

Con el avance de nuestra civilización, la muerte iría ganando terreno sobre la vida. Esta idea tan pesimista, reprimida por ciertos marxistas, es profundizada por Engels, un año después de la muerte de Marx, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Como lo dice el propio autor en el prólogo de la primera edición de 1884, se trata de la “ejecución del testamento” de su amigo recién fallecido.

Las reflexiones del viejo Marx, entre ellas las centradas en el aspecto mortífero de la civilización humana, son retomadas por Engels, quien describe minuciosamente cómo se habría ido perdiendo la vitalidad característica de la humanidad prehistórica. Engels también muestra cómo los pueblos primitivos, entre ellos los bárbaros y específicamente los germanos, tenían “una fuerza y una animación vitales” con las que habían sido capaces de “rejuvenecer” culturas “moribundas” como la europea del final de la antigüedad.

Feminidad y vitalidad

Engels considera que los bárbaros, además de revitalizar el decadente mundo civilizado, le “dieron a la mujer una posición más elevada” y “suavizaron la autoridad del hombre”. Los primitivos crearon así relaciones sexuales más justas e igualitarias que las establecidas por los civilizados. La victoria de la mujer fue indisociable del triunfo de la vida.

Sabemos que Engels asocia la vitalidad a la feminidad. La mujer, en la perspectiva engelsiana, estaría menos oprimida en aquellos pueblos primitivos en los que la vida estaría menos reprimida o sofocada. El sacrificio de la vitalidad sería correlativo del sacrificio de la feminidad. El patriarcado sería intrínsecamente letal para la vida preservada por las mujeres.

Al devolverle su poder sexual a la mujer, se le devuelve su fuerza vital a la humanidad. Esto es lo que habría ocurrido al principio de la Edad Media, en Europa, gracias a las invasiones de los germanos y de los demás bárbaros. Es lo contrario de lo que sucede al final de la Edad Media, en los orígenes del capitalismo, cuando se refuerza un sistema de opresión de la mujer que es también un mecanismo de represión de la vida misma. Se trata evidentemente de transmutar esta vida en una simple fuerza de trabajo con un valor de uso que pueda ser explotado.

Trabajo productivo y reproductivo

Para llegar a la fuerza de trabajo estudiada por Marx, hay que pasar por los dispositivos disciplinarios y reguladores estudiados por Foucault. Una vez que la vida se ha transmutado en una fuerza laboral disciplinada y regulada, y por ende también usable y explotable, entonces deja de ser vida en el sentido estricto del término. Ya no es vida pulsional, pura pulsión desregulada e indisciplinada como la estudiada en el psicoanálisis. A diferencia de esta pulsión que se goza, la fuerza de trabajo se usa, tiene un valor de uso, es útil. Su utilidad se torna fundamental desde los primeros años del capitalismo y de la edad moderna.

Ya desde el siglo XV, la vida empieza a concebirse fundamentalmente como una fuerza de trabajo con un valor útil. Su utilidad puede ser productiva o reproductiva, y en virtud de la división sexual del trabajo, tiende a ser productiva en el trabajo masculino y reproductiva en el trabajo femenino. Mientras la mujer debe reproducir la vida que habrá de usarse como fuerza de trabajo, el hombre se ocupa de producir otras mercancías. Digamos que el hombre produce todas las mercancías, mientras que la mujer reproduce la vida, la fuerza de trabajo, la más valiosa de las mercancías, la única verdaderamente capaz de reproducirse a sí misma y producir por sí misma otras mercancías. Todo esto ha sido bien estudiado por marxistas feministas italianas como Alisa Del Re, Mari­arosa Dalla Costa y Antonella Pic­chio.

Entre las marxistas que han estudiado el trabajo reproductivo, una de las más conocidas es Silvia Federici. Esta feminista italiana-estadunidense nos interesa especialmente aquí porque se ocupa de la fase de transición del feudalismo de la Edad Media al capitalismo de la Edad Moderna. Como lo señalé anteriormente, este período histórico parece caracterizarse, desde un punto de vista marxista engelsiano, por un proceso de masculinización y desvitalización que viene a neutralizar la feminización y revitalización que se habían dado siglos antes gracias a las invasiones de los bárbaros. Tras haberse liberado parcialmente a principios de la Edad Media, la vitalidad y la feminidad vuelven a caer bajo la mortífera dominación masculina, la cual, en el umbral de la modernidad, toma la forma de la caza de brujas, como nos lo demuestra magistralmente Silvia Federici.

