Acción política de los jóvenes: formas inevitables, posibles y deseables

Charla en la Escuela de Psicología de la Universidad Panamericana, Ciudad de México, viernes 13 de marzo de 2026

David Pavón-Cuéllar

Me invitaron a dar una charla sobre la posible acción política de los jóvenes. El tema es pertinente y me parece fascinante, pero me permitiré complicarlo un poco al hablar no sólo de formas posibles de acción política, sino también de formas inevitables y deseables. Explicaré al final por qué modifiqué así el tema que me encomendaron, pero antes quiero detenerme en las nociones de juventud y de política. Empecemos por la juventud, por los jóvenes, por esos jóvenes cuya participación política nos convoca el día de hoy.

La juventud y la fuerza

¿Qué son los jóvenes? ¿Qué significa ser joven? Para estas preguntas, hay un mar de posibles respuestas. Es un mar en el que resulta difícil orientarse. En este caso, como en otros, un medio infalible de orientación es la brújula de la palabra y su etimología.

La palabra “joven” proviene etimológicamente del término latín “iuvenis”, que significa el que puede ayudar, apoyar, sostener. Este sentido sintetiza un aspecto crucial de lo que significa ser joven para mí. Tal como yo lo veo, el joven es el que tiene la vida, la energía y la resistencia que se necesitan para sostener algo, algo que los viejos ya no pueden sostener porque es demasiado pesado para ellos, porque se requiere una fuerza juvenil para sostenerlo.

¿Qué es lo que el joven puede sostener con la fuerza de su juventud? Un joven puede cargar cosas tan pesadas como pesas de gimnasios, garrafones de agua y costales de alimentos. Hay también otra clase de pesadeces que sólo el joven aguanta, como desveladas, litros de alcohol o platillos tan pesados que matarían al más resistente de los viejos. Los jóvenes tienen también la fuerza que se requiere para sostener la carrera militar, el deporte profesional y trabajos extenuantes como los de muchos obreros, jornaleros, albañiles y mineros a los que se desecha después de los cuarenta años y que a veces mueren prematuramente a causa de su desgaste y agotamiento.

Lo sostenido con la fuerza de los jóvenes puede ser un sistema de producción como el capitalista, pero también muchas otras cosas, entre ellas aventuras, hazañas personales, pasiones amorosas, actividades solidarias y luchas colectivas para la transformación política. Pensemos, por ejemplo, en el movimiento de la Unidad Popular que llevó a Salvador Allende a la presidencia de Chile. Este movimiento fue sostenido con la fuerza de centenares de miles de jóvenes, la mayoría de ellos de menos de 40 años de edad, pero también algunos más viejos, como el propio Allende, que tenía más de 60 años.  

Me refiero al buen Allende porque él mismo, aquí en México, ante los estudiantes de la Universidad de Guadalajara, profirió aquella frase con la que explica muy bien que la juventud no es tan sólo un asunto de edad: “hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, y en éstos me ubico yo”. Por más viejo que estuviera, Allende era joven porque tenía la fuerza de sostener un proyecto político tan enorme, tan demandante y tan atrevido, como el de la Unidad Popular. Sabemos que el proyecto le costó la vida cuando fue asesinado por los militares golpistas apoyados por el gobierno estadounidense, pero incluso en el instante de su muerte, en la última imagen que se conserva de él, Allende se nos presenta como alguien mucho más joven que muchos jóvenes, con mucha más fuerza que la de muchos jóvenes. Es al menos mi impresión cuando lo veo ahí, con su fusil Kaláshnikov colgado al hombro, con su casco militar y su cabeza levantada, esperando las balas que habrán de acribillarlo y abatirlo.

En contraste con un viejo tan joven como Allende, hay jóvenes tan viejos como aquellos a los que se refiere el mismo Allende en su discurso en Guadalajara: jóvenes que sólo tienen fuerza para sostener su egoísmo y sus ambiciones personales. Es verdad que estas ambiciones pueden requerir mucha fuerza, mucha juventud, como cuando son ambiciones demasiado elevadas o como cuando se tienen demasiadas carencias en la vida. Sin embargo, como bien lo comprende Allende, esforzarse por uno mismo nunca requiere tanta fuerza, tanta juventud, como esforzarse por otros o por la humanidad.  

La generosidad, el heroísmo, la solidaridad y lo que denominamos “idealismo” son expresiones de la fuerza característica de la juventud. Por ello, cuando sucede que los jóvenes envejecen, ya sea que envejezcan a los 15 años o a los 85 años, tienden a volverse mezquinos, calculadores, estratégicos y cobardes. Estos atributos, para mí, son indicios de vejez y debilidad.

