Los orígenes de la ultraderecha latinoamericana (1919-1945)

Ultraderecha1

Artículo publicado en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 13 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

La ultraderecha

Sabemos que estamos ante la ultraderecha cuando notamos al menos algunos de los siguientes componentes: el autoritarismo, las tendencias antidemocráticas y oligárquicas, la enardecida justificación de ciertos privilegios, la exaltada hostilidad hacia políticas redistributivas y otras medidas tendientes a la igualdad, la creencia en la desigualdad natural o cultural entre los seres humanos, el rechazo o el desprecio de otras culturas o religiones, el repudio vehemente del secularismo y de la sociedad multicultural, el nacionalismo, el tradicionalismo, el conservadurismo, el anticomunismo y la oposición radical a todas las izquierdas, así como el clasismo, la xenofobia, el racismo, la mixofobia, el sexismo, la homofobia y otras actitudes prejuiciosas y discriminatorias.

Es poco frecuente que todos los componentes de la extrema derecha se presenten reunidos e integrados en una sola doctrina o programa. Lo común es que aparezcan tan sólo algunos de ellos combinados con otros ingredientes que a veces permiten disimularlos. Condimentos neoliberales, individualistas y libertarianos o libertaristas, por ejemplo, sirven actualmente para encubrir posiciones autoritarias, xenófobas, racistas, clasistas, anti-igualitarias y anticomunistas en discursos neofascistas como algunos que encontramos en la derecha alternativa estadounidense, en el joven libertarianismo anti-populista latinoamericano, en el nacional-liberalismo europeo y específicamente en fuerzas como el Partido de la Libertad en Austria, Vlaams Belang en Bélgica y la Nueva Derecha en Polonia.

Las fuerzas ultraderechistas no sólo se distinguen por su adopción y su posible ocultación de los componentes ya mencionados. Además de estos elementos que se refieren al contenido ideológico de ciertas creencias y actitudes, la ultraderecha se caracteriza también por aspectos formales como la falta de corrección política, la violencia, la irracionalidad, la racionalización compensatoria y lo que Walter Benjamin llamaba “estetización de la política” para describir el énfasis en la expresión a costa de lo que se expresa. Otro aspecto formal distintivo de los posicionamientos ultraderechistas es el de su carga pasional o afectiva, la cual, aunque tenga las más diversas expresiones, tiende a revestir una forma excesiva, exagerada, exaltada, vehemente, impetuosa, impulsiva, enardecida, colérica, iracunda, furiosa o enfurecida.

Liga Patriótica Argentina: un pogromo en Buenos Aires

La ultraderecha, con sus componentes recién mencionados, corresponde a un fenómeno contemporáneo, relativamente reciente, sin duda no anterior a finales del siglo XIX. En el contexto latinoamericano, su aparición quizás pudiera situarse hipotéticamente en tres momentos del México revolucionario: en 1911 y en los siguientes años, la persecución contra los chinos a la que haremos referencia más adelante; en 1913, el movimiento golpista reaccionario contra el gobierno maderista; en 1915, la fundación de la “U”, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), en la ciudad de Morelia. Sin embargo, en estos momentos, sentimos que todavía no alcanzamos a discernir la ultraderecha y que sus componentes aún se presentan de manera demasiado segmentada, separada y fragmentaria: primero la furia, el racismo y la xenofobia; luego las tendencias oligárquicas y antidemocráticas, así como la defensa de los privilegios y de la desigualdad; finalmente el conservadurismo y el rechazo del secularismo.

Los mencionados componentes de la ultraderecha tardarán varios años en reunirse y articularse en México, pero antes, en los tiempos en los que nacía el fascismo italiano, hacia 1919, en Buenos Aires, encontramos varios de ellos ya bien sintetizados en lo que se hizo llamar primero “Comisión pro-defensores del orden” y luego “Liga Patriótica Argentina”. Esta organización paramilitar, auxiliar de la policía y compuesta de jóvenes adinerados entrenados por militares, protagonizó tres episodios aciagos de la historia de Argentina: durante la Semana Trágica de 1919, la represión masiva de obreros huelguistas y el único pogromo antijudío que se haya registrado en el continente americano, con un saldo total de más de 700 muertos en los barrios populares de Buenos Aires; entre 1920 y 1922, durante la gesta de lucha conocida como “Patagonia Rebelde”, la masacre de unos 1500 peones rurales anarcosindicalistas que se habían declarado en huelga en la provincia de Santa Cruz; por último, en 1930, el golpe de estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen y que fue encabezado por el militar José Félix Uriburu, apoyado por la oligarquía del país y probablemente orquestado por la empresa estadounidense Standard Oil.

La violenta Liga Patriótica Argentina exhibe su odio en cada una de sus acciones: lanzándose impetuosamente a la “caza de rusos”, agrediendo a transeúntes identificados por su manera de vestir, saqueando y destruyendo casas de los barrios de trabajadores, persiguiendo a los anarquistas y a los comunistas o “maximalistas” (simpatizantes de la Revolución Rusa), atacando sinagogas y bibliotecas, incendiando sedes sindicales, golpeando y torturando y asesinando a centenares de obreros, peones rurales, judíos y extranjeros. La mejor elaboración ideológica de toda esta explosión de odio se encuentra en su fundador, su inspirador y su principal ideólogo, Manuel Carlés (1875-1946), furioso defensor de valores tradicionales de la ultraderecha latinoamericana: la patria y el patriotismo, pero también Dios y el orden, así como la propiedad y la autoridad.

Liga Republicana en Argentina y Acción Integralista Brasileña

En la historia de la ultraderecha latinoamericana, Carlés y su Liga Patriótica Argentina inauguran una primera etapa que se extenderá desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y que tendrá su apogeo en los años treinta, bajo el impulso de los fascismos del viejo continente. La influencia protofascista o fascista europea se hará sentir en Argentina muy pronto, hacia 1927, con la revista La Nueva República, en la cual, a través de escritores como Juan Emiliano Carulla (1888-1968), se adopta la perspectiva nacionalista, monárquica y antisemita del francés Charles Maurras y de la Acción Francesa (Action Française), así como las visiones del fascismo italiano de Benito Mussolini y de la Unión Patriótica del general y dictador español Miguel Primo de Rivera.

El director de La Nueva República, Rodolfo Irazusta (1897-1967), y el periodista Roberto de Laferrère (1900-1963) fundaron en 1929 la primera organización latinoamericana de inspiración fascista, la llamada “Liga Republicana”, que participó junto con la Liga Patriótica Argentina en el golpe de estado que llevó al poder a Uriburu en 1930. Dos años después, en Brasil, durante el régimen de Getulio Vargas, se fundó la Acción Integralista Brasileña (Ação Integralista Brasileira), un movimiento fascista de masas que dispuso de una organización paramilitar, las camisas verdes, y que no cesó de expandirse hasta su disolución en 1937, cuando llegó a tener más de un millón de miembros. El principal ideólogo del movimiento, Plínio Salgado, centró el integralismo en su noción de un hombre integral que habría sido mutilado por concepciones parciales que reducirían lo humano a lo individual, a lo colectivo, a lo estatal, a lo económico, a lo sexual, lo racial, etc.