Brujería y capitalismo

Federici nos muestra cómo las brujas representan una forma de resistencia contra la división sexual del trabajo, contra la opresión de la feminidad y la represión de la vitalidad, contra la proletarización de la vida, contra su reducción a la condición de fuerza de trabajo productivo y reproductivo. Aquello a lo que se oponen las brujas, defensoras de la vitalidad y la feminidad, es nada más ni nada menos que el fundamento mismo del capitalismo, lo que está en juego en la acumulación primitiva, pero también a cada momento de acumulación posterior. Se trata de algo que bien podemos representarnos, en consonancia con el marxismo y no sólo con Federici, como explotación de las mujeres y de quienes vienen después de ellas, como capitalización o valorización de su trabajo explotado, como transformación de su trabajo vivo en trabajo muerto. Podemos hablar también de mortificación o desvitalización de la existencia, reducción de la vida pulsional a la fuerza de trabajo productivo y reproductivo, trabajo que termina convirtiéndose en capital.

Desde un punto de vista lacaniano, lo que vemos aquí, en aquello a lo que se oponen las brujas, es precisamente la castración y la sexuación, la simbolización y la desrealización, la muerte de la cosa, la constitución y absolutización del símbolo cuyo funcionamiento será puesto de manifiesto por el mecanismo capitalista. Esto es aquello contra lo que habría luchado la brujería. Y se trata de algo tan crucial, tan fundamental para el capitalismo y el clasismo en general, que podemos entender la furia que se desencadenó contra las brujas y que las llevó a ser perseguidas, torturadas y quemadas en masa y sin piedad alguna.

La saña con la que se atacó a las brujas es la misma con la que siempre han sido atacadas y atacados quienes se han atrevido a resistir al avance del capitalismo, ya sean campesinos o aristócratas, indígenas o estudiantes, comunistas o anarquistas. Un enemigo del capital es un enemigo del capital. De ahí la desgracia que sufrieron las brujas.

La bruja de Tlaxcalilla

La persecución de las brujas, como la misma Federici lo reconoce, tiene lugar en América y no sólo en Europa. Si en Europa las brujas defendían la herencia de vitalidad y libertad femenina que se había ganado con las invasiones bárbaras, en América las brujas resguardaban la misma herencia de los habitantes originarios del continente. No hay que olvidar, por cierto, que el propio Engels se ocupó de los indígenas de Norteamérica y puso de relieve, no sólo su gran fuerza vital y el poderío de sus mujeres, sino también su “dignidad personal”, su “rectitud”, su “intrepidez” y su “energía de carácter”.  Estos rasgos tan positivos, asociados a la relativa emancipación de la vitalidad y la feminidad entre los primitivos, serían especialmente característicos de los indígenas norteamericanos menos avanzados, los nómadas, los cazadores y recolectores, es decir, los menos afectados por la corruptora civilización opresora de la mujer y represora de la vida. Tal es el caso de los diferentes grupos chichimecas del norte del territorio mexicano actual, como los guachichiles de San Luis Potosí, entre los cuales, en el siglo XVI, vemos aparecer a una mujer que mostró claramente el aspecto político-económico de la brujería que aquí he querido acentuar.

Me estoy refiriendo a una anciana hechicera que tenía poderes como los de resucitar a los muertos y transformarse ella misma en coyote. Gracias a estos poderes, la mujer era temida y respetada por la población indígena de Tlaxcalilla, un barrio de San Luis Potosí en el que no sólo habitaban guachichiles, sino también dóciles tlaxcaltecas y tarascos llevados ahí con el propósito de ejercer una influencia pacificadora en los aguerridos indígenas locales. A pesar de esta iniciativa de los españoles, en el verano de 1599, los guachichiles siguieron el llamado a la revuelta de nuestra bruja, quien los convenció de ir a los templos cristianos a destruir las imágenes religiosas y luego matar a todos los españoles que encontraran, prometiendo rejuvenecimiento y vida eterna a quienes lo hicieran.

Gracias a la bruja de Tlaxcalilla, los guachichiles volvieron a ser, al menos por un momento, aquellos salvajes indomeñables que habían aterrorizado a los españoles durante la Guerra de los Chichimecas, entre 1550 y 1590, cuando asaltaban las diligencias, robaban caballos, saqueaban puestos de provisiones, quemaban iglesias y martirizaban a religiosos. Todo esto sucedía en los territorios mineros que tanto contribuyeron al primer desarrollo del capital y específicamente a la acumulación primitiva. El capitalismo emergente, y no sólo su expresión colonial, fue aquello contra lo que lucharon audazmente los guachichiles. Fue lo mismo contra lo que se rebelaron gracias a la bruja de Tlaxcalilla.