La política y el poder

Al envejecer y debilitarse, las personas pueden replegarse en sí mismas, desvincularse y de algún modo también despolitizarse. Hay una cierta despolitización que es característica de la vejez. El viejo evita ciertas formas de acción política distintivas de los jóvenes. Llegamos aquí al tema de la acción política.

Al pensar en la política, lo mismo que en la juventud, conviene comenzar con un recordatorio etimológico. El término “política” proviene de la palabra homófona griega “politika”, la cual remite a la polis, a la ciudad tal como se concebía y existía en la antigüedad griega, como un espacio más o menos democrático de participación, discusión y decisión política. En este espacio, la política es lo que sigue siendo ahora: la esfera del poder en la sociedad, el poder entendido en el sentido más amplio, que abarca el gobierno y la toma de decisiones, la autoridad y la dominación, la defensa de los derechos y de los privilegios, la gestión y la distribución de bienes y recursos, y muchas cosas más.

La política es la esfera del poder, pero también de la resistencia contra el poder, la insumisión y la rebeldía, la insurrección y la revolución. Este segundo aspecto del poder, que podemos distinguir con el nombre de “contrapoder”, exige una gran dosis de fuerza, una fuerza tal que logre hacer contrapeso a la fuerza del poder. Para oponerse al poder, se necesita fuerza, una fuerza como la de los jóvenes, quienes tal vez por ello suelen estar particularmente politizados en el sentido preciso del “contrapoder”, siendo casi naturalmente insumisos, rebeldes y revolucionarios.

Revolución: juventud y política

Me atrevo a decir que el potencial revolucionario es indisociable de lo que entiendo por juventud. Los jóvenes reaccionarios o conservadores, en los que no hay nada revolucionario, me han parecido siempre más viejos que jóvenes. Es como si hubieran envejecido prematuramente al adaptarse, al resignarse, al agotarse, al perder cualquier espíritu revolucionario.

El espíritu revolucionario que atribuyo a los jóvenes tiene sus manifestaciones más claras en la esfera política, en la denuncia y la protesta, en la lucha y la solidaridad. Sin embargo, aparentemente lejos de la política, el espíritu revolucionario de la juventud puede también canalizarse a través del enloquecimiento amoroso, el descubrimiento científico, la invención tecnológica, la creatividad artística o la verdad filosófica. Tenemos aquí diversas versiones de lo que el filósofo Alain Badiou ha descrito como “lo acontecimental”.

Quizás no todos los acontecimientos sean políticos, pero todos tienen implicaciones políticas, todos, incluso aquellos que nos parecen menos políticos. Incluso en el amor, la ciencia o el arte, hay siempre un poder que desafiamos, un poder como el de las convenciones, las normas, la tradición, los intereses o la ideología. El poder es algo con lo que siempre estamos lidiando y que a veces tenemos la fuerza de subvertir y neutralizar. Es entonces cuando somos jóvenes y por ende revolucionarios.

La revolución es el horizonte de la juventud. Al percatarse de esto, Allende afirmó en el mismo discurso de la Universidad de Guadalajara (y en el cartel que diseñaron para la presente actividad): “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. La juventud se contradice a sí misma, envejeciendo prematuramente, cuando pierde su ímpetu hacia el horizonte de la revolución. Este ímpetu es la juventud misma: es la fuerza incontenible que sólo puede realizarse al perturbar y a veces trastornar aquello que la sofoca en la realidad existente.

Lo que nos rodea no sólo nos rodea, sino que nos frustra, nos violenta, nos oprime y nos reprime. Plegarse a nuestro entorno es envejecer, mientras que el joven, aunque sea un joven de ochenta años, es el que no se pliega, el que no se conforma, el que se inconforma y se rebela, volviéndose revolucionario. La revolución ya comienza en el hecho mismo de inconformarse y rebelarse, pero esto requiere demasiada fuerza: una fuerza como la del joven, una fuerza que el viejo ya no tiene, siendo por ello viejo, aunque sea un viejo de 20 años.

Lo que le falta al viejo es una fuerza que inevitablemente adopta una forma política revolucionaria, una forma de resistencia contra el poder, una forma de contrapoder. La fuerza en la que estoy pensando remite a lo que Baruch Spinoza denominaba “potencia”, connatus, esfuerzo de perseverar en nuestro propio ser, un esfuerzo que nos opone al poder. Mientras que el poder habita en el Estado y en sistemas opresivos como el capitalista, la potencia tiene su lugar político en la multitud que intenta sacudirse aquello que la encadena, que la paraliza, que la debilita, que ahoga su fuerza, la fuerza de su juventud.