El rechazo contundente del racismo fue un rasgo por el que el integralismo brasileño se distinguió de otros movimientos ultraderechistas. Incluso Gustavo Barroso (1888-1957), quizás el más intolerante de los ideólogos integralistas, rechazó abiertamente cualquier actitud racista, lo que no le impidió emitir uno de los discursos antisemitas más explícitos y frenéticos de la ultraderecha latinoamericana. De hecho, este discurso explicó su propio antisemitismo como una reacción anti-racista contra el racismo de los judíos: era precisamente por estar contra el racismo que debía combatirse lo que se describía como “racismo judaíco”.

Racismo y antisemitismo: de las matanzas de chinos en México a las organizaciones de corte nazi-fascista en todo el subcontinente

El antisemitismo de Barroso no es un caso aislado en la ultraderecha latinoamericana de los años treinta y cuarenta. La época de apogeo del nazismo y de los campos de concentración europeos nos ofrece innumerables ejemplos de organizaciones antisemitas en varios países de América Latina: en Costa Rica, el Partido Nazi (1931); en Argentina, la Alianza de la Juventud Nacionalista (1937-1943) y la Alianza Libertadora Nacionalista (1943-1955); en Chile, el Movimiento Nacional-Socialista (1932-1939), el Partido Nacional Fascista (1938-1940), el Movimiento Nacionalista (1940-1943) y el Partido Unión Nacionalista (1943-1945). Estas organizaciones tienen muchos rasgos en común: su antisemitismo, su racismo, su nacionalismo, su anticomunismo, su anti-marxismo, su inspiración directa en el fascismo italiano y en el nazismo alemán, su germanofilia, su organización jerarquizada y a veces militarizada, y su pretensión de trascender el tradicional espectro derecha-izquierda.

Algunas de las organizaciones mencionadas tendrán vínculos directos con los nazis alemanes, como será el caso del Partido Nazi de Costa Rica, el cual, además, influirá en el gobierno costarricense, que limitará e incluso impedirá la inmigración de judíos. Otras organizaciones, como el Movimiento Nacional-Socialista de Chile, terminarán distanciándose del nazismo, atenuando su antisemitismo y girando hacia la izquierda, pero esto mismo causará el surgimiento de grupos disidentes altamente antisemitas, como es el caso, en el contexto chileno, del Partido Nacional Fascista.

La orientación antisemita y nazi-fascista de la ultraderecha latinoamericana de los años treinta se hará sentir de modo particular en México, en donde se da un asombroso fenómeno de proliferación, propagación y ramificación de organizaciones ultraderechistas cuyos discursos promueven la furia nacionalista contra los judíos. Los nombres de tales organizaciones resultan bastante significativos: Unión Pro-Raza (1930), Acción Revolucionaria Mexicanista (1933), Liga Anti-Judía (1935), Confederación de la Clase Media (1936), Legión Mexicana Nacionalista (1937), Vanguardia Nacionalista Mexicana (1938) y Partido Nacional de Salvación Pública (1939). En algunas organizaciones, como la Unión Pro-Raza y la Confederación de la Clase Media, el rechazo de lo judío se insertaba en un hispanismo que exaltaba la cultura de la madre patria española, centrada en la estirpe, la jerarquía y el catolicismo, y que rechazaba lo mismo lo judío y lo indígena americano que lo francés, lo inglés y especialmente lo norteamericano. Esta serie de rechazos fue precedida, preparada y a menudo acompañada, especialmente en el norte de México, por la feroz persecución contra los chinos, durante la cual, entre 1911 y los años treinta, 600 miembros de esa comunidad fueron asesinados en Monterrey, 200 en Chihuahua, más de 300 destazados, acribillados y quemados vivos en Torreón, miles despojados de sus tierras en Durango, Chihuahua y Coahuila, cuatro mil confinados en guetos en Sonora y otros siete mil deportados al campo de concentración de la Isla María Magdalena, en donde la mayor parte murió de hambre.

Primeros delirios conspiratorios y camisas doradas en México

Al igual que el ardor anti-chino, la flama del furor anti-judío mexicano se enciende y se mantiene viva en discursos en los que se desarrollan sofisticadas argumentaciones de índole nacionalista, racista y xenófoba. Estas argumentaciones, como suele suceder en la ultraderecha, tienen un marcado elemento delirante de tipo conspiratorio con el que se racionaliza la furia intrínsecamente irracional. Si esta furia se presenta como racional, es bajo la suposición de que los mismos chinos y judíos la han provocado, ya sea involuntariamente al transmitir enfermedades y degenerar la raza, o bien de modo voluntario al conspirar contra los mexicanos, envenenarlos, explotarlos, prostituir a sus mujeres, pervertirlos, dividirlos, hacer que se odien unos a otros, disolver su sociedad y hacer todo para dominarla. Semejantes ideas emanan de los más diversos discursos, desde rumores espontáneos hasta maquinaciones con intereses económicos y políticos, pasando por la fantasía desbordante de periodistas y escritores mexicanos o extranjeros.

Muchas de las ideas antisemitas difundidas en México provienen de El Oculto y Doloso Enemigo del Mundo: una obra publicada en 1925 por el presbítero poblano Vicente Martínez Cantú (1860-1938), quien se basaba en los clásicos del antisemitismo, Los Protocolos de los Sabios de Sión y El judío internacional de Henry Ford, para denunciar la “nefasta acción de los israelitas”, a los que responsabilizaba de “sembrar odios y rencores” y “dividir las clases sociales”. Estos delirios y otros más de Martínez Cantú antecedieron de varias décadas a los principales exponentes del conspiracionismo en los países de habla hispana: los también mexicanos Salvador Borrego y Salvador Abascal Infante.

De las diversas organizaciones ultraderechistas antisemitas de México, la más grande y poderosa fue la Acción Revolucionaria Mexicanista (ARM), cuyos paramilitares, camisas doradas, emulaban a los demás encamisados fascistas de la época: camisas negras de Mussolini, camisas pardashitlerianos, camisas azules franceses, camisas verdes integralistas de Brasil y camisas plateadasestadounidenses. Los militantes de la ARM, dirigidos por el antiguo general villista Nicolás Rodríguez Carrasco (1890-1940), portaban sombrero, botas, macanas y a veces armas de fuego, entonaban las consignas “¡muerte al comunismo!” y “¡México para los mexicanos!”, y, al igual que los de la vieja Liga Patriótica Argentina, descargaban su furia lo mismo sobre comunistas y obreros huelguistas que sobre aquellos a quienes describían como “judíos apátridas” y “biológicamente degenerados”, a quienes amenazaban, extorsionaban y únicamente respetaban a cambio de recursos para su organización.

Otra organización antisemita mexicana muy importante en aquella época, tanto por su influencia como por su número de integrantes, fue la Confederación de la Clase Media (CCM), a la que se le acusó de orquestar, junto con el cacique revolucionario potosino Saturnino Cedillo, una fallida conspiración para asesinar al presidente Lázaro Cárdenas. La CCM también intentó en vano organizar un Primer Congreso Iberoamericano Anticomunista que habría de celebrarse en La Habana, Cuba, en septiembre de 1937. En una sorprendente carta abierta de 1939 dirigida a León Trotsky –por entonces refugiado en México–, la CCM aseguraba que el movimiento comunista era un “movimiento judío para saciar los odios semíticos contra los ‘boxy’ o ‘perros cristianos’, prostituyendo y comprando las conciencias de los hombres más abyectos, más crueles y con almas de judíos”.

Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) en Colombia y Unión Nacional Sinarquista (UNS) en México

El elemento racista-antisemita y el parentesco nazi-fascista no estuvieron presentes o tan presentes en todos los movimientos ultraderechistas latinoamericanos de los años treinta y cuarenta. En esos mismos años, en algunos países, hubo también una ultraderecha centrada en tradiciones y situaciones locales o nacionales y relativamente descentrada con respecto a la coyuntura internacional. Tal es el caso de la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) de Colombia, fundada en 1935.

La APEN coincide con los movimientos nazi-fascistas de la época tanto por su furia nacionalista y anticomunista como por su pretensión de haber trascendido el espectro derecha-izquierda, pero se distingue de la mayor parte de ellos por su ferviente adhesión al capitalismo y por su orientación ultra-liberal con su oposición a cualquier intervencionismo estatal y especialmente a la redistribución de la riqueza. El discurso de la APEN, muy próximo al de la actual ultraderecha neoliberal o libertariana, es contra el Estado, los impuestos, los políticos y los burócratas. Su propósito más o menos encubierto es la defensa de los intereses de sus miembros: terratenientes y oligarcas de la industria, del comercio y de la finanza.

Al igual que la APEN colombiana, la Unión Nacional Sinarquista (UNS) mexicana, fundada en 1937 y existente hasta hoy en día, parece obedecer a una dinámica más nacional que internacional. Sin embargo, en contraste con la composición reducida y oligárquica de la APEN, la UNS habrá de ser un gran movimiento de masas compuesto de centenares de miles de campesinos y trabajadores provenientes principalmente de las clases medias y populares. Además, también a diferencia de la APEN, la UNS no es de ningún modo un movimiento capitalista ultra-liberal y anti-estatista, sino que admite el intervencionismo estatal y se nutre claramente del fascismo y del nazismo, así como del hispanismo al que ya nos hemos referido y que tenía también una gran influencia en varios grupos nazi-fascistas mexicanos de la misma época. No obstante, a diferencia de algunos de estos grupos, el sinarquismo tuvo una mayor implantación rural y no se distinguió por su racismo, sino más bien por su carácter marcadamente católico, antirrevolucionario, conservador y tradicionalista que lo acerca al falangismo español y que se explica por su origen en las milicias cristeras que se opusieron entre 1926 y 1929 a las políticas del gobierno revolucionario para limitar el poder social, económico y político del clero en México.

La UNS, por lo demás, adopta diversas posiciones características de la ultraderecha de la época, entre ellas el anticomunismo, el anti-marxismo, el nacionalismo, el hispanismo, el cristianismo, cierta dosis de antisemitismo y la supuesta superación del espectro derecha-izquierda. Estas posiciones fueron bien justificadas por los grandes ideólogos del movimiento, como Juan Ignacio Padilla, Manuel Torres Bueno y los hermanos Alfonso y José Trueba Olivares, y quedan sintetizadas en el término de “sinarquismo”, el cual, formado etimológicamente por el griego syn –“con”– y arjé–“autoridad” u “orden”–, se presenta como el término contrario al anarquismo.

El discurso de la UNS desata su odio contra el anarquismo y contra el comunismo, así como también contra el cosmopolitismo y el internacionalismo, denunciados como “antipatrióticos”. Estas posiciones habrán de acentuarse y radicalizarse en el ideólogo más conocido y polémico del sinarquismo, Salvador Abascal Infante (1910-2000), quien lideró el movimiento en su apogeo, entre 1940 y 1941, y quien fue además un frenético defensor de la inquisición, de la infalibilidad papal y del colonialismo español.

 

Continuación de la historia que se relata en el artículo:

La ultraderecha latinoamericana durante la guerra fría (1946-1991)

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)

 

Otros artículos del autor sobre la ultraderecha latinoamericana:

Los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana: libertarismo neofascista e injerencia estadounidense

La ultraderecha latinoamericana: cien años de lucha por la desigualdad

Jair Bolsonaro en Brasil: humillación y amenaza para toda la humanidad

Bolsonaro y su verdad

 

 

Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana

Artículo publicado en Michoacán 3.0 y Respublicae el 5 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Se habla cada vez más del riesgo de bancarrota en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Sin embargo, para quienes aún vemos esta institución como una universidad y no como una empresa, la peor quiebra no estriba en la falta de recursos financieros, sino en la falta de recursos intelectuales, en la insolvencia de pensamiento, en la pobreza de capacidad crítica y reflexiva. Esta quiebra es la que acaba de ponerse de manifiesto en la decisión de invitar a Gloria Álvarez Cross al Auditorio Samuel Ramos de nuestra máxima casa de estudios.

Nuestra universidad exhibe públicamente su miseria, su déficit de inteligencia y de cultura, cuando carece del criterio suficiente para discernir quién tiene el mérito, la seriedad y la decencia que se requieren para ser invitado como conferencista. Sobran los hombres y las mujeres de ciencias y de artes, intelectuales que han destacado mundialmente por su capacidad y por su trabajo, que podrían honrar a nuestra universidad con su presencia y enseñar algo valioso a docentes y estudiantes. Sin embargo, en lugar de invitar a un modelo de seriedad y de integridad en el campo académico, nos hemos rebajado a promocionar y brindar nuestro espacio institucional a Gloria Álvarez: un personaje bastante desacreditado en la academia y que tan sólo podría ser ejemplo de vulgaridad, charlatanería, oportunismo, deshonestidad intelectual y complicidad con las más corruptas élites políticas y económicas del mundo y especialmente de América Latina.

¿Quién es Álvarez? Es una figura mediática guatemalteca, locutora de radio, presentadora de televisión y estrella de redes sociales. Ya publicó un par de obras, El engaño populista y Cómo hablar con un progre, pero no son más que librillos de opinión política barata que ningún docente serio citaría, salvo quizás para burlarse de ellos o para criticar su ingenuidad o la visibilidad obscena de sus presupuestos ideológicos. Por lo demás, en estos libros como en sus conferencias y en sus intervenciones en los medios, Álvarez no profiere sino enternecedoras simplezas, viejas banalidades y los más burdos prejuicios y estereotipos. Así, a primera vista, parece que la rubia treintañera es alguien inofensivo, demasiado tonto para ser peligroso, pero que, de cualquier modo, por su nulidad e irrelevancia, no tiene el mérito suficiente para ser invitado a una universidad que se respete. Esto es verdad en parte, al menos en parte, y muestra que nuestra universidad se está perdiendo el respeto. Pero desgraciadamente hay más, mucho más.

Álvarez no sólo es intelectualmente insignificante, sino que profesa opiniones que no pueden ser toleradas en el ámbito universitario. No podemos permitir que alguien afirme en la Universidad Michoacana que la pobreza es por causa de la “mentalidad” de los pobres o que los indígenas violan a sus mujeres con la aquiescencia de su régimen de justicia. Así como excluimos la astrología, el tarot, la eugenesia y el llamado “racismo científico”, así también tendríamos que cerrar las puertas de la universidad ante una charlatanería clasista y racista como la de Álvarez.