En 1599, la breve rebelión anti-capitalista y anti-colonialista de los guachichiles pudo ser finalmente sofocada por los españoles. A la bruja se le condenó a morir en la horca, y se le colgó en el camino de Tlaxcalilla a San Luis Potosí, aun cuando su abogado, Juan López Paniagua, intentó salvarla con el argumento de que «estaba loca y le faltaba el juicio». El encargado oficial de impartir justicia, el capitán Gabriel Ortiz de Fuenmayor, decidió que no se anulara la sentencia de muerte con el argumento de que “resultaría grandísimo daño y de servicio a Dios nuestro señor y a su majestad porque la dicha india con la averiguación que contra ella hay de que es hechicera trae alborotada a toda la gente guachichila y de su nación”, y con sus hechizos “la dicha india” podría ausentarse “de la cárcel en que la tiene y yéndose se alborotaría toda la gente que está de paz”. Es claro que la bruja, al menos tal como la ven los españoles, constituía un peligro para el dominio colonial político-económico de la corona española en la región.

Los guachichiles tragados por la tierra

Debe acentuarse que nuestra bruja rebelde, además de sus poderes para transformarse en animal y de resucitar a los muertos, había tenido el poder no menos extraordinario de sacar a los guachichiles de su resignada postración y sublevarlos contra los invasores españoles. Quizá también tuviéramos que asombrarnos de que la bruja consiguiera esto siendo mujer, pero este asombro no parece estar justificado en el caso de los guachichiles, entre los cuales, según la poca información de la que disponemos, el varón debía limitarse a pelear, cazar y emborracharse, mientras que las mujeres se encargaban de todo lo demás, siendo las familias de ellas las que acogían a los hombres en casa, y siendo también ellas las que solían repudiar a los hombres, y no lo contrario.

La bruja guachichil constituye un ejemplo elocuente de la feminidad sublevada contra un colonialismo patriarcal y necesariamente opresivo para la mujer. No debería ser necesario señalar además que el poder colonial era también mortífero para los indígenas, y que nuestra bruja rebelde puede ser vista igualmente como la personificación de una vitalidad insurrecta contra la mortandad traída por los españoles. De ahí la importancia tanto de su capacidad sobrenatural de resucitar a los muertos como de su promesa de rejuvenecer y dar la vida eterna a quienes participaran en la revuelta.

La bruja es dadora de la misma vida que los españoles arrancaban a los indígenas. Hay que decir, al respecto, que los invasores exterminaron totalmente a la población guachichil. Fue así como se realizó la profecía de nuestra bruja, la cual, para incitar a los indígenas a la revuelta, les advirtió que todos serían “tragados por la tierra” si no luchaban contra los invasores españoles. Fue exactamente lo que ocurrió.

Los guachichiles terminaron bajo tierra, quizá porque no lucharon, o tal vez porque lucharon, pero no lo suficiente. ¿Pero habrían podido luchar más? ¿Habrían podido vencer a sus enterradores? Nada más dudoso.

En cualquier caso, los guachichiles fueron tragados por la tierra. Y no habría que juzgarlos con rigor. Después de todo, tampoco nosotros hemos conseguido evitar las fosas comunes de Iguala y de otros lugares del país. Tampoco ahora hemos derrotado a quienes continúan exterminando a los pueblos indios y mestizos con todo el poder asesino de un Estado tan ilegítimo como el colonial. Tras quinientos años de luchas, los déspotas que nos gobiernan siguen subordinados a un sistema que sólo sirve para saquear nuestro suelo y transmutar la vida en muerte.

Desde luego que no faltan quienes todavía se mantienen aferrados a la vida, pero son precisamente ellas y ellos, necesariamente anti-progresistas y anti-capitalistas, quienes más se exponen a ser arrollados por nuevas formas asesinas de progreso y de capitalización, de represión y desvitalización. La muerte acecha especialmente a quienes poseen y pueden ofrecer más vida, como era el caso de la bruja de Tlaxcalilla. Para ellas y ellos, desde el siglo XVI hasta ahora, vivir es resistir. Esta resistencia es quizá poco, pero es todo lo que les queda. Es por ella que no se han dejado tragar por la tierra. Sobreviven al resistir con su brujería, con su locura, con su necedad. La resistencia es el último reducto, no sólo de su dignidad, sino también de su vida y de su vitalidad.