Formas posibles de acción política de los jóvenes

No hay nada más juvenil que una multitud, especialmente cuando se trata de una multitud no sólo contemplativa, de espectadores, como en un concierto masivo de música, sino activa, transformadora y abiertamente politizada, como en movimientos colectivos potencialmente revolucionarios. Es el caso de muchos movimientos multitudinarios en el México de los últimos treinta años, como el civil zapatista, el de apoyo a López Obrador, el magisterial, el yosoy132, el de protesta por los 43 de Ayotzinapa, el feminista y recientemente el pacifista y el de solidaridad con Palestina. Estos movimientos han provocado auténticas revoluciones en las percepciones que tenemos del género, del gobierno, del capitalismo, de los pueblos originarios y del mundo en que vivimos. Las revoluciones perceptivas han ido traduciéndose a su vez en transformaciones en leyes, en instituciones y en formas de actuar e interactuar entre nosotros y con el poder.

Los movimientos multitudinarios han ocupado un espacio real en calles y plazas, pero también se han desplegado cada vez más en espacios virtuales como los de las redes sociales. En ambos casos, tenemos formas posibles de acción política: formas relativamente espontáneas, más o menos organizadas, cuya fuerza radica no sólo en su juventud, sino en su número, en su aspecto multitudinario que se mide como números de manifestantes o de reacciones en redes sociales. Estos números a veces, sólo a veces, terminan traduciéndose en votos de elecciones, consultas y encuestas de opinión, que son otras formas posibles de acción política, no más importantes que las demás, por más importancia que lleguen a cobrar en las democracias representativas.

Además de las votaciones y las movilizaciones multitudinarias, hay un sinfín de otras posibles formas de acción política de los jóvenes. Hay grupos estudiantiles que realizan un trabajo político en las instituciones, un trabajo quizás no multitudinario, pero sí permanente y efectivo. Me imagino que es el caso de NOUS en la Universidad Panamericana. En mi universidad, hay organizaciones enfocadas a la defensa de los derechos de los estudiantes, entre las que destacan el Movimiento de Aspirantes Rechazados, el de las llamadas “Casas de Estudiantes”, la famosa “Coordinadora de Estudiantes en Lucha” y un grupo estudiantil del Consejo Supremo Indígena de Michoacán. Hubo también hace unos diez años un movimiento por la gratuidad en la educación que fue particularmente fuerte en mi facultad, la de Psicología, en la que ahora se ha organizado un Comité de Resistencia contra la Psicologización que lucha contra la despolitización resultante de la disolución de la política en la psicología.

Paralelamente a las acciones estudiantiles, hay otras formas de acción política no-multitudinaria de los jóvenes en los espacios locales. Tan sólo en mi entorno en Morelia, existen diversas colectivas feministas, grupos zapatistas y anarquistas, organizaciones de izquierda radical de orientación marxista-leninista o trotskista y comités de solidaridad con Cuba y Palestina. Las acciones políticas incluyen denuncias y protestas, campañas de información y sensibilización, intervenciones en espacios públicos, murales callejeros, colectas de firmas (como hace poco para la ruptura de relaciones con Israel) o acopio de alimentos (como ahora mismo para Cuba).

Formas inevitables de acción política de los jóvenes

Podría seguir enumerando formas en que los jóvenes pueden actuar políticamente, pero son tantas que no terminaría. Mejor detenerme aquí. Prefiero concluir ahora por lo que anuncié desde un principio: las formas no sólo posibles, sino inevitables y deseables de acción política de los jóvenes.

Con respecto a las formas inevitables de acción política, son inevitables porque no podemos actuar sin que nuestra acción haga algo con el poder, algo como ejercerlo, perpetuarlo, reforzarlo, desafiarlo, delegarlo, acatarlo y un largo etcétera. Estamos condenados a obrar políticamente al hacer todo lo que hacemos porque todo sucede en el hábitat político de los sujetos humanos: un espacio lógico sin exterior apolítico, un lenguaje sin metalenguaje, un universo que nos constituye, que habitamos y del que no podemos escapar sin dejar de ser lo que somos como animales políticos aristotélicos. Nuestra existencia política es nuestra única existencia humana, incluso en el ámbito doméstico, privado, íntimo, personal. De ahí que las feministas acierten al insistir en lo que se resume con la famosa fórmula popularizada por Carol Hanisch: lo personal es político.