No es tan sólo un asunto de contenido, sino también de forma. Conduciéndose de un modo inaceptable para cualquier universidad, Álvarez inocula sus opiniones insidiosamente, con artimañas retóricas tramposas y maliciosas con las que se disimula tanto lo que se transmite como la propia inepcia de quien lo transmite. Es así como Álvarez, al igual que otros jóvenes ideólogos de la nueva derecha y de la derecha alternativa (la alt-right de Estados Unidos), sabe ocultar de la mejor manera su lado más bajo y sombrío. Este lado sólo se nos revela cuando la escuchamos o leemos con atención, deteniéndonos un momento en las implicaciones de sus puerilidades y chabacanerías, y cuando sabemos un poco más acerca de su pensamiento y de su trayectoria. Es entonces cuando entendemos por qué la Universidad Michoacana jamás debió acoger a quien fuera la representante carismática y la figura más visible del ultraderechista Movimiento Cívico Nacional (MCN) guatemalteco, el cual, además de su carácter neofascista, clasista y racista, era financiado por los más sucios sectores oligárquicos de Guatemala y terminó siendo investigado e incriminado por cargos de corrupción.

Aunque Álvarez terminara separándose del MCN, lo hizo demasiado tarde, cuando era evidente que sólo buscaba protegerse del escándalo de corrupción al traicionar a sus correligionarios. Y, además, nunca tomó sus distancias con respecto a lo más grave, las posiciones de extrema derecha del movimiento, las cuales, de cualquier modo, le imprimen su particular tono ideológico al discurso individualista y libertarista de Álvarez. Al acogerla en nuestra universidad, estamos promoviendo este discurso y todo lo que hay en él: no sólo su defensa obscena del capitalismo y de la versión más extrema, intolerante y dogmática de neoliberalismo, sino también su mezquindad, su desdén hacia la comunidad, su miserable individualismo, su tácita justificación del abuso y de la explotación de nuestros semejantes, su clasismo elitista y sus sutiles insinuaciones racistas bien encubiertas por su despreciativa condescendencia típicamente neocolonial.

La presencia de alguien con el clasismo y el racismo de Álvarez hiere y ultraja todo lo popular e indígena que hay en la Universidad Michoacana. También han sido agraviadas otras víctimas de las diatribas de Álvarez que encontramos en su último libro: las mujeres, a las que responsabiliza del machismo de los hombres; las feministas, a las que les reprocha que aspiren a demasiados privilegios y que se pongan “por encima de otros grupos”; los hijas e hijos de inmigrantes, a quienes acusa de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran; los indígenas y todos los mexicanos en general, por no ser capaces de valorar positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”.

Todos hemos sido humillados por la presencia de Álvarez en la Universidad Michoacana. La decisión de invitarla nos ha ofendido como latinoamericanos y latinoamericanas, mexicanos y mexicanas, mujeres, feministas, hijos e hijas de inmigrantes, mestizos y mestizas, indígenas, estudiantes y docentes progresistas. La misma institución ha sido ultrajada por haber debido acoger en su propio seno a quien, además de rechazar abiertamente la educación pública y gratuita, contradice diametralmente el compromiso nicolaita con la igualdad, la justicia y la democracia.

En lo que se refiere a la democracia, no hay que olvidar, por ejemplo, que Álvarez apoyó activamente la reciente maniobra golpista contra el régimen democrático de Rousseff en Brasil. Al mismo tiempo, en lugar de una sociedad justa e igualitaria, Álvarez prefiere una “meritocracia” neoliberal en la que no haya ninguna forma de redistribución de la riqueza y en la que triunfen los individuos más capaces, es decir, los que disponen de más recursos, los más ricos, los privilegiados como ella, los que puedan pagarse la universidad privada guatemalteca en la que ella estudió, la Universidad Francisco Marroquín (UFM), fundada por Manuel Ayau, llamado “El Muso” en alusión a Mussolini, y conocida por haber sido la puerta para el ingreso del neoliberalismo en Guatemala.

Como encarnación del neofascismo, del neoliberalismo y del neocolonialismo, Álvarez contradice todo aquello por lo que trabajamos quienes aún creemos en el espíritu de la Universidad Michoacana: la igualdad, la justicia y la democracia, pero también la solidaridad, la generosidad, la movilidad social y la redistribución de la riqueza, la educación gratuita para los más pobres, la nobleza y grandeza de los pueblos indígenas de Michoacán, de México y de Latinoamérica. Nosotros no consideramos, como Álvarez, que un país latinoamericano sea un “país de mierda”. Tampoco pensamos, como ella, que el Che Guevara sea comparable a Pinochet. Tan sólo podemos indignarnos contra ella y contra su degradación moral cuando se atreve a rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. No coincidimos con ella cuando asegura, delatando su propia bajeza y la del mundo burgués del que proviene, que “todos somos egoístas”, que los que pretenden no serlo son unos “hipócritas” y que no existe ningún hombre que “no sólo piense en sí mismo”. Nosotros no somos esa clase de humanidad. Y es quizás por eso que tampoco somos, como Álvarez, defensores de la barbarie neoliberal que tanto mal ha hecho a Latinoamérica y que fue también defendida por el mismo Pinochet a costa de la sangre de miles de chilenos inocentes, entre ellos el gran Salvador Allende, quien recibió de nuestra institución el doctorado honoris causa.

La Universidad Michoacana es uno de los innumerables reductos de resistencia contra la destrucción capitalista neoliberal y neocolonial de nuestro continente. Ahora debe ser también una trinchera contra el neofascismo. Es por esto por lo que Álvarez debía ser duramente rebatida como lo fue en el Auditorio Samuel Ramos. No merecía nada mejor. No habría debido ni siquiera poner un pie dentro de nuestra institución. La manera en que su discurso fue cuestionado con inteligencia y rechazado con ardor nos demuestra que muchas y muchos estudiantes no se encuentran aún en una situación de quiebra intelectual.

Nuestra quiebra no es del estudiantado, sino de la institución que organizó el evento de Álvarez y que exhortó a los “aspirantes de becas” a estar presentes con “pantalón de mezclilla y camisa roja”, erosionando su dignidad y acarreándolos como ganado para ser adoctrinados, engañados, pervertidos, maleducados. La última escena, la del significativo desenlace con aquellos estudiantes uniformados rodeando a la conferencista rubia que intentaba mantenerlos a distancia, mancha los festejos por el centenario de la universidad y ofende la memoria de Quiroga, Clavijero, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Aníbal Ponce, María Zambrano y Elí de Gortari, entre tantos otros nicolaitas que han contribuido, cada uno a su modo, a conquistar el respeto hacia nuestra gente.

De herederos a rechazados: la deuda histórica de Latinoamérica y el examen de ingreso a la Universidad Michoacana

Publicado en Izquierda Diario y en Michoacán 3.0, el martes 18 de octubre 2016

David Pavón-Cuéllar

Deuda histórica

Tras fundar el Colegio de San Nicolás en 1540, Vasco de Quiroga lo heredó a los indígenas a través de su famoso Testamento de 1565. Sus palabras al respecto fueron claras y precisas. Legando el Colegio a los “indios de Michoacán” porque “ellos lo hicieron y a su costa”, Quiroga ordenó que fueran “perpetuamente en él gratis enseñados todos los hijos de los indios”, y enfatizó: “gratis como es dicho, sin que para ello den ni paguen ni se les pida cosa alguna”.

Si Quiroga entendió que no podría jamás condicionarse de ningún modo la educación de los indios, fue porque reconoció la deuda que se había contraído con ellos. Era una deuda tal que sólo podría pagarse al ofrecerles perpetuamente educación gratuita. El carácter perpetuo de la gratuidad permite vislumbrar el valor inmenso e inconmensurable de la deuda. ¿Cómo no presentir aquí una deuda histórica fundada en algo más que la simple construcción del Colegio de San Nicolás?

Según Quiroga, no es tan sólo que los indios hicieran el Colegio, sino que lo hicieran a su costa, es decir, a costa de sus materiales, de su tiempo y de su esfuerzo, pero quizás también a costa de todo lo demás que eran, que poseían y a lo que tuvieron que renunciar por su colonización y evangelización. Todo eso, tan inabarcable como impagable, es lo que se les debe a los indios. Todo eso es también lo que los pueblos mestizos de Latinoamérica se deben a sí mismos como indios, como pobres, como despojados.

Casas de Estudiantes

La deuda no deja de insistir. Quizás Hidalgo y Morelos, respectivamente rector y estudiante del Colegio de San Nicolás, fueran formas de recordar todo lo que se debe. Lo seguro es que la deuda se está honrando con la educación gratuita ofrecida por aquello en lo que se convirtió el Colegio: la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), la institución universitaria estatal mexicana con un perfil socioeconómico más bajo y con una mayor proporción de estudiantes provenientes de comunidades rurales e indígenas.

Entre las expresiones del espíritu popular con el que la UMSNH honra su deuda histórica, tal vez la más elocuente se encuentre en las 35 Casas de Estudiantes que albergan y alimentan gratuitamente a unos seis mil estudiantes de bajos recursos. Los jóvenes vienen de parajes recónditos de Michoacán, pero también de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Guanajuato y otros estados. Hay tzeltales, mixtecos, nahuas, otomíes, purépechas y otros indígenas. Muchos de ellos jamás habrían podido estudiar si esas casas no existieran.

Autogestionadas por sus propios moradores, las Casas de Estudiantes promueven diversos tipos de formación, organización y movilización en el terreno político. Algunas han padecido infiltraciones de las grandes fuerzas electorales, pero su tendencia predominante corresponde a una izquierda más próxima a los movimientos sociales, apartidista, socialista e incluso revolucionaria. Los nombres de las casas hablan por sí solos: Rosa Luxemburgo, Lenin, Espartaco, Che Guevara, Lucio Cabañas, América Libre, Dos de Octubre, etc.

Solidaridad

Muchos de los moradores de Casas de Estudiantes ingresaron a la UMSNH gracias al Movimiento de Aspirantes Rechazados (MAR). Tras haber obtenido así un lugar en la universidad, los jóvenes continúan apoyando activamente al MAR a través de la Coordinadora de Universitarios en Lucha (CUL). Al hacerlo, permiten el ingreso de las siguientes cohortes generacionales de estudiantes.

Los que están fuera pueden entrar al tomar la mano de quienes ya están dentro. Los del interior saben que deben abrir las puertas, estirar sus brazos y ayudar a ingresar a los del exterior. Es así como la solidaridad estudiantil mantiene vivo el espíritu popular de la UMSNH. Es así también como permite honrar la deuda histórica de la universidad.

La CUL y el MAR contribuyen a que ingresen anualmente a la UMSNH centenares de jóvenes que no pasan el examen de admisión debido a su rezago educativo. Sobra decir que este rezago no es imputable a quienes repartieron su día entre el estudio y el trabajo, tomaron clases en ayunas o a la intemperie y debieron mezclarse con niños de todos los niveles al repartirse al único maestro de la comunidad. Es verdad que no todos los rechazados estudiaron en condiciones tan adversas, pero sí muchos, demasiados, lo que basta para comprometer el examen de ingreso.

Los de abajo

Considerando las abismales desigualdades socioeconómicas de nuestro país, el examen de admisión a la universidad no puede ser más que un despiadado instrumento de exclusión de los excluidos de siempre. De ahí su carácter clasista y racista. Su efecto, después de todo, es el de negar la educación superior a quienes ya se negó una buena educación básica, media y media superior, es decir, los hijos de indígenas, campesinos, obreros, desempleados, comerciantes pobres y tantos otros.

Los rechazados tienden a ser precisamente aquellos con los que la UMSNH tiene la deuda histórica por la que existe y por la que tiene sentido su existencia. No está de más preguntarse, por lo tanto, en qué medida el rechazo de esos aspirantes podría estar deshonrando a la universidad. ¿Y si el examen de ingreso no fuera más un mezquino subterfugio con el que la UMSNH se las arreglaría, quizás de manera inconsciente, para no honrar su deuda con los de abajo?

Por una cruel paradoja, los rechazados son generalmente aquellos mismos a quienes Vasco de Quiroga legó la universidad. Se les rechaza en su propia casa. No se les deja ya entrar libremente ni siquiera en un minúsculo reducto que se les entregó como ínfima compensación a cambio de todo lo que se les arrebató.

Consejo Supremo Indígena

Al demandar a los indígenas que paguen, presenten y aprueben el examen de ingreso, la UMSNH podría estar contrariando y traicionando a su fundador, quien estableció explícitamente que los indios recibieran educación “gratis” o “sin que para ello dieran ni pagaran ni se les pidiera cosa alguna”. ¿Exigirles un examen y un pago no es acaso pedirles algo para educarse? De ser así, estaría haciéndose aquello mismo que Vasco de Quiroga ordenó que no se hiciera. Estaría exigiéndose algo, algo más, a quien se le debe todo.

Quizás la UMSNH esté en la vergonzosa posición de aquél a quien se le tienen que recordar sus obligaciones. Fue al menos lo que debió hacer el Consejo Supremo Indígena de Michoacán, integrado por más de treinta comunidades, a través de un manifiesto aprobado en asamblea y emitido el 18 de septiembre de 2016. Además de solicitar a la UMSNH que “recordara” su “deuda histórica con los pueblos originarios”, el Consejo expresó que “respaldaba totalmente la lucha emprendida por jóvenes aspirantes y rechazados”.

Dando su verdadera dimensión al conflicto por el ingreso en la UMSNH, el manifiesto del Consejo Supremo Indígena dejó claro lo que estaba en causa. De lo que se trataba era de saber si hay disposición a seguir pagando al menos una parte insignificante de lo que se debe a los indios y a lo que representan para nosotros y dentro de nosotros mismos. Lo que está en juego es una cuenta pendiente que tenemos todos en México. Podemos hacer como si no existiera, desde luego, pero entonces perderemos todo lo que nos debemos.

Rechazados somos todos

Nuestra deuda es también con lo que somos. Nos rechazamos en los rechazados. No es tan sólo que excluyamos a los indígenas en sentido estricto, sino que dejamos fuera todo lo que somos al encarnar aquello que significa lo indígena en Latinoamérica: lo invadido y dominado, lo expulsado y desvalijado, lo empobrecido, lo despreciado, abandonado, marginado, excluido, rechazado.

La condición de los rechazados es la misma que todos padecemos en proporciones variables y en diferentes aspectos de nuestras vidas. No hay nadie a salvo del rechazo. Quizás esto forme parte de lo expresado con el grito de “¡rechazados somos todos!”, alternado con el de “¡Ayotzinapa somos todos!”, que resonó el 26 de septiembre 2016 en las calles de Morelia, cuando la marcha por los 43 visitó a los compañeros de la CUL y del MAR que mantenían tomada la Ciudad Universitaria de la UMSNH.