Actuamos políticamente en todas las esferas personales e interpersonales porque todas ellas están atravesadas por el poder. Padres y profesores pueden ser democráticos o autoritarios. Las relaciones entre hermanos, amigos o colegas pueden ser verticales u horizontales, interesadas o desinteresadas, basadas o no en la instrumentalización y explotación del otro, acordes o no acordes con la subjetivación política en el capitalismo. Un vínculo sexoafectivo puede ser libre o forzado, esclavizador o liberador, opresivo o subversivo, patriarcal o antipatriarcal. Yo mismo puedo reprimirme, disciplinarme, controlarme o emanciparme al relacionarme conmigo mismo. Siempre que nos relacionamos con los demás o con lo que somos cada uno de nosotros, establecemos relaciones de poder o de resistencia contra el poder, es decir, relaciones políticas.

La política también está presente siempre en nuestros hábitos de consumo. Por ejemplo, al comprar en supermercados lo que podríamos adquirir directamente con pequeños productores, estamos dando poder al capital y a la gran distribución a costa de los trabajadores y productores. Así también, cuando adquirimos productos, servicios, marcas o franquicias cuyos capitales están concentrados en ciertos países, estamos contribuyendo a empoderar a esos países directamente en el plano económico e indirectamente en el político.

Si Estados Unidos pudo asesinar a las más de 150 niñas de la escuela de Minab en Irán en la semana pasada, fue en parte con el poder que le dimos al usar Uber, al comprar en Costco o en Home Depot, al adquirir una computadora Dell, al emplear Instagram o al ir de vacaciones a Orlando, San Antonio, Miami o Nueva York. De igual modo, cuando consumimos productos israelíes o no participamos en la campaña de BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) contra Israel y contra sus aliados y colaboradores, estamos decidiendo no usar nuestro poder para impedir el exterminio de los palestinos y el robo de sus tierras. Estamos, entonces, dando poder a un poder que roba y extermina. Esto es también un acto político.

Al igual que las relaciones que establecemos entre nosotros, nuestro consumo es una acción política inevitable. Es inevitable porque no es posible dejar de consumir y porque todo consumo tiene implicaciones políticas. Estas implicaciones pueden rastrearse igualmente en cómo estudiamos y trabajamos, en cómo descansamos y nos divertimos, en lo que pensamos y sentimos, en las actitudes que adoptamos ante las instituciones y en muchas otras situaciones que no revisaré ahora para no aburrirlos.

Tan sólo me permito pedirles que retengan que todas o casi todas nuestras acciones tienen un trasfondo político. Una vez que sabemos esto, cabe preguntarse qué acciones inevitablemente políticas son acciones propias de los jóvenes. Mi respuesta es la que ya conocen: las acciones políticas propiamente juveniles son las potencialmente perturbadoras, disruptivas, revolucionarias, en el sentido preciso al que me referí hace unos minutos.

Las revoluciones políticas en el consumo, en las relaciones y en otros aspectos de nuestras vidas han sido siempre efectuadas por jóvenes, por los más jóvenes, aunque tuvieran ochenta años de edad. Por el contrario, cuando los veinteañeros consumen o se relacionan de modo conservador, adaptado y estandarizado, es porque ya están viejos, muy viejos, tan viejos que no tienen ya la fuerza de sorprender a nadie. Es lo que pensaba Herbert Marcuse y lo que yo pienso a veces cuando me encuentro con jóvenes atrapados en la publicidad, en las modas, en los centros comerciales y en las demás telarañas mortales del vampiro del capital.

Formas deseables de acción política de los jóvenes

Con lo recién dicho, supongo que ya es claro lo que entiendo por formas deseables de acción política de los jóvenes. Estas formas son para mí las propiamente juveniles, aquellas que hacen que un joven sea el joven que es, tal como yo entiendo la juventud, como fuerza, potencia y espíritu revolucionario. Lo que juzgo inevitablemente juvenil es lo que también considero deseable para los jóvenes.

Al internarnos en el terreno de lo deseable, estamos en el terreno de lo que es deseable para alguien. El deseo es invariablemente de un sujeto. Ahora es mi deseo, el deseo con el que deseo que los jóvenes sean revolucionarios, que deban serlo inevitablemente para merecer el nombre de “jóvenes”. Todo esto es mi deseo y no pretendo que sea compartido por ustedes, pero necesitaba expresarlo, pues lo propio del deseo es también insistir en ser expresado.

El deseo, por cierto, es inseparable de la fuerza que atribuyo a los jóvenes. Si la fuerza de los jóvenes es irremediablemente sofocada por el entorno, es por lo mismo que este entorno está siempre contrariando su deseo. Es también por esto que su deseo es tan potencialmente revolucionario como la fuerza con la que se asocia: ni la fuerza ni el deseo de los jóvenes pueden realizarse plenamente en un entorno dominado por lo que yo denomino, con sensibilidad marxista y freudiana, el goce del capital. Aquí llegamos al umbral de mis reflexiones personales y al final de esta charla.