El rechazo más violento, el que sufren los aspirantes rechazados y los moradores de Casas de Estudiantes de la UMSNH, es el mismo que padecen los estudiantes de Ayotzinapa y de las demás Escuelas Normales Rurales. Por eso comprendemos que los normalistas rurales de Tiripetío, en la primera semana de octubre de 2016, se hayan solidarizado con la CUL y con el MAR hasta el punto de participar con refuerzos en sus tomas de las instalaciones de la UMSNH.

Clasismo y racismo

La solidaridad entre los rechazados no es tan sólo comprensible, sino indispensable, pues ya vimos en Iguala hasta dónde puede llegar el rechazo del que son víctimas. Hemos vuelto a descubrir peligrosas expresiones de ese rechazo en las agresiones físicas y verbales que los estudiantes inscritos de la UMSNH han dirigido recientemente contra los aspirantes rechazados. Atacándolos con palos y piedras, los han llamado “indios”, “nacos”, “piojosos”, “hambreados”, “pinches rechazados” y “perros mugrosos”.

Todo el rechazo clasista y racista que se ha visto en la UMSNH no es más que la continuación del rechazo institucional justificado por un examen de admisión igualmente clasista y racista. El clasismo y el racismo empiezan por la política de ingreso y terminan en los enfrentamientos entre estudiantes. El porrismo estudiantil no es más que la continuación del examen de admisión por otros medios.

Lo irónico es que la UMSNH cultive el rechazo, tanto en sus formas porriles como evaluativas, cuando ella misma, como universidad popular, es víctima de rechazo. Digamos que es una institución rechazada, como bien lo muestra su pésima imagen en la sociedad, en las empresas y en los medios, así como su presupuesto anual de 51 mil pesos por estudiante, menor a la media nacional de 59 mil pesos y sin comparación con los recursos recibidos por la UNAM y por otras instituciones que sobrepasan los 100 mil pesos.

Privatizar lo público

Lo cierto es que la situación de la UMSNH no es más que un caso extremo de la actual degradación de la educación pública en México. La cobertura de las universidades públicas en relación con las privadas ha retrocedido veinte puntos porcentuales, de 90% a 70%, en los últimos cuarenta años. La privatización progresiva se ha visto recientemente acelerada por el desvío de recursos públicos hacia instituciones privadas mediante las becas para militares (2009), la deducibilidad de impuestos para colegiaturas (2011), los créditos bancarios (2012) y los apoyos a la investigación fuera del ámbito público (2014).

La privatización ha impedido que la universidad pública se desarrolle en función de las necesidades sociales y ofrezca más lugares para los aspirantes. El número creciente de rechazados es correlativo de la degradación de lo público. Su lucha contra el rechazo es también una lucha por lo público y contra su privatización, por la educación para todos y contra la educación para unos cuantos, por el derecho y contra el privilegio.

Privatizar lo público es robar la riqueza de todos para entregársela a unos cuantos privilegiados. ¿Pero acaso este desfalco no se realiza también de algún modo mediante el examen de admisión con el que seleccionamos a los privilegiados que podrán beneficiar de la educación pública? El derecho de todos a esta educación está siendo violado al convertirse en el privilegio de los supuestamente más aptos, los cuales, como por casualidad, tienden a ser también los menos pobres y los de tez más clara.

Agudizar la desigualdad, justificar el desprecio y evadir la responsabilidad

El examen de admisión hace ascender a los que están más arriba y descender a los que están más abajo. Rechaza a los eternos rechazados y acepta a los eternos aceptados. El acceso a la educación pública agrava en lugar de atenuar la desigualdad. Las víctimas de la desigualdad no sólo no son resarcidas mediante una discriminación positiva, sino que son castigadas por haber sido castigadas en la vida.

Además de hundir aún más a los de abajo, el examen de admisión los convence de que merecen estar abajo al hacerlos imaginar que han sido rechazados por causa de su propia incapacidad personal. Es así como confirman lo que se piensa de ellos, que son unos incapaces, y creen entender entonces por qué están abajo y por qué se les desprecia. El desprecio del pobre y del indígena se justifica “científicamente”, con exactitud numérica, en la mismísima puerta de la universidad.

Por si fuera poco, además de justificar y de agravar la discriminación, el examen de admisión permite que el Estado evada su responsabilidad y la descargue en el estudiante, responsabilizándolo de su rechazo y de su rezago educativo, es decir, indirectamente, de su exclusión y de su miseria. Se ha llegado así al extremo de culpar al propio aspirante de su rechazo después de rechazarlo tan sólo por haber sido rechazado toda su vida.

Eliminar a los acreedores en lugar de saldar la deuda

En la estrecha perspectiva del examen de admisión, el problema del rechazado es su incapacidad y no la falta de inversión en la educación pública ni tampoco los efectos directos de esta falta de inversión, entre ellos la insuficiencia de lugares en la educación superior y la situación desastrosa de la educación básica, media y media superior en las zonas marginadas. Lo que debe solucionarse no es la marginación, sino el propio marginado. El rechazado es el problema y es por eso que se le rechaza.

La clase dominante y su Estado están procediendo como el criminal que intenta desaparecer el cuerpo de su víctima para borrar su crimen. Para olvidar todo lo que se ha hecho a los pobres e indígenas, ¿qué mejor que deshacerse de ellos al rechazarlos mediante el examen de admisión? ¡Que se regresen a sus comunidades y desaparezcan de las calles de Morelia y de la UMSNH! Hay que desaparecerlos de nuestro campo de visión tal como se desapareció a los 43 de Ayotzinapa.

Es más fácil, rápido y barato eliminar a los de abajo que pagarles todo lo que se les debe. En lugar de saldar la deuda histórica y cumplir así el testamento de Vasco de Quiroga, se ha preferido eliminar a los acreedores. Lo sorpresivo para los cálculos del poder es que estos acreedores no se dejen eliminar, que insistan en existir, que tomen las calles y los edificios mismos de la universidad.

 

Psicología y capitalismo en América Latina

Conferencia en la Universidad La Salle. Morelia, Michoacán, martes 20 de mayo 2014.

David Pavón-Cuéllar

Estamos en el sistema capitalista. Vivimos además al sur del Río Bravo. Es aquí, en Latinoamérica y en el capitalismo, en donde estudiamos, enseñamos o practicamos la psicología.

Nuestra profesión de psicólogos, nos guste o no, se desarrolla en un contexto capitalista y latinoamericano. Este contexto es decisivo para nuestra psicología, la determina y la moldea, le da la forma que tiene para nosotros, le impone sus límites, métodos, perspectivas y objetos.  Estudiamos el psiquismo creado por el capitalismo en Latinoamérica. Y tendemos a estudiarlo de un modo predominantemente capitalista y latinoamericano. En este sentido, nuestra psicología es también latinoamericana y capitalista.

Por más que pretenda ser neutral y estrictamente científica, nuestra psicología es parcial y tendenciosamente capitalista, cumple una función en el capitalismo, sirve al capital, gira en torno al dinero capitalizado, se relaciona estrechamente con la explotación de la fuerza de trabajo, se rentabiliza y circula, se compra con dinero para venderse a cambio de más dinero, se negocia y se regatea en el mercado, pasa de mano en mano, se desgasta y se prostituye, puede subsistir porque tiene un precio, porque puede pagarse y porque produce un beneficio económico. De igual manera, por más que aspire a ser estadunidense o europea, nuestra psicología es latinoamericana, latina, meridional, tropical, mestiza, tercermundista, subdesarrollada, pobre, ignorada, periférica, dependiente, acomplejada, heredera del colonialismo hispanoportugués y del neocolonialismo angloamericano.

Capitalismo en Latinoamérica

En realidad, cuando nos referimos al carácter latinoamericano de nuestra psicología, estamos refiriéndonos también a su naturaleza capitalista.  Quiero decir que el capitalismo resulta indisociable de aquello que actualmente significa Latinoamérica para nosotros.  La historia moderna de Latinoamérica se inserta en la historia del capitalismo. La conquista española del Nuevo Mundo fue la conquista de un botín de guerra para el mercantilismo capitalista del siglo XVI. Los banqueros de los Países Bajos, el centro del capitalismo en los siglos XVI y XVII, fueron los principales beneficiarios de la colonización de América.

El colonialismo, tal como lo conocimos en Latinoamérica, fue un momento del capitalismo global. Los ávidos conquistadores vinieron fundamentalmente a enriquecerse, a hacer negocios, a explotar minas de oro y plata, cañaverales, cultivos de café y chocolate, maderas preciosas y especialmente fuerza de trabajo. Y de paso violaron a las mujeres indígenas, a las tatatarabuelas de muchos de nosotros. El mestizaje que nos hace ser lo que somos, esa violación masiva y sistemática de la que provenimos, no fue más que un efecto colateral del saqueo de nuestras riquezas naturales por el ávido colonialismo capitalista europeo.  El capitalismo está entonces en el origen mismo de lo que somos, en el núcleo de nuestra vida psíquica, en el centro de nuestra identidad y personalidad. Podemos vernos como criaturas del capitalismo, a veces residuos o escorias desechadas por la producción capitalista, otras veces productos explotables como trabajadores o consumidores.

Después de los tiempos coloniales, el capitalismo siguió moldeando nuestra historia, nuestra sociedad y nuestra individualidad. Tan sólo nos liberamos del capitalismo colonial hispanoportugués, el de los conquistadores y encomenderos, para caer en el capitalismo neocolonial angloamericano, el de los piratas y los empresarios, las franquicias y las maquiladoras. Aprendimos a ser país tercermundista, colonia del capitalismo industrial y financiero, después de haber aprendido a ser colonia del mercantilismo capitalista. Tras la explotación en las encomiendas, tuvimos que resignarnos a la explotación en las transnacionales.

Evidentemente hubo países que no quisieron aceptar su condición de esclavos del capitalismo neocolonial, como Guatemala en los años cincuenta, Brasil en los sesenta, o Chile en los setenta, por citar los casos más conocidos. Sin embargo, como bien sabemos, esos países fueron duramente castigados por haberse atrevido a liberar a sus poblaciones de la explotación capitalista. Guatemala en 1954, Brasil en 1964 y Chile en 1973, sufrieron sangrientos golpes de estado con los que se instauraron  dictaduras apoyadas por un capitalismo salvaje y sumamente violento que ahora tenía su centro de gravedad en los Estados Unidos y en Wall Street.  Una compañía estadunidense, la United Fruit Company, acaba con la democracia, la libertad y la justicia en Guatemala, y sume a este país en una interminable guerra civil que lo ensangrienta  y empobrece. Otra empresa de Estados Unidos, la Hanna Mining Corporation, acaba con el régimen social y popular brasileño que no le quiere entregar las reservas de hierro en bandeja de plata. Otras empresas mineras de nuestro vecino del norte, apoyadas teóricamente por el profesor Milton Friedman de la Universidad de Chicago, se ocuparán de acabar con el pacífico socialismo chileno e instaurar un violento capitalismo neoliberal que asesina y tortura sin piedad a miles de personas.

Psiquismo y capitalismo

Tanto en las dictaduras del siglo XX como en el colonialismo de los siglos anteriores, el capitalismo nos ha dominado mediante el terror, con baños de sangre, con torturas y violaciones, con las armas, primero con espadas y arcabuces, luego con granadas y metralletas. Esta violencia inherente al capitalismo es la misma que vemos operar en el crimen organizado, en el cual, lo mismo que en cualquier otro sector de la economía capitalista, lo importante es la ganancia y el enriquecimiento.  Es por dinero, siempre por dinero, que se mata, se tortura y se mutila. Y toda esta violencia capitalista, sobra decirlo, tiene efectos decisivos en nuestro psiquismo.

Todo lo que somos y hacemos en el plano psíquico, todo lo que estudiamos en la psicología, todo esto ha sido influido por la violencia capitalista del crimen organizado que nos rodea en la actualidad, así como también por la pasada violencia colonial o dictatorial del mismo capitalismo. Pero el sistema capitalista no sólo ha incidido en nuestro psiquismo a través de la violencia directa, sino también a través de la violencia indirecta, estructural, que se ejerce constantemente a través  de la explotación en el trabajo, la manipulación en la publicidad, la enajenación que nos hace buscar nuestro propio ser en el tener, la prostitución de las relaciones interhumanas reducidas a relaciones económicas interesadas, la humillación de los pobres y tercermundistas como nosotros los latinoamericanos, y evidentemente la degradación humana en todos los sentidos, la miseria material y espiritual del hombre, la pobreza y la ignorancia en la que nos hunde el capitalismo para poder abaratar nuestra fuerza de trabajo y así pagarnos menos y explotarnos mejor. Todo esto nos constituye psicológicamente. Nuestro psiquismo es efecto de la violencia capitalista que nos degrada, nos humilla, nos prostituye, nos enajena, nos manipula y nos explota de un modo específico en nuestra particular condición de latinoamericanos.

La experiencia latinoamericana del capitalismo incide en todo aquello que encontramos en la psicología, en el comportamiento que estudian los conductistas, en la mente y el procesamiento de la información que enfatizan los cognitivistas, en el inconsciente de los psicoanalistas, y en las interacciones, los estilos relacionales y los patrones de comunicación de los psicólogos sociales y sistémicos. Nuestra psicología indaga y trata los efectos del capitalismo en el psiquismo de los latinoamericanos. En cierto modo, al igual que los economistas, estudiamos el capitalismo, pero no lo estudiamos en su funcionamiento económico externo, sino en los sujetos, en su alma, en la interioridad de sus pensamientos y sentimientos, aunque también en la exterioridad de sus comportamientos, de sus relaciones e interacciones, y del mundo social en el que habitan. En todos los casos, nos ocupamos del sistema capitalista. Casi podemos decir que el capitalismo es el objeto de la psicología, que la psicología es una capitología, lo mismo que la economía, la sociología, la pedagogía o cualquier otra ciencia humana y social que se desarrolla en el capitalismo y que sólo puede estudiar fracciones de un sistema capitalista que lo absorbe todo, lo abarca todo, lo es todo.

Conciencia y eficacia

Lo extraño no es que los psicólogos estudien el capitalismo en Latinoamérica, sino que desconozcan u olviden que lo estudian. ¿Cómo explicar esta ignorancia o inconsciencia o falta de memoria o lo que sea?  ¿Cómo entender que el capitalismo, que impregna y constituye todo nuestro psiquismo, les pase desapercibido a los psicólogos? ¿Cómo puede ser posible que no consigan ver lo que no dejan de estudiar?

Pienso que la ceguera de los psicólogos se explica por dos circunstancias fundamentales. En primer lugar, como el capitalismo lo empapa todo, lo colorea y lo conforma todo en el psiquismo, termina confundiéndose con todo hasta el punto de camuflarse, volverse invisible, resultando prácticamente imposible discernirlo al diferenciarlo de lo que no es él. En segundo lugar, debemos considerar que la psicología, tal como la conocemos, también forma parte del capitalismo, es una pieza del sistema capitalista, y por lo tanto, estando adentro del capitalismo, no puede verlo desde afuera. Podemos recurrir a la conocida metáfora del bosque y decir que la psicología está dentro del bosque, pero no puede ver el bosque, no puede ver el capitalismo, sino solamente los árboles  del bosque, las piezas del sistema capitalista.

Sería más exacto decir que la psicología no suele ver el capitalismo porque verlo significa verse a sí misma, relacionarse reflexivamente consigo misma, ser autoconsciente, y esto, como ustedes bien lo saben, es un grado superior de conocimiento que sólo se alcanza con el tiempo, ya que resulta muy difícil y requiere de un gran esfuerzo, el de encorvarse, arquearse al volverse hacia uno mismo. Este ejercicio acrobático no es habitual en los psicólogos y mucho menos en los de Latinoamérica. Sin embargo, cuando los psicólogos se molestan en pensar un poco en lo que hacen y se ubican así en lo que ahora se llama la “psicología teórica” o “crítica”, entonces, de pronto, como era de esperar, descubren el capitalismo en toda su psicología: en sus teorías y sus conceptos, en sus métodos y sus objetos, en su mirada y en lo que miran. Y se percatan simultáneamente de algo muy importante que podría explicar también la invisibilidad del capitalismo para los psicólogos. Se dan cuenta de que el capitalismo funciona mejor cuando pasa desapercibido, cuando la psicología y sus demás dispositivos no toman conciencia de él, no se distraen con él, sino que se concentran en cumplir su función dentro del sistema. Esto es crucial para el capitalismo y tiene que ver con la división del trabajo. El proceso total se descompone en una infinidad de pequeñas tareas encomendadas a pequeños individuos que hacen tanto mejor lo que hacen cuanto menos saben lo que hacen.

La psicología más eficaz es también la más ciega, la más inconsciente de la totalidad, la más concentrada en sus tareas específicas: aplicar pruebas, hacer diagnósticos, diseñar tratamientos eficaces, intervenciones eficaces, dinámicas eficaces. ¿Pero eficaces para qué o con qué propósito? Las respuestas que podamos dar a esta pregunta nos pueden servir para distinguir las diferentes funciones de la psicología en el sistema capitalista.

Tres funciones de la psicología en el capitalismo: el caso latinoamericano

Al ser eficaz para llenar de dinero los bolsillos del psicólogo, la psicología es una mercancía que se vende para producir una ganancia.  El psicólogo vende el valor de uso de su saber y de su fuerza de trabajo, y obtiene a cambio el importe pagado por el paciente, es decir, el valor de cambio de su psicología. Con su valor de cambio y su valor de uso, con su precio y su utilidad, la psicología es una mercancía como cualquier otra y debe publicitarse como cualquier otra. Obedece a las reglas de la oferta y la demanda, se le publicita y se le consume, y prospera gracias a al consumismo generalizado. En Latinoamérica, este consumismo suele ser un lujo que no pueden ofrecerse las mayorías populares. Los más pobres deben privarse de muchas mercancías relativamente superfluas, como es el caso de la psicología. Nuestra profesión, en tanto que mercancía, es un lujo que sólo pueden ofrecerse quienes pueden pagarlo.

Nuestra psicología es entonces una mercancía y cumple con la función lucrativa de cualquier otra mercancía en el sistema capitalista. Sin embargo, como prácticamente cualquier otra mercancía, la psicología tiene una composición ideológica por la que puede cumplir otras funciones en el sistema. Una de estas funciones es la cegadora, mistificadora, individualizadora, psicologizadora. Digamos que la mencionada ceguera de la psicología, su inconsciencia con respecto al capitalismo, tiene que ser compartida por los sujetos que reciben un tratamiento psicológico o psicoterapéutico. Para pagarle al psicólogo, estos sujetos deben ignorar el sustrato capitalista de lo que les ocurre, la causalidad socioeconómica de sus problemas, y deben imaginar que estos problemas son estrictamente psíquicos, individuales, personales, mentales o emocionales. Tan sólo así, a través de esta mistificación y psicologización, puede justificarse que los consumidores gasten su dinero para comprar una mercancía como la psicología, la cual, si tiene un valor de uso, es principalmente el de solucionar problemas estrictamente psíquicos. Y es verdad que la psicología puede llegar a dar una cierta solución de estos problemas, pero al hacerlo, sobra decirlo, no soluciona el mal capitalista, sino sólo algunas de sus manifestaciones sintomáticas. Esto no sólo permite que el sujeto pueda seguir soportando el capitalismo, sino que verifique o confirme el carácter psíquico de sus problemas. Si la psicología los resolvió, esto quiere decir que se trataba efectivamente de problemas psíquicos. El sujeto se los atribuye y se acusa de aquello de lo que es responsable el capitalismo.

La psicología servirá para que muchos latinoamericanos, por ejemplo, se responsabilicen a sí mismos de un sentimiento de inferioridad e incapacidad producido  y reproducido por cinco siglos de humillación capitalista colonial y neocolonial. En lugar de luchar contra el capitalismo que los ha humillado, rebajado y degradado, nuestros latinoamericanos, gracias al psicólogo, creerán confirmar que son los únicos responsables de todo lo que les ocurre y se convencerán de que hacen lo correcto al seguir luchando contra sí mismos, como lo han hecho desde hace quinientos años. Continuarán intentando cambiarse a sí mismos en lugar de cambiar al mundo que los desprecia y los oprime. En lugar de sublevarse contra los verdaderos responsables de su sentimiento de inferioridad e incapacidad, habrán de sublevarse contra sí mismos e intentarán transformarse a sí mismos, tal como se los recomienda la psicología.

Con el apoyo del psicólogo, los sujetos aceptarán lo inaceptable, se adaptarán a lo que no deberían adaptarse, al capitalismo que los ha rebajado y degradado para convertirlos en fuerza de trabajo dócil y barata. Llegamos aquí a una tercera función de la psicología en el capitalismo. Además de su función lucrativa como mercancía y de su función mistificadora como ideología, la psicología tiene también, como disciplina, la función disciplinaria de subyugarnos, amansarnos, domarnos, domesticarnos y volvernos dóciles y tolerantes. La disciplina psicológica puede cumplir así también con el propósito colonial y neocolonial de mantener a los latinoamericanos sometidos e impedir su liberación.

Desde luego que nuestra psicología podría ser diferente y contribuir a nuestra liberación en lugar de hacer todo para impedirla. Sin embargo, para que esto fuera posible, la psicología debería ser muy diferente de lo que es actualmente. Ignacio Martín-Baró tenía mucha razón al decir que nuestra psicología debería liberarse de sí misma, de todo lo que ha sido hasta ahora, para poder convertirse en una psicología de la liberación, una psicología liberadora y no esclavizadora, subversiva y no adaptativa, emancipadora y no colonizadora.